lunes, 20 de junio de 2016

"Un hombre llamado Cervantes" de Bruno Frank

Una de las ventajas de la relectura es que, sabido el argumento y conocidos los personajes, la atención puede centrarse en cuestiones que quizá pasaron desapercibidas o en las que no se reparó lo suficiente por primera vez. Me está pasando con El Quijote, especialmente en la segunda parte. Estoy asombrado por la modernidad, el ingenio y la habilidad de Cervantes. He querido acercarme al autor y me ha sorprendido comprobar, en primer lugar, que apenas fue celebrado en vida. Su fama, ciertamente, fue más bien modesta. Nada que ver con Lope de Vega, por ejemplo. Y tras su muerte cayó en el olvido. Un ostracismo que duró lo suyo. Cuando por iniciativa inglesa, ya en el ilustrado siglo XVIII, Cervantes fue valorado en su justa medida, se sabía poca cosa sobre el creador de don Quijote. Los hacedores de la Historia se pusieron a la tarea y fueron reuniendo las piezas, escasas y dispersas, del puzle cervantino. Un compendio documental amasado a fuerza de tesón y casualidad. Quedaron definidas las líneas maestras de su biografía, con grandes zonas de penumbra, eso sí. Buscando y leyendo sobre Cervantes, incapaz de hacer frente a la monumental biografía de Luis Astrana María, di con esta novela de Bruno Frank, Un hombre llamado Cervantes editada al calor de los fastos del centenario, que ya languidecen, por Almuzara.

La novela fue publicada en 1934 y su autor, un alemán de origen judío exiliado de la Alemania nazi que acabó en EEUU escribiendo guiones para Hollywood. Efectivamente, cuando todavía no se habían apagado los rescoldos del incendio del Reichstag, Bruno Frank, con buen criterio, hizo las maletas y abandonó su querida Alemania. Y en los meses sucesivos compuso esta novela sobre Cervantes, con el estremecimiento del exilio en los huesos, mientras le llegaban noticias nada halagüeñas de su antigua patria, como la quema de libros en la Plaza de la Ópera de Berlín o las primeras leyes raciales, que desembocarían en los decretos de Nuremberg en 1935. ¿Cómo iba a librarse la novela de ese aliento dramático, de fin de época? De esa electricidad, de ese nervio, ¿cómo no iban a influir a la hora de dibujar sus personajes? Me he sentido y todavía estoy bajo su efecto, muy impresionado por esta recreación de Cervantes y su época. Un hombre que es derribado por el destino una y otra vez, pero tan valiente, con tanto coraje, que siempre se levanta y regresa al ring dispuesto a plantar batalla, si se me permite esta comparación. La tenacidad de Cervantes me ha evocado aquella frase tan conocida de Samuel Beckett: Da igual, prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.


Foto (grupoalmuzara.com)
Leyendo El Quijote me había hecho una idea sobre su autor fundamentada en sus personajes, mi intuición y algún detalle biográfico más o menos conocido. Esto es harto peligroso, porque en cierto modo el escritor se puede disociar de su obra. Pero algo queda, estoy convencido. El caso es que mi dibujo de Cervantes era un tanto contradictorio. Valiente, vitalista, pero también algo hastiado. Una persona con sentido del humor, pero desengañada de la vida. Un tipo de personalidad donde palpitaba la ironía y una inteligencia sublime, clara y transparente, pero al mismo tiempo difícil de traspasar. Un hombre llamado Cervantes me reafirma en gran parte y si acaso contribuye a darle un tinte más heroico y añadir algo de dramatismo. Es un Cervantes que carece de sombras, eso sí. Una especie de santo del fracaso.

Desconozco las fuentes documentales que utilizó Bruno Frank para componer esta biografía, donde por supuesto hay pasajes inventados. Hubiera estado bien un estudio introductorio, la edición hubiera ganado empaque y no parecería tan oportunista. Supongo que utilizó la biografía más completa sobre el autor por aquel entonces, que al parecer era la de James Fitzmaurice-Kelly (esto lo he buscado en Internet, no me toméis por un erudito). 

La acción comienza con la llegada del joven cardenal Acquaviva a Madrid, narrada con una gran viveza. Desde las primeras páginas creo que el lector se da cuenta de que no está ante la típica novela histórica, sino ante una historia de aventuras con todo el sabor de los clásicos. Desde luego, la literatura centroeuropea de entreguerras rayaba a un gran nivel, no está de más recordar a los también exiliados Thomas Mann o Stefan Zweig, autores que también comparten con Frank el dudoso honor de haber alimentado las hogueras de la Plaza de la Ópera con sus obras. Como iba diciendo, el citado cardenal tiene un encuentro con Felipe II, personaje adobado de leyenda negra y que emerge en varias ocasiones, como contrapunto al propio Cervantes. He leído que la crítica ha subrayado cierto paralelismo, deliberado o inconsciente, con Hitler. Puede ser. Felipe II era un rey fanático, obsesionado con la fe y que sacrificó a su pueblo por un dogma, el catolicismo y por preservar el patrimonio que había recibido de su padre el emperador Carlos V. La cuestión de la limpieza de sangre, de la que Cervantes hizo mofa en el famoso “retablo de las maravillas”, bien podría asimilarse con las leyes raciales del nazismo. En fin, parece que Bruno Frank se sirve del pasado para hablar de su presente, intuye el desastre, cuando retrata con singular fatalismo los preparativos de la Armada Invencible y la reacción de extremada frialdad del rey ante su fracaso y el sufrimiento de sus súbditos.


Cenotafio dorado de Felipe II y su familia, en El Escorial (foto: fuenterrebollo.com)
Pero sigo con la narración del argumento. Cervantes sale de Madrid como profesor de castellano de Acquaviva; no hay por tanto rastro de la condena por haber participado en un duelo que según los historiadores fue la que llevó fuera de Madrid a Cervantes. Quizá Bruno Frank desconocía este dato. De lo que si hay certeza documental es de la estancia de Cervantes en Roma, como ayudante del cardenal. Desde allí se enrola en la compañía de Diego de Urbina y combate en la batalla de Lepanto, quizá el episodio cervantino más conocido. En la novela Cervantes pierde la mano, y de la herida le queda un muñón, aunque al parecer no fue así. En la ilustración de la portada del libro, por cierto, han tenido la mala fortuna de recalcar lo del muñón y para colmo en la mano derecha. El caso es que Cervantes pelea como un león, a pesar de la fiebre, recibe varias heridas y se repone a los pocos meses. Continúa como soldado y por fin, con una carta de recomendación del mismísimo don Juan de Austria, regresa a su patria junto a su hermano, con el que ha coincidido en su periplo italiano. En la novela Cervantes encuentra a Rodrigo después de Lepanto y yo he leído que combatieron juntos en la famosa batalla, pero tampoco es cuestión de destripar aquí las imprecisiones históricas que pueda haber cometido Frank, más teniendo en cuenta que la novela fue escrita en 1934 y en especiales circunstancias y que yo tampoco soy un experto cervantino. Aquí estamos para hablar de literatura y en Un hombre llamado Cervantes hay momentos de gran altura, de los que he disfrutado mucho y por eso quería compartirlo en la llanura. Los episodios del presidio en Argel son fabulosos. Se nos dibuja a un Cervantes incólume al desaliento, leal, valiente y con un sentido del honor que de recuperarse, causaría un efecto en nuestra época similar al de las aventuras de don Quijote en la suya. El regreso a España es de una amargura sin límites, uno asiste con tristeza al deambular de Cervantes tratando de hacerse un hueco en el mundo de las letras, sin conseguirlo, mendigando una prebenda, siendo humillado sistemáticamente por un sistema que al final le ofrece las migajas: recaudar impuestos a unos exhaustos campesinos para financiar la locura de la Armada Invencible. Tarea que Cervantes emprende con inusitado sentido de la justicia y que le lleva a la cárcel de Sevilla, cuando quiebra el banco donde había depositado el dinero recaudado.

Allí, tras aquella cárcel, verdadera escuela de picaresca que Cervantes asimiló, añadiéndola a su bagaje vital, luego convertido en literatura; en un presidio donde para salir había que cruzar tres puertas, la de oro, la de plata y la de cobre, llamadas así por la cuantía del soborno, fantasea Frank, se gestaron las andanzas de don Quijote. Entre sus muros, cuando Cervantes después de una vida de sinsabores ha tocado fondo, emerge el personaje que le dará la inmortalidad literaria y donde, según Bruno Frank, el autor vuelca todos sus desengaños, su tira y afloja con la vida, el conflicto entre sus valores y creencias y los del tiempo y circunstancias que le han tocado vivir. Aquí acaba la novela, coincidiendo con la muerte de Felipe II. Así acaba el tirano, inmóvil en su propia podredumbre y comienza el mito de nuestra obra más universal, con las herraduras de su rocín tropezando sobre suelo español, pero con su cabeza, noble y ridícula, muy cerca de las estrellas. 

miércoles, 8 de junio de 2016

Lector polígamo



Foto: elespejogotico.blogspot.com

Admito que la palabra en sentido literal da lugar a equívoco, pero me vino anoche a la cabeza, mientras trataba de conciliar el sueño. Al caer —hay quién se echa en la cama o acuesta, yo caigo, literalmente—en la cama y tratar de cerrar los ojos, dar las ocho vueltas de rigor, recibir varias patadas de mi mujer porque la temperatura del termostato ya espanta el deseo de calor humano —a menos que afloren ciertas necesidades, pero sobre esto no hace falta decir más—, me topé con una verdadera fiesta en mi cabeza. 

Eché un vistazo a las manecillas luminiscentes del despertador y fue entonces cuando comencé a pensar, que es justo lo que no hay que hacer. Lo mejor es practicar la respiración profunda, mindfulness o hacer algo mentalmente tedioso, como repasar la tabla de multiplicar. Me dije, “este estado de excitación es porque eres un lector polígamo” y luego “sobre ello vas a escribir mañana, y te dejas de tanta reseña”. Y pudiera ser, porque desde hace unos días—no siempre es así, no soy tan vicioso—comparto cama lectora con varios libros.

 A media mañana, en lo que viene a ser el recreo, desayuno con Paul Auster en Brooklyn follies. Siento una gran afinidad con el escritor neoyorkino, me identifico plenamente con sus historias, con esa idea de que el azar gobierna nuestras vidas, imprimiendo a veces un giro de timón. Los críticos dicen que abusa de este recurso, pero a mí me encanta. Son libros con historias dentro de historias, sorpresas y giros azarosos, pero es que además, hay una melodía de fondo, poética, reflexiva. De cierta melancolía, de luna llena flotando sobre el puente de Brooklyn y danza de luces de semáforo en algún cruce de avenidas. Tengo que confesar que también me identifico con su forma de escribir; entiendo que la reencarnación entre dos personas vivas no es posible, pero si existiera un órgano del escritor, por ahí escondido, entre el bazo y el hígado, y este además pudiera trasplantarse, mi cuerpo no rechazaría el de Paul Auster; al contrario, lo acogería de buen grado. Bueno, envidia sana aparte, el libro me gusta, me llevará tiempo, pero dentro de un par de semanas tendré más hueco disponible para aventarlo. 

Seguro que más de uno, si ha llegado leyendo hasta aquí, se pregunta, ¿por qué no te lo llevas a casa y lo acabas en un par de días, tú que eres lector fórmula 1? ¿Por qué a sorbos pequeños y con veinticuatro horas de paréntesis? Pues por poligamia, lo que es el tema de este post. Porque en casa tengo otro esperándome, sobre el brazo del sofá. Además, siempre me tengo que fijar por donde voy, porque a mi hijo pequeño le gusta quitar el marcapáginas. A este amante le dedico el hueco de la comida, últimamente en lugar de ver las noticias, leo. Es media hora o poco más, pero sienta mejor que un postre. Tengo entre manos Pregúntale a la noche, de Eduardo Jordá. El título tan sugerente procede de un proverbio de Burundi que dice así: “Si quieres saber lo que ocurre durante la noche, pregúntale a la noche”. El protagonista, un sacerdote belga, se ve inmerso en un estallido de violencia étnica entre hutus y tutsis. El autor recrea ese ambiente de pesadilla y construye una novela potente, narrada con precisión quirúrgica, con permanentes fogonazos, casi destellos que van definiendo la historia. Todo trenzado con habilidad. La historia gira en torno al citado misionero y cuatro mujeres, que tienen en común la soledad en sus diversas formas: la marginación, la represión interior, la angustia existencial, etc. En fin, como para no darle vueltas en la cama. Es una historia perturbadora, que ganó el Premio de Novela de Málaga 2007, pero yo encontré en un mercadillo de saldo por 3 €. Así son las cosas en España. 

Foto: pinterest.com

Estaréis pensando que soy un flojo, que dos libros a la vez tampoco es para tanto. Sigo. Estoy leyendo la segunda parte del Quijote, tres capítulos por semana. Este aperitivo, mi mojito veraniego, tiene un efecto más refrescante que perturbador. No me quitan el sueño don Quijote y Sancho, si acaso me hacen reír, pensar y recrearme, como el mirón playero hace con todo el escaparate de cuerpos semidesnudos. En esa playa cervantina también está la naturaleza humana en paños menores, nadie debería morir sin leerlo varias veces. 

La verdadera perturbación llega por la noche, cuando mis hijos duermen. El televisor y yo somos un matrimonio mal avenido, de los que llevan siglos sin acostarse juntos. Es lógico, he tenido que sacrificarlo si quería seguir por este camino. Como decía, cuando hay silencio en mi casa es cuando escribo. Tengo en la mesa un par de libros de poesía, de Eladio Cabañero y Francisca Aguirre (os hablaré de ella un día de estos). Me ayudan a entrar en ambiente, generan en mi cuerpo el estado de ánimo adecuado para escribir. Desde hace varias noches estoy revisando un relato que escribí el año pasado y al final se fue de páginas, es casi -casi- una novelilla. Escribir me parece tan difícil que no puedo dejar de repasar, pulir, arañar, quitar. Y nunca acaba la cosa de gustarme. Admiro a esos escritores clásicos que producían tochos de su puño y letra, escribiendo casi al compás de su propia voz. Yo no puedo, las palabras salen bien, escribo y leo rápido, es una suerte. Pero luego se me atragantan. Pasa el tiempo y se oxidan, no sirven gran cosa. El caso es que tengo un carácter tenaz y aunque hay cosas que acaban en la papelera —de reciclaje, sea real o virtual—otras las dejo dormir y luego recupero. Estos días estoy con este relato, al que titule al principio Destinatario desconocido y luego no me gustó, porque se parecía demasiado al librito de Kressman Taylor, Paradero desconocido y aunque tienen en común una carta que nunca llega a su destino, es por razones totalmente diferentes. Pues estoy embebido en esta tarea. Hay fragmentos verdaderamente lamentables, de vergüenza ajena. Otros me parecen salvables y creo que la nueva versión está quedando mejor que la anterior. Lo más probable es que pase otros cuantos meses en el limbo y la rescate de nuevo y así, hasta que me harte o la presente a algún concurso por si suena la flauta. Estoy pensando que además de polígamo soy onanista, porque al tiempo que corrijo me estoy leyendo a mí mismo. Es lógico acabar loco y tener las pestañas como hormigón al acostarse, cualquiera las cierra. 

Llevaba tiempo sin  escribir por la tarde, hace bastante calor en La Mancha, treinta y cinco grados y el polen del olivo bombardea mis mucosas. Mis hijos acaban de llegar de la peluquería, qué guapos están. Me voy a por un helado, a vuestra salud. Ah, y os dejo el fragmento. No os he contado nada de su argumento, pero básicamente es una historia de amor entre dos personas, solas y vulnerables, que se conocen por casualidad; el azar hace un nudo con los dos y este azar lo deshace. Paul Auster, mi futuro donante, debe estar riéndose y meneando la cabeza: este tío... 

Recuerdo la habitación en penumbra y el rayo de luz que atravesaba el hueco entre las dos cortinas, amarilleando una porción de pared, parte de la cama y la boca de Nieves, abierta como la flor de un crisantemo. Parece que aquellos besos quedaron de alguna manera preservados en el interior de mi boca. Que mis papilas gustativas los hicieron incorruptibles. Es el único recuerdo que puedo revivir con los cinco sentidos. Si pienso mucho rato en ella se me eriza la piel, porque siento la presencia de sus dedos palpándome; inhalo su perfume, que parece flotar en el aire y noto el tacto sedoso de su pelo, que aquella mañana resbalaba entre mis manos como el agua de una catarata al tocarlo. Escucho, su respiración intercalada entre el chasquido de nuestros labios al besarse.
Post Scriptum: al final la novelilla salió. Se puede descargar en PDF gratis.

jueves, 2 de junio de 2016

"Campesino trágico" y "El encuentro" de Eladio Cabañero



La llanura manchega. Autor, Dsevilla
La llanura manchega (autor: Desevilla, foto: http://www.sabersabor.es/)

Eladio Cabañero nació el 5 de diciembre de 1930 en Tomelloso y murió en Madrid en el año 2000. El motivo por el que llegó a ser uno de los más destacados poetas de su generación me reafirma en la idea de que el talento es innato, aunque la experiencia, el ambiente y la propia suerte contribuyan a levantarlo y darle forma. El poeta, de origen humilde, tuvo una infancia llena de privaciones, aunque feliz: “mucha gente no viviría bien, seguro, pero el tiempo de los niños es hermoso”, afirma en “Antes, cuando la infancia”. Hasta que llegó la guerra civil y “el cielo no volvió ni fue ya claro”. El padre de Eladio, condenado a muerte, fue ejecutado el mes de mayo de 1940. Aquella pérdida marcó su vida para siempre. La sensación de desvalimiento impregna muchos de sus versos, un desamparo en el que ahonda al emigrar a Madrid con unos treinta años. Y es que Eladio fue privado por dos veces de su placenta: primero de la infancia, que concluyó de manera abrupta con la muerte de su padre y luego del entorno humano y natural que le vio crecer. El paisaje, la memoria, el hombre, son el material sobre el que se asientan sus versos, sobre el que construyó además su vida. El destierro, la pérdida, pueden considerarse la argamasa.

Eladio Cabañero trabajó desde niño, primero en el campo y luego en los albañiles. Según se cuenta, un maestro le enseñó a escribir con soltura a cambio de que le levantara un tabique en su casa. Fue poco antes de hacer el servicio militar. Lo cierto es que el Eladio albañil frecuentaba la biblioteca municipal, donde enseguida llamó la atención de Francisco García Pavón, que le condujo por la senda de Bécquer, Garcilaso y otros. Por allí merodeaba, en una conjunción tan inverosímil que debe ocurrir cada cien años o más, el también poeta Félix Grande. Y no muy lejos, aunque algo más joven, el pintor Antonio López García. Si la sensibilidad y el talento fueran inflamables, Tomelloso en aquellos años hubiera sido pasto fácil de las llamas. 
Eladio Cabañero junto al también poeta José Hierro (foto: manuelrico.blogspot.com)

Eladio desarrolló el grueso de su obra en poco tiempo, básicamente entre 1956 y 1963. Después se encargó de tareas editoriales, dirigiendo La Estafeta Literaria y trabajando en la editorial Taurus. En Desde el sol y la anchura (1956), extrajo toda la pulpa del universo campesino en el que se desarrolló su infancia y juventud, pleno de naturaleza y metáforas. En Una señal de amor (1958), accésit del Premio Adonais, introdujo nuevos temas, como el amor, lo urbano y la revalorización del pasado. Recordatorio (1961) supone una vuelta a la infancia y la adolescencia, en palabras de Manuel Rico “como una suerte de paraíso perdido”. Marisa Sabia y otros poemas, por el que le fue concedido el Premio Nacional de Literatura en 1963 constituye el colofón de una obra por la que recibió el Premio de la Crítica en 1971. El Ayuntamiento de Tomelloso editó sus obras completas en 2001 y más recientemente Pedro A. García Moreno ha preparado una selección para la Biblioteca de Autores Manchegos con el título de Palabra compartida.

Desde el principio reconocí en Eladio su autenticidad, la falta de imposturas, la intensa humanidad de sus versos. Me identifiqué con su delicada sensibilidad, chocante si se compara con la aspereza del territorio físico y humano que le vio nacer y al que él, sin embargo, siempre se retrae. El poeta captó la esencia de La Mancha campesina, su paisaje, la vida cotidiana de unas gentes que hacían de lo ordinario algo heroico. Hombres y mujeres humildes que evocan mis raíces y por ello quizá los versos de Eladio, más allá de su perfección, me conmueven. Al menos esta circunstancia ha pesado a la hora de seleccionar uno de sus poemas y es que,  “algo de surco corre por mis brazos, algo de tierra espesa por mi sangre”.

Campesino trágico (Desde el sol y la anchura, 1956)

Destinado en la historia, cuerpo a cuerpo,
trabaja sin cesar, monumentando su sudor,
tuétano y levadura de los huesos,
trabaja las raíces y las piedras,
coágulo de Dios, escalofrío de la muerte,
descoyuntando heridas y cauterios
a la tierra yacente y dolorida.

Echado a los paisajes,
guijarros de dolor son sus rodillas.
siempre a contra crepúsculo,
pisando por los surcos cruza hincándose
en los poros la tierra caldeada.

Duele en el campo el viento y las mandíbulas
y otoño maldiciendo los barbechos
desde la anatomía de la muerte.
Duele mirar la aldea en el crepúsculo
agonizando en piedras apagadas
mientras el campesino está mirando
puntual y escueto con las fauces rotas;
y duele el cementerio, solo y pobre,
con los muertos caídos a dos metros
trabajando profundas amapolas.

Campesino de carne castigada
tatuado a piel desencajada y dura
las dos manos de bruces hacia el suelo,
monolítico afán del barro vivo
trabando los tendones con el viento
traspasando su sangre restallada.

Cercado está el cielo y lejanías
navegando su arado, surco en ristre,
escuchando el silbar del aire en éxodo
los dos brazos tirantes, como cables,
a punto de caerse cualquier día.  


El encuentro  (Marisa Sabia y otros poemas, 1963)

A cántaros se han hecho los mares para un niño;
con los besos no dados, el amor verdadero.
Hoy sé que por ti he sido capaz, Marisa Sabia,
de levantar a pulso, espuerta a espuerta,
un cerro o una torre,
un chorro de silencio incontenible
hasta subir al infinito y verte.

Te he visto hacia el amor, la fe y la dicha.
Y encontrarte, Marisa, el sólo verte,
ha sido el pan y el premio que ya no me esperaba
después de tantos años de amor falso,
sueño a crédito y ruina.
En la vivida feria tengo visto
brazos, piernas, caderas, pechos y ojos
más chicos y mayores que los tuyos. ¿Qué importa?
Acaso tan difíciles, otros más cariñosos.
Algunos -¿cuáles de ellos?- he logrado tenerlos,
muy fácil: por dinero o por dolor.
Tú me has costado más que todo junto,
que hasta ti he consumido los días de mi vida,
mi obrero corazón, las dioptrías restantes.

Cuento en versos las horas desde que te conozco,
y hoy, al pensar en ti, pregunto: ¿cómo eres?
Hablo sin hacer ruido: ¿dónde estabas?
O estás un poco enferma,
o tienes un examen, o te callas, o fumas
viendo tendida el río del tiempo consumirse.
Yo sigo todo un curso de fe. Tú miras, piensas;
te marchas a tu pueblo; vuelves, dices
con tu voz que se escucha venir convaleciente,
con tu raza y tu línea de judía castellana,
igual que los frutales apuntando,
las estatuas más bellas
y el color sefardí de tu garganta hermosa.

Para poder quererte y no morirme
creí en sueños, atrás, hacia adelante,
tomé oficios hermosos. ¿Cuánto hace
que aré por ti y segué, corté racimos de uva,
teché tu cuarto entonces, abrí balconerías
directamente dando a la luz de tus ojos?
Desde que el mundo fue corazonándome,
filmé a oscuras los versos que esta noche te escribo;
para poder quererte como ahora,
tomé trenes en marcha cada día;
viví por ti, gané el jornal exacto
para el café y los libros... Vuelvo a entonces:
según qué horaje hiciera, percanzaba
lumbre, lluvia o sandías,
luz candeal y agua para estar contigo.
No te extrañe esta historia:
otros que en nuestra sombra se han amado
y que quizás murieron por nosotros,
saben que esto es verdad.

Marisa, escucha, dime:
después de conocernos esta tarde,
¿no es hermoso y terrible que la muerte
alcance a destruirnos
y trasladarnos puros y borrarnos?
Mientras tanto, Marisa Castellana,
sóplame entre los ojos,
que te puedan ver más. Haz que te mire,
alcance a ver tu corazón, recuerde
y sea todo distinto.
Guizca fuerte en mi alma
y deja que te bese los labios y me muera
al tener que dejarte, ir al trabajo,
a las calles, al Metro, a las tabernas,
a las tertulias del café..., a la vida
Que me espera después de conocerte.

sábado, 21 de mayo de 2016

"El último día de Terranova" de Manuel Rivas

El último día de Terranova, Manuel Rivas (2015) en Alfaguara
Foto: cultura.elpais.com

Epicuro consideraba la amistad uno de los puntales de la felicidad, tanto que construyó una villa a las afueras de Atenas y se instaló allí con los más íntimos, para gozar de ese bien tan preciado. Y es que el aislamiento, la soledad, cuando no es buscada (y aún), casi siempre conduce al abismoSin embargo, ocurre que los amigos nos acompañan durante un trecho y luego se van, porque los caminos se bifurcan. A veces, cuando tiene lugar el reencuentro, aflora cierto recelo y cuesta encajar otra vez las piezas. El intento de reconstruir una amistad pasados los años puede-suele naufragar. ¿Cuántas veces os habéis reencontrado con un amigo íntimo y tras pasar con él varias horas haciendo un ejercicio de nostalgia, os ha quedado esa sensación de vacío? 

Os cuento esto porque el escritor gallego fue mi amigo literario. En esa tierra de nadie que es la tardoadolescencia, cuando después del éxtasis hormonal viene la cuesta abajo, la vida adulta con todas sus aristas, lo que se veía tan plano, tan afrontable, causa pavor. Las historias de Manuel Rivas fueron mi refugio, hasta que se asentaron las aguas. Y desde entonces, nada. Nos separamos. Volví a releer sus libros de cuentos, como el que contempla viejas fotos. Manuel Rivas se pasó a la novela y acentuó su activismo político. Yo vagué como alma en pena por temarios de oposiciones, escribiendo y borrando pequeños diarios, leyendo a ráfagas. Hasta que hace una semana nos volvimos a encontrar. Dos viejos amigos y El último día de Terranova.

El escritor gallego rodeado de libros, en una librería como la que aparece en El último día de Terranova
(foto: elpais.com)
La novela de Manuel Rivas, publicada en 2015, gira en torno a una librería que después de setenta años de actividad se enfrenta al desahucio. La librería Terranova es el centro de un sistema planetario alrededor del cual giran los personajes, las historias, en realidad cuentos desgajados. Terranova es un crisol, un lago donde confluye Garúa, una enigmática muchacha que ha huido de Argentina y a la que un esbirro de la Triple A pisa los talones. Donde orbita un confidente de la policía franquista, que busca un libro de Emily Dickinson para su hija enferma. Allí está la “cámara estenopeica” un reducto casi secreto donde camuflados bajo las solapas de libros médicos aguardan aquellos títulos que la censura franquista tiene vetados y llegan de contrabando en maletas de doble fondo. 

El núcleo ferroso de Terranova fue Antón, un pescador que legó a su hijo Amaro el capital necesario para abrir la librería, ganado faenando en las gélidas aguas de Terranova, haciéndose cortes en la mano para que manara la sangre y evitar que se le congelaran los dedos. Amaro, al que apodan “el hombre borrado” y “Polytropos”, un intelectual republicano experto en la Odisea de Homero sufre por las heridas de la represión franquista. Eliseo inventa viajes ficticios con Lorca, María Zambrano y Luis Cernuda, mientras accede a pasar breves temporadas en sanatorios mentales para eludir la cárcel a la que está abocado por su condición sexual, etiquetada como delito por las leyes contra “vagos y maleantes”. 

Un sinfín de personajes y como Kepler de este sistema que vira y refulge en torno a una librería, el narrador de la historia: Vicenzo Fontana, el Duque Blanco, letrista de “Los erizos” y al que la poliomielitis siendo niño confinó a un pulmón de acero para poder respirar. Manuel Rivas, haciendo un ejercicio de memoria histórica, nos cuenta que la magnitud epidémica de esta enfermedad fue ocultada por el régimen, enredado en corruptelas aun existiendo una vacuna en el mercado. Este es parte del universo Terranova; un apunte, porque no quiero fastidiar su lectura. Una muestra de la creatividad desbordante del escritor gallego, que permanece intacta con los años.

Imagen de un pulmón de acero, artilugio que servía para mantener la respiración de forma artificial. El régimen franquista ocultó la magnitud de la epidemia de polio en los años 50 y retrasó la vacunación por cuestiones peregrinas y luchas de poder entre facciones. Más de 2.000 personas murieron y 14.000 quedaron con secuelas. Fuente: lamarea.com
Eso sí, no es una novela fácil. Hay saltos temporales, elipsis y una deliberada fragmentación. Exige cuanto menos una lectura atenta. Las historias insertas a veces debilitan el nudo principal, reducen la tensión narrativa, incluso desorientan. Esto me hace pensar que Manuel Rivas sigue siendo el escritor de cuentos que yo recordaba, el hilador de anécdotas, el poeta reconvertido en narrador de historias. La novela se ha entrometido en su estilo, pero no ha conseguido fagocitarlo, apenas si lo ha alterado. Ahora los cuentos están insertos dentro de una trama, y más que estar supeditados a la historia, constantemente se imponen. O quizá mis propios prejuicios, mi imagen de amigo se ha impuesto sobre lo demás y he acabado leyendo lo que quería leer. Como este es un ejercicio de lectura compartida y no tanto de crítica literaria, dejo la duda y por si acaso remito a este link

Como conclusión, tengo que confesar que he disfrutado con la librería Terranova; aparte de comprobar que el estilo poético y evocador, en suma, único de Manuel Rivas no ha perdido con el paso del tiempo. Hay un entusiasmo de buen lector apenas disimulado, con el que me identifico. Los libros son un personaje más, adquieren una categoría real o bien simplemente simbólica. En esta novela Manuel Rivas hace un alegato a favor de la literatura y la cultura, de los espacios que la promueven y preservan. De la cultura como algo más que mera mercancía. La cultura, los libros, sirven para protegerse de los chaparrones de la vida y también para encararla y hacerle frente.

jueves, 12 de mayo de 2016

"La casa" de Paco Roca


La casa (Astiberri, 2015) del valenciano Paco Roca (1969) cuenta la historia de un grupo de hermanos que se reúne un fin de semana en la vivienda que su padre les ha dejado en herencia al morir. Abandonada durante meses, se han propuesto adecentarla para tratar de encontrarle comprador. Sobre este punto de partida, Paco Roca construye una interesante y emotiva reflexión sobre el paso del tiempo, los vínculos familiares y el cambio generacional, pleno de simbolismos. Alternando los flashbacks con el punto de vista de cada uno de los hermanos mientras emprenden las reparaciones, se reconstruye la historia de la casa, que no es otra que la del padre. También de la propia infancia, ese tiempo feliz tan volátil. Tan perecedero como muestra la viñeta del contenedor, donde acaban todos los recuerdos infantiles. Y es que todo está muy pensando en La casa; cada viñeta, cada dibujo, tiene su significado y encaja en la historia con gran delicadeza. 

Paco Roca ha conseguido emocionarme con esta novela gráfica o cómic, la denominación es lo de menos. Supongo que por edad y por la propia relación que tengo con mi padre, y es que las circunstancias personales de cada uno influyen a la hora de recibir o encajar cualquier historia. Mi padre pertenece a esa misma generación del protagonista de La casa; una generación que vivía para trabajar, soñando con un paraíso de clase media que incluía segunda residencia, coche utilitario impoluto y estudios para los hijos. Una generación de padres emocionalmente adusta, que no expresaba sus sentimientos y apenas hablaba con los hijos. Esa misma generación que hoy vive con estupor el derrumbe de estos sueños en carne propia, en sus hijos o nietos.

Foto: despuesdelhipopotamo.com


Puede que sea por esto o no, pero el caso es que la lectura de la casa me ha generado cierta sensación de congoja, como si el corazón percibiera de pronto que carece del abrigo de músculos y costillas, del mullido colchón de los pulmones y sintiera el vacío. Qué aterrador ese vacío. Qué aterrador es pensar en el tiempo perdido. Porque leyendo y pensando en La casa, uno siente lo inevitable que es la muerte, cosa sabida, pero también los estragos del olvido. Cada día devora al anterior. Y esos hermanos se detienen unos días en la casa del padre, que levantaron trabajando cada fin de semana. A ratos parecen felices, también aflora entre ellos el resentimiento. Pero sobre todo, se sienten intimidados por el peso de los recuerdos y al mismo tiempo por la ligereza con la que reviven y se disuelven. 

Acabo con la acertada conclusión de Fernando Marías en el epílogo final que acompaña a la novela: “a medida que envejezco siento que el único tema de la literatura –y probablemente de todo lo demás- es el paso del Tiempo y puede que así sea. Y La casa, que es el libro que un chico quiso dibujar para su padre muerto, es también el libro que ha permitido a Paco Roca, dibujar el Tiempo que se va, o que se fue, o que se irá”.

jueves, 5 de mayo de 2016

"astillas" de Celso Castro

Astillas (Libros del silencio, 2011) forma parte de la serie de relatos del yo, obra del coruñés Celso Castro (1962). Como en su día compartí en la llanura la lectura de el afinador de habitaciones, que pasa por ser la primera parte, me salto lo relativo al peculiar estilo, ortografía y sintaxis de Castro. Mejor, porque así me puedo centrar en la chicha y dejar este tipo de cuestiones para los entendidos.

Reconozco que soy un lector bastante errático. Y aunque fue acabar el afinador de habitaciones y babear por el siguiente de Celso Castro, he tardado once meses exactos en ponerme con astillas. Quería dejar algo de espacio entre una lectura y otra. ¿Tiene algún sentido lo que digo? No lo sé, pero así funciona mi lógica (si se le puede llamar tal) lectora. Eludo las rutinas, abrazo el caos, me dejo arrastrar por mi estado de ánimo. Y creo que por eso me atraen este tipo de libros. Aunque reconozco que tomé astillas con la esperanza de curarme la melancolía primaveral, que en términos médicos se denomina astenia. Un problemilla que comparto con cierto amigo mío. Pero resulta que este es más aprensivo y pidió cita con el médico. Le recetó hierro, un multivitamínico y al parecer le dijo, con una sonrisa de las que uno no sabe cómo tomarse, que era cuestión de personalidad o humores que le llamarían los antiguos: "le ocurre a las personas sensibles como usted", sentenció. Maldita sensibilidad, ¿para qué sirve, en un mundo donde uno abre el periódico y lee: “un padre mata a otro tras una discusión por sus hijos”? Pues sirve para que un libro como astillas te derrumbe, te haga cosquillas pero no consiga hacerte reír, sino casi llorar. Para que te arda el estómago y mastiques en lugar de leer y te empape esa angustia que emana de sus páginas.

La historia comienza con la muerte de la abuela del protagonista (Celso Castro nunca revela el nombre, al parecer esto se denomina "anonimia": “no me gusta ponerle nombre al narrador porque quiero que el lector se identifique con él”). Ya lo conocemos, lo tratamos en el afinador de habitaciones. Es un joven que trabaja en una biblioteca, frecuenta tugurios, bebe coñac y traga anfetaminas igual que si fueran gominolas. Tampoco le faltan las mujeres: como todo chico malo, las tiene a pares. La historia transcurre en medio de un lapsus sofocante, de exaltación y caída depresiva. Está narrada en primera persona y Celso Castro consigue así crear una intimidad de barra de bar, de noche de verano, de confesiones compartidas entre cigarro y cigarro. Una oralidad que te absorbe, te magnetiza y es difícil librarse de ella. Incluso ahora que escribo esta reseña, o lo que sea, me cuesta desprenderme de su aura, como cuando pasas mucho tiempo con alguien cuya personalidad apabullante te acaba influyendo e involuntariamente copias muchos sus gestos o expresiones. Te mimetizas, que se suele decir.

Volviendo a astillas. Aunque el tono general de la narración es la mayor parte del tiempo descarnado, contiene intensas descargas poéticas y filosóficas, dispersas y dosificadas con mesura. Y es que nuestro protagonista es un poeta. A todos lados lleva su cuaderno de notas, al que llama “escombrera”. En el libro hay pequeños poemas insertos, más bien anotaciones poéticas o poetizadas, pero sin cargar las tintas. Es una novela pulida a fondo, sin aristas, donde el descuido es solo aparente. Es contundente por su salvajismo. Uno se olvida incluso de que está leyendo y sufre la clásica desmaterialización que provoca la lectura y se convierte en ese interlocutor silencioso al que habla el personaje de Celso Castro.

Tras contar todo esto ya casi he conseguido desahogarme, pero hay más. Está la presencia de lo paranormal: hay una casa encantada, un “sensitivo”, fantasmas y un ambiguo arcángel cometiendo todo tipo de tropelías, un poco al estilo de la película Poltergeist. ¿Es todo consecuencia de ese viaje lisérgico, del que no se apea el protagonista en todo el relato o lo sobrenatural es un invitado real en la novela de Castro? Me he quedado con la duda. Y para cerrar este triángulo imperfecto que es astillas, tenemos amor. El bendito amor, un amor que implica absoluta entrega, destructivo y tóxico. Lo sufre un tal Bruno, amigo íntimo del narrador con el que protagoniza las llamadas “purgas poéticas”, que consisten en cronometrar el tiempo que son capaces de verter inconscientemente versos y más versos, todo esto con su buena dosis de estimulantes. Lo sufren las mujeres que, atraídas por el magnetismo del protagonista, queriendo ser fatales se ven abocadas a la fatalidad.

El escritor Celso Castro, el pasado mes de agosto.
El padre de la criatura, en una foto reciente (fuente: El País)
Cuánta melancolía hay en astillas, yo que esperaba acidez y me encuentro un barco complejo, chirriante, mecido por un aliento poético siempre presente, aunque no haya versos, aunque haya simples párrafos descarnados y diálogos interminables donde no se dice nada, donde todo se guarda o apenas se masculla. Toda una experiencia astillas, cargada de pensamiento, de ritmo frenético, de angustia existencial resumida en la frase: “sabía que en algún momento me había muerto sin enterarme”.

Hay, eso sí, cierto peligro de encenagarse, de acabar un poco harto de ese joven del que ni siquiera sabemos el nombre, de tenerlo pegado al oído, llorando, porque siempre llora: siempre tiene un nudo atado a la garganta –la sensibilidad, la maldita sensibilidad otra vez-. Quizá por eso Castro titula el último capítulo con un elocuente: “¿aún estás ahí?”. Pues sí, aún. A pesar de tanto fantasma y de que sobrevuela la amenaza del melodrama. A pesar de que la poesía y el pensamiento derivan en una catarsis de pura congoja, de puro camino hacia el suicidio. Pequeños bajones, tropiezos perdonables y que en realidad son más bien impresiones de este lector que tiene ese problema, el de involucrarse demasiado. Por eso después de astillas, hoy mismo (ayer, reviso) en la sala de espera del médico, he cambiado radicalmente de tercio, apartando mis compras recientes y me he zampado treinta páginas de una novela social de principios de siglo (y con ella sigo). Me volveré a cruzar con Celso Castro, ahí está entre culebras y extraños, que cierra los relatos del yo. Pero tendrá que acabar la primavera.