martes, 17 de marzo de 2020

"Dos hermanos" de Bernardo Atxaga


Resultado de imagen de dos hermanos de bernardo atxaga ciruclo de lectores

Tenía reservada esta novelilla de Bernardo Atxaga para degustar en un momento especial. La compré en un rastro, en la portada un joven lucha contra una serpiente, que se le ha enredado por el cuerpo. Parece un Laocoonte campesino. Esa serpiente bien podría simbolizar el rencor, la ira incontrolable, la envidia maliciosa o los celos. Todas aquellos sentimientos que pueden asfixiar, triturar todo lo bueno que yace en nosotros. El título, Dos hermanos, de reminiscencias bíblicas, acentúa esa aura de tragedia.

Nunca pensé que afrontaría su lectura en mitad de esta tempestad que nos abruma. Aún no estamos en el ojo del huracán, apenas han caído las primeras gotas. Me siento decepcionado porque la sociedad más igualitaria, próspera y formada de la historia sea capaz de engendrar tanto egoísmo. Un egoísmo que vacía los supermercados y llena las playas. Esta tarde he tenido que salir, con permiso del estado de alarma. Mi hijo requería unas medicinas para alejar el coco del broncoespasmo en primavera. La farmacia era la representación de la abundancia y del terror.

Después he ido al super que hay al lado, para proveerme de víveres. Las vitrinas estaban esquilmadas y unos pocos errantes, vagaban guarecidos bajo sus protecciones de látex. Humanos eludiendo a otros humanos y a la vez, buscándolos. Ha sido curioso: me evitaban al principio, pero luego hacían un gesto de arrimo involuntario. ¿Querían compartir su miedo? Una anciana se me ha acercado por detrás, encorvada, con un bastón tembloroso. No encontraba las patatas. He localizado una malla de un kilo entre dos cajas: los tubérculos lavados, esplendorosos, del tamaño de kiwis. La mujer ha suspirado cuando le he dicho el precio. No se acerque a nadie, señora, los mayores tienen que ir con mucho cuidado por el virus. Se ha reído y han brillado sus ojos octogenarios. Hay muchos ancianos solos, rebuscando en los estantes semivacíos: cuando fue la marabunta, no pudieron ni acercarse a la puerta. Quedan cigalas en la sección de congelados, ternera Angus en las carnes y mucho vino, ¿nadie compra vino en el Apocalipsis? Pero no hay patatas, ni zanahorias, ni pollo.

Dos hermanos es una fábula, con todo el légamo de la claustrofobia de aldea, donde el drama asoma también en los símbolos, como mi pobre anciana gibosa espigando patatas. Desde el principio sabes que todo saldrá mal en esta historia. Porque comienza con la muerte. En un lugar mítico: Obaba, que uno imagina como un valle fragante y sombrío. Un hombre agoniza y como aconseja la buena muerte, debe dejar sus asuntos arreglados. Tiene dos hijos, Paulo, al que dirige su última voluntad y Daniel. Cuida siempre de Daniel. Cuida de tu hermano en todo momento, tanto si llueve como si luce el sol, tanto en julio como en cualquier otra época del año. Tú eres el único que puede cargar con esa tarea. ¿Qué le ocurre a Daniel? No es una persona normal, pero tampoco es un trapo viejo. Es tu hermano, el único que tienes.

         
            Adaptación al cine de Dos Hermanos (Bi Anai), por Imanol Rayo.         

La vida de estos huérfanos se verá entrecruzada con las de Carmen y Teresa. Carmen es prima de Paulo, sus familias se separaron por agrias disputas y siente una mezcla de repulsión y atracción por su primo, un deseo morboso de venganza y a la vez anhelo. Teresa está enamorada de Paulo y encuentra en Daniel y su naciente deseo sexual, una manera de acceder a su amado, que alentará Carmen para llevar a cabo su plan fratricida. El desenlace llegará en pocas páginas. Nos lo cuentan los animales del bosque, guiados por una misteriosa voz. El pájaro, las ardillas, la taimada serpiente (extasiada por el odio que domina a Carmen), incluso las estrellas: son nuestro narrador omnisciente, pero sin capacidad para torcer lo que parece escrito. Son, en cualquier caso, transmisores (¿y símbolos?) de los sentimientos que arrastran a nuestros personajes. Con ese recurso fantástico, originalísimo, Atxaga nos lleva a un espacio irreal y a la vez conocido, de sentimientos primitivos y devastadores. El destino es inamovible y desemboca en la perdición. El rencor acumulado, como el veneno de la serpiente, lo extermina todo.


Dos hermanos fue escrita en Euskera con el título de Bi anai y luego, años más tarde, recuperada por el autor y traducida por él mismo. Lo que implica, de hecho, una reescritura. No dejó de extrañarse Atxaga ante sus propias palabras, como concluye en el epílogo: imposible volver a ser lo que fuimos antes, imposible escribir como entonces, imposible encontrar la palabra exacta sin traicionar el original. De ahí que, a pesar del parecido, este Dos hermanos no sea aquel Bi anai. En términos vagamente aritméticos, yo diría que Dos hermanos es igual  a Bi Anai más-menos once años de la vida de su autor. Bernardo Atxaga (seudónimo de José Irazu Garmendia) es uno de los escritores en euskera más prestigiosos y Premio Nacional de Literatura 2019. Merece la pena adentrarse en el mítico Obaba para volar, como el pájaro narrador, hacia sus inmediaciones:
Emprendí el vuelo dispuesto a cumplir la orden que había recibido de la voz, y volé valle bajo hasta que le torrente adquirió la anchura y profundidad de un río, y luego seguí volando por encima de los alisos que, en lugares como Obaba, siempre acompañan la marcha del agua hacia el mar. Después de un tiempo, observé que el río se remansaba y que la fila de alisos se interrumpía para dejar sitio a una construcción rodeada de troncos de madera y castillos hechos de tablas, y supe que aquello era un aserrador y que mi primer viaje estaba a punto de concluir. Era ya el atardecer, y el cielo era amarillo y azul, amarillo intenso en la parte donde se estaba poniendo el sol y azul pálido en el resto.
Ahí os dejo.  

jueves, 13 de febrero de 2020

"Viejas historias de Castilla la Vieja", de Miguel Delibes

                             Resultado de imagen de viejas historias de castilla la vieja

Al parecer, desde que el mundo es mundo la extinción con mayúsculas ha hecho acto de presencia en al menos cinco ocasiones. Y según el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts), a los habitantes del siglo XXI nos tocará ser testigos de la sexta y quizá peor de todas. Meteoritos, un apocalipsis volcánico, supernovas, los agentes devastadores han sido de lo más variado. En esta última, le tocará al hombre hacer de ángel exterminador. A mis alumnos les choca cuando les digo que el ser humano, junto a un cambio climático, pudo contribuir (y no poco) a la extinción de la megafauna: mamuts, mastodontes y demás. Con herramientas de piedra y el dominio del fuego, nuestro sapiens no tenía rival.

Aparte del gran mundo y sus complejidades, que no es objeto de este blog, (si del excelente libro de divulgación que tengo entre manos, Vida, la gran historia, de Juan Luis Arsuaga y que recomiendo), a nivel humano la extinción también ha sido norma más que excepción. Los romanos sembraron Cartago de sal, Carlomagno cortó el pescuezo a los sajones recalcitrantes, armas, gérmenes y acero dieron el finiquito a las culturas precolombinas y los judíos europeos fueron casi exterminados por el III Reich y sus satélites.  A día de hoy se habla de “extinción cultural”, en correlación con la pérdida de diversidad biológica. El causante es la globalización y parece tan inevitable como irreversible. En ese agujero negro se encuentra el mundo rural, en el que nací, me crié y vivo. Quedan vestigios, casi fósiles, atavismos y tradiciones folklóricas para atraer el turismo urbanita de domingo y puente. En nuestra forma de ser, subsisten también residuos, algunos deleznables y otros, virtudes que merece la pena preservar y transmitir.

Se acerca la fecha de caducidad, sin duda. En mi ciudad, que los locales llamamos pueblo, viven más de cuarenta nacionalidades y la vida campesina, el abuelo con boina de fieltro fumeteando en la plaza y la abuela barriendo la calle al amanecer, los niños jugando en las eras, no son más que fantasmas del pasado. Sombras, de las que no quedan más que solares vacíos y casas de quintería hundidas. Las extinciones pueden ser graduales o no, su velocidad es variable. Cuando Miguel Delibes escribió Viejas historias de Castilla la Vieja, en 1964, el declive del mundo rural ya era irreversible. Ha pasado mucho tiempo y la “España vacía”, bautizada así por Sergio del Molino, se resiste a ser aniquilada, tanto que decide gobiernos. Son sus estertores, en realidad. En nuestro país existen 3.000 pueblos abandonados. Hay en ellos un aura de misterio y exotismo, Gwyneth Paltrow llegó a recomendar uno de ellos en su exclusivísima guía Goop, como regalo ideal para Navidad. De hecho, árabes y rusos están invirtiendo en su compra e incluso hay un portal inmobiliario especialidado para el que sueñe con no tener vecinos y respirar aire libre de agentes cancerosos. Aunque el esnobismo depredador nunca se da por vencido y te puede pasar como al protagonista de Los asquerosos (el inesperado best-seller de Santiago Lorenzo).

Horizonte, Agricultura, Campo, Cielo, Paisaje, Rural
Foto libre de derechos (Pixabay)
Estamos, en cualquier caso, hablando del recipiente. Pero la cultura la hace el hombre y Delibes ya anticipa o mejor, retrata, el derrumbe. Una demolición escalonada. Cuando murió Félix Grande, en mi ciudad invitaron a Luis Landero a dar una charla y él se refirió a su amigo y a sí mismo, como “los últimos eslabones” de esa cultura campesina. Así es. En apenas 77 páginas Delibes nos lo explica. Isidoro es un muchacho que no encaja en el cerrado ecosistema de su aldea, a principios del siglo pasado emigra a la ciudad a buscarse la vida. Sus huesos irán a parar a las Américas y casi cincuenta años después regresa a casa. Espera ver su pueblo tal y como lo dejó. Y ese ha sido el castigo del campo. No evolucionar. En un mundo de cambios radicales, la cultura campesina ha sucumbido a la lucha por la vida. Se ha extinguido o sido sustituida.

Isidoro recuerda, a través de diecisiete estampas, “historias” de su vieja Castilla (acotada a la Tierra de Campos, por lo que parece). Su llegada a la gran urbe es representativa de la clásica fricción campo-ciudad. La balanza siempre estuvo desequilibrada: aún hoy, rústico es sinónimo de ignorante y urbano, de persona educada y que sabe comportarse. Por eso sus compañeros de estudios le cogen distancia y se burlan de él: “llevas el pueblo escrito en la cara”, le dicen. Aunque al principio se avergüenza de su impronta aldeana, no le cuesta mucho a nuestro narrador darse cuenta de que no es tan malo ser de pueblo. Es casi bueno, porque “mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba” y  a la despersonalización urbana se impone el arraigo rural, tener tu lugar asignado desde la cuna. Una cárcel para almas libertarias, un alivio para los que gusten del nido caliente.

Hay un tono nostálgico o desolador, según se mire, en Viejas historias de Castilla la Vieja. La maestría narrativa y léxica de Delibes brilla en su máximo esplendor y no sin motivo el autor consideraba estas breves historias lo mejor de su narrativa. Hay que preparar el diccionario de la RAE, eso sí, en el que Delibes puso mucho empeño para incluir esas palabras ya sepultadas por el desuso. ¿Qué nos evoca a nosotros autillo, hachones, almorrón, cascajo, jorco, esparavel, matacán, argayas, alcaravanes y avutardas? 

Más allá de su costra desoladora, hay cierto pulso costumbrista, que con el paso de los años ha devenido casi en realismo mágico. Es una bruma fantasmagórica que impone la distancia, el tema, el ambiente, los comportamientos, son tan extraños que parecen fabulaciones. El tema de la lucha por la supervivencia es palpable, el alimento se extrae de la tierra y la cosecha vive a merced de los caprichos del tiempo, “el peligro más temido era el cielo”, la helada negra (tardía) que chamusca los árboles, las nubes cárdenas que presagian el pedrisco. En medio, los hombres y sus costumbres ancestrales, todavía con el cordón umbilical que les une a la naturaleza sin cortar. El páramo en pugna con el arado, los chopos testigos de los noviazgos campesinos, las malas hierbas y sus flores indómitas, la caza de la perdiz y el juicio de los grajos, que finaliza en ejecución sumaria. Un libro que contiene la esencia de un mundo finiquitado. Con su dedo de nostalgia, pero sin esconder lo que era una forma de vida anquilosada y rayana en la subsistencia.

Para acabar, he encontrado un entrañable vídeo que un grupo de niños de esa España rural ha grabado en el CRA (acrónimo de Colegio Rural Agrupado) La Demanda, provincia de Burgos. En mi región, trataron de aniquilar estos colegios desde el poder, arguyendo imaginativos ahorros, pero se da la paradoja de que, al menos en la enseñanza pública, son los actuales laboratorios de innovación educativa: ¿resucitará el campo, convertido en vanguardia?
               

domingo, 2 de febrero de 2020

EL HERMANO DEL KÁISER

Os traigo un relato que he tenido dando tumbos una buena temporada y aunque me consta que, en al menos una ocasión, ha tenido un pie en la final, no he conseguido verlo en papel. Quizá es demasiado extenso para el formato blog y más en estos tiempos de prisas, pero espero que os resulte entretenido (todas las fotos son de PIXABAY  y no tienen derechos de autor)

                   
Existe una historia oculta paralela a la oficial. En mi país, siempre ha sido así. Hay pruebas irrefutables, están al alcance de quien quiera saber: El hombre nunca estuvo en la Luna. Fue un montaje de la NASA, las imágenes que conocemos fueron filmadas en un estudio por Stanley Kubrick. El área 51 existe, es una realidad. Bajo la arena del desierto de Nevada reposan los restos del accidente alienígena de Roswell y se siguen realizando experimentos. Los illuminati controlan el mundo, su símbolo preside los billetes de un dólar. Elvis murió en un accidente cuando cumplía el servicio militar en Alemania y por mediación de la CIA, fue suplantado por su hermano gemelo. Los defensores de esta teoría argumentan que en su tumba figura la inscripción “Elvis Aaron Presley”, mientras que en su partida de nacimiento aparece como “Aron”. Esa “a” duplicada es la pista definitiva. Llegado a este punto no puedo evitar sonreír.

                           Elvis, Estacionario Elvis, Cadillac, Culto

Fue a finales de 1933. Mis padres desembarcaban en Nueva York exhaustos, después de atravesar el Atlántico hacinados en un oscuro camarote de tercera. Cubiertos de chinches y hediondos, arrastraban su maleta empujándola con los pies, sosteniendo en la mano el pasaporte que les identificaba como Salomon y Eva Reinhardt. En las entretelas del chaquetón de mi madre dormían, convenientemente ocultas, las joyas familiares que pondrían la semilla de una nueva vida en la llamada tierra de las oportunidades.
Dejaban atrás Alemania, huyendo de la caza que se había desatado contra las personas de su condición. En abril de ese año, en virtud de las regulaciones establecidas por el llamado “Párrafo Ario”, habían sido cesados de su trabajo en la administración pública. Fue el primero de los decretos contra los judíos. Las Leyes de Nuremberg ya estaban en el horno y crecían como un suflé.
Al principio, encontraron un nuevo empleo tratando de rehacer sus vidas y dejándose arrastrar por la corriente dominante, que no veía peligro alguno en aquel histrión del brazalete con la cruz gamada. Entonces ocurrió. Mi madre regresaba del trabajo dando un paseo; era una tarde apacible pero de improviso, se levantó un fuerte viento. La alfombra de hojas que tapizaba la acera formó un remolino y ascendió diseminándose. Mi madre siguió la nube de hojas zigzagueante, hasta que se topó con una gran bandera con la esvástica. Su color rojo restallaba sobre el cielo azul, como una amapola en primavera.  Entonces algo se removió en sus entrañas, ella siempre lo llamó “el gran presentimiento”. Fue una especie de aviso divino. Comenzó a temblar y a sentir un frío que le calaba hasta el tuétano.
En cuanto llegó a casa hizo unas llamadas, tiró de sus contactos en la administración para conseguir un pasaporte y preparó la maleta. Mi padre la siguió sin decir palabra, como si hubiera caído bajo los efectos del vudú, una poderosa magia que dicen anula la voluntad de las personas.
Cuando años después se dispuso a leer el periódico, en la sala de estar de nuestro pequeño apartamento de Brooklyn y vio la noticia de la Kristallnacht, cayó a los pies de mi madre y se abrazó fuerte a sus tobillos, supongo que para exteriorizar su alivio, porque hasta ese momento no había estado seguro de haber acertado con su huída. Sentía un profundo desarraigo en aquella ciudad inabarcable donde le costaba orientarse, siempre bajo la severa mirada del Dios del dólar, que regía en aquellas latitudes, en contra de las apariencias, por encima del Yahvé judeocristiano.
Los inicios de mis padres en la tierra de las oportunidades fueron duros. Las joyas les sirvieron para gozar de cierto margen los primeros meses. Pero el dinero se acabó pronto. Mi padre probó fortuna en varios empleos, mientras se las componía para aprender el idioma, hasta que consiguió entrar en una gran firma de venta y se convirtió en viajante de comercio. Con el tiempo llegaría a disfrutar de una posición holgada pero en aquel momento formaba parte del lumpen de la empresa y recorría la costa este con su muestrario bajo el brazo.
Poco a poco, su habilidad para la venta le fue haciendo ganar crédito ante los jefazos. La empresa se expandía y colonizaba, como los viejos pioneros en sus carretas, los estados sureños. Había que formar a los nuevos vendedores, supervisar los primeros pasos de la marca por aquellos lares, y así fue como sus huesos, como una pelota de béisbol bateada con efecto, describieron una parábola de Nueva York al estado de Misisipi. Mi madre se negó a quedarse sola y decidió acompañarle; la empresa le había asegurado que sería algo temporal, un par de meses a lo sumo. Fue algo más, y en ese tiempo añadido comenzó mi andadura por el mundo.
Se asentaron en Tupelo, muy cerca de Memphis. Como necesitaban cada dólar, buscaron un anuncio en la sección correspondiente del periódico local (los había por docenas), hasta dar con una habitación de alquiler lo suficientemente barata. La casa era de un matrimonio muy joven. El muchacho decía tener ascendencia alemana y por ahí comenzaron a entenderse. La mujer estaba embarazada. Se mantenían con los trabajos esporádicos de aquel y la escasa minuta que les proporcionaba alquilar el cuarto de invitados, ingreso que se esfumaría cuando fueran padres, porque la humilde vivienda sólo tenía dos habitaciones.
Salomon y Eva sintieron compasión por los jóvenes y se encariñaron con ellos. El 8 de enero de 1935 la muchacha rompió aguas y las contracciones la postraron. Mi madre pidió, como en las películas, toallas y agua caliente. Luego se escuchó un primer llanto. Nací, un pequeño coágulo sanguinolento del tamaño de un gato. Detrás de mí, treinta y cinco minutos de reloj después, mi hermano. El Rey.

                                 Elvis Presley, El Ídolo, Marco De Fotos, Foto, Vintage

Ya lo habían supuesto, seguro. Soy el hermano gemelo de Elvis. La historia oculta está en lo cierto, en parte. Fui dado en adopción. Este punto es verdad, ahora contaré lo que sucedió después.
La decisión se tomó precipitadamente. Aquellos muchachos, que a la sazón fueron mis verdaderos padres y que nunca conocí, me entregaron con sigilo. Se arregló todo para certificar mi muerte; el papeleo no fue nada problemático: el pastor estuvo de acuerdo y se oficiaron mis exequias.
Así que me crié como un niño de ascendencia judía o alemana, según el caso. En plena guerra, en ciertos ambientes, era mejor optar por lo primero. Mi madre me contaba antes de dormir historias en Yiddish, oscuros cuentos de hombres de barro que cobraban vida y niños que se perdían en el bosque y eran devorados por brujas sin entrañas. Se respetaba el sabbath, hasta cierto punto y se cocinaba el cholent, cuyo olor impregnaba el barrio el día de antes.
Pero de puertas para fuera, éramos americanos, queríamos serlo. En mi caso, pasaba las tardes jugando al béisbol con mis amigos del barrio: hijos de alemanes, judíos, italianos, polacos, irlandeses. Las sobras excretadas de la vieja Europa. Nos reuníamos en una desolada planicie, rodeada de edificios inacabados por culpa de la severa depresión que había azotado América como un ciclón a comienzo de los años treinta. Todos soñábamos con ser el nuevo Joe DiMaggio. Coleccionábamos tebeos del capitán América, íbamos al cine, escuchábamos la radio (no, era muy pequeño cuando Orson Wells nos la dio con queso informando de una invasión alienígena, así que no lo recuerdo. Al parecer, mi madre, ante los gritos de angustia de los vecinos, que asomaban el cuello por entre el hueco de las ventanas de guillotina de sus casas, se limitó a decir: “es un farol”) y así encaré la adolescencia. Cigarrillos y algo de alcohol hurtado a los adultos, peleas y búsquedas inacabables de chicas que se dejaran tocar. Yo era un chico guapo, ojos claros, espesa cabellera rubia (sí, Elvis era rubio, pero se tintaba el pelo porque quería parecerse a su ídolo Tony Curtis), metro ochenta cuando acabé la secundaria. Mi padre intentó conseguirme un puesto en su empresa, donde había ascendido y era jefe de ventas, pero yo no me veía arrastrando una maleta con bisutería y durmiendo en pensiones de mala muerte por todo lo ancho y largo del país.
Bien, seguro que el lector está impaciente por saber, por conocer cómo me sentí cuando presencié el show de Elvis en el programa de Ed Sullivan. Pues como media América, la parte masculina. Según se dice, una generación de adolescentes vio en Elvis un referente, un espejo donde mirarse. Pero es que yo, me vi a mi mismo. Mi madre entró en la sala. Yo estaba petrificado frente al televisor y la ignoré. Después de ver la imagen de mi hermano contoneándose, lanzó un grito, se tapó la boca con las manos y apagó el aparato.
En ese momento pensé que era una reacción puritana y me enfadé. En mi cuarto, me eché el pelo hacia atrás, como Elvis y traté de mover las caderas a su modo. Estuve a punto de descoyuntarme como una vieja yegua. Dicen que los gemelos son idénticos al ciento por ciento. Pero hay pequeñas diferencias. La nuestra, era el talento musical. Puede que la impronta de mis padres adoptivos aniquilara la semilla creativa que me había correspondido por herencia o quizá mi hermano hizo algún pacto con el diablo en un cruce de caminos, nunca lo sabré. Lo que pronto quedó claro es que no era capaz de cantar, ni de bailar. Mi voz era gutural y plana, apropiada para entonar el “Dutchland, Dutchland über alles”, pero ¿qué puede haber más alejado del desparpajo y mestizaje del rockabilly? En cualquier caso, el hecho de parecerme a Elvis, me llenó de expectativas. Con el sexo femenino, me refiero. Enseguida decidí vestir como él, peinarme el tupé, ser un tipo duro. Mis amigos, la primera vez que me vieron, pasado el asombro inicial, se descojonaron. ¿El Rey? Tú serás en todo caso el Káiser y así me llamaron desde entonces.
Sin embargo, contra todo pronóstico, la reacción de las chicas no fue muy esperanzadora. Me acusaban de falta de personalidad, invitándome a ser yo mismo. Joder, me psicoanalizaban en lugar de arrimarse a mi bragueta, que era lo que más anhelaba en el mundo. Así que decepcionado, me fui alejando de la imagen de, yo no lo sabía, lo recalco, mi hermano. Me corté el pelo a cepillo, me dejé crecer el bigote (¿imaginan a Elvis de esta guisa? Nadie me comparaba ya con él). Cuando Elvis tuvo que hacer el servicio militar y lo enviaron a la RFA, yo ya era parte integrante de la nueva clase media americana. Me hice peluquero y con ayuda de mis padres abrí un pequeño local en Brooklyn. Así pasaron los años.
Se lo que están pensando. En aquella época ya se sabía que Elvis había tenido un hermano gemelo llamado Jesse y circulaban todo tipo de rumores. Mi parecido, mi edad, el hecho de que mis padres fueran mayores y no tuvieran más hijos, todo ello debería haber levantado suspicacias. Pero era un judío alemán de Brooklyn, para la mayoría resultaba inconcebible relacionarme con El Rey.
Hasta que un buen día de 1977, tras acabar unas horas antes mi jornada, coloqué el cartel de cerrado y después de bajar las cortinas para asegurarme de que nadie husmeara dentro, me apliqué con una espátula el tinte negro, tapando mi poblada cabellera rubia, ya medio encanecida. Luego me pasé la maquinilla para rasurarme el bigote y, casi a escondidas, cuando anochecía, subí al coche dispuesto a recorrer los mil y pico kilómetros que me separaban de mi hermano para conocerle. Habían pasado muchos años, desde que Elvis se convirtiera en la encarnación del sueño americano. Por aquel entonces salía poco por televisión y lo solía hacer embutido en un traje de lentejuelas como si fuera un árbol de Navidad viviente. No tenía buen aspecto. Eso sí, por algún extraño milagro su voz conservaba gran parte de su expresividad.
¿Y por qué lo hice? Durante toda mi vida había vivido en la ignorancia. Sin embargo, la muerte de mi madre me puso sobre la pista. En su habitación guardaba una vieja caja de latón, encima del armario. La cogí a escondidas, porque quería tener un recuerdo personal de ella. Una gruesa capa de polvo cubría la tapa. Dentro estaba su pasaporte, recortes de periódico y algunas cartas, amarillas por el paso del tiempo. Elegí una de ellas por casualidad y contemplé atónito el remite: “Sra Gladys Presley”. Abrí el sobre y comencé a leer, saltando con ansiedad de un párrafo a otro.
En la carta, Gladys le daba las gracias a mi madre por preocuparse por su estado de salud, le decía que echaba mucho de menos a su hijo (Elvis), que estaba en Alemania y, en este punto se me vino el mundo encima, le preguntaba por el pequeño Jesse y si podía enviarle una fotografía, porque presentía que la muerte la rondaba muy de cerca y quería llevarse un último recuerdo de su pequeño, al que con todo el dolor de su alma tuvo que dar en adopción.
El resto se lo pueden imaginar. Fue un choque para mí, por supuesto. Me dolió saber que aquellos padres que adoraba no lo eran en realidad. Estaba hecho un lío. Y me sentía muy solo. Huérfano por duplicado. Con un hermano al que nunca había conocido, del que no sabía más que lo que decían los periódicos o la televisión o sus fans, seguro que una imagen deformada de quién era verdaderamente. Millones de americanos querían a Elvis como a un hermano o a un hijo. Y yo, lo había adorado de joven y luego menospreciado. También me dolió enterarme de todo de esa manera, por azar, le reproché a mi padre adoptivo que no hubiera tenido el valor de decírmelo y sentí resentimiento hacia mi difunta madre, con lo que me quería. También que había perdido demasiado tiempo; tenía que ver a mi hermano, costara lo que costase. Pero no podía airear a los cuatro vientos mi nueva identidad, sin que me tomaran por un loco. Por eso aquel día decidí trasladarme directamente hasta Memphis en secreto

         Memphis, Tennessee, Graceland, Elvis Presley, Hito

Llegué después de un par de días de viaje. La casa de Elvis es una gran mansión, sobra cualquier comentario porque todo el mundo conoce “Graceland”, es el lugar más visitado de América. Recuerdo que me intimidó la fachada, con grandes columnas y un frontón como si fuera un templo griego. Pasé por la puerta, donde merodeaban varios fans, escondiendo la cabeza entre el volante para evitar altercados. La finca estaba convenientemente vallada, pero pude sortearla sin dificultad. Poner los pies en el césped de aquella mansión fue una sensación extraña, el corazón me latía desaforadamente. Enseguida me dirigí hacia una de las puertas, cuando escuché una voz dándome el alto. Me quedé petrificado, sin saber qué hacer. Una mano velluda, acostumbrada a hundir tabiques nasales, me agarró del hombro y me dio la vuelta como si fuera un traje colgado en una percha:
—Se puede saber qué cojones...
Le miré sin mediar palabra. Después de teñirme el pelo y afeitarme el bigote, era el vivo retrato de mi hermano. Llevaba unas gafas oscuras puestas y una chaqueta de cuero con las solapas hacia arriba. El tipo dudó un segundo, pero se sintió intimidado y dijo:
—Jefe, no le había reconocido. Tiene muy buen aspecto.
Seguí mirándole en silencio. Temía que al hablar mi acento de Brooklyn me delatara.
—Le acompañaré dentro. Hay un grupo de chifladas que quiere entrar a toda costa, si le ven se lo comen vivo.
Le seguí por un sendero empedrado hasta una entrada lateral, que abrió con llave. Nada más pasar el hombre desapareció por otra puerta. Aquello, acostumbrado a mi pequeño apartamento, me pareció el palacio de Versalles. Avancé por el pasillo y divisé una estancia con un piano y cristaleras de colores. Sentado, de espaldas, estaba El Rey.
Durante el largo viaje había pensado mucho en qué decir. Pero a escasos quince metros de mi hermano, todo el guión se me vino abajo y no supe qué hacer. Elvis se percató de mi presencia e hizo un gesto con la mano, doblando la muñeca como en él era característico, sin darse siquiera la vuelta. Avancé un poco y me senté.
En ese momento se escuchó un estruendo y muchos gritos. Los dos nos dimos la vuelta y vimos acercarse a una adolescente enfurecida, su larga melena rubia flotando como un león cuando corre para hincarle el diente a una gacela y luego dos hombres aparecieron por detrás y la agarraron, alzándola en volandas. La muchacha pataleó furiosa. Aproveché la confusión para lanzarme al suelo y taparme la cara. Elvis se quedó mirando la escena, hasta que la puerta volvió a cerrarse y siguió con su piano. Sonaron los primeros acordes de Unchained melody y la voz de mi hermano brotó con inusitada belleza. Tenía un enorme magnetismo, todos lo han dicho y yo lo refrendo. A pesar de su palpable deterioro físico.
Una vez que concluyó, me atreví a salir de mi escondite y le estuve observando durante un rato. Pesaba cuarenta o cincuenta libras más que yo. Sudaba copiosamente. Siguió cantando mientras marcaba los acordes en el piano, con un suave trémolo. Fue el primer momento de intimidad que tuvimos. Cuando acabó se volvió hacia mí y apretó los labios, luego sonrió y sacó un bote de pastillas de su bolsillo, tragó varias píldoras y lo dejó sobre la mesa. El bote rodó hasta caer al suelo.  
— ¿Quién demonios eres tú y qué estás haciendo aquí?
Me quedé mudo, con un tapón de corcho apretándome la garganta y las palabras burbujeando en mi interior, amenazando con salir en estampida, como si fuera una botella de champán.
—Bien, que diablos. Si te vas a quedar ahí mirándome, sin decir palabra, aviso a los chicos y en paz.
—Me llamo Solomon y soy de Brooklyn—no fui capaz de articular nada más.
—Umm. De allí es Neil Sedaka, ¿lo conoces?
Elvis marcó unas pocas notas de la melodía de Oh Carol con el piano y volvió a reír, con esa manera ingenua, de niño grande que le caracterizaba. Yo también reí y nuestras risas sonaron al unísono, idénticas. Entonces su semblante cambió.
—Oh Dios mío.
Comenzó a hiperventilar y se lanzó al suelo, buscando el bote de pastillas, que agitó varias veces, pero estaba vacío. Me acerqué y le agarré del brazo. Noté como se sorprendía al sentir el tacto de mis dedos.
— ¿Entonces eres real?
— ¿Sabes quién soy?
Una voz sonó desde el umbral de la puerta. Volví a girarme para que no me vieran la cara.
—Eh, jefe, ¿va todo bien?
—Sí, ningún problema, estoy con un viejo amigo… de Brooklyn.
Su voz trató de sonar firme, pero temblaba. El esbirro cerró la puerta y nos dejó solos.

        El Ídolo, Elvis Presley, El Identificador De, Colección

Estuvimos conversando, en total intimidad, durante horas. Mi hermano hacía frecuentes pausas al hablar, silencios en los que miraba al vacío y pensativo, se acariciaba la barbilla. Respiraba con dificultad y tosía a menudo. Me habló mucho de nuestra madre, la extrema pobreza en la que se crió y lo que tuvo que trabajar para sacarle adelante. De las ganas que tenía de salir de gira por Europa y visitar Japón, incluso me prometió que le acompañaría, que podría sustituirle con la prensa o ante los fans.
—Tú eres neoyorkino, seguro que tienes facilidad de palabra y darías el pego; así estaría más descansado y fresco para cantar, últimamente no puedo ni con mi alma. No hace mucho me desvanecí en el camerino antes de una actuación y el Coronel tuvo que reanimarme metiéndome la cabeza en un balde de agua helada, no sé ni cómo pude abrir la boca durante el show.
No dejó de toquetear el piano, de entonar pequeños fragmentos, a veces sin verbalizarlos, sólo siguiendo la melodía en un arrullo. Hubo momentos en los que parecía olvidar que estaba frente a su hermano gemelo. Se había atiborrado de pastillas, en los últimos tiempos siempre lo hacía y urdía largos monólogos, como si hablara consigo mismo, divagando acerca del peligro de las drogas para la juventud. Me contó que habló con Nixon para encabezar un programa de lucha contra el consumo de narcóticos.
—Me regaló una placa, pero luego vino todo lo del Watergate y el asunto quedó en nada.
Sin embargo, en un instante recobraba la lucidez y corría a abrazarme; los dos derramamos muchas lágrimas y prometimos volver a vernos.
Conduje de regreso a casa, en mitad de la noche. Las luces se proyectaban en la carretera vacía, reflejando la línea discontinua como si fuera una cuerda de funámbulo  y  sobre ella discurriera mi vida, a un paso de caer al vacío. Por fin, vencido por el sueño, paré de madrugada en un hotel de carretera.
Me despertó el ruido de alguien golpeando la puerta.
—Señor, son las tres de la tarde. Tiene que dejar la habitación o tendrá que pagar otra noche.
Me zumbaban los oídos, como si me hubiera levantado después de una noche de farra. Me di una ducha y me acerqué a la recepción. Un individuo de unos cincuenta años, con largas patillas blancas, miraba absortó el televisor y meneaba la cabeza mascullando: no puede ser, no puede ser. Le pregunté qué pasaba y sin mirarme me dijo:
—Ha muerto Elvis, lo han encontrado en el baño, tieso como un pájaro caído del nido.
Dejé la llave sobre la mesa y me agaché para evitar caerme yo también, porque me estaba mareando. El recepcionista no se percató y siguió hablando:
—Al final era igual que cualquiera de nosotros, un hombre.
Dejé el dinero y carraspeé, tapándome la cara para que no me viera llorar. El tipo agarró el dinero sin dejar de mirar el televisor y contempló el billete.
—Me ha dado un billete de los grandes, ¿piensa que esto es el Hilton Palace? La habitación son sólo doce pavos.
Me volví haciendo un gesto con la mano y salí a paso rápido hacia el aparcamiento.  Aún así, vi como el recepcionista se echaba las manos a la cabeza:
—¡Dios santo!, ¡pero si es él!—y después del momento de estupefacción inicial, salió detrás de mí.
Le contemplé por el retrovisor, corriendo envuelto por el polvo que habían levantado las ruedas traseras de mi coche al derrapar, hasta que se paró resollando y agitó la mano en señal de despedida.
La historia oculta de América dice que este fue el primero de los avistamientos de El Rey que desmentían su muerte: en un hotel de carretera de Virginia, a más de cuatrocientos kilómetros de Memphis. Hubo otros, hay fotos que lo certifican y se cree que Elvis vive en alguna isla remota del Pacífico. Cuando veo un programa o escucho hablar sobre el tema a alguno de los pretendidamente expertos en teorías de la conspiración, en el viejo televisor de la sala común del sanatorio donde consumo los últimos años de mi vida, no puedo evitar sonreír.
                      

sábado, 25 de enero de 2020

"El increíble viaje de las plantas" de Stefano Mancuso


el increible viaje de las plantas-stefano mancuso-9788417747312

Afirma Stefano Mancuso que las plantas son las “George Bailey” de la naturaleza. Y es que, al igual que en la película de Capra un ángel demostraba a Bailey-James Stewart, al borde del suicidio, que su altruismo había sido fundamental para la vida de muchas personas, Mancuso nos recuerda lo que debería ser obvio: sin las plantas, a los animales les (nos) resultaría imposible vivir. El biólogo italiano, director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal de la Universidad de Florencia, se ha ganado sus alas: un sitio de honor en mi estantería.

Mancuso es autor de varios libros rompedores sobre la naturaleza de las plantas. En Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, escrita a dos manos con Alessandra Viola, especula con la posibilidad de que las plantas sean seres sensibles y con capacidad para resolver problemas (inteligencia, por tanto, a pesar de no poseer un cerebro). Hipótesis que abren nuevos caminos. En El futuro es vegetal, plantea un marco de referencia para resolver los nuevos desafíos medioambientales y formas insospechadas de corregir los desmanes cometidos, inspirado en las plantas. Son libros de divulgación, breves y muy sugerentes.

En cuanto al título que quería compartir en la llanura, El increíble viaje de las plantas, es menos atrevido en lo teórico. En él, Mancuso expone las variedades más insólitas de difusión y supervivencia del mundo vegetal. El final del prólogo promete:

En las páginas siguientes, explicaremos, entre otras, las historias de cómo las plantas han convencido a los animales para que las trasladasen de un punto a otro del mundo, de cómo algunas necesitan a ciertos animales para defenderse, de cómo han conseguido crecer en lugares inaccesibles y aislados, de cómo han resistido a la bomba atómica y el desastre de Chernóbil, de cómo han logrado introducir la vida en suelos estériles, de cómo han viajado a través de la historia o de cómo han navegado alrededor del globo. Nos esperan historias que hablan de pioneras, fugitivas, supervivientes, combatientes, eremitas y señoras del tiempo…

Cumple, os lo aseguro. Y se lee con avidez de niño explorador, porque Mancuso tiene el toque de otros grandes divulgadores como Asimov o Carl Sagan: una combinación de rigor, entusiasmo, atrevimiento y afán didáctico. Se hace corto, lamentablemente son 137 páginas. Intercaladas, hermosas acuarelas de Grisha Fisher. Se podrían haber completado con ilustraciones de muchas de las plantas singulares que se nombran. Está Google para salir de dudas, pero uno prefiere no desconectar de la lectura para husmear en la red.


Resultado de imagen de el pino matusalen
Ejemplar de Pino longevo. Uno idéntico, apodado "Matusalén", tiene cerca de 5.000 años. Su ubicación es secreta para protegerlo de... quién si no (Fuente: https://www.profeciaaldia.com/2016/01/matusalen-pino-mas-viejo-longevo-antiguo-del-mundo.html)

En lo que respecta a nuestra némesis, la herida infligida por la actividad humana a climas y ecosistemas terrestres y marinos, parece haber más conciencia que nunca. La actividad de los negacionistas ha quedado reducida a reírse de una adolescente con síndrome de Asperger. El medio ambiente por fin es motivo de charla de café, aunque no pase de ahí, de frivolizar sobre un tema que compromete el futuro de nuestros hijos y luego subir al coche para evitar extenuantes trayectos a pie de unos cientos de metros, no reciclar para no llenar el bolsillo de Ecoembes (conocidos por ocupar los primeros puestos de la lista Forbes) y usar y tirar con alegría hiperconsumista.

Conocí a Mancuso y su enfoque insólito que defiende la inteligencia y sensibilidad de las plantas, gracias a la excursión de los domingos con mi familia. La ciudad donde vivo está rodeada de descampados y como un sarpullido, montoncitos de escombros, pinares de repoblación con restos de animales domésticos y sofás desvencijados, barbechos: una planicie desolada. Enseguida, aparecen las tierras de labor, cepas bajas que están siendo sustituidas por emparrado, que se recolecta con máquinas. Así que ni en vendimia se ve un alma. Ciclistas, si acaso. No queda otra que salir en coche, hasta la espuma del monte y llegar al remanso de Ruidera, si acaso las Tablas. En el trayecto, escuchamos El bosque habitado, un programa ecologista de Radio3. 





El libro tiene una estructura muy sencilla. Se divide en seis apartados, que recogen algunas de las extraordinarias habilidades de las plantas, un repertorio digno de superhéroes que les ha permitido resistir extinciones y colonizar los lugares más recónditos del planeta. De cada uno, Mancuso aporta tres o cuatro ejemplos, entreverados con curiosidades y algo de jerga científica. En “Pioneras, supervivientes y combatientes”, sabremos de la “fitorremediación”, la capacidad de las plantas para absorber contaminantes, incluso la radiación de Chernóbil y por tanto limpiar la zona de exclusión, que han colonizado por completo. También de los “hibakujumoku”, árboles supervivientes a la explosión de Hiroshima, venerados en Japón.


Eucalipto
Uno de los hibakujumoku de Hiroshima (fuente: https://www.jardineriaon.com/hibakujumoku.html)

La segunda se titula “Fugitivas y conquistadoras”, todas las plantas que conocemos son emigrantes y el término “especie invasora” es inadecuado porque “las especies que tachamos de invasoras, mañana serán nativas”. En su carrera colonizadora, han sacado partido de las vías de comunicación humanas, por ejemplo el conocido como “rabo de gato”, propagado por Europa a través de las carreteras o el Jacinto de agua, cuya difusión en Estados Unidos, con tintes de plaga, provocó la intervención del mayor Burnham, fundador de los boy-scouts, quien propuso una imaginativa solución: importar hipopótamos de África. La idea, fue rechazada.

“Capitanes intrépidos” defiende la capacidad de algunas plantas para llegar con sus semillas a islas lejanas, atravesando océanos. Entre ellas, el coco es definido como una “navaja suiza” de la supervivencia vegetal. Las plantas también son “Viajeras del tiempo” y sus semillas son “auténticas cápsulas de supervivencia que transportan la vida vegetal por el espacio y el tiempo”. Bajo el permafrost siberiano se han encontrado animales prehistóricos, pero también vestigios de plantas y recientemente, se consiguió regenerar una de ellas, de 39.000 años de antigüedad. La hazaña, se lamenta Mancuso, no fue recogida por la prensa generalista.


El abeto Sitka en la isla Campbell de Nueva Zelanda. (Foto: Pavla Fenwick)
El abeto de Campbell, el árbol más solitario del mundo (fuente: https://www.bbc.com/mundo/noticias-43121103)

Los últimos dos capítulos están dedicados a especies aisladas, cuya presencia en lugares tan inhóspitos parece insólita, “Árboles solitarios”, como la acacia del Teneré, único árbol en quinientos kilómetros y venerado por los tuareg o el resistente abeto de la isla de Campbell, cuyo estudio sirvió a los científicos para fijar un nuevo periodo geológico: el antropoceno. “Anacrónicos como una enciclopedia” es la historia de plantas que se han sobrepuesto a la extinción de los animales que servían para difundir sus semillas, sustituyéndolos por otros.

Me ha costado escribir esta reseña sin resumir todo lo aprendido y añado tan solo su cierre para acabar: “todas las especies vivas forman parte de un entramado de relaciones del que sabemos muy poco. Por eso hay que protegerlas a todas. La vida es una mercancía muy escasa en el universo”.  

viernes, 20 de diciembre de 2019

"Cuentos republicanos" de Francisco García Pavón


Resultado de imagen de cuentos republicanos garcía pavon menos cuarto

Este 2019 que agoniza se ha celebrado el centenario del nacimiento de Francisco García Pavón. El escritor, muy popular en los años 60 y 70 por su personaje Plinio, detective patrio que inauguró el género policiaco en España, cayó pronto en el olvido oficial y, en menor medida, colectivo. El centenario apenas si lo ha removido un poco: diversos homenajes de poco impacto, esmerados estudios y una reedición poco manejable (de las que se usan para decorar estanterías y no para leer) de su obra. Por mi parte, pensé en dejar mi grano de arena en la llanura, pero al final me decidí por un homenaje privado releyendo parte de su obra.

Cuentos republicanos es el único de sus volúmenes de cuentos reeditado de manera independiente, quizá por el anzuelo del título para los nostálgicos. Más que Los liberales y qué decir de Los nacionales. Hubiera sido una grandísima idea reeditarlos junto a Los cuentos de mamá, para tener la tetralogía de oro del Proust manchego por separado, nada de obras completas. 

En torno a García Pavón se forjó la fama de mi ciudad (que la mayoría llamamos aún “pueblo” a pesar de sus 36.000 almas y no sin motivo), como “Atenas de La Mancha”. Esta etiqueta periodística oscila entre el rendido tributo y la sorna, pero sigue vendiendo, aunque de esa realidad quede una sombra desvaída. Eladio Cabañero y Félix Grande, Premio Nacional de Poesía ambos, Premio Nacional de Ensayo el segundo, además, junto a una nutrida cohorte de figuras menores, colocaron a la literatura en un pedestal. Ahí sigue, a pesar de todo, junto a la pintura, actividades que se respetan en Tomelloso y se practican, aunque los que las ignoren sean legión. Un panorama extraño, esquizoide, que disfruto y sufro a la vez.

La lectura de García Pavón es un aliciente para el manchego, porque contiene como un pedazo de ámbar el fósil de un mundo desaparecido. En todas sus facetas sensoriales y sentimentales. Pero, ¿tendrá el mismo interés para un lector ajeno? En mi opinión, contiene alicientes para hacerlo. A cualquiera asombrará la maestría de García Pavón, que no solo narra: captura, ahonda y su prosa tiene una fuerza arrolladora, de recuerdo materializado, de reminiscencia. Se le compara con Proust, un Proust costumbrista, añádase y no es descabellado.

Cuentos republicanos fue publicado en 1961. A principios de los 80 dejó de reimprimirse y en 2009 la editorial Menoscuarto lo reeditó con prólogo de su hija, la también escritora Sonia García Soubriet. En casa tengo la última edición de Destino de 1981 (la misma que he utilizado para ilustrar este post), que compré siendo un lector bisoño. Resultará extraño, que un adolescente de litrona y cigarro, con apego al punk, se sintiera atrapado por estos cuentos. Pero lo confieso, dejaron en mí honda huella. Me han perseguido, siempre, en mi manera de escribir. Confesional, intimista, yo soy ese niño que protagoniza las historias de García Pavón, queda prendido del mundo y lo sorbe con los ojos.

Resultado de imagen de cuentos republicanos editorial menos cuarto

Es un libro de cuentos con conectores. Se mueven dentro de la infancia y primera adolescencia del autor, nacido en 1919, que coincidió con el advenimiento de la II República. De ahí el título. La cuestión republicana se deja caer, salpica con inocencia pero sutil intención casi todos los cuentos. Tras esta relectura, no sería descabellado ver algo de novela en Cuentos republicanos, una novela hecha fragmentos, impresiones, fogonazos de un mundo que se descubre a la vez que se transforma. Hay una intención de dejar constancia, donde se despliega el interior, el yo profundo. García Pavón lo cuenta muy bien cuando afirma:
Casi todos mis libros de relatos son reviviscencias, fijaciones de mi biografía matizadas por los años y la nostalgia del tiempo perdido (…) Son cuadros biográficos que reflejan las guías más esenciales de mi ser y mi existencia.
Hay algo de arcadia, de edad de oro. De lugar acogedor en el que hallar consuelo. Idealiza Pavón la infancia, el tiempo perdido. Con sensibilidad, ternura, humor adobado. Sátira. Con la herramienta de un lenguaje brioso, imaginativo, que se alimenta del léxico local y lo potencia, logra reconstruir un tiempo suyo, personal, pero que es de todos los que tenemos raíz y semilla campesina. Lo resguarda de la intemperie de los años, de los peros a una existencia en el límite de la subsistencia, empantanada en la intolerancia y la crueldad. Mutilada más tarde por el éxodo rural y la mecanización. Aquel Tomelloso se perdió  y puede que nunca existiera tal y como Pavón lo cuenta, puede que sea un Tomelloso paralelo, bruñido, quitada la herrumbre, brillante a la luz de su sensibilidad y talento narrativo.

Imagen relacionada
Detalle de "Niños en un rastrojo", del también tomellosero Antonio López Torres (Fuente: https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/centenario-quijote/abci-pintor-broto-tierra-201703272132_noticia.html)

La obertura es una misa, un huerto de caras tristísimas, la mirada de un niño. El bautizo que le sigue muestra el papel de la religión en el devenir campesino, reminiscencias, fogonazos donde se cuela la concupiscencia, un erotismo de culos unánimes bajo la seda. Como la edad del descreimiento ni siquiera se divisa, solo hay sitio para la ingenuidad y la ternura. Yo imagino, viendo que Pavón enfocó su talento a estos años de formación, que el cinismo del adulto resabiado no le interesó nunca como materia de ensoñación. Incluso Plinio, el Plinio de las últimas novelas, crepuscular, de vuelta de todo, no deja de ser un niño que mira el mundo cambiante con el mismo asombro. Aunque no el asombro de cómo son las cosas, de la primera vez, sino del cambio, de cómo serán a partir de ahora. Y el cambio casi nunca gusta, por eso Pavón lo alejó de lo que en su obra autobiográfica debía perdurar, ¿por qué no escribió relatos sobre Madrid, sus tiempos como editor y profesor universitario?

Hay un cuento, El jamón, de una exquisita sencillez. La historia, una visita de cortesía entre dos amigos deriva en un delirio gastronómico. El sentido de acogimiento, en tiempos de escasez, era de ese cariz. Llenar la barriga. Y García Pavón le imprime un detalle, tal acierto descriptivo, que al lector se le hace la boca agua.

La descripción a veces da un aire de atemporalidad, como en La muerte del novelista, alusión al republicano Blasco Ibáñez. Todo tenía allí cara de tarde intemporal, de tarde sin reloj, de sueño de sueños. El tiempo detenido, paralizado, convertido en una pieza polidimensional. Esa es la virtud de estos cuentos. El colegio y la impronta republicana, ocupa varios relatos humorísticos, intercalado por la honda humanidad del hijo de madre.

Hay dos ejemplos que superan la ensoñación y merecen la categoría de obra maestra. Lo serán, por mucho tiempo y veces que se lean. Me refiero a Paulina y Gumersindo, la pareja campesina, cuyo hogar olía a arca con membrillos pasados, a aceite de oliva, a paisaje soñado. Resulta sublime, conmovedor. El entierro del ciego es un despliegue de virtuosismo, ingenio y en ambos sobrevuela la muerte que entierra lo que la vida trae de bueno y se lo lleva todo.

El penúltimo cuento es un recuerdo infantil que esconde precariedad, el de la llegada de las sandías, porque la imagen de las vacaciones tenía el fresco color de las sandías y de cuando las aulas olían a flor y a humanidad caliente. Si se hubiera pintado, lo firmaría Murillo. Nostalgia de la escasez.

El final es una alusión al alzamiento, al fin de los tiempos republicanos. Aquel verano en el que había mucho sofoco, pero no había sol. Es recomendable continuar con Los liberales y Los nacionales, que al decir de muchos han envejecido mejor y superan a los republicanos en destreza narrativa. La vigencia de García Pavón es discutible. Entre sus lectores, algunos pensamos que tiene elementos para perdurar. Otros, que será olvidado de nuevo cuando pasen los fastos del homenaje. En cualquier caso, el escritor supo preservar, idealizándolo, todo un mundo. Ya es suficiente mérito para ganarle unos pasos a la muerte.

viernes, 13 de diciembre de 2019

"Serotonina" de Michel Houellebecq

Escribí esta reseña en verano y se me despistó. Ahora, con la depresión navideña en ciernes, viene que ni pintada. Ahí va...

serotonina-michel houellebecq-9788433980229

Me gusta Houellebecq. Para bien o para mal, he leído casi todas sus novelas. Digo bien porque es un escritor excelso, con una prosa que te arrastra en su corriente autodestructiva. Digo mal, porque me deja un poso depresivo, de angustia, que me dura días. La vida es así, no todo consiste en dar botes. Y Houellebecq lo deja claro en cada una de sus novelas, sin excepción. El autor francés sigue siendo considerado un “enfant terrible”, aunque ya es sexagenario, por su perfil provocador: machista, homófobo, racista, pornógrafo, misántropo y más. Según dicen. El demonio, vaya. Pero me tiene como lector, a mí, que (creo) no soy nada de lo anterior, excepto quizá lo último y solo si me dejo arrastrar por la telebasura o caigo en la tentación de leer los comentarios de los periódicos. De hecho, la mayoría de la gente me considera buena persona o bueno, a secas.

Me pasa con Houellebecq como con Bukowski en mis tiempos de lector adolescente: me identifico con sus historias porque aparto la parafernalia provocadora, las escenas de sexo explícito y los comentarios hirientes. Me quedo con la veta: el existencialismo, la crítica certera a una civilización —la nuestra—, que languidece dentro de una jaula con barrotes dorados. El lector que quiera juzgar (y condenar) a Houellebecq, que lo haga. Pero sin ser irreverente, sin cuestionar los grandes dogmas de nuestro tiempo, no se puede hacer una novela con la que millones de personas se sientan identificadas.

Serotonina tiene un título atractivo, la portada de Anagrama es poesía visual. Pero detrás, está el Houellebecq de siempre. Una narración en primera persona, un personaje que no es viejo, pero tampoco joven. Un tono fúnebre, depresivo, alternado con escenas escabrosas, sentido del humor, puyas, provocaciones, etc. Quizá la dosis de amargura es mayor de lo que recordaba, aunque leí la última, Sumisión, hará dos o tres años. 

El argumento es simple. Florent-Claude Labrouste es un ingeniero agrónomo de cuarenta y seis años. Hundido por la depresión, solo consigue mitigar sus síntomas tomando Captorix, un fármaco que segrega serotonina y por tanto aleja las pulsiones suicidas, pero inhibe al mismo tiempo la libido y provoca impotencia. La historia comienza en el Cabo de Gata-Níjar, donde el propio autor residió un tiempo (y uno de mis lugares preferidos para perderme). Florent recoge del aeropuerto a su última amante, la japonesa Yuzu y regresa a París. Presa del hartazgo, decide dejarlo todo y mientras proyecta el abandono de sí mismo, rememora a las mujeres que han pasado por su vida y dejaron una huella indeleble. Intenta volver a verlas y es aún peor. Sí, Florent conoció la felicidad, la tuvo en la punta de los dedos, pero lo echó todo a perder. Y ahora, consciente de su decrepitud, del mundo sin sentido en el que vive, de que todo se desmorona, decide ponerle fin. Un fin progresivo, porque todavía tiene la vida alicientes: los cigarrillos, las ostras, el salchichón, los hoteles con encanto…

Aparte de novelista, Houellebecq es un fotógrafo notable. Esta pertenece a su serie sobre España (fuente: https://dailyartfair.com/artist/michel-houellebecq)

En este rebobinado que Florent hace de su pasado hay episodios tremendos. Voy a hacer una poda, un par de escenas pornográficas repugnantes. Entiendo que son pura provocación, por eso la novela no se resiente un ápice si se eliminan. Pero hay que reconocer que esa realidad existe y es accesible: Houellebecq no cuenta nada que no pase. Otra cosa es que se quiera mirar hacia otro lado. Bueno, pues quitando la casquería, hay partes realmente conmovedoras. Poéticas, partes que te hacen pensar en tu propia vida y te destrozan. Literalmente. Hay un momento de atrevimiento literario inigualable, cuando Florent apunta con su fusil de francotirador al hijo de su antigua novia, Camille, la mujer con la que conoció la felicidad suprema, todo con la intención de recuperarla. Quita el aliento.

Pero un momento, ¿qué hace este nihilista de pene flácido por culpa del Captorix con un arma de francotirador? Aquí otro elemento de Serotonina, su lado profético-anticipatorio. No puede faltar y para algunos el autor francés es el Nostradamus de nuestro tiempo. En realidad, es una mente lúcida, su conocimiento de la sociedad europea es profundo y del mundo rural aún más, ya que trabajó durante años en el Ministerio de Agricultura. Por eso Houellebecq supo anticipar la rebelión de las clases medias, de la Francia del interior, de los agricultores, todos depauperados por la religión del libre mercado.  Un cóctel que estalló en los disturbios de los chalecos amarillos (tema por resolver y quizá irresoluble). En la novela está personificada en su amigo Aymeric, su único amigo con el que  se reencuentra después de los años universitarios. Juntos escuchan Child in Time en un equipo vintage, analógico, la única manera de captar todos los matices que arroja una música hecha para emocionar y no para sonar a través de un móvil o como hilo musical de un supermercado. 

No sé, veo pequeños guiños en esta novela, aquí y allá, a las cosas hermosas de la vida, desplazadas cada vez más por lo etéreo, por las supersticiones del siglo XXI. La buena comida, el buen vino, el sexo, el amor sin condiciones, el arte hecho desde el corazón, es curioso como estos alicientes vitales son entreverados en una novela tan deprimente, tan gris. “Tengo la impresión de que usted se está muriendo sencillamente de pena”, le dice el doctor Azote a Florent tras examinar su análisis de sangre. Y así es, se muere uno de pena siguiendo las cuitas de Florent, al que no llega a tener antipatía, por el que siente incluso compasión. Hay una veta de delicadeza, de flor a punto de marchitarse en esta novela. Puede que su envoltorio no deje que brote con facilidad, pero en un lector sensible (o en un momento de sensibilidad, estoy en los dos casos) hallará su acomodo.

Cómo puede alguien con una vida convencional, una pequeña familia que le quiere, empatizar con Florent, es un misterio de la psicología. Ciencia que por otro lado atrae poco a Houellebecq. De momento, seguiré buscando mi fuente natural de serotonina mientras el mundo se hunde alrededor.