domingo, 24 de marzo de 2019

"Os salvaré la vida" Joaquín Leguina y Rubén Buren


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Apenas leo novela histórica, aunque ha pasado por mis manos lo mejor del género. En este campo prefiero el ensayo o la monografía hecha por “profesionales” y a lo largo del tiempo varios temas han copado mi curiosidad y contribuido a mi formación, que sigue, como no puede ser de otra manera. La II República y la guerra civil (bien denominada por Unamuno como “incivil”) tuvieron su momento, como una vía para desentrañar la memoria familiar y leí mucho, comprobando que aquel periodo ha sido (y es) un campo de batalla donde algunos historiadores, testigos de los hechos y sus herederos políticos han tratado de crear un discurso adaptado a sus intereses o la defensa de lo que consideran “su bando”. Me harté, aunque he tratado de seguir, a través de reseñas especializadas, el flujo editorial de los últimos años. Algunos trabajos han añadido polémica y frentismo. Otros, sentido común y luz sobre aspectos oscuros de un periodo del que se sabe mucho, probablemente más que ningún otro en España, aunque no todo. Por eso al toparme con la figura de Melchor Rodríguez, apenas me sonaba el nombre. Miles de páginas y no recordaba una sola mención. En casos así, hay que ponerse el casco de minero. Tras picar durante días, extraje con mi vagoneta un ensayo, un documental y dos novelas, junto a una clase magistral de humanidad. 

En 2017, Joaquín Leguina y Rubén Buren ganaron el Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio con Os salvaré la vida. La novela reivindica la figura de Melchor Rodríguez, un anarquista sevillano militante de la CNT y FAI. Es una novela histórica, otra más sobre la guerra civil (no importa, ¿cuántas hay de romanos o ambientadas en la II Guerra Mundial y nadie se queja?) y aunque no faltan los clichés habituales del género, los pasajes didácticos, la documentación mal disimulada y los gazapillos, aporta algo que la pone en valor: la personalidad de su protagonista y el lazo que le une con uno de sus autores.

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Melchor Rodríguez en el centro, a la izquierda, el coronel Casado. Foto: La Vanguardia. 

Vamos a explicar quién es este anarquista con nombre de rey mago. Su historia merecía la pena ser contada, sin duda. Nació en Sevilla, en el seno de una familia obrera y de niño se quedó huérfano de padre. Trató de ser torero para sacar a su familia de la miseria, pero dos graves cogidas le quitaron la vocación. Familiarizado con la “idea” por un maestro avanzado, comenzó su militancia y al mismo tiempo, sus entradas y salidas de la cárcel. Más de treinta veces pasó por los muros de la Modelo, entre otros lugares de confinamiento. Tanto que los funcionarios le trataban con familiaridad. Melchor Rodríguez fue preso con la monarquía, la dictadura de Primo de Rivera y la República, la mayoría de las veces por delitos de prensa. Al estallar la guerra, se puso al servicio de la revolución. Pero Melchor era una persona con unos principios humanistas inamovibles. El anarquismo de antes, su defensa a ultranza de la libertad individual, producía seres así. Hubo otros ejemplos, como Ángel Pestaña, Fermín Salvochea o Salvador Seguí. La épica de la bomba y el atraco a lo Robin Hood han eclipsado a estas figuras del mesianismo libertario. Cuando en el Madrid sitiado se generalizan las “sacas” y los “paseos”, Melchor no puede tolerarlo: el ha pasado entre rejas gran parte de su vida y cree que los derechos de los presos son inalienables: “se puede morir por una idea, pero no matar por ella”. Y puesto al mando de las prisiones de Madrid por su compañero y ministro García Oliver, trata de frenar la barbarie. Y lo logra. 

Parece difícil de creer, pero llegó a enfrentarse a una turba armada, a pecho descubierto, que se proponía asaltar la cárcel de Alcalá de Henares. ¿Cómo? Aquí entra la épica, pero personajes señalados del régimen que vendrá como, agárrense, Serrano Suñer y Muñoz Grandes, desde ese día, le debieron la vida a un anarquista. ¿A qué dan ganas de saber más? Pues la novela nos lo cuenta, bordeando la hagiografía pero sin caer en ella. Porque Melchor Rodríguez fue un idealista,  pero también tuvo familia, una mujer, una hija, un hijo no nato conservado en formol y esas personas, que él quería, padecieron y sufrieron con él y por él, por, digámoslo, su egoísmo ideológico. Su hija Amapola y su mujer Paca, que en los ochenta tenía un puesto ambulante en la plaza de Tirso de Molino, son también protagonistas. Los autores les dan, con acierto, voz propia y así completan un retrato matizado y poliédrico del “ángel rojo”.

Mlechor Rodríguez y su hija Amapola, protagonistas de "Os salvaré la vida". Foto: El País. 
                                         
La novela de Leguina-Buren se divide en tres partes. En la primera, “La derrota”, se viven los últimos momentos del Madrid sitiado, cuando una conjura encabezada por el coronel Casado y a la que se unen los anarquistas de Melchor y Cipriano Mera, entre otros, arrebata el poder al Partido Comunista y trata de negociar, sin éxito, con Franco. Mucho ha criticado la historiografía aquel inútil baño de sangre. No es el caso de la novela, donde sí que hay un poso de amargura por este cruel epílogo. Y situaciones difíciles, porque las personas que Melchor mantuvo a salvo de los “paseos” en el palacio de Viana ven llegar a los suyos y de algún modo tendrán que traicionar al hombre que les ha ayudado. Las ideas no admiten vacilaciones. Melchor Rodríguez, junto a Besteiro, recibirá a Franco para hacer el traspaso de poderes. Será el último alcalde (accidental) del Madrid republicano, pero según he leído (dato sin contrastar), su retrato es el único que falta en el consistorio.

En la segunda, “Por la senda de la rebeldía”, se novelan los primeros pasos de Melchor, su infancia y acceso a la militancia política, también los primeros compases del alzamiento en el cuartel de la Montaña.

En la tercera, el título es “Cautivos y desarmados”. Sobran palabras. Melchor Rodríguez recibió como premio por salvar miles de vidas, el confinamiento en una de las peores cárceles de España (el fiscal llegó incluso a pedir para él la máxima pena). Así aplicó Franco la paz, esto es incontestable, guste o no. Pero si cuento lo que pasó después, creo que destripo demasiado.

La novela está bien escrita, aunque no es una obra tan literaria como las que suelo leer, pero es sano variar. Hay una nota emocional evidente, por ejemplo al describir la acción heroica de Melchor en Alcalá de Henares. Este matiz resulta inevitable, porque Buren es el bisnieto de nuestro héroe, “el ángel rojo”, como le apodó su amigo Javier Martín Artajo. El epílogo donde cuenta su relación con ese pasado traumático y la manera de confrontar memoria con presente, disfrutando de su abuela (Amapola, la hija de Melchor), que son raíces, arraigo y no solo trauma, merece mucho la pena.  

Para completar la lectura de Os salvaré la vida, es interesante hacerse con el ensayo de Alfonso Domingo, El ángel rojo, que ha servido como base documental a Leguina y Buren. Lo tengo en casa y por lo que voy leyendo, está escrito con admiración y reverencia hacia Melchor, combinando el buen periodismo con el rigor histórico: el primer capítulo ya te deja temblando.

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Parece que revive la figura de Melchor, en Madrid le dedicaron hace poco una calle y el anciano escritor (nada ácrata, por cierto) José Luis Olaizola también ha lanzado una novela sobre el “ángel rojo”: El anarquista indómito, libro que desaconseja la Fundación Franco (por si algún opus-deísta se confunde y lo compra). El propio Olaizola se ocupó de otra figura de atípica dignidad en esta guerra vergonzante: el general Antonio Escobar, guardia civil que respetó la legalidad republicana a pesar de su militancia católica y fue ejecutado por los vencedores al acabar la guerra, acusado de “adhesión a la rebelión”.

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El olvido de Melchor hasta fecha reciente (¿deliberado?) dice mucho de una figura incómoda para los dos bandos, que corre el riesgo de ser instrumentalizado. Para mí, es un ejemplo de concordia, pero humano y por tanto, con aristas. Personas así, por desgracia, no son solo excepcionales: son excepciones. Y ese el regusto agridulce que a veces saco de lecturas como esta.

jueves, 7 de marzo de 2019

Encuentro con Pilar Adón

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Fue una mañana de las que se dice de perros, expresión a extinguir, porque en comparación con los animales de granjas industriales nuestros queridos chuchos llevan una vida regalada. Por la ventana de mi clase veía levantarse nubes de polvo y aún con las ventanas cerradas, notaba la arenilla entre los dientes. Los abetos que hay fuera comenzaron a bailar el swing de la tempestad y yo me iba temiendo la llegada de la tarde, cuando empezó a llover y si programar un encuentro literario en los postres del Carnaval ya es una temeridad, con una alerta amarilla pintando el mapa de mi provincia, ¿qué podía esperar? Lo de siempre, un acto para minorías, casi un grupúsculo revolucionario las veinticinco personas que nos juntamos para conocer a Pilar Adón. Me la imaginaba echando maldiciones, al verse en este páramo, azotado por el viento y con el cielo como panza de burro, que diría el poeta.

Erré con mis expectativas, porque Pilar Adón se mostró en todo momento motivada, abierta, jovial y transparente. Y sobre todo lúcida. Desde la misma obertura lo dejó claro: “mi vida son los libros”. Pero todo tiene un comienzo, un año cero y ella lo describió como una especie de intuición, de vocación temprana. A pesar de no crecer rodeada de libros, por carácter, surgió una inclinación por buscar “su habitación propia”, a la que le llevaron sus primeras lecturas. No es casualidad que el aislamiento y la huida sean temas recurrentes en su literatura. Y como sabemos todos, “leer te lleva a escribir”. Pero lo que quizá no esperaba Pilar Adón era la mitosis: los brazos de pulpo que parten de una vocación temprana por los libros y que le llevan no solo a escribir relato, poesía, novela, sino a traducir y embarcarse en la aventura ártica de fundar un editorial en España y para colmo, en plena crisis económica. Impedimenta, para más señas. Pilar nos contó que renunció a un puesto de trabajo como funcionaria para dedicarse por completo a la literatura, ya que no podía compaginarlo todo. Esta apuesta arriesgada (y valiente, un conformista como yo lo ve así) fue una decisión que generó muchas advertencias y movimiento de cabeza fatalistas: “no pongas todos los huevos en la misma cesta”. Pero estos huevos eclosionaron y vuelan a su aire, habiendo aminorado la posibilidad de una tortilla desastrosa.

Hay ciertos temas que se repiten en la obra de nuestra escritora, con independencia del formato: la huida, el deseo de estar en otra parte, las relaciones de dependencia y de poder. La separación. Preguntada además sobre el papel de la naturaleza en su obra, una naturaleza hostil, amenazadora incluso, nos confesó que al escribir huye del espacio urbano, donde vive y trabaja. Según Pessoa “el arte nos sirve porque nos saca de aquí”, la escritura y la lectura ayudan al escapismo. 

Un momento de la charla. Por ahí está un servidor, encogido y tomando notas. 

Sobre cómo se gestó Las efímeras, de la que no hice reseña porque ya hay muchas y muy buenas por parte de grandes compañeras blogueras, fue una mezcla de curiosidad en torno a las comunidades utópicas del XIX y el tema del buen salvaje. Como anécdota, descubrió la existencia de la comunidad libertaria del mismo nombre después de publicar la novela, a través de una fotografía que ilustraba una reseña en Babelia. Parece que la idea quedó prendida cuando se documentaba para una novela anterior, Las hijas de Sara y afloró en algún momento de la escritura de Las efímeras. El cerebro debe tener unos escondrijos la mar de interesantes, capas profundas de nuestra mente donde persiste mucho de lo que creemos olvidado.

A Pilar se nota que le gusta el encuentro con sus lectores, lo disfruta y teje su tela de araña, en la que nos dejamos atrapar. Pero no siempre el encuentro es tan sosegado, en un club de lectura de cierta ciudad, se encontró con treinta lectores hostiles que abominaban de su libro de relatos El mes más cruel. Después de la charla no es que los convenciera, pero si que los dejó noqueados. Le dijeron que esperaban a alguien odioso, depresivo y triste, encontrando en cambio a una persona sosegada que tiró de paciencia frente a los leones.

Hablando de los personajes de Las efímeras, Pilar se reconoce en la hipersensible Violeta y admite que lo pasó mal cuando se deshizo de Dora. En una imagen muy hermosa, que le hicimos notar y nos explicó, Dora, egoísta y dominante, recibe la ayuda de la naturaleza, de esos gorriones que esparcen sobre ella migas de pan. Aunque su preferido es Denis, una especie de hombre lobo que lleva sobre sus hombros toda una maldición familiar. Anita representa el orden social, un lector le dijo que para él sufría el síndrome del poder. Es algo que destaca Pilar Adón al charlar con sus lectores: llegan a conclusiones que ella, como escritora, no se planteó en ningún momento. Esto me hace ver la literatura, el buen libro, como un artefacto con vida propia. Como la creación desbocada de un Víctor Frankenstein.

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Pilar Adón nos contó su experiencia como editora, con verdaderos devotos de Impedimenta entre nosotros. La venta de libros flaquea, sobre todo desde el último trimestre del año pasado. ¿Asistimos a una transición, a un cambio de paradigma o al inicio de una debacle? Para Pilar Adón y las editoriales que forman parte del grupo Contexto, la literatura tiene una labor no solo lúdica, sino educativa y social. Quizá la baja tolerancia a la frustración, el alarde despreocupado de la propia ignorancia, el rebrote de lo milagrero, de la superstición que abolió el siglo de las luces, la cultura de lo fácil, en fin, esas piedras en el zapato de nuestra época, no sean el mejor sustrato para que crezca el número de lectores. Hay muchas formas fáciles y sin esfuerzo de entretenerse y si hay que pensar, mejor un eslogan que un libro.

Más cosas y me dejo un buen puñado de notas por no alargar la cuestión, que sabemos que el formato digital encaja mal con la larga distancia. Para eso, de nuevo, lo mejor es un libro. Pues salió el tema de la traducción, tarea laboriosa y poco valorada que “requiere familiarizarse con la voz del autor y respetarla” y es que el “traductor es autor”, debe comportarse como un “fantasma” y ella procura traducir sin dejar su marca de autor.

Espero haber logrado transmitir parte de la esencia de nuestra charla, el puñado de lectores que nos reunimos en torno al fuego de Pilar Adón, en una tarde desapacible y creamos nuestra burbuja, perdiendo la noción del tiempo. Hubo momento para las firmas y me hice con su último libro de poesía,  con el que cené esa noche y recomiendo porque trata el tema de la maternidad, desde el punto de vista de la madre, de la hija y de la mujer que no será madre, interesante y poco habitual. Le hicimos perder el tren, pero seguro que no nos guarda rencor. La tribu lectora resiste y mientras haya personas, mientras exista ese deseo de huir, de buscar amparo y hallar respuestas a preguntas imposibles, habrá libros.

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lunes, 18 de febrero de 2019

"La canción de los vivos y los muertos" de Jesmyn Ward

Fotografía tomada de la revista cultural Sobredosis, comparando la portada de Sexto Piso y la original

La canción de los vivos y los muertos (Sing, unburied, sing en el original) es una novela de Jesmyn Ward (1977), ganadora del National Book Award y publicada en España por Sexto Piso. Llama la atención ver el nombre del traductor (Francisco González López) en la portada, con letras mayúsculas y que se incluya una breve anotación biográfica suya en la solapa. Detalles así son los que distinguen a las editoriales independientes de las grandes marcas. Según he ido olfateando por la web, es una obra que ya goza de cierto consenso positivo entre lectores muy diversos, aunque apenas lleva unos meses en el mercado. Yo creo que se debe a que admite varios niveles de lectura: sirve como literatura de evasión, pero también puede uno darse una zambullida en busca de perlas enterradas. Desde luego, busques una cosa u otra, logrará atraparte en su tela de araña. El primer párrafo ya viene con efecto de succión:
Me gusta creer que sé lo que es la muerte. Me gusta creer que es algo a lo que podría mirar de frente. Cuando Pa me dice que necesita mi ayuda y veo ese cuchillo negro deslizarse por el cinturón de sus pantalones, sigo a Pa fuera de la casa, intento mantener la espalda erguida, los hombros rectos como una percha, así camina Pa. Intento que parezca que para mí es algo normal y aburrido para que piense que he aprendido algo en estos trece años, para que Pa sepa que estoy listo, que puedo extraer lo que hay que extraer, separar las tripas del músculo, los órganos de las cavidades. Quiero que Pa sepa que puedo mancharme las manos de sangre. Hoy es mi cumpleaños.
Y desde ahí, comienza una novela de ecos faulknerianos, el editor también compara a Ward con Toni Morrison. Hay aroma sureño, esa literatura cerrada, particular, que sin embargo atrae a lectores de contextos culturales muy diferentes. Se caracteriza por un realismo donde brota lo sobrenatural y también algo de mugre, al reflejar el envés podrido del imperio, la disolución de una sociedad con heridas incurables.


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Jesmyn Ward en una foto del NY Times (fuente: https://www.nytimes.com/2017/11/15/books/review/national-book-award-jesmyn-ward.html)
El libro alterna tres voces narrativas en primera persona, la de Jojo, un adolescente mulato, su madre Leonie y el espectro de Richie, un joven negro que murió en el penal de Parchman en Misisipi, donde también cumplió condena el abuelo de Jojo y padre de Leonie, River. Como decía, lo sobrenatural está presente casi desde el principio, las almas en pena permanecen atadas al mundo sensible por su sufrimiento y tanto Jojo como Leonie pueden ver a los muertos y conversar con ellos. 

La historia hunde sus raíces en el rencor y la tensión racial. El hermano de Leonie, Given, fue asesinado de manera absurda y la muchacha, cosas de la vida, acabó enamorándose del primo de su asesino. Este se llama Michael, es blanco y trabajaba como soldador en una plataforma petrolífera antes de acabar en la cárcel, en la misma penitenciaría donde estuvieron River y Richie. Su relación interracial, de la que han surgido dos hijos, no es aceptada por los padres de Michael, racistas arquetípicos, que ni siquiera conocen a sus nietos, Jojo y Kayla. Criados por los padres de Leonie, los niños sienten más apego hacia sus abuelos negros, tanto que se refieren a sus progenitores por el nombre de pila, algo que debe doler lo suyo como padre, aventuro que incluso más como madre. Michael y Leonie simbolizan el fracaso de la típica familia norteamericana. 

Cuando Michael sale de la cárcel, Leonie decide llevarse a sus hijos a Parchman. La historia adquiere entonces tintes de novela de carretera, hasta que el espectro de Richie reconoce al nieto de River y se instala en su coche para regresar con él, porque cree que solo su antiguo amigo de presidio puede llevarlo a casa, al mundo de los espíritus que por alguna razón, a pesar de llevar cincuenta años muerto, nunca llegó a alcanzar. Esta incógnita, ¿qué pasó con Richie?, sostiene los capítulos siguientes y se desvela al final.


Imagen de la penitenciaría de Parchman, Misisipi (fuente: https://www.pbs.org)
Para mí, lo más conmovedor ha sido la extraña empatía que me ha despertado Leonie. No es que el sufrimiento de los dos jóvenes, Jojo y Richie, especialmente este último por su trágico final, no me hayan llegado hondo (¡cómo duele, aunque sea ficción que unos padres no quieran a sus hijos!), pero lo de Leonie me intriga, ¿qué tendrá que ver conmigo una joven negra, acomplejada, adicta, aferrada a un amor maldito, incapaz de gestionar toda la herencia racial y mágica que su madre enferma de cáncer ha tratado de transmitirle? No tengo ni idea, pero me inspira ternura —no lástima— y siento sus dilemas como si fueran míos. Jesmyn Ward lo consigue y puede que la autora haya puesto en Leonie algo especial, por ser mujer y no ser perfecta, por ser conmovedoramente imperfecta.

El final de La canción de los vivos y los muertos es un despliegue de apariciones, muertos y muerte, me ha convencido menos que el resto de la novela, pero no aminora su impacto. Una buena lectura para dejarse mecer por el viento tórrido del sur y su pasado segregacionista, unos muertos que nunca dejan de seguir el paso de los vivos.

domingo, 10 de febrero de 2019

"Daniela Astor y la caja negra", de Marta Sanz



Un avión se estrella en una cordillera nevada y entre sus despojos, los investigadores esperan hallar la caja negra. Este artefacto, que en realidad es de color naranja para facilitar su localización, registra los datos de los instrumentos y las conversaciones de la cabina. La psicología también tiene su caja negra y según he podido entender (no del artículo de Wikipedia, que es un galimatías), se trata de la parte opaca e insondable de la mente, su desconocido mecanismo interno. Creo que ambos conceptos están en la novela de Marta Sanz. Por un lado, es una crónica de la transición, la representación de la mujer en el cine de la época y aquella patata caliente que fue la libertad sexual. Por otro, se explora la intimidad de una niña en los albores de la pubertad. La novela alterna una parte documental, donde desfilan entrevistas, actrices del destape y alusiones a películas míticas de aquellos años, con la narración en primera persona de Catalina, alias Daniela Astor, un rol imaginario que la niña ha creado a partir del cine y las revistas del corazón. Marta Sanz engarza ambas historias con habilidad, tanto que si bien se podrían leer por separado, parece que si amputáramos alguna de las dos partes la novela moriría desangrada.

Supongo que las habrá, ¿sobre qué no se ha escrito? Pero no recuerdo un acercamiento a la mente de una niña en ese punto de inflexión, cuando empieza a hervir la leche de la adolescencia, justo antes de que la espuma desborde el cazo. O al menos no lo recuerdo hecho con tanto atrevimiento. Porque Catalina es una niña, pero nota la semilla de la mujer que será. El tono es inquietante y sórdido, la fantasía empaña el espejo de la realidad, moldeada por lo que ella ve y lee. El despertar sexual es incipiente, el lector adulto nota su aliento, pero el niño lo percibe como un juego más. Es un camino de exploración constante, de búsqueda y perplejidad. 

En la novela (ambientada en 1977), la mujer española se encuentra en una fase de transición. Las madres de Angélica y Catalina trabajan fuera de casa, parecen independientes, pero una vez dentro del hogar regresan al rol tradicional de la mujer que limpia, cocina, plancha y en su matrimonio asume con resignación una posición subordinada, dice Catalina “nuestros padres tratan a sus mujeres como si fueran aún niñas pequeñas” y tiene claro que “ni Angélica ni yo queremos ser como nuestras madres”, ella prefiere ser “la madre de Blancanieves”. La novela aborda un conflicto clásico que señala el fin de la infancia: la atracción y a la vez repulsa del progenitor, porque, dice “me cansa que mi madre sea una madre, pero no quiero que lo deje de serlo”, “para crecer, es imprescindible meterse con las madres”.

Daniela Astor distorsiona el mundo que le rodea, incluso se erotiza cuando sale a pasear con el padre de su amiga. Me gusta y atrapa. Es subyugante. Hasta que pasa algo, una perturbación en la vida de Catalina y Daniela Astor desaparece. La echo de menos, pero sigo leyendo. El protagonismo ahora recae en Sonia, la madre de Catalina y su decisión firme de no tener el hijo que está esperando, en un contexto en el que abortar conlleva penas de cárcel y por ello más de 30.000 españolas viajan al año a Londres para someterse a esa intervención. Este cambio se transmite al resto de personajes. Los hombres se convierten en espantapájaros, el padre de Catalina pasa de maestro risueño a ser una comparsa, un idiota sin iniciativa propia y Luis Bagur de galán irresistible a pijo-progre con los dientes negros por fumar en pipa. La madre de su amiga Angélica, descrita antes como la socióloga con gafas de culo de vaso que pone lavadoras, se transforma en un puntal firme y sabio de bonitos ojos azules. Ya no es la historia de una niña, su imagen de feminidad moldeada por las películas de fantaterror y su periplo hacia la adolescencia. Es una crónica sobre el aborto y una regularización que no se abordó hasta bien entrada la democracia. La novela entonces se aleja de los matices y cae en el blanconegrismo, Marta Sanz se posiciona y al final se olvida hasta de Sonia Griñan y las últimas páginas lanza una pedrada para poner los puntos sobre las íes. ¿Por qué toma esta deriva la novela? En esta entrevista la propia Marta Sanz me da una pista:
Trataba de reconstruir una historia sentimental de la transición a través de las vivencias de quiénes éramos niñas en ese momento cuando se platean los cambios de Alberto Ruiz-Gallardón y a partir de ahí empecé a rescatar esa mirada tan sórdida sobre el aborto, asociada durante tanto tiempo a lo sucio, incluso a la brujería. La novela trata sobre una mujer que decide abortar porque sí (…), la suya no es una situación límite, no existe la tan requerida justificación
(Fuente: "Marta Sanz, una mirada valiente sobre el aborto", nuevatribuna.es).
Pero desde mi subjetividad, torpedea el Titanic literario que había levantado en las doscientas páginas anteriores. Poco falta para echarlo a pique. Cuando leía los últimos capítulos de Daniela Astor, pusieron en televisión Los Olvidados, de Luis Buñuel. Una obra maestra indiscutible, que sigue intacta después de setenta años. En la película, se retrata la miseria de unos suburbios, la delincuencia juvenil y ocurre algo: los pobres son malos. Miserables, envilecidos, crueles, traicionan a los amigos, se desentienden de los hijos, los débiles abusan de los débiles. Hace tanto daño, ¡cómo escuece esta verdad!: la miseria material y afectiva, la incultura, engendra miseria moral. Sin justicia, no se puede atenuar el mal y la vida humana vale menos que una gallina. Tamaña perturbación hizo empequeñecer el final de Daniela Astor, que tenía esa noche entre manos y el capítulo final, donde hace una crónica burlesca de Sálvame, me lo quité de encima como una mosca. 


La lectura de Daniela Astor forma parte de un club de lectura en el que participo de manera activa, adscrito al programa del MECD “Por qué leer a los clásicos”. En él, siguiendo el tema de este año (escritoras españolas), hemos seleccionado cuatro libros: dos lecturas clásicas muy conocidas y dos ejemplos de literatura contemporánea, que vamos alternando. La primera fue la obra maestra de Mercé Rodoreda, La plaza del diamante, que tuvo un éxito rotundo. La segunda fue Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz. Su estructura posmoderna, las partes documentales y el atrevimiento con el que retrata a una adolescente nada complaciente causó algo de estupor. Con La voz dormida de Dulce Chacón supongo que no habrá tantas pulgares hacia abajo y tengo curiosidad por la acogida de Las efímeras de Pilar Adón. Autora que además vendrá a hacernos una visita en marzo, ¡estoy deseando conocerla! Ni que decir tiene que para elegir las lecturas me basé en las reseñas de los blogs que sigo, por ejemplo el de Lorena (El páxaru verde) o el de Ana (Lo que leo locuento), inactivo a día de hoy. Ahora se habla mucho de “salir de la zona de confort”, hasta en los anuncios de ginebra y como lector hay que hacerlo, pero no con el pie echado, sino con los brazos abiertos y esto no es fácil de transmitir y mucho menos de compartir. Aquí seguro que encuentro mayor comprensión. 

jueves, 17 de enero de 2019

"La conquista de los polos", de Jesús Marchamalo y Agustín Comotto



Desde África, nuestros ancestros se diseminaron por toda la tierra. Lo hicieron en oleadas,  empujados por los vaivenes del clima y tratando de evitar la cornada de la extinción. El ser humano atravesó y superó uno o más cuellos de botella evolutivos, que redujeron nuestra población a un puñado de individuos escogidos. Puede que entonces se gestara, mejor dicho, se seleccionara esa inclinación humana por la exploración (el conocido como wanderlust o “gen del viajero”), la ambición por llegar donde antes nadie ha llegado. Diez mil años de sedentarización no parecen haber hecho mella en este deseo enraizado en nuestra naturaleza, que sigue intacto y tiene como efecto colateral el turismo masivo que convierte incluso la cumbre del Everest en un lugar ruidoso y sucio. Aunque ahora todo parezca muy visto, a principios del siglo XIX una porción considerable de nuestro planeta, las zonas polares, era una verdadera incógnita. Su exploración fue una gran aventura, una gesta a la que la editorial Nórdica ha dedicado La conquista de los polos:  Nansen, Amundsen y el Framcon textos de Jesús Marchamalo e ilustraciones de Agustín Comotto.  

Antes de comenzar conviene detenerse en su factura: la encuadernación en cartoné con lomo entelado, hojas gruesas, mapas desplegables y un color en las ilustraciones que parecen recién salidas de los pinceles de Comotto (si, color en un libro sobre una región del planeta cubierta de blanco, un reto a tener en cuenta). Un libro de los que se manosean, se huelen y se guardan de por vida. Sobre su impecable edición, hay un guiño orgulloso: un sello al final que representa a una mujer azadillo en mano, cultivando un huerto de hojas escritas. Según el propio Marchamalo en una entrevista, refleja el compromiso de Nórdica con la industria nacional del libro.

La conquista de los polos está dividida en dos grandes bloques. En el primero, se detalla la exploración del polo norte y en especial las expediciones de Nansen a bordo del Fram, un barco singular preparado para resistir la presión del hielo y las bajas temperaturas. En el segundo, tiene lugar la narración del pulso que mantuvieron Scott y Amundsen por alcanzar el polo sur, cuyo desenlace fue tan heroico como dramático. El texto de Marchamalo, eficaz, conciso y descriptivo, se alterna con las ilustraciones de Comotto al cincuenta por ciento. La documentación se nota que ha sido rigurosa, muchos de los dibujos están basados en fotografías de la época y todo se explica con precisión y sencillez. Retratos de los protagonistas, de la fauna de aquellas latitudes, mapas y recreación de fotografías históricas, convierten a La conquista de los polos en un libro didáctico, una lectura para aprender y conocer mejor aquella gesta. Pero además, en algunos momentos se lee con frenesí, como una novela de aventuras de Jack London, una doble faceta, didáctica y lúdica que es el gran activo de este álbum ilustrado. Por su extensión, eso sí (no llega a los 140 páginas), debe verse como una introducción al tema, que no agota este libro y sobre el que hay obras notables y que lo tratan en mayor profundidad, por ejemplo El peor viaje del mundo, de Apsley Cherry-Garrard, compañero de fatigas de Scott y Los héroes de la conquista de los polos, trilogía de Javier Cacho publicado por Fórcola Ediciones.  


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Ilustración a doble página, describiendo la fauna del ártico (fuente: kirkyil.com y Nórdica libros)
El libro comienza con una de las primeras expediciones al ártico, la protagonizada por El terror y el Erebus, dos de los barcos más avanzados de la época. Zarparon de Londres en 1845 y fueron tragados por el hielo para siempre, en algún punto del ártico canadiense. En 2016 se pudieron localizar sus restos bajo el casquete polar. La tripulación se diseminó por el hielo, murió de hambre, envenenada por el plomo presente en las cañerías y las latas de conserva y se documentaron casos de canibalismo. El año pasado se hizo una adaptación televisiva, producida por Ridley Scott y basada en la novela fantástica The terror, de Dan Simmons.

La supervivencia barre los escrúpulos, casi siempre. Los perros enfermos o extenuados se sacrifican y sus despojos son arrojados a sus compañeros. Algunos los reciben con voracidad y otros rechazan alimentarse de sus congéneres. ¿Extraño, verdad? Los hombres mueren, se pierden como cuentas en la llanura antártica. A veces también se aprovecha su carne. El libro no evita estos detalles, pero tampoco se regodea con ellos. Aquello fue una aventura épica, llena de sufrimiento y bajezas, pero sobrepasada por innumerables episodios heroicos, de valor sin límites, resistencia y gran dignidad. Después de meses de penalidades, al borde de la muerte, Nansen sugiere a su compañero de infortunio que comiencen a tutearse. Moribundo, después de llegar al polo sur en segundo lugar, Scott escribe en su diario: “Si hubiéramos vivido, habría podido contar una historia que hablase de la audacia, entereza y el coraje de mis compañeros, que habría conmovido el corazón de los ingleses. Tendrán que ser estas improvisadas notas y nuestros cadáveres los que la cuenten”.


El buque 'Fram' fue uno de los barcos más famosos del mundo durante el siglo XIX
Fotografía del Fram en las llanuras árticas (fuente: rtve.es, un interesante artículo sobre aquel barco inmune al hielo)
       
El ingenio para superar las limitaciones de un medio tan hostil, aprendiendo de los esquimales y luego desarrollando nuevas técnicas de supervivencia, dice mucho de la creatividad humana cuando tiene una meta que alcanzar y se ve enfrentada a su propia superviviencia. La exploración de los polos fue un alarde de inventiva, innovación, coraje y voluntad. La determinación de estas personas no deja de asombrarme, la ambición puede perforar montañas y el hombre, en su lucha contra la adversidad, no tiene parangón. Es bueno sacar a relucir esta faceta de nuestra especie para seguir creyendo. Y poco más voy a contar. Es una aventura que me tiene fascinado y sigo indagando, como ya he señalado hay buena y variada bibliografía, incluso testimonios de los protagonistas. El propio Nansen fue escritor de éxito y premio Nobel de la Paz por su labor humanitaria durante la I Guerra Mundial. Os dejo el enlace del programa de Radio3 "Hoy empieza todo", donde supe del libro y di una pista a mi mujer para el regalo de Reyes. 


viernes, 11 de enero de 2019

EL VERDADERO SILENCIO

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La tarde de Reyes fui con mis hijos a ver la cabalgata. En un cruce, un conductor kamikaze se saltó un ceda el paso y faltó un centímetro para convertir mi nuevo monovolumen en carne de taller. En su descargo, el sol flameaba en el horizonte, una de esas puestas cegadoras y pudo no ver la señal. Tampoco frenó para averiguarlo y siguió con su estampida al atardecer. Me quedaron varias notas de consuelo. La primera, que en veinte años no habrá seres humanos conduciendo y desaparecerán los garrulos al volante y podré leer mientras viajo. La segunda, que todo quedó en un susto, una pequeña herida en la frente que se hizo mi hijo mayor con la bandeja del asiento, mi coche cruzado en la calzada por el frenazo. Por último, una prueba de que mis reflejos saolín no se han perdido del todo, a pesar de las culebras blancas que se han adueñado de mi barba de invierno.

El incidente me dejó con la sensibilidad a flor de piel, a mí, que no hace falta que me azucen. Conseguimos aparcar, lejos y llegar hasta la plaza. Los Reyes Magos saludaban desde su trono, los tractores hacían de camellos y cajas acústicas del tamaño de neveras, atadas con correas, tronaban como si estuvieran anunciando a los cuatro jinetes del Apocalipsis. Mi hijo pequeño se tapó los oídos e hizo un amago de esconderse detrás de su madre,  hasta que llegó la lluvia de caramelos y el paso de sus majestades con una buena carga de regalos y poco carbón a la vista. Como ya voy siendo mayor, al menos ya me he chupado algo más de la mitad de mi esperanza de vida al nacer (siendo varón y español), tuve que gruñir un poco. ¿Es necesario ese despliegue de vatios? ¿Soy un intransigente si odio el ritmo reguetonero (tum- patum pa tum - patum pa tumpatum pa tum y así ad eternum)? La cabalgata fue vista y no vista, una cutrez para mí, la mejor de su vida para mi hijo mayor. Opinión que mantuvo incluso después de ver la de Madrid por la tele. Qué bueno ser niño para no tomarse las cosas tan en serio. Aquel chaparrón sonoro, que nos impidió hablar entre nosotros el rato que duró el desfile real, me hizo pensar en el silencio.
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Para probar sus cachivaches, Microsoft ha construido una cámara especial, denominada “anecoica” o en términos periodísticos “el lugar más silencioso del planeta”. Está totalmente aislada del exterior, tanto que si pasara a su lado un desfile kilométrico de horteras con reggaetón en sus coches equipados con subwoofer, el que estuviera dentro no sentiría mayor molestia que el zumbido de una mosca. El paraíso, a priori. Pero resulta que no, porque la cámara también está diseñada para absorber cualquier sonido (información precisa al respecto, aquí) y, en ausencia de ruidos, uno comienza a oír su propio cuerpo y la sensación no es de paz monacal, al contrario: nadie ha aguantado dentro más de 45 minutos.

Puede que en términos humanos alcanzar el silencio absoluto sea imposible. El compositor John Cage ideó en 1952 4´33´´, una pieza en la que el pianista no ejecutaba nota alguna. En YouTube va por las cuatro millones de reproducciones. Hay ruido, a pesar de todo, una serie de carraspeos, toses y crujidos. Al parecer eran esos sonidos, los del entorno, “el sonido del mundo y de la vida” y no las notas armoniosas del piano, lo que interesaba a Cage, cuya fuente de inspiración fue poder oír el rumor de su torrente sanguíneo y sistema nervioso cuando él mismo entró en una cámara anecoica para experimentar el silencio absoluto.

      

En términos relativos, disfrutar del silencio tampoco es tarea fácil. Las viviendas están mal aisladas, toda una sinfonía de cañerías, tacones, televisores nocturnos y portazos es habitual incluso en las comunidades más civilizadas. Los bares, según la canción lugares gratos para conversar, no lo son tanto y tratar de hablar con tus compañeros de mesa en un restaurante repleto es todo un desafío para las voces más débiles. Parece que tengamos miedo al silencio, sobre todo cuando no estamos solos. La repentina falta de conversación entre dos personas es calificada como “incómoda”, y puede que para algunos, aquellos más extrovertidos o los que tapan con palabras su incapacidad para comunicarse con los demás, lo sea.

Cada cual tendrá los suyos, yo tengo mis reductos donde puedo disfrutar del silencio. Cuando salgo a pasear o a correr al campo, según mi estado de forma, puedo encontrar unos minutos de ese silencio sanador. Ocurre durante el crepúsculo. No es nada que tenga que ver con el paisaje, los alrededores de mi barrio son barbechos, eriales, antiguas huertas abandonadas. Solo hay un árbol, un pino centenario junto a los muñones de adobe de una casa de quintería. Milagrosamente, sobrevivió a la especulación urbanística. En invierno, la hierba quemada por el hielo da a la llanura un aspecto de ceniza, de páramo volcánico y alternan los calveros y las cepas retorcidas, recién podadas. Aquí y allá, montones de escombros, regurgitaciones de la sociedad de consumo: lavadoras desvencijadas, carritos de bebé, sofás, plásticos desvaídos. Si caminas mucho, pinares de plantación, porciones de naturaleza casi muerta, viejos pozos y montones de piedra, restos de la costra calcárea que arrancaron mis antepasados a este páramo. Y como milagro, durante el crepúsculo, una luz naranja repentina donde se pone el Sol, rosácea como la aurora de Homero en la parte opuesta. Tirabuzones de magma si hay nubes. Sin duda es grandioso, el cielo de la llanura celebrando la efímera muerte del Sol. Pero lo mejor es el silencio que acompaña a ese momento. Parece que la vida se detenga, dura lo que tarda en llegar la oscuridad, cuando avienen los crujidos y los coches. Pero ese instante es un silencio maravilloso, es la naturaleza suspendida.


Atardecer en Tarazona de la Mancha (Spain)

Otro de mis silencios favoritos es el que sigue a la multitud, cuando un sitio atestado se vacía de repente. Ocurre en mi trabajo a las dos y media. El cuartel que llaman centro educativo, sus pasillos carcelarios y puertas de metal, se abre como una exclusa. Quinientas personas salen a presión. A menudo me entretengo unos minutos, compruebo que todas las sillas están sobre la mesa, que ningún alumno distraído ha olvidado su estuche o la bufanda. Echo un vistazo al blog, apago el ordenador. Recojo con parsimonia. Y me enfrento al silencio. Recorro el pasillo en penumbra, al que solo llega la luz tamizada a través de un murete de pavés que está en la escalera y es fácil imaginar el fin del mundo, el último día, como una estampida después de clase.

Pero este blog iba de libros y precisamente los libros son uno de los mejores aislantes acústicos que conozco. Y vuelvo a John Cage, para quien “el único silencio verdadero se logra con un giro de tu mente hacia el interior”, el verdadero silencio poco tiene que ver con lo acústico. Requiere tiempo, pero cuando se produce la inmersión, nada puede turbar a un lector ensimismado. Las conversaciones alrededor se diluyen. El tiempo, como en los relojes de Dalí, se reblandece. Así se construye el silencio, escarbando dentro hasta llegar a nuestra sala anicónica personal, donde nada ni nadie puede alterar nuestra conciencia y donde estar con uno mismo, no solo no da miedo, sino que aleja todos los fantasmas.

La imagen de portada es Caravan Dali, de Aram Vardazaryan (fuente: https://www.3dartistonline.com/image/10284/caravan_dali). En cuanto al paisaje, es una fotografía de Juan Antonio Tabernero realizada en Tarazona de la Mancha (fuente: http://www.jakometa.com/photoblog/index.php?showimage=14). 

miércoles, 28 de noviembre de 2018

FERMÍN Y SULTÁN

Resultado de imagen de perro japones espera dueño

El cadáver de Fermín yacía sobre la cama. Hacía ya algunas horas que su corazón se había detenido para siempre, agotado por lustros de tabaco negro. Sultán, cruce de pastor alemán y mastín, deambulaba ansioso alrededor. El perro, consumido por los años, despeluchado y artrítico, velaba sin tregua junto a su amo y cuando alguien osaba traspasar el umbral de la puerta arrugaba el hocico, mostrando sus feroces colmillos embadurnados de saliva verde.
Pronto llegó la hora del sepelio y para poder entrar en la habitación y llevarse a Fermín tuvieron que sacrificar al animal. Sultán recibió el disparo impávido, blandiendo un sable desafiante en la mirada. Se suele llamar perro al hombre despreciable y del que hiede se dice que huele a perro. Algo es perro cuando es indigno o malo. Me parece injusto que esos atributos negativos recaigan en un ser capaz de mostrar una lealtad tan inquebrantable. Era un cachorro escuálido cuando Fermín lo encontró medio muerto de hambre, rebuscando entre los restos de comida que habían quedado entre la hojarasca. Le llamó Sultán por su color negro y su mirada profunda de príncipe árabe. El animal se crió junto a las cabras, persiguiendo a las perras en celo cuando no apremiaba el trabajo y labrándose una reputación de perro astuto y dócil. Fermín, que en su juventud había probado suerte como maletilla, le enseñó a embestir como un toro bravo. El can agachaba la cabeza, buscando la muleta y arremetía transformado en el mejor de los Miuras, mientras el pastor cargaba la suerte hacia la derecha o la izquierda, según la inspiración o así se viese dispuesto.
Todos los días, al filo de la mañana, Fermín sacaba sus ovejas y cabras en peregrinación, atravesando la vereda hacia los campos baldíos. Yo tenía que coger el autobús a la salida del pueblo a la misma hora, para ir al instituto. Cuando llegaba a la parada, que estaba en la carretera, apenas divisaba el reguero de excrementos, como mucho una nube de polvo a lo lejos y sabía que Fermín se me había adelantado. Pero a veces casi nos encontrábamos, como dos amigos al volver la esquina, si esto es posible en la llanura, donde todo es espacio.  Entonces Sultán alzaba las orejas y se removía nervioso junto a su amo, para que le diera licencia y luego corría hacia mí, como cuando dan el pistoletazo de salida en los cien metros y se me abalanzaba alargando su lengua amigable.
 Las tardes ociosas, cuando las había, porque casi siempre tocaba arrimar el hombro en el campo, estudiáramos o no, hacíamos una visita a sus dominios, la ancha llanura, las cunetas y los baldíos. Nuestra presencia era anunciada por el tableteo de un motor y una estela de polvo y piedras en suspensión. Llegábamos zumbando entre los caminos como un enjambre de avispas, haciendo trompos y levantando el hocico de la moto como si nos preparáramos para una justa.
Fermín al principio nos observaba impávido, luego levantaba la barbilla, estirando el cuello como una tortuga que emerge del interior de su caparazón y nos gritaba para que dejáramos de hacer ruido, un grito prolongado de una sola sílaba, que repetía como la alarma con la que se previene a la población de la inminencia de un bombardeo. Luego compartíamos charla, pitillos y una litrona. Las cabras se arremolinaban alrededor, mordisqueando aquí y allá, desperdigando sus excrementos, a veces sobre nuestros zapatos y dando chupadas al cigarrillo que le poníamos en el hocico con infantil malicia. Cuando alguna aprovechaba la falta de vigilancia y se escabullía dentro de un sembrado, Fermín llamaba a Sultán y juntos emprendían su búsqueda. Elegíamos ese momento para despachurrar la piedra de hachís y liar un porro que fumábamos con fruición, contemplando el regreso del pastor, Sultán y la cabra díscola como si se tratara del final de un Spaghetti Western. Al llegar a nosotros, Fermín arrugaba la nariz y movía la cabeza, taladrándose la sien con el dedo índice:
— ¡Mira que sois tontos!, si yo os contara…
Y nos explicaba como en Marruecos secan el cáñamo en los tejados de las casas y la porquería que pasa a través del precario tamiz con el que consiguen la resina. Además de los recovecos que recorre la piedra—y con esta parte reía mucho— para poder cruzar el Estrecho sin mayores contratiempos. 
Al pastor le agradaba rememorar su juventud y nosotros le escuchábamos embelesados. Había vivido en Tetuán y conservaba en su casa una chilaba que se ponía los escasos días de descanso, cuando cuidaba de sus pájaros y liaba cigarrillos bebiendo chatos de vino tinto. Así lo encontraron en el suelo del patio, la mano todavía fuertemente asida al corazón, el charco púrpura del vino seco, los ojos abiertos y pétreos que apuntaban al teléfono sobre la mesa.
Fermín sonreía satisfecho cuando alguien se deshacía del porro a medio fumar para darle gusto y entonces proseguía su narración, que conocíamos punto por punto: las especias del zoco, las calles tortuosas, el hedor a orín y estiércol en las puertas de la medina, la calima que arrastraba el siroco desde el desierto, los minaretes y el canto del almuédano. Hasta que la conversación viraba hacia sus amores de juventud, pagados con promesas, media docena de huevos y un queso envuelto en papel de estraza. Mientras, las cabras y ovejas roían los escasos diez centímetros de tallo amarillo que las máquinas habían dejado después de la cosecha o se arracimaban en torno a los montones de alpacas, diseminados como piezas de un tablero de ajedrez.
Poco a poco, la pelusilla del bigote se fue cerrando y me fui llenando de hombre. Acabé el bachillerato y dejé el pueblo, como la mayoría de la gente joven, para buscarme la vida en Madrid. Arrastrando una maleta, con el traje holgado heredado de un primo de mi madre, comencé vendiendo seguros, hablando con afectación para sacudirme el acento provinciano y luego, pasados los años, conseguí trabajo en un banco.
Me enteré de la muerte de Fermín porque mi madre llamó por teléfono para avisarme y me relató la ejecución de Sultán. Lo recuerdo más o menos así: el ruido del televisor del vecino se filtraba a través de los tabiques del apartamento de extrarradio donde vivía. Estaba fumando un cigarrillo en la cocina, con cuidado de no manchar de ceniza los últimos informes, todavía bajo los efectos del Diazepam. Luchaba por aplacar mi conciencia, porque esa mañana, diez minutos después de denegar un crédito, por inviable, el director me había llamado a su despacho, cerrando la puerta con el pestillo y bajando las láminas de la persiana veneciana. Cinco minutos de conversación, donde mi papel fue asentir con la cabeza, bastaron para que todo aquel dinero volara hacia la cuenta de un hombre de paja —yo lo intuía—, testaferro de sabe dios que empresario o politicastro. Pensaba en esto, o mejor dicho, trataba de espantar estos pensamientos, cuando sonó el teléfono, una, varias veces. Me resistí a cogerlo, no quería escuchar otra vez la voz engolada del director y su discurso hipócrita, pero al final, por un impulso, lo descolgué.

Pedí un día libre para asistir al entierro. Era a finales de otoño. Una alfombra de musgo crecía en las eras, de un color verde brillante, con tonalidades casi azuladas. El sol, que apenas rebasaba la línea del horizonte, incidía con sus rayos rasantes y le daba un aspecto parecido al tapiz de una mesa de billar.
Dejé el coche en casa de mis padres. Tuve que agacharme para que mi abuela, que se marchitaba junto a la ventana en una mecedora mullida con cojines, pudiera recorrer mi cara con sus dedos temblorosos y mirarme a través de su cristalino, enturbiado por las cataratas de los años, sin reconocerme.
Me dirigí a la iglesia y allí me reencontré con varios amigos de la adolescencia. Nos dimos apretones de manos y golpes en el hombro, tratando de romper la coraza de mutua desconfianza que crece entre las personas que pasan años sin verse.
Después de dar el pésame a los familiares, formando una larga cola en el interior del templo hasta el altar, el féretro con el cuerpo de Fermín fue sacado al exterior e introducido en el coche que esperaba como la barca de Caronte, parado bajo el arco gótico de la puerta.  Nos dirigimos al cementerio a pie, recordando los tiempos en los que visitábamos a Fermín y nos contaba sus historias de maletilla con tal o cuál novillero, sus escarceos amorosos y los años que vivió en África.
De reojo observé a mis antiguos amigos, los rostros ajados, las arrugas incipientes o profundas, según el caso, los vientres abultados, el pelo batiéndose en retirada de la coronilla o la frente. El peso de los años, el arado del tiempo que iba abriendo su surco, hincado cada vez más profundamente, removiendo los restos de cáscara joven y preparando el terreno para la siembra de la madurez. Recordé los días de otoño, cuando la barba del cereal despunta en la tierra recién arada y las aves en bandada se arremolinan, parlamentando ruidosas para después emprender el vuelo, trazando un semicírculo y mostrando el dorso blanco de las alas.
La comitiva se detuvo en la isla de sepulturas que ocupaba el centro del camposanto, flanqueada por cipreses y columnas de nichos. Se colocaron las coronas de flores, con las inscripciones protocolarias. Muchos se abrazaron entre lágrimas. Los operarios destaparon la tumba, removiendo la lápida de mármol como si fuera la piedra del Santo Sepulcro. Después fueron bajando el féretro con una maroma, hasta que a Fermín se lo tragó la tierra.
Ya nos íbamos, cuando se escuchó jaleo. Por la larga avenida de cipreses se acercaban con paso raudo dos de sus sobrinos más jóvenes, sosteniendo una pequeña caja de color caramelo que contenía los restos de Sultán, el valeroso lugarteniente del pastor. Era deber de todos los que nos hallábamos allí garantizar que el animal compartiese la eternidad con su maestro. Los amigos, sacudiéndonos la modorra, apartamos a los operarios y con gran ceremonia, bajamos los restos de Sultán hasta escuchar el golpe de la  madera contra la caja y nos pareció que amortiguado por el colchón de tierra, resonaba la risa del pastor y el ladrido del perro que corría hacia sus brazos como cuando era un cachorro.   

La fotografía es de una estatua en honor a Hachiko, un perro que esperó a su amo en la estación de Tokyo durante años, hasta su muerte (https://www.excelsior.com.mx/). La historia del relato, sin embargo, no la inspiró Hachiko, sino mi amigo Paco Bellot y está basado en sus propias vivencias. Una versión recibió el primer premio en el XXIV CERTAMEN LITERARIO "CORPUS CHRISTICAMUÑAS 2018.