domingo, 15 de enero de 2017

"Elegía para un americano" de Siri Hustvedt


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Elegía para un americano (The Sorrows of an American en la edición original) es una novela publicada por Siri Hustvedt en 2008. La escritora norteamericana nació en 1955 en Northfield, Minnesota, aunque su familia es de origen noruego. Según Wikipedia actualmente vive en Brooklyn, Nueva York, junto a su marido el también escritor Paul Auster, con quien tiene una hija, la actriz y cantante Sophie Auster.
Se trata de mi primera novela de Hustvedt, a la que he llegado por diversas recomendaciones, bien fundamentadas, de otros blogs. Una obra compleja en la que me he sumergido con facilidad y fue mi última lectura de 2016.
La historia comienza a andar cuando Erik Davidsen, un reputado psicoterapeuta que es el narrador principal y su hermana Inga, mientras ordenan el archivo de su padre que acaba de morir, encuentran un documento acerca de un incidente del que no tenían constancia y sobre el que deciden investigar. De este hecho del pasado envuelto en el misterio se van desligando otras dos tramas, basadas en la vida de los dos hermanos, componiendo una serie de historias cruzadas y encadenando una intriga con otra. La estructura de la novela las va alternando conforme avanza. Así, Erik alquila parte de su vivienda a una joven ilustradora, Miranda y su hija de cinco años Eggy. Comienza a sentirse atraído por ella, cuando descubre que su ex pareja, un artista un tanto perturbado, la acosa tomándole fotografías sin su consentimiento. Inga, por su parte, es la viuda de Max Blastein, un afamado escritor muerto de cáncer con el que tiene una hija en común recién salida de la adolescencia. Aquí aflora la tercera intriga, la de unas cartas que Max dirigió a una amante con la que presuntamente tuvo un hijo y que Inga trata de recuperar.
Como pivote entre estas tres historias, se incluyen en cursiva fragmentos del diario del viejo Lars, que la autora confiesa en una nota al final que son de su propio padre, y de paso se compone la historia generacional de los Davidsen, ¿o es de los Hustvedt? Debe ser cosa de la novela posmoderna de la que tanto he oído hablar.
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Siri Hustvedt en su residencia de Nueva York (foto: elpais.com)
La estructura y el juego que propone Hustvedt, las tres historias que se alternan y de la que afloran a su vez nuevos personajes y subtramas, da idea del trabajo de preparación que hay detrás de Elegía para un americano. Y de sus altibajos, puesto que en algún momento la novela se desequilibra hacia un lado u otro, incluso la trama del principio, el secreto innombrable del viejo Lars, acaba perdiendo interés y su desenlace es decepcionante. De hecho, la mayoría de historias se resuelven de forma poco verosímil.

En una entrevista que he leído mientras preparaba la reseña, Hustvedt afirma: los auténticos secretos del libro no están en la trama, sino en otro sitio. Esto me ha confirmado una sensación que he tenido al leer Elegía para un americano y es que toda esa parafernalia de tramas, intrigas e historias cruzadas resulta un simple gancho para mantener atento al lector y lo que importa en realidad son un conjunto de temas, entre los que destaca el modo de afrontar el duelo y la pérdida de los seres queridos. También la gestión de un trauma, definido como aquello que nos resistimos a que forme parte de nuestras vidas. Entre ellos el recuerdo del 11 de septiembre y en el caso del diario de Lars, la Guerra del Pacífico. Es un libro que reflexiona sobre la memoria, porque nuestros recuerdos siempre resultan alterados por el presente. Por último, tiene su parte filosófica, sobre los límites del conocimiento de las personas que amamos y del modo en el que experimentamos el mundo. De nuevo, Hustvedt nos dice al respecto que no experimentamos el mundo, sino nuestras expectativas del mundo y que ninguno de nosotros somos quienes creemos ser.  

El libro se explaya en cuestiones relativas al psicoanálisis y la neurociencia, a mi parecer en un tono (es cierto que el narrador es psiquiatra, pero aún así, resulta forzado) demasiado didáctico, como de trabajo académico y no encajan bien en una artefacto literario.
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"Los amantes" de René Magritte (foto: arteallímite.com)
Las experiencias que rodean a los personajes, su pasado que les ha modelado en lo que son, ayudan a crear profundidad. Pero Hustvedt llega a ser tan exhaustiva, tan analítica, que hay momentos en los que noto cierta distancia. Ha sido como asistir a la disección de un cadáver, una lección magistral de anatomía del personaje, pero en definitiva, sobre algo muerto. Me ha dejado una sensación de frialdad, de cierto intelectualismo exagerado. Las neurosis de neoyorkinos pijos, sabelotodos, divorciados, prisioneros de sus traumas, resultan un tanto desquiciantes. Falta humanidad, sobra cálculo y quizá el interés que por momentos despierta la historia no logra afianzarse como es debido y puede incluso que por momentos se derrumbe. Hay pequeñas grietas en la construcción de Erik, que es el narrador principal, que le restan verosimilitud. De hecho, esa sensación de estar ante personas que no parecen reales, aumenta en el caso de su hermana Inga. Aún así, me ha parecido una autora interesante, de la que también tengo en lista Todo cuanto amé, que para la crítica pasa por ser superior a Elegía por un americano.

sábado, 7 de enero de 2017

EL SUPERVIVIENTE

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Celdas del Pozo de Banfield, que funcionó como centro de detención clandestino durante la dictadura argentina de 1976.

Era poco más de medianoche. Estábamos reunidos en el salón sentados en círculo, con las luces apagadas y hablando en susurros, porque se había decretado el toque de queda. Los militares extendían las alambradas en los cruces de las principales calles, donde se apostaban blandiendo sus ametralladoras y los potentes focos desde las tanquetas ponían al descubierto y lo que es peor, a tiro, a cualquiera que se atreviese a salir durante las horas nocturnas.

Seguíamos pensando en cuál sería nuestro siguiente movimiento cuando de repente, crujieron los goznes de la puerta y hubo muchos gritos y golpes. Nos hicieron subir a un camión, nos cubrieron la cabeza y durante un tiempo indeterminado solo se escucharon nuestros sollozos.

Ahora contemplo mi celda, después de tantos años. Qué decrépita, inofensiva y triste parece. Pero cuando aquella noche me arrojaron dentro, cerrando la puerta con tres vueltas de llave y me tuve que arrastrar a tientas hasta encontrar la cama, sentí que había caído en la fétida boca de un monstruo. Intenté recomponerme, ignorando los gritos de pánico que se filtraban a través de las paredes, cerré los ojos y traté de dormir.

A las pocas horas se encendió una luz y me sacaron en volandas. En el pasillo había una larga fila de personas, la mayoría encapuchadas. Y al final, en una pequeña habitación, varios militares arremangados extraían confesiones a cuchillo.

He accedido a visitar el centro de detención quince años después del golpe militar y explicar mi experiencia a los visitantes, una vez restaurada la democracia. Todos escuchan en silencio, palpan los desconchones, observan con pavor la pesada puerta de hierro, el cerrojo inutilizado, los restos de sangre seca (eso les parece a ellos) en el pavimento. Avanzo por sus pasillos mientras desgrano mi historia, contemplando la misma ruinosa habitación, la misma cama desvencijada, una y otra vez.

En la entrada hay una placa, con muchos nombres y apellidos. Recorro con el dedo la fría lápida de mármol y me detengo en aquellas personas familiares y me invade un terrible deseo de desaparecer a mí también.

Muy pocos podemos dar hoy testimonio. Esta habitación bien podría ser cualquier otra cosa si mi recuerdo no la dotara de significado. Me pregunto por qué mi nombre no está en esa placa. ¿Qué dije o confesé, tras las descargas eléctricas, sumergido en la bañera, con la pesada bota de cuero aplastándome la cara? Siempre temo la pregunta: ¿usted cómo logró sobrevivir? Percibo las miradas cambiantes. El rayo de ironía de unas bocas que pasan del espanto y la lástima a la reprobación o suspicacia. Y lo peor es que no tengo respuesta. Simplemente, se hartaron de matar.

Nunca pude volver a ser el mismo. Allí me quedé, impreso en los muros de la celda, formando parte de la sombra tenebrosa que todavía proyecta la cama, en cada rincón, hecho añicos, diseminado, en cada partícula de mis compañeros consumidos en las zanjas regadas con cal.

"El superviviente" ha sido incluido en el número 21 de la revista "La hoja azul en blanco", que publica el grupo literario Verbo Azul, por gentileza del poeta Juan José Alcolea.


           

jueves, 29 de diciembre de 2016

DESPIDIENDO 2016


Vamos a por lo que será la última entrada del año. En un primer momento pensé en hacer algún tipo de ranking, pero viendo que me iba a costar lo mío, ya que libro que no me gusta, libro que no acabo, pues he decidido traer algunas lecturas de este 2016 que no he reseñado por ser de sobra conocidas o por falta de tiempo (o una combinación de ambas cosas).

Como cada año, he tenido mi ración de clásicos. Lo he acabado por todo lo grande con Henry James y Otra vuelta de tuerca y fantasmas o delirios paranoicos aparte, creo que todo el mundo debería leer y releer La llamada de lo salvaje, de Jack London. Catalogada como “novela juvenil”, siendo mucho más, merece esa etiqueta solo por la capacidad que tiene de revivir ansias lectoras olvidadas, de cuando uno se asomaba a la gran literatura por primera vez. Aparte, me parece una reflexión profunda sobre la supervivencia y la lucha por la vida que ya quisieran muchas “novelas para adultos”.
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Adoro el ensayo y la divulgación. El problema, si se puede considerar como tal, es que soy bastante exigente, por una parte y por otra me cuesta pasar por su lectura sin subrayar, tomar notas, hacer un resumen después, contrastar algunas informaciones, etc. La consecuencia de esta actitud es, o bien que el libro se queda a medias si es poco consistente o bien se eterniza su lectura. Bueno, todo este rollo para hablar del fabuloso ensayo de Yuval Noah Harari De animales a dioses, donde se hace un repaso del pasado, presente y futuro de nuestra especie. Un futuro que se presupone poshumano, cuando la inteligencia artificial y la biotecnología permitan superar los límites con los que nos dotó la naturaleza, llegando incluso a hacernos “amortales”. Eso sí, a los que puedan pagarlo. Me parece un libro esencial para mirar las ideologías, los procesos históricos y las religiones con una óptica distinta. Es ameno, fascinante a ratos, pero también riguroso.
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En el apartado del relato corto o cuentos, acabo el año bien servido. Poco que añadir a lo que se ha dicho sobre Catedral de Raymond Carver, solo que deja un regusto a obra maestra y gusanillo de relectura difícil de igualar. Para este humilde lector, entraría dentro del canon de “cien libros que leer antes de morir”.
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No soy de los que menosprecia a los autores españoles, que en la blogosfera los hay. Incluso contra autores que con humildad a uno le parecen incuestionables, como Miguel Delibes. Pues también reciben palos. Pero, ¿quién no aspira a convertirse en perro de presa en estos tiempos? Los mismos que luego se lamentan del “buenismo”. Pues yo me he marcado un Luis Landero, y tengo en lista a autores como Wenceslao Fernández Florez, Gabriel Miró y otro Fernández, Jesús Fernández Santos, que hay que ver cómo escriben. No voy a criticar el esfuerzo que hacen ciertas editoriales por recuperar a escritores olvidados de Centroeuropa o de la Inglaterra victoriana. Pero que haya escritores como los mencionados que solo encuentras en los depósitos (suena mal, ¿a qué sí?) de las bibliotecas o en los mercadillos, clama al cielo. Por supuesto, no es el caso de Landero que vive y goza de fama, aunque Hacienda le quiso meter mano al estar jubilado y tener ingresos por dar charlas y cobrar derechos de autor, que a quién se le ocurre (modo ironía). Menos entusiasmo ha puesto Hacienda, por cierto, con los “futbolistos” y varios ilustres “panameños”. Juegos de la edad tardía merece leerse, el fulgurante debut literario de un cuarentón, por cierto, para que luego se quejen las jóvenes promesas.
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Si de literatura contemporánea hablamos y de la que engancha porque cuenta historias creíbles y tiene la virtud de transformar personajes ficticios que aparentemente existen tan solo en el papel en seres dotados de vida propia, por los que el lector se interesa, padece y se compadece por ellos. Si, hablo de esas novelas que acabas y piensas: ¿por qué me da tanta pena que la historia acabe aquí? ¿Qué pasará con Griffin después? Pues me alegro haber conocido y recomiendo por mediación del Blog de la fábula (gracias) a Richard Russo y su El verano mágico en Cape Cod.
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Y para acabar con un toque exótico, ya os hablé de Yasunari Kawabata, del que fui reincidente, en parte por vuestras sugerencias y me leí, durante esas madrugadas de octubre, cuando uno trata de acostumbrarse al otoño, su cambio de hora y de rutinas, a sorbitos como si se tratara de un té, La casa de las bellas durmientes. En esa casa misteriosa, el anciano Eguchi disfruta de la compañía de jóvenes vírgenes que han sido narcotizadas, tan solo para poder dormir con ellas. Eguchi rememora su vida pasada, en un sutil ejercicio de erotismo y meditación sobre la belleza, la soledad y el paso del tiempo.
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Una buena manera de acabar el año, sobre todo para no caer en ese abismo que supone siempre mirar atrás, es quedarse con los momentos buenos. Me ciño a las cuestiones literarias y acabo del todo relajado, por haber gastado mis horas de forma tan fructífera. Espero seguir compartiendo desde la llanura y visitando vuestros espacios a vista de pájaro otro año más. Un abrazo de novela para todo el que llegue a esta última línea del 2016. Mis mejores deseos para el nuevo año.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Cerrando el año cervatino: "El impostor" de Enrique J. de Lara

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Los molinos de Consuegra con el castillo al fondo (foto: Paco Vargas)

Ya queda muy poco para que acabe este 2016, que ha sido año cervantino y bien aprovechado por mi parte, con una relectura intensa de El Quijote por mediación de “El infierno de Barbusse”, entre otras cosas. Lo he tenido fácil, es cierto, porque vivo en el epicentro de ese paisaje donde Cervantes tuvo a bien ubicar gran parte de su novela y a tiro de piedra tengo la cueva de Montesinos en las Lagunas de Ruidera, los molinos de Consuegra y Campo de Criptana, El Toboso, la venta de Puerto Lápice y la cueva de Medrano en Argamasilla de Alba, lugar donde con mucha probabilidad Cervantes pasó una temporada tras ser detenido por la autoridad competente y allí comenzó a urdir su novela. Lugar, donde un noble perturbado, que se retrató en una de las capillas cerca de altar de la iglesia y se puede apreciar el parecido con el personaje imaginado por Cervantes, pudo inspirar a nuestro manco ilustre.

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Interior de la cueva de Medrano en Argamasilla de Alba (foto: turismocastillalamancha.es)

Aparte de la lectura y visita a los santos lugares de la tradición cervantina, tuve también mi peculiar aventura un tanto quijotesca. Enrique Javier de Lara, que ya apareció por aquí con Cerezas, contactó conmigo para que leyera una novela suya todavía inédita, muy relacionada con Cervantes. A pesar de que le expliqué mi falta de formación, mi bagaje de lector sin galones, insistió y al final no pude negarme. Solicité, eso sí, la ayuda de un amigo más cualificado para que diera una segunda opinión y así, poder dar a Enrique una valoración con mayor fundamento, en lo posible. Fue una experiencia interesante, tomar contacto con una obra así, en embrión, aunque hay que decir que el manuscrito que nos hizo llegar estaba acabado, casi listo para su publicación. Y por suerte, esta publicación se produjo a los pocos meses.

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El impostor de Enrique Javier de Lara vio la luz en la editorial Carpe Noctem, que incluye en su catálogo a mi paisano Félix Grande. Nada tuve que ver, ojo. Mi opinión, de lector, nada profesional, poco aprovechable, se dio sobre una novela ya perfectamente rematada. Solo quiero pensar que ese gesto pudo darle algo de suerte, superstición mía, claro. Y estoy orgulloso de haber asistido, si no al parto, al menos a esa primera lactancia de una obra por lo demás notable.

El impostor, no confundir con la novela de Javier Cercas sobre el infame Enric Marco (en la época que se destapó el escándalo estaba estudiando al fondo el tema del holocausto, también por extensión los argumentos del negacionismo y la salida a la palestra de este individuo me alteró tanto que no pienso leer la novela de Cercas, renuncio), tiene en la cuestión cervantina su leitmotiv. La acción comienza en Buenos Aires, donde Marcelo Teruggi, un delincuente de poca monta, da por casualidad con unas cartas dirigidas al escritor. Según fabula Enrique J. de Lara, Miguel de Cervantes se hizo pasar por su hermano para poder embarcar hacia América (en realidad, este fue otro de los anhelos frustrados del escritor) y desde allí compuso El Quijote y el resto de su obra, que enviaba puntualmente y en total secreto a la madre patria. El tal Teruggi trata de vender las cartas al mejor postor, pero se mete en un lío de faldas y escapa a España, donde tratará de hacer el negocio de su vida. Menudo enredo, ¿verdad? Con estas premisas Enrique Javier de Lara desarrolla una novela negra al estilo de Andrea Camilleri, con personajes creíbles, totalmente verosímil, bien construida y pensada, donde no hay ni un cabo suelto.

Decididamente, aquello era un bombazo. En mi cabeza comenzó a tomar forma definitiva una idea. Al mismo tiempo, me asaltó cierta ansiedad que ya no dejaría de crecer. No podía perder los documentos de mala manera, en cualquier parte; que los canas me agarraran y me los afanaran, o que luego de una curda, me los dejara en algún boliche para que un espabilado acabara beneficiándose. No, tenía que tomarme el piojo, marchar a España ahora que por allá las cosas estaban bien... Bueno, ya no tan bien, aunque posiblemente mejor que acá. En España seguro que podría completar el estofado; sacar la suficiente plata como para salir de pobre. Además tenía donde agarrarme en caso de necesidad, poseía un contacto, un viejo chabón de curdela, que había dado por el orto a la mitad de Baires y a quien conocí en mis primeros tiempos en la Capital Federal; exactamente, durante un breve periodo que pasé entre rejas. Actualmente, se ganaba la vida con un boliche especializado en pizzas que había montado en Madrid. Mira por donde, muy cerca estaba Alcalá, la ciudad natal del insigne; quién sabe si de un impostor…

domingo, 11 de diciembre de 2016

COSECHA DE OTOÑO: Héctor Abad Faciolince, Francisco Nieva y Henri Barbusse

A día de hoy necesito robar horas al sueño y darle a la lectura el monopolio de mi tiempo libre para lograr crear esa burbuja que todo lector ensimismado conoce bien y que conduce al arrebatamiento. Lo he logrado estas últimas tres semanas y me pedía el cuerpo reseñar el fenómeno en su conjunto, de forma abreviada. Quizá la pasión no sea la mejor virtud de un lector crítico, pero es la mejor vía para el placer. 

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En El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince (Seix Barral) toma prestado un verso de un soneto atribuido a Borges para contarnos en primera persona la historia de su padre, por el que sentía verdadera devoción y por extensión la suya propia y de su familia. Un padre-héroe asesinado por los paramilitares en su ciudad natal, Medellín (Colombia).

Y es que Héctor Abad padre denunció durante años la violencia que azotaba su país y practicó una medicina comprometida con la erradicación de la pobreza. Es un libro emocionante, sin recurrir ni forzar el lirismo. Es sincero, sin escabrosidades. Recorre sus páginas un delicioso equilibrio, el de la obra que tarda en parirse, de muchos años pensada y lo más fascinante, aparte de ese tono dulce pero contenido que impregna al español en Latinoamérica, es la creciente adicción que genera su lectura sin haber trama alguna, conociendo desde el principio el final, el clímax de la novela que es el relato del asesinato del padre. Esto sin duda es mérito de su autor, que consigue crear cierta intriga o al menos curiosidad por las andanzas de un padre atípico que para nada es un modelo de masculinidad, que educa a sus hijos con abrazos y besos y que no duda en plantar cara con arrojo a la injusticia, a los instigadores de la guerra civil y a sus ejecutores.

Curiosamente, me ha llegado más esta obra como padre que como hijo. Da que pensar la huella y el calado del progenitor en sus vástagos, por mucho que uno nazca con un equipamiento genético que en parte, si no lo determina, al menos lo predispone. Pero la figura del padre actúa como el primer alfarero y es emocionante, pero también causa pavor pensarlo. Aparte de esto, Héctor Abad padre, el doctor Héctor Abad, es todo un ejemplo moral, de resistencia y lucha contra no solo la injusticia, sino el fanatismo. Es el sentido común y la integridad que siempre rechazan los dogmáticos en su visión cerrada y asfixiante de ver el mundo.   

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Foto: http://triptou.com

Granada de las mil noches es una obra de Francisco Nieva (Seix Barral), recientemente fallecido. Una rareza, por lo que se ve. Una aventura en prosa, puesto que Nieva destacó como autor teatral, que narra las andanzas de Alfredo Barbacid en la Granada romántica del s. XIX para conocer a su bisabuelo. Sí, un viajero del futuro, quizá un alter ego del propio autor buscando remover sus raíces maternas.

A partir de aquí, Francisco Nieva construye con total libertad una Granada fantasmagórica, violenta, pasional, haciendo un despliegue apabullante de literatura plástica, esa que se toca, se ve, se huele y se percibe como una composición musical. Al leer una novela traducida entiendo que se pierde algo, cada lengua tiene sus particularidades. La labor del traductor, en el fondo me parece la de un coautor que debería figurar en la portada, algo con lo que no todas las editoriales transigen. Pero toparse con una novela escrita en tu lengua, con ese grado de maestría, de sonoridad, no tiene equivalente. Francisco Nieva despliega su imaginación, a ratos surrealista, desatada, con historias que nunca se han escrito o tienen cierta raíz en la tradición oral; en las que el cielo cambia según transcurren los hechos y se tiñe de púrpura o se descuelgan nubes caliginosas que ensombrecen las plazas. Hay una violencia primaria, del hombre sobre la mujer, de sometimiento. Hay incesto, ruinosos enamoramientos, corre la sangre y los muertos apenas caben en un cesto o se precipitan en los pozos. Los padres degüellan a los hijos díscolos, un maestro de danza enseña pasos de baile para favorecer la fertilidad y un monstruo apodado la “marauña”, recorre los tejados escupiendo insultos incomprensibles. Después de leer Granada de las mil noches, tengo la impresión de haber asistido a un viaje alucinado, casi siento el mareo, la embriaguez, como cuando uno despierta de un sueño y tarde en percatarse de lo que es real. Tan solo un final un tanto irregular empaña este prodigio literario, este artefacto de creatividad tan apabullante.

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Aunque suele ser fuente de frustración y generalmente me impide centrarme en una sola cosa, esta vez bendigo mi infinita curiosidad. Tras la grata experiencia de la lectura colectiva de El Quijote en el blog “El infierno de Barbusse”, me hice con el libro homónimo: El infierno, publicado originalmente en 1908 por el escritor francés Henri Barbusse y que yo he leído en la versión de 2006 de Rey Lear. Según reza la nota del editor, fue un fenómeno de ventas, alabado por uno de los capos de entonces, nada menos que Blasco Ibáñez. El citado Barbusse murió de neumonía en la Rusia soviética, con la que confraternizó (al parecer publicó una hagiografía de Stalin poco antes de morir) y quizá por eso el paso del tiempo arrojó sobre su obra alguna palada de más.

El argumento es tan sencillo como sugerente. La historia transcurre en primera persona y el narrador, que se describe a sí mismo en los primeros compases  de la novela como un ejemplar humano arrojado al mundo, solitario, desconcertado por eso que uno llama existencia, encuentra en la habitación de su hotel una grieta por la que puede observar lo que ocurre en la habitación de al lado sin ser visto. Esta feliz casualidad nos hace cómplices de un caso de voyeurismo del alma humana. Con una prosa elegante, cargada de lirismo y reflexión filosófica, hay momentos de gran belleza, deslumbrantes. Entre ellos me ha tocado especialmente la primera experiencia amorosa de dos jóvenes, apenas rozarse los labios, no esperen de esta novela procacidades, como podría hacer un escritor contemporáneo con el mismo leitmotiv. El propio narrador se lamenta después: yo no recuerdo mi primera mirada, mi primer regalo de amor. Y está claro que se produjo (…). Recuerdo cosas insignificantes, y que vienen al azar, pero lo más bello y lo más dulce se me ha ido a la nada. Por eso se esfuerza en su escrutinio y olvida lo más elemental. Fuera de la habitación que espía, apenas hay acción. Y sin embargo, se lee con avidez este infierno, con algún pasaje menos digerible, porque no existe la novela perfecta y el excesivo protagonismo que cobra en ocasiones el narrador, en sus elucubraciones filosóficas y científicas, margina lo verdaderamente importante.

Así que a través de esa grieta, asistiremos también a un parto (el dolor de engendrar, dice, el hijo por el cual la herida sangra continuamente), a la agonía de un hombre, su duelo con un sacerdote preocupado por llevar otra alma al redil, más que por prestar algún tipo de consuelo, y su muerte. A una confesión, terrible, por lo bella, de la vanidad, de la corrupción y el paso del tiempo. Un infierno del que se deduce que el ser humano es un animal perpetuamente insatisfecho, que desea lo que no tiene y que lo que no desea es por ignorancia.


¿Qué es lo que soy? Soy el deseo de no morir. Y no solo esta noche, en que me veo llevado por la necesidad de construir el sólido y poderoso sueño que no me abandonará, sino siempre. Todos somos el deseo de no morir (…) Nos exaltamos con impresiones nuevas, con sensaciones nuevas, con nuevas ideas. Nos esforzamos en tomar lo que no tenemos para añadírnoslo. La humanidad no es sino el deseo de novedad acerca del miedo a la muerte. Eso es: yo lo he visto.   

domingo, 27 de noviembre de 2016

KILÓMETRO

                      

Para recorrer casi todo el escenario de mi vida, la tabla donde transcurre mi existencia, me basta apenas un kilómetro. Son quince minutos, algo menos a buen paso. Es mi jaula, los límites del prado donde pazco. El cerco, la barrera y en su interior mastico con parsimonia, rumiando los días que me han sido asignados. Desconociendo, como todos, el final.

Para ir al trabajo recorro un pasillo arbolado, una cúpula de ramas, bronquios y alvéolos que se estiran hacia el cielo, retorcidos al despegar, erizados al fin en su extremo, como si hicieran un último esfuerzo por alcanzar lo que no se puede tocar. Su tronco se bifurca. Son los árboles mis testigos, los postes que acotan mi camino. Ahora es invierno y sus extremos, como púas, tejen una tela de araña sobre mi cabeza. A veces distingo en algún tronco una protuberancia, como un tumor. Se retuerce y abre como una llaga. Esa bóveda me conduce al trabajo, sí, y también a la casa de mi adolescencia. En su buhardilla ahogué muchas tardes entre mis dedos, perdí el tiempo, un tiempo irrecuperable. Se perdió y ahora viven desconocidos en ella, otro niño mora bajo el tejado, asomado a la ventana, contemplando el mar de tejas, los límites de su jaula.

Apenas unos metros de donde vivo, pasé mi infancia. Las calles eran de barro y enfrente, las eras pedregosas y el trigo salvaje brotaba entre las piedras. Había un viejo caserón, derribado el tejado por un rayo. Viejas tierras que arañaron mis pezuñas, con el tiempo recalificadas y construidas. Allí acabé viviendo, en el mismo suelo en donde ardían los rastrojos y los grillos excavaban sus galerías y los esqueletos de los galgos yacían consumidos por el sol.

Trazo otra línea y me ubico en la casa donde nací. En una cama, asistido por una vieja comadrona. No hay que andar mucho para llegar a la casa de mis abuelos, donde quemé los primeros años de mi infancia. Todo resumido en un cerco tan estrecho. Apenas he salido de aquí. Es mi jaula. Poco más lejos nacieron mis hijos y conocí a mi mujer. Poco más lejos, tengo reservado un hueco en el camposanto. 

Foto: Multicoloured rib cage, Alexis Robiov (saatchiart.com)

viernes, 11 de noviembre de 2016

LEONARD COHEN

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Cuando le concedieron el Nobel a Bob Dylan leí todo tipo de opiniones al respecto. Algunas, bien argumentadas, exponían sus reservas e incluso su rechazo hacia un reconocimiento que opinaban, como poco, exagerado. Otras, se burlaban haciendo alarde de ignorancia. Ya sabemos los estragos del fenómeno denominado “cuñadismo”. Una tercera posición era la de los que defendían el premio, aludiendo entre otras cosas a la tradición de los trovadores. Entre los primeros y los terceros (no los cuñados, claro), surgía de cuando en cuando un nombre que por desgracia hoy es protagonista de periódicos, telediarios y de este post, el del poeta y músico canadiense Leonard Cohen. Para los entendidos, tan merecedor del Nobel como Dylan, pero con mejores credenciales en lo que a literatura se refiere. Un músico y poeta, aquí si estaba claro el binomio y sí había unanimidad, que ha marcado a tres generaciones. 

Al respecto, reconozco que las raíces folk y luego la transición al blues y el rock de Dylan, junto a las versiones que otros artistas llevaron más allá en lo musical (pienso en Jimi Hendrix y su All along the watchtower), me han atraído más del músico norteamericano que su pulsión poética, sin dudar de ella, sobre todo porque no me he puesto a la tarea, aunque he escuchado a apasionados defensores de su valor, como Benjamín Prado. En cuanto Leonard Cohen, hay algo subyugante y místico en su voz grave, que alcanza elevadas cotas de expresividad y su perfil indudable de poeta además de músico. En casa tengo un disco doble suyo con unas treinta canciones, que curiosamente no contiene las letras (luego se rasga la industria discográfica las vestiduras con la piratería, pero vaya manera de tratar a un artista de la palabra). En el libreto del disco, eso sí, hay una foto preciosa de Cohen sentado de espaldas (la reproduzco a continuación), frente a un paisaje de casas blancas y tejados típicamente andaluces, puesto que el músico vivió en España y se familiarizó —y adaptó—con la poesía de García Lorca. 

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Todos tenemos un archivo de canciones que han forjado o se han adaptado a nuestro carácter y sensibilidad, acompañándonos un largo trecho. Leonard Cohen me ayudó a aflorar ciertas emociones enquistadas en algún momento, fue mi terapeuta emocional, me hizo feliz y canalizó mi angustia, mi tristeza, para evitar que se desbordara y acabara ahogándome. Y cuando nació mi hijo mayor me ayudó a relajarlo durante aquellas tardes interminables que nos dio el llamado “cólico del lactante” y dijeron los médicos con razón que se solucionaría solo, pero lo cierto es que la poesía y la música lo atemperaron y había que ver a unos padres primerizos en el brete. Por cierto, algún remanente ha quedado, porque en cuanto he puesto la canción ha subido a ver lo que estaba tramando y me ha traído una porción de bizcocho recién hecho. Bonito edén, ¿verdad? Cohen, un ángel rubio de cuatro años y un bizcocho —falta el chocolate caliente, pero lo ponemos si queréis—. Tan solo me queda elegir una canción para ilustrar este post urgente en homenaje al maestro, se trata de la hipnótica y emocionante “Waiting for the miracle”, que he encontrado con subtítulos en castellano en Youtube. Y seguir escuchándolo, como tantos millones de personas de todos los países, culturas y edades imaginables esta tarde. Si las ideas religiosas o politicas desunen, la poesía y la música, que duda cabe, son el verdadero pegamento de este mundo. Por eso molestan tanto a los fanáticos.