domingo, 15 de julio de 2018

"En movimiento" de Oliver Sacks


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Comienzo esta reseña con tres reflexiones en torno a la escritura, extraídas de las páginas finales de En movimiento. Una vida (On the move. A life, traducción de Damià Alou), autobiografía póstuma (en su edición española) de Oliver Sacks, neurólogo y escritor británico:

El acto de escribir es suficiente en sí mismo; sirve para clarificar mis pensamientos y sentimientos. El acto de escribir es una parte integral de mi vida mental; las ideas surgen y cobran forma en el acto de escribir.

El acto de escribir, cuando ocurre con fluidez, me proporciona un placer, una dicha incomparables. Me lleva a otro lugar —da igual cuál sea el tema— en el que me hallo totalmente absorto y ajeno a pensamientos, preocupaciones y obsesiones que puedan distraerme, incluso del paso del tiempo.

Para bien o para mal, soy un narrador. Sospecho que esta afición a las historias, a la narrativa, es una inclinación humana universal, que tiene que ver con el hecho de poseer un lenguaje, una conciencia del yo, y una memoria autobiográfica.

Aparte de identificarme, en mi insignificancia, con los sentimientos de Oliver Sacks (y que se podrían extender a la buena lectura, porque también implica un acto creador, reconstructor si se quiere, donde interviene la imaginación), creo que estas palabras  contienen la esencia de En movimiento: honestidad al hablar de sí mismo, una sencillez balanceada con aguda perspicacia y sobre todo, pasión por saber, entender y narrar. Fueron, deduzco, las directrices de Oliver Sacks hasta que una inesperada metástasis le privó de una vida de la que supo estrujar hasta la última gota. Podéis —debéis— leer su artículo de despedida que publicó meses antes de su muerte.

Olivers Sacks (1933-2015), celebrado por sus libros de casos clínicos El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y Despertares, del que Hollywood hizo una adaptación nominada a los Oscar, traza la trayectoria de su vida desde su juventud (la infancia ya la contó en El tío Tungsteno). Está todo: peripecias personales, profesionales, una pasión irrefrenable por escribir y como en toda vida, la búsqueda incesante de la felicidad. 

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Imagen de Olivers Sacks junto a Robin Williams durante la preparación de Despertares (foto: ni un libro al día)

Ya decía que la franqueza define las páginas de En movimiento, así que Sacks no evita cuestiones a priori tan espinosas como su sexualidad, el autocelibato que se impuso durante décadas o su adicción a las drogas, todo expuesto sin pizca de autocompasión. La familia ocupa un lugar esencial: George, su hermano pequeño esquizofrénico, su tía Lem, que dejó una dulce impronta o una madre, generosa y de inteligencia punzante, pero a la que le costó encajar la homosexualidad de su hijo. Me ha sorprendido la entrega de sus progenitores a la profesión médica. Con noventa años, Sacks trató de convencer a su padre, médico de profesión, para que bajara el ritmo y al menos renunciara a las visitas a domicilio. No lo consiguió. Y es que cuando profesión y vida se amalgaman y la pasión define los minutos, casi los segundos, no hay lugar para pensar en jubilaciones anticipadas.

Sacks cultivó aficiones que a algunos le parecerán insólitas, hablando de un estudioso, neurólogo y demás, pero ya se sabe que no hay mayor ceguera que el prejuicio. En la bien nutrida colección de fotografías que acompañan al libro, vemos al bueno de Sacks practicando la halterofilia, el buceo o recorriendo California en motocicleta, con una estética que recuerda al Marlon Brando de Salvaje. Sobre todo, se le ve cuaderno en mano (calcula haber gastado unos mil, más o menos) escribiendo, en cualquier contexto. De hecho, en el libro y es un punto a su favor, hay intercaladas correspondencia y fragmentos de diarios del autor.

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Uno de los elementos más fascinantes de En movimiento  y que define la obra de Oliver Sacks, es el relato de casos clínicos, en concreto de enfermedades neurológicas que provocan trastornos inimaginables y que Sacks aborda con gran humanidad. Quizá en este punto sea más conveniente leer el citado El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Estas partes añaden cierta dificultad al texto, por el lenguaje técnico y sus implicaciones a veces incluso filosóficas. En concreto, el capítulo dedicado a las teorías sobre la conciencia de Gerald Edelman me costó lo suyo.

En movimiento resume la trayectoria intelectual y vital de Oliver Sacks. Es una obra valiosa, honesta y cuya lectura me ha dejado cierto consuelo (lo que no consiguen las noticias), cierta alegría de haber compartido solar y especie con alguien tan extraordinario, de saber de su vida, pensamientos, pasiones, aciertos y equivocaciones, de haber podido conocer con perspectiva la vida de alguien tan extraordinario. Dejo una última cita, esta vez no del libro, sino de su artículo de despedida:

Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

jueves, 5 de julio de 2018

"El tiempo es un canalla" de Jennifer Egan


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Hace ya tiempo, vagando sin rumbo por internet, vicio que comienza a inquietarme, di con una opinión furibunda pero bien argumentada que resumo. Venía a decir que parte de la novela traducida que se publica en España y copa el mercado editorial, no es más que literatura de segunda fila, legible porque es remozada por gente competente (traductores, correctores, etc.). Las delicatesen allende los mares casi nunca se sirven en la mesa generalista, truncada su visibilidad, y con suerte acaban como menú tardío de editoriales modestas.

Como en esta época que nos ha tocado vivir no queda sino contrastar, me fui a la lista anual de The Guardian, en busca de la literatura más fina y prestigiosa publicada en lengua inglesa. Luego, con paciencia (hasta que me harté), anduve comprobando si esas perlas anglosajonas estaban por llegar, habían llegado o no al mercado español. Y bueno, nuestro furibundo snob tenía algo de razón. La mayoría de autores habían sido traducidos, pero eso sí, casi ninguno en editoriales de renombre. Hice una lista de los que me parecieron más interesantes y entre ellos, he leído hace poco a Jennifer Egan (1963). En concreto, A visit from the Goon Squad, rebautizada (con todo el sentido, ojo) como El tiempo es un canalla.

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Jennifer Egan, foto de El Cultural. 

Flamante premio Pulitzer 2011 y publicada por Editorial Minúscula, a la traducción Carles Andreu. Según he podido colegir en un par de búsquedas, Jennifer Egan es una escritora de gran prestigio, original y con gran parte de la quisquillosa crítica neoyorquina rendida a sus pies. Es una suerte que al menos la tengamos traducida y disponible (bajo pedido), pero me choca que una autora de este calibre haya ido a parar a una editorial que desconocía por completo y mira que circulo por blogs literarios y demás. Bendita sea Minúscula, aunque la portada, si trata de imitar la estética punk con el collage de tipografías, se queda en un trabajo de patchwork. Único tirón de orejas. Da también un poco de aprensión comprobar que otra obra reputada de Jennifer Egan, Emerald city, ha tenido que esperar veinte años para ser editada en español y gracias al mecenazgo del Ministerio de Cultural, también en Minúscula (adjunto link a su web). Va tener nuestro snob más razón que un santo.

Voy a la novela en sí, quizá una de mis mejores lecturas de narrativa contemporánea de ficción. Me lo merecía, después del chasco que me llevé con Lydia Davis el año pasado y con otros posmodernos que no nombraré. Pero ya empiezo regular, porque El tiempo es un canalla se podría haber vendido, en el caso de que exista la figura del editor suicida, como libro de relatos. Si cogemos la receta de lo que se entiende por novela, el libro de Egan se queda entre Pinto y Valdemoro. Es todo fragmentario, un gran espejo hecho añicos, con piezas donde se reconoce cierta unidad pero con filo posmoderno. La historia transcurre en un arco de tiempo dilatado desde finales de los 70 a un futuro cercano con tufillo distópico, pero expuesto sin orden cronológico. Los personajes son reconocibles de un capítulo a otro, fluyen a lo largo de ese agujero de gusano, pero en uno son protagonistas absolutos y en otro apenas una nota al pie. Constituyen la urdimbre que crea un punto de conexión entre cada capítulo.

Decía que el título, a pesar de no ser una traducción fiel, respeta el mensaje central de la novela de Egan. Y es que sí, el tiempo es un canalla. Hace picadillo los sueños de juventud, convierte a la adolescente rebelde en madre sobreprotectora y al músico idealista en productor de bazofia enlatada, lo aplasta todo. El tiempo es un canalla entrará a cualquier lector que afronte o haya afrontado la crisis de la madurez como una loncha de queso entre las rebanadas de un sándwich. Quizá no sea lectura para Millenials, pero cualquiera sabe.

Un dato, Egan declaró que la novela fue inspirada por dos fuentes: En busca del tiempo perdido, de Proust y Los Soprano, serie icónica de HBO. La cita no es solo provocación, tiene sentido al leer El tiempo es un canalla, donde la memoria y la consiguiente (y distorsionadora) nostalgia juegan su papel y el trasiego de personajes marginales que en cierto momento se convierten en protagonistas, recuerda a la serie televisiva.  

En una reseña, también en The Guardian, era calificada como una novela difícil de resumir, pero deliciosa de leer y es que se trata de una propuesta compleja, una sinfonía de personajes y formas de narrar, saltando de la primera a la tercera persona e incluso hay un capítulo construido utilizando PowerPoint (delicioso, brutal, no por la forma en sí, sino por el contenido). Hay capítulos que rezuman melancolía, otros divertidos, surrealistas, irónicos, los registros son variadísimos. Incluso y es de agradecer, se bordean terrenos pantanosos en lo políticamente correcto, como cuando una asesora trata de realzar la imagen pública de un sanguinario genocida, usando a una estrella adolescente en horas bajas. También incluye una reflexión sobre el impacto que las nuevas tecnologías en nuestras vidas y es que el cambio está siendo profundo y me parece interesante que los escritores fabulen y reflexionen sobre ello en lugar de repetir los mismos temas de siempre.

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Fragmento del capítulo en PowerPoint. No encuentro imágenes en español 

En fin, un libro original, tremendo y acabo esta reseña sin hablar apenas del argumento. Pero para qué, mejor dejarse sorprender. A pesar de que los mostradores de nuestros templos consumistas, hasta que llegue la muerte anunciada del libro, seguirán lodados con thrillers, tochos históricos o la moda que corresponda, ayuda a mantener la fe escritoras como Egan, que no reniegan del tiempo que les ha tocado vivir, sino que lo utilizan como materia prima y tienen capacidad para contar historias de forma eficaz, novedosa y lo más importante, conmovedora.

Por si no queda claro, os enlazo a una reseña aún más entusiasta que la mía en el blog Estandarte.

domingo, 27 de mayo de 2018

"El corazón es un cazador solitario" de Carson McCullers


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Cuando escasea el tiempo y la concentración para leer, se vuelve uno un poco sibarita. No entra cualquier cosa, el estómago donde van los libros está especialmente levantisco y ataca con sus ácidos sin compasión. Hasta da ardor leer el trabajo propio y eso que como te conoces tiendes a ser benévolo. En tal coyuntura, autores como Carson McCullers son garantía de una digestión apacible. El corazón es un cazador solitario fue publicado en 1940, cuando la autora contaba con apenas veintitrés años. Si no recuerdo mal, la crítica lo considera su trabajo más atinado. Desde luego, allí volcó toda su sensibilidad, ternura y talento. La mía es una edición de Círculo de Lectores, con motivo del centenario de su nacimiento, con traducción de Rosa María Bassols. Viene con una sobrecubierta desplegable, el libro pesa un quintal, cada hoja es densa y tirante, como una cuchilla. Me alegro de tenerlo en mi estantería, porque me sobrevivirá y es algo que no pueden decir los libros de bolsillo y colecciones de periódico que compré en los tiempos de penuria estudiantil.

Es un título que la mayoría conoce, pero no está de más contar a trazo grueso su argumento. Luego desgrano alguna de las cosas que me han removido. La historia está ambientada en una ciudad industrial del sur de EEUU (¿quizá en el estado de Georgia?), a finales de los años 30. Tenemos por tanto segregación racial, clasismo, pobreza a raudales y otoños calurosos. John Singer y Spiros Antonapoulos son sordomudos y amigos inseparables. Componen una pareja de contrastes, ya que Singer es estoico y centrado, mientras Antonapoulos es perezoso y glotón. Sin embargo, ellos se complementan y conviven felices, aislados del mundo pero aferrándose a ese hilo que su lenguaje de signos y complicidad mantiene tenso y firme.                                                        

Todo cambia cuando Antonapoulos pierde la cabeza y es confinado en una institución mental. Singer, perdido su único amigo, alquila una habitación y en torno a su silente quietud convergen varios personajes atormentados, cada cual más variopinto. Mick Kelly, una adolescente que sueña con convertirse en pianista; Jack Blount, un agitador político que entra y sale de las brumas del alcoholismo, desquiciado porque sus ideas caen en saco roto. El doctor negro Benedict Copeland, varado en tierra de nadie por su educación, insólita entre los de su raza y sus ideas redentoras que caen, como en el caso de Blount, aunque por diferentes motivos, en terreno baldío. El cuarto satélite que orbita en torno a Singer es Biff Brannon, el dueño de la taberna donde Singer acude cada día a almorzar. Brannon es un observador inteligente, pero tiene un vacío secreto, un amor paternal que al morir su mujer se torna irrealizable. 

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Foto extraída de una adaptación teatral de 2017 (fuente: arktimes.com)

Los cuatro personajes acuden a Singer, le hablan desde lo más profundo de su ser. El mudo atiende, sonríe, ellos creen que les comprende. A partir de aquí pasan muchas cosas. McCullers nos muestra, con increíble sencillez estilística y a través de un narrador omnisciente, los entresijos del alma humana. La debilidad de ese corazón, un cazador solitario que parece condenado, como un titán, al sufrimiento. La novela dará un vuelco al final, aquí me tiemblan los dedos, pero desvela algo insólito y que a lo mejor uno no acaba de darse cuenta, pero es que el propio Singer también es un cazador solitario. Y también sufre.

Me resulta extraordinario que con esa sencillez se pueda ahondar tanto, llegar al alma misma de los personajes. Que son seres de ficción, no existen, o sí, es algo que a veces llego a dudar. El escritor es una especie de Dios creador. Y de hecho, así conciben a Singer esos cuatro personajes. El sordomundo es visto como un sabio, alguien con el que pueden compartir sus sentimientos y a quien revelar aquellos sueños más inconfesables. Es como esa figura de Cristo a la que se dirigen plegarias, pero de la que nadie obtiene respuestas.

Todos están solos en esta novela, se sienten aislados de los demás y sufren, mucho y tienen sueños, quimeras en realidad, al lector (y quizá a ellos mismos) le queda claro que son irrealizables. A pesar de todo, es el combustible que les alienta a seguir. Porque así es el ser humano, su existencia se sustenta en la creencia en ficciones. Ahí es donde reside nuestra singularidad. 

Y es que el propio Singer sufre esa misma soledad, al verse alejado de su querido Antonapoulos. Es un sentimiento profundo, más allá de la relación homosexual que se pueda intuir. Es tener a alguien con el que poder comunicar tus sentimientos y a quién amar sin condiciones, ¿quién lo tiene? Pensad un poco, ¿a quién podéis desvelar hasta las entrañas? Da terror pensarlo y de hecho, uno se podría sentir tan indefenso. El pobre Singer es ciego, además de sordomudo. Porque Antonapoulos es egoísta, perezoso y no corresponde del mismo grado a Singer, un tema que McCullers también trata en La balada del café triste. Pero a nuestro héroe no le importa. Singer ama sin recibir ni una pequeña fracción de lo que ofrece y esto, dar sin la pretensión de obtener un gracias, sin pedir sumisión, es la verdadera generosidad y es un don tan escaso que acabo viendo a Singer como una figura religiosa, sí, igual que los cuatro desesperados que acuden a su habitación y comparten un cigarrillo y hablan al mudo y este les mira sin pestañear para leer sus labios. Singer simboliza la esperanza, es una almohada donde se posan con suavidad los sueños de Mick, el doctor Copeland o Blount. 

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Sandra Locke como Mick Kelly, en la película de Robert Ellis (foto: fanpop.com)

Si hay un personaje donde McCullers vuelva su espíritu creo que es Mick, la joven que espera ser pianista y a falta de dinero para un instrumento compone melodías imaginarias en una libreta. Es inteligente, despierta y hay una escena donde hace una excursión con un amigo del barrio a un paraje cercano y contiene una descripción maravillosa del momento crucial en el que deja de ser una niña, con una delicadeza perturbadora. Es el paso al abismo, al del mundo adulto y asistimos así a una novela dentro de otra, a una novela de descubrimiento. 

Hay también una parte sociológica, el retrato de las desigualdades y las diversas formas de opresión, no solo racial, que merecerían su análisis. Se puede hacer una lectura política, incluso, que alcanza su punto culminante con la agria discusión entre el doctor Copeland y Jake Blount. Como véis, sin ser experto me atrevo a decir que El corazón es un cazador solitario es única y excepcional. Que cada cual lea y juzgue. 

En 1969 la historia fue llevada al cine y nominada a dos Óscar. La película es notable y los personajes están muy logrados, aunque Mick es una actriz veinteañera y la acción se desarrolla en los sesenta y no en 1939. Merece la pena también. En fin, decía Bukowski en un poema sobre McCullers:

Todos esos libros suyos
de aterradora soledad
esos libros
sobre la crueldad
del amor sin amor
es todo lo que de ella queda.

Y digo yo, ¿es que te parece poco? Para el que quiera otra taza, una reseña más centrada aquí.

viernes, 4 de mayo de 2018

DELIRIOS DE UN OPOSITOR


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Se acerca el temido y esperado momento de las oposiciones para aquellos que aspiran a convertirse en enseñantes. Un sistema decimonónico para el siglo veintiuno (edulcorado en los últimos años por la presión sindical), donde se trata de demostrar que posees unos conocimientos que con mucha probabilidad nunca vas a utilizar, dejando fuera de la bolsa cuestiones de vital importancia para este trabajo tan poco valorado. Hace mucho que pasé aquel martirio, pero se me ocurrió utilizar la experiencia para escribir una especie de delirio o relato corto y la Red de Bibliotecasde la Comunidad de Madrid lo ha premiado. Lo expongo aquí, como homenaje a esos valientes y reivindico de paso el valor de la Historia más allá de la mera exposición de datos, junto al libro como tabla de salvación a la que me aferro con uñas y dientes. 

***

Sergio arqueó la espalda hacia atrás para estirar las vértebras, comprimidas como el fuelle de un acordeón y así dar nueva vida a sus músculos entumecidos. Después volvió a agachar la cerviz sobre los apuntes. Leyó el enunciado “Tema 46, los Estados balcánicos en el siglo XX” y se concentró en su ficha-resumen, tapando el primer párrafo con la mano, para repasar lo aprendido meses atrás. En su mente comenzó a materializarse el puente de Sarajevo, cada piedra de su único vano sobre el río Miljaka compactada con la argamasa de miles de personas que perecieron durante el asedio en 1995. Un francotirador emergió entonces de entre la bruma y la bala se instaló en su cráneo limpia y silenciosamente.
Levantó la cabeza y cerró los ojos. Dayton, esa era la palabra que no conseguía discernir bajo el fuego de mortero. En su imaginación, el humo de las casas incendiadas cubría la ciudad como las nubes grises de una tormenta.
Acuerdos de Dayton, repitió para sí y lo garabateó al margen.

Sumaba. Era cuestión de pura aritmética. Veinte horas a la semana le daban para repasar diez temas, dos por día, si se concentraba. En dos meses podía repasar el temario completo. Un año daba para estudiar el temario seis veces. A esas jornadas había que añadir algunas horas extra. En ese momento ignoraba que la mayor parte de todo ese alud que le estaba sepultando, le sería de escasa utilidad en su futura vida profesional, pero pretendía, como un alquimista, convertirlo en oro. La veta aurífera anhelada, el pesado lingote de muchos quilates, era una de las cincuenta y cuatro plazas de profesor de Educación Secundaria por la especialidad de Geografía e Historia. En menos de un mes llegaría el día D, la hora H y Sergio daba el repaso final armado hasta los dientes, preparado para el desembarco. 
Todas las tardes acudía a la biblioteca de cuatro a ocho. Todas y cada una de las tardes. Allí encontraba el silencio y la concentración necesaria. Por eso no admitía distracciones. De ningún tipo. Se encerraba en una de las salas menos transitadas y tan sólo hacia una breve pausa si el dolor de cervicales le impedía seguir o si una duda atroz se instalaba en su mente como una liendre, extrayendo su seguridad en sí mismo y tenía que levantarse para consultar una fuente autorizada y calmar sus nervios.
En los momentos de sueño y agotamiento extremo acudía al socorro de la máquina de café y bebía su brebaje como un vaquero del oeste su puño de whisky, de un solo golpe. El líquido ardiente quemaba en el esófago, pero le ayudaba a recargar su agotada batería y le permitía seguir estudiando.

Era el mes de mayo y la biblioteca había sido tomada por una horda de estudiantes universitarios, buscando el refugio de sus paredes silenciosas. Sin embargo, el ser humano es en el fondo un simio chillón y los jóvenes que iban llenando la sala asestaban continuas estocadas al silencio, desangrándolo. Sergio, componiendo un semblante de duro y misántropo espécimen, se había ido librando aquella tarde de cualquier ruidosa compañía y tres sitios permanecían todavía libres a su lado. Estratégicamente había esparcido algunos libros, para desanimar a los que, ignorando su mirada de hostilidad, se atrevieran a ocuparlos.     
Repasando el inicio del tema, levantó la vista hacia el pasillo. Gavrilo Princip pasó a su lado con la pistola humeante y le miró, moviendo su espeso bigote. Sergio entornó los ojos y se concentró: un recorte de periódico cae en las manos de Princip, que apura el vaso de cerveza y discute con sus compañeros, mientras golpea repetidas veces con el puño la foto del archiduque, que irá de visita a Sarajevo. A los pocos días, abre fuego sobre el heredero y su esposa. Recordaba aquella historia punto por punto, no necesitaba repasar nada. Pero Princip permanecía frente a él, rascándose la coronilla, amarillo y sudoroso, tosiendo oscuros esputos con fragmentos de pulmón sanguinolento.
— Esfúmate, te tengo más que visto.
Lo dijo en voz alta y varias cabezas en la sala se movieron en su dirección. El opositor plegó de nuevo el cuello sobre los folios, apesadumbrado. Quizá estaba estudiando demasiado. Quizá su cálculo, la fórmula del éxito, funcionaba sobre el papel, pero era irrealizable para la voluble voluntad de un ser humano de inteligencia normal, y por qué no decirlo, para un niño mimado de clase media poco dado al esfuerzo sostenido como era él.
Una postal voló desde lo alto del techo, hasta posarse en su mesa. Sergio observó la fosa repleta de cadáveres descomponiéndose y leyó el remite. “Srebrenica”. Una postal desde la tumba. El libro de Emir Suljagic se encendió en una de las estanterías. Sergio se sintió tentado de levantarse, releer aquella frase que se había grabado a fuego en su memoria: “yo he sobrevivido, muchos otros no. He sobrevivido del mismo modo que ellos murieron”, pero se contuvo. Le pareció que aquellos apuntes descarnados no expresaban todo el horror de un siglo, pero decidió pasar página y consultó de nuevo su ficha resumen. Este era el repaso definitivo, no se podía escapar ni un detalle. Una voz femenina resonó entonces en la caverna de sus oídos:
  ¿Está ocupado?
Sergio movió la cabeza como si fuera una vieja momia. Se escuchó el crujido de su cuello apergaminado en toda la sala. Fijó sus ojos de cuervo en la muchacha, que le miraba acariciándose el pelo de manera compulsiva. El silencio del opositor no la desalentó, al contrario. Como si del mariscal Tito se tratara, tomó la iniciativa y se sentó, apartando con un brazo los libros que Sergio había colocado como parapeto.
Su línea Maginot había sido superada por los panzers de la enigmática muchacha, que sin mediar palabra, sacó un archivador y el teléfono móvil y se hundió en sus apuntes con la celeridad de un submarino alemán.
El mariscal Tito, Yugoslavia. Expulsión del Kominform en 1947.
Sergio reescribió en su ficha de repaso remarcando bien la K y suspiró aliviado.
— Está. No lo he olvidado. Sigue en mi cabeza.
— ¿Has dicho algo? —le interpeló la chica.
— No, disculpa, sólo pensaba en voz alta.
Todo arreglado con un intercambio de falsas sonrisas. Cada uno a lo suyo. Bien, ahora venía la peor parte, vamos a ver qué pasó con Rumanía y Bulgaria. Aquí Sergio se concentró aún más. Repitió mentalmente el nombre del dictador rumano: Ceaucescu. Unos médicos remueven los huesos consumidos de una tumba. En el cráneo, una herida de bala certifica los restos del líder comunista.
Sergio notó entonces a la chica agitarse y un ligero temblor que iba in crescendo. La vibración comenzó a desplazar uno de sus bolígrafos hacia el borde de la mesa. Sergio lo contemplaba sin intervenir. De súbito, una vampírica figura se posó a su lado y recogió el bolígrafo al vuelo.
— ¿Esto es tuyo?
Sin esperar respuesta, se sentó junto a él, apartándole unos escasos centímetros con el codo.
Después de la Primera Guerra Mundial, Rumanía recibió Transilvania y parte del Banato. Fue en la paz de Trianon. Lo subrayó, deletreando: T-r-i-a-non.
El vampiro que tenía a su lado alzó su cintura sobre la mesa y abrió la boca en dirección a la muchacha. Sergio observó de reojo como besaba los labios gruesos de ella, que lo atrapaba como una mantis. Comenzó a marearse. El vampiro le miraba de reojo. Algo de sangre restalló entre sus dientes, afilados como agujas alpinas. Los Cárpatos, recordó: Los Cárpatos, Los Montes Cámbricos, el Macizo del Jura, el Karst eslovaco, los Apeninos, los Balcanes...
Los nombres desfilaron en su mente como las tropas soviéticas por la plaza Roja el día de la victoria. Estos son de otro tema, pensó. Era hora de hacer una pausa. El vampiro aleteó satisfecho en su sitio, mientras la muchacha, pálida de anemia, se iba desvaneciendo sobre la mesa.

Sergio aprovechó el descanso para fumar despacioso un cigarro y después renovar los libros que tenía en préstamo. Allí le esperaba una de las bibliotecarias, con la que llevaba meses flirteando sin dar el asunto por concluido. Si los albañiles sueñan con modelos de pasarela callejera que sonrían ante sus groseros piropos y los soldados heridos en batalla con enfermeras de carnes generosas, los opositores lo hacen con guapas bibliotecarias, monumentos eróticos con gafas de pasta. Sergio contempló en silencio a su musa, que guiñaba los ojos delante del ordenador, precisamente porque había olvidado las gafas.
— Hasta el día 25.
— Los traeré antes.
— ¿Cuándo son las oposiciones?
— El 21 de junio.
— Seguro que vas bien preparado, no fallas ni un día.
Sergio no sabía si seguir la conversación o quedarse varado contemplando a la muchacha, mientras fingía buscar algo en el índice del diccionario de términos históricos que acababa de renovar. La alegría de charlar con ella unos minutos pronto comenzó a ser devorada, como un Saturno caníbal, por un oscuro pensamiento. Tantas horas invertidas, ¿y si fracaso? El opositor comenzó a imaginarse el día del examen, frente al papel, titubeando, incapaz de destacar entre el resto de sus rivales, comprobando una y otra vez, con infinita desolación, el 4,95 final que le impedía pasar a la siguiente fase. Abrumado por esa posibilidad, comenzó a palidecer y la bibliotecaria le miró con mayor atención, reparando en su aspecto desvaído.
— ¿Te encuentras bien?
Sergio no contestó. En ese momento estaba siendo tragado por su pesimismo. Trató de esbozar una sonrisa, que se diluyó como una meada en el mar. El ruido de unas botas militares resonó en su cabeza, aproximándose. Dos agentes uniformados de la Securitate lo agarraron de los brazos, arrastrándolo a lo largo del pasillo y lo encerraron en el baño. Sergio vomitó el café y después encendió un cigarrillo. El humo mitigó un poco el sabor a bilis.
Resuenan las bombas sobre Sarajevo, las tropas serbias se retiran a Albania y los soldados mueren como alimañas;  los judíos griegos son enviados a los campos de exterminio desde Tesalónica —tantas malditas muertes en doce folios, tema 49—Slobodan Milósevic sufre un ataque al corazón en una oscura celda en La Haya.
El opositor tiró de la cadena y la sensación de opresión se fue por el sumidero. Regresó al mostrador. Su bibliotecaria seguía allí, con la nariz pegada a la pantalla del ordenador, que amenazaba con engullirla como a la niña de Poltergeist. De repente le miró:
— ¿Estás mejor?
—Supongo que sí.
—No tienes buen aspecto, creo que te exiges demasiado—la bibliotecaria, como ya tenía confianza con Sergio, pensó en preguntarle si de verdad le merecía la pena todo ese esfuerzo y si sentía verdadera vocación, recordando los días que su madre, profesora, llegaba desquiciada y no podía ni probar bocado. Al final, se contuvo—Esta noche podríamos tomarnos ese café que me tienes prometido y así desconectabas un poco.
Sergio sintió deseos de saltar por encima del mostrador, pero se contuvo.
—Es que el examen está tan cerca… Cada minuto que pierdo me siento culpable.
La decepción se adueñó del semblante de la bibliotecaria con la rapidez con que los alemanes dominaron la península del Peloponeso y entraron en Atenas como los nuevos persas. Por suerte, Sergio rectificó:
—En fin, tienes razón, me vendrá bien quitarme las oposiciones de la cabeza. Es cierto que entre unas cosas y otras nunca nos tomamos el dichoso café. ¿Te parece bien a las ocho?
—A las ocho acabo, te espero aquí. Y prohibido hablar de oposiciones, que quede claro.
—Sí, sí. Clarísimo.
El opositor regresó a la sala de estudio. Su sitio permanecía vacío, rodeado por Drácula, la ninfa y un sujeto que vibraba como si tuviera debajo del culo un motor al ralentí, y movía los labios, repasando la lección o quizá preparándose para un atentado suicida.
El sonido del Whatsapp resonó en la sala y fue tan vergonzoso que su silbido se ralentizó hasta hacerse imperceptible. La usuaria del móvil cantarín lo hizo enmudecer con una rápida combinación de teclas.
Sergio contempló la extensa sabana que era aquella biblioteca como un avezado naturalista. Los bloques de estanterías cubrían las paredes, trufados de libros, como extrañas flores de baobab. Las caras sobre la mesa, en posición de inusitada penitencia estudiaban en relativo silencio.

Llegó el turno del tema 50, “Las revoluciones rusas, creación, desarrollo y crisis de la URSS”. El sonido de la bocina del acorazado Aurora resonó en el corazón de Sergio, que seguía pensando en su bibliotecaria y en el encuentro que tendría lugar dentro de dos horas. Mientras, los marineros del Kronstadt  deambulan por las frías habitaciones del Palacio de Invierno...
El opositor reescribió Kronstadt en su ficha de repaso y se regodeó pensando en su princesa Anastasia detrás del mostrador, desafiando a sus asesinos entre la nieve. Sabía que la ciencia había certificado que el cuerpo de la última hija del zar había sido sepultado en otra fosa, y por tanto no había sobrevivido, pero aquella leyenda le gustaba. Se abandonó un poco a su fantasía. Doctor Zhivago se iluminó esta vez en la estantería y Sergio se levantó, movió la silla hacia atrás sin hacer ruido, abrió el grueso volumen y leyó con deleite, como el que arranca la cabeza de una gamba y chupa sus entrañas: “¡Piense qué tiempos son éstos! ¡Y nosotros los estamos viviendo! Cosas tan increíbles tal vez sólo ocurran una vez en la eternidad”. Después dejó el libro otra vez en la estantería, se sentó en su sitio y volvió a reclinarse sobre la mesa.
Repasó mentalmente las fases de la revolución y su cronología; imaginó la brillante calva de Beria en su oficina de la Lubianka bajo la luz de una vela, organizando viajes a Siberia sin billete de vuelta.
Un ruido ensordecedor hizo crujir las ventanas y todas las cabezas se volvieron un instante. El vuelo de un reactor militar hizo que algunos se levantaran estirando el cuello, pero sólo pudieron atisbar el perfil de dardo grisáceo de un F16 alejándose hacia su base. Al menos la Guerra Fría ha terminado, se dijo y miró su reloj, que se resistía a rebasar las siete de la tarde.
La biblioteca es un espacio que asemeja un vacío. Las paredes de libros, la luz que entra por la ventana apenas tamizada por los delgados estores, componen un ambiente de misterioso limbo. Sergio notaba cómo su rendimiento se disparaba, pero después de su encuentro con la bibliotecaria le costaba centrarse. Retomó el cuarto plan quinquenal y sintió un leve vértigo al repasar las miles de toneladas de trigo y acero. Luego subrayó en su ficha estajanovismo y notó un fuerte dolor de riñones y sus manos hinchadas, incapaces de sujetar el bolígrafo.
La puerta de la sala se abrió. La bibliotecaria entró empujando el carrito con los libros para ser devueltos a su sitio y los fue colocando uno a uno, con delicada parsimonia. Sergio reparó en uno de los títulos: El espía que surgió del frío. Berlín. El muro, recordó. Derribado el 9 de noviembre de 1989. Otra vez aquel automatismo. Cualquier experiencia, una raíz brotando de un castaño, una zanja abierta para reparar una tubería, un niño sosteniendo un globo, la transformaba en dato histórico-geográfico, lo vinculaba a sus apuntes como si viviera encerrado en un juego de palabras encadenadas.
La bibliotecaria se acercó hacia donde estaba y le tocó con la varita de sus dedos.
— ¿Qué tal, cómo vas?
—Pues aquí estoy, repasando la revolución rusa. ¿Te ayudo?
—Si quieres…
Las manos de la bibliotecaria se deslizaban por el lomo de los libros, que parecían arquearse de gusto como un gato, a veces coincidían con las de Sergio y ese leve roce, agitaba su respiración y le llenaba de expectativas. La atracción amorosa es la única fuerza que puede transformar una actividad aburrida y mecánica en una experiencia placentera. Las hojas de los libros se transformaron en una lluvia fina que les envolvió durante ese escaso minuto de complicidad, como a Lara y Yuri en su dacha de verano, rodeada de narcisos amarillos. Fue una deliciosa pausa para Sergio, que vio como se alejaban por un momento sus obsesiones.
—Regreso al mostrador, te dejo con tus rusos.
Sergio levantó el puño y contempló a la bibliotecaria de espaldas alejándose, arrastrando el carrito vacío. Perestroika. Glasnot. Esto se acaba. Gorbachov se acercó entonces y con gesto serio se lo llevó de nuevo hacia su mesa.

sábado, 7 de abril de 2018

ERCKMANN-CHATRIAN


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De mis lecturas imberbes recuerdo con cariño una serie de novelas juveniles en las que el protagonista era un tal Flanagan, adolescente aspirante a detective. La primera tenía el sugerente título de No pidas sardina fuera de temporada y le siguieron muchas más. Me vino de inmediato a la cabeza cuando cayó en mis manos, por recomendación de Paco Castillo en La Metáfora del Viento, los Cuentos de las orillas del Rin. No porque tengan nada que ver en lo argumental, sino porque ambos fueron escritos a dos (o cuatro, siendo rigurosos) manos. Años después, ya no tan flaganadicto, con barba, pero sin mucho conocimiento, Andreu Martín vino a mi ciudad. Obtuve la autorización de mi profesora de Lengua para asistir a la charla que iba a dar en la Biblioteca Municipal. Y sí, fui yo solo, raro, pero eso lo pensáis porque no me visteis con diecisiete años. Un par de horas sin mí en clase seguro que era un alivio. Parece mentira haberme convertido ahora en don sermones. Pero bueno, a lo que iba. Al señor Andreu Martín le hice dos preguntas, la primera, lo molesto que estaba porque en sus novelas los malos siempre eran heavies. La segunda, cómo era capaz de organizarse para escribir con otra persona. Recordar sus respuestas sin inventarme nada sería mucho pedir. Vamos con lo segundo, parece algo difícil, ya que el acto de escribir tiene mucho de onanismo, pero no imposible. Sé de muchos guionistas que trabajan no en parejas, sino en equipo, ¿por qué la literatura debe ser diferente?

Émile Erckmann (1822-1899) y Louis-Alexandre Chatrian (1826-1890) nacieron en la región de Lorena, que con la vecina Alsacia fue zona de disputa franco-alemana y polvorín europeo. Erckmann en la pequeña ciudad de Phalsbourg y Chatrian en Lunéville, que según he visto en Google maps están a tiro de piedra, cerca también del Parque Natural de los Vosgos. Una región plena de ese verde atlántico y alpino, con fuerte impronta germana, por lo que se ve en las fotos. Añado estos detalles porque su tierra natal es la materia prima con la que trabajan Erckmann-Chatrian, con independencia del tema. Una colaboración que se extendió de manera ininterrumpida desde 1847 a 1886, nada menos. Fue una relación fructífera y exitosa, a partes iguales. Precisamente, parece que disputas respecto al reparto de los derechos de autor fueron las que rompieron la entente y truncaron la máquina de producir historias que, si han envejecido en algunos sentidos, siguen siendo emocionantes y perturbadoras. Hay que precisar que el reparto de tareas no era al cincuenta por ciento. El esbozo de las historias lo hacían entre los dos, pero las obras eran escritas en su mayor parte por Erckmann. Chatrian hacía después las labores de representante-administrador y negociaba contratos, derechos, etc.

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Vista aérea de Phalsbourg, localidad natal de Erckmann (Foto: http://www.hotelroomsearch.net/city/phalsbourg-france)

La producción de Erckmann-Chatrian, como la de numerosos escritores de la época, es notable en cantidad (casi el centenar, entre novelas y piezas teatrales) y calidad a decir de la crítica. Aunque no tuvieran procesadores de texto y el acto mecánico de escribir fuera más farragoso, carecían de redes sociales, teléfono móvil y todos los distracciones de hoy, aparte de que había un mercado y no existía Netflix. Cultivaron diferentes géneros. Mis lecturas han sido dos novelas histórico-patrióticas, pero con una fuerte orientación pacifista y un libro de cuentos de temática fantástica. En este sentido, Valdemar publicó una antología que ya no tienen en catálogo y espero decidan reeditar. Se titula Hugo el Lobo y otros relatos de terror, si algún buen samaritano la tiene en epub puede contactar conmigo a través del formulario y ganarse el cielo. Valdemar si mantiene disponible La invasión, o el loco Yegof, que describe la campaña de Rusia y es el precedente de las novelas que históricas que yo he leído.


Los Cuentos de las orillas del Rin son una antología con la traducción actualizada de Mercedes López-Ballesteros. Lo editó Reino de Redonda y contiene un sustancioso prólogo de Javier Marías. Son ocho historias ambientadas en la tierra natal de Erckann-Chatrian, tienen por tanto un tono costumbrista y popular: se retratan los tipos, las costumbres y corre la cerveza. Me ha sorprendido el pulso y habilidad con la que están contadas. No llegan a ser de terror, pero si tienen un importante elemento sobrenatural y cierto tono jocoso, burlón, o eso parece. La ladrona de niños te tiene en un puño todo el rato y el final es escalofriante. Son relatos que se mueven en los márgenes, en esas zonas de sombra de la naturaleza humana, como hace también E. Allan Poe, aunque a mí me recordaron más a E.T.A. Hoffmann. Ese ramalazo romántico es palpable en el primer relato, el más largo, titulado El tesoro del viejo duque, deudor de la célebre historia del sueño de Las Mil y Una Noches. He leído varias reseñas después y en general, creo que todos coincidimos en el placer de caer en el saco de un verdadero contador de historias, la evocación de un tiempo lejano, para leer a la luz de la lumbre, donde casi nada tenía explicación y la noche era, por definición, patrimonio de las tinieblas y el sueño, no de la luz azul.

Las otras dos novelas tienen como protagonista a José, joven aprendiz de relojero de Falsburgo (localidad natal de Erckmann). Con tres páginas leídas ya le vienen a uno a la cabeza los primeros episodios nacionales de Galdos y Gabriel Araceli (¿influirían en Galdós los escritores franceses?). Aparte de ese protagonista de origen humilde, son historias que se desarrollan en el contexto de hechos históricos relevantes, pero desde el punto de vista de una persona del pueblo, corriente y moliente. La traducción, además, es obra de Manuel Azaña, presidente de la II República española, así que el tono castizo refuerza todavía más la impronta galdosiana. La primera es Historia de un quinto de 1813 (1864) y la otra es Waterloo (1865), en una edición antigua de Espasa Calpe, aunque están disponibles en la Biblioteca Cervantes Virtual.

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Son muy entretenidas, narradas en primera persona, costumbristas y de aventuras, hay de todo un poco. Tienen partes que han envejecido mal, como es lógico y otras que mantienen el pulso y la emoción con la que fueron escritas. El pobre José quiere casarse con su prima Catalina, pero a Napoleón se la ha puesto entre ceja y ceja dominar Europa. José se ha librado de las quintas porque es cojo, pero tras la debacle de la invasión de Rusia es llamado a filas. Asistimos a las cuitas del nuestro recluta, en marchas interminables y batallas cruentas donde los soldados se disponen como peones en un tablero de ajedrez y son barridos por la metralla o luchan como animales por salvar el pellejo. Estas guerras napoleónicas (que cubren un ciclo de veinte años) quedan tan lejos que uno pierde la perspectiva, pero historiadores serios estiman que el número de víctimas rozaría los seis millones (solo en España fueron medio millón y la campaña de Rusia costó la vida a 600.000 soldados del bando napoleónico, sumando muertos rusos nos vamos al millón), a los que habría que añadir mutilados. Esto en una población europea de 180 millones. Vamos, para tomárselo en serio. Y Erckmann-Chatrian se lo toman. Aunque nacieron con posterioridad a los hechos, es casi seguro que utilizaron fuentes orales para preparar sus historias, hay una carga de veracidad innegable.

Aparte de José, destaca el personaje del Señor Gulden, maestro y mentor, antiguo jacobino que representa la esencia del republicanismo que abanderaban Erckmann-Chatrian. La tía Gredel, con su pragmatismo, hace de contrapunto, especialmente en Waterloo. Porque la guerra en estas novelas es vista como un horror, como una perturbación en la vida de gentes sencillas que son lanzadas a matar a otras, sin motivo real, tan solo el capricho de una élite hambrienta de poder que ha traicionado los principios de una revolución loable. Sirva de ejemplo un fragmento de este encendido discurso del citado señor Gulden:

Si los que nos mandan, diciéndose enviados por Dios, para hacer nuestra felicidad en este mundo, pudieran figurarse al comenzar una campaña a cuántas pobres viejas e infelices madres van a desgarrar las entrañas por satisfacer su orgullo; si pudieran ver sus lágrimas y oír sus lamentos en el instante en que les dicen: ¡Tu hijo ha muerto...; no le verás más! Ha desaparecido bajo los cascos de los caballos, o destrozado por una bomba, o en un hospital lejano — después de sufrir una amputación —, abrasado de fiebre, sin consuelo, clamando como cuando era niño...; si pudieran imaginarse todo eso, creo que no habría ninguno tan bárbaro que se atreviese a seguir adelante. Pero no piensan en nada; creen que los demás no quieren a sus hijos tanto como ellos: ¡toman a las gentes por bestias! Se engañan: con todo su inmenso genio y todas sus grandiosas ideas de gloria, no son nada, porque un pueblo — hombres y niños, mujeres y ancianos — no debe hacer la guerra sino cuando atacan su libertad, como hicimos nosotros en 1792 (…)

Waterloo, la continuación de Historia de un quinto de 1813, es más larga y al principio, más tediosa por los amores (ingenuos para nuestros estándares actuales) de José y Catalina. Me parece notable la descripción de la restauración borbónica, el regreso de los emigrados y el cambio de chaqueta de los oportunistas (una abrumadora mayoría). De adorar a la diosa razón, gritar vivas al Emperador y acudir a misa en tromba, muchos pasan sin un pestañeo. También la situación en la que quedan los veteranos de guerra, que son tratados como sarnosos cuando no habían tenido más remedio que batirse en las guerras que dictaba Monsieur Bonaparte y defender el suelo patrio de rusos y prusianos cuando todo se viene abajo. El relato de la batalla de Waterloo y la retirada posterior es vibrante, a ras de tierra, José no ve a Napoleón más que de refilón. Pero es un relato bélico de altura.

Para acabar, no he podido dejar de pensar en el destino del traductor, Manuel Azaña y algunos pasajes del libro, que seguro tuvieron que venir a su cabeza en medio de la vorágine política que le tocó vivir. Por ejemplo, cuando el señor Gulden dice:
El amor de Dios, a la patria y la familia son una misma cosa. Pero lo que nos entristece alguna vez es ver que el amor a la patria se desvía para satisfacer la ambición de un hombre y el amor a Dios, para exaltar el orgullo y el espíritu de dominación de un corto número de personas.
Cuántas veces ideas nobles son manipuladas para servir fines egoístas. Desde luego, Erckmann-Chatrian sabían de qué va nuestro mundo.

jueves, 22 de marzo de 2018

"Taxi" de Carlos Zanón

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En Taxi, la nueva novela de Carlos Zanón, se relatan las idas y venidas de Jose sin tilde, alias “Sandino” por su devoción al triple de los Clash, “Sandinista”. De hecho, cada capítulo es nombrado como una de las canciones del disco. Treinta y seis, para ser exactos, a las que hay que añadir tres descartes, el número de catálogo, fragmentos de una frase y las iniciales del Frente Sandinista. ¿Detalle molón o rompecabezas?

Durante siete días y seis noches de insomnio, primera alusión mítica en un libro plagado de ellas, acompañaremos a Sandino en su Toyota Prius por las calles de Barcelona. Una semana donde parece concentrarse toda una vida, uno de esos momentos de crisis existencial que jalonan la madurez. Y es que Sandino huye de todos y de sí mismo, pero vuelve como un yoyó. Su mujer le espera para tener con él una conversación, algo serio, se entiende. Sobre todo, vista la promiscuidad de Sandino, que dice querer a su mujer y no desea perderla, pero aprovecha los intersticios que le deja el trabajo para dejarse caer en los brazos de sus numerosas amantes, presentes y pasadas. Por si no le bastara con eso, Sandino se pone nuevos retos y se enamora de “Llámame Nat”, una pija inalcanzable casada con un escritor y para la que trabaja como chófer particular dejando a sus hijos cada mañana en el colegio. La clásica historia de “me gustan todas, pero te quiero a ti”.

Zanón construye un personaje agarrado con uñas y dientes a su inmadurez. Todavía haciendo gala de un mote que le pusieron a los diecisiete años, revoloteando como un niño, dando vueltas en círculo en torno a la vida adulta sin atreverse a entrar. Uno se pregunta qué será de Sandino cuando se tope con la vejez, que en realidad tiene a la vuelta de la esquina, si seguirá tumbándose en la playa a ver los aviones remontando el vuelo desde el Prat. Y es que el personaje de Sandino es el plato principal de Taxi, que viene acompañado, sin embargo, de numerosa guarnición. Y es curioso, porque esta se sirve, como en las bodas, la una detrás de la otra. A los aperitivos les sigue el marisco, luego la carne, el sorbete, el consomé y acaba uno con los chupitos, café y postre. Si te dejas algo, lo recoge el camarero y no vuelves a saber nada más.


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Foto de Carlos Zanón durante la promoción de Taxi (fuente: Abc.es)
   
La novela comienza con la historia familiar de Sandino, el entierro de su abuela y una urna de cenizas con las que tiene algún que otro contratiempo. Aparece intercalado el diario olvidado de una niña huérfana, a través del cual se indaga en las raíces sociales del protagonista y un choque de clases que aflora al final. El taxi, las diversas anécdotas donde brilla el trabajo de documentación y una Barcelona nada turística de fondo, es un telón que para mí no es más que eso, decorado. Por mucho que haya un exmosso corrupto y dolido por unos cuernos o clubes donde se aturde a los borrachos con burundanga para sacarles las entrañas o marroquíes que pasan sin transición del hachís y el rap a la yihad. Pero como reclamo publicitario, decir que es un retrato de la Barcelona real, la gran novela sobre Barcelona y etcétera, seguro que funciona.

Entradas aquí y allá, clientes que arrastran su historia personal de desespero. Parece que el taxi es el mejor diván, o el mejor escritorio, porque sus usuarios lo mismo se sinceran, entran en catarsis que mienten y fabulan. Cuestión esta, la de la mentira, muy interesante y que Zanón trabaja en varios momentos nada secundarios. Luego se irá agregando una trama criminal, junto a las derivas sentimentales de Sandino, que eclosiona en un último tramo de delirio, con sus peleas, contusiones, careo mafioso, destrozos y por lo que parece, ningún muerto. Para acabar, vuelta a la calma. Sandino seguirá huyendo, sin querer llegar a Ítaca. Detrás quedan varios interrogantes sin resolver, pero da igual. Stop the world.

Taxi es una novela que se resiste a las clasificaciones. Tiene un adobo de novela negra, un buen tercio de páginas destinadas a este fin. En realidad, es una manera de tenernos enganchados. Un aditivo, el glutamato monosódico que potencia el sabor del relato. Pero no creo que sea la historia última que Zanón pretende en Taxi. Temas como la incomunicación, la búsqueda del amor, la mentira, el clasismo, el desarraigo, las relaciones familiares. Todos universales que otorgan una larga fecha de caducidad a Taxi. No es una novela ni mucho menos perecedera, de usar y tirar.

El estilo de Zanón ya lo conocemos. Es versátil y a la vez tiene su sello propio. Hay poesía encubierta o deliberada, hay momentos de ametralladora y pausas filosóficas. De completo ensimismamiento. Aún con sus resbalones, se mantiene en pie con gran dignidad. Me gusta, me conmueve. Cualquiera se siente a veces como Sandino, aferrado a su pasado, sin futuro, deambulando por el presente como si le hubieran echado burundanga en el vaso. ¿Y qué hacer? Tirar hacia delante, ayudar a los amigos. Vengarse y ser vengado. Tener sexo sin amor y amor sin sexo. Enamorarse, sobre todo de uno mismo y desear justo lo que uno no tiene en ese momento, en un bucle sin fin. Tomar decisiones estúpidas para meterte en líos y luego, ocupado en salir de esos embrollos, eludir el fondo de la cuestión, ¿qué hago con mi vida? Un kamikaze que quiere matarse y a la vez salir ileso, sin poder explicar esa paradoja. Ese es Sandino. Una novela al servicio de un personaje. Tan narcisista como empático. Tan preocupado por sí mismo como por los demás.

Post scriptum

Escribí esta reseña del tirón, después de acabar Taxi, hace un mes o así. Apenas si he corregido algunas repeticiones, de ahí su tono tan crudo. De paso, me he dado cuenta, sobre todo después del encuentro con Zanón el pasado 1 de marzo, que hay cuestiones nada desdeñables que pasé un poco por alto. Por ejemplo, en una entrevista en El Periódico, Zanón afirma lo siguiente:
A medida que va avanzando la novela Sandino va entendiendo cosas de la vida de su abuela, que es una novela en sí, y el paralelismo del desclasamiento en una sociedad como la de Barcelona que no se ve, pero es muy clasista. Su abuela llega hasta un punto en que esta integración en una familia que a priori era la suya se trunca, y a Sandino Llámame Nat le dice ‘hasta aquí’. Quería una novela que se saliese del marco y manchase la pared. Una sociedad clasista funciona creando la apariencia de que no lo es, hasta que te dejan claro que no eres de ellos.
En fin, que hay mucha miga en Taxi. Acabo con un nuevo link, porque Zanón, como cualquier escritor que se precie, siempre está con el cazamariposas preparado y sacó tema para su tira semanal en La Vanguardia a partir de una anécdota personal de uno de mis compañeros de trabajo, que entronca de paso con Taxi. Se titula Geppetto y las cien mil camisas. Lo podéis leer aquí. Me despido con mis mejores deseos para esta semana tan santa que se avecina.