miércoles, 20 de enero de 2021

"Con el viento solano" de Ignacio Aldecoa

 


Cuando murió, Ignacio Aldecoa apenas tenía 44 años. La cifra estremece, porque uno sigue viendo la muerte como algo lejano, apenas perceptible tras la bruma de la senectud. Pero un 15 de noviembre de 1969, el escritor se apretó el pecho y con fatalismo taurino, exclamó: «Esto es un aviso». Cayó fulminado. Dejó atrás una obra ingente y casi perfecta. Poesía, cerca de ochenta cuentos, un puñado de novelas acabadas y otras en proyecto con las que, si sus arterias le hubieran dejado, hundiría el escalpelo en la sociedad española de entonces para llegar con su filo donde no había llegado nadie. En este sentido, Con el viento solano se concibió en relación a El fulgor y la sangre y sería la bisagra de una trilogía inconclusa que tuvo como título provisional La España inmóvil. En ella Aldecoa pretendía reflejar “el envés de los tópicos españoles”. No he podido encontrar una edición actual de El fulgor y la sangre, pero sí de Con el viento solano. La primera, que transcurre en pocas horas, narra la angustiosa espera de las mujeres de cinco guardias civiles, una vez han recibido la noticia de que uno de ellos, sin precisar cuál, ha sido asesinado en acto de servicio. En Con el viento solano el foco se desplaza al asesino y su huida desesperada. La tercera, que quedó en el tintero, iba a ser protagonizada por un torero aspirante.

Con el viento solano es una vieja conocida, la leí hace años, junto a una edición de cuentos en Cátedra, pero los libros buenos, como los discos buenos, fueron hechos para visitar muchas veces, infinidad de veces y no criar polvo en los anaqueles. El libro fue adaptado por Mario Camus, amigo del escritor, con Antonio Gades dando vida a Sebastián Vázquez. La película sabe plasmar el tono poético y desesperado de la novela y merece la pena un visionado. Aspiró a la Palma de Oro en Cannes.

Ignacio Aldecoa con Antonio Gades, durante el rodaje de "Como el viento solano" Fuente: http://www.aiete.net/2012/12/aiete-con-el-viento-solano/

Con el viento solano es la historia de una huida. El gitano Sebastián Vázquez, después de una noche de farra, se ve envuelto en una absurda pelea en la que hiere a un tabernero y huye a unos olivares para eludir a la justicia. El guardia que lo persigue logra darle caza y Sebastián, guiada su mano por un fatalismo descorazonador, dispara sobre él. No sabe si el guardia vive o no, pero inicia un periplo que dura seis días, hasta el desenlace. Cada uno de esos días es un capítulo, que se intitula con su advocación. Detrás se entrevé algún tipo de simbolismo (por ejemplo, el día en el que Sebastián se encuentra con su madre es el de Santa Ana). La historia fluye sobre un lecho existencialista, combinando el realismo con descripciones fulgurantes. Tiene gran mérito alternar dos registros: una prosa poetizada, virtuosa y de un léxico abrumador, con escenas de taberna que parecen fotografiadas o extraídas de alguna película del llamado “neorrealismo”. Merece una mención aparte ya no solo la viveza de los diálogos, sino el retrato tan certero del ambiente de taberna, el vaivén entre bebedores donde se pasa sin transición de la fraternidad a la trifulca, los efectos del alcohol y su espiral absorbente.

Aldecoa era un escritor completísimo. Domina el lenguaje y el ritmo a la perfección, pero además tiene una mirada profunda, sutil, el mismo decía “ser escritor es una actitud en el mundo. Lo que me mueve es el convencimiento de que hay una realidad cruda y tierna a la vez”. Pero esa realidad hay que saber mirarla y una vez entrevista, saber contarla con objetividad, pero también con respeto. Creo que lo consigue y su lectura ha provocado mi admiración, he gozado como el músico diletante ante el virtuoso, pero también me ha removido por ese retrato de un ser incomprendido, que está condenado a vivir solo y que busca sin hallarla su razón de ser. Que desperdicia su propia vida sin ser capaz de hallar o seguir otra alternativa: ¡cuántas veces yo mismo (y cualquiera) me habré sentido así!

Sebastián, con el que comparto apellido, dispara contra el guardia. Busca refugio en Madrid, busca el amparo de los amigos, de la familia. Todos le dan la espalda. Les mancha su crimen. Solo en compañía de otros solitarios, de otros inadaptados como él, encuentra cobijo. Dos personajes trazados con gran alarde de compasión: el ex presidiario (entendemos que por motivos políticos) Cabeda, un filósofo que devuelve la calma al tempestuoso gitano, un anciano derrotado, pero solidario con el destino del huido. El otro, Roque el faquir, un pobre de solemnidad conforme con su condición de paria, que ofrece a Sebastián su amistad. Sin embargo, nada puede hacerse, porque nuestro héroe, como en las tragedias griegas, no puede escapar de esa red tejida por el destino. El sábado, el último día, cae en el mismo delirio alcohólico que provocó su desgracia y la del guardia.  

Este libro es lo que se llama “gran prosa”; es muy probable que nadie, a día de hoy, escriba tan bien. Hay párrafos de tal densidad: simbólica, rítmica, léxica y más que yo no sé explicar. Imagino que será un festín analítico para cualquier filólogo. Aunque alguno dirá que es virtuosismo vacío, pero solo concedo lo primero, porque tras ese alarde hay placer, es sublime y deja un poso emocionante. Siempre, en todas las artes, ha habido maestros, listones imposibles de saltar. Creo que a Aldecoa, muerto joven como otros grandes de nuestras letras, nadie lo desbancará de ese Olimpo.

domingo, 3 de enero de 2021

UNA CARTA PARA ENGÓ

Pasan las semanas y la llanura sigue yerma. También el campo que la circunda, abrasado por los hielos de diciembre. No tengo lecturas destacables para compartir y como mi estado de ánimo es acorde a los tiempos, prefiero buscar en el limbo de las historias descartadas. Una carta para Engó formó parte de una serie sobre la memoria y el desarraigo que por ahí anda perdida. Es, en realidad, una anécdota de un señor de edad que tomé prestada y apenas la cincelé para que pudiera leerse como un relato, o monólogo, siendo purista. Gran parte sucedió de verdad, si mi confidente fue honesto. Aprovecho para desearos un 2021 muy lector. Con intermitencias, creo que seguiré otro año en la blogosfera. 


El respaldo de madera se me clavaba en la espalda como un aguijón. Después de siete horas, ya no sabía cómo ponerme. El tren cruzaba un desabrido paisaje, marcado por las dentelladas de una vieja mina y herrumbrosas torres que parecían árboles calcinados. Hasta que una línea azul se perfiló en el horizonte: el mar. Tenía dieciocho años y salía del pueblo por primera vez. Mi ambición era ser ingeniero. En el entorno en el que me crie, era ésta una palabra cargada de prosopopeya. En su posesión, uno ascendía del abismo del destripaterrones al Olimpo de los que mandan y hay que llamar de usted. Dicho esto introduciré un matiz, porque el paso del tiempo endulza las cosas y no quiero faltar a la verdad. La noticia de mi marcha hizo que en el pueblo se torcieran algunas bocas. Estudiar, para el señorito, tenía un pase. Pero que el hijo de un labrador quisiera cambiar la azada por el lápiz era mal síntoma y suponía remover una sociedad petrificada. Así que yo era para unos —pocos— el chico listo, el as de los números y para otros un zurracapote, un Adán que se escurría como el suero del queso para no doblar el lomo en el campo.

—Este chico no vale para el trabajo. Por eso su padre lo manda a estudiar.

Son dos caras de la misma historia. No fui el único en irme, hubo una riada de hombres y mujeres jóvenes. La mayoría se sacudió el polvo de las abarcas y trató de medrar en Madrid o Alicante o fue acorralada en trenes de ganado rumbo a Alemania, donde antes de bajar les hacían toser por si llevaban en la valija del pecho la tuberculosis. Ellos, si quieren, os contarán cómo les fue. Yo sigo con lo mío. Era a finales de los sesenta. España estaba cambiando o eso han dicho después los libros de Historia, pero las oportunidades eran flores raras. Estadísticamente, solo una minúscula fracción de los hijos de campesinos que iniciaban sus estudios con seis años, en las escuelas cuarteleras de entonces, donde se aprendía a base de palo, ponían sus pies en la universidad. Pero yo formaba parte de una generación alimentada con la leche del hambre y eso me hizo inmune al desaliento.

Decía que llegué a la universidad y entré en la politécnica, a quinientos kilómetros de casa. Me alojaba en una residencia, cerca de un vetusto monasterio escenario de glorias pasadas, donde crecía el musgo entre las piedras pulidas por el salitre. Recuerdo el primer día en aquella oscura celda, aburrido, tumbado sobre la cama mirando el cielo raso, escarbando con la uña entre los callos, que todavía guardaban el recuerdo de la azada. En mitad de ese silencio, que intimidaba hasta a las moscas, llamaron a la puerta. Una figura insólita se recortó en el umbral. Llevaba una chaqueta de color beis y sostenía una vieja maleta. Era Emiliano Engó, mi nuevo compañero recién llegado de Guinea.

Reconozco que me quedé boquiabierto, porque era la primera vez en mi vida que veía un negro in situ. No supe muy bien qué hacer o qué decir y supongo que no me comporté como debiera, eso es fácil de juzgar a toro pasado. Pero hay que ponerse en el lugar de cada uno. El recién llegado avanzó hacia donde estaba y extendió su mano para saludarme. Yo seguí sin mediar palabra, creyendo que era todo producto de un sueño. Me fijé, eso sí, en la palma, me sorprendió que fuera blanca. Engó se miró los brazos.

—En el pueblo un niño se ha puerto a rasparme con los dedos porque pensaba que estaba tiznado.

Y se puso a reír. Luego se dirigió a la otra cama, desenrolló el colchón de espuma y estiró las sábanas como si espantara moscas. Abrió su maleta, de la que sacó algunas camisas dobladas meticulosamente, un crucifijo y una foto con un marco de madera que dejó sobre la mesita. En ella, se le veía con otros cuantos de su raza (sus hermanos), abrazados a una mujer (su madre), que sonreía con la satisfacción de verse rodeada de su numerosa prole.

Este gesto de Engó me conmovió. Vaya, pensé, da igual español o guineano, uno siempre echa de menos a su madre. Así que me acerqué y le ofrecí un cigarrillo. Lo rechazó con una sonrisa, pero con el tiempo, Emiliano Engó y yo nos hicimos buenos amigos. Compartimos muchos momentos de estudio y de charla en los intermedios, donde cada uno hablaba de lo suyo, mundos opuestos, desconocidos, en extremo distantes.

Yo le describía el olor del campo, una mezcla de polvo, hinojo y tomillo, que se te mete en las entrañas y el tacto pegajoso del mosto durante la vendimia. Le contaba, gesticulando encima de la cama, cuando sorprendíamos a las liebres mordisqueando los brotes de las cepas y cómo huían dando saltos para esquivar la pedrada y el rastro de pezuñas que dejaba el jabalí, hozando y rebuscando bellotas bajo las encinas.

—Pero qué sabrás tú, Engó. Si seguro que en Guinea todo es selva.

Engó sonreía, y sus palabras se colaban silbando entre el hueco de sus dientes. Me hablaba de la exuberante vegetación, sí, pero también de las nubes de mosquitos, del paludismo y la fiebre amarilla, de las palmeras altas como campanarios y las plantaciones de cacao.

—Sus piñas, que son amarillas, parecen limones. El grano se extiende al sol y exhala bocanadas al secarse, parece que respire. 

Cuando le hablaba de la dureza del trabajo, del dolor de riñones y de lo que escuece el sudor sobre la piel quemada, torcía el gesto.

—En Guinea trabajan los penados, Antonio. Y muchos nigerianos que llegan en cayucos, que son barcazas miserables, frágiles como una cáscara de nuez. Es duro, tanto o más que lo que tú me cuentas.

Luego trataba de sonsacarle detalles sobre las mujeres guineanas, porque en más de una ocasión me había contado que allí no hacía falta ir al cine a manosearse, que había más manga ancha. Fingía indignarme por aquella falta de moralidad tan poco cristiana, pero por dentro la envidia me quemaba.

Con el tema de la comida nos enfrascábamos en largas discusiones. Todavía no consigo creer que se pueda comer la carne de boa.

—Así, en rodajas—hacía un gesto formando un óvalo con el índice y el pulgar de ambas manos—a la romana, como si fuera merluza.

 

Un día, Engó recibió una carta. El sobre llevaba en sí todo el aspecto de haber dado tumbos por el mundo, estaba arrugado y olía a jungla. Mi compañero frunció el ceño y rompió la solapa con el dedo. Leyó, moviendo los ojos de un lado a otro. Respiraba agitadamente. En 1968, España negoció la independencia con Guinea y se elaboró una Constitución, aunque desde hacía tiempo la antigua colonia ya disfrutaba de amplio autogobierno.

—Nada ha cambiado—dijo entonces Engó, mientras manoseaba con ansiedad un pequeño crucifijo que llevaba colgado del cuello.

Pero las cosas sí cambiaron, vaya si lo hicieron. A los pocos meses Francisco Macías Nguema impuso una dictadura. El sátrapa y sus acólitos la tomaron con la bandera rojigualda y los españoles que quedaban, tuvieron que emprender el vuelo para salvar su blanca piel. Los líderes de la oposición fueron asesinados, acusados de conspirar contra el régimen. Asesores de China y Corea del Norte llegaron a la nueva república para dar un curso acelerado de totalitarismo.

La carta había sorteado la censura atravesando la frontera con Camerún y desde allí había sido enviada a España. Enrollada y meticulosamente doblada, se salvó del registro y atravesó la selva como un machete, para advertir a Engó. Yo le veía releerla muchas veces, desplegándola como si fuera un trabajo invertido de papiroflexia.

Por su parte, las relaciones entre España y Guinea se fueron deteriorando hasta romperse. Engó se lamentaba, apretando los puños y cuando alguien le hablaba de regresar, hacía con el pulgar el gesto de un cuchillo en su garganta. Incomunicado, casi sin dinero, guardaba su pasaporte envuelto en un pañuelo. Mientras, campaba el terror a sus anchas en la antigua colonia española, las cárceles atestadas hedían a muerto y se quemaban libros. La prensa española decía “En Guinea se ha implantado una verdadera dictadura”, como tomando la franquista por una vulgar pantomima.

En 1972 Macías dio el jaque mate y privó de la nacionalidad a Engó y a muchos de sus compatriotas residentes en España, que se convirtieron en apátridas. Cerradas las puertas de su país y del consulado, tampoco eran atendidos por el gobierno español, que renegaba de su penúltima colonia. Entre todos le prestamos ayuda y tratábamos de animarle, yo le decía en broma:

—Mira Engó, no me hagas enfadar. Te recuerdo que no tienes patria. Te llevo por delante y me voy de rositas.

Sin embargo, Engó no estaba para chanzas, porque la situación en su país, lejos de mejorar, empeoraba. Comenzó a beber y sus notas declinaron. Se ausentaba durante horas y se dedicaba a vagar solitario por la playa. A veces dormía al raso y teníamos que hacer batidas en su búsqueda. Nos daba miedo de que, a pesar de su férreo catolicismo, se abandonara a la muerte.

 Un día, desesperado, se adentró en el agua. Las olas batían crepitantes y Engó se fue sumergiendo, hasta que el mar lo engulló. Y lo escupió, como si se le hubiera atragantado. Lo encontraron tirado en la playa, inconsciente. Parecía una ballena extraviada. A punto estuvo de acabar en la fosa común donde enterraban a sus compatriotas indocumentados.

 

Al año siguiente el Parkison se adueñó definitivamente de Franco y su dedo tembloroso designó a Carrero, esto es historia de sobra conocida. También que el Almirante fue fulminado al salir de misa por una mina. Por aquellos tiempos acabé mis estudios, y me llamó el deber con la patria, que cumplí en Melilla. Atravesé ese mar que miraba con una mezcla de nostalgia y lujuria Engó. Y en mitad de las turbulencias democráticas inicié mi vida laboral lejos del campo. El primer día, mientras me anudaba la corbata frente al espejo, no pude evitar recordar aquella vez que mi padre me llevó a recoger lentejas. Era todavía un niño y a pesar de que me ayudaba, para que la faena no me rompiera en dos, al terminar fue como si mis manos hubieran pasado por una trituradora de carne. Todo por unas renegridas pesetas.

Pero, ¿qué fue de Engó?

Nos escribimos unas cuantas veces, hasta que el tiempo hizo su labor diseminadora. Un par de leyes se apiadaron de los antiguos emancipados de la Guinea española y en el hospital en el que ingresó cuando estuvo a punto de ahogarse, conoció a una enfermera y se enamoraron. Aquella mujer le trajo de vuelta al mundo. Se casaron. Como regalo de bodas, Engó recibió por fin una patria, porque le fue concedida la nacionalidad española. Que yo sepa, nunca regresó a Guinea ni volvió a saber de su familia. Macías fue derrocado por su sobrino, Teodoro Obiang, quien sustituyó el disfraz maoísta por el falso parlamentarismo y quizá la última carta de su madre fue esta vez interceptada y acabó bajo el barro de la selva. 

jueves, 15 de octubre de 2020

DOS RESEÑAS: "La deriva de los icebergs" de Enrique J. de Lara y "Un amor" de Sara Mesa

                             

Abordo esta entrada con dos reseñas. La razón principal es el azote de nuestro siglo: la falta de tiempo, pero también me parecía interesante confrontar ambas novelas, que he leído de manera consecutiva, por lo poco que tienen en común. A veces tengo la sensación de que la literatura comercial converge en una fórmula, unas historias, unos personajes, que parecen salidos de un molde. La heterodoxia se castiga y menosprecia. Por mucho que se publique se lee lo de siempre y se entiende que así debe ser, porque es la manera de escribir y contar las cosas. En las novelas que presento, tanto Enrique J. de Lara como Sara Mesa cuentan la habitual historia de dos personas desarraigadas, pero la conducen por caminos y llegan a conclusiones originales y opuestas. Lo enclavan en paisajes aislados, asfixiantes, pero construyen con ese material diferentes metáforas.


La deriva de los icebergs está protagonizada por Francisco (Paco) Campos, un comercial en plena deriva existencial. Lo arriesgó todo por un proyecto de energías renovables en plena zozobra económica nacional y su matrimonio se desangra. La única oportunidad es un contrato con una papelera (irónicamente, una de las industrias más contaminantes) que salvaría la empresa de la quiebra. Campos se interna en la Costa da Morte (Galicia), se aferra a su última oportunidad, inútilmente. Su mujer le ha dado un ultimátum y regresará a Madrid con sus hijos, con él o sin él. Campos se resiste, desbordado y tras entrar en contacto con un anciano veterinario que se dedica a recoger los extraños objetos que expelen las mareas, a veces traídos por icebergs que se aventuran en aguas cálidas, decide embarcarse en un pesquero. En el periplo de Campos se entrecruzan varios personajes solitarios, enigmáticos, cerrados en una concha que pasadas las páginas se va entreabriendo. La historia se impregna del paisaje hermoso y desolado de la costa gallega, de sus mareas, tormentas y zozobras. Es descrito con una mezcla de precisión geológica y poesía, que en general funciona y acompaña al lector con su vaivén. El comercial se convierte en una especie de Odiseo que, lejos de querer regresar a Ítaca, pretende perderse en los polos y contemplar esos icebergs en los que, como dice la nota de prensa, ve una metáfora de su propia vida. Los días que pasa en la costa de la muerte, jugando alternativamente al escapismo y a la lucha a pecho descubierto con su destino, Campos se transforma. Entre los personajes se va tejiendo un hilo quebradizo, el que impone la soledad y los traumas pasados, pero nunca asimilados. La historia se resuelve de forma convencional, era una de las muchas opciones. Deja un regusto agradable, soñador y reconocible en todos los que en algún momento hemos llegado a esa encrucijada, en la que todo debe cambiar, pero al final nada cambia y esa masa de hielo que se ha desprendido de ti mismo y que esconde tanto, se derrite y acaba desapareciendo en la inmensidad del océano.

Enrique J. de Lara es un escritor poco conocido, pero con buenos mimbres y aquí ya lo he reseñado varias veces. Merece más. Sara Mesa, en cambio, es una autora consolidada. Prueba de ello es que Un amor aparecerá en breve traducido al inglés, francés, alemán y holandés. Tiene éxito Mesa y lectores, entre los que me incluyo. Me gusta por la habilidad y atrevimiento que demuestra a la hora de burlar lo políticamente correcto, de cuestionar la moral establecida sin encenagarse y hacer retratos psicológicos de sus personajes. Me atrae el contraste entre el tono oscuro de sus temas y la claridad de prosa con la que afronta su escritura. No hay florituras, no es un estilo tan literario como el de Enrique. Y de eso se trata, porque si tenemos una legión de escritoras contando lo mismo y de idéntica forma, la literatura se extingue por aburrimiento. 

Un amor se resume fácilmente. Cuenta la historia de Nat, una traductora que se retira a La Escapa, precisamente huyendo, no se sabe muy bien de qué. La Escapa es una aldea remota, hostil, arquetipo de la llamada España profunda o negra. Aunque este no es el tema de Un amor. ¿Por qué ha ido a parar Nat a donde Cristo perdió los guantes? Por puro pragmatismo: allí encontró la vivienda más barata que podía permitirse. Poco más se desvela del “antes” de Nat, salvo un episodio desafortunado en su anterior trabajo y nadie parece importar a Nat, que nunca traba contacto con el mundo exterior. Nat navega en el presente: apenas se plantea un pasado y mucho menos un futuro. 

En La Escapa queda recluida a merced de sus habitantes. De un casero hosco nada complaciente, de un perro pulgoso que trata de convertir, en un ejercicio de cruel patetismo, en perrito faldero, de unos vecinos progres que practican con hipocresía el "beatus ille", de un paria al que apodan "el alemán" y un hippie mandón. Siempre, en su relación con ellos, se impone una jerarquía, un juego de dominación y sometimiento. Es uno de los temas, las relaciones de poder, que recuerdo de otras novelas suyas. Y llega el amor, pero lejos del ideal romántico, se trata de un amor tóxico, envenenado. Un amor que deriva en obsesión, porque Nat no logra comunicarse con el amado, no logra que le importen sus palabras ni de valor a sus sentimientos. Qué difíciles son las relaciones personales para Sara Mesa, de cualquier tipo. Los seres humanos, a pesar de haber construido nuestra idiosincrasia a partir de la habilidad social, parecemos condenados a estar solos. A ser oídos, pero no escuchados. A hablar, pero no entendernos. Es una paradoja que a mí personalmente me llena de angustia y quizá por eso conecto con su literatura.

La tensión de Un amor es aplastante, sin concesiones al humor o la ironía. Difícil dejarla a un lado, engancha como un opiáceo. Se espera un desenlace trágico, un baño de sangre, un sacrificio a lo Sófocles. Pero al final la novela hace un requiebro extraño, inesperado y se desbarata, aunque no arruina, un artefacto de gran intensidad. Es curioso el contraste con La deriva de los icebergs, donde su protagonista endereza el rumbo y retoma el timón de su vida. Sara Mesa parece una persona más pesimista, sus personajes se devoran unos a otros o a sí mismos; Enrique J. de Lara, en cambio, los plantea desde un punto de vista más humanista y también más amable. Son dos caras de una misma moneda, he disfrutado leyéndolos y los pongo en valor aquí. Que siga la variedad, por favor.

viernes, 2 de octubre de 2020

TIEMPOS DE NO FICCIÓN: "El infinito en un junco" de Irene Vallejo y "A propósito de nada" de Woody Allen

Cuesta ponerse a escribir en tiempos de incertidumbre. El futuro se entrevé casi como esta tarde de viernes, con el viento peinando la lluvia de los charcos y grandes nubes de polvo que se cuelan por las rendijas de las ventanas y hasta acaban alojadas detrás de mis dientes, salvando la trinchera de la máscara facial. Todo parece volar a la deriva, bailando la danza del apocalipsis. He leído este verano hasta hartarme pero con una sensación extraña, porque ha sido más por pura evasión, por tratar de parar los engranajes de mi mente obsesiva que por disfrutar de una buena historia. Con todo, quería revivir el blog y rescatar de paso dos de los títulos más interesantes que han colmado las tardes de un verano ya muerto y enterrado.

El infinito en un junco, es el enigmático título que Irene Vallejo (1979) eligió para el que ya se puede confirmar como ensayo del año. Pocos podían imaginar que la invención del libro en el mundo antiguo daría para un superventas. Es lo bueno de la lectura, que suele burlar con facilidad —y relativa frecuencia— los estudios de mercado. El mérito, aparte del boca a boca que impide a los buenos lectores ser egoístas con las pepitas de oro que descubren entre el barro, es de la autora. Un inicio épico, que remite al Stefan Zweig de Momentos estelares de la humanidad, describe a los emisarios de Ptolomeo II jugándose el cuello por los confines del mundo griego, a la búsqueda de los libros más raros e insólitos. El objetivo es convertir a la biblioteca de Alejandría en el centro del saber universal.

El estilo de Vallejo es intencionadamente variado, riguroso pero no erudito, poco académico pero impecable. Lo define una palabra mayúscula que nos gana a todos: la pasión. Irene Vallejo es autora, pero también lectora empedernida y se confiesa herida por esa enfermedad incurable. Con no poca razón El infinito en un junco es descrito como una declaración de amor por los libros. Y por extensión, de su sagrado templo: las bibliotecas.

Se organiza en capítulos cortos, fugaces y adictivos. La autora entrelaza apuntes históricos con su experiencia como lectora, hablando de los libros que la han marcado. Construye un entramado en el que un punto remite a otro, así hasta las más insólitas asociaciones, pero sin abandonar nunca el hilo principal. El infinito en un junco es un laberinto donde perderse sin preocuparse por hallar la salida. Por eso se puede jugar a la ruleta rusa, abrirlo en cualquier punto y disparar, porque el tambor nunca está vacío. Hay un juego muy divertido al enfatizar la modernidad de clásicos como Luciano. Sus padecimientos y recelos son los nuestros.

Irene Vallejo pretende poner en valor un objeto que no surgió de la noche a la mañana, sino que fue resultado de una concatenación de pequeñas invenciones. Y defiende su vigencia y su capacidad para sobrevivir al alud tecnológico. No en vano pudo sortear tiempos en los que un libro era más raro que un diamante y donde la lectura era algo al alcance de unos pocos privilegiados, cuando no incomprendidos. Esperemos para el libro otros dos mil años, como poco.


En negro, con tan solo una fotografía del autor en la contraportada. Así de austera se presenta en España A propósito de nada, la autobiografía de Allan Stewart Konigsberg (1935), por todos conocido como Woody Allen. Aquí hemos podido leerlo, en EE.UU. la editorial Hachette renunció a su publicación presionada por sus propios empleados. Este 2020 no ha sido bueno para Allen en su país natal, Amazon también rompió un contrato que tenía para realizar varias películas y no ha podido estrenar allí sus creaciones. Todo a raíz de las acusaciones de abuso sexual que ha desenterrado su hija adoptiva Dylan Farrow y que fueron desechadas en su día por dos investigaciones independientes. Aparte de la situación espeluznante de ser culpable por acusación, abandonado y proscrito de una manera que no han conocido ni los sospechosos de genocidio, el libro me atraía porque durante años no me perdí ni una de sus películas. Uno de mis primeros libros es una recopilación de sus relatos, Cuentos sin plumas y siempre me ha hecho pensar, emocionarme y reír. Lo admiro y no he sentido la tentación de juzgarle, ya lo han hecho los tribunales y al parecer resultó absuelto. Pero en estos tiempos, la verdad es lo menos importante. 

Sorprende la humildad de Allen. Durante todo el libro no para de negar la mayor: no es un genio. Ni se acerca. Tampoco un intelectual. Se considera alguien que ha llegado alto tan solo por el hecho de estar en el lugar y el momento adecuado. Te descoloca, porque haciendo cuentas sus casi cincuenta películas han recibido decenas de premios y todos los actores relevantes de varias generaciones se han pegado por trabajar con él. Ahora se pegan, con excepciones como su ex Diane Keaton, por borrarlo de su currículum. Pero Allen tiene los pies en el suelo, es un estoico moderno y afirma que la obsesión con uno mismo es “una traicionara pérdida de tiempo” y confiesa: “he tenido más éxito y suerte del que merezco”. Por eso no lee las críticas ni acude a recibir los innumerables premios que hasta ahora recibía a lo largo y ancho del globo. Allen desprecia la posteridad y el intelectualismo trascendente, también llamado pedantería. Supongo que recordaréis la escena del cine de Annie Hall, que vi hace poco por televisión.

“La diversión reside en el trabajo”, la gracia de hacer una película es el acto creativo en sí, repite una y otra vez. El resto, es “perder el tiempo en trivialidades”. Lo comparto por completo, como diletante: disfruto más escribiendo un relato que haciéndolo público. La verdadera diversión es escribirlo, el resto es un viacrucis, un camino tortuoso que la mayor de las veces (en mi caso, siempre) no lleva a ninguna parte.

El libro, aunque no está organizado en capítulos y se lee como una conversación junto a una buena cena, comienza como casi todas las biografías: en la infancia. Sigue con sus inicios en el mundo del espectáculo, su llegada casual al cine, se detiene (ocupa casi una quinta parte) en el tortuoso asunto de Mia Farrow (es notable la intención de proclamar y probar su inocencia, como resulta lógico) y hace un repaso somero pero pormenorizado a su filmografía. El estilo es torrencial, con las inevitables digresiones y desvela una personalidad neurótica y con fobia social que se entrevé en muchos de sus personajes. Son las dificultades de vivir en el mundo y convivir con otras personas, de amar y ser o no correspondido. El sarcasmo y humor de Allen está diseminado por doquier, quizá en menor medida de lo esperado. Tampoco es un tratado sobre cine y admite que decepcionará a los estudiantes y eruditos. Aunque la lección es clara: sin un buen guion, no hay buena película. Esperemos que el guion de la película del maestro, de casi 85 años, tenga un giro inesperado y su final no sea abandonar el oficio porque todos le hayan dado la espalda. 

domingo, 28 de junio de 2020

EL AÑO SIN VERANO

Figura 7: El Temerario Remolcado a Dique Seco (The Fighting Temeraire Tugged to Her Last Berth to Be Broken up). William Turner, 1836. The National Gallery, Londres. La pintura original muestra colores menos anaranjados pero este realce, muy difundido en la red, plasma a la perfección los ocasos que el autor quiere transmitir.
Pintura de William Turner, que refleja los atardeceres de aquel año sin verano (Fuente e información científica sobre el hecho: https://aemetblog.es/2016/06/23/1816-el-ano-sin-verano/)

Al menos en Europa, 1816 pasó a la historia como el “año sin verano”. Parece ser que unos meses antes el volcán Tambora, en una remota isla de lo que hoy es Indonesia, comenzó a regurgitar lava y ceniza volcánica. Millones de toneladas de polvo alcanzaron la estratosfera y fueron diseminadas por los vientos hasta formar un velo gris que cubrió casi toda la Tierra. La temperatura media descendió y se vivieron graves perturbaciones climáticas, especialmente en la zona templada del hemisferio norte. Llovía sobre mojado, porque Europa apenas despertaba de una década de guerras, matanzas y destrucciones. A su principal responsable aún se puede rendir pleitesía en la iglesia parisina de los Inválidos. Los atardeceres fantasmagóricos que provocó el velo de cenizas fueron inmortalizados por Turner, afilando su genio. Lo lúgubre del asunto, la hambruna de una severa posguerra, estimuló el nacimiento de uno de los villancicos más universales y esperanzadores: “Noche de paz”.  Aquel año sin verano, como es bien conocido, reunió en Villa Diodati, a las orillas de lago Leman, a Percy Shelley, Lord Byron, Mary Godwin y John Polidori, entre otros. Confinados junto a la chimenea, comenzó la andadura de dos mitos literarios: Frankenstein y el vampiro. 

Puede que este año 2020 sea, dos siglos después, otro año sin verano. O al menos un verano anómalo. No por las temperaturas, en este momento me cocino lentamente en mi buhardilla mal aislada. Algo más diminuto que las virutas de ceniza que rodearon el globo y convirtieron los crepúsculos en derrames sanguinolentos, un virus, amenaza el verano occidental. Nada será igual y no sabemos si esta libertad de la que gozamos desde el 21 de junio será permanente o condicional. Una cuadrícula de seguridad cubre kilómetros de playa para separar a los bañistas, los hoteles quedan mediados, las fronteras entreabiertas. El paso del estrecho, clausurado. Las piscinas públicas, donde vivo, no abrirán este año. Los parques infantiles siguen con el precinto, desvaído por los meses. Los meseteños nos asfixiamos tras nuestras mascarillas, algunos las llevan en el codo, como un banderín azul y otros retroceden a la infancia y las colocan de babero. El verano, la época del despiporre, se ha convertido en un tiempo de desconfianza, de prevención, de juntar las manos rogando que la temida neumonía bilateral y la tormenta de citoquinas, que colmató los depósitos de cadáveres en marzo y abril, no regrese en noviembre. Que la sopa de anticuerpos que dejó el virus en nuestros cuerpos leve o gravemente enfermos no se diluya y la barrera se abra de nuevo a la enfermedad, hasta que diezme a nuestros ancianos y compromete la vida de personas sanas por azar genético. 

Es verano, pero hay miedo a perder el empleo, a ver reducido de un tajo nuestro precario bienestar, a que sobre la clase media caiga otra crisis definitiva. Aún tenemos los moratones y desconchones de la anterior. Aquellos viviendas sobrevalorados que pagamos a precio de oro y toda una forma de vida destruida para dar paso a un vacío hedonismo. A una frustración que atemperamos comprando en Internet. 

Como soy docente disfruto de dos meses de vacaciones, relativas, puesto que no las paso en ninguna playa tropical. Con todo, recuerdo mis años mozos, que se dice por aquí. Los veranos tras un fortín de platos por lavar y vasos que rellenar. El mes de julio cebando la hormigonera, bajo ese Lorenzo madrileño que pica como un escorpión, aunque te arrimes a la Sierra. Fortaleciendo la musculatura haciendo press de hombro, pero no con mancuernas, sino con melones recién cortados. A pesar del agotamiento, del moreno albañil y de las neuras de la edad, aquellos veranos eran un tiempo de despreocupación vital. De noches eternas. Ahora no tengo esa sensación, cuando paseo con mis hijos, sofocado y veo los negocios con el cartel de cierre, el baile de hienas de la política local, los trescientos muertos en marzo y abril (casi uno de cada cien habitantes, que se dice pronto) de mi ciudad. 

El año sin verano de 1816 engendró obras maestras del arte, la literatura y la música. La población mundial apenas rebasaba los 1.000 millones de habitantes y hoy nos acercamos a los 8.000. Extensas zonas del mundo ni siquiera estaban alfabetizada. La cantidad de personas capaces de producir algo memorable, hoy, es mucho mayor que en 1816 y cuenta con una red global y colaborativa inimaginable entonces. Se pueden esperar grandes logros de este año sin verano, de este verano de preocupaciones. La incertidumbre es fértil. Y se trata de buscar un rayo esperanzador. En mi caso, dentro de unos días haré la pausa estival bloguera, que ya es tradición. Serán unos meses de digerir las numerosas lecturas del confinamiento, disfrutar de mi familia y pensar en esos cambios en mi vida que el virus parece haberme puesto sobre la mesa, con expresión de: “decídete. Ahora o nunca”.  Ojalá este verano anómalo, de resaca, no sea un puente, un engañoso periodo interglaciar. Espero que lo disfrutéis.  

viernes, 12 de junio de 2020

LECTURAS ENTRE FASES


Los bordes de La Mancha, al sur de la provincia de Ciudad Real, son territorios interesantes para visitar. El campo de Calatrava se asienta sobre terreno volcánico, su relieve es sinuoso, con crestas y zonas de monte, lagunillas, poblados del bronce semienterrados y carreteras secundarias parcheadas que evocan el fin del mundo. Enlaza con el valle de Alcudia, al suroeste, un rincón insólito poco conocido, un mar de encinares, dehesas y abrigos rocosos con pinturas milenarias. En sus inmediaciones afloran antiguos pozos mineros, comunicados por arterias ferroviarias que se han vaciado y ahora se pueden recorrer a pie o en bicicleta. El gobierno de Castilla-La Mancha no patrocina este espacio, por si alguien lo piensa, aunque me ingresa la nómina (de momento) como trabajador a su cargo que soy. Aprovechando las bondades de la fase 2 estuve por allí con mi familia, respirando el vacío porque especialmente el valle de Alcudia es una de las zonas más despobladas de España. Pude empaparme de naturaleza y ruinas, pero no puede visitar el castillo de Calatrava la Nueva. De hecho, ningún museo estaba abierto. Hay quién ha puesto de relieve la paradoja de que en España se llenen las terrazas de los bares, se reanude la Liga (ayer creo que se congregó una multitud —con mascarilla— en los alrededores del Sánchez-Pizjuán de Sevilla para recibir al equipo) y se haga botellón, pero las escuelas, bibliotecas y museos sigan sellados (a excepción del Prado, según he leído). Y lo que queda. Estas cosas me desaniman, ¿para qué consumir dos horas en escribir sobre libros? Me entra el síndrome del ermitaño y en cuanto puedo voy al único lugar sin ruidos de mi casa para leer. Que se pare el mundo. Al final, como soy un lector rápido (y esto no es bueno necesariamente), acumulo libros y libros leídos, caigo en una especie de remolino y el blog queda como las minas de Horcajo, tomadas por la maleza. Sería imposible reseñarlos todos y tampoco es necesario porque la mayoría proceden de recomendaciones de otros blogs, solo se trata de compartir, ya que este es el único lugar de mi estrecho mundo donde puedo hablar de libros con alguien.


SACRO CONVENTO Y CASTILLO DE CALATRAVA LA NUEVA | Portal de ...
Sacro Convento y Castillo de Calatrava la Nueva (foto: https://cultura.castillalamancha.es/patrimonio/yacimientos-visitables/sacro-convento-y-castillo-de-calatrava-la-nueva)
Gracias a la e-biblio y su extenso catálogo de ebooks, bien nutrido para tiempos de pandemia, he tenido fácil acceso a las novedades. Por ejemplo, leí La madre de Frankenstein de Almudena Grandes. La novela forma parte del ciclo “Una guerra interminable”, transcurre entre 1954 y 1956, con avances y retrocesos. Es un buen ejemplo de las virtudes de Grandes como narradora y quizá de un maniqueísmo matizado, con personajes donde es difícil hallar un punto medio. Alterna con habilidad tres narradores: Aurora Rodríguez, conocida por haber asesinado a su hija Hildegart, Germán Velázquez, un psiquiatra exiliado que regresa a España para poner en práctica un nuevo tratamiento contra la esquizofrenia y María Castejón, una enfermera en la que Almudena Grandes vuelca toda su sensibilidad y para mí, junto a los alucinados monólogos interiores de Aurora, es lo más logrado del libro. Es interesante, aunque requiere aclaración al final, la combinación de estos personajes ficticios con otros reales, como el doctor Vallejo-Nájera. En su conjunto, La madre de Frankenstein es también un ataque a la dictadura franquista y su afán totalitario, del que participaron no solo las instituciones sino muchos españoles de a pie. Como ha dicho algún historiador, la dictadura convirtió a la sociedad española en una “sociedad autovigilada y temerosa de sí misma”, lo que refleja bastante bien Almudena Grandes en su novela.

También he leído el último premio Tusquets, Temporada de avispas, de Elisa Ferrer, escritora debutante y remarco esto. Como uno juega con las letras de vez en cuando, hace ilusión. Almudena Grandes era precisamente la directora del jurado. Es una historia breve y muy sencilla. Nuria, la protagonista, es una ilustradora que se queda sin empleo y como las desgracias nunca vienen solas, recibe una noticia que la enfrenta de súbito con su pasado. Su padre, que abandonó a su familia cuando ella era pequeña y lleva sin ver desde entonces, está ingresado en la UCI. Los conflictos de Nuria y su deriva personal serán el hilo conductor de las siguientes páginas. Lo mejor de la novela es el estilo, informal pero nada forzado y que te lleva en volandas. A la historia en sí le falta cuajo y me ha chocado el comportamiento y las reflexiones de unos personajes que son treintañeros pero parecen adolescentes o “adultescentes” utilizando la expresión de Eduardo Verdú. Aunque quizá Elisa Ferrer haya planteado, sin saberlo, un retrato generacional.

    temporada de avispas (xv premio tusquets editores de novela 2019)-elisa ferrer-9788490667545 las cosas que perdimos en el fuego (ebook)-mariana enriquez-9788433936875

Siguiendo con las autoras, por fin me he estrenado con Mariana Enríquez y su libro de relatos Las cosas que perdimos en el fuego. Tenía unas altas expectativas y se han cumplido, pero solo en parte. Enríquez presenta una serie de historias perturbadoras, casi de terror, con contenido social y aunque sobrevuela sobre ellas lo fantástico, deja siempre un poso de realidad, de incertidumbre, que aumenta la sensación de desasosiego en el lector. Vamos, que te imaginas que algo así podría pasarte y te cagas literalmente. El estilo es perfecto para el tema: conciso, cortante y con giros idiomáticos muy sugerentes. Hay violencia a raudales, Enríquez tiene cierta predilección por lo macabro. La mayoría de personajes están completa o parcialmente enajenados. Con un matiz: los hombres son siempre tontos, crueles e insensibles (y reciben su correctivo por ello). Excepto un camionero rubio y atlético. Este sería jugoso material de psicoanálisis. Mariana Enríquez se decanta por unos finales abiertos, reverberantes, es una gran maestra en este sentido. También es frecuente la aparición de niños y adolescentes con todo su halo de ambigüedad. Una lectura inquietante.

Puestos a comparar, creo que prefiero a Edurne Portela en Mejor la ausencia. Hay violencia también, pero vista de un modo más profundo, no es solo pirotecnia. Edurne Portela plantea un contexto duro, los años de plomo en un País Vasco sumido en una guerra social. Un ambiente así no hace prisioneros. La protagonista es una niña, Amaia, a la que vemos madurar y desenvolverse en ese ambiente desquiciado. Uno de los grandes méritos de esta novela es la evolución del estilo a la vez que el personaje, partiendo de frases infantiles, telegráficas, que desconciertan al principio, hasta la ebullición de la pubertad y el poso de una madurez mal fraguada. La familia de Amaia no es la de las series americanas, desde luego. Predomina el rencor, la manipulación emocional, la envidia y los mamporros. La política lo mancha todo, condiciona y destruye el porvenir de una generación, ¿y para qué? Es muy sugerente la relación de Amaia con sus padres, personas tóxicas, egoístas e intoxicadas, que a pesar de todo se buscan, se arrastran buscando amor. Rara vez brilla esa emoción y cuando lo hace, es un brillo falso y pasajero. Mejor la ausencia es una gran novela que se me ha deshinchado al final. Para mí, sobran aclaraciones tan obvias. Falta el nervio con el que la autora se ha conducido las páginas previas. Con todo, Edurne Portela es una narradora diferente y que tiene mucho que decir. 


Mejor la ausencia', de Edurne Portela: Desde dentro | Babelia | EL ...

Soy lector de clásicos y he dado un buen repaso a varios. He releído El extranjero de Albert Camus y mi mujer me regaló una edición ilustrada de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez para sustituir el destrozado ejemplar que tenía de mis años universitarios, también lo leí de paso. ¿Qué puedo decir de estos libros? Pues que veinte años después su lectura me ha perturbado, casi en el mismo punto. Añadir la oleada de nuevas sensaciones (que no lo son en puridad) por lo que había olvidado  y por lo que mi bagaje personal y emocional ha descubierto en esta relectura. Son el mismo libro, pero bajo otra luz. Quizá, si vivo dentro de veinte años y vuelvo a sus páginas, las encuentre de nuevo y otras nuevas afloren según mis circunstancias. Esto es lo grande de los clásicos. He añadido a mi cuenta dos más. Uno es El buscón o historia de la vida del buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, de nuestro Francisco de Quevedo. Una exhibición de castellano y acrobacias lingüísticas, juegos de palabras que sin una guía el lector moderno suda para poder desentrañar. Una lectura exigente, sin duda, pero divertida y que sirve para meternos en ese Siglo de Oro singular, de pícaros y vividores. Y de paso, hacer paralelismos, porque en algunas cosas nada ha cambiado: el dinero ha dado en mandarlo todo y no hay quien le pierda el respeto. Me suena. El otro clásico, pero contemporáneo, ha sido Los restos del día, de Kazuo Ishiguro. Una de las novelas más perfectas que he leído. Stevens es uno de esos personajes memorables que da en parir la literatura mundial cada cierto tiempo, he pasado algunas de las horas más agradables del estado de alarma hundido entre sus páginas. En mi horizonte se plantea una mudanza y he pensado quedarme solo con un cogollo de libros. El resto los donaré. Las horas del día ya está en la caja de los que me voy a llevar.


Martín-Grande «potenciará» el Valle de Alcudia y Sierra Madrona ...
Carretera nacional que atraviesa el valle de Alcudia (foto: La Tribuna de Ciudad Real)
Puede que en tiempos deprimentes venga bien una lectura agradable y poco conflictiva, pero tampoco está mal una ración de pesimismo. Compré Ordesa de Manuel Vilas cuando se convirtió en un fenómeno literario y aparqué su lectura precisamente por esto. Ha caído esta cuarentena. Ordesa es uno de esos libros que enfrentan a las tres Españas. Hay lectores fascinados por un libro de duelo, que no es ficción y donde el narrador es a la vez personaje. Hay lectores desconcertados por los bandazos de Manuel Vilas y sus obsesiones. Contradictorio y pesimista pero que se inicia con una cita que es un canto a la vida, a muchos nos les convence. Por último, están los detractores que ridiculizan al autor, se burlan de su sentimentalismo y lo ningunean. Esta crítica se ha acentuado, porque Vilas fue finalista del último premio Planeta. En mi caso, creo que Ordesa tiene bastantes virtudes y algunos defectos. Singularidades, también. Por eso no es una novela que se pueda recomendar, no tiene una vocación universal. Que se vendiera como rosquillas es un misterio. Algunos lo achacan al marketing, pero debe haber algo más. Puede que muchas personas se sientan identificadas con Vilas. Yo me encuentro entre ellas porque soy obsesivo, lo que se dice un perro marciano, aunque buena persona y tiendo a la autoflagelación. Mis padres pertenecen a esa clase media depauperada tras el pinchazo de la burbuja. Mi relación con ellos es difícil, me causa muchos quebrantos. ¿Qué pasará cuando mueran? Prometo no escribir un libro, pero los inquisidores deberían guardarse las piedras en los bolsillos ante un ejercicio de honestidad brutal como es Ordesa.

Para acabar, he leído un breve ensayo de Cruz Méndez, autora que conocí en aquellos ya lejanos tiempos de Google plus. Todas las veces que morimos, relata la crisis de los misiles en Cuba. Unos hechos de los que se conoció su verdadera magnitud en épocas recientes. Y es que, si Kennedy hubiera cedido a los halcones ávidos de Washington el mundo se hubiera llenado de hongos nucleares y lluvia negra. La pandemia sería cosa de risa. Narrado con pulso y muy didáctico, es una buena lectura para los interesados en el tema o para los que, por algún momento, duden de las virtudes de la política. ¿Qué hubiera pasado en semejante crisis, de haber tenido EE.UU. y la URSS a líderes del perfil de Trump y Putin al frente? Mejor no imaginarlo.

Espero que vuestro paso a la nueva normalidad transcurra sin traumas. Seguid leyendo, algún día podremos añadir los libros al pan y al circo.

domingo, 3 de mayo de 2020

YO TE RECUERDO, MADRE

Caritá educatrice, escultura neoclásica de Lorenzo Bartolini (Palacio Pitti, Florencia), Foto: https://es-la.facebook.com/lartediguardarelarte/photos/854477151353607


Dedicado a Elena, que se crio sin madre y hoy es la mejor de todas.

Estoy en la cocina. Mi madre está sentada en una silla, descansando. Cuando murió, yo tenía cuatro años. Algo me atemoriza y me acerco buscando su protección. Noto como su mano se desliza por mi cabeza y se enreda entre mis cabellos. Sus dedos son largos y finos. Me dejo caer sobre sus rodillas y ella emite un gemido y la caricia, suave y firme, se torna temblorosa y líquida. Su rostro es difuso, una mancha imprecisa. Creo que sonríe, pero también podría estar llorando.
Ese breve instante, que ilumina con luz tenue la densa bruma de mi primera infancia, es el único recuerdo propio que tengo de ella. Por eso lo guardo en la caja fuerte de la memoria, y cuando estoy solo, lo extraigo con cuidado infinito y me abrazo a sus piernas y siento su mano acariciándome.
Me aterra pensar que en algún momento de mi vida esos segundos mágicamente preservados puedan caer por el sumidero del olvido. Y entonces mi madre quede reducida a esa presencia fantasma que se condensa en el halo nacarado de la foto de su tumba. Me aferro a ese recuerdo, como si hubiera conseguido de esta forma distraer un minúsculo fragmento de mi madre a la implacable muerte. Y temo que la misma muerte, airada, descubra mi insolencia y lo destruya con su negra capa para siempre.
¿Y después? Los recuerdos de los años posteriores a su marcha son imprecisos, llenos de agujeros, como los retazos que quedan de un sueño justo al despertar:
Mi padre sentado en el sofá, con la cara hundida entre sus manos, grandes como lápidas.
La lengua desprovista de compasión de mis compañeros de colegio y su música lacerante:
— ¡No tiene madre!, ¡no tiene madre!
Mi abuela dormitando frente al televisor, momento que aprovechaba para hurgar con ayuda de un punzón en la hucha de la imagen del Sagrado Corazón que iba de casa en casa.
La tía Milagros, sentada junto a mí con mirada severa, blandiendo la mano en el aire como si fuera un florete, obligándome a comer.
Los desconocidos que me abordaban en plena calle, sus espontáneos abrazos, sus miradas cargadas de lástima:
—¡Pobre criatura!
Fue al apagarse la infancia y comenzar la adolescencia cuando llegaron las preguntas. Mi cuerpo, crecido, se despojó de mansedumbres. Revolvía con desesperación los cajones de mi casa buscando fotografías, pistas, detalles que me permitieran reconstruir a mi madre. Junto a una de esas fotos escrutaba mi rostro frente al espejo, me tocaba el nacimiento del pelo, la protuberancia de los pómulos, la curva de los labios. Cada pliegue, cada surco, llevaban su huella. La  tarea a veces me dejaba exhausto y entonces renegaba. La palabra madre se convertía en un eco y luego en nada.

Una noche me despertó un ruido. Me levanté de la cama y salí del dormitorio hacia el pasillo. Un haz de luz se filtraba por debajo de la entrada de la cocina. Avancé tanteando las paredes y empujé la puerta.
Mi madre permanecía de espaldas. Respiraba pesadamente, murmurando algo, pero su voz llegaba distante y confusa, como el batir de las olas en el mar. Me quedé allí, petrificado, hasta que su imagen comenzó a oscilar y desapareció.
Retrocedí tapándome la cara con las manos. Jadeaba, me estaba asfixiando, quería salir, correr, huir de aquella pesadilla, pero era incapaz de moverme. Por fin entreabrí los ojos. La silla donde había visto a mi madre estaba vacía. Me acerqué, toqué el asiento, caí de rodillas llorando y me dormí.
Así me encontró mi padre a la mañana siguiente. Le conté lo que había pasado y me escuchó con gesto grave. Hablamos de la muerte, nos dejamos inundar por ella. La enfermedad que había consumido a mi madre, los meses que resistió con valentía, a pesar del fatídico diagnóstico. Pagó un peaje de dolor por cada día consciente a mi lado, apurando la copa menguada de su vida. Hasta casi el último minuto, en el que expiró mientras dormía. Su calor aún emanaba de las sábanas cuando los médicos retiraron su cuerpo helado y su olor permaneció impregnando el aire de la habitación. Mi padre se agarró a esas sábanas tibias y tardó mucho en abrir la ventana y dejar huir el aire viciado, que todavía contenía fragmentos invisibles de mi madre. Cuánto dolor en su pupila abarrotada de recuerdos esa mañana, cuánta nostalgia compartimos.
Desde entonces, devoré cada historia en la que aparecía mi madre y fui componiendo una falsa memoria, un reflejo de ella a partir de recuerdos de otros. Intentaba reconstruir su imagen extraviada encajando recuerdos prestados, como si fueran las piezas de un puzle. Sabía que no eran reales, sino meras ficciones. Pero conseguían atenuar el vacío de su ausencia.
En uno de ellos mi madre me sostiene en sus rodillas, en el entierro del abuelo. Vestida de negro, está abanicándose en la habitación donde las mujeres rezan el Rosario y velan al muerto. Mi padre pasa quitándose la gorra. Pregunta a mi madre ¿quieres que me lleve al chico? Ella niega con la cabeza.
En otro mi madre está sentada tomando el sol tibio de febrero. Es domingo. Mi padre trabaja en las viñas del abuelo, removiendo la tierra, descubriendo las vergüenzas de una cepa, insertando con delicadeza la espigueta en el tallo grumoso y atando el injerto con esparto. Mi madre y yo estamos en la parte más soleada de la casa, donde hay un pequeño huerto. ¿Qué hacía allí, enferma, en pleno invierno? Supongo que quería respirar el aire puro, llenarse de cielo y sol. ¿Qué pensaría al observar a mi padre cubriendo el injerto de tierra hasta formar un pequeño túmulo? Pronto brotaría, revivida, una nueva planta. Ella sonreiría al mirarme, porque su hijo crecía sano delante de sus ojos. 
Para completar esta falsa memoria, aquel extraño sucedáneo, visitaba a menudo a sus hermanas. En especial a mi tía Ángela, porque todos decían que se parecía mucho. Cada vez que abría la puerta, me envolvía una vaharada suculenta: pisto en verano, rosquillos fritos y hojuelas en Semana Santa, mostillo después de la vendimia, torreznos crujientes en invierno y aceitunas de sosa. En su casa había una despensa que me gustaba explorar. En uno de sus estantes, guardaba una caja de latón. Allí encontré algún rastro de mi madre, entre las postales que enviaba a su hermana con esmerada caligrafía desde Alicante, donde estuvo trabajando en un hotel de camarera y conoció a mi padre. Decían que la tía Ángela compartía hechuras, el mismo pelo rubio rizado y las mismas manos con los dedos largos y finos. Pero era autoritaria y adusta. Su físico calcado al de mi madre, era un mero disfraz.
Muchas veces me hacía esta pregunta, ¿qué huella dejó mi madre entre las personas que la trataron? Para todo el que preguntaba, era una santa. Me daba la impresión de que su juicio estaba movido por la compasión, viciado por la lástima que les inspiraba un huérfano como yo. ¿Es que jamás se equivocó? ¿No tuvo encontronazos con sus hermanas ni discutió con sus padres ni se enemistó con algún vecino? La mayoría de las veces eran respuestas estandarizadas, como si nadie recordara a mi madre tal y como fue, creando una imagen falsa y difusa de ella, no creo que con mala fe, lo hacían para calmar mi ansiedad. Una persona se arrastra por la vida durante cuarenta años, se marchita, muere y su recuerdo se disuelve entre los que la conocieron, hasta que llega el final definitivo, cuando todos la olvidan.
Un día, durante la comida, abordé a mi padre con una pregunta trivial:
— ¿Cuál era el plato favorito de madre?
Sorprendido, se rascó la barba y me respondió con una media sonrisa, mostrándome la mano encogida:
—Tu madre comía lo que un pajarillo.
Después de recoger la mesa, observé que mi padre caía en un estado de ensimismamiento. Comprendí que no era capaz de recordarlo.
Los días siguientes actuó de manera extraña. Un viernes por la noche llegué muy tarde a casa. La luz que se veía a través de la persiana me puso en alerta. Abrí despacio para eludir la inevitable reprimenda, pero apenas me hizo caso. Sentado en el sofá, revolvía una caja con fotos. Me quedé mirándolo en el quicio de la puerta. Por fin, me vio.
—Vaya horas.
Pero no estaba enfadado.
Me enseñó una foto. En ella mi madre posaba sonriente, vestida con un mandil y un pañuelo en la cabeza, sosteniendo una gran paellera. Las gambas y los mejillones estaban dispuestos con simetría vitrubiana sobre el arroz. Entonces dijo triunfal:
—¡Cómo le gustaba la paella a tu madre y qué punto le daba, hijo!
Al día siguiente fuimos al supermercado, llenamos la cesta de mejillones, pollo y judías verdes y nos comimos la paella los dos solos, ronchando el arroz medio crudo de los bordes. Fue la primera vez que mi padre me ofreció un vaso de vino tinto. Lo acercó como si fuera a darme la comunión y bebimos.
Con el tiempo, crecí aferrándome a mi único recuerdo, desdeñando los prestados. Cumplí los treinta y me casé. Mi padre estaba jubilado y los hermanos de mi madre eran ya ancianos. Incluso alguno había muerto. Cuando coincidía con ellos, por la calle, en alguna boda o entierro, suspiraban: “mi pobre hermana, pronto me reuniré con ella”. Pero nada más, era una frase tópica. No me pedían que les dejara un beso o un mensaje que trasmitirle cuando atravesaran el umbral de la muerte.
Poca gente se acordaba de mi orfandad. Ya no era el pobre niño sin madre. Nadie me compadecía, nadie me miraba con tristeza. Mi madre: Carmen, tan solo un nombre sin contenido. Los años convierten la memoria del difunto en un tenue reflejo y luego en un cristal opaco, en una ventana tapiada por donde no pasa más que un hilo exangüe.

Para mi mujer fue extraño convivir con un huérfano y no saber de su suegra más que el nombre y lo que pudiera interpretar de la foto coloreada que ocupaba el centro del salón. Creo que en algún sentido me adoptó.
Una mañana de domingo —era el mes de febrero— toqué la parte de la cama donde solía dormir, buscándola. Estaba vacía. No tardó mucho en volver, exultante, sosteniendo una prueba de embarazo. La vida apenas se deja impresionar por la muerte. Donde puede, se abre camino. Y si la brasa de mi madre se había apagado prematuramente, con cuarenta años, su nieto se gestaba y compartiría, quién sabe, su cabello rizado y rubio, su risa caprichosa, tantas cosas que se habían perdido con ella, pero quizá dormían un letargo, rezagadas en su hijo y recuperadas por ese niño, apenas un guisante de luz de tres semanas. Pasaron nueve meses y llegó el momento del parto. Mi mujer pugnaba por arrojar al mundo a nuestro primer hijo, daba uno, dos, tres empujones y un gruñido escapaba entre sus dientes. Hasta que por fin su vientre se vació y brotó un ser diminuto, amoratado y brillante. El pelo y la sangre se le pegaban a la frente y boqueaba como un pez fuera del agua.

Tras salir del hospital y regresar a casa, dejamos a nuestro hijo durmiendo cerca de la ventana para que se empapara de sol. El niño rompió a llorar y mi mujer se acercó y lo sacó del moisés. Lo acunó un instante entre sus brazos, se descubrió un pecho y la criatura se agarró al pezón y comenzó a succionar. Un hilo de leche se derramó por sus mejillas.
El recuerdo de mi madre me iluminó como un relámpago. Me reconocí en el bebé que mamaba con deleite, que chapoteaba en la bañera, tratando de agarrar el pato amarillo de plástico o sesteaba tumbado en la hamaca, de donde colgaban unos peces de colores; probando la primera comida sólida, a base de calabacín, zanahoria, puerro y un poco de pollo; con el termómetro en la axila, escupiendo el antipirético de color rosa; gateando y con el tiempo levantándose sobre sus dos piernas. Como hice yo, con los mismos ojos con los que me contempló mi madre.
Una noche, me despertaron unos golpes en la persiana. Pensé que sería el viento, me levanté de la cama y miré a través de las rendijas. En la calle la luz de una farola se proyectaba anaranjada sobre los coches y reinaba el silencio.
Me dirigí a la cocina y encendí la luz. Mi madre estaba sentada de espaldas. Pero esta vez no tuve miedo, me acerqué y le toqué el hombro. Su mano se movió y me asió con fuerza. Sentí un calor inmenso. Entonces mi hijo comenzó a llorar y ella se removió en su asiento. Por primera vez escuché su voz cálida y pausada:
—No te preocupes, ve con él.
Traté de hablar y le dije:
—Yo te recuerdo, madre.
Ella volvió a esbozar una sonrisa:
—Vamos, ve.
Cerré los ojos y me dejé caer sobre su regazo, sentí su perfume envolviéndome y rompí a llorar. Entonces, mi mujer pasó sus dedos largos y finos por mi cabeza, que se enredaron en mis cabellos.