domingo, 28 de junio de 2020

EL AÑO SIN VERANO

Figura 7: El Temerario Remolcado a Dique Seco (The Fighting Temeraire Tugged to Her Last Berth to Be Broken up). William Turner, 1836. The National Gallery, Londres. La pintura original muestra colores menos anaranjados pero este realce, muy difundido en la red, plasma a la perfección los ocasos que el autor quiere transmitir.
Pintura de William Turner, que refleja los atardeceres de aquel año sin verano (Fuente e información científica sobre el hecho: https://aemetblog.es/2016/06/23/1816-el-ano-sin-verano/)

Al menos en Europa, 1816 pasó a la historia como el “año sin verano”. Parece ser que unos meses antes el volcán Tambora, en una remota isla de lo que hoy es Indonesia, comenzó a regurgitar lava y ceniza volcánica. Millones de toneladas de polvo alcanzaron la estratosfera y fueron diseminadas por los vientos hasta formar un velo gris que cubrió casi toda la Tierra. La temperatura media descendió y se vivieron graves perturbaciones climáticas, especialmente en la zona templada del hemisferio norte. Llovía sobre mojado, porque Europa apenas despertaba de una década de guerras, matanzas y destrucciones. A su principal responsable aún se puede rendir pleitesía en la iglesia parisina de los Inválidos. Los atardeceres fantasmagóricos que provocó el velo de cenizas fueron inmortalizados por Turner, afilando su genio. Lo lúgubre del asunto, la hambruna de una severa posguerra, estimuló el nacimiento de uno de los villancicos más universales y esperanzadores: “Noche de paz”.  Aquel año sin verano, como es bien conocido, reunió en Villa Diodati, a las orillas de lago Leman, a Percy Shelley, Lord Byron, Mary Godwin y John Polidori, entre otros. Confinados junto a la chimenea, comenzó la andadura de dos mitos literarios: Frankenstein y el vampiro. 

Puede que este año 2020 sea, dos siglos después, otro año sin verano. O al menos un verano anómalo. No por las temperaturas, en este momento me cocino lentamente en mi buhardilla mal aislada. Algo más diminuto que las virutas de ceniza que rodearon el globo y convirtieron los crepúsculos en derrames sanguinolentos, un virus, amenaza el verano occidental. Nada será igual y no sabemos si esta libertad de la que gozamos desde el 21 de junio será permanente o condicional. Una cuadrícula de seguridad cubre kilómetros de playa para separar a los bañistas, los hoteles quedan mediados, las fronteras entreabiertas. El paso del estrecho, clausurado. Las piscinas públicas, donde vivo, no abrirán este año. Los parques infantiles siguen con el precinto, desvaído por los meses. Los meseteños nos asfixiamos tras nuestras mascarillas, algunos las llevan en el codo, como un banderín azul y otros retroceden a la infancia y las colocan de babero. El verano, la época del despiporre, se ha convertido en un tiempo de desconfianza, de prevención, de juntar las manos rogando que la temida neumonía bilateral y la tormenta de citoquinas, que colmató los depósitos de cadáveres en marzo y abril, no regrese en noviembre. Que la sopa de anticuerpos que dejó el virus en nuestros cuerpos leve o gravemente enfermos no se diluya y la barrera se abra de nuevo a la enfermedad, hasta que diezme a nuestros ancianos y compromete la vida de personas sanas por azar genético. 

Es verano, pero hay miedo a perder el empleo, a ver reducido de un tajo nuestro precario bienestar, a que sobre la clase media caiga otra crisis definitiva. Aún tenemos los moratones y desconchones de la anterior. Aquellos viviendas sobrevalorados que pagamos a precio de oro y toda una forma de vida destruida para dar paso a un vacío hedonismo. A una frustración que atemperamos comprando en Internet. 

Como soy docente disfruto de dos meses de vacaciones, relativas, puesto que no las paso en ninguna playa tropical. Con todo, recuerdo mis años mozos, que se dice por aquí. Los veranos tras un fortín de platos por lavar y vasos que rellenar. El mes de julio cebando la hormigonera, bajo ese Lorenzo madrileño que pica como un escorpión, aunque te arrimes a la Sierra. Fortaleciendo la musculatura haciendo press de hombro, pero no con mancuernas, sino con melones recién cortados. A pesar del agotamiento, del moreno albañil y de las neuras de la edad, aquellos veranos eran un tiempo de despreocupación vital. De noches eternas. Ahora no tengo esa sensación, cuando paseo con mis hijos, sofocado y veo los negocios con el cartel de cierre, el baile de hienas de la política local, los trescientos muertos en marzo y abril (casi uno de cada cien habitantes, que se dice pronto) de mi ciudad. 

El año sin verano de 1816 engendró obras maestras del arte, la literatura y la música. La población mundial apenas rebasaba los 1.000 millones de habitantes y hoy nos acercamos a los 8.000. Extensas zonas del mundo ni siquiera estaban alfabetizada. La cantidad de personas capaces de producir algo memorable, hoy, es mucho mayor que en 1816 y cuenta con una red global y colaborativa inimaginable entonces. Se pueden esperar grandes logros de este año sin verano, de este verano de preocupaciones. La incertidumbre es fértil. Y se trata de buscar un rayo esperanzador. En mi caso, dentro de unos días haré la pausa estival bloguera, que ya es tradición. Serán unos meses de digerir las numerosas lecturas del confinamiento, disfrutar de mi familia y pensar en esos cambios en mi vida que el virus parece haberme puesto sobre la mesa, con expresión de: “decídete. Ahora o nunca”.  Ojalá este verano anómalo, de resaca, no sea un puente, un engañoso periodo interglaciar. Espero que lo disfrutéis.  

viernes, 12 de junio de 2020

LECTURAS ENTRE FASES


Los bordes de La Mancha, al sur de la provincia de Ciudad Real, son territorios interesantes para visitar. El campo de Calatrava se asienta sobre terreno volcánico, su relieve es sinuoso, con crestas y zonas de monte, lagunillas, poblados del bronce semienterrados y carreteras secundarias parcheadas que evocan el fin del mundo. Enlaza con el valle de Alcudia, al suroeste, un rincón insólito poco conocido, un mar de encinares, dehesas y abrigos rocosos con pinturas milenarias. En sus inmediaciones afloran antiguos pozos mineros, comunicados por arterias ferroviarias que se han vaciado y ahora se pueden recorrer a pie o en bicicleta. El gobierno de Castilla-La Mancha no patrocina este espacio, por si alguien lo piensa, aunque me ingresa la nómina (de momento) como trabajador a su cargo que soy. Aprovechando las bondades de la fase 2 estuve por allí con mi familia, respirando el vacío porque especialmente el valle de Alcudia es una de las zonas más despobladas de España. Pude empaparme de naturaleza y ruinas, pero no puede visitar el castillo de Calatrava la Nueva. De hecho, ningún museo estaba abierto. Hay quién ha puesto de relieve la paradoja de que en España se llenen las terrazas de los bares, se reanude la Liga (ayer creo que se congregó una multitud —con mascarilla— en los alrededores del Sánchez-Pizjuán de Sevilla para recibir al equipo) y se haga botellón, pero las escuelas, bibliotecas y museos sigan sellados (a excepción del Prado, según he leído). Y lo que queda. Estas cosas me desaniman, ¿para qué consumir dos horas en escribir sobre libros? Me entra el síndrome del ermitaño y en cuanto puedo voy al único lugar sin ruidos de mi casa para leer. Que se pare el mundo. Al final, como soy un lector rápido (y esto no es bueno necesariamente), acumulo libros y libros leídos, caigo en una especie de remolino y el blog queda como las minas de Horcajo, tomadas por la maleza. Sería imposible reseñarlos todos y tampoco es necesario porque la mayoría proceden de recomendaciones de otros blogs, solo se trata de compartir, ya que este es el único lugar de mi estrecho mundo donde puedo hablar de libros con alguien.


SACRO CONVENTO Y CASTILLO DE CALATRAVA LA NUEVA | Portal de ...
Sacro Convento y Castillo de Calatrava la Nueva (foto: https://cultura.castillalamancha.es/patrimonio/yacimientos-visitables/sacro-convento-y-castillo-de-calatrava-la-nueva)
Gracias a la e-biblio y su extenso catálogo de ebooks, bien nutrido para tiempos de pandemia, he tenido fácil acceso a las novedades. Por ejemplo, leí La madre de Frankenstein de Almudena Grandes. La novela forma parte del ciclo “Una guerra interminable”, transcurre entre 1954 y 1956, con avances y retrocesos. Es un buen ejemplo de las virtudes de Grandes como narradora y quizá de un maniqueísmo matizado, con personajes donde es difícil hallar un punto medio. Alterna con habilidad tres narradores: Aurora Rodríguez, conocida por haber asesinado a su hija Hildegart, Germán Velázquez, un psiquiatra exiliado que regresa a España para poner en práctica un nuevo tratamiento contra la esquizofrenia y María Castejón, una enfermera en la que Almudena Grandes vuelca toda su sensibilidad y para mí, junto a los alucinados monólogos interiores de Aurora, es lo más logrado del libro. Es interesante, aunque requiere aclaración al final, la combinación de estos personajes ficticios con otros reales, como el doctor Vallejo-Nájera. En su conjunto, La madre de Frankenstein es también un ataque a la dictadura franquista y su afán totalitario, del que participaron no solo las instituciones sino muchos españoles de a pie. Como ha dicho algún historiador, la dictadura convirtió a la sociedad española en una “sociedad autovigilada y temerosa de sí misma”, lo que refleja bastante bien Almudena Grandes en su novela.

También he leído el último premio Tusquets, Temporada de avispas, de Elisa Ferrer, escritora debutante y remarco esto. Como uno juega con las letras de vez en cuando, hace ilusión. Almudena Grandes era precisamente la directora del jurado. Es una historia breve y muy sencilla. Nuria, la protagonista, es una ilustradora que se queda sin empleo y como las desgracias nunca vienen solas, recibe una noticia que la enfrenta de súbito con su pasado. Su padre, que abandonó a su familia cuando ella era pequeña y lleva sin ver desde entonces, está ingresado en la UCI. Los conflictos de Nuria y su deriva personal serán el hilo conductor de las siguientes páginas. Lo mejor de la novela es el estilo, informal pero nada forzado y que te lleva en volandas. A la historia en sí le falta cuajo y me ha chocado el comportamiento y las reflexiones de unos personajes que son treintañeros pero parecen adolescentes o “adultescentes” utilizando la expresión de Eduardo Verdú. Aunque quizá Elisa Ferrer haya planteado, sin saberlo, un retrato generacional.

    temporada de avispas (xv premio tusquets editores de novela 2019)-elisa ferrer-9788490667545 las cosas que perdimos en el fuego (ebook)-mariana enriquez-9788433936875

Siguiendo con las autoras, por fin me he estrenado con Mariana Enríquez y su libro de relatos Las cosas que perdimos en el fuego. Tenía unas altas expectativas y se han cumplido, pero solo en parte. Enríquez presenta una serie de historias perturbadoras, casi de terror, con contenido social y aunque sobrevuela sobre ellas lo fantástico, deja siempre un poso de realidad, de incertidumbre, que aumenta la sensación de desasosiego en el lector. Vamos, que te imaginas que algo así podría pasarte y te cagas literalmente. El estilo es perfecto para el tema: conciso, cortante y con giros idiomáticos muy sugerentes. Hay violencia a raudales, Enríquez tiene cierta predilección por lo macabro. La mayoría de personajes están completa o parcialmente enajenados. Con un matiz: los hombres son siempre tontos, crueles e insensibles (y reciben su correctivo por ello). Excepto un camionero rubio y atlético. Este sería jugoso material de psicoanálisis. Mariana Enríquez se decanta por unos finales abiertos, reverberantes, es una gran maestra en este sentido. También es frecuente la aparición de niños y adolescentes con todo su halo de ambigüedad. Una lectura inquietante.

Puestos a comparar, creo que prefiero a Edurne Portela en Mejor la ausencia. Hay violencia también, pero vista de un modo más profundo, no es solo pirotecnia. Edurne Portela plantea un contexto duro, los años de plomo en un País Vasco sumido en una guerra social. Un ambiente así no hace prisioneros. La protagonista es una niña, Amaia, a la que vemos madurar y desenvolverse en ese ambiente desquiciado. Uno de los grandes méritos de esta novela es la evolución del estilo a la vez que el personaje, partiendo de frases infantiles, telegráficas, que desconciertan al principio, hasta la ebullición de la pubertad y el poso de una madurez mal fraguada. La familia de Amaia no es la de las series americanas, desde luego. Predomina el rencor, la manipulación emocional, la envidia y los mamporros. La política lo mancha todo, condiciona y destruye el porvenir de una generación, ¿y para qué? Es muy sugerente la relación de Amaia con sus padres, personas tóxicas, egoístas e intoxicadas, que a pesar de todo se buscan, se arrastran buscando amor. Rara vez brilla esa emoción y cuando lo hace, es un brillo falso y pasajero. Mejor la ausencia es una gran novela que se me ha deshinchado al final. Para mí, sobran aclaraciones tan obvias. Falta el nervio con el que la autora se ha conducido las páginas previas. Con todo, Edurne Portela es una narradora diferente y que tiene mucho que decir. 


Mejor la ausencia', de Edurne Portela: Desde dentro | Babelia | EL ...

Soy lector de clásicos y he dado un buen repaso a varios. He releído El extranjero de Albert Camus y mi mujer me regaló una edición ilustrada de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez para sustituir el destrozado ejemplar que tenía de mis años universitarios, también lo leí de paso. ¿Qué puedo decir de estos libros? Pues que veinte años después su lectura me ha perturbado, casi en el mismo punto. Añadir la oleada de nuevas sensaciones (que no lo son en puridad) por lo que había olvidado  y por lo que mi bagaje personal y emocional ha descubierto en esta relectura. Son el mismo libro, pero bajo otra luz. Quizá, si vivo dentro de veinte años y vuelvo a sus páginas, las encuentre de nuevo y otras nuevas afloren según mis circunstancias. Esto es lo grande de los clásicos. He añadido a mi cuenta dos más. Uno es El buscón o historia de la vida del buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, de nuestro Francisco de Quevedo. Una exhibición de castellano y acrobacias lingüísticas, juegos de palabras que sin una guía el lector moderno suda para poder desentrañar. Una lectura exigente, sin duda, pero divertida y que sirve para meternos en ese Siglo de Oro singular, de pícaros y vividores. Y de paso, hacer paralelismos, porque en algunas cosas nada ha cambiado: el dinero ha dado en mandarlo todo y no hay quien le pierda el respeto. Me suena. El otro clásico, pero contemporáneo, ha sido Los restos del día, de Kazuo Ishiguro. Una de las novelas más perfectas que he leído. Stevens es uno de esos personajes memorables que da en parir la literatura mundial cada cierto tiempo, he pasado algunas de las horas más agradables del estado de alarma hundido entre sus páginas. En mi horizonte se plantea una mudanza y he pensado quedarme solo con un cogollo de libros. El resto los donaré. Las horas del día ya está en la caja de los que me voy a llevar.


Martín-Grande «potenciará» el Valle de Alcudia y Sierra Madrona ...
Carretera nacional que atraviesa el valle de Alcudia (foto: La Tribuna de Ciudad Real)
Puede que en tiempos deprimentes venga bien una lectura agradable y poco conflictiva, pero tampoco está mal una ración de pesimismo. Compré Ordesa de Manuel Vilas cuando se convirtió en un fenómeno literario y aparqué su lectura precisamente por esto. Ha caído esta cuarentena. Ordesa es uno de esos libros que enfrentan a las tres Españas. Hay lectores fascinados por un libro de duelo, que no es ficción y donde el narrador es a la vez personaje. Hay lectores desconcertados por los bandazos de Manuel Vilas y sus obsesiones. Contradictorio y pesimista pero que se inicia con una cita que es un canto a la vida, a muchos nos les convence. Por último, están los detractores que ridiculizan al autor, se burlan de su sentimentalismo y lo ningunean. Esta crítica se ha acentuado, porque Vilas fue finalista del último premio Planeta. En mi caso, creo que Ordesa tiene bastantes virtudes y algunos defectos. Singularidades, también. Por eso no es una novela que se pueda recomendar, no tiene una vocación universal. Que se vendiera como rosquillas es un misterio. Algunos lo achacan al marketing, pero debe haber algo más. Puede que muchas personas se sientan identificadas con Vilas. Yo me encuentro entre ellas porque soy obsesivo, lo que se dice un perro marciano, aunque buena persona y tiendo a la autoflagelación. Mis padres pertenecen a esa clase media depauperada tras el pinchazo de la burbuja. Mi relación con ellos es difícil, me causa muchos quebrantos. ¿Qué pasará cuando mueran? Prometo no escribir un libro, pero los inquisidores deberían guardarse las piedras en los bolsillos ante un ejercicio de honestidad brutal como es Ordesa.

Para acabar, he leído un breve ensayo de Cruz Méndez, autora que conocí en aquellos ya lejanos tiempos de Google plus. Todas las veces que morimos, relata la crisis de los misiles en Cuba. Unos hechos de los que se conoció su verdadera magnitud en épocas recientes. Y es que, si Kennedy hubiera cedido a los halcones ávidos de Washington el mundo se hubiera llenado de hongos nucleares y lluvia negra. La pandemia sería cosa de risa. Narrado con pulso y muy didáctico, es una buena lectura para los interesados en el tema o para los que, por algún momento, duden de las virtudes de la política. ¿Qué hubiera pasado en semejante crisis, de haber tenido EE.UU. y la URSS a líderes del perfil de Trump y Putin al frente? Mejor no imaginarlo.

Espero que vuestro paso a la nueva normalidad transcurra sin traumas. Seguid leyendo, algún día podremos añadir los libros al pan y al circo.

domingo, 3 de mayo de 2020

YO TE RECUERDO, MADRE

Caritá educatrice, escultura neoclásica de Lorenzo Bartolini (Palacio Pitti, Florencia), Foto: https://es-la.facebook.com/lartediguardarelarte/photos/854477151353607


Dedicado a Elena, que se crio sin madre y hoy es la mejor de todas.

Estoy en la cocina. Mi madre está sentada en una silla, descansando. Cuando murió, yo tenía cuatro años. Algo me atemoriza y me acerco buscando su protección. Noto como su mano se desliza por mi cabeza y se enreda entre mis cabellos. Sus dedos son largos y finos. Me dejo caer sobre sus rodillas y ella emite un gemido y la caricia, suave y firme, se torna temblorosa y líquida. Su rostro es difuso, una mancha imprecisa. Creo que sonríe, pero también podría estar llorando.
Ese breve instante, que ilumina con luz tenue la densa bruma de mi primera infancia, es el único recuerdo propio que tengo de ella. Por eso lo guardo en la caja fuerte de la memoria, y cuando estoy solo, lo extraigo con cuidado infinito y me abrazo a sus piernas y siento su mano acariciándome.
Me aterra pensar que en algún momento de mi vida esos segundos mágicamente preservados puedan caer por el sumidero del olvido. Y entonces mi madre quede reducida a esa presencia fantasma que se condensa en el halo nacarado de la foto de su tumba. Me aferro a ese recuerdo, como si hubiera conseguido de esta forma distraer un minúsculo fragmento de mi madre a la implacable muerte. Y temo que la misma muerte, airada, descubra mi insolencia y lo destruya con su negra capa para siempre.
¿Y después? Los recuerdos de los años posteriores a su marcha son imprecisos, llenos de agujeros, como los retazos que quedan de un sueño justo al despertar:
Mi padre sentado en el sofá, con la cara hundida entre sus manos, grandes como lápidas.
La lengua desprovista de compasión de mis compañeros de colegio y su música lacerante:
— ¡No tiene madre!, ¡no tiene madre!
Mi abuela dormitando frente al televisor, momento que aprovechaba para hurgar con ayuda de un punzón en la hucha de la imagen del Sagrado Corazón que iba de casa en casa.
La tía Milagros, sentada junto a mí con mirada severa, blandiendo la mano en el aire como si fuera un florete, obligándome a comer.
Los desconocidos que me abordaban en plena calle, sus espontáneos abrazos, sus miradas cargadas de lástima:
—¡Pobre criatura!
Fue al apagarse la infancia y comenzar la adolescencia cuando llegaron las preguntas. Mi cuerpo, crecido, se despojó de mansedumbres. Revolvía con desesperación los cajones de mi casa buscando fotografías, pistas, detalles que me permitieran reconstruir a mi madre. Junto a una de esas fotos escrutaba mi rostro frente al espejo, me tocaba el nacimiento del pelo, la protuberancia de los pómulos, la curva de los labios. Cada pliegue, cada surco, llevaban su huella. La  tarea a veces me dejaba exhausto y entonces renegaba. La palabra madre se convertía en un eco y luego en nada.

Una noche me despertó un ruido. Me levanté de la cama y salí del dormitorio hacia el pasillo. Un haz de luz se filtraba por debajo de la entrada de la cocina. Avancé tanteando las paredes y empujé la puerta.
Mi madre permanecía de espaldas. Respiraba pesadamente, murmurando algo, pero su voz llegaba distante y confusa, como el batir de las olas en el mar. Me quedé allí, petrificado, hasta que su imagen comenzó a oscilar y desapareció.
Retrocedí tapándome la cara con las manos. Jadeaba, me estaba asfixiando, quería salir, correr, huir de aquella pesadilla, pero era incapaz de moverme. Por fin entreabrí los ojos. La silla donde había visto a mi madre estaba vacía. Me acerqué, toqué el asiento, caí de rodillas llorando y me dormí.
Así me encontró mi padre a la mañana siguiente. Le conté lo que había pasado y me escuchó con gesto grave. Hablamos de la muerte, nos dejamos inundar por ella. La enfermedad que había consumido a mi madre, los meses que resistió con valentía, a pesar del fatídico diagnóstico. Pagó un peaje de dolor por cada día consciente a mi lado, apurando la copa menguada de su vida. Hasta casi el último minuto, en el que expiró mientras dormía. Su calor aún emanaba de las sábanas cuando los médicos retiraron su cuerpo helado y su olor permaneció impregnando el aire de la habitación. Mi padre se agarró a esas sábanas tibias y tardó mucho en abrir la ventana y dejar huir el aire viciado, que todavía contenía fragmentos invisibles de mi madre. Cuánto dolor en su pupila abarrotada de recuerdos esa mañana, cuánta nostalgia compartimos.
Desde entonces, devoré cada historia en la que aparecía mi madre y fui componiendo una falsa memoria, un reflejo de ella a partir de recuerdos de otros. Intentaba reconstruir su imagen extraviada encajando recuerdos prestados, como si fueran las piezas de un puzle. Sabía que no eran reales, sino meras ficciones. Pero conseguían atenuar el vacío de su ausencia.
En uno de ellos mi madre me sostiene en sus rodillas, en el entierro del abuelo. Vestida de negro, está abanicándose en la habitación donde las mujeres rezan el Rosario y velan al muerto. Mi padre pasa quitándose la gorra. Pregunta a mi madre ¿quieres que me lleve al chico? Ella niega con la cabeza.
En otro mi madre está sentada tomando el sol tibio de febrero. Es domingo. Mi padre trabaja en las viñas del abuelo, removiendo la tierra, descubriendo las vergüenzas de una cepa, insertando con delicadeza la espigueta en el tallo grumoso y atando el injerto con esparto. Mi madre y yo estamos en la parte más soleada de la casa, donde hay un pequeño huerto. ¿Qué hacía allí, enferma, en pleno invierno? Supongo que quería respirar el aire puro, llenarse de cielo y sol. ¿Qué pensaría al observar a mi padre cubriendo el injerto de tierra hasta formar un pequeño túmulo? Pronto brotaría, revivida, una nueva planta. Ella sonreiría al mirarme, porque su hijo crecía sano delante de sus ojos. 
Para completar esta falsa memoria, aquel extraño sucedáneo, visitaba a menudo a sus hermanas. En especial a mi tía Ángela, porque todos decían que se parecía mucho. Cada vez que abría la puerta, me envolvía una vaharada suculenta: pisto en verano, rosquillos fritos y hojuelas en Semana Santa, mostillo después de la vendimia, torreznos crujientes en invierno y aceitunas de sosa. En su casa había una despensa que me gustaba explorar. En uno de sus estantes, guardaba una caja de latón. Allí encontré algún rastro de mi madre, entre las postales que enviaba a su hermana con esmerada caligrafía desde Alicante, donde estuvo trabajando en un hotel de camarera y conoció a mi padre. Decían que la tía Ángela compartía hechuras, el mismo pelo rubio rizado y las mismas manos con los dedos largos y finos. Pero era autoritaria y adusta. Su físico calcado al de mi madre, era un mero disfraz.
Muchas veces me hacía esta pregunta, ¿qué huella dejó mi madre entre las personas que la trataron? Para todo el que preguntaba, era una santa. Me daba la impresión de que su juicio estaba movido por la compasión, viciado por la lástima que les inspiraba un huérfano como yo. ¿Es que jamás se equivocó? ¿No tuvo encontronazos con sus hermanas ni discutió con sus padres ni se enemistó con algún vecino? La mayoría de las veces eran respuestas estandarizadas, como si nadie recordara a mi madre tal y como fue, creando una imagen falsa y difusa de ella, no creo que con mala fe, lo hacían para calmar mi ansiedad. Una persona se arrastra por la vida durante cuarenta años, se marchita, muere y su recuerdo se disuelve entre los que la conocieron, hasta que llega el final definitivo, cuando todos la olvidan.
Un día, durante la comida, abordé a mi padre con una pregunta trivial:
— ¿Cuál era el plato favorito de madre?
Sorprendido, se rascó la barba y me respondió con una media sonrisa, mostrándome la mano encogida:
—Tu madre comía lo que un pajarillo.
Después de recoger la mesa, observé que mi padre caía en un estado de ensimismamiento. Comprendí que no era capaz de recordarlo.
Los días siguientes actuó de manera extraña. Un viernes por la noche llegué muy tarde a casa. La luz que se veía a través de la persiana me puso en alerta. Abrí despacio para eludir la inevitable reprimenda, pero apenas me hizo caso. Sentado en el sofá, revolvía una caja con fotos. Me quedé mirándolo en el quicio de la puerta. Por fin, me vio.
—Vaya horas.
Pero no estaba enfadado.
Me enseñó una foto. En ella mi madre posaba sonriente, vestida con un mandil y un pañuelo en la cabeza, sosteniendo una gran paellera. Las gambas y los mejillones estaban dispuestos con simetría vitrubiana sobre el arroz. Entonces dijo triunfal:
—¡Cómo le gustaba la paella a tu madre y qué punto le daba, hijo!
Al día siguiente fuimos al supermercado, llenamos la cesta de mejillones, pollo y judías verdes y nos comimos la paella los dos solos, ronchando el arroz medio crudo de los bordes. Fue la primera vez que mi padre me ofreció un vaso de vino tinto. Lo acercó como si fuera a darme la comunión y bebimos.
Con el tiempo, crecí aferrándome a mi único recuerdo, desdeñando los prestados. Cumplí los treinta y me casé. Mi padre estaba jubilado y los hermanos de mi madre eran ya ancianos. Incluso alguno había muerto. Cuando coincidía con ellos, por la calle, en alguna boda o entierro, suspiraban: “mi pobre hermana, pronto me reuniré con ella”. Pero nada más, era una frase tópica. No me pedían que les dejara un beso o un mensaje que trasmitirle cuando atravesaran el umbral de la muerte.
Poca gente se acordaba de mi orfandad. Ya no era el pobre niño sin madre. Nadie me compadecía, nadie me miraba con tristeza. Mi madre: Carmen, tan solo un nombre sin contenido. Los años convierten la memoria del difunto en un tenue reflejo y luego en un cristal opaco, en una ventana tapiada por donde no pasa más que un hilo exangüe.

Para mi mujer fue extraño convivir con un huérfano y no saber de su suegra más que el nombre y lo que pudiera interpretar de la foto coloreada que ocupaba el centro del salón. Creo que en algún sentido me adoptó.
Una mañana de domingo —era el mes de febrero— toqué la parte de la cama donde solía dormir, buscándola. Estaba vacía. No tardó mucho en volver, exultante, sosteniendo una prueba de embarazo. La vida apenas se deja impresionar por la muerte. Donde puede, se abre camino. Y si la brasa de mi madre se había apagado prematuramente, con cuarenta años, su nieto se gestaba y compartiría, quién sabe, su cabello rizado y rubio, su risa caprichosa, tantas cosas que se habían perdido con ella, pero quizá dormían un letargo, rezagadas en su hijo y recuperadas por ese niño, apenas un guisante de luz de tres semanas. Pasaron nueve meses y llegó el momento del parto. Mi mujer pugnaba por arrojar al mundo a nuestro primer hijo, daba uno, dos, tres empujones y un gruñido escapaba entre sus dientes. Hasta que por fin su vientre se vació y brotó un ser diminuto, amoratado y brillante. El pelo y la sangre se le pegaban a la frente y boqueaba como un pez fuera del agua.

Tras salir del hospital y regresar a casa, dejamos a nuestro hijo durmiendo cerca de la ventana para que se empapara de sol. El niño rompió a llorar y mi mujer se acercó y lo sacó del moisés. Lo acunó un instante entre sus brazos, se descubrió un pecho y la criatura se agarró al pezón y comenzó a succionar. Un hilo de leche se derramó por sus mejillas.
El recuerdo de mi madre me iluminó como un relámpago. Me reconocí en el bebé que mamaba con deleite, que chapoteaba en la bañera, tratando de agarrar el pato amarillo de plástico o sesteaba tumbado en la hamaca, de donde colgaban unos peces de colores; probando la primera comida sólida, a base de calabacín, zanahoria, puerro y un poco de pollo; con el termómetro en la axila, escupiendo el antipirético de color rosa; gateando y con el tiempo levantándose sobre sus dos piernas. Como hice yo, con los mismos ojos con los que me contempló mi madre.
Una noche, me despertaron unos golpes en la persiana. Pensé que sería el viento, me levanté de la cama y miré a través de las rendijas. En la calle la luz de una farola se proyectaba anaranjada sobre los coches y reinaba el silencio.
Me dirigí a la cocina y encendí la luz. Mi madre estaba sentada de espaldas. Pero esta vez no tuve miedo, me acerqué y le toqué el hombro. Su mano se movió y me asió con fuerza. Sentí un calor inmenso. Entonces mi hijo comenzó a llorar y ella se removió en su asiento. Por primera vez escuché su voz cálida y pausada:
—No te preocupes, ve con él.
Traté de hablar y le dije:
—Yo te recuerdo, madre.
Ella volvió a esbozar una sonrisa:
—Vamos, ve.
Cerré los ojos y me dejé caer sobre su regazo, sentí su perfume envolviéndome y rompí a llorar. Entonces, mi mujer pasó sus dedos largos y finos por mi cabeza, que se enredaron en mis cabellos.
  

miércoles, 22 de abril de 2020

"BEN-HUR" de Lewis Wallace (1880) y la adaptación al cine de Wiliam Wyler (1959)



Era una tradición televisiva programar películas de contenido religioso en Semana Santa. En su mayor parte películas de romanos, porque Roma fue la cuna del cristianismo y bajo sus águilas se irguió la cruz. Durante un tiempo las juzgué como meras reliquias. Pero con los años he aprendido que uno debe acercarse al arte en cueros, sin la túnica de apriorismos y con los sentidos preparados para la deflagración. Los delirios de Peter Ustinov en Quo Vadis no pueden pasar desapercibidos al degustador de lo sublime. Tampoco la carnal dignidad de Kirk Douglas en su lucha por la libertad. Las televisiones autonómicas, denostadas pero que tienen a los mayores entre su público más fiel y quizá sean de los pocos espacios donde se piensa en ellos, son tercas en lo tocante a tradiciones. Los diez mandamientos, Quo Vadis, Rey de Reyes, Espartaco, Ben-Hur, entre otras, son fósiles de la época dorada del cine que resisten en la pequeña pantalla. Un espacio exiguo, lejos de la grandilocuencia para la que fueron concebidas. Esta Semana Santa hemos vivido un encierro forzoso por culpa de la plaga, ocasión para volver a disfrutar un cine tan espiritual como grandilocuente. No es fácil elegir, pero de hacerlo me quedaría con la épica Ben-Hur de William Wyler. La he vuelto a ver y a estremecerme. También he aprovechado para leer la novela en la que se basa la película.

La palabra superproducción adquiere todo su sentido en Ben-Hur. Rodada en su mayor parte en los estudios Cinecittà de Roma (concebidos por Mussolini para competir con Hollywood), requirió el trabajo de unos 50.000 extras y más de 300 actores. Se construyeron un millón de elementos de atrezo, incluida una réplica de la puerta de Jaffa de 23 metros de altura y en total se filmaron 340.000 metros de película, para un metraje final de 213 minutos y 5.800 metros. Recibió 11 premios Óscar y en su año de estreno fue vista por 98 millones de espectadores solo en EE.UU.

Su concepción no fue menos monumental. Había que trasladar una novela de casi 600 páginas al formato cinematográfico, una novela que se escribió cuando no existía el cine y que ya había sido adaptada en una versión muda. Versión en la que, curiosamente, Wyler había participado como asistente. La historia del guión es un lío considerable, se elaboraron al menos una decena de versiones, hubo varios guionistas que casi se sacan los ojos, se escribieron diálogos a pie de obra y entre tantas enmiendas, transformaciones y recortes, surgió una historia coherente y majestuosa. Fuera quien fuera el mayor responsable: Karl Thunberg, Gore Vidal, Christopher Fry u otro, lo cierto es que lo hizo magníficamente. Los momentos álgidos de la novela se mantienen en la película, que los encadena de manera sublime sin dar un respiro (en esto supera al libro). 

Hay algo de Ben-Hur que siempre me ha fascinado y es Charlton Heston. Comprenderéis mi estupor cuando vi Bowling for Columbine, aún reconociendo la manipulación poco sutil que hace Moore del anciano, no esperaba aquello. Pero al César lo que es del César. La interpretación de Heston, que llegó al papel de rebote porque a Rock Hudson no le hizo tilín y Paul Newman no se veía con toga, es puro fuego. Su mirada convierte el plomo en oro. Atraviesa el hormigón. Sufre Ben-Hur y yo sufro. Odia, y yo odio. Encuentra la redención y yo me siento en paz con él.

10 cosas que quizás no sabías de 'Ben-Hur' - Película de 1959
Ben-Hur como galeote, maquinando su venganza. Foto: https://www.fotogramas.es/noticias-cine/g16156698/benhur-pelicula-1959-reparto-oscars/
                               
Después de lo dicho, ¿cómo no leer la novela del general Lewis Wallace? El año pasado ya hice un amago, la tenía cargada en el ebook y este año aprovechando la inmovilidad cayó en mis redes. Lo de Lewis Wallace (1827-1905) confirma que bien puede escribir sobre aventuras el que las ha vivido. El general tuvo una vida con poco lugar para el tedio. El hombre era un alma renacentista: militar, escritor, abogado, político, músico, incluso registró varias patentes.  Durante la Guerra de Secesión alcanzó el rango de general, en la lucha contra los confederados tuvo un papel controvertido, que la historia juzgó sin resolver claramente. Desobedeció las órdenes y estuvo a punto de arrastrar a los suyos a una derrota total en la batalla de Shiloh, pero salvó Washington de caer en manos del enemigo. Fue gobernador de Nuevo México en la época de Billy el Niño (que le prometió una bala en la frente) y Pat Garrett. Ejerció un cargo diplomático en el Imperio Otomano y septuagenario trató de alistarse para luchar contra España en la guerra de 1898. Incluso formó parte del tribunal que juzgó a los asesinos de Lincoln,  ¿qué no hizo este hombre?

Según se cuenta, la idea de la novela surgió cuando Wallace sostuvo una animada conversación con un célebre agnóstico de la época, un tal Robert Ingersoll. El general quedó anonadado y se prometió a si mismo investigar sobre los orígenes del cristianismo, una religión que había adoptado sin saber en realidad nada sobre ella. Necesitó siete años de escritura, la mayor parte bajo un haya de su jardín. Antes llevó a cabo un trabajo de documentación meticuloso, para plasmar con veracidad hasta el más mínimo detalle de la época. Tanto que, al parecer, cuando después visitó Jerusalén afirmó que no veía necesario cambiar ni una coma de lo que había escrito. 

Ponerse a fabular sobre el nacimiento de Cristo y su muerte llevó a Wallace por el trillado camino de la iluminación y reforzó su fe. Como cristiano heterodoxo siempre lo hizo a su aire, sin plegarse a ninguna iglesia. Quizá por eso el libro logra ese equilibrio entre religión y aventura, entre épica y espiritualidad. Me temo que un descreído o un dogmático de capilla habría arruinado la combinación escorándola según sus intereses.

Con todo, la novela se considera uno de los libros cristianos más influyentes. Escrita por Wallace con tinta morada, su arranque fue tímido, pero en un par de años se hizo un hueco y arrasó. Antes de acabar el siglo había despachado un millón de ejemplares y era traducida a veinte idiomas. Su adaptación teatral estuvo en los tablados de Broadway durante veintiún años ininterrumpidos. Wallace se convirtió en un héroe y según he leído, es el único escritor que tiene una estatua en el National Statuary Hall del Capitolio de Washington, representando a su Indiana natal.

Imagen del National Statuary Hall, donde está Wallace. Foto:  USCapitol - National Statuary Hall since July 1864, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=50738699
                         
Poco estoy hablando de la historia de Ben-Hur, porque asumo que es conocida por todos. La novela comienza con el encuentro de tres sabios venidos de los confines del mundo: Baltasar el egipcio, Melchor el hindú y Gaspar el griego. Un espíritu, en el que reconocen la verdad que buscaron toda la vida, les conmina a acudir ante la inminente llegada del Salvador. La escena está relatada con verdadero misterio y devoción. Resulta sugestiva, ¿entonces es una novela religiosa? Sí pero también algo más. Wallace escribió la historia de Cristo, pero no la dejó en primer plano, sino como ruido de fondo.

El mensaje cristiano, en cualquier caso, influye en la evolución del protagonista. Este es ficticio. Se llama Judá Ben-Hur, es un príncipe saduceo de Jerusalén al que una fatalidad le hace caer en desgracia. Una desgracia aprovechada (y alentada) por el que había sido su amigo en la infancia y pasa a convertirse en enemigo mortal: el cínico y descreído romano Mesala (Stephen Boyd). Ben-Hur será condenado a galeras y su madre y hermana encerradas de por vida en una lúgubre mazmorra. Solo el ansia de venganza y la caridad de un extraño que da de beber a Ben-Hur cuando estaba a punto de sucumbir, mantienen en pie a nuestro héroe. 

La casualidad teje extraños encuentros, finiquita o da segundas oportunidades. Hasta en las vidas más insignificantes deja su impronta, no la iba a dejar en la de este héroe. Ben-Hur llama la atención del duunviro Quinto Arrio, que se embarca en una lucha contra los piratas que dificultan el comercio de Roma en el Egeo. La galera naufraga, pero Ben-Hur salva de morir a  Quinto Arrio. Este le hace su hijo adoptivo, un giro total del destino que le permite regresar en busca de su madre y querida hermana, de las que nada sabe y de paso vengarse de Roma, personificada por el cruel Mesala. En Antioquía, toma contacto con Simónides, un antiguo sirviente de su padre que ha logrado a pesar de las torturas de Roma, mantener a salvo parte de la fortuna de la familia Hur y con el jeque Ilderim (genial Hugh Griffith), un árabe apasionado por la carreras de caballos. Los tres comparten el odio a Roma y darán su escarmiento a Mesala en el circo. 

No quedará aquí la venganza, porque traman levantarse contra el Imperio y viven animados por el rumor de que ha nacido el rey de los judíos. Sueñan con que lidere su rebelión y conduzca a la victoria sobre Roma. Pero el Mesías no trae un mensaje bélico, ni mucho menos. Aunque da muestras sobradas de su poder. Ben-Hur entonces entra en cortocircuito y por ahí viene su transformación y apoteosis final.

Lew Wallace en su estudio (Foto: https://www.religionenlibertad.com/cultura/51629/lew-wallace-era-agnostico-escribio-benhur-para-aprender-sobre-cristianismo.html)
El estilo de Wallace es como corresponde al tema. Sobrado de descripciones, con continuas llamadas al lector. Las casualidades están por doquier, a los lectores descreídos esto les molestará, pero así se hacen los libros de aventuras creo yo. Algunas transiciones se resuelven con tres frases, la trama da algún que otro bandazo. Las cosas más increíbles pasan cuando menos te lo esperas.

La confusión de Ben-Hur, que espera encontrar un rey inclemente, ungido de dignidad imperial y se topa con un joven humilde y compasivo, con extraordinarios poderes que rechaza emplear para evitar su muerte en la cruz, es uno de los momentos más logrados de la novela. Luego están los pasajes míticos de la película, tan emocionantes como en formato panorámico. A pesar de perder el factor sorpresa, leerlos no me ha privado de todo un aluvión de emociones. La lectura y el cine se complementan, pero creo que tocan fibras diferentes de la sensibilidad humana.

La recreación de la vida en las galeras, el encuentro y la salvación de Arrio es excepcional. La carrera de cuadrigas y toda la intriga previa, te enardece hasta tal punto que pierdes la noción del tiempo y el espacio. Esa sensación de arrebatamiento, de ser trasladado a otro lugar, de vivir emociones intensas nunca experimentadas es lo que me ha hecho vibrar con la lectura, hacer que los días de encierro dedicado a sus páginas hayan transcurrido en Antioquía, Jerusalén y cerca de un vergel con palmeras datileras y corceles de raza árabe (en la película son españoles), en lugar de en mi piso con paredes de cartón. La literatura hace viajar, te lleva a universos paralelos. También lo hace el cine, pero de manera menos introspectiva y por menos tiempo. La pasión y crucifixión de Cristo conmoverán al más acérrimo de los ateos. La liberación de la madre y hermana de Ben-Hur, su piel leprosa, estremece tanto como en la película, si no más. 

Según he leído, la novela de Wallace, junto a la Biblia y Lo que el viento se llevó nunca han estado fuera de catálogo en EE.UU. ¿Quiere esto decir que es un clásico a la altura de, por citar su principal referente, El conde de Montecristo? No creo. Su mensaje cristiano y la adaptación de Wallace, le dan punto extra. No ha perdurado solo por su valor literario. Para la mayoría de cinéfilos la película es superior, si medimos lo que cada obra representa en su respectivo arte, la adaptación de Wyler se lleva el laurel. Pero es una gran novela de aventuras con una gran impronta espiritual. Cristo, en realidad, hace un cameo. Deja su mensaje redentor, pero no es el protagonista. Es Ben-Hur, encarnado en el cine por la mirada humeante de Charlon Heston. Merece la pena ver la película y leer el libro, sea la semana santa o pagana, sea entre rejas o en libertad.

sábado, 4 de abril de 2020

Lecturas para el confinamiento: "Guerra y paz" de Liev Tolstói



Estar confinado te pone frente a un espejo en el que no acostumbras a mirarte. Son tantas horas contigo mismo que se te acaba cayendo la máscara y puede no ser del todo agradable. Solo compensa la paz del cielo, el insólito silencio (roto por algún vecino reguetonero) y los pájaros campando entre los tejados, saltando sobre las antenas, señores de un aire limpio de carbonilla. Trato de que este espacio no sea mi muro de las lamentaciones. Para eso reciclé las hojas libres de un viejo cuaderno donde me he dedicado a verter mi ponzoña de estos días, alimentada por una fiebre sospechosa. A nadie escapa que el número de contagios es muy superior a lo que indica la estadística oficial y viviendo en el Wuhan de la Mancha, como nos ha bautizado un periodista malicioso, no descarto la posibilidad de que mi convalecencia tenga como origen el innombrable. Por suerte no ha ido a más, cientos de mis vecinos no pueden decir lo mismo y algunos ya descansan, otros se debaten en un laberinto de camas, mascarillas de buceo y bombonas de oxígeno. Escapar de la desgracia no me hace sentir afortunado, contra toda lógica.

En medio de la tempestad, echado en mi camarote, he atacado dos clásicos de literatura espumosa, dos colosos: Flaubert y Tolstói. Cualquiera se pone a escribir después de leerlos. Pero hacerlo me calma. Ahoga todas las voces que últimamente me maltratan. Imagino que el típico picoteador bloguero abandonó la lectura de este post hace tiempo. Así que me relajo. Quería hablaros de esas dos obras maestras, aunque por espacio lo haré solo de una de ellas (la otra es Salomé de Flaubert, excesiva y maravillosa). 

Heredé Guerra y paz de un tío de mi mujer. Murió de cáncer, uno de esos tumores que degradan al enfermo hasta convertirlo en un despojo de sí mismo. Mi mujer se quedó sin madre siendo muy niña y la familia de su tío la acogió durante unos años como una hija más, hasta que mi suegro pudo volver a encajar el puzle familiar. Para ella fueron tiempos felices, que la marcaron. Cerca del mar, en Altea la bella. Desde su balcón veía la cúpula azul de la iglesia, la sierra de Aitana y los bancales con limoneros y naranjos. Más de treinta años después todavía conserva una atracción irresistible por el Mediterráneo. Así que perder a su tío, que hizo de padre unos años, aún a pesar de que tenía un carácter serio, reservado, duro en apariencia, fue otra muesca a su temprana orfandad. Lo conocí, le gustaba hablar conmigo porque con la jubilación se había puesto a estudiar y yo era un docente primerizo. Presumía de ser el mejor de la clase, alardeaba de sus sobresalientes y me explicaba, como si no fuera a entenderlo, con ese punto soberbio del neófito, cosas que yo ya había leído mil veces. Era displicente conmigo, pero le dejaba hacer. No entendáis esto como un mal recuerdo, soy tan prudente y reservado con mis interlocutores que me presto a situaciones de ese tipo. Cuando visitamos a su tía, meses después del sepelio y encajada la viudedad, nos dio varios hatillos de ropa para mi suegro y nos mostró los libros de aquel estudiante tardío, metidos en caja. Había enciclopedias, colecciones de clásicos, el arsenal autodidacta pre-Internet. Iban a tirarlo y me invitaron a coger lo que quisiera. Venciendo la timidez y por no quedar mal, me hice con un ejemplar de Guerra y Paz. La promesa de que era una nueva traducción del original ruso y su carácter manejable, me ayudó a vencer mis reservas.


Guerra y paz | La historia interminable
El libro que heredé del tío Juan y edición que he leído. 
El libro estaba nuevo, sospecho que nunca fue abierto. Si seguís por aquí, estáis notando que afrontar una reseña de Guerra y paz no es cosa fácil y me estoy yendo por las ramas, de hecho apenas daré unas pinceladas. Mi edición, con apéndices, tiene la friolera de 1854 páginas. Algunas se han soltado de la encuadernación, así que puede que no resista una segunda lectura, ¿lo heredará algún lector futuro, como yo? Tolstoi lo escribió cuando se encontraba en el albor de su fama, con treinta y tantos, que es cuando se escriben muchas de las grandes obras. Recién casado, feliz, tuvo sus primeros hijos y ya vivía en Yasnaia Poliana. Entre 1863 y 1869 pergeñó miles de páginas, hasta siete versiones, que corrigió y pasó a limpio una joven de 18 años con la que acababa de contraer matrimonio, Sofía Andreievna, escritora a reivindicar (¿inspiro a la Natasha de la novela? Quiero pensar que sí, porque he leído que Tolstoi se basó en los diarios y escritos de su mujer para dar vida a sus personajes femeninos).

Guerra y paz es la historia de cuatro familias de la aristocracia rusa, en el contexto de las guerras napoleónicas. Seguiremos las peripecias de sus personajes, extraordinarios y vivos ante nuestros ojos. Es el milagro del escritor demiurgo. Tolstoi los define con breves pinceladas, detalles que usa como recurso definidor y repite hasta el final. Entre todos, destacan para mí Natasha Rostov, el príncipe Andréi Bolkonski y Pierre Bezújov. Un narrador omnisciente nos relata los detalles de sus vidas, los exprime, aparta y recupera, pero nunca los descuida. El amor, la muerte, la lucha por la vida, la lealtad, la envidia, la frustración, la angustia, las dudas que embargan cualquier existencia, emociones y dilemas humanos de cualquier época, de eso trata Guerra y paz. Ese marco general es lo que convierte a los clásicos en atemporales. Se ocupan de lo humano, en su generalidad, por eso no envejecen.

Entreverado, hay mucho más. Hay una novela histórica, con personajes reales que quizá con la excepción del general Kutúzov resultan algo acartonados y contrastan con los verdaderos protagonistas. Hay mucha teoría militar, usos amorosos (extraños en los actuales tiempos del poliamor) y política decimonónica (en esto no hemos cambiado tanto). Jalonan el texto prolijas reflexiones de Tolstoi sobre la construcción del relato histórico, que podrían constituir un aparte. Para el lector enganchado con los Rostov, Bezújov y compañía, estas digresiones pueden hartar: todos los clásicos tienen partes donde falla el consenso (recuerdo el relato de la batalla de Waterloo en Los Miserables). De hecho, uno de los primeros y autorizados entusiastas de la novela, Flaubert, lamentó que la segunda parte del epílogo estuviera dedicada íntegramente a disquisiciones teóricas y filosóficas.

Es cuanto menos una paradoja que uno de los hitos de la historia rusa, la derrota de Napoleón (que recibe su correctivo de parte de Tolstoi, defensor de una idea de la historia donde los “grandes hombres” no son sino meras comparsas del devenir de los tiempos) ocurriera en un tiempo en el que era habitual el uso del francés por las clases altas de Rusia. De hecho, los personajes de Guerra y paz alternan el ruso y el francés con toda naturalidad. Es incómodo para los negados como yo y hay que irse al final donde están las traducciones. 


Pierre Bezújov interpretado por Anthony Hopkins, en una versión de "Guerra y paz" que produjo la BBC en 1972 (foto: https://www.dvdtalk.com/reviews/31385/war-peace-1972/)
La lectura de Guerra y paz ha sido un retorno a esos tiempos de libros subyugantes. Al acabar, tengo la sensación de haber vivido junto a unas personas que no existen sino en el papel, pero que me han dejado huella, a las que quiero y por las que he sufrido. Tanto como si fueran de carne y hueso. Resulta extraño ser arrastrado así por meras ficciones. Entre ellas, las diferentes revelaciones con las que el príncipe Andréi entiende el sentido de la muerte y de la vida, personificadas en el cielo de Austerlitz y un viejo roble que se resiste a la llegada de la primavera. Me han conmovido hasta el tuétano. Sé que no soy el primero, son archifamosas, pero si estos pasajes han tocado el alma sensible de tantos miles de lectores será por algo. No voy a dejar de mencionarlo por eso.

De entre todos los personajes, por ir acabando, voy a destacar a Pierre Bezújov. Miope, benigno y pasivo, de naturaleza melancólica, con escasas habilidades sociales, se deja arrastrar y no sabe cómo encarar su existencia. Al principio me parecía que Tolstoi hablaba de mí, pero por desgracia yo me he quedado varado, soy esa tuerca girando, pasada de rosca, que ni aprieta ni afloja y en cambio Pierre logra, sin renunciar a su naturaleza (a la que en realidad no se puede renunciar, porque te la llevas a la tumba), llenar el vacío de su alma. Amigo Pierre, ojalá logre seguir tus pasos.

Guerra y paz es un libro que trasciende la época que representa y en la que fue escrito, los clásicos rara vez decepcionan y se mantienen como un manantial donde el lector sensible (no el cínico sabelotodo) podrá saciar su sed. Hace días que lo acabé y no he buscado repuesto (excepto la lectura esporádica de Walden, que dirige el blog El infierno de Barbusse), quiero que fermente, quiero seguir viviendo con sus personajes: que no se vayan, que no me abandonen porque me han hecho sentir más humano y menos solo.

martes, 17 de marzo de 2020

"Dos hermanos" de Bernardo Atxaga


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Tenía reservada esta novelilla de Bernardo Atxaga para degustar en un momento especial. La compré en un rastro, en la portada un joven lucha contra una serpiente, que se le ha enredado por el cuerpo. Parece un Laocoonte campesino. Esa serpiente bien podría simbolizar el rencor, la ira incontrolable, la envidia maliciosa o los celos. Todas aquellos sentimientos que pueden asfixiar, triturar todo lo bueno que yace en nosotros. El título, Dos hermanos, de reminiscencias bíblicas, acentúa esa aura de tragedia.

Nunca pensé que afrontaría su lectura en mitad de esta tempestad que nos abruma. Aún no estamos en el ojo del huracán, apenas han caído las primeras gotas. Me siento decepcionado porque la sociedad más igualitaria, próspera y formada de la historia sea capaz de engendrar tanto egoísmo. Un egoísmo que vacía los supermercados y llena las playas. Esta tarde he tenido que salir, con permiso del estado de alarma. Mi hijo requería unas medicinas para alejar el coco del broncoespasmo en primavera. La farmacia era la representación de la abundancia y del terror.

Después he ido al super que hay al lado, para proveerme de víveres. Las vitrinas estaban esquilmadas y unos pocos errantes, vagaban guarecidos bajo sus protecciones de látex. Humanos eludiendo a otros humanos y a la vez, buscándolos. Ha sido curioso: me evitaban al principio, pero luego hacían un gesto de arrimo involuntario. ¿Querían compartir su miedo? Una anciana se me ha acercado por detrás, encorvada, con un bastón tembloroso. No encontraba las patatas. He localizado una malla de un kilo entre dos cajas: los tubérculos lavados, esplendorosos, del tamaño de kiwis. La mujer ha suspirado cuando le he dicho el precio. No se acerque a nadie, señora, los mayores tienen que ir con mucho cuidado por el virus. Se ha reído y han brillado sus ojos octogenarios. Hay muchos ancianos solos, rebuscando en los estantes semivacíos: cuando fue la marabunta, no pudieron ni acercarse a la puerta. Quedan cigalas en la sección de congelados, ternera Angus en las carnes y mucho vino, ¿nadie compra vino en el Apocalipsis? Pero no hay patatas, ni zanahorias, ni pollo.

Dos hermanos es una fábula, con todo el légamo de la claustrofobia de aldea, donde el drama asoma también en los símbolos, como mi pobre anciana gibosa espigando patatas. Desde el principio sabes que todo saldrá mal en esta historia. Porque comienza con la muerte. En un lugar mítico: Obaba, que uno imagina como un valle fragante y sombrío. Un hombre agoniza y como aconseja la buena muerte, debe dejar sus asuntos arreglados. Tiene dos hijos, Paulo, al que dirige su última voluntad y Daniel. Cuida siempre de Daniel. Cuida de tu hermano en todo momento, tanto si llueve como si luce el sol, tanto en julio como en cualquier otra época del año. Tú eres el único que puede cargar con esa tarea. ¿Qué le ocurre a Daniel? No es una persona normal, pero tampoco es un trapo viejo. Es tu hermano, el único que tienes.

         
            Adaptación al cine de Dos Hermanos (Bi Anai), por Imanol Rayo.         

La vida de estos huérfanos se verá entrecruzada con las de Carmen y Teresa. Carmen es prima de Paulo, sus familias se separaron por agrias disputas y siente una mezcla de repulsión y atracción por su primo, un deseo morboso de venganza y a la vez anhelo. Teresa está enamorada de Paulo y encuentra en Daniel y su naciente deseo sexual, una manera de acceder a su amado, que alentará Carmen para llevar a cabo su plan fratricida. El desenlace llegará en pocas páginas. Nos lo cuentan los animales del bosque, guiados por una misteriosa voz. El pájaro, las ardillas, la taimada serpiente (extasiada por el odio que domina a Carmen), incluso las estrellas: son nuestro narrador omnisciente, pero sin capacidad para torcer lo que parece escrito. Son, en cualquier caso, transmisores (¿y símbolos?) de los sentimientos que arrastran a nuestros personajes. Con ese recurso fantástico, originalísimo, Atxaga nos lleva a un espacio irreal y a la vez conocido, de sentimientos primitivos y devastadores. El destino es inamovible y desemboca en la perdición. El rencor acumulado, como el veneno de la serpiente, lo extermina todo.


Dos hermanos fue escrita en Euskera con el título de Bi anai y luego, años más tarde, recuperada por el autor y traducida por él mismo. Lo que implica, de hecho, una reescritura. No dejó de extrañarse Atxaga ante sus propias palabras, como concluye en el epílogo: imposible volver a ser lo que fuimos antes, imposible escribir como entonces, imposible encontrar la palabra exacta sin traicionar el original. De ahí que, a pesar del parecido, este Dos hermanos no sea aquel Bi anai. En términos vagamente aritméticos, yo diría que Dos hermanos es igual  a Bi Anai más-menos once años de la vida de su autor. Bernardo Atxaga (seudónimo de José Irazu Garmendia) es uno de los escritores en euskera más prestigiosos y Premio Nacional de Literatura 2019. Merece la pena adentrarse en el mítico Obaba para volar, como el pájaro narrador, hacia sus inmediaciones:
Emprendí el vuelo dispuesto a cumplir la orden que había recibido de la voz, y volé valle bajo hasta que le torrente adquirió la anchura y profundidad de un río, y luego seguí volando por encima de los alisos que, en lugares como Obaba, siempre acompañan la marcha del agua hacia el mar. Después de un tiempo, observé que el río se remansaba y que la fila de alisos se interrumpía para dejar sitio a una construcción rodeada de troncos de madera y castillos hechos de tablas, y supe que aquello era un aserrador y que mi primer viaje estaba a punto de concluir. Era ya el atardecer, y el cielo era amarillo y azul, amarillo intenso en la parte donde se estaba poniendo el sol y azul pálido en el resto.
Ahí os dejo.