viernes, 19 de julio de 2019

DESCONEXIÓN DE VERANO

Off The Hook Photographic Print by Rangizzz at AllPosters.com
Las vacaciones existen para desconectar. Dicen que los romanos fueron los primeros (como en casi todo) y en la época del romanticismo las clases adineradas hacían su grand tour en busca de lo pintoresco. Solo con la llegada del Estado controlador, primero el totalitario y luego el de bienestar, nació el turismo masivo. Parece mentira que algo tan ubicuo sea tan reciente. En cualquier caso, la palabra desconexión a día de hoy implicaría más bien una acción radical: desactivar los datos del teléfono móvil y guardar el módem en su caja. Estamos tan enganchados que un apagón masivo y prolongado pondría el mundo patas arriba.

Durante un tiempo me creí inmune, porque no tengo Facebook ni uso Whatsapp más que lo imprescindible, por supuesto huyo de los llamados “grupos”. Puede que esto haya hecho resentirse mi faceta socializadora, que como introvertido tampoco era gran cosa. Sin embargo, las tecnologías de la información y la comunicación son un agujero negro, ni la luz escapa a su influencia gravitaría. Por eso, me veo pegado al ordenador demasiado a menudo y más cuando acaba el curso y dispongo de tiempo “libre”. Hago búsquedas constantes, sobre todo, de Gogol a los sinápsidos, de amplificadores a válvulas a portátiles full HD, leo la prensa, visito blogs, veo vídeos (en inglés, mejor). Soy tan inquieto que recibo todos los días un aluvión, una riada. Y me pregunto cuánto queda de tanto, porque una mente humana no es un pozo sin fondo. Menos una inteligencia promedio como la mía. Esto me angustia, las horas que paso conectado y recibiendo conocimiento, gran parte del cual se evapora al instante (llevo un cuaderno para apuntar algunas cosas y es aterrador releer y comprobar que apenas recuerdas haberlo hecho).

Me siento una pastilla efervescente. Siempre en agitación, pero menguando cada vez más. Por eso voy a aplicar la palabra desconexión en un sentido más exacto y justo: reduciré la dosis. No toda, porque sería un fracaso. Tengo alicientes para poder pasar el trance, solo hay que levantar la vista de la pantalla. Volveré en septiembre para seguir compartiendo lecturas y entre tanto, os deseo que paséis un feliz verano (desconectados).

lunes, 15 de julio de 2019

"Solo hay una clase de monos que estornudan" de Ezequías Blanco


El mundo del relato corto en realidad es galaxia, universo si se quiere. Así que cuando leo sobre talleres literarios, me parece que el profesor debe verse en serios aprietos y al final tendrá que acotar. No vas a decir a tus alumnos que vale todo, pero como lector, me cuesta encontrar semejanzas entre, por ejemplo, Ignacio Aldecoa y Lydia Davis. Quitando la extensión, claro, el cerco de palabras (¿diez?, ¿diez mil?). Bien, con estas líneas no pretendía pontificar, tan solo introducir el libro de Ezequías Blanco. Un libro de relatos o cuentos, mejor dicho, porque algunos títulos tienen ese sabor añejo. Un tanto alejado de otros autores que en la actualidad copan el género en España, no encajaría este libro en, por ejemplo, Páginas de Espuma. 

He entrado en Solo hay una clase de monos que estornudan con pase VIP, me lo proporcionó Juan Carlos Galán, que con su sapiencia habitual se hace cargo del prólogo. Quizá es un orgullo un tanto infantil decir: conozco al prologuista. Yo soy un átomo, invisible, pero necesario: leo y comparto. Sin este entramado, que forman otros millones como yo, se acaba el mundo.

El libro está editado con gran calidad por Huerga y Fierro y se compone de 19 historias de brevedad variable. Por los relatos de Ezequías Blanco figuran personajes estrafalarios. Su ubicación es imprecisa, pero se mueven entre lo rural y lo urbano, entre el mundo tradicional y la modernidad incipiente. Conozco ese ambiente, porque lo he vivido. En mi infancia de los ochenta, en un pueblo con aspiraciones urbanas, había calles de tierra, oficios antiguos entonando el canto del cisne, excéntricos y locos fuera del alcance de los servicios sociales y en definitiva, quedaba todavía rastro del mundo rural arcaico, al que se iba solapando (y destruyendo) la modernidad globalizadora. Así, los relatos de Solo hay una clase de monos que estornudan tienen protagonistas de nombres imposibles (mi favorito, con diferencia, Acacio), a los que les suceden todo tipo de sucesos hilarantes, a veces, surrealistas, otros. El léxico, ya lo dice Juan Carlos en su prólogo, es rico, variado, con esa impronta extinta que en los pueblos manejamos aún, como herencia inmaterial.

Las historias se desarrollan con requiebros. De lo lírico a lo escatológico. De lo profundo a lo banal. Hay costumbrismo y también tremendismo. Otro “ismo”: realismo, pero con espacio para lo fantástico (o fantasmagórico). Humor, retranca que roza la mala leche, pero con una mirada no exenta de compasión hacia personajes solitarios, locos, débiles, pobres, siempre nadando en los márgenes. Si se suma todo, al final, que es cuando se aprecia el bouquet de un libro, tenemos un título notable. No apto para todos los gustos, claro, habrá quien se sienta desconcertado por las tramas ligeras que Ezequías intercala con otras de más calado reflexivo. Es muy gracioso el Cristo atrapado entre todo el material de almacén de un instituto, clamando para que lo liberen de aquella cruz (y de la burocracia). Lo es menos el final de Aniano, vendedor de zapatillas de segunda mano. El título da a entender una historia humorística, pero es una pista falsa. Lo mismo ocurre con La romería de los cabrones. Ya se lo olían las cotorras es otro despliegue de ocurrencias, con lirismo de alto nivel entreverado.

En definitiva, un libro de relatos con personalidad, el sello propio que imprime Ezequías Blanco escribiendo en deliciosa anarquía. 

Enlace a la editorial, pinchando aquí.

miércoles, 10 de julio de 2019

"Los ejércitos" de Evelio Rosero

Los ejércitos | Planeta de Libros

Ismael Pasos, un viejo profesor jubilado, mata el tiempo de retiro en su huerto, recolectando naranjos mientras contempla a su vecina Geraldina, que toma el sol desnuda. Su marido rasguea una guitarra. El tiempo transcurre con placidez tropical, envuelto en una gasa de ensoñación. La prosa de Evelio Rosero es dulce y carnosa como una papaya. Te adormece, deleita con su masaje de palabras encadenadas.
La mujer del brasilero, la esbelta Geraldina, buscaba el calor en su terraza, completamente desnuda, tumbada bocabajo en la roja colcha floreada. A su lado, a la sombra refrescante de una ceiba, las manos enormes del brasilero merodeaban sabias por su guitarra, y su voz se elevaba, plácida y persistente, entre la risa dulce de las guacamayas; así avanzaban las horas en su terraza, de sol y de música.
La novela atrapa por su sensualidad:
Geraldina lanzó una risotada: era una bandada de palomas explotando intempestiva a la orilla del muro (…) No percibía todavía que toda mi nariz y mi espíritu entero se dilataban absorbiendo las emanaciones de su cuerpo, mezcla de jabón y sudor y piel y hueso recóndito. Tenía en sus manos la naranja y la desgajaba. Se llevó al fin un gajo a la boca, lo lamió un segundo, lo engulló con fruición, lo mordía y las gotas luminosas resbalaban por su labio.
Me veo ante un tratado de estética, una alabanza a la contemplación de lo bello. Esos dardos efímeros que nos enardecen, estimulantes y que cada vez paladeamos con menos frecuencia porque la burbuja tecnológica teje su trampa con nuestro consentimiento. Pero de eso está hecha la buena vida, de fragmentos de luz, de anhelos y dejar la miel siempre en los labios. 

Sin embargo, en el pacífico San José, encajado entre la montaña y la selva, han pasado cosas. Rosero lo recuerda, como un hueso duro que rompe el diente al morder la fruta. Hay desaparecidos. Hay restos de pólvora, aquí y allá. La novela entonces, su fresco carnoso y lánguido, se degrada. Aparecen los soldados. La violencia. La guerra. Una guerra desconcertante para un europeo. Porque no es una guerra de ideas, de pérfidos invasores y héroes que defienden su terruño. De católicos contra protestantes, de moros y cristianos. Es un conflicto extraño, que se ceba con los habitantes de San José. Secuestros, extorsiones, corruptelas. El narco, los paramilitares, la guerrilla, el ejército. Los ejércitos. Todos luchan contra todos y los personajes que Evelio Rosero ha ido presentando en las primeras páginas se van deshaciendo, son quebrantados por una violencia irracional, sin sentido. ¿Por qué muere la gente? ¿Por qué mata? La inacción del gobierno es total, el abuso de poder flagrante, una violencia absurda lo anega todo. Rosero no dedica ni una palabra a buscar justificaciones. Toda la novela es un homenaje al pueblo inocente, que padece el exterminio.
Me finjo muerto, me hago el muerto, estoy muerto, no soy un dormido, es en realidad como si mi propio corazón no palpitara, ni siquiera cierro los ojos: los dejo perfectamente abiertos, inmóviles, inmersos en el cielo de nubes arremolinadas, y escucho el ruido de botas, próximo, idéntico al miedo, igual que si desapareciera el aire alrededor.
El anciano esteta, el mirón que se recreaba en una porción de muslo, se encuentra nadando en el infierno. Todo es degradación, puertas cerradas y su mundo se desmorona, mientras recorre San José en busca de su mujer Otilia. Jóvenes armados que le perdonan la vida, su casa se hunde, sus vecinos desaparecen y Geraldina, aquel monumento carnoso, se transforma en una estatua de luto. El final, comparado con el inicio, es de un contraste dañino. Doloroso. Perturbador. Evelio Rosero plantea el absurdo de la guerra con minúsculas, de la que no se habla ni llena los libros de Historia, siendo la que más destruye y lo hace recreando un inicio bello, fulgurante, para lanzarnos al contrapunto, al tenebrismo. Ese impacto, que ilumina al lector como un rayo y adquiere el tono de una pesadilla. De la que no deja despertarnos.

Evelio Rosero nació en Bogotá, Colombia, en 1958. Los ejércitos recibió el II Premio Tusquets Editores de Novela en 2006 y fue elegido por The Independent mejor libro traducido al inglés en 2009. En este vídeo de YouTube el autor explica cómo concibió la novela:

            

martes, 2 de julio de 2019

"De noche, bajo el puente de piedra", de Leo Perutz


De noche, bajo el puente de piedra | El mar de tinta

En pintura, lo "orgánico" se refiere al predominio de la línea curva, a formas abiertas y contornos irregulares, como en la naturaleza. Lo contrario es lo “geométrico”, la línea, el punto, la forma cerrada. La simetría y el orden, en suma. La “plasticidad” es la capacidad expresiva de una obra y guarda relación con sus efectos sensoriales. En cambio, la “rigidez” o “hieratismo” es un problema para una pintura (o escultura), la pura muerte, porque interrumpe el flujo de emociones. Mis lecturas de estética quedan ya muy lejos, pero considero que la obra literaria puede encajarse en estos dos estándares utilizados en las artes plásticas. Leyendo consejos para escribir novelas o relatos sin embarrarse o que se rían de uno, suelo observar el predominio de lo geométrico sobre lo orgánico, de lo rígido sobre lo plástico. El resultado desemboca en un artefacto que apenas genera emociones profundas. Es igual que el galvanismo, que inducía corrientes eléctricas en seres muertos para provocar la ilusión de vida. O el típico respingo al que recurren las malas películas de terror. Pero con De noche, bajo el puente de piedra, he asistido a un despliegue de autenticidad. Una planta trepadora que ha ido floreciendo mientras leía, un libro singular que es plástico, por su riqueza expresiva y es orgánico por su viveza, conjunción de elementos y capacidad de transformación.

Leo Perutz nació en Praga en 1882. Judío de origen sefardí, su apellido deriva de Pérez y la patria de sus antepasados fue Toledo. De Toledo a Praga, dos ciudades con mucho en común, ya que en ellas impera la magia y el misterio desde sus cimientos. Toledo fue corte imperial, desde el reconstruido Alcázar y en Praga, señoreada por su castillo, buscaba la piedra filosofal Rodolfo II, nieto de Carlos V o sobrino de Felipe II si se quiere, Habsburgo excéntrico, en suma. Rodolfo II (1552-1612) es uno de los personajes principales de De noche, bajo el puente de piedra. Su contrapunto es el judío Mordejai Meisl, alguien con la mala suerte de ser perseguido por el dinero. Por mucho que se empeñe en perderlo, se le multiplica en los bolsillos. El libro está compuesto por una serie de historias independientes. Expuestas sin orden cronológico, al principio uno se cree frente a un libro de relatos con coherencia argumental y temporal. Pero haciendo valer ese organicismo al que me refería antes, conforme transcurre la lectura sus personajes e historias se van interconectando, creando vectores y al acabar uno duda y quizá es mejor calificar el artefacto de novela. Una novela que es como un gran jardín botánico, como un cuadro de Arcimboldo, pintor que inmortalizó precisamente a Rodolfo II valiéndose de hortalizas. Todo florece, estalla, se imbrica y se retuerce en este vergel. Lo que parece real se transforma en fantástico. Lo histórico, en legendario y fabuloso. El tono moralizante, en simpática ironía, humor y sarcasmo. Un libro vivaz, cambiante, como la atmósfera en otoño.

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Rodolfo II, según Arcimboldo (Foto: Wikipedia)

El narrador cuenta desde el presente y dice ser estudiante de medicina, pariente lejano del rico Meisl. Desgrana las historias de la Praga de finales del s. XVI, del barrio judío y la corte de Rodolfo II, en la antesala de lo que sería la primera guerra europea, devastadora y ya olvidada, aunque duró nada menos que treinta años. Pero de momento tenemos un emperador atormentado, que vive entre tinieblas, alquimias y fogonazos de lucidez. Una historia de amor cuajada en una hermosa metáfora, que no desvelo. Tenemos esoterismo, alquimia y sentido del humor. El estilo narrativo se basa en el cuento de tradición oral, en la fábula y muchos relatos están aderezados en su conclusión con giros argumentales y sorpresivos.

Algunos apuntes, que no está el verano para hacer reseñas kilométricas: la novela fascinó al puntilloso Borges. La traducción, aplaudida por los que saben, es de Cristina García Ohlrich. Se escribió a lo largo de treinta años de interrupciones nada anodinas: nazismo, exilio, llegada y huida de Israel. Fue publicada por El Aleph en 1988 y recuperada por Libros del Asteroide en 2016.

Solo lamento haberlo leído a sorbos y dejando demasiado espacio, pensando que era un libro de relatos, hasta que la familiaridad de temas, nombres y motivos, me hizo verlo bajo otra perspectiva. No importa, siempre podré regresar a ese tiempo perdido, donde los hombres aún creían en fantasmas y se sentaban al fuego para escuchar historias.

jueves, 20 de junio de 2019

"Americanah" de Chimamanda Ngozi Adichie


Americanah | Katakrak

Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria, 1977) es una estrella global gracias a dos charlas TED: The danger of a single story (2009) y We should all be feminists (2012), base del  libro Todos deberíamos ser feministas. Pero detrás del activismo, hay una mujer sólida no solo en sus convicciones, sino en su narrativa. Como viene siendo habitual —y explica mi persistencia por estos parajes virtuales—, he leído Americanah por influjo de otros blogueros.

Un poco intimidado por sus más de seiscientas páginas, dejé el libro madurar en mi estantería varios meses, hasta que por fin le hinqué el diente y resultó una comida larga, interrumpida por el ajetreo del final de curso, pero nutritiva y de fácil digestión. Siempre que pienso en África irrumpe Hans Rosling. El demógrafo y médico sueco consideraba a África el continente del futuro. Algo así como una China emergente. No puede ser, diréis, ¡África nada menos! Pero vayamos al “factfulness” patentado por Rosling. En 1950 el 22% de la población mundial residía en Europa. En África tan solo el 9%. En 2050 se calcula que en Europa vivirá un exiguo 7% de la humanidad (buena parte de orígenes no europeos) y en África el 25%. Para 2100, si no ha venido el Apocalipsis, cuatro de cada diez personas del planeta Tierra vivirán en África. Una vuelta a la tortilla en toda regla. ¿Cómo descartar a la ligera al continente negro ? Es verdad que se enfrentan a desafíos inmensos. Como todos. Ellos tendrán que lidiar con la superpoblación, proporcionar empleo, educación y sanidad a millones de jóvenes  y nosotros con el envejecimiento y el pago de insostenibles pensiones. ¿Qué os parece más difícil? Es un buen tema para escribir, pero este blog va de libros y no me enredo. Después de leer a Chimamanda, pienso en África también como tierra de oportunidades literarias.  Mientras en el mundo occidental producimos vacuos best-sellers y pesimistas masturbaciones, en Americanah encuentro frescura y novedad. Fuera acartonamiento, fuera narrador omnisciente harto de todo. En palabras de Carlos Pardo en El País: parecería que los escritores llamados poscoloniales (algunos africanos de su generación como Teju Cole o Binyavanga Wainaina) están llamados a dar, desde lo local, la medida del mundo en el que vivimos con una complejidad y lucidez que uno envidia en otros países colonizadores y colonizados a un tiempo, como el nuestro. Como aparezca una legión de Chimamandas y surja a su vez un mercado devorador de estas novelas, veremos como el polo creativo y lector se desplaza al sur.

La historia comienza en el salón de una peluquería. Ifemelu es de Nigeria, pero lleva quince años residiendo en EE.UU. Se prepara para volver a su país y mientras le trenzan el pelo recuerda su adolescencia en Lagos, su llegada  a la tierra de las oportunidades y todo su periplo personal y afectivo. Enseguida aflora el eje vertebrador de la novela, que es su relación con Obinze. Americanah es muchas cosas, entre ellas una historia de amor. Ifemelu es una mujer de carácter, fuerte por definición, rebelde. Tajante en sus opiniones, imperfecta porque casi siempre toma decisiones equivocadas. Como lector tengo mis reservas con ella, me irrita su cinismo y en ocasiones, hipocresía. En una entrevista que adjunto al final, Chimamanda asume que Ifemelu pueda caer mal, pero “nuestros fallos nos hacen más interesantes”.  Como decía, Obinze es el gran amor de Ifemelu, forjado en la adolescencia. Al contrario que Ifemelu, Obinze es un muchacho prudente, amable y que ha idealizado occidente a través de su literatura. Se ha criado con su madre, profesora universitaria y es de clase media (existe clase media en África). Una de las cosas que más agradezco a Chimamanda es el personaje de Obinze. Es un hombre sensible, empático, que tiene que lidiar con sentimientos que le desbordan, con su masculinidad natural y la cultural, que es aprendida. Un hombre donde he podido reconocerme, muy distante del arquetipo de depredador sexual, avaricioso y adicto al trabajo. Eso es un psicópata, no un hombre. A ver si algunas escritoras de moda leen esta novela y se enteran. Bien, pues los caminos de Obinze y Ifemelu se separan de forma traumática y se volverán a unir quince años después. En ese tiempo, la experiencia les han cambiado, Obinze el idealista se ha convertido en especulador inmobiliario y en cuanto a Ifemelu, la cínica, renuncia a un empleo-florero a favor del activismo social. Cosas de la vida.

La separación y reunión posterior de ambos sirve a Chimamanda para crear una historia de inmigración y desarraigo. Ifemelu recala en EE.UU. y Obinze en el Reino Unido. El libro nos cuenta los avatares del choque cultural, muy diferente por tratarse de contextos diferenciados, con lo cual la autora se apunta un tanto al no tratar occidente como un bloque homogéneo. No en vano criticó la "historia única" en su charla de TED. Así, Estados Unidos resulta más escorado hacia el racismo y el Reino Unido es clasista por definición. Sin embargo, la mayor parte de la novela se centra en Ifemelu, que en EE.UU. descubre su negritud. Suena raro, pero así es. La cuestión racial se erige como tema fundamental de Americanah, junto a las entradas del blog que Ifemelu escribe sobre el tema (ser una negra no americana en Estados Unidos), elemento original y de interés porque amplia los límites de la novela y los lleva hacia el ensayo, pero con el tono informal de un blog. En este punto Americanah es también una sátira. El dardo va dirigido a la clase alta y progresista de USA, en la citada entrevista Chimamanda lo reconoce: “con Americanah me reía demasiado de mis propios chistes”, no esconde la pretensión de reírse de todos y de todo, de las extremas dificultades de la élite blanca para tratar las cuestiones de raza sin caer en el farragoso lenguaje neutro y la condescendencia.

Cuando Ifemelu regresa a Nigeria encuentra un país en plena expansión, donde los emprendedores se afanan en ganar dinero fácil sin detenerse en cuestiones éticas. La ideología más exitosa de la historia es el consumismo, extensión del capitalismo global. Nadie se resiste a su influjo, ni en Nigeria, ni en China. Si acaso en las tierras perdidas de la selva, con gente sin manchar como el jefe de Papúa Mundiya Kepanga que recorre el mundo en defensa de los bosques. Así que tenemos un retrato de las miserias de esta nueva élite nigeriana de Lagos, una de las ciudades más pobladas del mundo.  

Quizá exagera Elizabeth Day, de The Guardian cuando afirma: There are some novels that tell a great story and others that make you change the way you look at the world. Chimamanda Ngozi Adichie's Americanah is a book that manages to do both, pero exagerar no es mentir. ¿Significa esto que me ha deslumbrado Americanah por su perfección? No, más bien lo ha hecho por su frescura y al tratar temas novedosos para mí. Por poner algunos peros, el libro está cargado de páginas intrascendentes. El lector perderá la paciencia en algunas partes, que parecen transcripciones caricaturescas de conversaciones reales y tan solo sirven para ahondar en lo que ya se ha dicho. Se repite un poco Chimamanda y le gusta dar vueltas en círculo, es verdad. Quizá sea por sugerencia de sus editores, ya se sabe: libro grande, ande o no ande. En cuanto a su pose crítica, la autora carga las tintas en occidente pero es menos severa en lo que respecta a Nigeria. Y se intuye que la corrupción allí es desaforada. Hace poco vi un documental donde una chica nigeriana, pescadora, se dedicaba al contrabando del diesel para pagarse sus estudios y soñaba con una gran casa, con un coche y criados. El sueño americano. Quizá en futuras novelas Chimamanda se atreva a hurgar en las vísceras de su país, que es parte de África, pero no es toda África, como bien se dice en el libro.  

A pesar de que llevo una hora escribiendo y sudando, porque ya sube el termómetro en el páramo donde vivo, tengo la sensación de que me ha quedado mucho por decir. Hay novelas que no admiten sustitutivos, o se leen con intensidad o no se entienden. Ni hay reseña que las explique.

           

jueves, 13 de junio de 2019

EL SOL DE UN LIBRO



Desde muy pequeño me atrajo el olor a papelería, la piel de membrillo de las gomas de borrar, los lápices afilados de fábrica y el susurro del grafito contra el papel. Me embriagaba todo esto. Pero era una criatura apenas destetada y como no sabía escribir tenía que limitarme a asir el lápiz y garabatear hileras de hormigas, siguiendo la cuadrícula del cuaderno. Así llenaba hojas y hojas.
Una vecina pasó por la puerta de casa de mi abuela con sus hijos y al verme, enfrascado en aquel simulacro de escritura, exclamó con asombro:
— ¿Pero es que sabes escribir, tan chico?
Aquella sensación de crecer dos cuartas se esfumó de golpe, cuando uno de los niños con los que iba señaló:
— ¡Qué va a saber, solo hace pintarrajos!
Me contemplo a mí mismo, minúsculo, sobre una silla con la tapa de enea que había tejido mi abuela, repintada tantas veces que la pintura formaba una costra sobre la madera. Preparando mi trinchera, el túnel que me iba a permitir la evasión durante tantas horas, cuando aprendiera a escribir y sobre todo, leer. El camino no fue fácil y al principio, la lectura tomó una apariencia inútil e incluso amenazadora, cuando los mayores perdían la paciencia conmigo, por no saber junta la "eme" con la "a" y doblaban la cartilla, blandiéndola como si fuera el atizador de la lumbre.
Una vez aprendí a leer, pronto reparé en que los cuentos no se apartaban de la vereda del mundo, porque bajo el envoltorio de gatos parlantes, ogros, niños del tamaño de un garbanzo y cuervos vanidosos, estaba la propia vida. La venganza, la obediencia y el castigo, una moral elemental que borboteaba en el puchero de la fábula, más eficaz que el insulto y el cinturón. Los pobres Hansel y Gretel, abandonados en el bosque por su propio padre (al que instiga una madrastra sin entrañas), pican el cebo de la casita de chocolate y acaban confinados en una jaula, entre los huesos de otros niños para servir de alimento a una bruja caníbal. La ilustración de mi libro mostraba a Hansel exhibiendo un fémur. La arpía asía el hueso pensado que era el brazo del desdichado, frustrada por la falta de engorde. En sueños, veía las manos crispadas de la bruja, hollada de lunares verdes y el hueso con los tendones resecos. La oía reír en mitad de la noche y el crujido de las tejas me parecían sus pisadas.

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Foto: crimereads.com (https://crimereads.com/fairy-tales-are-really-just-hard-boiled-crime-stories/)
La lectura era un consuelo solitario, pero de cuando en cuando se compartía como un pan. Pienso en mi abuela materna, que aprendió siendo adulta, con grandes dificultades y de hecho la escritura nunca llegó a dominarla, su letra se crispaba como la aguja de un sismógrafo ante la menor acometida del subsuelo. A pesar de todo, se hizo una lectora de las buenas y atizó también esta lumbre en mi madre. Durante mucho tiempo, mientras la vista le fue alcanzando, compartí con ella muchos de mis libros. Era una abuela manchega, labradora, no la matriarca de los Panero. Su guerrera era una bata negra, con el mandil de faena encima. Un pelo blanco indómito, como la cresta de un glaciar y grandes gafas de aumento, porque un ojo se le quedó velado cuando daba cal al patio. Tenía una vitalidad extraordinaria, entreverada con mucho genio, todo apretado en apenas un metro cincuenta de estatura. Y es que hay personas que son como volcanes, su fuego y vapor interno, su ánimo sulfuroso, desborda los límites de su cuerpo. Por eso estallan, llameantes, escupen humo, inundan de lava candente a los que le rodean. Por eso, supongo, dejan una huella en el relieve del recuerdo tan perdurable.
El granero esencial para procurar engorde a este afán lector, con un estómago como el mío, sin fin, era la biblioteca. Acudía por las tardes con un amigo, el Conrado. No era ningún arquetipo de grillo lector; de hecho, era tosco y le gustaba mezclar una palabrota con casi cualquier cosa. Así, había que subir la “puta escalera” y el bibliotecario lo era “de los cojones”, porque nos chistaba para que bajáramos la voz, modulada tras muchas tardes lanzando piedras en las eras o meando dentro de las galerías de los grillos para forzarles a salir y espachurrarlos a placer o buscando revistas guarras entre los escombros. Ningún Principito a la vista, pero leíamos. El Conrado aguantó menos que yo, eso sí, porque cuando le salió barba y se le cascó la voz, se decantó por el lado más áspero —la vida es como un papel de lija—. Pero entonces, con sus nueve o diez años disfrutaba con las aventuras de Fray Perico y su borrico. Aquellos libros de Barco de Vapor eran como un azucarillo. Me gustaban también los de terror, la serie de Pesadillas de R.L. Stine y de Ciencia-Ficción, los libros de Mask: ¡bienvenidos al mundo de Mask, donde la ilusión es el arma principal! Como digo, el Conrado dejó de frecuentar aquellos parajes de lectura y yo, pues también crecí y me salió barba, qué remedio. No me fui por el camino de la perdición, pero pisé sus lindes. Me alejé de la biblioteca, aunque no lo suficiente como para dejar de notar su fuerza gravitatoria. Por eso siempre volvía, en principio a estudiar y luego me dedicaba a hacer caricaturas de los bibliotecarios. Era en el fondo un gesto de ternura, aunque estuviera soterrada por instintos de risa fácil.
En plena adolescencia, yo que era un rebelde, también me inclinaba por las monomanías. Lectoras, las hay. Como mi inteligencia es promedio y no he sido nunca prodigio de nada, me incliné por autores digeribles. En realidad, al coincidir con mi apellido y verlo al hombre tan pintado y aventurero en las fotos de la solapa, le cogí aprecio a Alberto Vázquez Figueroa. Sus libros fueron cayendo uno tras otro: eran historias de piratas y había una isla, bautizada “La Tortuga”, donde los bucaneros se pegaban sus orgías de tabaco y ron. Pero quizá es por eso mismo, por el ron y otros bebedizos de los que abusé tan joven que no recuerdo gran cosa. Pues en la biblioteca no les pasó desapercibida mi ansia lectora. Les chocaría, un adolescente grosero, con barba prematura, botas militares y una chupa con cremalleras. Leyendo  libros como el que come panchitos. Por alguna carambola mi pariente lejano, aquel Vázquez, hijo de Vasco o contracción de Velázquez, como el pintor, fue invitado por la biblioteca y aceptó. De paso, claro está. Y me ofrecieron presentar al insigne. Ahí sí que se me vinieron encima los siete infiernos.
¿Cómo hubiera planteado aquella presentación de Vázquez Figueroa de haberla hecho? Porque no la hice. Di alguna larga y finalmente, la providencia me echó la zancadilla. Un pequeño esguince. Y esa misma tarde, salí a bailar el pogo, Nirvana y Smells like teen spirit y al día siguiente el tobillo parecía gangrena. Me siento estúpido y contagioso, un mulato, un albino, un mosquito. Eso cantaba Kurt Cobain, más o menos y así quedé con Vázquez Figueroa y el personal de la biblioteca que intuyó, por error, una lucecita en aquel grosero adolescente. 
El suelo de aquella biblioteca tenía una peculiaridad y es que temblaba como un flan. Debía ser por el parquet sintético, que estaba abombado o quizá por debajo pasaba alguna línea de falla. Si dejabas una botella de agua sobre la mesa podías notar cómo se agitaba y percibir una vibración ante la llegada inminente de alguien. Llevaba mucho sin ir, había vivido fuera varios años, así que al notar la conmoción levanté la cabeza. Un homínido de mi edad, más o menos, acababa de sentarse en el extremo opuesto de la sala. Muy delgado, tenía una de esas calvicies vaporosas y en lugar de pasar la máquina y convertirse en cebolla, por algún tipo de nostalgia, la había dejado flotando sobre el cráneo. Hace poco estaba en el supermercado, en la sección de yogures y me crucé con otro ejemplar de mi quinta, frisando los cuarenta. Nos miramos, tuvo lugar el entrechocar casual para el que nos ha dotado la evolución de un buen arsenal, ya saben, el blanco de los ojos, músculos faciales, etc. Y luego seguimos a lo nuestro, pero en mi cabeza se accionó el mecanismo de reminiscencia. Veinte años atrás, antes de la era digital, decidí grabar con una cámara VHS mis desventuras durante una fiesta de Nochevieja. Apenas media hora, porque me quedé sin batería. Allí estaba aquel cuarentón que en ese momento echaba un lote de ocho yogures desnatados al cesto y seguía pasillo adelante agarrado del brazo de su madre, arrastrando su juventud, que en poco tiempo comenzaría a oler. Pero en mi vídeo había quedado congelado: con pendiente de aro en la oreja izquierda, cantando una canción de Extremoduro y haciendo un amago para enseñar el culo a la cámara. Esta digresión viene a cuento porque la misma conmoción me llegó como un rayo cuando el calvo levantó la vista hacia mí, sorprendiendo mi pose escrutadora y agaché la cabeza, en realidad la agachamos los dos a la vez. Me levanté y fui hacia los expositores de novedades, que casi nunca lo son.
Tuve que pasar por fuerza junto a él y entonces lo reconocí: el Conrado. El suelo volvió a temblar y otro bípedo se sentó a su lado y hablaron algo en voz baja, sobre cierto tema cuatro y un tal artículo veinte. Deduje que el Conrado preparaba oposiciones. Este es el bote salvavidas al que se aferran muchos náufragos en el proceloso mar que es el mercado laboral español. Maravillado, fui incapaz de regresar a mi sitio y crucé el mostrador de préstamos, que separa la sala general de la sala infantil.
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Ilustración del libro original de Matilda, obra de Quentin Blake. 
Para distraerme busqué un ejemplar del que quizá es mi libro infantil favorito: Matilda. En una de las ilustraciones la señorita Trunchbull practica el lanzamiento de martillo con un pobre niño y en otra le hace comer pastel hasta reventar, pero el pequeño héroe no claudica y da fin con una tarta ciclópea. Esto alejó un poco el recuerdo del Conrado, que por supuesto ni me reconoció. Todavía mientras escribo me hago una última pregunta, porque, ¿quién podría imaginar a un quinceañero más duro que el pedernal, con los nudillos curtidos de laceraciones, que ya se había estrenado con las chicas del barrio a las que seducía gracias a su pose de chico malo, preparando veinte años después oposiciones a técnico o auxiliar o técnico auxiliar de la Junta? La vida gasta estas guasas. Cuando eres joven te hace creer que puedes, como en el poema de Gil de Biedma, que viniste a llevarte la vida por delante. Así que subes la montaña, a ritmo, saltando sobre las piedras. Y cuando llegas a la cima, si la vida está de lunes, capirotazo, efecto Sísifo y vuelta a empezar. Si quieres, porque las piernas pesan y cada vez saltas menos. El Conrado volvía a subir la montaña — ¿llegó a la cúspide o acabó otra vez rodando ladera abajo? —, a ese trajinar fatigante y yo regresé al mundo acuático de mis libros, porque ese niño sentado en la silla de enea, fingiendo escribir, distinto en sus huesos, en esencia es el mismo. Sigue temiendo que otro niño más descarado le arrebate el cuaderno y se ría de sus garabatos.

miércoles, 22 de mayo de 2019

"La jungla" de Upton Sinclair

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Qué el libro es un artefacto lúdico, no cabe duda. Que es un instrumento de transmisión del saber, e incluso en ocasiones se eleva al Olimpo de las artes, tampoco. El libro es un arma revolucionaria, ambivalente, porque puede despertar conciencias y también ser una vía de propagación del oscurantismo. El caso que nos ocupa, el de La Jungla de Upton Sinclair, es de esos libros que provoca un seísmo de consideración y contribuye a cambiar el mundo. Para bien, porque hay casos (por ejemplo el de Los protocolos de los sabios de Sión), que lo hacen para mal.

Upton Sinclair (1878-1968) fue un novelista y dramaturgo estadounidense. Aunque de origen más o menos acomodado, los vaivenes de la vida le llevaron a experimentar la severa pobreza de entonces, cuando el Estado social no se conocía ni de oídas, menos en el EE.UU. adalid del capitalismo en su forma más pura. En 1943 ganó el Premio Pulitzer por Los dientes del dragón, ambientada en la Alemania nazi. Su obra es abundante y en ella predomina la temática social. La novela que nos ocupa fue la que le consagró y recibió la aprobación del mismísimo Jack London calificándola de “La cabaña del tío Tom de la esclavitud asalariada”.

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Upton Sinclair (fuente: https://www.thefamouspeople.com/profiles/upton-sinclair-jr-3104.php)

He leído una versión de difusión gratuita editada en México en 2016, en España fue publicada por Capitán Swing con traducción de Antonio Samons y de ahí es la portada que encabeza esta reseña. He podido comparar ambas versiones y aunque se parecen mucho creo que esta última está hecha con mayor esmero. En cualquier caso, la labor de edición no habrá sido fácil, porque La jungla fue sometida a recortes, cambios y otras alteraciones debido a su contenido incendiario.

La novela fue publicada por entregas por el periódico socialista Appeal to reason entre febrero y noviembre de 1905. Este hecho repercute en la obra, que tiene ganchos al final de casi cada capítulo, pasajes prescindibles y una buena carga melodramática.  A Sinclair le encargaron escribir sobre la nueva esclavitud asalariada y las cloacas del sueño americano. Se fue a Packingtown, el barrio donde se ubicaba la industria de la carne en Chicago y durante varias semanas ejerció varios trabajos en los mataderos y plantas de envasado, entrevistó a trabajadores, encargados, policías, políticos, taberneros, prostitutas y reunió información suficiente para crear un fresco impactante y brutal. Para protagonizar La jungla, eligió a una familia de inmigrantes lituanos. Cegados por la propaganda que irradiaba desde EE.UU. hacia el resto del mundo como tierra de libertad y oportunidades, estos humildes campesinos caen en la peor trampa que uno pueda imaginar.

El héroe trágico de esta historia, más vapuleado que Edipo, se llama Jurgis Rudkus, una suerte de Jean Valjean que no tendrá oportunidad alguna para redimirse. Acompañaremos a Jurgis por todos los círculos del infierno del capitalismo. Una jungla, sí, porque solo impera la ley del más fuerte. La búsqueda del máximo beneficio engulle todo y convierte la mano invisible y todas esas ideas de redistribución y riqueza que genera bienestar de arriba abajo en tomaduras de pelo. Los trabajadores son estrujados hasta la muerte, sin consideración. Las leyes son un simple bozal que no impide a estos capitalistas morder hasta dejar mondados a sus obreros. Los votos se venden y compran, los inspectores del gobierno, la policía, nadie resiste la tentación de dejarse corromper. Los obreros son sedados facilitando su acceso al alcohol, el juego y la prostitución. Trampas que les arrebatan lo poco que pueden ahorrar de sus sueldos de hambre. La descripción de unas prácticas abusivas y terribles, te hacen abrir los ojos: de ahí venimos y entiendes las quejas y luchas de aquellos abuelos que ya no están, la situación de millones de trabajadores en China o Bangladesh. ¿Cuánta gente habrá sido inútilmente sacrificada, cuántas vidas arrojadas a esta hidra?

La jungla sigue, recientemente Oxfand denunció las condiciones de explotación laboral en las fábricas de procesado de pollo norteamericanas. Como se puede ver, los trabajadores no son lituanos, pero tampoco parecen WASP.  En EE.UU. cuatro empresas controlan el 60% del mercado  (fuente: https://avicultura.com/oxfam-eeuu-denuncia-las-condiciones-de-trabajo-en-lineas-de-procesamiento-avicola-en-estados-unidos/)
Leyendo La Jungla uno valora de verdad el Estado de bienestar en el que vive, por muy menguado que pueda parecer y quiere, siente que hará lo imposible porque no se lo arrebaten. Para Jurgis sería el paraíso. El capitalismo a principios del siglo XX era un animal salvaje y cruel. La esclavitud de la antigüedad parece a su lado una institución de la beneficencia. Solo el transporte de esclavos desde África es equiparable y de hecho es una de las primeras prácticas capitalistas a escala global.

Para aumentar su impacto y crear un paralelismo evidente, Sinclair describe con profusión las prácticas amorales de la industria de la carne. Sus abusos monopolísticos, el estímulo de la inmigración para mantener los salarios a la baja, el control de las infraestructuras y del poder municipal. Y lo que impactó en su día y más lo hará al lector contemporáneo, el trato  que se inflige a los animales. Jurgis lo dice claramente al contemplar el proceso por primera vez, cuando todavía no sabe que él y toda su familia pasarán también por el matadero: “cómo me alegro de no ser cerdo”. La primera parte muestra, a la vez que los padecimientos de Jurgis y los suyos, que son engañados con una hipoteca, desahuciados y explotados, a los animales hacinados en vagones, las vacas despellejadas vivas, los cerdos tuberculosos que se despiezan y pican para hacer carne envasada, los productos químicos con los que disfrazan la podredumbre, los trabajadores que pierden sus miembros entre las cuchillas de una cadena de montaje que nunca se detiene y convierte todo en salchichas. Máximo beneficio, por encima del consumidor, de los animales y de los trabajadores. Es la jungla.

Sinclair nos muestra el contraste brutal entre unas clases sociales que luchan por malvivir y una reducida élite que gasta el equivalente al sueldo anual de mil obreros en corbatas. ¿Para eso sirve regar con sangre los barrios pobres de Chicago, para que un señor coma con cucharas de plata y luzca un reloj con diamantes incrustados? Sinclair acusa y denuncia la obsesión de los ricos por el lujo y la ostentación, por vivir en palacios, por todo aquello que es superfluo y solo se consigue estrujando a personas y animales sin piedad, sin considerar su coste 

El impacto de la novela fue mayúsculo, sobre todo cuando se encargaron varias investigaciones independientes, una la hizo el propio gobierno y se demostró que Sinclair quizá exageraba y se tomaba sus licencias, pero no era un embustero. Eso sí, no fueron las condiciones miserables de los obreros lo que causó mayor indignación, sino el fraude con el que eran mal alimentadas millones de personas. En la guerra de 1898, entre los soldados americanos hubo más bajas por la comida enlatada que por las balas españolas. Se inició una sucesión de pleitos, debates en el Congreso y el Senado, tiras y afloja, la industria puso toda su maquinaría influyente a trabajar. Como ahora, las grandes empresas controlaban los resortes de la política. Con lo que no contaban era con la difusión internacional del escándalo y el desplome de las exportaciones de carne norteamericana, que constituían más de la mitad de los ingresos del trust. Sumando la presión de la opinión pública a la pérdida de beneficios (dos cosas que meten miedo a los capitalistas porque una puede llevar a la otra), el gobierno de Teddy Roosevelt pudo sacar adelante una ley que regulaba estas prácticas, entre ellas el etiquetado: saber qué comemos, esto que parece tan obvio, en los inicios de la industria alimentaria no lo era. Desterrar los químicos que se demostraban perjudiciales y no usarlos hasta no quedar probada su seguridad, transportar y sacrificar a los animales en condiciones de higiene y salubridad, etc. Sinclair ganó esta batalla, pero no era su principal anhelo y llegó a declarar con amargura: “apunté al corazón del público y accidentalmente lo golpee en el estómago”.

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Viñeta humorística aludiendo a la adulteración de la carne que describe Sinclair en La jungla (fuente: http://www.enhanced-classics.com/blog/the-jungle/) 
Y es que su intención era más ambiciosa. Quería desenmascarar el gran sueño americano, porque el mundo se divide en dos clases: los que lo tienen todo y los demás y promover el socialismo entre los trabajadores para la conquista del poder político. Por eso la novela deriva en su última parte hacia la iluminación de Jurgis cuando descubre el socialismo. El lector asistirá al final a una apología política casi interminable que vista cien años después y con todo lo que pasó en el s. XX, resulta casi ingenua. Un diez por ciento de un libro no desmerece al otro noventa por ciento, pero le baja nota. La jungla, con todas sus limitaciones y ese final tendencioso, es una novela crucial, impactante. Una muestra de cómo un libro puede desenmascarar al impostor, acusar y provocar un maremoto de consecuencias inimaginables. Es una pena no solo que ya no se escriban libros así, sino que no se lean. Quizá el nicho de Sinclair ha sido ocupado por documentales como Food, INC o la serie de The century of the self de Adam Curtis, pero ¿por qué su impacto no es de tanta magnitud? ¿Es que hemos sido definitivamente anestesiados o nos hemos vuelto más cínicos?