miércoles, 6 de noviembre de 2019

BREAK DOWN



Qué el libro es un artefacto lúdico, no cabe duda. Que es un instrumento de transmisión del saber, e incluso en ocasiones (pocas) se eleva al Olimpo de las artes, tampoco. El libro es un arma ambivalente, porque puede despertar conciencias y también ser una vía de propaganda y propagación del oscurantismo. El libro no es bueno de por sí, incluso puede ser muy malo. Superadas las limitaciones del formato físico y con la ubicuidad de la información que nos anega, cuando las redes 5G prometen conectarlo todo a la velocidad de la luz, ¿cuál será el futuro de estos ladrillos de papel?, ¿quién tendrá tiempo, ganas o capacidad de atención para enfrascarse en una novela de quinientas páginas con su buena carga de profundidad?, ¿lo recetarán los psiquiatras para reparar aquellos cerebros agujereados por la estimulación constante? ¿Será el libro como el vinilo, una extravagancia hipster? Conozco coleccionistas que compran un disco y ni siquiera lo sacan de la funda, si acaso lo ponen una primera vez, de fondo, mientras atienden su Facebook. Quizá los libros acaben como elemento decorativo o de mera ostentación intelectual.

Estoy agradecido a mis libros, porque he pasado largas horas de exilio interior con ellos, son mi isla desierta. Pero cuando en un parque o en la sala de espera del médico soy el único que saca un libro, no me creo ni más listo, ni a salvo de la enfermedad del siglo. Me siento un fósil del Cretáceo. Hace meses compré un Ipad y después de navegar, curiosear por la Apple Store, me di cuenta de que si me dejara llevar, si no opusiera resistencia, mi estantería de libros se convertiría en una reliquia polvorienta en cuestión de meses.

El impulso de escribir permanece, no obstante, pero me dedico a guardarlo todo en mi cofre y cada vez me parece más un acto anacrónico, sin sentido. Podría verterlo al ciberespacio, bajo un seudónimo. Que se quede vagando por ahí. Pero prefiero que siga en su caja de Pandora, confinar allí mis demonios y cuando me esfume se esfumará conmigo. Es extraña la idea, las decenas de miles de palabras escritas, pero nunca oídas ni leídas más que por mí. Nunca han roto el himen de mi intimidad. Al fin y al cabo, ¿de qué serviría?, ¿qué es un ser humano en este universo? Me engaña la consciencia, la certeza de existir genera en mí una quimera, una aberración llamada antropocentrismo (o peor aún, egocentrismo).


Michael Landy, junto al listado de todas sus pertenencias antes de proceder a su destrucción (fuente: http://www.bbc.com/culture/story/20160713-michael-landy-the-man-who-destroyed-all-his-belongings)
Esconder las palabras es un fracaso para el que mide la escritura como una búsqueda del éxito, una forma de alcanzar relevancia o notoriedad, de influir en otras almas, de poder hallar quien te escuche, con quien conectes y te comprenda. Es excavar una galería bajo tierra que nadie puede ver y que no lleva a ninguna parte. Es proteger tu autoestima para eludir el rechazo profesional (el de esas editoriales que "no admiten originales no solicitados" o te proponen publicar con ellas a cambio de "compartir los gastos de edición"), de participar y perder en un concurso al que concurren otros quinientos como tú, de sufrir la bofetada de una crítica negativa, incluso humillante. Todo esto lo he experimentado ya y escuece al principio, aunque luego se normaliza como lo que es la vida: una sucesión de traspiés hasta la voltereta final. 

Pero también puede verse, y a lo mejor me doy demasiada importancia, como un desafío al orden establecido, como un gesto crítico hacia esa obsesión por ser alguien, por destacar y ser escuchado, por recibir un halago y que tus palabras cuenten. Lo que haces tiene que servir de algo, tiene que ser por algo, tiene que proporcionarte dinero, fama, poder, influencia, visibilidad, ALGO (¿serían tan adictivas la redes si elimináramos la posibilidad del "me gusta"?).

Me viene a la cabeza el artista británico Michael Landy, quien decidió quemar sus pertenencias en una performance brutal. Antes realizó un inventario hasta contabilizar siete mil objetos, incluyendo recuerdos familiares y con la ayuda de su equipo se enfrascó en un delirio destructivo mientras escuchaba a David Bowie, que le llevó dos semanas completar. A veces he pensado en hacer lo mismo y deshacerme de todos mis libros, no dejar ni uno y no volver a comprar uno jamás. Vender, mejor regalar mi Telecaster, aplastar mi colección de discos con una apisonadora, borrar para siempre el centenar de escritos que acumulo en mi disco duro y como Landy, creo que pasada la primera perturbación, hallaría la felicidad. Pero ese punto muerto, no sería más que un paréntesis efímero. Landy cuenta que a los cinco minutos de quedar expuesto alguien le regaló un disco de Paul Weller. Tan humano es ser consciente de la propia existencia como crear y esperar que alguien te haga un poco de caso.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

VENDIMIA LECTORA


Mediado septiembre, cuando la uva estaba madura, la ciudad en la que vivo salía de su letargo. Habían acabado las fiestas y los niños regresaban a su rutina cuartelera. Las noches y las mañanas eran frescas, no así el puro día, que seguía prendido del sol canicular. Riadas de andaluces llenaban la plaza en busca de amo y luego se desparramaban por las casa de labor. Un olor punzante, agridulce (el del mosto), copaba el aire. Esto ha cambiado en los últimos años, nuevas variedades de uva han dilatado el tiempo de vendimia y la mecanización de la recolección que permite el emparrado ha mermado las cuadrillas de trabajadores. Jornaleros estos, la mayoría, venidos de otros países. Sigue siendo, no obstante, una etapa que anuncia la melancolía del otoño, sobre todo después, cuando las cepas se quedan con la hoja amarilleando y apenas alguna escurrida y escuálida gaucha que se libró de la navaja. Sirva esta pequeña introducción para detallar mi particular vendimia, los libros que puedo contar por leídos acabado agosto y que constituyen mi cosecha. Hay de todo, bueno y regular (los malos los dejo aparte). 

SOY UN GATO, Natsume Soseki (Impedimenta) | LEO CUANTO PUEDO

Han sido bastantes y a lo mejor este post quedará un poco largo, mal asunto en los tiempos del tweet. Empecé con un título al que le tenía muchas ganas, Soy un gato, de Natsume Soseki. Una novela satírica japonesa de principios del siglo XX. El narrador es un felino y a través de sus ojos desfilan una serie de personajes y situaciones cada cual más estrambótica. Vive en casa del maestro Kushami, un señor desagradable, obtuso, casi un tonto ilustrado, que recibe las visitas intempestivas de unos amigos no menos singulares, entre ellos un mentiroso y bromista compulsivo llamado Meitei. El felino maneja la ironía con una buena dosis de corrosión y se atreve a entrar en terrenos más filosóficos, pero las situaciones a veces son tan prosaicas y el narrador tan repetitivo que es difícil resistirse a saltarse párrafos, páginas enteras. Y lo peor es que corrido el riesgo, todo sigue igual, el mismo circunloquio, la misma vuelta en torno a lo mismo. Por eso me fui a por otra novela de gatos, por rehabilitar a mi animal doméstico favorito. Una totalmente distinta, Mi gato Autícko, del escritor checo Bohumil Hrabal. Novela corta (la anterior pasa de 600 páginas, esta apenas llega a 100) donde un anciano escritor se refugia en una casa de campo para trabajar a sus anchas, rodeado de gatos, a los que adora. El problema es cuando a los animales les da por reproducirse, ya sabemos cómo las gastan y provocar disturbios, inconveniencias que nuestro escritor debe resolver a las bravas. Está contado con un estilo ágil, como un rodillo, inteligente, a ratos humorístico y también profundo, donde explora el tan humano sentimiento de culpa. Deja una sensación de estupor, sin embargo, por las escenas brutales entreveradas con altas dosis de ternura por los animales. Una lectura extraña que se sale de lo habitual. De hecho, ahora estoy con otro libro Hrabal.
Mi Gato Autícko - HRABAL, BOHUMIL: GALAXIA GUTENBERG ...

Como no tenía bastante con dos tazas me fui a por la tercera. David Foster Wallace, nada menos. Este autor pasa por ser un hueso duro, de hecho, he leído que La broma infinita es una de las novelas más difíciles que existen, por eso me fui a los relatos. Disfruté con historias que abordan todo tipo de temas: concursos televisivos, traumas infantiles, nihilismo punk, violencia larvada, incluso aparece el presidente Lyndon B. Johnson. Con gran virtuosismo (DFW sería el equivalente literario de los shredders guitarreros) e imaginación. En la colección que he leído, La niña del pelo raro, hay sin embargo una novela corta al final, Hacia el oeste, el avance del imperio continúa, donde es necesario armarse de paciencia. Yo no la tuve y la dejé sin acabar y me fastidió el bouquet final, como cuando después de una buena comida te viene un reflujo y se te llena la boca de bilis. Quizá guste a los posmodernos, pero yo me quedo con los relatos anteriores, puro talento desbocado.

Pasé una semana en la playa y me llevé una recomendación bloguera, para no fallar. Otro libro de relatos, de Karin Tidbech, Jagannath. Merecería una reseña aparte, porque lo leí dos veces y más que serán. Son relatos fantásticos, que mezclan elementos de la ciencia-ficción con el folklore nórdico. También asoma lo humano: la soledad, las relaciones entre padres e hijos, la memoria familiar o, como reza la solapa, la alienación del ser humano en el mundo en el que vivimos. Perturbadores, oníricos, absorbentes, gran variedad en el tono y el desarrollo de las historias, reivindica el relato como género que no se agota en una primera lectura.


La mesilla de noche: Reseña: Jagannath

El otro que me llevé a la costa de Almería fue Paz, amor y death metal, de Ramón González. El autor es paisano, de Daimiel y tuvo la mala fortuna de encontrarse en la sala Bataclán cuando tres terroristas decidieron acabar con los “idólatras” a tiros. Sobrevivió y nos narra su experiencia. Hace con ella su debut en el mundo literario. Quizá lo más interesante es el enfoque, ya que más que recrearse en el momento del atentado, se centra en el después: la reconstrucción y reconfiguración de su vida tras haber sobrevivido a una experiencia tan traumática.


4 3 2 1 - Paul Auster | Planeta de Libros

De vuelta a casa me llegó un bofetón de pesimismo. El verano me deprime, cosa rara, lo sé. Quizá con la inactividad leo demasiado las noticias y pienso en el futuro y todo lo veo tan negro como la pez y veo a mis hijos y hasta me siento culpable. Feliz final de Isaac Rosa no era la mejor opción. Parte de una estructura original, ya que la historia comienza efectivamente con la ruptura (hermosa y definitiva la imagen del piso vacío con el sofá que cojea) y se desarrolla en retrospectiva, en lo que parece un intercambio de emails entre ambos. Una relación amorosa que ha dejado dos hijas y se ha deshecho de forma casi infantil. Llevo con mi mujer más de veinte años, desde que éramos adolescentes y a ratos me parecía la novela una burla del amor, la escritura de un cínico desengañado. Hay pasajes donde se nota en exceso la documentación, las opiniones de sociólogos, pediatras, filósofos puestas en boca de amigos sabiondos, de discusiones de pareja, para mi resulta antinatural. O lo mismo hay gente que habla así. Muestra mucho Isaac Rosa, demasiado, la exhibición de intimidades, de pensamientos que no se revelan, creo yo, porque materializados suenan pueriles. Pero no lo son. Me ha dolido, ofendido y a ratos fascinado esta novela. Incómoda, ridícula y genial a veces. Desde luego un ejercicio notable, pero no era para mí.


Menos mal que después rescaté de mi pila de pendientes una novela de bolsillo que había comprado hacía varios años, Éramos unos niños, de Patti Smith. Coincidió con la llegada de la icónica poeta y rockera a La Coruña para dar un único concierto en España, a punto estuve de coger a mi familia e ir para allá, pero el trabajo de mi mujer (y 800 km) lo hizo inviable. Es un libro autobiográfico y Patti Smith nos cuenta sus inicios en el mundo del arte, que desembocaron en una carrera musical para nada prevista. Con una honestidad y sencillez encantadora. No solo empatiza uno con Patti Smith, simpatiza. La quiere. Los inicios de Patti no fueron fáciles y en su camino hambriento por Nueva York conoció a Robert Mapplethorpe, el genial fotógrafo muerto con apenas cuarenta años de SIDA. El libro tiene a Robert como coprotagonista y de hecho, la idea de la novela partió de una promesa. Robert y Patti viven por y para el arte. Su entrega es total, absoluta y es su razón de ser, también lo es su amistad, sin concesiones. Por la novela de Patti Smith circula una cantidad de talento apabullante: lo mismo Jimi Hendrix, Janis Joplin que Allen Ginsberg por las escaleras del derruido hotel Chelsea. Eran otros tiempos. Tiempos que nunca volverán, cuando un grupo pequeño, exiguo de personas, se sacrificaba por el arte. Unos pocos llegaban a obtener el reconocimiento, el resto ardía en el anonimato y se consumía en el olvido. Imprescindible si te interesa el mundo del arte y el rock.


Siguiendo en plan rebelde encontré en la biblioteca de mi ciudad una novela de un tal Michal Witkowski, Lovetown. Cómo demonios llegó allí, es un misterio. Imagino que provendrá de algún donante. En la contraportada es descrita como un “Decamerón queer”. El narrador y autor, entrevista a dos ancianos travestis que viven en un piso de protección oficial en Varsovia, aferrados al pasado. Un pasado de marginalidad y sexo clandestino en parques, lavabos públicos y cuarteles con soldados rusos. Sórdido, deshumanizador, dirán, pero ellos lo echan de menos. Witkowski, que es de otra generación, también se posiciona y se pone del lado de las “históricas”, de aquellos homosexuales que disfrutaban en los márgenes, a pesar de las palizas y las enfermedades venéreas y ven la “normalización” como el fin de los buenos tiempos. El libro está articulado no como una novela, sino como pequeñas entradas de un diario, con anécdotas y reflexiones, bastante divertidas y con mala leche. El autor es un saltimbanqui que va de lo sórdido a lo liviano y del drama a lo hilarante. Eso sí, seguro que ningún libro del mundo contiene tantas veces la palabra “mamada”.


Y para aterrizar, como se aproximaba la vendimia, me fui con Plinio y don Lotario. Esto es, los personajes creados por García Pavón e inspirados en la vida rural de mi ciudad, su particular léxico, paisaje e idiosincrasia. Otra vez domingo narra el caso de la desaparición de un médico del pueblo, al que se enfrenta un Plinio crepuscular y contiene todos los alicientes de la saga. Un buen vino para acabar mi mes de agosto y que coincide además con el centenario del nacimiento de un escritor a recuperar.


Una aventura de Plinio – Otra vez domingo – Fco García ...

lunes, 15 de julio de 2019

"Solo hay una clase de monos que estornudan" de Ezequías Blanco


El mundo del relato corto en realidad es galaxia, universo si se quiere. Así que cuando leo sobre talleres literarios, me parece que el profesor debe verse en serios aprietos y al final tendrá que acotar. No vas a decir a tus alumnos que vale todo, pero como lector, me cuesta encontrar semejanzas entre, por ejemplo, Ignacio Aldecoa y Lydia Davis. Quitando la extensión, claro, el cerco de palabras (¿diez?, ¿diez mil?). Bien, con estas líneas no pretendía pontificar, tan solo introducir el libro de Ezequías Blanco. Un libro de relatos o cuentos, mejor dicho, porque algunos títulos tienen ese sabor añejo. Un tanto alejado de otros autores que en la actualidad copan el género en España, no encajaría este libro en, por ejemplo, Páginas de Espuma. 

He entrado en Solo hay una clase de monos que estornudan con pase VIP, me lo proporcionó Juan Carlos Galán, que con su sapiencia habitual se hace cargo del prólogo. Quizá es un orgullo un tanto infantil decir: conozco al prologuista. Yo soy un átomo, invisible, pero necesario: leo y comparto. Sin este entramado, que forman otros millones como yo, se acaba el mundo.

El libro está editado con gran calidad por Huerga y Fierro y se compone de 19 historias de brevedad variable. Por los relatos de Ezequías Blanco figuran personajes estrafalarios. Su ubicación es imprecisa, pero se mueven entre lo rural y lo urbano, entre el mundo tradicional y la modernidad incipiente. Conozco ese ambiente, porque lo he vivido. En mi infancia de los ochenta, en un pueblo con aspiraciones urbanas, había calles de tierra, oficios antiguos entonando el canto del cisne, excéntricos y locos fuera del alcance de los servicios sociales y en definitiva, quedaba todavía rastro del mundo rural arcaico, al que se iba solapando (y destruyendo) la modernidad globalizadora. Así, los relatos de Solo hay una clase de monos que estornudan tienen protagonistas de nombres imposibles (mi favorito, con diferencia, Acacio), a los que les suceden todo tipo de sucesos hilarantes, a veces, surrealistas, otros. El léxico, ya lo dice Juan Carlos en su prólogo, es rico, variado, con esa impronta extinta que en los pueblos manejamos aún, como herencia inmaterial.

Las historias se desarrollan con requiebros. De lo lírico a lo escatológico. De lo profundo a lo banal. Hay costumbrismo y también tremendismo. Otro “ismo”: realismo, pero con espacio para lo fantástico (o fantasmagórico). Humor, retranca que roza la mala leche, pero con una mirada no exenta de compasión hacia personajes solitarios, locos, débiles, pobres, siempre nadando en los márgenes. Si se suma todo, al final, que es cuando se aprecia el bouquet de un libro, tenemos un título notable. No apto para todos los gustos, claro, habrá quien se sienta desconcertado por las tramas ligeras que Ezequías intercala con otras de más calado reflexivo. Es muy gracioso el Cristo atrapado entre todo el material de almacén de un instituto, clamando para que lo liberen de aquella cruz (y de la burocracia). Lo es menos el final de Aniano, vendedor de zapatillas de segunda mano. El título da a entender una historia humorística, pero es una pista falsa. Lo mismo ocurre con La romería de los cabrones. Ya se lo olían las cotorras es otro despliegue de ocurrencias, con lirismo de alto nivel entreverado.

En definitiva, un libro de relatos con personalidad, el sello propio que imprime Ezequías Blanco escribiendo en deliciosa anarquía. 

Enlace a la editorial, pinchando aquí.

miércoles, 10 de julio de 2019

"Los ejércitos" de Evelio Rosero

Los ejércitos | Planeta de Libros

Ismael Pasos, un viejo profesor jubilado, mata el tiempo de retiro en su huerto, recolectando naranjos mientras contempla a su vecina Geraldina, que toma el sol desnuda. Su marido rasguea una guitarra. El tiempo transcurre con placidez tropical, envuelto en una gasa de ensoñación. La prosa de Evelio Rosero es dulce y carnosa como una papaya. Te adormece, deleita con su masaje de palabras encadenadas.
La mujer del brasilero, la esbelta Geraldina, buscaba el calor en su terraza, completamente desnuda, tumbada bocabajo en la roja colcha floreada. A su lado, a la sombra refrescante de una ceiba, las manos enormes del brasilero merodeaban sabias por su guitarra, y su voz se elevaba, plácida y persistente, entre la risa dulce de las guacamayas; así avanzaban las horas en su terraza, de sol y de música.
La novela atrapa por su sensualidad:
Geraldina lanzó una risotada: era una bandada de palomas explotando intempestiva a la orilla del muro (…) No percibía todavía que toda mi nariz y mi espíritu entero se dilataban absorbiendo las emanaciones de su cuerpo, mezcla de jabón y sudor y piel y hueso recóndito. Tenía en sus manos la naranja y la desgajaba. Se llevó al fin un gajo a la boca, lo lamió un segundo, lo engulló con fruición, lo mordía y las gotas luminosas resbalaban por su labio.
Me veo ante un tratado de estética, una alabanza a la contemplación de lo bello. Esos dardos efímeros que nos enardecen, estimulantes y que cada vez paladeamos con menos frecuencia porque la burbuja tecnológica teje su trampa con nuestro consentimiento. Pero de eso está hecha la buena vida, de fragmentos de luz, de anhelos y dejar la miel siempre en los labios. 

Sin embargo, en el pacífico San José, encajado entre la montaña y la selva, han pasado cosas. Rosero lo recuerda, como un hueso duro que rompe el diente al morder la fruta. Hay desaparecidos. Hay restos de pólvora, aquí y allá. La novela entonces, su fresco carnoso y lánguido, se degrada. Aparecen los soldados. La violencia. La guerra. Una guerra desconcertante para un europeo. Porque no es una guerra de ideas, de pérfidos invasores y héroes que defienden su terruño. De católicos contra protestantes, de moros y cristianos. Es un conflicto extraño, que se ceba con los habitantes de San José. Secuestros, extorsiones, corruptelas. El narco, los paramilitares, la guerrilla, el ejército. Los ejércitos. Todos luchan contra todos y los personajes que Evelio Rosero ha ido presentando en las primeras páginas se van deshaciendo, son quebrantados por una violencia irracional, sin sentido. ¿Por qué muere la gente? ¿Por qué mata? La inacción del gobierno es total, el abuso de poder flagrante, una violencia absurda lo anega todo. Rosero no dedica ni una palabra a buscar justificaciones. Toda la novela es un homenaje al pueblo inocente, que padece el exterminio.
Me finjo muerto, me hago el muerto, estoy muerto, no soy un dormido, es en realidad como si mi propio corazón no palpitara, ni siquiera cierro los ojos: los dejo perfectamente abiertos, inmóviles, inmersos en el cielo de nubes arremolinadas, y escucho el ruido de botas, próximo, idéntico al miedo, igual que si desapareciera el aire alrededor.
El anciano esteta, el mirón que se recreaba en una porción de muslo, se encuentra nadando en el infierno. Todo es degradación, puertas cerradas y su mundo se desmorona, mientras recorre San José en busca de su mujer Otilia. Jóvenes armados que le perdonan la vida, su casa se hunde, sus vecinos desaparecen y Geraldina, aquel monumento carnoso, se transforma en una estatua de luto. El final, comparado con el inicio, es de un contraste dañino. Doloroso. Perturbador. Evelio Rosero plantea el absurdo de la guerra con minúsculas, de la que no se habla ni llena los libros de Historia, siendo la que más destruye y lo hace recreando un inicio bello, fulgurante, para lanzarnos al contrapunto, al tenebrismo. Ese impacto, que ilumina al lector como un rayo y adquiere el tono de una pesadilla. De la que no deja despertarnos.

Evelio Rosero nació en Bogotá, Colombia, en 1958. Los ejércitos recibió el II Premio Tusquets Editores de Novela en 2006 y fue elegido por The Independent mejor libro traducido al inglés en 2009. En este vídeo de YouTube el autor explica cómo concibió la novela:

            

martes, 2 de julio de 2019

"De noche, bajo el puente de piedra", de Leo Perutz


De noche, bajo el puente de piedra | El mar de tinta

En pintura, lo "orgánico" se refiere al predominio de la línea curva, a formas abiertas y contornos irregulares, como en la naturaleza. Lo contrario es lo “geométrico”, la línea, el punto, la forma cerrada. La simetría y el orden, en suma. La “plasticidad” es la capacidad expresiva de una obra y guarda relación con sus efectos sensoriales. En cambio, la “rigidez” o “hieratismo” es un problema para una pintura (o escultura), la pura muerte, porque interrumpe el flujo de emociones. Mis lecturas de estética quedan ya muy lejos, pero considero que la obra literaria puede encajarse en estos dos estándares utilizados en las artes plásticas. Leyendo consejos para escribir novelas o relatos sin embarrarse o que se rían de uno, suelo observar el predominio de lo geométrico sobre lo orgánico, de lo rígido sobre lo plástico. El resultado desemboca en un artefacto que apenas genera emociones profundas. Es igual que el galvanismo, que inducía corrientes eléctricas en seres muertos para provocar la ilusión de vida. O el típico respingo al que recurren las malas películas de terror. Pero con De noche, bajo el puente de piedra, he asistido a un despliegue de autenticidad. Una planta trepadora que ha ido floreciendo mientras leía, un libro singular que es plástico, por su riqueza expresiva y es orgánico por su viveza, conjunción de elementos y capacidad de transformación.

Leo Perutz nació en Praga en 1882. Judío de origen sefardí, su apellido deriva de Pérez y la patria de sus antepasados fue Toledo. De Toledo a Praga, dos ciudades con mucho en común, ya que en ellas impera la magia y el misterio desde sus cimientos. Toledo fue corte imperial, desde el reconstruido Alcázar y en Praga, señoreada por su castillo, buscaba la piedra filosofal Rodolfo II, nieto de Carlos V o sobrino de Felipe II si se quiere, Habsburgo excéntrico, en suma. Rodolfo II (1552-1612) es uno de los personajes principales de De noche, bajo el puente de piedra. Su contrapunto es el judío Mordejai Meisl, alguien con la mala suerte de ser perseguido por el dinero. Por mucho que se empeñe en perderlo, se le multiplica en los bolsillos. El libro está compuesto por una serie de historias independientes. Expuestas sin orden cronológico, al principio uno se cree frente a un libro de relatos con coherencia argumental y temporal. Pero haciendo valer ese organicismo al que me refería antes, conforme transcurre la lectura sus personajes e historias se van interconectando, creando vectores y al acabar uno duda y quizá es mejor calificar el artefacto de novela. Una novela que es como un gran jardín botánico, como un cuadro de Arcimboldo, pintor que inmortalizó precisamente a Rodolfo II valiéndose de hortalizas. Todo florece, estalla, se imbrica y se retuerce en este vergel. Lo que parece real se transforma en fantástico. Lo histórico, en legendario y fabuloso. El tono moralizante, en simpática ironía, humor y sarcasmo. Un libro vivaz, cambiante, como la atmósfera en otoño.

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Rodolfo II, según Arcimboldo (Foto: Wikipedia)

El narrador cuenta desde el presente y dice ser estudiante de medicina, pariente lejano del rico Meisl. Desgrana las historias de la Praga de finales del s. XVI, del barrio judío y la corte de Rodolfo II, en la antesala de lo que sería la primera guerra europea, devastadora y ya olvidada, aunque duró nada menos que treinta años. Pero de momento tenemos un emperador atormentado, que vive entre tinieblas, alquimias y fogonazos de lucidez. Una historia de amor cuajada en una hermosa metáfora, que no desvelo. Tenemos esoterismo, alquimia y sentido del humor. El estilo narrativo se basa en el cuento de tradición oral, en la fábula y muchos relatos están aderezados en su conclusión con giros argumentales y sorpresivos.

Algunos apuntes, que no está el verano para hacer reseñas kilométricas: la novela fascinó al puntilloso Borges. La traducción, aplaudida por los que saben, es de Cristina García Ohlrich. Se escribió a lo largo de treinta años de interrupciones nada anodinas: nazismo, exilio, llegada y huida de Israel. Fue publicada por El Aleph en 1988 y recuperada por Libros del Asteroide en 2016.

Solo lamento haberlo leído a sorbos y dejando demasiado espacio, pensando que era un libro de relatos, hasta que la familiaridad de temas, nombres y motivos, me hizo verlo bajo otra perspectiva. No importa, siempre podré regresar a ese tiempo perdido, donde los hombres aún creían en fantasmas y se sentaban al fuego para escuchar historias.

jueves, 20 de junio de 2019

"Americanah" de Chimamanda Ngozi Adichie


Americanah | Katakrak

Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria, 1977) es una estrella global gracias a dos charlas TED: The danger of a single story (2009) y We should all be feminists (2012), base del  libro Todos deberíamos ser feministas. Pero detrás del activismo, hay una mujer sólida no solo en sus convicciones, sino en su narrativa. Como viene siendo habitual —y explica mi persistencia por estos parajes virtuales—, he leído Americanah por influjo de otros blogueros.

Un poco intimidado por sus más de seiscientas páginas, dejé el libro madurar en mi estantería varios meses, hasta que por fin le hinqué el diente y resultó una comida larga, interrumpida por el ajetreo del final de curso, pero nutritiva y de fácil digestión. Siempre que pienso en África irrumpe Hans Rosling. El demógrafo y médico sueco consideraba a África el continente del futuro. Algo así como una China emergente. No puede ser, diréis, ¡África nada menos! Pero vayamos al “factfulness” patentado por Rosling. En 1950 el 22% de la población mundial residía en Europa. En África tan solo el 9%. En 2050 se calcula que en Europa vivirá un exiguo 7% de la humanidad (buena parte de orígenes no europeos) y en África el 25%. Para 2100, si no ha venido el Apocalipsis, cuatro de cada diez personas del planeta Tierra vivirán en África. Una vuelta a la tortilla en toda regla. ¿Cómo descartar a la ligera al continente negro ? Es verdad que se enfrentan a desafíos inmensos. Como todos. Ellos tendrán que lidiar con la superpoblación, proporcionar empleo, educación y sanidad a millones de jóvenes  y nosotros con el envejecimiento y el pago de insostenibles pensiones. ¿Qué os parece más difícil? Es un buen tema para escribir, pero este blog va de libros y no me enredo. Después de leer a Chimamanda, pienso en África también como tierra de oportunidades literarias.  Mientras en el mundo occidental producimos vacuos best-sellers y pesimistas masturbaciones, en Americanah encuentro frescura y novedad. Fuera acartonamiento, fuera narrador omnisciente harto de todo. En palabras de Carlos Pardo en El País: parecería que los escritores llamados poscoloniales (algunos africanos de su generación como Teju Cole o Binyavanga Wainaina) están llamados a dar, desde lo local, la medida del mundo en el que vivimos con una complejidad y lucidez que uno envidia en otros países colonizadores y colonizados a un tiempo, como el nuestro. Como aparezca una legión de Chimamandas y surja a su vez un mercado devorador de estas novelas, veremos como el polo creativo y lector se desplaza al sur.

La historia comienza en el salón de una peluquería. Ifemelu es de Nigeria, pero lleva quince años residiendo en EE.UU. Se prepara para volver a su país y mientras le trenzan el pelo recuerda su adolescencia en Lagos, su llegada  a la tierra de las oportunidades y todo su periplo personal y afectivo. Enseguida aflora el eje vertebrador de la novela, que es su relación con Obinze. Americanah es muchas cosas, entre ellas una historia de amor. Ifemelu es una mujer de carácter, fuerte por definición, rebelde. Tajante en sus opiniones, imperfecta porque casi siempre toma decisiones equivocadas. Como lector tengo mis reservas con ella, me irrita su cinismo y en ocasiones, hipocresía. En una entrevista que adjunto al final, Chimamanda asume que Ifemelu pueda caer mal, pero “nuestros fallos nos hacen más interesantes”.  Como decía, Obinze es el gran amor de Ifemelu, forjado en la adolescencia. Al contrario que Ifemelu, Obinze es un muchacho prudente, amable y que ha idealizado occidente a través de su literatura. Se ha criado con su madre, profesora universitaria y es de clase media (existe clase media en África). Una de las cosas que más agradezco a Chimamanda es el personaje de Obinze. Es un hombre sensible, empático, que tiene que lidiar con sentimientos que le desbordan, con su masculinidad natural y la cultural, que es aprendida. Un hombre donde he podido reconocerme, muy distante del arquetipo de depredador sexual, avaricioso y adicto al trabajo. Eso es un psicópata, no un hombre. A ver si algunas escritoras de moda leen esta novela y se enteran. Bien, pues los caminos de Obinze y Ifemelu se separan de forma traumática y se volverán a unir quince años después. En ese tiempo, la experiencia les han cambiado, Obinze el idealista se ha convertido en especulador inmobiliario y en cuanto a Ifemelu, la cínica, renuncia a un empleo-florero a favor del activismo social. Cosas de la vida.

La separación y reunión posterior de ambos sirve a Chimamanda para crear una historia de inmigración y desarraigo. Ifemelu recala en EE.UU. y Obinze en el Reino Unido. El libro nos cuenta los avatares del choque cultural, muy diferente por tratarse de contextos diferenciados, con lo cual la autora se apunta un tanto al no tratar occidente como un bloque homogéneo. No en vano criticó la "historia única" en su charla de TED. Así, Estados Unidos resulta más escorado hacia el racismo y el Reino Unido es clasista por definición. Sin embargo, la mayor parte de la novela se centra en Ifemelu, que en EE.UU. descubre su negritud. Suena raro, pero así es. La cuestión racial se erige como tema fundamental de Americanah, junto a las entradas del blog que Ifemelu escribe sobre el tema (ser una negra no americana en Estados Unidos), elemento original y de interés porque amplia los límites de la novela y los lleva hacia el ensayo, pero con el tono informal de un blog. En este punto Americanah es también una sátira. El dardo va dirigido a la clase alta y progresista de USA, en la citada entrevista Chimamanda lo reconoce: “con Americanah me reía demasiado de mis propios chistes”, no esconde la pretensión de reírse de todos y de todo, de las extremas dificultades de la élite blanca para tratar las cuestiones de raza sin caer en el farragoso lenguaje neutro y la condescendencia.

Cuando Ifemelu regresa a Nigeria encuentra un país en plena expansión, donde los emprendedores se afanan en ganar dinero fácil sin detenerse en cuestiones éticas. La ideología más exitosa de la historia es el consumismo, extensión del capitalismo global. Nadie se resiste a su influjo, ni en Nigeria, ni en China. Si acaso en las tierras perdidas de la selva, con gente sin manchar como el jefe de Papúa Mundiya Kepanga que recorre el mundo en defensa de los bosques. Así que tenemos un retrato de las miserias de esta nueva élite nigeriana de Lagos, una de las ciudades más pobladas del mundo.  

Quizá exagera Elizabeth Day, de The Guardian cuando afirma: There are some novels that tell a great story and others that make you change the way you look at the world. Chimamanda Ngozi Adichie's Americanah is a book that manages to do both, pero exagerar no es mentir. ¿Significa esto que me ha deslumbrado Americanah por su perfección? No, más bien lo ha hecho por su frescura y al tratar temas novedosos para mí. Por poner algunos peros, el libro está cargado de páginas intrascendentes. El lector perderá la paciencia en algunas partes, que parecen transcripciones caricaturescas de conversaciones reales y tan solo sirven para ahondar en lo que ya se ha dicho. Se repite un poco Chimamanda y le gusta dar vueltas en círculo, es verdad. Quizá sea por sugerencia de sus editores, ya se sabe: libro grande, ande o no ande. En cuanto a su pose crítica, la autora carga las tintas en occidente pero es menos severa en lo que respecta a Nigeria. Y se intuye que la corrupción allí es desaforada. Hace poco vi un documental donde una chica nigeriana, pescadora, se dedicaba al contrabando del diesel para pagarse sus estudios y soñaba con una gran casa, con un coche y criados. El sueño americano. Quizá en futuras novelas Chimamanda se atreva a hurgar en las vísceras de su país, que es parte de África, pero no es toda África, como bien se dice en el libro.  

A pesar de que llevo una hora escribiendo y sudando, porque ya sube el termómetro en el páramo donde vivo, tengo la sensación de que me ha quedado mucho por decir. Hay novelas que no admiten sustitutivos, o se leen con intensidad o no se entienden. Ni hay reseña que las explique.

           

jueves, 13 de junio de 2019

EL SOL DE UN LIBRO



Desde muy pequeño me atrajo el olor a papelería, la piel de membrillo de las gomas de borrar, los lápices afilados de fábrica y el susurro del grafito contra el papel. Me embriagaba todo esto. Pero era una criatura apenas destetada y como no sabía escribir tenía que limitarme a asir el lápiz y garabatear hileras de hormigas, siguiendo la cuadrícula del cuaderno. Así llenaba hojas y hojas.
Una vecina pasó por la puerta de casa de mi abuela con sus hijos y al verme, enfrascado en aquel simulacro de escritura, exclamó con asombro:
— ¿Pero es que sabes escribir, tan chico?
Aquella sensación de crecer dos cuartas se esfumó de golpe, cuando uno de los niños con los que iba señaló:
— ¡Qué va a saber, solo hace pintarrajos!
Me contemplo a mí mismo, minúsculo, sobre una silla con la tapa de enea que había tejido mi abuela, repintada tantas veces que la pintura formaba una costra sobre la madera. Preparando mi trinchera, el túnel que me iba a permitir la evasión durante tantas horas, cuando aprendiera a escribir y sobre todo, leer. El camino no fue fácil y al principio, la lectura tomó una apariencia inútil e incluso amenazadora, cuando los mayores perdían la paciencia conmigo, por no saber junta la "eme" con la "a" y doblaban la cartilla, blandiéndola como si fuera el atizador de la lumbre.
Una vez aprendí a leer, pronto reparé en que los cuentos no se apartaban de la vereda del mundo, porque bajo el envoltorio de gatos parlantes, ogros, niños del tamaño de un garbanzo y cuervos vanidosos, estaba la propia vida. La venganza, la obediencia y el castigo, una moral elemental que borboteaba en el puchero de la fábula, más eficaz que el insulto y el cinturón. Los pobres Hansel y Gretel, abandonados en el bosque por su propio padre (al que instiga una madrastra sin entrañas), pican el cebo de la casita de chocolate y acaban confinados en una jaula, entre los huesos de otros niños para servir de alimento a una bruja caníbal. La ilustración de mi libro mostraba a Hansel exhibiendo un fémur. La arpía asía el hueso pensado que era el brazo del desdichado, frustrada por la falta de engorde. En sueños, veía las manos crispadas de la bruja, hollada de lunares verdes y el hueso con los tendones resecos. La oía reír en mitad de la noche y el crujido de las tejas me parecían sus pisadas.

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Foto: crimereads.com (https://crimereads.com/fairy-tales-are-really-just-hard-boiled-crime-stories/)
La lectura era un consuelo solitario, pero de cuando en cuando se compartía como un pan. Pienso en mi abuela materna, que aprendió siendo adulta, con grandes dificultades y de hecho la escritura nunca llegó a dominarla, su letra se crispaba como la aguja de un sismógrafo ante la menor acometida del subsuelo. A pesar de todo, se hizo una lectora de las buenas y atizó también esta lumbre en mi madre. Durante mucho tiempo, mientras la vista le fue alcanzando, compartí con ella muchos de mis libros. Era una abuela manchega, labradora, no la matriarca de los Panero. Su guerrera era una bata negra, con el mandil de faena encima. Un pelo blanco indómito, como la cresta de un glaciar y grandes gafas de aumento, porque un ojo se le quedó velado cuando daba cal al patio. Tenía una vitalidad extraordinaria, entreverada con mucho genio, todo apretado en apenas un metro cincuenta de estatura. Y es que hay personas que son como volcanes, su fuego y vapor interno, su ánimo sulfuroso, desborda los límites de su cuerpo. Por eso estallan, llameantes, escupen humo, inundan de lava candente a los que le rodean. Por eso, supongo, dejan una huella en el relieve del recuerdo tan perdurable.
El granero esencial para procurar engorde a este afán lector, con un estómago como el mío, sin fin, era la biblioteca. Acudía por las tardes con un amigo, el Conrado. No era ningún arquetipo de grillo lector; de hecho, era tosco y le gustaba mezclar una palabrota con casi cualquier cosa. Así, había que subir la “puta escalera” y el bibliotecario lo era “de los cojones”, porque nos chistaba para que bajáramos la voz, modulada tras muchas tardes lanzando piedras en las eras o meando dentro de las galerías de los grillos para forzarles a salir y espachurrarlos a placer o buscando revistas guarras entre los escombros. Ningún Principito a la vista, pero leíamos. El Conrado aguantó menos que yo, eso sí, porque cuando le salió barba y se le cascó la voz, se decantó por el lado más áspero —la vida es como un papel de lija—. Pero entonces, con sus nueve o diez años disfrutaba con las aventuras de Fray Perico y su borrico. Aquellos libros de Barco de Vapor eran como un azucarillo. Me gustaban también los de terror, la serie de Pesadillas de R.L. Stine y de Ciencia-Ficción, los libros de Mask: ¡bienvenidos al mundo de Mask, donde la ilusión es el arma principal! Como digo, el Conrado dejó de frecuentar aquellos parajes de lectura y yo, pues también crecí y me salió barba, qué remedio. No me fui por el camino de la perdición, pero pisé sus lindes. Me alejé de la biblioteca, aunque no lo suficiente como para dejar de notar su fuerza gravitatoria. Por eso siempre volvía, en principio a estudiar y luego me dedicaba a hacer caricaturas de los bibliotecarios. Era en el fondo un gesto de ternura, aunque estuviera soterrada por instintos de risa fácil.
En plena adolescencia, yo que era un rebelde, también me inclinaba por las monomanías. Lectoras, las hay. Como mi inteligencia es promedio y no he sido nunca prodigio de nada, me incliné por autores digeribles. En realidad, al coincidir con mi apellido y verlo al hombre tan pintado y aventurero en las fotos de la solapa, le cogí aprecio a Alberto Vázquez Figueroa. Sus libros fueron cayendo uno tras otro: eran historias de piratas y había una isla, bautizada “La Tortuga”, donde los bucaneros se pegaban sus orgías de tabaco y ron. Pero quizá es por eso mismo, por el ron y otros bebedizos de los que abusé tan joven que no recuerdo gran cosa. Pues en la biblioteca no les pasó desapercibida mi ansia lectora. Les chocaría, un adolescente grosero, con barba prematura, botas militares y una chupa con cremalleras. Leyendo  libros como el que come panchitos. Por alguna carambola mi pariente lejano, aquel Vázquez, hijo de Vasco o contracción de Velázquez, como el pintor, fue invitado por la biblioteca y aceptó. De paso, claro está. Y me ofrecieron presentar al insigne. Ahí sí que se me vinieron encima los siete infiernos.
¿Cómo hubiera planteado aquella presentación de Vázquez Figueroa de haberla hecho? Porque no la hice. Di alguna larga y finalmente, la providencia me echó la zancadilla. Un pequeño esguince. Y esa misma tarde, salí a bailar el pogo, Nirvana y Smells like teen spirit y al día siguiente el tobillo parecía gangrena. Me siento estúpido y contagioso, un mulato, un albino, un mosquito. Eso cantaba Kurt Cobain, más o menos y así quedé con Vázquez Figueroa y el personal de la biblioteca que intuyó, por error, una lucecita en aquel grosero adolescente. 
El suelo de aquella biblioteca tenía una peculiaridad y es que temblaba como un flan. Debía ser por el parquet sintético, que estaba abombado o quizá por debajo pasaba alguna línea de falla. Si dejabas una botella de agua sobre la mesa podías notar cómo se agitaba y percibir una vibración ante la llegada inminente de alguien. Llevaba mucho sin ir, había vivido fuera varios años, así que al notar la conmoción levanté la cabeza. Un homínido de mi edad, más o menos, acababa de sentarse en el extremo opuesto de la sala. Muy delgado, tenía una de esas calvicies vaporosas y en lugar de pasar la máquina y convertirse en cebolla, por algún tipo de nostalgia, la había dejado flotando sobre el cráneo. Hace poco estaba en el supermercado, en la sección de yogures y me crucé con otro ejemplar de mi quinta, frisando los cuarenta. Nos miramos, tuvo lugar el entrechocar casual para el que nos ha dotado la evolución de un buen arsenal, ya saben, el blanco de los ojos, músculos faciales, etc. Y luego seguimos a lo nuestro, pero en mi cabeza se accionó el mecanismo de reminiscencia. Veinte años atrás, antes de la era digital, decidí grabar con una cámara VHS mis desventuras durante una fiesta de Nochevieja. Apenas media hora, porque me quedé sin batería. Allí estaba aquel cuarentón que en ese momento echaba un lote de ocho yogures desnatados al cesto y seguía pasillo adelante agarrado del brazo de su madre, arrastrando su juventud, que en poco tiempo comenzaría a oler. Pero en mi vídeo había quedado congelado: con pendiente de aro en la oreja izquierda, cantando una canción de Extremoduro y haciendo un amago para enseñar el culo a la cámara. Esta digresión viene a cuento porque la misma conmoción me llegó como un rayo cuando el calvo levantó la vista hacia mí, sorprendiendo mi pose escrutadora y agaché la cabeza, en realidad la agachamos los dos a la vez. Me levanté y fui hacia los expositores de novedades, que casi nunca lo son.
Tuve que pasar por fuerza junto a él y entonces lo reconocí: el Conrado. El suelo volvió a temblar y otro bípedo se sentó a su lado y hablaron algo en voz baja, sobre cierto tema cuatro y un tal artículo veinte. Deduje que el Conrado preparaba oposiciones. Este es el bote salvavidas al que se aferran muchos náufragos en el proceloso mar que es el mercado laboral español. Maravillado, fui incapaz de regresar a mi sitio y crucé el mostrador de préstamos, que separa la sala general de la sala infantil.
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Ilustración del libro original de Matilda, obra de Quentin Blake. 
Para distraerme busqué un ejemplar del que quizá es mi libro infantil favorito: Matilda. En una de las ilustraciones la señorita Trunchbull practica el lanzamiento de martillo con un pobre niño y en otra le hace comer pastel hasta reventar, pero el pequeño héroe no claudica y da fin con una tarta ciclópea. Esto alejó un poco el recuerdo del Conrado, que por supuesto ni me reconoció. Todavía mientras escribo me hago una última pregunta, porque, ¿quién podría imaginar a un quinceañero más duro que el pedernal, con los nudillos curtidos de laceraciones, que ya se había estrenado con las chicas del barrio a las que seducía gracias a su pose de chico malo, preparando veinte años después oposiciones a técnico o auxiliar o técnico auxiliar de la Junta? La vida gasta estas guasas. Cuando eres joven te hace creer que puedes, como en el poema de Gil de Biedma, que viniste a llevarte la vida por delante. Así que subes la montaña, a ritmo, saltando sobre las piedras. Y cuando llegas a la cima, si la vida está de lunes, capirotazo, efecto Sísifo y vuelta a empezar. Si quieres, porque las piernas pesan y cada vez saltas menos. El Conrado volvía a subir la montaña — ¿llegó a la cúspide o acabó otra vez rodando ladera abajo? —, a ese trajinar fatigante y yo regresé al mundo acuático de mis libros, porque ese niño sentado en la silla de enea, fingiendo escribir, distinto en sus huesos, en esencia es el mismo. Sigue temiendo que otro niño más descarado le arrebate el cuaderno y se ría de sus garabatos.