viernes, 22 de septiembre de 2017

"Plomo en los bolsillos" de Ander Izaguirre

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Para mucha gente deporte y literatura no son ni de lejos la pareja perfecta. Yo, hasta donde puedo llegar, creo que hay notables excepciones. El boxeo, por ejemplo. Su dramatismo es carne de ficción consagrada desde que Jack London escribiera ese cuento increíble que es A piece of steak (Por un bistec), incluso me han hablado de un libro de Carol Joyce Oates titulado Del boxeo, que pasa por ser el mejor ensayo hecho hasta la fecha sobre este deporte. Sabemos de escritores ilustres que se daban a las doce cuerdas, como Hemingway —este parece que alardeaba más que otra cosa—y Norman Mailer en El combate dejó una crónica para la posteridad, el duelo que enfrentó a Alí y Foreman en Kinshasa, del que también recomiendo el documental Cuando éramos reyes

Y es que el deporte —cualquiera— es un trasunto de la propia vida y como tal, no puede quedarse al margen de la creación literaria. Por mi carácter, soy más dado a deportes individuales, por ejemplo el tenis y el ciclismo, disciplinas donde la lucha con uno mismo es si cabe más trascendente que la lucha contra el rival (esta frase resume toda mi vida). Deportes donde uno puede verse terriblemente solo, desahuciado, hundirse y no tocar fondo. Por eso cuando leo que Miguel Induráin declaró “he llegado muy lejos en el dolor”, siento que esa capacidad para el sufrimiento, para aguantar un minuto más sobre la bicicleta cuando todo tu cuerpo te está pidiendo, te exige que te detengas, es la mejor imagen de una lucha por la vida que nunca cesa.

Richard Ford, si no me falla la memoria, comenzó su carrera como periodista deportivo y en los periódicos hay buenos escritores, con un arsenal de recursos que ya quisiera más de un novelista. A mí, personalmente, me encantan las crónicas de tenis de Javier Sánchez en El Mundo y las de Carlos Arribas sobre ciclismo en El País. Precisamente este último enciende el prólogo de Plomo en los bolsillos, apasionado libro de Ander Izaguirre sobre —cito el subtítulo—“malandanzas, fanfarronadas, traiciones, alegrías, hazañas y sorpresas del tour de Francia”. Me interesé por Izaguirre después de leer un reportaje —premiado— acerca de Tadeo Casañas, un campesino de la isla del Hierro que aprendió a ordeñar las nubes. Así como suena, si os pica la curiosidad aquí está el link. Izaguirre (1976) es un escritor y periodista nacido en San Sebastián, especializado en crónicas de viajes y reportajes de corte social. También tiene su nido en la blogosfera y lo podéis seguir en “Periodismo con botas”. Con Plomo en los bolsillos ganó el III Certamen de Literatura Deportiva Marca. La dupla Marca-Literatura sí que chirria más que las uñas de Freddy Krueger en una pizarra de escuela, pero mis respetos si permitió sacar este libro adelante.

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El padre de la criatura (Foto: Diario de Navarra)

Plomo en los bolsillos se compone de una serie de estampas que recorren de forma cronológica la historia del Tour de Francia, desde su gestación hasta el fraude Armstrong y la mancha de aceite del dopaje, que dejó en blanco el palmarés de la ronda francesa entre los años 1999 y 2005 y de hirió de muerte la credibilidad del ciclismo profesional. El último capítulo, titulado “El arte de la derrota”, está dedicado a aquellos farolillos rojos ilustres, arte este, el de ser el último, que no está exento de picaresca. Hay un epílogo final, que rezuma amargura, donde Izaguirre nos explica cómo dejó la bicicleta.

Plomo en los bolsillos se lee como una extensa crónica periodística. De un sorbo, sin descanso, con la tensión de un descenso sin apenas pisar el freno, porque cuesta despegarse de sus páginas. Tiene la virtud del buen periodismo, el que coge de las solapas al lector y lo hunde, casi lo fagocita, en la lectura. Así era antes de que se extendiera el concepto de cultura rápida, instantánea y gratuita. Las crónicas periodísticas agitaban naciones enteras. En el pasado, cuesta creerlo, hicieron tambalear gobiernos, ensalzaron regímenes e incluso colaboraron en la guerra, por la paz —Vietnam— o la deflagración —Cuba—. Ahora me temo que tiene más peso una noticia o video falso que se convierta en viral a través de Facebook o Youtube. O Donald Trump en Twitter…

Los tiempos cambian, pero yo quería hablar de las virtudes de Plomo en los bolsillos y del talento de Izaguirre para transportarnos al buen, excelso periodismo. De hecho, fue la venta de periódicos la que impulsó el Tour de Francia. El padre de la criatura fue Géo Lefevre, redactor de L´Auto y su jefe, también periodista, Henry Desgrange. La carrera se rodeó enseguida de un aura épica por su dureza, especialmente al incluirse los puertos pirenaicos y alpinos en el trazado —antológico el relato de la expedición al Tourmalet, del que se incluye un cómic— y sobre todo, fue forjada por las crónicas periodísticas. Sirva este ejemplo al relatar los ataques de un tal Petit-Breton: “Cuando va a atacar, se pone de puntillas sobre los pedales y pega un grito aterrador, un grito que no es humano, un aullido de sirena atroz”. En esas primeras ediciones la picaresca de los participantes alcanzaba niveles risibles, al nivel de su entrega y capacidad de sacrificio, como los denominados isolés que eran ciclistas sin equipo, auténticos supervivientes cuya abnegación levantaba pasiones entre el público.

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Bartali y Coppi, dos rivales compartiendo una botella (foto: Publico.es)

Tampoco quiero contar todo el libro, pero hay episodios que me han emocionado. El del primer participante español (oficial), Vicente Blanco, el Cojo, que tenía dos muñones por pies. Eso no le impidió convertirse en ciclista, ganar el campeonato de España y se propuso disputar el Tour. Ahora bien, como era pobre de solemnidad —o por cabezonería o ambas cosas— tuvo que desplazarse en bicicleta desde Bilbao hasta París y en el momento de darse la salida —llegó la noche de antes— estaba tan extenuado y famélico que no aguantó ni la primera etapa. Cuando le preguntaron, declaró: “no pude hacer nada contra aquellas fieras bien alimentadas”.

Otro Vicente, Trueba, apodado “la pulga de Torrelavega” fue el primer rey de la montaña y compitió con solvencia en el Tour en 1932, que de hecho debería haber sido suyo. Pero las trampas y la arbitrariedad eran como el pan de cada día en aquellos tiempos, para que luego nos quejemos. Su mujer nonagenaria desveló a los periodistas el secreto de su marido: “la leche de sus vacas. Las ordeñaba el mismo. Entonces no conocíamos el dopaje ni nada, no habíamos visto nunca una aspirina”. Y bueno, no me resisto a poner otro fragmento de una de esas crónicas de antaño: “Cuando veo pasar a Trueba, siempre me parece que lleva en los bolsillos el certificado de defunción. Es el prototipo de niño mártir: tiene una mirada de gato mísero, apaleado y hambriento, pero en el momento que uno empieza a apiadarse de él, ataca…”.

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Miguel Indurain, ídolo de mi juventud, durante la famosa crono de Luxemburgo (Foto: Las Merinadas deportivas de Edu)

Así de intenso es Plomo en los bolsillos. Uno queda enterado de la caballerosa rivalidad de Coppi, primer ciclista moderno y Bartali, prototipo del hombre nuevo para Mussolini y que sin embargo se pasó media guerra pasando de contrabando pasaportes escondidos en los tubos de la bici y consiguió salvar la vida de más de 800 judíos. De esta hazaña, no dijo ni pío y todo se supo después de su muerte. Hay comedia, cuando Eddy Merckx, cuya ansia de triunfos le hizo recibir el calificativo de “el Caníbal”, esprintó viendo una pancarta, que resultó ser propaganda electoral del Partido Comunista. Hay tragicomedia, como la del primer ciclista musulmán (Kader Zaaf), que no pudo cumplir su sueño de ganar una etapa en el Tour porque bajo un sol de justicia un aficionado le tendió una botella que resultó ser vino de Corbières y el hombre, abstemio por su religión, agarró una borrachera de órdago. Hay tragedia, la muerte de Tom Simpson por una combinación de alcohol, estimulantes y ambición desmesurada o el final de Luis Ocaña y Marco Pantani. Y hay decepción, mucha, cuando se relata la historia de Armstrong, el “ciclista que nunca fue”.


Me apeo de esta reseña, donde hay un nutrido pelotón de spoilers aunque aún estoy encendido. Poco que objetar, salvo la amargura final, lo deprimente de la era Armstrong y la extraña ausencia de mi paisano Federico Martín Bahamontes. Mucho, en cambio, que leer y disfrutar con estas lecciones de vida y deporte, donde está condensada toda la esencia de nuestra contradictoria naturaleza humana.   

viernes, 15 de septiembre de 2017

"Rendición" de Ray Loriga

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Me sorprendió ver a Ray Loriga en Página 2. Mucho más que hubiera ganado el Premio Alfaguara. Rendición, cuyo título original era Victoria puede hacer alusión a, primero, los 160.000 euros de la bolsa y luego, a la renuncia de cierta corriente estética que hacía de Ray Loriga el escritor beat patrio por antonomasia. Hay poca cosa en Rendición del autor de Héroes y Trífero, del “escritor más moderno de España”, entiendo que es lógico porque los años pasan y el ardor juvenil se apaga, a veces para bien. En la entrevista lo vi inseguro, trabado, encogido en el asiento (luego en Youtube, entrevistado por Buenafuente parecía más en su salsa). Nada que ver con aquel escritor de la generación Kronen de Rayban, tupé, anillos con calaveras y tatuajes ante el que se rendían las jovencitas, aunque el atrezo sigue siendo el mismo, no lo es la percha. Pero este rollo no es para decir que no me ha gustado Rendición, al contrario. Lo único que, quitando frases lapidarias marca de la casa como “se obedece porque conviene y se duda porque se piensa”, no parece una novela de Ray Loriga. Al final voy a ser de esos aficionados que, como en la música, siempre quieren de su artista más de lo mismo, hasta la extenuación y tampoco es eso.

Vamos con Rendición. Ha sido descrita como alegoría, distopía orweliana con tintes kafkianos y cosas similares.  Está escrita en primera persona, en un estilo conversacional y este es su gran acierto para mí. La prosa es cristalina, muy sencilla, puede parecer un poco simple pero tiene su efecto. Engancha. Seduce. Fluye. Cada frase está engarzada y engrasada de tal manera que las páginas vuelan. A esto se le llama ritmo, y a mí, como escritor aficionado me impresiona. Y es que ojo, uno no engulle Rendición porque haya una trama frenética o al final de cada capítulo se deje aleteando una intriga y todos esos trucos del oficio que despiertan la gula del que lee. Es mérito exclusivo del narrador y por tanto, de Ray Loriga. Otro acierto de la primera persona en este tipo de novelas, es que el lector se siente tan desorientado y perdido como el narrador. Nada se le explica, más que a través de los ojos del que cuenta. Y puede ser como dice, o no. Nunca cede la duda.

El protagonista es un hombre que vive en el campo con su mujer, un advenedizo, en realidad. Porque resulta que primero fue jornalero, luego capataz y más tarde, al enviudar la jefa, se hizo dueño del cortijo. Su simplicidad y conformismo es lo que nos ofrece Ray. Hay una guerra lejana de la que no se dan detalles y ante la inminencia de la llegada del enemigo, el narrador, junto con su esposa y un niño sordo al que han encontrado vagando desorientado y del que no saben nada más, emprenden la huida hacia un refugio preparado por el gobierno (¿qué gobierno? No se precisa tampoco), la ciudad transparente. 

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Ray Loriga: "las redes sociales mejoran la pesadilla de Orwell. Somos delatores de nosotros mismos" (foto: RTVE.ES)

Aquí se puede hacer un corte absoluto en la novela, que cambia y nos sumerge en la descripción de una ciudad insólita, donde todo está ordenado, es higiénico e inoloro, la felicidad fluye sin cortapisas, quizá por efecto de alguna droga y desaparece la noción de lo privado. Las paredes son de cristal y por tanto, todo el mundo sabe todo del otro y se exhibe sin pudor. Se dice que Ray Loriga ha querido hacer una alegoría sobre nuestra sociedad actual, donde el ciudadano ha renunciado a su privacidad voluntariamente. No ha hecho falta una policía del pensamiento ni un gobierno totalitario; al contrario, ha sucedido en democracia y en el seno de la sociedad más igualitaria de la historia. Una fábula, por cierto, en la que los ciudadanos aprovechan su propia mierda como fuente de energía. No digo nada. 

Pero, ¿qué pasa con las personas que no encajan en este modelo de felicidad impuesta? Pues a ello se enfrenta el narrador, hasta su desenlace, vertiginoso, pero quizá el punto más flaco de la novela. Otra pregunta que creo plantea Rendición es hasta qué punto para lograr esa felicidad artificiosa estamos dispuestos a renunciar, ya no a nuestra intimidad, sino a nuestra idiosincrasia, a todo el equipaje que nos define como humanos y se llama vida, que incluye ira, frustración, tristeza, melancolía, todas cosas detestables pero que en el fondo nos equilibran y si están en nuestra maleta emocional es porque la evolución las ha requerido alguna vez para sobrevivir. Todo para lograr un bienestar perpetuo, un aparte hedonista, sin quebrantos, un “mundo feliz” como el que se vive en la ciudad transparente, donde hasta se ha logrado eliminar el olor corporal.

Así que aceptamos Rendición como un artefacto muy digno de Ray Loriga. Da gusto tenerlo de vuelta, aunque cambiado. Es una buena excusa, además, para releer Trífero o Tokyo ya no nos quiere. Yo lo he hecho este verano. Y tirando de otro hilo —el de la novela distópica— llegué a J. G. Ballard, autor conocido entre los amantes de la serie B como inspirador de la película Crash de David Cronenberg. No es mala idea acercarse a títulos como La sequía, Rascacielos y La isla de cemento para conocer las fuentes de las que ha bebido Ray Loriga (no tanto el citado Orwell) aunque casi toda su obra está descatalogada y haya que tirar de biblioteca. Por si acaso, lanzo el guante.

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domingo, 10 de septiembre de 2017

"Los tres dioses chinos" de Toni Montesinos

Los tres dioses chinos, de Toni Montesinos (Fórcola, 2015)

Hablando de placeres, esta vida ofrece sucedáneos que en muchos casos, si no sustituyen al vicio auténtico, al menos ayudan a cubrir su necesidad. Y me atrevo a decir que con el desarrollo tecnológico, que es como una gran serpiente cuya cabeza y parte del cuerpo está entre nosotros, pero sigue creciendo como la gran muralla, pronto el simulacro desplazará a lo real. Un ejemplo temprano son las aplicaciones para smartphone, por las cuales se puede sustituir el placer de conversar cara a cara. Otro es Twitter, que ha suplantado al sano ejercicio intelectual de discutir educadamente y tratar de comprender los argumentos contrarios.

Si digo que viajar es un placer dejo caer un perogrullo del tamaño de un misil norcoreano. Como fui tan ingenuo de hipotecarme en pleno pico de la burbuja (2007, calculen) y además con niños pequeños tengo poco margen. Como, sigo añadiendo ingredientes a la salsa, la edad en la que podría haber sido mochilero pasó y me cogió con el síndrome de la avestruz, mis escasas posibilidades de viajar quedan limitadas a un radio exiguo, a no ser que quiera acompañar a cincuenta adolescentes a Roma o Praga, como he hecho en alguna ocasión, con todo el anecdotario que pueden imaginar. Resumiendo, mis sucedáneos para viajar son: los documentales, donde quizá Un mundo aparte, serie dirigida por Daniel Landa y que pasan regularmente por la 2, es lo mejor que he visto. Los blogs de aguerridos viajeros, aunque estos me hacen pasar un poco de envidia y alimentan mi complejo de inferioridad, ya de por si hipertrofiado. Y como no, mis queridos libros. Aunque según leí en un artículo de El País, la literatura de viajes es un género seriamente amenazado por el turismo low cost. Aquí está el link del artículo, por si queréis ilustraros.

          

Siguiendo con el tema de los libros de viajes, este verano he leído Los tres dioses chinos, de Toni Montesinos. El autor tuvo el detalle de regalarme un ejemplar después de leer mi reseña de una novela suya ambientada en Islandia, Hildur. A modo de diario personal, Montesinos nos describe un viaje que le lleva primero hasta Nueva York y luego a China, visitando Pekín, Xian y Shanghái, hasta coger el vuelo de vuelta en Hong Kong. 

Es un viaje turístico, pero poco importa. En realidad, viajar es una experiencia que nos remite a nosotros mismos, a nuestra esencia. Que despierta, intensifica o revive experiencias y sentimientos ocultos o parcialmente soterrados. No los crea de cero, no hallaremos nada fuera que no esté ovillado dentro de nosotros previamente, seamos conscientes o no. A la propia derivación personal, que salpica el diario de viaje de Montesinos, de repente, tras un viaje en barco por la bahía del Yang-Tsé con el telón futurista de Shangái, una suerte de “Blade Runner fluvial”, se añaden ramalazos de ternura: 
Volvería una y mil veces a recorrer aquel paseo por el río, a mirar la ancha boca de Rita y sus ojos ilusionados acogiendo el aire de la noche. Cuando me fueran mal dadas, en lo que dura un chasquido, el tiempo que separa la vida de la muerte dentro de un tren que está a punto de salirse del carril, todo lo solucionaría escapándome al Yangtze (…), para oír el rumor del barco atravesando el agua y mirar las luces de los rascacielos y la azulada oscilación del cielo. Sería mi gran evasión, mi arte de fuga.
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Skyline de Shangai por la noche (foto: http://www.trotamundosfamily.com)
              
Los tres dioses chinos son, a saber, el yuan, el euro y el dólar. Montesinos nos describe una sociedad hiperconsumista, hasta donde él puede llegar. Un país que ha desarrollado un eficaz ritual para estrujar al turista y hacer negocio. En un sistema autoritario que ahoga cualquier disidencia (lo comprueba Montesinos cuando se conecta a Internet para actualizar su blog y no puede), la mayoría de la población se vuelca en ganar dinero, en una cruel ironía materialista precisamente en un país que hizo una “revolución cultural” segando millones de vidas para implantar el comunismo.

Hay una serie de lecturas que atraviesan este singular libro de viajes, que es también ensayo. Entre ellas, retoma la jugosa tesis de Steven Pinker en El ángel que llevamos dentro, donde arroja datos demoledores para los agoreros: el mundo cada vez es más pacífico, hay menos conflictos y muertes violentas. Cualquier tiempo pasado no fue mejor: las masacres superlativas con los que diversos tiranos a lo largo de la historia de China han regado su territorio arrojan tantos ceros a la derecha que son difíciles de imaginar. Un holocausto siglo tras siglo y, ¿qué queda de todos esos hombres? Lo increíble es que es rutilante en su esplendor: una muralla de seis mil kilómetros que Montesinos califica como el “cementerio natural” más grande de la historia, una ciudad prohibida, monótona en su colosal magnitud y donde todavía borbotea la sangre, un ejército de soldados de terracota. Es curioso lo efímero que es el recuerdo del sufrimiento humano y cómo su cultura material perdura y se impone, causando admiración en las generaciones siguientes. El hombre con minúscula no vale nada y desde luego, si vale algo hoy, deberíamos estar agradecidos.


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                                                    Vista aérea de La ciudad prohibida (foto: laotraruta.net)
Si un viaje organizado, del que los auténticos viajeros echan pestes, sirve sin embargo a Montesinos para escribir un libro de viajes auténtico, vívido pero reflexivo, informativo pero también poético, significa que es el viajero, el sujeto, el que modela su experiencia. Más allá de los recorridos guiados bajo el paraguas de un guía, que curiosamente se bautiza con un nombre español (Quique, Marta y Juan, ¿imagináis a los guías españoles llamándose Sigfried, Matsuo o Pierre, según toque, para recibir al turista extranjero?).

Bueno, pues regalos aparte Tres dioses chinos me ha gustado. Es un ensayo donde predomina una mirada descriptiva, centrada en lo estético y arquitectónico. Se centra menos en lo sensorial, quiero decir olores, sabores especialmente, sobre los que pasa más de largo, aunque esa parte es la que define lo oriental en mi imaginario. El paisaje humano también está ausente, no hay personas, aparte de los tres guías que acompañan al viajero en cada ciudad, es un libro dado a la introspección donde el narrador reflexiona sobre lo que ve, sobre la vida y sobre sí mismo, pero no interactúa. Más que ver esto como una limitación, me parece una cuestión de enfoque. En cualquier caso, leed y juzgad vosotros mismos. 

sábado, 15 de julio de 2017

¿Cuánta poesía hay en la música pop (y rock)?


Voy a salirme un poco de lo habitual para cerrar la temporada antes de abrir un pequeño paréntesis de vacaciones blogueras. Hay un sarpullido típico del verano que es la canción de moda, para la que no existe vacuna y solo sirven medidas profilácticas, como un estricto aislamiento. Difícil, con tantas horas de luz y ese peculiar estilo de vida nuestro, que en general acepto y me gusta, a pesar de que atrae a cierto tipo de moscardón septentrional más bien molesto. Canciones que necesitan de una letra sencilla y pegadiza, sin mayores aspiraciones.

Esto me hace reflexionar sobre el vínculo que hay entre poesía y música popular, ya que la propia poesía nació para cantarse. Tenemos a Bob Dylan como ejemplo extremo y reconocido por la academia sueca. Aunque no es fácil equiparar, porque la música es una salsa con poder saborizante, incluso para la letra más insípida y hay letras hermosas que no funcionan cantadas. Es complejo, lo digo por experiencia porque he hecho mi incursión en ese mundo.

He buscado ejemplos de letras excelsas, más bien fragmentos, de artistas que cantan en español y han logrado momentos de, para el que escribe, gran eficacia musical y hondura poética. Repito que no es fácil ligar estos dos ingredientes, que en muchos casos se comportan como el agua y el aceite. Estos ejemplos son los que me gustan y conozco, unos pocos, pero podéis añadir otros. He obviado, por supuesto, aquellos poemas adaptados por cantautores y otros trovadores modernos con aspiraciones rimadas. Aquí se trata de música pop y rock hecha desde abajo, sin ayuda, sin “intertextualidad”.

No quiero empezar con la típica paliza de si la música de antes, porque ejemplos de aberración los ha habido numerosos en todas las décadas, incluida los mitificados ochenta. Me voy a centrar en lo bueno, pero para que se note el contraste, aquí va un ripio de la canción de moda. Recomiendo enjuagarse la boca después de leer, para que el bouquet no amargue el buen vino que seguirá a continuación.

Vamos a hacerlo en una playa en Puerto Rico 
hasta que las olas griten Ay Bendito 

Me he quedado tan ancho. Pero no condenemos a la hoguera a toda la música de verbena. Ha habido buenos letristas, gente bohemia, culta y creativa, no tan interesada en sacar un producto comercial y ver dividendos rápido como en expresar emociones entendibles y encajadas en un buen contexto musical. Por ejemplo Carlos Berlanga en Ni tú ni nadie y ese superlativo: mil campañas suenan en mi corazón. La canción habla de una ruptura amorosa, pero se ha convertido en un himno a la autoafirmación: ni tú ni nadie puede cambiarme.

Carlos-Berlanga-
Alaska y Carlos Berlanga casi frente a frente. Faltaría Nacho Canut para completar el trío de ases de "Ni tú ni nadie" (foto y más info en bigmaud)
Enrique Bunbury es un gran aficionado a la poesía y lo cierto es que tiene un buen arsenal de versos “prestados” de otros autores en sus letras. Esto generó polémica en su día. A mí, por ejemplo, me gusta mucho el estribillo de La chispa adecuada:

No se distinguir entre besos y
raíces
no se distinguir lo complicado
de lo simple
y ahora estás en mi lista de
promesas a olvidar
todo arde si le aplicas la chispa
adecuada

Viendo una película emblemática del llamado “cine quinqui”, Deprisa, deprisa (Carlos Saura, 1981), me llamó la atención la letra de un tema de Los Chunguitos. Era Me quedo contigo, firmado por Enrique Salazar (muerto de enfermedad hepática en 1982), una rumba que asume el amor como renuncia: Si me das a elegir, entre tú y la riqueza, con esa grandeza que lleva consigo, ay amor, me quedo contigo.

Y en el terreno de la rumba, pero menos comercial y aderezada con otros géneros también fronterizos, Kiko Veneno tiene grandes letras. En un Mercedes blanco se puede leer como un poema, de cabo a rabo:

En un Mercedes blanco llegó
A la feria del ganado
Diez duros de papel Albal
Y el cielo se ha iluminado

Y esta, del tema Echo de menos, ¿qué?:

Si tú no te das cuenta de
lo que vale
el mundo es una tontería
si vas dejando que se
escape
lo que más querías
Es difícil hablar de letras favoritos, porque siempre está la canción de por medio. Destaco Lucha de gigantes, por el propio tema, la sentida interpretación de Antonio Vega y versos como:

Vaya pesadilla corriendo
con una bestia detrás
dime que es mentira todo
un sueño tonto y no más
me da miedo la enormidad
donde nadie oye mi voz …

Y en un terreno rockero, de mayores estridencias, no puede faltar Roberto Iniesta. De nuevo, elegir alguna de sus letras es cuestión de gusto o de nostalgia más bien. Por ejemplo en Stand by, que además comienza con un recitado del poeta Francisco Ortega Palomares y dice:

Vive mirando una estrella
siempre en estado de espera.
Bebe a la noche ginebra
para encontrarse con ella.

Sueña con su calavera
y viene un perro y se la lleva,
y aleja las pesadillas
dejando en un agujero
unas flores amarillas
pa' acordarse de su pelo.

Sueña que sueña con ella
y si en el infierno le espera...
Quiero fundirme en tu fuego
como si fuese de cera.

Antes de hacer la maleta
y pasar la vida entre andenes,
deja entrar a los ratones
para tener quien le espere...
            

Jorge Martínez de Ilegales tiene en su haber algunas de las letras más ácidas del rock en español, por ejemplo en Yo soy quien espía los juegos de los niños. Pero yo tiro por el desamor y me quedo con El corazón es un animal extraño.

El corazón es un animal extraño;
siente extraños deseos, busca extrañas compañías.
El corazón es un animal extraño;
sufre extrañas costumbres y oye extrañas voces.

El gran Rosendo Mercado además de excelente músico es un letrista eficaz, contundente, pero poco "poeta". Aún así, me parece muy evocadora Flojos de pantalón, quizá por sus múltiples lecturas y su tono épico, solo de guitarra cantable incluido:

Surge la escena en un salón
niñas en promoción
momias poniendo precio
ambigüedad.

Para ir acabando, no podía faltar Joaquín Sabina, reconocido letrista y poeta popular, no solo músico. Otro corazón marchito en Cerrado por derribo:

No abuses de mi inspiración,
No acuses a mi corazón
Tan maltrecho y ajado
Que está cerrado por derribo.
Por las arrugas de mi voz
se filtra la desolación
de saber que estos son
los últimos versos que te escribo

Y menos conocidos, pero con algunas de las mejores letras del rock español en su haber, los granadinos 091. Sin duda, José Ignacio García Lapido sabe cómo escribir buenos temas de rock y aderezarlos con letras sensibles e inteligentes y el bueno de Pitos logra insuflar vida con su voz a toda esa poesía y dramatismo. Un claro ejemplo en Buen día para olvidar, del álbum Más de cien lobos.

Hay días que agobia respirar el mismo aire que la gente.
Pues que la suerte se tapó los ojos hoy para no verme.
Pasa de largo si me ves,
hoy sólo te podría decir hola y adiós.

Es de esos días que te da por quemar libros de poesía.
Y si no arden suavemente se te viene el mundo encima.
No hay broma que pueda animarme,
ni nada que puedas hacer.
Buen día para olvidar,
buen día para olvidar,
cansado de andar, cansado de andar,
de andar siempre y de no ir a ningún lado.

Es de esos días que mejor no hubiera amanecido nunca.
Es cuando al vaso una gota solamente lo desborda...


            

Y bueno, aquí acabo, pero el tema sigue abierto. Podéis incluir vuestras sugerencias en los comentarios. A partir del lunes estaré menos activo en la blogosfera y la llanura queda clausurada hasta septiembre, si Dios quiere. Disfrutad del verano y leed mucho.  

jueves, 6 de julio de 2017

"Un viejo que leía novelas de amor" de Luis Sepúlveda


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Siempre se dice de la selva amazónica que es el pulmón del mundo. Y la farmacia. Un territorio impenetrable, cambiante y su fulgor esmeralda, tan diferente a la llanura donde vegeto. Aquí, solo hay horizonte. Es un remanso, un paisaje en pausa. Se hace difícil concebir un espacio en continua palpitación. Mi tierra parece un decorado, un telón pintado de añil. En la selva, aún cuando la lluvia cae con una densidad que impide ver un metro por delante, la vegetación contiene el aguacero en su cúspide y solo a intervalos se derrama en pequeñas cataratas. Luis Sepúlveda dice “el cielo era una inflada panza de burro colgando amenazante a escasos palmos de las cabezas”, ¿qué tiene que ver con el techo de cristal, casi en contacto con el espacio sidéreo de la llanura? La llanura es tan transparente que apenas guarda algún secreto. Las pedrizas se yerguen a la vista, como cicatrices entre los retales de parcelas, amarillas, ocres, el verde transitorio del cereal o las viñas. Ni siquiera el monte abigarrado, los manojos de tomillo, las escasas encinas de gruesa corteza. No hay donde esconderse. En la selva, bajo el fango, duermen escorpiones y serpientes de varios metros. La lluvia arrastra una cascada de insectos que engullen los peces. Los shuar, mal llamados “jíbaros”, “unos hombres semidesnudos, los rostros pintados con pulpa de achiote y adornos multicolores en las cabezas y los brazos” conocen “el arte de convivir con la selva”. En la llanura, antes de la industrialización, bastaba un lazo, un pozo y agachar las corvas para arañar la costra caliza y hurgar dentro de la tierra. No era poco, desde luego, pero no requería tanta simbiosis. Exigía más bien el cambio, la transformación, para sobrevivir: desbrozar, retirar la piedra, arar, sembrar y recoger la cosecha. Arrinconar el poco bosque y sus alimañas. Levantar una vivienda de tapial y otra, hasta tener un pueblo. 

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Imagen de la selva amazónica (foto: tocadacotia.com) y la llanura manchega. Nótese el contraste. 
Antonio José Bolívar Proaño es un viejo que vive en un reducto aislado de la amazonia, un pueblacho llamado “El Idilio”, gobernado por un gordo sudoroso, único representante del estado en aquel paraje selvático. Allí consume su vejez leyendo con ayuda de una lupa, “lentamente, juntado las sílabas, murmurándolas a media voz como si las paladeara”, novelas de amor, de las que le provee cada seis meses el doctor Rubicundo Loachamín. Un pícaro que extrae los dientes podridos a los lugareños valiéndose de una particular anestesia: “ya sé que duele. ¿Y de quién es la culpa? ¿A ver? ¿Mía? Del Gobierno! Métetelo bien en la mollera. El Gobierno tiene la culpa de que tengas los dientes podridos. El Gobierno es culpable de que te duela.” Bolívar tiene amistad con el médico, porque le extrajo las piezas podridas y le dejó una prótesis a buen precio, que lleva envuelta en un pañuelo descolorido, “¿y por qué no los usas, viejo?” “No estaba ni comiendo ni hablando. ¿Para qué gastarlos entonces?”.

El viejo fue joven una vez y con su esposa, Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo, bajó de la sierra mordiendo el señuelo que el gobierno había dispuesto para poblar zonas remotas de la amazonia, disputadas al Perú. Allí comenzó una estéril lucha con la lluvia, los mosquitos, las fiebres, la crecida incesante del río y las serpientes. Hasta que los shuar, compadecidos, adoptaron a Bolívar, que aprendió de ellos el lenguaje de la selva. Tuvo que volver a la civilización, sin embargo.  Desde su choza el viejo contempla la depredación de los colonos, cazadores furtivos y buscadores de oro, “construyendo la obra maestra del hombre civilizado: el desierto”. Ignorantes de las leyes de la selva, al quebrantarla la vuelven contra ellos. Por eso la aparición de un gringo muerto desata los acontecimientos. Una hembra de tigre se ha cobrado la vida del cazador y vaga con sed de venganza. No tardan en aparecer otros muertos y la autoridad de El Idilio, decide salir a darle caza. ¿Será el último encuentro de Antonio José Bolívar Proaño con el lugar que le permitió dar a la palabras “libertad” un sentido?

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Fotograma de la película basada en el libro (foto: fantasmasculturales.wordpress.com.) No sé por qué, imaginaba al viejo Bolívar de otra manera...

Entrañable alegato ecologista de 137 páginas, con personajes memorables, palpitante, donde también se rinde un pequeño homenaje a esas “palabras hermosas que a veces hacen olvidar la barbarie humana” y que nosotros llamamos literatura. Escrita por Luis Sepúlveda en 1988, recibió el Premio Tigre Juan de Oviedo. Según dice la Wikipedia, ha sido traducida a 60 idiomas, ha vendido 18 millones de libros en todo el mundo y fue adaptada al cine con Richard Dreyfuss como Antonio José Bolívar. Así que poco voy a poder añadir que no se sepa. Ha sido después de su lectura cuando he descubierto que la novela en cuestión era todo un fenómeno, pero nunca es tarde. Primer libro de estas vacaciones.    

domingo, 2 de julio de 2017

ÚLTIMAS LECTURAS


Iba a titular este post “cosecha de primavera” o de forma más prosaica “lecturas de primavera”, pero es que este año la estación de los brotes verdes le ha robado casi dos meses al verano. El calor asfixiante, los embalses exhaustos dejando la rebaba conforme menguan, como anillos de espuma en una jarra de cerveza, los eucaliptos de repoblación convertidos por el calor en auténticas cerillas…Solo la tos asmática y las amapolas se han asomado a este cuadro primaveral. Dos meses donde apenas he leído, para qué voy a mentir. Ya me resarciré en julio y agosto. Esto me recuerda al general Maceo en la guerra de Cuba, la del Maine, que se vanagloriaba de sus invencibles generales “junio, julio y agosto”. Pues mi mes de junio, ahí, ahí. 


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De momento estoy reuniendo algunos libros, he hecho un hueco en la estantería y me gustaría poner un neón con una flecha, como las de los hoteles retro. Allí acumulo las posibles lecturas caniculares. Es provisional, tiene aún el andamio puesto. De momento está Manhattan transfer, de John dos Passos, el libro que inspiró a Camilo José Cela La Colmena. Y echándole un vistazo, la estructura es prácticamente idéntica, pero claro, poco tendrá que ver el Madrid de la posguerra con el Nueva York de los locos años veinte, aunque según he leído la novela de dos Passos pretende precisamente desmitificar y dar voz a los perdedores, a la otra cara de la moneda del éxito fácil. Eso gusta, a mí al menos. 

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Y bueno, en curso y casi acabando, tengo La larga marcha de Rafael Chirbes. Fantástica novela que a mi parecer sigue la línea de La buena letra. Es una obra extensa, ambiciosa, con múltiples personajes y dos generaciones que se acaban entrecruzando y entreverando. Todos surgen del fango de la guerra civil. Hay de los dos bandos, aunque del ganador Chirbes, de forma insólita al menos para el que escribe, no extrae una muestra triunfal. Casi no se distinguen de los perdedores. La evolución y los caminos que toman los personajes son sorprendentes. No falta el pesimismo y la prosa absorbente, marca de la casa. Me parece una pieza esencial para comprender nuestra historia reciente, lejos de los caminos trillados y un artefacto literario de muchos quilates. Yo estoy leyendo una reedición de Anagrama, porque en su tiempo pasó sin pena ni gloria. No en Alemania, donde fue premiada y un crítico (Marcel Reich-Ranicki) le dedicó las siguientes palabras: 
En La larga marcha se habla una y otra vez de una “nueva España”, y todo el que cree en la posibilidad del cambio deposita en esa idea siempre el mismo ingenuo entusiasmo. Lo que ocurre con Rafael Chirbes es que ha escrito una historia de las grandes esperanzas y las grandes promesas, pero también de los grandes desencantos
Entre muchas, voy a destacar una de ellas que me ha emocionado especialmente por su patetismo, la del médico republicano, condenado a muerte tras la guerra, degradado por los vencedores, que pierde los estribos ante las incipientes inquietudes políticas de su hija, la insulta y acaba quemando los mismos libros marxistas que el leía y ensalzaba en su juventud.

Aparte de esta joya, por suerte revalorizada, al fin pude con un libro de Javier Marías. Seguí las indicaciones de otros amigos blogueros, no podía ser menos y me hice con Corazón tan blanco. A propósito de Javier Marías, hace unos días estuvo en la picota digital por pensar diferente a la mayoría. Y eso que lo dijo con educación y buenos argumentos, pero parece que los tiempos de “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo", frase atribuida a Voltaire (al parecer es obra de algún biógrafo, pero expresa a la perfección su pensamiento), están finiquitados. Por suerte, creo que al autor le resbala e incluso puede que le guste tirar piedras a la jaula de los monos, para verlos cabrearse en Twitter.


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Bueno, pues Corazón tan blanco es un artefacto interesante. No soy filólogo, pero creo que su sintaxis es en ocasiones un tanto enrevesada. La de vueltas que da para decir algo. También, sin ser crítico, me parece que se le va la mano con las digresiones y qué decir de los paréntesis. Confieso que he practicado el salto de párrafo y el salto de línea, deporte olímpico cuando una lectura te aburre y en el que tengo pericia. Pero a pesar de todo, hay situaciones brillantes, escenas que perduran y merecen una relectura. En ocasiones es casi un ensayo, es un libro complejo, no en su trama, sencillísima (como a mí me gusta, dicho sea de paso), pero si en otras facetas. El inicio, esto se ha dicho mil veces, es magistral. Destaco la que para mí es la espina vertebral de la novela, su visión pesimista del amor y las relaciones personales, pero hay otras, que se podrían sintetizar a través de estas citas (con el subtítulo “para pensar…”):

La gente quiere en buena medida porque se la obliga a querer.

Hay veces en que la vida de los otros, de otro (…) depende de nuestras decisiones y vacilaciones, de nuestra cobardía o arrojo, de nuestras palabras y de nuestras manos, también a veces de que tengamos dinero y ellos no lo tengan.

Cualquier relación entre personas es siempre un cúmulo de problemas, de forcejeos, también de ofensas y humillaciones.

A veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, de que todo ocurrió y a la vez no ha ocurrido, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente y hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición.

Para acabar esta exigua cosecha, en cantidad, pero no en calidad, compré en un mercadillo la novela póstuma de Yukio Mishima, La corrupción de un ángel. Forma parte de una tetralogía, “El mar de la fertilidad”. Fue entregada a la imprenta por el escritor japonés poco antes de ejecutar una performance de corte fascista o poética, según se mire (aunque pese, el nacimiento del fascismo estuvo vinculado a cierta poesía de vanguardia). El 25 de noviembre de 1970 se dirigió con cuatro de sus seguidores del takenotai — una especie de organización paramilitar fundada por el propio Mishima— al cuartel general de Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón y tras maniatar al comandante al mando, arengó a un grupo de soldados pidiendo la restauración imperial. Fue abucheado y acto seguido, se quitó la vida a través de la ceremonia del seppuku. Nadie lo había hecho desde el final de la guerra mundial.


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Ya había leído antes a Mishima, con fascinación. Era un personaje especial. Conocía bien la literatura europea y de hecho, según los críticos, su obra expresa la simbiosis entre tradición y modernidad. En Youtube hay algunos videos, incluida su estrambótica aparición frente a las tropas, desplegando dos pancartas con soflamas patrióticas. La obra en sí trata sobre un adolescente que es adoptado por un anciano acaudalado, por razones místicas. El joven pronto desvela una insólita inclinación hacia el mal. La novela alterna las descripciones preciosistas, la pausa y lo contemplativo, con escenas fulgurantes de gran viveza. El crisantemo y la espada, frase con la que la antropóloga Ruth Benedict quiso sintetizar la singularidad de la cultura nipona.

La corrupción de un ángel contiene una teoría sobre el suicidio (existe una variedad que acepto: las personas que se suicidan para afirmarse como tales), no podía faltar y la novela en general tiene una gran carga filosófica y poética. Entre sus ideas directrices, el desencanto por la juventud que irremediablemente se pierde y lo que es peor, se malgasta y al envejecer repara uno en la sangría que ya no se puede detener: solo con la edad sabía uno que existía una riqueza, una embriaguez incluso en cada gota. Mucho que decir tienen también sus personajes, nada arquetípicos, profundos y de los que me quedo con el viejo Honda y Keiko, cuya fealdad sublima su locura, haciéndola creer la mujer más bella del mundo. Os dejo para acabar un reportaje sobre el autor.  

            

jueves, 22 de junio de 2017

DOS AÑOS EN LA LLANURA

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Ya van dos añitos desde que empecé con el blog. Los antiguos egipcios creían que después de la muerte su espíritu se las tendría que ver con el tribunal de Osiris. Hasta allí era conducido por Anubis, el de la cabeza como el perrito procurador que antes se ponía en la bandeja trasera del coche, hablo de modelos tipo Seat 124 y así, no las pijerías crossover de ahora. Pues eso, que el espíritu era llevado a la presencia de Osiris y sometido a un cuestionario personal. Por si se le ocurría mentir, se colocaba su corazón en una balanza y el dios Tot iba tomando nota de cada respuesta. Si mentía, la balanza se desequilibraba y el Ammit, un bicho con cabeza cocodrilo, piernas de hipopótamo y cuerpo de león lo engullía sin pan ni sal y se acabó lo que se daba, ni inmortalidad ni vida ultraterrenal. Perdón si hay algún egiptólogo por los detalles que me he saltado o he escrito mal. Esta introducción viene porque después de dos años, no era mala idea someter mi corazón bloguero a similar interrogatorio. No tengo ningún monstruo a mano, salvo los de las noticias, ya sabéis: pirómanos, fanáticos religiosos, etc. Pero si las ventajas de vivir algunas horas a la semana en la blogosfera no pesaran más que los inconvenientes, me temo que perdería el juicio y Osiris me mandaría con mis lecturas y demás a cualquier rastrojo. Y es que después de dos años, he acumulado buenos argumentos a favor y algunos —pocos—en contra.

Empecemos con lo malo. La falta de tiempo. Literalmente, hay semanas que estoy desbordado. Tengo dos niños pequeños, ya lo sabéis, aparte del trabajo. En este rato que escribo el post el chiquitín ha quitado el tapón de la piscina y ha empantanado el patio. Mi mujer está que trina, así que después de este párrafo vendrá una pausa. 

¿Tantas y tan buenas sugerencias lectoras no os provocan ansiedad? Este síndrome, el del bloguero literario, es conocido por los médicos. El bolsillo también se ve afectado y eso que, por la experiencia de la crisis, que ha triturado a mi familia, me he transformado en un superviviente. Bibliotecas, mercadillos, son mi hábitat. 

Como conclusión, hay temporadas en las cuales me saturo y apenas logro publicar un post cada tres semanas. También mi seguimiento de otros blogs se resiente. La sensación de escribir y no saber si te leen y las puñeteras estadísticas de blogger, con sus ficticios internautas rusos, son otros síntomas habituales. Así que vamos con lo bueno.   

Lo primero es haber conocido a gente con la que comparto afición lectora y escritora. Después de un tiempo me resultan extrañamente familiares, a pesar de no conocerlas en persona (con una excepción), incluso de algunos sin saber siquiera su nombre real (aquí juegan con ventaja porque ellos si conocen el mío, tengo tan poca sal que ni se me ocurrió un alias). De esta relación nace un sentimiento de aprecio y respeto. De cierta amistad, en suma. Y aunque es extraño, para mí, que soy sensible y poco habilidoso socialmente, resulta conmovedor. Me ha pasado ya dos veces, perder el contacto con algún bloguero, por razones desconocidas y sentir desazón, hacerme preguntas del tipo, ¿por qué se habrá esfumado así? ¿Estará enfermo? ¿Se habrá hartado? ¿Lo acosaba algún troll y se ha visto obligado a echar el cierre? Por favor, si deciden cortarse la coleta, despídanse.

He crecido como lector, no hay duda. Ya no es cuestión solo de cantidad, que sí, luce mucho decir que he doblado e incluso triplicado el número de lecturas desde que tengo el blog. Es que hay autores y títulos a los que nunca me habría acercado por mí mismo. De estas lecturas saco bastante provecho, por cuanto puedo contrastar opiniones, recibir comentarios, investigar para escribir una reseña, pensar en lo que leo e incluso, atreverme con monográficos. ¿Cómo si no habría podido afrontar una relectura de El Quijote?

Mis reseñas creo que han ido mejorando. Aunque enseguida cualquier lector verá que no soy un especialista y que resbalo en ciertos temas, al menos espero que si pueda identificar el apasionamiento. Cuando leo tengo la sensación de que efectivamente estoy viviendo una experiencia, igualable a muchas reales (mejores) que he tenido. La literatura me ha enseñado tanto sobre las personas como la experiencia. Por citar un ejemplo, la semana pasada resonaba en mi cabeza La muerte de Ivan Ilich, precisamente en contexto similar y su recuerdo me ayudó a encauzar mis sentimientos.

Y en cuanto a esta faceta de aficionado a la escritura recuperada en los últimos años, también se ha visto beneficiada, porque se aprende leyendo y escribiendo con sentido crítico. Llegado a este punto viene mi humilde obsequio a los amigos que frecuentan la llanura. Hace un par de meses quedé segundo en el VII Certamen Internacional de Novela Corta Giralda, que organiza la asociación Itimad de Sevilla. Es algo amateur, que nadie se asuste. No voy a contribuir al saturado mercado editorial de momento. Pero el caso es que me enviaron una caja de libros y mi idea es regalárselos a quién lo demande, teniendo preferencia los seguidores del blog. Está el primer premio, el mío y el premio local en un único volumen. Mi novelita (apenas 70 páginas) no es nada del otro mundo. Releyéndola, ya editada, le he visto las costuras (es lo que tiene ser más lector que escritor). Pero en fin, igual que cuando uno va a la audición del conservatorio de su hijo y no le exige que sea Beethoven, pues espero que seáis comprensivos conmigo. Es un regalo que me hace mucha ilusión repartir aquí. Quién esté interesado tan solo tiene que enviarme una dirección de envío en el formulario de la derecha, garantizo la protección de datos. Sin coste alguno tendrás un ejemplar en casa en pocos días y si quieres, aunque esto me cuesta horrores, te lo dedico. Si por casualidad se acaban los ejemplares físicos te lo puedo enviar por email en PDF o EPUB. Y nada, solo me queda despedirme con un fragmento de Domicilio desconocido, ya veis que no me quemé los sesos con el título (soy un comercial nefasto, lo sé). Espero que sigamos por la llanura al menos dos años más. 

Necesitaba apagar el recuerdo de la voz de Nieves, que se había enquistado en mi cabeza y los pensamientos obsesivos que me zarandeaban. Esquivando a los conocidos, caminando furiosamente, me sorprendí un par de veces deletreando su nombre: N-i-e-v-e-s, casi un suspiro, casi una bala saliendo de mi garganta…