







Cuando abre los ojos, le sorprende la vista del cielo
raso. Trata de mover las manos, pero no puede. Su párpado derecho cimbrea como
una mosca moribunda. Ante sus ojos, pequeñas briznas de color rojo y verde se
consumen como fósforos. Parece que hubiera sido engullido por el televisor. Tragado
por el mando a distancia. Lo intuye, borroso, sobre la mesita, con una capa de
mugre alrededor de los botones y una tira de cinta aislante para sujetar la
tapa de la pila. Los pensamientos le llegan en ráfagas. Hay momentos en los
cuales un zumbido se instala en su cabeza y el techo relampaguea. Otros, en los
que tan solo percibe el ritmo de su respiración y el pecho subiendo y bajando.
Aguza el oído. Oye a los vecinos de arriba arrastrar los
muebles. Suelen tener comida familiar los domingos. Si es así, lleva postrado
casi veinticuatro horas. Chasquea la lengua y nota la saliva reseca en la
comisura de los labios. Tiene sed y le quema la garganta. Se pregunta si no se
habrá transformado en algún insecto horripilante, como le pasó a Gregorio
Samsa. Si no recuerda mal, la familia de Samsa trató de encajar los hechos, al
menos al principio. Pero él está solo. Nadie se espantará de sus patas de
artrópodo, ni de su voz metálica, apenas comprensible. Nadie le aplastará con
su bota, ni retorcerá el pie para extraer a conciencia sus entrañas.
Un rayo de luz se desliza por su cuerpo y se instala en
su barbilla, le lame la cara como si fuera un gato. ¿Dónde estarán sus gatos? Cree
oírlos maullar con desesperación y arañar la puerta, incluso nota una lengua
áspera lamiéndole sobre la cara. Pasa un tiempo y le sorprende un movimiento
reflejo de su mano, que se abre y vuelve a cerrar. Siente una sed que le abrasa.
La mujer de la limpieza llega los jueves. Es la única persona que cruza el
umbral de su casa. Cuando se va, queda un olor a tierra mojada, pero pronto regresa
el hedor al que ya se ha acostumbrado y apenas le afecta: los orines de los
gatos, las perlas de arena y excrementos en el parqué, el aire viciado por la
falta de ventilación, el olor a sudor y comida recalentada. La costra cuarteada
de grasa en la sartén. Tose, tiembla por el frío. De repente se oye el
chasquido del termostato y el mugido de la caldera al encenderse. Piensa en su
propia muerte.
Hace tiempo que Manuel desea morir. No ha sido la
esperanza lo que lo ha detenido. Ha sido el miedo. Se lo dijo a su psiquiatra,
antes de que le recetara seropran, cipramil, o cipralex. No lo recuerda. Los
nombres parecen inventados por un mal escritor. Prozac suena mejor. Ahora da
igual. La muerte llega gota a gota. Como el suicida que, tras elegir a
conciencia un árbol, preparar la cuerda y ceñirse el nudo corredizo, es
alcanzado por un rayo.
Imagina a la mujer de la limpieza, cuando abra la puerta
y al hedor habitual, se sume el de su cadáver en descomposición. Piensa en sus
gatos, hambrientos. Ha leído noticias de animales que devoran a sus dueños
muertos. Casi siente los colmillos desgarrando su carne azulada.
Se duerme. Una tenue vibración en la madera, apenas un
cosquilleo, lo despierta. El teléfono brilla en el suelo. Alguien ha avistado su
naufragio, por instinto o intervención divina. Abre y cierra la mano, se
arrastra. Un lado de su cuerpo está paralizado. Araña la madera con las uñas.
El teléfono enmudece y la mano se desploma. Quiere llorar y una lágrima le
enturbia el ojo sano. Pasado un segundo, vuelven a llamar. Logra estirar el
brazo, avanza, casi roza la pantalla. La toca. Una voz:
—Manuel, te he escrito varias veces y no contestas. ¿Va
todo bien? ¿Estás ahí?
Abre la boca, una parte cuelga inerte. Es inútil. No
logra articular palabra. Apenas un quejido, como el gorjeo de un cuervo. El
brillo desaparece.
Al cabo de varios minutos, llaman a la puerta. Aporrean
la puerta. Manuel grita. Un sonido gutural, pero audible.
Lejos de allí, dos adolescentes se calzan las botas. Antes han tenido que sacudirlas, golpearlas contra el suelo para desprender el barro seco, los excrementos y las briznas de paja. Son botas de caña alta, les llegan hasta la rodilla. Verdes, impermeables. Abren la puerta y los cerdos desfilan por el pasillo. Son lechones, casi ciegos, rosados y frágiles. Cruzan por la estrechez de la galería, atropellándose. Los muchachos cierran las puertas y con sus botas, sus botas de trabajo, calzadas para la ocasión, saltan sobre el primero de los lechones. Los huesos del animal se quiebran y el chillido llena el aire. Esa invocación de auxilio, de piedad, que conmovería a un corazón de piedra, alimenta en cambio el furor de los dos amigos, que prosiguen su tarea destructiva, casi con lujuria. Patalean, saltan y quiebran las costillas de los animales.
Una ambulancia traslada a Manuel al hospital. Su párpado marca los segundos, tiembla como los cerdos moribundos en la oscuridad del hangar. Para dejar constancia, lo graban con el teléfono. La cámara atestigua y retiene el lúgubre paisaje, el empedrado de cuerpos amoratados, los rostros sudorosos de los matarifes y sus botas embadurnadas de sangre y secreciones. Manuel no sabe nada de esto, porque no puede ver la televisión ni leer el periódico online. Ni siquiera sabe si vivirá o podrá volver a hablar y moverse con normalidad. Es un cerdo aplastado, reventado por una vena caprichosa que ha anegado su cerebro.
Mientras, un arqueólogo cepilla los huesos de un cuerpo semienterrado. Han pasado diez mil años. Un hombre yace como Manuel, pero con una flecha de obsidiana alojada junto al esternón. Murió allí mismo y para fortuna de los científicos, no fue despedazado por las alimañas. Tal vez una riada lo ocultó y cegó aquella infamia. Sus costillas sobresalen entre el polvo rojo. El armazón óseo que nos sustenta, que cobija nuestros sueños y al que hacen temblar nuestras pesadillas. Allí sepultados, junto con otros, cráneos donde se abren agudos orificios. Consumidas las vísceras, roídas por el tiempo, solo queda el espacio vacío y negro. Hay una mujer en posición de haber sido maniatada, con el cadáver de un niño en el regazo. Todos muertos, aplastados, como los lechones de la granja. Violencia de hombres contra animales o contra otros hombres o contra sí mismos. Hombres devorando, devorándose o siendo devorados. El hombre luego trata de reparar lo que rompe, movido por el sentimiento de culpa. Hablar de "hombre" como generalidad cuesta. Pero ahí están los huesos.
Manuel ingresa en la unidad de cuidados intensivos. En la sala de espera, un padre manosea una hoja cuadriculada. Ha sido arrancada de un cuaderno escolar y contiene las últimas palabras de un niño. Ese niño, se dejó caer en los brazos de la muerte. De él, queda apenas un cuerpo reventado. No han sido las botas de plástico, las botas de caña alta las que han quebrantado sus huesos. Ha sido el miedo, el callejón sin salida al que se había visto abocada su breve existencia. Ese niño, ha visto en la muerte un descanso. En la carta se despide de sus padres, no hay titubeos en su caligrafía. No hay rastro de una sola lágrima que haya arrugado el papel. La mano del niño estaba guiada por la determinación, por la promesa del descanso. El niño incluso sueña con que el suelo se transforme en un blando lecho sobre el que descansar, en un lago encantando, en un pasadizo mágico hacia el cielo. Ese cielo que el hombre ha imaginado sin violencia. Y por eso —quizá— le está vetado.