jueves, 3 de febrero de 2022

VIAJANDO EN EL TIEMPO

 

La primera máquina del tiempo fue el DMC DeLorean, un coche con puertas de ala de gaviota y carrocería de acero que le daba un aspecto futurista. Equipado con el condensador de fluzo (en lugar de flujo, se dice que por un error de traducción) y un panel donde solo había que indicar la fecha de destino, uno podía pasearse por el espacio tiempo solo con inyectar al cacharro un chupinazo de plutonio. Mi coche también es gris, como el DeLorean. Por desgracia tiene unas puertas corrientes, con algún arañazo hecho en los siempre comprometidos parkings de supermercado. Funciona con combustible diesel y en el lugar de los circuitos del tiempo está la consola con el GPS, el climatizador y la radio. Siempre pongo Radio3, aunque cada vez menos porque han jubilado por la fuerza a mis locutores favoritos, sustituyéndolos por insulsos millennials que pinchan música con voces autotuneadas.

La pasada mañana varios entrecruzamientos activaron el condensador de fluzo de mi coche, que es metafórico, pero funciona sin necesidad de robar material radioactivo a terroristas libios. Fue cuando pincharon a Derby Motoreta´s Burrito Kachimba, el nombre de este grupo ha exigido muchas repeticiones a mi devastada memoria. Si alguien quiere viajar al futuro y al pasado a la vez, que escuche con conciencia plena El valle. Un calambre de cante jondo y psicodelia hará que te curves con su fuerza cósmica. Mientras que mis acompañantes decían, «ya puedes arrancar, ¿por qué no nos vamos?», mi Citroën se transformaba en un DeLorean y la guitarra sacaba chispas al final imitando la melodía de un shitar.

Cuando acabó, arranqué y proseguí la marcha. El condensador del doctor Brown seguía lanzando destellos, quizá por eso me topé con una abuela con mandil y moño prieto, hacía mucho que no veía ninguna. La pandemia les ha dado la puntilla, pero ahí estaba una superviviente, en mitad de la calle, con una regadera de lata color verde trazando paralelas de agua sobre el asfalto. Fue el ritual mañanero de las amas de casa de antaño, cuando las calles eran de tierra. La mujer no detuvo su tarea al verme hasta que regó la porción de calzada que comprendía la fachada de su casa. En mi pueblo, la acera no se considera bien público, sino propiedad privada de la casa que la baña con su sombra y antes era habitual que algún abuelo te gruñera para que retirases el coche de “su puerta”, más en verano cuando salían a tomar el fresco. Detuve el DeLorean, para no interrumpir una acción que alumbraba las mañanas de mi infancia, cuando iba al colegio a pie comido por las legañas y las mujeres convertían las polvorientas calles de los barrios humildes en los jardines de Versalles.

Pocos metros o décadas más adelante, me crucé con el último de los heavies del pueblo. Todavía viste con pantalones de pitillo, cadenas, chapas, chupa de cuero y camiseta de Judas Priest. Ha sobrevivido a la heroína, a la cirrosis, al pabellón psiquiátrico, al Trap y parece ser que al coronavirus. Caminaba raudo, a grandes zancadas, como un power chord a galope. Su aún frondosa cabellera me ha hecho concebir esperanzas de que le quede cuerda para rato.

Siento que me alimento de fantasmas, no sé si es nostalgia, pero mi mundo es cada vez más, pasado y el presente me resulta tan obtuso como extraño. El día que cesen estas apariciones, el DeLorean —y yo mismo— seremos carne de desguace.  

          

viernes, 14 de enero de 2022

"Las ninfas" de Francisco Umbral


Cuando el filósofo Guy Debond acuñó el concepto de sociedad del espectáculo a finales de los 60 puede que en España un buen porcentaje de hogares ni siquiera dispusiera de un televisor a color. El dichoso cachivache transformó el mundo. Escribir sobre su capacidad, en especial antes de la llegada de las redes sociales, para crear una memoria colectiva y movilizar (o moldear) a la opinión pública es casi una perogrullada. Siguiendo con lo de sociedad del espectáculo, Debond explicaba que ésta había convertido la vida en anécdota y la realidad en representación. Francisco Umbral (seudónimo de Francisco Alejandro Pérez Martínez según la Wikipedia) podría ser un buen ejemplo. Si hace unos meses leí en un artículo que el rey emérito se lamentaba, con amargura, de que para las nuevas generaciones pasará a la historia como el de Corinna y los elefantes, Umbral, autor de más de 100 libros (muchos meramente alimenticios, dicho por el propio autor en una entrevista con Sánchez Dragó que hay por YouTube) y miles de artículos (treinta años a columna diaria, calculen), ha quedado reducido a la anécdota, al misántropo iracundo que interpelaba a Mercedes Milá con aquello de «yo he venido aquí a hablar de mi libro».

Parecidas circunstancias redujeron al último surrealista, Fernando Arrabal, a una lengua trabada por el chinchón y el “milenarismo” (¿no se referiría a los millenials?). De mi brumosa adolescencia recuerdo leer con asombro las infamantes columnas de Umbral y divertirme mucho. Era lo único aprovechable del periódico que por otro lado calificábamos de “inmundo” pero, jamás se me ocurrió leer sus novelas o ensayos. Solo la célebre Mortal y rosa, en una edición de Círculo de Lectores que perdí y no recuerdo acabar, ni siquiera entender. Fue saber del documental Anatomía de un Dandy, que firman Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, nominado a un Goya en 2021 y venirme las ganas. Y las preguntas. Porque, ¿cómo un escritor celebérrimo, leído por más de un millón de personas a diario ha podido caer tan rápido en el olvido? Hablamos de un Premio Cervantes y Premio Príncipe de Asturias. Quizá la respuesta tenga que ver con que la España de Umbral ya no existe y él mismo es historia. Otra duda, al hilo de Anatomía de un Dandy, ¿podría Umbral resurgir aupado por cierto auge de lo que viene a llamarse viejuno o la nostalgia de los columnistas de hoy por la figura del tocanarices? Lo dudo mucho, su egolatría, petulancia y en suma, irreverencia hacia los tabús contemporáneos lo llevaría de cabeza a la picota (digital).

Umbral construyó un personaje, un híbrido de quinqui y dandy, dos especímenes también extintos y yo creo que detrás de toda su impostura ni él se tomaba en serio. Incluso en una entrevista le oí decir que solos los tontos se toman en serio. Así que imagino su diagnóstico sobre la España actual de poder ser invocado haciendo una güija. Porque dicen que este país moderno, europeizado y tolerante ha perdido el sentido del humor. También  ha renunciado a uno de sus referentes: el heterodoxo. En el caso de Umbral, su personaje le dio fama pero, fagocitó a la persona y por desgracia, al gran escritor que dicen fue. Al final es el arte lo que perdura y no el chascarrillo. La sociedad del espectáculo es efímera o como se dice ahora, líquida.

Reflexionando sobre estas cosas decidí leer a Umbral, quedarme con el escritor. Vi que en la biblioteca escolar había varios títulos, con pinta de no haber sido abiertos nunca y me decanté por Las ninfas, premio Nadal de 1975. Había leído (perdón por no poder citar fuentes, soy un abejorro desmemoriado que picotea sin criterio) que la década de los setenta fueron los mejores años de Umbral en lo literario, gracias a que su editor Josep Vergés (director de Destino, hoy en manos del grupo Planeta) le apretaba las tuercas. Que alguien exija con sinceridad —y severidad— lo mejor de ti, cuando de verdad tienes para ofrecer algo bueno, siempre te ayuda a crecer personal y profesionalmente. La adulación y la autocomplacencia son un debilitante para cualquier artista. Confieso que me zambullí en sus páginas escéptico, soy un lector que o muerde de una el anzuelo o se va a nadar a otro sitio, pero esta novela resultó ser un cebo irresistible.

Las ninfas es una narración en primera persona, de tintes autobiográficos, centrada en los años de la adolescencia. El escenario, una ciudad de provincias en la España de los cincuenta del siglo pasado, un país que aún lamía sus heridas tras el desgarrón de la guerra (o revolución, eufemismo empleado en el libro). El narrador es un joven sensible, aspirante a poeta, que actúa movido por el ideal baudeleriano de «ser sublime sin interrupción». Y a la tarea se aplica, frecuentando las tertulias poéticas, los cafés y el ambiente bohemio de la ciudad. Umbral construye una novela deslumbrante en lo estilístico, con largas frases y de una belleza y sonoridad que transforman el lenguaje no solo en un instrumento de comunicación, sino en una herramienta mágica. Esta prosa abrumadora se extinguió hace tiempo. Y en el caso de resucitar, volvería a su nicho porque dudo que ningún editor se atreviera con ella. Afirmar esto, para una aficionadillo como yo quizá suene soberbio. Se me habrá pegado la grandilocuencia umbraliana. Todo se contagia menos lo bueno —la hermosura, decimos los manchegos—, pero así lo siento.

Las ninfas es la historia de un viaje, una novela de formación, no otra cosa es la adolescencia que estar maduro por un costado y verde por el otro. Un viaje hacia la desilusión, porque lo vivido rara vez iguala nuestras expectativas y casi parece mejor seguir soñando que estar despierto. Imagino que crecer al final es (era) esto, darse cuenta de que no se puede ser sublime sin interrupción. Que en el mejor de los casos, uno es mediocre sin interrupción, cuando no vil y execrable. Hay en toda la narración un punto de pulsión existencialista. Umbral se hace acompañar de diversos personajes, el poeta Darío Álvarez Alonso, que es una suerte de mentor, su amigo Cristo-Teodorito, su opuesto bueno (y que acaba corrompido, ya decía que la desilusión es uno de los mimbres de esta novela), una colección de bohemios que se descubren como auténticos perdedores: el viejo violinista homosexual Empédocles, un pintor llamado Teseo que vive de retratar gitanillos y Diótima, lamentable poeta maldito. Por supuesto, en este viaje iniciático, además de la desilusión y el desconcierto, al narrador le acompaña el amor y el erotismo. Las mujeres, las ninfas que dan título al libro, por el contrario de lo que pudiera esperarse no son meros sujetos pasivos. Más bien al contrario, hacen y deshacen a su antojo. Saben lo que quieren y manejan los hilos de títere de los hombres.

En la novela se expone la idea del conflicto entre arte y realidad. La vida es un continuo jarro de agua fría sobre las expectativas estéticas del artista. Pero este, con las herramientas que le da la cultura, es capaz de sublimar lo banal. Las flores más hermosas brotan del légamo. Junto a toda esa introspección , donde no falta el humor, Las ninfas ofrece un fresco del ambiente constreñido de la España provinciana, con su hiriente doble moral y el peso asfixiante de la tradición. Tiene un punto de novela social, la influencia de Cela es palpable. Puede que Umbral sea una figura anacrónica, grosera, chirriante para los estándares de hoy (lo fue incluso para los de ayer), pero si entre su producción hay una docena de libros del nivel de Las ninfas, el Olimpo de los clásicos le espera con los brazos abiertos. No me resisto a incluir uno de los fragmentos sublimes sin interrupción para acabar y como muestra de su estilo, donde describe el primer encuentro erótico del protagonista:

La besé con minuciosidad, la devoré con devoción, como luego ella a mí, de modo que a ratos nos reíamos y a ratos jadeábamos, y diminutas gotas de vino nos brillaban entre el vello, aún, y debajo del sabor del vino estaba el sabor blanco y joven de su cuerpo, y probé a poseerla y a ser poseído, y al final me acariciaba el pelo con ternura, estás manchado de vino, decía riendo, y aquello era tan obvio que era divertido que lo dijese, y yo miraba la pequeña bombilla, como un fruto mezquino, intensa de pronto como un sol mientras cerraba los ojos y me decía que había ido hasta lo más hondo de una mujer, más allá del tiempo y del espacio, porque poseyendo a una mujer se posee algo más, algo que ya no es de ella, la dimensión desconocida, esa entidad de sombra y luz, de fuego y velocidad, que anda presentida más allá de la vida, ese vacío tan colmado, esa plenitud tan ligera en la que uno cae como en una muerte que no fuese la muerte, sino esa cosa dulce y vertiginosa que debiera ser la muerte.   

lunes, 3 de enero de 2022

"La edad de la piel" de Dubravka Ugrešić

La última semana de 2021 ha sido copiosa en lecturas, por un inoportuno confinamiento al dar positivo una de las profes de mi hijo mayor. La primera vez, en estos dos años, que saco verdadero partido a estar semiencerrado. He acumulado unas cuantas reseñas de buenas e inesperadas lecturas, con lo que afronto la cuesta de enero con la carpeta del ordenador colmada de recomendaciones para compartir. Con La edad de la piel estreno 2022. Dubravka Ugrešić (1949) es una escritora nacida en la extinta Yugoslavia y que en 1993, durante el conflicto que asoló los Balcanes, se exilio a los Países Bajos. Creo que en la actualidad reside en Ámsterdam. Más que de la violencia inherente a toda guerra, Dubravka tuvo que marcharse por tomar una postura antibelicista y antinacionalista, en contra de la exaltación identitaria del emergente nacionalismo croata. De ser paisana nuestra, la consideraríamos integrante de la “tercera España”, por no estar ni “con los hunos ni con los otros”: Toda la historia de la desintegración de Yugoslavia se puede observar como un teatro de la crueldad, afirma.  

La identidad, a la que alude el propio título, es el tema principal de La edad de la piel. Ugrešić muestra las evidencias de descomposición de un proyecto multinacional y multiétnico en los Balcanes, suplantado por un nacionalismo excluyente que exhibe músculo y se ha adueñado de las instituciones, la economía, la cultura y el pensamiento político en aquellas tierras. En la antigua Yugoslavia el trabajador era un héroe, hoy prima la pertenencia étnica, por eso también los escritores son en primer lugar croatas, serbios o bosniacos, y solo después escritores. La pertenencia étnica es el pegamento que une a los explotadores con los explotados, a los ganadores con los perdedores. Por suerte, al desencanto Dubravka sabe agregar un cinismo casi volteriano y hace alarde de unas dotes de observación que solo están al alcance de las personas muy inteligentes. Cautiva y engancha esta colección de ensayos breves, publicados originalmente entre 2014 y 2018. Todo un despliegue de agudeza, sarcasmo y humor inteligente. 

Los ensayos de Ugrešić están agrupados en diecisiete bloques, en los que la escritora desarrolla una de sus mayores virtudes o al menos algo que me ha fascinado como lector, su capacidad para partiendo de una anécdota  extraer lo que hay de verdad en lo banal. Algo tan trivial como hacer la compra puede dar pie a reflexionar sobre la identidad y el exilio. Una cita de El planeta de los simios a elucubrar (con acierto) sobre la raíz de todo genocidio, sea político o étnico.

Monumento conmemorativo de la batalla de Slabinja,
obra de Stanislav Mišić (foto: https://www.kathmanduandbeyond.com/)

Imagino que el mayor peligro de emprender una recopilación es el totum revolutum, o sea, el revoltijo sin sentido. No es el caso de este tomo, porque hay varias líneas maestras, la esencial como ya comentaba es la deriva nacionalista de las repúblicas balcánicas (poniendo más énfasis en su patria natal, Croacia) y el auge del neofascismo. De la revisión histórica que ha lavado la cara al colaboracionismo nazi y ha enterrado el pasado socialista (y partisano) como una etapa vergonzante. Un ejemplo es el abandono de los increíbles monumentos antifascistas que jalonan la antigua Yugoslavia. Se llama democracia a la transición vivida en tierras balcánicas tras la caída del telón de acero, pero más bien parece un latrocinio, una suerte de amordazamiento en la que la mayoría de los ciudadanos desempeña un papel pasivo, incluso apático. La política de verdad se decide a puerta cerrada.

Para acabar, decir que me resulta difícil abordar la reseña de un libro de esta naturaleza, pero ha merecido la pena leerlo para quitar el óxido de la máquina de pensar. Y es que del tema principal se derivan otros, como la ideología del éxito: En el comunismo, uno podía culpar al sistema, al comunismo en sí; en el capitalismo, somos los únicos culpables de nuestros fracasos. La misoginia: Da la sensación de que, al nacer, las mujeres adoptan el peligroso meme de que lo único que tienen para ofrecer, y lo único que pueden vender, es el propio cuerpo. (…) La misoginia es algo similar a la radiación. La radiación es invisible y nadie se salva de ella. Las personas no mueren de este tipo de radiación, viven su vida y no comprenden que hay algo malo. La estandarización del gusto, la simplificación y la mercantilización de la cultura, el mercado ha reducido a citas toda una cultura de subversión artística. La Europa invisible, es decir, los refugiados y el papel de los inmigrantes o exiliados lejos de su patria. Las paradojas y la estrechez de miras del nacionalismo, ejemplificado por la instrumentalización de Nikola Tesla, cuyo nombre se retiró de las calles croatas tras la guerra y a día de hoy es reverenciado en Serbia (Tesla nació en Croacia pero era étnicamente serbio). Y al hilo de esto, el crecimiento de la ignorancia y de la sofofobia o el miedo a aprender.

Y si alguien piensa que nuestro tiempo es vulgar, tiene razón. No hay que avergonzarse de decirlo en voz alta, porque de todos modos nadie oye las cosas que decimos. En nuestra época digital la vida misma se percibe como un carnaval. Gente exhausta se troncha en los selfis y repite por milésima vez su felicidad. (…) La compasión se ha expulsado de la sociedad actual basada en la felicidad absoluta. Cada uno se ocupa de su vida, de su pequeña vida. Y mientras la gente siga obsesionada mirando su propio reflejo en las pantallas planas, no habrá sitio para las vidas de los otros.

domingo, 19 de diciembre de 2021

LA MURALLA


Se acercan las fiestas y aunque nos amenaza (nunca mejor dicho) el fantasma de la Navidad pasada, no quería yo irme de vacaciones sin daros las gracias por asomaros de vez en cuando por esta cada vez más abandonada llanura. La muralla es un relato que lleva años vagando de una carpeta a otra de mi disco duro sin encontrar acomodo y creo que es lo más parecido que tengo a un cuento navideño. Os lo dejo debajo del árbol, sin ticket de compra (espero que no sea de los regalos que se devuelven, jaja) y con ello clausuro la temporada bloguera: 2021 se va por fin a hacer puñetas. Mis mejores deseos para 2022.  

La casa de Toño era una vivienda de planta baja, con el revoco de los muros ennegrecido por la humedad. Incrustada en la muralla y mimetizada dentro de lo que fue del antiguo arrabal, sin ser antigua había pasado a formar parte del casco histórico. Tenía esta casa un patio interior a salvo de miradas maliciosas, soleado y al abrigo del viento, que Toño aprovechó para sembrar marihuana. Su tía, una anciana medio sorda, cuidaba de las plantas con devoción y hasta les cantaba cuplés. Fuera de las horas de jardinería, que la dejaban con una risa tonta, la anciana también gustaba de espiar a los viandantes tras la única ventana que daba a la calle, salvaguardada por un fino visillo de gasa. Yo estudiaba entonces el primer curso de Bellas Artes y conocí a Toño en un cine fórum sobre Roger Corman. Trabamos amistad de una manera natural, como ocurre con las personas afines, ya que aparte de fumar en pipa de palo santo creyéndonos Gandalf en persona, los dos éramos fanáticos del cine y la literatura de terror.

—Tijeras Sangrientas.

— ¿Cómo?

—Así me llamaré a partir de ahora. Será mi seudónimo, el nombre con el que firmaré mis trabajos. En inglés se dice “Bloody scissors”.

— ¿Y estás seguro que es original?

—Pues claro.

Cuando me hastiaba del ambiente universitario, solía merodear extramuros. Me fascinaba la vetusta muralla que recorría, comprimiendo, la ciudadela medieval como si fuera un anillo (más bien una soga) y dedicaba buena parte del tiempo a pasear por su perímetro, tomando apuntes y escribiendo pequeñas anotaciones en mi libro de bocetos, que entonces me acompañaba a todas partes. En mi periplo, casi siempre hacía una pausa para visitar a Toño. Dependiendo de la hora, lo encontraba durmiendo o embebido en un grueso tomo de cuentos de H.P. Lovecraft, pero siempre ocioso. Y es que Toño no trabajaba, aunque decía estar estudiando bachillerato a distancia y a veces me consultaba dudas sobre declinaciones y rephrasing exercises.  Toño tenía la costumbre de levantarse muy temprano. Después de apurar un café, paseaba por la ciudad para presenciar aquel prodigio llamado “madrugar para ganarse el pan”, recreándose en los trabajadores a pie de barra que templaban el gaznate con un licor de hierbas después del café, con el cigarrillo humeando entre los dedos; las caras de hastío tras el volante, los atascos; el crujido de los cierres metálicos; las madres furiosas tirando de niños sin desayunar comidos por el sueño. Toño lo contemplaba con calma, entrecerrando los ojos y luego regresaba a su casa y se echaba un rato sintiéndose libre y feliz de no tener que doblar el espinazo o someterse a rutina alguna.

En lugar de tocar el timbre, me acercaba a la ventana. La anciana, que casi siempre estaba acechante en su garita, me examinaba apartando el visillo y asentía con la cabeza para dar su consentimiento. Al rato, la puerta se abría con un crujido. El pasillo permanecía en penumbra, rota la bruma por el rayo de luz que delataba mi llegada y a los lados se disponían las habitaciones. La de Toño estaba al final. Su tía me acompañaba, renqueando. Vestía de luto, con un mandil donde asomaban las tijeras de coser y alfileres prendidos de la ropa. La mujer daba un manotazo a la puerta para poner a Toño sobre aviso:

—¡Antonio!, ¡que está aquí tu amigo!

Y Toño, regodeándose en la sordera de su tía, si estaba despierto, respondía:

—Dile al mierda ese que pase.

La anciana debía entender cualquier cosa y mirándome, hacía un gesto de desdén:

—Ahí lo tienes.

 Después de llenar la pipa de hierba y hacer anillos de humo, nos sentábamos a leer en voz alta. Sentíamos predilección por la literatura de terror más clásica y leíamos como el que degusta un jamón recién cortado o sorbe los jugos de la cabeza de una gamba. A veces nos deteníamos en una frase y le dábamos vueltas y más vueltas. Recuerdo una en concreto: Hay quién dice que las cosas y lugares tienen alma, porque al leerla me venía a la mente la muralla, el modo en el que rodeaba el casco antiguo como una boca, sus encías almenadas, las caries de más de mil años de historia y me estremecía.

Un día le conté a Toño mi obsesión por aquella corona de piedra. Mi amigo guiñaba los ojos escuchando mis apreciaciones y escribió con ellas un relato titulado “La muralla”, basado en “La calle” de H.P. Lovecraft. Le ayudé a corregirlo y se lo pasé a ordenador. Aquellas diez páginas a doble espacio, con un tipo de letra Times New Roman de 12 puntos eran el orgullo de Toño y fantaseaba a menudo con una adaptación cinematográfica. O publicarlo con tus ilustraciones, me decía muy serio, pero nunca se materializó el proyecto.

Algunas tardes, en lugar de leer, poníamos en el VHS una película de bajo presupuesto. A Toño le fascinaba la sangre; la profundidad psicológica la dejaba para la literatura. El cine de terror debe ser explícito, a cada formato lo que le corresponde, solía decir. El caso es que buscando sensaciones fuertes consiguió hacerse con una colección de películas gore que rozaban lo criminal, firmadas por directores de apellido agermanado. Vimos la primera sin pestañear, riendo por lo impostado del argumento, los malísimos actores y el maquillaje. Esto nos animó con la siguiente. Los primeros treinta minutos eran lo de siempre, pero pronto comenzó un despliegue de violencia y torturas inaudito. Toño y yo nos mirábamos incrédulos. Aquello era de un realismo espeluznante. La profusión de sadismo, aullidos y vísceras nos turbó. Decidimos quemar la cinta, pensando que era una snuff movie que por error había caído en nuestras manos. Durante algunas noches, Toño durmió con la puerta atrancada y un cuchillo debajo de la cama, por si los autores irrumpían en su casa para recuperar la cinta, testimonio de un crimen innombrable. 

Así que dejamos de lado el gore para quedarnos con la poesía que emana de la muerte y no con su escabrosa materialidad. Seguimos leyendo a Edgar Allan Poe y a H.P. Lovecraft a la luz de una vela y Toño escribía tenebrosas historias que algún día se llevarían a la gran pantalla, a las que yo daba un toque artístico con mis lápices acuarelables. En ellas, ingenuos adolescentes invocarían su nombre delante del espejo y él aparecería agitando sus dedos como tijeras. Tijeras sangrientas.

 Toño se integró bien en mi círculo de amigos de clase. Su extravagancia no desentonaba entre un grupo de aspirantes a artistas y el hecho de disponer de hierba a buen precio, e incluso gratis, le ayudó a ser aceptado por los bohemios. Durante nuestras salidas nocturnas, Toño se sentaba en una esquina del pub y apenas abría la boca. No se le daba bien el futbolín, así que se limitaba a mirar y aplaudir las jugadas de mérito. Así pasaba las horas, registrando con su Leika de tres dioptrías y cazando conversaciones aquí y allá que convertiría en diálogos llenos de verismo en sus futuras creaciones. Como su fuente de ingresos, aparte de la pensión de la tía era la venta al por menor de marihuana, los sábados por la noche Toño se embutía en un plumas y arrastraba los pies hasta la Weekend, una discoteca con todas las de la ley, donde en pocas horas vendía su excedente sin complicaciones. Sujeto a vigilancia, pagaba religiosamente la entrada para disimular y se daba una vuelta por el interior. A veces lo acompañaba, no sin resistencia, porque a los estudiantes de Bellas Artes nos disgustaban esos tugurios. Los cristales de las gafas se le empañaban al pasar, por el contraste de temperatura; tenía que quitárselas y durante unos segundos parecía tan desorientado como un topo fuera de su madriguera. A Toño le costaba mear en público, tanto que solía esperar a que el reservado de la discoteca quedase libre. Mientras otros con menos remilgos orinaban a sus espaldas codo con codo, Tijeras Sangrientas se distraía mirando al suelo, con los labios fruncidos. Eran segundos desesperantes, sobre todo porque el habitáculo donde permanecía blindada la taza, como si se tratara de un Duchamp, era utilizado por los asiduos a la cocaína, que disponían con orden vitrubiano sus hileras de droga adulterada con levamisol. Por fin salían del reservado haciendo profundas aspiraciones nasales y con el disfraz de superhombres, dejando mear tranquilo a Toño.

De vez en cuando salíamos a tomar el aire y Toño aprovechaba para consumar su negocio. El billete bien doblado lo ocultaba en el bolsillo pequeño del pantalón. En la puerta de la discoteca era habitual presenciar peleas, alguna escena de celos y discusiones en las que se eternizaban los borrachos, lo cual también constituía una buena fuente de inspiración para sus relatos. Toño era tranquilo y no se solía meter en líos. En una ocasión pisó a un rottweiler de cejas depiladas, que le agarró de la pechera y le miró con los ojos proyectados hacia fuera como la punta de una bala. Tuvo suerte, porque el efecto de las pastillas de éxtasis que el macarra se había tomado horas antes se iba atenuando y empezaba la cuesta abajo. Además, alguien le advirtió que el pardillo al que estaba a punto de pulverizar vendía buen producto y el asunto quedó zanjado con un breve momento de humillación y algo de marihuana a coste cero. Desde entonces, cuando iba a la discoteca Toño procuraba mantenerse en alerta, evitando a los individuos con mandíbula acalambrada y dientes rechinantes.

Tijeras Sangrientas solía alternar con mi grupo hasta altas horas de la noche. Su tía dormitaba bajo el efecto de la medicación, soñando con un campo de lavandas. Así que sin ningún tipo de compromiso al día siguiente, Toño dejaba consumirse los minutos calentando el litro de cerveza entre las manos. Rompiendo su mutismo, al rayar el alba sufría un ataque de imparable verborrea, que apenas encontraba auditorio. Hablaba atropelladamente y se emocionaba, incluso tenía que reprimirse para que no afloraran dos gruesas lágrimas. Después de la catarsis, regresaba a su estado de semiinconsciencia; su locuacidad era como una estrella fugaz.  Acompañaba a Toño hasta su casa porque me gustaba pasear junto a la muralla a esas horas, su fábrica permanecía aún oculta por las sombras mientras el horizonte se iba iluminando y el cielo tenía un resplandor de porcelana. La luz rasante se derramaba entre los sillares. Amanecía, pero el frío era intenso. Me llenaba de pensamiento y componía mentalmente haikus; esas piedras me inspiraban como si me poseyera un demonio.

Algunos días, Toño no quería abrir la puerta de su habitación. Su tía insistía para que esperara y me conducía a la cocina, donde preparaba una tisana. Hablaba poco, la anciana, debido a su sordera. Para mí era muy violento gritar a aquella mujer, encorvada y seca, ¿de verdad era su tía? Aparentaba setenta años o más. En la alacena guardaba varios botes de cristal con hierbas, de las que escogía una pequeña fracción y las trituraba en un mortero como los que había antes en las boticas. Introducía la mezcla en el filtro de una tetera y regresábamos a la habitación de Toño. La puerta seguía cerrada:

—Abre, hermoso—. Luego me miraba y se encogía de hombros.

—Ven más tarde. Está con lo suyo.

Lo suyo eran severos ataques depresivos. De algún modo, la tisana de su tía conseguía atenuarlos y cuando regresaba, inquieto por la salud de mi amigo, me abría la puerta amigablemente. Entonces yo me sentaba muy serio en el borde de la cama y Toño trataba de explicarse, sin conseguirlo y luego sacaba la cajita de madera y llenaba de hierba su pipa de palo rosa. Fumábamos un rato, en silencio y Toño se sinceraba:

—Todo me viene porque vivo en el lugar y el momento equivocados.

Después sacaba del escritorio un cuaderno y me leía en voz alta sus relatos en primera persona, aquellos más íntimos, que no eran sino fragmentos de sus vidas pasadas, eso creía él. Un monje libertino que sucumbió a la hoguera de la Inquisición; un aristócrata que probó el filo de la guillotina en la Plaza de la Concordia; un pintor degenerado brindando por la ebriedad.

Aquel primer curso pasé más o menos desapercibido. Sin grandes notas, al menos aprobé todas y conseguí mantener la beca un año más. En junio llegó el momento de despedirme de Toño. Su tía trajinaba en la cocina y sonrió al verme. Sacó de la nevera un par de botellines de cerveza y un plato con queso en aceite. El queso picaba en la lengua. Nos dimos un abrazo:

—Hasta el curso que viene, te llamaré de vez en cuando. Cuídate.

Pero durante el verano me olvidé de Toño. Conseguí un trabajo de camarero, por aquel entonces los estudiantes solían trabajar en vacaciones. Tenía poco tiempo para Poe, Lovecraft y compañía. De vuelta a mi pequeña ciudad, plana y gris, echaba de menos el perfil estrellado de la muralla y su sombra acogedora. En septiembre, al comienzo del segundo curso, me adentré de vuelta en el casco antiguo para hacer una visita a Toño. Le había comprado un cuaderno de tapas negras como el que llevaba Ernest Hemingway. Pero al bajar las escaleras hasta la base de la muralla y superar el arco gótico, encontré la puerta de la casa de Toño tapiada. Había un cartel de “se vende” y el logotipo de un banco. Contrariado, llamé al teléfono del cartel. Al parecer se había ejecutado la hipoteca por impago. ¿Y qué ha sido de Toño y su tía? El banco no tenía constancia de que vivieran allí.

No pudieron ir más lejos mis averiguaciones. De repente reparé en que sabía poca cosa de mi amigo. Ni sus apellidos, ni nada sobre su pasado. Tampoco el nombre de su tía. No sabía dónde había podido ir. Toño se había esfumado, quizá reencarnado, como en sus historias. Los años siguientes, hasta que acabé mis estudios, los pasé merodeando por la muralla, tomando apuntes y fotografías, componiendo pequeños poemas. Todo formó parte de mi proyecto fin de carrera. La casa de Toño fue reformada y se convirtió en un hotel con encanto. Y me cuesta decirlo, pero el recuerdo de mi amigo se acabó disolviendo, hasta casi desaparecer. Pero, al acabar de ver una película de terror siempre me invade un estremecimiento y veo enteros los títulos de crédito, hasta el final, esperando ver su nombre: Tijeras Sangrientas. A veces, he tecleado su apodo en Google o le he buscado en Facebook. Nunca he dado con él. He llegado a pensar que fue producto de mi imaginación, un espectro generado por la muralla para retenerme. La muralla. Hay quién dice que las cosas y lugares tienen alma. Y quizá también la capacidad de crear lo que no existe.

viernes, 26 de noviembre de 2021

"El Tercer Reich de los sueños" de Charlotte Beradt

 


El único hombre en Alemania que tiene aún vida privada es aquel que duerme. Esta cita del jerarca nazi Robert Ley, quien se quitó la vida en 1945 tras ser encausado en los juicios de Nuremberg, sirve para abrir el primer capítulo de El Tercer Reich de los sueños. Después, se nos transcribe el sueño de un empresario socialdemócrata, tras el ascenso de Hitler a la cancillería. En él, recibe en su fábrica la visita de Goebbels y se ve obligado a levantar y mantener el brazo en alto ante sus empleados. Humillado e incapaz de descomponer el gesto, su columna vertebral se quiebra por el esfuerzo.

Charlotte Beradt (1907-1986) era una joven periodista de familia judía y cercana al KPD (el partido comunista de Alemania), cuando el NSDAP logró adueñarse de las instituciones de la República de Weimar. Entre 1933 y 1939, hasta que se exilió a EE.UU., la autora se dedicó a reunir de manera clandestina numerosos testimonios de ciudadanos comunes para documentar aquel periodo. Lo singular, es que estos pertenecen a la parcela más íntima, la de los sueños. Beradt utilizó transcripciones de los propios soñantes, testimonios recogidos por ella o por un médico amigo suyo entre sus pacientes para tratar de comprender las repercusiones que el control de masas aplicado por el nuevo estado totalitario tenía en la esfera privada de las personas. A su recopilación aplicó un sesgo, de tal modo que quedaron excluidos tanto simpatizantes del NSDAP como sus enemigos ideológicos más señalados, para centrarse en la  “masa neutra”.

Suelo traer a la llanura obras de literatura, o algún ensayo lúdico como mucho, pero este libro llamó mi atención desde el primer minuto. Su extensión es breve, ya que incluyendo el prólogo de los traductores y un posfacio de la edición alemana más reciente, se queda en 144 páginas. Resulta perturbador sobre todo por su carácter anticipatorio, aunque la autora no carga las tintas en esa cuestión. Pero resulta imposible no pensar en lo que el nazismo implementó en los años de la guerra cuando uno lee este libro. Imaginamos que Beradt, apartada del desempeño de su profesión por la aplicación del llamado “párrafo ario” en todos los ámbitos de la vida pública, se jugó el tipo con sus pesquisas. De hecho, como medida de seguridad tuvo que encriptar y esconder sus notas. Después, las envío por correo a diferentes corresponsables extranjeros y logró reunirlas de nuevo en el exilio. No fue hasta 1966, alentada por la filósofa Hannah Arendt, que se decidió a sistematizar y publicar lo que sería El tercer Reich de los sueños. Esta edición de Pepitas de Calabaza es la primera que se hace en español, según aseguran sus traductores en el prólogo.

Con un estilo directo y conciso e intercalando numerosas transcripciones, Beradt organiza los sueños en diez capítulos con título doble que abre también con dos epígrafes. La hipervigilancia del régimen y el aislamiento, soledad y alienación consecuente afloran en los sueños de estas personas normales a las que aplasta el rodillo burocrático. Sueño que en mitad de la noche me despierto y veo cómo los dos angelitos que tengo colgados sobre la cama ya no miran hacia arriba, sino que me observan de modo penetrante. Me sobresalto y escondo bajo la cama. Los objetos cotidianos se convierten en instrumentos de espionaje, como en el de una estufa que repite a un oficial de las SA los improperios contra Goebbels vertidos por una familia en la intimidad de su hogar. La angustia lleva al delirio: Sueño que hablo ruso como medida de precaución ante la posibilidad de decir algo en contra del Estado. Esto lo hago para yo misma no lograr entenderme ni que lo pueda hacer el resto. Los soñantes se avergüenzan por su complicidad silenciosa con una situación que saben no debían tolerar. Y en progresión, las leyes raciales exacerban el complejo de inferioridad: Entro a una tienda. Miro ansiosamente a la vendedora rubia y de ojos azules y no me sale una sola palabra. Entonces noto, con un suspiro de alivio, que al menos tiene las cejas negras, y me atrevo a decir: Quiero un par de medias. Hay desesperación, como no, en los testimonios de personas que muestran una resistencia activa al nazismo, como un ama de casa que en su sueño descose la esvástica de la bandera nazi por la noche, pero le sirve de poco porque al despertar el símbolo nazi sigue firmemente cosido a la bandera. Pero también una aceptación, un amoldarse a la situación que expresa el subconsciente. Una soñante discute con una amiga, que la expulsa de su casa por no mostrar la debida adhesión al dictador. La mujer, abochornada, sube a un autobús y frente a todos sus ocupantes grita: ¡Heil Hitler! Igual que el deseo de oponerse, está el de pertenecer y seguir la corriente, donde incluso Beradt intuye un componente erótico nada desdeñable. El final del libro y colofón son los sueños de judíos. Ya sabemos cómo acabó la experiencia del Tercer Reich para ellos, pero la autora evita los sueños proféticos y se centra más en las secuelas de la exclusión y en especial de aquellos (mestizos y conversos) que por las Leyes de Nuremberg acabaron apartados de una sociedad y nación de la que se creían miembros de pleno derecho.

La recopilación onírica de Beradt, aparte de su valor como documento histórico, nos muestra el impacto social de un sistema que se consolida a través de la alienación y sumisión de una mayoría de la población. Tal y como afirma Barbara Hahn en el posfacio: “Sin gente que siga la corriente los regímenes totalitarios no pueden sobrevivir”.

viernes, 29 de octubre de 2021

"Los chicos de la Nickel" de Colton Whitehead

 


Con Los chicos de la Nickel Colton Whitehead (1969) obtuvo su segundo Premio Pulitzer. La historia se basa en una de las escuelas para chicos descarriados que, aunque  fundadas con una intención filantrópica, degeneraron en pesadillas de violencia, abusos y corrupción. Una de ellas, la Escuela Estatal para Chicos Arthur G. Dozie en Florida (fundada en 1900 y abierta hasta el 2011), fue la que inspiró a Whitehead. Allí se hallaron en 2013 los cuerpos de 55 chicos, que habían sido enterrados con alevosía. Y así comienza Los chicos de la Nickel, con el descubrimiento en el presente de un osario en las instalaciones de la escuela. Después la novela retrocede al pasado, a los turbulentos años sesenta en el contexto de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. El protagonista es Elwood Curtis, un joven afroamericano que vive con su abuela y escucha en bucle un disco con los mejores discursos de Martin Luther King. El muchacho se empapa de las palabras del reverendo King, que marcan sus convicciones. Comienza a despuntar en la escuela y le llega la oportunidad de hacer los cursos preparatorios para entrar en la universidad. Sin embargo, una mala jugada de la diosa Fortuna (en parte, porque el contexto racista tiene su papel) le hace dar con sus huesos en la Nickel.

Curtis es inocente, pero la verdad en la América profunda es lo menos importante. La escuela es una institución que se vanagloria de enderezar los tallos torcidos. Segregada en todo, menos en lo que respeta al maltrato, entre los pabellones para los alumnos se levanta la Casa Blanca, un espacio de tortura y muerte que recuerda a los alumnos de la Nickel el castigo infligido ante cualquier conato de rebelión. O el simple capricho de un superior. Porque el sadismo, por desgracia, es irracional. Whitehead nos sumerge en una historia pavorosa, de maltrato y diabólica paradoja, porque la institución que pretende regenerar a jóvenes perdidos, es la que los tritura y devuelve a la vida normal (cuando no los entierra en una fosa común) marcados para siempre. Después de la Nickel, el ejército, la cárcel o la ruina moral. No hay más. Sin embargo, nuestro protagonista trata de alzarse sobre la podredumbre y se vale de las enseñanzas del doctor King. Pero, ¿tiene aplicación ese pensamiento ético, el idealismo, en un lugar tan corrompido? Curtis se ve enfrentado a sus principios y acaba reconociendo que el mal es algo mucho mayor que un problema racial. Quizá esta confrontación ha sido lo que más me ha sorprendido de la novela, ya que por desgracia sobre los abusos relatados: palizas, torturas, violaciones, humillaciones, etc., la ficción ha dado buena cuenta en películas y libros, desde Dickens o antes. La Nickel no es una anomalía histórica, es casi una norma en sociedades que idolatran a la justicia social de palabra, pero la apuñalan por la espalda.

En cierto momento, la historia avanza en el tiempo. Tenemos a un superviviente de la Nickel, el propio Elwood. Ha rehecho su vida, ha querido olvidar sin poder hacerlo. La última parte alterna la deriva de este hombre adulto en una Nueva York no menos corrompida, con el intento del joven Curtis por desvelar la podredumbre del reformatorio aprovechando una inspección administrativa rutinaria. Así removerá los cimientos del mal. No pretende con ello una burda venganza, sino que seguirá el ejemplo de los activistas por los derechos civiles que admira y su empecinamiento. Aquí me tengo que detener, porque el giro final es un auténtico golpe al mentón y no quiero dejar pista alguna.

Había intentado otras novelas de Whitehead, pero Los hijos de la Nickel es la que me ha enganchado de verdad. No solo la historia, sino su capacidad para envolvernos con ella y plantear al mismo tiempo un dilema. Todo sin caer en el morbo, sin sentimentalismos a pesar de que la lealtad entre amigos es casi el único rayo de luz de esta historia. Sin oportunismo, como a priori pueda uno temerse por el contexto del black lives matter. Eso sí, la novela, muy directa y casi relatada con el tono de una crónica periodística, tiene todo el potencial para ser exprimida en la gran pantalla. O en plataformas, porque el cine ya sabemos que anda en caída libre.

El mundo le había susurrado cuáles eran las normas para toda su vida y él se había negado a escuchar, atendiendo en su lugar a una orden superior. El mundo seguía dándole instrucciones: No ames a nadie porque desaparecerá, no confíes en nadie porque te traicionará, no te levantes y plantes cara porque te molerán a palos. Pero continuaba oyendo aquellos otros imperativos: Ama y ese amor te será devuelto, confía en el camino recto y este te llevará a la liberación, pelea y las cosas cambiarán.

lunes, 18 de octubre de 2021

ALGUNAS LECTURAS DE ESTE OTOÑO

 


Un sol todavía picón a mediodía, atardeceres volcánicos y la sombra traicionera (no en vano los viejos advierten “en octubre de la sombra huye”): es el otoño en la llanura. Aderezado por una vuelta a la normalidad torrencial, aunque en las escuelas aún seguimos parapetados, eso sí, nuestro miedo ha virado a la enésima ley de educación que se nos viene encima. Tantas cosas que el otoño bloguero se me estaba resistiendo, por lo que incapaz de pergeñar una reseña larga traigo a la palestra mis últimas lecturas: un monográfico de autores argentinos, con una excepción.

El primero es Andrés Neuman (1977), argeñol siendo rigurosos, porque lleva viviendo en España desde que era adolescente y enseña Literatura en la Universidad de Granada. Tenía en lista El viajero del siglo, pero encontré en la biblioteca Fractura  y me fui por ahí. El título alude, entre otras cosas, al arte japonés del Kintsugi, que consiste en reparar objetos cerámicos utilizando un adhesivo embellecido con oro en polvo. La historia transcurre en un arco en torno a dos catástrofes: la bomba de uranio que explotó poco antes de alcanzar la ciudad de Hiroshima en agosto de 1945, pulverizando miles de vidas y el tsunami que en 2011 inundó parte de las instalaciones de la central de Fukushima y desencadenó el mayor accidente nuclear desde Chernóbil. Watanabe, el protagonista, sobrevivió a la bomba siendo niño y Neuman construye su novela, como piezas rotas de una vida, a partir de largos monólogos de las mujeres con las que Watanabe convivió en París, Nueva York, Buenos Aires y Madrid. Los testimonios se alternan con las andanzas del anciano en presente hasta llegar a la zona cero de Fukushima, que constituye el clímax de la historia. Un planteamiento ambicioso y el punto fuerte de esta novela, Neuman es un escritor de primera y su estilo impecable. Sin embargo,  Fractura me ha parecido irregular. Los altibajos son pronunciados y cuando aparece la tentación de dejar correr las páginas es mala señal. Hay una labor de documentación exhaustiva, pero como en las piezas de Kintsugi, para mi gusto se nota demasiado. Con todo, es una lectura bastante recomendable.

Del intelectualismo y la filigrana estructural de Neuman nos vamos a su compatriota Leila Guerriero (1967), también afincada en España. Y como con Neuman, no pude conseguir el libro (al parecer descatalogado) que pretendía leer también por recomendaciones blogueras, Los suicidas del fin del mundo. Así que escogí Teoría de la gravedad. Guerriero es periodista y se prodiga sobre todo en el territorio de la no-ficción. El libro, inclasificable, es una recopilación de sus columnas publicadas en la contraportada de El País durante varios años. Cerca de 100 en total. Se abre con un prólogo entusiasta de Pedro Mairal, quien incluso recomienda leerla en voz alta. Su oralidad es evidente, además de un pulso poético desbocado que resulta arrollador. Toca la fibra este libro y cada pieza provoca un sentimiento contrapuesto: hacer una pausa, releer alguna frase, volver a sentirla, pensar, divagar un poco. Y seguir, leer otra más y otra, cuesta hartarse. Las dos cosas no se pueden hacer a la vez, así que imagino que los aficionados a subrayar o hacer anotaciones tendrán un filón con Guerriero y sus microcolumnas. El libro podría adolecer de batiburrillo o caos demencial, pero está bien organizado en temas, desde la infancia, los padres, el amor, el oficio de escribir (hay un divertido toma y daca con Piglia, supongo que imaginario), con gran carga autobiográfica.  Haciendo una poda con sentido podría ser un tomo de aforismos: Dominar el arte perder, cuesta la vida. Otra, Nada desquicia más que no saber qué hacer con la tragedia ajena. Una tercera: Todos hemos sido, alguna vez, el monstruo de alguien. Porque la parquedad en el lenguaje no asoma jamás aquí y los símiles, la sonoridad de los adjetivos y más cosas que no sé cómo se llaman dejan frases como La tarde, dentro de mí, se hizo trizas en miles de fragmentos de sangre y hueso y hielo. ¿No es bonito imaginar un amanecer de pájaros ardientes?

Y puesto que he mencionado a Ricardo Piglia (1941-2017), a este grande me fui con una obra breve y póstuma, Los casos del comisario Croce. Según cuenta en el epílogo, el autor, con una enfermedad terminal que le impedía moverse, escribió este libro usando Tobii, un hardware que permite traducir los impulsos de la mirada en palabras. Increíble. Lejos de querer inspirar lástima, Piglia incluso invita al lector a comparar esta obra con otras suyas anteriores por si el modo de escribirla hubiera afectado a su “estilo”. No puedo comparar, porque es lo primero que leo de él, pero el resultado es impecable. Seguiremos a Croce a lo largo de doce capítulos, en los que repasará sus casos más célebres, teorizando sobre el método detectivesco, el asesinato perfecto e incluso la novela policiaca. Todo trufado de alusiones literarias e históricas que imagino los argentinos reconocerán sin pestañear. El comisario se viste de animal racional y filosófico, pero también se deja guiar por sus “pálpitos”, al más puro estilo Plinio. Los crímenes y dilemas a resolver son variadísimos, uno de los más divertidos es cuándo la Virgen de Luján es secuestrada por un grupo de estafadores y el comisario es encargado de llevar la imagen de vuelta a su parroquia. También el de un jugador desaparecido en el mar, después de ganar una suma importante en el casino o el desgraciado marinero croata acusado de asesinato cuando estaba en un burdel, al que Croce ayuda invitándole a dibujar los hechos en viñetas. Buen acercamiento a Piglia que espero continuar con Plata quemada, obra en la que ya aparece el comisario Croce.

La última lectura cambia de tercio, pues es una novela gráfica. Se trata de la adaptación al cómic del celebérrimo superventas de Yuval Noah Harari, Sapiens. De animales a Dioses. Titulada Sapiens. Una historia gráfica: Volumen I: El nacimiento de la humanidad, hace un seguimiento riguroso de la primera parte del libro en el que se basa. Nos acompaña el propio Yuval, junto a su sobrina o la profesora Saraswati y personajes propiamente de cómic, como Bill el Troglodita y La Doctora Ficción. El libro es ameno, interesantísimo y logra un difícil equilibrio entre rigor y humor. A mi hijo, que tiene casi nueve años y leyó una parte, le pareció muy divertido y a mí me ha hecho recordar las ideas atrevidas y seductoras que convirtieron el libro original en un éxito. Entiendo que habrá pedantes que consideren su lectura por un adulto con formación una afrenta, pero las ideas son presentadas de tal forma que no pierden un ápice e invitan a reflexionar sobre nosotros como especie. El final, en el que se escenifica un juicio al sapiens por su papel destructivo y transformador de ecosistemas desde la misma edad de piedra, es resultón y original. Esperando la segunda parte que sale el mes que viene.