miércoles, 2 de junio de 2021

"La raíz rota" de Arturo Barea

 

La forja de un rebelde fue una de esas lecturas que dejan huella. Primero la conseguí en una edición de bolsillo, parte por parte, de caerse las páginas y luego completa en tapa dura. El talento como narrador de Arturo Barea me parece indiscutible, ha logrado el consenso de la posteridad y en su día fue uno de los autores españoles más leídos y traducidos a nivel mundial. Como sabe cualquiera que haya leído el primer tomo, La forja, no nació con una pluma en la mano, ni mucho menos, pero salvo fatalidad, el verdadero talento suele abrirse camino.

Poco después de la trilogía de Barea, compré La raíz rota a través del periódico Público. La empecé un par de veces, pero al pasar por una obra menor no me llegué a animar, hasta hoy. La edición es de 2011, típica de coleccionable: la letra muy pequeña, alguna erratilla, el lomo y la pasta, de ínfima calidad, ha quedado con laceraciones después de leerlo. Lo guardaré, con todo, junto a su hermano mayor. Aunque tampoco vayamos a creer que La raíz rota es una novelilla. Se trata de una obra ambiciosa. El propio autor nos dice: al contar una historia sobre españoles viviendo en Madrid en 1949, he tratado de dar forma a problemas humanos que son universales y que de ninguna manera se limitan a un determinado país.

Como lector, esperaba una novela de posguerra, en la línea de Tiempo de silencio o La Colmena. Pero conforme iba leyendo, notaba la impronta del exilio en Barea y sus personajes, situaciones y hechos, que parecen sacados más bien de esa España de preguerra y puestos al día, pero sin el verismo de la experiencia propia. No hay el latido testimonial de La forja. Barea escribe sobre lo que recuerda de su país y lo combina con lo que ha investigado o le han contando.

El escritor partió al exilio en 1938 y nunca regresó. El que podría ser muy bien un trasunto suyo, Antolín, sí que lo hace. Es 1949 y llega con la seguridad que le otorga su pasaporte británico. Por motivos obvios tuvo que marcharse dejando a su mujer y sus hijos en Madrid. Regresa, se podría esperar que para reencontrarse con su familia, pero la cosa es más complicada de lo que parece. Ahí está lo universal. Diez años cambian a cualquiera. Entre esos años y los de la guerra, sus hijos, que eran niños, han crecido fuera de su tutela y son lo que son. Algo deben tener de él, se pregunta Antolín, pero, ¿habría sido igual de estar presente?

Barea publicó La raíz rota en 1952. España salía de su aislamiento internacional, Franco no iba a caer por el momento, aquello estaba cada vez más claro. El escritor se casó en 1924 y se divorció en 1938, su segunda mujer y con la que pasó el resto de sus días, la periodista austríaca Ilse Kulcsar, fue la traductora al inglés de sus libros. Barea tuvo cuatro hijos de su primer y fallido matrimonio y como Antolín, los dejó en España y aunque pudieron emigrar a Brasil más tarde, nunca los volvió a ver. ¿Fabula el escritor una vuelta que nunca tuvo lugar? ¿Se confronta con el pasado en la ficción? Desde luego, si esperaba encontrar lo que se encuentra Antolín, tuvo que pasar más de una mala noche. La familia se hacina en un cuchitril que deben encalar cada tres meses para evitar la proliferación de chinches. Viven humillados, porque su condición social ha caído a los infiernos de una corrala donde la intimidad se limita a unas cortinas de pared a pared. Luisa, su mujer, es fiel a las sesiones de espiritismo en las que don Américo, un viejo anarquista, invoca a su hija muerta a través de Conchita, una joven avispada y rumbosa que vive de la superstición de sus vecinos. Sueña con tener casa propia y criados, además de un cuarto propio forrado con terciopelo negro para seguir invocando al más allá. La hija, Amelia, vive pendiente de una vocación religiosa que solo llegará cuando tenga para pagar la dote al convento en cuestión. La tutela un cura altanero, compendio del nacional-catolicismo. Madre e hija esperan que Antolín venga con dinero fresco para colmar sus anhelos. En cuanto a los hijos varones, Pedro es un estraperlista y proxeneta que apunta a negocios más altos, algo para lo que el dinero del padre le puede venir redondo. Protegido de un coronel primero y luego de una madame después, se ha hecho falangista para cubrirse las espaldas. Su hermano Juan, en cambio, es un obrero comunista (lo que le sirve a Barea para deslizar, desde su convencimiento socialdemócrata, reafirmado por la experiencia del laborismo, varias puyas al dogmatismo marxista-leninista). La reunión, pasados unos días desde su regreso, de Antolín con su familia para comer un arroz desemboca en un cruce de reproches incendiario y es uno de los momentos álgidos de la novela.

La historia sigue su curso, con varias ramificaciones. Antolín encuentra lealtad en ese nido de miseria y corruptelas que es la España de Franco, una ayuda inesperada en la médium Conchita y recobra la ilusión con la novia de su hijo Juan, una muchacha huérfana donde Barea quizá vuelca el anhelo por su hija Adolfina, la única de sus vástagos con la que mantuvo una relación epistolar y que no pudo llevarse con él al Reino Unido. El final cierra unas puertas y deja otras abiertas. La raíz rota critica el abuso de poder, desgrana males patrios como la corrupción o la ignorancia, que por desgracia no fueron privativos del primer franquismo y las dificultades de mantenerse a flote en un mar de traiciones, desapego y miseria material y moral. Una novela interesante que como promete Barea al principio, va más allá del tiempo que describe y donde se ubica, por eso y por la pericia narrativa del autor, se sigue leyendo bien a día de hoy.

*Las imágenes están sacadas de un especial muy interesante del Instituto Cervantes, "Arturo Barea. La ventana inglesa" (https://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/barea/default.htm). 

viernes, 14 de mayo de 2021

"Feria" de Ana Iris Simón y "Llévame a casa" de Jesús Carrasco

Cuando uno cumple los cuarenta, en tierras manchegas, se le dice en broma que tiene que dar la vuelta al jamón. No se precisa si la parte que queda es la maza, o sea, la más tierna y grasa o la babilla, la porción magra y estrecha que enseguida se queda hecha un zapato. Aunque se sobreentiende. Varado en ese ecuador, donde apenas sopla el viento, conforme van cayendo los años sobre la cuarta década, recibe uno la visita de los tres fantasmas. El del pasado, disfrazado de nostalgia. El del presente, que siempre trae mucha prisa y ganas de correr una maratón y el del futuro, lúgubre y con el colesterol alto. No vienen solos, les acompañan los amigos perdidos, los hijos que dejan atrás la bella infancia y los padres que envejecen y ya no son el pilar firme que fueron, sino que cada vez más necesitan que los apuntalen. Mis dos últimas lecturas han revuelto este arcón, porque tratan sobre mirar atrás y también de la responsabilidad de ser padre y ser hijo. O las dos cosas a la vez.

El éxito de Feria, publicada en una editorial modesta aunque consolidada como es Círculo de Tiza, se ha ido fraguando en el boca a boca, este suele ser un valor más seguro que las campañas de marketing. Ana Iris Simón (1991) debuta con una obra que no es una novela en sentido estricto, sino más bien una crónica, ya que aborda una serie de recuerdos familiares en tierras manchegas. No hay giros de guion, ni trama, ni género, solo una narración que se sostiene gracias a su honestidad. Y no se trata de un mero ejercicio de nostalgia, como pueda parecer. Era un poco mi miedo, porque de nostalgia estoy ahíto y vale que cuando empiezas la babilla te venga el fantasma del pasado, pero con treinta...  

Pues no, Ana Iris contiene ese caballo para que no se desboque y pone en su sitio los tópicos que han manchado a su generación, alejándola e incluso enfrentándola a la de sus padres y abuelos. Aunque tire a dar, es un relato sin inquina, cargado de buenos recuerdos. El manchego que soy se ubica con comodidad en esos patios llenos de cintas, geranios y gatos ronroneantes. Frente a las abuelas que son puro fuego, porque esta tierra es matriarcal y punto. Entre unos padres hijos del desarrollismo, que hicieron del sacrificio su modo de vida y sus hijos vivieron mejor que ellos, tuvieron más juventud, viajaron y luego se cayeron de culo. Resbalaron en un suelo de precariedad y al comprobar que sus referentes eran cartón piedra, volvieron la mirada a sus padres y abuelos: entre ellos habrá reproches, pero también un diálogo que nunca debería haberse interrumpido. Por eso quizá Ana Iris, que frisa los treinta, parece viejoven. Creo que se ha dado cuenta de que su generación abusa del autoengaño y la displicencia. Y de que hay un tiempo finiquitado del que es difícil valorar si fue mejor (probablemente no), pero sí que me atrevo a decir que fue más humano. Ana Iris evoca a su familia paterna y materna, sus demonios políticos y su infancia nómada acompañando a sus abuelos a las ferias de los pueblos. El oficio de feriante, extinto, le sirve para componer pasajes muy bellos. Lamenta los momentos en los que se avergonzó de su estirpe, pero qué se le va a hacer. Idéntico mimo pone en el retrato de sus progenitores. Sin desequilibrar la balanza y sin victimismo. En especial, me ha gustado cómo pone en valor a su padre, figura a menudo desterrada o castigada cuando se trata de rendir cuentas con el pasado. Imagino que habrá lectores poco interesados en estas memorias, porque no tienen nada de extraordinario. Pero lo ordinario también puede ser literatura y lo extinto no es ni más ni menos que las raíces, sin las que nada arraiga.

Feria va, creo, por la quinta edición y será uno de los libros del año. Jesús Carrasco (1971) sabe muy bien lo que es un debut fulgurante. Lo logró con Intemperie en 2013. Llévame a casa es su tercera novela, muy distinta a aquel primer éxito tanto en la historia como en el estilo. Ambientada en 2010, imagino que para quitarse el horror de la vida instantánea que se generalizó en la segunda década y con la pandemia ha acabado de esclavizarnos, cuenta la historia de Juan, uno de los numerosos expatriados que tras acabar la carrera dedican varios años de su vida a empleos precarios en el Reino Unido, en teoría para aprender inglés. Pero como reconoce Juan, aquello fue una huida en toda regla. De vuelta a Cruces, un pueblo ficticio del norte de Toledo, para asistir al entierro de su padre, su hermana le pondrá las cartas sobre la mesa: una oportunidad profesional irrechazable le obliga a trabajar en Estados Unidos por una larga temporada y por lo tanto, tendrá que ser Juan el que se ocupe de su madre, a la que le han diagnosticado la enfermedad de alzhéimer. Así que Juan, que regresó al pueblo por mero compromiso y presionado por su hermana, se verá de bruces con una responsabilidad inesperada, la de cualquier hijo: ocuparse de sus padres cuando no puedan valerse. 

Este es el planteamiento general de Llévame a casa y de ahí, la novela se mueve con sobriedad, sin sorpresas, hasta su poético final. Juan evoluciona y va asumiendo, poco a poco, su rol. Se produce en su caso una especie de toma de conciencia. Jesús Carrasco hace un trabajo de contención, casi minimalista. Son escasos los diálogos y los adjetivos. No hay florituras. Es una lectura fácil, pero al mismo tiempo, deja un poso profundo. La situación en la que se ve envuelto Juan es universal, de ahí que Carrasco deje libertad al lector para seguir la senda que propone a través de metáforas muy delicadas: un paisaje, un recuerdo o la descripción de una estancia. Al dar poca libertad a sus personajes, estos quizá caen en el arquetipo y depurando tanto el estilo puede parecer que a la narración, a veces, le falta empuje. La historia es tan verosímil que corre el riesgo de empantanarse. Al contrario que en Intemperie, aquí Carrasco asume menos riesgos, pero es como Ana Iris, honesto y la autenticidad da mucho valor a este libro. Creo que mucha gente se sentirá identificada y dejará volar sus recuerdos o en según que casos, sus miedos, cuando lea Llévame a casa. En este sentido, la veo como una novela que el lector seguirá construyendo y llevando a su propio imaginario más allá de lo que el autor cuente, a su terreno personal y viéndole así, quizá sea un acierto la austeridad que Carrasco ha elegido para esta historia. 

domingo, 4 de abril de 2021

"Con los perdedores del mejor de los mundos" de Günter Wallraff

                                            

Cuenta Günter Wallraff (1942), en esta recomendadísima entrevista en Jot Down (enlace), que durante el servicio militar, por la noche, colocaba flores en los fusiles de sus compañeros. Por eso lo enviaron a un psiquiatra que lo consideró una “persona anormal, no apta para la guerra ni para la paz”. Quizá este médico atinó, no obstante, porque el periodista alemán ha tenido una trayectoria profesional y vital que es de todo menos convencional. No podía alguien como Wallraff malgastarse en una vida gris, de alienante normalidad. Parecía destinado a otros fines. Pronto depuró su método, que en alemán ha dado lugar a un verbo (wallrafear), consistente en utilizar una identidad falsa para vivir en primera persona aquello que se quiere denunciar. Su primer gran aldabonazo fue publicado en España como El periodista indeseable. Wallraff se infiltró en las tripas del diario sensacionalista Bild y sacó a la luz toda su putrefacción. Le llovieron las demandas y las campañas de desprestigio, la mayoría las afrontó y ganó. De hecho, sentó jurisprudencia, cuando el Tribunal Supremo alemán declaró que en ciertos casos prevalece el derecho público a la información. Cuando se trata de desenmascarar a los malos, el fin justifica los medios. Cabeza de turco (reseña), en la que Wallraff se transformó en el inmigrante Alí y durante meses se jugó el tipo trabajando en condiciones de esclavitud, le consolidó como el periodista más importante de Alemania y un verdadero azote de conciencias.

Con los perdedores del mejor de los mundos (mi edición es de la extinta Círculo de Lectores, pero está disponible en Anagrama), reúne trabajos posteriores de Wallraff. Cronológicamente, se ubican justo después de la crisis financiera global de 2008. El periodista ya se acerca a los 70 años, algo a destacar por las situaciones a las que se va a exponer. El libro se divide en ocho partes, en cuatro de ellas Wallraff cambia su identidad, según el método que le hizo célebre y en las otras recaba diversos testimonios, que no son menos elocuentes. A pesar de la sobriedad del estilo, nada literario, este libro se me ha hecho de difícil digestión. Imposible tragar tanta injusticia de una vez. He tenido que dilatar su lectura, mucho, porque algunos pasajes eran terroríficos. Puede que el formato documental, la imagen en movimiento, parezca un medio más adecuado a los tiempos, pero el ritmo que impone la lectura (más lento) te impregna, te deja pensando. Te corroe, en todos los sentidos. Aparte de la parte de investigación, en cada capítulo, Wallraff relata las consecuencias de sus denuncias, la respuesta de las autoridades y en algún caso, de los implicados, de la opinión pública, de muchas personas que se le confían por carta buscando su ayuda. Esto ayuda a componer no solo un relato de los hechos, sino que también es un alegato a favor del activismo y contra la pasividad. El autor se moja y persigue un fin, más allá de un titular o vender libros: buscar enmendar lo que considera torcido. 

El primer capítulo se titula Negro sobre blanco. Wallraff se disfraza de negro y de manera increíble, logra dar el pego (vídeo). Las situaciones son forzadas y temerarias, por ejemplo cuando se le ocurre merodear en los alrededores de un estadio donde se concentran los ultras (gente de gran tolerancia racial, como se sabe) y como no tiene bastante, se mete con ellos en el tren de regreso. Tiene que salvarle el pellejo una policía con bemoles, a punta de pistola. También intenta buscar piso, con poco éxito o integrarse junto a un grupo de excursionistas bávaros, que le hacen el vacío. Me escamó un poco, por eso quizá los siguientes capítulos me golpearon con tanta fuerza.

Esperaba otra sucesión de anécdotas de corte sensacionalista. Pero no. Wallraff se transmuta en un sintecho en pleno invierno alemán. Sufre las humillaciones, los rigores del frío extremo, el miedo y las historias de esas personas trituradas por las circunstancias. Hay de todo, alcohólicos, empresarios fracasados, enfermos mentales, jóvenes y viejos. Olvido de las administraciones, corrupción y negocio con la necesidad, también. En panecillos para Lidl, Wallraff entra en el mundo de las subcontratas. Nos hace mirar donde no queremos. De algún sitio tienen que salir los hipermercados a rebosar, siempre con producto recién envasado, siempre al mejor precio. En Con los perdedores del mejor de los mundos, la ética empresarial es puesta en el cadalso una y otra vez. El delirio absoluto es el capítulo Llamar y timar, todo es empezar, donde Wallraff se infiltra como teleoperador en los llamados call centers. Los telefonistas son azuzados para que engañen y estafen, buscando el cuello del más débil. Cada incauto caído en sus redes se celebra con júbilo. Las empresas facturan millones. El efecto destructivo o alienante en estos trabajadores es devastador.

Los capítulos donde Wallraff recoge testimonios de precariedad laboral, saqueo de empresas públicos (en concreto, los ferrocarriles alemanes) casos de mobbing empresarial y abogados especializados en machacar a trabajadores díscolos (y que cobran minutas millonarias por ello), no son menos espeluznantes. Uno piensa que el primer capitalismo, de inhumano recuerdo, queda lejos y que ahora, al menos en Europa, las relaciones laborales y económicas están revestidas de justicia social. Pero hay que rascar, solo así se comprueba su autenticidad y Wallraff descubre que la locomotora de Europa esconde mucha inmundicia. Me pregunto qué sacaría un periodista como Wallraff de nuestra España. Y lo peor, si lograría cambiar algo o si importaría  alguien. Prefiero no ahondar en esta cuestión. Es muy indignante comprobar (hace un par de años un chef español sacó el tema a colación, pero rápidamente se corrió un tupido velo) que los restaurantes de lujo, de elaboradísimos platos y estrellas Michelín, se alimentan como vampiros del esfuerzo casi gratuito de jóvenes aprendices, con jornadas de sesenta horas semanales. Los testimonios expuestos y la cínica reacción de estos negreros, escuece tanto como el desinterés absoluto de sus clientes.

Wallraff nos muestra que en la sociedad de la opulencia hay brechas y si se persigue o desea la justicia, debemos cerrarlas. El dinero, la búsqueda del máximo beneficio, "los imperativos de la sociedad del entretenimiento, del sentirse bien", no puede serlo todo. O como decía aquella canción: hay un asunto en la tierra más importante que Dios: y es que nadie escupa sangre para que otro viva mejor.

sábado, 13 de febrero de 2021

"Los pazos de Ulloa" y "La madre naturaleza" de Emilia Pardo Bazán



No había leído a Emilia Pardo Bazán hasta ahora, que lo he hecho por partida doble. Me condujo Pérez Galdos y tiene gracia el asunto, porque ambos escritores mantuvieron una intensa relación, que tuvo su reflejo epistolar. La fuente de mi interés fue la noticia, hace unas semanas, de un coleccionista con demasiados escrúpulos que al parecer posee —y no quiere vender— las cartas de Galdós con la escritora. Ya que la de Emilia Pardo Bazán a Galdós se conoce y publicó hace años, de cruzarse ambas correspondencias, más allá del morbo, creo que constituiría un gran hallazgo y el sueño de muchos lectores. A veces en torno a figuras de esta magnitud se crea una maraña mítico-académica que impide apreciarlos como seres humanos que fueron.

Los Pazos de Ulloa se publicó en 1886. Yo tenía a La Regenta como lo mejor del siglo, pero puede que esta se le acerque. Es, claro, la opinión de un lector, no más. La historia, ambientada en la Galicia rural, se desarrolla a partir de contraposiciones: la vida primitiva de la aldea, frente al convencionalismo de la ciudad, la lucha entre la moral y el instinto, etc. Esas cosas. Todo comienza con la llegada de Julián Álvarez a los Pazos. El cura, recién salido del seminario, apocado y en extremo linfático, acude para servir a don Pedro Moscoso, un hidalgo asilvestrado que vive a merced de Primitivo, su astuto criado y su hija, con la que ha tenido un niño al que llaman Perucho. Pardo Bazán, en la línea del naturalismo, hace un estudio detallado de la personalidad de cada uno de sus personajes, que se conducen ante las diversas situaciones que se les presentan tal y como se espera de su temperamento. Julián, en cierto momento, trata de enmendar la disolución moral que reina en los Pazos y convence a don Pedro Moscoso para que vaya a la ciudad a visitar a su tío don Manuel Pardo de la Lage, otro marqués en la ruina y de paso elegir esposa entre sus primas. Así ocurre, pero la vuelta triunfante de Julián, tras consagrar el matrimonio de don Pedro con Marcelina, Nucha, (de la que el cura parece enamorado, al menos de manera platónica), desemboca en un drama con un estremecedor final.

Entreverado, se describen los tejemanejes de los caciques locales durante las elecciones, soberbio retrato de las miserias políticas decimonónicas. No siempre lo pasado fue mejor. En política. En lo que respecta a literatura, la prosa de Pardo Bazán es magnífica. Qué más voy a decir. Y la intensidad de estos personajes, su profundidad y el modo vivísimo en el que se exponen sus conflictos, constituye uno de los grandes alicientes de este novelón. En especial el joven capellán, Julián, un ser cuya inocencia es quebrada para siempre en los Pazos. Es el sino de las personas hipersensibles, en algún momento la vida les escalda. Lo bueno (grande) de la literatura es cuando te reconoces en algún personaje como frente a un espejo y su destino atraviesa el tuyo.  

                                        Castillo de Pambre, Palas de Rei (Lugo) 

Tras acabarlo, supe que a los pocos meses Pardo Bazán dio a la imprenta una segunda parte, La madre naturaleza y allí que me fui. Es bien distinta a la primera, considerarla mejor o peor dependerá de gustos, porque las virtudes de narradora de Pardo Bazán brillan con el mismo fulgor. Cambia, eso sí, el enfoque. Si Los Pazos es una novela de personajes, aquí el decorado acapara mayor protagonismo. La Galicia rural es descrita con poética precisión, un paisaje de ensueño, poblado de tipos humanos singulares, que parece anclado en los márgenes del tiempo. Los mismos personajes serpentean por las lindes de La madre naturaleza, pero esta vez el protagonismo lo tienen los dos niños ya crecidos, Perucho y Manuela. Y una nueva aparición, Gabriel, el hermano pequeño de la mujer de Moscoso, que llega a los Pazos para hacerse cargo (y casarse) de su sobrina. La cuestión es si Manuela aceptará la proposición de su tío, porque anda enamorada de Perucho, el hijo que Moscoso tuvo con la criada y que por tanto es su hermano de padre aunque ambos desconocen tan espinoso asunto. El tema del incesto no gustó y he leído que fue el motivo de que en su época, público y crítica dieran la espalda a esta gran novela.

El final, como en la primera parte, es de un patetismo sobrecogedor. Quizá La madre naturaleza aporta mayor placer estético y me gustan mucho sus descripciones y los incisos etnográficos, aparcada la cuestión política de la primera parte. En cualquier caso, creo que es bueno leer ambas obras de manera consecutiva. Juntas constituyen un díptico imprescindible si se quiere ahondar en la gran literatura en español.

miércoles, 20 de enero de 2021

"Con el viento solano" de Ignacio Aldecoa

 


Cuando murió, Ignacio Aldecoa apenas tenía 44 años. La cifra estremece, porque uno sigue viendo la muerte como algo lejano, apenas perceptible tras la bruma de la senectud. Pero un 15 de noviembre de 1969, el escritor se apretó el pecho y con fatalismo taurino, exclamó: «Esto es un aviso». Cayó fulminado. Dejó atrás una obra ingente y casi perfecta. Poesía, cerca de ochenta cuentos, un puñado de novelas acabadas y otras en proyecto con las que, si sus arterias le hubieran dejado, hundiría el escalpelo en la sociedad española de entonces para llegar con su filo donde no había llegado nadie. En este sentido, Con el viento solano se concibió en relación a El fulgor y la sangre y sería la bisagra de una trilogía inconclusa que tuvo como título provisional La España inmóvil. En ella Aldecoa pretendía reflejar “el envés de los tópicos españoles”. No he podido encontrar una edición actual de El fulgor y la sangre, pero sí de Con el viento solano. La primera, que transcurre en pocas horas, narra la angustiosa espera de las mujeres de cinco guardias civiles, una vez han recibido la noticia de que uno de ellos, sin precisar cuál, ha sido asesinado en acto de servicio. En Con el viento solano el foco se desplaza al asesino y su huida desesperada. La tercera, que quedó en el tintero, iba a ser protagonizada por un torero aspirante.

Con el viento solano es una vieja conocida, la leí hace años, junto a una edición de cuentos en Cátedra, pero los libros buenos, como los discos buenos, fueron hechos para visitar muchas veces, infinidad de veces y no criar polvo en los anaqueles. El libro fue adaptado por Mario Camus, amigo del escritor, con Antonio Gades dando vida a Sebastián Vázquez. La película sabe plasmar el tono poético y desesperado de la novela y merece la pena un visionado. Aspiró a la Palma de Oro en Cannes.

Ignacio Aldecoa con Antonio Gades, durante el rodaje de "Como el viento solano" Fuente: http://www.aiete.net/2012/12/aiete-con-el-viento-solano/

Con el viento solano es la historia de una huida. El gitano Sebastián Vázquez, después de una noche de farra, se ve envuelto en una absurda pelea en la que hiere a un tabernero y huye a unos olivares para eludir a la justicia. El guardia que lo persigue logra darle caza y Sebastián, guiada su mano por un fatalismo descorazonador, dispara sobre él. No sabe si el guardia vive o no, pero inicia un periplo que dura seis días, hasta el desenlace. Cada uno de esos días es un capítulo, que se intitula con su advocación. Detrás se entrevé algún tipo de simbolismo (por ejemplo, el día en el que Sebastián se encuentra con su madre es el de Santa Ana). La historia fluye sobre un lecho existencialista, combinando el realismo con descripciones fulgurantes. Tiene gran mérito alternar dos registros: una prosa poetizada, virtuosa y de un léxico abrumador, con escenas de taberna que parecen fotografiadas o extraídas de alguna película del llamado “neorrealismo”. Merece una mención aparte ya no solo la viveza de los diálogos, sino el retrato tan certero del ambiente de taberna, el vaivén entre bebedores donde se pasa sin transición de la fraternidad a la trifulca, los efectos del alcohol y su espiral absorbente.

Aldecoa era un escritor completísimo. Domina el lenguaje y el ritmo a la perfección, pero además tiene una mirada profunda, sutil, el mismo decía “ser escritor es una actitud en el mundo. Lo que me mueve es el convencimiento de que hay una realidad cruda y tierna a la vez”. Pero esa realidad hay que saber mirarla y una vez entrevista, saber contarla con objetividad, pero también con respeto. Creo que lo consigue y su lectura ha provocado mi admiración, he gozado como el músico diletante ante el virtuoso, pero también me ha removido por ese retrato de un ser incomprendido, que está condenado a vivir solo y que busca sin hallarla su razón de ser. Que desperdicia su propia vida sin ser capaz de hallar o seguir otra alternativa: ¡cuántas veces yo mismo (y cualquiera) me habré sentido así!

Sebastián, con el que comparto apellido, dispara contra el guardia. Busca refugio en Madrid, busca el amparo de los amigos, de la familia. Todos le dan la espalda. Les mancha su crimen. Solo en compañía de otros solitarios, de otros inadaptados como él, encuentra cobijo. Dos personajes trazados con gran alarde de compasión: el ex presidiario (entendemos que por motivos políticos) Cabeda, un filósofo que devuelve la calma al tempestuoso gitano, un anciano derrotado, pero solidario con el destino del huido. El otro, Roque el faquir, un pobre de solemnidad conforme con su condición de paria, que ofrece a Sebastián su amistad. Sin embargo, nada puede hacerse, porque nuestro héroe, como en las tragedias griegas, no puede escapar de esa red tejida por el destino. El sábado, el último día, cae en el mismo delirio alcohólico que provocó su desgracia y la del guardia.  

Este libro es lo que se llama “gran prosa”; es muy probable que nadie, a día de hoy, escriba tan bien. Hay párrafos de tal densidad: simbólica, rítmica, léxica y más que yo no sé explicar. Imagino que será un festín analítico para cualquier filólogo. Aunque alguno dirá que es virtuosismo vacío, pero solo concedo lo primero, porque tras ese alarde hay placer, es sublime y deja un poso emocionante. Siempre, en todas las artes, ha habido maestros, listones imposibles de saltar. Creo que a Aldecoa, muerto joven como otros grandes de nuestras letras, nadie lo desbancará de ese Olimpo.

domingo, 3 de enero de 2021

UNA CARTA PARA ENGÓ

Pasan las semanas y la llanura sigue yerma. También el campo que la circunda, abrasado por los hielos de diciembre. No tengo lecturas destacables para compartir y como mi estado de ánimo es acorde a los tiempos, prefiero buscar en el limbo de las historias descartadas. Una carta para Engó formó parte de una serie sobre la memoria y el desarraigo que por ahí anda perdida. Es, en realidad, una anécdota de un señor de edad que tomé prestada y apenas la cincelé para que pudiera leerse como un relato, o monólogo, siendo purista. Gran parte sucedió de verdad, si mi confidente fue honesto. Aprovecho para desearos un 2021 muy lector. Con intermitencias, creo que seguiré otro año en la blogosfera. 


El respaldo de madera se me clavaba en la espalda como un aguijón. Después de siete horas, ya no sabía cómo ponerme. El tren cruzaba un desabrido paisaje, marcado por las dentelladas de una vieja mina y herrumbrosas torres que parecían árboles calcinados. Hasta que una línea azul se perfiló en el horizonte: el mar. Tenía dieciocho años y salía del pueblo por primera vez. Mi ambición era ser ingeniero. En el entorno en el que me crie, era ésta una palabra cargada de prosopopeya. En su posesión, uno ascendía del abismo del destripaterrones al Olimpo de los que mandan y hay que llamar de usted. Dicho esto introduciré un matiz, porque el paso del tiempo endulza las cosas y no quiero faltar a la verdad. La noticia de mi marcha hizo que en el pueblo se torcieran algunas bocas. Estudiar, para el señorito, tenía un pase. Pero que el hijo de un labrador quisiera cambiar la azada por el lápiz era mal síntoma y suponía remover una sociedad petrificada. Así que yo era para unos —pocos— el chico listo, el as de los números y para otros un zurracapote, un Adán que se escurría como el suero del queso para no doblar el lomo en el campo.

—Este chico no vale para el trabajo. Por eso su padre lo manda a estudiar.

Son dos caras de la misma historia. No fui el único en irme, hubo una riada de hombres y mujeres jóvenes. La mayoría se sacudió el polvo de las abarcas y trató de medrar en Madrid o Alicante o fue acorralada en trenes de ganado rumbo a Alemania, donde antes de bajar les hacían toser por si llevaban en la valija del pecho la tuberculosis. Ellos, si quieren, os contarán cómo les fue. Yo sigo con lo mío. Era a finales de los sesenta. España estaba cambiando o eso han dicho después los libros de Historia, pero las oportunidades eran flores raras. Estadísticamente, solo una minúscula fracción de los hijos de campesinos que iniciaban sus estudios con seis años, en las escuelas cuarteleras de entonces, donde se aprendía a base de palo, ponían sus pies en la universidad. Pero yo formaba parte de una generación alimentada con la leche del hambre y eso me hizo inmune al desaliento.

Decía que llegué a la universidad y entré en la politécnica, a quinientos kilómetros de casa. Me alojaba en una residencia, cerca de un vetusto monasterio escenario de glorias pasadas, donde crecía el musgo entre las piedras pulidas por el salitre. Recuerdo el primer día en aquella oscura celda, aburrido, tumbado sobre la cama mirando el cielo raso, escarbando con la uña entre los callos, que todavía guardaban el recuerdo de la azada. En mitad de ese silencio, que intimidaba hasta a las moscas, llamaron a la puerta. Una figura insólita se recortó en el umbral. Llevaba una chaqueta de color beis y sostenía una vieja maleta. Era Emiliano Engó, mi nuevo compañero recién llegado de Guinea.

Reconozco que me quedé boquiabierto, porque era la primera vez en mi vida que veía un negro in situ. No supe muy bien qué hacer o qué decir y supongo que no me comporté como debiera, eso es fácil de juzgar a toro pasado. Pero hay que ponerse en el lugar de cada uno. El recién llegado avanzó hacia donde estaba y extendió su mano para saludarme. Yo seguí sin mediar palabra, creyendo que era todo producto de un sueño. Me fijé, eso sí, en la palma, me sorprendió que fuera blanca. Engó se miró los brazos.

—En el pueblo un niño se ha puerto a rasparme con los dedos porque pensaba que estaba tiznado.

Y se puso a reír. Luego se dirigió a la otra cama, desenrolló el colchón de espuma y estiró las sábanas como si espantara moscas. Abrió su maleta, de la que sacó algunas camisas dobladas meticulosamente, un crucifijo y una foto con un marco de madera que dejó sobre la mesita. En ella, se le veía con otros cuantos de su raza (sus hermanos), abrazados a una mujer (su madre), que sonreía con la satisfacción de verse rodeada de su numerosa prole.

Este gesto de Engó me conmovió. Vaya, pensé, da igual español o guineano, uno siempre echa de menos a su madre. Así que me acerqué y le ofrecí un cigarrillo. Lo rechazó con una sonrisa, pero con el tiempo, Emiliano Engó y yo nos hicimos buenos amigos. Compartimos muchos momentos de estudio y de charla en los intermedios, donde cada uno hablaba de lo suyo, mundos opuestos, desconocidos, en extremo distantes.

Yo le describía el olor del campo, una mezcla de polvo, hinojo y tomillo, que se te mete en las entrañas y el tacto pegajoso del mosto durante la vendimia. Le contaba, gesticulando encima de la cama, cuando sorprendíamos a las liebres mordisqueando los brotes de las cepas y cómo huían dando saltos para esquivar la pedrada y el rastro de pezuñas que dejaba el jabalí, hozando y rebuscando bellotas bajo las encinas.

—Pero qué sabrás tú, Engó. Si seguro que en Guinea todo es selva.

Engó sonreía, y sus palabras se colaban silbando entre el hueco de sus dientes. Me hablaba de la exuberante vegetación, sí, pero también de las nubes de mosquitos, del paludismo y la fiebre amarilla, de las palmeras altas como campanarios y las plantaciones de cacao.

—Sus piñas, que son amarillas, parecen limones. El grano se extiende al sol y exhala bocanadas al secarse, parece que respire. 

Cuando le hablaba de la dureza del trabajo, del dolor de riñones y de lo que escuece el sudor sobre la piel quemada, torcía el gesto.

—En Guinea trabajan los penados, Antonio. Y muchos nigerianos que llegan en cayucos, que son barcazas miserables, frágiles como una cáscara de nuez. Es duro, tanto o más que lo que tú me cuentas.

Luego trataba de sonsacarle detalles sobre las mujeres guineanas, porque en más de una ocasión me había contado que allí no hacía falta ir al cine a manosearse, que había más manga ancha. Fingía indignarme por aquella falta de moralidad tan poco cristiana, pero por dentro la envidia me quemaba.

Con el tema de la comida nos enfrascábamos en largas discusiones. Todavía no consigo creer que se pueda comer la carne de boa.

—Así, en rodajas—hacía un gesto formando un óvalo con el índice y el pulgar de ambas manos—a la romana, como si fuera merluza.

 

Un día, Engó recibió una carta. El sobre llevaba en sí todo el aspecto de haber dado tumbos por el mundo, estaba arrugado y olía a jungla. Mi compañero frunció el ceño y rompió la solapa con el dedo. Leyó, moviendo los ojos de un lado a otro. Respiraba agitadamente. En 1968, España negoció la independencia con Guinea y se elaboró una Constitución, aunque desde hacía tiempo la antigua colonia ya disfrutaba de amplio autogobierno.

—Nada ha cambiado—dijo entonces Engó, mientras manoseaba con ansiedad un pequeño crucifijo que llevaba colgado del cuello.

Pero las cosas sí cambiaron, vaya si lo hicieron. A los pocos meses Francisco Macías Nguema impuso una dictadura. El sátrapa y sus acólitos la tomaron con la bandera rojigualda y los españoles que quedaban, tuvieron que emprender el vuelo para salvar su blanca piel. Los líderes de la oposición fueron asesinados, acusados de conspirar contra el régimen. Asesores de China y Corea del Norte llegaron a la nueva república para dar un curso acelerado de totalitarismo.

La carta había sorteado la censura atravesando la frontera con Camerún y desde allí había sido enviada a España. Enrollada y meticulosamente doblada, se salvó del registro y atravesó la selva como un machete, para advertir a Engó. Yo le veía releerla muchas veces, desplegándola como si fuera un trabajo invertido de papiroflexia.

Por su parte, las relaciones entre España y Guinea se fueron deteriorando hasta romperse. Engó se lamentaba, apretando los puños y cuando alguien le hablaba de regresar, hacía con el pulgar el gesto de un cuchillo en su garganta. Incomunicado, casi sin dinero, guardaba su pasaporte envuelto en un pañuelo. Mientras, campaba el terror a sus anchas en la antigua colonia española, las cárceles atestadas hedían a muerto y se quemaban libros. La prensa española decía “En Guinea se ha implantado una verdadera dictadura”, como tomando la franquista por una vulgar pantomima.

En 1972 Macías dio el jaque mate y privó de la nacionalidad a Engó y a muchos de sus compatriotas residentes en España, que se convirtieron en apátridas. Cerradas las puertas de su país y del consulado, tampoco eran atendidos por el gobierno español, que renegaba de su penúltima colonia. Entre todos le prestamos ayuda y tratábamos de animarle, yo le decía en broma:

—Mira Engó, no me hagas enfadar. Te recuerdo que no tienes patria. Te llevo por delante y me voy de rositas.

Sin embargo, Engó no estaba para chanzas, porque la situación en su país, lejos de mejorar, empeoraba. Comenzó a beber y sus notas declinaron. Se ausentaba durante horas y se dedicaba a vagar solitario por la playa. A veces dormía al raso y teníamos que hacer batidas en su búsqueda. Nos daba miedo de que, a pesar de su férreo catolicismo, se abandonara a la muerte.

 Un día, desesperado, se adentró en el agua. Las olas batían crepitantes y Engó se fue sumergiendo, hasta que el mar lo engulló. Y lo escupió, como si se le hubiera atragantado. Lo encontraron tirado en la playa, inconsciente. Parecía una ballena extraviada. A punto estuvo de acabar en la fosa común donde enterraban a sus compatriotas indocumentados.

 

Al año siguiente el Parkison se adueñó definitivamente de Franco y su dedo tembloroso designó a Carrero, esto es historia de sobra conocida. También que el Almirante fue fulminado al salir de misa por una mina. Por aquellos tiempos acabé mis estudios, y me llamó el deber con la patria, que cumplí en Melilla. Atravesé ese mar que miraba con una mezcla de nostalgia y lujuria Engó. Y en mitad de las turbulencias democráticas inicié mi vida laboral lejos del campo. El primer día, mientras me anudaba la corbata frente al espejo, no pude evitar recordar aquella vez que mi padre me llevó a recoger lentejas. Era todavía un niño y a pesar de que me ayudaba, para que la faena no me rompiera en dos, al terminar fue como si mis manos hubieran pasado por una trituradora de carne. Todo por unas renegridas pesetas.

Pero, ¿qué fue de Engó?

Nos escribimos unas cuantas veces, hasta que el tiempo hizo su labor diseminadora. Un par de leyes se apiadaron de los antiguos emancipados de la Guinea española y en el hospital en el que ingresó cuando estuvo a punto de ahogarse, conoció a una enfermera y se enamoraron. Aquella mujer le trajo de vuelta al mundo. Se casaron. Como regalo de bodas, Engó recibió por fin una patria, porque le fue concedida la nacionalidad española. Que yo sepa, nunca regresó a Guinea ni volvió a saber de su familia. Macías fue derrocado por su sobrino, Teodoro Obiang, quien sustituyó el disfraz maoísta por el falso parlamentarismo y quizá la última carta de su madre fue esta vez interceptada y acabó bajo el barro de la selva. 

jueves, 15 de octubre de 2020

DOS RESEÑAS: "La deriva de los icebergs" de Enrique J. de Lara y "Un amor" de Sara Mesa

                             

Abordo esta entrada con dos reseñas. La razón principal es el azote de nuestro siglo: la falta de tiempo, pero también me parecía interesante confrontar ambas novelas, que he leído de manera consecutiva, por lo poco que tienen en común. A veces tengo la sensación de que la literatura comercial converge en una fórmula, unas historias, unos personajes, que parecen salidos de un molde. La heterodoxia se castiga y menosprecia. Por mucho que se publique se lee lo de siempre y se entiende que así debe ser, porque es la manera de escribir y contar las cosas. En las novelas que presento, tanto Enrique J. de Lara como Sara Mesa cuentan la habitual historia de dos personas desarraigadas, pero la conducen por caminos y llegan a conclusiones originales y opuestas. Lo enclavan en paisajes aislados, asfixiantes, pero construyen con ese material diferentes metáforas.


La deriva de los icebergs está protagonizada por Francisco (Paco) Campos, un comercial en plena deriva existencial. Lo arriesgó todo por un proyecto de energías renovables en plena zozobra económica nacional y su matrimonio se desangra. La única oportunidad es un contrato con una papelera (irónicamente, una de las industrias más contaminantes) que salvaría la empresa de la quiebra. Campos se interna en la Costa da Morte (Galicia), se aferra a su última oportunidad, inútilmente. Su mujer le ha dado un ultimátum y regresará a Madrid con sus hijos, con él o sin él. Campos se resiste, desbordado y tras entrar en contacto con un anciano veterinario que se dedica a recoger los extraños objetos que expelen las mareas, a veces traídos por icebergs que se aventuran en aguas cálidas, decide embarcarse en un pesquero. En el periplo de Campos se entrecruzan varios personajes solitarios, enigmáticos, cerrados en una concha que pasadas las páginas se va entreabriendo. La historia se impregna del paisaje hermoso y desolado de la costa gallega, de sus mareas, tormentas y zozobras. Es descrito con una mezcla de precisión geológica y poesía, que en general funciona y acompaña al lector con su vaivén. El comercial se convierte en una especie de Odiseo que, lejos de querer regresar a Ítaca, pretende perderse en los polos y contemplar esos icebergs en los que, como dice la nota de prensa, ve una metáfora de su propia vida. Los días que pasa en la costa de la muerte, jugando alternativamente al escapismo y a la lucha a pecho descubierto con su destino, Campos se transforma. Entre los personajes se va tejiendo un hilo quebradizo, el que impone la soledad y los traumas pasados, pero nunca asimilados. La historia se resuelve de forma convencional, era una de las muchas opciones. Deja un regusto agradable, soñador y reconocible en todos los que en algún momento hemos llegado a esa encrucijada, en la que todo debe cambiar, pero al final nada cambia y esa masa de hielo que se ha desprendido de ti mismo y que esconde tanto, se derrite y acaba desapareciendo en la inmensidad del océano.

Enrique J. de Lara es un escritor poco conocido, pero con buenos mimbres y aquí ya lo he reseñado varias veces. Merece más. Sara Mesa, en cambio, es una autora consolidada. Prueba de ello es que Un amor aparecerá en breve traducido al inglés, francés, alemán y holandés. Tiene éxito Mesa y lectores, entre los que me incluyo. Me gusta por la habilidad y atrevimiento que demuestra a la hora de burlar lo políticamente correcto, de cuestionar la moral establecida sin encenagarse y hacer retratos psicológicos de sus personajes. Me atrae el contraste entre el tono oscuro de sus temas y la claridad de prosa con la que afronta su escritura. No hay florituras, no es un estilo tan literario como el de Enrique. Y de eso se trata, porque si tenemos una legión de escritoras contando lo mismo y de idéntica forma, la literatura se extingue por aburrimiento. 

Un amor se resume fácilmente. Cuenta la historia de Nat, una traductora que se retira a La Escapa, precisamente huyendo, no se sabe muy bien de qué. La Escapa es una aldea remota, hostil, arquetipo de la llamada España profunda o negra. Aunque este no es el tema de Un amor. ¿Por qué ha ido a parar Nat a donde Cristo perdió los guantes? Por puro pragmatismo: allí encontró la vivienda más barata que podía permitirse. Poco más se desvela del “antes” de Nat, salvo un episodio desafortunado en su anterior trabajo y nadie parece importar a Nat, que nunca traba contacto con el mundo exterior. Nat navega en el presente: apenas se plantea un pasado y mucho menos un futuro. 

En La Escapa queda recluida a merced de sus habitantes. De un casero hosco nada complaciente, de un perro pulgoso que trata de convertir, en un ejercicio de cruel patetismo, en perrito faldero, de unos vecinos progres que practican con hipocresía el "beatus ille", de un paria al que apodan "el alemán" y un hippie mandón. Siempre, en su relación con ellos, se impone una jerarquía, un juego de dominación y sometimiento. Es uno de los temas, las relaciones de poder, que recuerdo de otras novelas suyas. Y llega el amor, pero lejos del ideal romántico, se trata de un amor tóxico, envenenado. Un amor que deriva en obsesión, porque Nat no logra comunicarse con el amado, no logra que le importen sus palabras ni de valor a sus sentimientos. Qué difíciles son las relaciones personales para Sara Mesa, de cualquier tipo. Los seres humanos, a pesar de haber construido nuestra idiosincrasia a partir de la habilidad social, parecemos condenados a estar solos. A ser oídos, pero no escuchados. A hablar, pero no entendernos. Es una paradoja que a mí personalmente me llena de angustia y quizá por eso conecto con su literatura.

La tensión de Un amor es aplastante, sin concesiones al humor o la ironía. Difícil dejarla a un lado, engancha como un opiáceo. Se espera un desenlace trágico, un baño de sangre, un sacrificio a lo Sófocles. Pero al final la novela hace un requiebro extraño, inesperado y se desbarata, aunque no arruina, un artefacto de gran intensidad. Es curioso el contraste con La deriva de los icebergs, donde su protagonista endereza el rumbo y retoma el timón de su vida. Sara Mesa parece una persona más pesimista, sus personajes se devoran unos a otros o a sí mismos; Enrique J. de Lara, en cambio, los plantea desde un punto de vista más humanista y también más amable. Son dos caras de una misma moneda, he disfrutado leyéndolos y los pongo en valor aquí. Que siga la variedad, por favor.