domingo, 10 de febrero de 2019

"Daniela Astor y la caja negra", de Marta Sanz



Un avión se estrella en una cordillera nevada y entre sus despojos, los investigadores esperan hallar la caja negra. Este artefacto, que en realidad es de color naranja para facilitar su localización, registra los datos de los instrumentos y las conversaciones de la cabina. La psicología también tiene su caja negra y según he podido entender (no del artículo de Wikipedia, que es un galimatías), se trata de la parte opaca e insondable de la mente, su desconocido mecanismo interno. Creo que ambos conceptos están en la novela de Marta Sanz. Por un lado, es una crónica de la transición, la representación de la mujer en el cine de la época y aquella patata caliente que fue la libertad sexual. Por otro, se explora la intimidad de una niña en los albores de la pubertad. La novela alterna una parte documental, donde desfilan entrevistas, actrices del destape y alusiones a películas míticas de aquellos años, con la narración en primera persona de Catalina, alias Daniela Astor, un rol imaginario que la niña ha creado a partir del cine y las revistas del corazón. Marta Sanz engarza ambas historias con habilidad, tanto que si bien se podrían leer por separado, parece que si amputáramos alguna de las dos partes la novela moriría desangrada.

Supongo que las habrá, ¿sobre qué no se ha escrito? Pero no recuerdo un acercamiento a la mente de una niña en ese punto de inflexión, cuando empieza a hervir la leche de la adolescencia, justo antes de que la espuma desborde el cazo. O al menos no lo recuerdo hecho con tanto atrevimiento. Porque Catalina es una niña, pero nota la semilla de la mujer que será. El tono es inquietante y sórdido, la fantasía empaña el espejo de la realidad, moldeada por lo que ella ve y lee. El despertar sexual es incipiente, el lector adulto nota su aliento, pero el niño lo percibe como un juego más. Es un camino de exploración constante, de búsqueda y perplejidad. 

En la novela (ambientada en 1977), la mujer española se encuentra en una fase de transición. Las madres de Angélica y Catalina trabajan fuera de casa, parecen independientes, pero una vez dentro del hogar regresan al rol tradicional de la mujer que limpia, cocina, plancha y en su matrimonio asume con resignación una posición subordinada, dice Catalina “nuestros padres tratan a sus mujeres como si fueran aún niñas pequeñas” y tiene claro que “ni Angélica ni yo queremos ser como nuestras madres”, ella prefiere ser “la madre de Blancanieves”. La novela aborda un conflicto clásico que señala el fin de la infancia: la atracción y a la vez repulsa del progenitor, porque, dice “me cansa que mi madre sea una madre, pero no quiero que lo deje de serlo”, “para crecer, es imprescindible meterse con las madres”.

Daniela Astor distorsiona el mundo que le rodea, incluso se erotiza cuando sale a pasear con el padre de su amiga. Me gusta y atrapa. Es subyugante. Hasta que pasa algo, una perturbación en la vida de Catalina y Daniela Astor desaparece. La echo de menos, pero sigo leyendo. El protagonismo ahora recae en Sonia, la madre de Catalina y su decisión firme de no tener el hijo que está esperando, en un contexto en el que abortar conlleva penas de cárcel y por ello más de 30.000 españolas viajan al año a Londres para someterse a esa intervención. Este cambio se transmite al resto de personajes. Los hombres se convierten en espantapájaros, el padre de Catalina pasa de maestro risueño a ser una comparsa, un idiota sin iniciativa propia y Luis Bagur de galán irresistible a pijo-progre con los dientes negros por fumar en pipa. La madre de su amiga Angélica, descrita antes como la socióloga con gafas de culo de vaso que pone lavadoras, se transforma en un puntal firme y sabio de bonitos ojos azules. Ya no es la historia de una niña, su imagen de feminidad moldeada por las películas de fantaterror y su periplo hacia la adolescencia. Es una crónica sobre el aborto y una regularización que no se abordó hasta bien entrada la democracia. La novela entonces se aleja de los matices y cae en el blanconegrismo, Marta Sanz se posiciona y al final se olvida hasta de Sonia Griñan y las últimas páginas lanza una pedrada para poner los puntos sobre las íes. ¿Por qué toma esta deriva la novela? En esta entrevista la propia Marta Sanz me da una pista:
Trataba de reconstruir una historia sentimental de la transición a través de las vivencias de quiénes éramos niñas en ese momento cuando se platean los cambios de Alberto Ruiz-Gallardón y a partir de ahí empecé a rescatar esa mirada tan sórdida sobre el aborto, asociada durante tanto tiempo a lo sucio, incluso a la brujería. La novela trata sobre una mujer que decide abortar porque sí (…), la suya no es una situación límite, no existe la tan requerida justificación
(Fuente: "Marta Sanz, una mirada valiente sobre el aborto", nuevatribuna.es).
Pero desde mi subjetividad, torpedea el Titanic literario que había levantado en las doscientas páginas anteriores. Poco falta para echarlo a pique. Cuando leía los últimos capítulos de Daniela Astor, pusieron en televisión Los Olvidados, de Luis Buñuel. Una obra maestra indiscutible, que sigue intacta después de setenta años. En la película, se retrata la miseria de unos suburbios, la delincuencia juvenil y ocurre algo: los pobres son malos. Miserables, envilecidos, crueles, traicionan a los amigos, se desentienden de los hijos, los débiles abusan de los débiles. Hace tanto daño, ¡cómo escuece esta verdad!: la miseria material y afectiva, la incultura, engendra miseria moral. Sin justicia, no se puede atenuar el mal y la vida humana vale menos que una gallina. Tamaña perturbación hizo empequeñecer el final de Daniela Astor, que tenía esa noche entre manos y el capítulo final, donde hace una crónica burlesca de Sálvame, me lo quité de encima como una mosca. 


La lectura de Daniela Astor forma parte de un club de lectura en el que participo de manera activa, adscrito al programa del MECD “Por qué leer a los clásicos”. En él, siguiendo el tema de este año (escritoras españolas), hemos seleccionado cuatro libros: dos lecturas clásicas muy conocidas y dos ejemplos de literatura contemporánea, que vamos alternando. La primera fue la obra maestra de Mercé Rodoreda, La plaza del diamante, que tuvo un éxito rotundo. La segunda fue Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz. Su estructura posmoderna, las partes documentales y el atrevimiento con el que retrata a una adolescente nada complaciente causó algo de estupor. Con La voz dormida de Dulce Chacón supongo que no habrá tantas pulgares hacia abajo y tengo curiosidad por la acogida de Las efímeras de Pilar Adón. Autora que además vendrá a hacernos una visita en marzo, ¡estoy deseando conocerla! Ni que decir tiene que para elegir las lecturas me basé en las reseñas de los blogs que sigo, por ejemplo el de Lorena (El páxaru verde) o el de Ana (Lo que leo locuento), inactivo a día de hoy. Ahora se habla mucho de “salir de la zona de confort”, hasta en los anuncios de ginebra y como lector hay que hacerlo, pero no con el pie echado, sino con los brazos abiertos y esto no es fácil de transmitir y mucho menos de compartir. Aquí seguro que encuentro mayor comprensión. 

jueves, 17 de enero de 2019

"La conquista de los polos", de Jesús Marchamalo y Agustín Comotto



Desde África, nuestros ancestros se diseminaron por toda la tierra. Lo hicieron en oleadas,  empujados por los vaivenes del clima y tratando de evitar la cornada de la extinción. El ser humano atravesó y superó uno o más cuellos de botella evolutivos, que redujeron nuestra población a un puñado de individuos escogidos. Puede que entonces se gestara, mejor dicho, se seleccionara esa inclinación humana por la exploración (el conocido como wanderlust o “gen del viajero”), la ambición por llegar donde antes nadie ha llegado. Diez mil años de sedentarización no parecen haber hecho mella en este deseo enraizado en nuestra naturaleza, que sigue intacto y tiene como efecto colateral el turismo masivo que convierte incluso la cumbre del Everest en un lugar ruidoso y sucio. Aunque ahora todo parezca muy visto, a principios del siglo XIX una porción considerable de nuestro planeta, las zonas polares, era una verdadera incógnita. Su exploración fue una gran aventura, una gesta a la que la editorial Nórdica ha dedicado La conquista de los polos:  Nansen, Amundsen y el Framcon textos de Jesús Marchamalo e ilustraciones de Agustín Comotto.  

Antes de comenzar conviene detenerse en su factura: la encuadernación en cartoné con lomo entelado, hojas gruesas, mapas desplegables y un color en las ilustraciones que parecen recién salidas de los pinceles de Comotto (si, color en un libro sobre una región del planeta cubierta de blanco, un reto a tener en cuenta). Un libro de los que se manosean, se huelen y se guardan de por vida. Sobre su impecable edición, hay un guiño orgulloso: un sello al final que representa a una mujer azadillo en mano, cultivando un huerto de hojas escritas. Según el propio Marchamalo en una entrevista, refleja el compromiso de Nórdica con la industria nacional del libro.

La conquista de los polos está dividida en dos grandes bloques. En el primero, se detalla la exploración del polo norte y en especial las expediciones de Nansen a bordo del Fram, un barco singular preparado para resistir la presión del hielo y las bajas temperaturas. En el segundo, tiene lugar la narración del pulso que mantuvieron Scott y Amundsen por alcanzar el polo sur, cuyo desenlace fue tan heroico como dramático. El texto de Marchamalo, eficaz, conciso y descriptivo, se alterna con las ilustraciones de Comotto al cincuenta por ciento. La documentación se nota que ha sido rigurosa, muchos de los dibujos están basados en fotografías de la época y todo se explica con precisión y sencillez. Retratos de los protagonistas, de la fauna de aquellas latitudes, mapas y recreación de fotografías históricas, convierten a La conquista de los polos en un libro didáctico, una lectura para aprender y conocer mejor aquella gesta. Pero además, en algunos momentos se lee con frenesí, como una novela de aventuras de Jack London, una doble faceta, didáctica y lúdica que es el gran activo de este álbum ilustrado. Por su extensión, eso sí (no llega a los 140 páginas), debe verse como una introducción al tema, que no agota este libro y sobre el que hay obras notables y que lo tratan en mayor profundidad, por ejemplo El peor viaje del mundo, de Apsley Cherry-Garrard, compañero de fatigas de Scott y Los héroes de la conquista de los polos, trilogía de Javier Cacho publicado por Fórcola Ediciones.  


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Ilustración a doble página, describiendo la fauna del ártico (fuente: kirkyil.com y Nórdica libros)
El libro comienza con una de las primeras expediciones al ártico, la protagonizada por El terror y el Erebus, dos de los barcos más avanzados de la época. Zarparon de Londres en 1845 y fueron tragados por el hielo para siempre, en algún punto del ártico canadiense. En 2016 se pudieron localizar sus restos bajo el casquete polar. La tripulación se diseminó por el hielo, murió de hambre, envenenada por el plomo presente en las cañerías y las latas de conserva y se documentaron casos de canibalismo. El año pasado se hizo una adaptación televisiva, producida por Ridley Scott y basada en la novela fantástica The terror, de Dan Simmons.

La supervivencia barre los escrúpulos, casi siempre. Los perros enfermos o extenuados se sacrifican y sus despojos son arrojados a sus compañeros. Algunos los reciben con voracidad y otros rechazan alimentarse de sus congéneres. ¿Extraño, verdad? Los hombres mueren, se pierden como cuentas en la llanura antártica. A veces también se aprovecha su carne. El libro no evita estos detalles, pero tampoco se regodea con ellos. Aquello fue una aventura épica, llena de sufrimiento y bajezas, pero sobrepasada por innumerables episodios heroicos, de valor sin límites, resistencia y gran dignidad. Después de meses de penalidades, al borde de la muerte, Nansen sugiere a su compañero de infortunio que comiencen a tutearse. Moribundo, después de llegar al polo sur en segundo lugar, Scott escribe en su diario: “Si hubiéramos vivido, habría podido contar una historia que hablase de la audacia, entereza y el coraje de mis compañeros, que habría conmovido el corazón de los ingleses. Tendrán que ser estas improvisadas notas y nuestros cadáveres los que la cuenten”.


El buque 'Fram' fue uno de los barcos más famosos del mundo durante el siglo XIX
Fotografía del Fram en las llanuras árticas (fuente: rtve.es, un interesante artículo sobre aquel barco inmune al hielo)
       
El ingenio para superar las limitaciones de un medio tan hostil, aprendiendo de los esquimales y luego desarrollando nuevas técnicas de supervivencia, dice mucho de la creatividad humana cuando tiene una meta que alcanzar y se ve enfrentada a su propia superviviencia. La exploración de los polos fue un alarde de inventiva, innovación, coraje y voluntad. La determinación de estas personas no deja de asombrarme, la ambición puede perforar montañas y el hombre, en su lucha contra la adversidad, no tiene parangón. Es bueno sacar a relucir esta faceta de nuestra especie para seguir creyendo. Y poco más voy a contar. Es una aventura que me tiene fascinado y sigo indagando, como ya he señalado hay buena y variada bibliografía, incluso testimonios de los protagonistas. El propio Nansen fue escritor de éxito y premio Nobel de la Paz por su labor humanitaria durante la I Guerra Mundial. Os dejo el enlace del programa de Radio3 "Hoy empieza todo", donde supe del libro y di una pista a mi mujer para el regalo de Reyes. 


viernes, 11 de enero de 2019

EL VERDADERO SILENCIO

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La tarde de Reyes fui con mis hijos a ver la cabalgata. En un cruce, un conductor kamikaze se saltó un ceda el paso y faltó un centímetro para convertir mi nuevo monovolumen en carne de taller. En su descargo, el sol flameaba en el horizonte, una de esas puestas cegadoras y pudo no ver la señal. Tampoco frenó para averiguarlo y siguió con su estampida al atardecer. Me quedaron varias notas de consuelo. La primera, que en veinte años no habrá seres humanos conduciendo y desaparecerán los garrulos al volante y podré leer mientras viajo. La segunda, que todo quedó en un susto, una pequeña herida en la frente que se hizo mi hijo mayor con la bandeja del asiento, mi coche cruzado en la calzada por el frenazo. Por último, una prueba de que mis reflejos saolín no se han perdido del todo, a pesar de las culebras blancas que se han adueñado de mi barba de invierno.

El incidente me dejó con la sensibilidad a flor de piel, a mí, que no hace falta que me azucen. Conseguimos aparcar, lejos y llegar hasta la plaza. Los Reyes Magos saludaban desde su trono, los tractores hacían de camellos y cajas acústicas del tamaño de neveras, atadas con correas, tronaban como si estuvieran anunciando a los cuatro jinetes del Apocalipsis. Mi hijo pequeño se tapó los oídos e hizo un amago de esconderse detrás de su madre,  hasta que llegó la lluvia de caramelos y el paso de sus majestades con una buena carga de regalos y poco carbón a la vista. Como ya voy siendo mayor, al menos ya me he chupado algo más de la mitad de mi esperanza de vida al nacer (siendo varón y español), tuve que gruñir un poco. ¿Es necesario ese despliegue de vatios? ¿Soy un intransigente si odio el ritmo reguetonero (tum- patum pa tum - patum pa tumpatum pa tum y así ad eternum)? La cabalgata fue vista y no vista, una cutrez para mí, la mejor de su vida para mi hijo mayor. Opinión que mantuvo incluso después de ver la de Madrid por la tele. Qué bueno ser niño para no tomarse las cosas tan en serio. Aquel chaparrón sonoro, que nos impidió hablar entre nosotros el rato que duró el desfile real, me hizo pensar en el silencio.
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Para probar sus cachivaches, Microsoft ha construido una cámara especial, denominada “anecoica” o en términos periodísticos “el lugar más silencioso del planeta”. Está totalmente aislada del exterior, tanto que si pasara a su lado un desfile kilométrico de horteras con reggaetón en sus coches equipados con subwoofer, el que estuviera dentro no sentiría mayor molestia que el zumbido de una mosca. El paraíso, a priori. Pero resulta que no, porque la cámara también está diseñada para absorber cualquier sonido (información precisa al respecto, aquí) y, en ausencia de ruidos, uno comienza a oír su propio cuerpo y la sensación no es de paz monacal, al contrario: nadie ha aguantado dentro más de 45 minutos.

Puede que en términos humanos alcanzar el silencio absoluto sea imposible. El compositor John Cage ideó en 1952 4´33´´, una pieza en la que el pianista no ejecutaba nota alguna. En YouTube va por las cuatro millones de reproducciones. Hay ruido, a pesar de todo, una serie de carraspeos, toses y crujidos. Al parecer eran esos sonidos, los del entorno, “el sonido del mundo y de la vida” y no las notas armoniosas del piano, lo que interesaba a Cage, cuya fuente de inspiración fue poder oír el rumor de su torrente sanguíneo y sistema nervioso cuando él mismo entró en una cámara anecoica para experimentar el silencio absoluto.

      

En términos relativos, disfrutar del silencio tampoco es tarea fácil. Las viviendas están mal aisladas, toda una sinfonía de cañerías, tacones, televisores nocturnos y portazos es habitual incluso en las comunidades más civilizadas. Los bares, según la canción lugares gratos para conversar, no lo son tanto y tratar de hablar con tus compañeros de mesa en un restaurante repleto es todo un desafío para las voces más débiles. Parece que tengamos miedo al silencio, sobre todo cuando no estamos solos. La repentina falta de conversación entre dos personas es calificada como “incómoda”, y puede que para algunos, aquellos más extrovertidos o los que tapan con palabras su incapacidad para comunicarse con los demás, lo sea.

Cada cual tendrá los suyos, yo tengo mis reductos donde puedo disfrutar del silencio. Cuando salgo a pasear o a correr al campo, según mi estado de forma, puedo encontrar unos minutos de ese silencio sanador. Ocurre durante el crepúsculo. No es nada que tenga que ver con el paisaje, los alrededores de mi barrio son barbechos, eriales, antiguas huertas abandonadas. Solo hay un árbol, un pino centenario junto a los muñones de adobe de una casa de quintería. Milagrosamente, sobrevivió a la especulación urbanística. En invierno, la hierba quemada por el hielo da a la llanura un aspecto de ceniza, de páramo volcánico y alternan los calveros y las cepas retorcidas, recién podadas. Aquí y allá, montones de escombros, regurgitaciones de la sociedad de consumo: lavadoras desvencijadas, carritos de bebé, sofás, plásticos desvaídos. Si caminas mucho, pinares de plantación, porciones de naturaleza casi muerta, viejos pozos y montones de piedra, restos de la costra calcárea que arrancaron mis antepasados a este páramo. Y como milagro, durante el crepúsculo, una luz naranja repentina donde se pone el Sol, rosácea como la aurora de Homero en la parte opuesta. Tirabuzones de magma si hay nubes. Sin duda es grandioso, el cielo de la llanura celebrando la efímera muerte del Sol. Pero lo mejor es el silencio que acompaña a ese momento. Parece que la vida se detenga, dura lo que tarda en llegar la oscuridad, cuando avienen los crujidos y los coches. Pero ese instante es un silencio maravilloso, es la naturaleza suspendida.


Atardecer en Tarazona de la Mancha (Spain)

Otro de mis silencios favoritos es el que sigue a la multitud, cuando un sitio atestado se vacía de repente. Ocurre en mi trabajo a las dos y media. El cuartel que llaman centro educativo, sus pasillos carcelarios y puertas de metal, se abre como una exclusa. Quinientas personas salen a presión. A menudo me entretengo unos minutos, compruebo que todas las sillas están sobre la mesa, que ningún alumno distraído ha olvidado su estuche o la bufanda. Echo un vistazo al blog, apago el ordenador. Recojo con parsimonia. Y me enfrento al silencio. Recorro el pasillo en penumbra, al que solo llega la luz tamizada a través de un murete de pavés que está en la escalera y es fácil imaginar el fin del mundo, el último día, como una estampida después de clase.

Pero este blog iba de libros y precisamente los libros son uno de los mejores aislantes acústicos que conozco. Y vuelvo a John Cage, para quien “el único silencio verdadero se logra con un giro de tu mente hacia el interior”, el verdadero silencio poco tiene que ver con lo acústico. Requiere tiempo, pero cuando se produce la inmersión, nada puede turbar a un lector ensimismado. Las conversaciones alrededor se diluyen. El tiempo, como en los relojes de Dalí, se reblandece. Así se construye el silencio, escarbando dentro hasta llegar a nuestra sala anicónica personal, donde nada ni nadie puede alterar nuestra conciencia y donde estar con uno mismo, no solo no da miedo, sino que aleja todos los fantasmas.

La imagen de portada es Caravan Dali, de Aram Vardazaryan (fuente: https://www.3dartistonline.com/image/10284/caravan_dali). En cuanto al paisaje, es una fotografía de Juan Antonio Tabernero realizada en Tarazona de la Mancha (fuente: http://www.jakometa.com/photoblog/index.php?showimage=14). 

miércoles, 28 de noviembre de 2018

FERMÍN Y SULTÁN

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El cadáver de Fermín yacía sobre la cama. Hacía ya algunas horas que su corazón se había detenido para siempre, agotado por lustros de tabaco negro. Sultán, cruce de pastor alemán y mastín, deambulaba ansioso alrededor. El perro, consumido por los años, despeluchado y artrítico, velaba sin tregua junto a su amo y cuando alguien osaba traspasar el umbral de la puerta arrugaba el hocico, mostrando sus feroces colmillos embadurnados de saliva verde.
Pronto llegó la hora del sepelio y para poder entrar en la habitación y llevarse a Fermín tuvieron que sacrificar al animal. Sultán recibió el disparo impávido, blandiendo un sable desafiante en la mirada. Se suele llamar perro al hombre despreciable y del que hiede se dice que huele a perro. Algo es perro cuando es indigno o malo. Me parece injusto que esos atributos negativos recaigan en un ser capaz de mostrar una lealtad tan inquebrantable. Era un cachorro escuálido cuando Fermín lo encontró medio muerto de hambre, rebuscando entre los restos de comida que habían quedado entre la hojarasca. Le llamó Sultán por su color negro y su mirada profunda de príncipe árabe. El animal se crió junto a las cabras, persiguiendo a las perras en celo cuando no apremiaba el trabajo y labrándose una reputación de perro astuto y dócil. Fermín, que en su juventud había probado suerte como maletilla, le enseñó a embestir como un toro bravo. El can agachaba la cabeza, buscando la muleta y arremetía transformado en el mejor de los Miuras, mientras el pastor cargaba la suerte hacia la derecha o la izquierda, según la inspiración o así se viese dispuesto.
Todos los días, al filo de la mañana, Fermín sacaba sus ovejas y cabras en peregrinación, atravesando la vereda hacia los campos baldíos. Yo tenía que coger el autobús a la salida del pueblo a la misma hora, para ir al instituto. Cuando llegaba a la parada, que estaba en la carretera, apenas divisaba el reguero de excrementos, como mucho una nube de polvo a lo lejos y sabía que Fermín se me había adelantado. Pero a veces casi nos encontrábamos, como dos amigos al volver la esquina, si esto es posible en la llanura, donde todo es espacio.  Entonces Sultán alzaba las orejas y se removía nervioso junto a su amo, para que le diera licencia y luego corría hacia mí, como cuando dan el pistoletazo de salida en los cien metros y se me abalanzaba alargando su lengua amigable.
 Las tardes ociosas, cuando las había, porque casi siempre tocaba arrimar el hombro en el campo, estudiáramos o no, hacíamos una visita a sus dominios, la ancha llanura, las cunetas y los baldíos. Nuestra presencia era anunciada por el tableteo de un motor y una estela de polvo y piedras en suspensión. Llegábamos zumbando entre los caminos como un enjambre de avispas, haciendo trompos y levantando el hocico de la moto como si nos preparáramos para una justa.
Fermín al principio nos observaba impávido, luego levantaba la barbilla, estirando el cuello como una tortuga que emerge del interior de su caparazón y nos gritaba para que dejáramos de hacer ruido, un grito prolongado de una sola sílaba, que repetía como la alarma con la que se previene a la población de la inminencia de un bombardeo. Luego compartíamos charla, pitillos y una litrona. Las cabras se arremolinaban alrededor, mordisqueando aquí y allá, desperdigando sus excrementos, a veces sobre nuestros zapatos y dando chupadas al cigarrillo que le poníamos en el hocico con infantil malicia. Cuando alguna aprovechaba la falta de vigilancia y se escabullía dentro de un sembrado, Fermín llamaba a Sultán y juntos emprendían su búsqueda. Elegíamos ese momento para despachurrar la piedra de hachís y liar un porro que fumábamos con fruición, contemplando el regreso del pastor, Sultán y la cabra díscola como si se tratara del final de un Spaghetti Western. Al llegar a nosotros, Fermín arrugaba la nariz y movía la cabeza, taladrándose la sien con el dedo índice:
— ¡Mira que sois tontos!, si yo os contara…
Y nos explicaba como en Marruecos secan el cáñamo en los tejados de las casas y la porquería que pasa a través del precario tamiz con el que consiguen la resina. Además de los recovecos que recorre la piedra—y con esta parte reía mucho— para poder cruzar el Estrecho sin mayores contratiempos. 
Al pastor le agradaba rememorar su juventud y nosotros le escuchábamos embelesados. Había vivido en Tetuán y conservaba en su casa una chilaba que se ponía los escasos días de descanso, cuando cuidaba de sus pájaros y liaba cigarrillos bebiendo chatos de vino tinto. Así lo encontraron en el suelo del patio, la mano todavía fuertemente asida al corazón, el charco púrpura del vino seco, los ojos abiertos y pétreos que apuntaban al teléfono sobre la mesa.
Fermín sonreía satisfecho cuando alguien se deshacía del porro a medio fumar para darle gusto y entonces proseguía su narración, que conocíamos punto por punto: las especias del zoco, las calles tortuosas, el hedor a orín y estiércol en las puertas de la medina, la calima que arrastraba el siroco desde el desierto, los minaretes y el canto del almuédano. Hasta que la conversación viraba hacia sus amores de juventud, pagados con promesas, media docena de huevos y un queso envuelto en papel de estraza. Mientras, las cabras y ovejas roían los escasos diez centímetros de tallo amarillo que las máquinas habían dejado después de la cosecha o se arracimaban en torno a los montones de alpacas, diseminados como piezas de un tablero de ajedrez.
Poco a poco, la pelusilla del bigote se fue cerrando y me fui llenando de hombre. Acabé el bachillerato y dejé el pueblo, como la mayoría de la gente joven, para buscarme la vida en Madrid. Arrastrando una maleta, con el traje holgado heredado de un primo de mi madre, comencé vendiendo seguros, hablando con afectación para sacudirme el acento provinciano y luego, pasados los años, conseguí trabajo en un banco.
Me enteré de la muerte de Fermín porque mi madre llamó por teléfono para avisarme y me relató la ejecución de Sultán. Lo recuerdo más o menos así: el ruido del televisor del vecino se filtraba a través de los tabiques del apartamento de extrarradio donde vivía. Estaba fumando un cigarrillo en la cocina, con cuidado de no manchar de ceniza los últimos informes, todavía bajo los efectos del Diazepam. Luchaba por aplacar mi conciencia, porque esa mañana, diez minutos después de denegar un crédito, por inviable, el director me había llamado a su despacho, cerrando la puerta con el pestillo y bajando las láminas de la persiana veneciana. Cinco minutos de conversación, donde mi papel fue asentir con la cabeza, bastaron para que todo aquel dinero volara hacia la cuenta de un hombre de paja —yo lo intuía—, testaferro de sabe dios que empresario o politicastro. Pensaba en esto, o mejor dicho, trataba de espantar estos pensamientos, cuando sonó el teléfono, una, varias veces. Me resistí a cogerlo, no quería escuchar otra vez la voz engolada del director y su discurso hipócrita, pero al final, por un impulso, lo descolgué.

Pedí un día libre para asistir al entierro. Era a finales de otoño. Una alfombra de musgo crecía en las eras, de un color verde brillante, con tonalidades casi azuladas. El sol, que apenas rebasaba la línea del horizonte, incidía con sus rayos rasantes y le daba un aspecto parecido al tapiz de una mesa de billar.
Dejé el coche en casa de mis padres. Tuve que agacharme para que mi abuela, que se marchitaba junto a la ventana en una mecedora mullida con cojines, pudiera recorrer mi cara con sus dedos temblorosos y mirarme a través de su cristalino, enturbiado por las cataratas de los años, sin reconocerme.
Me dirigí a la iglesia y allí me reencontré con varios amigos de la adolescencia. Nos dimos apretones de manos y golpes en el hombro, tratando de romper la coraza de mutua desconfianza que crece entre las personas que pasan años sin verse.
Después de dar el pésame a los familiares, formando una larga cola en el interior del templo hasta el altar, el féretro con el cuerpo de Fermín fue sacado al exterior e introducido en el coche que esperaba como la barca de Caronte, parado bajo el arco gótico de la puerta.  Nos dirigimos al cementerio a pie, recordando los tiempos en los que visitábamos a Fermín y nos contaba sus historias de maletilla con tal o cuál novillero, sus escarceos amorosos y los años que vivió en África.
De reojo observé a mis antiguos amigos, los rostros ajados, las arrugas incipientes o profundas, según el caso, los vientres abultados, el pelo batiéndose en retirada de la coronilla o la frente. El peso de los años, el arado del tiempo que iba abriendo su surco, hincado cada vez más profundamente, removiendo los restos de cáscara joven y preparando el terreno para la siembra de la madurez. Recordé los días de otoño, cuando la barba del cereal despunta en la tierra recién arada y las aves en bandada se arremolinan, parlamentando ruidosas para después emprender el vuelo, trazando un semicírculo y mostrando el dorso blanco de las alas.
La comitiva se detuvo en la isla de sepulturas que ocupaba el centro del camposanto, flanqueada por cipreses y columnas de nichos. Se colocaron las coronas de flores, con las inscripciones protocolarias. Muchos se abrazaron entre lágrimas. Los operarios destaparon la tumba, removiendo la lápida de mármol como si fuera la piedra del Santo Sepulcro. Después fueron bajando el féretro con una maroma, hasta que a Fermín se lo tragó la tierra.
Ya nos íbamos, cuando se escuchó jaleo. Por la larga avenida de cipreses se acercaban con paso raudo dos de sus sobrinos más jóvenes, sosteniendo una pequeña caja de color caramelo que contenía los restos de Sultán, el valeroso lugarteniente del pastor. Era deber de todos los que nos hallábamos allí garantizar que el animal compartiese la eternidad con su maestro. Los amigos, sacudiéndonos la modorra, apartamos a los operarios y con gran ceremonia, bajamos los restos de Sultán hasta escuchar el golpe de la  madera contra la caja y nos pareció que amortiguado por el colchón de tierra, resonaba la risa del pastor y el ladrido del perro que corría hacia sus brazos como cuando era un cachorro.   

La fotografía es de una estatua en honor a Hachiko, un perro que esperó a su amo en la estación de Tokyo durante años, hasta su muerte (https://www.excelsior.com.mx/). La historia del relato, sin embargo, no la inspiró Hachiko, sino mi amigo Paco Bellot y está basado en sus propias vivencias. Una versión recibió el primer premio en el XXIV CERTAMEN LITERARIO "CORPUS CHRISTICAMUÑAS 2018. 

martes, 23 de octubre de 2018

Tasa de abandono

Hace tiempo leí un jugoso artículo acerca de los libros que dejamos a medias y en definitiva, tirando de la madeja, es un tema que da para mucho. ¿Llega a ser un tabú entre la tribu lectora hablar de la tasa de abandono? Desde luego, un libro no es un jamón. Dejarlo sin terminar no es ningún delito y Daniel Pennac lo eleva incluso a la categoría de derecho. El decálogo formulado por el escritor francés en Como una novela, supone convertir la lectura en una actividad exenta de cualquier martirio, libre en el sentido amplio y extenso de la palabra. Para los que no sepan muy bien de lo que hablo, adjunto ilustración.

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Pero voy entrando en materia. Pensando en esos libros sin acabar de leer, me doy cuenta de que no hay una única explicación. Parecerá un poco tonto, pero en los tiempos bicolor que nos ha tocado vivir cada vez es más común reducirlo todo a un único culpable (la crisis: los bancos; el dinero: la felicidad; mi hijo suspende: el maestro; pierde el Madrid: Lopetegui). La más evidente, esto es, que el libro es malo, puede cuadrar para algunos títulos. Pero no para otros, obras reconocidas y renombradas. La química, el intercambio positivo de partículas que menciona Pennac, la afinidad de temas o estilo, tampoco me sirve. Porque hay veces que yo, solo yo, soy el culpable. Me cierro en banda. Creo que para un lectura profunda hay que tender puentes, es como el arcoíris de la leyenda nórdica (el Bifröst), que comunica el mundo de los dioses con el de los mortales. Si hay algo que te impide lanzar esa cuerda entre un libro y tú, es imposible establecer una comunicación fluida. Porque yo entiendo la lectura como un intercambio, una forma de comunicación creada en exclusiva por el hombre. Lo que alguien ha escrito evoluciona en la mente del que lee. Se reconstruye, de mil formas posibles. ¿Es tu Jean Valjean el mismo que el mío? Seguro que no, aunque Víctor Hugo lo describa con detalle. Por eso no me gusta ver una película basada en un libro antes de leerlo, porque distorsiona ese flujo, lo hace, por decirlo así, menos mío. A lo mejor esto puede explicar porqué nunca he podido acabar El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Con Marlo Brando, Martin Sheen y una lluvia fina de napalm anunciando a las walkirias, todo junto en mi cabeza, ese flujo del que hablaba queda interrumpido. El Bifröst se resquebraja.
Dejando de lado el misticismo, que en la llanura siempre tiene su ración, ¿qué otras razones me han hecho abandonar un libro?  Lo mejor es hacer una cata, recordar tres o cuatro libros que haya dejado en la estacada últimamente. A lo mejor puedo recordar porqué. Y de ahí sacar un patrón. Veamos…
Por ejemplo, he dejado a la mitad dos veces Un día de cólera, de Pérez-Reverte. Aún con esas, sigue en mi estantería. Ni lo he regalado (aunque reconozco que lo he intentado alguna vez, sin éxito), ni me he desecho de él por otras vías. ¿Es un mal libro? No, creo que no. Los críticos dicen que no. A miles de lectores les pareció apasionante. La recreación del contexto histórico es rigurosa, nada que reprochar por ese lado. Las primeras cuestas bien, las subí a bloque. Pero luego me entró la pájara, no pude con él. Digamos que la cantidad de personajes, esa obsesión nazarena por resucitar a todos y cada uno de los protagonistas del 2 de mayo me acabó hartando y creo que debilita el nudo principal de la historia y lo dispersa, acaba pareciendo más una crónica periodística que una novela. Otros pensaran lo contrario, que enriquece y otorga dinamismo a la trama, que es el objetivo de la novela: hacer un mosaico patriótico, un homenaje a los caídos. De lo que, muchos historiadores afirman, no fue más que un brote de xenofobia, una trifulca sin ideales y los constructores de naciones han convertido en epítome de la españolidad. Aquí interviene el factor gusto y un poco el ideológico, creo yo.

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Otro más, El santo de César Aira. Un escritor de culto, un mago de la novela corta con decenas de títulos en el morral. Sus entrevistas no tienen desperdicio, de hecho, por ahí me empezó a picar. El santo promete mucho. Comienza como una novela clásica de aventuras, a lo Alejandro Dumas, como Amin Maalouf en León el Africano. César Aira escribe la mar de bien, pero llega un momento en el que parece que se harta. Y viene el delirio, la novela cae en el absurdo, divaga y no va ninguna parte, hasta el punto y final. Las últimas páginas me las ventilé en modo abanico, así que técnicamente leí un 80% de la novela. Pero me sentí un poco frustrado, puede que aquí el problema sea que esperaba mucho de este autor y no logró colmar del todo mis expectativas. O que no supe cogerle el punto. Pero sospecho, me temo, que César Aira tiró de oficio y de creatividad, que le sobra, para llenar el mínimo de páginas exigido, entregarla al editor y ponerse a otra cosa. Ya se encargarán los sesudos de darle un sentido.
Casi lo mismo me pasó con otra autora en el altar de los posmodernos, Lydia Davis. He dejado a medias Ni puedo, ni quiero. Me arriesgo a pasar por un ignorante, porque la crítica señala la profundidad, ingenio e imaginación de los relatos de Davis, señalan que sorprende al lector con asociaciones inesperadas y le ponen la etiqueta de inclasificable, que hoy día es como el cordel (seguimos con el jamón) de pata negra. Que es sutil, en definitiva y esto puede hacer agachar la cabeza a más de uno, para no pasar por bruto. Como soy de pueblo carezco de ese complejo. Con este libro, me ocurrió lo mismo que a muchas personas ante los cuadros de Malevich o el arte conceptual. Quizá es su equivalente literario. En mi descargo, tengo que decir que me lo llevé como lectura playera. Y con niños pequeños siempre al borde del peligro, es difícil lograr la zambullida. Por eso sigue en mi estantería, esperando su oportunidad y una lectura más profunda, que lo mismo muda mi opinión, aunque hubo relatos que me gustaron y apruebo este libro, pero sentí que tenía otras lecturas en la sala de espera que merecían mi tiempo: ni quiero, ni puedo, nunca un título me sirvió tan bien para resumir un abandono.
Conclusión. Parece que las razones para dejar una novela tienen que ver con el contexto personal de cada lector, con la calidad o naturaleza de la propia obra y con una falta de química ante la que poco se puede hacer. Nada traumático, nada de lo que avergonzarse. Cada persona es única y lo bueno de los libros es que, en cierta medida, también lo son y tienen su lector y sobre todo, su momento.

viernes, 5 de octubre de 2018

"Aquella mujer que cantaba un blues" de Fernando Ruiz de Osma


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Siempre he creído que la poesía existe con anterioridad al poeta. El poeta sabe mirar y su sensibilidad le lleva por caminos amables o terroríficos, a otras dimensiones ignoradas para la mayoría, pero no crea de la nada. Hay poetas lisiados, les llamo yo, que son capaces de entornar los ojos y verlo, el mismo relámpago. Pero incapaces de transcribirlo. Solo viven la sensación, que les hace llorar o les ahoga. Ven el poema, ríen con él, notan la sangre en efervescencia. Pero no pueden darle forma corpórea y si lo intentan, fracasan.

Leyendo Aquella mujer que cantaba un blues, reconozco enseguida la mirada del poeta. Reconozco esos momentos de éxtasis, donde el poema se desembaraza de su burka y te mira con ojos cristalinos. Cógeme. Y Fernando Ruiz de Osma lo hace, es capaz de tender un lazo a esos instantes, tan breves como un latido o que se prolongan y expanden como el humo y en los cuáles el poema se manifiesta. Permitidme un ejemplo:

Ayer también volví a mi casa
y saludé en la calle a mi hijo 
que jugaba con los otros niños.
Corrió hasta mí y me pidió un beso.
A la ciudad le gusta 
mostrar su rostro de crueldad a los muchachos. 
Entonces otro niño, 
(su padre había muerto hace ya muchos años), 
se me acercó corriendo. 
Preguntó si yo era el padre de mi hijo 
y me pidió también que lo besara. 
Lo levanté del suelo con mis manos 
y besé su mejilla 
cálida y sofocada por el juego. 
Después los dos corrieron alejándose 
para seguir jugando con los otros.

Ha hecho su aparición. Un simple gesto que pasará desapercibido en mitad de la vorágine, el de un niño que recibe un beso. No es el de su padre, pero podría serlo. Sabemos que el niño quiere ese beso, pero ¿lo envidia o necesita? Probablemente ni él lo sabe y además, ¿qué impulsa a un hombre a ofrecer su amor paterno, a besar la mejilla cálida y sofocada de un niño que no es el suyo? Ahí transita su alma y la del poema. Pero esta es mi interpretación, el fogonazo de unos versos que me han impulsado a escribir ahora mismo, ayudado por la música de Brian Eno con la que logro concentrarme en mis tareas no escolares.

Si sigo escribiendo y la vez pensando sobre Aquella mujer que cantaba un blues, encuentro más cosas. Encuentro una mirada cargada de nostalgia, donde el poeta mira hacia sus pasos, ya no hacia delante, porque a cierta edad mirar hacia delante es asomarse al final de la vía, a la estación de término.

Camino durante horas, hasta el agotamiento,
para oler otra vez aquel puerto, aquel viaje,
aquella mujer que cantaba un blues.
Hoy he visto en tus manos
una porción de fresas
y a la vez he escuchado
sonidos luminosos en aquellos
hombres que lloran de felicidad.
Bajo cada mañana
a visitar mi tumba
y sonrío y compruebo
que aún sigue vacía.

Habréis notado la transparencia de estos versos, ajenos a laberintos (“alejados de la ocultación”, dice la sinopsis editorial) y la familiaridad con la que se expresa el sujeto poético, pero al mismo tiempo, despojados de cualquier banalidad. Esta virtud tan clasicista, el equilibrio nada fácil entre sencillez y hondura, es lo que convenció al jurado del premio de poesía Eladio Cabañero de 2018.

Pero hay más melodía, una tercera nota en este blues: la extrañeza. El mundo, que se ha hecho a sí mismo, no tiene como fin que lo comprendamos. Ni siquiera la parcela que corresponde a nuestra mano, tantas y tantas cosas salen de nosotros, nos embaucan y no sabemos darle explicación.

Esta tarde, al pasar por la puerta
de mi cuarto vacío,
he visto que la cama
seguía aún deshecha.
He extendido las sábanas,
he estirado la almohada
y lo he cubierto todo
con los colores de la manta nueva.
No quise que supierais
que la noche anterior había dormido.
¿Por qué nos gusta tanto 
borrar las huellas de todo lo que hacemos?

Son poesías a las que un encuentro fortuito o cualquier objeto (un semáforo cerrado, la huella de un vaso sobre la mesa), otorga el primer chispazo y hace andar con paso lento, vaporoso, de trineo sobre la nieve. El pasado acecha, o como dice Fernando “el recuerdo es terco, no se deja rendir” y salta sobre tu espalda, te hace mirar atrás, hace que te encorves y examines los pliegues de tu alma. Esos pliegues cerrados al recuerdo inmediato, que solo se abren, como la flor del baobab, durante las noches de silenciosa reflexión.

sábado, 1 de septiembre de 2018

LECTURAS AL FRESCO

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Vecinos tomando el fresco (foto: CLM24.es)
Un verano benigno en la llanura, tan solo una ola de calor a finales de julio, lo que se agradece. Han sido muchas las noches propicias para leer, con el fresquito. Aquí en La Mancha (en Andalucía también) existe una costumbre, ya agonizante, la de “tomar el fresco”. Consiste en salir con sillas a la puerta de las casas aprovechando la brisilla y montar la tertulia hasta la madrugada, dormitar u observar a los viandantes, ignorando el televisor y otros inventos del diablo. Ya es algo mítico, el corrillo de mayores comiendo pipas y las abuelas en sus tumbonas, algunas roncando. Luego, al romper el alba, las mismas señoras con escoba y regadera dejaban la acera impoluta. Igualito que la zona residencial de la costa donde he pasado unos días esta semana, regada de orín y excrementos de perro. Pero en fin, en la soledad de mi patio, junto al ronroneo del aire acondicionado del vecino he podido disfrutar de buenas lecturas que os resumo por si alguna os abre el apetito.

Dos libros de relatos buenísimos, Guadalajara de Quim Monzó y Siete casas vacías de Samanta Schweblin. Entre ellos hay diferencias, pero también puntos en común. Quim Monzó es uno de los grandes maestros del relato corto, mientras Schweblin en este libro ejerce casi de debutante, aunque con el IV Premio Internacional Narrativa Breve Ribera del Duero bajo el brazo. Coinciden en un estilo sencillo, nada preciosista, sin ampulosidades y preciso como un bisturí en según qué manos.


Guadalajara se divide en cinco partes, con un total de catorce relatos. Son historias ingeniosas, donde la imaginación de Monzó se despliega en toda su magnitud. Navegan entre el surrealismo y lo absurdo, hay un sin sentido mucho más reconfortante que el de la vida real e ironía a raudales, como no. Me gusta la reescritura de ciertos mitos literarios, como el justiciero Robin Hood que lo pone todo patas arriba y es que robar a los ricos para dar a los pobres no siempre es la solución. Monzó le da la vuelta como un calcetín a la historia de Gregor Samsa, cuando una cucaracha despierta convertida en un niño gordo y torpón. Además, ¿y si los troyanos no se hubieran tragado el farol? ¿Qué habría sido de Ulises y compañía, escondidos en las tripas de aquel artefacto inverosímil? Lo mismo pasa con Guillermo Tell, porque, ¿alguien ha pensado en el pobre muchacho? Son algunos apuntes de un libro que recomiendo. Un entrante genial, el relato más largo, nos describe, desde el punto de vista infantil, la peculiar tradición de una familia que cercena el dedo de sus hijos varones al llegar a los nueve años. Mención aparte los aderezos más sofisticados de Monzó, a lo Borges, como el cuento del escritor que descubre en su propia obra la predicción de su futuro.

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En los relatos de Schweblin hay menos humor, por no decir ninguno. Porque aunque contiene situaciones que pueden parecer surrealistas, incluso de risa, siempre persiste una sensación incómoda, inquietante y en fin, no se queda uno nada tranquilo al acabar los siete relatos que componen este libro, mucho menos mientras los está leyendo. Oscuros, con un tono onírico, sí, pero bordeando el mal sueño, la pesadilla. Como digo, sobrevuela una sensación de amenaza, los personajes son seres obsesivos, enajenados, vulnerables en su fragilidad mental. Con esta atmósfera irreal, nada es lo que parece ser e incluso la memoria se torna cenagosa. Quizá el libro de Schweblin sea bastante representativo de nuestro tiempo, donde aunque todo va mejor que nunca, no deja de haber cierta sensación de castillo de naipes, de desajuste en toda esa exhibición de felicidad y opulencia que nos inunda.

El plato fuerte de este verano, en lo que a dimensiones se refiere, ha sido Vida de un escritor de Gay Talese. Lo encontré en la librería del hotel de vacaciones donde estuve con mi familia en julio y decidí hacer un intercambio: dejé un libro de Alice Munro que no me hacía ni fu ni fa y eché este en mi maleta. Se trata de un buen tocho, donde Talese intercala con habilidad detalles de su vida con algunos de sus proyectos inacabados. Gay Talese (1932) es un periodista y escritor de origen italiano, según Wikipedia el padre del nuevo periodismo, junto a Tom Wolfe.

El inicio es insólito, Talese escoge uno de los puntos álgidos del drama deportivo: la final de  un mundial de fútbol que después de la prórroga se decide a los penaltis. Los equipos en liza son las selecciones femeninas de China y EEUU, frente a frente dos potencias rivales en lo económico y político. Alguien tiene que fallar, errar el tiro y esa persona, una joven china, es la historia que busca el veterano periodista. Y es que Talese engarza así con sus inicios y una constante en su carrera: en un país obsesionado por el éxito, él se dirige a los márgenes, al que pierde, al loser. Pensando en paralelismos, en España sería un periodismo centrado en aquella persona honrada, noble, que vive sin pisar a nadie, que no se aprovecha del sistema y es incapaz de aceptar un sobre o un cargo a dedo. Supongo que ese nuevo periodismo en nuestro país, que no ponga el foco en el trepa, el ladrón o el mentiroso, en resumen, que margine al pícaro, está por hacer.

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Las historias de perdedores se suceden en este libro. Un edificio marcado con la equis del fracaso, donde todos los restaurantes que abren sus puertas allí, uno tras otro, caen en bancarrota. Talese, asiduo de la buena mesa, ya que su madre rehuía los fogones, asiste como testigo a una debacle que se alarga décadas. Más perdedores, el infausto caso de John y Lorena Bobbit, sí, la mujer que cercenó el pene a su marido. Al final, ambos fueron vapuleados y exprimidos por la máquina mediática. La lucha por los derechos civiles en Alabama ocupa una parte considerable del libro, basada, eso sí, en las experiencias personales del periodista y que nadie espere una lectura tan de nuestro tiempo, esto es, sin matices. Los hay, porque entre lo que nos cuentan, lo que vemos y lo que pasa hay infinidad de zonas de sombra.

Talese es un fino observador, que escucha sin mediar, deja que sus entrevistados se explayen y compone su historia sin el aderezo del melodrama. Me ha gustado mucho el relato que hace de una breve visita a la ciudad natal de su padre en Calabria, una aldea polvorienta, sumida en el subdesarrollo, donde sus familiares visten los vestidos pasados de moda que su pariente, sastre neoyorkino, les envía puntualmente. Talese menciona cómo aprendió su oficio y no fue en la universidad, fue escuchando a las clientas de su madre, modista, que vertían sobre ella sus penas. Como niño, el se dedicaba a escuchar detrás del mostrador y callar, así aprendió el oficio del periodismo y el de la escritura. Recuerdo una entrevista de Álvaro Pombo donde mencionaba una anécdota similar, ¿cómo se forjarán los futuros escritores, ahora que todos estamos metidos en nuestra burbuja, sin hablar cara a cara los unos con los otros?

Me extiendo mucho, pero claro, el libro da para ello. A ratos puede ser tedioso por lo que se explaya en ciertas cuestiones, esto es personal. Por ejemplo, a mí el tema de los restaurantes me hartó un poco y alguna página me comí. Pero en general, fue una lectura muy provechosa.

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Más cosas, por fin le tocó el turno a la novela de una amiga bloguera, Ana Madrigal Muñoz. Se trata de una escritora aficionada, pero que ha sido capaz de levantar un artefacto bien acabado, muy digno y entretenido de leer. Además, lo ha hecho siendo fiel a sí misma. Porque a Ana le encanta la literatura del diecinueve, Bécquer, las Bronte, Thomas Hardy y demás. Así que ese es el marco temporal, temático y estilístico de su novela. En Despierta el alma dormida, se intercala el relato de tres personajes. Uno es Elvira, una mujer de clase alta que al casarse queda sometida a los designios de su marido. Este se traslada a un área aislada del norte para supervisar la construcción de un pantano, en severo contraste con el Madrid de 1873 donde vivía Elvira con su familia. Lejos de su entorno y acuciada por su hipersensibilidad, cae en el pozo de la depresión, en el que se hunde cada vez más. Elvira escribe una carta a su hijo, del que ha sido separada por algún motivo. Años después, el doctor Carlos es nombrado responsable de un hospital para enfermos mentales donde está recluida Elvira, ahora la señora Roldán. La anciana, catatónica, permanece muerta en vida y el joven doctor tratará de despertar su alma a través de lo que él llama “sesiones de recuerdo”. Estas sesiones incluyen la lectura de una serie de cartas que su hijo, músico profesional, escribe a su madre a lo largo de los años, desde diversos puntos de Europa, prometiéndole una visita que nunca llega. Así se entrelazan las tres historias, hasta el dramático final, como mandan los cánones. Con un estilo refinado, elegante, la ambientación nos mete de lleno en la época. La construcción psicológica de los personajes es notable, quizá falta algo de negrura, pero entonces la historia viraría a lo gótico y se ve que la autora no va por ahí.

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Y como todo su verano tiene su dosis de novela negra, pues he seguido el hilo de Carlos Zanón, un ejemplar dedicado de Tarde, mal y nunca. Es su segunda novela, pero ya apunta las constantes de su estilo. Una historia de perdedores, un triángulo amoroso infernal que comienza sin tonterías: a primera hora de la mañana, en un bar de barrio, Epi decide reventar la cabeza de el hasta entonces su amigo inseparable Tanveer Hussein, al más puro estilo Ramón Mercader. Recuerdo que Zanón contó en el encuentro que tuvimos con él los motivos de tan truculento inicio. El escritor pensó en un arma de fuego, un revolver y al preguntar a un veterano de la novela negra como es Andreu Martín, este comenzó a asediarle con detalles técnicos: si había decidido el calibre, las balas que llevaría el cargador, si el arma sería automática o semiautomática o un revólver, esas cosas y Zanón se agobio y tiró por la tremenda: el arma del crimen sería un martillo. Después de ese inicio fulgurante, queda por saber los motivos, la novela se sumerge en la amistad tóxica y la personalidad psicótiva de Tanveer y las secuelas de matar a alguien a sangre fría, porque siempre hay un después. Es una novela más bien breve, lástima el tamaño de letra tipo chuletas de mi edición de bolsillo, no entiendo cómo no cuidan estas cosas. Transcurre como un rayo y te engancha de principio a fin, es sórdida, pero también poética y con una buena sarta de frases lapidarias que al ser lectura de piscina pues uno no se entretiene en subrayar. Nada complaciente ni políticamente correcta: la gente es mala, muchas veces, porque quiere, porque elige ese camino que siempre es el más fácil o porque algo le empuja, con fatalidad, al lado oscuro.

Y bueno, llega septiembre. Aquí en la llanura antes era un cambio tremendo, porque con la vendimia se llenaba la plaza de forasteros, de acentos nuevos y por cierto casi siempre había algún crimen o historia truculenta, pero la mecanización de la viña con el emparrado ha reducido el impacto. Huele a mosto, casi seguido vendrá la pestilencia de la industria alcoholera y habrá moscas de las cojoneras, muchas. Así que las siguientes lecturas, serán de puertas adentro.