domingo, 19 de diciembre de 2021

LA MURALLA


Se acercan las fiestas y aunque nos amenaza (nunca mejor dicho) el fantasma de la Navidad pasada, no quería yo irme de vacaciones sin daros las gracias por asomaros de vez en cuando por esta cada vez más abandonada llanura. La muralla es un relato que lleva años vagando de una carpeta a otra de mi disco duro sin encontrar acomodo y creo que es lo más parecido que tengo a un cuento navideño. Os lo dejo debajo del árbol, sin ticket de compra (espero que no sea de los regalos que se devuelven, jaja) y con ello clausuro la temporada bloguera: 2021 se va por fin a hacer puñetas. Mis mejores deseos para 2022.  

La casa de Toño era una vivienda de planta baja, con el revoco de los muros ennegrecido por la humedad. Incrustada en la muralla y mimetizada dentro de lo que fue del antiguo arrabal, sin ser antigua había pasado a formar parte del casco histórico. Tenía esta casa un patio interior a salvo de miradas maliciosas, soleado y al abrigo del viento, que Toño aprovechó para sembrar marihuana. Su tía, una anciana medio sorda, cuidaba de las plantas con devoción y hasta les cantaba cuplés. Fuera de las horas de jardinería, que la dejaban con una risa tonta, la anciana también gustaba de espiar a los viandantes tras la única ventana que daba a la calle, salvaguardada por un fino visillo de gasa. Yo estudiaba entonces el primer curso de Bellas Artes y conocí a Toño en un cine fórum sobre Roger Corman. Trabamos amistad de una manera natural, como ocurre con las personas afines, ya que aparte de fumar en pipa de palo santo creyéndonos Gandalf en persona, los dos éramos fanáticos del cine y la literatura de terror.

—Tijeras Sangrientas.

— ¿Cómo?

—Así me llamaré a partir de ahora. Será mi seudónimo, el nombre con el que firmaré mis trabajos. En inglés se dice “Bloody scissors”.

— ¿Y estás seguro que es original?

—Pues claro.

Cuando me hastiaba del ambiente universitario, solía merodear extramuros. Me fascinaba la vetusta muralla que recorría, comprimiendo, la ciudadela medieval como si fuera un anillo (más bien una soga) y dedicaba buena parte del tiempo a pasear por su perímetro, tomando apuntes y escribiendo pequeñas anotaciones en mi libro de bocetos, que entonces me acompañaba a todas partes. En mi periplo, casi siempre hacía una pausa para visitar a Toño. Dependiendo de la hora, lo encontraba durmiendo o embebido en un grueso tomo de cuentos de H.P. Lovecraft, pero siempre ocioso. Y es que Toño no trabajaba, aunque decía estar estudiando bachillerato a distancia y a veces me consultaba dudas sobre declinaciones y rephrasing exercises.  Toño tenía la costumbre de levantarse muy temprano. Después de apurar un café, paseaba por la ciudad para presenciar aquel prodigio llamado “madrugar para ganarse el pan”, recreándose en los trabajadores a pie de barra que templaban el gaznate con un licor de hierbas después del café, con el cigarrillo humeando entre los dedos; las caras de hastío tras el volante, los atascos; el crujido de los cierres metálicos; las madres furiosas tirando de niños sin desayunar comidos por el sueño. Toño lo contemplaba con calma, entrecerrando los ojos y luego regresaba a su casa y se echaba un rato sintiéndose libre y feliz de no tener que doblar el espinazo o someterse a rutina alguna.

En lugar de tocar el timbre, me acercaba a la ventana. La anciana, que casi siempre estaba acechante en su garita, me examinaba apartando el visillo y asentía con la cabeza para dar su consentimiento. Al rato, la puerta se abría con un crujido. El pasillo permanecía en penumbra, rota la bruma por el rayo de luz que delataba mi llegada y a los lados se disponían las habitaciones. La de Toño estaba al final. Su tía me acompañaba, renqueando. Vestía de luto, con un mandil donde asomaban las tijeras de coser y alfileres prendidos de la ropa. La mujer daba un manotazo a la puerta para poner a Toño sobre aviso:

—¡Antonio!, ¡que está aquí tu amigo!

Y Toño, regodeándose en la sordera de su tía, si estaba despierto, respondía:

—Dile al mierda ese que pase.

La anciana debía entender cualquier cosa y mirándome, hacía un gesto de desdén:

—Ahí lo tienes.

 Después de llenar la pipa de hierba y hacer anillos de humo, nos sentábamos a leer en voz alta. Sentíamos predilección por la literatura de terror más clásica y leíamos como el que degusta un jamón recién cortado o sorbe los jugos de la cabeza de una gamba. A veces nos deteníamos en una frase y le dábamos vueltas y más vueltas. Recuerdo una en concreto: Hay quién dice que las cosas y lugares tienen alma, porque al leerla me venía a la mente la muralla, el modo en el que rodeaba el casco antiguo como una boca, sus encías almenadas, las caries de más de mil años de historia y me estremecía.

Un día le conté a Toño mi obsesión por aquella corona de piedra. Mi amigo guiñaba los ojos escuchando mis apreciaciones y escribió con ellas un relato titulado “La muralla”, basado en “La calle” de H.P. Lovecraft. Le ayudé a corregirlo y se lo pasé a ordenador. Aquellas diez páginas a doble espacio, con un tipo de letra Times New Roman de 12 puntos eran el orgullo de Toño y fantaseaba a menudo con una adaptación cinematográfica. O publicarlo con tus ilustraciones, me decía muy serio, pero nunca se materializó el proyecto.

Algunas tardes, en lugar de leer, poníamos en el VHS una película de bajo presupuesto. A Toño le fascinaba la sangre; la profundidad psicológica la dejaba para la literatura. El cine de terror debe ser explícito, a cada formato lo que le corresponde, solía decir. El caso es que buscando sensaciones fuertes consiguió hacerse con una colección de películas gore que rozaban lo criminal, firmadas por directores de apellido agermanado. Vimos la primera sin pestañear, riendo por lo impostado del argumento, los malísimos actores y el maquillaje. Esto nos animó con la siguiente. Los primeros treinta minutos eran lo de siempre, pero pronto comenzó un despliegue de violencia y torturas inaudito. Toño y yo nos mirábamos incrédulos. Aquello era de un realismo espeluznante. La profusión de sadismo, aullidos y vísceras nos turbó. Decidimos quemar la cinta, pensando que era una snuff movie que por error había caído en nuestras manos. Durante algunas noches, Toño durmió con la puerta atrancada y un cuchillo debajo de la cama, por si los autores irrumpían en su casa para recuperar la cinta, testimonio de un crimen innombrable. 

Así que dejamos de lado el gore para quedarnos con la poesía que emana de la muerte y no con su escabrosa materialidad. Seguimos leyendo a Edgar Allan Poe y a H.P. Lovecraft a la luz de una vela y Toño escribía tenebrosas historias que algún día se llevarían a la gran pantalla, a las que yo daba un toque artístico con mis lápices acuarelables. En ellas, ingenuos adolescentes invocarían su nombre delante del espejo y él aparecería agitando sus dedos como tijeras. Tijeras sangrientas.

 Toño se integró bien en mi círculo de amigos de clase. Su extravagancia no desentonaba entre un grupo de aspirantes a artistas y el hecho de disponer de hierba a buen precio, e incluso gratis, le ayudó a ser aceptado por los bohemios. Durante nuestras salidas nocturnas, Toño se sentaba en una esquina del pub y apenas abría la boca. No se le daba bien el futbolín, así que se limitaba a mirar y aplaudir las jugadas de mérito. Así pasaba las horas, registrando con su Leika de tres dioptrías y cazando conversaciones aquí y allá que convertiría en diálogos llenos de verismo en sus futuras creaciones. Como su fuente de ingresos, aparte de la pensión de la tía era la venta al por menor de marihuana, los sábados por la noche Toño se embutía en un plumas y arrastraba los pies hasta la Weekend, una discoteca con todas las de la ley, donde en pocas horas vendía su excedente sin complicaciones. Sujeto a vigilancia, pagaba religiosamente la entrada para disimular y se daba una vuelta por el interior. A veces lo acompañaba, no sin resistencia, porque a los estudiantes de Bellas Artes nos disgustaban esos tugurios. Los cristales de las gafas se le empañaban al pasar, por el contraste de temperatura; tenía que quitárselas y durante unos segundos parecía tan desorientado como un topo fuera de su madriguera. A Toño le costaba mear en público, tanto que solía esperar a que el reservado de la discoteca quedase libre. Mientras otros con menos remilgos orinaban a sus espaldas codo con codo, Tijeras Sangrientas se distraía mirando al suelo, con los labios fruncidos. Eran segundos desesperantes, sobre todo porque el habitáculo donde permanecía blindada la taza, como si se tratara de un Duchamp, era utilizado por los asiduos a la cocaína, que disponían con orden vitrubiano sus hileras de droga adulterada con levamisol. Por fin salían del reservado haciendo profundas aspiraciones nasales y con el disfraz de superhombres, dejando mear tranquilo a Toño.

De vez en cuando salíamos a tomar el aire y Toño aprovechaba para consumar su negocio. El billete bien doblado lo ocultaba en el bolsillo pequeño del pantalón. En la puerta de la discoteca era habitual presenciar peleas, alguna escena de celos y discusiones en las que se eternizaban los borrachos, lo cual también constituía una buena fuente de inspiración para sus relatos. Toño era tranquilo y no se solía meter en líos. En una ocasión pisó a un rottweiler de cejas depiladas, que le agarró de la pechera y le miró con los ojos proyectados hacia fuera como la punta de una bala. Tuvo suerte, porque el efecto de las pastillas de éxtasis que el macarra se había tomado horas antes se iba atenuando y empezaba la cuesta abajo. Además, alguien le advirtió que el pardillo al que estaba a punto de pulverizar vendía buen producto y el asunto quedó zanjado con un breve momento de humillación y algo de marihuana a coste cero. Desde entonces, cuando iba a la discoteca Toño procuraba mantenerse en alerta, evitando a los individuos con mandíbula acalambrada y dientes rechinantes.

Tijeras Sangrientas solía alternar con mi grupo hasta altas horas de la noche. Su tía dormitaba bajo el efecto de la medicación, soñando con un campo de lavandas. Así que sin ningún tipo de compromiso al día siguiente, Toño dejaba consumirse los minutos calentando el litro de cerveza entre las manos. Rompiendo su mutismo, al rayar el alba sufría un ataque de imparable verborrea, que apenas encontraba auditorio. Hablaba atropelladamente y se emocionaba, incluso tenía que reprimirse para que no afloraran dos gruesas lágrimas. Después de la catarsis, regresaba a su estado de semiinconsciencia; su locuacidad era como una estrella fugaz.  Acompañaba a Toño hasta su casa porque me gustaba pasear junto a la muralla a esas horas, su fábrica permanecía aún oculta por las sombras mientras el horizonte se iba iluminando y el cielo tenía un resplandor de porcelana. La luz rasante se derramaba entre los sillares. Amanecía, pero el frío era intenso. Me llenaba de pensamiento y componía mentalmente haikus; esas piedras me inspiraban como si me poseyera un demonio.

Algunos días, Toño no quería abrir la puerta de su habitación. Su tía insistía para que esperara y me conducía a la cocina, donde preparaba una tisana. Hablaba poco, la anciana, debido a su sordera. Para mí era muy violento gritar a aquella mujer, encorvada y seca, ¿de verdad era su tía? Aparentaba setenta años o más. En la alacena guardaba varios botes de cristal con hierbas, de las que escogía una pequeña fracción y las trituraba en un mortero como los que había antes en las boticas. Introducía la mezcla en el filtro de una tetera y regresábamos a la habitación de Toño. La puerta seguía cerrada:

—Abre, hermoso—. Luego me miraba y se encogía de hombros.

—Ven más tarde. Está con lo suyo.

Lo suyo eran severos ataques depresivos. De algún modo, la tisana de su tía conseguía atenuarlos y cuando regresaba, inquieto por la salud de mi amigo, me abría la puerta amigablemente. Entonces yo me sentaba muy serio en el borde de la cama y Toño trataba de explicarse, sin conseguirlo y luego sacaba la cajita de madera y llenaba de hierba su pipa de palo rosa. Fumábamos un rato, en silencio y Toño se sinceraba:

—Todo me viene porque vivo en el lugar y el momento equivocados.

Después sacaba del escritorio un cuaderno y me leía en voz alta sus relatos en primera persona, aquellos más íntimos, que no eran sino fragmentos de sus vidas pasadas, eso creía él. Un monje libertino que sucumbió a la hoguera de la Inquisición; un aristócrata que probó el filo de la guillotina en la Plaza de la Concordia; un pintor degenerado brindando por la ebriedad.

Aquel primer curso pasé más o menos desapercibido. Sin grandes notas, al menos aprobé todas y conseguí mantener la beca un año más. En junio llegó el momento de despedirme de Toño. Su tía trajinaba en la cocina y sonrió al verme. Sacó de la nevera un par de botellines de cerveza y un plato con queso en aceite. El queso picaba en la lengua. Nos dimos un abrazo:

—Hasta el curso que viene, te llamaré de vez en cuando. Cuídate.

Pero durante el verano me olvidé de Toño. Conseguí un trabajo de camarero, por aquel entonces los estudiantes solían trabajar en vacaciones. Tenía poco tiempo para Poe, Lovecraft y compañía. De vuelta a mi pequeña ciudad, plana y gris, echaba de menos el perfil estrellado de la muralla y su sombra acogedora. En septiembre, al comienzo del segundo curso, me adentré de vuelta en el casco antiguo para hacer una visita a Toño. Le había comprado un cuaderno de tapas negras como el que llevaba Ernest Hemingway. Pero al bajar las escaleras hasta la base de la muralla y superar el arco gótico, encontré la puerta de la casa de Toño tapiada. Había un cartel de “se vende” y el logotipo de un banco. Contrariado, llamé al teléfono del cartel. Al parecer se había ejecutado la hipoteca por impago. ¿Y qué ha sido de Toño y su tía? El banco no tenía constancia de que vivieran allí.

No pudieron ir más lejos mis averiguaciones. De repente reparé en que sabía poca cosa de mi amigo. Ni sus apellidos, ni nada sobre su pasado. Tampoco el nombre de su tía. No sabía dónde había podido ir. Toño se había esfumado, quizá reencarnado, como en sus historias. Los años siguientes, hasta que acabé mis estudios, los pasé merodeando por la muralla, tomando apuntes y fotografías, componiendo pequeños poemas. Todo formó parte de mi proyecto fin de carrera. La casa de Toño fue reformada y se convirtió en un hotel con encanto. Y me cuesta decirlo, pero el recuerdo de mi amigo se acabó disolviendo, hasta casi desaparecer. Pero, al acabar de ver una película de terror siempre me invade un estremecimiento y veo enteros los títulos de crédito, hasta el final, esperando ver su nombre: Tijeras Sangrientas. A veces, he tecleado su apodo en Google o le he buscado en Facebook. Nunca he dado con él. He llegado a pensar que fue producto de mi imaginación, un espectro generado por la muralla para retenerme. La muralla. Hay quién dice que las cosas y lugares tienen alma. Y quizá también la capacidad de crear lo que no existe.

viernes, 26 de noviembre de 2021

"El Tercer Reich de los sueños" de Charlotte Beradt

 


El único hombre en Alemania que tiene aún vida privada es aquel que duerme. Esta cita del jerarca nazi Robert Ley, quien se quitó la vida en 1945 tras ser encausado en los juicios de Nuremberg, sirve para abrir el primer capítulo de El Tercer Reich de los sueños. Después, se nos transcribe el sueño de un empresario socialdemócrata, tras el ascenso de Hitler a la cancillería. En él, recibe en su fábrica la visita de Goebbels y se ve obligado a levantar y mantener el brazo en alto ante sus empleados. Humillado e incapaz de descomponer el gesto, su columna vertebral se quiebra por el esfuerzo.

Charlotte Beradt (1907-1986) era una joven periodista de familia judía y cercana al KPD (el partido comunista de Alemania), cuando el NSDAP logró adueñarse de las instituciones de la República de Weimar. Entre 1933 y 1939, hasta que se exilió a EE.UU., la autora se dedicó a reunir de manera clandestina numerosos testimonios de ciudadanos comunes para documentar aquel periodo. Lo singular, es que estos pertenecen a la parcela más íntima, la de los sueños. Beradt utilizó transcripciones de los propios soñantes, testimonios recogidos por ella o por un médico amigo suyo entre sus pacientes para tratar de comprender las repercusiones que el control de masas aplicado por el nuevo estado totalitario tenía en la esfera privada de las personas. A su recopilación aplicó un sesgo, de tal modo que quedaron excluidos tanto simpatizantes del NSDAP como sus enemigos ideológicos más señalados, para centrarse en la  “masa neutra”.

Suelo traer a la llanura obras de literatura, o algún ensayo lúdico como mucho, pero este libro llamó mi atención desde el primer minuto. Su extensión es breve, ya que incluyendo el prólogo de los traductores y un posfacio de la edición alemana más reciente, se queda en 144 páginas. Resulta perturbador sobre todo por su carácter anticipatorio, aunque la autora no carga las tintas en esa cuestión. Pero resulta imposible no pensar en lo que el nazismo implementó en los años de la guerra cuando uno lee este libro. Imaginamos que Beradt, apartada del desempeño de su profesión por la aplicación del llamado “párrafo ario” en todos los ámbitos de la vida pública, se jugó el tipo con sus pesquisas. De hecho, como medida de seguridad tuvo que encriptar y esconder sus notas. Después, las envío por correo a diferentes corresponsables extranjeros y logró reunirlas de nuevo en el exilio. No fue hasta 1966, alentada por la filósofa Hannah Arendt, que se decidió a sistematizar y publicar lo que sería El tercer Reich de los sueños. Esta edición de Pepitas de Calabaza es la primera que se hace en español, según aseguran sus traductores en el prólogo.

Con un estilo directo y conciso e intercalando numerosas transcripciones, Beradt organiza los sueños en diez capítulos con título doble que abre también con dos epígrafes. La hipervigilancia del régimen y el aislamiento, soledad y alienación consecuente afloran en los sueños de estas personas normales a las que aplasta el rodillo burocrático. Sueño que en mitad de la noche me despierto y veo cómo los dos angelitos que tengo colgados sobre la cama ya no miran hacia arriba, sino que me observan de modo penetrante. Me sobresalto y escondo bajo la cama. Los objetos cotidianos se convierten en instrumentos de espionaje, como en el de una estufa que repite a un oficial de las SA los improperios contra Goebbels vertidos por una familia en la intimidad de su hogar. La angustia lleva al delirio: Sueño que hablo ruso como medida de precaución ante la posibilidad de decir algo en contra del Estado. Esto lo hago para yo misma no lograr entenderme ni que lo pueda hacer el resto. Los soñantes se avergüenzan por su complicidad silenciosa con una situación que saben no debían tolerar. Y en progresión, las leyes raciales exacerban el complejo de inferioridad: Entro a una tienda. Miro ansiosamente a la vendedora rubia y de ojos azules y no me sale una sola palabra. Entonces noto, con un suspiro de alivio, que al menos tiene las cejas negras, y me atrevo a decir: Quiero un par de medias. Hay desesperación, como no, en los testimonios de personas que muestran una resistencia activa al nazismo, como un ama de casa que en su sueño descose la esvástica de la bandera nazi por la noche, pero le sirve de poco porque al despertar el símbolo nazi sigue firmemente cosido a la bandera. Pero también una aceptación, un amoldarse a la situación que expresa el subconsciente. Una soñante discute con una amiga, que la expulsa de su casa por no mostrar la debida adhesión al dictador. La mujer, abochornada, sube a un autobús y frente a todos sus ocupantes grita: ¡Heil Hitler! Igual que el deseo de oponerse, está el de pertenecer y seguir la corriente, donde incluso Beradt intuye un componente erótico nada desdeñable. El final del libro y colofón son los sueños de judíos. Ya sabemos cómo acabó la experiencia del Tercer Reich para ellos, pero la autora evita los sueños proféticos y se centra más en las secuelas de la exclusión y en especial de aquellos (mestizos y conversos) que por las Leyes de Nuremberg acabaron apartados de una sociedad y nación de la que se creían miembros de pleno derecho.

La recopilación onírica de Beradt, aparte de su valor como documento histórico, nos muestra el impacto social de un sistema que se consolida a través de la alienación y sumisión de una mayoría de la población. Tal y como afirma Barbara Hahn en el posfacio: “Sin gente que siga la corriente los regímenes totalitarios no pueden sobrevivir”.

viernes, 29 de octubre de 2021

"Los chicos de la Nickel" de Colton Whitehead

 


Con Los chicos de la Nickel Colton Whitehead (1969) obtuvo su segundo Premio Pulitzer. La historia se basa en una de las escuelas para chicos descarriados que, aunque  fundadas con una intención filantrópica, degeneraron en pesadillas de violencia, abusos y corrupción. Una de ellas, la Escuela Estatal para Chicos Arthur G. Dozie en Florida (fundada en 1900 y abierta hasta el 2011), fue la que inspiró a Whitehead. Allí se hallaron en 2013 los cuerpos de 55 chicos, que habían sido enterrados con alevosía. Y así comienza Los chicos de la Nickel, con el descubrimiento en el presente de un osario en las instalaciones de la escuela. Después la novela retrocede al pasado, a los turbulentos años sesenta en el contexto de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. El protagonista es Elwood Curtis, un joven afroamericano que vive con su abuela y escucha en bucle un disco con los mejores discursos de Martin Luther King. El muchacho se empapa de las palabras del reverendo King, que marcan sus convicciones. Comienza a despuntar en la escuela y le llega la oportunidad de hacer los cursos preparatorios para entrar en la universidad. Sin embargo, una mala jugada de la diosa Fortuna (en parte, porque el contexto racista tiene su papel) le hace dar con sus huesos en la Nickel.

Curtis es inocente, pero la verdad en la América profunda es lo menos importante. La escuela es una institución que se vanagloria de enderezar los tallos torcidos. Segregada en todo, menos en lo que respeta al maltrato, entre los pabellones para los alumnos se levanta la Casa Blanca, un espacio de tortura y muerte que recuerda a los alumnos de la Nickel el castigo infligido ante cualquier conato de rebelión. O el simple capricho de un superior. Porque el sadismo, por desgracia, es irracional. Whitehead nos sumerge en una historia pavorosa, de maltrato y diabólica paradoja, porque la institución que pretende regenerar a jóvenes perdidos, es la que los tritura y devuelve a la vida normal (cuando no los entierra en una fosa común) marcados para siempre. Después de la Nickel, el ejército, la cárcel o la ruina moral. No hay más. Sin embargo, nuestro protagonista trata de alzarse sobre la podredumbre y se vale de las enseñanzas del doctor King. Pero, ¿tiene aplicación ese pensamiento ético, el idealismo, en un lugar tan corrompido? Curtis se ve enfrentado a sus principios y acaba reconociendo que el mal es algo mucho mayor que un problema racial. Quizá esta confrontación ha sido lo que más me ha sorprendido de la novela, ya que por desgracia sobre los abusos relatados: palizas, torturas, violaciones, humillaciones, etc., la ficción ha dado buena cuenta en películas y libros, desde Dickens o antes. La Nickel no es una anomalía histórica, es casi una norma en sociedades que idolatran a la justicia social de palabra, pero la apuñalan por la espalda.

En cierto momento, la historia avanza en el tiempo. Tenemos a un superviviente de la Nickel, el propio Elwood. Ha rehecho su vida, ha querido olvidar sin poder hacerlo. La última parte alterna la deriva de este hombre adulto en una Nueva York no menos corrompida, con el intento del joven Curtis por desvelar la podredumbre del reformatorio aprovechando una inspección administrativa rutinaria. Así removerá los cimientos del mal. No pretende con ello una burda venganza, sino que seguirá el ejemplo de los activistas por los derechos civiles que admira y su empecinamiento. Aquí me tengo que detener, porque el giro final es un auténtico golpe al mentón y no quiero dejar pista alguna.

Había intentado otras novelas de Whitehead, pero Los hijos de la Nickel es la que me ha enganchado de verdad. No solo la historia, sino su capacidad para envolvernos con ella y plantear al mismo tiempo un dilema. Todo sin caer en el morbo, sin sentimentalismos a pesar de que la lealtad entre amigos es casi el único rayo de luz de esta historia. Sin oportunismo, como a priori pueda uno temerse por el contexto del black lives matter. Eso sí, la novela, muy directa y casi relatada con el tono de una crónica periodística, tiene todo el potencial para ser exprimida en la gran pantalla. O en plataformas, porque el cine ya sabemos que anda en caída libre.

El mundo le había susurrado cuáles eran las normas para toda su vida y él se había negado a escuchar, atendiendo en su lugar a una orden superior. El mundo seguía dándole instrucciones: No ames a nadie porque desaparecerá, no confíes en nadie porque te traicionará, no te levantes y plantes cara porque te molerán a palos. Pero continuaba oyendo aquellos otros imperativos: Ama y ese amor te será devuelto, confía en el camino recto y este te llevará a la liberación, pelea y las cosas cambiarán.

lunes, 18 de octubre de 2021

ALGUNAS LECTURAS DE ESTE OTOÑO

 


Un sol todavía picón a mediodía, atardeceres volcánicos y la sombra traicionera (no en vano los viejos advierten “en octubre de la sombra huye”): es el otoño en la llanura. Aderezado por una vuelta a la normalidad torrencial, aunque en las escuelas aún seguimos parapetados, eso sí, nuestro miedo ha virado a la enésima ley de educación que se nos viene encima. Tantas cosas que el otoño bloguero se me estaba resistiendo, por lo que incapaz de pergeñar una reseña larga traigo a la palestra mis últimas lecturas: un monográfico de autores argentinos, con una excepción.

El primero es Andrés Neuman (1977), argeñol siendo rigurosos, porque lleva viviendo en España desde que era adolescente y enseña Literatura en la Universidad de Granada. Tenía en lista El viajero del siglo, pero encontré en la biblioteca Fractura  y me fui por ahí. El título alude, entre otras cosas, al arte japonés del Kintsugi, que consiste en reparar objetos cerámicos utilizando un adhesivo embellecido con oro en polvo. La historia transcurre en un arco en torno a dos catástrofes: la bomba de uranio que explotó poco antes de alcanzar la ciudad de Hiroshima en agosto de 1945, pulverizando miles de vidas y el tsunami que en 2011 inundó parte de las instalaciones de la central de Fukushima y desencadenó el mayor accidente nuclear desde Chernóbil. Watanabe, el protagonista, sobrevivió a la bomba siendo niño y Neuman construye su novela, como piezas rotas de una vida, a partir de largos monólogos de las mujeres con las que Watanabe convivió en París, Nueva York, Buenos Aires y Madrid. Los testimonios se alternan con las andanzas del anciano en presente hasta llegar a la zona cero de Fukushima, que constituye el clímax de la historia. Un planteamiento ambicioso y el punto fuerte de esta novela, Neuman es un escritor de primera y su estilo impecable. Sin embargo,  Fractura me ha parecido irregular. Los altibajos son pronunciados y cuando aparece la tentación de dejar correr las páginas es mala señal. Hay una labor de documentación exhaustiva, pero como en las piezas de Kintsugi, para mi gusto se nota demasiado. Con todo, es una lectura bastante recomendable.

Del intelectualismo y la filigrana estructural de Neuman nos vamos a su compatriota Leila Guerriero (1967), también afincada en España. Y como con Neuman, no pude conseguir el libro (al parecer descatalogado) que pretendía leer también por recomendaciones blogueras, Los suicidas del fin del mundo. Así que escogí Teoría de la gravedad. Guerriero es periodista y se prodiga sobre todo en el territorio de la no-ficción. El libro, inclasificable, es una recopilación de sus columnas publicadas en la contraportada de El País durante varios años. Cerca de 100 en total. Se abre con un prólogo entusiasta de Pedro Mairal, quien incluso recomienda leerla en voz alta. Su oralidad es evidente, además de un pulso poético desbocado que resulta arrollador. Toca la fibra este libro y cada pieza provoca un sentimiento contrapuesto: hacer una pausa, releer alguna frase, volver a sentirla, pensar, divagar un poco. Y seguir, leer otra más y otra, cuesta hartarse. Las dos cosas no se pueden hacer a la vez, así que imagino que los aficionados a subrayar o hacer anotaciones tendrán un filón con Guerriero y sus microcolumnas. El libro podría adolecer de batiburrillo o caos demencial, pero está bien organizado en temas, desde la infancia, los padres, el amor, el oficio de escribir (hay un divertido toma y daca con Piglia, supongo que imaginario), con gran carga autobiográfica.  Haciendo una poda con sentido podría ser un tomo de aforismos: Dominar el arte perder, cuesta la vida. Otra, Nada desquicia más que no saber qué hacer con la tragedia ajena. Una tercera: Todos hemos sido, alguna vez, el monstruo de alguien. Porque la parquedad en el lenguaje no asoma jamás aquí y los símiles, la sonoridad de los adjetivos y más cosas que no sé cómo se llaman dejan frases como La tarde, dentro de mí, se hizo trizas en miles de fragmentos de sangre y hueso y hielo. ¿No es bonito imaginar un amanecer de pájaros ardientes?

Y puesto que he mencionado a Ricardo Piglia (1941-2017), a este grande me fui con una obra breve y póstuma, Los casos del comisario Croce. Según cuenta en el epílogo, el autor, con una enfermedad terminal que le impedía moverse, escribió este libro usando Tobii, un hardware que permite traducir los impulsos de la mirada en palabras. Increíble. Lejos de querer inspirar lástima, Piglia incluso invita al lector a comparar esta obra con otras suyas anteriores por si el modo de escribirla hubiera afectado a su “estilo”. No puedo comparar, porque es lo primero que leo de él, pero el resultado es impecable. Seguiremos a Croce a lo largo de doce capítulos, en los que repasará sus casos más célebres, teorizando sobre el método detectivesco, el asesinato perfecto e incluso la novela policiaca. Todo trufado de alusiones literarias e históricas que imagino los argentinos reconocerán sin pestañear. El comisario se viste de animal racional y filosófico, pero también se deja guiar por sus “pálpitos”, al más puro estilo Plinio. Los crímenes y dilemas a resolver son variadísimos, uno de los más divertidos es cuándo la Virgen de Luján es secuestrada por un grupo de estafadores y el comisario es encargado de llevar la imagen de vuelta a su parroquia. También el de un jugador desaparecido en el mar, después de ganar una suma importante en el casino o el desgraciado marinero croata acusado de asesinato cuando estaba en un burdel, al que Croce ayuda invitándole a dibujar los hechos en viñetas. Buen acercamiento a Piglia que espero continuar con Plata quemada, obra en la que ya aparece el comisario Croce.

La última lectura cambia de tercio, pues es una novela gráfica. Se trata de la adaptación al cómic del celebérrimo superventas de Yuval Noah Harari, Sapiens. De animales a Dioses. Titulada Sapiens. Una historia gráfica: Volumen I: El nacimiento de la humanidad, hace un seguimiento riguroso de la primera parte del libro en el que se basa. Nos acompaña el propio Yuval, junto a su sobrina o la profesora Saraswati y personajes propiamente de cómic, como Bill el Troglodita y La Doctora Ficción. El libro es ameno, interesantísimo y logra un difícil equilibrio entre rigor y humor. A mi hijo, que tiene casi nueve años y leyó una parte, le pareció muy divertido y a mí me ha hecho recordar las ideas atrevidas y seductoras que convirtieron el libro original en un éxito. Entiendo que habrá pedantes que consideren su lectura por un adulto con formación una afrenta, pero las ideas son presentadas de tal forma que no pierden un ápice e invitan a reflexionar sobre nosotros como especie. El final, en el que se escenifica un juicio al sapiens por su papel destructivo y transformador de ecosistemas desde la misma edad de piedra, es resultón y original. Esperando la segunda parte que sale el mes que viene.

jueves, 9 de septiembre de 2021

"Las malas" de Camila Sosa Villada y "Los invisibles" de Lucía Puenzo

 

Comienzo la temporada bloguera con dos novelas cazadas por casualidad, pero con muchos puntos en común.

Las Malas es una de esas flores raras con las que se topa uno de vez en cuando. Comienza:

 “Es profunda la noche: hiela sobre el Parque. Árboles muy antiguos, que acaban de perder sus hojas, parecen suplicar al cielo algo indescifrable pero vital para la vegetación. Un grupo de travestis hace su ronda. Van amparadas por la arboleda. Parecen parte de un mismo organismo, células de un mismo animal. Se mueven así, como si fueran manada. Los clientes pasan en sus automóviles, disminuyen la velocidad al ver al grupo y, de entre todas las travestis, eligen a una que llaman con un gesto. La elegida acude al llamado. Así es noche tras noche”.


Y te preguntas, ¿a dónde irá a parar esta historia? Y sigues. Has caído en el hechizo de Las Malas, un hechizo del que se tarda en despertar muchas páginas. Camila Sosa Villada (1982) nos lleva de la mano por un mundo apenas intuido, a los márgenes negros de la ciudad argentina de Córdoba, si es que el contexto importa. A un parque donde “las travestis trepan cada noche desde ese infierno del que nadie escribe, para devolver la primavera al mundo” y allí ejercen la prostitución y se exponen a todo tipo de peligros, por parte de una sociedad que las rechaza pero también las busca. Las Malas es una novela con sustrato autobiográfico, la charla de Camila en el TEDX deCórdoba da fe de ello, pero con elementos que le dan vigor y envuelven con una gasa de extrañeza, de magia inexplicable.

La acción comienza en ese parque, donde las travestis ofrecen su fruto equívoco y orquestan el aquelarre, cuando la tía Encarna, la madre de todas, encuentra un bebé abandonado entre las zarzas. Decide quedárselo y es bautizado como El Brillo de los Ojos. Volverá Camila a ese bebé con madre y padre combinado en varias ocasiones y lo utilizará también en el desenlace de Las Malas. Pero esta no es la historia principal, aunque resume el espíritu y un poco el destino de esas mujeres. Camila describe el universo travesti, las humillaciones, placeres, el miedo a exponerse a luz del día, a la reprobación pública, al odio de las mujeres y la burla de los hombres (que sin embargo las buscan en su ebriedad), a los abusos de la policía. Las travestis de Las Malas son seres especiales, casi mitológicos, como María la Muda, que acaba por convertirse en pájaro o Natalí, la séptima hija varón en su familia que las noches de luna llena se convertía en lobo y sus compañeras, advertidas, debían encerrarla esa noche bajo llave. Son personajes irreales, en un marco vaporoso. Camila presenta así a sus compañeras, les da ese aura de singularidad y puede dar a veces la sensación de que lo que cuenta no es verídico, si no fuera porque logra un equilibrio maravilloso entre delicadeza y realismo procaz.

Hay poesía, a raudales, en su prosa lastimada: imágenes tristes y fulgurantes, pero también escenas derivadas del oficio, de ese ofrecer sexo de manera clandestina, de madrugada, en las cunetas, en la oscuridad del parque, de subirse al coche de un desconocido y no saber si, como le vaticinó el padre, acabarás en una zanja o golpeada o peor. Camila intercala, en esta crónica, sus recuerdos infantiles, los de un niño pobre de Mina Clavero dominado por el miedo “el miedo lo tenía todo en mi casa. No dependía del clima o de una circunstancia en particular: el miedo era el padre (…). En honor a la verdad, creo que él también sentía un miedo pavoroso por mí. Es posible que ahí se geste el llanto de las travestis: en el terror mutuo entre el padre y la travesti cachorra.” Un niño marcado por su condición, imposible de ocultar y que cuando llega a la edad del despertar sexual se cose sus vestidos de mujer con retales y sale a bailar a las discotecas, “partía como un varoncito tímido de mi casa, bajo las amonestaciones de mi papá, que fijaba hora de retorno y protocolo de comportamiento, y cuando nadie me veía, me colaba en mi palacio de ladrillos sin revocar y procedía a convertirme en Camila”.

La transformación de Camila se completa en la universidad y aquí muere esa vereda de dolor que atraviesa la novela y en la que conocemos a la autora. Es un tercio de la novela, más o menos y en adelante el relato se hace más repetitivo, más insistente, a veces es una enumeración más o menos prolija de patéticos encuentros con hombres de todo tipo, sádicos, solitarios o enamorados, mientras el panteón travesti en torno a la tía Encarna, la madre de todas, va cayendo cercenado y la tristeza se adueña definitivamente de la historia. Las Malas se va desinflando, pierde agarre, pero no llega a  decepción, gracias a su trágico y hermoso desenlace y a su duración contenida, poco más de doscientas páginas. Una lástima de mundo este, piensas al concluir y valoras más aún el testimonio de Camila para mostrarnos esas flores raras que crecen en el légamo.

Los invisibles es otra novela corta que se adentra en los márgenes, para poner el dedo en la llaga. Su autora es Lucía Puenzo (1976), también directora y guionista de cine. El germen de esta novela fue un cortometraje en el que Puenzo se adentraba en un territorio que ya exploró Buñuel con Los olvidados. Película la del director español que por cierto fue recibida a pedradas por la clase bienpensante, ofendida por tener que enfrentar una realidad incómoda, la de una horda de niños que vivían sin hogar y transitaban por la idealizada niñez como si fuera tierra devastada. No es tan explícita ni tan hiriente la obra de Puenzo, pero sigue esa senda, porque el problema (si no se ha agudizado) persiste sobre todo en los llamados países en vías de desarrollo. En la civilizada Europa tenemos bastante con la generación nini y los emperadores. La infancia no es una enfermedad que se cure sin secuelas, en ella se gesta el adulto del futuro, el empresario, votante, político, trabajador, marido o esposa y sin una base firme no hay sociedad que se sustente ni prosperidad que aguante el primer envite.


La protagonizan tres niños de la calle: Ismael, la Enana y Ajo. Los dos primeros son adolescentes y el pequeño tiene apenas seis años. Ismael, la Enana y Ajo trabajan para Guida, un guardia de seguridad que les entrena para asaltar casas y dirige un ejército de niños ladrones, que están a sus órdenes (y a su merced). La explotación infantil se asoma en esta novela con crudeza: el pequeño Ajo, como en los talleres y minas decimonónicos, es reclutado por su facilidad para entrar por los lugares más angostos y profanar las mansiones de los ricos, es la llave que abre un mundo del que ellos, los niños del hambre, solo pueden arañar la costra y que contrasta con su pobreza extrema. Es cruel. Por mucho que roben, asalten, rapiñen, ese mundo les está vetado, siempre serán excretados como un cuerpo extraño, porque son incompatibles. No se profundiza más en el tema, pero es suficiente. Tampoco necesita Puenzo escarbar demasiado en el hecho de que Guida se dedique a proteger las casas que sus niños desvalijan. Esta hipocresía o doble moral, casi esquizofrenia, define cada vez más nuestra sociedad de extremos.

La trama arranca con un encargo especial que Guida ofrece a sus niños: cruzar a Uruguay, adentrarse en una urbanización de lujo, recorrer playas privadas festoneadas de selva, grandes mansiones donde habita la élite: un millonario ruso, un ex-ministro, magnates. Ellos aceptan un poco por miedo, pero también porque ansían ver el mar. Ismael, La Enana y Ajo deberán acometer, con audacia y en un periplo de supervivencia, a veces irreal, que convierte una novela social en un thriller, el robo de las diversas mansiones. No tienen otra opción, aunque la empresa se antoja casi imposible.

Lucía Puenzo escribe esta historia sin darnos un respiro. La aventura, lineal, sencilla, en una cruda tercera persona, se desarrolla con tanto gancho que los lectores golosos se la acabarán de tres bocados. El final desborda tensión y contiene alguna sorpresa, entrevista si se ha puesto la atención suficiente o si se tienen ya galones en este tipo de historias. El estilo es argentino, en léxico y sintaxis, lo que te mete más de lleno en la historia. Son doscientas páginas y no da para más, es una lectura con fondo, pero que explota sobre todo el suspense de una misión suicida protagonizada por tres niños y narrada con ritmo cinematográfico. Podéis leer un poco del principio en Zenda: Los invisibles, de Lucía Puenzo - Zenda (zendalibros.com).

domingo, 27 de junio de 2021

MIS LECTURAS PARA EL VERANO

Después de una semana de tregua el horno manchego va cogiendo calorías, en lo que serán dos meses de achicharramiento. Es hora de preparar lecturas para tantas horas de luz y me voy haciendo una lista, ambiciosa por su extensión, que espero degustar a la sombra. Algunas son recomendaciones de blogs amigos y otras, compras compulsivas o regalos que por mi escaso tiempo libre llevan durmiendo  meses en la estantería. También hay títulos que me han llegado de casualidad o por obra y gracia de algoritmo. La mayoría, me doy cuenta, se mueven en los márgenes. Y no sé si es por darme importancia o porque los raros nos atraemos o por el puro hartazgo de leer siempre lo mismo.

De momento y me llevará una buena porción de mes, estoy con una edición en epub de Fortunata y Jacinta. Leí hace poco, porque Trapiello lo cita mucho en su libro sobre Madrid, El terror de 1824 y me quedé con ganas de Pérez Galdós. Así que a hartarse con casi mil páginas, poco puedo añadir a lo que se haya dicho sobre esta joya de nuestra literatura, ojalá se siga leyendo cien años más.

Clásicos aparte, tengo por ahí Panza de burro de Andrea Abreu, muy recomendada entre blogueros afines y por lo que he leído, atrevidísima en la forma y el fondo. De Antonio Tocornal, escritor consolidado y admirado en el mundo amateur, aunque con un estilo apabullante que ya quisieran muchos primeras espadas, me hice con Bajamares, Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba.  Un relato construido a golpe de metáfora, con bellas imágenes por lo que he podido ojear. Rareza debe ser, a nivel superlativo, El tercer Reich de los sueños, de Charlotte Beradt, en Pepitas de Calabaza. Es una recopilación de sueños de alemanes de diferente condición, realizada por la autora durante la época del nazismo, la documentación de su impacto en el subconsciente, ¿promete o no? Pues se publica por primera vez en España, igual que Adiós, señor Chips de James Hilton en Trotalibros editorial, que conocía por la faceta bloguera de Jan Arimany (no está mal de blog literario a editorial independiente, los lectores agradeceríamos esta transición más a menudo) y a la que llegué después de leer la reseña de Lorena sobre La guardia de Nikos Kavadías.

En el apartado del ensayo, volveré a la Biografía del silencio de Pablo d´Ors. Me ha acompañado estos meses a ratillos y me apetece darle un repaso. Mi atención en este año y pico de pandemia ha caído bajo mínimos, no estoy en mi mejor momento y los libros ayudan, aunque esta faceta esté un poco denostada. Aparte, me han llamado la atención un par de ensayos un tanto gamberros, uno es Macarras interseculares, una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros, del antropólogo Iñaki Domínguez. Según leí en una entrevista, Domínguez ha recopilado historias de matones, crápulas, hampones, quinquis y demás fauna marginal, hoy jubilados o muertos, un mundo finiquitado por pantallas, perfiles y criminalidad posmoderna, que se ha cargado lo castizo. Suena fascinante y divertido. Otro es Toma de tierra, del irreverente Bruno Galindo, sobre la decadencia de la música popular, todo hilado con anécdotas autobiográficas. Como músico aficionado y melómano, estoy frustrado por la disolución de una industria y modo de vida que fue importante para mi generación y anteriores y deja un legado insuperable. No lo puedo dejar pasar. Para no olvidar los cimientos que alumbraron el mundo contemporáneo, ya que vivimos en lo que parece una transición hacia otro, no sabemos si mejor o peor, tengo en casa Tierras de sangre, de Timothy Snyder. La compré hace años, pero no la he podido acabar nunca, porque leer de un tirón la profusión de matanzas que los regímenes totalitarios promovieron en el corazón de Europa es para estómagos de acero. No está de más, no obstante, en una época donde la política vira hacia el populismo y se convierte al adversario con el que debatir en enemigo al que batir (¿o eliminar?), recordar donde llevan los tortuosos caminos del extremismo.  




Lecturas más veraniegas, en el sentido de pasar horas devorando capítulos, también tengo. Son recomendaciones como El reino de Jo Nesbo, novela negra con sello nórdico (garantía de muchas horas de entretenimiento) del que me han llegado muy buenas referencias y a Javier Cercas con Independencia, entrega más desinhibida que la anterior ambientada en un futuro cercano que quién sabe, tal y como están las cosas. En mi libreta hay más, pero mejor no ser tan ambicioso y dejar para el otoño, incluso con todo el verano por delante será difícil leer todo lo que me he propuesto. Os deseo el mejor y más normal de los veranos, sin sobresaltos de mención, solo muchas horas felices, de lecturas y paseos y tiempo dedicado a las personas amadas porque del mañana nunca se sabe y mejor no desperdiciar algo tan valioso como el tiempo.

miércoles, 16 de junio de 2021

VOLVERÁN LAS GOLONDRINAS

Está en mitad de la calle, como una paloma desorientada. Tiene el pelo blanco y sostiene un libro vetusto con las tapas verdes. El flujo de gente la evita y ella, con su presencia hierática, parece un tajamar que parte la multitud en dos. Levanta la mano hacia los viandantes. Tiembla. No sabe dónde está y cree haber despertado allí, colocada como un peón sobre el tablero. Es una pieza fuera de lugar. Acabará con sus huesos contra la pared empujada por el oleaje, hasta que recupere la cordura. Pero sucede que su figura de frágil estatua ha llamado la atención de alguien y nota una mano sobre el hombro y dirige la mirada, su cristalino ahumado enfoca un rostro grave pero amable, que le pregunta si está bien.

—¿Se ha perdido, señora?

—Más o menos.

Aquel joven disipa la niebla, ahora todo está más claro.

—Voy a la presentación de mi libro. ¿Lo ve?

Esgrime el viejo tomo con las tapas ajadas. El joven sonríe con condescendencia.

—¿Y dónde, si puede saberse?

—Al Círculo de Escritores, calle Postas. El número no lo recuerdo, pero está en la acera de la derecha, conforme bajas desde la Plaza Mayor.

El joven se queda pensando y mira el reloj.

—¿Estamos muy lejos?

—No, creo que no.

—¿Le acompaño?

Como respuesta, la mujer se le agarra del brazo. Su abrigo desprende una fragancia a madera húmeda, que le recuerda a las bolas de naftalina que su abuela colocaba en el armario como repelente para las polillas, envueltas en un pañuelo. Una vez, de niño, mordió una pensando que era azúcar y tuvieron que llevarlo al hospital y hacerle un lavado gástrico.

Al iniciar la marcha, deshacen el nudo. Se han incorporado al flujo de viandantes, pero su paso es lento y entrecortado. La anciana está contenta y a ratos suspira o se detiene y le sonríe. El joven siente un poco de vergüenza. Nunca paseó con su abuela cuando aún vivía. Apenas salía de casa y consumía las horas junto a la ventana, sentada en una mecedora de mimbre. La luz bañaba una parte de su cuerpo, dejando la otra en penumbra. Durante sus visitas, el joven se sentaba a su lado y ella le hablaba del abuelo (muerto en la mina), de la guerra y el maquis, del pan negro y los años del hambre y de cuando emigraron a Francia, donde nació su padre. En su voz, distorsionada pero aún vibrante, el joven hallaba sus raíces, lo que había sido y nunca podría ser, porque el mundo cambia pero no retrocede.

La anciana le pregunta si está casado, si tiene hijos y cuántos. Él niega, con una sonrisa que tiene un punto de cinismo.

—Hay que casarse y tener hijos. Si no, en la vejez se está muy solo.

Eso le dijo su abuela antes de morir: ¡cásate y ten hijos! Pero él no piensa casarse, menos tener descendencia. Cree que la humanidad comenzará a mermar a partir de su generación, lo cuál le parece bien. La anciana señala una azotea donde varias golondrinas se acurrucan en los huecos de las tejas.

—Cada vez hay menos… Las golondrinas.

Salen de la vía principal y el vacío gana sus cuerpos, que ya no sienten la avalancha de otros cuerpos. La luz es tamizada por los plátanos de sombra, verdean sus hojas, grandes como dos manos en abanico y la anciana señala las escamas del tronco, porque le recuerdan la piel de un lagarto. El joven sigue fascinado por la singularidad de la anciana, cuyo breve paseo es una ventana abierta a lo vivo y lo inerte, en contraste con los viandantes que agachan el cuello hacia sus pantallas. Para ellos, la transición de un sitio a otro es comprimida y disuelta, pasa desapercibida entre sus cavilaciones y charlas virtuales. Quizá cuando la muerte está cerca los sentidos se intensifican y uno es capaz de deleitarse con un rayo de sol, dejarse mecer por el parloteo de las palomas o hallar consuelo en la visión de dos adolescentes que se besan y ríen en los bancos de madera descascarillada. Quizá, mirar al mundo a los ojos, dejarse embriagar por su perfume, sea un atavismo. La deja hablar, de las flores, de la corrosión de la piedra, de las cornisas y los azulejos, del paisaje humano, hasta que llegan a la puerta de la librería.

El escaparate contiene las novedades. Lo bueno de los libros es que el verdadero producto no puede verse. Se intuye en los colores de la portada, en el grosor, en la foto de la solapa, pero esta apariencia resulta engañosa. Ni la tira del editor para atraer al indeciso llega a quebrar el misterio, que está dentro y para desvelarlo es preciso leer, lo que requiere tiempo y silencio. Un desalmado se atrevió una vez a asesinar a un lector, que permanecía abstraído frente a ese misterio. Le agarró del hombro y le disparó tres balas, una de ellas atravesó el cristal y se incrustó en un volumen de tapa gruesa, perforando la densidad de sus páginas, rompiendo la cadena de palabras.

—¿Pasamos?

La anciana se suelta y agarra su libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Entran. Al abrirse la puerta suena una campanilla, ella va delante. El joven repara en un cartel que anuncia la presentación de un libro y en la foto del autor, un hombre de mediana edad que, los brazos cruzados, mira a la cámara con el ceño fruncido. Baja la mirada, por pudor y contempla los tobillos hinchados de la mujer y sus zapatos de tacón ancho. Hay varias filas de butacas separadas por un pasillo. En total, no más de treinta personas. Al fondo han colocado una mesa blanca con un micrófono, junto a una torre de libros, gruesas novelas que el autor firmará al acabar su charla. El joven encuentra dos sitios libres delante y cuando se agacha y coge uno de los libros para hojearlo, ve como la anciana rodea la mesa y se sienta. Se desabotona el abrigo, deja su libro abierto sobre la mesa, carraspea y golpea el micrófono con el dedo. Hay un instante de estupefacción, de caras pivotando, murmullos, pero cuando alguien va a levantarse —ese alguien quizá es el librero o el escritor usurpado—, la mujer saca unas gafas con cristales sin montura y comienza a leer. Las conversaciones se van apagando, hay meneos de cabeza y mucha amabilidad fingida. Pero nadie la interrumpe.

Al joven le divierte la audacia de su anciana, porque ahora es su anciana. ¿No la ha recogido de la calle y la ha llevado hasta allí? Incluso cree entrever una chispa en sus ojos, algo le dice que sabe lo que hace. O al menos es consciente de que la invitada no era ella. Pero ha movido la primera pieza y ahora el librero debe jugar a la contra, seguirle la corriente o expulsarla del mostrador. Un acto tan violento, sacar tarjeta roja, condenar al ostracismo, no encaja con el espacio beatífico de la librería. Así que la anciana prosigue. Lee varios textos, un recuerdo de la infancia, la historia de una amiga muerta y el balance de una vida cuyo crepúsculo mastica la soledad. Al acabar se quita las gafas y entrecruzando los dedos, pregunta al auditorio si se ha percatado de la llegada de las golondrinas.

—Hay golondrinas que nunca vuelven.

Sonríe y todos asienten porque reconocen la cita. Se levanta y agarra al joven del brazo, este se yergue, la anciana lo empuja hacia la salida, crecen los murmullos, alguien bate palmas. La anciana se lleva la mano a la boca, parece que está riendo. Al salir por la puerta escuchan la voz jocosa del librero o quizá del autor usurpado, que ha recuperado su púlpito y hace varias bromas desatando la risa, en algunos casos exagerada, desecho el nudo de estupor y asombro de los que esperaban a un autor de thrillers y se han encontrado con una octogenaria. Alguien que ama a las golondrinas porque son pájaros que anuncian la primavera y en la senectud, siempre es invierno.

En la puerta, la anciana se aferra al cuerpo de su acompañante como si fuera una novia. El sol centellea entre las hojas de los plátanos. Regresan a la plaza y las golondrinas se entrecruzan haciendo acrobacias, al reclamo de insectos con los que reponerse de su viaje planetario. Cuando llegan al punto en el que comenzó todo, la anciana se suelta y le entrega al joven el libro de tapas verdes, la tela del lomo ajada y desaparece entre la riada de gente. 

"Volverán las golondrinas" está dedicado a las personas ancianas, que llamamos "mayores" y fue premiado en el VII Certamen de Narrativa Breve Villa de Socuéllamos (lo cito porque es preceptivo). Esta misma semana colaboro en la revista CUENTOS EN RED con un relato del mismo tono, por si alguien quiere echarle un vistazo. Raúl Luna, en "Las lecturas del abu", también ha tenido el detalle de hacer una lectura musicalizada. Dejo el link: Cuentos en Red - El primer día de clase (Gerardo Vázquez) y el enlace a Ivoox a continuación. Aprovecho para desearos un verano con mucha normalidad. 

miércoles, 2 de junio de 2021

"La raíz rota" de Arturo Barea

 

La forja de un rebelde fue una de esas lecturas que dejan huella. Primero la conseguí en una edición de bolsillo, parte por parte, de caerse las páginas y luego completa en tapa dura. El talento como narrador de Arturo Barea me parece indiscutible, ha logrado el consenso de la posteridad y en su día fue uno de los autores españoles más leídos y traducidos a nivel mundial. Como sabe cualquiera que haya leído el primer tomo, La forja, no nació con una pluma en la mano, ni mucho menos, pero salvo fatalidad, el verdadero talento suele abrirse camino.

Poco después de la trilogía de Barea, compré La raíz rota a través del periódico Público. La empecé un par de veces, pero al pasar por una obra menor no me llegué a animar, hasta hoy. La edición es de 2011, típica de coleccionable: la letra muy pequeña, alguna erratilla, el lomo y la pasta, de ínfima calidad, ha quedado con laceraciones después de leerlo. Lo guardaré, con todo, junto a su hermano mayor. Aunque tampoco vayamos a creer que La raíz rota es una novelilla. Se trata de una obra ambiciosa. El propio autor nos dice: al contar una historia sobre españoles viviendo en Madrid en 1949, he tratado de dar forma a problemas humanos que son universales y que de ninguna manera se limitan a un determinado país.

Como lector, esperaba una novela de posguerra, en la línea de Tiempo de silencio o La Colmena. Pero conforme iba leyendo, notaba la impronta del exilio en Barea y sus personajes, situaciones y hechos, que parecen sacados más bien de esa España de preguerra y puestos al día, pero sin el verismo de la experiencia propia. No hay el latido testimonial de La forja. Barea escribe sobre lo que recuerda de su país y lo combina con lo que ha investigado o le han contando.

El escritor partió al exilio en 1938 y nunca regresó. El que podría ser muy bien un trasunto suyo, Antolín, sí que lo hace. Es 1949 y llega con la seguridad que le otorga su pasaporte británico. Por motivos obvios tuvo que marcharse dejando a su mujer y sus hijos en Madrid. Regresa, se podría esperar que para reencontrarse con su familia, pero la cosa es más complicada de lo que parece. Ahí está lo universal. Diez años cambian a cualquiera. Entre esos años y los de la guerra, sus hijos, que eran niños, han crecido fuera de su tutela y son lo que son. Algo deben tener de él, se pregunta Antolín, pero, ¿habría sido igual de estar presente?

Barea publicó La raíz rota en 1952. España salía de su aislamiento internacional, Franco no iba a caer por el momento, aquello estaba cada vez más claro. El escritor se casó en 1924 y se divorció en 1938, su segunda mujer y con la que pasó el resto de sus días, la periodista austríaca Ilse Kulcsar, fue la traductora al inglés de sus libros. Barea tuvo cuatro hijos de su primer y fallido matrimonio y como Antolín, los dejó en España y aunque pudieron emigrar a Brasil más tarde, nunca los volvió a ver. ¿Fabula el escritor una vuelta que nunca tuvo lugar? ¿Se confronta con el pasado en la ficción? Desde luego, si esperaba encontrar lo que se encuentra Antolín, tuvo que pasar más de una mala noche. La familia se hacina en un cuchitril que deben encalar cada tres meses para evitar la proliferación de chinches. Viven humillados, porque su condición social ha caído a los infiernos de una corrala donde la intimidad se limita a unas cortinas de pared a pared. Luisa, su mujer, es fiel a las sesiones de espiritismo en las que don Américo, un viejo anarquista, invoca a su hija muerta a través de Conchita, una joven avispada y rumbosa que vive de la superstición de sus vecinos. Sueña con tener casa propia y criados, además de un cuarto propio forrado con terciopelo negro para seguir invocando al más allá. La hija, Amelia, vive pendiente de una vocación religiosa que solo llegará cuando tenga para pagar la dote al convento en cuestión. La tutela un cura altanero, compendio del nacional-catolicismo. Madre e hija esperan que Antolín venga con dinero fresco para colmar sus anhelos. En cuanto a los hijos varones, Pedro es un estraperlista y proxeneta que apunta a negocios más altos, algo para lo que el dinero del padre le puede venir redondo. Protegido de un coronel primero y luego de una madame después, se ha hecho falangista para cubrirse las espaldas. Su hermano Juan, en cambio, es un obrero comunista (lo que le sirve a Barea para deslizar, desde su convencimiento socialdemócrata, reafirmado por la experiencia del laborismo, varias puyas al dogmatismo marxista-leninista). La reunión, pasados unos días desde su regreso, de Antolín con su familia para comer un arroz desemboca en un cruce de reproches incendiario y es uno de los momentos álgidos de la novela.

La historia sigue su curso, con varias ramificaciones. Antolín encuentra lealtad en ese nido de miseria y corruptelas que es la España de Franco, una ayuda inesperada en la médium Conchita y recobra la ilusión con la novia de su hijo Juan, una muchacha huérfana donde Barea quizá vuelca el anhelo por su hija Adolfina, la única de sus vástagos con la que mantuvo una relación epistolar y que no pudo llevarse con él al Reino Unido. El final cierra unas puertas y deja otras abiertas. La raíz rota critica el abuso de poder, desgrana males patrios como la corrupción o la ignorancia, que por desgracia no fueron privativos del primer franquismo y las dificultades de mantenerse a flote en un mar de traiciones, desapego y miseria material y moral. Una novela interesante que como promete Barea al principio, va más allá del tiempo que describe y donde se ubica, por eso y por la pericia narrativa del autor, se sigue leyendo bien a día de hoy.

*Las imágenes están sacadas de un especial muy interesante del Instituto Cervantes, "Arturo Barea. La ventana inglesa" (https://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/barea/default.htm). 

viernes, 14 de mayo de 2021

"Feria" de Ana Iris Simón y "Llévame a casa" de Jesús Carrasco

Cuando uno cumple los cuarenta, en tierras manchegas, se le dice en broma que tiene que dar la vuelta al jamón. No se precisa si la parte que queda es la maza, o sea, la más tierna y grasa o la babilla, la porción magra y estrecha que enseguida se queda hecha un zapato. Aunque se sobreentiende. Varado en ese ecuador, donde apenas sopla el viento, conforme van cayendo los años sobre la cuarta década, recibe uno la visita de los tres fantasmas. El del pasado, disfrazado de nostalgia. El del presente, que siempre trae mucha prisa y ganas de correr una maratón y el del futuro, lúgubre y con el colesterol alto. No vienen solos, les acompañan los amigos perdidos, los hijos que dejan atrás la bella infancia y los padres que envejecen y ya no son el pilar firme que fueron, sino que cada vez más necesitan que los apuntalen. Mis dos últimas lecturas han revuelto este arcón, porque tratan sobre mirar atrás y también de la responsabilidad de ser padre y ser hijo. O las dos cosas a la vez.

El éxito de Feria, publicada en una editorial modesta aunque consolidada como es Círculo de Tiza, se ha ido fraguando en el boca a boca, este suele ser un valor más seguro que las campañas de marketing. Ana Iris Simón (1991) debuta con una obra que no es una novela en sentido estricto, sino más bien una crónica, ya que aborda una serie de recuerdos familiares en tierras manchegas. No hay giros de guion, ni trama, ni género, solo una narración que se sostiene gracias a su honestidad. Y no se trata de un mero ejercicio de nostalgia, como pueda parecer. Era un poco mi miedo, porque de nostalgia estoy ahíto y vale que cuando empiezas la babilla te venga el fantasma del pasado, pero con treinta...  

Pues no, Ana Iris contiene ese caballo para que no se desboque y pone en su sitio los tópicos que han manchado a su generación, alejándola e incluso enfrentándola a la de sus padres y abuelos. Aunque tire a dar, es un relato sin inquina, cargado de buenos recuerdos. El manchego que soy se ubica con comodidad en esos patios llenos de cintas, geranios y gatos ronroneantes. Frente a las abuelas que son puro fuego, porque esta tierra es matriarcal y punto. Entre unos padres hijos del desarrollismo, que hicieron del sacrificio su modo de vida y sus hijos vivieron mejor que ellos, tuvieron más juventud, viajaron y luego se cayeron de culo. Resbalaron en un suelo de precariedad y al comprobar que sus referentes eran cartón piedra, volvieron la mirada a sus padres y abuelos: entre ellos habrá reproches, pero también un diálogo que nunca debería haberse interrumpido. Por eso quizá Ana Iris, que frisa los treinta, parece viejoven. Creo que se ha dado cuenta de que su generación abusa del autoengaño y la displicencia. Y de que hay un tiempo finiquitado del que es difícil valorar si fue mejor (probablemente no), pero sí que me atrevo a decir que fue más humano. Ana Iris evoca a su familia paterna y materna, sus demonios políticos y su infancia nómada acompañando a sus abuelos a las ferias de los pueblos. El oficio de feriante, extinto, le sirve para componer pasajes muy bellos. Lamenta los momentos en los que se avergonzó de su estirpe, pero qué se le va a hacer. Idéntico mimo pone en el retrato de sus progenitores. Sin desequilibrar la balanza y sin victimismo. En especial, me ha gustado cómo pone en valor a su padre, figura a menudo desterrada o castigada cuando se trata de rendir cuentas con el pasado. Imagino que habrá lectores poco interesados en estas memorias, porque no tienen nada de extraordinario. Pero lo ordinario también puede ser literatura y lo extinto no es ni más ni menos que las raíces, sin las que nada arraiga.

Feria va, creo, por la quinta edición y será uno de los libros del año. Jesús Carrasco (1971) sabe muy bien lo que es un debut fulgurante. Lo logró con Intemperie en 2013. Llévame a casa es su tercera novela, muy distinta a aquel primer éxito tanto en la historia como en el estilo. Ambientada en 2010, imagino que para quitarse el horror de la vida instantánea que se generalizó en la segunda década y con la pandemia ha acabado de esclavizarnos, cuenta la historia de Juan, uno de los numerosos expatriados que tras acabar la carrera dedican varios años de su vida a empleos precarios en el Reino Unido, en teoría para aprender inglés. Pero como reconoce Juan, aquello fue una huida en toda regla. De vuelta a Cruces, un pueblo ficticio del norte de Toledo, para asistir al entierro de su padre, su hermana le pondrá las cartas sobre la mesa: una oportunidad profesional irrechazable le obliga a trabajar en Estados Unidos por una larga temporada y por lo tanto, tendrá que ser Juan el que se ocupe de su madre, a la que le han diagnosticado la enfermedad de alzhéimer. Así que Juan, que regresó al pueblo por mero compromiso y presionado por su hermana, se verá de bruces con una responsabilidad inesperada, la de cualquier hijo: ocuparse de sus padres cuando no puedan valerse. 

Este es el planteamiento general de Llévame a casa y de ahí, la novela se mueve con sobriedad, sin sorpresas, hasta su poético final. Juan evoluciona y va asumiendo, poco a poco, su rol. Se produce en su caso una especie de toma de conciencia. Jesús Carrasco hace un trabajo de contención, casi minimalista. Son escasos los diálogos y los adjetivos. No hay florituras. Es una lectura fácil, pero al mismo tiempo, deja un poso profundo. La situación en la que se ve envuelto Juan es universal, de ahí que Carrasco deje libertad al lector para seguir la senda que propone a través de metáforas muy delicadas: un paisaje, un recuerdo o la descripción de una estancia. Al dar poca libertad a sus personajes, estos quizá caen en el arquetipo y depurando tanto el estilo puede parecer que a la narración, a veces, le falta empuje. La historia es tan verosímil que corre el riesgo de empantanarse. Al contrario que en Intemperie, aquí Carrasco asume menos riesgos, pero es como Ana Iris, honesto y la autenticidad da mucho valor a este libro. Creo que mucha gente se sentirá identificada y dejará volar sus recuerdos o en según que casos, sus miedos, cuando lea Llévame a casa. En este sentido, la veo como una novela que el lector seguirá construyendo y llevando a su propio imaginario más allá de lo que el autor cuente, a su terreno personal y viéndole así, quizá sea un acierto la austeridad que Carrasco ha elegido para esta historia.