domingo, 27 de marzo de 2016

"París-Austerlitz" de Rafael Chirbes y "A bordo del naufragio" de Alberto Olmos

Mientras voy poniéndome al día con los blogs amigos, después del paréntesis gripo-vacacional, traigo a la palestra un dos por uno de entre mis lecturas más interesantes estos días.


París-Austerlitz (Anagrama, 2015) es la novela póstuma de Rafael Chirbes. Poco tiene en común con Crematorio y En la orilla, los libros que había leído hasta ahora del autor. Agradezco el cambio de registro y la intensidad destilada en esta novela corta, que creo no desmerece a sus trabajos más celebrados (por cierto, dentro de poco me embarcaré en un nuevo viaje chirbesiano, La buena letra).

Cuenta una historia de amor entre dos hombres, en un tono de cierto desengaño, de descreimiento ante el afecto amoroso. Un amor que caduca y muere cuando se apaga el brillo del momento. Si es que se puede llamar amor a ese querer devorarse, que surge de una manera difícil de explicar y del mismo modo se agosta sin remedio.

Los protagonistas son personalidades casi antitéticas. El narrador es un joven de buena familia, calculador y hasta cierto punto, reprimido. Llega a París para dedicarse a la pintura y por casualidad conoce a Michel, un obrero de origen humilde, treinta años mayor que él. Su perfil, de fría distancia ante lo que han sido meses de intensa relación amorosa, se refuerza conforme pasan las páginas. Michel, en cambio, es el extremo desbordante. Es descrito como un cincuentón hercúleo, fumador, bebedor empedernido. Sincero, vitalista, se ofrece con pasión porque necesita amar y ser amado. Representa un tipo de amor que implica la absoluta posesión del otro: el egoísmo en toda su carnalidad. 

La historia comienza, sin embargo, por el final. El narrador visita por última vez a Michel, que sucumbe víctima de la plaga (así llama Chirbes al Sida) y reconoce su desapego emocional, porque su amor (si lo hubo) por el enfermo que se le aferra suplicante pertenece al pasado y al mismo tiempo que rememora su aventura amorosa, asiste a su degradación casi con hastío. El espeluznante final certifica la sensación de brutal pesimismo, de imposibilidad de querer para siempre: el amor acaba transformado en repulsión.

París-Austerlitz es pesimista, Chirbes cree en el amor, pero subraya su ambivalencia, la imposibilidad del equilibrio. El sujeto amado deviene en objeto, se cosifica. Hay momentos desconcertantes, de entrega física, pero de distanciamiento emocional. Quizá lo que lo hace imposible es la inevitable diferencia, de clase y de edad, como se muestra en la novela. Parece que el amor solo puede surgir en condiciones insólitas y como un tallo frágil, a merced de los celos, la envidia y el resentimiento, ser aniquilado.


A bordo del naufragio (Anagrama, 1998) es una novela de un párrafo (a lo Thomas Bernhard), escrita en segunda persona, donde el lector se ve engullido por el torbellino mental de un narrador del que no sabemos ni el nombre. Resulta chocante el atrevimiento, porque fue escrita por Alberto Olmos con apenas veintidós años.

No entiendo esa fascinación por leer el pensamiento de nadie, bastante tengo con el mío; en cualquier caso, mientras la neurología avanza, la literatura ya alcanzó ese hito hace tiempo. En este caso es una vorágine sin puntos aparte la que te engulle. No es nada confortable, porque estamos en la mente de un tipo acomplejado hacia el que vamos a sentir poca o ninguna simpatía, a ratos incluso repulsión; si acaso lástima, especialmente cuando en brillantes digresiones rememora su infancia y adolescencia en un pueblo de Segovia.

El comportamiento exterior del narrador contrasta a veces con su pensamiento y sus frases hirientes, su tendencia a mortificarse, que acentúa la segunda persona; el modo en el que juzga a los demás con tan poca compasión como se tiene él mismo. Es una red eficaz, porque no está hecha de tupida pedantería, ni ahonda en lo filosófico: es espontánea, honesta y verosímil, por momentos casi pop, por la referencias a estándares literarios o de la cultura cinéfila.

Mi problema quizá ha sido reconocerme demasiado en ese narrador obsesivo y regresar a mis veinte años. La adolescencia es una época difícil, pero transcurre, por efecto de la tormenta hormonal, en un ambiente de inconsciencia y si todo va bien no suele dejar profundas cicatrices. Pero una vez que pasa y viene la calma, es como como cuando, si alguien conoce esa sensación, estás conduciendo apaciblemente y un coche te embiste por un lateral y das dos vueltas de campana y te quedas así, colgando boca abajo, sin saber qué ha pasado realmente ni qué debes hacer. No es que sufriera tanto como el narrador de Olmos, al contrario, tenía vida social y nunca he sido un misántropo. Padecía, eso sí, (y padezco) cierta tendencia a la melancolía y gran afición por la soledad, pero la sensación de vagar sin rumbo, la sensación de desarraigo, de estar pero no ser, la he reconocido en su personaje. El mérito de esta novela es saber captar ese desasosiego.

Con veintidós años podría haber escrito (no tan bien, claro) algo similar: la autenticidad es el gran mérito de A bordo del naufragio. Por desgracia, esas emociones, que tienen que ver tanto con la novela como conmigo, me hicieron interrumpir su lectura y trocearla. Me alejaron emocionalmente del protagonista. Me hicieron observar su final cómodamente, desde mi lancha salvavidas y cerrar el libro con alivio. 

jueves, 17 de marzo de 2016

"A contrapelo" de Joris-Karl Huysmans

Ya va para dos semanas sin poder publicar una entrada, por diversos motivos. He leído más bien poco y seguido los blogs amigos a trancas y barrancas. Y claro, he escrito menos, por eso saco del arsenal de reseñas de emergencia este libro peculiar, que dudaba entre incluir o no en el blog. Al final, quizá por efecto de la fiebre (que se bate en retirada, por fin), comparto con vosotros la lectura de A Contrapelo

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A Contrapelo narra las andanzas del decadente aristócrata y dandi Jean Floressas des Esseintes, que hastiado del mundo y de chapotear en las aguas del vicio, decide recluirse en una mansión para disfrutar de todo lo que le apasiona y la sociedad en la que vive, utilitarista y vulgar, no es capaz de apreciar o entender. Así, entre neurosis y ataques de pánico, Des Esseintes desgrana sus gustos literarios y artísticos. Las periódicas crisis que sufre el asceta, sus vómitos, desvanecimientos y alucinaciones, separan cada uno de estos tratados estéticos, que incluyen la literatura latina, eclesiástica y profana, la poesía y la pintura, pero también su afición a los perfumes, los muebles y las plantas exóticas. 

El refinamiento y sensibilidad de Des Esseintes, que casi se expone como una enfermedad mental, choca con un mundo dominado por el materialismo y la vulgaridad, por eso el título traducido como A Contrapelo, pero que también podría ser “A contracorriente” (según explica el traductor). Al parecer fue un libro revolucionario en su época, porque rompió con los esquemas de la novela tradicional: no hay intriga, predomina el monólogo interior y hay un único personaje principal, abriendo nuevos caminos en los que profundizaron después autores como Proust y Joyce.

Dos cosas me atrajeron de A contrapelo. La primera es el virtuosismo del autor; su estilo reúne tantos elementos de mérito que sobrepasa mis capacidades; si los he podido valorar como lector, al menos en parte. Y eso a pesar de que el traductor advierte de la dificultad en trasladar al castellano el francés de Huysmans.

La segunda, tiene que ver con la personalidad y pensamiento de su protagonista, Des Esseintes. Aquí me explayaré con gusto, contando algunas de sus peripecias. En esta parte casi pasamos de la reseña al resumen, pero no logro resistirme. Para empezar, su falta de moral. Por ejemplo, cuenta como trató de pervertir a un joven, con la esperanza de convertirlo en un futuro criminal o convenció para que se casara a un amigo suyo, sabedor de que la experiencia sería un fracaso: lo hizo solo para regodearse con el cúmulo de desgracias que podrían padecer.


Des Esseintes in his study, by Arthur Zaidenberg (Against the Grain, New York, Illustrated Editions, 1931). En
un ángulo está la famosa tortuga del esteta.
(Foto: Wikipedia)
Des Esseintes también es un pesimista a lo Schopenhauer, tema expuesto a través de la visión de unos niños que observa pelear a los pies de un árbol. Los débiles son aplastados sin misericordia por los más fuertes. ¿Por qué traer un hijo al mundo? ¿Para qué vivir?

Nuestra protagonista es un esteta, no cabe duda. Llega al punto de transformar a una pobre tortuga para que encaje con la decoración de su casa y así manda engarzarla con piedras preciosas (ojo, nada de diamantes, que representan la vulgaridad de su época, algo más oriental y decadente). Su lectura hará poner el grito en el cielo a los animalistas. Des Esseintes no se conforma con beber un chupito de vez en cuando, sino que diseña el llamado “órgano de boca”, con el cual extrae gotas de diversos licores para componer sinfonías: iba bebiendo una gota aquí y otra allá que le llegaba a producir, en la garganta y el paladar, unas sensaciones análogas a las que la música produce en el oído.

También enumera sus preferencias artísticas (bien mirado, el libro es casi un ensayo o tratado de estética). Uno de mis pasajes favoritos es sin duda la descripción del tema de Salomé, pintado por Gustave Moreau. Las obras cobran vida en la prosa de Huysmans y uno casi se siente decepcionado cuando acude al original. La palabra supera en esta ocasión a la imagen. Odilon Redon, Greuze, Goya e incluso un pequeño cuadro del Greco, completan su colección.


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Respecto a sus grabados de Goya, a Des Esseintes le apena el reconocimiento y fama universal del pintor español, tanto que renuncia a enmarcarlos para evitar los comentarios facilones y aprendidos de memoria de una legión de impostados admiradores. Para Des Esseintes, solo unos pocos, gracias a una sensibilidad innata potenciada por el estudio, pueden aprehender el hecho artístico, negando la universalidad de la obra de arte.

El retrato de sus escritores contemporáneos favoritos acaba de completar el universo personal de Des Esseintes, con Baudelaire a la cabeza, a quién tiene dedicado una especie de altar. La música ocupa menos espacio en sus reflexiones, en parte porque asume su escaso conocimiento y en parte porque (se refiere a la música profana) es un arte de promiscuidad por el hecho de que uno no la puede apreciar en su casa a solas, como se lee un libro.


Para no caer en el esnobismo, ni fingir lo que no soy, admito que algún capítulo se me hizo cuesta arriba. En concreto, casi me provoca un corte de digestión la enumeración y valoración de ciertos escritores eclesiásticos, durante páginas y páginas. Sin embargo, tengo que decir y esto lo añado a la reseña que escribí (y he acortado, porque era más bien un resumen) en su día, que disfruté con la profundidad y belleza estética de A contrapelo y fue una gran suerte haber dado con él, de casualidad. Como la casualidad quiso también que al poco tiempo Houellebecq publicara Sumisión, donde el protagonista es a su vez especialista en Huysmans y por supuesto ama A Contrapelo. 

sábado, 5 de marzo de 2016

"Beso pequeño" de Félix Grande

Félix Grande (foto: http://naufragosentiemposagrafos.blogspot.com.es/)

Félix Grande nació en Mérida, en plena guerra civil y pasó su juventud en Tomelloso, hasta que en los años 50 se trasladó a Madrid. Los estudiosos lo ubican entre la poesía social del 50 y el escepticismo de la generación del 60, "en esa tierra de nadie situada entre la generación del 50 y los novísimos", según sus propias palabras. Publicó su primer libro en 1964 “cargado de preocupaciones sociales, con cierta actitud crítica y tendencia a innovaciones formales”. Con Las rubaiyatas de Horacio Martín en 1978 recibió el Premio Nacional de Poesía y el Premio Nacional de Ensayo en 1980 por Memoria del flamenco. En 2004 le fue concedido el Premio Nacional de las Letras Españolas por el conjunto de su obra. El poeta murió el 30 de enero de 2014.

La memoria, el recuerdo de las vivencias de juventud y una profunda angustia existencial, donde se reflexiona sobre el paso del tiempo y lo inevitable de la muerte, son temas recurrentes en su obra. He estado leyendo estos días una antología suya publicada por Renacimiento con el nombre de Una grieta por donde entra la nieve, en la que falta su último poemario Libro de familia. Así que este es un post urgente, para escapar de ese torbellino poético, de profunda humanidad que fue Félix Grande. Que no se me entienda mal: deseo entregarme, pero necesito tiempo. Ahora simplemente comparto este “Beso pequeño” y sigo leyendo, a sorbos, de madrugada, en completa soledad, que es como me gusta degustar la poesía.  

Mi antología de la editorial Renacimiento (foto: elcorteingles.es)

Para Félix Grande, el amor jalona la vida del hombre y le arropa en sus peores momentos. “Beso pequeño” es un ejemplo de esa vertiente de su poesía. Forma parte del libro “La noria”, que reúne poemas de diversa temática: “una especie de cajón de sastre donde todo cabe y nada sobra”, explica Hilario Jiménez en el prólogo de mi edición.

El poema está construido a partir de versos octosílabos en grupos de cuatro. Ese beso pequeño nos inspira, “nos moja la memoria con su levadura de brasa” y su recuerdo es como una de esas “pequeñísimas palabras que con una sola sílaba llena de luz una cara”.

No deja de conmoverme la belleza de versos como “el primer hilo de sol, que le arranca al corazón de la noche la pasión de la mañana”. Lo mejor es leerlo de forma pausada, permitir que se materialicen en nuestra mente las imágenes que evoca y pensar, como concluye el poeta, en ese “beso pequeño y secreto” que nos reconforta en la desdicha y abriga el frío de nuestra soledad cuando es impuesta. Os cuento el mío, el más reciente, del que todavía palpita su huella húmeda, como se que este blog es frecuentado tan solo por amigos. Una noche mi hijo pequeño lloraba desconsolado; en realidad, después de un año todavía es incapaz de dormir más de dos horas seguidas. Tras unos minutos, como aconsejan los pediatras, acudí a calmarlo: simplemente le puse la mano en el pecho, una mano grande y nudosa a pesar de no desempeñar trabajo manual alguno: pura genética, son muchas generaciones de manos campesinas. Y sentí su latido nervioso apaciguarse; luego le pasé el dorso por la mejilla aterciopelada y suspendió el llanto un instante, me miró y noté un estremecimiento. Siguió lloriqueando un rato más, porque los niños no se conforman tan fácilmente, pero luego acabó durmiéndose e hizo su primera noche “del tirón”.

Ese beso pequeño que os acabo de contar lo he sacado de su caja y me ha ayudado este último mes a conciliar el sueño y alejar ciertos pensamientos atroces. ¿Y vosotros, tenéis también vuestro beso pequeño, vuestro salvavidas, “pequeño, como el tamaño en que se oculta una lágrima”?

Pequeño, como esa gota
de lluvia por la ventana
que nos moja la memoria
con levadura de brasa;

pequeño, como esa hebra
de tiempo llamada cana
que lleva el oro del mundo
en su cicatriz de plata;

Pequeño, como ese ruido
que casi no lleva el agua
y que les desadormece
a los montes sus guitarras;

pequeño, como una de esas
pequeñísimas palabras
que con una sílaba
llenan de luz una cara;

pequeño, como el primer
hilo de sol, que le arranca
al corazón de la noche
la pasión de la mañana;

pequeño, como un candil
con una pequeña llama
que agranda por las paredes
una presencia fantástica;

pequeño, como el tamaño
en que se oculta una lágrima
cuya fuerza clandestina
puede arrasar una casa;

pequeño, como esa arruga
que hace el pliegue de la sábana
donde se puede leer
un gran silencio que canta;

Así de pequeño fue.
Y así de pequeño basta.
¿Sabes?: los seres, por esto
se desviven y matan.

Yo tengo un beso pequeño
y secreto, que acompaña
mis asuntos desdichados
y mis horas solitarias.

Para acabar, voy a incluir un video en el que Jorge Albi recita “Beso pequeño” con la pasión que merece.

               

jueves, 25 de febrero de 2016

"Nadie desaparece del todo" de Lázaro Covadlo

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Lázaro Covadlo nació en Buenos Aires en 1937. A finales de los setenta abandonó su país por motivos políticos y desde entonces reside en España. En su web hay una breve autobiografía donde nos detalla sus referentes literarios, explica sus orígenes judeo-rusos y narra (por desgracia sin entrar en muchos detalles) parte de su rocambolesca existencia: se escapó de casa con quince años, vagabundeó por varios países, vivió en un Kibutz en Israel e incluso ingresó en una secta, de la que nos cuenta: “lo más nefasto de todo era que además de sórdido, el ambiente que se respiraba resultaba muy aburrido. Si algo me quedó de todo ello, es que actualmente puedo presumir de conocer la génesis de la locura.” Cuando me topo con literatura que no es de género, siempre quiero saber todo lo posible sobre su autor; así, es como si pudiera acceder a los entresijos de lo escrito, casi, casi ponerme en su lugar y de este viaje resulta una experiencia literaria que se disfruta el doble.

Nadie desaparece del todo es una compilación que incluye los libros de relatos Agujeros negros (1997) y Animalitos de Dios (2000), junto a otros no publicados en libro. Además del género corto, Covadlo ha publicado novela, entre las que destaca Criaturas de la noche (Acantilado), premio Café Gijón de 2004 y Las salvajes muchachas del partido (Candaya, 2009), donde conviven personajes reales y de ficción, en un marco histórico que abarca buena parte de la primera mitad del siglo XX.

Lázaro Covadlo podría pasar por ese híbrido imposible que es el “argeñol”: maneja la ironía y el absurdo por igual. Con una precisión quirúrgica, combina lo explícito con lo sutil; un lenguaje en general frío, cortante, pero sin renunciar a la hemorragia, según toque. Una gran imaginación es el fermento de todos sus relatos. Covadlo construye para el lector un mundo poblado de extrañas referencias donde se cuela, casi desborda, lo inverosímil. Por sus relatos vagan personajes extravagantes, un poco locos, por los que uno llega a sentir cierta compasión. Hay a veces, sin embargo, un oscuro sentido del humor.

Son cuentos con una estructura bastante clásica, a pesar de todo. Ese contraste entre el irracionalismo del tema y la estructura bien articulada (y por tanto bien pensada) es marca Covadlo. En cuanto a los finales, cumplen a rajatabla esa máxima atribuida a Cortázar: “el cuento gana por KO, la novela por puntos”. Lo que ocurre es que uno es como los boxeadores curtidos, que se las sabe todas, y lo ve venir. El golpe final de Covadlo es certero, va directo al mentón, derribará a los novatos, pero no ha conseguido que bese la lona. No me ha llevado a la inconsciencia. Esto no desmerece en nada el combate entero, porque su imaginación a la que no pone cortapisas, en definitiva, la combinación de sus golpes, me han hecho disfrutar y han poblado (alimentado) mis pesadillas durante días. Entretener, perturbar, hacer pensar, todo eso consigue Nadie desaparece del todo.

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La experiencia del autor en una secta se cuela en el relato “Herren Krisna, Fisher Kampf, Golden Ravioli”: desborda ironía, es truculento, una fábula sobre el totalitarismo. “Nadie desaparece del todo”, en el que a un hombre le son amputadas progresivamente varias partes de su cuerpo, bajo la tutela de una inquietante corporación capitalista, deja un regusto kafkiano en boca y es de esos relatos que tolera un buen debate en torno a su simbolismo o implicaciones filosóficas, por eso lo considero una buena muestra de lo que el lector puede encontrar en Covadlo.

El recuerdo de la dictadura y la violencia política está también muy presente, así, “Llovían cuerpos desnudos” es un relato que habla del trauma y la culpa; “Colorado” mezcla fantasía y experiencia, su final es un prodigio de ingenio, profundo y hermoso. En “Acero inoxidable” la ironía alcanza su paroxismo en ese historiador obsesivo que registra hasta el más mínimo de sus gestos con pretensiones científicas y al arrastrar a su mujer, se lleva un buen escarmiento. 

Las mayores críticas que se hacen a los libros de relatos tienen que ver con su falta de homogeneidad. No es el caso que nos ocupa, porque el peculiar estilo de Covadlo hace de pegamento y ya desde el tercer cuento uno sabe a lo qué atenerse; de hecho, lo he leído con cierta continuidad, como cualquier novela (algo poco habitual en el género). En cuanto a los cuentos no publicados hasta ahora en un libro, me pregunto si es una decisión del propio autor o del editor. Creo que no están a la altura del resto: “Callejón sin salida” no he podido acabarlo. La combinación de humor, absurdo y crudeza que ha caracterizado los relatos anteriores se me ha agriado. En cuanto a “Estampida”, recurre a la fórmula de “Nadie desaparece del todo” y por tanto el efecto conseguido es menos potente, porque es casi aplastado por su previsibilidad.

En conjunto, son relatos que provocan cierta adicción, y no me resisto a incluir una de las acepciones de la RAE al respecto: “dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico”. Covadlo juega al desequilibrio, siembra dudas, inquietud, rompe la cadena de la lógica y la recompone después. Sume al lector en un estado de euforia, ansiedad y por último dependencia.


**Este libro llegó a mis manos gracias a la generosidad de Pepa Cruz, a la que doy las gracias y mando un saludo desde el llano manchego.

viernes, 12 de febrero de 2016

"Las Meninas" de Santiago García y Javier Olivares

Me incluyo en esa generación de españoles que ha crecido al calor de los tebeos, después llamados cómics y tras un cierto periodo de ostracismo, revalorizados con un nombre que no gusta a muchos, pero creo les hace justicia: el de novela gráfica. En los últimos años han caído en mis manos títulos como Maus (A. Spiegelman), Persépolis (M. Satrapi), Dublinés (A. Zapico) o Los surcos del azar (Paco Roca) que van más allá del mero entretenimiento y a mi parecer son propuestas literarias (y artísticas) muy serias.

Las Meninas, de Santiago García y Javier Olivares fue merecedora del Premio Nacional del Comic de 2015. Dejo hablar al jurado, que la eligió por “ser una obra que asume un riesgo en la estructura narrativa y en el planteamiento gráfico que se resuelve con brillantez, y por constituir un buen acercamiento a la figura de Velázquez, su época y su influencia en otros artistas”.

Foto: lavozdegalicia.es
La estructura de Las Meninas es fragmentaria y libre, con un uso intensivo de la elipsis, que toma recursos de la “literatura posmoderna” (según leí en la crítica de Babelia). El estilo, aunque esté ambientada en el Siglo de Oro, remite a menudo a las vanguardias artísticas (Matisse y especialmente Picasso): figuras angulosas, predominio de la línea gruesa, grandes espacios de sombra (aquí si hay cierto tenebrismo barroco), etc.

Es además un auténtico tratado de estética, porque aborda cuestiones como la obsesión de todo artista con su obra y el deseo irreprimible de tratar de superarse a sí mismo y a los que le precedieron; también el papel de Las Meninas como puente hacia la modernidad, en definitiva, el de la obra de arte como creadora de una realidad complementaria.

Velázquez se angustia y busca el secreto de la pintura; por ello viaja a Italia, donde conoce a un pendenciero Ribera, que en un arrebato trascendente le revela parte de su secreto: “Mírame a los ojos. Mira su fuego. Préndete en él”. Y los pintores posteriores, que tienen su hueco, se empapan, pero también pelean con el legado del maestro. De todos modos, quien quiera tener una idea más profunda sobre este tipo de cuestiones puede leer el sesudo análisis de Gerardo Vilches en Entrecomics.

Foto: http://santiagogarciablog.blogspot.com.es/
Otro elemento muy interesante es la relación de Velázquez con el rey Felipe IV. En pocas viñetas se saben captar matices que costaría páginas y páginas explicar con cierto fundamento. La narración de las pesquisas que emprenden los caballeros de la Orden de Santiago para otorgarle un hábito da idea de las diferencias sociales de la época, basadas no en la posesión de riqueza o el talento, sino en la sangre y por tanto la posición gregaria del artista, sobre el que recae siempre la sospecha de ser un mero artesano. Sirva de ejemplo cuando le preguntan a Alonso Cano: “¿Velázquez ha practicado alguna vez el oficio de pintor?” y este responde “el arte, sí; el oficio, nunca”.

Para acabar, decir que Las Meninas contiene ese elemento adictivo que todo cómic (en este caso novela gráfica) lleva como excipiente. Páginas y páginas que se devoran con buen apetito, casi con gula. Y esa curiosa tendencia revisitable, que emparenta este género híbrido con el cine o la música: uno lo acaba y sin poder remediarlo vuelve a empezar, o lo abre al azar y queda prendado por su historia otra vez, en un bucle del que cuesta salir.  

jueves, 4 de febrero de 2016

"Viaje a la Alcarria" de Camilo José Cela


Puede que Camilo José Cela haya sido el último de los escritores mediáticos. Odiado y querido a partes iguales, dejó tras de sí, además de una ingente obra literaria, toda una mitología en torno a su persona que incluso él mismo se encargó de apuntalar. Cela levantaba espumosas pasiones. Uno lee su biografía y encuentra acusaciones de plagio, colaboracionismo con el régimen de Franco y demás carnaza. Por Internet circulan algunas de sus frases lapidarias (y escatológicas). Pero también hablan los premios, el Nobel de literatura a la cabeza y su tremenda popularidad en su día, a la par que cualquier estrella de fútbol. Desconozco hasta que punto persiste esa fascinación o inquina por el escritor gallego. De momento, en foros y blogs el centenario de su nacimiento no parece haber levantado demasiada expectación.

Siendo adolescente, nada más subir el primer peldaño de la gran literatura de la mano de Miguel Delibes, me lo encontré. Fue con La familia de Pascual Duarte (que publicó con apenas 26 añitos) y mientras leía, y ya se que esta frase suena a tópico, notaba un sabor terroso y ácido en la boca. Masticaba sangre y la tragaba. Quedé desconcertado. Luego siguió La Colmena, esa maravilla coral que adaptó al cine con gran pericia Mario Camus. Ocupan un lugar de privilegio en mi estantería esperando un relectura y este año, aprovechando el centenario, ya casi tiemblan entre mis dedos. Pero me detuve ahí. Cela murió, sus últimos años fueron turbulentos. Sus herederos coparon las revistas del corazón. Cela dejó de interesarme. Pero sabía que quedaba pendiente otra de sus obras más celebradas: Viaje a la Alcarria. Que para rizar el rizo de las efemérides, fue escrita hace setenta años y la región alcarreña ha preparado algunos fastos a tal efecto (con desavenencias entre pueblos y alcaldes de signo político opuesto, para no variar). Con ella voy.

Busto de Cela en Guadalajara (foto: lacronica.net)
 
En realidad, este es un post más para compartir (vale, todos lo son) que para informar, porque, ¿Qué no se habrá dicho de este libro? ¿Quién no lo conoce? Pues el bueno de Cela (aunque se refiere a sí mismo como “el viajero”) se calza sus botas de andar, toma un tren hasta Guadalajara y desde allí prosigue su viaje a pie por ese “país” que es la Alcarria. Destacaría los primeros compases, cuando pasea en dirección a la estación de Atocha y toma el tren. Hay una sensación de desamparo en esa madrugada en la que no se oye más que el eco de sus pasos. Los tranvías, que son como “viejos burros abultados, amarillos y muertos”, las casas y su “mirar siniestro”, las golfillas del cabaret “llevadas y traídas por la mala suerte y por la mala sangre”, la estación de tren como un “almacén de ataúdes”.

Con precisas descripciones y un aire costumbrista, Cela relata sus peripecias, los pueblos, paisajes y las diversas gentes que va encontrando en el camino. Y sin quererlo (o queriendo), levanta un fresco de una región de España en plena posguerra que adquiere mayor valor conforme pasan los años, puesto que refleja una forma de vida ya finiquitada. Sorprende el aislamiento en el que vive inmerso cada pueblo, la intensa rivalidad entre ellos y los apodos despectivos con los que se bautizan los unos a los otros. El único cordón umbilical con el mundo aparece representado por la figura de un viajante de comercio, verdaderos aventureros, casi pioneros por aquellas tierras. Estas personas hicieron más por la vertebración del Estado español que todas las leyes centralizadoras anteriores. Y es que uno piensa en España, mucho, leyendo el libro de Cela, recordando cómo se vivía hace apenas dos generaciones. El analfabetismo, el hambre, la marginación, la falta de expectativas, el deterioro del patrimonio histórico y artístico, esa combinación de decadencia y esplendor. Las deficientes comunicaciones: afirma Cela que ninguno de los pueblos que conoció, salvo Guadalajara, tenía ferrocarril y los atestados autobuses apenas si son una anécdota. 


Espectacular vista de Zorita de los Canes (foto: ladosmagazine.es)
Algunos pasajes me han impresionado por su crudeza, como el breve encuentro con un niño salvaje “igual que el garduño, hasta tiene el pelo del garduño” o su visita a una miserable escuela rural, donde la alumna más aventajada le recita de memoria la lección, pero al inquirir el viajero en el significado de lo que ha dicho, la pequeña se encoge de hombros. La historia y ya no cuento más, para el que no conozca el libro, del campesino que al verse indispuesto (reventó trabajando) dejó la responsabilidad de la hacienda a su hijo de doce años. Me pregunto qué cara pondría un alcarreño de entonces si le explicáramos lo que es un “ni-ni”.

Los hombres y mujeres que desfilan por las páginas de este Viaje a la Alcarria parecen creaciones literarias, de algún modo los españoles llevamos o llevábamos esa impronta de personajes antes que personas. El autor parece meticuloso en su verismo, aunque quizá esté jugando con el lector. En este punto no puedo arrojar luz. Y no enjuicia, es frío como un témpano: la crítica la pone el lector, si quiere. La compasión puede sentirla el lector: Cela solo dispone y describe su paso por posadas miserables, las amistades que saltan en el camino, los marginados, la degradación, casi el ridículo, como el tullido que perdió la pierna tras reconsiderar, tarde, sus ideas suicidas. No sé si agradecer esta cuestión o criticarla, no sé si la mirada de Cela es neutral o despectiva. Sobre este tema, he encontrado un artículo demoledor de José María Ridao.  En cualquier caso, merece la pena leerla, bien como tratado antropológico, artefacto literario de cuidada prosa o expresión de todos los vicios y/o virtudes de su autor. 

jueves, 28 de enero de 2016

EL CAMINANTE

"El caminante sobre un mar de nubes", Caspar David Friedrich
(Foto: arteselecto.es)

Roberto se ha dejado el café del desayuno a medias. Se entretiene. Le cuesta elegir la ropa que va a ponerse y nunca tiene la previsión de prepararla antes; quizá debería imitar a Mark Zuckerberg y vestir siempre igual. Mira el reloj como lo hiciera un condenado ante la hora fatal y mientras, deambula por su casa en calzoncillos buscando la camisa azul de cuadros. Acude a la cocina, mastica un bocado de tostada y con las migajas bailando en la comisura de los labios, regresa al dormitorio.

Al salir a la calle le sorprende la temperatura tibia de la mañana (son las ocho menos veinte) y lo achaca al calentamiento global. Suele ir al trabajo a pie. Son veinte minutos, si acelera un poco pueden rebajarse a dieciocho; diecisiete si adopta un paso marcial, cercano al ritmo de los paseantes que tratan de domeñar el colesterol o reducir sus reservas adiposas bien temprano, recorriendo la avenida de dos en dos como soldados de ronda. Hay días que se deja llevar y para el crono en veintidós e incluso veintitrés minutos. Son las mañanas de otoño, de amanecer apabullante y nubes rojas como fresas. Son las mañanas de primavera, del despunte tembloroso de las hojas en los árboles y las piernas de mujeres jóvenes que afloran en pantalones cortos. O es simplemente un pensamiento el que le retiene, como si le zancadilleara o le cubriera los hombros con su peso.

Estos momentos en la vida de Roberto aparentan una profunda calma. Pero en realidad, son como el agua puesta a hervir, que durante minutos permanece serena, hasta que minúsculas burbujas delatan una transformación inminente de elemento líquido a gaseoso. El lento avance hacia el trabajo calienta las moléculas de sus pensamientos.

Tiene ratos en los que es presa de sus obsesiones. Percibe ese arrebato porque hay un lapsus en su consciencia y no sería capaz de recordar si ha tenido que esperar en el semáforo. Ese tiempo no ha existido, porque se hallaba secuestrado y maniatado. No se da cuenta, pero sube su ritmo cardíaco y le sudan las manos.

Roberto pelea en su interior con las injusticias de este mundo y en su ingenuidad trata de enmendarlas. Surge de la bruma enmascarado, con una calavera cosida al pecho y convierte en paté las entrañas de las malas personas. Recuerda a Clint Eastwood en una de las entregas de Harry el Sucio. Si se excita demasiado puede llegar a dar un gancho al aire, casi imperceptible, rotando el hombro y el puño o mascullar una maldición. Nota arder las tripas y exhala por la nariz como un dragón iracundo. Sin embargo, Roberto duda incluso a la hora de aplastar una mosca, así que sus ansias de justicia nunca se hallarán satisfechas, al menos del modo que imagina.

Algunos tramos, especialmente los iniciales, son de ensoñación. Es el cuento de la lechera, que va llenando un cántaro de proyectos, de cosas que hacer, de palabras que decir. Últimamente le da vueltas a sus próximas vacaciones. Se ve sobrevolando el volcán adormecido del Teide, agotado en la cima tras respirar los aires sulfurosos y entrevé la carretera parcheada, la larga carretera hacia la base del volcán, como un camino al inframundo. Roberto recuerda los pinos de tronco negro de las fotos y también que le da miedo volar. En su imaginación se perfilan los restos carbonizados de un Boeing 747 y se retuerce, hace un tic y traga saliva. Se limpia el sudor de la frente y mira el reloj. Todavía le quedan diez minutos.

No todo es actividad frenética. Hay momentos de consciencia plena, que es una palabra que ha aprendido hace poco y se aplica a ello. Percibe su respiración y el tac-tac de sus pasos sobre el piso. La tos que se abre camino a través de la garganta y reverbera dentro del pecho como una carga de dinamita dentro de una mina. Son segundos de vacío, de blanca nebulosa en su mente fuera de servicio. Pero regresan las imágenes a su cabeza, en un lento baile.

Roberto rememora fragmentos del pasado. No son seleccionados como por catálogo, sino que llegan al azar; el bingo de su mente rueda y rueda y escupe una bola de marfil con una cifra. Está en un cine al acabar la sesión, absorto en los títulos de crédito. Un hombre ronca al lado, mientras su mujer, azorada, trata de despertarlo; mea en el baño de una discoteca y un sujeto se le coloca al lado y se le encara burlón. Tiene la mandíbula desencajada y las pupilas como los ojos de una merluza fresca; asiste a un concierto y le queman la chaqueta con un cigarrillo. ¿Por qué afloran esos recuerdos, de manera tan aleatoria? ¿Qué provocan sus pasos? Cuando sale a correr no le pasa. Está pendiente de su esfuerzo, del horizonte descarnado si es por la mañana o de las mangas anaranjadas del cielo si anochece. De algún perro vagabundo, de las piedras que le puedan hacer torcerse un tobillo; de sus pulsaciones para no superar el umbral aeróbico. Algún misterio tienen las mañanas, las sólidas y eternas mañanas laborables.

A Roberto le da por urdir largos monólogos consigo mismo. La mayoría de esas piezas introspectivas de filosofía personal se consumen como un fuego: es la propia fuerza de la palabra la que las alimenta con su combustible y luego una vez que cesa se apagan y no quedan más que los rescoldos. Después la ceniza, que es la muerte del pensamiento. Reflexiona sobre sus compañeros prejubilados. Cree que son personas que podrían seguir en su puesto de trabajo y al esfumarse, desperdician todo su bagaje. Qué útil sería para los bisoños tener la tutela de estos viejos, que se evaden después de treinta y cinco años y se retiran a pasear sus pensamientos a un apartamento en la costa o a cuidar de los nietos o a dejarse ver entre la pléyade de jubilados que se asolanan en las plazas. Roberto elabora su propuesta; cuando se jubile querrá seguir prestando algún tipo de servicio. Seguir formando parte de los engranajes de la sociedad y ayudándola a sortear los baches que se presentaran. Luego piensa en su voz depauperada, en las veces al día que tiene que contener sus ganas de explotar como una granada de mano y cambia de opinión. 

Roberto también tiene una teoría sobre el mundo. Cree que las personas están unidas las unas con las otras por hilos invisibles, pero también puede que lo haya leído en algún sitio y se apropie de la idea, de buena fe. Diserta sobre religión, política, mujeres, literatura, arte, pero contarlo sería alargar esto demasiado. Mira un instante la pared de una casa: un caracol babea adherido al muro. 

No suele detenerse más que cuando es imprescindible. A veces gira la cabeza, porque es un soñador y le seduce el amanecer. Le atrae la luz que proyecta este sol invernal que apenas se yergue sobre el horizonte, cómo impacta sobre las cosas y aprecia el tono almibarado que otorga a la pared de ladrillo del edificio que hay justo enfrente de su trabajo y tiñe el blanco anémico de un bloque de pisos cercano, que refulge con levedad, como un limón en el frutero.

Cuando se cruza con alguien, hay un entrechocar momentáneo de espacio circundante. Aminora el paso o hace un amago de sonrisa, aunque sea un desconocido. Hay incluso un intercambio de miradas, de saetas que duran lo que un parpadeo; muchas veces son agradables. O le avergüenzan y entonces agacha la cabeza y acelera el paso.

Roberto contempla la suciedad sobre la acera, el barrendero con los guantes recortados en la punta para sostener el cigarrillo o utilizar el teléfono móvil. Hay un gato famélico que le mira y le estremece el brillo de sus ojos. Recuerda un relato de Edgar Allan Poe y visualiza el ejemplar con las pastas desgastadas en su estantería. Es tan consciente del mundo que le rodea, que le parece una placenta. Los cercos del café en la mesa de metal de la terraza de un bar, las servilletas de papel rodando por el suelo, los adolescentes camino del instituto que le rebasan o se dejan rebasar, mientras agachan la cabeza sobre el teléfono. Se pierden el mundo, piensa. O están en otro, recapacita al rato.

Uno se pregunta por qué unos instantes tan banales de la vida de una persona, se pueden llenar así de contenido. Y multiplica o suma. Y lo insignificante que parece cualquiera adquiere nueva magnitud, si se repara en estos momentos de ensoñación, de evocar recuerdos, de construir castillos en el aire, de silencio interior, de monólogo consigo mismo, de observación minuciosa por fuera y por dentro.