jueves, 28 de enero de 2016

EL CAMINANTE

"El caminante sobre un mar de nubes", Caspar David Friedrich
(Foto: arteselecto.es)

Roberto se ha dejado el café del desayuno a medias. Se entretiene. Le cuesta elegir la ropa que va a ponerse y nunca tiene la previsión de prepararla antes; quizá debería imitar a Mark Zuckerberg y vestir siempre igual. Mira el reloj como lo hiciera un condenado ante la hora fatal y mientras, deambula por su casa en calzoncillos buscando la camisa azul de cuadros. Acude a la cocina, mastica un bocado de tostada y con las migajas bailando en la comisura de los labios, regresa al dormitorio.

Al salir a la calle le sorprende la temperatura tibia de la mañana (son las ocho menos veinte) y lo achaca al calentamiento global. Suele ir al trabajo a pie. Son veinte minutos, si acelera un poco pueden rebajarse a dieciocho; diecisiete si adopta un paso marcial, cercano al ritmo de los paseantes que tratan de domeñar el colesterol o reducir sus reservas adiposas bien temprano, recorriendo la avenida de dos en dos como soldados de ronda. Hay días que se deja llevar y para el crono en veintidós e incluso veintitrés minutos. Son las mañanas de otoño, de amanecer apabullante y nubes rojas como fresas. Son las mañanas de primavera, del despunte tembloroso de las hojas en los árboles y las piernas de mujeres jóvenes que afloran en pantalones cortos. O es simplemente un pensamiento el que le retiene, como si le zancadilleara o le cubriera los hombros con su peso.

Estos momentos en la vida de Roberto aparentan una profunda calma. Pero en realidad, son como el agua puesta a hervir, que durante minutos permanece serena, hasta que minúsculas burbujas delatan una transformación inminente de elemento líquido a gaseoso. El lento avance hacia el trabajo calienta las moléculas de sus pensamientos.

Tiene ratos en los que es presa de sus obsesiones. Percibe ese arrebato porque hay un lapsus en su consciencia y no sería capaz de recordar si ha tenido que esperar en el semáforo. Ese tiempo no ha existido, porque se hallaba secuestrado y maniatado. No se da cuenta, pero sube su ritmo cardíaco y le sudan las manos.

Roberto pelea en su interior con las injusticias de este mundo y en su ingenuidad trata de enmendarlas. Surge de la bruma enmascarado, con una calavera cosida al pecho y convierte en paté las entrañas de las malas personas. Recuerda a Clint Eastwood en una de las entregas de Harry el Sucio. Si se excita demasiado puede llegar a dar un gancho al aire, casi imperceptible, rotando el hombro y el puño o mascullar una maldición. Nota arder las tripas y exhala por la nariz como un dragón iracundo. Sin embargo, Roberto duda incluso a la hora de aplastar una mosca, así que sus ansias de justicia nunca se hallarán satisfechas, al menos del modo que imagina.

Algunos tramos, especialmente los iniciales, son de ensoñación. Es el cuento de la lechera, que va llenando un cántaro de proyectos, de cosas que hacer, de palabras que decir. Últimamente le da vueltas a sus próximas vacaciones. Se ve sobrevolando el volcán adormecido del Teide, agotado en la cima tras respirar los aires sulfurosos y entrevé la carretera parcheada, la larga carretera hacia la base del volcán, como un camino al inframundo. Roberto recuerda los pinos de tronco negro de las fotos y también que le da miedo volar. En su imaginación se perfilan los restos carbonizados de un Boeing 747 y se retuerce, hace un tic y traga saliva. Se limpia el sudor de la frente y mira el reloj. Todavía le quedan diez minutos.

No todo es actividad frenética. Hay momentos de consciencia plena, que es una palabra que ha aprendido hace poco y se aplica a ello. Percibe su respiración y el tac-tac de sus pasos sobre el piso. La tos que se abre camino a través de la garganta y reverbera dentro del pecho como una carga de dinamita dentro de una mina. Son segundos de vacío, de blanca nebulosa en su mente fuera de servicio. Pero regresan las imágenes a su cabeza, en un lento baile.

Roberto rememora fragmentos del pasado. No son seleccionados como por catálogo, sino que llegan al azar; el bingo de su mente rueda y rueda y escupe una bola de marfil con una cifra. Está en un cine al acabar la sesión, absorto en los títulos de crédito. Un hombre ronca al lado, mientras su mujer, azorada, trata de despertarlo; mea en el baño de una discoteca y un sujeto se le coloca al lado y se le encara burlón. Tiene la mandíbula desencajada y las pupilas como los ojos de una merluza fresca; asiste a un concierto y le queman la chaqueta con un cigarrillo. ¿Por qué afloran esos recuerdos, de manera tan aleatoria? ¿Qué provocan sus pasos? Cuando sale a correr no le pasa. Está pendiente de su esfuerzo, del horizonte descarnado si es por la mañana o de las mangas anaranjadas del cielo si anochece. De algún perro vagabundo, de las piedras que le puedan hacer torcerse un tobillo; de sus pulsaciones para no superar el umbral aeróbico. Algún misterio tienen las mañanas, las sólidas y eternas mañanas laborables.

A Roberto le da por urdir largos monólogos consigo mismo. La mayoría de esas piezas introspectivas de filosofía personal se consumen como un fuego: es la propia fuerza de la palabra la que las alimenta con su combustible y luego una vez que cesa se apagan y no quedan más que los rescoldos. Después la ceniza, que es la muerte del pensamiento. Reflexiona sobre sus compañeros prejubilados. Cree que son personas que podrían seguir en su puesto de trabajo y al esfumarse, desperdician todo su bagaje. Qué útil sería para los bisoños tener la tutela de estos viejos, que se evaden después de treinta y cinco años y se retiran a pasear sus pensamientos a un apartamento en la costa o a cuidar de los nietos o a dejarse ver entre la pléyade de jubilados que se asolanan en las plazas. Roberto elabora su propuesta; cuando se jubile querrá seguir prestando algún tipo de servicio. Seguir formando parte de los engranajes de la sociedad y ayudándola a sortear los baches que se presentaran. Luego piensa en su voz depauperada, en las veces al día que tiene que contener sus ganas de explotar como una granada de mano y cambia de opinión. 

Roberto también tiene una teoría sobre el mundo. Cree que las personas están unidas las unas con las otras por hilos invisibles, pero también puede que lo haya leído en algún sitio y se apropie de la idea, de buena fe. Diserta sobre religión, política, mujeres, literatura, arte, pero contarlo sería alargar esto demasiado. Mira un instante la pared de una casa: un caracol babea adherido al muro. 

No suele detenerse más que cuando es imprescindible. A veces gira la cabeza, porque es un soñador y le seduce el amanecer. Le atrae la luz que proyecta este sol invernal que apenas se yergue sobre el horizonte, cómo impacta sobre las cosas y aprecia el tono almibarado que otorga a la pared de ladrillo del edificio que hay justo enfrente de su trabajo y tiñe el blanco anémico de un bloque de pisos cercano, que refulge con levedad, como un limón en el frutero.

Cuando se cruza con alguien, hay un entrechocar momentáneo de espacio circundante. Aminora el paso o hace un amago de sonrisa, aunque sea un desconocido. Hay incluso un intercambio de miradas, de saetas que duran lo que un parpadeo; muchas veces son agradables. O le avergüenzan y entonces agacha la cabeza y acelera el paso.

Roberto contempla la suciedad sobre la acera, el barrendero con los guantes recortados en la punta para sostener el cigarrillo o utilizar el teléfono móvil. Hay un gato famélico que le mira y le estremece el brillo de sus ojos. Recuerda un relato de Edgar Allan Poe y visualiza el ejemplar con las pastas desgastadas en su estantería. Es tan consciente del mundo que le rodea, que le parece una placenta. Los cercos del café en la mesa de metal de la terraza de un bar, las servilletas de papel rodando por el suelo, los adolescentes camino del instituto que le rebasan o se dejan rebasar, mientras agachan la cabeza sobre el teléfono. Se pierden el mundo, piensa. O están en otro, recapacita al rato.

Uno se pregunta por qué unos instantes tan banales de la vida de una persona, se pueden llenar así de contenido. Y multiplica o suma. Y lo insignificante que parece cualquiera adquiere nueva magnitud, si se repara en estos momentos de ensoñación, de evocar recuerdos, de construir castillos en el aire, de silencio interior, de monólogo consigo mismo, de observación minuciosa por fuera y por dentro.     

jueves, 21 de enero de 2016

"Hijos de la ira" de Dámaso Alonso

Imagen relacionada
Hijos de la ira en la edición de Fanny Rubio
(foto: todocoleccion.net)

La última entrada de poesía la dediqué a Miguel Hernández y sigo con un poeta también de su generación, pero con una trayectoria muy diferente. Dámaso Alonso nació en Madrid en 1898, estudió Derecho, pero finalmente se doctoró por Filosofía y Letras. En su decisión pesó una temprana inclinación hacia la poesía. Conectó con la generación del 27, en torno a la famosa Residencia de Estudiantes. Fue un destacado ensayista y poeta, enseñó en universidades extranjeras tan conocidas como Oxford, Cambridge, Stanford o Leipzig, dirigió revistas, etc. Ejerció como catedrático de Filología Románica en Madrid y desde 1968 fue director de la Real Academia de la Lengua. En 1978 obtuvo el Premio Cervantes. Murió en 1990. 

Hijos de la ira, publicado en plena posguerra en 1944, se yergue como un faro en aquella época gris. Frente a la literatura heroica oficial, Dámaso Alonso se atrevió con un poemario oscuro y pesimista. Se rebeló contra el triunfalismo de un régimen que se había impuesto después de una larga guerra civil y además lo celebraba. En Hijos de la ira Dámaso Alonso protesta y se repliega, escapa de esa realidad y toma el camino de la meditación, tal y como llegó a afirmar: “un libro de protesta cuando nadie en España protestaba. Un libro de protesta y de indagación”. Porque el poeta dice que escribió Hijos de la ira “lleno de asco ante la estéril injusticia  del mundo y la total desilusión de ser hombre”. 

Su primer poema, Insomnio, comienza así: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres” y preguntando a Dios por la razón, le replica “¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?”. Esta idea del hombre que inevitablemente se encamina hacia la muerte, angustia al sujeto poético y perturba su existencia. 

Pero Dámaso Alonso se aleja de la poesía oficial no solo en el tema y el tono. Se aleja en la forma. Al acabar la guerra se popularizó cierto purismo, una vuelta a las formas clásicas representadas por Garcilaso. Hijos de la ira está escrito en verso libre, en sus versos tiene cabida lo desagradable, lo grotesco y se aleja del preciosismo de esa poesía. Según el propio poeta: “el único tema de la poesía y de todo el arte es la vida, es decir, la muerte y el amor”.


La balsa de la medusa, de T. Gericault (foto: arteselecto.es)
No me veo capaz de analizar un libro de poesía. La edición de Fanny Rubio en Espasa Calpe es perfecta para sacarle todo el jugo a Hijos de la ira y es la que yo tengo en casa, de ahí he extraído las citas anteriores que van entrecomilladas. He querido escoger, eso sí, uno de mis poemas favoritos (junto con "Mujer con alcuza", que se puede leer pinchando en el link y el citado "Insomnio"). Se trata de “En la sombra”. Es un poema en verso libre, como todos los del libro. Mantiene un ritmo basado en el heptasílabo y se apoya en la repetición: “Sí: tú me buscas”. El título nos ubica en la noche, entre tinieblas y también alude a un contexto general de inseguridad, de miedo y desconfianza. Comienza con una imagen perturbadora: en plena noche, el sujeto poético aparece cercado por la inconsciencia del sueño. Allí surge un ente, que puede ser Dios. En cualquier caso, algo primordial que causa pavor: “el alma se me agita con el terror y el sueño”. Es en el momento previo al sueño, de completo silencio y reflexión en el que afloran los enigmas: su “jadear caliente”, su “inmensa mole blanca, sin ojos”, su “revolver de bestia”. Cuando se detiene a reflexionar sobre la incógnita de la muerte y repara en su certeza, todo el miedo del mundo le acalambra. Y viene la desesperación “no, no me digas que soy náufrago solo”. Busca a Dios o la causa primera, en definitiva algo a lo que aferrarse. Y le pide, le exige: “dime, di que me buscas”. Es un texto religioso, pero que para mí expresa a la perfección esa angustia ante la muerte, la propia y la de los seres queridos. Ahí es donde creo nace la religiosidad del hombre, ese miedo primordial es su sustrato, ¿quién quiere ser “náufrago solitario”?
Sí: tú me buscas.

A veces en la noche yo te siento a mi lado,
que me acechas,
que me quieres palpar,
y el alma se me agita con el terror y el sueño,
como una cabritilla, amarrada a una estaca,
que ha sentido la onda sigilosa del tigre
y el fallido zarpazo que no incendió la carne,
que se extinguió en el aire oscuro.

Sí: tú me buscas.

Tú me oteas, escucho tu jadear caliente,
tu revolver de bestia que se hiere en los troncos,
siento en la sombra
tu inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea
igual que un iceberg que sin rumor se invierte en el
agua salobre.

Sí: me buscas.
Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.

No me digas que no. No, no me digas
que soy náufrago solo
como esos que de súbito han visto las tinieblas
rasgadas por la brasa de luz de un gran navío,
y el corazón les puja de gozo y de esperanza.
Pero el resuello enorme
pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche,
indiferente y sordo.

Dime, di que me buscas.
Tengo miedo de ser náufrago solitario,
miedo de que me ignores
como al náufrago ignoran los vientos que le baten,
las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan

viernes, 15 de enero de 2016

"La maravillosa vida breve de Óscar Wao" de Junot Díaz

Resultado de imagen de la vida de oscar wao
La maravillosa vida breve de Óscar Wao fue galardonada con el premio Pulitzer de novela en 2008.
Foto: casadellibro.com
Descubrí este título por casualidad. Acababa de leer En la orilla de Rafael Chirbes y como tengo por costumbre, visité varias webs de reseñas para hacerme una idea más cabal. Las opiniones positivas eran mayoritarias (es una gran novela), pero también encontré algunos detractores. Uno de ellos, recomendaba leer el libro de Junot Díaz. Y como su crítica me pareció muy bien fundamentada, seguí su consejo y pedí por Internet La maravillosa vida breve de Óscar Wao. En mi estantería durmió el sueño de los libros pendientes durante algunos meses, hasta que llegó el momento propicio y quería hablar un poco sobre él, porque su lectura fue (pertenece al recién quemado 2015) toda una experiencia.

La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz comienza con la descripción de una maldición dominicana que se denomina fukú y cuyo origen se remonta al mismísimo almirante Cristóbal Colón. Este fatalismo sobrevuela todo el texto, dándole un toque clásico, como en las epopeyas griegas donde los héroes no pueden librarse de su propio destino. Nos narra la historia de la familia Cabral, caída en desgracia durante la dictadura de Trujillo y desde entonces portadora de un fukú que les persigue generación tras generación. El eje central es Óscar, un niño enamoradizo que al llegar a la adolescencia se transforma en un nerd, gordo y torpe con las mujeres, adicto a los juegos de rol, los cómics de superhéroes y la literatura fantástica. La antítesis del varón dominicano. Y con su cruz malvive durante años. Junto a Óscar, se despliegan otra serie de personajes que van adquiriendo voz narrativa propia, como su madre Belicia Cabral, su hermana Lola, Yunior, el novio de esta (que además actúa como una suerte de narrador omnisciente) y el doctor Abelard, que trata de proteger a su hija adolescente de la lujuria del dictador. Entre todos componen el fresco de la familia Cabral, pero no solo, también de la historia dominicana reciente, marcada por la dictadura de Trujillo, tema que ya abordó Vargas Llosa en La fiesta del Chivo.

Resultado de imagen de junot díaz
Junot Díaz, nació en Santo Domingo en 1968 y en 1974 se desplazó junto con su familia a EEUU. Además de La maravillosa vida breve... en español se ha publicado el libro de relatos Así es como la pierdes.
(Foto: State of arts)
Son muchos los temas que trata esta novela. Además de la inmigración, los abusos de poder del trujillismo, el desarraigo o el racismo, los más evidentes, destacaría el de la perpetúa búsqueda de la felicidad y el amor, que afronta todo ser humano a lo largo de su vida y por la que Óscar sufre lo indecible. También es un claro homenaje a la mujer luchadora, representada por tres generaciones (la Inca, Belicia y Lola), que bregando en una sociedad donde impera el machismo y el prejuicio racial, se sobreponen a todas las adversidades.

Tengo que reconocer que de esta vida breve de Óscar Wao, sin menospreciar el contenido, me ha atrapado la forma. Un novelista si quiere destacar necesita estilo. Siempre como lector lo he agradecido y mi panteón de escritores ilustres está lleno de autores que son reconocibles en apenas un párrafo. Un trabajo de gran mérito el del traductor (traductora en este caso, Achy Obejas), porque el libro está escrito originalmente en una combinación de inglés y jerga dominicana o anglo-dominicana (si tal cosa existe). La narración fluye entre alusiones al mundo del cómic y la novela fantástica (Óscar aspira a convertirse en el Tolkien del Caribe), argot dominicano y espanglish. Me maravilla la oralidad y el ritmo que imprime Junot Díaz a este texto. Su lenguaje te arrastra, te seduce, te atrapa como un baile.

Es una lectura diferente. La estructura tampoco es lineal y la utilización de diversas voces narrativas componen lo que creo se concibió como una obra bastante ambiciosa. Hay además infinidad de notas a pie de página, que para nada (esto es una clara opinión personal, seguro que hay quién se las salta directamente) son arduas de leer y nos aclaran mucho del contexto histórico de la novela.

Por mi parte, he reído mucho con las cuitas del pobre Óscar, recorriendo los sucesivos círculos infernales del instituto, la universidad y el trabajo, siempre con la esperanza de que lograra redimirse y no morir virgen (al parecer –según la novela- hay pruebas de que ningún dominicano lo ha hecho). Pero el humor decrece y el drama se va apoderando de la obra y la subyuga. Al final deja un sabor agridulce, cierto desasosiego, indignación también por los abusos de poder que ejercen las dictaduras y la manera en la que destruyen familias enteras, por generaciones y marcan el rumbo de un país.
La maravillosa vida breve de Óscar Wao. 3
Ilustración de Belén Valiente, con una cita de la novela (foto: domestika.org)
No me resisto a añadir una cosa más, y es sobre el vocabulario aprendido: las jevitas son las chicas en edad de merecer, un papichulo es un tío como Dios manda y lo contrario es un periguayo; el origen del concepto es explicado en la novela, así que no quiero contar más. El equivalente femenino de papichulo es tigrona o tetúa, mientras que un prieto es un negro, sinónimo de haitiano. Una vaina es algo así como un tema o un asunto. Broder o pana es colega. Rapar es tener sexo. Y bueno, fokin, pues se entiende perfectamente lo que es. 

sábado, 9 de enero de 2016

"Momentos estelares de la humanidad" de Stefan Zweig


V
oy a comenzar 2016 comentando un libro prestado. Hay una tradición que dice que las novias tienen que llevar a la boda, entre otras obligaciones, algo prestado. Pero ojo, no de cualquiera. El objeto en sí debe proceder de un matrimonio bien avenido y así se contribuye al flujo de buenas vibraciones que hará la futura unión indestructible. El préstamo físico es cada vez menos común, especialmente en lo que se refiere a artefactos culturales. Durante mi adolescencia el intercambio de cassettes y libros (alguno se perdía por el camino, todo sea dicho) fue poco a poco sustituido por un escueto: “me bajé la discografía completa con emule” y últimamente por: “lo tengo en mi ebook, junto con otros cuatro mil". Cierto desinterés por el prójimo que las redes sociales ayudaron a paliar (no va a ser todo malo). 

Sin embargo, me es inevitable sentir nostalgia por ese mercadeo cultural, por eso cada vez que llega a mis manos un libro o un disco prestado, lo trato como un tesoro: no deja de ser algo casi arqueológico. Lo devoro en el acto, algo que curiosamente no pasa con los libros que compro y quiero pensar que las mismas emociones que ha sentido la persona que lo ha leído antes que yo, de alguna manera han quedado prendidas en sus páginas, ¿será esto posible? Pues Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig será mi primera reseña del año: un libro prestado, un libro que he leído con fruición, rechupeteado hasta el tuétano y que quiero compartir aquí también, en mi estantería virtual, aunque probablemente la mayoría lo habéis leído ya. Pero algo es algo.

Sobre Stefan Zweig (1881-1942) creo que hay poco que añadir. A todos nos ha conquistado Carta de una desconocida. Su biografía es intensa, emocionante y trágica. Conoció el éxito en vida y también la caída, cuando sus obras fueron quemadas en plazas públicas de Alemania y Austria. El ostracismo después y en los últimos años, con justicia, la resurrección. Y el amor de sus lectores, basta con leer sobre Zweig en foros de libros y blogs, ¿cuántos autores conocéis que hayan alcanzado ese nivel de unanimidad en torno a su obra? Así debe ser el Olimpo literario.

Y creo que la razón es que Zweig no es un mercenario del oficio, al contrario, es alguien que en cada palabra trasmite hasta la última fibra de lo que es y de lo que siente. El escalpelo de su sensibilidad permite ahondar y participar de ese milagro de la creación que es la gran literatura. Por eso nos impacta su intensidad. Y da igual que éste sea un libro de estampas o episodios históricos y no una novela de ficción. La personalidad de su autor galopa desbocada, se impone y nos hechiza.

El equipo de Scott en el Polo Sur (1912). Scott es el del centro de pie.
(Foto: Wikipedia)

Lo que he sufrido con la epopeya de Scott en la Antártida y esa genial metáfora, el tren precintado con Lenin a bordo, convertido en un proyectil letal. ¿Y qué puedo decir de Dostoievski en el paredón, esperando el indulto del zar? ¿Cómo puede ser la Historia tan emocionante? Quizá porque a veces, intimidados por los datos, las fechas, los conceptos, nos olvidamos de su protagonista: el hombre. Un hombre al que consumen sus pasiones, un hombre al que devora su determinación. Es el sino de nuestra especie. Somos supervivientes: nos impusimos a un medio hostil, a la mayor de las sequías, a las regurgitaciones del volcán Toba, a nuestro propio éxito. Supimos estrujar la naturaleza hasta someterla (y veremos cómo acaba todo esto).

Los momentos estelares de la humanidad, en palabras de Zweig, son aquellos que marcan el rumbo de la historia, “un único instante que todo lo determina y todo lo decide”. Nada de plácidas consideraciones. Nos embarcamos en un viaje pleno de dramatismo. A cualquier aficionado a la Historia, antes de abrir la primera página, le vendrán a la mente infinidad de ellos. Son abundantes. Zweig eligió catorce. Y entre ellos, como no, momentos estelares de la cultura: Tolstoi, Dostoievski o Händel comparten estrellato con Cicerón, Mehmet II y Napoleón. ¿Por qué no?

Dice Zweig que “en ningún caso se ha procurado decolorar o intensificar la verdad”, de lo que se deduce un respeto a las fuentes y la “verdad” histórica. Es cierto que la ciencia histórica construye los mimbres, es una labor minuciosa, árida y los resultados pueden interpretarse, discutirse. No siempre predomina el consenso, no siempre se impone la objetividad. Pero Zweig va más allá. Otorga un revestimiento literario a esa armazón, fría y destemplada, del dato, del hecho, de la causa y la consecuencia. Lo dota de vida. Y le insufla la pasión necesaria, la llama que turbe al lector, que lo haga reflexionar y perderse entre sus páginas. Entre la horquilla de casi dos milenios en la que transcurren estos Momentos estelares. Así se convierte en un extraordinario divulgador, que, como se ha dicho, es capaz de “instruir deleitando”.

Zweig recupera la función de la historia como magistra vitae, su valor más allá de construir naciones y preservar la memoria, aquel valor que hizo a los grandes hombres volcarse sobre libros vetustos, abandonar la espada o el cetro un instante para aprender de ella. De sus lecciones. Una lección donde se impone por encima de todo la determinación, “a los hombres solo les cansa una cosa: la vacilación y la incertidumbre. Toda acción libera, inclusa la peor es preferible a no hacer nada”, sentencia Tolstoi. Así lo considera Scott, en su tumba de hielo, cuando escribe a su mujer para que “cuide a su hijo y lo preserve de la indolencia”, porque “nada eleva el corazón de modo tan espléndido como la caída de un hombre en lucha contra el predominio invencible del destino”. La lucha permanente, la épica del fracaso: “inténtalo de nuevo, fracasa otra vez. Fracasa mejor”, decía Samuel Beckett.

Ya para acabar, creo que hay otra importante lección moral en estos Momentos estelares. A través de Cicerón, incapaz de restaurar la esencia republicana: “nadie tiene derecho a tratar de imponer al pueblo su voluntad”, porque “el dominio ejercido por la fuerza viola cualquier derecho”. Otra vez en los labios de Tolstoi, que se niega a sumarse a la revolución que su obra ha alimentado: “es cien mil veces mejor sufrir por una convicción que matar por ella”. En el mariscal Grouchy, cuya obediencia ciega al emperador determinó la derrota de Waterloo. ¿Escribe Zweig pensando en la incertidumbre del tiempo en el que vive, un tiempo en el que la dictadura, la violencia política y el populismo se abaten sobre Europa (el libro fue publicado en 1927, Mussolini ya gobernaba en Italia y Stalin tomaba el relevo de Lenin en el poder)? Momentos estelares se cierra con el fracaso de Wilson, el presidente norteamericano que trató de mediar en 1919 para lograr una paz duradera, pero aquella oportunidad se perdió y Zweig vaticina “una vez más, pagaremos nosotros con nuestra sangre”.

martes, 22 de diciembre de 2015

Recapitulando: un año de lecturas (y felicitaciones navideñas)


Un año que acaba sirve para hacer balance. Esta tarea puede ser ingrata, porque el ser humano tiende a destacar lo malo por encima de lo bueno. Así, a veces un minuto de sombra engulle todas las horas de luz. En cualquier caso, es un año vivido y esta circunstancia conviene celebrarla y dejar de pensar en el ocaso, porque cada minuto cuenta. Durante estas fechas, como se puede comprobar, me hundo en absurdas meditaciones; a veces me embarro y es habitual que acabe deprimido, pidiendo la hora para retomar el trabajo y la rutina. Resumiendo, soy de los que no disfrutan la Navidad. Me siento más solo que de costumbre y me gustaría desaparecer, vaporizarme. Sueño con el desierto de Almería, siento fascinación. ¿Qué tal pasar unas navidades por allí, vagando como un eremita y hablando con las piedras? A lo mejor en el Cabo de Gata, que pilla cerca y tiene hermosas playas con dunas y arborescencias.  Sin embargo, con dos niños pequeños, el menor apenas un bebé (hoy ha dado su primer pasito: por momentos así merece la pena vivir y perdonad este latiguillo de intimidad, pero hay cosas que necesitan ser contadas) y el mayor consciente de su propia existencia (me canta “ding-dong, ding-dong, suenan las campanas de la iglesia”, tan angelical es su voz de niño, ¿qué clase de criaturas grabaran los estridentes villancicos de los supermercados?), tendré que ocultar mi cara de Grinch con una espesa peluca blanca y vestirme de Santa Claus (me gusta este apelativo más que el de Papá Noel).

Viendo que me paso de paréntesis voy al grano. Ya que este blog va sobre todo de literatura, quería compartir con vosotros, aparte de mi estado de ánimo como habéis podido comprobar, mis lecturas de este año. La intención era largar la lista completa (otro paréntesis: tengo poca memoria, lo anoto todo), luego pensé en seleccionar las tres mejores, o las cinco o las diez. Nunca las peores: soy positivo en esto y además, si no me gusta un libro lo dejo. Es lo que se llama economía lectora. En fin, al final voy a hacer una breve retrospectiva. 

Contando todos los libros leídos, me ha dado un poco de miedo. Resulta que soy un adicto, así que me guardo la cifra total. Comencé 2015 leyendo Carta de una desconocida y Leporella, de Stefan Zweig. No ha sido el único de este autor y han caído otros dos, aparte de engrosar mi interminable lista de pendientes.


Un pequeño paso para un hombre, un gran paso para un niño. 
Repasando me doy cuenta de que la novela corta ha ocupado buena parte de mis lecturas. Es lógico. Suelo leer un poco por las noches o después de comer. Algo los fines de semana. Los tochos se me eternizan y en esto puede mi naturaleza nerviosa. A pesar de todo, devoré con deleite Al Este del Edén de John Steinbeck y la primera parte de Los Miserables  de Víctor Hugo. Entre las citadas novelas cortas, además de Zweig y Unamuno (que después hablaré), me quedo con Celso Castro y su Afinador de habitaciones, Enrique Javier de Lara con Cerezas y Julián Ayesta con Helena o el mar del verano. Serían mis nominados. También dejo un hueco en mi corazón para la “falsa” autobiografía de Zelda Fitzgerald en Alabama song de Gilles Leroy.

2015 ha sido un año especialmente dedicado al relato corto o cuento (escoja cada cual la denominación que prefiera). En principio por afán autodidacta y al final, por puro gusto. Me cuesta elegir, pero de intentarlo, creo que Los girasoles ciegos de Alberto Méndez y 9 cuentos de Salinger estarían en mi Olimpo. En el cajón también podría subir Amistad de juventud de Alice Munro y Danilo Kis se queda en diploma olímpico. Mención aparte merece la relectura que he hecho de Manuel Rivas, escritor fetiche de mi adolescencia. Ya comenté lo vinculado que está a mi propia vida en Ella, maldita alma o Las llamadas perdidas, que junto al libro de Alberto Méndez leí las noches de hospital, con mi hijo pequeño recién nacido (el 23 de enero) dormitando y esperando la primera mañana de su vida.  

Hablando de relecturas, lo que he disfrutado con este placer tan goloso. El camino, al que dediqué un post, pero también Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño y El extraño caso del Dr Jekyll y Mr. Hyde de R. L. Stevenson (siempre, siempre se aprende y se disfruta con los clásicos). 

Y sigo con los clásicos, le he hincado el diente a unos cuantos. Señora de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes consiguió emocionarme, lo leí en los breves ratos con mis hijos en el parque, bajo este sol de primavera que nos ha arrebatado diciembre. El diciembre mesetario, frío, neblinoso. Imperturbable en su escarcha. ¿Quién mató a diciembre? Por fortuna, la lectura de Unamuno, bajo la batuta de Mr. Barbusse me ha servido para quitarme un poco la modorra de este otoño primaveral. Abel Sánchez me sigue a todas partes y me ha ayudado a comprender (o a lamentar) muchas de mis experiencias pasadas. Con La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, he entendido por fin el potencial expresivo y poético de la novela corta. ¿Queréis más clásicos? Yo sí, nunca me canso. Lo que disfruté con La nausea de Sartre y Primera memoria de Ana María Matute. Llegado a este punto ya se nota lo ecléctico de mis lecturas. Muchas no las he podido reseñar. Mi escaso tiempo (de hecho ya me estoy pasando, son las doce y media y mañana toca diana pronto) obliga a ciertos sacrificios.

También ha habido hueco para la novela histórica. De todas, creo que me quedaría con El laberinto de Mujica Láinez. También En busca del unicornio de Eslava Galán y otra búsqueda, ésta más épica porque es En busca del fuego de J.H. Rosny (por cierto, lo compré en un mercadillo que había enfrente de mi hotel, después de una despedida de soltero. Cosas de la resaca: me vuelve más lector, si cabe).
Bodegón con libros y gato
Ha sido un año de conocer caras nuevas. Después de Cuatro por cuatro tengo más ganas de Sara Mesa y me fascinó la frivolidad poética de Milena Busquets en También esto pasará (siento debilidad por las mujeres, en el buen sentido). Por su originalidad me sorprendieron La ninfa inconstante de Guillermo Cabrera Infante y La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz. En ese espacio de novela difícil de encasillar también estaría Hildur de Toni Montesinos.

Para acabar, unos momentos musicales: Naúfragosdel Rock and Roll de Agustín Torralba y la biografía de Billie Holiday Lady sings the blues y algo de viajes: Canta Irlanda, de Javier Reverte.

Gracias por tu paciencia, si has conseguido roer todo este turrón duro sin atragantarte. Solo me queda desear lo mejor a todos los que durante estos meses han sido alimentando este blog con sus comentarios y sus visitas (también al hipotético nuevo lector). Si he aprendido algo a lo largo de los años, es que en esta vida lo esencial es amar y ser amado.


Feliz 2016 a todos.

jueves, 17 de diciembre de 2015

"El desencanto" de Jaime Chávarri

Foto: filmaffinity.com
Hay un famoso experimento en el cuál se encierra a un niño junto a un caramelo, con la promesa de que si aguanta unos minutos sin comerlo tendrá como recompensa no uno, sino dos. Hay pequeños que resisten con arrojo y otros sucumben en cuanto se cierra la puerta. Al parecer, cuando estos conejillos de indias incapaces de controlar sus impulsos lleguen a adultos, tendrán más posibilidades de ser peores estudiantes. No he llegado a emular este experimento con mis hijos. Pero me divierte pensar que algún padre desquiciado, después de ver el programa en Redes o similar encierre a su hijo en el cuarto de baño con un caramelo: "en quince minutos vuelvo, tesoro". Y me imagino al padre temblando por el futuro de su pequeño. Pero volviendo al tema que quería tratar, si fuera sometido a ese experimento y en lugar de caramelos proyectaran El Desencanto de Jaime Chávarri caería sin remedio. Soy incapaz de rechazar las cosas que me atraen. Hace poco lo pusieron por televisión y comencé a verlo, diciéndome: “un rato solo, luego retomas el libro que estás leyendo o escribes un poco, aprovecha que los niños están durmiendo, aprovecha el silencio”. Fue inútil. Y después vienen los efectos secundarios: días y días pensando en la familia Panero.

No soy una persona que tome la iniciativa. Necesito que me busquen, que me tiren el anzuelo. En caso contrario, habría visto El Desencanto más de cien veces. Solo lo he hecho cuando el documental se ha cruzado en mi camino. Ya decía que como las chicas pudorosas, me siento siempre a esperar que me saquen a bailar. Pero luego me implico, me implico tanto que tengo que escribir como una suerte de auto exorcismo, si existe tal palabra. 


EL DESENCANTO (Versión : Español / Subtítulos : Sin subtítulos)
Felicidad Blanc y los hermanos Panero (foto: filmotech.com)
El Desencanto, para el que no lo sepa, es una película documental dirigida por Jaime Chávarri y estrenada en 1976, con lo que se dirige como un proyectil a su cuarenta aniversario. Y espero que se celebre como merece. Una obra que ha crecido con el tiempo, hasta convertirse en una película de culto y voy a utilizar el adjetivo, lo voy a hacer, a pesar de no ser ninguna autoridad, de no tener idea de casi nada: El Desencanto es una obra irrepetible. Irrepetible, porque sus artífices han muerto y aquel tiempo, aquella forma de vida está finiquitada. Irrepetible porque la exhibición de la propia vida es hoy tan generalizada que ha perdido su poder de seducción. Irrepetible porque la combinación de narcisismo, clarividencia, carisma, poesía y crudeza es en la práctica irrealizable: la familia Panero consiguió juntar el agua y el aceite.

La puesta en escena es muy sencilla, apenas dos escenarios: una vetusta mansión, casi vacía, porque los Panero, incapaces de ganarse la vida con las letras han tenido que vender todo su patrimonio, incluso los libros de su padre. Es palpable la sensación de ocaso, de fin de una época en las paredes desnudas de la casa vaciada para poder comer. El otro lugar es el Liceo italiano, la institución escolar donde los hermanos Panero adquirieron su vasta cultura.

Leopoldo María, Felicidad Blanc y Michi Panero (foto:pandora-magazine.com)
La película comienza con la inauguración de la estatua del padre, Leopoldo Panero, en Astorga, su ciudad natal. La figura del poeta aparece envuelta como una momia. Se le menciona y habla de él (Leopoldo María lo llama el “conejo blanco”), con frialdad y resentimiento. Es descrito como un padre indiferente y un marido que apenas ejerce como tal. Sin embargo, creo que la figura principal es la madre. Felicidad Blanc es inteligente, refinada, hilvana largos monólogos, recorre bucólicos parajes y se expresa de forma muy literaria. A mí me transmite soledad. Además es fría, reprime sus sentimientos, apenas si altera su tono de voz ante las imprecaciones (también desapasionadas y certeras) de su hijo Leopoldo María. Me resulta una mujer fascinante. De hecho, Jaime Chávarri afirma que se convenció de hacer la película después de conocerla.

El hermano mayor es Juan Luis. Aparece solo, excepto en una conversación con su hermano Michi en la que apenas cruzan las miradas. Expone sus fetiches con ridícula pomposidad y no logra sacudirse cierto aire aristocrático. Michi es el más locuaz entre cigarrillo y cigarrillo, que consume con elegante parsimonia. Una mente lúcida, que confiesa sin pudor su molicie. Un dandi que encaja con el prototipo de escritor sin obra. También el único en demostrar cierto apego emocional a su madre. Sin embargo, en el clímax de la película (a mí entender), se suma a la sedición que inicia su hermano Leopoldo María y colabora en el degüello. Es una larga charla en el parque, donde flota el resentimiento y Felicidad Blanc resiste con inhumana frialdad, apenas aprieta la mandíbula cuando su hijo le desvela sus experiencias sexuales en la cárcel. Y se justifica por haber internado a su hijo en un psiquiátrico y trata de llevar la conversación por otros derroteros, exprimiendo a Leopoldo María, preguntándole, recordando la infancia.

Y es que Leopoldo María atraviesa el documental como un rayo, no aparece sino hasta la mitad, disparando una andanada de frases lapidarias. Un portento que ya brillaba desde niño, pero cuyo talento acabó anegado por la locura. Sin embargo, en 1976 se encuentra en su cenit y su presencia en la pantalla es fascinante. "En la infancia vivimos y después sobrevivimos", sentencia, resumiendo certero la desilusión de vivir, el desencanto, la decepción: "el intercambio de humillaciones estructura la sociedad actual"; el desengaño, la decadencia, que son algunos de los hilos conductores de esta película. 
       
                

Así están expuestos los Panero. Se ha dicho que como personas y personajes a la vez. Siempre me pregunto si con brutal sinceridad o tras una máscara. O incluso si ese papel que interpretan se ha apoderado de ellos y lo han asumido como propio. En cualquier caso, me fascinan.

viernes, 11 de diciembre de 2015

"Hildur" de Toni Montesinos

Portada de la edición de Piel de Zapa
Hildur es una novela de Toni Montesinos "revivida" por la editorial Piel de Zapa (fue originalmente publicada en 2009) y ambientada en Islandia. El país nórdico, milagro verde entre el hielo gracias a la bienhechora influencia de la corriente del Golfo y donde Julio Verne ubicó la entrada al centro de la Tierra es hoy día célebre por haber resuelto su crisis financiera con volcánica determinación: mandaron a los políticos responsables a los tribunales y dejaron quebrar los bancos. En un país donde uno se puede asomar a las entrañas de la tierra, donde el sol de medianoche convierte los duermevelas en alucinadas pesadillas; en un país que se desliza, casi borbotea sobre la rocosa dorsal submarina del Atlántico como una balsa, no puede desarrollarse una historia de amor convencional. Tampoco encasillable. Así que Islandia condiciona a su protagonista (Hildur) y de una niña enamoradiza y algo dada a la ensoñación pasa a transformarse en una suerte de Orfeo, que emprende la búsqueda de Hans (su Hans) en el más allá de los libros, en las perturbaciones incorpóreas de la música, en el paisaje sobrenatural, de reminiscencias infernales de Islandia, que supura lava, laceran los glaciares y encaja los fiordos como cuchilladas.

Hay muchas capas en Hildur, como si se trata de un estratovolcán: algunas solidificadas, hieráticas y tensas; otras en cambio bullen burbujeantes. Es una novela de amor; como los amores clásicos, gestado desde la infancia y resuelto con ardor y erotismo juvenil. Con Hans e Hildur construyendo “una burbuja dentro del tiempo”, “pendientes como máximo del minuto siguiente”. Con un dramático desenlace. Pero también tiene una faceta ensayística. Se medita sobre el suicidio y el “arte del olvido”, sobre la identidad y el azar. Hay una reflexión acerca del conocimiento “del otro”, los puntales sobre los que se construye el individuo y sus máscaras.  


Espectacular imagen del "ring road", carretera que rodea Islandia (foto: islandia24.com)
La música recorre todo el libro y lo impregna, restalla en los momentos de mayor introspección y acompaña a la prosa. Así lo hace el piano de Hans acometiendo las variaciones Goldberg de Bach durante el funeral de su padre o el violín de Hildur con las estaciones de Vivaldi. Es la música evidente, porque se aludea ella. Pero hay también mucha música soterrada, en la sintaxis, en el ritmo que imprime Toni Montesinos a ciertos pasajes. He tratado de acompañarme de la música que menciona en su lectura y casi me parecía asistir a una especie de dueto. Sin duda Hildur está escrita con música y se deja mecer por ella.

Me ha llamado la atención el papel activo que asume el narrador, que observa a Hildur en la distancia y se involucra tanto que se cuela como una interferencia fantasmal (como una aurora boreal) en el relato. Incluso se autoinvoca: “yo, Toni Montesinos” por si el lector no había advertido ya que Hildur es él, y Hans y la sinfonía poética que se va desplegando a lo largo de sus páginas. Así lo advierte también el autor en una entrevista al respecto. Esto hace frecuente las digresiones, aunque sin perder nunca del todo el rastro de Hildur a la que el narrador acompaña como Virgilio guía a Dante por las inciertas veredas del infierno.


icelandauroraborealis
Una aurora boreal en Islandia (foto: cazaimagenes.es)
Hildur es también literatura. Los libros acompañan el duelo, ayudan a comprender la vida y se convierten en nuestro espejo, porque leemos lo que somos. Hay numerosas referencias, una de ellas a Tolstoi, cuyo enigma no se llega nunca a desvelar del todo o quizá sí. Como don Quijote, Hildur se aferra a la lectura con el afán de reconstruir, de revivir y comprender a Hans. Finalmente sale de su letargo, en peregrinación, recorriendo el anillo de asfalto que rodea Islandia. No es su objetivo deshacer entuertos, pero le persiguen sus fantasmas y pugna por romper la barrera que separa a los vivos de los muertos como don Quijote serpenteaba entre la fantasía y la realidad en apariencia.

Dividido en tres actos, que me atrevo a llamar movimientos, Hildur no es una apuesta literaria convencional. Tiene un estilo denso, sin concesiones, donde predomina la prosa poética. Este tono general, abrupto y suave a la vez, se mantiene de principio a fin. Parece que la prosa de Toni Montesinos también se haya impregnado del paisaje islandés, pleno de antagonismos, de hielo y fuego. El narrador sigue a sus personajes, sus bifurcaciones y presenta los hechos flotando en un bruma de irrealidad. El lector sigue la historia de Hildur, a veces desorientado, tratando de anticipar lo que parece obvio; pero la salida fácil, lo previsible casi nunca llega. En mi caso, he sentido y padecido por Hildur. Por su viaje alucinado, siempre arrastrando la cadena de una culpa que se insinúa o yo al menos intuyo. Siempre privada de redención, abandonada a un duelo lacerante, en equilibrio sobre su propia vida; tantea la muerte, la presiente y tengo que decir que me hubiera gustado otra historia para ella. Pero no es mi Hildur y ahora que escribo lo comprendo.