Estar
confinado te pone frente a un espejo en el que no acostumbras a mirarte. Son
tantas horas contigo mismo que se te acaba cayendo la máscara y puede no ser del todo agradable. Solo compensa la paz del cielo, el insólito silencio (roto por algún
vecino reguetonero) y los pájaros campando entre los tejados, saltando sobre
las antenas, señores de un aire limpio de carbonilla. Trato de que este espacio
no sea mi muro de las lamentaciones. Para eso reciclé las hojas libres de un
viejo cuaderno donde me he dedicado a verter mi ponzoña de estos días,
alimentada por una fiebre sospechosa. A nadie escapa que el número de contagios
es muy superior a lo que indica la estadística oficial y viviendo en el Wuhan
de la Mancha, como nos ha bautizado un periodista malicioso, no descarto la posibilidad de que mi convalecencia tenga
como origen el innombrable. Por suerte no ha ido a más, cientos de mis vecinos
no pueden decir lo mismo y algunos ya descansan, otros se debaten en un
laberinto de camas, mascarillas de buceo y bombonas de oxígeno. Escapar de la
desgracia no me hace sentir afortunado, contra toda lógica.
En
medio de la tempestad, echado en mi camarote,
he atacado dos clásicos de literatura espumosa, dos colosos: Flaubert y
Tolstói. Cualquiera se pone a escribir después de leerlos. Pero hacerlo me calma. Ahoga todas las voces que
últimamente me maltratan. Imagino que el típico picoteador bloguero abandonó la
lectura de este post hace tiempo. Así que me relajo. Quería hablaros de esas dos
obras maestras, aunque por espacio lo haré solo de una de ellas (la otra es Salomé de Flaubert, excesiva y maravillosa).
Heredé Guerra y paz de un tío de mi mujer. Murió de cáncer, uno de esos tumores que degradan al enfermo hasta convertirlo en un despojo de sí mismo. Mi mujer se quedó sin madre siendo muy niña y la familia de su tío la acogió durante unos años como una hija más, hasta que mi suegro pudo volver a encajar el puzle familiar. Para ella fueron tiempos felices, que la marcaron. Cerca del mar, en Altea la bella. Desde su balcón veía la cúpula azul de la iglesia, la sierra de Aitana y los bancales con limoneros y naranjos. Más de treinta años después todavía conserva una atracción irresistible por el Mediterráneo. Así que perder a su tío, que hizo de padre unos años, aún a pesar de que tenía un carácter serio, reservado, duro en apariencia, fue otra muesca a su temprana orfandad. Lo conocí, le gustaba hablar conmigo porque con la jubilación se había puesto a estudiar y yo era un docente primerizo. Presumía de ser el mejor de la clase, alardeaba de sus sobresalientes y me explicaba, como si no fuera a entenderlo, con ese punto soberbio del neófito, cosas que yo ya había leído mil veces. Era displicente conmigo, pero le dejaba hacer. No entendáis esto como un mal recuerdo, soy tan prudente y reservado con mis interlocutores que me presto a situaciones de ese tipo. Cuando visitamos a su tía, meses después del sepelio y encajada la viudedad, nos dio varios hatillos de ropa para mi suegro y nos mostró los libros de aquel estudiante tardío, metidos en caja. Había enciclopedias, colecciones de clásicos, el arsenal autodidacta pre-Internet. Iban a tirarlo y me invitaron a coger lo que quisiera. Venciendo la timidez y por no quedar mal, me hice con un ejemplar de Guerra y Paz. La promesa de que era una nueva traducción del original ruso y su carácter manejable, me ayudó a vencer mis reservas.
Heredé Guerra y paz de un tío de mi mujer. Murió de cáncer, uno de esos tumores que degradan al enfermo hasta convertirlo en un despojo de sí mismo. Mi mujer se quedó sin madre siendo muy niña y la familia de su tío la acogió durante unos años como una hija más, hasta que mi suegro pudo volver a encajar el puzle familiar. Para ella fueron tiempos felices, que la marcaron. Cerca del mar, en Altea la bella. Desde su balcón veía la cúpula azul de la iglesia, la sierra de Aitana y los bancales con limoneros y naranjos. Más de treinta años después todavía conserva una atracción irresistible por el Mediterráneo. Así que perder a su tío, que hizo de padre unos años, aún a pesar de que tenía un carácter serio, reservado, duro en apariencia, fue otra muesca a su temprana orfandad. Lo conocí, le gustaba hablar conmigo porque con la jubilación se había puesto a estudiar y yo era un docente primerizo. Presumía de ser el mejor de la clase, alardeaba de sus sobresalientes y me explicaba, como si no fuera a entenderlo, con ese punto soberbio del neófito, cosas que yo ya había leído mil veces. Era displicente conmigo, pero le dejaba hacer. No entendáis esto como un mal recuerdo, soy tan prudente y reservado con mis interlocutores que me presto a situaciones de ese tipo. Cuando visitamos a su tía, meses después del sepelio y encajada la viudedad, nos dio varios hatillos de ropa para mi suegro y nos mostró los libros de aquel estudiante tardío, metidos en caja. Había enciclopedias, colecciones de clásicos, el arsenal autodidacta pre-Internet. Iban a tirarlo y me invitaron a coger lo que quisiera. Venciendo la timidez y por no quedar mal, me hice con un ejemplar de Guerra y Paz. La promesa de que era una nueva traducción del original ruso y su carácter manejable, me ayudó a vencer mis reservas.
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| El libro que heredé del tío Juan y edición que he leído. |
El
libro estaba nuevo, sospecho que nunca fue abierto. Si seguís por aquí, estáis
notando que afrontar una reseña de Guerra
y paz no es cosa fácil y me estoy yendo por las ramas, de hecho apenas daré
unas pinceladas. Mi edición, con apéndices, tiene la friolera de 1854 páginas.
Algunas se han soltado de la encuadernación, así que puede que no resista una
segunda lectura, ¿lo heredará algún lector futuro, como yo? Tolstoi lo escribió
cuando se encontraba en el albor de su fama, con treinta y tantos, que es
cuando se escriben muchas de las grandes obras. Recién casado, feliz, tuvo sus
primeros hijos y ya vivía en Yasnaia Poliana. Entre 1863 y 1869 pergeñó miles
de páginas, hasta siete versiones, que corrigió y pasó a limpio una joven de 18
años con la que acababa de contraer matrimonio, Sofía Andreievna, escritora a
reivindicar (¿inspiro a la Natasha de la novela? Quiero pensar que sí, porque
he leído que Tolstoi se basó en los diarios y escritos de su mujer para
dar vida a sus personajes femeninos).
Guerra y paz es
la historia de cuatro familias de la aristocracia rusa, en el contexto de las
guerras napoleónicas. Seguiremos las peripecias de sus personajes,
extraordinarios y vivos ante nuestros ojos. Es el milagro del escritor
demiurgo. Tolstoi los define con breves pinceladas, detalles que usa como
recurso definidor y repite hasta el final. Entre todos, destacan para mí Natasha
Rostov, el príncipe Andréi Bolkonski y Pierre Bezújov. Un narrador omnisciente
nos relata los detalles de sus vidas, los exprime, aparta y recupera, pero
nunca los descuida. El amor, la muerte, la
lucha por la vida, la lealtad, la envidia, la frustración, la angustia, las dudas que embargan cualquier existencia, emociones y dilemas humanos de
cualquier época, de eso trata Guerra y
paz. Ese marco general es lo que convierte a los clásicos en atemporales.
Se ocupan de lo humano, en su generalidad, por eso no envejecen.
Entreverado,
hay mucho más. Hay una novela histórica, con personajes reales que quizá con la
excepción del general Kutúzov resultan algo acartonados y contrastan con
los verdaderos protagonistas. Hay mucha teoría militar, usos amorosos (extraños
en los actuales tiempos del poliamor) y política decimonónica (en esto no hemos cambiado
tanto). Jalonan el texto prolijas reflexiones de Tolstoi sobre la construcción
del relato histórico, que podrían constituir un aparte. Para el lector
enganchado con los Rostov, Bezújov y compañía, estas digresiones pueden hartar:
todos los clásicos tienen partes donde falla el consenso (recuerdo el relato de
la batalla de Waterloo en Los Miserables).
De hecho, uno de los primeros y autorizados entusiastas de la novela, Flaubert,
lamentó que la segunda parte del epílogo estuviera dedicada íntegramente a
disquisiciones teóricas y filosóficas.
Es
cuanto menos una paradoja que uno de los hitos de la historia rusa, la derrota
de Napoleón (que recibe su correctivo de parte de Tolstoi, defensor de una idea
de la historia donde los “grandes hombres” no son sino meras comparsas del
devenir de los tiempos) ocurriera en un tiempo en el que era habitual el uso del
francés por las clases altas de Rusia. De hecho, los personajes de Guerra y paz alternan el ruso y el
francés con toda naturalidad. Es incómodo para los negados como yo y hay que
irse al final donde están las traducciones.
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| Pierre Bezújov interpretado por Anthony Hopkins, en una versión de "Guerra y paz" que produjo la BBC en 1972 (foto: https://www.dvdtalk.com/reviews/31385/war-peace-1972/) |
La
lectura de Guerra y paz ha sido un
retorno a esos tiempos de libros subyugantes. Al acabar, tengo la sensación de
haber vivido junto a unas personas que no existen sino en el papel, pero que me
han dejado huella, a las que quiero y por las que he sufrido. Tanto como si
fueran de carne y hueso. Resulta extraño ser arrastrado así por meras
ficciones. Entre ellas, las diferentes revelaciones con las que el príncipe
Andréi entiende el sentido de la muerte y de la vida, personificadas en el
cielo de Austerlitz y un viejo roble que se resiste a la llegada de la
primavera. Me han conmovido hasta el tuétano. Sé que no soy el primero, son
archifamosas, pero si estos pasajes han tocado el alma sensible de tantos miles
de lectores será por algo. No voy a dejar de mencionarlo por eso.
De
entre todos los personajes, por ir acabando, voy a destacar a Pierre Bezújov.
Miope, benigno y pasivo, de naturaleza melancólica, con escasas habilidades
sociales, se deja arrastrar y no sabe cómo encarar su existencia. Al
principio me parecía que Tolstoi hablaba de mí, pero por desgracia yo me he
quedado varado, soy esa tuerca girando, pasada de rosca, que ni aprieta ni
afloja y en cambio Pierre logra, sin renunciar a su naturaleza (a la que en
realidad no se puede renunciar, porque te la llevas a la tumba), llenar el
vacío de su alma. Amigo Pierre, ojalá logre seguir tus pasos.
Guerra y paz es
un libro que trasciende la época que representa y en la que fue escrito, los
clásicos rara vez decepcionan y se mantienen como un manantial donde el lector
sensible (no el cínico sabelotodo) podrá saciar su sed. Hace días que lo acabé
y no he buscado repuesto (excepto la lectura esporádica de Walden,
que dirige el blog El infierno de Barbusse), quiero que fermente, quiero seguir viviendo con sus personajes: que no se vayan, que no me
abandonen porque me han hecho sentir más humano y menos solo.













