miércoles, 2 de junio de 2021

"La raíz rota" de Arturo Barea

 

La forja de un rebelde fue una de esas lecturas que dejan huella. Primero la conseguí en una edición de bolsillo, parte por parte, de caerse las páginas y luego completa en tapa dura. El talento como narrador de Arturo Barea me parece indiscutible, ha logrado el consenso de la posteridad y en su día fue uno de los autores españoles más leídos y traducidos a nivel mundial. Como sabe cualquiera que haya leído el primer tomo, La forja, no nació con una pluma en la mano, ni mucho menos, pero salvo fatalidad, el verdadero talento suele abrirse camino.

Poco después de la trilogía de Barea, compré La raíz rota a través del periódico Público. La empecé un par de veces, pero al pasar por una obra menor no me llegué a animar, hasta hoy. La edición es de 2011, típica de coleccionable: la letra muy pequeña, alguna erratilla, el lomo y la pasta, de ínfima calidad, ha quedado con laceraciones después de leerlo. Lo guardaré, con todo, junto a su hermano mayor. Aunque tampoco vayamos a creer que La raíz rota es una novelilla. Se trata de una obra ambiciosa. El propio autor nos dice: al contar una historia sobre españoles viviendo en Madrid en 1949, he tratado de dar forma a problemas humanos que son universales y que de ninguna manera se limitan a un determinado país.

Como lector, esperaba una novela de posguerra, en la línea de Tiempo de silencio o La Colmena. Pero conforme iba leyendo, notaba la impronta del exilio en Barea y sus personajes, situaciones y hechos, que parecen sacados más bien de esa España de preguerra y puestos al día, pero sin el verismo de la experiencia propia. No hay el latido testimonial de La forja. Barea escribe sobre lo que recuerda de su país y lo combina con lo que ha investigado o le han contando.

El escritor partió al exilio en 1938 y nunca regresó. El que podría ser muy bien un trasunto suyo, Antolín, sí que lo hace. Es 1949 y llega con la seguridad que le otorga su pasaporte británico. Por motivos obvios tuvo que marcharse dejando a su mujer y sus hijos en Madrid. Regresa, se podría esperar que para reencontrarse con su familia, pero la cosa es más complicada de lo que parece. Ahí está lo universal. Diez años cambian a cualquiera. Entre esos años y los de la guerra, sus hijos, que eran niños, han crecido fuera de su tutela y son lo que son. Algo deben tener de él, se pregunta Antolín, pero, ¿habría sido igual de estar presente?

Barea publicó La raíz rota en 1952. España salía de su aislamiento internacional, Franco no iba a caer por el momento, aquello estaba cada vez más claro. El escritor se casó en 1924 y se divorció en 1938, su segunda mujer y con la que pasó el resto de sus días, la periodista austríaca Ilse Kulcsar, fue la traductora al inglés de sus libros. Barea tuvo cuatro hijos de su primer y fallido matrimonio y como Antolín, los dejó en España y aunque pudieron emigrar a Brasil más tarde, nunca los volvió a ver. ¿Fabula el escritor una vuelta que nunca tuvo lugar? ¿Se confronta con el pasado en la ficción? Desde luego, si esperaba encontrar lo que se encuentra Antolín, tuvo que pasar más de una mala noche. La familia se hacina en un cuchitril que deben encalar cada tres meses para evitar la proliferación de chinches. Viven humillados, porque su condición social ha caído a los infiernos de una corrala donde la intimidad se limita a unas cortinas de pared a pared. Luisa, su mujer, es fiel a las sesiones de espiritismo en las que don Américo, un viejo anarquista, invoca a su hija muerta a través de Conchita, una joven avispada y rumbosa que vive de la superstición de sus vecinos. Sueña con tener casa propia y criados, además de un cuarto propio forrado con terciopelo negro para seguir invocando al más allá. La hija, Amelia, vive pendiente de una vocación religiosa que solo llegará cuando tenga para pagar la dote al convento en cuestión. La tutela un cura altanero, compendio del nacional-catolicismo. Madre e hija esperan que Antolín venga con dinero fresco para colmar sus anhelos. En cuanto a los hijos varones, Pedro es un estraperlista y proxeneta que apunta a negocios más altos, algo para lo que el dinero del padre le puede venir redondo. Protegido de un coronel primero y luego de una madame después, se ha hecho falangista para cubrirse las espaldas. Su hermano Juan, en cambio, es un obrero comunista (lo que le sirve a Barea para deslizar, desde su convencimiento socialdemócrata, reafirmado por la experiencia del laborismo, varias puyas al dogmatismo marxista-leninista). La reunión, pasados unos días desde su regreso, de Antolín con su familia para comer un arroz desemboca en un cruce de reproches incendiario y es uno de los momentos álgidos de la novela.

La historia sigue su curso, con varias ramificaciones. Antolín encuentra lealtad en ese nido de miseria y corruptelas que es la España de Franco, una ayuda inesperada en la médium Conchita y recobra la ilusión con la novia de su hijo Juan, una muchacha huérfana donde Barea quizá vuelca el anhelo por su hija Adolfina, la única de sus vástagos con la que mantuvo una relación epistolar y que no pudo llevarse con él al Reino Unido. El final cierra unas puertas y deja otras abiertas. La raíz rota critica el abuso de poder, desgrana males patrios como la corrupción o la ignorancia, que por desgracia no fueron privativos del primer franquismo y las dificultades de mantenerse a flote en un mar de traiciones, desapego y miseria material y moral. Una novela interesante que como promete Barea al principio, va más allá del tiempo que describe y donde se ubica, por eso y por la pericia narrativa del autor, se sigue leyendo bien a día de hoy.

*Las imágenes están sacadas de un especial muy interesante del Instituto Cervantes, "Arturo Barea. La ventana inglesa" (https://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/barea/default.htm). 

10 comentarios:

  1. Hola Gerardo, Me apunto a Barea, hace tiempo ya, nuestro amigo en común Enrique, me dijo que no debía "perderme" a este escritor y por unas lecturas u otras no se había dado la ocasión, ahora lo subo a los primeros puestos de mi lista. Por cierto, leí cuentos de Ignacio Aldecoa y me pareció una joyita.. Un abrazo

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    1. Hola, Pura. Enrique sabe de lo que habla, "La forja de un rebelde" es un clásico y "La raíz rota" también tiene sus alicientes. Me alegro que te gustara Aldecoa. Espero que todo te vaya muy bien en la vuelta a la normalidad.
      Un abrazo.

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  2. La vida de Arturo Barea es como un remake de Casablanca, en el que al final Rick se marcha con Ilsa (primera coincidencia en el nombre). Para salir de España, al final de la guerra, les ayudó el ex marido, un Victor Laszlo que les proporcionó los salvoconductos necesarios (segunda coincidencia a la inversa). Todo esto lo escuché en un documental sonoro buenísimo sobre Arturo Barea en Documentos RNE. Ilsa fue la traductora de sus libros al inglés, y lo curioso es que tras el triunfo de la novela, diez años después, cuando le ofrecieron publicarlo en la América hispana, habían perdido el manuscrito original en castellano, por lo que Ilsa tuvo que retraducir de nuevo la obra al español (que es la versión que tenemos). Por supuesto, en España no se publicaría hasta la muerte de Franco, y sin padrinos de ningún tipo.
    La trilogía de "La forja" parte de sus vivencias personales, sin embargo, para "La raiz rota" (una especie de falsa continuación) utilizó testimonios indirectos, porque como bien dices, nunca volvió (yo creo que aunque hubiera podido no habría regresado porque encontró su sitio en Inglaterra). Hubiera estado bien una novela sobre su nueva vida en el exilio.
    Arturo Barea es uno de esos autores de lectura obligada.
    Un abrazo.

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  3. Hola, Juan Carlos. Buscaré ese especial de Arturo Barea en RNE. Hace unos meses encontré "Telefónica", de Ilsa Barea, novela ambientada a partir de su experiencia en los años de la guerra y muy en la línea de "La forja".
    Es curioso lo que dices de que Barea encontró su sitio en Inglaterra, porque es la impresión que saca uno de Antolín. Hay mucho del escritor en su personaje.
    Un abrazo.

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  4. Se nota que aunque la novela no haya podido beber del testimonio vital de su autor resulta igualmente solvente. A pesar de que Arturo Barea no regresara del exilio sí que parece haber mucho de él en su protagonista. Creo que es un acierto no mitificar el reencuentro con la familia dejada en España. Diez años, máxime en determinadas circunstancias, pueden ser toda una vida, especialmente si deja uno a los hijos siendo niños.
    No he leído nada de Barea. Supongo que no estaría mal animarme con La forja.
    Un abrazo

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    1. Hola, Lorena. Diez años y los tres de la guerra, así que era evidente que el reencuentro no podía salir bien. La relación de Barea con su familia española fue tormentosa e imagino que al fabular el regreso de Antolín no pudo evitar (o no quiso) meter mucho de él en su personaje.
      Barea es un imprescindible en su género.
      Un abrazo.

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  5. La corrupción y la ignorancia, tan propias del franquismo temprano ya existían antes y existen ahora. Creo que propias, más que de ese franquismo, lo son de esta tierra y conste que me duele decirlo.
    No sabia de esta novela, pero sí que disfruté hace años con las tres de La forja de un rebelde. Tomo nota de esta que creo que puede estar muy bien y así conozco un poco más al autor.
    Un beso.

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    1. Opino igual, son males endémicos de nuestra sociedad, imposibles de extirpar. Si te gustó La forja seguro que le sacas partido, aunque se considera una obra inferior tiene alicientes sobrados para haber pasado el examen del tiempo. Lástima que Barea fuera arrinconado por la literatura oficial, creo que la mayoría de sus artículos y relatos están sin traducir siquiera. El exilio le salió caro, aunque creo que hace unos años le pusieron su nombre a una plaza en el barrio Lavapiés.
      Un abrazo.

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  6. ¡Querido Gerardo!!
    sí me suena haber oído hablar o comentar la trilogía de este autor que aún siendo importante, no es demasiado conocido entre algunos lectores. Si te soy sincera, no creo que lo lea, no me atrae demasiado este tipo de lecturas, pero me encanta aprender cosas con tus reseñas, además que me gusta saber de que van también los libros que no voy a leer (hay tanto y tan poco tiempo que hay que ser muy selectivo con las apetencias)
    Besos

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    1. Hola, Marian. Está claro, con tanta diversidad de géneros y lecturas, hay que ser selectivo. Lo bueno de las reseñas es que, leas o no, acabas haciéndote una idea de lo que se publica y lo que hay, bueno o regular. Y en caso de tener ganas de cambiar de estilo o de lecturas, sabes por donde ir.
      Un abrazo.

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