Un
avión se estrella en una cordillera nevada y entre sus despojos, los
investigadores esperan hallar la caja negra. Este artefacto, que en realidad es
de color naranja para facilitar su localización, registra los datos de los
instrumentos y las conversaciones de la cabina. La psicología también tiene su
caja negra y según he podido entender (no del artículo de Wikipedia, que es un
galimatías), se trata de la parte opaca e insondable de la mente, su desconocido
mecanismo interno. Creo que ambos conceptos están en la novela de Marta Sanz.
Por un lado, es una crónica de la transición, la representación de la mujer en
el cine de la época y aquella patata caliente que fue la libertad sexual. Por
otro, se explora la intimidad de una niña en los albores de la
pubertad. La novela alterna una parte documental, donde desfilan entrevistas,
actrices del destape y alusiones a películas míticas de aquellos años, con la
narración en primera persona de Catalina, alias Daniela Astor, un rol
imaginario que la niña ha creado a partir del cine y las revistas del corazón.
Marta Sanz engarza ambas historias con habilidad, tanto que si bien se podrían
leer por separado, parece que si amputáramos alguna de las dos partes la novela
moriría desangrada.
Supongo
que las habrá, ¿sobre qué no se ha escrito? Pero no recuerdo un acercamiento a
la mente de una niña en ese punto de inflexión, cuando empieza a hervir la
leche de la adolescencia, justo antes de que la espuma desborde el cazo. O al
menos no lo recuerdo hecho con tanto atrevimiento. Porque Catalina es una niña,
pero nota la semilla de la mujer que será. El tono es inquietante y sórdido, la
fantasía empaña el espejo de la realidad, moldeada por lo que ella ve y lee. El
despertar sexual es incipiente, el lector adulto nota su aliento, pero el niño lo
percibe como un juego más. Es un camino de exploración constante, de búsqueda y
perplejidad.
En
la novela (ambientada en 1977), la mujer española se encuentra en una fase de
transición. Las madres de Angélica y Catalina trabajan fuera de casa, parecen
independientes, pero una vez dentro del hogar regresan al rol tradicional de la mujer que
limpia, cocina, plancha y en su matrimonio asume con resignación una posición subordinada, dice Catalina “nuestros padres tratan a sus mujeres como si fueran aún
niñas pequeñas” y tiene claro que “ni Angélica ni yo queremos ser como nuestras
madres”, ella prefiere ser “la madre de Blancanieves”. La novela aborda un conflicto clásico
que señala el fin de la infancia: la atracción y a la vez repulsa del
progenitor, porque, dice “me cansa que mi madre sea una madre, pero no quiero
que lo deje de serlo”, “para crecer, es imprescindible meterse con las madres”.
Daniela
Astor distorsiona el mundo que le rodea, incluso se erotiza cuando sale a
pasear con el padre de su amiga. Me gusta y atrapa. Es subyugante. Hasta que
pasa algo, una perturbación en la vida de Catalina y Daniela Astor desaparece.
La echo de menos, pero sigo leyendo. El protagonismo ahora recae en Sonia, la
madre de Catalina y su decisión firme de no tener el hijo que está esperando, en un contexto en el que abortar conlleva penas de cárcel y por ello más de 30.000 españolas viajan al año a Londres para someterse a esa intervención.
Este cambio se transmite al resto de personajes. Los hombres se convierten en
espantapájaros, el padre de Catalina pasa de maestro risueño a ser una comparsa, un idiota sin iniciativa propia y Luis Bagur de galán irresistible a pijo-progre con los dientes negros por fumar en pipa. La madre de su
amiga Angélica, descrita antes como la socióloga con gafas de culo de vaso que
pone lavadoras, se transforma en un puntal firme y
sabio de bonitos ojos azules. Ya no es la historia de una niña, su imagen de
feminidad moldeada por las películas de fantaterror y su periplo hacia la
adolescencia. Es una crónica sobre el aborto y una regularización que no se
abordó hasta bien entrada la democracia. La novela entonces se aleja de los
matices y cae en el blanconegrismo, Marta Sanz se posiciona y al final se
olvida hasta de Sonia Griñan y las últimas páginas lanza una pedrada para poner
los puntos sobre las íes. ¿Por qué toma esta deriva la novela? En esta
entrevista la propia Marta Sanz me da una pista:
Trataba de reconstruir una historia sentimental de la transición a través de las vivencias de quiénes éramos niñas en ese momento cuando se platean los cambios de Alberto Ruiz-Gallardón y a partir de ahí empecé a rescatar esa mirada tan sórdida sobre el aborto, asociada durante tanto tiempo a lo sucio, incluso a la brujería. La novela trata sobre una mujer que decide abortar porque sí (…), la suya no es una situación límite, no existe la tan requerida justificación
(Fuente: "Marta Sanz, una mirada valiente sobre el aborto", nuevatribuna.es).
Pero
desde mi subjetividad, torpedea el Titanic literario que había levantado en las
doscientas páginas anteriores. Poco falta para echarlo a pique. Cuando leía los
últimos capítulos de Daniela Astor, pusieron en televisión Los Olvidados, de
Luis Buñuel. Una obra maestra indiscutible, que sigue intacta después de
setenta años. En la película, se
retrata la miseria de unos suburbios, la delincuencia juvenil y ocurre algo:
los pobres son malos. Miserables, envilecidos, crueles, traicionan a los
amigos, se desentienden de los hijos, los débiles abusan de los débiles. Hace
tanto daño, ¡cómo escuece esta verdad!: la miseria material y afectiva, la
incultura, engendra miseria moral. Sin justicia, no se puede atenuar el mal y
la vida humana vale menos que una gallina. Tamaña perturbación hizo
empequeñecer el final de Daniela Astor, que tenía esa noche entre manos y el
capítulo final, donde hace una crónica burlesca de Sálvame, me lo quité de
encima como una mosca.
La
lectura de Daniela Astor forma parte de un club de lectura en el que participo de manera activa, adscrito al programa
del MECD “Por qué leer a los clásicos”. En él, siguiendo el tema de este año (escritoras
españolas), hemos seleccionado cuatro libros: dos lecturas clásicas muy
conocidas y dos ejemplos de literatura contemporánea, que vamos alternando. La
primera fue la obra maestra de Mercé Rodoreda, La plaza del diamante, que tuvo un éxito rotundo. La segunda fue Daniela Astor y la caja negra, de Marta
Sanz. Su estructura posmoderna, las partes documentales y el atrevimiento con
el que retrata a una adolescente nada complaciente causó algo de estupor. Con La voz dormida de Dulce Chacón supongo
que no habrá tantas pulgares hacia abajo y tengo curiosidad por la acogida de Las efímeras de Pilar Adón. Autora que
además vendrá a hacernos una visita en marzo, ¡estoy deseando conocerla! Ni que
decir tiene que para elegir las lecturas me basé en las reseñas de los blogs
que sigo, por ejemplo el de Lorena (El páxaru verde) o el de Ana (Lo que leo locuento), inactivo a día de hoy. Ahora se habla mucho de “salir de la zona de
confort”, hasta en los anuncios de ginebra y como lector hay que hacerlo, pero
no con el pie echado, sino con los brazos abiertos y esto no es fácil de transmitir y mucho menos de compartir. Aquí seguro que encuentro mayor comprensión.














