Para
todo hay una primera vez. Recuerdo que desde muy niño me atraía el olor a goma de borrar, los lápices afilados de fábrica,
puntiagudos como agujas y a la vez tan quebradizos y el susurro del grafito
contra el papel. Pero era, ya lo he dicho, muy pequeño
y como no sabía escribir tenía que limitarme a asir el lápiz y garabatear
hileras de hormigas, siguiendo la cuadrícula del cuaderno. Así llenaba hojas y
hojas.
En
cierta ocasión, una vecina pasó por la puerta de casa de mi abuela y al verme enfrascado en mi primitiva escritura, exclamó con asombro: ¿es que sabe escribir, tan pequeño? Me sentí importante, pero aquella sensación de crecer
dos cuartas de golpe se esfumó pronto, cuando uno de los niños mayores con los
que estaba le contestó huraño: ¡qué va a saber, solo hace pintarrajos!
Recuerdo
esa escena de mi infancia como si fuera ayer. Me contemplo a mí mismo,
minúsculo, sobre una silla con la tapa de enea repintada tantas veces que la pintura formaba una costra sobre la
madera. Hay ciertos recuerdos que son así, los revivimos proyectándolos desde
fuera, como si viajáramos hacia atrás en el tiempo, en lo que es la película
grabada de nuestra vida.
El
caso es que los intentos prosperaron y aprendí a escribir, pero mi obsesión por
los garabatos se materializó en la costumbre de dibujar todo lo que estaba a mi
alcance y fuera de él. Sin embargo, lo considero el primer aviso.
Avanzamos
un poco más. Aquí tengo unos dieciséis años. La pubertad nos contiene como una
crisálida, donde se forja el adulto que seremos. Hay mucha furia y mucho miedo.
Un torrente de vida que parece va a desbordar la presa de tu propio cuerpo. Y ahí es cuando sentí la necesidad de agarrar un cuaderno
cualquiera y escaparme al rincón más solitario del parque y escribir, vomitar
palabras, para sentirme mejor, para entender lo que me pasaba, para no volverme
loco. Así vino la escritura en mi ayuda.
Conservo
uno de estos cuadernos, no por su calidad literaria, sino por su valor testimonial.
Una parte de mi vida, tragada por el sumidero de los años, quedó parcialmente
preservada en esa letra grande, redonda, que apenas reconozco como mía.
Comienza así: a veces me preguntó qué
sentido tiene lo que hago. Por qué hice esto o por qué hice aquello. Y
trato de responderme. Metafísica adolescente. Palabrotas. Ingenuas frases
lapidarias. Convidados de ficción (Marc Renton, Alex De Large, Vicent Vega).
Faltas de ortografía (curiosamente pocas). Me
llama la atención su pulcritud. Ni un tachón. Perfectamente legible. Parece que
el garabateo temprano me hizo adquirir una gran habilidad motriz fina.
A
nadie se le escapa que la literatura puede funcionar como terapia. Leer, por
supuesto. Pero también escribir. Escribir es adentrarse en la parte más oscura, inhóspita y salvaje de uno mismo. Escribir es conocerse. Todo
adolescente siente esa necesidad de autoafirmación, que acaba derivando en un
diario escrito. Hoy supongo que lo hacen por otros cauces que también
incluyen, de una u otra manera, la escritura.
¿Qué pasa después? Pues que uno es lector y a la vez que lee imagina y a veces
lo que lee pide alternativas. ¿Por qué no volver a la vida a ese personaje
injustamente eliminado? ¿Por qué no seguir donde el autor ha puesto el punto y final? Empiezan las historias propias, que se solapan
con las entradas del diario. Pero la pubertad concluye, las historias dejan de
interesarte. Decides ser simplemente lector.
Hay
un lapso de tiempo en el cual esta afición se deja de lado. La vida adulta te
fagocita y lo prosaico se adueña de cualquier pretensión creadora. Para qué
escribir. ¿Te ayudará a pagar la hipoteca? Quizá, si eres muy bueno. Pero no lo
eres. Y además, ¿quién va a leerte? En fin, la escritura se convierte en una
pérdida de tiempo. Así de claro.
Yo
he pasado por todas las fases. De niño fascinado por ese gesto mágico, la varita
convertida en lápiz y las palabras trazadas como un conjuro. De volcánico
adolescente que necesita expresarse y maltrata la gramática y el léxico en
cuadernos secretos, sellados para el resto del mundo. De
joven lector entusiasta, que trata de componer sus propias historias y al
gritar al mundo que escribe y quiere ser leído, solo le responde el eco de su
propia voz.
Entonces,
¿por qué retomarlo, siendo padre de familia, en la cuesta abajo que me conduce
inexorablemente, si la fatalidad no se interpone, a los cuarenta?
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| "En la cama con Chejov" de Pablo Gallo (foto: eintheroom.com) |
Escribir
me causa un placer indescriptible. Así lo digo. Una de las razones por las que
escribo es por puro hedonismo. Disfruto, casi tanto como cuando leo buena
literatura, juego con mis hijos, beso a mi mujer, escucho a Billie Holiday o
corro por caminos de polvo atravesando el campo recién segado. ¿Por
qué privarme? Pero es un placer el de la escritura que tiene también sus
aristas. Su síndrome de abstinencia. Su pequeña o gran dosis de frustración,
cuando las ideas se enfangan o se materializan deformes, nada consecuentes con
lo que imaginabas en el duermevela, o mientras volvías del trabajo a casa (Platón
sabe de esto). Sus sinsabores si aspiras a ser leído y valorado.
Sin embargo, en su justa medida, la escritura me absorbe como un beso. Me hace perder la
noción del tiempo. Me hace proyectarme fuera de mi cuerpo. Me hace olvidar
cualquier necesidad fisiológica. Preso de una idea, podría privarme de dormir,
de comer, hasta lograr materializarla en el papel. Ese arrebatamiento, me
recuerda a los tiempos de furia enamoradiza, de niño entretenido con dos
cuerdas y un palillo. Escribiendo soy dueño del espacio y del tiempo. Transito
entre dimensiones, por mundos paralelos. Cuando cae el telón y acaba todo, es
extraño y a la vez gratificante contemplar las siete u ocho páginas escritas.
La historia urdida de la nada. Las metáforas. Las frases puestas en boca de
personas que nunca has conocido.
Así
que sigo aquí, atrapado por este placer culpable. Masticando la nicotina de
unos versos o respirando el perfume de una buena historia. Deformada o
compuesta con toda la habilidad de la que soy capaz.
Otra
de las cosas que me fascina es cuando brilla
una idea, como una pepita dorada, donde menos te lo esperas. Cualquier insignificancia enciende
el mecanismo. Luego viene la fase que añade leña a esa brasa, y la historia se va cocinando en el horno de tu cabeza,
brotando despacio, durante un paseo nocturno, en los minutos despierto antes de
que suene el despertador, flotando en un vaso, qué se yo.
Llega
el momento de escribir. La mayoría de las veces es algo casi instantáneo, los
dedos repiquetean sobre el teclado y los relámpagos se alternan,
fogonazos de ocurrencias que parece que estuvieran preparados de antemano,
prestos a ser extirpados. El resultado es un tosco manuscrito, que luego es
preciso repasar y pulir, hasta donde uno pueda. Esa fase, de perpetua
revisión, de control sobre lo creado, de minuciosidad para que todo se diga
como debe decirse, me fascina. Me siento casi un artesano o un artista.
También
voy a decirlo, porqué no. En esto escritura y lectura son coincidentes. Estas
horas que paso frente al ordenador, son mi salida. Con la escritura escapo de
un mundo sobre el que, por desgracia o afortunadamente, no ejerzo ningún control.
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| Edward Hopper, "Habitación de hotel" (Museo Thyssen, Madrid) |
Escapo
de su banalidad. Prefiero dedicar dos horas a escribir o a pensar en lo que
escribiré, que no a darle vueltas al ruido del televisor del vecino, al
comentario maledicente de un compañero de trabajo o a si debo cambiar Movistar por Vodafone o Unión Fenosa por Iberdrola.
Escapo
de su injusticia. Olvido a los estudiantes masacrados de México o a las mujeres
sometidas a trata, esclavas contemporáneas bajo los grilletes de un club de carretera.
Incluso con mis palabras les rindo tributo, trato de alterar conciencias para
darles visibilidad. Remiendo un poco esta grieta profunda llamada mundo.
Soy
más feliz, en suma, si al final del día he podido dar forma a una historia. Ese mundo,
pequeño, imperfecto, creado por mí, calma mi hígado, devuelve la quietud al mar
ácido de mi estómago.
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| Foto: taringa.net |
Escribo,
luego soy. La escritura me permite ser
algo más que un número de cuenta. Haciendo un trabajo creativo, me rehumanizo,
escapo del hombre máquina, del consumidor autómata, del espectador pasivo
frente al televisor y soy alguien. Ese es el lugar de la cultura en nuestro
mundo, por eso se la destruye, porque atenta contra el proceso del regreso a la
caverna (tecnológica).
Para
acabar con esta reflexión, debo añadir una última cosa: ser leído. Esta es una
de las fronteras más alejadas de mi reino. Sobre ella pesa una bruma perpetua.
Con este blog trato de despejar el camino. Es cierto que exponer lo que uno
escribe tiene su riesgo, hay que hacerlo siempre con la guardia de la humildad
protegiendo el mentón. Por mi parte, no puedo decir que sea la motivación
esencial hasta el día de hoy. En un futuro no lo sé.