viernes, 7 de octubre de 2016

PUBLICAR A TODA COSTA



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Paso por un momento, quizá contagiado por este otoño tan atípico, de sequía lectora. Me gusta dedicar tiempo a mi trabajo fuera de la jornada matinal, nadando a contracorriente de lo que la mayoría presupone. La noche suelo dedicarla a leer o escribir, generalmente las dos cosas porque soy multitarea, a mi pesar. Digo suelo porque llevo un mes en el que mis hijos están francamente rebeldes y se niegan a irse a la cama a una hora razonable para su edad (casi cuatro y dos añitos). Uno de los rasgos de mi carácter que he fortalecido con la paternidad es el de la paciencia y me aplico a la tarea de dormirlos como si fuera un Buda. Revoluciones aparte, la cuestión es que a las once y pico de la noche, cuando consigo que ronquen, ya estoy a un paso del agotamiento. Así que mis ansias lectoras (que vosotros, blogs amigos, alimentáis) se ven interrumpidas, pero no menguan. Lo mismo ocurre a la hora de escribir, estoy todo el día en estado de ebullición, con la tapa bailando encima de la olla de mi cabeza y en cuanto agarro el teclado solo se escucha en la casa el tableteo de ametralladora de mis dedos (por suerte escribo rápido), durante treinta minutos o una hora. El resultado, pues algo como esto. Un ruina montium, al estilo de los romanos. Agua, barro y espero que alguna pepita, aunque sea de oro “golfi” (se escribe “gold-filled”). 

Se me olvidaba el motivo por el que me he sentado a escribir ahora, cerca de las doce. En parte es por no perder el hábito. Como no tengo lecturas nuevas (todavía estoy acabando Los detectives salvajes), pues os cuento mis cuitas literarias, ya que el blog va un poco de eso. 

Esta semana he recibido dos emails un tanto desconcertantes. En el primero, me anunciaban el fallo de un concurso de novela corta. Dejo un pantallazo, borrado lo esencial, que tampoco me quiero meter en líos. Bastante tengo con el mundo real para embarrarme con el virtual. Para los perezosos, el mensaje dice que no he sido el afortunado, pero que han hecho una selección de obras (intuyo que es mentira) “que tendrían cabida" en su "sello editorial”, pero debido a la falta de presupuesto, no pueden publicar. Eso sí, si considero “oportuno aportar los recursos económicos necesarios”, pues ellos encantados. Les ha faltado pedirme que saque la basura y al perro. En fin, yo sé que la autoedición es moneda corriente en autores nóveles, pero esta “oferta” es ya pasarse de listos. Aunque soy muy ignorante del mundo editorial y lo mismo el que se está pasando de listo soy yo. Lo peor es que el mensaje toca un tema peliagudo y es el de la vanidad, que todos tenemos en mayor o menor medida. “Hemos hecho una selección de 20 novelas”, entre trescientas y pico. Uno se pregunta, ¿será verdad eso de que estoy en el Top-20? Pues mi intuición, que falla poco, me dice que no. Esto es una táctica comercial. Así que a la papelera de reciclaje. 


El segundo mensaje va en un sentido parecido. Este verano acabé un conjunto de relatos que tengo sobre el tema del desarraigo, la memoria y tampoco os quiero cansar, pero se me pasó por la cabeza tratar de publicarlos. Una editorial me contestó esta semana con otra oferta “tentadora”. En resumen, más de lo mismo. Tocan la fibra de la vanitas (corto y pego: la difícil situación por la que atraviesa el mercado editorial ha impedido valorar positivamente las posibilidades comerciales de una obra cuyo autor aún no goza de la notoriedad que merece) y luego me ofrecen una coedición, cosa de poco: desembolsar mil eurillos para comprar cien de mis libros. Eso sí, una inversión—aseguran— fácilmente recuperable. No he contestado todavía a este email. 

Ambos mensajes me han hecho pensar en la cuestión de publicar. No tengo mucho tiempo, ya lo comentaba. Además, escribo ficción desde hace apenas dos años. Antes le dedicaba tiempo a un diario personal y a pergeñar poesías espantosas, sin rima ni nada, pero que me servían de purgante. A pesar de todo, ya tengo una producción más o menos copiosa, teniendo en cuenta las circunstancias. La gran mayoría no lo ha leído ni mi mujer. Algunos han recibido algún premio menor o han sido finalistas y por ahí andan, en antologías de andar por casa. De todo esto, me ha extrañado no tener ilusión por publicar, una vez que he recibido estas dos ofertas que aún a pesar de sus condiciones leoninas, me deberían hacer dudar. Pero en mi caso, casi me han llevado a desistir de seguir intentándolo. Es decir, seguir enviando material a concursos o a editoriales. Si publico algún día, no quiero arrepentirme luego. No quiero avergonzarme. No sé si es soberbia por mi parte, pero me gustaría que mereciera la pena lo que hago si me decido a darle visibilidad, no para entrar en el Olimpo, que desde hace tiempo está cerrado a cal y canto. Pero como escuché hace poco a Benjamín Prado, y ya son las doce y media, tengo que acabar porque luego me ataca el insomnio, vocación y equivocación son palabras demasiado parecidas. No quiero equivocarme y ese miedo, me parece a mí, convierte a la vanidad en una cucaracha que apetece hacer crujir bajo el zapato.  

*La fotografía del principio es la Alegoría de las Artes de Vicente Palmaroli González (1834-1896) (laalcazaba.org)

viernes, 23 de septiembre de 2016

"La bailarina de Izu" de Yasunari Kawabata



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Yasunari Kawabata nació en Osaka en 1899. Quedó huérfano con tan solo tres años; en realidad, tal y como señala en alguno de sus relatos, perdió a casi todos sus parientes siendo muy joven. Mantuvo una estrecha amistad con otro de los grandes escritores japoneses, Yukio Mishima. Además de la literatura también se dedicó al cine, participando como actor y guionista en algunas de las adaptaciones de sus historias. En 1968 se convirtió en el primer escritor japonés en recibir el Premio Nobel de Literatura. Murió en 1972 por inhalación de gas, se cree que de manera intencionada. 

La bailarina de Izu (Seix Barral, 2016), es en realidad una colección de relatos. Está dividida en dos partes. En la primera, denominada “UNO”, figura el relato que da título al libro y Diario de mi decimosexto año, junto a otras tres historias; son las que más me han impactado y en las que voy a centrar mi reseña. Las historias breves que el autor denominó “Historias de la palma de la mano”, están agrupados en la parte denominada “DOS”. 

En La bailarina de Izu un joven estudiante que realiza un viaje a pie desde Tokyo se une a un grupo de músicos ambulantes; entre ellos va una muchacha de unos catorce años (aunque el presupone de mayor edad), de la se enamora de la forma más simple, porque para caer a los pies de alguien basta siquiera un segundo. La descripción del paisaje y la naturaleza no solo como escenario, sino como elemento que fluye con el espíritu, el sosiego y ritualización de cada gesto, por insignificante que sea; la sencillez y delicadeza de todo el relato, las emociones que nunca se desbocan, sintetizan el ambiente tan particular creado por Kawagata. Es una historia que se alimenta de miradas y silencios, de un erotismo contenido y fugaz. Refleja la ternura y pureza del primer amor, la timidez y desorientación de ese sentimiento que al principio uno no sabe muy bien cómo manejar. Habla de la frustración también, cuando parece inalcanzable. 

Llegamos a la cima de la montaña. La bailarina colocó el tambor sobre un banco en el césped seco y se enjugó la cara con un pañuelo. Comenzó a limpiarse el polvo de las piernas y luego, de pronto, se agachó a mis pies y comenzó a limpiar el dobladillo de mi hakama. Me aparté con un violento estremecimiento, y ella se dejó caer de rodillas haciendo un ruido sordo. Limpió el polvo del bajo de mi kimono, luego soltó el dobladillo. Yo me quedé de pie allí, respirando profundamente. 

Por su parte, Diario de mi decimosexto año es un curioso ejercicio literario. Presentado como un diario verídico que el propio Kawagata tomó de su puño y letra durante la agonía de su abuelo, incluye aclaraciones con corchetes hechas por el autor años después, junto a reflexiones intercaladas. Kawagata rescata un episodio de su pasado, al que asiste con estupor, puesto que no siempre coincide con sus recuerdos. Uno de los mayores alicientes que encuentro en la lectura es su capacidad para mover a la reflexión. La distancia entre lo que de verdad ocurrió y esos recuerdos falsos; la manipulación que realiza nuestra propia memoria, alterando o directamente eliminando lo vivido me parece un tema muy sugerente y que en el fondo me obsesiona. Transcribo aquí un par de párrafos al respecto:

No puedo imaginar que algo simplemente se haya “desvanecido” o “perdido” en el pasado tan sólo porque no lo recuerdo. Esta obra no pretendía resolver el enigma del olvido y la memoria. Tampoco tenía intenciones de responder a los interrogantes de tiempo y vida. Pero es verdad que ofrece cierto indicio, alguna evidencia.

Mi memoria es tan mala que no puedo creer con firmeza en ella. A veces pienso que el olvido es una bendición. 

Pero hay más en este diario, porque un joven Kawagata tiene que hacerse cargo de su abuelo, ciego y paralítico, asistirlo en sus necesidades fisiológicas, controlar la irritación que le provoca su carácter, agriado por la enfermedad, por la derrota definitiva que es verse a las puertas de la muerte: en ese momento no hay nada que hacer, salvo abandonarse. Es algo sobre lo que también leí este verano con La muerte de Iván Ilich de Tolstoi. 

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Kawabata durante el rodaje de La bailarina de Izu (Foto: conoce-japon.com)
El mismo tema sobrevuela otros dos de las historias más destacadas, también autobiográficas: “Aceite” y “Experto en funerales”. El primero es el relato de un niño privado no solo de sus padres a temprana edad, sino de cualquier recuerdo propio sobre ellos. Pensar en ello me asusta, porque mis hijos son tan pequeños, que en caso de morir pasado mañana sería para ellos poco más que un fantasma; si acaso el origen de un trauma, como el que Kawagata va deshilando tras una conversación con su tía en la que le cuenta cómo rompió las velas y vertió el aceite de la vasija del altar durante el funeral de su padre.
Cuando oí la explicación de mi tía, me di cuenta, por primera vez, de que mi propio dolor estaba incluido dentro de la historia. Para mí, que odiaba la luz de la lámpara de aceite del altar, la muerte de mis padres quizá se había filtrado en mi corazón como el olor del aceite.
El segundo, ese experto en funerales a la fuerza, porque asiste periódicamente a la debacle de su familia, de parientes que nunca ha conocido y que comenzó con la muerte de sus padres, es una historia sobre la soledad del huérfano, expresada de forma rotunda ya en la primera frase: desde pequeño, no he tenido mi propia casa ni tampoco un hogar y que nos enfrenta con la muerte, en frases demoledoras e intensas imágenes.
Cuando alguien habla de mis padres no se qué actitud adoptar al escucharlo. Mi único deseo es que finalice pronto. 

Lo único que recuerdo de mi hermana es la imagen de su ropa blanca de luto mientras un hombre la cargaba de espaldas. Aun cuando cierro los ojos e intento pegarle una cabeza y unos miembros a esa imagen, solo aparecen en mi mente la lluvia y la arcilla roja del sendero.
Es una estética que alaba lo insignificante, que compone la historia con breves retazos, con palabras claras y certeras. Una literatura de sensaciones; me recuerda a la propia caligrafía japonesa: sencilla en apariencia, pero que requiere precisión y exactitud en el trazo. Sobre ese fondo blanco, como en la caligrafía, los párrafos de Kawagata se rebelan pequeñas piezas maestras, donde se expresa justo lo que se quiere expresar, cargados de imágenes poéticas y simbólicas, que evocan emociones e inspiran, como la meditación, pensamientos profundos. 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Mi viaje alrededor del mundo

Este verano mis lecturas me han permitido viajar miles de kilómetros. Un viaje no solo geográfico, sino también a través del tiempo: cerca  de siglo y medio de nuestra historia reciente, más o menos. Un vaivén de un lado a otro del mundo para conocer otras culturas y formas de ver la vida; sobre temas como el amor y la muerte, que trascienden cualquier época y florecen en los contextos más insólitos. Un viaje donde he aprendido que hay muchas formas de contar historias, todas igualmente válidas y lo estimulante que es salir de la trinchera del canon literario, sin vararse en un solo género.

Mi viaje comenzó en Sudáfrica, nada menos. ¿Quién me llevó hasta allí? No fue una compañía de bajo coste, de esas que te dejan de un palmo de narices cinco minutos antes del embarque, como se ha visto. Fue el premio Nobel J.M. Coetzee con La edad de hierro (1990). Es una novela que se desarrolla en el contexto del apartheid, una alegoría política y también una historia sobre la enfermedad, la soledad y la injusticia. Una mujer que padece un cáncer incurable se dirige por carta a su hija, en una suerte de catarsis. Mientras apura esos últimos meses, aparece en su vida un mendigo y entre ellos surge una relación ambigua, no de amistad, ni amor; es compleja y a veces desconcertante. La protagonista se adentra a su vez en la desoladora realidad de un país dividido y violento. Coetzee consigue crear un ambiente de intimidad entre el lector y la narradora, pero también de angustia, indignación y desesperanza. Pesimismo, si, pero ¿qué puede uno esperar cuando sabe que apenas le quedan unos meses de vida?

De Sudáfrica me trasladé vía ebook a Bielorrusia. Esta vez Voces de Chernóbil de la también premio Nobel Svetlana Aleksiévich. Un trabajo que la autora finalizó en 1997, después de diez años y que fue ampliado con posterioridad. Está compuesto por una serie de entrevistas a testigos y protagonistas del accidente nuclear. La propia Academia valoró que Aleksiévich había inventado un nuevo género literario y es cierto, no se trata de un libro de historia al uso, tampoco es ficción ni periodismo. Ha costado horas de paciente escrutinio llegar hasta la raíz, la auténtica memoria personal. Ella lo llama “historia del alma” y de ahí su impacto en el lector ya desde el primer testimonio. Hay además un juego de contrastes entre el hecho histórico y la percepción individual, entre memoria e historia. A pesar de todo, uno lee con indignación la forma en la que las autoridades soviéticas (de la tan bien valorada en occidente era de Gorbachov) ocultaron la magnitud del desastre, entre otros desmanes.

Apenas tuve que desplazarme unos cientos de kilómetros para mi siguiente lectura. Allí me esperaba en su dacha de verano León Tolstoi; esta vez un clásico del pasado (Aleksiévich lo será del futuro), la novela corta Muerte de Iván Ilich. De nuevo el tema de la muerte. Pensaréis: ¡vaya tío más alegre!, pero juro que no seleccioné estas lecturas adrede, fue el puro azar. Cambiamos, eso sí, de registro narrativo: narrador omnisciente en tercera persona. Es una historia que nos pone en una tesitura, ¿estamos preparados para la muerte? ¿Cómo afrontar la enfermedad, la propia agonía, el final del viaje? ¿De verdad vivimos nuestra propia vida? Hay una frase demoledora, que Ivan Ilich, consciente al fin de que la enfermedad que padece durante años le llevará a la muerte, se dice a sí mismo: ¿y si mi vida entera hubiera sido una equivocación? Reconozco que me ha conmovido, llevaba mucho tiempo sin leer algo tan perturbador. La narración de los últimos momentos de Ivan Ilich es magistral, insuperable. 

Tocaba cambiar de continente y de registro, así que decidí cruzar “la mar océana”, no en carabela, sino a pie (primera hora, eso sí) hasta mi biblioteca. Allí aterricé en Estados Unidos, ese gran país que ha engendrado –creo- un género literario conocido como “realismo sucio”, senda que recorrí, de perdedor a perdedor, con Bukowski y John Fante hace muchos años. Siguiendo las recomendaciones de otros blogs leí Incendios de Richard Ford, del que tomé notas, seguro, pero no las encuentro. En ella se nos cuenta la historia de una familia americana bastante común, a través de los ojos de su hijo adolescente, cuya existencia de aspiraciones vanas se ve alterada de la noche a la mañana. Todo con una urdimbre de frases cortas y personajes a los que cuesta expresar sus emociones, algo desconcertados ante una realidad que les sobrepasa, bajo una nube de trauma, depresión y hastío, donde lo previsible se convierte en incierto.

Y de ahí, sin moverme de la gran América, pasé a Vida de este chico de Tobias Wolff. Una de esas novelas tipo agujero negro, porque una vez que la abres ya no hay manera de escapar de su atracción gravitatoria. Te absorbe hasta que la acabas. En ella el autor nos relata su propia infancia y adolescencia. Después de vivir a salto de mata durante algunos años, recala en Chinook, un pequeño pueblo cerca de Detroit; allí conoceremos a Dwight, su brutal padrastro y sabremos de sus andanzas como delincuente juvenil y boy-scout. Wolff, que se hace llamar Jack en homenaje a Jack London, elude la nostalgia y la autocompasión. Se presenta como un chico amoral, abúlico, mentiroso y lo digo: fascinante. 

Como América es un continente tan vasto y apetecible seguí mi viaje hacia el sur. En concreto México, con Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. La novela de Bolaño es original y en algunas partes deslumbrante. Es literatura sobre literatura y también una autobiografía, con el alter ego de Roberto Bolaño pululando entre sus páginas, pero siempre desde el prisma de los otros. Está organizada en varias partes.

La primera es el diario de un poeta diletante y prodigio sexual, por lo que cuenta, un tal García Madero. Narra sus encuentros con un grupo de poetas disidentes que se conocen como real visceralistas, liderados por Ulises Lima y Arturo Belano-Bolaño, junto a otras tramas paralelas. Es divertida y engancha. Me rindo también ante ese vocabulario, vivo y palpitante con la que Latinoamérica en general y México en particular han enriquecido el castellano.

La segunda recoge el testimonio de más de cincuenta personajes que estuvieron de algún modo relacionados con Ulises Lima y Arturo Belano. Es más experimental, por su fragmentación: pura vanguardia y habrá a quién le fascine, pero también quien acabe hastiado de tantas vueltas y revueltas. Y en cuanto la tercera… Interrumpí la lectura por diversos motivos, pero la retomaré en breve. El libro lo permite.

Acabando; después del huracán Bolaño y la vanguardia me apetecía algo de calma zen, así que crucé otro océano, esta vez el Pacífico y me quedé un rato en Japón. Recorrí las montañas, visité una terma y tomé el té mientras escuchaba el samisén. Fue junto a Kawagata y La bailarina de Izu; como este es el más reciente le dedicaré una reseña extensa en breve. 

Sigo en tierras niponas, mientras trato de que la LOMCE no me ponga contra las cuerdas, ahora con un hit japonés de amor adolescente entre manos: Un grito de amor desde el centro del mundo de Koichi Katayama. Podéis escuchar una video reseña de la booktuber Rainbook si os pica la curiosidad. ¿No ha estado mal el viaje, verdad? Y sin Jet lag.  

miércoles, 31 de agosto de 2016

APOCALIPSIS LECTOR

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Hoguera de libros, imagen de la película Fahrenheit 451, basada en la novela de Ray Bradbury (http://utopiacritica.blogspot.com.es/)

En junio de 2016 el CIS publicó los resultados de una encuesta sobre hábitos de lectura, realizada a unas 2.500 personas mayores de dieciocho años de toda España, que arrojaba el siguiente dato demoledor: el 39,4% reconocía no haber leído un libro en los últimos doce meses (enlace a la noticia aquí). Una cifra mayor que la publicada en diciembre de 2014, donde el porcentaje de personas que no leían nunca o casi nunca era de un 35%. ¿Estamos ante un apocalipsis lector?

Quizá condicionado por la noticia, este verano me ha parecido que la presencia de lectores en las playas y lugares de vacaciones que he visitado era algo casi testimonial, cuando siempre han brotado bajo la sombrilla como setas, fenómeno que para el que escribe resultaba reconfortante. De hecho, restando al turista extranjero del total, parece que el lector ibérico va a sustituir al lince homónimo como especie amenazada. El playero ahora tiene entre manos el móvil, donde puede conectarse a Internet, chatear y ojo, también leer, pero una lectura permanentemente amenazada por el silbido del whatsapp, la tentación de hacerse una foto y compartirla en facebook o Instagram y otros depredadores de la atención que no dan tregua.

Libros leídos por año
Datos sobre hábitos de lectura del CIS (diciembre de 2014), fuente: sinmediatinta.com

El descenso de lectores es un tema que va ligado al desarrollo de las nuevas tecnologías, pero que también tiene que ver con la elevada tasa de fracaso escolar y las sucesivas hornadas de jóvenes que se amontonan sin querer abrir un libro. La cultura es pasto de minorías. 

En el llamado Observatorio del Libro encontré otro dato demoledor: en España se publican al día 250 nuevos títulos (incluyendo libros técnicos y de todo tipo, no solo literatura), se producen 621.000 ejemplares y se venden 421.000. Es decir, que un tercio de todo lo editado fenece en las estanterías de tiendas y almacenes, criando polvo.

El sector del libro en España (2013-15) según el Observatorio de la Lectura y el Libro (fuente: http://blog.biblioteca.unizar.es/)
Así que en mi coctelera mental se mezcló el escaso porcentaje de lectores asiduos que hay en España con el exceso de oferta y la conclusión no es muy alegre, que digamos. En mi caso, que además de leer y esto no me lo quitan ni a tiros, escribo a ratos, la cuestión es que aparte de una motivación personal similar a la que pueda tener un corredor amateur de maratón, que apenas bajará de las cuatro horas y es probable que acabe con artrosis, no hay otro motivo para seguir escribiendo. El grueso de la venta de literatura en España corresponde a la novela histórica, novela negra, infantil y juvenil, a la que se agregan los best-sellers al uso, que muchas veces son “obra” de personajes famosos, presentadores de televisión, etc. En fin, puro márketing. 

Tengo que reconocer que en esa división no tengo hueco, lo que escribo es tan personal que no tiene mercado. Además, ¿qué puedo decir yo sobre la naturaleza humana que no haya dicho ya Tolstoi? ¿Puedo ser original habiendo existido sobre la tierra un tal Roberto Bolaño, escritor que dicho sea de paso, apenas vendió en vida? ¿Soy capaz de expresarme con el lirismo, sencillez y dulzura de Yasunari Kawabata o dominar el castellano como Cervantes, autores ambos que tengo ahora entre manos? La respuesta es un no rotundo. Y ojo, que no me comparo con ellos, faltaría más. Es solo que tengo la impresión de que en literatura todo está dicho y con tal grado de perfección que uno solo puede aspirar a repetir lo ya hecho, con menos fortuna, pericia, profundidad y belleza. Además, es tedioso contemplar de lejos como escritores actuales, incluso en los ámbitos del amateurismo, se despedazan y desprecian entre ellos o descienden al tribalismo apoyando de forma irracional a los “suyos”, mal contemporáneo que hoy (escribo a 31 de agosto) puede observarse en directo en el Congreso de los Diputados.

Estoy ahogándome con esa idea en la garganta: cada vez se lee menos, se venden menos libros, pero por una locura –transitoria- del mercado, se editan más sujeta mesas y decora estanterías, o archivos que como moscas aplastadas acaban en la papelera de reciclaje de Windows. Crece una burbuja que cuando estalle acabará con la lectura y la escritura tal y como la hemos conocido. La lectura profunda, la de encerrarse en un libro y notar como con el paso de los minutos, entre el silencio, brota un pensamiento propio que tiene su raíz en lo que acabas de leer, será desterrada por la impaciencia de estos tiempos, convertida en un acto excéntrico y minoritario. La demanda de lecturas breves, sencillas y rápidas aplastará como un torno a la literatura tradicional: la demanda se impone, es la lógica del mercado. Aunque nos queden los clásicos, como Tolstoi y el ejemplar que me llegó por herencia de Guerra y paz, justo este verano y que no creo que pueda leer jamás.

Solo puedo aspirar a la escritura como vía de escape, de realización personal y placer amateur, que no es poco y ejercer la lectura apasionada, del que disfruta y mastica despacio. Resistiré, como escuché entonar a Barón Rojo este verano, anacronismo que me hizo pensar otra vez en mi faceta de lector-vampiro y escritor aficionado sin demanda ni perspectivas. 

          

jueves, 30 de junio de 2016

HOTEL PLAYA PARK, VACACIONES EN FAMILIA



Mientras preparo la temporada lectora-estival os dejo una locura de relato playero, premiado en el Certamen Literario Internacional Gran Hotel Puente Colgante-Rotary Club de Portugalete el pasado mes de abril (foto: 20minutos.es)

Acodado en la mesa, Adrián contempla a sus hijos escarbando en el plato de arroz. Apura la segunda cerveza y busca con los ojos a la camarera rubia con el tatuaje de letras chinas en el antebrazo. Puede divisarla al otro lado del comedor, la falda de cintura alta de color azul y aunque delgada, bajo la blusa a rayas rojas se adivinan unos pechos generosos.
Le ocurre siempre que va a la playa. El cuerpo femenino expuesto a la despiadada luz solar, tanta desnudez premeditada y directa, sin veladuras, le deprime. Tumbado en la hamaca, contempla a las mujeres que se interponen en su campo visual con enfermizo detenimiento: el cabello mojado, de apariencia correosa, adherido al cráneo; la piel achicharrada en los hombros, los lunares y manchas con formas caprichosas; los depósitos de grasa bajo la piel y las ramblas blanquecinas de estrías. En definitiva, la ruina del cuerpo humano, su morbidez, la lozanía tan efímera, casi un suspiro y la larga curva de decrepitud, peor o mejor disimulada. Adrián no repara en su propia devastación, porque como el naturalista que recorre la selva y cataloga insectos y especies raras de plantas, se excluye de su estudio.
Al mismo tiempo, como una balanza que se inclina hacia un lado u otro, la mujer vestida se revalorizaba a sus ojos y la misma señora que al salir del agua le hace volver la vista como si se hallara frente a la Gorgona, le excita en pantalones cortos, con los labios pintados y una blusa vaporosa desabotonada exhibiendo el escote moreno, que antes rechazara en toda su amplitud.
Por fin la camarera rubia pasa a su lado. Adrián le hace un gesto con la mano para que se aproxime. La muchacha se para en jarras delante de la mesa y anota la tercera cerveza y se inclina levemente para dejarle la factura con el número de habitación, que Adrián le recuerda mirándola de arriba a abajo, mientras se recrea en las gotitas de sudor que afloran sobre sus labios y la porción de sujetador que asoma a través de la camisa al agacharse. Firma con aire indolente y recrimina a sus hijos que se hayan vuelto a dejar casi toda la comida en el plato, luego se vuelve para sonreír a la camarera y palparla con los ojos por última vez, pero ésta, para su decepción, ya se ha ido.


***
Tiene dieciséis años, aunque aparenta más. Se mueve por el comedor con la barbilla en un ángulo de noventa grados exactos respecto a su tronco, mirando de frente como la quilla de un barco. Lo hace despacio, como si anduviera sobre una pasarela y todos los flashes estuvieran pendientes de sus movimientos. Princesa de extrarradio, se convierte en sapo si abre la boca, por donde escapa su condición de niña criada casi en la calle, entre tertulias de peluquería, reality shows, peleas a gritos con su madre, a la que ya domina y muchas horas de botellón y discoteca de polígono. Tiene algo de acné, que disimula con un maquillaje resistente al agua y un piercing en la lengua. Ha venido con su familia y su novio a pasar una semana de vacaciones, que se han costeado en régimen de todo incluido, gracias a la venta de dos plantas de marihuana. Su chico la abraza por detrás, rozándole con sus pantalones ajustados. Lleva un vistoso tupé, que antes de ayer fue cresta y mañana será según Cristiano Ronaldo convenga y las cejas perfiladas, como un fino bordado sobre los ojos. Cultiva el cuerpo en el gimnasio, aunque poca cosa, press de banca, curl de biceps y mucho batido de proteínas para acabar de definir.
La princesa de extrarradio se acaba de cruzar con Adrián en el buffet, que la recorre de arriba abajo, deslumbrado y desvía la mirada justo a tiempo, porque su príncipe, alerta, es el típico macho alfa dispuesto a defender a golpes lo que cree de su propiedad.
Tan absorto está en aquella delicada pieza de porcelana de todo a cien, poco mayor que sus hijos, que no advierte la presencia de una mujer solitaria, nota discordante en aquel hotel familiar, pero no insólita en los tiempos que corren. Delgada a fuerza de grandes sacrificios, Soledad mastica su pescado a la plancha contando el número de veces. Tiene cuarenta y tres años. ¿Por qué viaja sola? Es difícil saberlo. En el hotel los camareros hacen cábalas, sobre si espera a su marido o si ha habido algún tipo de disputa conyugal durante el viaje y ella ha decidido quedarse allí contra todo pronóstico. Mejor sola, que mal acompañada. Los más lanzados prueban a darle conversación cuando se acercan a recoger los platos, sin pasarse, porque el metre vigila como un Gran Hermano controlador y planean audaces incursiones a su habitación cuando acaben su turno.
A veces estar solo es reconfortante y ayuda a olvidar. Pero otras conduce a la infelicidad porque el hombre, mal que nos pese, es un animal sociable y uno debe cuidarse de no convertirse en eremita, que es la forma extrema del solitario, si quiere que su cordura siga campando por el mundo con cierta firmeza.
Nuestra protagonista parece que sufre una soledad no deseada. De hecho, se refugia en la manada, no ha elegido un hotel solitario en una playa inhóspita, sin más compañía que las dunas, que cambian de forma caprichosamente con el viento. Estar rodeada de gente la hace sentir reconfortada y se dedica a escrutar. Quizá, incluso siente algo de poder entre sus manos. Sabe que la mayor parte de los hombres de la sala encontraría la manera de desembarazarse de sus esposas o novias por unas horas y acudir a su llamada si entreabriera un poco sus piernas incitándoles. Su mesa individual, es su trono de reina en la sombra, de cazadora agazapada en espera de su presa.
Ahora fija sus ojos en Adrián, que bebe en calma y anima a sus hijos (otra vez) a acabarse la comida del plato. Lleva dos días observándole, sabe que está solo, casi seguro es un padre divorciado. Ha visto como se le van los ojos detrás de las camareras; quizá tras ella también, quizá ha reparado en su soledad y la piensa, la intuye, incluso puede que ahora mismo se gire hacia ella, o se dirija a su mesa y le pregunte la hora o intente algún tipo de conversación absurda para romper el hielo.

***
Al salir del comedor, los hijos de Adrián corren a las videoconsolas que hay colocadas en el hall, junto a una mesa de billar y una máquina de dardos. Él se acerca a la cafetería. Agita su pacharán con hielo, mientras un noruego de planta inmensa se coloca a su lado y pide en un correcto inglés un café con leche.
El noruego lleva los brazos tatuados por completo. Son temas de la mitología nórdica, el martillo de Thor restalla y se yergue entre las nubes en su antebrazo izquierdo. En el derecho, Odín juguetea con sus cuervos, su larga barba se derrama en tinta verde azulada cubriendo casi toda la piel. Por sus venas corre sangre vikinga, sin duda. Quizá alguno de sus antepasados saqueó a conciencia monasterios y aldeas indefensas, cercenando brazos y cabezas con su hacha.
Adrián se aleja un poco, por miedo a que su presencia pueda despertar al antiguo guerrero de su sueño genético y el nórdico, solo por diversión, le aplaste el cráneo con una sola mano. Entonces llegan tres niñas, tres pequeñas niñas rubias, que se sientan silenciosas en una mesa y su padre se acerca a ellas, sin hacer ningún aspaviento. Las niñas se comportan con una quietud y hablan con un tono de voz tan bajo, que Adrián inevitablemente alarga el cuello para contemplar cómo sus hijos se tiran del pelo y se pelean a gritos disputándose los mandos de la Playstation y piensa en cómo los descendientes de esos feroces guerreros que asolaron las costas de Europa durante siglos se han transformado en seres dóciles, tranquilos, de exquisitos modales y silenciosos.
Adrián apura su copa y se dirige a donde están sus hijos. Cruza su mirada con una mujer algo más alta que él, voluminosa pero no gorda, fuerte y bien formada. Lleva tatuado en la espalda un árbol, del que se retuercen sus innumerables ramas. Ha sonreído a Adrián al modo nórdico, esto es, con los ojos azules chisporroteando y no va a dejar de seguirlo con la mirada, siempre que su marido no la vea, durante todas las vacaciones.
Adrián tiene suerte, porque dos mujeres siguen sus movimientos. Pero él no deja de pensar en la princesa. Para colmo, al coger el ascensor para subir a la habitación, se ha cruzado con ella, que bajaba en bañador. Su cintura esculpida con perfección, la piel marmórea, sin esquistos, bruñida como una esfera perfecta; los pezones puntiagudos bajo la camiseta, anudada por encima del ombligo, le han hecho sudar. Han sido unos segundos, porque sus hijos han querido pasar antes de dejarla salir y ella ha hecho una mueca de disgusto, sin bajar la mirada, eso nunca, levantando los brazos para no tocarlos, como si tuvieran sarna y Adrián le ha sonreído, pero apenas ha recibido un imperceptible movimiento ascendente de barbilla como respuesta.
Mientras la puerta del ascensor se cerraba, todavía ha podido contemplarla un poco más. A Adrián le cuesta reconocerlo, pero le atraen las mujeres jóvenes. Considera que, como las rosas, que florecen en todo su esplendor por un instante, a la mujer le sucede lo mismo. Se relame pensando en la muchacha y cuando llega a la habitación, se olvida de mandar a sus hijos a dormir la siesta y se asoma al balcón. Recorre la piscina escaneándola, hasta dar con la princesa, que se sumerge en ese momento en el agua, lentamente, sin bajar la barbilla, como hacen los hipopótamos.

***
Soledad juguetea con la nota manuscrita que le ha dejado su camarero habitual, con el que iba cogiendo cierta confianza: Acabo mi turno a las seis. Subiré a tu habitación, deja el cartón de “por favor, arregle la habitación” si te interesa pasar un buen rato. Así, qué desfachatez. Qué atrevido. Soledad acaba de pintarse las uñas y sopla sobre el esmalte. Luego busca con la mirada el cartón y le da vueltas: Por favor no molestar, en color rojo. Por favor, arregle la habitación, en color verde. ¿Por qué no habrá en ámbar, como los semáforos? ¿Dejas que me lo piense? Una aventurilla le vendría bien, pero no sabe qué hacer. Aunque se considera una mujer liberada, su educación puritana revive y la atosiga, como un insoportable Pepito Grillo. En cualquier caso, una vez con el camarero dentro de la habitación, ¿cómo será? Si el camarero es de los que ha descubierto y mimetizado su sexualidad con buenas dosis de cine para adultos, probablemente esperará que se ponga de rodillas, así sin más. Pero ella preferiría algo de música, poner la habitación en penumbra, ¿dónde habrá unas velas?
Las cinco y cuarto. No, las cinco y veinte. Soledad pasea nerviosa, se recorta el vello del pubis con unas tijerillas y vuelve a ducharse. Luego se pone una camiseta amplia y se quita las bragas. No, demasiado. Se las vuelve a poner. Se dice que no es un objeto, que ella es la que elige. Tiene la sartén por el mango. Le dará largas. Pero tan solo tiene una semana, ya ha consumido casi tres días de sus vacaciones. Y es guapo; bueno, no está mal. Moreno, con esa rúbrica árabe que todos los españoles niegan, porque se creen celtíberos o visigodos. Podría hacer como Sherezade y dejarlo con la miel en los labios, recibirlo desnuda y decirle que tiene la regla, pero que puede subir mañana y darle un beso de tornillo o agarrarle la mano, seguro que se pondría nervioso en este punto y morder uno de sus dedos, mejor chuparlo, eso les pone, los hombres casi disfrutan más mirando que haciendo.
Seis menos diez. Todavía juguetea con el cartón de la habitación, pero de tanto manosearlo acaba rompiendo el asa. ¿Ahora qué hago? Se dice. Sale a la puerta, mira a ambos lados. Trata de poner el cartón sobre el picaporte, pero se cae. Apresuradamente, sale de la habitación. Recorre el pasillo buscando otro cartón. Nada. Baja a la siguiente planta y encuentra uno, pero cuando vuelve a subir, divisa a su camarero, que está delante de la puerta. No se ve con fuerzas de llamarle desde el fondo del pasillo, agitar el cartón en verde: espérame, que voy. El muchacho golpea con los nudillos, visiblemente azorado. Soledad se ha escondido en el hueco de la puerta de otra habitación y le contempla. Le castañetean los dientes. Por fin el camarero pierde la paciencia, suelta un exabrupto y se aleja con paso marcial. Soledad se da la vuelta y simula estar abriendo la puerta de la habitación, hasta que escucha alejarse el eco de los pasos del camarero. Respira con alivio y entonces se abre la puerta. Uno de los hijos de Adrián contempla a la mujer, medio desnuda, en el umbral.
—Papá, hay una señora en la puerta.
— ¿Y qué quiere?
—No lo sé, se ha ido.
Adrián frunce el ceño y de tres zancadas se planta en el pasillo. Apenas si vislumbra las piernas de Soledad regresando a su habitación. Decide seguirla y llama a la puerta. Soledad da un respingo y abre, nerviosa. Le sorprende encontrarse cara a cara con Adrián. Éste repara en los pechos puntiagudos bajo la camiseta y las uñas recién pintadas, se siente cohibido y no sabe qué decir. Así se quedan un rato mirándose, como chimpancés delante de un espejo.
—Antes me he equivocado—consigue articular Soledad—lo siento.
—No hay que sentirlo, responde Adrián.
Y entonces cambia el modus operandi. Comienza el flirteo entre los dos, que se devuelven las puyas como si jugaran al bádminton. Sin darse cuenta, al menos de manera consciente, Adrián avanza hacia delante y Soledad retrocede. Es un baile sencillo y ancestral. Los dos se mueven en direcciones opuestas, pero a diferente velocidad, con lo cual están destinados a encontrarse. Y lo hacen.

***
La princesa de extrarradio contempla el cuerpo tatuado del vikingo, que de pie en el borde la piscina, con el pantalón mojado y adherido al cuerpo, se deja morder por el sol del Mediterráneo. Su silueta destaca como un coloso. La princesa, adquiriendo una pose insinuante de Lolita, traga saliva y se siente atraída por el nórdico. Su hombre, apurando un mojito, vigilante, se percata de la escena. Calibra el siguiente movimiento y finalmente se incorpora y sacando pecho se coloca al lado del vikingo. Los dos hombres se miran. El nórdico, bonachón, le sonríe y masculla una palabra amable en español. El macho alfa se siente provocado y blande el índice amenazante: cómo la vuelvas a mirar… y choca su puño contra la palma de la mano, mordiéndose la lengua. La princesa, que presencia la escena, se incorpora como un resorte y le aparta de un empellón. Sigue una escena de gritos, que el vikingo contempla impertérrito. Por fin la mujer del árbol tatuado interviene, silenciosa, coge del brazo a su marido y los dos se tiran al agua.

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En la penumbra de la habitación, Adrián se afana detrás de Soledad, agarrándole un pecho por debajo en acrobática postura y culeando con ritmo pausado, tratando de retardar la hemorragia. Tiene mucho calor, y tantea entre las sábanas, pero no encuentra el mando del aire acondicionado. Se pregunta a qué vendrá tanto alboroto en la piscina…