domingo, 5 de julio de 2015

"Carta de una desconocida y Leporella" de Stefan Zweig

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Portada de la edición de Clásicos del s. XX de
El País que incluye Carta de una desconocida y
Leporella (foto: libros-antiguos-alcana.com)
El primer título también está en la editorial Acantilado
Carta de una desconocida y Leporella son dos historias cortas de Stefan Zweig. La edición que he leído forma parte de la colección Clásicos del s. XX de El País. También es mi primer libro del malogrado autor austriaco, pero a juzgar por el efecto que ha dejado en mí, no será el último. Su prosa me ha enganchado desde el principio y no he sido capaz de desasirme hasta acabar, con el corazón encogido, cada una de sus historias. Su belleza, lirismo y ritmo narrativo es incuestionable. Podéis leer una sucinta biografía del autor en el blog La traductora compulsiva, del que extraigo la siguiente reflexión del propio Zweig, que suscribo palabra por palabra:

Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea sin dejarle tomar aliento me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro sobrecargados de descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias inútiles, que les quitan tensión y les restan dinamismo.

En el primer relato, un escritor de éxito recibe un abultado sobre con una carta manuscrita que comienza “A ti, que nunca me has conocido”. Lo que sigue es un despliegue dramático: la confesión de una mujer, en el momento más aciago de su vida, abrumada por el peso de un amor nunca correspondido. Desde niña ha amado al escritor, sin éste advertir siquiera su existencia. 

Encoge el corazón pensar en esta débil criatura, herida por la indiferencia, que sólo busca dejar alguna huella en el hombre que ama. La novela se desenvuelve en torno a esta carta, aunque desde la primera línea el lector ya conoce el final y conforme va leyendo, se convierte en un personaje más, confidente de este largo y doloroso monólogo. Parece que esté leyendo por encima del hombro del escritor y aventura cómo este debe sentirse, ante los intensos secretos que la carta desvela y le enerva su egoísmo. Uno siente rabia, frustración, porque de todo lo que la desconocida desgrana en tan larga carta, nada puede hacerse, ¡cuánto daría uno por recoger a la pobre niña que espera sobre el suelo helado a que llegue el hombre del que está enamorada y avisarle del engaño para evitar su perdición!

En definitiva, qué difícil es amar y ser amado con la misma magnitud. ¿Puede uno, de verdad, dar tanto y recibir tan poco a cambio? Quizá en nuestros tiempos este amor platónico, la actitud fatalista del personaje nos resulte incomprensible. Aunque la protagonista no es privada de momentos felices, que incluso parece que compensan todo su padecimiento. 

Al terminar este libro queda uno con la sensación de cuántas cosas, hermosas o graves, pueden estar pasándonos sin que nos demos cuenta. También las ganas de ser amado como el hombre de este libro y amar como ama esta desconocida, aunque sea a costa de sufrir (Pablo D´Ors)

Fotograma de la adaptación cinematográfica de Max Ophüls realizada en 1948 (foto: Pablocine.blogia.com).
Está completa en Youtube en V.O.S., se puede ver pìnchando en la imagen. 
                  
Cierta relación tiene con Leporella la historia de una ruda criada tirolesa a la que la naturaleza ha privado de cualquier atractivo, incluso de la facultad humana de la risa y que deambula por el mundo amasando céntimo a céntimo un pequeño capital, para no tener que vivir del pan de la beneficencia cuando le llegue la vejez. Pero se interpone de nuevo la figura de un hombre y ve crecer en su interior el amor, desbordante, encendiéndose una pequeña llama en su interior, que acaba apagándose por una jugada del destino, que el propio escritor, con buen criterio, creo, no acaba de concretar.

Las dos mujeres creadas por la imaginación de Zweig viven una forma extrema de amor, una pasión que enciende y guía sus vidas pero al mismo tiempo las destruye, como el fuego fuera de control. Sobrecoge pensar que el propio autor también sucumbió de forma dramática a su destino, como sus personajes. Desesperado ante el avance del nazismo, decidió, junto con su esposa, poner fin a su vida. Sirva esta reseña como un pequeño homenaje a los dos. In memoriam.  

domingo, 28 de junio de 2015

"El afinador de habitaciones" de Celso Castro

"El afinador de habitaciones" de Celso Castro
(Editorial Libros del Silencio, 2010).
Estoy en la playa. Camino hacia la orilla de puntillas, la arena está ardiendo. De lado a lado, donde la lengua de las olas la compacta y refresca, se pasean batallones de bañistas. A veces la espuma les moja los pies. Los niños levantan efímeros castillos y cavan fosos que se llenan de agua... Todo esto viene a cuento para explicar la razón por la que abordé el afinador de habitaciones: para alejarme de la arena de lo convencional, que comenzaba a quemarme. Había visto una entrevista a Celso Castro (A Coruña, 1957), en la que afirmaba, entre otras cosas, que repasaba y pulía una y otra vez cada párrafo antes de darlo por definitivo. Me pareció tan insólito en los tiempos de twitter que me dije: un autor interesante para leer.

Al principio, tuve la misma reacción que al entrar dentro del agua: un poco de frío. Me chocó su peculiar ortografía, que prescinde del uso de mayúsculas y puntos al final de cada párrafo, también su sintaxis. Hasta que logré aclimatarme y entonces me zambullí de lleno en su lectura. Todo el mundo se ha dejado mecer por las olas cuando el mar está tranquilo; se dice coloquialmente “hacer el muerto”. La salinidad del agua ayuda. Uno queda como arropado por el manto de las olas, cierra los ojos y el sol se filtra a través de los párpados; es una oscuridad anaranjada, algo similar a lo que debe entrever el feto dentro del útero materno. La sensación de ingravidez es placentera. El rumor del agua te arrulla. Eso me ha pasado con este libro.

Pero, ¿de qué habla va el afinador de habitaciones? Dejo la incógnita del título sin despejar, aunque tengo la costumbre de desvelar bastantes detalles del argumento cuando comento un libro. En realidad, hay un primer relato que se titula “La cuervo”, donde me parece ver un precedente estilístico en Aparición del eterno femenino de Álvaro Pombo, que también he comentado aquí, y luego la novela propiamente dicha.

El protagonista y narrador es un adolescente del que no se desvela el nombre. Aficionado al coñac y a las puestas de sol, vive con su abuela y el fantasma de su madre. Frecuenta un bar llamado “La gaviota”, diserta sobre el mundo, derrocha poesía, desborda con sus cultismos (¿qué demonios significa “asíntota”?) y sobre todo, se enamora. El afinador de habitaciones se divide en tres libros, cada uno dedicado a una mujer, pero no centrado exclusivamente en ellas. Hay una cuarta presencia femenina que recorre los tres capítulos, la entrañable abuela del narrador, que revive su juventud vienesa escuchando los lieder de Schubert. La literatura, además del amor, es una protagonista más. En este caso los invitados son Nietzsche, Maiakowski, Daudet (sin gafas, tiene un incidente con una alfombra del que se pueden extraer valiosas lecciones) y Beckett (su falsa muerte). Todo fluye bien encajado. El narrador exhibe una ansiedad vital desbordante, una tremenda locuacidad, dispara hermosas metáforas, agudas reflexiones, coge bien fuerte al lector: ojo, no te escapes, no te distraigas que esto son ciento sesenta páginas, pero no sobra ni una coma. Y esa oralidad, que parece que más que leerlo te lo estén recitando con la boca pegada a la oreja, en un susurro, como el borracho que urde su monólogo sin respiro, te atrapa. Me repito, pero es verdad.

Sorprende que este libro, que inaugura una trilogía (vaya, en esto volvemos a la arena que quema), sea pasto de minorías y apenas se hable de él y de su autor. A mí me ha hecho disfrutar mucho, me ha recordado mi adolescencia, esa verborrea mental, esa ansiedad, todo lleno de presente, de dramatismo, de intenso enamoramiento, en fin, para qué seguir, si ya pasó.

Por mi parte, voy a digerirlo bien; incluso lo releeré un par de veces, que eso es lo bueno de la novela corta y me iré a por Astillas (astillas, lo de las mayúsculas es la costumbre), la segunda parte y Entre culebras y extraños (éste en la editorial Destino), que cierra la trilogía, en cuanto me sea posible. 

viernes, 12 de junio de 2015

"Aparición del eterno femenino contada por S.M. el Rey" de Álvaro Pombo

No hay ningún sentimiento que pueda yo sentir nunca del todo, la mayoría tengo que pensarlos. Y dejo de sentirlos al pensarlos. Porque pensar se puede fácilmente una cosa y la contraria. Lo que tiene de peor pensar es eso: que lo que no sales es de dudas.
Aparición del eterno femenino cuenta la historia de Jorge, alias Ceporro o como a él le gusta llamarse a sí mismo: el Rey. Ceporro y su primo el Chino tienen doce años. Viven con su abuela y reciben clases de gimnasia y boxeo por parte de don Rodolfo, que fue sparring de Uzcudun. De repente, su vida se ve trastocada con la llegada de su prima alemana Elke, huérfana de guerra y poco a poco abandonan la infancia para ingresar en el mundo adulto.

No es una novela típica. La voz narrativa que conduce el relato es la del propio Ceporro y desde el principio nos inunda (sin llegar a ahogarnos) su sintaxis imposible, sus laísmos, su jerga infantil, su pensamiento confuso, a veces inabordable y otras claro, divertido casi siempre. Ceporro narra tal y como habla (incluso yo diría como piensa) y esa oralidad es suficiente para conducir todo el relato. Además intercala en la narración de los hechos abundantes digresiones y su propia fantasía, como soldado alemán en el frente ruso, kamikaze al servicio del emperador de Japón o escalando el Everest.
Lo que no hago es hablar en línea recta. ¿Qué ventaja tiene que la recta sea la distancia más corta entre dos puntos? Yo lo que digo es bueno, ¿y qué? Igual la más corta es la peor y se acaba al final tardando más. 
Destacaría también toda una galería de secundarios, tratados bajo la amorosa mirada del protagonista, que como cualquier niño, carece de malicia. Don Rodolfo, para Ceporro un auténtico camarada, es en realidad un pobre diablo que malvive en una pensión a la que tiene que regresar corriendo para que no le cierren la puerta, sin trabajo declarado, aparte de instruir a los dos primos cada tarde en el arte del pugilato. La criada Belinda está enamorada de don Rodolfo, pero su amor parece que nunca va a materializarse. Es muy hermosa la escena en la que Ceporro descubre a su instructor y a la criada besándose y el pobre niño se interpone entre ambos, desconcertado porque no entiende nada. Las conversaciones entre la abuela y doña Blanca, en torno a la mesa camilla y las interminables vueltas, intercaladas con breves cabezadas, al mismo asunto durante días son otro de los momentos memorables.
Así que nadie habla por hablar. Pero hasta entonces siempre había creído que las cosas no las ves si no las hablas. Y que los sentimientos que se sienten en silencio no se sienten de verdad. Ahora veo que estaba equivocado y que se pueden ver y sentir todas las cosas aunque seas sordomudo y ciego encima. 
Paulino Uzcudun "El leñador vasco"
(Foto: boxeo1930.blogspot.com)
No podía faltar el maestro (apodado señor Rollo), que se afana por lograr que Ceporro recupere sus suspensos dándole clases particulares en verano. Al principio, el niño siente hacia él animadversión, pero al final, en una auténtica exhibición de nobleza, también lo acaba considerando un camarada, “un hombre de una pieza, que aguanta el tipo en la trinchera”.

Por tanto, los únicos malos en la infancia de Ceporro son el imaginario “enemigo”. Todos son socialmente igualados, como camaradas: la pobre huérfana, la criada, el insignificante maestro que no se atreve a rectificar a la abuela cuando le llama “don Rollo” y que merienda con voracidad los torreznos que Belinda y don Rodolfo le ofrecen a la tarde después de las clases.

Otro de los puntos fuertes, es la imagen del vencejo moribundo que Ceporro encuentra en la terraza de su casa, incapaz de retomar el vuelo. Es tan afortunada y poética que Pombo la retoma en varios momentos, hasta el final. Además de la imposible escalada al Everest, producto de la fantasía desbordante del protagonista o la velada pugilística, un apunte casi surrealista, que enfrenta a Ceporro y al Chino, con un palco presidido por la abuela y sus invitados, más interesados en el condumio que en el combate.

Una novela poco conocida que recomiendo por su vitalismo, su poesía y su original planteamiento. Para acabar, voy a añadir otra de las agudas reflexiones del Ceporro más filósofo, muy en relación con este mundo de las palabras:
Una palabra viene a ser como un agujero: se entra por la palabra y si se quiere no se sale y desde dentro se ve lo que haya fuera, como desde dentro de un agujero… Cada palabra está llena de palabras, al mismo tiempo que vacía para poder entrar más fácilmente.

miércoles, 3 de junio de 2015

"Ella, maldita alma" de Manuel Rivas

Foto: mercadolibre.com.ar

Hay libros a los que damos valor más allá de su contenido. Aunque una vez leídos sean relegados a la estantería de la que casi nunca vuelven a salir, como si cumplieran cadena perpetua, guardan dentro un fragmento de nuestra propia vida. O de nuestra alma.

Por eso cuando he recuperado este libro de cuentos de Manuel Rivas, ha venido a mí, como si hubiera mordido la magdalena de Proust, un aluvión de recuerdos. 

Me he visto transportado a la sala de espera de un hospital hace quince años. A la persona que hoy es mi esposa y madre de mis hijos le habían detectado un nódulo del tamaño de una pelota de golf alojado en su tiroides. Un nódulo sobre el que pesaban cancerosas sospechas. La resolución médica fue tajante: extirparlo y con urgencia. Fueron cuatro horas de intervención. Cuatro horas que pasé con el libro de Manuel Rivas entre mis manos, cuatro horas con el alma de mi mujer flotando a la deriva, planeando sobre aquellos trece cuentos que me daban consuelo.

Después de la operación un enfermero la condujo en camilla hasta una de las unidades del hospital. Ella permanecía intubada, todavía bajo los efectos de la anestesia. Estuvo varios días sin poder hablar, sin poder mover el cuello, con una hilera de grapas alrededor de su garganta y en ese lapso, me dediqué a leerle los cuentos de Manuel Rivas para entretenerla. Así que una parte de nosotros se quedó prendida definitivamente en ellos. Por eso, a pesar de que fue publicado en 1999, se merece una reseña o lo que quiera que sean estas líneas.

                                                      Manuel Rivas (foto extraída del blog Der Polingano.com)                                                      
Del escritor gallego me cautiva su lirismo, el cariz poético que toman todos sus relatos desde la primera línea. Para según qué temas, lo prefiero al realismo descarnado. Y por supuesto, ese universo propio, creado a partir de la mitología de su tierra natal, poblado de magia, naturaleza y anécdota. Está el misterio de la propia vida, está la confrontación de lo rural y lo urbano, está el impacto de la emigración en varias generaciones de gallegos y una intensa melancolía que como la lluvia fina e incesante que suele caer en el norte, lo impregna todo.

Y bueno, ahora tocaría hablar de estos relatos, unas breves pinceladas. Impresiones personales, más sobre lo sentido que sobre lo pensado. Porque creo que la prosa de Manuel Rivas llega antes al corazón que a la cabeza. En mi edición son trece títulos, hay una posterior (de 2011) a la que el autor añadió otros dos.

Según el autor, el nexo entre los cuentos del libro es "el alma", escondida en elementos cotidianos. El primero de los relatos, “La vieja reina alza el vuelo”, comienza con la hermosa imagen de un manzano en flor, en torno al cual rondan las abejas y va desgranando la historia de dos familias campesinas,  enemistadas por una antigua afrenta, y de dos amigos de la infancia, Chemín y Gandón, que al hacerse mayores dejan de hablarse como si ambos escuchasen a un tiempo un mandato ineludible surgido de las vísceras más recónditas de sus respectivas casas, pero llegado el umbral de la muerte se buscan.

En “La novia de Liberto” el protagonista es un muñeco de ventrílocuo que tiene la virtud de decir lo que otros solo se atreven a pensar. Parece humorístico a priori, pero tiene un final lleno de melancolía que me ha evocado a Juan Ramón Jiménez. El tercero y quizá el mejor, es el que da título al libro. Un sacerdote contempla las motas de polvo flotando al trasluz, que equipara al alma y esa meditación genera una historia tras otra, la suya propia, la de una mujer de su parroquia, Ana, por la que siente una atracción irresistible, la de su tío moribundo, la de una tabernera liberal con la que trabó amistad siendo párroco.

Enfrentarse a las historias de Manuel Rivas supone a veces desprenderse del argumento. Son tan solo palabras que se dejan arrastrar, como un barco a la deriva y no llevan a ningún sitio; no admiten conclusión, ni término, los relatos se van desarrollando, como las sucesivas capas que se apartan de una cebolla.

“La trayectoria del balón” parte como un cuento más clásico, con su dosis de misterio y un final sorpresivo, pero sin renunciar a ese regusto a saudade. “La barra de pan” tiene el bouquet de los cuentos para niños de antes, como el de “Juan y las alubias mágicas” o “La Lechera”, construido a partir de una anécdota que se cuenta en una taberna. Tiene un final muy hermoso, pura nostalgia y es de los más celebrados del libro.

“La rosa de piedra” es otro ejemplo de un relato que guarda más valor en sí por las microhistorias que contiene que por su trama, confusa como un sueño. Hay dos cuentos con un loro como protagonista, el primero con la emigración como contexto y el segundo yo lo veo una fábula de contenido político. “Jinetes en la tormenta” incluye una referencia a la canción de The Doors. Se desarrolla en un barco de pescadores, en peligro de ser engullido por el bravo mar del Norte y sus melancólicos habitantes. Uno de ellos distrae el tedio de alta mar pensando en su nueva guitarra eléctrica, a la que llamará “Sirena”. Es otro de mis favoritos.

                        
             Canción de The Doors que da título a uno de los cuentos de "Ella, maldita alma"

El cierre final con “O´Mero” es un resumen de todo lo que nos ha ofrecido Manuel Rivas en Ella, maldita alma: historias escondidas dentro de la propia historia, poesía, una intensa melancolía, una atmósfera mágica que atrapa y arrebata al lector de su propio mundo para caer en el universo del autor. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

"Mal de escuela" de Daniel Pennac

                      Foto: www.trabalibros.com                              
En Mal de escuela (Literatura RandomHouse, 2008), Daniel Pennac aborda el tema de la educación desde varias perspectivas: la del alumno, la del profesor y la del escritor-ensayista.

La primera, insólita para el que teme toparse con el clásico ensayo pedagógico, es la del propio autor estudiante, en la lejana escuela de los años cincuenta.

Sí, Daniel Pennacchioni asume sin dramatismos que fue un “zoquete” (la palabra original francesa, sin equivalente en nuestra lengua, es cancre, que significa cangrejo). En la contraportada del libro, por si hubiera alguna duda, está su boletín de notas con las observaciones pertinentes: habla todo el tiempo, demasiadas ausencias, no ha hecho nada, podría esforzarse más, le falta base, el tercer trimestre será decisivo.

Pennac desvela su condición de  “mal alumno” sin autocompasión, sin falsa modestia, tampoco es una venganza, ni un ajuste de cuentas con el mundo. Es la anécdota que nos conduce a la gran pregunta: las causas del fracaso escolar. Porque este panorama desolador, en el caso de Pennac, carece de explicación sociológica. Hijo de buena familia (impagable la historia de su tío-abuelo Jules, que raptaba a los niños que trabajaban en la recolección para que regresaran a la escuela), en un hogar estructurado, con hermanos mayores estudiosos y siempre dispuestos a echarle una mano. No hay asidero posible para justificar sus malas notas.

Por eso analiza la soledad del zoquete, el miedo paralizante a no saber hacer, el miedo que se expresa de muy diversas maneras, el dolor de no comprender y sus daños colaterales. ¿Qué culpa tiene el alumno si no comprende algo? ¿Se merece el desprecio, las amenazas con un futuro incierto? ¿De verdad hay que juzgarle? La propia familia tiene su parte. Cuando no confía en las capacidades de su hijo, cuando le quita importancia, pensando que es algo pasajero, lo exime de esforzarse.
La soledad del zoquete (Foto: Globedia)
Ojo, no es un relato oscuro y pesimista. Los capítulos son breves (a veces un sólo párrafo de seis o siete líneas), ágiles y jugosos. Así, la lectura se sucede en pequeñas dosis que se deshacen en la boca. Algunas son divertidas, otras amargas y muchas dan que pensar. También van creando una  sólida simpatía hacia el autor, que se nos figura una persona llana, vitalista y transparente.

El zoquete expresa con fatalismo: nunca lo conseguiré, nunca seré nada en la vida. Y esa negatividad se apodera de sus propias facultades, que seguro son mucho mayores de lo que él cree. La falta total de expectativas y confianza en sí mismo le libera de cualquier esfuerzo. ¿Cómo se salvó Pennac? Pues según afirma, sus padres le llevaron a un internado, donde rompió ese círculo vicioso de mentiras y reproches familiares. Pero sobre todo le salvaron dos cosas: cuatro de sus profesores y el amor.

Todo empezó cuando un profesor de Lengua le eximió de las obligaciones académicas habituales, a cambio de escribir cada semana el capítulo de una novela, sin faltas de ortografía. Esa era la condición, la que sumergió a Pennac en la escritura, en el uso concienzudo del diccionario, la que le devolvió la confianza en sí mismo porque le hizo adquirir un estatus que antes no tenía.

Luego llegó el amor, la chica lista de la clase que se fija en el zoquete, y el nombre de Pennac que por fin suena en los labios de otra persona sin reproches, burlas o amenazas. Esa fuerza ató al protagonista al pupitre, lo encadenó a los libros y le permitió obtener el bachillerato, la licenciatura y el doctorado en letras, convirtiéndose en profesor.

En la segunda parte, Pennac nos habla como profesor de Lengua francesa, que lo fue durante veinticinco años. Es una experiencia enriquecedora, valiosa de leer, en especial si te dedicas a la docencia. No ofrece fórmulas mágicas, sino su valioso ejemplo y trata de mover a la reflexión.

Es sorprendente la defensa de ciertos recursos considerados hoy día anticuados, como el dictado o la memorización de textos literarios. Para Pennac, la memorización tiene que ofrecerse como una reconstrucción del propio texto, el alumno no recita como un loro, el alumno trabaja con el efecto de las palabras y las ideas del autor, lo revive, profundiza y entiende el texto, reconstruye la lógica del lenguaje que expresan esas ideas. Como bien dice, la gramática se aprende estudiando gramática, no hay otra manera.

Discute por supuesto la organización horaria, las seis clases sucesivas de cincuenta y cinco minutos, sin ninguna lógica, como si la escuela fuera el mundo de Alicia en el país de las maravillas. Pero sobre todo insiste en la capital importancia de la figura del profesor y su actitud. El profesor debe estar presente en sus clases, habitarlas plenamente, desplegar su pasión por lo que enseña.


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Boletín de notas de Daniel Pennac. 


El tercer punto de vista es el del propio Pennac escritor, retirado de la enseñanza pero que en contacto con la juventud a través de las visitas que hace a los institutos para conocer a sus lectores y no perder la relación con sus antiguos colegas.

En esta parte incluye una interesante reflexión sobre lo que denomina niño-cliente, jóvenes a los que el consumismo ha pervertido desde su nacimiento: sirva como muestra el capítulo 5 de la cuarta parte, donde un grupo de jóvenes descubre cómo la marca se ha apropiado del objeto (un chico es incapaz de llamar zapatillas a sus Nike) y les ha convertido en escaparates andantes.  Hay alusiones también a los problemas sociales de las barriadas, el paro que salta generaciones, la violencia, pero Pennac considera que al hacer extensivo este comportamiento a todos los jóvenes, se marca a una generación privándola de la posibilidad de redención. El niño cliente consume y gasta un dinero que no ha tenido que ganarse. Por eso la escuela puede convertirse en un antídoto, porque es el único lugar donde se le exige un esfuerzo. 

Un toque de atención también para aquellos profesores que se lamentan por sus alumnos eludiendo responsabilidades (el exculpatorio “le falta base” o el  “no me pagan para esto”, “es labor de la familia”, etc.) y creen que 
Enseñar sin dificultades se debe a una representación etérea del alumno. La prudencia pedagógica debería representarnos al zoquete como al alumno más normal: el que justifica plenamente la función del profesor puesto que debemos enseñárselo todo, comenzando por la misma necesidad de aprender. 
Y la bomba final, la palabra prohibida en materia de enseñanza: el amor. Son nuestros alumnos y no es cuestión de simpatía o antipatía: hay que ayudarles. Un amor que Pennac ejemplifica con la bonita metáfora de las golondrinas que caen aturdidas en la habitación al chocar con la ventana y uno sostiene en las manos hasta que, reanimadas, reemprenden el vuelo hacia el sur.


Es una lectura que me ha hecho pensar en mi oficio. En mi responsabilidad como profesor y mi actitud hacia los que aparentemente parecen más torpes, que en realidad necesitan más del profesor que los llamados "alumnos golosina". En  la importancia de una educación (como padre) que excluya el miedo, la mentira y la autocompasión. También en mi juventud nada edificante. No fui exactamente un “zoquete”, tampoco un “Maximilien” pero la adolescencia llegó a mi cuerpo como una tormenta perfecta y estuve a punto de abandonar la escuela. Fueron muchos los años vagando sin rumbo, yo no me atrevería a publicar mis boletines de notas. El libro de escolaridad del instituto, con mi fotografía desafiante rapado al cero, es mi criptonita, quizá porque nunca me he repuesto del todo. Esto me hace reflexionar también sobre otra faceta de la novela de Pennac, aparte de su leitmotiv: creo que el autor busca su definitiva redención, ante sí mismo y ante los que le conocieron.

En cualquier caso, el ingrediente autobiográfico es una parte esencial de su relato, que le aleja de cualquier academicismo y consigue la confianza del lector, al menos la mía. Así, después de leerlo, aunque no pude subrayarlo para volver sobre ciertos pasajes que me impactaron, porque lo cogí prestado de la biblioteca, sigue mi charla con Pennac. Él me cuenta sus tribulaciones de cancre y yo le relato mi destructiva adolescencia. Puede que a mí me salvaran también algunos de mis profesores, aunque más bien convirtiendo el suspenso en un dadivoso cinco. Entre las tablas que evitaron que me ahogara, aunque tragué mucha agua, destacaría como hace Pennac, la lectura. 

Y hasta el día de hoy lo sigue haciendo.   

viernes, 22 de mayo de 2015

La maldita corbata

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Imagen de una de las muchas obras inacabadas tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, auténticos monumentos al despilfarro (foto: El País). 
LA MALDITA CORBATA

Empujó la puerta con las escasas fuerzas que le quedaban y se desanudó la corbata. La maldita corbata. La arrojó al suelo con una mezcla de terror y furia, como si se tratara de una víbora venenosa. Se quitó la chaqueta y levantó el codo, acercándose la nariz a la axila. Una vaharada de sudor y desodorante se desprendió de su cuerpo, como el vapor contenido dentro de un horno. Observó el cerco delator, se quitó la camisa y la introdujo en la lavadora. Llenó el cajetín con lejía y giró la ruleta hasta la posición de ropa blanca.

Desnudo de cintura para arriba, con los rizos del pecho todavía perlados de sudor, se quedó un rato observando el ojo de buey de la lavadora. El pedazo de tela blanca se debatía entre la espuma.

Lió un cigarrillo. El traqueteo de la lavadora le recordó a la máquina hormigonera. Aquel artefacto fagocitaba arena, cemento y agua en la debida proporción, escupiendo luego la pasta achocolatada en la taza de la carretilla. Él se encargaba de repartir con celeridad a los destajistas, que le metían prisa golpeando el ladrillo con el canto de la paleta.

Por aquel entonces trabajaba en Madrid como peón de albañil. Eran los años dorados de la burbuja. Su jornada transcurría plácidamente de lunes a jueves (los viernes solo hasta mediodía), sujeta, eso sí, a los rigores del viento helado cuando nevaba en la Sierra y al calor aplastante del verano, amplificado por la boina de monóxido de carbono que decoraba el cielo madrileño como un suflé. El camino de vuelta a casa con los bolsillos repletos, a veces incluía una parada en uno de innumerables clubs de alterne que tendían su reclamo a las orillas de la autovía o cruces de carreteras. Decorados con luces de neón y fotografías de bailarinas que exhibían grandes pechos rocosos fortalecidos con silicona, incitaban sobre sus zapatos de tacón de aguja a los agotados machos; eran carne accesible, pero solo carne.

Fue durante una Semana Santa o un puente; no estaba seguro y se guardaba la duda para evitar el sacrilegio. El atasco colapsaba la autovía y decidieron orillarse y esperar unas horas, hasta que avanzara la lenta caravana de domingueros que huían despavoridos en cuanto se encadenaban más de dos días de fiesta. La hilera de furgonetas de obreros desbordaba los accesos. Sus compañeros, con los brazos fuera de las ventanillas, golpeaban las puertas y aullaban, como feroces vikingos a bordo de un Drakkar. Al abordaje. El saqueo era inminente. Las chicas del club temblaban como los monjes galeses al escuchar el alarido de los Berserker. Allí se dejaron gran parte del sueldo ese día, flotando en una nebulosa de sudor, polvo blanco y whisky.

Urbanizaciones fantasma, infraestructuras inútiles que triplicaron el presupuesto inicial (engordado en parte por los correspondientes sobornos y comisiones) cocaína y prostitución (España, a la cabeza de Europa en consumo y tráfico): así se (mal)gastó parte del dinero generado durante la burbuja (foto: club de carretera en Tarragona, www.ragap.es)
El hombre observó sus manos. Los callos se habían ido difuminando con las sucesivas capas de piel, regenerada después de cuatro años alejado de la obra. Entonces se trabajaba duro. Cuando la hormigonera escupía el cemento, cargaba la carretilla y volaba hacia los oficiales. Las hileras de ladrillo de cara vista crecían con la rapidez del demonio segoviano que compuso el acueducto, al decir de la leyenda, en una sola noche.

Cada viernes, como Moisés saliendo de las aguas, aparecía el contratista. Bajaba con arrogancia de su Mercedes Cayenne Turbo y, sin quitarse las gafas de sol que le velaban los ojos, les pagaba, gran parte en negro, metro a metro, mil euros o más cada vez. Luego repartía cigarros y alguna otra prebenda, paseaba unos instantes recorriendo el perímetro de la obra seguido de un aparejador, regresaba a su Mercedes, se limpiaba los zapatos con un pañuelo antes de volver a entrar y se alejaba levantando una nube de polvo. Hasta el viernes siguiente.

Le recorrió un escalofrío y fue a buscar una camiseta limpia. Después abrió la nevera para coger una cerveza. Quién le iba a decir a él que un día se acabaría la fiesta. Que agotaría los doce meses de paro. Que tendría que pedir un subsidio. Que tendría que sablear periódicamente a sus padres para mantener a raya a los mastines del banco, para conservar bajo su propiedad el piso de tres dormitorios que había adquirido en 2007, treinta años de hipoteca, Euribor más 0,50%, con una clausula suelo que olvido leer el notario.

Necesitaba además alimentar la barriga de ballena de su BMW blanco, asientos de cuero con sus iniciales grabadas separadas por un rayo. Cuando el dueño del concesionario agarró los arrugados billetes sin declarar, reuniéndolos con ambos brazos, como un crupier codicioso, le faltó añadir: la casa gana. Parte de la suma desapareció en una caja de zapatos.

Se habían esfumado los amigos, se habían diluido las empresas que conocía entre concursos de acreedores, deudas y misteriosas fusiones. Tardó en darse cuenta, ¿qué iba a ser de él, si no sabía hacer otra cosa? Llenar y vaciar la hormigonera, disponer los montones de ladrillo sobre los tableros del andamio, pasar el llaguero por las juntas húmedas entre cada filete, cortar con el disco de diamante por donde le indicaban los oficiales.

La lavadora comenzó a centrifugar y la camisa se disolvió, como un jirón de nube diseminada por el viento. Comercial de alarmas. No encontró nada mejor. Prometían grandes y suculentas comisiones, no exigían titulación, ni experiencia, pero al final, sorpresa: tuvo que darse de alta como autónomo y pagarlo él. Contrato mercantil, fijo de risa, y la guinda de la tarta con un exiguo tanto por ciento por comisión. 

El hombre, desplegó la camisa y la observó al trasluz, antes de tenderla. Al menos tenía para comer. El cerco amarillo había cedido ligeramente, pero se resistía a desaparecer y la tela, por acción de la lejía, se iba transparentando. El hombre reparó en la corbata arrugada, que yacía en el suelo. Le pareció que se levantaba como una cobra y bisbiseaba desafiante. La maldita corbata.

jueves, 21 de mayo de 2015

El Muelle

 La foto fue sacada en el parque nacional de las Tablas de Daimiel (Ciudad Real)

El muelle está especialmente tranquilo. Son las tres de la tarde y el sol en su cenit escupe llamaradas tan furioso, que achicharra hasta las piedras. El agua ondea levemente, transmite el lento temblor que hace girar la tierra, la tenue atracción que ejerce la luna. Me agrada observar las tonalidades diversas que adquiere, el abanico de azules y verdes. Sus múltiples paradojas. La opacidad del mar y la transparencia del agua. Su aparente solidez, a pesar de que no se puede asir. Aunque estoy en la sombra, el calor me hace sudar y empapa la camisa. Me siento incómodo con la ropa húmeda, el pelo también húmedo en la frente y la nuca. Me desabotono. Emerge un cuerpo hinchado, feo y pálido. Por el horizonte diviso el barco de Antoine. Me incorporo y continuo mirando el mar. El alma es inasible, como el mar. Y el alma también necesita un continente, como el agua. Cuando un hombre muere, se seca. La muerte no es más que eso: convertirse en polvo. El alma entonces se evapora y retorna al cielo, engorda las nubes, se hace hielo, regresa al mar. El alma es agua.