jueves, 5 de julio de 2018

"El tiempo es un canalla" de Jennifer Egan


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Hace ya tiempo, vagando sin rumbo por internet, vicio que comienza a inquietarme, di con una opinión furibunda pero bien argumentada que resumo. Venía a decir que parte de la novela traducida que se publica en España y copa el mercado editorial, no es más que literatura de segunda fila, legible porque es remozada por gente competente (traductores, correctores, etc.). Las delicatesen allende los mares casi nunca se sirven en la mesa generalista, truncada su visibilidad, y con suerte acaban como menú tardío de editoriales modestas.

Como en esta época que nos ha tocado vivir no queda sino contrastar, me fui a la lista anual de The Guardian, en busca de la literatura más fina y prestigiosa publicada en lengua inglesa. Luego, con paciencia (hasta que me harté), anduve comprobando si esas perlas anglosajonas estaban por llegar, habían llegado o no al mercado español. Y bueno, nuestro furibundo snob tenía algo de razón. La mayoría de autores habían sido traducidos, pero eso sí, casi ninguno en editoriales de renombre. Hice una lista de los que me parecieron más interesantes y entre ellos, he leído hace poco a Jennifer Egan (1963). En concreto, A visit from the Goon Squad, rebautizada (con todo el sentido, ojo) como El tiempo es un canalla.

Flamante premio Pulitzer 2011 y publicada por Editorial Minúscula, a la traducción Carles Andreu. Según he podido colegir en un par de búsquedas, Jennifer Egan es una escritora de gran prestigio, original y con gran parte de la quisquillosa crítica neoyorquina rendida a sus pies. Es una suerte que al menos la tengamos traducida y disponible (bajo pedido), pero me choca que una autora de este calibre haya ido a parar a una editorial que desconocía por completo y mira que circulo por blogs literarios y demás. Bendita sea Minúscula, aunque la portada, si trata de imitar la estética punk con el collage de tipografías, se queda en un trabajo de patchwork. Único tirón de orejas. Da también un poco de aprensión comprobar que otra obra reputada de Jennifer Egan, Emerald city, ha tenido que esperar veinte años para ser editada en español y gracias al mecenazgo del Ministerio de Cultural, también en Minúscula (adjunto link a su web). Va tener nuestro snob razón, después de todo.

Voy a la novela en sí, quizá una de mis mejores lecturas de narrativa contemporánea de ficción. Me lo merecía, después del chasco que me llevé con Lydia Davis el año pasado y con otros posmodernos que no nombraré. Pero ya empiezo regular, porque El tiempo es un canalla se podría haber vendido, en el caso de que exista la figura del editor suicida, como libro de relatos. Si cogemos la receta de lo que se entiende por novela, el libro de Egan se queda entre Pinto y Valdemoro. Es todo fragmentario, un gran espejo hecho añicos, con piezas donde se reconoce cierta unidad pero con filo posmoderno. La historia transcurre en un arco de tiempo dilatado desde finales de los 70 a un futuro cercano con tufillo distópico, pero expuesto sin orden cronológico. Los personajes son reconocibles de un capítulo a otro, fluyen a lo largo de ese agujero de gusano, pero en uno son protagonistas absolutos y en otro apenas una nota al pie. Constituyen la urdimbre que crea un punto de conexión entre cada capítulo.

Decía que el título, a pesar de no ser una traducción fiel, respeta el mensaje central de la novela de Egan. Y es que sí, el tiempo es un canalla. Hace picadillo los sueños de juventud, convierte a la adolescente rebelde en madre sobreprotectora y al músico idealista en productor de bazofia enlatada, lo aplasta todo. El tiempo es un canalla entrará a cualquier lector que afronte o haya afrontado la crisis de la madurez como una loncha de queso entre las rebanadas de un sándwich. Quizá no sea lectura para Millenials, pero cualquiera sabe.

Un dato, Egan declaró que la novela fue inspirada por dos fuentes: En busca del tiempo perdido, de Proust y Los Soprano, serie icónica de HBO. La cita no es solo provocación, tiene sentido al leer El tiempo es un canalla, donde la memoria y la consiguiente (y distorsionadora) nostalgia juegan su papel y el trasiego de personajes marginales que en cierto momento se convierten en protagonistas, recuerda a la serie televisiva.  

En una reseña, también en The Guardian, era calificada como una novela difícil de resumir, pero deliciosa de leer y es que se trata de una propuesta compleja, una sinfonía de personajes y formas de narrar, saltando de la primera a la tercera persona e incluso hay un capítulo construido utilizando PowerPoint (delicioso, brutal, no por la forma en sí, sino por el contenido). Hay capítulos que rezuman melancolía, otros divertidos, surrealistas, irónicos, los registros son variadísimos. Incluso y es de agradecer, se bordean terrenos pantanosos en lo políticamente correcto, como cuando una asesora trata de realzar la imagen pública de un sanguinario genocida, usando a una estrella adolescente en horas bajas. También incluye una reflexión sobre el impacto que las nuevas tecnologías en nuestras vidas y es que el cambio está siendo profundo y me parece interesante que los escritores fabulen y reflexionen sobre ello en lugar de repetir los mismos temas de siempre.

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Fragmento del capítulo en PowerPoint. No encuentro imágenes en español 

En fin, un libro original, tremendo y acabo esta reseña sin hablar apenas del argumento. Pero para qué, mejor dejarse sorprender. A pesar de que los mostradores de nuestros templos consumistas seguirán lodados con thrillers, tochos históricos o la moda que toque, escritoras como Egan me ayudan a mantener la fe en la lectura. 

Por si no queda claro, os enlazo a una reseña aún más entusiasta que la mía en el blog Estandarte.

domingo, 27 de mayo de 2018

"El corazón es un cazador solitario" de Carson McCullers


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Cuando escasea el tiempo y la concentración para leer, se vuelve uno un poco sibarita. No entra cualquier cosa, el estómago donde van los libros está especialmente levantisco y ataca con sus ácidos sin compasión. Hasta da ardor leer el trabajo propio y eso que como te conoces tiendes a ser benévolo. En tal coyuntura, autores como Carson McCullers son garantía de una digestión apacible. El corazón es un cazador solitario fue publicado en 1940, cuando la autora contaba con apenas veintitrés años. Si no recuerdo mal, la crítica lo considera su trabajo más atinado. Desde luego, allí volcó toda su sensibilidad, ternura y talento. La mía es una edición de Círculo de Lectores, con motivo del centenario de su nacimiento, con traducción de Rosa María Bassols. Viene con una sobrecubierta desplegable, el libro pesa un quintal, cada hoja es densa y tirante, como una cuchilla. Me alegro de tenerlo en mi estantería, porque me sobrevivirá y es algo que no pueden decir los libros de bolsillo y colecciones de periódico que compré en los tiempos de penuria estudiantil.

Es un título que la mayoría conoce, pero no está de más contar a trazo grueso su argumento. Luego desgrano alguna de las cosas que me han removido. La historia está ambientada en una ciudad industrial del sur de EEUU (¿quizá en el estado de Georgia?), a finales de los años 30. Tenemos por tanto segregación racial, clasismo, pobreza a raudales y otoños calurosos. John Singer y Spiros Antonapoulos son sordomudos y amigos inseparables. Componen una pareja de contrastes, ya que Singer es estoico y centrado, mientras Antonapoulos es perezoso y glotón. Sin embargo, ellos se complementan y conviven felices, aislados del mundo pero aferrándose a ese hilo que su lenguaje de signos y complicidad mantiene tenso y firme.                                                        

Todo cambia cuando Antonapoulos pierde la cabeza y es confinado en una institución mental. Singer, perdido su único amigo, alquila una habitación y en torno a su silente quietud convergen varios personajes atormentados, cada cual más variopinto. Mick Kelly, una adolescente que sueña con convertirse en pianista; Jack Blount, un agitador político que entra y sale de las brumas del alcoholismo, desquiciado porque sus ideas caen en saco roto. El doctor negro Benedict Copeland, varado en tierra de nadie por su educación, insólita entre los de su raza y sus ideas redentoras que caen, como en el caso de Blount, aunque por diferentes motivos, en terreno baldío. El cuarto satélite que orbita en torno a Singer es Biff Brannon, el dueño de la taberna donde Singer acude cada día a almorzar. Brannon es un observador inteligente, pero tiene un vacío secreto, un amor paternal que al morir su mujer se torna irrealizable. 

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Foto extraída de una adaptación teatral de 2017 (fuente: arktimes.com)

Los cuatro personajes acuden a Singer, le hablan desde lo más profundo de su ser. El mudo atiende, sonríe, ellos creen que les comprende. A partir de aquí pasan muchas cosas. McCullers nos muestra, con increíble sencillez estilística y a través de un narrador omnisciente, los entresijos del alma humana. La debilidad de ese corazón, un cazador solitario que parece condenado, como un titán, al sufrimiento. La novela dará un vuelco al final, aquí me tiemblan los dedos, pero desvela algo insólito y que a lo mejor uno no acaba de darse cuenta, pero es que el propio Singer también es un cazador solitario. Y también sufre.

Me resulta extraordinario que con esa sencillez se pueda ahondar tanto, llegar al alma misma de los personajes. Que son seres de ficción, no existen, o sí, es algo que a veces llego a dudar. El escritor es una especie de Dios creador. Y de hecho, así conciben a Singer esos cuatro personajes. El sordomundo es visto como un sabio, alguien con el que pueden compartir sus sentimientos y a quien revelar aquellos sueños más inconfesables. Es como esa figura de Cristo a la que se dirigen plegarias, pero de la que nadie obtiene respuestas.

Todos están solos en esta novela, se sienten aislados de los demás y sufren, mucho y tienen sueños, quimeras en realidad, al lector (y quizá a ellos mismos) le queda claro que son irrealizables. A pesar de todo, es el combustible que les alienta a seguir. Porque así es el ser humano, su existencia se sustenta en la creencia en ficciones. Ahí es donde reside nuestra singularidad. 

Y es que el propio Singer sufre esa misma soledad, al verse alejado de su querido Antonapoulos. Es un sentimiento profundo, más allá de la relación homosexual que se pueda intuir. Es tener a alguien con el que poder comunicar tus sentimientos y a quién amar sin condiciones, ¿quién lo tiene? Pensad un poco, ¿a quién podéis desvelar hasta las entrañas? Da terror pensarlo y de hecho, uno se podría sentir tan indefenso. El pobre Singer es ciego, además de sordomudo. Porque Antonapoulos es egoísta, perezoso y no corresponde del mismo grado a Singer, un tema que McCullers también trata en La balada del café triste. Pero a nuestro héroe no le importa. Singer ama sin recibir ni una pequeña fracción de lo que ofrece y esto, dar sin la pretensión de obtener un gracias, sin pedir sumisión, es la verdadera generosidad y es un don tan escaso que acabo viendo a Singer como una figura religiosa, sí, igual que los cuatro desesperados que acuden a su habitación y comparten un cigarrillo y hablan al mudo y este les mira sin pestañear para leer sus labios. Singer simboliza la esperanza, es una almohada donde se posan con suavidad los sueños de Mick, el doctor Copeland o Blount. 

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Sandra Locke como Mick Kelly, en la película de Robert Ellis (foto: fanpop.com)

Si hay un personaje donde McCullers vuelva su espíritu creo que es Mick, la joven que espera ser pianista y a falta de dinero para un instrumento compone melodías imaginarias en una libreta. Es inteligente, despierta y hay una escena donde hace una excursión con un amigo del barrio a un paraje cercano y contiene una descripción maravillosa del momento crucial en el que deja de ser una niña, con una delicadeza perturbadora. Es el paso al abismo, al del mundo adulto y asistimos así a una novela dentro de otra, a una novela de descubrimiento. 

Hay también una parte sociológica, el retrato de las desigualdades y las diversas formas de opresión, no solo racial, que merecerían su análisis. Se puede hacer una lectura política, incluso, que alcanza su punto culminante con la agria discusión entre el doctor Copeland y Jake Blount. Como véis, sin ser experto me atrevo a decir que El corazón es un cazador solitario es única y excepcional. Que cada cual lea y juzgue. 

En 1969 la historia fue llevada al cine y nominada a dos Óscar. La película es notable y los personajes están muy logrados, aunque Mick es una actriz veinteañera y la acción se desarrolla en los sesenta y no en 1939. Merece la pena también. En fin, decía Bukowski en un poema sobre McCullers:

Todos esos libros suyos
de aterradora soledad
esos libros
sobre la crueldad
del amor sin amor
es todo lo que de ella queda.

Y digo yo, ¿es que te parece poco? Para el que quiera otra taza, una reseña más centrada aquí.

sábado, 7 de abril de 2018

ERCKMANN-CHATRIAN


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De mis lecturas imberbes recuerdo con cariño una serie de novelas juveniles en las que el protagonista era un tal Flanagan, adolescente aspirante a detective. La primera tenía el sugerente título de No pidas sardina fuera de temporada y le siguieron muchas más. Me vino de inmediato a la cabeza cuando cayó en mis manos, por recomendación de Paco Castillo en La Metáfora del Viento, los Cuentos de las orillas del Rin. No porque tengan nada que ver en lo argumental, sino porque ambos fueron escritos a dos (o cuatro, siendo rigurosos) manos. Años después, ya no tan flaganadicto, con barba, pero sin mucho conocimiento, Andreu Martín vino a mi ciudad. Obtuve la autorización de mi profesora de Lengua para asistir a la charla que iba a dar en la Biblioteca Municipal. Y sí, fui yo solo, raro, pero porque no me visteis con diecisiete años. Un par de horas sin mí en clase seguro que era un alivio. Parece mentira haberme convertido ahora en don sermones. Pero bueno, a lo que iba. Al señor Andreu Martín le hice dos preguntas, la primera, lo molesto que estaba porque en sus novelas los malos siempre eran heavies. La segunda, cómo era capaz de organizarse para escribir con otra persona. Recordar sus respuestas sin inventarme nada sería mucho pedir. Vamos con lo segundo: parece algo difícil, ya que el acto de escribir tiene mucho de onanismo, pero no imposible. Sé de muchos guionistas que trabajan no en parejas, sino en equipo, ¿por qué la literatura debe ser diferente?

Émile Erckmann (1822-1899) y Louis-Alexandre Chatrian (1826-1890) nacieron en la región de Lorena, que junto a la vecina Alsacia fue zona de disputa franco-alemana y polvorín europeo. Erckmann en la pequeña ciudad de Phalsbourg y Chatrian en Lunéville, que según he visto en Google maps están a tiro de piedra, cerca también del Parque Natural de los Vosgos. Una región plena de verde atlántico y alpino, con fuerte impronta germana, por lo que se ve en las fotos. Añado estos detalles porque su tierra natal es la materia prima con la que trabajan Erckmann-Chatrian, con independencia del tema. Una colaboración que se extendió de manera ininterrumpida desde 1847 a 1886, fructífera y exitosa a partes iguales. Parece que una disputa respecto al reparto de los derechos de autor fue lo que rompió la entente y truncó la máquina de producir historias que, si en algunos sentidos han envejecido, las encuentro emocionantes y perturbadoras. Conviene precisar que el reparto de tareas no era al cincuenta por ciento. El esbozo de las historias lo hacían entre los dos, pero la escritura recaía en su mayor parte en Erckmann. Chatrian hacía después las labores de representante-administrador y negociaba contratos, derechos, etc.

La producción de Erckmann-Chatrian, como la de numerosos escritores de la época, es notable en cantidad (casi el centenar, entre novelas y piezas teatrales) y calidad a decir de la crítica. Aunque no tuvieran procesadores de texto y el acto mecánico de escribir fuera más farragoso, carecían de redes sociales, teléfono móvil y todos los distracciones de hoy, aparte de que había un mercado. Cultivaron diferentes géneros. Mis lecturas han sido dos novelas histórico-patrióticas, pero con una fuerte orientación pacifista y un libro de cuentos de temática fantástica. En este sentido, Valdemar publicó una antología que ya no tienen en catálogo y espero decidan reeditar. Se titula Hugo el Lobo y otros relatos de terror, si algún buen samaritano la tiene en epub puede contactar conmigo a través del formulario y ganarse el cielo (actualizo: cinco años después de escribir este post apareció la citada alma generosa, a la que le doy las gracias). Valdemar si mantiene disponible La invasión, o el loco Yegof, que describe la campaña de Rusia y es el precedente de las novelas que históricas que yo he leído.


Los Cuentos de las orillas del Rin son una antología con la traducción actualizada de Mercedes López-Ballesteros. Lo editó Reino de Redonda y contiene un sustancioso prólogo de Javier Marías. Son ocho historias ambientadas en la tierra natal de Erckann-Chatrian, tienen por tanto un tono costumbrista y popular: se retratan los tipos, la vida de la región y corre la cerveza. Me ha sorprendido el pulso y habilidad con la que están contadas. No llegan a ser de terror, pero si poseen un importante elemento sobrenatural y cierto tono jocoso, burlón, o eso parece. La ladrona de niños te tiene en un puño todo el rato y el final es escalofriante. Son relatos que se mueven en los márgenes, en esas zonas de sombra de la naturaleza humana, como hace también E. Allan Poe, aunque a mí me recordaron más a E.T.A. Hoffmann. Ese ramalazo romántico es palpable en el primer relato, el más largo, titulado El tesoro del viejo duque, deudor de la célebre historia del sueño de Las Mil y Una Noches. He contrastado varias reseñas después y en general, creo que todos coincidimos en el placer de caer en el saco de un verdadero contador de historias, la evocación de un tiempo lejano, para leer a la luz de la lumbre, donde casi nada tenía explicación y la noche era, por definición, patrimonio de las tinieblas y no de la luz azul.

Las otras dos novelas tienen como protagonista a José, joven aprendiz de relojero de Falsburgo (localidad natal de Erckmann). Con tres páginas leídas ya te vienen a la cabeza los episodios nacionales de Galdós y Gabriel Araceli (¿influirían en Galdós los escritores franceses?). Aparte de ese protagonista de origen humilde, son historias que se desarrollan en el contexto de hechos históricos relevantes, pero desde el punto de vista de una persona del pueblo, corriente y moliente. La traducción, además, es obra de Manuel Azaña, presidente de la II República española, así que el tono castizo refuerza todavía más la impronta galdosiana. La primera es Historia de un quinto de 1813 (1864) y la otra es Waterloo (1865), en una edición antigua de Espasa Calpe, aunque están disponibles en la Biblioteca Cervantes Virtual.

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Son muy entretenidas, narradas en primera persona, costumbristas y de aventuras, hay de todo un poco. Tienen partes que han envejecido mal, como es lógico y otras que mantienen el pulso y la emoción con la que fueron escritas. El pobre José quiere casarse con su prima Catalina, pero a Napoleón se la ha puesto entre ceja y ceja dominar Europa. José se ha librado de las quintas porque es cojo, pero tras la debacle de la invasión de Rusia es llamado a filas. Asistimos a las cuitas del nuestro recluta, en marchas interminables y batallas cruentas donde los soldados se disponen como peones en un tablero de ajedrez y son barridos por la metralla o luchan como animales por salvar el pellejo. Estas guerras napoleónicas (que cubren un ciclo de veinte años) quedan tan lejos que uno pierde la perspectiva, pero historiadores serios estiman que el número de víctimas rozaría los seis millones (solo en España fueron medio millón y la campaña de Rusia costó la vida a 600.000 soldados del bando napoleónico, sumando muertos rusos nos vamos al millón), a los que habría que añadir mutilados. Esto en una población europea de 180 millones. Vamos, para tomárselo en serio. Y Erckmann-Chatrian se lo toman. Aunque nacieron con posterioridad a los hechos, es casi seguro que utilizaron fuentes orales para preparar sus historias, hay una carga de veracidad innegable.

Aparte de José, destaca el personaje del Señor Gulden, maestro y mentor, antiguo jacobino que representa la esencia del republicanismo que abanderaban Erckmann-Chatrian. La tía Gredel, con su pragmatismo, hace de contrapunto, especialmente en Waterloo. Porque la guerra en estas novelas es vista con horror, como una perturbación en la vida de gentes sencillas que son lanzadas a matar a otras, sin motivo real, tan solo por el capricho de una élite hambrienta de poder que ha traicionado los principios de una revolución loable. Sirva de ejemplo un fragmento de este encendido discurso del citado señor Gulden:

Si los que nos mandan, diciéndose enviados por Dios, para hacer nuestra felicidad en este mundo, pudieran figurarse al comenzar una campaña a cuántas pobres viejas e infelices madres van a desgarrar las entrañas por satisfacer su orgullo; si pudieran ver sus lágrimas y oír sus lamentos en el instante en que les dicen: ¡Tu hijo ha muerto...; no le verás más! Ha desaparecido bajo los cascos de los caballos, o destrozado por una bomba, o en un hospital lejano — después de sufrir una amputación —, abrasado de fiebre, sin consuelo, clamando como cuando era niño...; si pudieran imaginarse todo eso, creo que no habría ninguno tan bárbaro que se atreviese a seguir adelante. Pero no piensan en nada; creen que los demás no quieren a sus hijos tanto como ellos: ¡toman a las gentes por bestias! Se engañan: con todo su inmenso genio y todas sus grandiosas ideas de gloria, no son nada, porque un pueblo — hombres y niños, mujeres y ancianos — no debe hacer la guerra sino cuando atacan su libertad, como hicimos nosotros en 1792 (…)

Waterloo, la continuación de Historia de un quinto de 1813, es más larga y al principio, más tediosa por los amores (ingenuos para nuestros estándares actuales) de José y Catalina. Me parece notable la descripción de la restauración borbónica, el regreso de los emigrados y el cambio de chaqueta de los oportunistas (una abrumadora mayoría). También, la situación en la que quedan los veteranos de guerra, que son tratados como sarnosos cuando no tuvieron más remedio que batirse en las guerras que dictaba Monsieur Bonaparte y defender el suelo patrio de rusos y prusianos cuando todo se vino abajo. El relato de la batalla de Waterloo y la retirada posterior es vibrante, a ras de tierra, José no ve a Napoleón más que de refilón. Pero es un relato bélico de altura.

Para acabar, no he podido dejar de pensar en el destino del traductor, Manuel Azaña y algunos pasajes del libro, que seguro tuvieron que venir a su cabeza en medio de la vorágine política que le tocó vivir. Por ejemplo, cuando el señor Gulden dice:
El amor de Dios, a la patria y la familia son una misma cosa. Pero lo que nos entristece alguna vez es ver que el amor a la patria se desvía para satisfacer la ambición de un hombre y el amor a Dios, para exaltar el orgullo y el espíritu de dominación de un corto número de personas.
Cuántas veces ideas nobles son manipuladas para servir fines egoístas. Desde luego, Erckmann-Chatrian sabían de qué va nuestro mundo.

jueves, 22 de marzo de 2018

"Taxi" de Carlos Zanón

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En Taxi, la nueva novela de Carlos Zanón, se relatan las idas y venidas de Jose sin tilde, alias “Sandino” por su devoción al triple de los Clash, “Sandinista”. De hecho, cada capítulo es nombrado como una de las canciones del disco. Treinta y seis, para ser exactos, a las que hay que añadir tres descartes, el número de catálogo, fragmentos de una frase y las iniciales del Frente Sandinista. ¿Detalle molón o rompecabezas?

Durante siete días y seis noches de insomnio, primera alusión mítica en un libro plagado de ellas, acompañaremos a Sandino en su Toyota Prius por las calles de Barcelona. Una semana donde parece concentrarse toda una vida, uno de esos momentos de crisis existencial que jalonan la madurez. Y es que Sandino huye de todos y de sí mismo, pero vuelve como un yoyó. Su mujer le espera para tener con él una conversación, algo serio, se entiende. Sobre todo, vista la promiscuidad de Sandino, que dice querer a su mujer y no desea perderla, pero aprovecha los intersticios que le deja el trabajo para dejarse caer en los brazos de sus numerosas amantes, presentes y pasadas. Por si no le bastara con eso, Sandino se pone nuevos retos y se enamora de “Llámame Nat”, una pija inalcanzable casada con un escritor y para la que trabaja como chófer particular dejando a sus hijos cada mañana en el colegio. La clásica historia de “me gustan todas, pero te quiero a ti”.

Zanón construye un personaje agarrado con uñas y dientes a su inmadurez. Todavía haciendo gala de un mote que le pusieron a los diecisiete años, revoloteando como un niño, dando vueltas en círculo en torno a la vida adulta sin atreverse a entrar. Uno se pregunta qué será de Sandino cuando se tope con la vejez, que en realidad tiene a la vuelta de la esquina, si seguirá tumbándose en la playa a ver los aviones remontando el vuelo desde el Prat. Y es que el personaje de Sandino es el plato principal de Taxi, que viene acompañado, sin embargo, de numerosa guarnición. Y es curioso, porque esta se sirve, como en las bodas, la una detrás de la otra. A los aperitivos les sigue el marisco, luego la carne, el sorbete, el consomé y acaba uno con los chupitos, café y postre. Si te dejas algo, lo recoge el camarero y no vuelves a saber nada más.


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Foto de Carlos Zanón durante la promoción de Taxi (fuente: Abc.es)
   
La novela comienza con la historia familiar de Sandino, el entierro de su abuela y una urna de cenizas con las que tiene algún que otro contratiempo. Aparece intercalado el diario olvidado de una niña huérfana, a través del cual se indaga en las raíces sociales del protagonista y un choque de clases que aflora al final. El taxi, las diversas anécdotas donde brilla el trabajo de documentación y una Barcelona nada turística de fondo, es un telón que para mí no es más que eso, decorado. Por mucho que haya un exmosso corrupto y dolido por unos cuernos o clubes donde se aturde a los borrachos con burundanga para sacarles las entrañas o marroquíes que pasan sin transición del hachís y el rap a la yihad. Pero como reclamo publicitario, decir que es un retrato de la Barcelona real, la gran novela sobre Barcelona y etcétera, seguro que funciona.

Entradas aquí y allá, clientes que arrastran su historia personal de desespero. Parece que el taxi es el mejor diván, o el mejor escritorio, porque sus usuarios lo mismo se sinceran, entran en catarsis que mienten y fabulan. Cuestión esta, la de la mentira, muy interesante y que Zanón trabaja en varios momentos nada secundarios. Luego se irá agregando una trama criminal, junto a las derivas sentimentales de Sandino, que eclosiona en un último tramo de delirio, con sus peleas, contusiones, careo mafioso, destrozos y por lo que parece, ningún muerto. Para acabar, vuelta a la calma. Sandino seguirá huyendo, sin querer llegar a Ítaca. Detrás quedan varios interrogantes sin resolver, pero da igual. Stop the world.

Taxi es una novela que se resiste a las clasificaciones. Tiene un adobo de novela negra, un buen tercio de páginas destinadas a este fin. En realidad, es una manera de tenernos enganchados. Un aditivo, el glutamato monosódico que potencia el sabor del relato. Pero no creo que sea la historia última que Zanón pretende en Taxi. Temas como la incomunicación, la búsqueda del amor, la mentira, el clasismo, el desarraigo, las relaciones familiares. Todos universales que otorgan una larga fecha de caducidad a Taxi. No es una novela ni mucho menos perecedera, de usar y tirar.

El estilo de Zanón ya lo conocemos. Es versátil y a la vez tiene su sello propio. Hay poesía encubierta o deliberada, hay momentos de ametralladora y pausas filosóficas. De completo ensimismamiento. Aún con sus resbalones, se mantiene en pie con gran dignidad. Me gusta, me conmueve. Cualquiera se siente a veces como Sandino, aferrado a su pasado, sin futuro, deambulando por el presente como si le hubieran echado burundanga en el vaso. ¿Y qué hacer? Tirar hacia delante, ayudar a los amigos. Vengarse y ser vengado. Tener sexo sin amor y amor sin sexo. Enamorarse, sobre todo de uno mismo y desear justo lo que uno no tiene en ese momento, en un bucle sin fin. Tomar decisiones estúpidas para meterte en líos y luego, ocupado en salir de esos embrollos, eludir el fondo de la cuestión, ¿qué hago con mi vida? Un kamikaze que quiere matarse y a la vez salir ileso, sin poder explicar esa paradoja. Ese es Sandino. Una novela al servicio de un personaje. Tan narcisista como empático. Tan preocupado por sí mismo como por los demás.

Post scriptum

Escribí esta reseña del tirón, después de acabar Taxi, hace un mes o así. Apenas si he corregido algunas repeticiones, de ahí su tono tan crudo. De paso, me he dado cuenta, sobre todo después del encuentro con Zanón el pasado 1 de marzo, que hay cuestiones nada desdeñables que pasé un poco por alto. Por ejemplo, en una entrevista en El Periódico, Zanón afirma lo siguiente:
A medida que va avanzando la novela Sandino va entendiendo cosas de la vida de su abuela, que es una novela en sí, y el paralelismo del desclasamiento en una sociedad como la de Barcelona que no se ve, pero es muy clasista. Su abuela llega hasta un punto en que esta integración en una familia que a priori era la suya se trunca, y a Sandino Llámame Nat le dice ‘hasta aquí’. Quería una novela que se saliese del marco y manchase la pared. Una sociedad clasista funciona creando la apariencia de que no lo es, hasta que te dejan claro que no eres de ellos.
En fin, que hay mucha miga en Taxi. Acabo con un nuevo link, porque Zanón, como cualquier escritor que se precie, siempre está con el cazamariposas preparado y sacó tema para su tira semanal en La Vanguardia a partir de una anécdota personal de uno de mis compañeros de trabajo, que entronca de paso con Taxi. Se titula Geppetto y las cien mil camisas. Lo podéis leer aquí. Me despido con mis mejores deseos para esta semana tan santa que se avecina.

jueves, 8 de marzo de 2018

"El ADN dictador" de Miguel Pita


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Además del terreno seguro de lo literario, me atraen las lecturas divulgativas, no solo de Historia, Filosofía o Antropología, donde tengo más puntos de referencia, también me gusta asomarme al mundo de la Biología y la Física. Hay autores valiosos, magníficos y el formato libro te permite ahondar más que el clásico documental cuyo efecto en muchas ocasiones dura lo que una nube de verano. Para el caso que nos ocupa hoy en la llanura, El ADN dictador, se trata de una eficaz introducción al mundo de la genética. Lo dice un lego en la materia que en ningún momento se ha sentido desorientado ni confuso con su lectura (de ahí lo de “eficaz”). Su autor, Miguel Pita, es doctor en Genética y Biología Celular. Imparte clases de Evolución y Genética en la Universidad Autónoma de Madrid y este bagaje docente intuyo que ha sido clave para ofrecer un libro instructivo y ameno a la vez.

El ADN dictador está estructurado en torno a cuarenta capítulos muy breves, que por separado podrían funcionar como artículos periodísticos (o un post). Estos capítulos tienen una entradilla con sugerentes ilustraciones, donde se lanzan preguntas que a todos nos asaltan de vez en cuando y ante las cuáles la ciencia puede ofrecer indicios de respuesta. Por ejemplo, el primer capítulo, que se titula “el microchip que llevamos dentro”, comienza así:
¿Somos por completo dueños de nuestro destino, o estamos condicionados desde que fuimos concebidos por nuestros padres? ¿Estamos sometidos al designio de nuestros pequeños dictadores, los genes? ¿Nacemos o nos hacemos?
Hay un tono didáctico muy marcado, como debe de ser. El hilo conductor es una mujer ficticia, Ale, cuyas dudas y observaciones cotidianas dan pie a muchos de los temas tratados. Los ejemplos, datos y cifras, a veces son meramente ilustrativos (el autor siempre lo advierte) y sirven para reforzar la comprensión de aquellas cuestiones más arduas. Pensando en esto, quizá no sea un libro para expertos, pero, ¿para qué quiere uno que le expliquen lo que ya sabe? La cuestión es cultivar la tierra inculta, no arar lo ya arado.

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El ADN dictador está bien estructurado y se mueve de lo general a lo particular. Después de ofrecer una panorámica general o introducir un concepto, por ejemplo, la nutrición, le sigue algo más concreto y sugerente, en este caso nuestra humana afición al dulce.

La selección natural es planteada a fondo, Pita trata de desmontar la tergiversación decimonónica que todavía persiste y que el define como “La (chorrada de la) supervivencia del más fuerte”. De gran interés son los capítulos dedicados a la deriva por azar. Ambos conceptos conducen al meollo de la cuestión, “el 2-ADN, la macromolécula que nos configura”. Es sugerente pensar, sobre todo por el difícil encaje con el reduccionismo-apisonadora actual, que cada persona es una de entre millones de combinaciones posibles. En concreto:
Tener el 2-ADN dividido en 23 pares de cromosomas quiere decir que para cada matrimonio hay 70.000.000.000.000 de posibles hijos distintos, aunque muy parecidos entre sí, que son las formas de combinar los 23 pares de paquetes (sin contar el sobrecruzamiento ni las mutaciones).
En el capítulo “la mutación es bella”, Miguel Pita nos enseña que las modificaciones casuales del ADN “son las culpables de la evolución, para bien y para mal”. Puede que una simple mutación esté en el origen de la expansión del neocórtex humano, un clic casual que encendió la mecha de nuestra inteligencia. De verdad que no entiendo por qué la gente se devana los sesos con las religiones, con lo fascinante que es la ciencia. Como es rutina en El ADN dictador, Miguel Pina trata de desmontar mitos respecto a las mutaciones, que serían pre adaptativas y no al revés.

Conocer que existe un nexo de unión entre todos los seres vivos del planeta es hermoso, hay una poesía que subyace, aunque enseguida venga un jarro de agua fría: los virus. Esos “supervivientes a costa ajena”.

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El autor (en la foto) aborda cuestiones que han hecho devanarse los sesos a cerebros de generaciones y culturas diferentes: el libre albedrío y la teoría de la tabla rasa. Una de las cosas que me gusta de este libro es que no ofrece respuestas categóricas. Se aportan indicios, pruebas, afirmaciones, con infinita prudencia. Se deja un campo para el debate y la reflexión. No es dogma y esta es diferencia esencial entre ciencia, religión e ideología (que no deja de ser una forma de religión, ya que el matiz se persigue como disidencia).

Hay que decir que Miguel Pina se moja. ¿Influye —que no determina—la genética en la infidelidad? ¿Y en la orientación sexual? ¿La monogamia tiene una base cultural o hay indicios en nuestra naturaleza? ¿El comportamiento reproductor de hombres y mujeres puede estar condicionado por sus células sexuales (la llamada varianza de fitness)? Hay unos capítulos muy interesantes respecto a lo que él llama “la pareja perfecta”, esto es, lo que el ADN nos señala a la hora de buscar una media naranja, que no es sino una vía de nuestro gen dictador para perpetuarse y saltar otra generación. Sin llegar a negar la maleabilidad de nuestra especie, fuertemente influida por su nicho cultural y con un cerebro, como explica Pita, bastante mentirosillo.

El amor, el miedo a la muerte y otros comportamientos inconscientes son tratados al final, creo que con menos consistencia o detalle que los anteriores. Quizá Miguel Pita creyó que el libro se alargaba demasiado (350 páginas de ciencia, buff, aunque yo las prefiero a mil de Ken Follet). O temía entrar en terrenos pantanosos. Expresión de los tiempos que vivimos, donde cualquiera puede sentirse ofendido y hay que hacer pasar todo (quepa o no) por el aro de lo que debe ser, es el epílogo final. Voy a citar un extracto, donde me apena que el autor deba pedir disculpas por si las moscas. El resto lo suscribo por completo y dejo así aleteando el mensaje sabio de un sabio para acabar.
Espero que la lectura no provoque reacciones adversas. La vida es un acontecimiento impresionante, aunque puede tener aspectos que no coinciden con los deseos expresos de las sociedades humanas contemporáneas. Querría que tampoco ofenda a nadie lo que escribo sobre comportamiento humano, pues no es mi mundo ideal, es el que observamos quienes dedicamos tiempo a analizarlo y describirlo (…) La biología es como es y la buena noticia es que podemos controlarla; no perdamos el tiempo criticándola ni desacreditando a quienes la estudian (…) Miremos hacia los lugares que necesitan un arreglo, y que nadie abomine ni reniegue de nuestra naturaleza, pues está en nuestras opciones atemperarla (…) El que abomine de algo, que lo haga de cuanto hacemos y dejamos de hacer con nuestras decisiones libres en nuestra sociedad y a lo largo de nuestra corta e insignificante historia.
Si te has quedado con ganas de más, una estupenda entrevista al autor aquí.

viernes, 2 de marzo de 2018

Encuentro con Carlos Zanón



Ayer tuve la suerte, junto a otros compañeros, de compartir buena parte del día con Carlos Zanón. El escritor barcelonés puso la guinda a un ciclo en torno a los orígenes de la novela negra en España, lecturas que he ido dejando caer por la llanura. Ha sido inspirador y una buena oportunidad para hacer tribu. Uno puede poner el telediario (para colmo a la hora de comer), recibir sin paraguas el chaparrón de desgracias diario y luego roer el cuscurro de pan que son los deportes o la previsión meteorológica. Para dar la puntilla, quejarse de que el libro es un animal en peligro de extinción. Pero junto al fuego de otros lectores, esperando media hora de pie a que le firmen un ejemplar, viendo como en mitad del diluvio manchego sesenta personas llenan la sala para oír hablar de literatura, el mundo me parece “más amable, más humano, menos raro”.

Hubo un tiempo (creo que lo cuenta Posteguillo en su serie dedicada a los libros) en el que una turba lectora digna de los Sanfermines iba al puerto de Nueva York a esperar la última entrega de Oliver Twist, o se llenaba un estadio para escuchar poesía. El ser humano siente verdadera avidez por las historias, porque de hecho la imaginación es nuestro sello de distinción evolutiva (con permiso del Neandertal, extinto) y la capacidad de crear y creer en ficciones, junto a una extraordinaria flexibilidad para establecer redes sociales y cooperar unos con otros, es lo que nos ha puesto el mundo en bandeja (los pesimistas dirán que bajo la guillotina). Por eso yo veo la literatura y todo lo que la inspira como la orquesta del Titanic: morirá cuando se hunda el barco.

En su conferencia, Carlos Zanón ha puesto en valor la novela negra, acotando el género al margen de lo puramente detectivesco. En sus propias palabras, un género amplio, bastardo, de donde “es fácil entrar, pero también salir”. Que sea popular para Zanón es su gran baza, porque al quedarse al margen de lo que se cree o denomina alta cultura, se libra del canon academicista y deriva en un sano eclecticismo.

Zanón ha definido la novela negra como una “mutación moderna del costumbrismo”, donde la crítica social y la violencia serían un componente ineludible. Me ha venido a la mente una entrevista a Juan Madrid, donde reconocía que comenzó a escribir novela negra para poder contar la verdad sin las limitaciones del periodismo y hacer por tanto una radiografía social más certera. Aparte, la novela negra plantea una cuestión incómoda. Antigua, como el anillo de Giges de la tradición platónica: el delito, el crimen, no es una parte extraña de nosotros. No está al margen de la sociedad, sino que convive, incluso es producto de ella. Cualquiera, en determinadas circunstancias, podría pasar de héroe a villano en un parpadeo. La novela negra siempre acaba mal. Sus personajes se ven envueltos en una red que les aniquila, de donde nunca salen indemnes.

                           

Zanón también ha tratado cuestiones más de índole personal. Por ejemplo, nos ha contado que estuvo años tratando de publicar su novela Tarde, mal y nunca. En ella, aún tomándose como referente, decidió comenzar con algo insólito, una sensación que por suerte nunca había experimentado: golpear a una persona hasta matarla. Desde ese punto, se dejó llevar, creando una retrospectiva que ahondaría sobre las causas del crimen. Pero en ningún momento se dijo: voy a hacer novela negra. La novela, por fin publicada en un sello editorial modesto, cayó en las manos de un comercial con chispa al que se le ocurrió acompañar el típico ejemplar de promoción con una bolsa de macarrones. Por eso del “macarrismo” de sus personajes, se entiende. Entonces una periodista de El País pensó en su nevera vacía, vio el paquete de macarrones y de paso se llevó el libro. De ahí vino una reseña elogiosa usando la etiqueta de “novela negra” y el resto es historia. Al respecto, Zanón ha bromeado sobre los tópicos que rodean al género, influido por toda la mitología del cine en blanco y negro y sus estereotipos. Los “recortes” en capítulos accesorios que puede sufrir la novela si se traduce, pensando en un público que quiere chicha y no introspección. O las portadas de los libros. Por ejemplo, para Yo fui Johnny Thunders pensó en un tipo de portada que fue descartada por el departamento de marketing, porque en la cubierta de una novela negra, para ser vendible, debía aparecer “una pistola, un callejón oscuro o un coche”.

En fin, Zanón ha reconocido la parte conservadora y evasiva de este género (“una novela negra nunca puede ser aburrida”), su capacidad para combinarse con por ejemplo la novela histórica, la historia intimista e incluso la ciencia-ficción. Pero también su singularidad, que reside en el punto de vista, porque muestra cada víctima como un trauma, cada muerte violenta como el fracaso de una sociedad. Aunque se ha contagiado del ritmo televisivo, añade un aporte que nos permite reflexionar y no solo engullir en bruto. Mientras el cine o la televisión han banalizado la violencia, de tal modo que hasta la persona más sensible puede asistir a palizas, tiroteos y matanzas delante de su pantalla sin pestañear, la palabra escrita logra otro matiz. Nuestra sociedad se ve más perturbada por cuestiones quizá peregrinas (recuérdese el debate sobre la cocción de la langosta en Suiza o las pasiones desatadas en torno a la palabra “miembras”) que por el sufrimiento humano. En esto, una parte de la novela negra constituye un revulsivo.

Además de entretener, Zanón es consciente de que una buena novela negra debe implicar también al lector, exigir que ponga de su parte. Este equilibrio es la clave para separar el grano de la paja. Otro aporte del género actual que es muy de nuestro tiempo es el tema de la soledad. El difícil encaje en un mundo donde no queda claro quiénes son los buenos y quiénes los malos, donde parece que no te puedes fiar de nadie y aún estando conectados, nos sentimos cada vez más solos.

Espero haber resumido bien la esencia de la charla. Ya entrando en lo personal, Zanón me ha resultado accesible, un conversador ingenioso y alegre, sin afectación alguna. Esa virtud creo que sabe trasladarla a sus novelas: son sencillas pero profundas. Como en sus personajes, aún en la edad madura, palpita dentro de él una brasa joven. Ha sido curioso oírle contar alguna anécdota, después de romper el hielo, algo que siempre se consigue en torno a una mesa y enseguida venirme a la cabeza una brizna de sus novelas. Como ha mencionado en la conferencia, todas las historias están ya contadas y el escritor añade básicamente los personajes, la ambientación y sobre todo, lo que hay de si mismo. Es un volcado, que pretende tocar la tecla del lector, que es capaz de verse como en un espejo. Para un lector, su autor nunca es un desconocido. Hay una complejidad misteriosa, una sensación única de deja vu. 

jueves, 22 de febrero de 2018

"Beso de amigo" de Juan Madrid y "Tatuaje" de Vázquez Montalbán


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Diversas ocupaciones me han hecho descuidar el blog. Quizá por ese motivo se han escapado un puñado de mis escasos seguidores, qué se va a hacer. Cosas de la blogosfera. En cualquier caso, sigo con el tríptico en torno a los pioneros del género negro en España. Si antes fue García Pavón ahora le llega el turno a Manuel Vázquez Montalbán y Juan Madrid.

En ambos casos sobran las presentaciones. Vázquez Montalbán fue una especie de torbellino hiperactivo, escribió y opinó sobre casi todo. Ha sido traducido (según El País) a más de 24 idiomas, Islandia, Noruega y demás países nórdicos incluidos (¿plantó Carvalho el huevo de la narrativa negra de aquellas latitudes?) y voy a pegar una breve descripción de Enric González en El Mundo, que le va como anillo al dedo.
Hablamos de un tipo enfermizamente tímido y de un tipo formidablemente ingenioso y divertido. Hablamos de un tipo que revolucionó la literatura negra, la literatura deportiva, la literatura política, la literatura gastronómica, la literatura a secas y la columna periodística.
Tatuaje fue la primera novela de la serie que protagonizó este detective singular, Pepe Carvalho. Antes hizo una incursión en Yo maté a Kennedy, pero aquí es donde se comienza a dar forma definitiva al personaje. Estamos en 1974, Franco tiene los días contados y España está a punto de sacudirse la caspa autoritaria. La novela, sin embargo, surge en principio de una cena etílica. Después de vaciar varias botellas de vino, Vázquez Montalbán se apostó con unos amigos que era capaz escribir lo que luego fue Tatuaje en tres semanas. 

La historia comienza con un muerto, faltaría más. Un joven con la cara desfigurada aparece flotando en la playa con un tatuaje que dice “he nacido para revolucionar el infierno”. El señor Ramón, capo de barrio descasado, le encarga a Carvalho averiguar la identidad del fallecido. Mientras tanto, una redada policial nunca vista pone patas arriba el Barrio Chino, ¿existirá alguna relación con el muerto? Sus pesquisas le llevarán a Ámsterdam y de nuevo a Barcelona.

Vázquez Montalbán va modelando lo que será su personaje fetiche. Un sociópata que se define a sí mismo como “ex-marxista, ex-policía y gourmet”. Precisamente este delirio por lo gastronómico y el contraste entre su refinamiento y comportamiento brutal en ciertas ocasiones es lo fascinante de Carvalho. Es un personaje ambivalente, curioso, rudo, desquiciante. No estoy muy familiarizado con el género negro, pero creo que Vázquez Montalbán agrega matices al arquetipo clásico y le aporta un barniz interesante. No me extraña que Enric González en su artículo aluda a esa metamorfosis autor-personaje.

Aparte de Carvalho en sí, cuya sola presencia aporta interés a Tatuaje, hay otras cuestiones de fondo. Las alusiones literarias, por ejemplo. Nuestro detective tiene la sana costumbre de prender su chimenea quemando un libro. Y no uno cualquiera, se trata de España como problema de Laín Entralgo y nada menos que El Quijote, ante el que siente algo de remordimientos por las bonitas ilustraciones del ejemplar en cuestión. ¿Es una puya de Vázquez Montalbán a la España eterna, un rechazo marxista hacia la alta cultura o un simple gesto provocador? En el propio Quijote las sobrinas de Alonso Quijano encienden una pira con las novelas que habían trastocado la mente del hidalgo y el impulso pirómano de Carvalho es casi de mitómano si lo miramos bajo esta luz.

Reciente adaptación de "Tatuaje" al cómic por Migoya y Seguín (fuente: https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20171106/carvalho-comic-tatuaje-migoya-segui-6375709)

El retrato de la sociedad tardofranquista es patente, aunque deformado al nivel de caricatura. La clase alta es tratada con un desdén absoluto, especialmente Teresa Marsé, guiño total a Últimas tardes con Teresa. La hidalguía y orgullo hispánico es despachado como un rasgo hipócrita y rancio, deleznable. Vázquez Montalbán solo parece apiadarse de los emigrantes españoles, “productores” según el eufemismo franquista que a pesar de las penurias no dejan de amar a su país. Hay una escena especialmente patética y tierna en este sentido, que no desvelo.

La principal debilidad de Tatuaje es la abrupta resolución de la historia. Además, Vázquez Montalbán deja varios cabos sueltos y un bouquet final de novela mal rematada. Esta al menos fue la impresión de la mayoría de los lectores. 

Toni Romano, el detective pergeñado por Juan Madrid es de otra pasta. Mientras Carvalho teoriza sobre la superioridad del pan con tomate respecto a la pizza o las miserias del menú del día patrio, a Toni Romano —bautizado como Antonio Carpintero, conserva su apodo de boxeador en homenaje a Rocky Marciano—le basta un bocadillo de queso y un paquete de cigarrillos. 

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La novela se titula Beso de amigo, la primera de una serie de ocho entregas. Juan Madrid también es conocido por sus guiones para televisión y su novela Días contados fue llevada al cine por Imanol Uribe. Película que por cierto es icónica de una época. En traducciones le va la zaga a Vázquez Montalbán, dieciséis según la Wikipedia.

En esencia, se trata de una adaptación patria bastante digna de la novela negra americana. Su protagonista es rudo, desarraigado, sin ambivalencias. No hay refinamiento alguno, salvo en su “pico de oro”. También tiene su colección de ex: ex­-policía, ex-boxeador. Y punto. Es firme, resuelto, habla con frases lapidarias (se podría sacar un buen ramillete de ellas), casi siempre con sarcasmo y parece, solo parece, poco dado a los sentimentalismos.
Nos cuenta la historia en primera persona, a lo Jim Thompson. Todo comienza con una rubia imponente (con sorpresa final) que encarga a Romano la localización de su marido, el cual tiene en su poder ciertos documentos comprometedores para cierto preboste. La cuestión de fondo es una trama inmobiliaria donde están implicados politicastros, hombres de negocios que aprovechan los nuevos vientos democráticos para llenar la buchaca y grupos de extrema derecha. Un contexto verídico que encuentra la inspiración en los tiempos de Juan Madrid como periodista de investigación. De hecho, el escritor afirma que las novelas le permitían contar todo lo que los periódicos, por presiones de diverso tipo, se negaban o no se atrevían a publicar.

Trama de corruptelas aparte, Beso de amigo tiene un interés notable. Se lee de un sorbo, es adictivo y entretiene. Se pueden poner peros, claro que sí, la trama principal se diluye, cae en la indefinición y el final es peliculero, deudor del cine macarrero, reactualizado por Tarantino. Pero es que quizá lo verdaderamente importante no es el tema en sí, sino el retrato de una época en transición. Una época en la que la homosexualidad y el travestismo estaban proscritos y se movían en la marginalidad. En la que los delincuentes de guante blanco, bien relacionados con las altas esferas, desplazaban a los chulos y extorsionadores de toda la vida. Un barrio, Malasaña antes de la "movida", sobre el que Juan Madrid toma una instantánea imperecedera. Un mundo que ve sus principios degradados, se olvida la lealtad, el honor, la amistad, todo en aras del dinero fácil. En este sentido, Toni Romano es un caballero de los de capa y espada, con principios, leal con los suyos. Méritos más que sobrados para darle una vuelta y pasar un buen rato de lectura noir.

La semana que viene, esta panorámica dará un salto de cuarenta años y se plantará en la época actual, con la conferencia de un autor que se fogueó con la etiqueta de “novela negra”, aunque Carlos Zanón se mueve en otras y variadas latitudes. Pero eso lo dejamos para el 1 de marzo, Dios mediante.