Pintura de William Turner, que refleja los atardeceres de aquel año sin verano (Fuente e información científica sobre el hecho: https://aemetblog.es/2016/06/23/1816-el-ano-sin-verano/) |
Al
menos en Europa, 1816 pasó a la historia como el “año sin verano”. Parece ser
que unos meses antes el volcán Tambora, en una remota isla de lo que hoy es
Indonesia, comenzó a regurgitar lava y ceniza volcánica. Millones de toneladas
de polvo alcanzaron la estratosfera y fueron diseminadas por los vientos hasta
formar un velo gris que cubrió casi toda la Tierra. La temperatura media
descendió y se vivieron graves perturbaciones climáticas, especialmente en la
zona templada del hemisferio norte. Llovía sobre mojado, porque Europa apenas
despertaba de una década de guerras, matanzas y destrucciones. A su principal
responsable aún se puede rendir pleitesía en la iglesia parisina de los
Inválidos. Los atardeceres fantasmagóricos que provocó el velo de cenizas fueron
inmortalizados por Turner, afilando su genio. Lo lúgubre del asunto, la
hambruna de una severa posguerra, estimuló el nacimiento de uno de los
villancicos más universales y esperanzadores: “Noche de paz”. Aquel año sin verano, como es bien conocido,
reunió en Villa Diodati, a las orillas de lago Leman, a Percy Shelley, Lord
Byron, Mary Godwin y John Polidori, entre otros. Confinados junto a la
chimenea, comenzó la andadura de dos mitos literarios: Frankenstein y el
vampiro.
Puede que este año 2020 sea, dos siglos después, otro año sin verano.
O al menos un verano anómalo. No por las temperaturas, en este momento me
cocino lentamente en mi buhardilla mal aislada. Algo más diminuto que las
virutas de ceniza que rodearon el globo y convirtieron los crepúsculos en
derrames sanguinolentos, un virus, amenaza el verano occidental. Nada será igual
y no sabemos si esta libertad de la que gozamos desde el 21 de junio será
permanente o condicional. Una cuadrícula de seguridad cubre kilómetros de playa
para separar a los bañistas, los hoteles quedan mediados, las fronteras
entreabiertas. El paso del estrecho, clausurado. Las piscinas públicas, donde
vivo, no abrirán este año. Los parques infantiles siguen con el precinto,
desvaído por los meses. Los meseteños nos asfixiamos tras nuestras mascarillas,
algunos las llevan en el codo, como un banderín azul y otros retroceden a la
infancia y las colocan de babero. El verano, la época del despiporre, se ha
convertido en un tiempo de desconfianza, de prevención, de juntar las manos
rogando que la temida neumonía bilateral y la tormenta de citoquinas, que
colmató los depósitos de cadáveres en marzo y abril, no regrese en noviembre.
Que la sopa de anticuerpos que dejó el virus en nuestros cuerpos leve o
gravemente enfermos no se diluya y la barrera se abra de nuevo a la enfermedad,
hasta que diezme a nuestros ancianos y compromete la vida de personas sanas por
azar genético.
Es verano, pero hay miedo a perder el empleo, a ver reducido de
un tajo nuestro precario bienestar, a que sobre la clase media caiga otra
crisis definitiva. Aún tenemos los moratones y desconchones de la anterior.
Aquellos viviendas sobrevalorados que pagamos a precio de oro y toda una forma
de vida destruida para dar paso a un vacío hedonismo. A una frustración que atemperamos
comprando en Internet.
Como soy docente disfruto de dos meses de vacaciones,
relativas, puesto que no las paso en ninguna playa tropical. Con todo, recuerdo
mis años mozos, que se dice por aquí. Los veranos tras un fortín de platos por
lavar y vasos que rellenar. El mes de julio cebando la hormigonera, bajo ese
Lorenzo madrileño que pica como un escorpión, aunque te arrimes a la Sierra.
Fortaleciendo la musculatura haciendo press de hombro, pero no con mancuernas,
sino con melones recién cortados. A pesar del agotamiento, del moreno albañil y
de las neuras de la edad, aquellos veranos eran un tiempo de
despreocupación vital. De noches eternas. Ahora no tengo esa sensación, cuando
paseo con mis hijos, sofocado y veo los negocios con el cartel de cierre, el
baile de hienas de la política local, los trescientos muertos en marzo y abril
(casi uno de cada cien habitantes, que se dice pronto) de mi ciudad.
El año sin
verano de 1816 engendró obras maestras del arte, la literatura y la música. La
población mundial apenas rebasaba los 1.000 millones de habitantes y hoy nos
acercamos a los 8.000. Extensas zonas del mundo ni siquiera estaban alfabetizada. La cantidad de personas capaces de producir algo
memorable, hoy, es mucho mayor que en 1816 y cuenta con una red global y colaborativa inimaginable entonces. Se pueden esperar grandes logros de
este año sin verano, de este verano de preocupaciones. La incertidumbre es
fértil. Y se trata de buscar un rayo esperanzador. En mi caso, dentro de unos
días haré la pausa estival bloguera, que ya es tradición. Serán unos meses de
digerir las numerosas lecturas del confinamiento, disfrutar de mi familia y
pensar en esos cambios en mi vida que el virus parece haberme puesto sobre la
mesa, con expresión de: “decídete. Ahora o nunca”. Ojalá este verano anómalo, de resaca, no sea un
puente, un engañoso periodo interglaciar. Espero que lo disfrutéis.
Hermoso texto de incertidumbre y temor. Al menos tenemos la literatura y el arte en general, que es lo que salvó a aquel verano sin verano de 1816 cuando se ideó la más terrorífica historia de horror de nuestros tiempos. Buen verano y buenas lecturas.
ResponderEliminarGracias, Joselu. El arte es un consuelo y una necesidad. Nos ayuda y ojalá este verano sea fructífero en todo, en especial en lo literario.
EliminarComo apunta Joselu, hermoso texto.
ResponderEliminarHaces una magnifica fotografía del presente visionando aquel siniestro verano de 1816, que oscureció el estío europeo con una legión de cenizas volcánicas y, por otra parte, alumbró grandes obras literarias.
Me gusta mucho Turner, siempre capturando con pinceladas los signos de su época, de hecho he leído hace no mucho un libro cuya portada ilustraba una de sus obras, y tomando notas escribí, más o menos, que un libro con esa portada tenía que ser bueno (y lo fue), pero eso ya vendrá.
Así es, Gerardo, como quien no quiere la cosa… seremos protagonistas de un episodio mundial que quedará registrado para la Historia y que estudiarán las generaciones futuras, muchos años después, igual que ahora rememoramos aquel verano de 1816… lo mismo sucederá con nuestro verano, será recordado doscientos años más tarde (si seguimos en pie).
No me atrevo a hacer previsiones sobre mi verano, más allá de saber que no será como los de antes, ni siquiera sé cual será el panorama dentro de una semana… tiempo de incertidumbre como bien señalas.
Me quedo con las sensaciones finales de tus excelentes reflexiones, de ver alguna claridad, por pequeña que sea, entre las cenizas que nos asolan.
Yo también me apartaré de la blogosfera, me lo pide el cuerpo y la mente, y espero retornar con ímpetu renovado. Pienso que los blogs, tanto el propio como los ajenos, han sido un buen refugio en estos meses ingratos, pero hay que salir a la vida más allá de la pantalla y el teclado, este el bicho o el carajo que lo parió.
Te deseo un verano lo más provechoso posible con los tuyos, disfruta de tu familia, y especialmente de tus peques… mi hija mayor a pegado un estirón importante, algo menos la pequeña, y me ha entrado ese vértigo de los padres viendo lo condenadamente deprisa que se nos va escapando su infancia… con lo imperecedera que la sentía yo (como ellas ahora) a sus años, jodido tiempo.
Un abrazo.
Sin duda, creo que la blogosfera ha renacido durante el confinamiento y nos ha ayudado. Es un espacio lejos del ruido y la inmediatez de otros medios, ideal para centrarse.
EliminarQuiero esperanza, es una necesidad tenerla. Hablemos del verano de la prudencia, pero no del verano del miedo. Entre todos hay que levantar esto, el otoño nos cogerá con la guardia alta.
Como mis hijos son de la misma edad que tus pequeñas, más o menos, asisto a idéntico espectáculo. Ya no hay bebés en casa y el mayor comienza a desplegar su personalidad, sus inquietudes y también sus miedos, que alimentan los míos. Es estremecedor. Más que nunca deseo gritar que el tiempo se detenga y una de las pocas cosas en mi vida de las que puedo estar orgulloso, de las que se que no me he equivocado, es haber sabido disfrutar de su primera infancia: eso ya no me lo quitará nadie.
Un abrazo, Paco. Disfruta de tu familia y de este atípico verano.
Este verano será atípico, o eso espero, porque si a partir de ahora nos esperan más veranos así, mal vamos.
ResponderEliminarLa resaca de lo vivido y, lo que es peor, el temor de que se vuelva a repetir (cada vez con mayor y acelerada probablidad) hace de este verano algo, por decirlo de alguna manera, tenso. Yo, desde luego, no me siento igual de ilusionada con estas vacaciones que en años anteriores. Afortunadamente, y de momento, no me he visto afectada directamente en ningún sentido por la pandemia, ni económicamente ni en cuanto a salud, pero anímicamente no me encuentro muy bien, ver cómo la economía se ha desplomado, la cantidad de afectados y cómo cierta población ha sido masacrada, me ha dejado tocada. A todo esto se añade que los tres meses confinada me han desubicado temporalmente y hay momentos en que aún creo que estoy en marzo o en abril y eso que las temperaturas (que produce ese Lorenzo madrileño) me dejan muy clarito que el verano ya está aquí.
De momento, y si no nos confinan antes de lo esperado o presuponible, yo me iré al Pirineo aragonés, a perderme en alguna senda y a intentar borrar de mi memoria estos meses pasados.
Un abrazo y pasa un buen verano dentro de lo que cabe, Gerardo.
Es un pensamiento que espanto continuamente de mi cabeza: ¿será esto el principio de un ciclo muy largo? Pero no puedo dejarme vencer, sobre todo pensando en mis hijos y en mis alumnos, se merecen un futuro.
EliminarComparto y entiendo tus sentimientos, pensar en la pandemia es como abrir la famosa caja de Pandora: se desatan todos los miedos. Como consuelo, yo pienso en la colaboración global sin precedentes que ha traído el virus. Si mantenemos esta inercia, nos ayudará a afrontar otros desafíos. Quizá el virus enseñe a la humanidad a ir por el buen camino.
El Pirineo aragonés es un sitio para perderse, renovarás fuerzas, seguro. Y evitarás al temido Lorenzo, jaja.
Un abrazo.
Ahí nos dirigimos, a un verano atípico. A mí me está costando hacerme al a idea de que, si no pasa nada, en unos días estaré en el pueblo, después de 6 meses, pero no me imagino cómo será todo, lo raro que será encontrarme con mis padres en esta situación después de tanto tiempo. Y esa será mi única salida. Por lo demás me quedaré en Córdoba, en casa, intentando moverme lo menos posible.
ResponderEliminarEn fin, ¡que el verano nos sea leve!
Hoy precisamente he visto a mi hermano, la última vez fue en Navidad y a un par de amigos íntimos. Es extraño, sin duda, sobre todo por las circunstancias. Córdoba es preciosa, aunque un buen horno, jaja.
EliminarDisfruta del verano sin verano, Bettie.
¡Hola! Yo más que una año sin verano diría que ha sido "un año sin primavera", porque al fin y al cabo, aunque raro y atípico verano sí vamos a tener, la primavera nos la robaron.
ResponderEliminar¿Sabes? En un principio, cuando leí el título e tu reseña, pensé que ibas a reseñar el libro de Carlos del Amor "El año sin verano", jeje.
curioso todo lo que cuentas de ese "sin verano" de 1816, lo desconocía.
Pues eso, que esperaré tu regreso y que pase un felicísimo verano extraño.
Besos
Hola, Marian. No había pensado lo de la primavera, recuerdo el primer día que salí con mi hijo al campo a principios de mayo: estaba como nunca. Las lluvias y el cese de la actividad humana habían convertido el desmonte de al lado de casa en una selva de amapolas y otras hierbas salvajes.
EliminarNo conocía el libro de Carlos del Amor, acabo de leer la sinopsis y pinta muy bien. Lo mismo cae este verano, jaja.
Un abrazo.
La Historia todo lo relativiza. Imagina aquel no verano de 1816 con una Europa arrasada por las Guerras napoleónicas (España incluida), la restauración del absolutismo y la persecución de los liberales, con Goya y otros tantos en el punto de mira de "El Deseado". Había poco espacio para el optimismo. Pero ya se sabe que en tiempos de crisis suele aflorar el genio, y entre ese cielo gris salió el de grandes artistas como Turner o Shelley, Goya o Beethoven (en 1816 comenzó a componer la Sinfonía nº9).
ResponderEliminarVeremos si vuelve a surgir en estos tiempos que corren.
Gracias por este fantástico texto.
Que tengas un buen verano.
Un abrazo.
No sabía que la novena también se gestó en aquellos tiempos. En España fue una época oscura, quitando la inauguración del Prado que fue poco después. La pandemia deja unos niveles de colaboración a nivel global nunca vistos. Nos hará falta en el futuro, porque los desafíos a los que nos enfrentamos son mundiales.
EliminarTe deseo un buen y lector verano, Juan Carlos.
Un abrazo.
Este verano no habrá Villa Diodati y no creo que el arte florezca a la sombra del coronavirus y de la crisis que sobrevuela.
ResponderEliminarEn lo personal, con pandemia o sin ella, los veranos ya nunca serán como los de la adolescencia y la juventud, como dices, eternos y con un aroma a ociosidad y relajo lector como no he vuelto a sentir desde... hace mucho.
Nos podremos conformar releyendo "Frankenstein o en moderno Prometeo", una obra maestra, entre el terror y la ternura.
Un beso.
Aquellos veranos despreocupados, que parecían eternos, nunca volverán. Es cierto. Desde luego, Frankenstein puede ser un buen lenitivo o cualquier novela clásica de aventuras. Al menos en Cantabria estáis fresquitos, porque aquí ya tenemos los cuarenta grados encima. Disfruta del verano, Rosa. Seguro que aunque no sean equiparables a los de la juventud, tienen alicientes de sobra para descansar y coger fuerzas.
EliminarUn abrazo.
Tiene algo de nostálgico ese año sin verano de 1816, como si estuviera impregnado del romanticismo propio de esa época. Tendemos a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor pero ojalá sea verdad eso de que toda crisis es una oportunidad. Aunque siendo sincera, soy un poco escéptica con eso de que esta crisis nos vaya a cambiar. En fin, tiempo al tiempo; ya se verá.
ResponderEliminarTendemos también a ver con nostalgia los veranos de la juventud. No importa que no fueran extraordinarios, tan solo con ese presente infinito y todo el futuro en el horizonte tenían algo que nos hacía sentir que todo podía ser posible y que todo nos iría estupendamente solo porque sí. Con los años llega la dosis de realidad, el presente a veces agobia y el futuro preocupa más que da esperanza. Con todo ello, estamos en verano independientemente de lo atípico de la situación. De nosotros depende reinventarlo y reinventarnos.
Un abrazo
La verdad es que sí, aquel año sin verano encaja con el espíritu de la época. La pandemia actual también ha hecho florecer las debilidades y fortalezas de nuestro tiempo, nos ha dejado frente al espejo por decirlo así.
EliminarAlgo se pierde con el paso de los años, no sé. Quizá esté en nuestra mano recuperar esa ilusión y como dices, reinventarnos.
Te deseo un gran verano, Lorena.
Un abrazo.
Es difícil pronosticar de qué manera nos cambiará este verano pero los caminos del arte, como los del Señor, son inescrutables.
ResponderEliminarComo bien explican otros comentaristas, por culpa del frío estival, Mary Shelley escribió Frankenstein y la atmósfera plomiza del 16 inspiró a Turner.
Dos años más tarde, un frío exagerado acosaba a los habitantes de una pequeña localidad austríaca cercana a Salzsburgo. Se aproximaba la Navidad y el párroco necesitaba improvisar una canción para que los feligreses no echaran de menos el órgano de la iglesia, inválido por el intenso frío. Y en ese ambiente nació "Noche de paz", el villancico más famoso de la historia.
Sugiero paciencia, y vivir este verano histórico de la mejor manera que nos sea posible.
Un abrazo Gerardo.
Las dificultades estimulan la creatividad. Es un sello de nuestra especie. Este verano trataré de pasarlo con mi familia y disfrutar de espacios abiertos, a pesar del calor, por lo que pueda pasar en otoño...
EliminarUn abrazo y disfruta del verano.
De momento, a 1 de agosto que escribo, sí, se confirma lo mucho que tiene de atópico. Al menos en Barcelona. Cuando voy a la ciudad, es MUY raro ver las calles tan vacías, sin turistas. Y sobre todo el metro.
ResponderEliminarYo ya estoy pensando más en septiembre, en mi vida, que tiene muchas cosas en el aire. Y si en el 2021 las cosas serán muy distintas, si habrá vacuna, o algún antiviral... o algo que cambie las cosas. Si los brotes serán más suaves porque la cepa del coronavirus se haya debilitiado.
En fin, mucha incertidumbre.
Buen verano.
Un abrazo.
Los rebrotes y sus efectos en el turismo, la lenta recuperación... Parece que queda lo más duro. Es desalentador, el otoño va a ser crucial. Como dices, demasiada incertidumbre y ojalá los escenarios más catastróficos no se cumplan.
EliminarQue pases un buen aunque extraño verano y esos proyectos que tienes en suspenso lleguen a buen puerto.
Un abrazo.