| Foto: filmaffinity.com |
No
soy una persona que tome la iniciativa. Necesito que me busquen, que me tiren el
anzuelo. En caso contrario, habría visto El Desencanto más de cien veces. Solo
lo he hecho cuando el documental se ha cruzado en mi camino. Ya decía que como
las chicas pudorosas, me siento siempre a esperar que me saquen a bailar. Pero
luego me implico, me implico tanto que tengo que escribir como una suerte de
auto exorcismo, si existe tal palabra.
El Desencanto, para el que no lo sepa,
es una película documental dirigida por Jaime Chávarri y estrenada en 1976, con
lo que se dirige como un proyectil a su cuarenta aniversario. Y espero que se
celebre como merece. Una obra que ha crecido con el tiempo, hasta convertirse
en una película de culto y voy a utilizar el adjetivo, lo voy a
hacer, a pesar de no ser ninguna autoridad, de no tener idea de casi nada: El
Desencanto es una obra irrepetible.
Irrepetible, porque sus artífices han muerto y aquel tiempo, aquella forma de
vida está finiquitada. Irrepetible porque la exhibición de la propia vida es
hoy tan generalizada que ha perdido su poder de seducción. Irrepetible porque
la combinación de narcisismo, clarividencia, carisma, poesía y crudeza es en la
práctica irrealizable: la familia Panero consiguió juntar el agua y el aceite.
Felicidad Blanc y los hermanos Panero (foto: filmotech.com)
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La puesta
en escena es muy sencilla, apenas dos escenarios: una vetusta mansión, casi
vacía, porque los Panero, incapaces de ganarse la vida con las letras han tenido que vender
todo su patrimonio, incluso los libros de su padre. Es palpable la sensación de
ocaso, de fin de una época en las paredes desnudas de la casa vaciada para
poder comer. El otro lugar es el Liceo italiano, la institución escolar donde
los hermanos Panero adquirieron su vasta cultura.
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| Leopoldo María, Felicidad Blanc y Michi Panero (foto:pandora-magazine.com) |
La
película comienza con la inauguración de la estatua del padre, Leopoldo Panero,
en Astorga, su ciudad natal. La figura del poeta aparece envuelta como una
momia. Se le menciona y habla de él (Leopoldo María lo llama el “conejo blanco”),
con frialdad y resentimiento. Es descrito como un padre indiferente y un marido
que apenas ejerce como tal. Sin embargo, creo que la figura principal es la
madre. Felicidad Blanc es
inteligente, refinada, hilvana largos monólogos, recorre bucólicos parajes y
se expresa de forma muy literaria. A mí me transmite soledad. Además es fría,
reprime sus sentimientos, apenas si altera su tono de voz ante las
imprecaciones (también desapasionadas y certeras) de su hijo Leopoldo María. Me
resulta una mujer fascinante. De hecho, Jaime Chávarri afirma que se convenció
de hacer la película después de conocerla.
El
hermano mayor es Juan Luis. Aparece solo, excepto en una conversación con su hermano Michi en la
que apenas cruzan las miradas. Expone sus fetiches con ridícula pomposidad y no logra sacudirse cierto aire aristocrático. Michi
es el más locuaz entre cigarrillo y cigarrillo, que consume con elegante
parsimonia. Una mente lúcida, que confiesa sin pudor su molicie. Un dandi
que encaja con el prototipo de escritor sin obra. También el único en demostrar
cierto apego emocional a su madre. Sin embargo, en el clímax de la película (a mí
entender), se suma a la sedición que inicia su hermano Leopoldo María y
colabora en el degüello. Es una larga charla en el parque, donde flota el
resentimiento y Felicidad Blanc resiste con inhumana frialdad, apenas aprieta
la mandíbula cuando su hijo le desvela sus experiencias sexuales en la cárcel.
Y se justifica por haber internado a su hijo en un psiquiátrico y trata de llevar la conversación por otros derroteros,
exprimiendo a Leopoldo María, preguntándole, recordando la infancia.
Y es que Leopoldo
María atraviesa el documental como un rayo, no aparece sino hasta la mitad,
disparando una andanada de frases lapidarias. Un portento que ya
brillaba desde niño, pero cuyo talento acabó anegado por la locura. Sin
embargo, en 1976 se encuentra en su cenit y su presencia en la pantalla es fascinante. "En la infancia vivimos y después sobrevivimos", sentencia, resumiendo certero la desilusión de vivir, el desencanto, la decepción: "el intercambio de humillaciones estructura la sociedad actual"; el desengaño, la decadencia, que son algunos de los hilos conductores de esta película.
Así
están expuestos los Panero. Se ha dicho que como personas y personajes a la vez. Siempre me pregunto si con brutal sinceridad o tras
una máscara. O incluso si ese papel que interpretan se ha apoderado de ellos y
lo han asumido como propio. En cualquier caso, me fascinan.





