domingo, 19 de diciembre de 2021

LA MURALLA


Se acercan las fiestas y aunque nos amenaza (nunca mejor dicho) el fantasma de la Navidad pasada, no quería yo irme de vacaciones sin daros las gracias por asomaros de vez en cuando por esta cada vez más abandonada llanura. La muralla es un relato que lleva años vagando de una carpeta a otra de mi disco duro sin encontrar acomodo y creo que es lo más parecido que tengo a un cuento navideño. Os lo dejo debajo del árbol, sin ticket de compra (espero que no sea de los regalos que se devuelven, jaja) y con ello clausuro la temporada bloguera: 2021 se va por fin a hacer puñetas. Mis mejores deseos para 2022.  

La casa de Toño era una vivienda de planta baja, con el revoco de los muros ennegrecido por la humedad. Incrustada en la muralla y mimetizada dentro de lo que fue del antiguo arrabal, sin ser antigua había pasado a formar parte del casco histórico. Tenía esta casa un patio interior a salvo de miradas maliciosas, soleado y al abrigo del viento, que Toño aprovechó para sembrar marihuana. Su tía, una anciana medio sorda, cuidaba de las plantas con devoción y hasta les cantaba cuplés. Fuera de las horas de jardinería, que la dejaban con una risa tonta, la anciana también gustaba de espiar a los viandantes tras la única ventana que daba a la calle, salvaguardada por un fino visillo de gasa. Yo estudiaba entonces el primer curso de Bellas Artes y conocí a Toño en un cine fórum sobre Roger Corman. Trabamos amistad de una manera natural, como ocurre con las personas afines, ya que aparte de fumar en pipa de palo santo creyéndonos Gandalf en persona, los dos éramos fanáticos del cine y la literatura de terror.

—Tijeras Sangrientas.

— ¿Cómo?

—Así me llamaré a partir de ahora. Será mi seudónimo, el nombre con el que firmaré mis trabajos. En inglés se dice “Bloody scissors”.

— ¿Y estás seguro que es original?

—Pues claro.

Cuando me hastiaba del ambiente universitario, solía merodear extramuros. Me fascinaba la vetusta muralla que recorría, comprimiendo, la ciudadela medieval como si fuera un anillo (más bien una soga) y dedicaba buena parte del tiempo a pasear por su perímetro, tomando apuntes y escribiendo pequeñas anotaciones en mi libro de bocetos, que entonces me acompañaba a todas partes. En mi periplo, casi siempre hacía una pausa para visitar a Toño. Dependiendo de la hora, lo encontraba durmiendo o embebido en un grueso tomo de cuentos de H.P. Lovecraft, pero siempre ocioso. Y es que Toño no trabajaba, aunque decía estar estudiando bachillerato a distancia y a veces me consultaba dudas sobre declinaciones y rephrasing exercises.  Toño tenía la costumbre de levantarse muy temprano. Después de apurar un café, paseaba por la ciudad para presenciar aquel prodigio llamado “madrugar para ganarse el pan”, recreándose en los trabajadores a pie de barra que templaban el gaznate con un licor de hierbas después del café, con el cigarrillo humeando entre los dedos; las caras de hastío tras el volante, los atascos; el crujido de los cierres metálicos; las madres furiosas tirando de niños sin desayunar comidos por el sueño. Toño lo contemplaba con calma, entrecerrando los ojos y luego regresaba a su casa y se echaba un rato sintiéndose libre y feliz de no tener que doblar el espinazo o someterse a rutina alguna.

En lugar de tocar el timbre, me acercaba a la ventana. La anciana, que casi siempre estaba acechante en su garita, me examinaba apartando el visillo y asentía con la cabeza para dar su consentimiento. Al rato, la puerta se abría con un crujido. El pasillo permanecía en penumbra, rota la bruma por el rayo de luz que delataba mi llegada y a los lados se disponían las habitaciones. La de Toño estaba al final. Su tía me acompañaba, renqueando. Vestía de luto, con un mandil donde asomaban las tijeras de coser y alfileres prendidos de la ropa. La mujer daba un manotazo a la puerta para poner a Toño sobre aviso:

—¡Antonio!, ¡que está aquí tu amigo!

Y Toño, regodeándose en la sordera de su tía, si estaba despierto, respondía:

—Dile al mierda ese que pase.

La anciana debía entender cualquier cosa y mirándome, hacía un gesto de desdén:

—Ahí lo tienes.

 Después de llenar la pipa de hierba y hacer anillos de humo, nos sentábamos a leer en voz alta. Sentíamos predilección por la literatura de terror más clásica y leíamos como el que degusta un jamón recién cortado o sorbe los jugos de la cabeza de una gamba. A veces nos deteníamos en una frase y le dábamos vueltas y más vueltas. Recuerdo una en concreto: Hay quién dice que las cosas y lugares tienen alma, porque al leerla me venía a la mente la muralla, el modo en el que rodeaba el casco antiguo como una boca, sus encías almenadas, las caries de más de mil años de historia y me estremecía.

Un día le conté a Toño mi obsesión por aquella corona de piedra. Mi amigo guiñaba los ojos escuchando mis apreciaciones y escribió con ellas un relato titulado “La muralla”, basado en “La calle” de H.P. Lovecraft. Le ayudé a corregirlo y se lo pasé a ordenador. Aquellas diez páginas a doble espacio, con un tipo de letra Times New Roman de 12 puntos eran el orgullo de Toño y fantaseaba a menudo con una adaptación cinematográfica. O publicarlo con tus ilustraciones, me decía muy serio, pero nunca se materializó el proyecto.

Algunas tardes, en lugar de leer, poníamos en el VHS una película de bajo presupuesto. A Toño le fascinaba la sangre; la profundidad psicológica la dejaba para la literatura. El cine de terror debe ser explícito, a cada formato lo que le corresponde, solía decir. El caso es que buscando sensaciones fuertes consiguió hacerse con una colección de películas gore que rozaban lo criminal, firmadas por directores de apellido agermanado. Vimos la primera sin pestañear, riendo por lo impostado del argumento, los malísimos actores y el maquillaje. Esto nos animó con la siguiente. Los primeros treinta minutos eran lo de siempre, pero pronto comenzó un despliegue de violencia y torturas inaudito. Toño y yo nos mirábamos incrédulos. Aquello era de un realismo espeluznante. La profusión de sadismo, aullidos y vísceras nos turbó. Decidimos quemar la cinta, pensando que era una snuff movie que por error había caído en nuestras manos. Durante algunas noches, Toño durmió con la puerta atrancada y un cuchillo debajo de la cama, por si los autores irrumpían en su casa para recuperar la cinta, testimonio de un crimen innombrable. 

Así que dejamos de lado el gore para quedarnos con la poesía que emana de la muerte y no con su escabrosa materialidad. Seguimos leyendo a Edgar Allan Poe y a H.P. Lovecraft a la luz de una vela y Toño escribía tenebrosas historias que algún día se llevarían a la gran pantalla, a las que yo daba un toque artístico con mis lápices acuarelables. En ellas, ingenuos adolescentes invocarían su nombre delante del espejo y él aparecería agitando sus dedos como tijeras. Tijeras sangrientas.

 Toño se integró bien en mi círculo de amigos de clase. Su extravagancia no desentonaba entre un grupo de aspirantes a artistas y el hecho de disponer de hierba a buen precio, e incluso gratis, le ayudó a ser aceptado por los bohemios. Durante nuestras salidas nocturnas, Toño se sentaba en una esquina del pub y apenas abría la boca. No se le daba bien el futbolín, así que se limitaba a mirar y aplaudir las jugadas de mérito. Así pasaba las horas, registrando con su Leika de tres dioptrías y cazando conversaciones aquí y allá que convertiría en diálogos llenos de verismo en sus futuras creaciones. Como su fuente de ingresos, aparte de la pensión de la tía era la venta al por menor de marihuana, los sábados por la noche Toño se embutía en un plumas y arrastraba los pies hasta la Weekend, una discoteca con todas las de la ley, donde en pocas horas vendía su excedente sin complicaciones. Sujeto a vigilancia, pagaba religiosamente la entrada para disimular y se daba una vuelta por el interior. A veces lo acompañaba, no sin resistencia, porque a los estudiantes de Bellas Artes nos disgustaban esos tugurios. Los cristales de las gafas se le empañaban al pasar, por el contraste de temperatura; tenía que quitárselas y durante unos segundos parecía tan desorientado como un topo fuera de su madriguera. A Toño le costaba mear en público, tanto que solía esperar a que el reservado de la discoteca quedase libre. Mientras otros con menos remilgos orinaban a sus espaldas codo con codo, Tijeras Sangrientas se distraía mirando al suelo, con los labios fruncidos. Eran segundos desesperantes, sobre todo porque el habitáculo donde permanecía blindada la taza, como si se tratara de un Duchamp, era utilizado por los asiduos a la cocaína, que disponían con orden vitrubiano sus hileras de droga adulterada con levamisol. Por fin salían del reservado haciendo profundas aspiraciones nasales y con el disfraz de superhombres, dejando mear tranquilo a Toño.

De vez en cuando salíamos a tomar el aire y Toño aprovechaba para consumar su negocio. El billete bien doblado lo ocultaba en el bolsillo pequeño del pantalón. En la puerta de la discoteca era habitual presenciar peleas, alguna escena de celos y discusiones en las que se eternizaban los borrachos, lo cual también constituía una buena fuente de inspiración para sus relatos. Toño era tranquilo y no se solía meter en líos. En una ocasión pisó a un rottweiler de cejas depiladas, que le agarró de la pechera y le miró con los ojos proyectados hacia fuera como la punta de una bala. Tuvo suerte, porque el efecto de las pastillas de éxtasis que el macarra se había tomado horas antes se iba atenuando y empezaba la cuesta abajo. Además, alguien le advirtió que el pardillo al que estaba a punto de pulverizar vendía buen producto y el asunto quedó zanjado con un breve momento de humillación y algo de marihuana a coste cero. Desde entonces, cuando iba a la discoteca Toño procuraba mantenerse en alerta, evitando a los individuos con mandíbula acalambrada y dientes rechinantes.

Tijeras Sangrientas solía alternar con mi grupo hasta altas horas de la noche. Su tía dormitaba bajo el efecto de la medicación, soñando con un campo de lavandas. Así que sin ningún tipo de compromiso al día siguiente, Toño dejaba consumirse los minutos calentando el litro de cerveza entre las manos. Rompiendo su mutismo, al rayar el alba sufría un ataque de imparable verborrea, que apenas encontraba auditorio. Hablaba atropelladamente y se emocionaba, incluso tenía que reprimirse para que no afloraran dos gruesas lágrimas. Después de la catarsis, regresaba a su estado de semiinconsciencia; su locuacidad era como una estrella fugaz.  Acompañaba a Toño hasta su casa porque me gustaba pasear junto a la muralla a esas horas, su fábrica permanecía aún oculta por las sombras mientras el horizonte se iba iluminando y el cielo tenía un resplandor de porcelana. La luz rasante se derramaba entre los sillares. Amanecía, pero el frío era intenso. Me llenaba de pensamiento y componía mentalmente haikus; esas piedras me inspiraban como si me poseyera un demonio.

Algunos días, Toño no quería abrir la puerta de su habitación. Su tía insistía para que esperara y me conducía a la cocina, donde preparaba una tisana. Hablaba poco, la anciana, debido a su sordera. Para mí era muy violento gritar a aquella mujer, encorvada y seca, ¿de verdad era su tía? Aparentaba setenta años o más. En la alacena guardaba varios botes de cristal con hierbas, de las que escogía una pequeña fracción y las trituraba en un mortero como los que había antes en las boticas. Introducía la mezcla en el filtro de una tetera y regresábamos a la habitación de Toño. La puerta seguía cerrada:

—Abre, hermoso—. Luego me miraba y se encogía de hombros.

—Ven más tarde. Está con lo suyo.

Lo suyo eran severos ataques depresivos. De algún modo, la tisana de su tía conseguía atenuarlos y cuando regresaba, inquieto por la salud de mi amigo, me abría la puerta amigablemente. Entonces yo me sentaba muy serio en el borde de la cama y Toño trataba de explicarse, sin conseguirlo y luego sacaba la cajita de madera y llenaba de hierba su pipa de palo rosa. Fumábamos un rato, en silencio y Toño se sinceraba:

—Todo me viene porque vivo en el lugar y el momento equivocados.

Después sacaba del escritorio un cuaderno y me leía en voz alta sus relatos en primera persona, aquellos más íntimos, que no eran sino fragmentos de sus vidas pasadas, eso creía él. Un monje libertino que sucumbió a la hoguera de la Inquisición; un aristócrata que probó el filo de la guillotina en la Plaza de la Concordia; un pintor degenerado brindando por la ebriedad.

Aquel primer curso pasé más o menos desapercibido. Sin grandes notas, al menos aprobé todas y conseguí mantener la beca un año más. En junio llegó el momento de despedirme de Toño. Su tía trajinaba en la cocina y sonrió al verme. Sacó de la nevera un par de botellines de cerveza y un plato con queso en aceite. El queso picaba en la lengua. Nos dimos un abrazo:

—Hasta el curso que viene, te llamaré de vez en cuando. Cuídate.

Pero durante el verano me olvidé de Toño. Conseguí un trabajo de camarero, por aquel entonces los estudiantes solían trabajar en vacaciones. Tenía poco tiempo para Poe, Lovecraft y compañía. De vuelta a mi pequeña ciudad, plana y gris, echaba de menos el perfil estrellado de la muralla y su sombra acogedora. En septiembre, al comienzo del segundo curso, me adentré de vuelta en el casco antiguo para hacer una visita a Toño. Le había comprado un cuaderno de tapas negras como el que llevaba Ernest Hemingway. Pero al bajar las escaleras hasta la base de la muralla y superar el arco gótico, encontré la puerta de la casa de Toño tapiada. Había un cartel de “se vende” y el logotipo de un banco. Contrariado, llamé al teléfono del cartel. Al parecer se había ejecutado la hipoteca por impago. ¿Y qué ha sido de Toño y su tía? El banco no tenía constancia de que vivieran allí.

No pudieron ir más lejos mis averiguaciones. De repente reparé en que sabía poca cosa de mi amigo. Ni sus apellidos, ni nada sobre su pasado. Tampoco el nombre de su tía. No sabía dónde había podido ir. Toño se había esfumado, quizá reencarnado, como en sus historias. Los años siguientes, hasta que acabé mis estudios, los pasé merodeando por la muralla, tomando apuntes y fotografías, componiendo pequeños poemas. Todo formó parte de mi proyecto fin de carrera. La casa de Toño fue reformada y se convirtió en un hotel con encanto. Y me cuesta decirlo, pero el recuerdo de mi amigo se acabó disolviendo, hasta casi desaparecer. Pero, al acabar de ver una película de terror siempre me invade un estremecimiento y veo enteros los títulos de crédito, hasta el final, esperando ver su nombre: Tijeras Sangrientas. A veces, he tecleado su apodo en Google o le he buscado en Facebook. Nunca he dado con él. He llegado a pensar que fue producto de mi imaginación, un espectro generado por la muralla para retenerme. La muralla. Hay quién dice que las cosas y lugares tienen alma. Y quizá también la capacidad de crear lo que no existe.