miércoles, 27 de mayo de 2015

"Mal de escuela" de Daniel Pennac

                      Foto: www.trabalibros.com                              
En Mal de escuela (Literatura RandomHouse, 2008), Daniel Pennac aborda el tema de la educación desde varias perspectivas: la del alumno, la del profesor y la del escritor-ensayista.

La primera, insólita para el que teme toparse con el clásico ensayo pedagógico, es la del propio autor estudiante, en la lejana escuela de los años cincuenta.

Sí, Daniel Pennacchioni asume sin dramatismos que fue un “zoquete” (la palabra original francesa, sin equivalente en nuestra lengua, es cancre, que significa cangrejo). En la contraportada del libro, por si hubiera alguna duda, está su boletín de notas con las observaciones pertinentes: habla todo el tiempo, demasiadas ausencias, no ha hecho nada, podría esforzarse más, le falta base, el tercer trimestre será decisivo.

Pennac desvela su condición de  “mal alumno” sin autocompasión, sin falsa modestia, no es una venganza, ni un ajuste de cuentas con el mundo. Es la anécdota que nos conduce a la gran pregunta: las causas del fracaso escolar. Porque este panorama desolador, en el caso de Pennac, carece de explicación sociológica. Hijo de buena familia (impagable la historia de su tío-abuelo Jules, que raptaba a los niños que trabajaban en la recolección para que regresaran la escuela), en un hogar estructurado, con hermanos mayores estudiosos y siempre dispuestos a echarle una mano, no hay asidero posible para justificar sus malas notas.

Por eso analiza la soledad del zoquete, el miedo paralizante a no saber hacer, el miedo que se expresa de muy diversas maneras, el dolor de no comprender y sus daños colaterales. ¿Qué culpa tiene el alumno si no comprende algo? ¿Se merece el desprecio, las amenazas con un futuro incierto? ¿De verdad hay que juzgarle? La propia familia tiene su parte. Cuando no confía en las capacidades de su hijo, cuando le quita importancia, pensando que es algo pasajero, lo exime de esforzarse.
La soledad del zoquete (Foto: Globedia)
Ojo, no es un relato oscuro y pesimista. Los capítulos son breves (a veces un sólo párrafo de seis o siete líneas), ágiles y jugosos. Así, la lectura se sucede en pequeñas dosis que se deshacen en la boca. Algunas son divertidas, otras amargas y muchas dan que pensar. También van creando una  sólida simpatía hacia el autor, que se nos figura una persona llana, vitalista y transparente.

El zoquete expresa con fatalismo: nunca lo conseguiré, nunca seré nada en la vida. Y esa negatividad se apodera de sus propias facultades, que seguro son mucho mayores de lo que él cree. La falta total de expectativas y confianza en sí mismo le libera de cualquier esfuerzo. ¿Cómo se salvó Pennac? Pues según afirma, sus padres le llevaron a un internado, donde se rompió ese círculo vicioso de mentiras y reproches familiares, pero sobre todo le salvaron dos cosas: cuatro de sus profesores y el amor.

Todo empezó cuando un profesor de Lengua le eximió de las obligaciones académicas habituales, a cambio de escribir cada semana el capítulo de una novela, sin faltas de ortografía. Esa era la condición, la que sumergió a Pennac en la escritura, en el uso concienzudo del diccionario, la que le devolvió la confianza en sí mismo porque le hizo adquirir un estatus que antes no tenía.

Luego llegó el amor, la chica lista de la clase que se fija en el zoquete, y el nombre de Pennac que por fin suena en los labios de otra persona sin reproches, burlas o amenazas. Esa fuerza ató al protagonista al pupitre, lo encadenó a los libros y le permitió obtener el bachillerato, la licenciatura y el doctorado en letras, convirtiéndose en profesor.

La segunda, es la del profesor de Lengua francesa, que lo fue durante veinticinco años. Desde la tarima, Pennac nos cuenta su experiencia, enriquecedora, valiosa de leer y de pensar para cualquiera, en especial si te dedicas a la docencia. En realidad no propone fórmulas mágicas, sino su valioso ejemplo y trata de mover a la reflexión.

Es sorprendente la defensa de ciertos recursos considerados hoy día anticuados, como el dictado o la memorización de textos literarios. Para Pennac, la memorización tiene que ofrecerse como una reconstrucción del propio texto, el alumno no recita como un loro, el alumno trabaja con el efecto de las palabras y las ideas del autor, reviviéndolo, profundiza y entiende el texto, reconstruye la lógica del lenguaje que expresan esas ideas. Como bien dice, la gramática se aprende estudiando gramática, no hay otra manera.

Discute por supuesto la organización horaria, las seis clases sucesivas de cincuenta y cinco minutos, sin ninguna lógica, como si la escuela fuera el mundo de Alicia en el país de las maravillas. Pero sobre todo insiste en la capital importancia de la figura del profesor y su actitud. El profesor debe estar presente en sus clases, habitarlas plenamente, desplegar su pasión por lo que enseña.
Boletín de notas de Pennac (Foto: Methaphore.bookadidct.wordpress.com)
El tercer punto de vista es el del propio Pennac escritor, retirado de la enseñanza pero que toma contacto con la juventud actual a través de las periódicas visitas que hace a los institutos para conocer a sus lectores y no perder la relación con sus antiguos colegas.

En esta parte incluye una interesante reflexión sobre la juventud de hoy, lo que denomina niño-cliente, jóvenes a los que el consumismo ha pervertido desde su nacimiento: sirva como muestra el capítulo 5 de la cuarta parte, donde un grupo de jóvenes descubre cómo la marca se ha apropiado del objeto (un chico es incapaz de llamar zapatillas a sus Nike) y les ha convertido en escaparates andantes.  Hay alusiones también a los problemas sociales de las barriadas, el paro que salta generaciones, la violencia, pero Pennac considera que al hacer extensivo este comportamiento a todos los jóvenes, se marca a una generación privándola de la redención. El niño cliente consume gastando un dinero que no ha tenido que ganarse. Por eso la escuela puede convertirse en un antídoto, porque es el único lugar donde se le exige un esfuerzo para conseguir una meta. 

Un toque de atención también para aquellos profesores que se lamentan por sus alumnos eludiendo responsabilidades (el exculpatorio “le falta base” o el  “no me pagan para esto”, “es labor de la familia”, etc.) y creen que 
Enseñar sin dificultades se debe a una representación etérea del alumno. La prudencia pedagógica debería representarnos al zoquete como al alumno más normal: el que justifica plenamente la función del profesor puesto que debemos enseñárselo todo, comenzando por la misma necesidad de aprender. 
Y la bomba final, la palabra prohibida en materia de enseñanza: el amor. Son nuestros alumnos y no es cuestión de simpatía o antipatía: hay que ayudarles. Un amor que Pennac ejemplifica con la bonita metáfora de las golondrinas que caen aturdidas en la habitación al chocar con la ventana y uno sostiene en las manos hasta que, reanimadas, reemprenden el vuelo hacia el sur.


Es una lectura que me ha hecho pensar en mi oficio. En mi responsabilidad como profesor y mi actitud hacia los que aparentemente parecen más torpes, que en realidad necesitan más del profesor que los llamados "alumnos golosina". En  la importancia de una educación (como padre) que excluya el miedo, la mentira y la autocompasión. También en mi juventud nada edificante. No fui exactamente un “zoquete”, tampoco un “Maximilien” pero la adolescencia llegó a mi cuerpo como una tormenta perfecta y estuve a punto de abandonar la escuela. Fueron muchos los años vagando sin rumbo, yo no me atrevería a publicar mis boletines de notas. El libro de escolaridad del instituto, con mi fotografía desafiante rapado al cero, es mi criptonita, quizá porque nunca me he repuesto del todo. Esto me hace reflexionar también sobre otra faceta de la novela de Pennac, aparte de su leitmotiv: creo que el autor busca su definitiva redención ante sí mismo y ante los que le conocieron.

En cualquier caso, el ingrediente autobiográfico es una parte esencial de su relato, que le aleja de cualquier academicismo y consigue la confianza del lector, al menos la mía. Así, después de leerlo, aunque no pude subrayarlo para volver sobre ciertos pasajes que me impactaron, porque lo cogí prestado de la biblioteca, sigue mi charla con Pennac. Él me cuenta sus tribulaciones de cancre y yo le relato mi destructiva adolescencia. Puede que a mí me salvaran también algunos de mis profesores, aunque más bien convirtiendo el suspenso en un dadivoso cinco. Entre las tablas que evitaron que me ahogara, aunque tragué mucha agua, destacaría como hace Pennac, la lectura. 

Y hasta el día de hoy lo sigue haciendo.   

viernes, 22 de mayo de 2015

La maldita corbata

Imagen de una de las muchas obras inacabadas tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, auténticos monumentos al despilfarro (foto: el retro-visor blog). 
LA MALDITA CORBATA

Empujó la puerta con las escasas fuerzas que le quedaban y se desanudó la corbata. La maldita corbata. La arrojó al suelo con una mezcla de terror y furia, como si se tratara de una víbora venenosa. Se quitó la chaqueta y levantó el codo, acercándose la nariz a la axila. Una vaharada de sudor rancio y desodorante barato se desprendió de su cuerpo, como el vapor contenido dentro de un horno. Observó el cerco delator, se quitó la camisa y la introdujo en la lavadora. Llenó el cajetín con lejía y giró la ruleta hasta la posición de ropa blanca.

Desnudo de cintura para arriba, con los rizos del pecho todavía perlados de sudor, se quedó un rato observando el ojo de buey de la lavadora. El pedazo de tela blanca se debatía entre la espuma.

Lió un cigarrillo. El traqueteo de la lavadora le recordaba a la máquina hormigonera. Aquel artefacto fagocitaba arena, cemento y agua en la debida proporción, escupiendo luego la pasta achocolatada en la taza de la carretilla. Él se encargaba de repartir con celeridad a los destajistas, que le metían prisa golpeando el ladrillo con el canto de la paleta.

Por aquel entonces trabajaba en Madrid como peón de albañil. Eran los años dorados de la burbuja. Su jornada transcurría plácidamente de lunes a jueves (los viernes solo hasta mediodía), sujeta, eso sí, a los rigores del viento helado cuando nevaba en la Sierra y al calor aplastante del verano, amplificado por la boina de monóxido de carbono que decoraba el cielo madrileño como un suflé. El camino de vuelta a casa con los bolsillos repletos, a veces incluía una parada en uno de innumerables clubs de alterne que tendían su reclamo a las orillas de la autovía o cruces de carreteras. Decorados con luces de neón y fotografías de bailarinas que exhibían grandes pechos rocosos, fortalecidos con silicona y duros al tacto, incitaban sobre sus zapatos de fino tacón de aguja a los agotados machos; eran carne accesible, pero solo carne.

Fue durante una Semana Santa o un puente; no estaba seguro y se guardaba la duda para evitar el sacrilegio. El atasco colapsaba la autovía y decidieron orillarse y esperar unas horas, hasta que avanzara la lenta caravana de domingueros que huían despavoridos en cuanto se encadenaban más de dos días de fiesta. La hilera de furgonetas de obreros desbordaba los accesos. Sus compañeros, con los brazos fuera de las ventanillas, golpeaban las puertas y aullaban, como feroces vikingos a bordo de un Drakkar. Al abordaje. El saqueo era inminente. Las chicas del club temblaban como los monjes galeses al escuchar el alarido de los Berserker. Allí se dejaron gran parte del sueldo ese día, flotando en una nebulosa de sudor, polvo blanco y whisky.

Urbanizaciones fantasma, infraestructuras inútiles que triplicaron el presupuesto inicial (engordado en parte por los correspondientes sobornos y comisiones) cocaína y prostitución (España, a la cabeza de Europa en consumo y tráfico): así se (mal)gastó parte del dinero generado durante la burbuja (foto: club de carretera en Tarragona, www.ragap.es)
El hombre observó sus manos. Los callos se habían ido difuminando sepultados por las sucesivas capas de piel, regenerada después de cuatro años alejado de la obra. Entonces se trabajaba duro. Cuando la hormigonera escupía el cemento, cargaba la carretilla y volaba hacia los oficiales. Las hileras de ladrillo de cara vista crecían con la rapidez del demonio segoviano que compuso el acueducto, al decir de la leyenda, en una sola noche.

Cada viernes, como Moises saliendo de las aguas, aparecía el contratista. Bajaba con arrogancia de su Mercedes Cayenne Turbo y, sin quitarse las gafas de sol que le velaban los ojos, les pagaba, gran parte en negro, metro a metro, mil euros o más cada vez. Luego repartía cigarros y alguna otra prebenda, paseaba unos instantes recorriendo el perímetro de la obra seguido de un aparejador y regresaba a su Mercedes, se limpiaba los zapatos con un pañuelo antes de volver a entrar y se alejaba a toda velocidad, levantando una nube de polvo. Hasta el viernes siguiente.

Le recorrió un escalofrío y fue a buscar una camiseta limpia. Después abrió la nevera para coger una cerveza. Quién le iba a decir a él que un día se acabaría la fiesta. Que agotaría los doce meses de paro. Que tendría que pedir un subsidio. Que tendría que sablear periódicamente a sus padres para mantener a raya a los mastines del banco, para conservar bajo su propiedad el piso de tres dormitorios que había adquirido en 2007, treinta años de hipoteca, Euribor más 0,50%, con clausula suelo sorpresa que olvido leer el notario.

Necesitaba además alimentar la barriga de ballena de su BMW blanco, asientos de cuero con sus iniciales grabadas separadas por un rayo. Cuando el dueño del concesionario agarró los arrugados billetes sin declarar, reuniéndolos con ambos brazos, como un crupier codicioso, le faltó añadir: la casa gana. Parte de la suma desapareció en una caja de zapatos.
1ª Antología de relato corto - Varios Autores
"La maldita corbata"  fue incluido en la Primera Antología de Relato Corto de  GrupMTM Comunicación
Se había desmoronado el castillo de naipes. Se habían esfumado los amigos, se habían diluido las empresas que conocía entre concursos de acreedores, deudas y misteriosas fusiones. Tardó en darse cuenta, ¿qué iba a ser de él, si no sabía hacer otra cosa? Llenar y vaciar la hormigonera, disponer los montones de ladrillo sobre los tableros del andamio, pasar el llaguero por las juntas húmedas entre cada filete, cortar con el disco de diamante por donde le indicaban los oficiales.

La lavadora comenzó a centrifugar y la camisa se disolvió, como un jirón de nube diseminada por el viento. Comercial de alarmas. No encontró nada mejor. Prometían grandes y suculentas comisiones, no exigían titulación, ni experiencia, pero al final, sorpresa: tuvo que darse de alta como autónomo y pagarlo él. Contrato mercantil, fijo de risa, y la guinda de la tarta con un exiguo tanto por ciento por comisión. 

El hombre, mientras sacaba la ropa del tambor, trató de contener la risa porque podía desbordarla el llanto. Desplegó la camisa y la observó al trasluz, antes de tenderla. Al menos tenía para comer. El cerco amarillo había cedido ligeramente, pero se resistía a desaparecer y la tela, por acción de la lejía, se iba transparentando. El hombre reparó en la corbata arrugada, que yacía en el suelo. Le pareció que se levantaba como una cobra y bisbiseaba desafiante. La maldita corbata.

jueves, 21 de mayo de 2015

El Muelle

 La foto fue sacada en el parque nacional de las Tablas de Daimiel (Ciudad Real)

El muelle está especialmente tranquilo. Son las tres de la tarde y el sol en su cenit escupe llamaradas tan furioso, que achicharra hasta las piedras. El agua ondea levemente, transmite el lento temblor que hace girar la tierra, la tenue atracción que ejerce la luna. Me agrada observar las tonalidades diversas que adquiere, el abanico de azules y verdes. Sus múltiples paradojas. La opacidad del mar y la transparencia del agua. Su aparente solidez, a pesar de que no se puede asir. Aunque estoy en la sombra, el calor me hace sudar y empapa la camisa. Me siento incómodo con la ropa húmeda, el pelo también húmedo en la frente y la nuca. Me desabotono. Emerge un cuerpo hinchado, feo y pálido. Por el horizonte diviso el barco de Antoine. Me incorporo y continuo mirando el mar. El alma es inasible, como el mar. Y el alma también necesita un continente, como el agua. Cuando un hombre muere, se seca. La muerte no es más que eso: convertirse en polvo. El alma entonces se evapora y retorna al cielo, engorda las nubes, se hace hielo, regresa al mar. El alma es agua.

martes, 19 de mayo de 2015

El enjambre y el lobo

Dibujo realizado por un niño víctima de violencia de género (foto: especial Documentos TV-RTVE "Hijos de la violencia de género-Dibujando los miedos)

El Enjambre y el lobo trata un tema nada complaciente: la violencia en el hogar o también llamada de género, pero tomando como protagonista a un niño. Según la ONG Save The Children, los niños son los grandes olvidados, a pesar de que se estima que más de 800.000 niños en España sufren las consecuencias de esta violencia, desarrollando todo tipo de secuelas, entre ellas inseguridad, depresión, problemas de relación social y pesadillas. 



EL ENJAMBRE Y EL LOBO

El niño se desperezó en la cama y escuchó. Eran las siete de la mañana y la aurora iba coloreando con su luz los cristales de la ventana, todavía cubiertos por el velo opaco de la noche. Para el niño su cuerpo volvía a materializarse, envuelto en el edredón de microfibra y aunque sabía que era temprano, sentía deseos de bajar de la cama, sentir el suelo helado bajo sus pies y comer las galletas que estuvieran a su alcance en la cocina. Cuando por fin, con mucho sigilo, se decidió a salir y se encaminó de puntillas hacia el salón, le sorprendió la voz apagada de su madre.

Se quedó muy quieto y comenzó a desandar el camino para volver a su habitación y al menos calzarse las zapatillas de invierno con forma de cocodrilo. Su madre sollozaba, estaba seguro. Observó desde el umbral, porque la puerta estaba entreabierta. Sostenía una fotografía, que se acercaba a la cara con desesperación. Por fin, arrugó el papel y lo rasgó en dos mitades, que arrojó al suelo. Volvió a hundirse en la almohada, para ahogar el llanto que recrecía sin control. El niño se asustó y pensó que su madre estaba enferma, o enfadada con él por levantarse tan temprano y volvió a la cama.

"La desesperación del león y otras historias de la India" de Sonia García Soubriet


La desesperación del león de Sonia García Soubriet (Editorial Menoscuarto) se compone de cinco relatos ambientados en la India. Una India que no corresponde por entero a la imagen colorista de los folletos turísticos o la visión entre sórdida y morbosa que a veces ofrecen los telediarios. Es más bien esa India de contrastes donde conviven tradición y modernidad, que la autora disecciona y rescata para el lector como si fuera una perdida Atlántida, enseñándonos la radical diferencia entre el turista y el viajero.

Portada del libro (foto: Revista Prótesis)
Desde el principio me llamó la atención la portada, donde hay una ilustración de un hombre enjaulado al que señalan con actitud burlona varios animales, mientras un león pelitieso le muerde un pie. Descubrí para mi asombro que procede del Zoológico de Jodhpur (Rajasthán). Una divertida paradoja que me condujo sin pensarlo al primer relato (el más ambicioso y coral), titulado “1115 Main Bazar”.

1115 Main Bazar nos cuenta la historia de una suerte de Hotel California indio, el hotel Camran de Delhi. Construido (supongo que durante las vacas flacas del fundamentalismo y gracias a un viejo pacto de palabra) dentro de una mezquita, allí pernoctan extranjeros que van a la India para hacer negocios o simplemente escapar de su pasado, inadaptados, supuestos apátridas delatados por su acento o un desvaído tatuaje.

Sus desconchadas habitaciones pintadas de azul son refugio de numerosas historias, en un mundo que no tiene continuidad fuera de sus muros. Los amores sorprendentes, que se forjan bajo su influjo, no perduran más allá, no pueden sostenerse en el frío Hamburgo, en las ordenadas calles de Badalona o en el matrimonio concertado que arroja la infelicidad sobre los hombros del bedel Varum. Este ambiente irreal, poético, que se vive en el hotel Camran, no se puede extrapolar, acaba en la misma puerta y se pierde en el fondo de una maleta, entre coloridos saris, abalorios de plata, olorosas onzas de hachís y fajos grapados de rupias grasientas.

Ese viaje de sesenta y seis páginas funciona como un embriagador paréntesis de incienso, nos traslada a una India alejada del tópico, nos habla de la vida y del amor, de la tolerancia y el fanatismo, de la modernidad y su lamentable falta de poesía, del modo en el que los lugares donde vivimos nos transforman. Uno no es el mismo en Hamburgo que en Delhi, por mucho que se llame Chandra y haya conducido toda la vida un rickshaw.

Un rickshaw en las calles de Delhi, como el que conduce Chandra en 1115 Main Bazar (foto: Hindustan Times)

El ser humano, se hace así camaleón y si mira al mar, se llena de horizonte y paciencia, si vive en la India de Sonia García Soubriet se desprende de materialismo, mastica cada hora de tiempo alargando sus segundos, se afana en amar y ser amado, fuma y bebe sin desesperación, regatea, anota, envía paquetes con mercaderías, apalea cualquier rastro de narcisismo, fotografía, se sienta a solas en una larga mesa y conversa. 

El segundo relato se titula “El villano en su rincón”. Es una narración a tres voces ambientada en un vetusto café construido en la época colonial llamado El Volga:

Una especie de limbo donde se olvidan y perdonan los pecados y donde uno tiene la ilusión de estar contento consigo mismo, mientras la tumultuosa vida queda fuera.

Desde El Volga nos habla un lambania, perteneciente a una de las castas más bajas, que se afana en mantener limpias las mesas y pasar desapercibido, siempre en cuclillas. Desconocemos su nombre, pero posee un privilegiado punto de vista y conoce la verdadera cara de la vida que se oculta bajo las mesas.

El señor Gupta en cambio es un empresario adinerado, que regresa a Delhi después de muchos años residiendo en el extranjero. El Volga alimenta su nostalgia, porque le recuerda a su padre. El señor Gupta conversa y trata bien al lambania, haciendo añicos el cristal de discriminación con el que en la India, a pesar de que el sistema de castas fue abolido por la Constitución en 1950, se condena a los “intocables”. Pero el lambania, que asume con fatalismo su rol, recoge presto los vidrios rotos: sólo si los dioses me lo pidieran dejaría el Volga.

El tercer narrador es el veterano camarero Singh, que colecciona las tarjetas firmadas de sus clientes más ilustres. Metódico, servicial, desconcertado por un mundo que cambia. Tres vidas unidas por el Volga, tres puntos de vista hábilmente enlazados en este cuento. ¿Existirá ese lugar? ¿Escandalizó Sonia al camarero Singh sentándose sola a tomar un café? ¿Conversó con el lambania, en contra de los convencionalismos?

El tercer relato es el que da nombre al libro. La protagonista y narradora es una desventurada turista a la que una enfermedad, agravada por un médico avaro que le saca el dinero en lugar de curarla, la retiene en un hotelucho decrépito y sucio. Desde la habitación del hotel escucha cada mañana el pitido del tren que sale a Delhi, que perdió cuando la fiebre y los vómitos la postraron en la cama y parece que no va a poder tomar nunca. Y cada noche tiene lugar un diálogo imaginario con el león de un zoo cercano, que se lamenta gruñendo de su prisión. La turista convaleciente y la vieja fiera comparten soledad y miedo.

http://www.design-moderne.com/wp-content/uploads/2012/08/jodhpur-india.jpeg
Imagen de Jodhpur (Rajasthán), esta fotografía y otras de la también llamada Ciudad Azul en el siguiente enlace

El cuarto relato se titula “La bicicleta fantasma”. Hararal, el disoluto dueño de un almacén se hunde asediado por los remordimientos que despierta la aparición fantasmagórica de uno de sus carpinteros, muerto en un accidente, al que no pagó lo que correspondía, dejando a viuda y huérfano en el más absoluto desamparo. El espectro sume en el terror a los empleados de Hararal, que tiene que recurrir a los servicios de una especie de hechicero, una misteriosa trama con un sorprendente final. 

El último relato, titulado “El viaje”, está teñido de pesimismo, tristeza y melancolía. La pareja protagonista pasa unos días en la costa de Orissa. Como desconozco el lugar, busco en Internet y me topo con playas de arenas blancas, aguas cristalinas y espectaculares puestas de sol.

Un grupo de pescadores como los que describe "El viaje" en las playas de Puri en Orissa (la foto y más información sobre Orissa, bastante desconocida para el turismo occidental en la web Nomadic eyes)

Allí, faenan hasta el anochecer los dalits (que significa “oprimidos”), los miembros más pobres y discriminados de la sociedad India, en precarias barcazas que el fuerte oleaje vuelca una y otra vez, por un botín de escuálidos peces que tienen que vender en la ciudad porque en el pueblo “no comen los peces de los intocables”.

Quizá es esta pobreza extrema, fruto de la exclusión social y los prejuicios religiosos, que dos turistas europeos contemplan como si se tratara de una curiosidad antropológica, lo que da al relato ese tono de desamparo, quizá también es, en paralelo, aunque esto el lector sólo lo intuye, el progresivo alejamiento amoroso de la pareja protagonista. Incapaces de contener la hemorragia, ven con fatalismo como se rompen sus lazos sentimentales.

En conjunto, cinco relatos que ofrecen mucho al lector, el gusto por el detalle con el que disfruta el viajero atento, la palabra precisa llenando de vida lo inerte, el trasiego de gente que vive, siente y sufre, la poesía de las cosas más simples y el placer de viajar sin moverse de casa. Y en mi caso, de permanecer hechizado, en un limbo de tiempo, pegado a las hojas de un libro. Son relatos que funcionan como una melodía, el efecto de encantamiento lo producen las palabras, como el disco de Nick Cave que estoy escuchando mientras escribo.

El viejo rocker

(Foto: rockland70.blogspot.com)

Con este relato rindo mi pequeño homenaje al mundo del primer rock and roll. 

                                              EL VIEJO ROCKER

B. aparcó su Cadillac del 57, color “baby blue” y comprobó otra vez la dirección. Por fin había dado con su ídolo. Localizar la casa de Cliff Galley había sido toda una tarea detectivesca, muchas horas invertidas, muchas llamadas realizadas, muchos favores cobrados. Sabía que era un poco atrevido presentarse así. Lo había intentado por correo postal, pero las cartas eran devueltas. La única manera era presentarse en persona, recorrer las casi cuatrocientas millas que había desde New York a Chesapeake, Virginia, jugándose el tipo conduciendo aquella reliquia. 

Un Cadillac similar al del protagonista (foto: Wikipedia)
Le habían advertido que el viejo era de carácter arisco, así que pensó que la simple visión del Cadillac le ablandaría. En el asiento del conductor llevaba convenientemente envuelto el disco de oro que tres meses antes le había entregado la RIAA por su sencillo “Rock in Paris”. Habían pasado más de treinta años desde que Elvis recibiera por primera vez el mismo premio, pero B. ni lo mencionó al recoger el galardón con manos temblorosas. En cambio, B. recordó la infinidad de tardes escuchando los discos de Galley, haciéndolos girar a treinta y tres revoluciones para reducir la endiablada velocidad de sus composiciones, transcribiendo pacientemente cada nota con su guitarra. Treinta canciones. Ese fue el escaso pero valioso legado de Galley. La mayoría acompañando al gran Eugene Cassady, el chico malo del rock and roll. Sí, Galley había sido su maestro, a partir de él había desarrollado su estilo y sobre aquellas estructuras habían ido surgiendo los temas que ahora le aupaban a lo más alto del estrellato. Nadie esperaba que una banda de rockabilly se convirtiera en un fenómeno masivo, pero había un hueco en el mercado y ellos lo aprovecharon. B. se sentía en deuda con Galley y por eso estaba allí, para rendirle tributo. B. pensaba que ese disco de oro, que brillaba sobre el asiento de cuero del Cadillac, era tan suyo como de Galley.   

Sobre este blog

Este es un blog de experiencias literarias. Su nombre alude a mi ubicación geográfica y personal, echado el ancla en el Alcatraz de La Mancha, donde predomina el paisaje plano, todo cielo requemado en verano, todo viento y nubes amenazantes en invierno (el otoño y la primavera por estos lares duran apenas un pestañeo). 

Composición

La composición básica de este espacio es la literatura. Como aficionado, sufro el desdoble típico: soy lector y a veces escribo. Sobre esta naturaleza bífida se construye mi existencia y es la que expongo aquí. Compartiré mis lecturas, reflexiones y algo de lo que escribo. 

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