domingo, 21 de mayo de 2017

Sobre Dostoyevski y "Los hermanos Karamázov"

Resultado de imagen de los hermanos karamazov

Aunque ya había publicado su primera novela unos años antes, fue frente a un pelotón de fusilamiento, el 22 de diciembre de 1849, cuando nació el Dostoyevski escritor que todos conocemos. Por ese motivo, Stefan Zweig incluyó el episodio en Momentos estelares de la historia dela humanidad. No es para menos, porque la lectura de Los hermanos Karamázov me ha confirmado lo que tantos y tantos han dicho ya: que el autor ruso fue un punto de inflexión en la historia de la literatura y llevó el arte de contar a una nueva dimensión. La pena de muerte sería conmutada por el zar en el último instante. Todavía, eso sí, tenía por delante varios años de trabajos forzados en Siberia. Así se lo contaba a su hermano:

¿Será posible que no vuelva a coger la pluma? Creo que dentro de cuatro años tendré posibilidad de hacerlo. Te enviaré todo lo que escriba, si escribo. Dios mío, cuántas imágenes creadas por mí se extinguirán en mi cabeza, perecerán o, como un veneno, se mezclarán con mi sangre. Sí, pereceré si no puedo escribir. Más vale quince años de reclusión pero con la pluma en la mano.
Juan Eduardo Zúñiga: Desde los bosques nevados: Memoria de escritores rusos.

Acabada la lectura de Los hermanos Karamázov, no me he resistido a investigar sobre la novela y su autor, del que tan solo conocía vaguedades. En parte escribo este post para poner orden a todas esas notas e ideas propias o que he ido cazando de aquí y allá. Espero no ser demasiado prolijo y perdonad cierto desorden en mi exposición.

Podemos empezar hablando, por ejemplo, del punto de vista. Dostoyevski emplea un narrador ficticio, que en apariencia conoce de primera mano o por testimonios al clan Karamázov y es incluso testigo directo de algunos hechos, como el juicio de Dimitri. Así consigue dar una sensación de veracidad, interesante porque involucra al lector desde el primer momento. Sin embargo, en el capítulo El gran inquisidor ese narrador es desplazado por uno de los hermanos, Iván. Este lee a su hermano Aliocha un largo poema donde se imagina la segunda venida de Cristo en la Sevilla del s. XVI. Todavía humean los rescoldos por la quema masiva de conversos y al ser reconocido, Cristo es conducido a la cárcel inquisitorial, donde escucha impávido el alegato materalista del inquisidor. En el siguiente libro, el narrador vuelve a ceder el protagonismo, esta vez al starets Zósimo, que nos cuenta sus memorias por mediación de Aliocha. Los pensamientos de Iván y Zósimo son contrapuestos, irreconciliables. El drama familiar se transforma en el escenario de un pulso ideológico sobre dos formas de concebir el cristianismo, la idea de pecado, la libertad y la naturaleza del hombre.

Acabado el combate, regresamos al momento álgido de la novela: el asesinato de Fiódor, el interrogatorio a Dimitri, el juicio y su resolución. Aquí brilla, intercalada, la parte más optimista y luminosa: la mediación de Aliocha en las disputas de un grupo de niños. Dostoyevski está contando la vida de un santo, su ejemplo moral y se posiciona en la senda del starets Zósimo. Aliocha se dirige a los niños con estas bellas palabras:

Sabed que no hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno. Se os habla mucho de vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar, conservado desde la infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena provisión de ellos para su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno solo, este único recuerdo puede ser algún día nuestra salvación. Tal vez lleguemos a ser malos, incapaces de abstenernos de cometer malas acciones; tal vez nos riamos de las lágrimas de nuestros semejantes (…) Pero, por malos que podamos llegar a ser..., ¡aunque Dios nos libre de la maldad!..., por malos que podamos llegar a ser, cuando recordemos estos instantes en que hemos enterrado a Iliucha, y lo mucho que lo hemos querido estos días, y las palabras que hemos cambiado junto a esta peña, ni el más cruel y burlón de nosotros osará reírse en su fuero interno de los buenos sentimientos que han llenado su alma en este instante. Es más, tal vez este recuerdo le impida obrar mal, tal vez se detenga y se diga: «Entonces fui bueno, sincero y honrado» 
File:Dostoevskij 1876.jpg
Foto: Wikinedia Commons
Fiódor, el padre de los Karamázov, es un hombre odioso, hedonista, que ha maltratado a sus hijos y a sus mujeres. Despierta poca empatía y esto es esencial en el desarrollo de la historia. El genio de Dostoyevski nos hace aborrecerlo, tanto, que nos convierte en partícipes, casi cómplices, del crimen. Así enloquece Iván, que está convencido de haber matado a su padre por desearlo y por inconscientemente, dejar el camino libre a Dimitri y Smerdiakov. 

El deseo de matar o sustituir al padre es antiguo. La teogonía griega se fundamenta precisamente en el conflicto de los hijos con su padre: Cronos castra a Urano, y luego uno tras otro devora a sus hijos, hasta que Zeus se rebela. El padre de Dostoyevski era un médico alcohólico, déspota y violento. Las relaciones con sus hijos fueron difíciles, tormentosas, imagino que no muy diferentes a las de Dimitri o Iván con el cínico Fiódor. Como ellos, el joven escritor fantaseó alguna vez con la muerte del padre, incluso quién sabe, con su asesinato. Pero el crimen fue consumado por sus sirvientes. Dos años antes había muerto su madre de tuberculosis. Freud quiso ver en este parricidio frustrado el origen de la epilepsia del autor.

Imagen relacionada
En 2015 mi tocayo Gerardo Vera dirigió una adaptación teatral, que cosechó buenas críticas. Hay también una versión cinematográfica de Richard Brooks, con Yul Brynner en el papel de Dimitri.
En cualquier caso, la experiencia vital de Dostoyevski marcará su obra. Se crió entre los muros del hospital de beneficencia donde trabajaba su padre y estuvo en contacto con la degradación y el sufrimiento humano en toda su expresión física. Experiencias que normalmente le están vetadas a un niño. Mencionamos al principio que sobrevivió a un pelotón de fusilamiento y fue condenado a trabajos forzados en Siberia. En la cárcel tuvo que convivir con presos comunes, asesinos, ladrones, en una habitación maloliente donde se hacinaban treinta o cuarenta personas. Presos que sentían cualquier cosa menos aprecio por un aristócrata como Dostoyevski. Personas capaces de actos deleznables, pero también poseedoras de sentimientos nobles, generosos y valientes. Y es que la naturaleza humana es compleja. Por eso los personajes de Dostoievski no expresan un ideal, sino que testimonian el conflicto. Sufren, dudan, yerran y tratan de enmendarse. Hay verdadera humanidad en esta novela, no arquetipos. Los hermanos Karamázov no habla de la vida: es la vida.

Las relaciones amorosas de Dostoyevski, que no era una persona fácil por lo que he leído, tampoco fueron ajenas al sufrimiento. Como en la novela, donde el conflicto interno, la desazón, define a los personajes. En palabras del autor, el hombre ama el sufrimiento: siempre encuentra alguna razón para torturarse. Tres mujeres pasaron por su vida: la primera murió de tuberculosis; la segunda era veinte años más joven y su perfil me recuerda al de Grushenka. La tercera fue la definitiva. No fueron historias de amor insustanciales: hubo abandonos, infidelidades, reproches, etc. Mujeres capaces de una absoluta entrega amorosa y de la traición más vil en igual medida, actitud que ejemplifica el personaje de Katerina al final de la novela. Marilyn Monroe sentía devoción por Los hermanos Karamázov y trató por todos los medios de impulsar una adaptación, en cine o teatro, en la que ella encarnaría nada menos que a Grushenka. ¿No os parece que la actriz norteamericana encaja en ese perfil humano proclive a “amar apasionadamente, terriblemente, el sufrimiento” que describe Dostoyevski?

En Los hermanos Karamázov, el hedonismo y tendencia al despilfarro de Dimitri choca con unos principios aristocráticos donde lo que más importa es la salvaguarda del propio honor. Esta colisión le atormenta y es el motivo de sus arrebatos violentos, en escenas que quitan la respiración. Dostoyevski padeció similar arrebatamiento por su adicción al juego, descrita en El jugador. Sus viajes a Europa, de casino en casino, empeoraron su enfermedad. Al parecer, creía estar en posesión de un método infalible para ganar en la ruleta, lo que da idea del efecto distorsionador de la ludopatía incluso en personas de una inteligencia abrumadora. Se arruinó en varias ocasiones y lo curioso es que esto tuvo un efecto colateral en lo literario. Por ejemplo, engordando sus novelas. Al publicarse a menudo por entregas se beneficiaba de unos ingresos extra con los que lograba apaciguar a sus acreedores. De esta imperiosa necesidad nació el boceto de Crimen y castigo y se pergeñó El jugador.

Imagen relacionada
En sus manuscritos Dostoievski añadía todo tipo de dibujos y garabatos. Más ejemplos y la fuente original en libropatas.com
Los hermanos Karamázov gira en torno a una trama, la del asesinato de Fiodor. Se presenta a los personajes, tiene lugar el crimen, la investigación y el juicio. Entre medias, las historias intercaladas del starets Zósimo y los escolares. Se habla de novela psicológica y también de su contenido ético, filosófico, político y social. Su complejidad es de tal magnitud que, aunque he ejercido mi derecho (u obligación) como lector de entender, sobre todo quiero hablar, ya para ir concluyendo de mi derecho a disfrutar, a sentir, a conmoverme. Es la parte pasional, con frecuencia y no la cerebral, la que nos engancha a la literatura. De hecho, arrastrado por la vorágine de los Karamázov, la historia del gran inquisidor o del padre Zósimo, aún con toda su carga ideológica, se pueden ver como en un aparte.

Esta novela me ha engullido, literalmente. Su ritmo endiablado te arrastra como un torrente. Una vez que nos arrojamos al mar de los Karamázov, es imposible regresar a la orilla. He leído algunas partes con una tensión inaudita. Yo creo que si alguien intenta en ese momento acuchillarme por detrás la hoja se quiebra o dobla como si mi espalda fuera un escudo espartano. He tenido que parar la lectura porque estaba exhausto y necesitaba asimilar toda su carga de profundidad.

Dostoyevski concluyó la novela solo tres meses antes de su muerte. Esperaba darle continuidad, pero así se quedó. Creo que cualquier amante de la literatura debe leerla. Que no se deje amedrentar por sus mil páginas: es una tragedia monumental y así debía ser contada. Que se quede con la parte que más le convenga, con el drama psicológico, con la reflexión moral, social o religiosa. Dostoyevski decía que el hombre es un misterio y precisamente la literatura ayuda a ahondar en ese misterio. 

miércoles, 10 de mayo de 2017

"La vida negociable" de Luis Landero

                                           la vida negociable-luis landero-9788490663714

Leer La vida negociable de Luis Landero ha sido como quedar con ese viejo amigo del que nos sabemos todas sus historias, pero con el que, en cualquier caso, estamos a gusto. La sensación de familiaridad acude enseguida tras las primeras páginas. No es que ya lo haya contado —o quizá sí—, es también el recuerdo de la narración oral. Yo lo comparo con un embrujo: caes en una especie de sopor y la mente reconstruye, como si el narrador en lugar de hablar pintara y las palabras se fueran llenando de corporeidad. Así transcurren las páginas con Landero, raudas, se deshacen entre los dedos. Te dices, esto ya lo he leído, aquí me recuerda a El guitarrista o a Juegos de la edad tardía, pero sigues. Imagino que Landero tiene sus temas, sus obsesiones y por mucho disfraz de argumento, trama, giros fatales y demás que le quiera poner, afloran.

La historia está narrada en primera persona, en un tono de confesión o testimonial. Buena lombriz para cebar el anzuelo. Ese gusto por la historia personal, por narrar el drama ante un público, es antiguo de narices. Creo que Ulises ya lo practicó en la Odisea, para amenizar la cena al rey de los feacios, antes de regresar a su querida Ítaca. En nuestra era posmoderna, la telebasura cogió el relevo, con personas de la calle (¿o actores?) que se sientan en el diván del plato y enumeran sus desgracias. Luego el show añade o intensifica el morbo, pedida de matrimonio o perdón de los hijos, según toque.

Pues en la novela el que habla es Hugo Bayo, peluquero de profesión. La historia comienza en uno de esos momentos decisivos que cambian la vida de uno. Ese tema es recurrente en La vida negociable. Las encrucijadas, tantas vidas son posibles o eso parece. Porque Landero las enfrenta, en una particular antítesis, al destino: un cruel tirón de correa que devuelve, una y otra vez, a Hugo Bayo a su lugar y ocupación, que es la de barbero. ¿En qué quedamos? ¿Todo cambia en segundos, hay instantes que decantan nuestra vida hacia un lado u otro? ¿O estamos predestinados, por nuestros genes, por nuestro temperamento, por nuestras inclinaciones o por fuerzas desconocidas a ser lo que somos?

La historia de Hugo Bayo pasa por varias fases, donde flota cierto aire de parodia de otros géneros, por ejemplo el de la novela de detectives al final. Hay varios episodios brillantes. Entre ellos, me quedo con las peripecias del personaje durante el servicio militar, que incluyen escenas de un erotismo insólito. Tampoco quiero destripar mucho, solo decir que la historia tiene sus bajones, sus momentos tedio, sobre todo cuando Hugo entra en una deriva obsesiva y se pone a enumerar proyectos ridículos, poco creíbles, que ocupan páginas. Landero ridiculiza un tanto al protagonista, que desde luego no es un héroe y aunque podría pasar por novela de iniciación, porque asistimos al periplo vital de un personaje, desde su adolescencia hasta bien entrada la edad adulta, no parece que madure en ningún momento.

Los que escriben reseñas de forma profesional y saben de lo que hablan mencionan en esta novela una especie de cruce entre Cervantes y Quevedo, si esto es posible. Hay un toque cervantino, es verdad, especialmente en la relación tipo Quijote-Sancho que establece Hugo con su maestro barbero o por qué no, con la propia Leo. También es clara la alusión a la novela picaresca y el tono de caricatura de la mayoría de personajes. Me gusta que Landero escoja la tradición de nuestro Siglo de Oro como sustrato, aunque por mi ignorancia tan solo sea capaz de reconocer los mimbres. Y creo que por ahí engancha al lector, con su lenguaje pulcro y su argumento que no es sino destilación de muchos siglos de literatura en castellano. Espero no haberme pasado con esto.

Para acabar, os recomiendo esta entrevista que hizo una compañero bloguera (Marisa, de books and companies) a Landero, donde, no sé si por verse lejos de foros oficiales o porque es así de accesible, se explaya a gusto. 

miércoles, 26 de abril de 2017

PRÓXIMAS LECTURAS

                           Resultado de imagen de foto de mucha gente leyendo

Quería haber escrito un post el día del libro. En mi ciudad, coincidió con el día de la bicicleta. Mil trescientos ciclistas se concentraron en la plaza de España y me pregunto cómo quedaría eso de reunir a mil y pico lectores, libro en mano, dejarlos su media horita hasta tenerlos a lo suyo, nada de poses y hacer una foto sobrevolando sus cabezas. Siento la tentación de buscar en Google por alguien ha podido llevar esta idea a buen puerto, pero recuerdo que tengo roto el ordenador desde hace días. Dispongo de parches, entre ellos un viejo portátil al que le conecto un teclado USB, con conexión poco fiable y la tablet de mis hijos, copada por ese demonio con cuerpo de ratón, Mickey Mouse. Y el móvil, mi criptonita, lo escondo lejos. Instalé el Whatsapp, sí, es una de mis pocas concesiones. Quité Telecinco de mi televisor, me he perdido un Mundial y una Eurocopa, creo, por esto, pero ahí está el dichoso icono siempre encendido. No le hago caso, pero insiste. Y bueno, pues leí algunas recomendaciones lectoras de blogs amigos, así para poner los dientes largos y yo, después de pensar, me decidí por hablar de un puñado de libros cuya lectura no admite más demora.

Sé que es una falta de respeto enrollarme tanto. Mañana (hoy) me entregan el ordenador reparado, cien euritos la tajada. El disco duro estaba hecho bicarbonato y no quiero hacer un símil con mi cerebro. Voy, voy. Estas son las lecturas que he elegido para los próximos meses, sin cortar con las previsibles interferencias. No habrá reseña porque las conocéis de sobra o sí, quién sabe.

Las letras hispánicas merecen su puesto de privilegio, entre tanta novela —buena o no— traducida. Y tengo un clásico pendiente, al que a lo largo de varios años le he ido dando mordidas, pero luego siempre se interpone algún otro y es un quiero y no puedo. Se trata de Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos: ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. Ahí es nada. Yo creo que las ganas me han venido después de leer el último libro de Luis Landero y me he dicho: vamos con una novela picaresca de bellota, para quitarme el gusto a recebo. De este libro, siempre que lo abro, al azar, saco una pulpa jugosísima. No me quiero imaginar cuando lo lea completo. Veamos, por ejemplo: Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una dellas peligrara Narciso más que en la fuente. O esta otra, las hay por miles: Dicen que era de muy buena cepa, y, según él bebía, es cosa para creer.  

Con Guerra y paz, de momento no me atrevo, pero sí creo que es la hora de los Hermanos Karamazov. Tenía en casa un ejemplar que compré en un mercadillo con la letra tan pequeña que me lloraban los ojos, pero ya he conseguido una edición para ebook y no habrá quien me pare. De momento, he aprendido lo que es un startsy y cómo hacer un intrincado pero eficaz retrato psicológico de tres hermanos y un padre rufián. Cuando acabe, podré añadir una medalla a mi currículum lector, de las buenas, de las que pesan, tipo estrella de oro, cruz de hierro o laureada.

Resultado de imagen de hermanos karamazov Resultado de imagen de el buscon quevedo

Aunque padezco cierto desorden alimentario y como dicen en mi pueblo, ante una biblioteca o librería, me “ansío”, no me considero un mero devorador de libros. Trato de que las lecturas fermenten en mi cabeza y formen parte incluso de mi espíritu. Investigo después, reflexiono sobre lo leído. Lo comparto aquí. Por mi naturaleza impresionable, suelo implicarme demasiado, mis sueños se pueblan de personajes literarios. Mis reflexiones, parte de mis actos, también.

Necesito sentimientos exacerbados, dramatismo y brumosas pasiones, ver su daga que se interpone en el destino de los hombres. Las historias del gato y el ratón, a veces me aburren. Por eso tengo Bodas de sangre en mente, en una edición crítica, con todo su arsenal simbólico a mi disposición para que lo vaya desentrañando. Otro libro al que le he dedicado más de un restregón, pero sin entregarme hasta el final y conozco bien. Así que, en el caso de llegar hasta aquí estaréis pensando que asumo pocos riesgos, en lenguaje tipo coaching, que “no salgo de mi zona de confort”.

Bueno, pues un poco jugando al bingo, un poco psicoanalizándome, he puesto delante de la fila algunas de las recomendaciones que en los últimos meses he ido anotando de unos blogs y otros. Aquí puedo mudar en cualquier momento, por lo menos uno ya está encargado. El primero, que además estuve leyendo ayer, es una antología de Gloria Fuertes editada con gusto sublime por Blackie Books con el título de El libro de Gloria Fuertes. De verdad, pinchad aquí para ver el libro, aunque aviso de que habrá más de un flechazo. 

Tantas reseñas de Delphine de Vigan y tanto ponerla cerquita del Olimpo que no he podido resistirme. Me he decidido, eso sí, por su última novela Basada en hechos reales, por ese aroma a thriller literario entre dos aguas, realidad y ficción, frontera difusa que como lector me agrada. El caso es que no leo mucha novela negra, pero el hecho de que una tal Ottesa Moshfegh pase, en Mi nombre era Eileen, por pupila de Jim Thompson, me pone. ¿Inteligencia salvaje, pose punk? A ver si es verdad…

  El libro de Gloria Fuertes_3D_altaResultado de imagen de de vigan basada en hechos reales


Con esto tengo más que suficiente, de momento. De hecho, ya me he puesto a la tarea. Pero como soy de picar entre horas y por eso a pesar del Crossfit sigue el flotador perenne, he conseguido en ebook una descomunal Antología del cuento norteamericano. Richard Ford ha reunido más de sesenta relatos en mil y pico páginas. En nómina, nada menos que Carver, Cheever, Updike, Faulkner, el mismo Ford, Roth, Poe, Melville (si, el cuento incluido es el de Bartleby), y tantos primeras espadas que me están entrando escalofríos… 

lunes, 17 de abril de 2017

"Un par de ojos azules" de Thomas Hardy

Resultado de imagen de un par de ojos azules thomas hardy

Thomas Hardy (1840-1928) publicó su primera novela en 1871, un año después de la muerte de Dickens. Durante un cuarto de siglo dio al imprenta hasta catorce, con relativo éxito; esta que acabo de leer, Un par de ojos azules (Ediciones del Bronce, 2001), es su tercera novela —la primera que firmó con su nombre real— y la que acabó por consolidarle como escritor. En los años finales viró hacia el teatro y la poesía. Compuso un largo poema épico, Los Dinastas, que le hizo entrar en alguna quiniela para el Nobel y dejó unas memorias inconclusas. Al buscar información sobre su biografía, me ha sorprendido encontrar grandes paralelismos en Un par de ojos azules y esto explica el subjetivismo que desprende la novela en algunos momentos. Thomas Hardy era hijo de un mampostero y su madre ejerció como cocinera y sirvienta. Con algo más de veinte años, se trasladó desde su Dorchester natal a Londres, para aprender el oficio de arquitecto: igual que Stephen, el amante despechado de Un par de ojos azules. Con el tiempo, lo dejaría todo por la literatura, al parecer alentado por su primera esposa, Emma Lavinia Gifford, con la que no tuvo hijos y que pudo servir de modelo para construir el personaje de Elfride, la heroína de Un par de ojos azules. Sin embargo, su mayor éxito fue con Jude el oscuro (1895), que también le granjeó fuertes críticas, especialmente entre los sectores más conservadores de la sociedad británica. Tanto que Hardy dejó de lado su faceta de novelista y regresó a su vocación de arquitecto y restaurador, publicando poesía esporádicamente.

Resultado de imagen de thomas hardy
Thomas Hardy (foto: anglotopia)
La historia de Un par de ojos azules es bastante convencional. Se trata de un triángulo amoroso, con la joven Elfride Swancourt en el vértice y sus dos enamorados, el bisoño Stephen Smith, un aprendiz de arquitecto de origen humilde y Henry Knight, un hombre maduro (así es descrito, aunque tiene treinta y tantos) que realiza caústicas reseñas en una prestigiosa revista literaria de Londres.

Al principio, Elfride se enamora de Smith. Ambos viven con inocencia una pasión primeriza, que les desborda, pero que es desbaratada por el clasismo del padre de Elfride, que a pesar de sentir afecto por el joven, se niega en redondo a autorizar la boda por los orígenes plebeyos del muchacho. Es uno de los muchos pellizcos críticos de Hardy, el cual no parece muy a favor del matrimonio de conveniencia. Entonces Stephen Smith decide buscar fortuna en la India y regresar con buenas credenciales (y la billetera bien llena), lo que sin duda haría ablandarse al párroco Swancourt (guía de almas, pero que es presentado como un materialista de tomo y lomo, nueva puya de Hardy, está vez al estamento eclesiástico) su decisión.

Pero entremedias se interpone la fatalidad. El destino, cruel, inmisericorde. Y es que Elfride conoce a Henry Knight y cae rendida ante su inteligencia sin fisuras. Si Elfride se enamora al principio del joven Stephen, torpe, impulsivo, autodidacta, que la trata con devoción admirativa y ante el que se ve dominadora, ahora resulta que se vuelve la esclava sumisa de Knight. Curioso el volteo de un personaje que decide vivir sometida a un inteligente hombre maduro, que la trata con displicencia a ser la reina de un bisoño. En cualquier caso, el tal Knight es un tanto timorato en cuestiones amorosas y se deja enredar.

Para complicar el ovillo, Smith y Knight son amigos. De hecho, Knight fue el mentor de Stephen, y el muchacho lo admira sin reservas. Pero, por crueldades de la vida, desconocen que se han enamorado de la misma mujer. Como se va viendo, cualquier lector con callo podrá intuir los diferentes giros del argumento. No en vano estas historias amorosas se han contado infinidad de veces, con variaciones. En modo alguno rechazo el folletín, muchas grandísimas novelas están construidas sobre esta urdimbre. Y está el estilo de Hardy y ciertos temas tangenciales que hacen Un par de ojos azules una lectura muy provechosa, que he disfrutado y eso que es considerada una obra “menor”, aunque no por Proust, que la consideraba una de sus novelas favoritas.

Las descripciones del entorno donde se desarrollan los momentos álgidos de la novela, además de magníficas, están cargadas de simbolismo. Hay algo en el paisaje que anticipa la tragedia, que acompaña los pensamientos y conflictos internos de los personajes. Hay acantilados abruptos y tormentas, una naturaleza salvaje, indomable, como las pasiones que se apoderan de los hombres y mujeres, que convierten el éxtasis del amor en zozobra constante. El giro dramático del final también sorprenderá, aunque hay una negrura que parece anticiparlo y está jalonado por varios momentos de densa literatura gótica.

Imagen relacionada
Vista espectacular de los acantilados de Dover (foto: dogsharon.wordpress.com)
Una de las cosas que más me ha gustado es la construcción psicológica de Elfride. Encierra tantas paradojas, es voluble y no sé si aquí Hardy quiere establecer cierto paradigma de la naturaleza femenina, tan común en su tiempo. En cualquier caso, padece, como toda heroína romántica. Porque Stephen y Knight, ambos, proyectan en ella sus propios deseos, sus miedos, sus anhelos. Le privan de cambiar de opinión, blanden sobre ella el dedo acusatorio. La convierten en fustigadora de sus sentimientos, cuando son ellos los que se dejan anegar por las pasiones. Incluso Knight, que al principio representa el amor racional, frente al pasional de Stephen, acaba cayendo en su propia trampa, dando salida a angustias profundas y si sigo contando desvelo demasiado de la trama, así que paro aquí. Gran novela de Hardy, autor al que sin duda volveré.

lunes, 27 de marzo de 2017

Últimas lecturas

Ha sido un final de febrero y un mes de marzo complicados, tanto que apenas he podido publicar una entrada. He tratado, eso sí, de no perder el contacto con la blogosfera. Mi lista de libros pendientes puede dar buena cuenta de ello y si tuviera forma humana se acercaría a lo que se denomina obesidad mórbida. También he leído, faltaría más, ¿cómo prescindir de tal alimento? Si las proteínas son los ladrillos del cuerpo, la lectura tiene idéntica labor nutritiva para la mente y además exalta o relaja el espíritu, según los caminos que uno transite.

Resultado de imagen de cristina fernandez cubas la habitacion de nona

Y ya que hablo de caminos, pues he frecuentado los del relato corto. La habitación de Nona, de Cristina Fernández Cubas, es un conjunto de seis historias de extensión variable, que se mueven dentro de un universo inquietante y ambiguo, que combina lo fantástico con lo cotidiano. El relato que da nombre al libro juega con el clásico final desconcertante y nos pone continuamente trampas, retorciendo la cita de Einstein que sirve de prefacio: “la realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente”. Es un libro compacto, a pesar de la fragmentación que supone el género. A ello contribuye la presencia, asumiendo la voz narrativa directamente o entre bambalinas, de niñas o adolescentes que se enfrentan, bien a los misterios de la infancia, bien a su crisis. En El final de Barbro nos habla una hija despechada, una historia de misterio con toque gótico. Días entre los Wasi-Wano sigue con el tema antes mencionado, la encrucijada que enfrenta al niño con el adulto que será. En Interno con figura, cobra sentido la fotografía de la portada —ya decía que hay un sólido andamiaje en este libro—y Fernández Cubas propone un fascinante juego de ficciones envueltas las unas en las otras, de enigmas y suposiciones. En realidad, la autora nos está haciendo partícipes de su propio proceso creativo.

Resultado de imagen de aquello estaba deseando ocurrir

El otro libro de relatos es un volumen de Leonardo Padura titulado Aquello estaba deseando ocurrir.  Se trata de una compilación y por tanto su calidad va y viene. Sin embargo, hay unidad temática y de enfoque, a lo que ayuda el estilo claro y bien definido de Padura. El erotismo campa a sus anchas, de forma bastante explícita. El sexo es un elemento liberador unas veces y otras una forma de evasión, para escapar de la realidad. Flota cierto fatalismo, cierto aroma de derrota, asumida y que se vive con melancolía y resignación. Mucho humo de cigarro, ron carta blanca, escasez y penurias en una economía de supervivencia. En el horizonte, la balsa encarada hacia Florida. Disfruté esta lectura, básicamente, por las virtudes indiscutibles del estilo de Padura y por los temas universales que trata partiendo de lo cotidiano. Aparte de la visión de una Cuba muy diferente a la que venden las agencias turísticas o el cliché político, del lado que sea.

Algo curioso ocurría con aquella mujer que, una vez cumplida su actuación, bajaba al bar con su cigarro en los labios y bebía en silencio aquel único trago de ron. La costumbre parecía ser ancestral, pues nada más ocupar su banqueta, el barman le servía su carta blanca y Violeta lo bebía a sorbos lentos, entre cigarro y cigarro, sin hablar con nadie, apenas observando a través de su pelo cómo el hielo se fundía con el ron, hasta que a las dos de la madrugada, hora del cierre, apuraba el resto de su bebida y salía a la calle, sin despedirse de nadie, sin que nadie la acompañara, sin que nadie la esperara, mientras yo la miraba alejarse, incapaz de abordarla, lleno de interrogaciones y desbordado de deseos.

En mi ciudad se celebra desde tiempos inmemoriales la llamada “Fiesta de las Letras”. Tiene mucho colorido, hay una ceremonia por todo lo alto, los premiados desfilan cogidos del brazo de las madrinas y como colofón, participan en una cena de confraternización. Desde hace unos años la editorial Reino de Cordelia edita los trabajos galardonados. El premio de narrativa Francisco García Pavón está dedicado a la novela policíaca. Este año recayó en Virginia Aguilera por Ojos ciegos. No soy muy asiduo del género pero esta novela me intrigaba, porque leí que la acción transcurre en un falansterio. Los falansterios fueron un proyecto de comunas autosuficientes, ideado por el socialista utópico Charles Fourier. La trama comienza cuando una peculiar pareja, formada por un juez casi ciego y su joven y guapa ayudante, acuden al falansterio aragonés Alegría, para investigar una extraña desaparición. A partir de ahí se va desplegando la historia, con sus sorpresas, equívocos, acción y todo el arsenal típico. La utopía esconde un terrible secreto, no podía ser menos. Se lee bastante bien, aunque pesan ciertos anacronismos, ya que la novela está ambientada en 1867, en vísperas de “la Gloriosa”. Causa estupor la cantidad de erratas, supongo que se corregirá en sucesivas ediciones. Es lo que tiene publicar los premios así, en bruto.  
               Resultado de imagen de ojos ciegos aguilera Resultado de imagen de la reina maga del temprano ombligo

El otro es el Premio Eladio Cabañero de Poesía, que se llevó María Teresa Amondarain Ramos por La reina maga del temprano ombligo. Su lectura ha sido una sorpresa para mí por varias razones. La primera, porque no es una autora consagrada. La segunda, porque se lee de un sorbo. No estamos hablando de poesía intrincada, indescifrable. Ni de juegos poéticos complejos, es pura sencillez. Tiene cierto aire cándido, ingenuo, de cuento de hadas. La autora narra la vida de su madre, la “reina maga del temprano ombligo”, sujeta a todo tipo de azarosas vicisitudes. Es conmovedora la imagen de la bandeja ensangrentada de poliespan, que uno de sus hermanos roba del Alcampo para alimentar a la numerosa prole que cuida la “reina maga”, hasta cinco, denominados “playmobil”. En fin, uno piensa en frases-eslogan del tipo “viviremos peor que nuestros padres” y arruga el bigote. Es lo que tienen las medias verdades.

Y fuimos llegando poco a poco los cinco.
Uno detrás de otro, como llegan los días, los meses y los años.
Cuando llegó el primero, mi madre era un ombligo
de sólo quince años,
que ayer apenas recortaba recortables
y a Mariquita Pérez o a Rapaziña
les cambiaba vestidos y zapatos,
mi madre ombligo.
Como la vulva que inflamó el jabón de lagarto,
mi madre ombligo,
un ombligo agujero
un ombligo cromático
un ombligo arco iris
algún mágico túnel
donde el tronco de la vida ramifica sus brazos
agarrándose a estrellas, lunas llenas,
a pimentón de soles
la vagina era signo de prohibido pecado.
Con sólo quince años,
una niña pariendo
a un muñeco de piel
y llanto humano,
no atravesó el ombligo,
como pensaba ella,
pero cruzó lagunas uterinas,
paredes de mucosas inflamadas
cordilleras de madre sangre miel de abeja
y una vagina bella, adolescente,
castaños los ojos,
inocencia en los labios,
oídos conquistados por la labia
del que miente,
que sabe más que los ratones colorados,
que un “no” no vale por respuesta,
que siempre es “sí”,
y así fuimos llegando,
desde el uno hasta el cinco
los muñecos humanos
de un temprano ombligo.
El internado de sopa de tocino
se convirtió en un internado transparente,
donde el ombligo no puede rebelarse ante un bigote.

Me he metido mi chute de clásicos. Sobre estos, ¿qué decir? La colmena de Camilo José Cela es pata negra de nuestra literatura con todo merecimiento. He realizado una lectura guiada, a través del blog “El infierno de Barbusse”; en realidad era una relectura y me ha fascinado tanto como la primera vez. Sin duda se trata de un artefacto de precisión, la combinación de lenguaje literario y de la calle, no chirria nunca y todas las doscientas y pico piezas de esta colmena humana se ensamblan de tal modo que, a pesar de la profusión de personajes y situaciones, uno nunca llega a perder el hilo. No me entretengo mucho, que esta obra la conocéis todos.

           Resultado de imagen de la colmena        Resultado de imagen de la ciudad y los perros

Igual que La ciudad y los perros, que Mario Vargas Llosa publicó hace casi cincuenta y cinco años. Un pipiolo, no muy alejado en el tiempo de esos cadetes animalizados del colegio militar Leoncio Prado, donde el propio autor pasó dos años (según se dice quemaron varios ejemplares del libro, de lo que gustó). El Poeta, el Boa, el Jaguar, el Esclavo, junto a Teresita y el teniente Gamboa, se constituyen en protagonistas de una novela donde se alterna el monólogo interior con la narración descarnada de los hechos. Experimental al principio, con continuos flashbacks, abrumadora, en su final vertiginoso todo se resuelve de forma clásica y sobre todo contundente.  Viene a ser verdad eso de que el genio nace y no se hace.

Resultado de imagen de Josyane Savigneau carson mccullers
No encuentro la portada de la edición española, en la editorial CIRCE. Así que ahí va la edición norteamericana. 

Y para acabar con genios, ayer finalicé la lectura de la biografía de Carson McCullers escrita por Josyane Savigneau, subtitulada “un corazón juvenil”. En ella, la autora trata de ofrecer una imagen de Carson mesurada, desmitificadora y alejada de la gran biógrafa de Carson, Virgina Spencer Carr, que quizá se dejó llevar por el exceso de celo y cierta “moralina”. También es notable el esfuerzo por enterrar el rumor de que su marido Reeves era el verdadero perpetrador de buena parte de la obra de Carson. El libro es un tanto frío, supongo que el género lo requiere. Pero contiene alicientes. La correspondencia entre McCullers y su marido Reeves, cuando este se prepara para el desembarco en Normandía y lucha contra la ocupación alemana es conmovedora. Los fragmentos de McCullers con su psicoanalista Mary Mercer, son jugosos y le dejan a uno con la miel en los labios, porque Savigneau desvela que por iniciativa de la propia Carson se grabaron todas sus sesiones, que permanecen (a fecha de 1998, cuando se edita el libro) inéditas, ya que forman parte del archivo de Mercer. Los fragmentos de la autobiografía “A mortgaged heart”, que Carson dejó inconclusa, también tienen una veta de alta literatura. Me ha conmovido la amistad que le unió a otro grande, Tennesse Williams. En cuanto a todo el muestrario de enfermedades y problemas de salud de McCullers, se agradece que su biógrafa no cargue las tintas, buscando un efecto melodramático. No lo necesita. Lo verdaderamente emocionante es el impulso creativo de Carson, su necesidad vital de escribir, expresarse y dar forma a ese particular universo. ¿Es por esa autenticidad que su obra no ha envejecido? Concluyo con un fragmento de la propia Carson, que se incluye a modo de anexo al final como “notas sobre la escritura”:

Mi comprensión es solo fragmentaria. Comprendo a los personajes, pero la novela en sí permanece en un estado de indefinición. La clave aparece a veces como por azar, en esos instantes que nadie, y menos el autor, puede comprender. Instantes que, en mi caso, se dan generalmente tras un gran esfuerzo. Revelaciones que son una bendición del trabajo. Toda mi obra se ha escrito así. Para un escritor, resulta al mismo tiempo arriesgado y hermoso depender de tales revelaciones. Cuando, tras meses de tanteos y de trabajo, la idea se desvanece al fin, la complicidad resultante es de orden divino. El flujo mana siempre del inconsciente, y de manera incontrolable.

domingo, 19 de marzo de 2017

ALGUNAS VECES MIRO A LOS OJOS DE MI HIJO


Algunas veces miro a los ojos de mi hijo y percibo la marea silenciosa de la inteligencia que le anega, con cada palabra nueva que brota de su boca.

Algunas veces le miro, aprovecho mi fuerza de gigante y le atrapo con el cepo de mis brazos. Me impregno de su néctar. Trato de fijar ese fragmento de luz.

Cuando sus frágiles cimientos, sus escasos noventa centímetros de sombra sean carne adulta ¿podré abrazarle como hago ahora?

No me atreveré, intimidado por la distancia. Seremos dos islas  bañadas por el mismo mar, tan lejanas como visibles, la una de la otra.

Pero a pesar de todo, nunca dejaré de ser su padre.

Aunque mis brazos ya no puedan darle abrigo; aunque me mire y de la nube de sus ojos prorrumpan los reproches y estallen los truenos sobre mi corazón viejo y cansado.

Recuerdo que nació con premura. Lo acomodaron con su madre, las hebras de líquido y placenta aún brillaban en su cráneo. Yo le observaba, sediento, aferrado al mundo con ambas manos.

Ahora canta y habla. Se dirige a mí, como si yo fuera la esfinge y tuviera todas las respuestas.

Algunas veces le miro y acaricio su nuca, separo sus cabellos, intento contener la hemorragia del tiempo, la erupción de esa persona que es mi hijo.

Me sofoca la certeza de saber que un día crecerá y se irá despegando de mi lado como una corteza.

Mi hijo, ¿qué será de su nombre y de su historia?

Feliz día a todos los padres, desde la llanura

viernes, 24 de febrero de 2017

ESCRITOR CANÍBAL

Resultado de imagen de escritor caníbal

Eres un caníbal. Lo estás pensando, antes de darle al botón de imprimir. Pero a ti la carne humana te repite. Mientras escribes todo va muy bien, escupes los huesecillos al masticar y ni siquiera te molestas en sacarte las hebras de entre los dientes. Todo va para el puchero, que borbotea bajo el fuego creador y huele a guiso montañés. Te vas sirviendo cucharadas y llenas los folios, la hoja infinita del procesador de texto. El problema viene cuando acabas, es un reflujo de conciencia, una acidez que provoca el sentimiento de culpabilidad.

¿Te digo una alternativa? Puedes roer tu propia carne, como el que se muerde las uñas o se retira la piel muerta de los labios con los dientes. Incluso la cecina que viene en la prensa del día tiene sustancia, sabe un poco a sangre, pero alimenta. Y se digiere bien, a base de olvido. Pero nada, siempre te quedas con hambre, en el vertedero de tu vida solo hay cáscaras y con echar mano de otros encuentras filetes.

Apagas la impresora. Vuelves otra vez al principio, tratando de engañarte. Veamos, capítulo primero... Pero es inútil, enseguida se levanta un muerto del hoyo. Te preguntas si el paso del tiempo borra las marcas de los huesos, porque no es posible crear de la nada. Incluso la vida surgió de un aminoácido, de un fragmento de roca ardiente que se estrelló en lo que era el infierno y después de cien millones de años se llenó de bacterias, protozoos, anfibios, reptiles, mamíferos y primates que inventaron la navaja. Pero robar así, cebarte con los huesos de las personas que viven contigo…

Con la excusa de aquel quiste vibrando en tus cuerdas vocales ya casi no hablas, pareces una estatua de sal entre tus semejantes. Solo registras y luego, al ponerte a escribir, la carne pasa por la el molinillo y sale hecha salchichas.

Capítulo segundo: robado. ¿Qué cara pondrán cuando lo lean, si algún día ve la luz? Es pensarlo y aparecen los retortijones, porque si alguien hace el esfuerzo de leerlo serán ellos: lo abrirán por la página quince, capítulo dos y se verán allí, despiezados: el muslo, las alas, la piel del cuello colgando como un pollo de polígono en la cinta transportadora. Así que guardas y cierras. A la carpeta.

El mes que viene puedes leerlo otra vez. Podar los tallos y dejarle tan solo una yema de ficción. Pero es que sin carne, este guiso no alimenta, te dices. No es más que polvo. Los que no han vivido, son espectros. Lo revisaré más tarde, te vuelves a decir. Y yo te digo: tritura esa carne hasta dejarla sin grumos, pasa la mezcla por el pasapurés. Recoge los casquillos. Borra las huellas. Cambia de nombre, sí, eso estaría bien. Elige un seudónimo. Un heterónimo. O hazte vegano, sustituye el huevo por la harina de garbanzos y la ternera por el tofu.

El capítulo tercero, ese no hay quien lo salve. Huele a matadero. A la incineradora con él.

¿Pero a quién le puede interesar? Los que lo han vivido ya lo conocen y además no fue tal y como tú lo cuentas. Nadie siente un estremecimiento ante el amor, ni es consciente de la propia existencia. La vida pasa desapercibida, inaprensible, solo la proximidad de la muerte le otorga algo de luz. O, eso lo admito, cazadores furtivos que al sentarse a escribir tratan de atrapar su esencia, pompas de jabón que explotan al tocarlas y estallan acuosas sobre el papel. Allí algo queda, las migajas de un festín caníbal.  

Repito, ¿pero a quién? A alguien que quiera vivir cien veces, me respondes. Que quiera experimentar la muerte, o el pavor, el éxtasis. Estrangular las horas para que no hablen, tapar la conciencia o incendiarla con páginas y páginas de vidas escritas por otros, robadas, mordidas, falsamente inventadas. Ya. Por impostores como tú, bisoños o por eminencias con la frente arrugada, todo cerebro, genios creadores. Tú solo desbastas, apenas enseñas la veta. Si por lo menos descubrieras lo que hay debajo, ese río de pasiones que los escritores de primera hacen aflorar como un geiser.


Casi te convenzo, ¿a qué si? Ahora no quieres revisar esa novela una vez más, tirar de los muchos hilos que has dejado colgando. ¿No pasa de las cincuenta páginas? Eso es porque está escurrida. Rellena de lana robada, de casquería donde aún palpita la sangre. Pero tampoco quieres borrarla, eso no. Das algún valor al tiempo, irrecuperable, que has pasado convertido en un cuatro, haciendo cosquillas a un caparazón de plástico hecho en China, notando como tu culo se hunde en la silla y crece como masa panadera fermentando. La verdad es que dentro de esa carpeta es inofensivo, está en cuarentena. No avergonzarás a nadie, ni nadie querrá matarte. No obligarás a algún lector mercenario a emborronar un informe con un pulgar hacia arriba o con mayor probabilidad, apuntando a las fauces de la destructora de papel. En el fondo, ahorras energía al mundo y a ti mismo. Definitivamente, la carne humana repite.     

domingo, 19 de febrero de 2017

Carson McCullers y "El aliento del cielo"


Carson McCullers, Lula Carson Smith de soltera, nació en la ciudad de Columbus, Georgia, hace justo cien años. Tengo delante la edición de sus cuentos completos y que además incluye tres de sus novelas cortas: Reflejos en un ojo dorado, La balada del café triste y Frankie y la boda, con prólogo y comentarios de Rodrigo Fresán. Se titula El aliento del cielo (Seix Barral). Me encanta la foto de portada, donde una joven McCullers estalla en una sonrisa. Tiene la nariz respingona, flequillo gótico y parece que vaya a echar a volar. En una esquinita, con letra menuda, el editor advierte de que ninguna parte del libro puede ser reproducida en “manera alguna ni por ningún medio” (ups, ya he hecho trampas), incluido medios “químicos”, que por mi ignorancia no se a que se refieren. Tengo que añadir, eso sí, que los detalles que voy a contar de su biografía los he leído en la nota introductoria. Podría haber recurrido a la Wikipedia, pero teniendo el libro tan a mano…

Pues parece que Carson nació con la vitola de genio y desde su más tierna infancia actuó como tal, aunque en principio se decantó por la música y estudió piano. Diversas circunstancias la condujeron, para nuestra suerte, a la literatura. Al parecer, presa de un apetito lector voraz, pidió a su primo bibliotecario que le hiciera una lista con la mejor literatura del mundo y este, con buen criterio, le pasó una separata con casi todos los autores rusos (presumo que Tolstoi, Gógol, Dostoievski y cia) y algunos norteamericanos, claro. 

La vida de Carson me ha parecido intensa, dramática, a la altura de lo que uno presupone tras empaparse de su obra. Sucesivas enfermedades (sumemosle un galopante alcoholismo) la fueron castigando y diezmaron desde niña, hasta su aniquilación a los cincuenta años de edad. La lista es escalofriante e incluye neumonía, fiebre reumática, un ictus que le dejó paralizado el brazo izquierdo, un cáncer por el que le extirparon un pecho, fractura de cadera, creo que un intento de suicidio, un aborto y como colofón cuarenta y siete días en coma tras sufrir una hemorragia cerebral que a la postre fue lo que le provocó la muerte en 1967.

Resultado de imagen de carson mccullers photographs

Fotos: https://biblioklept.org

Se casó dos veces con Reeves McCullers, con el que compartió una relación destructiva, marcada por la ambigüedad de Carson, su “romanticismo desenfrenado” y la homosexualidad latente y reprimida de su marido, quien acabaría quitándose la vida en la habitación de un hotel de París, después de ingerir una sobredosis de barbitúricos. Entre tanto, una carrera fulgurante, que no le privó de alguna crítica destructiva por Reloj sin manecillas (1961), adaptaciones teatrales y cinematográficas, etc. Carson fue reconocida en vida, cultivó la admiración, la envidia y el desdén, fruto que los genios suelen cosechar en desigual proporción. La compararon con Faulker, Isak Dinesen, Tennesse Williams y alguno más. 

Me siento fascinado y atraído por sus fotos, sin duda tenía una fotogenia especial. Estamos hablando de la era pre-instagram, pero Carson seduce con una mirada, inteligente y profunda ; un rostro donde parece continuamente apuntalada una frase mordaz, una chispa irónica, incluso cierta capacidad para herir mediante el sarcasmo. Espero no exagerar, ya que escribo bajo el efecto de su literatura, que es como un opiáceo. Por eso intercalo algunas fotos que he encontrado en Google.
No me gustaría vivir si no pudiera escribir. La escritura no es solo mi modo de ganarme la vida; es como me gano mi alma.
Esta frase es una buena pista de lo que ofrece McCullers. Básicamente es literatura hecha desde las entrañas. Como si uno pudiera abrirse el pecho y arrancarse el corazón y dejarlo palpitar al ritmo de una vieja máquina de escribir. McCullers trata temas universales. Esa es la piedra filosofal. Si setenta años después de ser escritos, a cinco mil kilómetros de distancia, mediando un océano cultural, estos relatos y novelas cortas, buena parte obra de una mente juvenil, conmueven hasta el tuétano, es porque McCullers supo parar el tiempo. Me quedo con sus personajes desencantados, su entrega absoluta en el amor y su abandono en el desamor. Su ambivalencia, su doble capacidad reparadora y destructiva. La inigualable capacidad de mirar y luego contar, como si pudiera ver a través infinitas dimensiones. No estoy muy seguro de estar escribiendo una reseña al uso, me sale solo sentimiento y esto no es objetivo, ni orienta a nadie. Es engañoso, porque cada lector siente a su manera.

A pesar de todo lo intentaré. Comienzo con las novelas cortas, entre las que destaco las dos primeras, sin desmerecer a la tercera, que es Frankie y la boda. 

Reflejos en un ojo dorado es oscura y mórbida.  El escenario es un puesto militar. Los protagonistas, dos matrimonios, los Penderton y los Langdon y un soldado voyeur. Una serie de personajes que se mueven bajo pulsiones muy freudianas, neuróticos y reprimidos. Entre ellos, un conjunto de relaciones tumultuosas, de la que Carson saca todo el partido posible y que fue adaptada por John Houston. La balada del café triste es una historia de amor insólita entre un jorobado y una mujer hercúlea, personajes magistralmente definidos por McCullers, que recrea un ambiente irreal, espeso y bizarro. Una reflexión sobre la tragedia de amar y el papel ambiguo que le corresponde al que es amado, una relación que nunca encuentra el punto justo de equilibrio. La historia se resuelve con un combate delirante y después sobreviene el vacío más conmovedor.  

Resultado de imagen de carson mccullers photographs
Foto: ElCultural.com
Siguiendo por el camino de lo subjetivo, me atrevo a decir que el nivel de los relatos roza con frecuencia lo sublime (¿cómo es posible que le costara dios y horrores publicar un relato como “Sucker”? Editores más ciegos que un topo hay a este lado y al otro del charco). Siempre se tacha a los libros de relatos de falta de homogeneidad, de aburrir o desalentar al lector. Este riesgo debería ser mayor en el caso de una compilación. Pero no sé si por mérito del editor, que los ha ordenado cronológicamente e introduce cada historia dando algunas claves o por haber sido atrapado en la tela de araña de McCullers, o por la reiteración de temas y su fórmula dialogada que recuerda al teatro, donde los personajes aún desconociéndose se muestran al lector. No lo sé, pero sentado en la mesa del salón, a la hora intempestiva de la siesta, día tras día, su lectura ha ido avivando mis emociones, “in crescendo”, hasta desbordar los límites de lo emocionalmente tolerable. A esto le llaman “paroxismo”. En mi caso, se traduce en desazón, en un estado de hipersensibilidad, en una nuez de ballesta atravesada en la garganta (esto lo he leído, ¿adivináis dónde...?), cierta aceleración del pulso, cierta inapetencia. Me gustaría poder tener tiempo y formación para digerir cada relato como una vaca, masticarlo, regurgitarlo una y otra vez, extraer así todo su jugo.

Lean estos relatos sin pausa, como una novela. Especialmente aquellos que tratan del desamor, de la infelicidad conyugal, de la soledad, el abandono, el fracaso y la pérdida de la inocencia. Tan solo para experimentar un viaje hacia lo más profundo del alma, hacia ese corazón que es “un animal solitario”.
—Hijo, ¿sabes cómo debería empezar el amor?  
El chico seguía sentado, pequeño, callado, tranquilo. Poco a poco movió la cabeza. El viejo se le acercó más y murmuró: 
—Un árbol. Una roca. Una nube. (enlace al relato completo)