sábado, 15 de julio de 2017

¿Cuánta poesía hay en la música pop (y rock)?


Voy a salirme un poco de lo habitual para cerrar la temporada antes de abrir un pequeño paréntesis de vacaciones blogueras. Hay un sarpullido típico del verano que es la canción de moda, para la que no existe vacuna y solo sirven medidas profilácticas, como un estricto aislamiento. Difícil, con tantas horas de luz y ese peculiar estilo de vida nuestro, que en general acepto y me gusta, a pesar de que atrae a cierto tipo de moscardón septentrional más bien molesto. Canciones que necesitan de una letra sencilla y pegadiza, sin mayores aspiraciones.

Esto me hace reflexionar sobre el vínculo que hay entre poesía y música popular, ya que la propia poesía nació para cantarse. Tenemos a Bob Dylan como ejemplo extremo y reconocido por la academia sueca. Aunque no es fácil equiparar, porque la música es una salsa con poder saborizante, incluso para la letra más insípida y hay letras hermosas que no funcionan cantadas. Es complejo, lo digo por experiencia porque he hecho mi incursión en ese mundo.

He buscado ejemplos de letras excelsas, más bien fragmentos, de artistas que cantan en español y han logrado momentos de, para el que escribe, gran eficacia musical y hondura poética. Repito que no es fácil ligar estos dos ingredientes, que en muchos casos se comportan como el agua y el aceite. Estos ejemplos son los que me gustan y conozco, unos pocos, pero podéis añadir otros. He obviado, por supuesto, aquellos poemas adaptados por cantautores y otros trovadores modernos con aspiraciones rimadas. Aquí se trata de música pop y rock hecha desde abajo, sin ayuda, sin “intertextualidad”.

No quiero empezar con la típica paliza de si la música de antes, porque ejemplos de aberración los ha habido numerosos en todas las décadas, incluida los mitificados ochenta. Me voy a centrar en lo bueno, pero para que se note el contraste, aquí va un ripio de la canción de moda. Recomiendo enjuagarse la boca después de leer, para que el bouquet no amargue el buen vino que seguirá a continuación.

Vamos a hacerlo en una playa en Puerto Rico 
hasta que las olas griten Ay Bendito 

Me he quedado tan ancho. Pero no condenemos a la hoguera a toda la música de verbena. Ha habido buenos letristas, gente bohemia, culta y creativa, no tan interesada en sacar un producto comercial y ver dividendos rápido como en expresar emociones entendibles y encajadas en un buen contexto musical. Por ejemplo Carlos Berlanga en Ni tú ni nadie y ese superlativo: mil campañas suenan en mi corazón. La canción habla de una ruptura amorosa, pero se ha convertido en un himno a la autoafirmación: ni tú ni nadie puede cambiarme.

Carlos-Berlanga-
Alaska y Carlos Berlanga casi frente a frente. Faltaría Nacho Canut para completar el trío de ases de "Ni tú ni nadie" (foto y más info en bigmaud)
Enrique Bunbury es un gran aficionado a la poesía y lo cierto es que tiene un buen arsenal de versos “prestados” de otros autores en sus letras. Esto generó polémica en su día. A mí, por ejemplo, me gusta mucho el estribillo de La chispa adecuada:

No se distinguir entre besos y
raíces
no se distinguir lo complicado
de lo simple
y ahora estás en mi lista de
promesas a olvidar
todo arde si le aplicas la chispa
adecuada

Viendo una película emblemática del llamado “cine quinqui”, Deprisa, deprisa (Carlos Saura, 1981), me llamó la atención la letra de un tema de Los Chunguitos. Era Me quedo contigo, firmado por Enrique Salazar (muerto de enfermedad hepática en 1982), una rumba que asume el amor como renuncia: Si me das a elegir, entre tú y la riqueza, con esa grandeza que lleva consigo, ay amor, me quedo contigo.

Y en el terreno de la rumba, pero menos comercial y aderezada con otros géneros también fronterizos, Kiko Veneno tiene grandes letras. En un Mercedes blanco se puede leer como un poema, de cabo a rabo:

En un Mercedes blanco llegó
A la feria del ganado
Diez duros de papel Albal
Y el cielo se ha iluminado

Y esta, del tema Echo de menos, ¿qué?:

Si tú no te das cuenta de
lo que vale
el mundo es una tontería
si vas dejando que se
escape
lo que más querías
Es difícil hablar de letras favoritos, porque siempre está la canción de por medio. Destaco Lucha de gigantes, por el propio tema, la sentida interpretación de Antonio Vega y versos como:

Vaya pesadilla corriendo
con una bestia detrás
dime que es mentira todo
un sueño tonto y no más
me da miedo la enormidad
donde nadie oye mi voz …

Y en un terreno rockero, de mayores estridencias, no puede faltar Roberto Iniesta. De nuevo, elegir alguna de sus letras es cuestión de gusto o de nostalgia más bien. Por ejemplo en Stand by, que además comienza con un recitado del poeta Francisco Ortega Palomares y dice:

Vive mirando una estrella
siempre en estado de espera.
Bebe a la noche ginebra
para encontrarse con ella.

Sueña con su calavera
y viene un perro y se la lleva,
y aleja las pesadillas
dejando en un agujero
unas flores amarillas
pa' acordarse de su pelo.

Sueña que sueña con ella
y si en el infierno le espera...
Quiero fundirme en tu fuego
como si fuese de cera.

Antes de hacer la maleta
y pasar la vida entre andenes,
deja entrar a los ratones
para tener quien le espere...
            

Jorge Martínez de Ilegales tiene en su haber algunas de las letras más ácidas del rock en español, por ejemplo en Yo soy quien espía los juegos de los niños. Pero yo tiro por el desamor y me quedo con El corazón es un animal extraño.

El corazón es un animal extraño;
siente extraños deseos, busca extrañas compañías.
El corazón es un animal extraño;
sufre extrañas costumbres y oye extrañas voces.

El gran Rosendo Mercado además de excelente músico es un letrista eficaz, contundente, pero poco "poeta". Aún así, me parece muy evocadora Flojos de pantalón, quizá por sus múltiples lecturas y su tono épico, solo de guitarra cantable incluido:

Surge la escena en un salón
niñas en promoción
momias poniendo precio
ambigüedad.

Para ir acabando, no podía faltar Joaquín Sabina, reconocido letrista y poeta popular, no solo músico. Otro corazón marchito en Cerrado por derribo:

No abuses de mi inspiración,
No acuses a mi corazón
Tan maltrecho y ajado
Que está cerrado por derribo.
Por las arrugas de mi voz
se filtra la desolación
de saber que estos son
los últimos versos que te escribo

Y menos conocidos, pero con algunas de las mejores letras del rock español en su haber, los granadinos 091. Sin duda, José Ignacio García Lapido sabe cómo escribir buenos temas de rock y aderezarlos con letras sensibles e inteligentes y el bueno de Pitos logra insuflar vida con su voz a toda esa poesía y dramatismo. Un claro ejemplo en Buen día para olvidar, del álbum Más de cien lobos.

Hay días que agobia respirar el mismo aire que la gente.
Pues que la suerte se tapó los ojos hoy para no verme.
Pasa de largo si me ves,
hoy sólo te podría decir hola y adiós.

Es de esos días que te da por quemar libros de poesía.
Y si no arden suavemente se te viene el mundo encima.
No hay broma que pueda animarme,
ni nada que puedas hacer.
Buen día para olvidar,
buen día para olvidar,
cansado de andar, cansado de andar,
de andar siempre y de no ir a ningún lado.

Es de esos días que mejor no hubiera amanecido nunca.
Es cuando al vaso una gota solamente lo desborda...


            

Y bueno, aquí acabo, pero el tema sigue abierto. Podéis incluir vuestras sugerencias en los comentarios. A partir del lunes estaré menos activo en la blogosfera y la llanura queda clausurada hasta septiembre, si Dios quiere. Disfrutad del verano y leed mucho.  

jueves, 6 de julio de 2017

"Un viejo que leía novelas de amor" de Luis Sepúlveda


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Siempre se dice de la selva amazónica que es el pulmón del mundo. Y la farmacia. Un territorio impenetrable, cambiante y su fulgor esmeralda, tan diferente a la llanura donde vegeto. Aquí, solo hay horizonte. Es un remanso, un paisaje en pausa. Se hace difícil concebir un espacio en continua palpitación. Mi tierra parece un decorado, un telón pintado de añil. En la selva, aún cuando la lluvia cae con una densidad que impide ver un metro por delante, la vegetación contiene el aguacero en su cúspide y solo a intervalos se derrama en pequeñas cataratas. Luis Sepúlveda dice “el cielo era una inflada panza de burro colgando amenazante a escasos palmos de las cabezas”, ¿qué tiene que ver con el techo de cristal, casi en contacto con el espacio sidéreo de la llanura? La llanura es tan transparente que apenas guarda algún secreto. Las pedrizas se yerguen a la vista, como cicatrices entre los retales de parcelas, amarillas, ocres, el verde transitorio del cereal o las viñas. Ni siquiera el monte abigarrado, los manojos de tomillo, las escasas encinas de gruesa corteza. No hay donde esconderse. En la selva, bajo el fango, duermen escorpiones y serpientes de varios metros. La lluvia arrastra una cascada de insectos que engullen los peces. Los shuar, mal llamados “jíbaros”, “unos hombres semidesnudos, los rostros pintados con pulpa de achiote y adornos multicolores en las cabezas y los brazos” conocen “el arte de convivir con la selva”. En la llanura, antes de la industrialización, bastaba un lazo, un pozo y agachar las corvas para arañar la costra caliza y hurgar dentro de la tierra. No era poco, desde luego, pero no requería tanta simbiosis. Exigía más bien el cambio, la transformación, para sobrevivir: desbrozar, retirar la piedra, arar, sembrar y recoger la cosecha. Arrinconar el poco bosque y sus alimañas. Levantar una vivienda de tapial y otra, hasta tener un pueblo. 

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Imagen de la selva amazónica (foto: tocadacotia.com) y la llanura manchega. Nótese el contraste. 
Antonio José Bolívar Proaño es un viejo que vive en un reducto aislado de la amazonia, un pueblacho llamado “El Idilio”, gobernado por un gordo sudoroso, único representante del estado en aquel paraje selvático. Allí consume su vejez leyendo con ayuda de una lupa, “lentamente, juntado las sílabas, murmurándolas a media voz como si las paladeara”, novelas de amor, de las que le provee cada seis meses el doctor Rubicundo Loachamín. Un pícaro que extrae los dientes podridos a los lugareños valiéndose de una particular anestesia: “ya sé que duele. ¿Y de quién es la culpa? ¿A ver? ¿Mía? Del Gobierno! Métetelo bien en la mollera. El Gobierno tiene la culpa de que tengas los dientes podridos. El Gobierno es culpable de que te duela.” Bolívar tiene amistad con el médico, porque le extrajo las piezas podridas y le dejó una prótesis a buen precio, que lleva envuelta en un pañuelo descolorido, “¿y por qué no los usas, viejo?” “No estaba ni comiendo ni hablando. ¿Para qué gastarlos entonces?”.

El viejo fue joven una vez y con su esposa, Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo, bajó de la sierra mordiendo el señuelo que el gobierno había dispuesto para poblar zonas remotas de la amazonia, disputadas al Perú. Allí comenzó una estéril lucha con la lluvia, los mosquitos, las fiebres, la crecida incesante del río y las serpientes. Hasta que los shuar, compadecidos, adoptaron a Bolívar, que aprendió de ellos el lenguaje de la selva. Tuvo que volver a la civilización, sin embargo.  Desde su choza el viejo contempla la depredación de los colonos, cazadores furtivos y buscadores de oro, “construyendo la obra maestra del hombre civilizado: el desierto”. Ignorantes de las leyes de la selva, al quebrantarla la vuelven contra ellos. Por eso la aparición de un gringo muerto desata los acontecimientos. Una hembra de tigre se ha cobrado la vida del cazador y vaga con sed de venganza. No tardan en aparecer otros muertos y la autoridad de El Idilio, decide salir a darle caza. ¿Será el último encuentro de Antonio José Bolívar Proaño con el lugar que le permitió dar a la palabras “libertad” un sentido?

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Fotograma de la película basada en el libro (foto: fantasmasculturales.wordpress.com.) No sé por qué, imaginaba al viejo Bolívar de otra manera...

Entrañable alegato ecologista de 137 páginas, con personajes memorables, palpitante, donde también se rinde un pequeño homenaje a esas “palabras hermosas que a veces hacen olvidar la barbarie humana” y que nosotros llamamos literatura. Escrita por Luis Sepúlveda en 1988, recibió el Premio Tigre Juan de Oviedo. Según dice la Wikipedia, ha sido traducida a 60 idiomas, ha vendido 18 millones de libros en todo el mundo y fue adaptada al cine con Richard Dreyfuss como Antonio José Bolívar. Así que poco voy a poder añadir que no se sepa. Ha sido después de su lectura cuando he descubierto que la novela en cuestión era todo un fenómeno, pero nunca es tarde. Primer libro de estas vacaciones.    

domingo, 2 de julio de 2017

ÚLTIMAS LECTURAS


Iba a titular este post “cosecha de primavera” o de forma más prosaica “lecturas de primavera”, pero es que este año la estación de los brotes verdes le ha robado casi dos meses al verano. El calor asfixiante, los embalses exhaustos dejando la rebaba conforme menguan, como anillos de espuma en una jarra de cerveza, los eucaliptos de repoblación convertidos por el calor en auténticas cerillas…Solo la tos asmática y las amapolas se han asomado a este cuadro primaveral. Dos meses donde apenas he leído, para qué voy a mentir. Ya me resarciré en julio y agosto. Esto me recuerda al general Maceo en la guerra de Cuba, la del Maine, que se vanagloriaba de sus invencibles generales “junio, julio y agosto”. Pues mi mes de junio, ahí, ahí. 


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De momento estoy reuniendo algunos libros, he hecho un hueco en la estantería y me gustaría poner un neón con una flecha, como las de los hoteles retro. Allí acumulo las posibles lecturas caniculares. Es provisional, tiene aún el andamio puesto. De momento está Manhattan transfer, de John dos Passos, el libro que inspiró a Camilo José Cela La Colmena. Y echándole un vistazo, la estructura es prácticamente idéntica, pero claro, poco tendrá que ver el Madrid de la posguerra con el Nueva York de los locos años veinte, aunque según he leído la novela de dos Passos pretende precisamente desmitificar y dar voz a los perdedores, a la otra cara de la moneda del éxito fácil. Eso gusta, a mí al menos. 

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Y bueno, en curso y casi acabando, tengo La larga marcha de Rafael Chirbes. Fantástica novela que a mi parecer sigue la línea de La buena letra. Es una obra extensa, ambiciosa, con múltiples personajes y dos generaciones que se acaban entrecruzando y entreverando. Todos surgen del fango de la guerra civil. Hay de los dos bandos, aunque del ganador Chirbes, de forma insólita al menos para el que escribe, no extrae una muestra triunfal. Casi no se distinguen de los perdedores. La evolución y los caminos que toman los personajes son sorprendentes. No falta el pesimismo y la prosa absorbente, marca de la casa. Me parece una pieza esencial para comprender nuestra historia reciente, lejos de los caminos trillados y un artefacto literario de muchos quilates. Yo estoy leyendo una reedición de Anagrama, porque en su tiempo pasó sin pena ni gloria. No en Alemania, donde fue premiada y un crítico (Marcel Reich-Ranicki) le dedicó las siguientes palabras: 
En La larga marcha se habla una y otra vez de una “nueva España”, y todo el que cree en la posibilidad del cambio deposita en esa idea siempre el mismo ingenuo entusiasmo. Lo que ocurre con Rafael Chirbes es que ha escrito una historia de las grandes esperanzas y las grandes promesas, pero también de los grandes desencantos
Entre muchas, voy a destacar una de ellas que me ha emocionado especialmente por su patetismo, la del médico republicano, condenado a muerte tras la guerra, degradado por los vencedores, que pierde los estribos ante las incipientes inquietudes políticas de su hija, la insulta y acaba quemando los mismos libros marxistas que el leía y ensalzaba en su juventud.

Aparte de esta joya, por suerte revalorizada, al fin pude con un libro de Javier Marías. Seguí las indicaciones de otros amigos blogueros, no podía ser menos y me hice con Corazón tan blanco. A propósito de Javier Marías, hace unos días estuvo en la picota digital por pensar diferente a la mayoría. Y eso que lo dijo con educación y buenos argumentos, pero parece que los tiempos de “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo", frase atribuida a Voltaire (al parecer es obra de algún biógrafo, pero expresa a la perfección su pensamiento), están finiquitados. Por suerte, creo que al autor le resbala e incluso puede que le guste tirar piedras a la jaula de los monos, para verlos cabrearse en Twitter.


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Bueno, pues Corazón tan blanco es un artefacto interesante. No soy filólogo, pero creo que su sintaxis es en ocasiones un tanto enrevesada. La de vueltas que da para decir algo. También, sin ser crítico, me parece que se le va la mano con las digresiones y qué decir de los paréntesis. Confieso que he practicado el salto de párrafo y el salto de línea, deporte olímpico cuando una lectura te aburre y en el que tengo pericia. Pero a pesar de todo, hay situaciones brillantes, escenas que perduran y merecen una relectura. En ocasiones es casi un ensayo, es un libro complejo, no en su trama, sencillísima (como a mí me gusta, dicho sea de paso), pero si en otras facetas. El inicio, esto se ha dicho mil veces, es magistral. Destaco la que para mí es la espina vertebral de la novela, su visión pesimista del amor y las relaciones personales, pero hay otras, que se podrían sintetizar a través de estas citas (con el subtítulo “para pensar…”):

La gente quiere en buena medida porque se la obliga a querer.

Hay veces en que la vida de los otros, de otro (…) depende de nuestras decisiones y vacilaciones, de nuestra cobardía o arrojo, de nuestras palabras y de nuestras manos, también a veces de que tengamos dinero y ellos no lo tengan.

Cualquier relación entre personas es siempre un cúmulo de problemas, de forcejeos, también de ofensas y humillaciones.

A veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, de que todo ocurrió y a la vez no ha ocurrido, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente y hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición.

Para acabar esta exigua cosecha, en cantidad, pero no en calidad, compré en un mercadillo la novela póstuma de Yukio Mishima, La corrupción de un ángel. Forma parte de una tetralogía, “El mar de la fertilidad”. Fue entregada a la imprenta por el escritor japonés poco antes de ejecutar una performance de corte fascista o poética, según se mire (aunque pese, el nacimiento del fascismo estuvo vinculado a cierta poesía de vanguardia). El 25 de noviembre de 1970 se dirigió con cuatro de sus seguidores del takenotai — una especie de organización paramilitar fundada por el propio Mishima— al cuartel general de Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón y tras maniatar al comandante al mando, arengó a un grupo de soldados pidiendo la restauración imperial. Fue abucheado y acto seguido, se quitó la vida a través de la ceremonia del seppuku. Nadie lo había hecho desde el final de la guerra mundial.


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Ya había leído antes a Mishima, con fascinación. Era un personaje especial. Conocía bien la literatura europea y de hecho, según los críticos, su obra expresa la simbiosis entre tradición y modernidad. En Youtube hay algunos videos, incluida su estrambótica aparición frente a las tropas, desplegando dos pancartas con soflamas patrióticas. La obra en sí trata sobre un adolescente que es adoptado por un anciano acaudalado, por razones místicas. El joven pronto desvela una insólita inclinación hacia el mal. La novela alterna las descripciones preciosistas, la pausa y lo contemplativo, con escenas fulgurantes de gran viveza. El crisantemo y la espada, frase con la que la antropóloga Ruth Benedict quiso sintetizar la singularidad de la cultura nipona.

La corrupción de un ángel contiene una teoría sobre el suicidio (existe una variedad que acepto: las personas que se suicidan para afirmarse como tales), no podía faltar y la novela en general tiene una gran carga filosófica y poética. Entre sus ideas directrices, el desencanto por la juventud que irremediablemente se pierde y lo que es peor, se malgasta y al envejecer repara uno en la sangría que ya no se puede detener: solo con la edad sabía uno que existía una riqueza, una embriaguez incluso en cada gota. Mucho que decir tienen también sus personajes, nada arquetípicos, profundos y de los que me quedo con el viejo Honda y Keiko, cuya fealdad sublima su locura, haciéndola creer la mujer más bella del mundo. Os dejo para acabar un reportaje sobre el autor.  

            

jueves, 22 de junio de 2017

DOS AÑOS EN LA LLANURA

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Ya van dos añitos desde que empecé con el blog. Los antiguos egipcios creían que después de la muerte su espíritu se las tendría que ver con el tribunal de Osiris. Hasta allí era conducido por Anubis, el de la cabeza como el perrito procurador que antes se ponía en la bandeja trasera del coche, hablo de modelos tipo Seat 124 y así, no las pijerías crossover de ahora. Pues eso, que el espíritu era llevado a la presencia de Osiris y sometido a un cuestionario personal. Por si se le ocurría mentir, se colocaba su corazón en una balanza y el dios Tot iba tomando nota de cada respuesta. Si mentía, la balanza se desequilibraba y el Ammit, un bicho con cabeza cocodrilo, piernas de hipopótamo y cuerpo de león lo engullía sin pan ni sal y se acabó lo que se daba, ni inmortalidad ni vida ultraterrenal. Perdón si hay algún egiptólogo por los detalles que me he saltado o he escrito mal. Esta introducción viene porque después de dos años, no era mala idea someter mi corazón bloguero a similar interrogatorio. No tengo ningún monstruo a mano, salvo los de las noticias, ya sabéis: pirómanos, fanáticos religiosos, etc. Pero si las ventajas de vivir algunas horas a la semana en la blogosfera no pesaran más que los inconvenientes, me temo que perdería el juicio y Osiris me mandaría con mis lecturas y demás a cualquier rastrojo. Y es que después de dos años, he acumulado buenos argumentos a favor y algunos —pocos—en contra.

Empecemos con lo malo. La falta de tiempo. Literalmente, hay semanas que estoy desbordado. Tengo dos niños pequeños, ya lo sabéis, aparte del trabajo. En este rato que escribo el post el chiquitín ha quitado el tapón de la piscina y ha empantanado el patio. Mi mujer está que trina, así que después de este párrafo vendrá una pausa. 

¿Tantas y tan buenas sugerencias lectoras no os provocan ansiedad? Este síndrome, el del bloguero literario, es conocido por los médicos. El bolsillo también se ve afectado y eso que, por la experiencia de la crisis, que ha triturado a mi familia, me he transformado en un superviviente. Bibliotecas, mercadillos, son mi hábitat. 

Como conclusión, hay temporadas en las cuales me saturo y apenas logro publicar un post cada tres semanas. También mi seguimiento de otros blogs se resiente. La sensación de escribir y no saber si te leen y las puñeteras estadísticas de blogger, con sus ficticios internautas rusos, son otros síntomas habituales. Así que vamos con lo bueno.   

Lo primero es haber conocido a gente con la que comparto afición lectora y escritora. Después de un tiempo me resultan extrañamente familiares, a pesar de no conocerlas en persona (con una excepción), incluso de algunos sin saber siquiera su nombre real (aquí juegan con ventaja porque ellos si conocen el mío, tengo tan poca sal que ni se me ocurrió un alias). De esta relación nace un sentimiento de aprecio y respeto. De cierta amistad, en suma. Y aunque es extraño, para mí, que soy sensible y poco habilidoso socialmente, resulta conmovedor. Me ha pasado ya dos veces, perder el contacto con algún bloguero, por razones desconocidas y sentir desazón, hacerme preguntas del tipo, ¿por qué se habrá esfumado así? ¿Estará enfermo? ¿Se habrá hartado? ¿Lo acosaba algún troll y se ha visto obligado a echar el cierre? Por favor, si deciden cortarse la coleta, despídanse.

He crecido como lector, no hay duda. Ya no es cuestión solo de cantidad, que sí, luce mucho decir que he doblado e incluso triplicado el número de lecturas desde que tengo el blog. Es que hay autores y títulos a los que nunca me habría acercado por mí mismo. De estas lecturas saco bastante provecho, por cuanto puedo contrastar opiniones, recibir comentarios, investigar para escribir una reseña, pensar en lo que leo e incluso, atreverme con monográficos. ¿Cómo si no habría podido afrontar una relectura de El Quijote?

Mis reseñas creo que han ido mejorando. Aunque enseguida cualquier lector verá que no soy un especialista y que resbalo en ciertos temas, al menos espero que si pueda identificar el apasionamiento. Cuando leo tengo la sensación de que efectivamente estoy viviendo una experiencia, igualable a muchas reales (mejores) que he tenido. La literatura me ha enseñado tanto sobre las personas como la experiencia. Por citar un ejemplo, la semana pasada resonaba en mi cabeza La muerte de Ivan Ilich, precisamente en contexto similar y su recuerdo me ayudó a encauzar mis sentimientos.

Y en cuanto a esta faceta de aficionado a la escritura recuperada en los últimos años, también se ha visto beneficiada, porque se aprende leyendo y escribiendo con sentido crítico. Llegado a este punto viene mi humilde obsequio a los amigos que frecuentan la llanura. Hace un par de meses quedé segundo en el VII Certamen Internacional de Novela Corta Giralda, que organiza la asociación Itimad de Sevilla. Es algo amateur, que nadie se asuste. No voy a contribuir al saturado mercado editorial de momento. Pero el caso es que me enviaron una caja de libros y mi idea es regalárselos a quién lo demande, teniendo preferencia los seguidores del blog. Está el primer premio, el mío y el premio local en un único volumen. Mi novelita (apenas 70 páginas) no es nada del otro mundo. Releyéndola, ya editada, le he visto las costuras (es lo que tiene ser más lector que escritor). Pero en fin, igual que cuando uno va a la audición del conservatorio de su hijo y no le exige que sea Beethoven, pues espero que seáis comprensivos conmigo. Es un regalo que me hace mucha ilusión repartir aquí. Quién esté interesado tan solo tiene que enviarme una dirección de envío en el formulario de la derecha, garantizo la protección de datos. Sin coste alguno tendrás un ejemplar en casa en pocos días y si quieres, aunque esto me cuesta horrores, te lo dedico. Si por casualidad se acaban los ejemplares físicos te lo puedo enviar por email en PDF o EPUB. Y nada, solo me queda despedirme con un fragmento de Domicilio desconocido, ya veis que no me quemé los sesos con el título (soy un comercial nefasto, lo sé). Espero que sigamos por la llanura al menos dos años más. 

Necesitaba apagar el recuerdo de la voz de Nieves, que se había enquistado en mi cabeza y los pensamientos obsesivos que me zarandeaban. Esquivando a los conocidos, caminando furiosamente, me sorprendí un par de veces deletreando su nombre: N-i-e-v-e-s, casi un suspiro, casi una bala saliendo de mi garganta…

martes, 13 de junio de 2017

ESCRIBIR A MANO

Manuscrito de Gay Talese (fuente: https://richardgilbert.wordpress.com/tag/paul-auster/)
No hace mucho leí que Finlandia, cuyo sistema educativo encabezó en cuatro ocasiones el informe PISA, había decidido desterrar la escritura a mano de su currículum. Es decir, que en los colegios no sería obligatorio aprender a escribir con lápiz y bolígrafo y si mediante teclados y otros dispositivos electrónicos. Pero uno no puede fiarse, porque vivimos en la era del bulo (aviones fumiga-personas, vacunas letales y un largo etcétera) y la información es más sesgada y tendenciosa que nunca. Por suerte, la red de redes aunque ayuda a propagar falsedades, también ofrece el antídoto. Con un par de búsquedas en Google y visitando sitios acreditados todo se puede contrastar. Así me enteré de que el país nórdico no va a eliminar la escritura a mano. Lo que ocurre es que durante años han enseñado dos sistemas de escritura manual: una en cursiva y otra en letras de imprenta. El primero es el que dejarán de utilizar y será de carácter optativo y junto a la escritura de toda la vida introducirán el aprendizaje del teclado.

Bulos aparte, lo cierto es que cada vez se escribe menos a mano. En mi caso, aparte de la lista de la compra, apenas trazo un par de ideas en un pos-it o en sucio y después me pongo a trabajar en Word. Tengo asociado la labor de amanuense con mi época universitaria, donde muchos profesores (la mayoría) simplemente se dedicaban a dictar apuntes y quizá por ahí sobrevino algún tipo de trauma. El teclado me permite escribir más rápido, más seguro y me concentro igual, siempre que tenga Internet a buen recaudo. ¿Algún día los niños dejarán de escribir a mano y lo harán a través de máquinas? ¿Puede incluso la escritura y por extensión la lectura quedar relegada, en el ámbito educativo, a favor de otras tecnologías?

No está de más recordar que en España, hasta el último tercio del siglo XX no se consiguió alfabetizar a la mayoría de la población (alguno, pensando en el analfabetismo funcional, dirá que soy demasiado optimista). De hecho, según la UNESCO, en 2014 casi 800 millones de adultos en todo el mundo todavía no sabían leer ni escribir. Pienso en mi abuela materna, que aprendió siendo adulta, con grandes dificultades y de hecho nunca llegó a dominar del todo la caligrafía. Eso sí, luego se hizo una lectora de las buenas. Durante un tiempo, mientras su vista le fue alcanzando, compartía con ella alguno de mis libros. Por desgracia, a día de hoy apenas si puede sostenerse. Es curioso, porque no recordaba esta anécdota, ha sido escribiendo cuando ha brotado como por arte de magia. Imaginaos, un universitario compartiendo libros con su abuela. Una abuela manchega, claro está, no hablo de la matriarca de los Panero: bata negra, mandil, pelo blanco, grandes gafas de aumento, una vitalidad extraordinaria, metro cincuenta de estatura y un genio de mil demonios. Pues a esta abuela yo le prestaba libros de Manuel Rivas, porque era de su cuerda y le recordaba "como eran las cosas entonces".

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Por desgracia no hice ninguna foto a mi abuela leyendo, pero de tenerla sería algo así (fuente: http://conmikindleatodaspartes.blogspot.com.es)
Siguiendo con la escritura a mano y por encauzar el post hacia lo literario, su desaparición implica también la del manuscrito como tal. Tengo textos que he revisado (Word te lo chiva en sus estadísticas) en más de 300 ocasiones. Esto quiere decir que he abierto el documento y he agregado o lo he modificado todas esas veces, no me toméis por un maniático. Sin embargo, en el original no hay ni rastro de esta tarea. Todo está impoluto, como si acabara de salir de mi cabeza. No, mejor: recién salido de la imprenta. ¿Cómo sería este mismo texto escrito a mano? Lo imagino abigarrado, lleno de tachones, correcciones, anotaciones al margen y manchas de té verde. Tendría valor por sí mismo. Por eso traigo ejemplos de escritores célebres que escribían a mano fundamentalmente y hacían de sus manuscritos verdaderos bocetos de su obra, parte de sí mismos. Parte de su proceso creativo, que sus lectores han podido conocer a su muerte y alimentar con ello la mitomanía. La hoja de Word, reconozcámoslo, aplasta la magia con su asepsia.

En una exposición sobre manuscritos de escritores, a partir de los cuáles se había organizado una exposición en Argentina, el director, con buen criterio, decía lo siguiente: "Lo que nos permite un manuscrito es encontrar al autor en el momento mismo de creación de su obra" (fuente: diario El Comerio). En esa exposición se pueden ver algunos cuadernos de Cortázar, en los que incluye el dibujo de una rayuela, a partir del cual estructuró su famosa novela. 

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Cuaderno de bitácora de Rayuela, Julio Cortázar (en Pinterest)

Es frecuente encontrar dibujos o garabatos en estos manuscritos, por ejemplo Dostoievski perfila sus personajes y Proust incluye unos bocetos oníricos, quizá realizados durante momentos de parón en la escritura, antes de urdir una frase o pensando en la siguiente secuencia
. Y es que una de las ventajas de escribir a mano, según los expertos, es que se piensa más, se favorece la reflexión y me viene a la mente el libro Elogio de la lentitud, de Carl Honore, concebido precisamente contra las prisas de este mundo nuestro.

Manuscrito de Por el camino de Swann, de Proust (fuente: cultura.elpais.com)
Este es de Dostoievski, Los endemoniados (fuente: Wikipedia)

La caligrafía también nos dice mucho del autor. La mayoría son poco legibles y esto conduce a la idea de proceso creador como posesión, como trance. No se trata de escribir una instancia, se trata de atrapar esa idea que tienes en la cabeza que incluso puede que brote en un momento concreto y si no se hace rápido, con precisión, se corre el riesgo de que la idea se volatilice, se mezcle con el río del pensamiento y muera sin haber visto la luz. Así lo imagino yo, que soy un romántico.

ALL CAPS FOR EMPHASIS. We bet texting with George Orwell would be very overwhelming.

Extra points for sticker usage.

Lewis' doodles make your doodles look like child's play.
De arriaba a abajo: George Orwell, David Foster Wallace y Lewis Carroll. Os recomiendo consultar la fuente original donde hay muchos otros, pinchando aquí (fotos: Buzzfeed)

Quizá el contexto que en otras épocas favoreció lo manuscrito está cambiando y afrontamos nuevos formatos. Una vuelta a la oralidad, pero desde el audiovisual. O esos mundos virtuales con los que ya se está experimentando y que pueden incluso sustituir a la experiencia. La escritura puede acabar convertida en un simple pasatiempo, una forma de terapia, incluso en una excentricidad o postureo hipster. Cualquiera sabe. 

jueves, 1 de junio de 2017

DESASOSIEGO

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Salto al vacío, de Yves Klein (foto: blogearte)

Estoy delante de su casa. Para ser más exactos, estoy en el portal. Frente a mí, la hilera de botones del llamador me recuerda a los de la guerrera de un soldado. Pero estos no brillan como los de latón; son de un color marfil apagado por los sucesivos aplastamientos, por los dedos sucios que percuten cien veces al día, por la luz cetrina que apenas ayuda a discernir a qué vivienda corresponde cada uno.

El tercero. Letra d, de dedo. Sé que hoy está sola, me lo dijo ayer: mis padres se van mañana de viaje. O no me lo dijo a mí directamente, quizá fue un fragmento de su conversación que cacé al vuelo lo que llegó a mis oídos.

Saco el libro de Pessoa de la bolsa. Lo he dejado sin envolver porque quiero que parezca comprado por casualidad, para poder decirle: he ido a la librería y al verlo me he acordado de ti.

En realidad, he recorrido cuatro librerías buscándolo. En alguna de ellas querían anotar mi nombre y mi número de teléfono, me aseguraban que lo tendrían en menos de cuarenta y ocho horas. Pero no, tenía que ser esta tarde. Era mi salvoconducto, la excusa para llamar a su puerta, para comprobar si el estremecimiento de sus labios, un temblor que no agitaría ni el agua de un vaso es justo lo que parece. O lo que anhelo. Y es que cuando la tengo cerca desearía apretarla entre mis brazos, pero no para notar sus formas bajo la ropa. Lo que quiero es fundirme, como la espuma salada que se disuelve sobre la arena. Quiero que me impregne, que me empape, que se trabe en mi urdimbre.

Pensar en ella me causa desasosiego. Es una sensación parecida al odio. Dejo de percibir el mundo, incluso el aire que me envuelve. Por unos segundos desaparezco y vuelvo a materializarme en un futuro proyectado, hipotético; una sombra, como toda ensoñación. En ese espacio caleidoscópico la desnudo, la beso. Cuando vuelvo en mí, he recorrido cien metros, he cruzado un paso de peatones, he leído tres páginas de un libro, he acabado la comida del plato o estoy dentro del autobús para regresar a casa. Pensar en ella me secuestra, me engulle como un tigre oculto en la espesura.

Me habló de ese libro, que le había impresionado tanto; una antología, en realidad, ¡qué pena perderlo! y se transformó a mis ojos en la manzana de oro de las Hespérides, el fruto que me permitiría alcanzarla. La llave que abriría esa puerta herrumbrosa que a pesar de todo, a pesar del rubor de sus mejillas si el azar nos acercaba el uno al otro, en el ascensor o en clase, no había sido capaz de franquear.

Cuando duermo noto su aliento que me hiere en la espalda. La he imaginado de todas las formas posibles. Su vientre, su calor, nuestra lengua entrechocando, enredándose y su respiración jadeante, sus breves palabras expulsadas en una bocanada ardiente. El contacto con su piel me calcina. Esta es la verdadera pasión, el auténtico contacto que nos animaliza, el cuerpo como ventosa, como llama, como garra. No es ese sexo de cuerpos de piedra que apenas se rozan, solo se horadan, penetran y salpican. Yo no quiero eso, no la quiero de rodillas, ni a horcajadas; no quiero esa gimnasia, ese tedio, dentro y fuera, dentro y fuera, monótono, muerto, tan deprimente al final porque queda el fluido, la excrecencia, que rápidamente se diluye licuándose y hiede a cloroformo. Yo la imagino masticando, devorándome como el fuego.

Guardo el libro en la bolsa; no, lo saco. Frente a la hilera de botones, sin mover un músculo, estoy cada vez más nervioso. No me atrevo a llamar y para ganar tiempo me dirijo a una cafetería que está justo enfrente, desde donde puedo ver la puerta y me derrumbo sobre la barra. Cuando buscaba su libro, en la última de las librerías, estuve hojeando unos cuadernos de arte. Me detuve en uno de Yves Klein, cuya portada era una fotografía donde el artista se arroja al vacío. Suspendido en el aire, agita los brazos como si se arrepintiera en el último segundo y el asfalto, a tres o cuatro metros, parcheado, estéril, abriera sus fauces dispuesto a triturar sus huesos. El artista paladea esa fracción, ese instante en el aire en el que parece que va a echar a volar; pero por la lógica implacable de nuestro universo sabe que caerá irremisiblemente. Mirando la foto, sentí el deseo de que hubiera emprendido el vuelo o al menos hubiera caído flotando, oscilante como una hoja que se desprende de una rama.

Miro de nuevo su portal a través de la ventana y siento renacer el valor. Acabo el café, me tiemblan las piernas. Guardo de nuevo el libro. Antes he memorizado una cita, unas breves palabras que me sirvan de invocación, que abran esa puerta metálica, la reja de su castillo y me franqueen la entrada.

Fue la semana pasada cuando decidí que debía intentarlo. La profesora trazó la última equis. Acababa el curso para desempleados que nos había acercado por puro azar, al asignarse los ordenadores por orden alfabético. Así, al rozarme con el codo, y notar su cuerpo inclinado sobre mi pantalla para preguntarme una duda, al compartir la pausa para el café y juntar las espaldas o los hombros en el ascensor, esos breves puntos de contacto me fueron uniendo a ella como estrellas de una constelación. Son pistas, indicios, evidencias y estas constituyen mi esperanza, no sé si sólida o efímera, pero esperanza al fin y al cabo de que yo le atraigo tanto como ella a mí. 

El sosiego es conformismo. El sosiego es resignación. Y hoy fue el último día de clase, mañana regreso a mi ciudad. No tengo su número de teléfono, tan solo se donde vive porque una vez me ofrecí a acompañarla y ella aceptó. Hablamos un buen rato, sobre Pessoa y el lenguaje HTML. A menos que decida llamar y me abra, no volveré a verla más. Seré para ella una sombra, como cualquier otra, de las muchas que recorren de paso nuestras vidas. Abro el libro y leo al azar: el que sueña lo imposible tiene la posibilidad real de la verdadera desilusión, y me quedo con él abierto entre las manos, y así cruzo la calle otra vez hacia su portal, otra vez siento ese cosquilleo. Por fin llamo al timbre, que no suena. Desasosiego, el que causan los timbres que no emiten sonido alguno, tan solo una luz, esa luz que te convence de que alguien atenderá tu llamada. Pero no hay nada, ni un crujido, ni siquiera algún indicio de que ha descolgado.

Vuelvo a llamar; el tablero se ilumina, me siento como Klein arrojándose al vacío. Casi percibo mi caída, pero también puede que flote, que me descomponga en un fracción y me convierta en gas.

El pasado otoño envié este relato o lo que sea a la revista ALMIAR. Como tardaban en contestarme, deduje que no les había parecido nada del otro mundo y lo habían rechazado. Así que revisé, corregí en lo que supe o pude y lo guardé en una carpeta. Hace unas semanas me avisaron de que finalmente lo habían publicado y que el retraso se había debido a cuestiones técnicas. Conclusión: tengo dos versiones, la de ALMIAR, que podéis leer aquí y esta. ¿Con cuál me quedo? (en caso de quedarme con alguna) Ni idea.