domingo, 21 de mayo de 2017

Sobre Dostoyevski y "Los hermanos Karamázov"

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Aunque ya había publicado su primera novela unos años antes, fue frente a un pelotón de fusilamiento, el 22 de diciembre de 1849, cuando nació el Dostoyevski escritor que todos conocemos. Por ese motivo, Stefan Zweig incluyó el episodio en Momentos estelares de la historia dela humanidad. No es para menos, porque la lectura de Los hermanos Karamázov me ha confirmado lo que tantos y tantos han dicho ya: que el autor ruso fue un punto de inflexión en la historia de la literatura y llevó el arte de contar a una nueva dimensión. La pena de muerte sería conmutada por el zar en el último instante. Todavía, eso sí, tenía por delante varios años de trabajos forzados en Siberia. Así se lo contaba a su hermano:

¿Será posible que no vuelva a coger la pluma? Creo que dentro de cuatro años tendré posibilidad de hacerlo. Te enviaré todo lo que escriba, si escribo. Dios mío, cuántas imágenes creadas por mí se extinguirán en mi cabeza, perecerán o, como un veneno, se mezclarán con mi sangre. Sí, pereceré si no puedo escribir. Más vale quince años de reclusión pero con la pluma en la mano.
Juan Eduardo Zúñiga: Desde los bosques nevados: Memoria de escritores rusos.

Acabada la lectura de Los hermanos Karamázov, no me he resistido a investigar sobre la novela y su autor, del que tan solo conocía vaguedades. En parte escribo este post para poner orden a todas esas notas e ideas propias o que he ido cazando de aquí y allá. Espero no ser demasiado prolijo y perdonad cierto desorden en mi exposición.

Podemos empezar hablando, por ejemplo, del punto de vista. Dostoyevski emplea un narrador ficticio, que en apariencia conoce de primera mano o por testimonios al clan Karamázov y es incluso testigo directo de algunos hechos, como el juicio de Dimitri. Así consigue dar una sensación de veracidad, interesante porque involucra al lector desde el primer momento. Sin embargo, en el capítulo El gran inquisidor ese narrador es desplazado por uno de los hermanos, Iván. Este lee a su hermano Aliocha un largo poema donde se imagina la segunda venida de Cristo en la Sevilla del s. XVI. Todavía humean los rescoldos por la quema masiva de conversos y al ser reconocido, Cristo es conducido a la cárcel inquisitorial, donde escucha impávido el alegato materalista del inquisidor. En el siguiente libro, el narrador vuelve a ceder el protagonismo, esta vez al starets Zósimo, que nos cuenta sus memorias por mediación de Aliocha. Los pensamientos de Iván y Zósimo son contrapuestos, irreconciliables. El drama familiar se transforma en el escenario de un pulso ideológico sobre dos formas de concebir el cristianismo, la idea de pecado, la libertad y la naturaleza del hombre.

Acabado el combate, regresamos al momento álgido de la novela: el asesinato de Fiódor, el interrogatorio a Dimitri, el juicio y su resolución. Aquí brilla, intercalada, la parte más optimista y luminosa: la mediación de Aliocha en las disputas de un grupo de niños. Dostoyevski está contando la vida de un santo, su ejemplo moral y se posiciona en la senda del starets Zósimo. Aliocha se dirige a los niños con estas bellas palabras:

Sabed que no hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno. Se os habla mucho de vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar, conservado desde la infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena provisión de ellos para su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno solo, este único recuerdo puede ser algún día nuestra salvación. Tal vez lleguemos a ser malos, incapaces de abstenernos de cometer malas acciones; tal vez nos riamos de las lágrimas de nuestros semejantes (…) Pero, por malos que podamos llegar a ser..., ¡aunque Dios nos libre de la maldad!..., por malos que podamos llegar a ser, cuando recordemos estos instantes en que hemos enterrado a Iliucha, y lo mucho que lo hemos querido estos días, y las palabras que hemos cambiado junto a esta peña, ni el más cruel y burlón de nosotros osará reírse en su fuero interno de los buenos sentimientos que han llenado su alma en este instante. Es más, tal vez este recuerdo le impida obrar mal, tal vez se detenga y se diga: «Entonces fui bueno, sincero y honrado» 
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Foto: Wikinedia Commons
Fiódor, el padre de los Karamázov, es un hombre odioso, hedonista, que ha maltratado a sus hijos y a sus mujeres. Despierta poca empatía y esto es esencial en el desarrollo de la historia. El genio de Dostoyevski nos hace aborrecerlo, tanto, que nos convierte en partícipes, casi cómplices, del crimen. Así enloquece Iván, que está convencido de haber matado a su padre por desearlo y por inconscientemente, dejar el camino libre a Dimitri y Smerdiakov. 

El deseo de matar o sustituir al padre es antiguo. La teogonía griega se fundamenta precisamente en el conflicto de los hijos con su padre: Cronos castra a Urano, y luego uno tras otro devora a sus hijos, hasta que Zeus se rebela. El padre de Dostoyevski era un médico alcohólico, déspota y violento. Las relaciones con sus hijos fueron difíciles, tormentosas, imagino que no muy diferentes a las de Dimitri o Iván con el cínico Fiódor. Como ellos, el joven escritor fantaseó alguna vez con la muerte del padre, incluso quién sabe, con su asesinato. Pero el crimen fue consumado por sus sirvientes. Dos años antes había muerto su madre de tuberculosis. Freud quiso ver en este parricidio frustrado el origen de la epilepsia del autor.

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En 2015 mi tocayo Gerardo Vera dirigió una adaptación teatral, que cosechó buenas críticas. Hay también una versión cinematográfica de Richard Brooks, con Yul Brynner en el papel de Dimitri.
En cualquier caso, la experiencia vital de Dostoyevski marcará su obra. Se crió entre los muros del hospital de beneficencia donde trabajaba su padre y estuvo en contacto con la degradación y el sufrimiento humano en toda su expresión física. Experiencias que normalmente le están vetadas a un niño. Mencionamos al principio que sobrevivió a un pelotón de fusilamiento y fue condenado a trabajos forzados en Siberia. En la cárcel tuvo que convivir con presos comunes, asesinos, ladrones, en una habitación maloliente donde se hacinaban treinta o cuarenta personas. Presos que sentían cualquier cosa menos aprecio por un aristócrata como Dostoyevski. Personas capaces de actos deleznables, pero también poseedoras de sentimientos nobles, generosos y valientes. Y es que la naturaleza humana es compleja. Por eso los personajes de Dostoievski no expresan un ideal, sino que testimonian el conflicto. Sufren, dudan, yerran y tratan de enmendarse. Hay verdadera humanidad en esta novela, no arquetipos. Los hermanos Karamázov no habla de la vida: es la vida.

Las relaciones amorosas de Dostoyevski, que no era una persona fácil por lo que he leído, tampoco fueron ajenas al sufrimiento. Como en la novela, donde el conflicto interno, la desazón, define a los personajes. En palabras del autor, el hombre ama el sufrimiento: siempre encuentra alguna razón para torturarse. Tres mujeres pasaron por su vida: la primera murió de tuberculosis; la segunda era veinte años más joven y su perfil me recuerda al de Grushenka. La tercera fue la definitiva. No fueron historias de amor insustanciales: hubo abandonos, infidelidades, reproches, etc. Mujeres capaces de una absoluta entrega amorosa y de la traición más vil en igual medida, actitud que ejemplifica el personaje de Katerina al final de la novela. Marilyn Monroe sentía devoción por Los hermanos Karamázov y trató por todos los medios de impulsar una adaptación, en cine o teatro, en la que ella encarnaría nada menos que a Grushenka. ¿No os parece que la actriz norteamericana encaja en ese perfil humano proclive a “amar apasionadamente, terriblemente, el sufrimiento” que describe Dostoyevski?

En Los hermanos Karamázov, el hedonismo y tendencia al despilfarro de Dimitri choca con unos principios aristocráticos donde lo que más importa es la salvaguarda del propio honor. Esta colisión le atormenta y es el motivo de sus arrebatos violentos, en escenas que quitan la respiración. Dostoyevski padeció similar arrebatamiento por su adicción al juego, descrita en El jugador. Sus viajes a Europa, de casino en casino, empeoraron su enfermedad. Al parecer, creía estar en posesión de un método infalible para ganar en la ruleta, lo que da idea del efecto distorsionador de la ludopatía incluso en personas de una inteligencia abrumadora. Se arruinó en varias ocasiones y lo curioso es que esto tuvo un efecto colateral en lo literario. Por ejemplo, engordando sus novelas. Al publicarse a menudo por entregas se beneficiaba de unos ingresos extra con los que lograba apaciguar a sus acreedores. De esta imperiosa necesidad nació el boceto de Crimen y castigo y se pergeñó El jugador.

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En sus manuscritos Dostoievski añadía todo tipo de dibujos y garabatos. Más ejemplos y la fuente original en libropatas.com
Los hermanos Karamázov gira en torno a una trama, la del asesinato de Fiodor. Se presenta a los personajes, tiene lugar el crimen, la investigación y el juicio. Entre medias, las historias intercaladas del starets Zósimo y los escolares. Se habla de novela psicológica y también de su contenido ético, filosófico, político y social. Su complejidad es de tal magnitud que, aunque he ejercido mi derecho (u obligación) como lector de entender, sobre todo quiero hablar, ya para ir concluyendo de mi derecho a disfrutar, a sentir, a conmoverme. Es la parte pasional, con frecuencia y no la cerebral, la que nos engancha a la literatura. De hecho, arrastrado por la vorágine de los Karamázov, la historia del gran inquisidor o del padre Zósimo, aún con toda su carga ideológica, se pueden ver como en un aparte.

Esta novela me ha engullido, literalmente. Su ritmo endiablado te arrastra como un torrente. Una vez que nos arrojamos al mar de los Karamázov, es imposible regresar a la orilla. He leído algunas partes con una tensión inaudita. Yo creo que si alguien intenta en ese momento acuchillarme por detrás la hoja se quiebra o dobla como si mi espalda fuera un escudo espartano. He tenido que parar la lectura porque estaba exhausto y necesitaba asimilar toda su carga de profundidad.

Dostoyevski concluyó la novela solo tres meses antes de su muerte. Esperaba darle continuidad, pero así se quedó. Creo que cualquier amante de la literatura debe leerla. Que no se deje amedrentar por sus mil páginas: es una tragedia monumental y así debía ser contada. Que se quede con la parte que más le convenga, con el drama psicológico, con la reflexión moral, social o religiosa. Dostoyevski decía que el hombre es un misterio y precisamente la literatura ayuda a ahondar en ese misterio. 

miércoles, 10 de mayo de 2017

"La vida negociable" de Luis Landero

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Leer La vida negociable de Luis Landero ha sido como quedar con ese viejo amigo del que nos sabemos todas sus historias, pero con el que, en cualquier caso, estamos a gusto. La sensación de familiaridad acude enseguida tras las primeras páginas. No es que ya lo haya contado —o quizá sí—, es también el recuerdo de la narración oral. Yo lo comparo con un embrujo: caes en una especie de sopor y la mente reconstruye, como si el narrador en lugar de hablar pintara y las palabras se fueran llenando de corporeidad. Así transcurren las páginas con Landero, raudas, se deshacen entre los dedos. Te dices, esto ya lo he leído, aquí me recuerda a El guitarrista o a Juegos de la edad tardía, pero sigues. Imagino que Landero tiene sus temas, sus obsesiones y por mucho disfraz de argumento, trama, giros fatales y demás que le quiera poner, afloran.

La historia está narrada en primera persona, en un tono de confesión o testimonial. Buena lombriz para cebar el anzuelo. Ese gusto por la historia personal, por narrar el drama ante un público, es antiguo de narices. Creo que Ulises ya lo practicó en la Odisea, para amenizar la cena al rey de los feacios, antes de regresar a su querida Ítaca. En nuestra era posmoderna, la telebasura cogió el relevo, con personas de la calle (¿o actores?) que se sientan en el diván del plato y enumeran sus desgracias. Luego el show añade o intensifica el morbo, pedida de matrimonio o perdón de los hijos, según toque.

Pues en la novela el que habla es Hugo Bayo, peluquero de profesión. La historia comienza en uno de esos momentos decisivos que cambian la vida de uno. Ese tema es recurrente en La vida negociable. Las encrucijadas, tantas vidas son posibles o eso parece. Porque Landero las enfrenta, en una particular antítesis, al destino: un cruel tirón de correa que devuelve, una y otra vez, a Hugo Bayo a su lugar y ocupación, que es la de barbero. ¿En qué quedamos? ¿Todo cambia en segundos, hay instantes que decantan nuestra vida hacia un lado u otro? ¿O estamos predestinados, por nuestros genes, por nuestro temperamento, por nuestras inclinaciones o por fuerzas desconocidas a ser lo que somos?

La historia de Hugo Bayo pasa por varias fases, donde flota cierto aire de parodia de otros géneros, por ejemplo el de la novela de detectives al final. Hay varios episodios brillantes. Entre ellos, me quedo con las peripecias del personaje durante el servicio militar, que incluyen escenas de un erotismo insólito. Tampoco quiero destripar mucho, solo decir que la historia tiene sus bajones, sus momentos tedio, sobre todo cuando Hugo entra en una deriva obsesiva y se pone a enumerar proyectos ridículos, poco creíbles, que ocupan páginas. Landero ridiculiza un tanto al protagonista, que desde luego no es un héroe y aunque podría pasar por novela de iniciación, porque asistimos al periplo vital de un personaje, desde su adolescencia hasta bien entrada la edad adulta, no parece que madure en ningún momento.

Los que escriben reseñas de forma profesional y saben de lo que hablan mencionan en esta novela una especie de cruce entre Cervantes y Quevedo, si esto es posible. Hay un toque cervantino, es verdad, especialmente en la relación tipo Quijote-Sancho que establece Hugo con su maestro barbero o por qué no, con la propia Leo. También es clara la alusión a la novela picaresca y el tono de caricatura de la mayoría de personajes. Me gusta que Landero escoja la tradición de nuestro Siglo de Oro como sustrato, aunque por mi ignorancia tan solo sea capaz de reconocer los mimbres. Y creo que por ahí engancha al lector, con su lenguaje pulcro y su argumento que no es sino destilación de muchos siglos de literatura en castellano. Espero no haberme pasado con esto.

Para acabar, os recomiendo esta entrevista que hizo una compañero bloguera (Marisa, de books and companies) a Landero, donde, no sé si por verse lejos de foros oficiales o porque es así de accesible, se explaya a gusto.