viernes, 10 de noviembre de 2017

DILEMA NOCTURNO


El cambio de hora tiene a Miguel un poco desquiciado. Son sesenta minutos que dilatan la tarde y la traen de los pelos, quiera o no. Lo copiaron los ingleses de los alemanes, en tiempos de guerra. Pero la costumbre sigue, aunque en las trincheras ya ha crecido la hierba y nadie llora a aquellos muertos, que fueron muchos. Durante días a Miguel le cuesta conciliar el sueño, hasta que se impone la fuerza de la costumbre. Tener los ojos abiertos en la oscuridad es un derroche, ¿qué registra la retina?, ¿la nada? Tanta sinapsis por el sumidero. Pero aparte del juego de tenis que se traen con el reloj nuestras autoridades, algo más perturba a Miguel. Al menos hoy. 
Se tumba boca abajo, hunde la cabeza en el almohadón para forzar el cierre de los párpados, pero sus circuitos neuronales siguen alerta. Esta tarde le han llamado para invitarle a dar una conferencia sobre su especialidad, que es el patrimonio industrial y ferroviario, esos cadáveres llenos de óxido que sin embargo hicieron de partera del capitalismo. Es dentro de dos semanas. Doscientos kilómetros en línea recta, al noroeste de Madrid. Ha dicho que sí, que iría, ningún problema. Pero resulta que Miguel siente aprensión cada vez que se pone al volante, es un síndrome que tiene nombre de griego antiguo, de antes de Sócrates mínimo. Adentrarse en la capital con su coche le hace sentir como esos marineros del Medievo, cuando encaraban el vasto océano y temían el ataque de calamares gigantes o a las ballenas, pensando que se los tragarían como el que sorbe un fideo (ahora sabemos que no es posible, que las ballenas tienen la garganta del tamaño de un dedal).
En cualquier caso, Miguel se ha comprometido. Tendrá que ir, es una persona de palabra. Así que da vueltas en la cama, hace cálculos elementales (sumas y restas) y concluye en lo siguiente: deberá salir con tiempo, a las tres de la tarde o antes. Pero esa hora es terrible para mí, piensa, me suele entrar mucho sueño. Podría no comer o picar algo, un sándwich y té verde. Beber una Coca-Cola. O quizá sería peor, porque los gases le provocan retortijones. El sonido de sus tripas sería demasiado discordante. Miguel sigue con su particular centrifugado sobre el colchón. Por fin decide comer temprano y dar una cabezada antes de salir. Esta decisión también encuentra dificultades para abrirse paso en la espesura: seguro que por efecto de la tensión no podrá pegar ojo y será peor. Miguel sabe que debe salir con cierto margen. Una hora o más. Porque puede perderse, le ocurre a menudo: o equivoca la salida o duda al cambiar de carril y pasa de largo. Y luego está la cuestión del aparcamiento. ¿Habrá cerca un aparcamiento vigilado? Miguel visualiza la luna reventada al salir y la guantera revuelta. Algo bastante improbable, porque su coche es viejo, la tapicería está gastada y en la guantera solo lleva los papeles del seguro. No es ningún cebo tentador, pero en estos tiempos nunca se sabe. 
Miguel hincha la barriga y la deshincha lentamente, le han dicho que ayuda a calmar la ansiedad. En realidad, llegar no es nada difícil. Ha calculado el itinerario antes de irse a la cama en Google Maps. Hay que coger la A-4 casi todo el camino, luego tomar la salida 17 y un par de rotondas. Callejear un poco, pero no mucho. Lo peor es volver, se lamenta Miguel, porque será de noche, y por culpa de la miopía pierde mucha visión por la noche. Aunque su intervención dura una hora escasa, es el último ponente. Miguel duda si ir vestido para la ocasión o cambiarse en el aparcamiento, llevar la camisa y la americana en una percha colgando del asiento de atrás. Y el desodorante, que no se le olvide, porque con los nervios le da por sudar. Tiene un olor corporal fuerte, además, como alcanfor o suavizante para la ropa. No le han comentado si hay cóctel después, parece un acto más bien austero.
Miguel da otra vuelta en la cama, suspira y agarra a su mujer por detrás, tantea entre sus piernas, pero ella le aparta de un codazo. ¿Y si le digo que me acompañe? Miguel cree que le daría seguridad durante el viaje: es agradable tener a alguien con quién hablar. Recuerda que hay gente que comparte coche con desconocidos a través de Internet, para ahorrar gasolina. Con su timidez, solo imaginarlo le da pavor. Tampoco cree que el hipotético acompañante fuera demasiado cómodo a su lado, porque resulta un conductor pésimo, se le notaría que no sabe bien donde va. ¿Y al contrario? ¿Por qué no buscar a alguien que le lleve? Demasiadas combinaciones, demasiados desconocidos. Comparar opiniones, fotos de perfil. Conversaciones telefónicas, intercambio de mensajes, escribir en Whatsapp. Miguel teme hacer el ridículo y recibir luego la fusta de un comentario despreciativo, acabar claveteado o expuesto para escarnio en la picota digital. Le da un escalofrío, tira de la manta y mete dentro los brazos, encogiéndose.
Decide pedir a su mujer que le acompañe, si le dan el día libre en el trabajo y así pasan la tarde juntos. Pero una nube negra descarga el granizo de un presentimiento: ¿y si sufrieran un percance? Los accidentes ocurren. Casi dos mil muertos el año pasado en las carreteras, más de veinte cada fin de semana. Es viernes, habrá tráfico. Crecen las posibilidades. A Miguel se le hace un nudo en la garganta al pensar en sus hijos, desamparados. Durante un tiempo cada vez que cogía el coche pensaba en la muerte, incluso una vez, desquiciado por la inminencia de un viaje a Barcelona para una lectura en la UAB, escribió una carta de despedida y la dejó dentro del cajón del escritorio, sellada y firmada. A Kubrick le daba miedo volar y hacía todos sus viajes en coche. Menudo inconsciente, se dice Miguel, que descarta ir con su mujer. La ida está hecha, si me pierdo a la vuelta y acabo en Segovia o en Badajoz, pues aprovecho para hacer turismo. Turismo de madrugada, Dios. Me tocará pagar un hotel. Espero llevar el teléfono con suficiente batería, se lamenta Miguel. El número de su mujer es el único aparte del suyo que ha conseguido memorizar. ¿Siguen teniendo teléfono público los bares de carretera? Si no, cualquiera puede dejarle hacer una llamada con su móvil. La gente es amable, en general. Y todos dicen que tiene cara de buena persona…
Son más de las cuatro, pero Miguel no lo sabe porque se resiste a mirar el despertador. Recuerda que a treinta kilómetros vive su amigo Michel desde hace un año. La verdad es que lleva tiempo sin hablar con él. Podría avisarle para que le acompañara y luego cenar por ahí. Podría incluso quedarse en su casa y regresar a la mañana siguiente.  Lo más seguro es que le ponga alguna pega. Está enfrascado en su tesis, se sienta cada día a escribir, como si fuera a la oficina de nueve a ocho (horarios españoles). Solo sale a respirar aire puro cuando va a la biblioteca o al despacho de su tutor y dependiendo de los niveles de monóxido de carbono. A lo mejor le molesta perder una tarde y una mañana por su culpa, puede que ni le coja el teléfono. Desprecia la tecnología y tiene un viejo terminal del grosor de un bocadillo, con la pantalla de cristal líquido. 
Miguel ya ha descartado la opción del transporte público, el horario del autobús no le viene bien, lo miró en Google. En tren, tendría que bajarse en Atocha. Coger allí el cercanías o el metro. Después un autobús o un taxi. Demasiados trasbordos, se perdería. Miguel barrunta la posibilidad de llegar tarde. No está acostumbrado al ajetreo de la ciudad, a la gente corriendo, toda esa cantidad de gente. Esta mañana yendo al trabajo, durante cinco minutos, no se ha cruzado con nadie. Ni siquiera un coche. Vive rodeado de vacío, en apenas sesenta metros cuadrados (que tardará en pagar treinta años) y el choque de la multitud es demasiado para él. Le perturba. Es casi una conmoción. Es una aventura que entraña demasiados riesgos. Pero no quiere seguir dándole vueltas, necesita descansar.
¿A quién le puede importar el tema de mi conferencia?, se dice. Y quizá tenga razón. A lo mejor después de todo no van ni diez personas. Le ocurrió en aquel curso de verano sobre patrimonio industrial, donde descontando al concejal de cultura y al encargado de abrir y cerrar la biblioteca eran cinco. Al menos pudo ir en tren y la organización le recogió en taxi. Todo a cuenta de la teta del Estado.
Miguel acaricia de nuevo a su mujer. Su placidez le reconforta. Por fin se decide. Saldrá temprano, tomará un sándwich en el camino. Con su coche y para volver lo mismo. Que sea lo que Dios quiera. La cita es el viernes 15 de abril. Alto, se dice. Las gramíneas, el polen zumbando, entreverado con las partículas de diésel y carbonilla, letal. Los antihistamínicos le dan sueño, aunque dice en el prospecto que no, que está clínicamente testado. Pero Miguel se conoce, se promete llevar el coche al taller para que le revisen los filtros anti polen, o si no pasará la mitad de la conferencia sorbiendo mocos y estornudando.
Ha dado tantas vueltas que se ha quedado aprisionado entre las sábanas, parece envuelto en una mortaja. Recuerda ese cuento de Poe en el que un individuo cree haber sido enterrado vivo y en realidad sufre una pesadilla en el cubículo de su camarote. Un rayo de sol ilumina levemente la habitación, porque son las siete. Pero Miguel está satisfecho, ha resuelto el dilema. Ahora solo le queda pensar en cómo plantear la conferencia, pero eso lo deja para la noche siguiente…

Fotografía: Vincent Van Gogh, Old man in sorrow

viernes, 3 de noviembre de 2017

"Crónica de los Wapshot" de John Cheever

Crónica de los Wapshot es una de las dos novelas que componen La familia Wapshot y que se pueden leer por separado (mi caso) o en alguna edición conjunta. Esta reseña la escribí hace un par de años, pero la deseché porque no quedó muy allá. Ahora, aprovechando que estoy con los cuentos completos de Cheever en inglés y que, dicho sea de paso, ni escribo ni leo mucho, la recupero con algunos cambios.

Cheever es uno de los grandes del relato y en cierto sentido, Crónica de los Wapshot se podría leer como una serie de historias cortas. Con esto no digo que estemos ante una mera acumulación de anécdotas yuxtapuestas. Pero más que una novela canónica y estructurada, es un todo orgánico, con un nudo inicial a partir del cual crecen multitud de ramificaciones. Ese bulbo primigenio es la familia Wapshot, que vive en Saint Botolphs, un pequeño y paradisíaco pueblo de Nueva Inglaterra. Está formada por Sarah, una mujer implicada en la vida de su comunidad y Leander, su marido, que maneja un barco turístico. Tienen dos hijos, Coverly y Moses. La vida de los Wapshot es supervisada por la excéntrica tía Honora. Esta posee una gran fortuna que ha prometido legar a los muchachos, a condición de que formen una familia y tengan hijos. Es precisamente la partida de los dos hermanos para tratar de prosperar lejos de sus padres lo que pone en movimiento la maquinaria de Crónica de los Wapshot. Hasta aquí todo muy de manual, lo que ocurre es que la sucesión de hechos es de lo más imprevisible y lo que podría haber sido una novela de aprendizaje se convierte en algo mucho más poliédrico.  

La prosa de Cheever es precisa y cortante, estilo marca de la casa, aunque a veces muta hacia lo poético y descriptivo. Lo cierto es que se mueve con maestría por diferentes registros, completando un gran fresco que deja su impronta. Hay un sentido del humor algo absurdo, casi surrealista. Alterna momentos de total transparencia  y otros más opacos, con cambios fulgurantes, extrañas ambigüedades, confesiones y giros repentinos del destino.

Dentro de los personajes impactantes podría destacar —y perdón por entrar tanto en detalle— a la excéntrica tía Honora, que encuentra en su huerto una zanahoria que le recuerda al miembro de su difunto marido y se la regala a una vecina a la que ve con necesidad. Tronchante. La vieja Justina, ama y señora de la decrépita mansión de Clear Haven, me ha recordado a la Miss Havisham de Dickens. El episodio entero de la estancia allí de Moses, sus viajes a través del tejado para acostarse con su prometida, la crisis depresiva de ella, la súbita aparición de un exmarido que lo resuelve todo es memorable y como digo, podría funcionar como un relato aparte.

Me ha encantado también, y supongo que será una crítica a la clase media americana (el libro es de los 50 del siglo pasado), la narración de la nueva vida de Coverly junto a su esposa Betley en una ciudad residencial cercana a la base de cohetes donde trabaja. Las casas todas iguales, el mismo jardín, la misma sucesión de calles, la misma altivez y falta de confraternización, la hipocresía, el automatismo de la época contagiado a las relaciones humanas, todo es descrito en absoluto contraste con la paradisíaca Nueva Inglaterra de Saint Botolphs de donde procede Coverly. Cheever es un maestro para, a través de situaciones cotidianas y absurdas, mostrar las entretelas del alma, despojar a los personajes de su careta y dejar expuesta su vulnerabilidad. El ser humano es poco más que un pajarillo indefenso en una sociedad cínica, hipócrita y cruel.   

Mención aparte merece la irrupción de Leander como narrador, a la mitad de la novela. Extractos de su diario personal se superponen a las vicisitudes de Moses y Coverly. Con frases cortas, punzantes, casi telegráficas, aporta complejidad y estilo a la novela. Para mí marca la diferencia, aunque al principio resulte desconcertante. Yo es que soy así, como lector me gusta que me tiren de las orejas: odio el puré. Cheever no agota este recurso, sino que prescinde poco a poco de Leander, pero lo recupera al final, en una nota con sabios consejos para sus hijos de los que transcribo los siguientes: el miedo tiene el sabor de un cuchillo herrumbroso, no dejarle entrar en casa. Erguir la espalda. Admirar el mundo. Gozar del amor de una mujer dulce. Confiar en el Señor. Suscribo casi todo.