martes, 22 de diciembre de 2015

Recapitulando: un año de lecturas (y felicitaciones navideñas)


Un año que acaba sirve para hacer balance. Esta tarea puede ser ingrata, porque el ser humano tiende a destacar lo malo por encima de lo bueno. Así, a veces un minuto de sombra engulle todas las horas de luz. En cualquier caso, es un año vivido y esta circunstancia conviene celebrarla y dejar de pensar en el ocaso, porque cada minuto cuenta. Durante estas fechas, como se puede comprobar, me hundo en absurdas meditaciones; a veces me embarro y es habitual que acabe deprimido, pidiendo la hora para retomar el trabajo y la rutina. Resumiendo, soy de los que no disfrutan la Navidad. Me siento más solo que de costumbre y me gustaría desaparecer, vaporizarme. Sueño con el desierto de Almería, siento fascinación. ¿Qué tal pasar unas navidades por allí, vagando como un eremita y hablando con las piedras? A lo mejor en el Cabo de Gata, que pilla cerca y tiene hermosas playas con dunas y arborescencias.  Sin embargo, con dos niños pequeños, el menor apenas un bebé (hoy ha dado su primer pasito: por momentos así merece la pena vivir y perdonad este latiguillo de intimidad, pero hay cosas que necesitan ser contadas) y el mayor consciente de su propia existencia (me canta “ding-dong, ding-dong, suenan las campanas de la iglesia”, tan angelical es su voz de niño, ¿qué clase de criaturas grabaran los estridentes villancicos de los supermercados?), tendré que ocultar mi cara de Grinch con una espesa peluca blanca y vestirme de Santa Claus (me gusta este apelativo más que el de Papá Noel).

Viendo que me paso de paréntesis voy al grano. Ya que este blog va sobre todo de literatura, quería compartir con vosotros, aparte de mi estado de ánimo como habéis podido comprobar, mis lecturas de este año. La intención era largar la lista completa (otro paréntesis: tengo poca memoria, lo anoto todo), luego pensé en seleccionar las tres mejores, o las cinco o las diez. Nunca las peores: soy positivo en esto y además, si no me gusta un libro lo dejo. Es lo que se llama economía lectora. En fin, al final voy a hacer una breve retrospectiva. 

Contando todos los libros leídos, me ha dado un poco de miedo. Resulta que soy un adicto, así que me guardo la cifra total. Comencé 2015 leyendo Carta de una desconocida y Leporella, de Stefan Zweig. No ha sido el único de este autor y han caído otros dos, aparte de engrosar mi interminable lista de pendientes.


Un pequeño paso para un hombre, un gran paso para un niño. 
Repasando me doy cuenta de que la novela corta ha ocupado buena parte de mis lecturas. Es lógico. Suelo leer un poco por las noches o después de comer. Algo los fines de semana. Los tochos se me eternizan y en esto puede mi naturaleza nerviosa. A pesar de todo, devoré con deleite Al Este del Edén de John Steinbeck y la primera parte de Los Miserables  de Víctor Hugo. Entre las citadas novelas cortas, además de Zweig y Unamuno (que después hablaré), me quedo con Celso Castro y su Afinador de habitaciones, Enrique Javier de Lara con Cerezas y Julián Ayesta con Helena o el mar del verano. Serían mis nominados. También dejo un hueco en mi corazón para la “falsa” autobiografía de Zelda Fitzgerald en Alabama song de Gilles Leroy.

2015 ha sido un año especialmente dedicado al relato corto o cuento (escoja cada cual la denominación que prefiera). En principio por afán autodidacta y al final, por puro gusto. Me cuesta elegir, pero de intentarlo, creo que Los girasoles ciegos de Alberto Méndez y 9 cuentos de Salinger estarían en mi Olimpo. En el cajón también podría subir Amistad de juventud de Alice Munro y Danilo Kis se queda en diploma olímpico. Mención aparte merece la relectura que he hecho de Manuel Rivas, escritor fetiche de mi adolescencia. Ya comenté lo vinculado que está a mi propia vida en Ella, maldita alma o Las llamadas perdidas, que junto al libro de Alberto Méndez leí las noches de hospital, con mi hijo pequeño recién nacido (el 23 de enero) dormitando y esperando la primera mañana de su vida.  

Hablando de relecturas, lo que he disfrutado con este placer tan goloso. El camino, al que dediqué un post, pero también Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño y El extraño caso del Dr Jekyll y Mr. Hyde de R. L. Stevenson (siempre, siempre se aprende y se disfruta con los clásicos). 

Y sigo con los clásicos, le he hincado el diente a unos cuantos. Señora de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes consiguió emocionarme, lo leí en los breves ratos con mis hijos en el parque, bajo este sol de primavera que nos ha arrebatado diciembre. El diciembre mesetario, frío, neblinoso. Imperturbable en su escarcha. ¿Quién mató a diciembre? Por fortuna, la lectura de Unamuno, bajo la batuta de Mr. Barbusse me ha servido para quitarme un poco la modorra de este otoño primaveral. Abel Sánchez me sigue a todas partes y me ha ayudado a comprender (o a lamentar) muchas de mis experiencias pasadas. Con La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, he entendido por fin el potencial expresivo y poético de la novela corta. ¿Queréis más clásicos? Yo sí, nunca me canso. Lo que disfruté con La nausea de Sartre y Primera memoria de Ana María Matute. Llegado a este punto ya se nota lo ecléctico de mis lecturas. Muchas no las he podido reseñar. Mi escaso tiempo (de hecho ya me estoy pasando, son las doce y media y mañana toca diana pronto) obliga a ciertos sacrificios.

También ha habido hueco para la novela histórica. De todas, creo que me quedaría con El laberinto de Mujica Láinez. También En busca del unicornio de Eslava Galán y otra búsqueda, ésta más épica porque es En busca del fuego de J.H. Rosny (por cierto, lo compré en un mercadillo que había enfrente de mi hotel, después de una despedida de soltero. Cosas de la resaca: me vuelve más lector, si cabe).
Bodegón con libros y gato
Ha sido un año de conocer caras nuevas. Después de Cuatro por cuatro tengo más ganas de Sara Mesa y me fascinó la frivolidad poética de Milena Busquets en También esto pasará (siento debilidad por las mujeres, en el buen sentido). Por su originalidad me sorprendieron La ninfa inconstante de Guillermo Cabrera Infante y La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz. En ese espacio de novela difícil de encasillar también estaría Hildur de Toni Montesinos.

Para acabar, unos momentos musicales: Naúfragosdel Rock and Roll de Agustín Torralba y la biografía de Billie Holiday Lady sings the blues y algo de viajes: Canta Irlanda, de Javier Reverte.

Gracias por tu paciencia, si has conseguido roer todo este turrón duro sin atragantarte. Solo me queda desear lo mejor a todos los que durante estos meses han sido alimentando este blog con sus comentarios y sus visitas (también al hipotético nuevo lector). Si he aprendido algo a lo largo de los años, es que en esta vida lo esencial es amar y ser amado.


Feliz 2016 a todos.

jueves, 17 de diciembre de 2015

"El desencanto" de Jaime Chávarri

Foto: filmaffinity.com
Hay un famoso experimento en el cuál se encierra a un niño junto a un caramelo, con la promesa de que si aguanta unos minutos sin comerlo tendrá como recompensa no uno, sino dos. Hay pequeños que resisten con arrojo y otros sucumben en cuanto se cierra la puerta. Al parecer, cuando estos conejillos de indias incapaces de controlar sus impulsos lleguen a adultos, tendrán más posibilidades de ser peores estudiantes. No he llegado a emular este experimento con mis hijos. Pero me divierte pensar que algún padre desquiciado, después de ver el programa en Redes o similar encierre a su hijo en el cuarto de baño con un caramelo: "en quince minutos vuelvo, tesoro". Y me imagino al padre temblando por el futuro de su pequeño. Pero volviendo al tema que quería tratar, si fuera sometido a ese experimento y en lugar de caramelos proyectaran El Desencanto de Jaime Chávarri caería sin remedio. Soy incapaz de rechazar las cosas que me atraen. Hace poco lo pusieron por televisión y comencé a verlo, diciéndome: “un rato solo, luego retomas el libro que estás leyendo o escribes un poco, aprovecha que los niños están durmiendo, aprovecha el silencio”. Fue inútil. Y después vienen los efectos secundarios: días y días pensando en la familia Panero.

No soy una persona que tome la iniciativa. Necesito que me busquen, que me tiren el anzuelo. En caso contrario, habría visto El Desencanto más de cien veces. Solo lo he hecho cuando el documental se ha cruzado en mi camino. Ya decía que como las chicas pudorosas, me siento siempre a esperar que me saquen a bailar. Pero luego me implico, me implico tanto que tengo que escribir como una suerte de auto exorcismo, si existe tal palabra. 


EL DESENCANTO (Versión : Español / Subtítulos : Sin subtítulos)
Felicidad Blanc y los hermanos Panero (foto: filmotech.com)
El Desencanto, para el que no lo sepa, es una película documental dirigida por Jaime Chávarri y estrenada en 1976, con lo que se dirige como un proyectil a su cuarenta aniversario. Y espero que se celebre como merece. Una obra que ha crecido con el tiempo, hasta convertirse en una película de culto y voy a utilizar el adjetivo, lo voy a hacer, a pesar de no ser ninguna autoridad, de no tener idea de casi nada: El Desencanto es una obra irrepetible. Irrepetible, porque sus artífices han muerto y aquel tiempo, aquella forma de vida está finiquitada. Irrepetible porque la exhibición de la propia vida es hoy tan generalizada que ha perdido su poder de seducción. Irrepetible porque la combinación de narcisismo, clarividencia, carisma, poesía y crudeza es en la práctica irrealizable: la familia Panero consiguió juntar el agua y el aceite.

La puesta en escena es muy sencilla, apenas dos escenarios: una vetusta mansión, casi vacía, porque los Panero, incapaces de ganarse la vida con las letras han tenido que vender todo su patrimonio, incluso los libros de su padre. Es palpable la sensación de ocaso, de fin de una época en las paredes desnudas de la casa vaciada para poder comer. El otro lugar es el Liceo italiano, la institución escolar donde los hermanos Panero adquirieron su vasta cultura.

Leopoldo María, Felicidad Blanc y Michi Panero (foto:pandora-magazine.com)
La película comienza con la inauguración de la estatua del padre, Leopoldo Panero, en Astorga, su ciudad natal. La figura del poeta aparece envuelta como una momia. Se le menciona y habla de él (Leopoldo María lo llama el “conejo blanco”), con frialdad y resentimiento. Es descrito como un padre indiferente y un marido que apenas ejerce como tal. Sin embargo, creo que la figura principal es la madre. Felicidad Blanc es inteligente, refinada, hilvana largos monólogos, recorre bucólicos parajes y se expresa de forma muy literaria. A mí me transmite soledad. Además es fría, reprime sus sentimientos, apenas si altera su tono de voz ante las imprecaciones (también desapasionadas y certeras) de su hijo Leopoldo María. Me resulta una mujer fascinante. De hecho, Jaime Chávarri afirma que se convenció de hacer la película después de conocerla.

El hermano mayor es Juan Luis. Aparece solo, excepto en una conversación con su hermano Michi en la que apenas cruzan las miradas. Expone sus fetiches con ridícula pomposidad y no logra sacudirse cierto aire aristocrático. Michi es el más locuaz entre cigarrillo y cigarrillo, que consume con elegante parsimonia. Una mente lúcida, que confiesa sin pudor su molicie. Un dandi que encaja con el prototipo de escritor sin obra. También el único en demostrar cierto apego emocional a su madre. Sin embargo, en el clímax de la película (a mí entender), se suma a la sedición que inicia su hermano Leopoldo María y colabora en el degüello. Es una larga charla en el parque, donde flota el resentimiento y Felicidad Blanc resiste con inhumana frialdad, apenas aprieta la mandíbula cuando su hijo le desvela sus experiencias sexuales en la cárcel. Y se justifica por haber internado a su hijo en un psiquiátrico y trata de llevar la conversación por otros derroteros, exprimiendo a Leopoldo María, preguntándole, recordando la infancia.

Y es que Leopoldo María atraviesa el documental como un rayo, no aparece sino hasta la mitad, disparando una andanada de frases lapidarias. Un portento que ya brillaba desde niño, pero cuyo talento acabó anegado por la locura. Sin embargo, en 1976 se encuentra en su cenit y su presencia en la pantalla es fascinante. "En la infancia vivimos y después sobrevivimos", sentencia, resumiendo certero la desilusión de vivir, el desencanto, la decepción: "el intercambio de humillaciones estructura la sociedad actual"; el desengaño, la decadencia, que son algunos de los hilos conductores de esta película. 
       
                

Así están expuestos los Panero. Se ha dicho que como personas y personajes a la vez. Siempre me pregunto si con brutal sinceridad o tras una máscara. O incluso si ese papel que interpretan se ha apoderado de ellos y lo han asumido como propio. En cualquier caso, me fascinan.

viernes, 11 de diciembre de 2015

"Hildur" de Toni Montesinos

Portada de la edición de Piel de Zapa
Hildur es una novela de Toni Montesinos "revivida" por la editorial Piel de Zapa (fue originalmente publicada en 2009) y ambientada en Islandia. El país nórdico, milagro verde entre el hielo gracias a la bienhechora influencia de la corriente del Golfo y donde Julio Verne ubicó la entrada al centro de la Tierra es hoy día célebre por haber resuelto su crisis financiera con volcánica determinación: mandaron a los políticos responsables a los tribunales y dejaron quebrar los bancos. En un país donde uno se puede asomar a las entrañas de la tierra, donde el sol de medianoche convierte los duermevelas en alucinadas pesadillas; en un país que se desliza, casi borbotea sobre la rocosa dorsal submarina del Atlántico como una balsa, no puede desarrollarse una historia de amor convencional. Tampoco encasillable. Así que Islandia condiciona a su protagonista (Hildur) y de una niña enamoradiza y algo dada a la ensoñación pasa a transformarse en una suerte de Orfeo, que emprende la búsqueda de Hans (su Hans) en el más allá de los libros, en las perturbaciones incorpóreas de la música, en el paisaje sobrenatural, de reminiscencias infernales de Islandia, que supura lava, laceran los glaciares y encaja los fiordos como cuchilladas.

Hay muchas capas en Hildur, como si se trata de un estratovolcán: algunas solidificadas, hieráticas y tensas; otras en cambio bullen burbujeantes. Es una novela de amor; como los amores clásicos, gestado desde la infancia y resuelto con ardor y erotismo juvenil. Con Hans e Hildur construyendo “una burbuja dentro del tiempo”, “pendientes como máximo del minuto siguiente”. Con un dramático desenlace. Pero también tiene una faceta ensayística. Se medita sobre el suicidio y el “arte del olvido”, sobre la identidad y el azar. Hay una reflexión acerca del conocimiento “del otro”, los puntales sobre los que se construye el individuo y sus máscaras.  


Espectacular imagen del "ring road", carretera que rodea Islandia (foto: islandia24.com)
La música recorre todo el libro y lo impregna, restalla en los momentos de mayor introspección y acompaña a la prosa. Así lo hace el piano de Hans acometiendo las variaciones Goldberg de Bach durante el funeral de su padre o el violín de Hildur con las estaciones de Vivaldi. Es la música evidente, porque se aludea ella. Pero hay también mucha música soterrada, en la sintaxis, en el ritmo que imprime Toni Montesinos a ciertos pasajes. He tratado de acompañarme de la música que menciona en su lectura y casi me parecía asistir a una especie de dueto. Sin duda Hildur está escrita con música y se deja mecer por ella.

Me ha llamado la atención el papel activo que asume el narrador, que observa a Hildur en la distancia y se involucra tanto que se cuela como una interferencia fantasmal (como una aurora boreal) en el relato. Incluso se autoinvoca: “yo, Toni Montesinos” por si el lector no había advertido ya que Hildur es él, y Hans y la sinfonía poética que se va desplegando a lo largo de sus páginas. Así lo advierte también el autor en una entrevista al respecto. Esto hace frecuente las digresiones, aunque sin perder nunca del todo el rastro de Hildur a la que el narrador acompaña como Virgilio guía a Dante por las inciertas veredas del infierno.


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Una aurora boreal en Islandia (foto: cazaimagenes.es)
Hildur es también literatura. Los libros acompañan el duelo, ayudan a comprender la vida y se convierten en nuestro espejo, porque leemos lo que somos. Hay numerosas referencias, una de ellas a Tolstoi, cuyo enigma no se llega nunca a desvelar del todo o quizá sí. Como don Quijote, Hildur se aferra a la lectura con el afán de reconstruir, de revivir y comprender a Hans. Finalmente sale de su letargo, en peregrinación, recorriendo el anillo de asfalto que rodea Islandia. No es su objetivo deshacer entuertos, pero le persiguen sus fantasmas y pugna por romper la barrera que separa a los vivos de los muertos como don Quijote serpenteaba entre la fantasía y la realidad en apariencia.

Dividido en tres actos, que me atrevo a llamar movimientos, Hildur no es una apuesta literaria convencional. Tiene un estilo denso, sin concesiones, donde predomina la prosa poética. Este tono general, abrupto y suave a la vez, se mantiene de principio a fin. Parece que la prosa de Toni Montesinos también se haya impregnado del paisaje islandés, pleno de antagonismos, de hielo y fuego. El narrador sigue a sus personajes, sus bifurcaciones y presenta los hechos flotando en un bruma de irrealidad. El lector sigue la historia de Hildur, a veces desorientado, tratando de anticipar lo que parece obvio; pero la salida fácil, lo previsible casi nunca llega. En mi caso, he sentido y padecido por Hildur. Por su viaje alucinado, siempre arrastrando la cadena de una culpa que se insinúa o yo al menos intuyo. Siempre privada de redención, abandonada a un duelo lacerante, en equilibrio sobre su propia vida; tantea la muerte, la presiente y tengo que decir que me hubiera gustado otra historia para ella. Pero no es mi Hildur y ahora que escribo lo comprendo.  

domingo, 6 de diciembre de 2015

CON MI PROFESORA DE MATEMÁTICAS, UNA TARDE DE DOMINGO

Resultado de imagen de con mi profesora de matematicas

La tarde comienza. Ella escribe con un rotulador negro. Su mano de hada cartesiana traza incógnitas sobre la pizarra blanca.

El seno, el coseno y la tangente son la triada sagrada de la trigonometría. 

Sin embargo, la única tangente parte de mis ojos hacia la curva de su cuerpo arqueado. 

La tarde es amplia, dos horas de un domingo.

Estamos solos.

Una escalera angosta conduce a la buhardilla donde imparte clases particulares.

Pienso.

¿Por qué sigue de pie, por qué deja que mis ojos muerdan sus piernas?

Se acerca a mi lado, vislumbro el horizonte de su cadera, la falda que sólo tapa una porción de muslo. Disimulo ante el cuaderno mientras palpo en la imaginación sus piernas de cristal.

Por fin se ha sentado en la única y desvencijada silla. Acerca los codos a mi mesa, noto el batir de sus brazos y una vaharada de perfume al ubicarse.

Su pelo cae en cascada y siento deseos de apartarlo, buscar su mirada de luna ausente, descubrir lo que sus ojos están pensando: por qué los dos solos, por qué ese misterio, por qué un domingo, por qué el carmín y la falda.

Mientras repasa mi ejercicio posa los pétalos de sus uñas sobre mi hombro. Arrastra su respiración agitada la última incógnita y la aniquila con la goma de borrar.

Se acaba la tarde. La sombra de la noche se cierne sobre nosotros.

No acato la invitación de tocarla, ignoro el destello de su mano. No sé qué oscura fuerza me convierte en piedra.

La decepción hunde su pico, perforando su sonrisa gris con la que me despide: no vuelvas más.

sábado, 28 de noviembre de 2015

"Enciclopedia de los muertos" de Danilo Kiš

Enciclopedia de los muertos de Danilo Kiš (Foto: Amazon.com)
Hay autores con los que uno tiene un pálpito, intuición alimentada por los detalles increíbles de su biografía, algún fragmento leído por casualidad, una reseña aquí y allá o los elogios de escritores consagrados y foreros anónimos ocultos tras su avatar. Cuando por fin ese libro, de ese autor, cae en tu poder, lo abres con tembloroso deleite, como si tuvieras entre tus manos concentrada toda esa esperanza llameando. La edición de Acantilado de Enciclopedia de los muertos contribuye a ello. En negro riguroso, con un texto manuscrito donde figuran apellidos y nombres seguidos de un número, ¿qué contendrá?

Enciclopedia de los muertos es un libro de relatos, pero me cuesta reducirlo a este calificativo. Son nueve piezas, de extensión variable y un “post scriptum”, esto es, aclaraciones posteriores del propio autor. El hilo conductor queda claro desde el título. La individualidad de la muerte. El sacrificio, el martirio, el asesinato. El exterminio y sus gruesas raíces; la masacre colectiva que contiene con toda su fuerza el fragmento atribuido a Kurt Gerstein con el que Kiš cierra el relato “El libro de los reyes y los tontos”.

Son historias donde el juego literario y la forma se imponen continuamente sobre el argumento. Donde predomina el lirismo y lo onírico. Donde sobrevuela lo fantástico o fantasmagórico, según. Requieren una lectura atenta, meditada y despaciosa. Es lo que a veces ocurre con el relato breve, no permite distracciones porque todo se encuentra condensado.

En Enciclopedia de los muertos se solapan los géneros. Danilo Kiš bebe de fuentes históricas, de leyendas sobre las que se cierne la duda de su veracidad y sobre las que la narración arroja poca luz. Tan solo añade sombras. 

Juega al formato clásico, con un final sorpresivo, pero insertando elementos fantásticos o convirtiéndolo en un ensayo histórico-filosófico donde interviene lo metaliterario, un recurso que en “Sellos rojos con la efigie de Lenin” llega al paroxismo. Este juego es el que propone Kiš. Nos seduce, nos enreda, nos engaña; nos da de beber pero nos deja con sed. El “post-scriptum”, lejos de aclarar, lo embrolla todo aún más.


Danilo Kiš, Autor: Ratko Šoć
                                   Danilo kis pintado por Ratko Šoć (foto: vijesti.me)                       
“Simón el Mago” es la genial obertura de Enciclopedia de los muertos. ¿Es una diatriba contra el Dios judeo-cristiano, presentado como un tirano que subyuga al mundo? ¿O una reflexión sobre la reversibilidad de los dogmas? El final bífido y por tanto ambiguo, contribuye a alimentar la duda. Y es que hay veces que los relatos de Kis se resuelven como un sueño: despertando. Así quedan en la mente del lector, flotando con ese aire de indefinición.

El relato que da nombre al libro me ha parecido, además de puro entretenimiento, por los sucesivos misterios y hechos que se van desvelando, un auténtico resorte de conciencias. Una mecha que enciende varios fuegos y hurga muy dentro. Me ha hecho pensar en la propia vida y su finitud; en la “singularidad de cada individuo y la unicidad de cada acontecimiento”; en la memoria y los recuerdos, irremediablemente falseados, pero al mismo tiempo vivos; volátiles, pero sólidos. Por cierto, (y ya me repito) el “post-scriptum” añade la guinda final a este relato, imprescindible leerlo.

En “El libro de los reyes y los tontos”, traza la siniestra trayectoria de un libro destinado a influir en la infamia de Europa. Afirma Kis: “quería poner en duda, a través de un ejemplo comprobado por la Historia y más o menos conocido, la opinión comúnmente aceptada de que los libros sólo sirven para el bien”. Al tener un conocimiento previo sobre el tema me desligué un poco de la narración, que por momentos consiguió hastiarme; no sé qué impacto tendrá en quién lo lea y no sepa nada sobre esta obra, que se cita con el nombre de “El complot”.

Enciclopedia de los muertos propone un juego exigente al lector, agotador si cabe. Contiene lirismo a raudales, tantea lo metafísico y remueve la conciencia. Es una propuesta maximalista, que gustará a muchos y adormecerá a otros. En mi caso, he sentido todo esto: agobiado, incluso aburrido por la minuciosidad de algunos relatos; sorprendido y atrapado por el encanto y la magia de otros. Abrumado por todas esas cuestiones existenciales derramadas sin tiento.  Esperaba mucho de Kiš, anhelaba que éste fuera el libro de relatos definitivo. No lo es. Todavía no se qué huella ha dejado en mi, su forma es indeterminada. Pero sé que es palpable y por eso me he animado a hacer esta reseña. Un libro que más que recomendable, calificaría de interesante enigma. 

*Para el que quiera saber algo más sobre esta Enciclopedia de los muertos, es muy recomendable el programa que le dedicaron en el portal literario Milana Bonita y que se puede escuchar aquí:

domingo, 15 de noviembre de 2015

"El niño yuntero" de Miguel Hernández

Dibujo de Buero
Retrato de Miguel Hernández a lápiz, realizado por el dramaturgo A. Buero Vallejo cuando estaba en la cárcel.  El poeta lo envió a su mujer con una nota que decía: "ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás bastante bien. Se lo enseñarás al niño todos los días para que vaya conociéndome y así no me extrañará cuando me vea".
Fuente: www.nidodepoesia.com
Miguel Hernández Gilabert (Orihuela,1910) viajó por primera vez a Madrid en 1932. Con un cuaderno de poemas bajo el brazo, trataba de darse a conocer. Se topó con la actitud condescendiente de quiénes se avenían a escucharlo, más picados por la curiosidad de lo pintoresco (¿un cabrero poeta?) que por un interés real en sus versos. Después de vagar por la capital durante cuatro meses, medio muerto de hambre, regresó a Orihuela con las manos vacías. Sin embargo, el poeta no se arredró, al contrario. Reforzó su aprendizaje del verso clásico e inició una progresión fulgurante que le llevó a ser considerado por Dámaso Alonso como el “genial epígono” de la generación del 27.

La intuición lírica de Miguel Hernández, su capacidad de asimilación y permeabilidad nos habla del carácter innato de su poesía. Un carácter volcánico y vitalista, en definitiva, una extremada sensibilidad, acaban de definir un estilo donde se impone una voz propia, que lejos de someterse a las influencias del momento las adapta y acomoda a su universo. Y en un tiempo increíblemente corto. De Perito en lunas al Romancero de ausencias transcurren apenas seis años. ¿Qué hubiera sido de Miguel Hernández de seguir viviendo? ¿Hasta dónde hubiera podido llegar? El hecho es que muchos de sus poemas conservan el pulso emocional del que los compuso y han logrado la inmortalidad: nunca dejarán de cantarse, nunca han dejado de leerse.

La primera vez que escuché (fue en un recital) a Miguel Hernández me estremeció. Era la “Elegía a Ramón Sijé”. En aquellos versos brillaban la desesperación y el dolor por el amigo muerto. La certeza implacable, como un hacha, de que nunca lo volvería a ver. Era muy joven, es verdad y apenas había leído poesía. Los versos de Miguel Hernández me parecieron diáfanos y comprensibles; lo más emocionante era que podía interiorizarlos y las alteraciones que me provocaban. No he sentido ese latido en demasiadas lecturas después. Puede que fuese el momento o puede que las palabras de Hernández formen parte de ese todo universal que permanece siglo tras siglo y es pegamento de la humanidad.

Para mí ha sido difícil seleccionar un poema de toda su obra, que me ha acompañado en tantos momentos de mi vida. Me he decidido por “El niño yuntero” por su mensaje de solidaridad a favor de los oprimidos. Por encima de ideologías, nadie puede negar que hay una porción de la humanidad que malvive en el infierno. De poco sirve la compasión: la redención es la única salida. Si ésta es posible.
Niños
Niños trabajando en una fábrica de ladrillos en Pakistán (Foto: taringa.net)
“El niño yuntero” pertenece al libro Viento del pueblo (1937). Está construido a partir de cuartetas octosílabas de rima consonante. Miguel Hernández usó el metro corto con profusión en esta etapa. Era una manera de entroncar con la tradición juglaresca del romance y darle una oralidad a sus versos, que aspiraban a ser cantados y esparcidos, como ese viento del pueblo: “los poetas somos vientos del pueblo; nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas”.

El pobre niño, “menor que un grano de avena”, languidece bajo un yugo, metáfora de su confinamiento. El poeta tiembla de indignación y gime “me duele este niño hambriento” y “me da su arado en el pecho”. O sea en el corazón. Y esa sinceridad, esa palabra que brota directamente de las emociones del poeta, impregna cada verso. Le da hondura y cala como el arado que el niño sostiene tembloroso, porque “empieza a vivir, y empieza a morir de punta a punta”. Certeras metáforas van construyendo la imagen de ese niño, que es “carne de yugo”, su sudor es una “corona grave de sal” y se “alhaja de carne de cementerio”; hipérboles como “despedaza un pan reñido” estremecen, porque “cada vez es más raíz y menos criatura”.
Día Mundial contra el Trabajo Infantil
Un  niño recolectando basura en el vertedero de Anlong Pi (Camboya). Cerca de 168 millones
de niños en el mundo son sometidos a explotación laboral (Foto: theobjective.com)
Hay cierto ingenuo optimismo en los versos finales sobre el destino de este niño, pero yo veo también un atisbo de duda, cuando el poeta declara: “¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? (…) que salga del corazón de los hombres jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros”. Que salga, ¿por qué no decir “saldrá”? Para Hernández, es el propio oprimido el que debe luchar para poner fin a esa situación. Pero es un deseo: que salga y no una certeza.

El niño yuntero es un poema popular y diversos artistas le han puesto música. Mi versión favorita, la que capta a la perfección el tono pesimista y lúgubre del original, es la de Víctor Jara, que incluyo aquí:

                                          

En realidad, este niño nunca acabará de “morir de punta a punta” y “sentir la vida como una guerra”, porque la historia del trabajo o de la esclavitud infantil (si queremos llamar a las cosas por su nombre) puede que haya sido erradicada en nuestra Europa (y surge como antítesis el niño emperador, el niño escaparate, el niño al que se adelanta su pubertad para hacerlo corruptible), pero persiste en el resto del mundo. En los talleres textiles de Dacca y Delhi, en los prostíbulos de Manila y Bangkok, en las minas de granito cerca de Ouagadugu o las fábricas de ladrillo de Pakistán, los ejemplos son innumerables. Su visión no deja de dolerme “como una grandiosa espina”, me “da su vida en la garganta” y otorgan plena vigencia a las palabras del poeta.

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

Extraído de www.poemas-del-alma.com
Para saber más recomiendo la antología de Austral realizada por José Carlos Rovira (2000)

lunes, 9 de noviembre de 2015

"El camino" de Miguel Delibes (o sobre el placer de la relectura)

Portada del libro que tengo en casa,
la foto la he extraído de www.todocoleccion.net
Hay un placer lector que debido a la ingente cantidad de material pendiente practico poco. Es un placer que incluso concita sorpresa y no poca incomprensión. Me refiero a la relectura. Este verano, ignorando la pila de libros pendientes que había colocado junto a mi escritorio, y que iba abordando poco a poco, recuperé y devoré una de mis primeros lecturas "adultas": El camino de Miguel Delibes. Una edición de bolsillo de la Editorial Destino, amarilla por el paso del tiempo.

Para los lectores glotones y algo limitados de memoria, como es mi caso, el paso del tiempo disuelve el recuerdo de mucho de lo leído. Es inevitable. Antes de abordar la primera página de El camino, me vino a la cabeza el nombre del protagonista, Daniel el Mochuelo; también pasajes que por alguna extraña razón habían aguantado el chaparrón de tantos libros leídos después. Las palabras quedan disueltas, o esparcidas. Pero las emociones que provoca un libro, su impronta, quedan dentro de la memoria como la punta de un dardo amoroso. En mi caso, El camino fue una novela que consiguió transportarme al pasado de mis abuelos, revivir con el protagonista los secretos de la vida recién descubiertos y sobre todo, la desazón de abandonar la infancia, adentrándose en la incertidumbre del mundo adulto. Tenía quince años cuando leí El camino y aquel niño era yo mismo. Esa es la huella que me dejó esta novela de Miguel Delibes.

Durante los años posteriores leí gran parte de su obra y seguí indignado el goteo de premios Nobel de Literatura que lo excluían sistemáticamente, con total injusticia según mi entender, hasta que su muerte lo privó de entrar para siempre en ese Olimpo terrenal del que tiene la llave la Academia sueca; no del de la historia de la Literatura, que seguro le hará más justicia.
Miguel Delibes (Foto: vozpopuli.com)                      
La historia de El camino es conocida por todos. Daniel el Mochuelo consume su última noche antes de partir a la ciudad para estudiar el Bachillerato. Su padre, el quesero del pueblo, ha hecho un gran esfuerzo económico para dar estudios a su hijo. Quiere darle la oportunidad de “progresar”. Pero el pobre Daniel se debate en la cama, incapaz de pegar ojo y rememora insomne la historia de su vida en aquel valle aislado y las gentes que lo habitan, que hasta esa misma noche han formado parte indeleble de su vida. La prosa fluye, casi flota, impregnada de cierta ingenuidad infantil.

Los personajes que han formado parte del sistema planetario del Mochuelo son presentados primero y luego se exponen sus avatares y desgracias, el vínculo que ha dejado huella en la corta vida del protagonista. Las Lepóridas, las hermanas Guindilla, Quino el Manco y su hija Mariuca-uca; el Herrero, el cura, el SinDios, Sara la hermana del Moñigo, el maestro al que llaman el Peón, Gerardo el Indiano y su hermosa hija la Mica, etc. Al mismo tiempo se describen las andanzas de los tres amigos, salvajes a los ojos de hoy, lo que da idea de cómo ha cambiado la infancia. El libro tiene su clímax, que no voy a desvelar aquí, una hermosa ocurrencia infantil de Daniel el Mochuelo, que afronta la mayor certeza de la vida con desconcierto, como debe sentirlo un niño. Y el final, la calma que precede al momento de amanecer, cuando Daniel partirá hacia su destino, su camino, que probablemente “sea distinto del que el Señor le ha marcado”.

Miguel Delibes y sus niños «ilustrados»
Ilustración "Dos amigos" de Pablo Alaudell, que formó parte de una exposición con ilustraciones
sobre los personajes infantiles de Delibes llamada "Patria común. Delibes ilustrado" (Foto: abc.es) 
El camino supongo que en su época entroncaría con esa corriente literaria llamada realismo social. Se publicó en 1950 (Miguel Délibes acababa de cumplir treinta años y ya había pergeñado su primera obra maestra) y el paso del tiempo ha desgastado esa faceta, creo, porque el mundo del que Delibes nos habla, que se correspondería con su propia infancia en los años treinta, ya no existe. Es cierto que, por poner un ejemplo, en la actitud de la Guindilla mayor y el control que trata de ejercer el párroco sobre las costumbres de los lugareños hay una crítica muy sutil, pero en realidad, El camino adquiere o ha adquirido esa dimensión de testimonio antropológico que tienen todos los clásicos.

El valle de Daniel el Mochuelo es una especie de arcadia y los comportamientos y reacciones de sus personajes, la forma de vida en un medio rural, prácticamente aislado del progreso, cobran apariencia mítica, como si formaran parte de un sueño. Así, El camino ha macerado con el tiempo y mutado en realismo mágico. La presencia de la naturaleza, agreste o domesticada, es fuerte y palpable, de ella aprende el protagonista los secretos de la vida y se contrapone a un mundo urbano al que Daniel se asoma con incertidumbre. Es una novela de iniciación en dos sentidos, por la parte que toca al protagonista y por la parte que toca al lector. 

Aquí se acaba mi pecado, concluye la relectura y El camino regresa a la caverna de mi estantería. Siento como otros me llaman para que vuelva a abrir sus páginas, a husmear dentro de sus historias que un día me marcaron o hicieron estremecer. Tengo que contener la tentación, aplacarla al menos, pero caeré, siempre caigo...

viernes, 30 de octubre de 2015

“Lady sings the blues” de Billie Holiday

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Foto: casadellibro.com
Hubo un periodo de mi vida en el que dos mujeres, sus voces, acompañaban mis duermevelas, los viajes en autobús, los momentos en los que deseaba estar solo. Su arrullo me llegaba a través de un auricular conectado a dos instrumentos hoy prehistóricos: un viejo walkman y un reproductor de cedés portátil que llevaba en bolsillo interior de la chaqueta. Una era Chavela Vargas y otra Billie Holiday. Dos artistas que hurgan en la herida, la palpan, arropan al que está triste y se siente desgraciado pero no calman su zozobra: la comparten. Como todos, fui quemando etapas. El mp3 jubiló aquellos armatostes, el silencio fue ocupando cada vez menos espacio en mi vida y el aura de Chavela y Lady Day se fue apagando, sus voces de sirena dejaron de resonar en mis oídos. En tierra firme, lejos del naufragio, solo recurría a ellas en contadas ocasiones. Pero no puedo dejar de agradecerles que compartieran y sobre todo canalizaran mi angustia de aquellos días, expresándola y dándole una forma tan arrebatadamente bella. Les reservo el mismo hueco en mi corazón que a las personas que he conocido y amado.

El caso es que hace poco olisqueaba, como cualquier adicto a la lectura, entre las cinco o seis estanterías que componen la biblioteca de mi pueblo y acabé en la sección de biografías. Allí estaba García Márquez con Vivir para contarla y al sacar el grueso tomo, detrás, el pequeño libro de Billie Holiday. Decidí dejar a Gabo para otra ocasión y rescatar a Lady Day de su ostracismo.

Lady sings the blues son las memorias de Billie Holiday, nacida Eleanora Fagan Gough. Poco más de doscientas páginas en las que ayudó a darle forma su amigo y pianista William Dufty, según reza en la contraportada. Ninguna otra información ofrece la edición de Tusquets. No hay un estudio introductorio donde nos cuente cómo se gestó la obra y qué puede encontrar (y qué no) el lector, un epílogo qué nos explique lo que fue de Lady Day después (el libro acaba en 1956 y ella murió en 1959), un apéndice con la letra de sus principales canciones, traducidas al castellano. No hay notas al pie de página con aclaraciones. Por no haber, no hay ni una foto. La única en la solapa y de ínfima calidad. Con este atrezzo el libro ganaría muchos enteros y estaría a la altura de su autora. De la misma manera que al final se incluye una discografía selecta, ¿por qué no hacer un verdadero esfuerzo? También echo de menos una línea del tiempo, una simple cronología con los hitos más destacados de su vida que el lector pueda consultar, porque a veces uno se pierde. Dudo que nadie de Tusquets me lea, pero aprovechando que este año es el centenario de su nacimiento podrían intentar una edición más cuidada.

Billie Holiday y su perro Mister, que también tiene un hueco en esta autobiografía
(Foto; drugstoremag.es - Pinterest)
¿Y entonces qué se puede encontrar en Lady sings the blues? Pues a Billie Holiday relatando su vida. Con voluntad de cronista, sin adornos ni aditamentos. Respetando en cierta medida un orden cronológico aunque se permite algunas digresiones y la mención de artistas, ciudades, clubs y teatros puede llegar a marear un poco. Una vida terrible, pero que nadie espere un tono de autocompasión. Billie no quiere dar lástima, simplemente relata, expone: así fueron las cosas. Con fatalismo  y un punto pesimista.

El inicio es tan descarnado como contundente: “Mamá y papá eran un par de críos cuando se casaron. El tenía dieciocho años, ella dieciséis y yo tres”. No fue fácil la vida de Eleanora Fagan. En realidad, fue un infierno. Nació en 1915 en Baltimore. Su madre tenía, efectivamente, trece años. Trabajaba de criada y fue despedida en el acto al conocerse la noticia de su embarazo. Pero según Holiday “Sadie Fagan me quiso desde que yo solo era un suave puntapié en sus costillas”. Su padre era guitarrista de jazz (de él heredó el sobrenombre de Holiday) y pronto les abandonó. El primer jazz (Louis Armstrong y Bessie Smith) lo escuchó en la vitriola de un burdel. 

En el libro Lady Day nos cuenta la manera fortuita en la que se inició su carrera musical. Eran los tiempos de la Gran Depresión. Una noche, tras recibir la orden de desahucio, Holiday salió desesperada a buscar trabajo. Finalmente consiguió una audición para un puesto de bailarina en un club nocturno, pero fue un desastre. Sin embargo, el pianista se apiadó de ella y le invitó a cantar, por probar. Así comenzó todo. Nadie lograba etiquetarla, porque poseía un estilo propio, arrastraba la voz, una voz que desprendía nostalgia y melancolía. Ella misma dice: “si descubres una melodía y tiene algo que ver contigo… la sientes… y cuando la cantas los que te oyen también sienten algo”. Tanto se involucraba en la interpretación que afirma  “algunas canciones me llegan tanto que no soporto cantarlas”.


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Billie Holiday en 1948
(Foto de William Gottlieb en www.drugstoremag.es)
Las reflexiones, aunque no demasiado abundantes, son muy jugosas. Por ejemplo, sobre la creación artística dice: “todos tienen que ser diferentes. Si copias, trabajarás sin verdaderos sentimientos. Y sin sentimientos todo lo que haces equivaldrá a nada” “en toda la tierra no hay dos personas idénticas y lo mismo tiene que suceder en música, de lo contrario no será música”.

El testimonio del racismo y la segregación sobrevuelan muchas de sus páginas, un escollo que ni siquiera su condición de estrella podía superar. Los problemas debido a su color de piel (a veces porque no es lo suficientemente oscura, ya que tenía sangre irlandesa) se repiten invariablemente. No es admitida en los hoteles, levanta suspicacias en los locales cuando tiene que actuar con músicos blancos, se ve envuelta en trifulcas en bares, restaurantes, etc. 

El aficionado podrá conocer de primera mano como se gestaron algunas de sus canciones míticas. Por ejemplo “Strange fruit”. Sobre ella dice “todavía me deprime cada vez que la canto… pero tengo que seguir cantándola porque las cosas que mataron a papá siguen ocurriendo en el sur" y “cantarla me deja sin fuerzas”. 

                           

Me parecen unas memorias honestas, sinceras y auténticas. La prueba es que no esconde ni minimiza sus problemas con el alcohol y otras drogas, aunque no llega a ser del todo explícita (supongo que por el contexto en el que fue escrita). No deja por supuesto de criticar la doble moral y la corrupción de la policía y el sistema judicial “cuando estaba enganchada nadie se metió  conmigo… no me persiguieron hasta que hice un esfuerzo sincero por salirme”. Sobre la relación entre droga y creatividad es tajante “si crees que se necesita droga para interpretar música o cantar, desvarías”Describe también sus estancias en prisión, donde se negaba a cantar y afirma en tono lapidario:  “mi canto se basa en los sentimientos y en todo el tiempo que estuve allí, no sentí absolutamente nada”. 

En definitiva, Holiday era pura expresividad, palpable en sus grabaciones, no me quiero ni imaginar en vivo durante sus buenos tiempos. “Me han dicho que nadie canta la palabra hambre como yo. Ni la palabra amor. Tal vez yo recuerde lo que quieren decir esas palabras”.  El libro está claro que gustará a los devotos de la cantante (aunque les irrite la paupérrima edición), muchas anécdotas son de sobra conocidas y otras no tanto. Respecto al lector menos interesado en el mundo del jazz y el universo de Holiday, podrá encontrar el retrato de una época y el alma de una artista irrepetible, también las virtudes y limitaciones de toda autobiografía. No me puedo resistir a incluir mi pieza favorita, una de las canciones que mejor expresan el desamor y el dolor de sentirse engañado: "Don´t Explain".