lunes, 27 de marzo de 2017

Últimas lecturas

Ha sido un final de febrero y un mes de marzo complicados, tanto que apenas he podido publicar una entrada. He tratado, eso sí, de no perder el contacto con la blogosfera. Mi lista de libros pendientes puede dar buena cuenta de ello y si tuviera forma humana se acercaría a lo que se denomina obesidad mórbida. También he leído, faltaría más, ¿cómo prescindir de tal alimento? Si las proteínas son los ladrillos del cuerpo, la lectura tiene idéntica labor nutritiva para la mente y además exalta o relaja el espíritu, según los caminos que uno transite.

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Y ya que hablo de caminos, pues he frecuentado los del relato corto. La habitación de Nona, de Cristina Fernández Cubas, es un conjunto de seis historias de extensión variable, que se mueven dentro de un universo inquietante y ambiguo, que combina lo fantástico con lo cotidiano. El relato que da nombre al libro juega con el clásico final desconcertante y nos pone continuamente trampas, retorciendo la cita de Einstein que sirve de prefacio: “la realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente”. Es un libro compacto, a pesar de la fragmentación que supone el género. A ello contribuye la presencia, asumiendo la voz narrativa directamente o entre bambalinas, de niñas o adolescentes que se enfrentan, bien a los misterios de la infancia, bien a su crisis. En El final de Barbro nos habla una hija despechada, una historia de misterio con toque gótico. Días entre los Wasi-Wano sigue con el tema antes mencionado, la encrucijada que enfrenta al niño con el adulto que será. En Interno con figura, cobra sentido la fotografía de la portada —ya decía que hay un sólido andamiaje en este libro—y Fernández Cubas propone un fascinante juego de ficciones envueltas las unas en las otras, de enigmas y suposiciones. En realidad, la autora nos está haciendo partícipes de su propio proceso creativo.

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El otro libro de relatos es un volumen de Leonardo Padura titulado Aquello estaba deseando ocurrir.  Se trata de una compilación y por tanto su calidad va y viene. Sin embargo, hay unidad temática y de enfoque, a lo que ayuda el estilo claro y bien definido de Padura. El erotismo campa a sus anchas, de forma bastante explícita. El sexo es un elemento liberador unas veces y otras una forma de evasión, para escapar de la realidad. Flota cierto fatalismo, cierto aroma de derrota, asumida y que se vive con melancolía y resignación. Mucho humo de cigarro, ron carta blanca, escasez y penurias en una economía de supervivencia. En el horizonte, la balsa encarada hacia Florida. Disfruté esta lectura, básicamente, por las virtudes indiscutibles del estilo de Padura y por los temas universales que trata partiendo de lo cotidiano. Aparte de la visión de una Cuba muy diferente a la que venden las agencias turísticas o el cliché político, del lado que sea.

Algo curioso ocurría con aquella mujer que, una vez cumplida su actuación, bajaba al bar con su cigarro en los labios y bebía en silencio aquel único trago de ron. La costumbre parecía ser ancestral, pues nada más ocupar su banqueta, el barman le servía su carta blanca y Violeta lo bebía a sorbos lentos, entre cigarro y cigarro, sin hablar con nadie, apenas observando a través de su pelo cómo el hielo se fundía con el ron, hasta que a las dos de la madrugada, hora del cierre, apuraba el resto de su bebida y salía a la calle, sin despedirse de nadie, sin que nadie la acompañara, sin que nadie la esperara, mientras yo la miraba alejarse, incapaz de abordarla, lleno de interrogaciones y desbordado de deseos.

En mi ciudad se celebra desde tiempos inmemoriales la llamada “Fiesta de las Letras”. Tiene mucho colorido, hay una ceremonia por todo lo alto, los premiados desfilan cogidos del brazo de las madrinas y como colofón, participan en una cena de confraternización. Desde hace unos años la editorial Reino de Cordelia edita los trabajos galardonados. El premio de narrativa Francisco García Pavón está dedicado a la novela policíaca. Este año recayó en Virginia Aguilera por Ojos ciegos. No soy muy asiduo del género pero esta novela me intrigaba, porque leí que la acción transcurre en un falansterio. Los falansterios fueron un proyecto de comunas autosuficientes, ideado por el socialista utópico Charles Fourier. La trama comienza cuando una peculiar pareja, formada por un juez casi ciego y su joven y guapa ayudante, acuden al falansterio aragonés Alegría, para investigar una extraña desaparición. A partir de ahí se va desplegando la historia, con sus sorpresas, equívocos, acción y todo el arsenal típico. La utopía esconde un terrible secreto, no podía ser menos. Se lee bastante bien, aunque pesan ciertos anacronismos, ya que la novela está ambientada en 1867, en vísperas de “la Gloriosa”. Causa estupor la cantidad de erratas, supongo que se corregirá en sucesivas ediciones. Es lo que tiene publicar los premios así, en bruto.  
               Resultado de imagen de ojos ciegos aguilera Resultado de imagen de la reina maga del temprano ombligo

El otro es el Premio Eladio Cabañero de Poesía, que se llevó María Teresa Amondarain Ramos por La reina maga del temprano ombligo. Su lectura ha sido una sorpresa para mí por varias razones. La primera, porque no es una autora consagrada. La segunda, porque se lee de un sorbo. No estamos hablando de poesía intrincada, indescifrable. Ni de juegos poéticos complejos, es pura sencillez. Tiene cierto aire cándido, ingenuo, de cuento de hadas. La autora narra la vida de su madre, la “reina maga del temprano ombligo”, sujeta a todo tipo de azarosas vicisitudes. Es conmovedora la imagen de la bandeja ensangrentada de poliespan, que uno de sus hermanos roba del Alcampo para alimentar a la numerosa prole que cuida la “reina maga”, hasta cinco, denominados “playmobil”. En fin, uno piensa en frases-eslogan del tipo “viviremos peor que nuestros padres” y arruga el bigote. Es lo que tienen las medias verdades.

Y fuimos llegando poco a poco los cinco.
Uno detrás de otro, como llegan los días, los meses y los años.
Cuando llegó el primero, mi madre era un ombligo
de sólo quince años,
que ayer apenas recortaba recortables
y a Mariquita Pérez o a Rapaziña
les cambiaba vestidos y zapatos,
mi madre ombligo.
Como la vulva que inflamó el jabón de lagarto,
mi madre ombligo,
un ombligo agujero
un ombligo cromático
un ombligo arco iris
algún mágico túnel
donde el tronco de la vida ramifica sus brazos
agarrándose a estrellas, lunas llenas,
a pimentón de soles
la vagina era signo de prohibido pecado.
Con sólo quince años,
una niña pariendo
a un muñeco de piel
y llanto humano,
no atravesó el ombligo,
como pensaba ella,
pero cruzó lagunas uterinas,
paredes de mucosas inflamadas
cordilleras de madre sangre miel de abeja
y una vagina bella, adolescente,
castaños los ojos,
inocencia en los labios,
oídos conquistados por la labia
del que miente,
que sabe más que los ratones colorados,
que un “no” no vale por respuesta,
que siempre es “sí”,
y así fuimos llegando,
desde el uno hasta el cinco
los muñecos humanos
de un temprano ombligo.
El internado de sopa de tocino
se convirtió en un internado transparente,
donde el ombligo no puede rebelarse ante un bigote.

Me he metido mi chute de clásicos. Sobre estos, ¿qué decir? La colmena de Camilo José Cela es pata negra de nuestra literatura con todo merecimiento. He realizado una lectura guiada, a través del blog “El infierno de Barbusse”; en realidad era una relectura y me ha fascinado tanto como la primera vez. Sin duda se trata de un artefacto de precisión, la combinación de lenguaje literario y de la calle, no chirria nunca y todas las doscientas y pico piezas de esta colmena humana se ensamblan de tal modo que, a pesar de la profusión de personajes y situaciones, uno nunca llega a perder el hilo. No me entretengo mucho, que esta obra la conocéis todos.

           Resultado de imagen de la colmena        Resultado de imagen de la ciudad y los perros

Igual que La ciudad y los perros, que Mario Vargas Llosa publicó hace casi cincuenta y cinco años. Un pipiolo, no muy alejado en el tiempo de esos cadetes animalizados del colegio militar Leoncio Prado, donde el propio autor pasó dos años (según se dice quemaron varios ejemplares del libro, de lo que gustó). El Poeta, el Boa, el Jaguar, el Esclavo, junto a Teresita y el teniente Gamboa, se constituyen en protagonistas de una novela donde se alterna el monólogo interior con la narración descarnada de los hechos. Experimental al principio, con continuos flashbacks, abrumadora, en su final vertiginoso todo se resuelve de forma clásica y sobre todo contundente.  Viene a ser verdad eso de que el genio nace y no se hace.

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No encuentro la portada de la edición española, en la editorial CIRCE. Así que ahí va la edición norteamericana. 

Y para acabar con genios, ayer finalicé la lectura de la biografía de Carson McCullers escrita por Josyane Savigneau, subtitulada “un corazón juvenil”. En ella, la autora trata de ofrecer una imagen de Carson mesurada, desmitificadora y alejada de la gran biógrafa de Carson, Virgina Spencer Carr, que quizá se dejó llevar por el exceso de celo y cierta “moralina”. También es notable el esfuerzo por enterrar el rumor de que su marido Reeves era el verdadero perpetrador de buena parte de la obra de Carson. El libro es un tanto frío, supongo que el género lo requiere. Pero contiene alicientes. La correspondencia entre McCullers y su marido Reeves, cuando este se prepara para el desembarco en Normandía y lucha contra la ocupación alemana es conmovedora. Los fragmentos de McCullers con su psicoanalista Mary Mercer, son jugosos y le dejan a uno con la miel en los labios, porque Savigneau desvela que por iniciativa de la propia Carson se grabaron todas sus sesiones, que permanecen (a fecha de 1998, cuando se edita el libro) inéditas, ya que forman parte del archivo de Mercer. Los fragmentos de la autobiografía “A mortgaged heart”, que Carson dejó inconclusa, también tienen una veta de alta literatura. Me ha conmovido la amistad que le unió a otro grande, Tennesse Williams. En cuanto a todo el muestrario de enfermedades y problemas de salud de McCullers, se agradece que su biógrafa no cargue las tintas, buscando un efecto melodramático. No lo necesita. Lo verdaderamente emocionante es el impulso creativo de Carson, su necesidad vital de escribir, expresarse y dar forma a ese particular universo. ¿Es por esa autenticidad que su obra no ha envejecido? Concluyo con un fragmento de la propia Carson, que se incluye a modo de anexo al final como “notas sobre la escritura”:

Mi comprensión es solo fragmentaria. Comprendo a los personajes, pero la novela en sí permanece en un estado de indefinición. La clave aparece a veces como por azar, en esos instantes que nadie, y menos el autor, puede comprender. Instantes que, en mi caso, se dan generalmente tras un gran esfuerzo. Revelaciones que son una bendición del trabajo. Toda mi obra se ha escrito así. Para un escritor, resulta al mismo tiempo arriesgado y hermoso depender de tales revelaciones. Cuando, tras meses de tanteos y de trabajo, la idea se desvanece al fin, la complicidad resultante es de orden divino. El flujo mana siempre del inconsciente, y de manera incontrolable.

domingo, 19 de marzo de 2017

ALGUNAS VECES MIRO A LOS OJOS DE MI HIJO


Algunas veces miro a los ojos de mi hijo y percibo la marea silenciosa de la inteligencia que le anega, con cada palabra nueva que brota de su boca.

Algunas veces le miro, aprovecho mi fuerza de gigante y le atrapo con el cepo de mis brazos. Me impregno de su néctar. Trato de fijar ese fragmento de luz.

Cuando sus frágiles cimientos, sus escasos noventa centímetros de sombra sean carne adulta ¿podré abrazarle como hago ahora?

No me atreveré, intimidado por la distancia. Seremos dos islas  bañadas por el mismo mar, tan lejanas como visibles, la una de la otra.

Pero a pesar de todo, nunca dejaré de ser su padre.

Aunque mis brazos ya no puedan darle abrigo; aunque me mire y de la nube de sus ojos prorrumpan los reproches y estallen los truenos sobre mi corazón viejo y cansado.

Recuerdo que nació con premura. Lo acomodaron con su madre, las hebras de líquido y placenta aún brillaban en su cráneo. Yo le observaba, sediento, aferrado al mundo con ambas manos.

Ahora canta y habla. Se dirige a mí, como si yo fuera la esfinge y tuviera todas las respuestas.

Algunas veces le miro y acaricio su nuca, separo sus cabellos, intento contener la hemorragia del tiempo, la erupción de esa persona que es mi hijo.

Me sofoca la certeza de saber que un día crecerá y se irá despegando de mi lado como una corteza.

Mi hijo, ¿qué será de su nombre y de su historia?

Feliz día a todos los padres, desde la llanura