jueves, 25 de febrero de 2016

"Nadie desaparece del todo" de Lázaro Covadlo


Lázaro Covadlo nació en Buenos Aires en 1937. A finales de los setenta abandonó su país por motivos políticos y desde entonces reside en España. En su web hay una breve autobiografía donde nos detalla sus referentes literarios, explica sus orígenes judeo-rusos y narra (por desgracia sin entrar en muchos detalles) parte de su rocambolesca existencia: se escapó de casa con quince años, vagabundeó por varios países, vivió en un Kibutz en Israel e incluso ingresó en una secta, de la que nos cuenta: “lo más nefasto de todo era que además de sórdido, el ambiente que se respiraba resultaba muy aburrido. Si algo me quedó de todo ello, es que actualmente puedo presumir de conocer la génesis de la locura.” Cuando me topo con literatura que no es de género, siempre quiero saber todo lo posible sobre su autor; así, es como si pudiera acceder a los entresijos de lo escrito, casi, casi ponerme en su lugar y de este viaje resulta una experiencia literaria que se disfruta el doble.

Nadie desaparece del todo es una compilación que contiene los libros de relatos Agujeros negros (1997) y Animalitos de Dios (2000), junto a otros no publicados en libro. Además del género corto, Covadlo ha publicado novela, entre las que destaca Criaturas de la noche (Acantilado), premio Café Gijón de 2004 y Las salvajes muchachas del partido (Candaya, 2009), donde conviven personajes reales y de ficción, en un marco histórico que abarca buena parte de la primera mitad del siglo XX.

Lázaro Covadlo podría pasar por ese híbrido imposible que es el “argeñol”: maneja la ironía y el absurdo por igual. Con una precisión quirúrgica, combina lo explícito con lo sutil; un lenguaje en general frío, cortante, pero sin renunciar a la hemorragia, según toque. Una gran imaginación es el fermento de todos sus relatos. Covadlo construye para el lector un mundo poblado de extrañas referencias donde se cuela, casi desborda, lo inverosímil. Por sus relatos vagan personajes extravagantes, un poco locos, por los que uno llega a sentir cierta compasión. Hay a veces, sin embargo, un oscuro sentido del humor.

Son cuentos con una estructura bastante clásica, a pesar de todo. Ese contraste entre el irracionalismo del tema y la estructura bien articulada (y por tanto bien pensada) es marca Covadlo. En cuanto a los finales, cumplen a rajatabla esa máxima atribuida a Cortázar: “el cuento gana por KO, la novela por puntos”. Lo que ocurre es que uno es como los boxeadores curtidos, que se las sabe todas, y lo ve venir. El golpe final de Covadlo es certero, va directo al mentón, derribará a los novatos, pero no ha conseguido que bese la lona. No me ha llevado a la inconsciencia. Esto no desmerece en nada el combate entero, porque su imaginación a la que no pone cortapisas, en definitiva, la combinación de sus golpes, me han hecho disfrutar y han poblado (alimentado) mis pesadillas durante días. Entretener, perturbar, hacer pensar, todo eso consigue Nadie desaparece del todo.

Lázaro Covadlo, (foto: www.koult.es)
La experiencia del autor en una secta se cuela en el relato “Herren Krisna, Fisher Kampf, Golden Ravioli”: desborda ironía, es truculento, una fábula sobre el totalitarismo. “Nadie desaparece del todo”, en el que a un hombre le son amputadas progresivamente varias partes de su cuerpo, bajo la tutela de una inquietante corporación capitalista, deja un regusto kafkiano en boca y es de esos relatos que tolera un buen debate en torno a su simbolismo o implicaciones filosóficas, por eso lo considero una buena muestra de lo que el lector puede encontrar en Covadlo.

El recuerdo de la dictadura y la violencia política está también muy presente, así, “Llovían cuerpos desnudos” es un relato que habla del trauma y la culpa; “Colorado” mezcla fantasía y experiencia, su final es un prodigio de ingenio, profundo y hermoso. En “Acero inoxidable” la ironía alcanza su paroxismo en ese historiador obsesivo que registra hasta el más mínimo de sus gestos con pretensiones científicas y al arrastrar a su mujer, se lleva un buen escarmiento. 

Las mayores críticas que se hacen a los libros de relatos tienen que ver con su falta de homogeneidad. No es el caso que nos ocupa, porque el peculiar estilo de Covadlo hace de pegamento y ya desde el tercer cuento uno sabe a lo qué atenerse; de hecho, lo he leído con cierta continuidad, como cualquier novela (algo poco habitual en el género). En cuanto a los cuentos no publicados hasta ahora en un libro, me pregunto si es una decisión del propio autor o del editor. Creo que no están a la altura del resto: “Callejón sin salida” no he podido acabarlo. La combinación de humor, absurdo y crudeza que ha caracterizado los relatos anteriores se me ha agriado. En cuanto a “Estampida”, recurre a la fórmula de “Nadie desaparece del todo” y por tanto el efecto conseguido es menos potente, porque es casi aplastado por su previsibilidad.

En conjunto, son relatos que provocan cierta adicción, y no me resisto a incluir una de las acepciones de la RAE al respecto: “dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico”. Covadlo juega al desequilibrio, siembra dudas, inquietud, rompe la cadena de la lógica y la recompone después. Sume al lector en un estado de euforia, ansiedad y por último dependencia.


**Este libro llegó a mis manos gracias a la generosidad de Pepa Cruz, a la que doy las gracias y mando un saludo desde el llano manchego.

viernes, 19 de febrero de 2016

EL ASIENTO VACÍO

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Siempre, después de una noche de vigilia, me cuesta hilar más de dos horas seguidas de sueño. Suena contradictorio, pero así es. Llegas a casa al amanecer, te metes en la cama y sobreviene un periodo de inconsciencia donde el cuerpo cae de puro agotamiento; pero al poco revive como Lázaro: las emociones y recuerdos espantan el sueño a manotazos con frases tomadas aquí y allá. Se derraman entre los sesos instantáneas fijadas con mi Nikon de seis dioptrías, pequeñas secuencias que brotan a cada bandazo que doy en la cama. Escribir es mi manera de recuperar el sosiego y de paso atrapar una porción de vida en esa resina pegajosa que es el texto escrito, deformándola, pero también preservando parte de su esencia. 

Pero a lo que iba, había recibido un premio literario y justo anoche fue la ceremonia de entrega. El acto rendía homenaje a un gran poeta fallecido, allí estaban su viuda y su hija. Se entregaban importantes premios de narrativa, poesía y pintura, un festín de miles de euros a repartir. Y unas pocas migajas para el autor local cuyo relato corto había sido elegido, quizá, por una mera carambola. Ese era yo. El último de la fila. Pero estaba tan habituado al fango de la trinchera, que aquella minúscula bandera blanca me trajo un extraño alivio.

Me citaron con antelación, explicándome el protocolo, que exigía vestir de etiqueta. Como el nudo de la corbata se resistía entre el fiambre de mis dedos, llegué tarde. Mascullé una excusa, pero no hizo falta, porque allí se respetaba escrupulosamente la puntualidad española. Me pasaron a un reservado donde camareros con pajarita servían copas de champán y ofrecían aperitivos de almendras fritas y canapés de salmón ahumado. Alguien me presentó a alguien, compartí un par palabras, me fumé un cigarrillo; nada relevante.

Tuve mi momento cuando me llamaron por mis dos apellidos y luego mi nombre (qué extraño suena en la voz de desconocidos). Me abroché el botón de la americana y subí al estrado. Entre el público estaba mi familia. Mi hijo lloriqueaba desde la platea, rabioso por estar sometido a dos horas de inmovilidad y silencio. La viuda del poeta me hizo entrega del premio, sentí su abrazo octogenario y recordé a mi tía abuela, cuyo corazón dejó de latir con noventa y siete años. Me vino a la cabeza, en fin, toda la estirpe de mujeres labradoras y aunque no era más que un figurante en aquella película, aproveché mi minuto, por si la oportunidad no volvía a repetirse.

Bajé del escenario y mi sitio lo ocupó el insigne escritor, amigo del poeta homenajeado. Cabeza pensante de las letras españolas, había sido invitado al evento para darle aún más lustre literario y nos ofreció media hora de clase magistral.

Después del acto se celebró una cena de confraternización. Cuando llegué al restaurante, tan sólo había dos sillas libres en una larga mesa corrida. Una de ellas junto al insigne y enfrente estaba la viuda del poeta y su hija. Me vi en una encrucijada. Dudaba, sin dejar de caminar hacia la mesa. Y entonces cayó sobre mí el granizo de la inseguridad, la timidez con toda su fuerza. Visualicé aquel trío de ases. Faltaba una carta por repartir y yo no era ni picas, ni diamantes, ni siquiera el ambiguo comodín; yo no podía completar ningún póker con mi insignificante relato de cinco páginas a espaciado doble con letra Arial de doce puntos; no llegaba ni al siete de tréboles, ni siquiera ocupaba un lugar en la baraja, así que me deslicé hacía el otro sitio disponible.

La noche transcurrió de forma amena y apacible, a pesar de mi deserción. Los remordimientos se fueron apaciguando, sirvieron el vino, brindamos, nos hicieron fotos, pero el sitio libre junto al insigne escritor no fue ocupado por nadie. Aquel asiento vacío era como un dedo acusador al que no me atrevía ni mirar.

Durante la cena, al conversar o simplemente observar a los pintores o escritores premiados, se proyectaban en mi cabeza fragmentos de sus obras y era como si pudiera escudriñar en ellos más allá de lo que aparentaban ser. Uno de los cuadros era de un realismo apabullante. En él, una mujer madura exponía su pecho cercenado por un tumor. Su mirada era de intensa introspección, parecía dispuesta a presentar batalla y no rendirse: el arte casi siempre ha ignorado a la enfermedad. En el otro extremo de la mesa, llamó mi atención una pintora que había sido capaz de apreciar la carga poética de unas flores, brotando de forma insólita, casi milagrosamente, de una alcantarilla. Allí en su esquina opuesta a la mía, desprendía una luz de espectro y al acabar la velada se deslizó despidiéndose de todos, incluso de mí.

Me senté enfrente del primer premio de poesía y su mujer. Tenía aspecto de boxeador curtido y el pelo largo enmarañado; recordaba a cierto retrato de Beethoven, pero no percibí en su mirada la tormenta del músico, sino reflexión. Un mar en calma, apenas alterado por los versos que llegaban como una lejana brisa, según nos contó, en los breves trayectos en metro y cercanías. Su mujer tenía aspecto de sirena, y costaba poco imaginarla en la proa de la nave Argos, con el pelo rubio agitado por el viento. En mitad de la cena pidió un cóctel a base de vodka y zumo de naranja, bautizado como destornillador en honor de los mineros rusos, quizá de los tiempos del estajanovismo, que utilizaban la herramienta como improvisado exprimidor.

A veces me quedaba varado en tierra de nadie, porque o bien me ignoraban o bien no me daban réplica, eran segundos en los que podía seguir observando sin temor de ser visto.

Me detuve en la espalda descubierta de la hija del poeta, girada en su conversación. Solo llegué a atisbar un leve fragmento de su cara y me recordó a un cuadro de Dalí que retrata a su mujer de espaldas. Está desnuda, con parte de las piernas cubiertas por una sábana y se observa a sí misma, pero su reflejo se ha transformado en un extraño edificio de finas columnas y cúpulas sobre un desierto de arena. Mientras encendía un cigarrillo y exhalaba la primera bocanada, me pareció percibir en ella una mueca de hastío y de nuevo el dedo acusador se extendió señalándome el sitio que debería haber ocupado.

"Mi esposa desnuda" de Salvador Dalí (foto: contenido.com.mx)

La cena se acabó, el árbol se fue desojando y me despedí de aquellos con los que había compartido mantel. Miré por última vez la silla vacía junto al escritor. Su sitio, y el de la familia del poeta, también estaban vacíos. A estos frutos se los ha llevado el viento, pensé.

Pasé el resto de la noche en oscuros garitos, antros donde sonaba la música rock y se reunían individuos de la peor y mejor especie, invitándome y dejándose invitar. Recorría con la mirada la barra, el llenar y vaciarse de los vasos y la nube de humo que se adueñaba como una telaraña de los techos, mientras recibía felicitaciones de amigos y conocidos, como si acabara de regresar de Estocolmo el día después del Nobel. "No sabía que escribías", fue lo más repetido. Y bueno, qué triste, escribir y no ser leído, aunque el hecho de componer unas líneas, extraer la poesía que subyace en la realidad, aparentemente plana, aparentemente muda, crear una historia y darle vida, con la destreza que cada uno pueda, sea de por si reconfortante.

Caminé hasta casa apurando una lata de cerveza que había comprado en un veinticuatro horas, detrás de una muchacha descalza. Estaba amaneciendo. Al rebasarla no pude menos que preguntarle, con toda mi apariencia y tono de buen padre de familia, por sus lacerados tobillos y me miró sonriente, sin decir palabra. Por fin caí en la cama, casi me zambullí, porque de repente todas las emociones de la noche se me vinieron en tromba y me aplastaron. Peleé conmigo mismo, pero al final claudiqué y derramé unas cuantas lágrimas. Exhausto, me dormí, hasta que me despertaron los recuerdos revoloteando como moscas incansables y tuve que levantarme y aquí estoy escribiendo.

***
El insigne escritor tamborilea encima de la mesa y enciende el segundo cigarrillo de la mañana. Parece que el taxi que le tiene que llevar a la estación va a tardar una media hora. Para entretenerse y de paso ejercitar el músculo literario, ha pensado aprovechar los cuatros pliegos de papel membrado del hotel que hay sobre el escritorio y escribir unas líneas.


Hotel Abadía
C/ Bodegueros, 3
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Me invitaron al acto de entrega de premios de un certamen literario y artístico ya con solera, en un pueblo de La Mancha y aunque no me apetecía viajar (era el mes de agosto, habíamos inaugurado la piscina del chalé y tenía a los nietos en casa), acepté porque en esa edición homenajeaban a un poeta amigo mío, recientemente fallecido.
La ceremonia transcurrió con la solemnidad debida. El público aplaudía, sonaba la música y se leyeron algunos versos del difunto, pocos y no los mejores, a mi entender. Como alguien se encargó de decir, una parte de él, en sus palabras, había sido distraída de la muerte y al menos gozaría de mayor tiempo en la tierra. Habrá quién llame a esto eternidad, pero conociendo la magnitud del cosmos, utilizar esa palabra se me antoja excesivo.
Los premiados fueron subiendo al estrado, para dedicarnos unas palabras. Yo observaba su ir y venir. Exultantes, emergían de entre la oscuridad del patio de butacas como recién paridos y subían al estrado con gravedad. En cierto momento, un niño pequeño se puso a berrear, haciendo volverse las cabezas de todos y pensé en qué clase de padre obliga a una pobre criatura a asistir a un acto así, dos horas de sopor se me antojan peor que una condena a galeras.
En fin, me ha tocado intervenir y entre otras cosas, he hablado de la experiencia estética, de qué manera surge la metáfora, como la cara imaginada de la realidad que todos vemos, pero que el escritor entiende o no, pero en cualquier caso disecciona con el escalpelo de sus propios sentimientos y sensibilidad y recompone, haciendo literatura.
Después del acto me han llevado a cenar a un ruidoso restaurante. Me he sentado en un extremo, con la viuda de mi amigo y su hermosa hija, dejando convenientemente una silla vacía. Nadie la ha ocupado, por suerte, porque por una extraña razón conforme avanzaba la velada se me ha ido agriando el humor y al final me he marchado sin despedirme de casi nadie. Luego dirán que me lo tengo creído o que me he endiosado. Como decía padre, que les den morcilla.
A pesar de todo, me ha extrañado la falta de hostigamiento, porque había una nube de políticos dándome sus parabienes antes de la ceremonia y ha sido ver la cena, que incluía las copas y se han arremolinado en torno a la barra como abejas a su panal, dejándome desvalido. No sé si tomármelo con alivio o como una ofensa. Sí recuerdo un momento en el cual un joven, creo que uno de los premiados, se ha acercado a la mesa y me ha parecido verle dudar, cuando ha reparado en el sitio vacío que quedaba a mi lado. Finalmente se ha sentado frente a una rubia imponente, está claro que mi prestigio literario no ejerce el suficiente magnetismo.

viernes, 12 de febrero de 2016

"Las Meninas" de Santiago García y Javier Olivares

Foto: editorial Astiberri
Me incluyo en esa generación de españoles que ha crecido al calor de los tebeos, después llamados cómics y tras un cierto periodo de ostracismo, revalorizados con un nombre que no gusta a muchos, pero creo les hace justicia: el de novela gráfica. En los últimos años han caído en mis manos títulos como Maus (A. Spiegelman), Persépolis (M. Satrapi), Dublinés (A. Zapico) o Los surcos del azar (Paco Roca) que van más allá del mero entretenimiento y a mi parecer son propuestas literarias (y artísticas) muy serias.

Las Meninas, de Santiago García y Javier Olivares fue merecedora del Premio Nacional del Comic de 2015. Dejo hablar al jurado, que la eligió por “ser una obra que asume un riesgo en la estructura narrativa y en el planteamiento gráfico que se resuelve con brillantez, y por constituir un buen acercamiento a la figura de Velázquez, su época y su influencia en otros artistas”.

Foto: lavozdegalicia.es
La estructura de Las Meninas es fragmentaria y libre, con un uso intensivo de la elipsis, que toma recursos de la “literatura posmoderna” (según leí en la crítica de Babelia). El estilo, aunque esté ambientada en el Siglo de Oro, remite a menudo a las vanguardias artísticas (Matisse y especialmente Picasso): figuras angulosas, predominio de la línea gruesa, grandes espacios de sombra (aquí si hay cierto tenebrismo barroco), etc.

Es además un auténtico tratado de estética, porque aborda cuestiones como la obsesión de todo artista con su obra y el deseo irreprimible de tratar de superarse a sí mismo y a los que le precedieron; también el papel de Las Meninas como puente hacia la modernidad, en definitiva, el de la obra de arte como creadora de una realidad complementaria.

Velázquez se angustia y busca el secreto de la pintura; por ello viaja a Italia, donde conoce a un pendenciero Ribera, que en un arrebato trascendente le revela parte de su secreto: “Mírame a los ojos. Mira su fuego. Préndete en él”. Y los pintores posteriores, que tienen su hueco, se empapan, pero también pelean con el legado del maestro. De todos modos, quien quiera tener una idea más profunda sobre este tipo de cuestiones puede leer el sesudo análisis de Gerardo Vilches en Entrecomics.

Foto: http://santiagogarciablog.blogspot.com.es/
Otro elemento muy interesante es la relación de Velázquez con el rey Felipe IV. En pocas viñetas se saben captar matices que costaría páginas y páginas explicar con cierto fundamento. La narración de las pesquisas que emprenden los caballeros de la Orden de Santiago para otorgarle un hábito da idea de las diferencias sociales de la época, basadas no en la posesión de riqueza o el talento, sino en la sangre y por tanto la posición gregaria del artista, sobre el que recae siempre la sospecha de ser un mero artesano. Sirva de ejemplo cuando le preguntan a Alonso Cano: “¿Velázquez ha practicado alguna vez el oficio de pintor?” y este responde “el arte, sí; el oficio, nunca”.

Para acabar, decir que Las Meninas contiene ese elemento adictivo que todo cómic (en este caso novela gráfica) lleva como excipiente. Páginas y páginas que se devoran con buen apetito, casi con gula. Y esa curiosa tendencia revisitable, que emparenta este género híbrido con el cine o la música: uno lo acaba y sin poder remediarlo vuelve a empezar, o lo abre al azar y queda prendado por su historia otra vez, en un bucle del que cuesta salir.  

jueves, 4 de febrero de 2016

"Viaje a la Alcarria" de Camilo José Cela


Puede que Camilo José Cela haya sido el último de los escritores mediáticos. Odiado y querido a partes iguales, dejó tras de sí, además de una ingente obra literaria, toda una mitología en torno a su persona, que incluso él mismo se encargó de apuntalar. Cela levantaba espumosas pasiones. Uno lee su biografía y encuentra acusaciones de plagio, de colaboracionismo con el régimen de Franco y demás carnaza. Por Internet circulan algunas de sus frases lapidarias (y escatológicas). Pero también hablan los premios, el Nobel de literatura a la cabeza y su tremenda popularidad en su día, a la par que cualquier estrella de fútbol. Desconozco hasta que punto persiste esa fascinación o inquina por el escritor gallego. De momento, en foros y blogs el centenario de su nacimiento no parece haber levantado demasiadas expectativas.

Siendo adolescente, nada más subir el primer peldaño de la gran literatura de la mano de Miguel Delibes, me lo encontré; o lo busqué, es mejor explicar las cosas como fueron. Fue en La familia de Pascual Duarte (que publicó con apenas 26 añitos) y mientras leía, y ya sé que esta frase suena a tópico, notaba un sabor terroso y ácido en la boca. Masticaba sangre y la tragaba. Quedé desconcertado. Luego siguió La Colmena, esa maravilla coral que adaptó al cine con gran pericia Mario Camus. Ocupan un lugar de privilegio en mi estantería esperando un relectura y este año, aprovechando el centenario, ya casi tiemblan entre mis dedos. Pero me detuve ahí. Cela murió, sus últimos años fueron turbulentos. Sus herederos coparon las revistas del corazón. Cela dejó de interesarme. Pero sabía que quedaba pendiente otra de sus obras más celebradas: Viaje a la Alcarria. Que para rizar el rizo de las efemérides, fue escrita hace setenta años y la región alcarreña ha preparado algunos fastos a tal efecto (con desavenencias entre pueblos y alcaldes de signo político opuesto, para no variar). Con ella voy.

Busto de Cela en Guadalajara (foto: lacronica.net)
 
En realidad, este es un post más para compartir (vale, todos lo son) que para informar, porque, ¿qué no se habrá dicho de este libro? ¿Quién no lo conoce? Pues el bueno de Cela (aunque se refiere a sí mismo como “el viajero”) se calza sus botas de andar, toma un tren hasta Guadalajara y desde allí prosigue su viaje a pie por ese “país” que es la Alcarria. Destacaría los primeros compases, cuando pasea en dirección a la estación de Atocha y toma el tren. Hay una sensación de desamparo en esa madrugada en la que no se oye más que el eco de sus pasos. Los tranvías, que son como “viejos burros abultados, amarillos y muertos”, las casas y su “mirar siniestro”, las golfillas del cabaret “llevadas y traídas por la mala suerte y por la mala sangre”, la estación de tren como un “almacén de ataúdes”.

Con precisas descripciones y un aire costumbrista, Cela relata sus peripecias, los pueblos, paisajes y las diversas gentes que va encontrando en el camino. Y sin quererlo (o queriendo), levanta un fresco de una región de España en plena posguerra que adquiere mayor valor conforme pasan los años, puesto que refleja una forma de vida ya finiquitada. Sorprende el aislamiento en el que vive inmerso cada pueblo, la intensa rivalidad entre ellos y los apodos despectivos con los que se bautizan los unos a los otros. El único cordón umbilical con el mundo aparece representado por la figura del viajante de comercio, verdaderos aventureros, casi pioneros por aquellas tierras. Estas personas hicieron más por la vertebración del Estado español que todas las leyes centralizadoras anteriores. Y es que uno piensa en España, mucho, leyendo el libro de Cela, recordando cómo se vivía hace apenas dos generaciones. El analfabetismo, el hambre, la marginación, la falta de expectativas, el deterioro del patrimonio histórico y artístico, esa combinación de decadencia y esplendor. Las deficientes comunicaciones: afirma Cela que ninguno de los pueblos que conoció, salvo Guadalajara, tenía ferrocarril y los atestados autobuses apenas si son una anécdota. 


Espectacular vista de Zorita de los Canes (foto: ladosmagazine.es)
Algunos pasajes me han impresionado por su crudeza, como el breve encuentro con un niño salvaje “igual que el garduño, hasta tiene el pelo del garduño” o su visita a una miserable escuela rural, donde la alumna más aventajada le recita de memoria la lección, pero al inquirir el viajero en el significado de lo que ha dicho, la pequeña se encoje de hombros. La historia  y ya no cuento más, para el que no conozca el libro, del campesino que al verse indispuesto (reventó trabajando) dejó la responsabilidad de la hacienda a su hijo de doce años. Me pregunto qué cara pondría un alcarreño de entonces si le explicáramos lo que es un “ni-ni”.

Los hombres y mujeres que desfilan por las páginas de este Viaje a la Alcarria parecen creaciones literarias, de algún modo los españoles llevamos o llevábamos esa impronta de personajes antes que personas. El autor parece meticuloso en su verismo, aunque quizá esté jugando con el lector. En este punto no puedo arrojar luz. Y no enjuicia, es frío como un témpano: la crítica la pone el lector, si quiere. La compasión puede sentirla el lector: Cela solo dispone y describe su paso por posadas miserables, las amistades que saltan en el camino, los marginados, la degradación, casi el ridículo, como el tullido que perdió la pierna tras reconsiderar, tarde, sus ideas suicidas. No sé si agradecer esta cuestión o criticarla, no sé si la mirada de Cela es neutral o despectiva. Sobre este tema, he encontrado un artículo demoledor de José María Ridao.  En cualquier caso, merece la pena leerla, bien como tratado antropológico, artefacto literario de cuidada prosa o expresión de todos los vicios y/o virtudes de su autor.