jueves, 22 de marzo de 2018

"Taxi" de Carlos Zanón

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En Taxi, la nueva novela de Carlos Zanón, se relatan las idas y venidas de Jose sin tilde, alias “Sandino” por su devoción al triple de los Clash, “Sandinista”. De hecho, cada capítulo es nombrado como una de las canciones del disco. Treinta y seis, para ser exactos, a las que hay que añadir tres descartes, el número de catálogo, fragmentos de una frase y las iniciales del Frente Sandinista. ¿Detalle molón o rompecabezas?

Durante siete días y seis noches de insomnio, primera alusión mítica en un libro plagado de ellas, acompañaremos a Sandino en su Toyota Prius por las calles de Barcelona. Una semana donde parece concentrarse toda una vida, uno de esos momentos de crisis existencial que jalonan la madurez. Y es que Sandino huye de todos y de sí mismo, pero vuelve como un yoyó. Su mujer le espera para tener con él una conversación, algo serio, se entiende. Sobre todo, vista la promiscuidad de Sandino, que dice querer a su mujer y no desea perderla, pero aprovecha los intersticios que le deja el trabajo para dejarse caer en los brazos de sus numerosas amantes, presentes y pasadas. Por si no le bastara con eso, Sandino se pone nuevos retos y se enamora de “Llámame Nat”, una pija inalcanzable casada con un escritor y para la que trabaja como chófer particular dejando a sus hijos cada mañana en el colegio. La clásica historia de “me gustan todas, pero te quiero a ti”.

Zanón construye un personaje agarrado con uñas y dientes a su inmadurez. Todavía haciendo gala de un mote que le pusieron a los diecisiete años, revoloteando como un niño, dando vueltas en círculo en torno a la vida adulta sin atreverse a entrar. Uno se pregunta qué será de Sandino cuando se tope con la vejez, que en realidad tiene a la vuelta de la esquina, si seguirá tumbándose en la playa a ver los aviones remontando el vuelo desde el Prat. Y es que el personaje de Sandino es el plato principal de Taxi, que viene acompañado, sin embargo, de numerosa guarnición. Y es curioso, porque esta se sirve, como en las bodas, la una detrás de la otra. A los aperitivos les sigue el marisco, luego la carne, el sorbete, el consomé y acaba uno con los chupitos, café y postre. Si te dejas algo, lo recoge el camarero y no vuelves a saber nada más.


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Foto de Carlos Zanón durante la promoción de Taxi (fuente: Abc.es)
   
La novela comienza con la historia familiar de Sandino, el entierro de su abuela y una urna de cenizas con las que tiene algún que otro contratiempo. Aparece intercalado el diario olvidado de una niña huérfana, a través del cual se indaga en las raíces sociales del protagonista y un choque de clases que aflora al final. El taxi, las diversas anécdotas donde brilla el trabajo de documentación y una Barcelona nada turística de fondo, es un telón que para mí no es más que eso, decorado. Por mucho que haya un exmosso corrupto y dolido por unos cuernos o clubes donde se aturde a los borrachos con burundanga para sacarles las entrañas o marroquíes que pasan sin transición del hachís y el rap a la yihad. Pero como reclamo publicitario, decir que es un retrato de la Barcelona real, la gran novela sobre Barcelona y etcétera, seguro que funciona.

Entradas aquí y allá, clientes que arrastran su historia personal de desespero. Parece que el taxi es el mejor diván, o el mejor escritorio, porque sus usuarios lo mismo se sinceran, entran en catarsis que mienten y fabulan. Cuestión esta, la de la mentira, muy interesante y que Zanón trabaja en varios momentos nada secundarios. Luego se irá agregando una trama criminal, junto a las derivas sentimentales de Sandino, que eclosiona en un último tramo de delirio, con sus peleas, contusiones, careo mafioso, destrozos y por lo que parece, ningún muerto. Para acabar, vuelta a la calma. Sandino seguirá huyendo, sin querer llegar a Ítaca. Detrás quedan varios interrogantes sin resolver, pero da igual. Stop the world.

Taxi es una novela que se resiste a las clasificaciones. Tiene un adobo de novela negra, un buen tercio de páginas destinadas a este fin. En realidad, es una manera de tenernos enganchados. Un aditivo, el glutamato monosódico que potencia el sabor del relato. Pero no creo que sea la historia última que Zanón pretende en Taxi. Temas como la incomunicación, la búsqueda del amor, la mentira, el clasismo, el desarraigo, las relaciones familiares. Todos universales que otorgan una larga fecha de caducidad a Taxi. No es una novela ni mucho menos perecedera, de usar y tirar.

El estilo de Zanón ya lo conocemos. Es versátil y a la vez tiene su sello propio. Hay poesía encubierta o deliberada, hay momentos de ametralladora y pausas filosóficas. De completo ensimismamiento. Aún con sus resbalones, se mantiene en pie con gran dignidad. Me gusta, me conmueve. Cualquiera se siente a veces como Sandino, aferrado a su pasado, sin futuro, deambulando por el presente como si le hubieran echado burundanga en el vaso. ¿Y qué hacer? Tirar hacia delante, ayudar a los amigos. Vengarse y ser vengado. Tener sexo sin amor y amor sin sexo. Enamorarse, sobre todo de uno mismo y desear justo lo que uno no tiene en ese momento, en un bucle sin fin. Tomar decisiones estúpidas para meterte en líos y luego, ocupado en salir de esos embrollos, eludir el fondo de la cuestión, ¿qué hago con mi vida? Un kamikaze que quiere matarse y a la vez salir ileso, sin poder explicar esa paradoja. Ese es Sandino. Una novela al servicio de un personaje. Tan narcisista como empático. Tan preocupado por sí mismo como por los demás.

Post scriptum

Escribí esta reseña del tirón, después de acabar Taxi, hace un mes o así. Apenas si he corregido algunas repeticiones, de ahí su tono tan crudo. De paso, me he dado cuenta, sobre todo después del encuentro con Zanón el pasado 1 de marzo, que hay cuestiones nada desdeñables que pasé un poco por alto. Por ejemplo, en una entrevista en El Periódico, Zanón afirma lo siguiente:
A medida que va avanzando la novela Sandino va entendiendo cosas de la vida de su abuela, que es una novela en sí, y el paralelismo del desclasamiento en una sociedad como la de Barcelona que no se ve, pero es muy clasista. Su abuela llega hasta un punto en que esta integración en una familia que a priori era la suya se trunca, y a Sandino Llámame Nat le dice ‘hasta aquí’. Quería una novela que se saliese del marco y manchase la pared. Una sociedad clasista funciona creando la apariencia de que no lo es, hasta que te dejan claro que no eres de ellos.
En fin, que hay mucha miga en Taxi. Acabo con un nuevo link, porque Zanón, como cualquier escritor que se precie, siempre está con el cazamariposas preparado y sacó tema para su tira semanal en La Vanguardia a partir de una anécdota personal de uno de mis compañeros de trabajo, que entronca de paso con Taxi. Se titula Geppetto y las cien mil camisas. Lo podéis leer aquí. Me despido con mis mejores deseos para esta semana tan santa que se avecina.

viernes, 16 de marzo de 2018

QUE VIENE EL GRUNGE

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Cuando era niño, en la cocina de mi casa había una pequeña radio. Mi madre sintonizaba la emisora local, donde pinchaban una y otra vez los hits del momento. Al contrario que mis ídolos musicales, que crecieron escuchando jazz y rhythm and blues, lo mismo en la radio que en un burdel, la banda sonora de mi infancia fue menos épica. Junto al reproductor de casetes siempre había alguna cinta con las mejores muestras de la canción melódica. Es lo que tenía mi padre, podía ser más bruto que una reja con vertedera, pero en el fondo era un romántico. En la cúspide de esta pirámide, como el embutido y la carne procesada, reinaba Isabel Pantoja. Viendo la portada de sus cintas me parecía una señora guapa, con algo de barba y pecho prominente. Un alma cándida que cantaba letras de amor, la desamparada viuda de un torero. No imaginaba, con mis escasos cinco o seis años, que guardara el dinero negro en bolsas de basura.

Por allí andaba también Julio Iglesias, sobre el que sobran las palabras y un cantante que se hacía llamar El Puma. Desde niño he sido propenso a sufrir ataques de melancolía. Cuando me sobrevenía uno de ellos, me dedicaba a vagar por las eras desoladas, entre los brotes de trigo irredento, escuchando el eco lejano de los perros, inventando al compás de la música de la radio letras donde relataba mi vida sin sustancia.

Durante este periodo de aprendizaje hubo también flamenco al calor de la lumbre, con la boca llena con un pedazo de longaniza cocinada entre las brasas, sorbiendo a escondidas de la bota de vino tinto. Redondeaban la función las sintonías de los dibujos animados, la música de los anuncios y las series de televisión. Mi favorita era la del Equipo-A, con el redoble de caja al principio, la melodía principal con las trompetas y después la guitarra eléctrica acompañada del piano, en fin, una pequeña joya.

Estos momentos musicales se llegaron a entremezclar con un incipiente deseo sexual, sobre todo cuando presencié la actuación de Sabrina, sobrecogido por el silencio de los adultos varones que en la habitación se hallaban petrificados frente al televisor. Las canciones infantiles eran positivas y luminosas, se memorizaban fácilmente y me divertía añadir palabras obscenas o modificar la letra a mi gusto. Con toda probabilidad me ayudaron a interiorizar la escala mayor natural.

Por supuesto, carecía de cualquier tipo de formación musical. Según me han contado, en el colegio a mi madre le dijeron que tenía facilidad para entonar e inventar melodías. También para el dibujo, porque reproducía de manera bastante fidedigna para mi edad todo lo que veía, incluido al profesor de la entonces llamada gimnasia. Abortada la posibilidad de aprender música de manera reglada, optaron por llevarme a dar clases de pintura con una señora mayor, casada pero sin hijos y que me acogió como el suyo propio, dedicándome mucho tiempo, pero sin lograr dar al mundo otro Antonio López. Murió en un accidente de autobús junto a su tía octogenaria, recuerdo ir al entierro acompañado de mi madre. Su casa fue demolida para levantar pisos y me pregunto qué fue de aquella foto de primera comunión que mis padres le regalaron y que colocó orgullosa en el aparador de la entrada.

Abriéndose paso junto a la adolescencia, bregando contra el techno-pop que pinchaban en las discotecas y el bochorno de la coreografía del Saturday Night, en medio de todos aquellos elementos adversos un día apareció un compañero de colegio con una camiseta que me atrajo como un imán. En ella aparecía un bebé de pocos meses sumergido en una piscina, tratando de alcanzar un billete de un dólar prendido de un anzuelo. Estoy seguro de que no fui el único si afirmo que aquello supuso un giro copernicano en mi idea de lo que la música era o debía ser. Me identificaba con Kurt Cobain, su voz desgarrada despertaba en mí emociones y sentimientos reprimidos. Aquella música era un espejo donde mirarme. El vacío y la banalidad del techno, las melodías almibaradas de la música melódica que escuchaba mi padre, por ejemplo, eran un apósito: algo extraño, castrante, sin vida. Pero Nirvana era como mi sombra, porque se proyectaba a partir de mí mismo y era un reflejo aproximado de lo que yo sentía. En medio de la tormenta adolescente, conseguí divisar un faro hacia el que nadar y ponerme a salvo, un punto de apoyo para dejar de bambolearme y descubrí que se llamaba música Rock y que había más y que Nirvana era algo nuevo, que calificaban como Grunge, qué sabía yo. 

Ese compañero de clase se llamaba Víctor. Había vivido en Madrid, era dos años mayor, iba en moto, llevaba un largo flequillo teñido de rubio con agua oxigenada y pendientes de aro. Andaba siempre con chicas detrás en procesión, como si fuera el flautista de Hamelín. En fin, cumplía todos los requisitos de cualquier chico malo, y por alguna razón permitía que hablara con él o compartiéramos un cigarrillo de vez en cuando. En otra de sus camisetas, con la efigie de la estatua de la libertad, descubrí que la mayor banda del mundo eran los Guns N´ Roses y que la gente llenaba estadios, miles de personas, ¡solo por verlos! También que el mejor grupo español, en opinión de Víctor, era Barricada y un grafiti en una tapia acabó de refrendarlo. Años más tarde estrelló su moto contra un muro, dejando un cadáver joven, condenadamente joven. Es extraño pensar que las personas que me iniciaron en el arte murieran de esa forma violenta, pero así es la vida, te estalla en las narices como una bomba si apenas rozas, con intención o sin ella, el cable equivocado.

jueves, 8 de marzo de 2018

"El ADN dictador" de Miguel Pita


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Además del terreno seguro de lo literario, me atraen las lecturas divulgativas, no solo de Historia, Filosofía o Antropología, donde tengo más puntos de referencia, también me gusta asomarme al mundo de la Biología y la Física. Hay autores valiosos, magníficos y el formato libro te permite ahondar más que el clásico documental cuyo efecto en muchas ocasiones dura lo que una nube de verano. Para el caso que nos ocupa hoy en la llanura, El ADN dictador, se trata de una eficaz introducción al mundo de la genética. Lo dice un lego en la materia que en ningún momento se ha sentido desorientado ni confuso con su lectura (de ahí lo de “eficaz”). Su autor, Miguel Pita, es doctor en Genética y Biología Celular. Imparte clases de Evolución y Genética en la Universidad Autónoma de Madrid y este bagaje docente intuyo que ha sido clave para ofrecer un libro instructivo y ameno a la vez.

El ADN dictador está estructurado en torno a cuarenta capítulos muy breves, que por separado podrían funcionar como artículos periodísticos (o un post). Estos capítulos tienen una entradilla con sugerentes ilustraciones, donde se lanzan preguntas que a todos nos asaltan de vez en cuando y ante las cuáles la ciencia puede ofrecer indicios de respuesta. Por ejemplo, el primer capítulo, que se titula “el microchip que llevamos dentro”, comienza así:
¿Somos por completo dueños de nuestro destino, o estamos condicionados desde que fuimos concebidos por nuestros padres? ¿Estamos sometidos al designio de nuestros pequeños dictadores, los genes? ¿Nacemos o nos hacemos?
Hay un tono didáctico muy marcado, como debe de ser. El hilo conductor es una mujer ficticia, Ale, cuyas dudas y observaciones cotidianas dan pie a muchos de los temas tratados. Los ejemplos, datos y cifras, a veces son meramente ilustrativos (el autor siempre lo advierte) y sirven para reforzar la comprensión de aquellas cuestiones más arduas. Pensando en esto, quizá no sea un libro para expertos, pero, ¿para qué quiere uno que le expliquen lo que ya sabe? La cuestión es cultivar la tierra inculta, no arar lo ya arado.

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El ADN dictador está bien estructurado y se mueve de lo general a lo particular. Después de ofrecer una panorámica general o introducir un concepto, por ejemplo, la nutrición, le sigue algo más concreto y sugerente, en este caso nuestra humana afición al dulce.

La selección natural es planteada a fondo, Pita trata de desmontar la tergiversación decimonónica que todavía persiste y que el define como “La (chorrada de la) supervivencia del más fuerte”. De gran interés son los capítulos dedicados a la deriva por azar. Ambos conceptos conducen al meollo de la cuestión, “el 2-ADN, la macromolécula que nos configura”. Es sugerente pensar, sobre todo por el difícil encaje con el reduccionismo-apisonadora actual, que cada persona es una de entre millones de combinaciones posibles. En concreto:
Tener el 2-ADN dividido en 23 pares de cromosomas quiere decir que para cada matrimonio hay 70.000.000.000.000 de posibles hijos distintos, aunque muy parecidos entre sí, que son las formas de combinar los 23 pares de paquetes (sin contar el sobrecruzamiento ni las mutaciones).
En el capítulo “la mutación es bella”, Miguel Pita nos enseña que las modificaciones casuales del ADN “son las culpables de la evolución, para bien y para mal”. Puede que una simple mutación esté en el origen de la expansión del neocórtex humano, un clic casual que encendió la mecha de nuestra inteligencia. De verdad que no entiendo por qué la gente se devana los sesos con las religiones, con lo fascinante que es la ciencia. Como es rutina en El ADN dictador, Miguel Pina trata de desmontar mitos respecto a las mutaciones, que serían pre adaptativas y no al revés.

Conocer que existe un nexo de unión entre todos los seres vivos del planeta es hermoso, hay una poesía que subyace, aunque enseguida venga un jarro de agua fría: los virus. Esos “supervivientes a costa ajena”.

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El autor (en la foto) aborda cuestiones que han hecho devanarse los sesos a cerebros de generaciones y culturas diferentes: el libre albedrío y la teoría de la tabla rasa. Una de las cosas que me gusta de este libro es que no ofrece respuestas categóricas. Se aportan indicios, pruebas, afirmaciones, con infinita prudencia. Se deja un campo para el debate y la reflexión. No es dogma y esta es diferencia esencial entre ciencia, religión e ideología (que no deja de ser una forma de religión, ya que el matiz se persigue como disidencia).

Hay que decir que Miguel Pina se moja. ¿Influye —que no determina—la genética en la infidelidad? ¿Y en la orientación sexual? ¿La monogamia tiene una base cultural o hay indicios en nuestra naturaleza? ¿El comportamiento reproductor de hombres y mujeres puede estar condicionado por sus células sexuales (la llamada varianza de fitness)? Hay unos capítulos muy interesantes respecto a lo que él llama “la pareja perfecta”, esto es, lo que el ADN nos señala a la hora de buscar una media naranja, que no es sino una vía de nuestro gen dictador para perpetuarse y saltar otra generación. Sin llegar a negar la maleabilidad de nuestra especie, fuertemente influida por su nicho cultural y con un cerebro, como explica Pita, bastante mentirosillo.

El amor, el miedo a la muerte y otros comportamientos inconscientes son tratados al final, creo que con menos consistencia o detalle que los anteriores. Quizá Miguel Pita creyó que el libro se alargaba demasiado (350 páginas de ciencia, buff, aunque yo las prefiero a mil de Ken Follet). O temía entrar en terrenos pantanosos. Expresión de los tiempos que vivimos, donde cualquiera puede sentirse ofendido y hay que hacer pasar todo (quepa o no) por el aro de lo que debe ser, es el epílogo final. Voy a citar un extracto, donde me apena que el autor deba pedir disculpas por si las moscas. El resto lo suscribo por completo y dejo así aleteando el mensaje sabio de un sabio para acabar.
Espero que la lectura no provoque reacciones adversas. La vida es un acontecimiento impresionante, aunque puede tener aspectos que no coinciden con los deseos expresos de las sociedades humanas contemporáneas. Querría que tampoco ofenda a nadie lo que escribo sobre comportamiento humano, pues no es mi mundo ideal, es el que observamos quienes dedicamos tiempo a analizarlo y describirlo (…) La biología es como es y la buena noticia es que podemos controlarla; no perdamos el tiempo criticándola ni desacreditando a quienes la estudian (…) Miremos hacia los lugares que necesitan un arreglo, y que nadie abomine ni reniegue de nuestra naturaleza, pues está en nuestras opciones atemperarla (…) El que abomine de algo, que lo haga de cuanto hacemos y dejamos de hacer con nuestras decisiones libres en nuestra sociedad y a lo largo de nuestra corta e insignificante historia.
Si te has quedado con ganas de más, una estupenda entrevista al autor aquí.

viernes, 2 de marzo de 2018

Encuentro con Carlos Zanón



Ayer tuve la suerte, junto a otros compañeros, de compartir buena parte del día con Carlos Zanón. El escritor barcelonés puso la guinda a un ciclo en torno a los orígenes de la novela negra en España, lecturas que he ido dejando caer por la llanura. Ha sido inspirador y una buena oportunidad para hacer tribu. Uno puede poner el telediario (para colmo a la hora de comer), recibir sin paraguas el chaparrón de desgracias diario y luego roer el cuscurro de pan que son los deportes o la previsión meteorológica. Para dar la puntilla, quejarse de que el libro es un animal en peligro de extinción. Pero junto al fuego de otros lectores, esperando media hora de pie a que le firmen un ejemplar, viendo como en mitad del diluvio manchego sesenta personas llenan la sala para oír hablar de literatura, el mundo me parece “más amable, más humano, menos raro”.

Hubo un tiempo (creo que lo cuenta Posteguillo en su serie dedicada a los libros) en el que una turba lectora digna de los Sanfermines iba al puerto de Nueva York a esperar la última entrega de Oliver Twist, o se llenaba un estadio para escuchar poesía. El ser humano siente verdadera avidez por las historias, porque de hecho la imaginación es nuestro sello de distinción evolutiva (con permiso del Neandertal, extinto) y la capacidad de crear y creer en ficciones, junto a una extraordinaria flexibilidad para establecer redes sociales y cooperar unos con otros, es lo que nos ha puesto el mundo en bandeja (los pesimistas dirán que bajo la guillotina). Por eso yo veo la literatura y todo lo que la inspira como la orquesta del Titanic: morirá cuando se hunda el barco.

En su conferencia, Carlos Zanón ha puesto en valor la novela negra, acotando el género al margen de lo puramente detectivesco. En sus propias palabras, un género amplio, bastardo, de donde “es fácil entrar, pero también salir”. Que sea popular para Zanón es su gran baza, porque al quedarse al margen de lo que se cree o denomina alta cultura, se libra del canon academicista y deriva en un sano eclecticismo.

Zanón ha definido la novela negra como una “mutación moderna del costumbrismo”, donde la crítica social y la violencia serían un componente ineludible. Me ha venido a la mente una entrevista a Juan Madrid, donde reconocía que comenzó a escribir novela negra para poder contar la verdad sin las limitaciones del periodismo y hacer por tanto una radiografía social más certera. Aparte, la novela negra plantea una cuestión incómoda. Antigua, como el anillo de Giges de la tradición platónica: el delito, el crimen, no es una parte extraña de nosotros. No está al margen de la sociedad, sino que convive, incluso es producto de ella. Cualquiera, en determinadas circunstancias, podría pasar de héroe a villano en un parpadeo. La novela negra siempre acaba mal. Sus personajes se ven envueltos en una red que les aniquila, de donde nunca salen indemnes.

                           

Zanón también ha tratado cuestiones más de índole personal. Por ejemplo, nos ha contado que estuvo años tratando de publicar su novela Tarde, mal y nunca. En ella, aún tomándose como referente, decidió comenzar con algo insólito, una sensación que por suerte nunca había experimentado: golpear a una persona hasta matarla. Desde ese punto, se dejó llevar, creando una retrospectiva que ahondaría sobre las causas del crimen. Pero en ningún momento se dijo: voy a hacer novela negra. La novela, por fin publicada en un sello editorial modesto, cayó en las manos de un comercial con chispa al que se le ocurrió acompañar el típico ejemplar de promoción con una bolsa de macarrones. Por eso del “macarrismo” de sus personajes, se entiende. Entonces una periodista de El País pensó en su nevera vacía, vio el paquete de macarrones y de paso se llevó el libro. De ahí vino una reseña elogiosa usando la etiqueta de “novela negra” y el resto es historia. Al respecto, Zanón ha bromeado sobre los tópicos que rodean al género, influido por toda la mitología del cine en blanco y negro y sus estereotipos. Los “recortes” en capítulos accesorios que puede sufrir la novela si se traduce, pensando en un público que quiere chicha y no introspección. O las portadas de los libros. Por ejemplo, para Yo fui Johnny Thunders pensó en un tipo de portada que fue descartada por el departamento de marketing, porque en la cubierta de una novela negra, para ser vendible, debía aparecer “una pistola, un callejón oscuro o un coche”.

En fin, Zanón ha reconocido la parte conservadora y evasiva de este género (“una novela negra nunca puede ser aburrida”), su capacidad para combinarse con por ejemplo la novela histórica, la historia intimista e incluso la ciencia-ficción. Pero también su singularidad, que reside en el punto de vista, porque muestra cada víctima como un trauma, cada muerte violenta como el fracaso de una sociedad. Aunque se ha contagiado del ritmo televisivo, añade un aporte que nos permite reflexionar y no solo engullir en bruto. Mientras el cine o la televisión han banalizado la violencia, de tal modo que hasta la persona más sensible puede asistir a palizas, tiroteos y matanzas delante de su pantalla sin pestañear, la palabra escrita logra otro matiz. Nuestra sociedad se ve más perturbada por cuestiones quizá peregrinas (recuérdese el debate sobre la cocción de la langosta en Suiza o las pasiones desatadas en torno a la palabra “miembras”) que por el sufrimiento humano. En esto, una parte de la novela negra constituye un revulsivo.

Además de entretener, Zanón es consciente de que una buena novela negra debe implicar también al lector, exigir que ponga de su parte. Este equilibrio es la clave para separar el grano de la paja. Otro aporte del género actual que es muy de nuestro tiempo es el tema de la soledad. El difícil encaje en un mundo donde no queda claro quiénes son los buenos y quiénes los malos, donde parece que no te puedes fiar de nadie y aún estando conectados, nos sentimos cada vez más solos.

Espero haber resumido bien la esencia de la charla. Ya entrando en lo personal, Zanón me ha resultado accesible, un conversador ingenioso y alegre, sin afectación alguna. Esa virtud creo que sabe trasladarla a sus novelas: son sencillas pero profundas. Como en sus personajes, aún en la edad madura, palpita dentro de él una brasa joven. Ha sido curioso oírle contar alguna anécdota, después de romper el hielo, algo que siempre se consigue en torno a una mesa y enseguida venirme a la cabeza una brizna de sus novelas. Como ha mencionado en la conferencia, todas las historias están ya contadas y el escritor añade básicamente los personajes, la ambientación y sobre todo, lo que hay de si mismo. Es un volcado, que pretende tocar la tecla del lector, que es capaz de verse como en un espejo. Para un lector, su autor nunca es un desconocido. Hay una complejidad misteriosa, una sensación única de deja vu