martes, 26 de noviembre de 2019

OBSOLESCENCIAS


Que el mundo es cambio y por tanto muerte, en una melodía inacabable, lo rubrican también las cosas. Vivo donde nací, no es nada heroico en este mundo global. Casi da pena. Pero eso no significa que todo siga igual, porque con los años, asisto al desmantelamiento de mi viejo mundo. La pala hunde las casas de los pintores y caen las paredes de tapial, sustituidas por pisos vacíos con el cartel “banco vende”. Las tiendas de toda la vida echan el cierre, a favor de franquicias o la pura mugre. Las abuelas de mandil, regadoras del alba, hace tiempo que dejaron de verse por las calles. Ahora solo hay coches, la pestilencia del diésel y parejas de congoleños paseantes, amontonando los días para que les otorguen permiso para estar. Las cepas de antes, retorcidas, de improviso se han erguido hasta poner una cenefa al horizonte manchego. Son objetos, cosas, personas, si, que cambian y son sustituidos por otros. Y me siento extraño en mi pueblo (ciudad siendo riguroso), como el indígena que ve cercenada su porción de selva para cultivar la palma con la que en occidente aderezan sus galletas.

Hay otro paisaje, no es humano, ni de ladrillo, ni vegetal: son costumbres, hábitos, que te han acompañado en tu proceso de maduración y ya son humo. Lo recuerdas y te abrasa la nostalgia, palabra por cierto muy mal vista. Me referiré a uno solo, quedan invitados a añadir otros. En 1962 se creó el que sería el mayor club de lectura de España. Hace un par de semanas, echó el cierre. Sin pompa, tan solo una austera esquela. No se avisó del sepelio ni a los familiares más directos. El culpable, el cáncer del progreso. Eso dijo su último dueño en nota de prensa. Teniendo cualquier libro en Amazon al alcance de un click, servido en menos de lo que canta un mirlo, ¿cómo iba a sobrevivir un modelo que se basaba en recibir la visita intempestiva de un agente, jubilado o mayor, para más inri y esperar luego dos meses? ¡Dos meses en los tiempos de la fibra óptica! Internet tiene la culpa y la vida es así, sepulta lo viejo con su alud de cambios. La fosa común del mundo pre-Internet está colmada de artefactos analógicos. Nostalgia vintage, pérdidas millonarias.

Una de las variantes del crimen perfecto es cuando se ofrece, en bandeja, un falso culpable. Otra, cuando el crimen no parece tal, sino una muerte por enfermedad o accidente. No haría bien de detective y tampoco tengo mucho callo en lo de la novela negra para ofrecer una intriga que entretenga. Sin embargo, creo que el grupo Planeta ha tenido su parte en esta muerte tan anunciada, recibida con asentimientos de cabeza. Círculo ofrecía algo importante: buenas ediciones.  Y variedad, se podía encontrar de todo: desde clásicos a auto-ayuda. Una librería en casa cada dos meses. He asistido a su pérdida sin sorpresa, porque desde que Planeta se hizo cargo y empezó a vender potingues de forma paralela, arrinconando la literatura de calidad, descuidando al cliente asiduo, sin buscar lo que hoy se llama “fidelización” (qué palabro, señor), sentí que mi Círculo se moría desangrado. Vale, conservo las ediciones juveniles de Michael Ende, Roald Dahl y Tolkien, aunque alguna se perdió al llevarse el estallido de la burbuja la casa de mis padres. Soy un nostálgico, lapidadme. Pero, y estos señores de Planeta quizá son como los hombres grises de Momo, a los lectores rocosos, a los lectores de verdad, nos importa un bledo tener el libro en veinte, diez o dos horas. Nos importa poco la celeridad. Consumimos despacio. La espera nos ilusiona. Abrir el libro, largamente esperado, es como tocar la pala con el cofre. Ha merecido la pena cavar. Pero queremos que haya pepitas de oro, diamantes, zafiros, sartas de perlas, dentro de ese cofre. Planeta los sustituyó por monedas de chocolate. Grasas hidrogenadas. Gordura. Y eso desgastó los cimientos de Círculo. También, es curioso que el comprador compulsivo que sucumbe al “black Friday” y llena su hogar de artefactos de usar y tirar, se queje en los foros de la obligación de comprar un libro cada dos meses (que solo era los dos primeros años).

Dicen que el de Círculo era un modelo insostenible, nada adaptado a los tiempos y obsoleto. En parte, no lo pongo en duda. Pero, creo que también era un sistema que en tiempos de prisas, compras impulsivas y consumismo, alentaba la paciencia y a meditar cada adquisición. Era un sistema que promovía el contacto humano entre vendedor y comprador. Una antigualla a partir de la cual, en manos más creativas, se podría haber construido una alternativa al ácido consumista que lo devora todo. Choca además que el hecho de tener miles de paquetes con baratijas, cruzando a diario nuestras ciudades a bordo de estufas contaminantes, ¡incluso en avión! se vea como algo lógico y normal, ¿no debería calificarse también de insostenible ese derroche, con la que se avecina? 

Me gustaría creer que lo escrito es algo más que un ejercicio de nostalgia. O quizá no y como en una función de teatro, sigo mi monólogo mientras el paso de los años desmantela el escenario sobre el que se forjó mi personalidad y cada vez me siento más como esos barcos varados, en su herrumbre, sobre la costra salina que fue el mar del Aral.  

Actualización: según se ha filtrado a la prensa, tras el cierre de Círculo Planeta procederá a la "destrucción parcial" de su fondo editorial. Esto incluirá la mítica colección de obras completas con los autores más señalados de la narrativa contemporánea. Se puede leer la noticia aquí. Parece que Planeta se decanta por convertir miles de libros en pasta de papel, en lugar de hacer donaciones a pequeñas bibliotecas o centros culturales. Que cada uno juzgue como crea conveniente. 

miércoles, 6 de noviembre de 2019

BREAK DOWN



Qué el libro es un artefacto lúdico, no cabe duda. Que es un instrumento de transmisión del saber, e incluso en ocasiones (pocas) se eleva al Olimpo de las artes, tampoco. El libro es un arma ambivalente, porque puede despertar conciencias y también ser una vía de propaganda y propagación del oscurantismo. El libro no es bueno de por sí, incluso puede ser muy malo. Superadas las limitaciones del formato físico y con la ubicuidad de la información que nos anega, cuando las redes 5G prometen conectarlo todo a la velocidad de la luz, ¿cuál será el futuro de estos ladrillos de papel?, ¿quién tendrá tiempo, ganas o capacidad de atención para enfrascarse en una novela de quinientas páginas con su buena carga de profundidad?, ¿lo recetarán los psiquiatras para reparar aquellos cerebros agujereados por la estimulación constante? ¿Será el libro como el vinilo, una extravagancia hipster? Conozco coleccionistas que compran un disco y ni siquiera lo sacan de la funda, si acaso lo ponen una primera vez, de fondo, mientras atienden su Facebook. Quizá los libros acaben como elemento decorativo o de mera ostentación intelectual.

Estoy agradecido a mis libros, porque he pasado largas horas de exilio interior con ellos, son mi isla desierta. Pero cuando en un parque o en la sala de espera del médico soy el único que saca un libro, no me creo ni más listo, ni a salvo de la enfermedad del siglo. Me siento un fósil del Cretáceo. Hace meses compré un Ipad y después de navegar, curiosear por la Apple Store, me di cuenta de que si me dejara llevar, si no opusiera resistencia, mi estantería de libros se convertiría en una reliquia polvorienta en cuestión de meses.

El impulso de escribir permanece, no obstante, pero me dedico a guardarlo todo en mi cofre y cada vez me parece más un acto anacrónico, sin sentido. Podría verterlo al ciberespacio, bajo un seudónimo. Que se quede vagando por ahí. Pero prefiero que siga en su caja de Pandora, confinar allí mis demonios y cuando me esfume se esfumará conmigo. Es extraña la idea, las decenas de miles de palabras escritas, pero nunca oídas ni leídas más que por mí. Nunca han roto el himen de mi intimidad. Al fin y al cabo, ¿de qué serviría?, ¿qué es un ser humano en este universo? Me engaña la consciencia, la certeza de existir genera en mí una quimera, una aberración llamada antropocentrismo (o peor aún, egocentrismo).


Michael Landy, junto al listado de todas sus pertenencias antes de proceder a su destrucción (fuente: http://www.bbc.com/culture/story/20160713-michael-landy-the-man-who-destroyed-all-his-belongings)
Esconder las palabras es un fracaso para el que mide la escritura como una búsqueda del éxito, una forma de alcanzar relevancia o notoriedad, de influir en otras almas, de poder hallar quien te escuche, con quien conectes y te comprenda. Es excavar una galería bajo tierra que nadie puede ver y que no lleva a ninguna parte. Es proteger tu autoestima para eludir el rechazo profesional (el de esas editoriales que "no admiten originales no solicitados" o te proponen publicar con ellas a cambio de "compartir los gastos de edición"), de participar y perder en un concurso al que concurren otros quinientos como tú, de sufrir la bofetada de una crítica negativa, incluso humillante. Todo esto lo he experimentado ya y escuece al principio, aunque luego se normaliza como lo que es la vida: una sucesión de traspiés hasta la voltereta final. 

Pero también puede verse, y a lo mejor me doy demasiada importancia, como un desafío al orden establecido, como un gesto crítico hacia esa obsesión por ser alguien, por destacar y ser escuchado, por recibir un halago y que tus palabras cuenten. Lo que haces tiene que servir de algo, tiene que ser por algo, tiene que proporcionarte dinero, fama, poder, influencia, visibilidad, ALGO (¿serían tan adictivas la redes si elimináramos la posibilidad del "me gusta"?).

Me viene a la cabeza el artista británico Michael Landy, quien decidió quemar sus pertenencias en una performance brutal. Antes realizó un inventario hasta contabilizar siete mil objetos, incluyendo recuerdos familiares y con la ayuda de su equipo se enfrascó en un delirio destructivo mientras escuchaba a David Bowie, que le llevó dos semanas completar. A veces he pensado en hacer lo mismo y deshacerme de todos mis libros, no dejar ni uno y no volver a comprar uno jamás. Vender, mejor regalar mi Telecaster, aplastar mi colección de discos con una apisonadora, borrar para siempre el centenar de escritos que acumulo en mi disco duro y como Landy, creo que pasada la primera perturbación, hallaría la felicidad. Pero ese punto muerto, no sería más que un paréntesis efímero. Landy cuenta que a los cinco minutos de quedar expuesto alguien le regaló un disco de Paul Weller. Tan humano es ser consciente de la propia existencia como crear y esperar que alguien te haga un poco de caso.