jueves, 20 de junio de 2019

"Americanah" de Chimamanda Ngozi Adichie


Americanah | Katakrak

Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria, 1977) es una estrella global gracias a dos charlas TED: The danger of a single story (2009) y We should all be feminists (2012), base del  libro Todos deberíamos ser feministas. Pero detrás del activismo, hay una mujer sólida no solo en sus convicciones, sino en su narrativa. Como viene siendo habitual —y explica mi persistencia por estos parajes virtuales—, he leído Americanah por influjo de otros blogueros.

Un poco intimidado por sus más de seiscientas páginas, dejé el libro madurar en mi estantería varios meses, hasta que por fin le hinqué el diente y resultó una comida larga, interrumpida por el ajetreo del final de curso, pero nutritiva y de fácil digestión. Siempre que pienso en África irrumpe Hans Rosling. El demógrafo y médico sueco consideraba a África el continente del futuro. Algo así como una China emergente. No puede ser, diréis, ¡África nada menos! Pero vayamos al “factfulness” patentado por Rosling. En 1950 el 22% de la población mundial residía en Europa. En África tan solo el 9%. En 2050 se calcula que en Europa vivirá un exiguo 7% de la humanidad (buena parte de orígenes no europeos) y en África el 25%. Para 2100, si no ha venido el Apocalipsis, cuatro de cada diez personas del planeta Tierra vivirán en África. Una vuelta a la tortilla en toda regla. ¿Cómo descartar a la ligera al continente negro ? Es verdad que se enfrentan a desafíos inmensos. Como todos. Ellos tendrán que lidiar con la superpoblación, proporcionar empleo, educación y sanidad a millones de jóvenes  y nosotros con el envejecimiento y el pago de insostenibles pensiones. ¿Qué os parece más difícil? Es un buen tema para escribir, pero este blog va de libros y no me enredo. Después de leer a Chimamanda, pienso en África también como tierra de oportunidades literarias.  Mientras en el mundo occidental producimos vacuos best-sellers y pesimistas masturbaciones, en Americanah encuentro frescura y novedad. Fuera acartonamiento, fuera narrador omnisciente harto de todo. En palabras de Carlos Pardo en El País: parecería que los escritores llamados poscoloniales (algunos africanos de su generación como Teju Cole o Binyavanga Wainaina) están llamados a dar, desde lo local, la medida del mundo en el que vivimos con una complejidad y lucidez que uno envidia en otros países colonizadores y colonizados a un tiempo, como el nuestro. Como aparezca una legión de Chimamandas y surja a su vez un mercado devorador de estas novelas, veremos como el polo creativo y lector se desplaza al sur.

La historia comienza en el salón de una peluquería. Ifemelu es de Nigeria, pero lleva quince años residiendo en EE.UU. Se prepara para volver a su país y mientras le trenzan el pelo recuerda su adolescencia en Lagos, su llegada  a la tierra de las oportunidades y todo su periplo personal y afectivo. Enseguida aflora el eje vertebrador de la novela, que es su relación con Obinze. Americanah es muchas cosas, entre ellas una historia de amor. Ifemelu es una mujer de carácter, fuerte por definición, rebelde. Tajante en sus opiniones, imperfecta porque casi siempre toma decisiones equivocadas. Como lector tengo mis reservas con ella, me irrita su cinismo y en ocasiones, hipocresía. En una entrevista que adjunto al final, Chimamanda asume que Ifemelu pueda caer mal, pero “nuestros fallos nos hacen más interesantes”.  Como decía, Obinze es el gran amor de Ifemelu, forjado en la adolescencia. Al contrario que Ifemelu, Obinze es un muchacho prudente, amable y que ha idealizado occidente a través de su literatura. Se ha criado con su madre, profesora universitaria y es de clase media (existe clase media en África). Una de las cosas que más agradezco a Chimamanda es el personaje de Obinze. Es un hombre sensible, empático, que tiene que lidiar con sentimientos que le desbordan, con su masculinidad natural y la cultural, que es aprendida. Un hombre donde he podido reconocerme, muy distante del arquetipo de depredador sexual, avaricioso y adicto al trabajo. Eso es un psicópata, no un hombre. A ver si algunas escritoras de moda leen esta novela y se enteran. Bien, pues los caminos de Obinze y Ifemelu se separan de forma traumática y se volverán a unir quince años después. En ese tiempo, la experiencia les han cambiado, Obinze el idealista se ha convertido en especulador inmobiliario y en cuanto a Ifemelu, la cínica, renuncia a un empleo-florero a favor del activismo social. Cosas de la vida.

La separación y reunión posterior de ambos sirve a Chimamanda para crear una historia de inmigración y desarraigo. Ifemelu recala en EE.UU. y Obinze en el Reino Unido. El libro nos cuenta los avatares del choque cultural, muy diferente por tratarse de contextos diferenciados, con lo cual la autora se apunta un tanto al no tratar occidente como un bloque homogéneo. No en vano criticó la "historia única" en su charla de TED. Así, Estados Unidos resulta más escorado hacia el racismo y el Reino Unido es clasista por definición. Sin embargo, la mayor parte de la novela se centra en Ifemelu, que en EE.UU. descubre su negritud. Suena raro, pero así es. La cuestión racial se erige como tema fundamental de Americanah, junto a las entradas del blog que Ifemelu escribe sobre el tema (ser una negra no americana en Estados Unidos), elemento original y de interés porque amplia los límites de la novela y los lleva hacia el ensayo, pero con el tono informal de un blog. En este punto Americanah es también una sátira. El dardo va dirigido a la clase alta y progresista de USA, en la citada entrevista Chimamanda lo reconoce: “con Americanah me reía demasiado de mis propios chistes”, no esconde la pretensión de reírse de todos y de todo, de las extremas dificultades de la élite blanca para tratar las cuestiones de raza sin caer en el farragoso lenguaje neutro y la condescendencia.

Cuando Ifemelu regresa a Nigeria encuentra un país en plena expansión, donde los emprendedores se afanan en ganar dinero fácil sin detenerse en cuestiones éticas. La ideología más exitosa de la historia es el consumismo, extensión del capitalismo global. Nadie se resiste a su influjo, ni en Nigeria, ni en China. Si acaso en las tierras perdidas de la selva, con gente sin manchar como el jefe de Papúa Mundiya Kepanga que recorre el mundo en defensa de los bosques. Así que tenemos un retrato de las miserias de esta nueva élite nigeriana de Lagos, una de las ciudades más pobladas del mundo.  

Quizá exagera Elizabeth Day, de The Guardian cuando afirma: There are some novels that tell a great story and others that make you change the way you look at the world. Chimamanda Ngozi Adichie's Americanah is a book that manages to do both, pero exagerar no es mentir. ¿Significa esto que me ha deslumbrado Americanah por su perfección? No, más bien lo ha hecho por su frescura y al tratar temas novedosos para mí. Por poner algunos peros, el libro está cargado de páginas intrascendentes. El lector perderá la paciencia en algunas partes, que parecen transcripciones caricaturescas de conversaciones reales y tan solo sirven para ahondar en lo que ya se ha dicho. Se repite un poco Chimamanda y le gusta dar vueltas en círculo, es verdad. Quizá sea por sugerencia de sus editores, ya se sabe: libro grande, ande o no ande. En cuanto a su pose crítica, la autora carga las tintas en occidente pero es menos severa en lo que respecta a Nigeria. Y se intuye que la corrupción allí es desaforada. Hace poco vi un documental donde una chica nigeriana, pescadora, se dedicaba al contrabando del diesel para pagarse sus estudios y soñaba con una gran casa, con un coche y criados. El sueño americano. Quizá en futuras novelas Chimamanda se atreva a hurgar en las vísceras de su país, que es parte de África, pero no es toda África, como bien se dice en el libro.  

A pesar de que llevo una hora escribiendo y sudando, porque ya sube el termómetro en el páramo donde vivo, tengo la sensación de que me ha quedado mucho por decir. Hay novelas que no admiten sustitutivos, o se leen con intensidad o no se entienden. Ni hay reseña que las explique.

           

jueves, 13 de junio de 2019

EL SOL DE UN LIBRO



Desde muy pequeño me atrajo el olor a papelería, la piel de membrillo de las gomas de borrar, los lápices afilados de fábrica y el susurro del grafito contra el papel. Me embriagaba todo esto. Pero era una criatura apenas destetada y como no sabía escribir tenía que limitarme a asir el lápiz y garabatear hileras de hormigas, siguiendo la cuadrícula del cuaderno. Así llenaba hojas y hojas.
Una vecina pasó por la puerta de casa de mi abuela con sus hijos y al verme, enfrascado en aquel simulacro de escritura, exclamó con asombro:
— ¿Pero es que sabes escribir, tan chico?
Aquella sensación de crecer dos cuartas se esfumó de golpe, cuando uno de los niños con los que iba señaló:
— ¡Qué va a saber, solo hace pintarrajos!
Me contemplo a mí mismo, minúsculo, sobre una silla con la tapa de enea que había tejido mi abuela, repintada tantas veces que la pintura formaba una costra sobre la madera. Preparando mi trinchera, el túnel que me iba a permitir la evasión durante tantas horas, cuando aprendiera a escribir y sobre todo, leer. El camino no fue fácil y al principio, la lectura tomó una apariencia inútil e incluso amenazadora, cuando los mayores perdían la paciencia conmigo, por no saber junta la "eme" con la "a" y doblaban la cartilla, blandiéndola como si fuera el atizador de la lumbre.
Una vez aprendí a leer, pronto reparé en que los cuentos no se apartaban de la vereda del mundo, porque bajo el envoltorio de gatos parlantes, ogros, niños del tamaño de un garbanzo y cuervos vanidosos, estaba la propia vida. La venganza, la obediencia y el castigo, una moral elemental que borboteaba en el puchero de la fábula, más eficaz que el insulto y el cinturón. Los pobres Hansel y Gretel, abandonados en el bosque por su propio padre (al que instiga una madrastra sin entrañas), pican el cebo de la casita de chocolate y acaban confinados en una jaula, entre los huesos de otros niños para servir de alimento a una bruja caníbal. La ilustración de mi libro mostraba a Hansel exhibiendo un fémur. La arpía asía el hueso pensado que era el brazo del desdichado, frustrada por la falta de engorde. En sueños, veía las manos crispadas de la bruja, hollada de lunares verdes y el hueso con los tendones resecos. La oía reír en mitad de la noche y el crujido de las tejas me parecían sus pisadas.

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Foto: crimereads.com (https://crimereads.com/fairy-tales-are-really-just-hard-boiled-crime-stories/)
La lectura era un consuelo solitario, pero de cuando en cuando se compartía como un pan. Pienso en mi abuela materna, que aprendió siendo adulta, con grandes dificultades y de hecho la escritura nunca llegó a dominarla, su letra se crispaba como la aguja de un sismógrafo ante la menor acometida del subsuelo. A pesar de todo, se hizo una lectora de las buenas y atizó también esta lumbre en mi madre. Durante mucho tiempo, mientras la vista le fue alcanzando, compartí con ella muchos de mis libros. Era una abuela manchega, labradora, no la matriarca de los Panero. Su guerrera era una bata negra, con el mandil de faena encima. Un pelo blanco indómito, como la cresta de un glaciar y grandes gafas de aumento, porque un ojo se le quedó velado cuando daba cal al patio. Tenía una vitalidad extraordinaria, entreverada con mucho genio, todo apretado en apenas un metro cincuenta de estatura. Y es que hay personas que son como volcanes, su fuego y vapor interno, su ánimo sulfuroso, desborda los límites de su cuerpo. Por eso estallan, llameantes, escupen humo, inundan de lava candente a los que le rodean. Por eso, supongo, dejan una huella en el relieve del recuerdo tan perdurable.
El granero esencial para procurar engorde a este afán lector, con un estómago como el mío, sin fin, era la biblioteca. Acudía por las tardes con un amigo, el Conrado. No era ningún arquetipo de grillo lector; de hecho, era tosco y le gustaba mezclar una palabrota con casi cualquier cosa. Así, había que subir la “puta escalera” y el bibliotecario lo era “de los cojones”, porque nos chistaba para que bajáramos la voz, modulada tras muchas tardes lanzando piedras en las eras o meando dentro de las galerías de los grillos para forzarles a salir y espachurrarlos a placer o buscando revistas guarras entre los escombros. Ningún Principito a la vista, pero leíamos. El Conrado aguantó menos que yo, eso sí, porque cuando le salió barba y se le cascó la voz, se decantó por el lado más áspero —la vida es como un papel de lija—. Pero entonces, con sus nueve o diez años disfrutaba con las aventuras de Fray Perico y su borrico. Aquellos libros de Barco de Vapor eran como un azucarillo. Me gustaban también los de terror, la serie de Pesadillas de R.L. Stine y de Ciencia-Ficción, los libros de Mask: ¡bienvenidos al mundo de Mask, donde la ilusión es el arma principal! Como digo, el Conrado dejó de frecuentar aquellos parajes de lectura y yo, pues también crecí y me salió barba, qué remedio. No me fui por el camino de la perdición, pero pisé sus lindes. Me alejé de la biblioteca, aunque no lo suficiente como para dejar de notar su fuerza gravitatoria. Por eso siempre volvía, en principio a estudiar y luego me dedicaba a hacer caricaturas de los bibliotecarios. Era en el fondo un gesto de ternura, aunque estuviera soterrada por instintos de risa fácil.
En plena adolescencia, yo que era un rebelde, también me inclinaba por las monomanías. Lectoras, las hay. Como mi inteligencia es promedio y no he sido nunca prodigio de nada, me incliné por autores digeribles. En realidad, al coincidir con mi apellido y verlo al hombre tan pintado y aventurero en las fotos de la solapa, le cogí aprecio a Alberto Vázquez Figueroa. Sus libros fueron cayendo uno tras otro: eran historias de piratas y había una isla, bautizada “La Tortuga”, donde los bucaneros se pegaban sus orgías de tabaco y ron. Pero quizá es por eso mismo, por el ron y otros bebedizos de los que abusé tan joven que no recuerdo gran cosa. Pues en la biblioteca no les pasó desapercibida mi ansia lectora. Les chocaría, un adolescente grosero, con barba prematura, botas militares y una chupa con cremalleras. Leyendo  libros como el que come panchitos. Por alguna carambola mi pariente lejano, aquel Vázquez, hijo de Vasco o contracción de Velázquez, como el pintor, fue invitado por la biblioteca y aceptó. De paso, claro está. Y me ofrecieron presentar al insigne. Ahí sí que se me vinieron encima los siete infiernos.
¿Cómo hubiera planteado aquella presentación de Vázquez Figueroa de haberla hecho? Porque no la hice. Di alguna larga y finalmente, la providencia me echó la zancadilla. Un pequeño esguince. Y esa misma tarde, salí a bailar el pogo, Nirvana y Smells like teen spirit y al día siguiente el tobillo parecía gangrena. Me siento estúpido y contagioso, un mulato, un albino, un mosquito. Eso cantaba Kurt Cobain, más o menos y así quedé con Vázquez Figueroa y el personal de la biblioteca que intuyó, por error, una lucecita en aquel grosero adolescente. 
El suelo de aquella biblioteca tenía una peculiaridad y es que temblaba como un flan. Debía ser por el parquet sintético, que estaba abombado o quizá por debajo pasaba alguna línea de falla. Si dejabas una botella de agua sobre la mesa podías notar cómo se agitaba y percibir una vibración ante la llegada inminente de alguien. Llevaba mucho sin ir, había vivido fuera varios años, así que al notar la conmoción levanté la cabeza. Un homínido de mi edad, más o menos, acababa de sentarse en el extremo opuesto de la sala. Muy delgado, tenía una de esas calvicies vaporosas y en lugar de pasar la máquina y convertirse en cebolla, por algún tipo de nostalgia, la había dejado flotando sobre el cráneo. Hace poco estaba en el supermercado, en la sección de yogures y me crucé con otro ejemplar de mi quinta, frisando los cuarenta. Nos miramos, tuvo lugar el entrechocar casual para el que nos ha dotado la evolución de un buen arsenal, ya saben, el blanco de los ojos, músculos faciales, etc. Y luego seguimos a lo nuestro, pero en mi cabeza se accionó el mecanismo de reminiscencia. Veinte años atrás, antes de la era digital, decidí grabar con una cámara VHS mis desventuras durante una fiesta de Nochevieja. Apenas media hora, porque me quedé sin batería. Allí estaba aquel cuarentón que en ese momento echaba un lote de ocho yogures desnatados al cesto y seguía pasillo adelante agarrado del brazo de su madre, arrastrando su juventud, que en poco tiempo comenzaría a oler. Pero en mi vídeo había quedado congelado: con pendiente de aro en la oreja izquierda, cantando una canción de Extremoduro y haciendo un amago para enseñar el culo a la cámara. Esta digresión viene a cuento porque la misma conmoción me llegó como un rayo cuando el calvo levantó la vista hacia mí, sorprendiendo mi pose escrutadora y agaché la cabeza, en realidad la agachamos los dos a la vez. Me levanté y fui hacia los expositores de novedades, que casi nunca lo son.
Tuve que pasar por fuerza junto a él y entonces lo reconocí: el Conrado. El suelo volvió a temblar y otro bípedo se sentó a su lado y hablaron algo en voz baja, sobre cierto tema cuatro y un tal artículo veinte. Deduje que el Conrado preparaba oposiciones. Este es el bote salvavidas al que se aferran muchos náufragos en el proceloso mar que es el mercado laboral español. Maravillado, fui incapaz de regresar a mi sitio y crucé el mostrador de préstamos, que separa la sala general de la sala infantil.
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Ilustración del libro original de Matilda, obra de Quentin Blake. 
Para distraerme busqué un ejemplar del que quizá es mi libro infantil favorito: Matilda. En una de las ilustraciones la señorita Trunchbull practica el lanzamiento de martillo con un pobre niño y en otra le hace comer pastel hasta reventar, pero el pequeño héroe no claudica y da fin con una tarta ciclópea. Esto alejó un poco el recuerdo del Conrado, que por supuesto ni me reconoció. Todavía mientras escribo me hago una última pregunta, porque, ¿quién podría imaginar a un quinceañero más duro que el pedernal, con los nudillos curtidos de laceraciones, que ya se había estrenado con las chicas del barrio a las que seducía gracias a su pose de chico malo, preparando veinte años después oposiciones a técnico o auxiliar o técnico auxiliar de la Junta? La vida gasta estas guasas. Cuando eres joven te hace creer que puedes, como en el poema de Gil de Biedma, que viniste a llevarte la vida por delante. Así que subes la montaña, a ritmo, saltando sobre las piedras. Y cuando llegas a la cima, si la vida está de lunes, capirotazo, efecto Sísifo y vuelta a empezar. Si quieres, porque las piernas pesan y cada vez saltas menos. El Conrado volvía a subir la montaña — ¿llegó a la cúspide o acabó otra vez rodando ladera abajo? —, a ese trajinar fatigante y yo regresé al mundo acuático de mis libros, porque ese niño sentado en la silla de enea, fingiendo escribir, distinto en sus huesos, en esencia es el mismo. Sigue temiendo que otro niño más descarado le arrebate el cuaderno y se ría de sus garabatos.