miércoles, 26 de abril de 2017

PRÓXIMAS LECTURAS

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Quería haber escrito un post el día del libro. En mi ciudad, coincidió con el día de la bicicleta. Mil trescientos ciclistas se concentraron en la plaza de España y me pregunto cómo quedaría eso de reunir a mil y pico lectores, libro en mano, dejarlos su media horita hasta tenerlos a lo suyo, nada de poses y hacer una foto sobrevolando sus cabezas. Siento la tentación de buscar en Google por alguien ha podido llevar esta idea a buen puerto, pero recuerdo que tengo roto el ordenador desde hace días. Dispongo de parches, entre ellos un viejo portátil al que le conecto un teclado USB, con conexión poco fiable y la tablet de mis hijos, copada por ese demonio con cuerpo de ratón, Mickey Mouse. Y el móvil, mi criptonita, lo escondo lejos. Instalé el Whatsapp, sí, es una de mis pocas concesiones. Quité Telecinco de mi televisor, me he perdido un Mundial y una Eurocopa, creo, por esto, pero ahí está el dichoso icono siempre encendido. No le hago caso, pero insiste. Y bueno, pues leí algunas recomendaciones lectoras de blogs amigos, así para poner los dientes largos y yo, después de pensar, me decidí por hablar de un puñado de libros cuya lectura no admite más demora.

Sé que es una falta de respeto enrollarme tanto. Mañana (hoy) me entregan el ordenador reparado, cien euritos la tajada. El disco duro estaba hecho bicarbonato y no quiero hacer un símil con mi cerebro. Voy, voy. Estas son las lecturas que he elegido para los próximos meses, sin cortar con las previsibles interferencias. No habrá reseña porque las conocéis de sobra o sí, quién sabe.

Las letras hispánicas merecen su puesto de privilegio, entre tanta novela —buena o no— traducida. Y tengo un clásico pendiente, al que a lo largo de varios años le he ido dando mordidas, pero luego siempre se interpone algún otro y es un quiero y no puedo. Se trata de Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos: ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. Ahí es nada. Yo creo que las ganas me han venido después de leer el último libro de Luis Landero y me he dicho: vamos con una novela picaresca de bellota, para quitarme el gusto a recebo. De este libro, siempre que lo abro, al azar, saco una pulpa jugosísima. No me quiero imaginar cuando lo lea completo. Veamos, por ejemplo: Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una dellas peligrara Narciso más que en la fuente. O esta otra, las hay por miles: Dicen que era de muy buena cepa, y, según él bebía, es cosa para creer.  

Con Guerra y paz, de momento no me atrevo, pero sí creo que es la hora de los Hermanos Karamazov. Tenía en casa un ejemplar que compré en un mercadillo con la letra tan pequeña que me lloraban los ojos, pero ya he conseguido una edición para ebook y no habrá quien me pare. De momento, he aprendido lo que es un startsy y cómo hacer un intrincado pero eficaz retrato psicológico de tres hermanos y un padre rufián. Cuando acabe, podré añadir una medalla a mi currículum lector, de las buenas, de las que pesan, tipo estrella de oro, cruz de hierro o laureada.

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Aunque padezco cierto desorden alimentario y como dicen en mi pueblo, ante una biblioteca o librería, me “ansío”, no me considero un mero devorador de libros. Trato de que las lecturas fermenten en mi cabeza y formen parte incluso de mi espíritu. Investigo después, reflexiono sobre lo leído. Lo comparto aquí. Por mi naturaleza impresionable, suelo implicarme demasiado, mis sueños se pueblan de personajes literarios. Mis reflexiones, parte de mis actos, también.

Necesito sentimientos exacerbados, dramatismo y brumosas pasiones, ver su daga que se interpone en el destino de los hombres. Las historias del gato y el ratón, a veces me aburren. Por eso tengo Bodas de sangre en mente, en una edición crítica, con todo su arsenal simbólico a mi disposición para que lo vaya desentrañando. Otro libro al que le he dedicado más de un restregón, pero sin entregarme hasta el final y conozco bien. Así que, en el caso de llegar hasta aquí estaréis pensando que asumo pocos riesgos, en lenguaje tipo coaching, que “no salgo de mi zona de confort”.

Bueno, pues un poco jugando al bingo, un poco psicoanalizándome, he puesto delante de la fila algunas de las recomendaciones que en los últimos meses he ido anotando de unos blogs y otros. Aquí puedo mudar en cualquier momento, por lo menos uno ya está encargado. El primero, que además estuve leyendo ayer, es una antología de Gloria Fuertes editada con gusto sublime por Blackie Books con el título de El libro de Gloria Fuertes. De verdad, pinchad aquí para ver el libro, aunque aviso de que habrá más de un flechazo. 

Tantas reseñas de Delphine de Vigan y tanto ponerla cerquita del Olimpo que no he podido resistirme. Me he decidido, eso sí, por su última novela Basada en hechos reales, por ese aroma a thriller literario entre dos aguas, realidad y ficción, frontera difusa que como lector me agrada. El caso es que no leo mucha novela negra, pero el hecho de que una tal Ottesa Moshfegh pase, en Mi nombre era Eileen, por pupila de Jim Thompson, me pone. ¿Inteligencia salvaje, pose punk? A ver si es verdad…

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Con esto tengo más que suficiente, de momento. De hecho, ya me he puesto a la tarea. Pero como soy de picar entre horas y por eso a pesar del Crossfit sigue el flotador perenne, he conseguido en ebook una descomunal Antología del cuento norteamericano. Richard Ford ha reunido más de sesenta relatos en mil y pico páginas. En nómina, nada menos que Carver, Cheever, Updike, Faulkner, el mismo Ford, Roth, Poe, Melville (si, el cuento incluido es el de Bartleby), y tantos primeras espadas que me están entrando escalofríos… 

lunes, 17 de abril de 2017

"Un par de ojos azules" de Thomas Hardy

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Thomas Hardy (1840-1928) publicó su primera novela en 1871, un año después de la muerte de Dickens. Durante un cuarto de siglo dio al imprenta hasta catorce, con relativo éxito; esta que acabo de leer, Un par de ojos azules (Ediciones del Bronce, 2001), es su tercera novela —la primera que firmó con su nombre real— y la que acabó por consolidarle como escritor. En los años finales viró hacia el teatro y la poesía. Compuso un largo poema épico, Los Dinastas, que le hizo entrar en alguna quiniela para el Nobel y dejó unas memorias inconclusas. Al buscar información sobre su biografía, me ha sorprendido encontrar grandes paralelismos en Un par de ojos azules y esto explica el subjetivismo que desprende la novela en algunos momentos. Thomas Hardy era hijo de un mampostero y su madre ejerció como cocinera y sirvienta. Con algo más de veinte años, se trasladó desde su Dorchester natal a Londres, para aprender el oficio de arquitecto: igual que Stephen, el amante despechado de Un par de ojos azules. Con el tiempo, lo dejaría todo por la literatura, al parecer alentado por su primera esposa, Emma Lavinia Gifford, con la que no tuvo hijos y que pudo servir de modelo para construir el personaje de Elfride, la heroína de Un par de ojos azules. Sin embargo, su mayor éxito fue con Jude el oscuro (1895), que también le granjeó fuertes críticas, especialmente entre los sectores más conservadores de la sociedad británica. Tanto que Hardy dejó de lado su faceta de novelista y regresó a su vocación de arquitecto y restaurador, publicando poesía esporádicamente.

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Thomas Hardy (foto: anglotopia)
La historia de Un par de ojos azules es bastante convencional. Se trata de un triángulo amoroso, con la joven Elfride Swancourt en el vértice y sus dos enamorados, el bisoño Stephen Smith, un aprendiz de arquitecto de origen humilde y Henry Knight, un hombre maduro (así es descrito, aunque tiene treinta y tantos) que realiza caústicas reseñas en una prestigiosa revista literaria de Londres.

Al principio, Elfride se enamora de Smith. Ambos viven con inocencia una pasión primeriza, que les desborda, pero que es desbaratada por el clasismo del padre de Elfride, que a pesar de sentir afecto por el joven, se niega en redondo a autorizar la boda por los orígenes plebeyos del muchacho. Es uno de los muchos pellizcos críticos de Hardy, el cual no parece muy a favor del matrimonio de conveniencia. Entonces Stephen Smith decide buscar fortuna en la India y regresar con buenas credenciales (y la billetera bien llena), lo que sin duda haría ablandarse al párroco Swancourt (guía de almas, pero que es presentado como un materialista de tomo y lomo, nueva puya de Hardy, está vez al estamento eclesiástico) su decisión.

Pero entremedias se interpone la fatalidad. El destino, cruel, inmisericorde. Y es que Elfride conoce a Henry Knight y cae rendida ante su inteligencia sin fisuras. Si Elfride se enamora al principio del joven Stephen, torpe, impulsivo, autodidacta, que la trata con devoción admirativa y ante el que se ve dominadora, ahora resulta que se vuelve la esclava sumisa de Knight. Curioso el volteo de un personaje que decide vivir sometida a un inteligente hombre maduro, que la trata con displicencia a ser la reina de un bisoño. En cualquier caso, el tal Knight es un tanto timorato en cuestiones amorosas y se deja enredar.

Para complicar el ovillo, Smith y Knight son amigos. De hecho, Knight fue el mentor de Stephen, y el muchacho lo admira sin reservas. Pero, por crueldades de la vida, desconocen que se han enamorado de la misma mujer. Como se va viendo, cualquier lector con callo podrá intuir los diferentes giros del argumento. No en vano estas historias amorosas se han contado infinidad de veces, con variaciones. En modo alguno rechazo el folletín, muchas grandísimas novelas están construidas sobre esta urdimbre. Y está el estilo de Hardy y ciertos temas tangenciales que hacen Un par de ojos azules una lectura muy provechosa, que he disfrutado y eso que es considerada una obra “menor”, aunque no por Proust, que la consideraba una de sus novelas favoritas.

Las descripciones del entorno donde se desarrollan los momentos álgidos de la novela, además de magníficas, están cargadas de simbolismo. Hay algo en el paisaje que anticipa la tragedia, que acompaña los pensamientos y conflictos internos de los personajes. Hay acantilados abruptos y tormentas, una naturaleza salvaje, indomable, como las pasiones que se apoderan de los hombres y mujeres, que convierten el éxtasis del amor en zozobra constante. El giro dramático del final también sorprenderá, aunque hay una negrura que parece anticiparlo y está jalonado por varios momentos de densa literatura gótica.

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Vista espectacular de los acantilados de Dover (foto: dogsharon.wordpress.com)
Una de las cosas que más me ha gustado es la construcción psicológica de Elfride. Encierra tantas paradojas, es voluble y no sé si aquí Hardy quiere establecer cierto paradigma de la naturaleza femenina, tan común en su tiempo. En cualquier caso, padece, como toda heroína romántica. Porque Stephen y Knight, ambos, proyectan en ella sus propios deseos, sus miedos, sus anhelos. Le privan de cambiar de opinión, blanden sobre ella el dedo acusatorio. La convierten en fustigadora de sus sentimientos, cuando son ellos los que se dejan anegar por las pasiones. Incluso Knight, que al principio representa el amor racional, frente al pasional de Stephen, acaba cayendo en su propia trampa, dando salida a angustias profundas y si sigo contando desvelo demasiado de la trama, así que paro aquí. Gran novela de Hardy, autor al que sin duda volveré.