sábado, 1 de septiembre de 2018

LECTURAS AL FRESCO

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Vecinos tomando el fresco (foto: CLM24.es)
Un verano benigno en la llanura, tan solo una ola de calor a finales de julio, lo que se agradece. Han sido muchas las noches propicias para leer, con el fresquito. Aquí en La Mancha (en Andalucía también) existe una costumbre, ya agonizante, la de “tomar el fresco”. Consiste en salir con sillas a la puerta de las casas aprovechando la brisilla y montar la tertulia hasta la madrugada, dormitar u observar a los viandantes, ignorando el televisor y otros inventos del diablo. Ya es algo mítico, el corrillo de mayores comiendo pipas y las abuelas en sus tumbonas, algunas roncando. Luego, al romper el alba, las mismas señoras con escoba y regadera dejaban la acera impoluta. Igualito que la zona residencial de la costa donde he pasado unos días esta semana, regada de orín y excrementos de perro. Pero en fin, en la soledad de mi patio, junto al ronroneo del aire acondicionado del vecino he podido disfrutar de buenas lecturas que os resumo por si alguna os abre el apetito.

Dos libros de relatos buenísimos, Guadalajara de Quim Monzó y Siete casas vacías de Samanta Schweblin. Entre ellos hay diferencias, pero también puntos en común. Quim Monzó es uno de los grandes maestros del relato corto, mientras Schweblin en este libro ejerce casi de debutante, aunque con el IV Premio Internacional Narrativa Breve Ribera del Duero bajo el brazo. Coinciden en un estilo sencillo, nada preciosista, sin ampulosidades y preciso como un bisturí en según qué manos.


Guadalajara se divide en cinco partes, con un total de catorce relatos. Son historias ingeniosas, donde la imaginación de Monzó se despliega en toda su magnitud. Navegan entre el surrealismo y lo absurdo, hay un sin sentido mucho más reconfortante que el de la vida real e ironía a raudales, como no. Me gusta la reescritura de ciertos mitos literarios, como el justiciero Robin Hood que lo pone todo patas arriba y es que robar a los ricos para dar a los pobres no siempre es la solución. Monzó le da la vuelta como un calcetín a la historia de Gregor Samsa, cuando una cucaracha despierta convertida en un niño gordo y torpón. Además, ¿y si los troyanos no se hubieran tragado el farol? ¿Qué habría sido de Ulises y compañía, escondidos en las tripas de aquel artefacto inverosímil? Lo mismo pasa con Guillermo Tell, porque, ¿alguien ha pensado en el pobre muchacho? Son algunos apuntes de un libro que recomiendo. Un entrante genial, el relato más largo, nos describe, desde el punto de vista infantil, la peculiar tradición de una familia que cercena el dedo de sus hijos varones al llegar a los nueve años. Mención aparte los aderezos más sofisticados de Monzó, a lo Borges, como el cuento del escritor que descubre en su propia obra la predicción de su futuro.

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En los relatos de Schweblin hay menos humor, por no decir ninguno. Porque aunque contiene situaciones que pueden parecer surrealistas, incluso de risa, siempre persiste una sensación incómoda, inquietante y en fin, no se queda uno nada tranquilo al acabar los siete relatos que componen este libro, mucho menos mientras los está leyendo. Oscuros, con un tono onírico, sí, pero bordeando el mal sueño, la pesadilla. Como digo, sobrevuela una sensación de amenaza, los personajes son seres obsesivos, enajenados, vulnerables en su fragilidad mental. Con esta atmósfera irreal, nada es lo que parece ser e incluso la memoria se torna cenagosa. Quizá el libro de Schweblin sea bastante representativo de nuestro tiempo, donde aunque todo va mejor que nunca, no deja de haber cierta sensación de castillo de naipes, de desajuste en toda esa exhibición de felicidad y opulencia que nos inunda.

El plato fuerte de este verano, en lo que a dimensiones se refiere, ha sido Vida de un escritor de Gay Talese. Lo encontré en la librería del hotel de vacaciones donde estuve con mi familia en julio y decidí hacer un intercambio: dejé un libro de Alice Munro que no me hacía ni fu ni fa y eché este en mi maleta. Se trata de un buen tocho, donde Talese intercala con habilidad detalles de su vida con algunos de sus proyectos inacabados. Gay Talese (1932) es un periodista y escritor de origen italiano, según Wikipedia el padre del nuevo periodismo, junto a Tom Wolfe.

El inicio es insólito, Talese escoge uno de los puntos álgidos del drama deportivo: la final de  un mundial de fútbol que después de la prórroga se decide a los penaltis. Los equipos en liza son las selecciones femeninas de China y EEUU, frente a frente dos potencias rivales en lo económico y político. Alguien tiene que fallar, errar el tiro y esa persona, una joven china, es la historia que busca el veterano periodista. Y es que Talese engarza así con sus inicios y una constante en su carrera: en un país obsesionado por el éxito, él se dirige a los márgenes, al que pierde, al loser. Pensando en paralelismos, en España sería un periodismo centrado en aquella persona honrada, noble, que vive sin pisar a nadie, que no se aprovecha del sistema y es incapaz de aceptar un sobre o un cargo a dedo. Supongo que ese nuevo periodismo en nuestro país, que no ponga el foco en el trepa, el ladrón o el mentiroso, en resumen, que margine al pícaro, está por hacer.

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Las historias de perdedores se suceden en este libro. Un edificio marcado con la equis del fracaso, donde todos los restaurantes que abren sus puertas allí, uno tras otro, caen en bancarrota. Talese, asiduo de la buena mesa, ya que su madre rehuía los fogones, asiste como testigo a una debacle que se alarga décadas. Más perdedores, el infausto caso de John y Lorena Bobbit, sí, la mujer que cercenó el pene a su marido. Al final, ambos fueron vapuleados y exprimidos por la máquina mediática. La lucha por los derechos civiles en Alabama ocupa una parte considerable del libro, basada, eso sí, en las experiencias personales del periodista y que nadie espere una lectura tan de nuestro tiempo, esto es, sin matices. Los hay, porque entre lo que nos cuentan, lo que vemos y lo que pasa hay infinidad de zonas de sombra.

Talese es un fino observador, que escucha sin mediar, deja que sus entrevistados se explayen y compone su historia sin el aderezo del melodrama. Me ha gustado mucho el relato que hace de una breve visita a la ciudad natal de su padre en Calabria, una aldea polvorienta, sumida en el subdesarrollo, donde sus familiares visten los vestidos pasados de moda que su pariente, sastre neoyorkino, les envía puntualmente. Talese menciona cómo aprendió su oficio y no fue en la universidad, fue escuchando a las clientas de su madre, modista, que vertían sobre ella sus penas. Como niño, el se dedicaba a escuchar detrás del mostrador y callar, así aprendió el oficio del periodismo y el de la escritura. Recuerdo una entrevista de Álvaro Pombo donde mencionaba una anécdota similar, ¿cómo se forjarán los futuros escritores, ahora que todos estamos metidos en nuestra burbuja, sin hablar cara a cara los unos con los otros?

Me extiendo mucho, pero claro, el libro da para ello. A ratos puede ser tedioso por lo que se explaya en ciertas cuestiones, esto es personal. Por ejemplo, a mí el tema de los restaurantes me hartó un poco y alguna página me comí. Pero en general, fue una lectura muy provechosa.

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Más cosas, por fin le tocó el turno a la novela de una amiga bloguera, Ana Madrigal Muñoz. Se trata de una escritora aficionada, pero que ha sido capaz de levantar un artefacto bien acabado, muy digno y entretenido de leer. Además, lo ha hecho siendo fiel a sí misma. Porque a Ana le encanta la literatura del diecinueve, Bécquer, las Bronte, Thomas Hardy y demás. Así que ese es el marco temporal, temático y estilístico de su novela. En Despierta el alma dormida, se intercala el relato de tres personajes. Uno es Elvira, una mujer de clase alta que al casarse queda sometida a los designios de su marido. Este se traslada a un área aislada del norte para supervisar la construcción de un pantano, en severo contraste con el Madrid de 1873 donde vivía Elvira con su familia. Lejos de su entorno y acuciada por su hipersensibilidad, cae en el pozo de la depresión, en el que se hunde cada vez más. Elvira escribe una carta a su hijo, del que ha sido separada por algún motivo. Años después, el doctor Carlos es nombrado responsable de un hospital para enfermos mentales donde está recluida Elvira, ahora la señora Roldán. La anciana, catatónica, permanece muerta en vida y el joven doctor tratará de despertar su alma a través de lo que él llama “sesiones de recuerdo”. Estas sesiones incluyen la lectura de una serie de cartas que su hijo, músico profesional, escribe a su madre a lo largo de los años, desde diversos puntos de Europa, prometiéndole una visita que nunca llega. Así se entrelazan las tres historias, hasta el dramático final, como mandan los cánones. Con un estilo refinado, elegante, la ambientación nos mete de lleno en la época. La construcción psicológica de los personajes es notable, quizá falta algo de negrura, pero entonces la historia viraría a lo gótico y se ve que la autora no va por ahí.

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Y como todo su verano tiene su dosis de novela negra, pues he seguido el hilo de Carlos Zanón, un ejemplar dedicado de Tarde, mal y nunca. Es su segunda novela, pero ya apunta las constantes de su estilo. Una historia de perdedores, un triángulo amoroso infernal que comienza sin tonterías: a primera hora de la mañana, en un bar de barrio, Epi decide reventar la cabeza de el hasta entonces su amigo inseparable Tanveer Hussein, al más puro estilo Ramón Mercader. Recuerdo que Zanón contó en el encuentro que tuvimos con él los motivos de tan truculento inicio. El escritor pensó en un arma de fuego, un revolver y al preguntar a un veterano de la novela negra como es Andreu Martín, este comenzó a asediarle con detalles técnicos: si había decidido el calibre, las balas que llevaría el cargador, si el arma sería automática o semiautomática o un revólver, esas cosas y Zanón se agobio y tiró por la tremenda: el arma del crimen sería un martillo. Después de ese inicio fulgurante, queda por saber los motivos, la novela se sumerge en la amistad tóxica y la personalidad psicótiva de Tanveer y las secuelas de matar a alguien a sangre fría, porque siempre hay un después. Es una novela más bien breve, lástima el tamaño de letra tipo chuletas de mi edición de bolsillo, no entiendo cómo no cuidan estas cosas. Transcurre como un rayo y te engancha de principio a fin, es sórdida, pero también poética y con una buena sarta de frases lapidarias que al ser lectura de piscina pues uno no se entretiene en subrayar. Nada complaciente ni políticamente correcta: la gente es mala, muchas veces, porque quiere, porque elige ese camino que siempre es el más fácil o porque algo le empuja, con fatalidad, al lado oscuro.

Y bueno, llega septiembre. Aquí en la llanura antes era un cambio tremendo, porque con la vendimia se llenaba la plaza de forasteros, de acentos nuevos y por cierto casi siempre había algún crimen o historia truculenta, pero la mecanización de la viña con el emparrado ha reducido el impacto. Huele a mosto, casi seguido vendrá la pestilencia de la industria alcoholera y habrá moscas de las cojoneras, muchas. Así que las siguientes lecturas, serán de puertas adentro.