viernes, 19 de julio de 2019

DESCONEXIÓN DE VERANO

Off The Hook Photographic Print by Rangizzz at AllPosters.com
Las vacaciones existen para desconectar. Dicen que los romanos fueron los primeros (como en casi todo) y en la época del romanticismo las clases adineradas hacían su grand tour en busca de lo pintoresco. Solo con la llegada del Estado controlador, primero el totalitario y luego el de bienestar, nació el turismo masivo. Parece mentira que algo tan ubicuo sea tan reciente. En cualquier caso, la palabra desconexión a día de hoy implicaría más bien una acción radical: desactivar los datos del teléfono móvil y guardar el módem en su caja. Estamos tan enganchados que un apagón masivo y prolongado pondría el mundo patas arriba.

Durante un tiempo me creí inmune, porque no tengo Facebook ni uso Whatsapp más que lo imprescindible, por supuesto huyo de los llamados “grupos”. Puede que esto haya hecho resentirse mi faceta socializadora, que como introvertido tampoco era gran cosa. Sin embargo, las tecnologías de la información y la comunicación son un agujero negro, ni la luz escapa a su influencia gravitaría. Por eso, me veo pegado al ordenador demasiado a menudo y más cuando acaba el curso y dispongo de tiempo “libre”. Hago búsquedas constantes, sobre todo, de Gogol a los sinápsidos, de amplificadores a válvulas a portátiles full HD, leo la prensa, visito blogs, veo vídeos (en inglés, mejor). Soy tan inquieto que recibo todos los días un aluvión, una riada. Y me pregunto cuánto queda de tanto, porque una mente humana no es un pozo sin fondo. Menos una inteligencia promedio como la mía. Esto me angustia, las horas que paso conectado y recibiendo conocimiento, gran parte del cual se evapora al instante (llevo un cuaderno para apuntar algunas cosas y es aterrador releer y comprobar que apenas recuerdas haberlo hecho).

Me siento una pastilla efervescente. Siempre en agitación, pero menguando cada vez más. Por eso voy a aplicar la palabra desconexión en un sentido más exacto y justo: reduciré la dosis. No toda, porque sería un fracaso. Tengo alicientes para poder pasar el trance, solo hay que levantar la vista de la pantalla. Volveré en septiembre para seguir compartiendo lecturas y entre tanto, os deseo que paséis un feliz verano (desconectados).

lunes, 15 de julio de 2019

"Solo hay una clase de monos que estornudan" de Ezequías Blanco


El mundo del relato corto en realidad es galaxia, universo si se quiere. Así que cuando leo sobre talleres literarios, me parece que el profesor debe verse en serios aprietos y al final tendrá que acotar. No vas a decir a tus alumnos que vale todo, pero como lector, me cuesta encontrar semejanzas entre, por ejemplo, Ignacio Aldecoa y Lydia Davis. Quitando la extensión, claro, el cerco de palabras (¿diez?, ¿diez mil?). Bien, con estas líneas no pretendía pontificar, tan solo introducir el libro de Ezequías Blanco. Un libro de relatos o cuentos, mejor dicho, porque algunos títulos tienen ese sabor añejo. Un tanto alejado de otros autores que en la actualidad copan el género en España, no encajaría este libro en, por ejemplo, Páginas de Espuma. 

He entrado en Solo hay una clase de monos que estornudan con pase VIP, me lo proporcionó Juan Carlos Galán, que con su sapiencia habitual se hace cargo del prólogo. Quizá es un orgullo un tanto infantil decir: conozco al prologuista. Yo soy un átomo, invisible, pero necesario: leo y comparto. Sin este entramado, que forman otros millones como yo, se acaba el mundo.

El libro está editado con gran calidad por Huerga y Fierro y se compone de 19 historias de brevedad variable. Por los relatos de Ezequías Blanco figuran personajes estrafalarios. Su ubicación es imprecisa, pero se mueven entre lo rural y lo urbano, entre el mundo tradicional y la modernidad incipiente. Conozco ese ambiente, porque lo he vivido. En mi infancia de los ochenta, en un pueblo con aspiraciones urbanas, había calles de tierra, oficios antiguos entonando el canto del cisne, excéntricos y locos fuera del alcance de los servicios sociales y en definitiva, quedaba todavía rastro del mundo rural arcaico, al que se iba solapando (y destruyendo) la modernidad globalizadora. Así, los relatos de Solo hay una clase de monos que estornudan tienen protagonistas de nombres imposibles (mi favorito, con diferencia, Acacio), a los que les suceden todo tipo de sucesos hilarantes, a veces, surrealistas, otros. El léxico, ya lo dice Juan Carlos en su prólogo, es rico, variado, con esa impronta extinta que en los pueblos manejamos aún, como herencia inmaterial.

Las historias se desarrollan con requiebros. De lo lírico a lo escatológico. De lo profundo a lo banal. Hay costumbrismo y también tremendismo. Otro “ismo”: realismo, pero con espacio para lo fantástico (o fantasmagórico). Humor, retranca que roza la mala leche, pero con una mirada no exenta de compasión hacia personajes solitarios, locos, débiles, pobres, siempre nadando en los márgenes. Si se suma todo, al final, que es cuando se aprecia el bouquet de un libro, tenemos un título notable. No apto para todos los gustos, claro, habrá quien se sienta desconcertado por las tramas ligeras que Ezequías intercala con otras de más calado reflexivo. Es muy gracioso el Cristo atrapado entre todo el material de almacén de un instituto, clamando para que lo liberen de aquella cruz (y de la burocracia). Lo es menos el final de Aniano, vendedor de zapatillas de segunda mano. El título da a entender una historia humorística, pero es una pista falsa. Lo mismo ocurre con La romería de los cabrones. Ya se lo olían las cotorras es otro despliegue de ocurrencias, con lirismo de alto nivel entreverado.

En definitiva, un libro de relatos con personalidad, el sello propio que imprime Ezequías Blanco escribiendo en deliciosa anarquía. 

Enlace a la editorial, pinchando aquí.

miércoles, 10 de julio de 2019

"Los ejércitos" de Evelio Rosero

Los ejércitos | Planeta de Libros

Ismael Pasos, un viejo profesor jubilado, mata el tiempo de retiro en su huerto, recolectando naranjos mientras contempla a su vecina Geraldina, que toma el sol desnuda. Su marido rasguea una guitarra. El tiempo transcurre con placidez tropical, envuelto en una gasa de ensoñación. La prosa de Evelio Rosero es dulce y carnosa como una papaya. Te adormece, deleita con su masaje de palabras encadenadas.
La mujer del brasilero, la esbelta Geraldina, buscaba el calor en su terraza, completamente desnuda, tumbada bocabajo en la roja colcha floreada. A su lado, a la sombra refrescante de una ceiba, las manos enormes del brasilero merodeaban sabias por su guitarra, y su voz se elevaba, plácida y persistente, entre la risa dulce de las guacamayas; así avanzaban las horas en su terraza, de sol y de música.
La novela atrapa por su sensualidad:
Geraldina lanzó una risotada: era una bandada de palomas explotando intempestiva a la orilla del muro (…) No percibía todavía que toda mi nariz y mi espíritu entero se dilataban absorbiendo las emanaciones de su cuerpo, mezcla de jabón y sudor y piel y hueso recóndito. Tenía en sus manos la naranja y la desgajaba. Se llevó al fin un gajo a la boca, lo lamió un segundo, lo engulló con fruición, lo mordía y las gotas luminosas resbalaban por su labio.
Me veo ante un tratado de estética, una alabanza a la contemplación de lo bello. Esos dardos efímeros que nos enardecen, estimulantes y que cada vez paladeamos con menos frecuencia porque la burbuja tecnológica teje su trampa con nuestro consentimiento. Pero de eso está hecha la buena vida, de fragmentos de luz, de anhelos y dejar la miel siempre en los labios. 

Sin embargo, en el pacífico San José, encajado entre la montaña y la selva, han pasado cosas. Rosero lo recuerda, como un hueso duro que rompe el diente al morder la fruta. Hay desaparecidos. Hay restos de pólvora, aquí y allá. La novela entonces, su fresco carnoso y lánguido, se degrada. Aparecen los soldados. La violencia. La guerra. Una guerra desconcertante para un europeo. Porque no es una guerra de ideas, de pérfidos invasores y héroes que defienden su terruño. De católicos contra protestantes, de moros y cristianos. Es un conflicto extraño, que se ceba con los habitantes de San José. Secuestros, extorsiones, corruptelas. El narco, los paramilitares, la guerrilla, el ejército. Los ejércitos. Todos luchan contra todos y los personajes que Evelio Rosero ha ido presentando en las primeras páginas se van deshaciendo, son quebrantados por una violencia irracional, sin sentido. ¿Por qué muere la gente? ¿Por qué mata? La inacción del gobierno es total, el abuso de poder flagrante, una violencia absurda lo anega todo. Rosero no dedica ni una palabra a buscar justificaciones. Toda la novela es un homenaje al pueblo inocente, que padece el exterminio.
Me finjo muerto, me hago el muerto, estoy muerto, no soy un dormido, es en realidad como si mi propio corazón no palpitara, ni siquiera cierro los ojos: los dejo perfectamente abiertos, inmóviles, inmersos en el cielo de nubes arremolinadas, y escucho el ruido de botas, próximo, idéntico al miedo, igual que si desapareciera el aire alrededor.
El anciano esteta, el mirón que se recreaba en una porción de muslo, se encuentra nadando en el infierno. Todo es degradación, puertas cerradas y su mundo se desmorona, mientras recorre San José en busca de su mujer Otilia. Jóvenes armados que le perdonan la vida, su casa se hunde, sus vecinos desaparecen y Geraldina, aquel monumento carnoso, se transforma en una estatua de luto. El final, comparado con el inicio, es de un contraste dañino. Doloroso. Perturbador. Evelio Rosero plantea el absurdo de la guerra con minúsculas, de la que no se habla ni llena los libros de Historia, siendo la que más destruye y lo hace recreando un inicio bello, fulgurante, para lanzarnos al contrapunto, al tenebrismo. Ese impacto, que ilumina al lector como un rayo y adquiere el tono de una pesadilla. De la que no deja despertarnos.

Evelio Rosero nació en Bogotá, Colombia, en 1958. Los ejércitos recibió el II Premio Tusquets Editores de Novela en 2006 y fue elegido por The Independent mejor libro traducido al inglés en 2009. En este vídeo de YouTube el autor explica cómo concibió la novela:

            

martes, 2 de julio de 2019

"De noche, bajo el puente de piedra", de Leo Perutz


De noche, bajo el puente de piedra | El mar de tinta

En pintura, lo "orgánico" se refiere al predominio de la línea curva, a formas abiertas y contornos irregulares, como en la naturaleza. Lo contrario es lo “geométrico”, la línea, el punto, la forma cerrada. La simetría y el orden, en suma. La “plasticidad” es la capacidad expresiva de una obra y guarda relación con sus efectos sensoriales. En cambio, la “rigidez” o “hieratismo” es un problema para una pintura (o escultura), la pura muerte, porque interrumpe el flujo de emociones. Mis lecturas de estética quedan ya muy lejos, pero considero que la obra literaria puede encajarse en estos dos estándares utilizados en las artes plásticas. Leyendo consejos para escribir novelas o relatos sin embarrarse o que se rían de uno, suelo observar el predominio de lo geométrico sobre lo orgánico, de lo rígido sobre lo plástico. El resultado desemboca en un artefacto que apenas genera emociones profundas. Es igual que el galvanismo, que inducía corrientes eléctricas en seres muertos para provocar la ilusión de vida. O el típico respingo al que recurren las malas películas de terror. Pero con De noche, bajo el puente de piedra, he asistido a un despliegue de autenticidad. Una planta trepadora que ha ido floreciendo mientras leía, un libro singular que es plástico, por su riqueza expresiva y es orgánico por su viveza, conjunción de elementos y capacidad de transformación.

Leo Perutz nació en Praga en 1882. Judío de origen sefardí, su apellido deriva de Pérez y la patria de sus antepasados fue Toledo. De Toledo a Praga, dos ciudades con mucho en común, ya que en ellas impera la magia y el misterio desde sus cimientos. Toledo fue corte imperial, desde el reconstruido Alcázar y en Praga, señoreada por su castillo, buscaba la piedra filosofal Rodolfo II, nieto de Carlos V o sobrino de Felipe II si se quiere, Habsburgo excéntrico, en suma. Rodolfo II (1552-1612) es uno de los personajes principales de De noche, bajo el puente de piedra. Su contrapunto es el judío Mordejai Meisl, alguien con la mala suerte de ser perseguido por el dinero. Por mucho que se empeñe en perderlo, se le multiplica en los bolsillos. El libro está compuesto por una serie de historias independientes. Expuestas sin orden cronológico, al principio uno se cree frente a un libro de relatos con coherencia argumental y temporal. Pero haciendo valer ese organicismo al que me refería antes, conforme transcurre la lectura sus personajes e historias se van interconectando, creando vectores y al acabar uno duda y quizá es mejor calificar el artefacto de novela. Una novela que es como un gran jardín botánico, como un cuadro de Arcimboldo, pintor que inmortalizó precisamente a Rodolfo II valiéndose de hortalizas. Todo florece, estalla, se imbrica y se retuerce en este vergel. Lo que parece real se transforma en fantástico. Lo histórico, en legendario y fabuloso. El tono moralizante, en simpática ironía, humor y sarcasmo. Un libro vivaz, cambiante, como la atmósfera en otoño.

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Rodolfo II, según Arcimboldo (Foto: Wikipedia)

El narrador cuenta desde el presente y dice ser estudiante de medicina, pariente lejano del rico Meisl. Desgrana las historias de la Praga de finales del s. XVI, del barrio judío y la corte de Rodolfo II, en la antesala de lo que sería la primera guerra europea, devastadora y ya olvidada, aunque duró nada menos que treinta años. Pero de momento tenemos un emperador atormentado, que vive entre tinieblas, alquimias y fogonazos de lucidez. Una historia de amor cuajada en una hermosa metáfora, que no desvelo. Tenemos esoterismo, alquimia y sentido del humor. El estilo narrativo se basa en el cuento de tradición oral, en la fábula y muchos relatos están aderezados en su conclusión con giros argumentales y sorpresivos.

Algunos apuntes, que no está el verano para hacer reseñas kilométricas: la novela fascinó al puntilloso Borges. La traducción, aplaudida por los que saben, es de Cristina García Ohlrich. Se escribió a lo largo de treinta años de interrupciones nada anodinas: nazismo, exilio, llegada y huida de Israel. Fue publicada por El Aleph en 1988 y recuperada por Libros del Asteroide en 2016.

Solo lamento haberlo leído a sorbos y dejando demasiado espacio, pensando que era un libro de relatos, hasta que la familiaridad de temas, nombres y motivos, me hizo verlo bajo otra perspectiva. No importa, siempre podré regresar a ese tiempo perdido, donde los hombres aún creían en fantasmas y se sentaban al fuego para escuchar historias.

jueves, 20 de junio de 2019

"Americanah" de Chimamanda Ngozi Adichie


Americanah | Katakrak

Chimamanda Ngozi Adichie (Nigeria, 1977) es una estrella global gracias a dos charlas TED: The danger of a single story (2009) y We should all be feminists (2012), base del  libro Todos deberíamos ser feministas. Pero detrás del activismo, hay una mujer sólida no solo en sus convicciones, sino en su narrativa. Como viene siendo habitual —y explica mi persistencia por estos parajes virtuales—, he leído Americanah por influjo de otros blogueros.

Un poco intimidado por sus más de seiscientas páginas, dejé el libro madurar en mi estantería varios meses, hasta que por fin le hinqué el diente y resultó una comida larga, interrumpida por el ajetreo del final de curso, pero nutritiva y de fácil digestión. Siempre que pienso en África irrumpe Hans Rosling. El demógrafo y médico sueco consideraba a África el continente del futuro. Algo así como una China emergente. No puede ser, diréis, ¡África nada menos! Pero vayamos al “factfulness” patentado por Rosling. En 1950 el 22% de la población mundial residía en Europa. En África tan solo el 9%. En 2050 se calcula que en Europa vivirá un exiguo 7% de la humanidad (buena parte de orígenes no europeos) y en África el 25%. Para 2100, si no ha venido el Apocalipsis, cuatro de cada diez personas del planeta Tierra vivirán en África. Una vuelta a la tortilla en toda regla. ¿Cómo descartar a la ligera al continente negro ? Es verdad que se enfrentan a desafíos inmensos. Como todos. Ellos tendrán que lidiar con la superpoblación, proporcionar empleo, educación y sanidad a millones de jóvenes  y nosotros con el envejecimiento y el pago de insostenibles pensiones. ¿Qué os parece más difícil? Es un buen tema para escribir, pero este blog va de libros y no me enredo. Después de leer a Chimamanda, pienso en África también como tierra de oportunidades literarias.  Mientras en el mundo occidental producimos vacuos best-sellers y pesimistas masturbaciones, en Americanah encuentro frescura y novedad. Fuera acartonamiento, fuera narrador omnisciente harto de todo. En palabras de Carlos Pardo en El País: parecería que los escritores llamados poscoloniales (algunos africanos de su generación como Teju Cole o Binyavanga Wainaina) están llamados a dar, desde lo local, la medida del mundo en el que vivimos con una complejidad y lucidez que uno envidia en otros países colonizadores y colonizados a un tiempo, como el nuestro. Como aparezca una legión de Chimamandas y surja a su vez un mercado devorador de estas novelas, veremos como el polo creativo y lector se desplaza al sur.

La historia comienza en el salón de una peluquería. Ifemelu es de Nigeria, pero lleva quince años residiendo en EE.UU. Se prepara para volver a su país y mientras le trenzan el pelo recuerda su adolescencia en Lagos, su llegada  a la tierra de las oportunidades y todo su periplo personal y afectivo. Enseguida aflora el eje vertebrador de la novela, que es su relación con Obinze. Americanah es muchas cosas, entre ellas una historia de amor. Ifemelu es una mujer de carácter, fuerte por definición, rebelde. Tajante en sus opiniones, imperfecta porque casi siempre toma decisiones equivocadas. Como lector tengo mis reservas con ella, me irrita su cinismo y en ocasiones, hipocresía. En una entrevista que adjunto al final, Chimamanda asume que Ifemelu pueda caer mal, pero “nuestros fallos nos hacen más interesantes”.  Como decía, Obinze es el gran amor de Ifemelu, forjado en la adolescencia. Al contrario que Ifemelu, Obinze es un muchacho prudente, amable y que ha idealizado occidente a través de su literatura. Se ha criado con su madre, profesora universitaria y es de clase media (existe clase media en África). Una de las cosas que más agradezco a Chimamanda es el personaje de Obinze. Es un hombre sensible, empático, que tiene que lidiar con sentimientos que le desbordan, con su masculinidad natural y la cultural, que es aprendida. Un hombre donde he podido reconocerme, muy distante del arquetipo de depredador sexual, avaricioso y adicto al trabajo. Eso es un psicópata, no un hombre. A ver si algunas escritoras de moda leen esta novela y se enteran. Bien, pues los caminos de Obinze y Ifemelu se separan de forma traumática y se volverán a unir quince años después. En ese tiempo, la experiencia les han cambiado, Obinze el idealista se ha convertido en especulador inmobiliario y en cuanto a Ifemelu, la cínica, renuncia a un empleo-florero a favor del activismo social. Cosas de la vida.

La separación y reunión posterior de ambos sirve a Chimamanda para crear una historia de inmigración y desarraigo. Ifemelu recala en EE.UU. y Obinze en el Reino Unido. El libro nos cuenta los avatares del choque cultural, muy diferente por tratarse de contextos diferenciados, con lo cual la autora se apunta un tanto al no tratar occidente como un bloque homogéneo. No en vano criticó la "historia única" en su charla de TED. Así, Estados Unidos resulta más escorado hacia el racismo y el Reino Unido es clasista por definición. Sin embargo, la mayor parte de la novela se centra en Ifemelu, que en EE.UU. descubre su negritud. Suena raro, pero así es. La cuestión racial se erige como tema fundamental de Americanah, junto a las entradas del blog que Ifemelu escribe sobre el tema (ser una negra no americana en Estados Unidos), elemento original y de interés porque amplia los límites de la novela y los lleva hacia el ensayo, pero con el tono informal de un blog. En este punto Americanah es también una sátira. El dardo va dirigido a la clase alta y progresista de USA, en la citada entrevista Chimamanda lo reconoce: “con Americanah me reía demasiado de mis propios chistes”, no esconde la pretensión de reírse de todos y de todo, de las extremas dificultades de la élite blanca para tratar las cuestiones de raza sin caer en el farragoso lenguaje neutro y la condescendencia.

Cuando Ifemelu regresa a Nigeria encuentra un país en plena expansión, donde los emprendedores se afanan en ganar dinero fácil sin detenerse en cuestiones éticas. La ideología más exitosa de la historia es el consumismo, extensión del capitalismo global. Nadie se resiste a su influjo, ni en Nigeria, ni en China. Si acaso en las tierras perdidas de la selva, con gente sin manchar como el jefe de Papúa Mundiya Kepanga que recorre el mundo en defensa de los bosques. Así que tenemos un retrato de las miserias de esta nueva élite nigeriana de Lagos, una de las ciudades más pobladas del mundo.  

Quizá exagera Elizabeth Day, de The Guardian cuando afirma: There are some novels that tell a great story and others that make you change the way you look at the world. Chimamanda Ngozi Adichie's Americanah is a book that manages to do both, pero exagerar no es mentir. ¿Significa esto que me ha deslumbrado Americanah por su perfección? No, más bien lo ha hecho por su frescura y al tratar temas novedosos para mí. Por poner algunos peros, el libro está cargado de páginas intrascendentes. El lector perderá la paciencia en algunas partes, que parecen transcripciones caricaturescas de conversaciones reales y tan solo sirven para ahondar en lo que ya se ha dicho. Se repite un poco Chimamanda y le gusta dar vueltas en círculo, es verdad. Quizá sea por sugerencia de sus editores, ya se sabe: libro grande, ande o no ande. En cuanto a su pose crítica, la autora carga las tintas en occidente pero es menos severa en lo que respecta a Nigeria. Y se intuye que la corrupción allí es desaforada. Hace poco vi un documental donde una chica nigeriana, pescadora, se dedicaba al contrabando del diesel para pagarse sus estudios y soñaba con una gran casa, con un coche y criados. El sueño americano. Quizá en futuras novelas Chimamanda se atreva a hurgar en las vísceras de su país, que es parte de África, pero no es toda África, como bien se dice en el libro.  

A pesar de que llevo una hora escribiendo y sudando, porque ya sube el termómetro en el páramo donde vivo, tengo la sensación de que me ha quedado mucho por decir. Hay novelas que no admiten sustitutivos, o se leen con intensidad o no se entienden. Ni hay reseña que las explique.

           

jueves, 13 de junio de 2019

EL SOL DE UN LIBRO



Desde muy pequeño me atrajo el olor a papelería, la piel de membrillo de las gomas de borrar, los lápices afilados de fábrica y el susurro del grafito contra el papel. Me embriagaba todo esto. Pero era una criatura apenas destetada y como no sabía escribir tenía que limitarme a asir el lápiz y garabatear hileras de hormigas, siguiendo la cuadrícula del cuaderno. Así llenaba hojas y hojas.
Una vecina pasó por la puerta de casa de mi abuela con sus hijos y al verme, enfrascado en aquel simulacro de escritura, exclamó con asombro:
— ¿Pero es que sabes escribir, tan chico?
Aquella sensación de crecer dos cuartas se esfumó de golpe, cuando uno de los niños con los que iba señaló:
— ¡Qué va a saber, solo hace pintarrajos!
Me contemplo a mí mismo, minúsculo, sobre una silla con la tapa de enea que había tejido mi abuela, repintada tantas veces que la pintura formaba una costra sobre la madera. Preparando mi trinchera, el túnel que me iba a permitir la evasión durante tantas horas, cuando aprendiera a escribir y sobre todo, leer. El camino no fue fácil y al principio, la lectura tomó una apariencia inútil e incluso amenazadora, cuando los mayores perdían la paciencia conmigo, por no saber junta la "eme" con la "a" y doblaban la cartilla, blandiéndola como si fuera el atizador de la lumbre.
Una vez aprendí a leer, pronto reparé en que los cuentos no se apartaban de la vereda del mundo, porque bajo el envoltorio de gatos parlantes, ogros, niños del tamaño de un garbanzo y cuervos vanidosos, estaba la propia vida. La venganza, la obediencia y el castigo, una moral elemental que borboteaba en el puchero de la fábula, más eficaz que el insulto y el cinturón. Los pobres Hansel y Gretel, abandonados en el bosque por su propio padre (al que instiga una madrastra sin entrañas), pican el cebo de la casita de chocolate y acaban confinados en una jaula, entre los huesos de otros niños para servir de alimento a una bruja caníbal. La ilustración de mi libro mostraba a Hansel exhibiendo un fémur. La arpía asía el hueso pensado que era el brazo del desdichado, frustrada por la falta de engorde. En sueños, veía las manos crispadas de la bruja, hollada de lunares verdes y el hueso con los tendones resecos. La oía reír en mitad de la noche y el crujido de las tejas me parecían sus pisadas.

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Foto: crimereads.com (https://crimereads.com/fairy-tales-are-really-just-hard-boiled-crime-stories/)
La lectura era un consuelo solitario, pero de cuando en cuando se compartía como un pan. Pienso en mi abuela materna, que aprendió siendo adulta, con grandes dificultades y de hecho la escritura nunca llegó a dominarla, su letra se crispaba como la aguja de un sismógrafo ante la menor acometida del subsuelo. A pesar de todo, se hizo una lectora de las buenas y atizó también esta lumbre en mi madre. Durante mucho tiempo, mientras la vista le fue alcanzando, compartí con ella muchos de mis libros. Era una abuela manchega, labradora, no la matriarca de los Panero. Su guerrera era una bata negra, con el mandil de faena encima. Un pelo blanco indómito, como la cresta de un glaciar y grandes gafas de aumento, porque un ojo se le quedó velado cuando daba cal al patio. Tenía una vitalidad extraordinaria, entreverada con mucho genio, todo apretado en apenas un metro cincuenta de estatura. Y es que hay personas que son como volcanes, su fuego y vapor interno, su ánimo sulfuroso, desborda los límites de su cuerpo. Por eso estallan, llameantes, escupen humo, inundan de lava candente a los que le rodean. Por eso, supongo, dejan una huella en el relieve del recuerdo tan perdurable.
El granero esencial para procurar engorde a este afán lector, con un estómago como el mío, sin fin, era la biblioteca. Acudía por las tardes con un amigo, el Conrado. No era ningún arquetipo de grillo lector; de hecho, era tosco y le gustaba mezclar una palabrota con casi cualquier cosa. Así, había que subir la “puta escalera” y el bibliotecario lo era “de los cojones”, porque nos chistaba para que bajáramos la voz, modulada tras muchas tardes lanzando piedras en las eras o meando dentro de las galerías de los grillos para forzarles a salir y espachurrarlos a placer o buscando revistas guarras entre los escombros. Ningún Principito a la vista, pero leíamos. El Conrado aguantó menos que yo, eso sí, porque cuando le salió barba y se le cascó la voz, se decantó por el lado más áspero —la vida es como un papel de lija—. Pero entonces, con sus nueve o diez años disfrutaba con las aventuras de Fray Perico y su borrico. Aquellos libros de Barco de Vapor eran como un azucarillo. Me gustaban también los de terror, la serie de Pesadillas de R.L. Stine y de Ciencia-Ficción, los libros de Mask: ¡bienvenidos al mundo de Mask, donde la ilusión es el arma principal! Como digo, el Conrado dejó de frecuentar aquellos parajes de lectura y yo, pues también crecí y me salió barba, qué remedio. No me fui por el camino de la perdición, pero pisé sus lindes. Me alejé de la biblioteca, aunque no lo suficiente como para dejar de notar su fuerza gravitatoria. Por eso siempre volvía, en principio a estudiar y luego me dedicaba a hacer caricaturas de los bibliotecarios. Era en el fondo un gesto de ternura, aunque estuviera soterrada por instintos de risa fácil.
En plena adolescencia, yo que era un rebelde, también me inclinaba por las monomanías. Lectoras, las hay. Como mi inteligencia es promedio y no he sido nunca prodigio de nada, me incliné por autores digeribles. En realidad, al coincidir con mi apellido y verlo al hombre tan pintado y aventurero en las fotos de la solapa, le cogí aprecio a Alberto Vázquez Figueroa. Sus libros fueron cayendo uno tras otro: eran historias de piratas y había una isla, bautizada “La Tortuga”, donde los bucaneros se pegaban sus orgías de tabaco y ron. Pero quizá es por eso mismo, por el ron y otros bebedizos de los que abusé tan joven que no recuerdo gran cosa. Pues en la biblioteca no les pasó desapercibida mi ansia lectora. Les chocaría, un adolescente grosero, con barba prematura, botas militares y una chupa con cremalleras. Leyendo  libros como el que come panchitos. Por alguna carambola mi pariente lejano, aquel Vázquez, hijo de Vasco o contracción de Velázquez, como el pintor, fue invitado por la biblioteca y aceptó. De paso, claro está. Y me ofrecieron presentar al insigne. Ahí sí que se me vinieron encima los siete infiernos.
¿Cómo hubiera planteado aquella presentación de Vázquez Figueroa de haberla hecho? Porque no la hice. Di alguna larga y finalmente, la providencia me echó la zancadilla. Un pequeño esguince. Y esa misma tarde, salí a bailar el pogo, Nirvana y Smells like teen spirit y al día siguiente el tobillo parecía gangrena. Me siento estúpido y contagioso, un mulato, un albino, un mosquito. Eso cantaba Kurt Cobain, más o menos y así quedé con Vázquez Figueroa y el personal de la biblioteca que intuyó, por error, una lucecita en aquel grosero adolescente. 
El suelo de aquella biblioteca tenía una peculiaridad y es que temblaba como un flan. Debía ser por el parquet sintético, que estaba abombado o quizá por debajo pasaba alguna línea de falla. Si dejabas una botella de agua sobre la mesa podías notar cómo se agitaba y percibir una vibración ante la llegada inminente de alguien. Llevaba mucho sin ir, había vivido fuera varios años, así que al notar la conmoción levanté la cabeza. Un homínido de mi edad, más o menos, acababa de sentarse en el extremo opuesto de la sala. Muy delgado, tenía una de esas calvicies vaporosas y en lugar de pasar la máquina y convertirse en cebolla, por algún tipo de nostalgia, la había dejado flotando sobre el cráneo. Hace poco estaba en el supermercado, en la sección de yogures y me crucé con otro ejemplar de mi quinta, frisando los cuarenta. Nos miramos, tuvo lugar el entrechocar casual para el que nos ha dotado la evolución de un buen arsenal, ya saben, el blanco de los ojos, músculos faciales, etc. Y luego seguimos a lo nuestro, pero en mi cabeza se accionó el mecanismo de reminiscencia. Veinte años atrás, antes de la era digital, decidí grabar con una cámara VHS mis desventuras durante una fiesta de Nochevieja. Apenas media hora, porque me quedé sin batería. Allí estaba aquel cuarentón que en ese momento echaba un lote de ocho yogures desnatados al cesto y seguía pasillo adelante agarrado del brazo de su madre, arrastrando su juventud, que en poco tiempo comenzaría a oler. Pero en mi vídeo había quedado congelado: con pendiente de aro en la oreja izquierda, cantando una canción de Extremoduro y haciendo un amago para enseñar el culo a la cámara. Esta digresión viene a cuento porque la misma conmoción me llegó como un rayo cuando el calvo levantó la vista hacia mí, sorprendiendo mi pose escrutadora y agaché la cabeza, en realidad la agachamos los dos a la vez. Me levanté y fui hacia los expositores de novedades, que casi nunca lo son.
Tuve que pasar por fuerza junto a él y entonces lo reconocí: el Conrado. El suelo volvió a temblar y otro bípedo se sentó a su lado y hablaron algo en voz baja, sobre cierto tema cuatro y un tal artículo veinte. Deduje que el Conrado preparaba oposiciones. Este es el bote salvavidas al que se aferran muchos náufragos en el proceloso mar que es el mercado laboral español. Maravillado, fui incapaz de regresar a mi sitio y crucé el mostrador de préstamos, que separa la sala general de la sala infantil.
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Ilustración del libro original de Matilda, obra de Quentin Blake. 
Para distraerme busqué un ejemplar del que quizá es mi libro infantil favorito: Matilda. En una de las ilustraciones la señorita Trunchbull practica el lanzamiento de martillo con un pobre niño y en otra le hace comer pastel hasta reventar, pero el pequeño héroe no claudica y da fin con una tarta ciclópea. Esto alejó un poco el recuerdo del Conrado, que por supuesto ni me reconoció. Todavía mientras escribo me hago una última pregunta, porque, ¿quién podría imaginar a un quinceañero más duro que el pedernal, con los nudillos curtidos de laceraciones, que ya se había estrenado con las chicas del barrio a las que seducía gracias a su pose de chico malo, preparando veinte años después oposiciones a técnico o auxiliar o técnico auxiliar de la Junta? La vida gasta estas guasas. Cuando eres joven te hace creer que puedes, como en el poema de Gil de Biedma, que viniste a llevarte la vida por delante. Así que subes la montaña, a ritmo, saltando sobre las piedras. Y cuando llegas a la cima, si la vida está de lunes, capirotazo, efecto Sísifo y vuelta a empezar. Si quieres, porque las piernas pesan y cada vez saltas menos. El Conrado volvía a subir la montaña — ¿llegó a la cúspide o acabó otra vez rodando ladera abajo? —, a ese trajinar fatigante y yo regresé al mundo acuático de mis libros, porque ese niño sentado en la silla de enea, fingiendo escribir, distinto en sus huesos, en esencia es el mismo. Sigue temiendo que otro niño más descarado le arrebate el cuaderno y se ría de sus garabatos.

miércoles, 22 de mayo de 2019

"La jungla" de Upton Sinclair

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Qué el libro es un artefacto lúdico, no cabe duda. Que es un instrumento de transmisión del saber, e incluso en ocasiones se eleva al Olimpo de las artes, tampoco. El libro es un arma revolucionaria, ambivalente, porque puede despertar conciencias y también ser una vía de propagación del oscurantismo. El caso que nos ocupa, el de La Jungla de Upton Sinclair, es de esos libros que provoca un seísmo de consideración y contribuye a cambiar el mundo. Para bien, porque hay casos (por ejemplo el de Los protocolos de los sabios de Sión), que lo hacen para mal.

Upton Sinclair (1878-1968) fue un novelista y dramaturgo estadounidense. Aunque de origen más o menos acomodado, los vaivenes de la vida le llevaron a experimentar la severa pobreza de entonces, cuando el Estado social no se conocía ni de oídas, menos en el EE.UU. adalid del capitalismo en su forma más pura. En 1943 ganó el Premio Pulitzer por Los dientes del dragón, ambientada en la Alemania nazi. Su obra es abundante y en ella predomina la temática social. La novela que nos ocupa fue la que le consagró y recibió la aprobación del mismísimo Jack London calificándola de “La cabaña del tío Tom de la esclavitud asalariada”.

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Upton Sinclair (fuente: https://www.thefamouspeople.com/profiles/upton-sinclair-jr-3104.php)

He leído una versión de difusión gratuita editada en México en 2016, en España fue publicada por Capitán Swing con traducción de Antonio Samons y de ahí es la portada que encabeza esta reseña. He podido comparar ambas versiones y aunque se parecen mucho creo que esta última está hecha con mayor esmero. En cualquier caso, la labor de edición no habrá sido fácil, porque La jungla fue sometida a recortes, cambios y otras alteraciones debido a su contenido incendiario.

La novela fue publicada por entregas por el periódico socialista Appeal to reason entre febrero y noviembre de 1905. Este hecho repercute en la obra, que tiene ganchos al final de casi cada capítulo, pasajes prescindibles y una buena carga melodramática.  A Sinclair le encargaron escribir sobre la nueva esclavitud asalariada y las cloacas del sueño americano. Se fue a Packingtown, el barrio donde se ubicaba la industria de la carne en Chicago y durante varias semanas ejerció varios trabajos en los mataderos y plantas de envasado, entrevistó a trabajadores, encargados, policías, políticos, taberneros, prostitutas y reunió información suficiente para crear un fresco impactante y brutal. Para protagonizar La jungla, eligió a una familia de inmigrantes lituanos. Cegados por la propaganda que irradiaba desde EE.UU. hacia el resto del mundo como tierra de libertad y oportunidades, estos humildes campesinos caen en la peor trampa que uno pueda imaginar.

El héroe trágico de esta historia, más vapuleado que Edipo, se llama Jurgis Rudkus, una suerte de Jean Valjean que no tendrá oportunidad alguna para redimirse. Acompañaremos a Jurgis por todos los círculos del infierno del capitalismo. Una jungla, sí, porque solo impera la ley del más fuerte. La búsqueda del máximo beneficio engulle todo y convierte la mano invisible y todas esas ideas de redistribución y riqueza que genera bienestar de arriba abajo en tomaduras de pelo. Los trabajadores son estrujados hasta la muerte, sin consideración. Las leyes son un simple bozal que no impide a estos capitalistas morder hasta dejar mondados a sus obreros. Los votos se venden y compran, los inspectores del gobierno, la policía, nadie resiste la tentación de dejarse corromper. Los obreros son sedados facilitando su acceso al alcohol, el juego y la prostitución. Trampas que les arrebatan lo poco que pueden ahorrar de sus sueldos de hambre. La descripción de unas prácticas abusivas y terribles, te hacen abrir los ojos: de ahí venimos y entiendes las quejas y luchas de aquellos abuelos que ya no están, la situación de millones de trabajadores en China o Bangladesh. ¿Cuánta gente habrá sido inútilmente sacrificada, cuántas vidas arrojadas a esta hidra?

La jungla sigue, recientemente Oxfand denunció las condiciones de explotación laboral en las fábricas de procesado de pollo norteamericanas. Como se puede ver, los trabajadores no son lituanos, pero tampoco parecen WASP.  En EE.UU. cuatro empresas controlan el 60% del mercado  (fuente: https://avicultura.com/oxfam-eeuu-denuncia-las-condiciones-de-trabajo-en-lineas-de-procesamiento-avicola-en-estados-unidos/)
Leyendo La Jungla uno valora de verdad el Estado de bienestar en el que vive, por muy menguado que pueda parecer y quiere, siente que hará lo imposible porque no se lo arrebaten. Para Jurgis sería el paraíso. El capitalismo a principios del siglo XX era un animal salvaje y cruel. La esclavitud de la antigüedad parece a su lado una institución de la beneficencia. Solo el transporte de esclavos desde África es equiparable y de hecho es una de las primeras prácticas capitalistas a escala global.

Para aumentar su impacto y crear un paralelismo evidente, Sinclair describe con profusión las prácticas amorales de la industria de la carne. Sus abusos monopolísticos, el estímulo de la inmigración para mantener los salarios a la baja, el control de las infraestructuras y del poder municipal. Y lo que impactó en su día y más lo hará al lector contemporáneo, el trato  que se inflige a los animales. Jurgis lo dice claramente al contemplar el proceso por primera vez, cuando todavía no sabe que él y toda su familia pasarán también por el matadero: “cómo me alegro de no ser cerdo”. La primera parte muestra, a la vez que los padecimientos de Jurgis y los suyos, que son engañados con una hipoteca, desahuciados y explotados, a los animales hacinados en vagones, las vacas despellejadas vivas, los cerdos tuberculosos que se despiezan y pican para hacer carne envasada, los productos químicos con los que disfrazan la podredumbre, los trabajadores que pierden sus miembros entre las cuchillas de una cadena de montaje que nunca se detiene y convierte todo en salchichas. Máximo beneficio, por encima del consumidor, de los animales y de los trabajadores. Es la jungla.

Sinclair nos muestra el contraste brutal entre unas clases sociales que luchan por malvivir y una reducida élite que gasta el equivalente al sueldo anual de mil obreros en corbatas. ¿Para eso sirve regar con sangre los barrios pobres de Chicago, para que un señor coma con cucharas de plata y luzca un reloj con diamantes incrustados? Sinclair acusa y denuncia la obsesión de los ricos por el lujo y la ostentación, por vivir en palacios, por todo aquello que es superfluo y solo se consigue estrujando a personas y animales sin piedad, sin considerar su coste 

El impacto de la novela fue mayúsculo, sobre todo cuando se encargaron varias investigaciones independientes, una la hizo el propio gobierno y se demostró que Sinclair quizá exageraba y se tomaba sus licencias, pero no era un embustero. Eso sí, no fueron las condiciones miserables de los obreros lo que causó mayor indignación, sino el fraude con el que eran mal alimentadas millones de personas. En la guerra de 1898, entre los soldados americanos hubo más bajas por la comida enlatada que por las balas españolas. Se inició una sucesión de pleitos, debates en el Congreso y el Senado, tiras y afloja, la industria puso toda su maquinaría influyente a trabajar. Como ahora, las grandes empresas controlaban los resortes de la política. Con lo que no contaban era con la difusión internacional del escándalo y el desplome de las exportaciones de carne norteamericana, que constituían más de la mitad de los ingresos del trust. Sumando la presión de la opinión pública a la pérdida de beneficios (dos cosas que meten miedo a los capitalistas porque una puede llevar a la otra), el gobierno de Teddy Roosevelt pudo sacar adelante una ley que regulaba estas prácticas, entre ellas el etiquetado: saber qué comemos, esto que parece tan obvio, en los inicios de la industria alimentaria no lo era. Desterrar los químicos que se demostraban perjudiciales y no usarlos hasta no quedar probada su seguridad, transportar y sacrificar a los animales en condiciones de higiene y salubridad, etc. Sinclair ganó esta batalla, pero no era su principal anhelo y llegó a declarar con amargura: “apunté al corazón del público y accidentalmente lo golpee en el estómago”.

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Viñeta humorística aludiendo a la adulteración de la carne que describe Sinclair en La jungla (fuente: http://www.enhanced-classics.com/blog/the-jungle/) 
Y es que su intención era más ambiciosa. Quería desenmascarar el gran sueño americano, porque el mundo se divide en dos clases: los que lo tienen todo y los demás y promover el socialismo entre los trabajadores para la conquista del poder político. Por eso la novela deriva en su última parte hacia la iluminación de Jurgis cuando descubre el socialismo. El lector asistirá al final a una apología política casi interminable que vista cien años después y con todo lo que pasó en el s. XX, resulta casi ingenua. Un diez por ciento de un libro no desmerece al otro noventa por ciento, pero le baja nota. La jungla, con todas sus limitaciones y ese final tendencioso, es una novela crucial, impactante. Una muestra de cómo un libro puede desenmascarar al impostor, acusar y provocar un maremoto de consecuencias inimaginables. Es una pena no solo que ya no se escriban libros así, sino que no se lean. Quizá el nicho de Sinclair ha sido ocupado por documentales como Food, INC o la serie de The century of the self de Adam Curtis, pero ¿por qué su impacto no es de tanta magnitud? ¿Es que hemos sido definitivamente anestesiados o nos hemos vuelto más cínicos?    

sábado, 20 de abril de 2019

PRIMERAS LECTURAS DE PRIMAVERA



Odio la primavera. Siempre provoca una debacle en mis defensas, todo viene a partir del cambio horario, empiezan los trastornos en el sueño y el vaivén de bajas y altas presiones. En mayo, las nubes de polen me dan la puntilla. Un hipersensible mesetario, ese soy yo, con manos de oso y aspecto de querer ponerse a andar y no parar hasta ver el señor océano, como Forrest Gump. Este año, como novedad, la astenia ha venido acompañada del Atila de las muelas, con su Augmentine arrasando mi flora intestinal y mi dentista cortando, extrayendo, reponiendo y cosiendo. He encontrado algo de alivio en una bolsa de hielo, las noches de La 2 (soy un antiguo, veo la tele) y una pila de libros, todos hábitos de solitario. Al ponerme a escribir, se me cruzaban los dos cables pelados que tengo, dicen en mi pueblo que cuando un tonto coge una linde, la linde se acaba y el tonto sigue. Tengo este espacio y no me gusta verlo desangelado, bastante copado está el cementerio bloguero para admitir mis restos. Así que, después de esta introducción lamentosa y lamentable, comparto mis mejores lecturas de primavera.

La niña de la jungla, de Sabine Kuegler (1972), fue publicada en 2005. Llegué a la novela tras medio ver una película basada en ella, aunque el tono ingenuo y optimista del libro se troca por otro más oscuro y amenazador. Tuve que comprarlo de segunda mano, porque está descatalogado. En lo literario, no es gran cosa. La prosa en sencilla, casi simple y tiene poca hondura. Pero como testimonio, es un libro valioso. 

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Sabine Kuegler nació en Nepal y con siete años, junto a sus hermanos de cinco y nueve y sus padres, se fue a vivir a lo profundo de la selva de Papúa Occidental, en la isla de Nueva Guinea. Allí pasó su infancia y adolescencia. Lejos de la civilización, los hermanos Kuegler convivieron con los fayu, un pueblo de cazadores recolectores. Los fayu desconocen el metal, la agricultura y viven como hace quince mil años. En su aislamiento, han  caído en una espiral violenta alimentada por una cultura de la venganza que los Kuegler, como buenos misioneros, pretenden aplacar con su ejemplo cristiano. El libro tiene ese punto moralizante, que a mí no me molesta. El contacto entre culturas ha podido ser catastrófico, por la mediación de gérmenes, violencias y la desaparición de la diversidad, pero también ha permitido el progreso y a grandes rasgos, gana por puntos. En definitiva, Sabine cuenta cómo era la vida en la selva, las carencias, los peligros, la malaria y la convivencia con los fayu. Las mujeres fayu, al llegar a la adolescencia, es decir, con once o doce años, eran raptadas por un pretendiente y así empezaba su vida conyugal. Con una media de seis hijos, apenas dos llegaban a la vida adulta.  

Sabine Kuegler
Sabine de niña con sus amigos fayu. Foto: El País. Enlace al artículo: "De la selva a la civilizacion"

Es curioso como de vuelta, Sabine no logra adaptarse a la vida occidental y añora la jungla y sus carencias. Del libro cada cuál aprovechará lo que le interese, los hippies asentirán diciéndose: así hay que criar a los niños, en contacto con la naturaleza. Los prudentes, tomarán nota de las veces que Sabine y sus hermanos estuvieron a un pelo de la muerte, porque esta historia bien podía no haberse contado. Desde luego, la muerte en ese mundo primitivo no es vista como una excepción: es la norma. Los fayu no ponen nombre a sus bebés hasta que no tienen dientes y para no olvidar a sus muertos conservan sus cuerpos en putrefacción dentro de las chozas. Son nuestros orígenes, ¿cuál será el futuro? Sabine dice:

Mientras siga escuchando lo que la jungla tiene que decir, las cosas irán bien. Me insta a que me alegre de las pequeñas cosas de la vida cotidiana. A que me de cuenta de que la vida la determinan los hechos y no el consumo. Me dice que la felicidad no reside en lo que poseo, sino en mi capacidad de estar satisfecha con lo que tengo (…) siempre seré una parte de la jungla y la jungla siempre será una parte de mí. Pertenezco a dos mundos y a dos culturas.

Ramona, de Rosario Villajos (1978) y La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie, de Antonio Tocornal (1964) también son dos novelas en primera persona. Utilizan el barro de la experiencia propia como materia prima y construyen una prosa que débilmente se lee como ficción. Tienen algún otro nexo en común, para empezar que una me llevó a la otra: leí a Tocornal y luego una reseña de este sobre Ramona y de ahí me fui a Rosario Villajos. No son novelas con hilo argumental, ni trama al uso, se construyen a partir de la acumulación de anécdotas y su costura son sus personajes. En el caso de la novela de Tocornal, la bohemia parisina, permaneciendo el narrador en la sombra casi todo el tiempo (salvo en un episodio donde nos narra su infancia gaditana y desarraigo), como nostálgico testigo. En el de Villajos, su alter ego Ramona Ucelay (que digo yo) es el centro de gravedad alrededor del que flota una infancia ochentera nada complaciente, en el extremo opuesto a los nostálgicos de “yo fui a la EGB”. Pero mejor os hablo un poco de cada una por separado.

Foto:  Derrelictos, web del autor. Os recomiendo también la entrevista que le hicieron en Relatos Sin Contrato

La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie
se hizo con el XXII premio de novela Vargas Llosa 2017. Antonio Tocornal es un habitual en esto de los premios, acumula docenas. Ocurre en España que autores archipremiados apenas son conocidos entre el público lector y se las ven y se las desean para publicar en editoriales grandes, algo que merecería la pena analizar (¿hay un techo de cristal en la literatura española?). Como decía antes, el concierto de Dizzy Gillespie es solo una excusa para que Tocornal nos presente una galería de personajes cada cuál más estrafalario, encadenando divertidas (y también conmovedoras) anécdotas. Hablaba de la bohemia, pero los personajes de esta novela están un escalón más abajo, en sus márgenes. Son tan extravagantes que rozan el esperpento, lo surrealista, incluso lo escatológico, si es que estas tres cosas no son lo mismo.

Al contrario que Gábor el húngaro, el fracasado hombre orquesta que protagoniza uno de los capítulos más hermosos, Tocornal se desvela como un buen multiinstrumentista: maneja el humor, el drama, la ironía (incluso la crítica a las imposturas del mercado del arte) y la ternura, es una novela que engancha por el interés de lo que cuenta y la habilidad con la que se hace. Con un estilo acogedor, pretende evocar esa dorada juventud que uno añora al cumplir años, siendo consciente de que la memoria es pura distorsión.  

Dicen que cuanto más se invoca un recuerdo más se falsea, porque rememora la última evocación con mayor nitidez que el episodio original. De esa forma, se van magnificando algunos acontecimientos y se deslavan otros hasta que lo que queda es lo que más nos gustaría que quedase o, más exactamente, lo que más le gustaría que quedase al yo interno que nos dicta. Un dictador que no es ni el yo narrado ni el yo narrador, por lo que tal vez sea el yo auténtico.

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Ejemplar de Ramona, Foto: Twitter de Rosario Villajos. Os animo además a entrar en la web del editor: Mr. Griffin

En Ramona, la nostalgia carece de almíbar. Es una novela corrosiva, sincera de principio a fin. Rosario Villajos es de mi generación, entiendo su experiencia, aunque su voz lo hace desde el universo femenino. Era duro ser chica entonces, también lo era ser chico si no encajabas en el perfil de macho estándar, pero la novela va más de lo primero y a eso me ciño. En Ramona reviven las familias numerosas, el extraño ambiente de guerra y fraternidad que se vivía en aquellas colmenas, la estricta separación de sexos, la naturalización del abuso, el maltrato, el rencor, la envidia, el autoengaño y la difamación. Sí, el calipo molaba y también La bola de cristal, la gaseosa y los chicles Boomer. Pero aquello era una vida salvaje, más difícil de entender que la de los fayu de Kuegler, donde todo estaba tan encajonado que salirte siquiera un milímetro del margen y ya tenías el martillo social encima. El libro está compuesto por breves capítulos, con algunas ilustraciones de la autora. Cubre un arco difícil de resumir, que va desde la infancia a los tiempos universitarios y donde desfilan experiencias escolares, desamores, anécdotas de familia, peripecias de barrio y escalera, siempre con un estilo ácido y directo. A todos los escépticos de los ochenta y los noventa les gustará, seguro. Aparte, el libro tiene un valor añadido y es su cuidada edición. En esto, contrasta severamente con el de Tocornal, cuya calidad del papel es de pena y la tipografía tampoco acompaña.

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Foto: Editorial Anagrama. Muy interesante esta entrevista en Zenda.

República luminosa
de Andrés Barba es la cuarta de esta cosecha. Premio Herralde de Novela, está escrita también en primera persona, pero con menos carga de autoficción. El escenario es más difuso, recuerda al Corazón de las tinieblas de Conrad, o al de Apocalypsis Now si se quiere. La acción transcurre en San Cristóbal, una ciudad de provincias en la linde de la selva, donde años atrás ocurrió un suceso espeluznante. El protagonista lo vivió en sus propias carnes y lo evoca a modo de crónica, alternando lo periodístico con pasajes con fuerte carga personal. La historia es potente y tenebrosa. En la citada ciudad de San Cristóbal, un buen día aparecen 32 niños, de entre ocho y doce años, de la nada. Rehuyen el contacto con la gente y hablan un idioma desconocido. Pronto comienzan a sucederse los altercados y la vida plomiza de San Cristóbal se desquicia. En República luminosa, Andrés Barba desacraliza la infancia y la actitud hostil de un grupo de niños que vive al margen de la sociedad, altera la relación de los propios habitantes con sus hijos, perturba el orden y concluye como solo pueden concluir los cortocircuitos: con una hecatombe. La historia es tétrica, oscura, desde el principio, cuando el protagonista, que acude a San Cristóbal como jefe de los Servicios Sociales, atropella a una perra, la recoge y la lleva ensangrentada en su coche. Es una novela breve, no llega a las doscientas páginas, claustrofóbica, con su dosis de misterio sin ser un thriller. Quizá en el tono del narrador, en ocasiones, hay cierto desaliño. Otras, Barba no se atreve a rascar, a sacar la verdadera ponzoña. Al final incluso se enreda por una palabra escrita con tiza. Si Vargas Llosa hubiera cogido esta novela, le hubiera dado el cuerpo que le falta, eso es, le falta pegada. Con todo, Andrés Barba es un gran escritor y esta una gran novela. Para seguir de cerca.

Y bueno, mientras cae el diluvio en la reseca llanura, ahogando a los penitentes y formando una constelación de gotitas en el techo de mi salón, dejo el teclado y vuelvo al asidero de mi libro, con una muela menos. 

domingo, 24 de marzo de 2019

"Os salvaré la vida" Joaquín Leguina y Rubén Buren


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Apenas leo novela histórica, aunque ha pasado por mis manos lo mejor del género. En este campo prefiero el ensayo o la monografía hecha por “profesionales” y a lo largo del tiempo varios temas han copado mi curiosidad y contribuido a mi formación, que sigue, como no puede ser de otra manera. La II República y la guerra civil (bien denominada por Unamuno como “incivil”) tuvieron su momento, como una vía para desentrañar la memoria familiar y leí mucho, comprobando que aquel periodo ha sido (y es) un campo de batalla donde algunos historiadores, testigos de los hechos y sus herederos políticos han tratado de crear un discurso adaptado a sus intereses o la defensa de lo que consideran “su bando”. Me harté, aunque he tratado de seguir, a través de reseñas especializadas, el flujo editorial de los últimos años. Algunos trabajos han añadido polémica y frentismo. Otros, sentido común y luz sobre aspectos oscuros de un periodo del que se sabe mucho, probablemente más que ningún otro en España, aunque no todo. Por eso al toparme con la figura de Melchor Rodríguez, apenas me sonaba el nombre. Miles de páginas y no recordaba una sola mención. En casos así, hay que ponerse el casco de minero. Tras picar durante días, extraje con mi vagoneta un ensayo, un documental y dos novelas, junto a una clase magistral de humanidad. 

En 2017, Joaquín Leguina y Rubén Buren ganaron el Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio con Os salvaré la vida. La novela reivindica la figura de Melchor Rodríguez, un anarquista sevillano militante de la CNT y FAI. Es una novela histórica, otra más sobre la guerra civil (no importa, ¿cuántas hay de romanos o ambientadas en la II Guerra Mundial y nadie se queja?) y aunque no faltan los clichés habituales del género, los pasajes didácticos, la documentación mal disimulada y los gazapillos, aporta algo que la pone en valor: la personalidad de su protagonista y el lazo que le une con uno de sus autores.

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Melchor Rodríguez en el centro, a la izquierda, el coronel Casado. Foto: La Vanguardia. 

Vamos a explicar quién es este anarquista con nombre de rey mago. Su historia merecía la pena ser contada, sin duda. Nació en Sevilla, en el seno de una familia obrera y de niño se quedó huérfano de padre. Trató de ser torero para sacar a su familia de la miseria, pero dos graves cogidas le quitaron la vocación. Familiarizado con la “idea” por un maestro avanzado, comenzó su militancia y al mismo tiempo, sus entradas y salidas de la cárcel. Más de treinta veces pasó por los muros de la Modelo, entre otros lugares de confinamiento. Tanto que los funcionarios le trataban con familiaridad. Melchor Rodríguez fue preso con la monarquía, la dictadura de Primo de Rivera y la República, la mayoría de las veces por delitos de prensa. Al estallar la guerra, se puso al servicio de la revolución. Pero Melchor era una persona con unos principios humanistas inamovibles. El anarquismo de antes, su defensa a ultranza de la libertad individual, producía seres así. Hubo otros ejemplos, como Ángel Pestaña, Fermín Salvochea o Salvador Seguí. La épica de la bomba y el atraco a lo Robin Hood han eclipsado a estas figuras del mesianismo libertario. Cuando en el Madrid sitiado se generalizan las “sacas” y los “paseos”, Melchor no puede tolerarlo: el ha pasado entre rejas gran parte de su vida y cree que los derechos de los presos son inalienables: “se puede morir por una idea, pero no matar por ella”. Y puesto al mando de las prisiones de Madrid por su compañero y ministro García Oliver, trata de frenar la barbarie. Y lo logra. 

Parece difícil de creer, pero llegó a enfrentarse a una turba armada, a pecho descubierto, que se proponía asaltar la cárcel de Alcalá de Henares. ¿Cómo? Aquí entra la épica, pero personajes señalados del régimen que vendrá como, agárrense, Serrano Suñer y Muñoz Grandes, desde ese día, le debieron la vida a un anarquista. ¿A qué dan ganas de saber más? Pues la novela nos lo cuenta, bordeando la hagiografía pero sin caer en ella. Porque Melchor Rodríguez fue un idealista,  pero también tuvo familia, una mujer, una hija, un hijo no nato conservado en formol y esas personas, que él quería, padecieron y sufrieron con él y por él, por, digámoslo, su egoísmo ideológico. Su hija Amapola y su mujer Paca, que en los ochenta tenía un puesto ambulante en la plaza de Tirso de Molino, son también protagonistas. Los autores les dan, con acierto, voz propia y así completan un retrato matizado y poliédrico del “ángel rojo”.

Mlechor Rodríguez y su hija Amapola, protagonistas de "Os salvaré la vida". Foto: El País. 
                                         
La novela de Leguina-Buren se divide en tres partes. En la primera, “La derrota”, se viven los últimos momentos del Madrid sitiado, cuando una conjura encabezada por el coronel Casado y a la que se unen los anarquistas de Melchor y Cipriano Mera, entre otros, arrebata el poder al Partido Comunista y trata de negociar, sin éxito, con Franco. Mucho ha criticado la historiografía aquel inútil baño de sangre. No es el caso de la novela, donde sí que hay un poso de amargura por este cruel epílogo. Y situaciones difíciles, porque las personas que Melchor mantuvo a salvo de los “paseos” en el palacio de Viana ven llegar a los suyos y de algún modo tendrán que traicionar al hombre que les ha ayudado. Las ideas no admiten vacilaciones. Melchor Rodríguez, junto a Besteiro, recibirá a Franco para hacer el traspaso de poderes. Será el último alcalde (accidental) del Madrid republicano, pero según he leído (dato sin contrastar), su retrato es el único que falta en el consistorio.

En la segunda, “Por la senda de la rebeldía”, se novelan los primeros pasos de Melchor, su infancia y acceso a la militancia política, también los primeros compases del alzamiento en el cuartel de la Montaña.

En la tercera, el título es “Cautivos y desarmados”. Sobran palabras. Melchor Rodríguez recibió como premio por salvar miles de vidas, el confinamiento en una de las peores cárceles de España (el fiscal llegó incluso a pedir para él la máxima pena). Así aplicó Franco la paz, esto es incontestable, guste o no. Pero si cuento lo que pasó después, creo que destripo demasiado.

La novela está bien escrita, aunque no es una obra tan literaria como las que suelo leer, pero es sano variar. Hay una nota emocional evidente, por ejemplo al describir la acción heroica de Melchor en Alcalá de Henares. Este matiz resulta inevitable, porque Buren es el bisnieto de nuestro héroe, “el ángel rojo”, como le apodó su amigo Javier Martín Artajo. El epílogo donde cuenta su relación con ese pasado traumático y la manera de confrontar memoria con presente, disfrutando de su abuela (Amapola, la hija de Melchor), que son raíces, arraigo y no solo trauma, merece mucho la pena.  

Para completar la lectura de Os salvaré la vida, es interesante hacerse con el ensayo de Alfonso Domingo, El ángel rojo, que ha servido como base documental a Leguina y Buren. Lo tengo en casa y por lo que voy leyendo, está escrito con admiración y reverencia hacia Melchor, combinando el buen periodismo con el rigor histórico: el primer capítulo ya te deja temblando.

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Parece que revive la figura de Melchor, en Madrid le dedicaron hace poco una calle y el anciano escritor (nada ácrata, por cierto) José Luis Olaizola también ha lanzado una novela sobre el “ángel rojo”: El anarquista indómito, libro que desaconseja la Fundación Franco (por si algún opus-deísta se confunde y lo compra). El propio Olaizola se ocupó de otra figura de atípica dignidad en esta guerra vergonzante: el general Antonio Escobar, guardia civil que respetó la legalidad republicana a pesar de su militancia católica y fue ejecutado por los vencedores al acabar la guerra, acusado de “adhesión a la rebelión”.

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El olvido de Melchor hasta fecha reciente (¿deliberado?) dice mucho de una figura incómoda para los dos bandos, que corre el riesgo de ser instrumentalizado. Para mí, es un ejemplo de concordia, pero humano y por tanto, con aristas. Personas así, por desgracia, no son solo excepcionales: son excepciones. Y ese el regusto agridulce que a veces saco de lecturas como esta.