jueves, 13 de junio de 2019

EL SOL DE UN LIBRO



Desde muy pequeño me atrajo el olor a papelería, la piel de membrillo de las gomas de borrar, los lápices afilados de fábrica y el susurro del grafito contra el papel. Me embriagaba todo esto. Pero era una criatura apenas destetada y como no sabía escribir tenía que limitarme a asir el lápiz y garabatear hileras de hormigas, siguiendo la cuadrícula del cuaderno. Así llenaba hojas y hojas.
Una vecina pasó por la puerta de casa de mi abuela con sus hijos y al verme, enfrascado en aquel simulacro de escritura, exclamó con asombro:
— ¿Pero es que sabes escribir, tan chico?
Aquella sensación de crecer dos cuartas se esfumó de golpe, cuando uno de los niños con los que iba señaló:
— ¡Qué va a saber, solo hace pintarrajos!
Me contemplo a mí mismo, minúsculo, sobre una silla con la tapa de enea que había tejido mi abuela, repintada tantas veces que la pintura formaba una costra sobre la madera. Preparando mi trinchera, el túnel que me iba a permitir la evasión durante tantas horas, cuando aprendiera a escribir y sobre todo, leer. El camino no fue fácil y al principio, la lectura tomó una apariencia inútil e incluso amenazadora, cuando los mayores perdían la paciencia conmigo, por no saber junta la "eme" con la "a" y doblaban la cartilla, blandiéndola como si fuera el atizador de la lumbre.
Una vez aprendí a leer, pronto reparé en que los cuentos no se apartaban de la vereda del mundo, porque bajo el envoltorio de gatos parlantes, ogros, niños del tamaño de un garbanzo y cuervos vanidosos, estaba la propia vida. La venganza, la obediencia y el castigo, una moral elemental que borboteaba en el puchero de la fábula, más eficaz que el insulto y el cinturón. Los pobres Hansel y Gretel, abandonados en el bosque por su propio padre (al que instiga una madrastra sin entrañas), pican el cebo de la casita de chocolate y acaban confinados en una jaula, entre los huesos de otros niños para servir de alimento a una bruja caníbal. La ilustración de mi libro mostraba a Hansel exhibiendo un fémur. La arpía asía el hueso pensado que era el brazo del desdichado, frustrada por la falta de engorde. En sueños, veía las manos crispadas de la bruja, hollada de lunares verdes y el hueso con los tendones resecos. La oía reír en mitad de la noche y el crujido de las tejas me parecían sus pisadas.

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Foto: crimereads.com (https://crimereads.com/fairy-tales-are-really-just-hard-boiled-crime-stories/)
La lectura era un consuelo solitario, pero de cuando en cuando se compartía como un pan. Pienso en mi abuela materna, que aprendió siendo adulta, con grandes dificultades y de hecho la escritura nunca llegó a dominarla, su letra se crispaba como la aguja de un sismógrafo ante la menor acometida del subsuelo. A pesar de todo, se hizo una lectora de las buenas y atizó también esta lumbre en mi madre. Durante mucho tiempo, mientras la vista le fue alcanzando, compartí con ella muchos de mis libros. Era una abuela manchega, labradora, no la matriarca de los Panero. Su guerrera era una bata negra, con el mandil de faena encima. Un pelo blanco indómito, como la cresta de un glaciar y grandes gafas de aumento, porque un ojo se le quedó velado cuando daba cal al patio. Tenía una vitalidad extraordinaria, entreverada con mucho genio, todo apretado en apenas un metro cincuenta de estatura. Y es que hay personas que son como volcanes, su fuego y vapor interno, su ánimo sulfuroso, desborda los límites de su cuerpo. Por eso estallan, llameantes, escupen humo, inundan de lava candente a los que le rodean. Por eso, supongo, dejan una huella en el relieve del recuerdo tan perdurable.
El granero esencial para procurar engorde a este afán lector, con un estómago como el mío, sin fin, era la biblioteca. Acudía por las tardes con un amigo, el Conrado. No era ningún arquetipo de grillo lector; de hecho, era tosco y le gustaba mezclar una palabrota con casi cualquier cosa. Así, había que subir la “puta escalera” y el bibliotecario lo era “de los cojones”, porque nos chistaba para que bajáramos la voz, modulada tras muchas tardes lanzando piedras en las eras o meando dentro de las galerías de los grillos para forzarles a salir y espachurrarlos a placer o buscando revistas guarras entre los escombros. Ningún Principito a la vista, pero leíamos. El Conrado aguantó menos que yo, eso sí, porque cuando le salió barba y se le cascó la voz, se decantó por el lado más áspero —la vida es como un papel de lija—. Pero entonces, con sus nueve o diez años disfrutaba con las aventuras de Fray Perico y su borrico. Aquellos libros de Barco de Vapor eran como un azucarillo. Me gustaban también los de terror, la serie de Pesadillas de R.L. Stine y de Ciencia-Ficción, los libros de Mask: ¡bienvenidos al mundo de Mask, donde la ilusión es el arma principal! Como digo, el Conrado dejó de frecuentar aquellos parajes de lectura y yo, pues también crecí y me salió barba, qué remedio. No me fui por el camino de la perdición, pero pisé sus lindes. Me alejé de la biblioteca, aunque no lo suficiente como para dejar de notar su fuerza gravitatoria. Por eso siempre volvía, en principio a estudiar y luego me dedicaba a hacer caricaturas de los bibliotecarios. Era en el fondo un gesto de ternura, aunque estuviera soterrada por instintos de risa fácil.
En plena adolescencia, yo que era un rebelde, también me inclinaba por las monomanías. Lectoras, las hay. Como mi inteligencia es promedio y no he sido nunca prodigio de nada, me incliné por autores digeribles. En realidad, al coincidir con mi apellido y verlo al hombre tan pintado y aventurero en las fotos de la solapa, le cogí aprecio a Alberto Vázquez Figueroa. Sus libros fueron cayendo uno tras otro: eran historias de piratas y había una isla, bautizada “La Tortuga”, donde los bucaneros se pegaban sus orgías de tabaco y ron. Pero quizá es por eso mismo, por el ron y otros bebedizos de los que abusé tan joven que no recuerdo gran cosa. Pues en la biblioteca no les pasó desapercibida mi ansia lectora. Les chocaría, un adolescente grosero, con barba prematura, botas militares y una chupa con cremalleras. Leyendo  libros como el que come panchitos. Por alguna carambola mi pariente lejano, aquel Vázquez, hijo de Vasco o contracción de Velázquez, como el pintor, fue invitado por la biblioteca y aceptó. De paso, claro está. Y me ofrecieron presentar al insigne. Ahí sí que se me vinieron encima los siete infiernos.
¿Cómo hubiera planteado aquella presentación de Vázquez Figueroa de haberla hecho? Porque no la hice. Di alguna larga y finalmente, la providencia me echó la zancadilla. Un pequeño esguince. Y esa misma tarde, salí a bailar el pogo, Nirvana y Smells like teen spirit y al día siguiente el tobillo parecía gangrena. Me siento estúpido y contagioso, un mulato, un albino, un mosquito. Eso cantaba Kurt Cobain, más o menos y así quedé con Vázquez Figueroa y el personal de la biblioteca que intuyó, por error, una lucecita en aquel grosero adolescente. 
El suelo de aquella biblioteca tenía una peculiaridad y es que temblaba como un flan. Debía ser por el parquet sintético, que estaba abombado o quizá por debajo pasaba alguna línea de falla. Si dejabas una botella de agua sobre la mesa podías notar cómo se agitaba y percibir una vibración ante la llegada inminente de alguien. Llevaba mucho sin ir, había vivido fuera varios años, así que al notar la conmoción levanté la cabeza. Un homínido de mi edad, más o menos, acababa de sentarse en el extremo opuesto de la sala. Muy delgado, tenía una de esas calvicies vaporosas y en lugar de pasar la máquina y convertirse en cebolla, por algún tipo de nostalgia, la había dejado flotando sobre el cráneo. Hace poco estaba en el supermercado, en la sección de yogures y me crucé con otro ejemplar de mi quinta, frisando los cuarenta. Nos miramos, tuvo lugar el entrechocar casual para el que nos ha dotado la evolución de un buen arsenal, ya saben, el blanco de los ojos, músculos faciales, etc. Y luego seguimos a lo nuestro, pero en mi cabeza se accionó el mecanismo de reminiscencia. Veinte años atrás, antes de la era digital, decidí grabar con una cámara VHS mis desventuras durante una fiesta de Nochevieja. Apenas media hora, porque me quedé sin batería. Allí estaba aquel cuarentón que en ese momento echaba un lote de ocho yogures desnatados al cesto y seguía pasillo adelante agarrado del brazo de su madre, arrastrando su juventud, que en poco tiempo comenzaría a oler. Pero en mi vídeo había quedado congelado: con pendiente de aro en la oreja izquierda, cantando una canción de Extremoduro y haciendo un amago para enseñar el culo a la cámara. Esta digresión viene a cuento porque la misma conmoción me llegó como un rayo cuando el calvo levantó la vista hacia mí, sorprendiendo mi pose escrutadora y agaché la cabeza, en realidad la agachamos los dos a la vez. Me levanté y fui hacia los expositores de novedades, que casi nunca lo son.
Tuve que pasar por fuerza junto a él y entonces lo reconocí: el Conrado. El suelo volvió a temblar y otro bípedo se sentó a su lado y hablaron algo en voz baja, sobre cierto tema cuatro y un tal artículo veinte. Deduje que el Conrado preparaba oposiciones. Este es el bote salvavidas al que se aferran muchos náufragos en el proceloso mar que es el mercado laboral español. Maravillado, fui incapaz de regresar a mi sitio y crucé el mostrador de préstamos, que separa la sala general de la sala infantil.
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Ilustración del libro original de Matilda, obra de Quentin Blake. 
Para distraerme busqué un ejemplar del que quizá es mi libro infantil favorito: Matilda. En una de las ilustraciones la señorita Trunchbull practica el lanzamiento de martillo con un pobre niño y en otra le hace comer pastel hasta reventar, pero el pequeño héroe no claudica y da fin con una tarta ciclópea. Esto alejó un poco el recuerdo del Conrado, que por supuesto ni me reconoció. Todavía mientras escribo me hago una última pregunta, porque, ¿quién podría imaginar a un quinceañero más duro que el pedernal, con los nudillos curtidos de laceraciones, que ya se había estrenado con las chicas del barrio a las que seducía gracias a su pose de chico malo, preparando veinte años después oposiciones a técnico o auxiliar o técnico auxiliar de la Junta? La vida gasta estas guasas. Cuando eres joven te hace creer que puedes, como en el poema de Gil de Biedma, que viniste a llevarte la vida por delante. Así que subes la montaña, a ritmo, saltando sobre las piedras. Y cuando llegas a la cima, si la vida está de lunes, capirotazo, efecto Sísifo y vuelta a empezar. Si quieres, porque las piernas pesan y cada vez saltas menos. El Conrado volvía a subir la montaña — ¿llegó a la cúspide o acabó otra vez rodando ladera abajo? —, a ese trajinar fatigante y yo regresé al mundo acuático de mis libros, porque ese niño sentado en la silla de enea, fingiendo escribir, distinto en sus huesos, en esencia es el mismo. Sigue temiendo que otro niño más descarado le arrebate el cuaderno y se ría de sus garabatos.

miércoles, 22 de mayo de 2019

"La jungla" de Upton Sinclair

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Qué el libro es un artefacto lúdico, no cabe duda. Que es un instrumento de transmisión del saber, e incluso en ocasiones se eleva al Olimpo de las artes, tampoco. El libro es un arma revolucionaria, ambivalente, porque puede despertar conciencias y también ser una vía de propagación del oscurantismo. El caso que nos ocupa, el de La Jungla de Upton Sinclair, es de esos libros que provoca un seísmo de consideración y contribuye a cambiar el mundo. Para bien, porque hay casos (por ejemplo el de Los protocolos de los sabios de Sión), que lo hacen para mal.

Upton Sinclair (1878-1968) fue un novelista y dramaturgo estadounidense. Aunque de origen más o menos acomodado, los vaivenes de la vida le llevaron a experimentar la severa pobreza de entonces, cuando el Estado social no se conocía ni de oídas, menos en el EE.UU. adalid del capitalismo en su forma más pura. En 1943 ganó el Premio Pulitzer por Los dientes del dragón, ambientada en la Alemania nazi. Su obra es abundante y en ella predomina la temática social. La novela que nos ocupa fue la que le consagró y recibió la aprobación del mismísimo Jack London calificándola de “La cabaña del tío Tom de la esclavitud asalariada”.

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Upton Sinclair (fuente: https://www.thefamouspeople.com/profiles/upton-sinclair-jr-3104.php)

He leído una versión de difusión gratuita editada en México en 2016, en España fue publicada por Capitán Swing con traducción de Antonio Samons y de ahí es la portada que encabeza esta reseña. He podido comparar ambas versiones y aunque se parecen mucho creo que esta última está hecha con mayor esmero. En cualquier caso, la labor de edición no habrá sido fácil, porque La jungla fue sometida a recortes, cambios y otras alteraciones debido a su contenido incendiario.

La novela fue publicada por entregas por el periódico socialista Appeal to reason entre febrero y noviembre de 1905. Este hecho repercute en la obra, que tiene ganchos al final de casi cada capítulo, pasajes prescindibles y una buena carga melodramática.  A Sinclair le encargaron escribir sobre la nueva esclavitud asalariada y las cloacas del sueño americano. Se fue a Packingtown, el barrio donde se ubicaba la industria de la carne en Chicago y durante varias semanas ejerció varios trabajos en los mataderos y plantas de envasado, entrevistó a trabajadores, encargados, policías, políticos, taberneros, prostitutas y reunió información suficiente para crear un fresco impactante y brutal. Para protagonizar La jungla, eligió a una familia de inmigrantes lituanos. Cegados por la propaganda que irradiaba desde EE.UU. hacia el resto del mundo como tierra de libertad y oportunidades, estos humildes campesinos caen en la peor trampa que uno pueda imaginar.

El héroe trágico de esta historia, más vapuleado que Edipo, se llama Jurgis Rudkus, una suerte de Jean Valjean que no tendrá oportunidad alguna para redimirse. Acompañaremos a Jurgis por todos los círculos del infierno del capitalismo. Una jungla, sí, porque solo impera la ley del más fuerte. La búsqueda del máximo beneficio engulle todo y convierte la mano invisible y todas esas ideas de redistribución y riqueza que genera bienestar de arriba abajo en tomaduras de pelo. Los trabajadores son estrujados hasta la muerte, sin consideración. Las leyes son un simple bozal que no impide a estos capitalistas morder hasta dejar mondados a sus obreros. Los votos se venden y compran, los inspectores del gobierno, la policía, nadie resiste la tentación de dejarse corromper. Los obreros son sedados facilitando su acceso al alcohol, el juego y la prostitución. Trampas que les arrebatan lo poco que pueden ahorrar de sus sueldos de hambre. La descripción de unas prácticas abusivas y terribles, te hacen abrir los ojos: de ahí venimos y entiendes las quejas y luchas de aquellos abuelos que ya no están, la situación de millones de trabajadores en China o Bangladesh. ¿Cuánta gente habrá sido inútilmente sacrificada, cuántas vidas arrojadas a esta hidra?

La jungla sigue, recientemente Oxfand denunció las condiciones de explotación laboral en las fábricas de procesado de pollo norteamericanas. Como se puede ver, los trabajadores no son lituanos, pero tampoco parecen WASP.  En EE.UU. cuatro empresas controlan el 60% del mercado  (fuente: https://avicultura.com/oxfam-eeuu-denuncia-las-condiciones-de-trabajo-en-lineas-de-procesamiento-avicola-en-estados-unidos/)
Leyendo La Jungla uno valora de verdad el Estado de bienestar en el que vive, por muy menguado que pueda parecer y quiere, siente que hará lo imposible porque no se lo arrebaten. Para Jurgis sería el paraíso. El capitalismo a principios del siglo XX era un animal salvaje y cruel. La esclavitud de la antigüedad parece a su lado una institución de la beneficencia. Solo el transporte de esclavos desde África es equiparable y de hecho es una de las primeras prácticas capitalistas a escala global.

Para aumentar su impacto y crear un paralelismo evidente, Sinclair describe con profusión las prácticas amorales de la industria de la carne. Sus abusos monopolísticos, el estímulo de la inmigración para mantener los salarios a la baja, el control de las infraestructuras y del poder municipal. Y lo que impactó en su día y más lo hará al lector contemporáneo, el trato  que se inflige a los animales. Jurgis lo dice claramente al contemplar el proceso por primera vez, cuando todavía no sabe que él y toda su familia pasarán también por el matadero: “cómo me alegro de no ser cerdo”. La primera parte muestra, a la vez que los padecimientos de Jurgis y los suyos, que son engañados con una hipoteca, desahuciados y explotados, a los animales hacinados en vagones, las vacas despellejadas vivas, los cerdos tuberculosos que se despiezan y pican para hacer carne envasada, los productos químicos con los que disfrazan la podredumbre, los trabajadores que pierden sus miembros entre las cuchillas de una cadena de montaje que nunca se detiene y convierte todo en salchichas. Máximo beneficio, por encima del consumidor, de los animales y de los trabajadores. Es la jungla.

Sinclair nos muestra el contraste brutal entre unas clases sociales que luchan por malvivir y una reducida élite que gasta el equivalente al sueldo anual de mil obreros en corbatas. ¿Para eso sirve regar con sangre los barrios pobres de Chicago, para que un señor coma con cucharas de plata y luzca un reloj con diamantes incrustados? Sinclair acusa y denuncia la obsesión de los ricos por el lujo y la ostentación, por vivir en palacios, por todo aquello que es superfluo y solo se consigue estrujando a personas y animales sin piedad, sin considerar su coste 

El impacto de la novela fue mayúsculo, sobre todo cuando se encargaron varias investigaciones independientes, una la hizo el propio gobierno y se demostró que Sinclair quizá exageraba y se tomaba sus licencias, pero no era un embustero. Eso sí, no fueron las condiciones miserables de los obreros lo que causó mayor indignación, sino el fraude con el que eran mal alimentadas millones de personas. En la guerra de 1898, entre los soldados americanos hubo más bajas por la comida enlatada que por las balas españolas. Se inició una sucesión de pleitos, debates en el Congreso y el Senado, tiras y afloja, la industria puso toda su maquinaría influyente a trabajar. Como ahora, las grandes empresas controlaban los resortes de la política. Con lo que no contaban era con la difusión internacional del escándalo y el desplome de las exportaciones de carne norteamericana, que constituían más de la mitad de los ingresos del trust. Sumando la presión de la opinión pública a la pérdida de beneficios (dos cosas que meten miedo a los capitalistas porque una puede llevar a la otra), el gobierno de Teddy Roosevelt pudo sacar adelante una ley que regulaba estas prácticas, entre ellas el etiquetado: saber qué comemos, esto que parece tan obvio, en los inicios de la industria alimentaria no lo era. Desterrar los químicos que se demostraban perjudiciales y no usarlos hasta no quedar probada su seguridad, transportar y sacrificar a los animales en condiciones de higiene y salubridad, etc. Sinclair ganó esta batalla, pero no era su principal anhelo y llegó a declarar con amargura: “apunté al corazón del público y accidentalmente lo golpee en el estómago”.

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Viñeta humorística aludiendo a la adulteración de la carne que describe Sinclair en La jungla (fuente: http://www.enhanced-classics.com/blog/the-jungle/) 
Y es que su intención era más ambiciosa. Quería desenmascarar el gran sueño americano, porque el mundo se divide en dos clases: los que lo tienen todo y los demás y promover el socialismo entre los trabajadores para la conquista del poder político. Por eso la novela deriva en su última parte hacia la iluminación de Jurgis cuando descubre el socialismo. El lector asistirá al final a una apología política casi interminable que vista cien años después y con todo lo que pasó en el s. XX, resulta casi ingenua. Un diez por ciento de un libro no desmerece al otro noventa por ciento, pero le baja nota. La jungla, con todas sus limitaciones y ese final tendencioso, es una novela crucial, impactante. Una muestra de cómo un libro puede desenmascarar al impostor, acusar y provocar un maremoto de consecuencias inimaginables. Es una pena no solo que ya no se escriban libros así, sino que no se lean. Quizá el nicho de Sinclair ha sido ocupado por documentales como Food, INC o la serie de The century of the self de Adam Curtis, pero ¿por qué su impacto no es de tanta magnitud? ¿Es que hemos sido definitivamente anestesiados o nos hemos vuelto más cínicos?    

sábado, 20 de abril de 2019

PRIMERAS LECTURAS DE PRIMAVERA



Odio la primavera. Siempre provoca una debacle en mis defensas, todo viene a partir del cambio horario, empiezan los trastornos en el sueño y el vaivén de bajas y altas presiones. En mayo, las nubes de polen me dan la puntilla. Un hipersensible mesetario, ese soy yo, con manos de oso y aspecto de querer ponerse a andar y no parar hasta ver el señor océano, como Forrest Gump. Este año, como novedad, la astenia ha venido acompañada del Atila de las muelas, con su Augmentine arrasando mi flora intestinal y mi dentista cortando, extrayendo, reponiendo y cosiendo. He encontrado algo de alivio en una bolsa de hielo, las noches de La 2 (soy un antiguo, veo la tele) y una pila de libros, todos hábitos de solitario. Al ponerme a escribir, se me cruzaban los dos cables pelados que tengo, dicen en mi pueblo que cuando un tonto coge una linde, la linde se acaba y el tonto sigue. Tengo este espacio y no me gusta verlo desangelado, bastante copado está el cementerio bloguero para admitir mis restos. Así que, después de esta introducción lamentosa y lamentable, comparto mis mejores lecturas de primavera.

La niña de la jungla, de Sabine Kuegler (1972), fue publicada en 2005. Llegué a la novela tras medio ver una película basada en ella, aunque el tono ingenuo y optimista del libro se troca por otro más oscuro y amenazador. Tuve que comprarlo de segunda mano, porque está descatalogado. En lo literario, no es gran cosa. La prosa en sencilla, casi simple y tiene poca hondura. Pero como testimonio, es un libro valioso. 

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Sabine Kuegler nació en Nepal y con siete años, junto a sus hermanos de cinco y nueve y sus padres, se fue a vivir a lo profundo de la selva de Papúa Occidental, en la isla de Nueva Guinea. Allí pasó su infancia y adolescencia. Lejos de la civilización, los hermanos Kuegler convivieron con los fayu, un pueblo de cazadores recolectores. Los fayu desconocen el metal, la agricultura y viven como hace quince mil años. En su aislamiento, han  caído en una espiral violenta alimentada por una cultura de la venganza que los Kuegler, como buenos misioneros, pretenden aplacar con su ejemplo cristiano. El libro tiene ese punto moralizante, que a mí no me molesta. El contacto entre culturas ha podido ser catastrófico, por la mediación de gérmenes, violencias y la desaparición de la diversidad, pero también ha permitido el progreso y a grandes rasgos, gana por puntos. En definitiva, Sabine cuenta cómo era la vida en la selva, las carencias, los peligros, la malaria y la convivencia con los fayu. Las mujeres fayu, al llegar a la adolescencia, es decir, con once o doce años, eran raptadas por un pretendiente y así empezaba su vida conyugal. Con una media de seis hijos, apenas dos llegaban a la vida adulta.  

Sabine Kuegler
Sabine de niña con sus amigos fayu. Foto: El País. Enlace al artículo: "De la selva a la civilizacion"

Es curioso como de vuelta, Sabine no logra adaptarse a la vida occidental y añora la jungla y sus carencias. Del libro cada cuál aprovechará lo que le interese, los hippies asentirán diciéndose: así hay que criar a los niños, en contacto con la naturaleza. Los prudentes, tomarán nota de las veces que Sabine y sus hermanos estuvieron a un pelo de la muerte, porque esta historia bien podía no haberse contado. Desde luego, la muerte en ese mundo primitivo no es vista como una excepción: es la norma. Los fayu no ponen nombre a sus bebés hasta que no tienen dientes y para no olvidar a sus muertos conservan sus cuerpos en putrefacción dentro de las chozas. Son nuestros orígenes, ¿cuál será el futuro? Sabine dice:

Mientras siga escuchando lo que la jungla tiene que decir, las cosas irán bien. Me insta a que me alegre de las pequeñas cosas de la vida cotidiana. A que me de cuenta de que la vida la determinan los hechos y no el consumo. Me dice que la felicidad no reside en lo que poseo, sino en mi capacidad de estar satisfecha con lo que tengo (…) siempre seré una parte de la jungla y la jungla siempre será una parte de mí. Pertenezco a dos mundos y a dos culturas.

Ramona, de Rosario Villajos (1978) y La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie, de Antonio Tocornal (1964) también son dos novelas en primera persona. Utilizan el barro de la experiencia propia como materia prima y construyen una prosa que débilmente se lee como ficción. Tienen algún otro nexo en común, para empezar que una me llevó a la otra: leí a Tocornal y luego una reseña de este sobre Ramona y de ahí me fui a Rosario Villajos. No son novelas con hilo argumental, ni trama al uso, se construyen a partir de la acumulación de anécdotas y su costura son sus personajes. En el caso de la novela de Tocornal, la bohemia parisina, permaneciendo el narrador en la sombra casi todo el tiempo (salvo en un episodio donde nos narra su infancia gaditana y desarraigo), como nostálgico testigo. En el de Villajos, su alter ego Ramona Ucelay (que digo yo) es el centro de gravedad alrededor del que flota una infancia ochentera nada complaciente, en el extremo opuesto a los nostálgicos de “yo fui a la EGB”. Pero mejor os hablo un poco de cada una por separado.

Foto:  Derrelictos, web del autor. Os recomiendo también la entrevista que le hicieron en Relatos Sin Contrato

La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie
se hizo con el XXII premio de novela Vargas Llosa 2017. Antonio Tocornal es un habitual en esto de los premios, acumula docenas. Ocurre en España que autores archipremiados apenas son conocidos entre el público lector y se las ven y se las desean para publicar en editoriales grandes, algo que merecería la pena analizar (¿hay un techo de cristal en la literatura española?). Como decía antes, el concierto de Dizzy Gillespie es solo una excusa para que Tocornal nos presente una galería de personajes cada cuál más estrafalario, encadenando divertidas (y también conmovedoras) anécdotas. Hablaba de la bohemia, pero los personajes de esta novela están un escalón más abajo, en sus márgenes. Son tan extravagantes que rozan el esperpento, lo surrealista, incluso lo escatológico, si es que estas tres cosas no son lo mismo.

Al contrario que Gábor el húngaro, el fracasado hombre orquesta que protagoniza uno de los capítulos más hermosos, Tocornal se desvela como un buen multiinstrumentista: maneja el humor, el drama, la ironía (incluso la crítica a las imposturas del mercado del arte) y la ternura, es una novela que engancha por el interés de lo que cuenta y la habilidad con la que se hace. Con un estilo acogedor, pretende evocar esa dorada juventud que uno añora al cumplir años, siendo consciente de que la memoria es pura distorsión.  

Dicen que cuanto más se invoca un recuerdo más se falsea, porque rememora la última evocación con mayor nitidez que el episodio original. De esa forma, se van magnificando algunos acontecimientos y se deslavan otros hasta que lo que queda es lo que más nos gustaría que quedase o, más exactamente, lo que más le gustaría que quedase al yo interno que nos dicta. Un dictador que no es ni el yo narrado ni el yo narrador, por lo que tal vez sea el yo auténtico.

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Ejemplar de Ramona, Foto: Twitter de Rosario Villajos. Os animo además a entrar en la web del editor: Mr. Griffin

En Ramona, la nostalgia carece de almíbar. Es una novela corrosiva, sincera de principio a fin. Rosario Villajos es de mi generación, entiendo su experiencia, aunque su voz lo hace desde el universo femenino. Era duro ser chica entonces, también lo era ser chico si no encajabas en el perfil de macho estándar, pero la novela va más de lo primero y a eso me ciño. En Ramona reviven las familias numerosas, el extraño ambiente de guerra y fraternidad que se vivía en aquellas colmenas, la estricta separación de sexos, la naturalización del abuso, el maltrato, el rencor, la envidia, el autoengaño y la difamación. Sí, el calipo molaba y también La bola de cristal, la gaseosa y los chicles Boomer. Pero aquello era una vida salvaje, más difícil de entender que la de los fayu de Kuegler, donde todo estaba tan encajonado que salirte siquiera un milímetro del margen y ya tenías el martillo social encima. El libro está compuesto por breves capítulos, con algunas ilustraciones de la autora. Cubre un arco difícil de resumir, que va desde la infancia a los tiempos universitarios y donde desfilan experiencias escolares, desamores, anécdotas de familia, peripecias de barrio y escalera, siempre con un estilo ácido y directo. A todos los escépticos de los ochenta y los noventa les gustará, seguro. Aparte, el libro tiene un valor añadido y es su cuidada edición. En esto, contrasta severamente con el de Tocornal, cuya calidad del papel es de pena y la tipografía tampoco acompaña.

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Foto: Editorial Anagrama. Muy interesante esta entrevista en Zenda.

República luminosa
de Andrés Barba es la cuarta de esta cosecha. Premio Herralde de Novela, está escrita también en primera persona, pero con menos carga de autoficción. El escenario es más difuso, recuerda al Corazón de las tinieblas de Conrad, o al de Apocalypsis Now si se quiere. La acción transcurre en San Cristóbal, una ciudad de provincias en la linde de la selva, donde años atrás ocurrió un suceso espeluznante. El protagonista lo vivió en sus propias carnes y lo evoca a modo de crónica, alternando lo periodístico con pasajes con fuerte carga personal. La historia es potente y tenebrosa. En la citada ciudad de San Cristóbal, un buen día aparecen 32 niños, de entre ocho y doce años, de la nada. Rehuyen el contacto con la gente y hablan un idioma desconocido. Pronto comienzan a sucederse los altercados y la vida plomiza de San Cristóbal se desquicia. En República luminosa, Andrés Barba desacraliza la infancia y la actitud hostil de un grupo de niños que vive al margen de la sociedad, altera la relación de los propios habitantes con sus hijos, perturba el orden y concluye como solo pueden concluir los cortocircuitos: con una hecatombe. La historia es tétrica, oscura, desde el principio, cuando el protagonista, que acude a San Cristóbal como jefe de los Servicios Sociales, atropella a una perra, la recoge y la lleva ensangrentada en su coche. Es una novela breve, no llega a las doscientas páginas, claustrofóbica, con su dosis de misterio sin ser un thriller. Quizá en el tono del narrador, en ocasiones, hay cierto desaliño. Otras, Barba no se atreve a rascar, a sacar la verdadera ponzoña. Al final incluso se enreda por una palabra escrita con tiza. Si Vargas Llosa hubiera cogido esta novela, le hubiera dado el cuerpo que le falta, eso es, le falta pegada. Con todo, Andrés Barba es un gran escritor y esta una gran novela. Para seguir de cerca.

Y bueno, mientras cae el diluvio en la reseca llanura, ahogando a los penitentes y formando una constelación de gotitas en el techo de mi salón, dejo el teclado y vuelvo al asidero de mi libro, con una muela menos. 

domingo, 24 de marzo de 2019

"Os salvaré la vida" Joaquín Leguina y Rubén Buren


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Apenas leo novela histórica, aunque ha pasado por mis manos lo mejor del género. En este campo prefiero el ensayo o la monografía hecha por “profesionales” y a lo largo del tiempo varios temas han copado mi curiosidad y contribuido a mi formación, que sigue, como no puede ser de otra manera. La II República y la guerra civil (bien denominada por Unamuno como “incivil”) tuvieron su momento, como una vía para desentrañar la memoria familiar y leí mucho, comprobando que aquel periodo ha sido (y es) un campo de batalla donde algunos historiadores, testigos de los hechos y sus herederos políticos han tratado de crear un discurso adaptado a sus intereses o la defensa de lo que consideran “su bando”. Me harté, aunque he tratado de seguir, a través de reseñas especializadas, el flujo editorial de los últimos años. Algunos trabajos han añadido polémica y frentismo. Otros, sentido común y luz sobre aspectos oscuros de un periodo del que se sabe mucho, probablemente más que ningún otro en España, aunque no todo. Por eso al toparme con la figura de Melchor Rodríguez, apenas me sonaba el nombre. Miles de páginas y no recordaba una sola mención. En casos así, hay que ponerse el casco de minero. Tras picar durante días, extraje con mi vagoneta un ensayo, un documental y dos novelas, junto a una clase magistral de humanidad. 

En 2017, Joaquín Leguina y Rubén Buren ganaron el Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio con Os salvaré la vida. La novela reivindica la figura de Melchor Rodríguez, un anarquista sevillano militante de la CNT y FAI. Es una novela histórica, otra más sobre la guerra civil (no importa, ¿cuántas hay de romanos o ambientadas en la II Guerra Mundial y nadie se queja?) y aunque no faltan los clichés habituales del género, los pasajes didácticos, la documentación mal disimulada y los gazapillos, aporta algo que la pone en valor: la personalidad de su protagonista y el lazo que le une con uno de sus autores.

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Melchor Rodríguez en el centro, a la izquierda, el coronel Casado. Foto: La Vanguardia. 

Vamos a explicar quién es este anarquista con nombre de rey mago. Su historia merecía la pena ser contada, sin duda. Nació en Sevilla, en el seno de una familia obrera y de niño se quedó huérfano de padre. Trató de ser torero para sacar a su familia de la miseria, pero dos graves cogidas le quitaron la vocación. Familiarizado con la “idea” por un maestro avanzado, comenzó su militancia y al mismo tiempo, sus entradas y salidas de la cárcel. Más de treinta veces pasó por los muros de la Modelo, entre otros lugares de confinamiento. Tanto que los funcionarios le trataban con familiaridad. Melchor Rodríguez fue preso con la monarquía, la dictadura de Primo de Rivera y la República, la mayoría de las veces por delitos de prensa. Al estallar la guerra, se puso al servicio de la revolución. Pero Melchor era una persona con unos principios humanistas inamovibles. El anarquismo de antes, su defensa a ultranza de la libertad individual, producía seres así. Hubo otros ejemplos, como Ángel Pestaña, Fermín Salvochea o Salvador Seguí. La épica de la bomba y el atraco a lo Robin Hood han eclipsado a estas figuras del mesianismo libertario. Cuando en el Madrid sitiado se generalizan las “sacas” y los “paseos”, Melchor no puede tolerarlo: el ha pasado entre rejas gran parte de su vida y cree que los derechos de los presos son inalienables: “se puede morir por una idea, pero no matar por ella”. Y puesto al mando de las prisiones de Madrid por su compañero y ministro García Oliver, trata de frenar la barbarie. Y lo logra. 

Parece difícil de creer, pero llegó a enfrentarse a una turba armada, a pecho descubierto, que se proponía asaltar la cárcel de Alcalá de Henares. ¿Cómo? Aquí entra la épica, pero personajes señalados del régimen que vendrá como, agárrense, Serrano Suñer y Muñoz Grandes, desde ese día, le debieron la vida a un anarquista. ¿A qué dan ganas de saber más? Pues la novela nos lo cuenta, bordeando la hagiografía pero sin caer en ella. Porque Melchor Rodríguez fue un idealista,  pero también tuvo familia, una mujer, una hija, un hijo no nato conservado en formol y esas personas, que él quería, padecieron y sufrieron con él y por él, por, digámoslo, su egoísmo ideológico. Su hija Amapola y su mujer Paca, que en los ochenta tenía un puesto ambulante en la plaza de Tirso de Molino, son también protagonistas. Los autores les dan, con acierto, voz propia y así completan un retrato matizado y poliédrico del “ángel rojo”.

Mlechor Rodríguez y su hija Amapola, protagonistas de "Os salvaré la vida". Foto: El País. 
                                         
La novela de Leguina-Buren se divide en tres partes. En la primera, “La derrota”, se viven los últimos momentos del Madrid sitiado, cuando una conjura encabezada por el coronel Casado y a la que se unen los anarquistas de Melchor y Cipriano Mera, entre otros, arrebata el poder al Partido Comunista y trata de negociar, sin éxito, con Franco. Mucho ha criticado la historiografía aquel inútil baño de sangre. No es el caso de la novela, donde sí que hay un poso de amargura por este cruel epílogo. Y situaciones difíciles, porque las personas que Melchor mantuvo a salvo de los “paseos” en el palacio de Viana ven llegar a los suyos y de algún modo tendrán que traicionar al hombre que les ha ayudado. Las ideas no admiten vacilaciones. Melchor Rodríguez, junto a Besteiro, recibirá a Franco para hacer el traspaso de poderes. Será el último alcalde (accidental) del Madrid republicano, pero según he leído (dato sin contrastar), su retrato es el único que falta en el consistorio.

En la segunda, “Por la senda de la rebeldía”, se novelan los primeros pasos de Melchor, su infancia y acceso a la militancia política, también los primeros compases del alzamiento en el cuartel de la Montaña.

En la tercera, el título es “Cautivos y desarmados”. Sobran palabras. Melchor Rodríguez recibió como premio por salvar miles de vidas, el confinamiento en una de las peores cárceles de España (el fiscal llegó incluso a pedir para él la máxima pena). Así aplicó Franco la paz, esto es incontestable, guste o no. Pero si cuento lo que pasó después, creo que destripo demasiado.

La novela está bien escrita, aunque no es una obra tan literaria como las que suelo leer, pero es sano variar. Hay una nota emocional evidente, por ejemplo al describir la acción heroica de Melchor en Alcalá de Henares. Este matiz resulta inevitable, porque Buren es el bisnieto de nuestro héroe, “el ángel rojo”, como le apodó su amigo Javier Martín Artajo. El epílogo donde cuenta su relación con ese pasado traumático y la manera de confrontar memoria con presente, disfrutando de su abuela (Amapola, la hija de Melchor), que son raíces, arraigo y no solo trauma, merece mucho la pena.  

Para completar la lectura de Os salvaré la vida, es interesante hacerse con el ensayo de Alfonso Domingo, El ángel rojo, que ha servido como base documental a Leguina y Buren. Lo tengo en casa y por lo que voy leyendo, está escrito con admiración y reverencia hacia Melchor, combinando el buen periodismo con el rigor histórico: el primer capítulo ya te deja temblando.

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Parece que revive la figura de Melchor, en Madrid le dedicaron hace poco una calle y el anciano escritor (nada ácrata, por cierto) José Luis Olaizola también ha lanzado una novela sobre el “ángel rojo”: El anarquista indómito, libro que desaconseja la Fundación Franco (por si algún opus-deísta se confunde y lo compra). El propio Olaizola se ocupó de otra figura de atípica dignidad en esta guerra vergonzante: el general Antonio Escobar, guardia civil que respetó la legalidad republicana a pesar de su militancia católica y fue ejecutado por los vencedores al acabar la guerra, acusado de “adhesión a la rebelión”.

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El olvido de Melchor hasta fecha reciente (¿deliberado?) dice mucho de una figura incómoda para los dos bandos, que corre el riesgo de ser instrumentalizado. Para mí, es un ejemplo de concordia, pero humano y por tanto, con aristas. Personas así, por desgracia, no son solo excepcionales: son excepciones. Y ese el regusto agridulce que a veces saco de lecturas como esta.

jueves, 7 de marzo de 2019

Encuentro con Pilar Adón

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Fue una mañana de las que se dice de perros, expresión a extinguir, porque en comparación con los animales de granjas industriales nuestros queridos chuchos llevan una vida regalada. Por la ventana de mi clase veía levantarse nubes de polvo y aún con las ventanas cerradas, notaba la arenilla entre los dientes. Los abetos que hay fuera comenzaron a bailar el swing de la tempestad y yo me iba temiendo la llegada de la tarde, cuando empezó a llover y si programar un encuentro literario en los postres del Carnaval ya es una temeridad, con una alerta amarilla pintando el mapa de mi provincia, ¿qué podía esperar? Lo de siempre, un acto para minorías, casi un grupúsculo revolucionario las veinticinco personas que nos juntamos para conocer a Pilar Adón. Me la imaginaba echando maldiciones, al verse en este páramo, azotado por el viento y con el cielo como panza de burro, que diría el poeta.

Erré con mis expectativas, porque Pilar Adón se mostró en todo momento motivada, abierta, jovial y transparente. Y sobre todo lúcida. Desde la misma obertura lo dejó claro: “mi vida son los libros”. Pero todo tiene un comienzo, un año cero y ella lo describió como una especie de intuición, de vocación temprana. A pesar de no crecer rodeada de libros, por carácter, surgió en ella una inclinación por buscar “su habitación propia”. No es casualidad que el aislamiento y la huida sean temas recurrentes en su literatura. Y como sabemos todos, “leer te lleva a escribir”. Pero lo que quizá no esperaba Pilar Adón era la mitosis: los brazos de pulpo que parten de una vocación temprana por los libros y que le llevan no solo a escribir relato, poesía, novela, sino a traducir y embarcarse en la aventura ártica de fundar un editorial en España y para colmo, en plena crisis económica. Impedimenta, para más señas. Pilar nos contó que renunció a un puesto de trabajo como funcionaria para dedicarse por completo a la literatura, ya que no podía compaginarlo todo. Esta apuesta arriesgada (y valiente, un conformista como yo lo ve así) fue una decisión que generó muchas advertencias y movimiento de cabeza fatalistas: “no pongas todos los huevos en la misma cesta”. Pero estos huevos eclosionaron y vuelan a su aire, habiendo aminorado la posibilidad de una tortilla desastrosa.

Hay ciertos temas que se repiten en la obra de nuestra escritora, con independencia del formato: la huida, el deseo de estar en otra parte, las relaciones de dependencia y de poder. La separación. Preguntada además sobre el papel de la naturaleza en su obra, una naturaleza hostil, nos confesó que al escribir huye del espacio urbano, donde vive y trabaja. Según Pessoa “el arte nos sirve porque nos saca de aquí”, la escritura y la lectura ayudan al escapismo. 

Un momento de la charla. Por ahí está un servidor, encogido y tomando notas. 

Sobre cómo se gestó Las efímeras, de la que no hice reseña porque ya hay muchas y muy buenas por parte de otras compañeras blogueras, nos contó que fue una mezcla de curiosidad en torno a las comunidades utópicas del XIX y el tema del buen salvaje. Como anécdota, descubrió la existencia de la comunidad libertaria del mismo nombre después de publicar la novela, a través de una fotografía que ilustraba una reseña en Babelia. Parece que la idea quedó prendida cuando se documentaba para una novela anterior, Las hijas de Sara y afloró en algún momento de la escritura de Las efímeras. El cerebro debe tener unos escondrijos la mar de interesantes, capas profundas de nuestra mente donde persiste mucho de lo que creemos olvidado.

A Pilar se nota que le gusta el encuentro con sus lectores, lo disfruta y teje su tela de araña, en la que nos dejamos atrapar. Pero no siempre el encuentro es tan sosegado, en un club de lectura de cierta ciudad, se encontró con treinta lectores hostiles que abominaban de su libro de relatos El mes más cruel. Después de la charla no es que los convenciera, pero si que los dejó noqueados. Le dijeron que esperaban a alguien odioso, depresivo y triste, encontrando en cambio a una persona sosegada que tiró de paciencia frente a los leones.

Hablando de los personajes de Las efímeras, Pilar se reconoce en la hipersensible Violeta y admite que lo pasó mal cuando se deshizo de Dora. En una imagen muy hermosa, que le hicimos notar y nos explicó, Dora, egoísta y dominante, recibe la ayuda de la naturaleza, de esos gorriones que esparcen sobre ella migas de pan. Aunque su preferido es Denis, una especie de hombre lobo que lleva sobre sus hombros toda una maldición familiar. Anita representa el orden social, un lector le dijo que para él sufría el síndrome del poder. Es algo que destaca Pilar Adón al charlar con sus lectores: llegan a conclusiones que ella, como escritora, no se planteó en ningún momento. Esto me hace ver la literatura, el buen libro, como un artefacto con vida propia. Como la creación desbocada de un Víctor Frankenstein.

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Pilar Adón nos contó su experiencia como editora, con verdaderos devotos de Impedimenta entre nosotros. La venta de libros flaquea, sobre todo desde el último trimestre del año pasado. ¿Asistimos a una transición, a un cambio de paradigma o al inicio de una debacle? Para Pilar Adón y las editoriales que forman parte del grupo Contexto, la literatura tiene una labor no solo lúdica, sino educativa y social. Quizá la baja tolerancia a la frustración, el alarde despreocupado de la propia ignorancia, el rebrote de lo milagrero, de la superstición que abolió el siglo de las luces, la cultura de lo fácil, en fin, esas piedras en el zapato de nuestra época, no sean el mejor sustrato para que crezca el número de lectores. Hay muchas formas fáciles y sin esfuerzo de entretenerse y si hay que pensar, mejor un eslogan que un libro.

Más cosas y me dejo un buen puñado de notas por no alargar la cuestión, que sabemos que el formato digital encaja mal con la larga distancia. Para eso, de nuevo, lo mejor es un libro. Pues salió el tema de la traducción, tarea laboriosa y poco valorada que “requiere familiarizarse con la voz del autor y respetarla” y es que el “traductor es autor”, debe comportarse como un “fantasma” y ella procura traducir sin dejar su marca de autor.

Espero haber logrado transmitir parte de la esencia de nuestra charla, el puñado de lectores que nos reunimos en torno al fuego de Pilar Adón, en una tarde desapacible y creamos nuestra burbuja, perdiendo la noción del tiempo. Hubo momento para las firmas y me hice con su último libro de poesía,  con el que cené esa noche y recomiendo porque trata el tema de la maternidad, desde el punto de vista de la madre, de la hija y de la mujer que no será madre, interesante y poco habitual. Le hicimos perder el tren, pero seguro que no nos guarda rencor. La tribu lectora resiste y mientras haya personas, mientras exista ese deseo de huir, de buscar amparo y hallar respuestas a preguntas imposibles, habrá libros.

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lunes, 18 de febrero de 2019

"La canción de los vivos y los muertos" de Jesmyn Ward

Fotografía tomada de la revista cultural Sobredosis, comparando la portada de Sexto Piso y la original

La canción de los vivos y los muertos (Sing, unburied, sing en el original) es una novela de Jesmyn Ward (1977), ganadora del National Book Award y publicada en España por Sexto Piso. Llama la atención ver el nombre del traductor (Francisco González López) en la portada, con letras mayúsculas y que se incluya una breve anotación biográfica suya en la solapa. Detalles así son los que distinguen a las editoriales independientes de las grandes marcas. Según he ido olfateando por la web, es una obra que ya goza de cierto consenso positivo entre lectores muy diversos, aunque apenas lleva unos meses en el mercado. Yo creo que se debe a que admite varios niveles de lectura: sirve como literatura de evasión, pero también puede uno darse una zambullida en busca de perlas enterradas. Desde luego, busques una cosa u otra, logrará atraparte en su tela de araña. El primer párrafo ya viene con efecto de succión:
Me gusta creer que sé lo que es la muerte. Me gusta creer que es algo a lo que podría mirar de frente. Cuando Pa me dice que necesita mi ayuda y veo ese cuchillo negro deslizarse por el cinturón de sus pantalones, sigo a Pa fuera de la casa, intento mantener la espalda erguida, los hombros rectos como una percha, así camina Pa. Intento que parezca que para mí es algo normal y aburrido para que piense que he aprendido algo en estos trece años, para que Pa sepa que estoy listo, que puedo extraer lo que hay que extraer, separar las tripas del músculo, los órganos de las cavidades. Quiero que Pa sepa que puedo mancharme las manos de sangre. Hoy es mi cumpleaños.
Y desde ahí, comienza una novela de ecos faulknerianos, el editor también compara a Ward con Toni Morrison. Hay aroma sureño, esa literatura cerrada, particular, que sin embargo atrae a lectores de contextos culturales muy diferentes. Se caracteriza por un realismo donde brota lo sobrenatural y también algo de mugre, al reflejar el envés podrido del imperio, la disolución de una sociedad con heridas incurables.


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Jesmyn Ward en una foto del NY Times (fuente: https://www.nytimes.com/2017/11/15/books/review/national-book-award-jesmyn-ward.html)
El libro alterna tres voces narrativas en primera persona, la de Jojo, un adolescente mulato, su madre Leonie y el espectro de Richie, un joven negro que murió en el penal de Parchman en Misisipi, donde también cumplió condena el abuelo de Jojo y padre de Leonie, River. Como decía, lo sobrenatural está presente casi desde el principio, las almas en pena permanecen atadas al mundo sensible por su sufrimiento y tanto Jojo como Leonie pueden ver a los muertos y conversar con ellos. 

La historia hunde sus raíces en el rencor y la tensión racial. El hermano de Leonie, Given, fue asesinado de manera absurda y la muchacha, cosas de la vida, acabó enamorándose del primo de su asesino. Este se llama Michael, es blanco y trabajaba como soldador en una plataforma petrolífera antes de acabar en la cárcel, en la misma penitenciaría donde estuvieron River y Richie. Su relación interracial, de la que han surgido dos hijos, no es aceptada por los padres de Michael, racistas arquetípicos, que ni siquiera conocen a sus nietos, Jojo y Kayla. Criados por los padres de Leonie, los niños sienten más apego hacia sus abuelos negros, tanto que se refieren a sus progenitores por el nombre de pila, algo que debe doler lo suyo como padre, aventuro que incluso más como madre. Michael y Leonie simbolizan el fracaso de la típica familia norteamericana. 

Cuando Michael sale de la cárcel, Leonie decide llevarse a sus hijos a Parchman. La historia adquiere entonces tintes de novela de carretera, hasta que el espectro de Richie reconoce al nieto de River y se instala en su coche para regresar con él, porque cree que solo su antiguo amigo de presidio puede llevarlo a casa, al mundo de los espíritus que por alguna razón, a pesar de llevar cincuenta años muerto, nunca llegó a alcanzar. Esta incógnita, ¿qué pasó con Richie?, sostiene los capítulos siguientes y se desvela al final.


Imagen de la penitenciaría de Parchman, Misisipi (fuente: https://www.pbs.org)
Para mí, lo más conmovedor ha sido la extraña empatía que me ha despertado Leonie. No es que el sufrimiento de los dos jóvenes, Jojo y Richie, especialmente este último por su trágico final, no me hayan llegado hondo (¡cómo duele, aunque sea ficción que unos padres no quieran a sus hijos!), pero lo de Leonie me intriga, ¿qué tendrá que ver conmigo una joven negra, acomplejada, adicta, aferrada a un amor maldito, incapaz de gestionar toda la herencia racial y mágica que su madre enferma de cáncer ha tratado de transmitirle? No tengo ni idea, pero me inspira ternura —no lástima— y siento sus dilemas como si fueran míos. Jesmyn Ward lo consigue y puede que la autora haya puesto en Leonie algo especial, por ser mujer y no ser perfecta, por ser conmovedoramente imperfecta.

El final de La canción de los vivos y los muertos es un despliegue de apariciones, muertos y muerte, me ha convencido menos que el resto de la novela, pero no aminora su impacto. Una buena lectura para dejarse mecer por el viento tórrido del sur y su pasado segregacionista, unos muertos que nunca dejan de seguir el paso de los vivos.

domingo, 10 de febrero de 2019

"Daniela Astor y la caja negra", de Marta Sanz



Un avión se estrella en una cordillera nevada y entre sus despojos, los investigadores esperan hallar la caja negra. Este artefacto, que en realidad es de color naranja para facilitar su localización, registra los datos de los instrumentos y las conversaciones de la cabina. La psicología también tiene su caja negra y según he podido entender (no del artículo de Wikipedia, que es un galimatías), se trata de la parte opaca e insondable de la mente, su desconocido mecanismo interno. Creo que ambos conceptos están en la novela de Marta Sanz. Por un lado, es una crónica de la transición, la representación de la mujer en el cine de la época y aquella patata caliente que fue la libertad sexual. Por otro, se explora la intimidad de una niña en los albores de la pubertad. La novela alterna una parte documental, donde desfilan entrevistas, actrices del destape y alusiones a películas míticas de aquellos años, con la narración en primera persona de Catalina, alias Daniela Astor, un rol imaginario que la niña ha creado a partir del cine y las revistas del corazón. Marta Sanz engarza ambas historias con habilidad, tanto que si bien se podrían leer por separado, parece que si amputáramos alguna de las dos partes la novela moriría desangrada.

Supongo que las habrá, ¿sobre qué no se ha escrito? Pero no recuerdo un acercamiento a la mente de una niña en ese punto de inflexión, cuando empieza a hervir la leche de la adolescencia, justo antes de que la espuma desborde el cazo. O al menos no lo recuerdo hecho con tanto atrevimiento. Porque Catalina es una niña, pero nota la semilla de la mujer que será. El tono es inquietante y sórdido, la fantasía empaña el espejo de la realidad, moldeada por lo que ella ve y lee. El despertar sexual es incipiente, el lector adulto nota su aliento, pero el niño lo percibe como un juego más. Es un camino de exploración constante, de búsqueda y perplejidad. 

En la novela (ambientada en 1977), la mujer española se encuentra en una fase de transición. Las madres de Angélica y Catalina trabajan fuera de casa, parecen independientes, pero una vez dentro del hogar regresan al rol tradicional de la mujer que limpia, cocina, plancha y en su matrimonio asume con resignación una posición subordinada, dice Catalina “nuestros padres tratan a sus mujeres como si fueran aún niñas pequeñas” y tiene claro que “ni Angélica ni yo queremos ser como nuestras madres”, ella prefiere ser “la madre de Blancanieves”. La novela aborda un conflicto clásico que señala el fin de la infancia: la atracción y a la vez repulsa del progenitor, porque, dice “me cansa que mi madre sea una madre, pero no quiero que lo deje de serlo”, “para crecer, es imprescindible meterse con las madres”.

Daniela Astor distorsiona el mundo que le rodea, incluso se erotiza cuando sale a pasear con el padre de su amiga. Me gusta y atrapa. Es subyugante. Hasta que pasa algo, una perturbación en la vida de Catalina y Daniela Astor desaparece. La echo de menos, pero sigo leyendo. El protagonismo ahora recae en Sonia, la madre de Catalina y su decisión firme de no tener el hijo que está esperando, en un contexto en el que abortar conlleva penas de cárcel y por ello más de 30.000 españolas viajan al año a Londres para someterse a esa intervención. Este cambio se transmite al resto de personajes. Los hombres se convierten en espantapájaros, el padre de Catalina pasa de maestro risueño a ser una comparsa, un idiota sin iniciativa propia y Luis Bagur de galán irresistible a pijo-progre con los dientes negros por fumar en pipa. La madre de su amiga Angélica, descrita antes como la socióloga con gafas de culo de vaso que pone lavadoras, se transforma en un puntal firme y sabio de bonitos ojos azules. Ya no es la historia de una niña, su imagen de feminidad moldeada por las películas de fantaterror y su periplo hacia la adolescencia. Es una crónica sobre el aborto y una regularización que no se abordó hasta bien entrada la democracia. La novela entonces se aleja de los matices y cae en el blanconegrismo, Marta Sanz se posiciona y al final se olvida hasta de Sonia Griñan y las últimas páginas lanza una pedrada para poner los puntos sobre las íes. ¿Por qué toma esta deriva la novela? En esta entrevista la propia Marta Sanz me da una pista:
Trataba de reconstruir una historia sentimental de la transición a través de las vivencias de quiénes éramos niñas en ese momento cuando se platean los cambios de Alberto Ruiz-Gallardón y a partir de ahí empecé a rescatar esa mirada tan sórdida sobre el aborto, asociada durante tanto tiempo a lo sucio, incluso a la brujería. La novela trata sobre una mujer que decide abortar porque sí (…), la suya no es una situación límite, no existe la tan requerida justificación
(Fuente: "Marta Sanz, una mirada valiente sobre el aborto", nuevatribuna.es).
Pero desde mi subjetividad, torpedea el Titanic literario que había levantado en las doscientas páginas anteriores. Poco falta para echarlo a pique. Cuando leía los últimos capítulos de Daniela Astor, pusieron en televisión Los Olvidados, de Luis Buñuel. Una obra maestra indiscutible, que sigue intacta después de setenta años. En la película, se retrata la miseria de unos suburbios, la delincuencia juvenil y ocurre algo: los pobres son malos. Miserables, envilecidos, crueles, traicionan a los amigos, se desentienden de los hijos, los débiles abusan de los débiles. Hace tanto daño, ¡cómo escuece esta verdad!: la miseria material y afectiva, la incultura, engendra miseria moral. Sin justicia, no se puede atenuar el mal y la vida humana vale menos que una gallina. Tamaña perturbación hizo empequeñecer el final de Daniela Astor, que tenía esa noche entre manos y el capítulo final, donde hace una crónica burlesca de Sálvame, me lo quité de encima como una mosca. 


La lectura de Daniela Astor forma parte de un club de lectura en el que participo de manera activa, adscrito al programa del MECD “Por qué leer a los clásicos”. En él, siguiendo el tema de este año (escritoras españolas), hemos seleccionado cuatro libros: dos lecturas clásicas muy conocidas y dos ejemplos de literatura contemporánea, que vamos alternando. La primera fue la obra maestra de Mercé Rodoreda, La plaza del diamante, que tuvo un éxito rotundo. La segunda fue Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz. Su estructura posmoderna, las partes documentales y el atrevimiento con el que retrata a una adolescente nada complaciente causó algo de estupor. Con La voz dormida de Dulce Chacón supongo que no habrá tantas pulgares hacia abajo y tengo curiosidad por la acogida de Las efímeras de Pilar Adón. Autora que además vendrá a hacernos una visita en marzo, ¡estoy deseando conocerla! Ni que decir tiene que para elegir las lecturas me basé en las reseñas de los blogs que sigo, por ejemplo el de Lorena (El páxaru verde) o el de Ana (Lo que leo locuento), inactivo a día de hoy. Ahora se habla mucho de “salir de la zona de confort”, hasta en los anuncios de ginebra y como lector hay que hacerlo, pero no con el pie echado, sino con los brazos abiertos y esto no es fácil de transmitir y mucho menos de compartir. Aquí seguro que encuentro mayor comprensión.