viernes, 30 de octubre de 2015

“Lady sings the blues” de Billie Holiday

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Foto: casadellibro.com
Hubo un periodo de mi vida en el que dos mujeres, sus voces, acompañaban mis duermevelas, los viajes en autobús, los momentos en los que deseaba estar solo. Su arrullo me llegaba a través de un auricular conectado a dos instrumentos hoy prehistóricos: un viejo walkman y un reproductor de cedés portátil que llevaba en bolsillo interior de la chaqueta. Una era Chavela Vargas y otra Billie Holiday. Dos artistas que hurgan en la herida, la palpan, arropan al que está triste y se siente desgraciado pero no calman su zozobra: la comparten. Como todos, fui quemando etapas. El mp3 jubiló aquellos armatostes, el silencio fue ocupando cada vez menos espacio en mi vida y el aura de Chavela y Lady Day se fue apagando, sus voces de sirena dejaron de resonar en mis oídos. En tierra firme, lejos del naufragio, solo recurría a ellas en contadas ocasiones. Pero no puedo dejar de agradecerles que compartieran y sobre todo canalizaran mi angustia de aquellos días, expresándola y dándole una forma tan arrebatadamente bella. Les reservo el mismo hueco en mi corazón que a las personas que he conocido y amado.

El caso es que hace poco olisqueaba, como cualquier adicto a la lectura, entre las cinco o seis estanterías que componen la biblioteca de mi pueblo y acabé en la sección de biografías. Allí estaba García Márquez con Vivir para contarla y al sacar el grueso tomo, detrás, el pequeño libro de Billie Holiday. Decidí dejar a Gabo para otra ocasión y rescatar a Lady Day de su ostracismo.

Lady sings the blues son las memorias de Billie Holiday, nacida Eleanora Fagan Gough. Poco más de doscientas páginas en las que ayudó a darle forma su amigo y pianista William Dufty, según reza en la contraportada. Ninguna otra información ofrece la edición de Tusquets. No hay un estudio introductorio donde nos cuente cómo se gestó la obra y qué puede encontrar (y qué no) el lector, un epílogo qué nos explique lo que fue de Lady Day después (el libro acaba en 1956 y ella murió en 1959), un apéndice con la letra de sus principales canciones, traducidas al castellano. No hay notas al pie de página con aclaraciones. Por no haber, no hay ni una foto. La única en la solapa y de ínfima calidad. Con este atrezzo el libro ganaría muchos enteros y estaría a la altura de su autora. De la misma manera que al final se incluye una discografía selecta, ¿por qué no hacer un verdadero esfuerzo? También echo de menos una línea del tiempo, una simple cronología con los hitos más destacados de su vida que el lector pueda consultar, porque a veces uno se pierde. Dudo que nadie de Tusquets me lea, pero aprovechando que este año es el centenario de su nacimiento podrían intentar una edición más cuidada.

Billie Holiday y su perro Mister, que también tiene un hueco en esta autobiografía
(Foto; drugstoremag.es - Pinterest)
¿Y entonces qué se puede encontrar en Lady sings the blues? Pues a Billie Holiday relatando su vida. Con voluntad de cronista, sin adornos ni aditamentos. Respetando en cierta medida un orden cronológico aunque se permite algunas digresiones y la mención de artistas, ciudades, clubs y teatros puede llegar a marear un poco. Una vida terrible, pero que nadie espere un tono de autocompasión. Billie no quiere dar lástima, simplemente relata, expone: así fueron las cosas. Con fatalismo  y un punto pesimista.

El inicio es tan descarnado como contundente: “Mamá y papá eran un par de críos cuando se casaron. El tenía dieciocho años, ella dieciséis y yo tres”. No fue fácil la vida de Eleanora Fagan. En realidad, fue un infierno. Nació en 1915 en Baltimore. Su madre tenía, efectivamente, trece años. Trabajaba de criada y fue despedida en el acto al conocerse la noticia de su embarazo. Pero según Holiday “Sadie Fagan me quiso desde que yo solo era un suave puntapié en sus costillas”. Su padre era guitarrista de jazz (de él heredó el sobrenombre de Holiday) y pronto les abandonó. El primer jazz (Louis Armstrong y Bessie Smith) lo escuchó en la vitriola de un burdel. 

En el libro Lady Day nos cuenta la manera fortuita en la que se inició su carrera musical. Eran los tiempos de la Gran Depresión. Una noche, tras recibir la orden de desahucio, Holiday salió desesperada a buscar trabajo. Finalmente consiguió una audición para un puesto de bailarina en un club nocturno, pero fue un desastre. Sin embargo, el pianista se apiadó de ella y le invitó a cantar, por probar. Así comenzó todo. Nadie lograba etiquetarla, porque poseía un estilo propio, arrastraba la voz, una voz que desprendía nostalgia y melancolía. Ella misma dice: “si descubres una melodía y tiene algo que ver contigo… la sientes… y cuando la cantas los que te oyen también sienten algo”. Tanto se involucraba en la interpretación que afirma  “algunas canciones me llegan tanto que no soporto cantarlas”.


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Billie Holiday en 1948
(Foto de William Gottlieb en www.drugstoremag.es)
Las reflexiones, aunque no demasiado abundantes, son muy jugosas. Por ejemplo, sobre la creación artística dice: “todos tienen que ser diferentes. Si copias, trabajarás sin verdaderos sentimientos. Y sin sentimientos todo lo que haces equivaldrá a nada” “en toda la tierra no hay dos personas idénticas y lo mismo tiene que suceder en música, de lo contrario no será música”.

El testimonio del racismo y la segregación sobrevuelan muchas de sus páginas, un escollo que ni siquiera su condición de estrella podía superar. Los problemas debido a su color de piel (a veces porque no es lo suficientemente oscura, ya que tenía sangre irlandesa) se repiten invariablemente. No es admitida en los hoteles, levanta suspicacias en los locales cuando tiene que actuar con músicos blancos, se ve envuelta en trifulcas en bares, restaurantes, etc. 

El aficionado podrá conocer de primera mano como se gestaron algunas de sus canciones míticas. Por ejemplo “Strange fruit”. Sobre ella dice “todavía me deprime cada vez que la canto… pero tengo que seguir cantándola porque las cosas que mataron a papá siguen ocurriendo en el sur" y “cantarla me deja sin fuerzas”. 

                           

Me parecen unas memorias honestas, sinceras y auténticas. La prueba es que no esconde ni minimiza sus problemas con el alcohol y otras drogas, aunque no llega a ser del todo explícita (supongo que por el contexto en el que fue escrita). No deja por supuesto de criticar la doble moral y la corrupción de la policía y el sistema judicial “cuando estaba enganchada nadie se metió  conmigo… no me persiguieron hasta que hice un esfuerzo sincero por salirme”. Sobre la relación entre droga y creatividad es tajante “si crees que se necesita droga para interpretar música o cantar, desvarías”Describe también sus estancias en prisión, donde se negaba a cantar y afirma en tono lapidario:  “mi canto se basa en los sentimientos y en todo el tiempo que estuve allí, no sentí absolutamente nada”. 

En definitiva, Holiday era pura expresividad, palpable en sus grabaciones, no me quiero ni imaginar en vivo durante sus buenos tiempos. “Me han dicho que nadie canta la palabra hambre como yo. Ni la palabra amor. Tal vez yo recuerde lo que quieren decir esas palabras”.  El libro está claro que gustará a los devotos de la cantante (aunque les irrite la paupérrima edición), muchas anécdotas son de sobra conocidas y otras no tanto. Respecto al lector menos interesado en el mundo del jazz y el universo de Holiday, podrá encontrar el retrato de una época y el alma de una artista irrepetible, también las virtudes y limitaciones de toda autobiografía. No me puedo resistir a incluir mi pieza favorita, una de las canciones que mejor expresan el desamor y el dolor de sentirse engañado: "Don´t Explain".

                                           

domingo, 25 de octubre de 2015

UNA HISTORIA CORRIENTE

Madre e Hija (detalle del cuadro Las Tres Edades de la Mujer), c.1905 Obra del gran Gustav Klimt.
Madre e hija, detalle del cuadro de Gustav Klimt Las tres edades de la mujer (fuente: brotebrote.wordpress.com)
Hay enfermedades más literarias que otras. Por ejemplo, las grandes pandemias, reales o inventadas. Un agente patógeno desconocido se difunde de manera implacable, arrinconando a la humanidad. La sola mención de la peste negra evoca el Apocalipsis. Un virus imaginario infecta a los hombres, los transforma en cadáveres andantes o les deja ciegos, sin posibilidad de redención. El libro es llevado a la gran pantalla y millones de personas tiemblan, se estremecen, incluso ríen contemplando el mal ajeno. Desde la Biblia, la plaga es carne de ficción. ¿Y qué decir de la enfermedad mental? Depresión, trastorno bipolar, esquizofrenia: reyes carcomidos por los celos y la envidia, dictadores lunáticos, manicomios donde ni Dios escribe derecho; todos han sido pasto de la creatividad literaria. 

Sin embargo, es muy difícil hacer ficción sobre esa enfermedad llamada cáncer, que se manifiesta como Zeus en las más diversas formas, especialmente si la has padecido. He escrito esa palabra, acentuada, y me he quedado rígida frente al teclado y toda la historia que había construido en mi mente y que quería contar se me ha venido abajo. Se ha disuelto la trama completa y en su lugar ha aparecido, como los faros de un coche que emerge de súbito entre la niebla, el momento de mi diagnóstico. 

Fue una mamografía rutinaria, que por mi edad el médico me aconsejó (con vehemencia, todo sea dicho) que me hiciera. Hoy doy gracias porque me permitió ganar la suficiente distancia como para que la muerte me rozara con sus cuernos sin llegar a cogerme. Pero en aquel momento, solo escuchar la palabra me hizo sentir un escalofrío. Quizá fue un pálpito o la simple sugestión, por todo lo que implica una prueba que puede arrojar la evidencia palpable de que en tu cuerpo se está gestando una enfermedad terrible, de la que, como la hoguera de la Inquisición, no se habla, pero existe y afecta y siega la existencia de muchas personas en todo el mundo.

Mientras contemplaba a mis hijos jugando en los columpios del parque me vino un acceso de llanto, que disimulé bajo las gafas de sol y estuve todo el día como mareada, sin dejar de pensar en el ceño fruncido del médico que me realizó la prueba al palparme. Como tiendo a ser obsesiva, lo dejé pasar y en unos días toda esa angustia inicial había sido tragada y digerida. Hasta que una mañana, comprobé que tenía una llamada perdida en el teléfono móvil y al pulsar la rellamada me contestaron desde la centralita del hospital y todos esos números, ese batallón de números, se transformaron en palabras: “lo siento, es cáncer”.

Si, es difícil extraer una historia de lo vivido sin caer en la visceralidad. Me cuesta verlo desde lejos, con distancia, porque todavía puedo palparlo, notar sus huellas en mi cuerpo. Se fue, o quizá espera en su guarida, aletargado, royendo mis entrañas. Lo malo fue dar resonancia a aquella noticia. Notar su garra apretando la garganta de mi marido, ahogándolo hasta la inconsciencia. Me sentí como los heraldos negros de César Vallejo: hay golpes en la vida tan fuertes. Golpes como del odio de Dios. Con aquella noticia golpeaba a mi familia, aplastaba a mis hijos, que no entendían pero ya sabían lo que era tener a su madre enferma, lo que era verla vomitar y perder el pelo y arrastrarse por el pasillo tanteando las paredes y agarrándose a los pomos de las puertas para no caerse. Me sentía como un martillo, ese sentimiento de culpa me arrastró mar adentro y casi me ahoga.

Quería haber contado una hermosa historia, la de una mujer amenazada por la enfermedad, que sublima sus sentimientos y desde el primer momento lucha como una heroína, como la mujer del cuadro de Delacroix, que sostiene la bandera de la libertad entre las bombas y se levanta sobre los cascotes de la barricada, con el pecho desnudo, expuesto sin miedo a las balas. Sin miedo al cáncer. 

Pero no. Yo tuve mucho miedo. Padecí el terror que se siente ante la amenaza de tener que abandonar este mundo dejando cabos sueltos, con dos hijos pequeños, desvalidos, apenas destetados. Ese mismo pecho que les había amamantado ahora me empujaba hacia la tumba. Quería haber contado una historia que infundiese valor, que pudiera ser expuesta como ejemplo. Que provocase comentarios de admiración. Que quién la leyera sintiese que los enfermos de cáncer son héroes rocosos, mutantes con superpoderes: el poder de resistir y bregar con la muerte, el poder de sobreponerse a la adversidad, el poder de hacer brotar la semilla del optimismo en el menos fértil de los suelos.

¿Cómo puede algo que afecta a tantas mujeres ser tan invisible? ¿Por qué nuestra sociedad no afronta la enfermedad y la rechaza como un escollo improbable, cuando es una protuberancia más en el camino bacheado de la vida? La unidad de oncología no era el pabellón vacío que expone el cine, donde flotan los pensamientos de los enfermos como luciérnagas. Había muchas mujeres como yo. Entre todas me insuflaron fuerzas. Su aliento hinchió las velas de mi autoestima, que permanecían varadas en una calma que hubiera aprovechado la muerte. Entonces grité como Tarzán y me sostuve en mi familia para poder andar. Asumí el tratamiento, que devoró mi cuerpo, marchitándolo. Pero yo aguardaba la llegada de la primavera, quería florecer y acompañar otra vez a mis hijos al parque, empujar el columpio: “mamá, que alto” “mamá, que toco las nubes”. Y sentir el abrazo de mi marido, rodeándome como una placenta.

Podría haber contado otra historia, en la cual la enfermedad triunfa y a esa mujer se la traga la tierra. Pero no puedo imaginármelo. Toda la vida tendré que mirar de reojo, es verdad, siempre con la impresión de que me andan siguiendo. Es el cáncer, durante las revisiones, en cada analítica, bajo la ducha. Pero sigo viva y esta palabra, tan simple, tan breve, tan desprestigiada, brilla con una luz diferente después de pasar el viacrucis que yo pasé, que pasan todas las mujeres que superan la enfermedad. Somos legión, nos protegemos entre nosotras, le hacemos, le hicimos frente y triunfamos sobre su cadáver. La adversidad nos ha hecho más felices y más fuertes.

Me gustaría que hubieras leído una historia corriente, con presentación, nudo y desenlace. Una historia con sus personajes, con su trama, con una ambientación bien trabajada. Pero la vida me sale a borbotones y frente al teclado, esto es lo que tengo, mi testimonio, mi luz, una libertad condicional que he ganado a la cárcel de la muerte. Te la expongo, por si un día cae sobre ti o sobre los que quieres el fatídico diagnóstico. Ten fuerza, déjate ayudar, haz por vivir. No puedo decirte más.

"Una historia corriente" recibió el primer premio en el III Certamen de Relato Corto y Poesía AMUMA 2015, que se entregó el 24 de octubre en Ciudad Real. A esta asociación pertenecen los derechos de la obra. Ha sido muy especial para mi escribirla y darle difusión a través de este blog. Os animo a que visitéis la página de AMUMA, para conocer de primera mano su increíble labor. 

Por supuesto, este relato está dedicado a todas las personas (y sus familiares) que han tenido que luchar alguna vez con la enfermedad del cáncer.

domingo, 18 de octubre de 2015

"Walking around" de Pablo Neruda

"Ropa tendida" litografía de Igone Urquiza
(foto: https://igoneurquiza.wordpress.com)

Soy un lector de poesía intermitente. Suele ser el otoño con su crepúsculo incendiario y sus lentas amanecidas, con sus nubes grises y amenazadoras, una de las épocas más propicias para volver a leer en verso. La necesidad me llega y luego, saciada, se apaga como la sed. 

Es mucha la poesía que me gusta, pero quería hablar de aquellos poemas que de algún modo me marcaron o fueron compañeros de viaje durante años. Y he decidido empezar por Walking around de Pablo Neruda. El poeta chileno, al que Félix Grande llamaba el “Himalaya” de la poesía contemporánea en español, ha sido un clavo ardiendo al que me he agarrado en los momentos de zozobra, de enamoramiento y de ataques de conciencia.

Me tengo que retrotraer a la adolescencia. Recuerdo que acudí con una amiga a un recital (en aquellos tiempos no era algo en lo que los chicos de mi edad se prodigaran demasiado), movido por la imperiosa necesidad que me asaltaba a veces de romper cualquier convención y rutina. Un poeta vestido de negro, iluminado por una luz cenital intensa como un rayo, recitaba acompañado de una pianista, que buscando el contraste llevaba un vaporoso vestido rojo. Entonces escuché por primera vez “sucede que me canso de ser hombre” y fui absorbido como en un remolino, hasta que me despertaron de mi trance unas “lentas lágrimas sucias”. 

Todavía andaba royendo aquel primer verso para extraerle el tuétano, cuando volvió a mis oídos y quedó anclado definitivamente en mi conciencia. Fue a través de una canción del grupo de rock Extremoduro que comenzaba “sucede que me canso de ser hombre” y añadía “sucede que me canso de mi piel y de mi cara”. Licencias artísticas.

Nefatlí Ricardo Reyes Basoalto, más conocido como Pablo Neruda (foto: nearshoreamericas.com)

Walking around pertenece al libro Residencia en la tierra II, escrito entre 1933 y 1935. El tedio, la rutina, el desarraigo y una fuerte pulsión existencialista emana de sus versos. Es también un tremendo despliegue de recursos literarios y de imágenes perdurables, llenas de ese vacío, de ese “caminar desorientado”, de un pesimismo del que la fantasía se atisba como única escapatoria. Neruda se cansa incluso de su sombra, de su propia materialidad y encuentra angustia en lo más prosaico: en las peluquerías, en las tiendas de ortopedia, en los ascensores, en “calles espantosas como grietas”.

Cuando percibo en los huesos esa sensación de desamparo, los versos de Walking around parecen adheridos a mis emociones, como si hubieran fraguado en ellas y fueran parte indisoluble. Así, siento que “el lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel” y me muero de pena y “no quiero seguir siendo raíz en las tinieblas”.

Durante mucho tiempo Walking around fue el eco sobre el que proyectaba mi grito. Por suerte, la angustia es finita y el tiempo cumple a la perfección su labor diseminadora. Llegó un momento en el que al releer Walking around ya no pensaba en mí mismo, sino en el poeta. 

Malva Marina Trinidad Reyes Hagenaar (foto: vuelanlasplumas.cl)
La pequeña murió con ocho años. Para saber más sobre el tema puedes pinchar aquí,
a la web de Bernardo Reyes, autor del libro "El enigma de Malva Marina". 
                                                                   
Este sentimiento se hizo más fuerte al leer su autobiografía Confieso que he vivido. Era pura vida en movimiento Neruda; nostálgico, melancólico sí, pero no un ser atormentado que anhelara un “descanso de piedras”. ¿Qué ocurrió en la vida del poeta para conducirle a tal estado de angustia? Creo que influyó el nacimiento de su única hija, enferma de hidrocefalia y a la que acabó dando en adopción (o abandonando, según se mire). De ahí surge el desamparo, el rechazo del mundo y de sí mismo: “sucede que me canso de ser hombre”. En una carta de aquella época a su amiga Sara Tornú escribe:
La chica se moría, no lloraba, no dormía; había que darle comida con sonda, con cucharita, con inyecciones y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir, llamando médico, corriendo a las abominables casas de ortopedia donde venden espantosos biberones, balanzas, vasos medicinales, embudos llenos de grados y reglamentos.  Tú puedes imaginar cuánto he sufrido. (Fuente: http://www.poesias.cl/) 
Con esa angustia en el corazón compuso Neruda Residencia en la tierra II, incluso hay una alusión directa a su hija en otro poema titulado “Enfermedades en mi casa”. Nada más. La herida de su hija tuvo que supurar hasta el fin de sus días, porque la excluyó de sus memorias. No se atrevía el poeta a mirarse en un “espejo que debiera haber llorado de vergüenza y espanto”. Pero por supuesto, solo es mi interpretación. Os dejo el poema íntegro para leer. También lo podéis escuchar de la voz de Jaime Sabines

Walking around


Sucede que me canso de ser hombre.

Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas moradas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
no quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos,
aterido, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

miércoles, 14 de octubre de 2015

"9 cuentos" de J.D. Salinger

Esta es la edición que yo he leído de "9 cuentos".
También está en Alianza Editorial (foto: mercadolibre.com)
Jerome David Salinger (1919-2010) es uno de esos escritores que han trascendido lo meramente literario. Su fotografía iracundo, abalanzándose sobre un fotógrafo que trataba de franquear el aislamiento voluntario en el que el escritor estuvo emparedado durante décadas, es icónica. Su obra es breve y lo reducido de su universo permite al lector poder abordarlo y acotarlo en su integridad. Ahora bien, es un lago pequeño Salinger, pero de aguas turbias y profundas. Cuesta escrutar dentro de él. Sus relatos son auténticas piezas emocionales, banales en su superficie. Su prosa es un simple armazón que sirve de continente a emociones, en apariencia invisibles pero que aprietan, casi ahogan al lector sensible. Lo sumen en un estado difícil de definir, de cierto pesimismo, de sentimiento de culpa, de haber hecho o pensado algo moralmente inadmisible. De romper tabúes. De sentirse caminando en el alambre. Me cuesta definir mis sentimientos al respecto.

Llegué a estos 9 cuentos después de leer un relato corto de Salinger en el blog anonyma veneciana (para esto sirven los blogs, entre otras cosas: sugieren, iluminan. Invocan). Están ambientados en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. El recuerdo de la Segunda Guerra Mundial es palpable en muchos de ellos, un periodo de la historia que Salinger vivió en primera línea de fuego. El autor atravesó todos los círculos del infierno en Europa occidental: desde el desembarco de Normandía, la batalla de las Ardenas y del bosque de Hürtgen hasta la liberación del campo de Dachau. No es extraño que el estrés postraumático sobrevuele sus relatos: un ligero temblor, la idea o el aroma o siquiera el presentimiento del suicidio. Los niños son las únicas figuras luminosas y hasta cierto punto, como se ha dicho, las que conservan su capacidad redentora.

Son relatos que transgreden la idea clásica de principio y final. Empiezan desde la nada, desde un punto que puede parecer arbitrario, como si Salinger simplemente oteara el horizonte de su mente y dijera: aquí. Y una vez acabados, continúan en la mente del lector, bien su resonancia emocional, bien su final sugerido, tan solo invocado pero que no llega a manifestarse, como en “Teddy”. Predominan los diálogos sobre la descripción (excepto en “El período azul de Daumier-Smith”), en apariencia banales, pero muy conseguidos y que introducen, sumergen al lector dentro del relato y sus personajes. En general Salinger es poco cuidadoso con lo “literario”. Estoy acostumbrado a autores que abordan el género del relato desde este minimalismo que margina la forma desde el contenido, así que no sé si en esto Salinger es pionero o sigue una corriente ya explotada por otros antes. En cualquier caso define su estilo (que como todo, tendrá partidarios y detractores). Destacaría también el uso del tiempo y el ritmo, muchas veces marcado por los innumerables cigarrillos que se encienden a intervalos y se consumen como la arena de un reloj.

El escritor, fotografiado al salir de un supermercado en una de las pocas imágenes de él.
J.D. Salinger en actitud poco amistosa con la prensa (foto: elmundo.es)
Entre todos los relatos brilla con luz propia “Para Esmé, con amor y sordidez”. Me ha reconfortado investigar después y saber que fue su cuento más célebre, desde el instante mismo de su publicación. Entiendo que en 1950 muchos lectores se sintieran conmovidos por ese encuentro, amoroso y sórdido, entre el soldado que encara el matadero y una incitante adolescente. El relato es tierno, pero raya el tabú. Su segunda parte, la conversación aguardentosa de dos soldados desquiciados por el peso de la guerra, confinados en un ambiente burocrático, casi kafkiano, removería las conciencias de un país que durante seis años afrontó el mayor esfuerzo bélico que se pueda imaginar. Pero en 2015, sigue conmoviendo. Así que la vida, las emociones que palpitaron en los dedos de Salinger siguen confinadas en este relato, como el genio que vive para la eternidad dentro de la lámpara. Y una curiosidad para acabar, la historia del “Hombre que ríe”, un trasunto del Jóker, está basada en un personaje creado por Víctor Hugo. 

Leí El guardián entre el centeno en una época en la que ya quedaban en mi tan solo los rescoldos de la adolescencia. Fue una herida superficial que dejó poca huella. Veremos donde llega la estocada de estos nueve cuentos. 

miércoles, 7 de octubre de 2015

"Cerezas" de Enrique Javier de Lara

Portada del libro publicado en Algaida en 2012. 
Cada vez que acabo de leer un libro tengo la costumbre de empezar enseguida con el siguiente. No es un ataque de gula literaria; se trata más bien de un ritual. Coloco en su sitio el libro recién terminado y busco entre el montón de pendientes, que como el cono de un volcán activo no para de ganar altura (algún día creo que llegará hasta el techo). Lo abro, lo palpo y leo algún fragmento. Después, dejo el separador justo al principio y me voy a la cama. Pasarán veinticuatro o cuarenta y ocho horas, según, hasta que pueda volver sobre sus páginas, pero ahí queda, como un pastel recién horneado atemperándose.

Tengo que decir que este ritual no es como la santa Misa. Tiene sus imprevistos. Por ejemplo, hace unos días. Acababa un libro de relatos, denso, oscuro y complejo, que me había dejado exhausto. Aún así, a las doce de la noche me aventuré escaleras arriba y anduve hurgando como un ladrón en mi torre de libros, apenas la luz tenue de la lámpara graduada para no despertar a mis hijos. Eché el ojo a una novela corta que había comprado meses atrás, por una recomendación en un foro de literatura. Cerezas, de Enrique Javier de Lara. Bien. Pues procedí como siempre. Leí un fragmento al azar. Me gustó. Me fui al principio, coloqué el marcapáginas y comencé a leer. Curioso, pensé. Seguí leyendo y fue mi perdición. 

Al final me desvelé, como me ocurre siempre que leo hasta muy tarde y a la mañana siguiente me arrastraba por el trabajo como alma errante. ¿Qué fue lo que me enganchó irremisiblemente? Un anzuelo literario bien cebado de carnaza existencialista, una historia sencilla, breve, perfectamente encajada; una prosa mesurada pero lírica.

El argumento es como sigue. Hombre (los personajes de esta novela son así: “Hombre” “Mujer” “Anciano”, etc.) trabaja como comercial de una revista literaria; aunque no es viejo, afronta la recta final hacia la senectud. Vive solo, porque su mujer le abandonó y no tiene relación con sus hijas. Sobre él pesa la certidumbre del fracaso, de una vida desaprovechada y en muchos sentidos, ya finiquitada. Un cuadro demoledor. Nada más empezar se rasga el abrigo con la puerta del autobús. Este hecho fortuito es una expresión patética y el roto que cubre con un pañuelo se convierte en el testimonio de su insignificancia, también su reacción, de vergüenza y lástima por él mismo. Llega a un barrio, que: «percibía a semejanza de él: común, avejentado, impersonal, falto de presente, sin rastro de un venturoso pasado, de cualquier pasado.»  

Tratando de vender libros, al principio le cierran la puerta en las narices. A pesar de todo, consigue colocar las obras completas de Cortázar a un anciano solitario, un misántropo, que se proyecta como una sombra de lo que Hombre puede llegar a ser: «Anciano y él habían traspasado cierto tenue e inapreciable límite, que separa a las personas que tienen futuro de las que no». Cortázar, por cierto, tendrá su papel en esta novela corta donde nada está de más.


Floración del cerezo en el Valle del Jerte (foto: www.bungalowsclub.com)
El nudo de la historia se centra en la visita que Hombre hace a Mujer y de la que surge una amistad. La amistad de dos náufragos, porque sobre la vida de Mujer se cierne el fin de su matrimonio, el abandono y la incertidumbre. Así, estas dos personas, enfermas de soledad y fracaso, se buscan y se acercan. Es la vieja historia, pero contada sin estridencias, sin morbo y nada (poco) almibarada. Este encuentro será trascendental para Hombre, porque incluso los escépticos reconocerán la increíble capacidad de redención y lo vivificante que es el amor, especialmente si aparece como un flotador cuando estamos a punto de ahogarnos.

Y esto es en esencia Cerezas. Si alguien se pregunta por el significado del título, cobra sentido al leer la novela: ya comentaba que estamos ante un artefacto literario donde todo encaja. Para mí, esas cerezas contienen una hermosa metáfora. El cerezo florece al final del invierno; es el primer atisbo de la primavera, su preludio. Pero ese invierno inhóspito que afronta Hombre es el último, el definitivo. El brote luminoso del cerezo llegará para iluminar su existencia.

Y otra vieja historia, ¿por qué una novela tan sencilla, breve y bien escrita, con el prestigioso premio de relato breve Felipe Trigo en 2010 bajo el brazo pasa desapercibida? Tiendo a pensar que soy un raro y me gusta lo a que nadie le gusta y me emociono con lo que no emociona a nadie. No sé. No quiero ver fantasmas, no es mi estilo. Pero me da pena, porque he buscado en Internet y no he encontrado ni una reseña, tan solo notas de prensa. Esta mía creo que será la primera y Cerezas me temo que acabará descatalogada y se perderá irremisiblemente como “lágrimas en la lluvia”. De su autor, nada más se. Así que si te he podido convencer o al menos intrigar, está disponible (de momento) en Algaida, una edición con una bonita y discreta portada, una letra grande, fácil de leer y un precio asequible. Concluyo con una cita del libro:

«Lo primero que encontró fue el volumen empaquetado que no había podido entregar a Anciano.”Último round”, leyó en voz baja; el que a él le quedaba, pensó. Y entonces, de pronto tuvo que la seguridad de que deseaba apurar ese último “round”… »

viernes, 2 de octubre de 2015

LAS VENTANAS SUCIAS DE LA INFANCIA

"Les taches solaires", fotografía de Alastair Magnaldo (bashny.net)

Distingo el sol de la infancia,  en el recuerdo que brota sobre el campo abonado de soledad esta tarde.

Es un tallo negro y triste,  sin flor.

Se yergue escuálido levemente iluminado y se marchita su murmullo cuando un ruido me distrae el pensamiento.

Y aunque una brisa mundana lo ha arrastrado hacia el desagüe queda el halo de sus hojas, la raíz hundida, su aguijón inflamado de palabras.

Lo veo mientras escribo:

Un niño, despierto en el silencio. Fugitivo de sí mismo, herido de sombra, rezando
para evitar la muerte.

Le abandono en su temblor.

Solo queda su mirada de súplica, la espuma de sus ojos creciendo desbocada.

Es un reflejo, un brillo lejano apenas perceptible tras las ventanas sucias.

Pero me deslumbra, me agota.

Me llena de miedo incontrolable.