viernes, 4 de mayo de 2018

DELIRIOS DE UN OPOSITOR


             Resultado de imagen de the simpson school exams

Se acerca el temido y esperado momento de las oposiciones para aquellos que aspiran a convertirse en enseñantes. Un sistema decimonónico para el siglo veintiuno (edulcorado en los últimos años por la presión sindical), donde se trata de demostrar que posees unos conocimientos que con mucha probabilidad nunca vas a utilizar, dejando fuera de la bolsa cuestiones de vital importancia para este trabajo tan poco valorado. Hace mucho que pasé aquel martirio, pero se me ocurrió utilizar la experiencia para escribir una especie de delirio o relato corto y la Red de Bibliotecasde la Comunidad de Madrid lo ha premiado. Lo expongo aquí, como homenaje a esos valientes y reivindico de paso el valor de la Historia más allá de la mera exposición de datos, junto al libro como tabla de salvación a la que me aferro con uñas y dientes. 

***

Sergio arqueó la espalda hacia atrás para estirar las vértebras, comprimidas como el fuelle de un acordeón y así dar nueva vida a sus músculos entumecidos. Después volvió a agachar la cerviz sobre los apuntes. Leyó el enunciado “Tema 46, los Estados balcánicos en el siglo XX” y se concentró en su ficha-resumen, tapando el primer párrafo con la mano, para repasar lo aprendido meses atrás. En su mente comenzó a materializarse el puente de Sarajevo, cada piedra de su único vano sobre el río Miljaka compactada con la argamasa de miles de personas que perecieron durante el asedio en 1995. Un francotirador emergió entonces de entre la bruma y la bala se instaló en su cráneo limpia y silenciosamente.
Levantó la cabeza y cerró los ojos. Dayton, esa era la palabra que no conseguía discernir bajo el fuego de mortero. En su imaginación, el humo de las casas incendiadas cubría la ciudad como las nubes grises de una tormenta.
Acuerdos de Dayton, repitió para sí y lo garabateó al margen.

Sumaba. Era cuestión de pura aritmética. Veinte horas a la semana le daban para repasar diez temas, dos por día, si se concentraba. En dos meses podía repasar el temario completo. Un año daba para estudiar el temario seis veces. A esas jornadas había que añadir algunas horas extra. En ese momento ignoraba que la mayor parte de todo ese alud que le estaba sepultando, le sería de escasa utilidad en su futura vida profesional, pero pretendía, como un alquimista, convertirlo en oro. La veta aurífera anhelada, el pesado lingote de muchos quilates, era una de las cincuenta y cuatro plazas de profesor de Educación Secundaria por la especialidad de Geografía e Historia. En menos de un mes llegaría el día D, la hora H y Sergio daba el repaso final armado hasta los dientes, preparado para el desembarco. 
Todas las tardes acudía a la biblioteca de cuatro a ocho. Todas y cada una de las tardes. Allí encontraba el silencio y la concentración necesaria. Por eso no admitía distracciones. De ningún tipo. Se encerraba en una de las salas menos transitadas y tan sólo hacia una breve pausa si el dolor de cervicales le impedía seguir o si una duda atroz se instalaba en su mente como una liendre, extrayendo su seguridad en sí mismo y tenía que levantarse para consultar una fuente autorizada y calmar sus nervios.
En los momentos de sueño y agotamiento extremo acudía al socorro de la máquina de café y bebía su brebaje como un vaquero del oeste su puño de whisky, de un solo golpe. El líquido ardiente quemaba en el esófago, pero le ayudaba a recargar su agotada batería y le permitía seguir estudiando.

Era el mes de mayo y la biblioteca había sido tomada por una horda de estudiantes universitarios, buscando el refugio de sus paredes silenciosas. Sin embargo, el ser humano es en el fondo un simio chillón y los jóvenes que iban llenando la sala asestaban continuas estocadas al silencio, desangrándolo. Sergio, componiendo un semblante de duro y misántropo espécimen, se había ido librando aquella tarde de cualquier ruidosa compañía y tres sitios permanecían todavía libres a su lado. Estratégicamente había esparcido algunos libros, para desanimar a los que, ignorando su mirada de hostilidad, se atrevieran a ocuparlos.     
Repasando el inicio del tema, levantó la vista hacia el pasillo. Gavrilo Princip pasó a su lado con la pistola humeante y le miró, moviendo su espeso bigote. Sergio entornó los ojos y se concentró: un recorte de periódico cae en las manos de Princip, que apura el vaso de cerveza y discute con sus compañeros, mientras golpea repetidas veces con el puño la foto del archiduque, que irá de visita a Sarajevo. A los pocos días, abre fuego sobre el heredero y su esposa. Recordaba aquella historia punto por punto, no necesitaba repasar nada. Pero Princip permanecía frente a él, rascándose la coronilla, amarillo y sudoroso, tosiendo oscuros esputos con fragmentos de pulmón sanguinolento.
— Esfúmate, te tengo más que visto.
Lo dijo en voz alta y varias cabezas en la sala se movieron en su dirección. El opositor plegó de nuevo el cuello sobre los folios, apesadumbrado. Quizá estaba estudiando demasiado. Quizá su cálculo, la fórmula del éxito, funcionaba sobre el papel, pero era irrealizable para la voluble voluntad de un ser humano de inteligencia normal, y por qué no decirlo, para un niño mimado de clase media poco dado al esfuerzo sostenido como era él.
Una postal voló desde lo alto del techo, hasta posarse en su mesa. Sergio observó la fosa repleta de cadáveres descomponiéndose y leyó el remite. “Srebrenica”. Una postal desde la tumba. El libro de Emir Suljagic se encendió en una de las estanterías. Sergio se sintió tentado de levantarse, releer aquella frase que se había grabado a fuego en su memoria: “yo he sobrevivido, muchos otros no. He sobrevivido del mismo modo que ellos murieron”, pero se contuvo. Le pareció que aquellos apuntes descarnados no expresaban todo el horror de un siglo, pero decidió pasar página y consultó de nuevo su ficha resumen. Este era el repaso definitivo, no se podía escapar ni un detalle. Una voz femenina resonó entonces en la caverna de sus oídos:
  ¿Está ocupado?
Sergio movió la cabeza como si fuera una vieja momia. Se escuchó el crujido de su cuello apergaminado en toda la sala. Fijó sus ojos de cuervo en la muchacha, que le miraba acariciándose el pelo de manera compulsiva. El silencio del opositor no la desalentó, al contrario. Como si del mariscal Tito se tratara, tomó la iniciativa y se sentó, apartando con un brazo los libros que Sergio había colocado como parapeto.
Su línea Maginot había sido superada por los panzers de la enigmática muchacha, que sin mediar palabra, sacó un archivador y el teléfono móvil y se hundió en sus apuntes con la celeridad de un submarino alemán.
El mariscal Tito, Yugoslavia. Expulsión del Kominform en 1947.
Sergio reescribió en su ficha de repaso remarcando bien la K y suspiró aliviado.
— Está. No lo he olvidado. Sigue en mi cabeza.
— ¿Has dicho algo? —le interpeló la chica.
— No, disculpa, sólo pensaba en voz alta.
Todo arreglado con un intercambio de falsas sonrisas. Cada uno a lo suyo. Bien, ahora venía la peor parte, vamos a ver qué pasó con Rumanía y Bulgaria. Aquí Sergio se concentró aún más. Repitió mentalmente el nombre del dictador rumano: Ceaucescu. Unos médicos remueven los huesos consumidos de una tumba. En el cráneo, una herida de bala certifica los restos del líder comunista.
Sergio notó entonces a la chica agitarse y un ligero temblor que iba in crescendo. La vibración comenzó a desplazar uno de sus bolígrafos hacia el borde de la mesa. Sergio lo contemplaba sin intervenir. De súbito, una vampírica figura se posó a su lado y recogió el bolígrafo al vuelo.
— ¿Esto es tuyo?
Sin esperar respuesta, se sentó junto a él, apartándole unos escasos centímetros con el codo.
Después de la Primera Guerra Mundial, Rumanía recibió Transilvania y parte del Banato. Fue en la paz de Trianon. Lo subrayó, deletreando: T-r-i-a-non.
El vampiro que tenía a su lado alzó su cintura sobre la mesa y abrió la boca en dirección a la muchacha. Sergio observó de reojo como besaba los labios gruesos de ella, que lo atrapaba como una mantis. Comenzó a marearse. El vampiro le miraba de reojo. Algo de sangre restalló entre sus dientes, afilados como agujas alpinas. Los Cárpatos, recordó: Los Cárpatos, Los Montes Cámbricos, el Macizo del Jura, el Karst eslovaco, los Apeninos, los Balcanes...
Los nombres desfilaron en su mente como las tropas soviéticas por la plaza Roja el día de la victoria. Estos son de otro tema, pensó. Era hora de hacer una pausa. El vampiro aleteó satisfecho en su sitio, mientras la muchacha, pálida de anemia, se iba desvaneciendo sobre la mesa.

Sergio aprovechó el descanso para fumar despacioso un cigarro y después renovar los libros que tenía en préstamo. Allí le esperaba una de las bibliotecarias, con la que llevaba meses flirteando sin dar el asunto por concluido. Si los albañiles sueñan con modelos de pasarela callejera que sonrían ante sus groseros piropos y los soldados heridos en batalla con enfermeras de carnes generosas, los opositores lo hacen con guapas bibliotecarias, monumentos eróticos con gafas de pasta. Sergio contempló en silencio a su musa, que guiñaba los ojos delante del ordenador, precisamente porque había olvidado las gafas.
— Hasta el día 25.
— Los traeré antes.
— ¿Cuándo son las oposiciones?
— El 21 de junio.
— Seguro que vas bien preparado, no fallas ni un día.
Sergio no sabía si seguir la conversación o quedarse varado contemplando a la muchacha, mientras fingía buscar algo en el índice del diccionario de términos históricos que acababa de renovar. La alegría de charlar con ella unos minutos pronto comenzó a ser devorada, como un Saturno caníbal, por un oscuro pensamiento. Tantas horas invertidas, ¿y si fracaso? El opositor comenzó a imaginarse el día del examen, frente al papel, titubeando, incapaz de destacar entre el resto de sus rivales, comprobando una y otra vez, con infinita desolación, el 4,95 final que le impedía pasar a la siguiente fase. Abrumado por esa posibilidad, comenzó a palidecer y la bibliotecaria le miró con mayor atención, reparando en su aspecto desvaído.
— ¿Te encuentras bien?
Sergio no contestó. En ese momento estaba siendo tragado por su pesimismo. Trató de esbozar una sonrisa, que se diluyó como una meada en el mar. El ruido de unas botas militares resonó en su cabeza, aproximándose. Dos agentes uniformados de la Securitate lo agarraron de los brazos, arrastrándolo a lo largo del pasillo y lo encerraron en el baño. Sergio vomitó el café y después encendió un cigarrillo. El humo mitigó un poco el sabor a bilis.
Resuenan las bombas sobre Sarajevo, las tropas serbias se retiran a Albania y los soldados mueren como alimañas;  los judíos griegos son enviados a los campos de exterminio desde Tesalónica —tantas malditas muertes en doce folios, tema 49—Slobodan Milósevic sufre un ataque al corazón en una oscura celda en La Haya.
El opositor tiró de la cadena y la sensación de opresión se fue por el sumidero. Regresó al mostrador. Su bibliotecaria seguía allí, con la nariz pegada a la pantalla del ordenador, que amenazaba con engullirla como a la niña de Poltergeist. De repente le miró:
— ¿Estás mejor?
—Supongo que sí.
—No tienes buen aspecto, creo que te exiges demasiado—la bibliotecaria, como ya tenía confianza con Sergio, pensó en preguntarle si de verdad le merecía la pena todo ese esfuerzo y si sentía verdadera vocación, recordando los días que su madre, profesora, llegaba desquiciada y no podía ni probar bocado. Al final, se contuvo—Esta noche podríamos tomarnos ese café que me tienes prometido y así desconectabas un poco.
Sergio sintió deseos de saltar por encima del mostrador, pero se contuvo.
—Es que el examen está tan cerca… Cada minuto que pierdo me siento culpable.
La decepción se adueñó del semblante de la bibliotecaria con la rapidez con que los alemanes dominaron la península del Peloponeso y entraron en Atenas como los nuevos persas. Por suerte, Sergio rectificó:
—En fin, tienes razón, me vendrá bien quitarme las oposiciones de la cabeza. Es cierto que entre unas cosas y otras nunca nos tomamos el dichoso café. ¿Te parece bien a las ocho?
—A las ocho acabo, te espero aquí. Y prohibido hablar de oposiciones, que quede claro.
—Sí, sí. Clarísimo.
El opositor regresó a la sala de estudio. Su sitio permanecía vacío, rodeado por Drácula, la ninfa y un sujeto que vibraba como si tuviera debajo del culo un motor al ralentí, y movía los labios, repasando la lección o quizá preparándose para un atentado suicida.
El sonido del Whatsapp resonó en la sala y fue tan vergonzoso que su silbido se ralentizó hasta hacerse imperceptible. La usuaria del móvil cantarín lo hizo enmudecer con una rápida combinación de teclas.
Sergio contempló la extensa sabana que era aquella biblioteca como un avezado naturalista. Los bloques de estanterías cubrían las paredes, trufados de libros, como extrañas flores de baobab. Las caras sobre la mesa, en posición de inusitada penitencia estudiaban en relativo silencio.

Llegó el turno del tema 50, “Las revoluciones rusas, creación, desarrollo y crisis de la URSS”. El sonido de la bocina del acorazado Aurora resonó en el corazón de Sergio, que seguía pensando en su bibliotecaria y en el encuentro que tendría lugar dentro de dos horas. Mientras, los marineros del Kronstadt  deambulan por las frías habitaciones del Palacio de Invierno...
El opositor reescribió Kronstadt en su ficha de repaso y se regodeó pensando en su princesa Anastasia detrás del mostrador, desafiando a sus asesinos entre la nieve. Sabía que la ciencia había certificado que el cuerpo de la última hija del zar había sido sepultado en otra fosa, y por tanto no había sobrevivido, pero aquella leyenda le gustaba. Se abandonó un poco a su fantasía. Doctor Zhivago se iluminó esta vez en la estantería y Sergio se levantó, movió la silla hacia atrás sin hacer ruido, abrió el grueso volumen y leyó con deleite, como el que arranca la cabeza de una gamba y chupa sus entrañas: “¡Piense qué tiempos son éstos! ¡Y nosotros los estamos viviendo! Cosas tan increíbles tal vez sólo ocurran una vez en la eternidad”. Después dejó el libro otra vez en la estantería, se sentó en su sitio y volvió a reclinarse sobre la mesa.
Repasó mentalmente las fases de la revolución y su cronología; imaginó la brillante calva de Beria en su oficina de la Lubianka bajo la luz de una vela, organizando viajes a Siberia sin billete de vuelta.
Un ruido ensordecedor hizo crujir las ventanas y todas las cabezas se volvieron un instante. El vuelo de un reactor militar hizo que algunos se levantaran estirando el cuello, pero sólo pudieron atisbar el perfil de dardo grisáceo de un F16 alejándose hacia su base. Al menos la Guerra Fría ha terminado, se dijo y miró su reloj, que se resistía a rebasar las siete de la tarde.
La biblioteca es un espacio que asemeja un vacío. Las paredes de libros, la luz que entra por la ventana apenas tamizada por los delgados estores, componen un ambiente de misterioso limbo. Sergio notaba cómo su rendimiento se disparaba, pero después de su encuentro con la bibliotecaria le costaba centrarse. Retomó el cuarto plan quinquenal y sintió un leve vértigo al repasar las miles de toneladas de trigo y acero. Luego subrayó en su ficha estajanovismo y notó un fuerte dolor de riñones y sus manos hinchadas, incapaces de sujetar el bolígrafo.
La puerta de la sala se abrió. La bibliotecaria entró empujando el carrito con los libros para ser devueltos a su sitio y los fue colocando uno a uno, con delicada parsimonia. Sergio reparó en uno de los títulos: El espía que surgió del frío. Berlín. El muro, recordó. Derribado el 9 de noviembre de 1989. Otra vez aquel automatismo. Cualquier experiencia, una raíz brotando de un castaño, una zanja abierta para reparar una tubería, un niño sosteniendo un globo, la transformaba en dato histórico-geográfico, lo vinculaba a sus apuntes como si viviera encerrado en un juego de palabras encadenadas.
La bibliotecaria se acercó hacia donde estaba y le tocó con la varita de sus dedos.
— ¿Qué tal, cómo vas?
—Pues aquí estoy, repasando la revolución rusa. ¿Te ayudo?
—Si quieres…
Las manos de la bibliotecaria se deslizaban por el lomo de los libros, que parecían arquearse de gusto como un gato, a veces coincidían con las de Sergio y ese leve roce, agitaba su respiración y le llenaba de expectativas. La atracción amorosa es la única fuerza que puede transformar una actividad aburrida y mecánica en una experiencia placentera. Las hojas de los libros se transformaron en una lluvia fina que les envolvió durante ese escaso minuto de complicidad, como a Lara y Yuri en su dacha de verano, rodeada de narcisos amarillos. Fue una deliciosa pausa para Sergio, que vio como se alejaban por un momento sus obsesiones.
—Regreso al mostrador, te dejo con tus rusos.
Sergio levantó el puño y contempló a la bibliotecaria de espaldas alejándose, arrastrando el carrito vacío. Perestroika. Glasnot. Esto se acaba. Gorbachov se acercó entonces y con gesto serio se lo llevó de nuevo hacia su mesa.

31 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias, Ana. Ya me he pasado y sigo tu blog, que no te ubicaba antes. Un saludo.

      Eliminar
  2. Nunca he opositado (y no sé si algún día lo haré, que no sé dónde me llevará la vida), pero sé de gente que sí lo ha hecho, amigos míos, y sí, es todo un suplicio y son nervios y más nervios. Pero qué te voy a contar, lo sabes mejor que yo que lo has vivido tú mismo en persona y te has basado en tu experiencia para escribir este relato (felicidades por el premio, por cierto).
    ¡Saludos!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sobre todo porque es un esfuerzo que en la mayor parte de los casos resulta estéril. En fin, esta vida muchas veces es así. Otra cosa es que sea el método más idóneo de seleccionar al profesorado.
      Un saludo.

      Eliminar
  3. ¡Enhorabuena! merecidisimo premio. En tu relato dejas bastante claro tu reivindicación del "valor la historia.... y los libros como tabla de salvación"
    Me ha encantado a la vez que instruido tu relato.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es, la historia es mucho más que memorizar apuntes. Hay relaciones de causa y efecto, comprensibles y muchas, muchas vidas detrás. Siempre que estudio no dejo de pensar en esas cosas.
      Un abrazo.

      Eliminar
  4. Muy buena historia Gerardo, desde luego seguramente no es el método de selección más adecuado pero hay mucho esfuerzo y dedicación de muchas personas y como bien dices en muchos casos para nada pero a veces se tiene que intentar y se consigue.
    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En otros países siguen otro proceso de selección que tiene en cuenta destrezas más enfocadas al trabajo que se va a realizar. Pero de momento es lo que hay.
      Un abrazo.

      Eliminar
  5. Qué de recuerdos, Gerardo. En ese plan estuve un año, solo que yo estudiaba en casa en lugar de ir a la biblioteca. Recuerdo que cuando estaba en Madrid examinándome (entre unas cosas y otras estuve todo el mes de julio) pensaba que si no aprobaba, sería incapaz de repetir el mismo plan un año más. Afortunadamente aprobé.
    Me ha encantado tu relato porque transmite perfectamente la situación, incluso esos viajes al otro lado de la linea que delimita la cordura; yo también la traspasé en alguna ocasión.
    El sistema de selección prima la capacidad de memorizar datos, pero no nos engañemos, es lo mismo que prima a la hora de calificar a los alumnos. El sistema educativo en este país valora mayoritariamente, la acumulación de conocimientos teóricos. Pero bueno eso sería objeto de un debate más profundo.
    Tu relato ha sido premiado con mucho merecimiento.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Un año es poco tiempo, a la mayoría le lleva mucho más. Pero no me extraña nada conociéndote.
      Para mí también está lejos, pero el contacto con compañeros interinos revive un poco aquellas sensaciones. Desde luego que da para un debate largo y tendido. El problema de este método es que no pone el acento en la capacidad pedagógica y el perfil psicológico del candidato a docente. Y eso, junto al cachondeo legislativo y lo poco que se valora la educación en ciertos estratos sociales, explica lo que encuentra uno a veces en su propia trinchera.
      Te recomiendo "Mal de escuela", de Daniel Pennac.
      Un abrazo.

      Eliminar
  6. Holi. He opositado y sé a qué te refieres. También participé en ese concurso una vez pero me comí los mocos xD

    La calidad que le faltaba a mi relato la tiene el tuyo, está claro 😅

    Un saludo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No creas, era la tercera vez que enviaba el relato a un concurso relacionado con el tema de los libros y las bibliotecas. Las veces anteriores, nada. Es como pilles al jurado o las personas que hacen la selección previa. Lo importante es el grado de diversos y de liberación que siente uno al escribir, sin duda el mejor de los premios.
      Gracias por tu visita, te sigo en adelante.
      Saludos.

      Eliminar
  7. Magnifico relato, Gerardo. No me extraña que se llevara el premio. Me has hecho recordar mis tiempos de eterna opositora, pues eterno se me hizo. Mis oposiciones eran para psicólogos y nos hacían memorizar un montón de legislación que por supuesto no me ha servido para nada después. Yo creo que era (es) una forma de desanimar a la gente para presentarse. Me ha gustado mucho las asociaciones que hace la mente de tu opositor entre el tema y el Doctor Zhivago. Un abrazo y mis felicitaciones

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ya te digo, se hace eterno, interminable. Una auténtica tortura. Doctor Zhivago es una gran lección de historia a ras del suelo, me encanta, tanto la novela como la película.
      Un abrazo.

      Eliminar
  8. Me gusta como has trenzado el relato, formando un tríptico entre los pasajes de Historia, las vicisitudes del opositor y el entorno de la biblioteca. Muy acertada elección de elementos.

    Subrayo el resto de comentarios... no me extraña nada el galardón de tu relato. Enhorabuena, Gerardo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El entorno de la biblioteca y la literatura, que complementa la historia, era parte esencial. Trama en realidad no hay, es todo muy sencillo.
      Gracias por tu comentario, Paco.
      Un abrazo.

      Eliminar
  9. ¡Me ha parecido fantástico, Gerardo! Qué bien has insertado retazos de Historia en la historia del relato; el encaje ha sido muy bueno. Una publicación más que merecida la de este texto, de verdad.
    Preparar y pasar una oposición debe de ser muy duro, aunque creo que más justo que el sistema empleado para elegir los profesores universitarios. Ahora estoy yo inmersa en mi acreditación en el ANECA y, salvo el número de pie que calzo y la frecuencia con que voy al baño, me están pidiendo un montón de información (por duplicado y con sello) que no sé para qué sirve porque los baremos utilizados para calificar son bastante oscuros.
    Un abrazo y enhorabuena por tan buen relato.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El tema de la opacidad a la hora de elegir ciertos cargos en España es harina de otro costal. Otra cosa más a mejorar en este país y van...
      Gracias por tu atenta lectura, Paloma.
      Un abrazo.

      Eliminar
  10. Jo, un fantástico relato, pero, sobre todo, un genial recurso nemotécnico. No he llegado a opositar, pero me has llevado a mi época universitaria en la que pasaba el día entero en la biblioteca... bueno, compaginado con el césped y el bar, claro. La incertidumbre acerca del premio al esfuerzo es criminal, pero con los años reconozco que hecho de menos esa época y no te niego que un año o dos bien me gustaría dedicarlos al estudio. Un abrazo y enhorabuena por el reconocimiento.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, David. Yo también pasé buena parte de mi época universitaria en la biblioteca, aparte de otros lugares de menos recogimiento. Me gusta mucho ir, todavía hoy.
      Un abrazo.

      Eliminar
  11. Un relato fabuloso, Gerardo. Yo también he opositado a lo largo de mi vida y aunque el tema era diferente, me ha traído muchos recuerdos. Y también cuando estudiaba Geografía e Historia en la Uned (ahí sigue el tema para retomarlo algún día, jeje). Esa obsesión por los estudios está muy bien reflejada, y además supone un recorrido histórico fascinante.
    Enhorabuena por el premio.
    Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Ziortza. Supongo que cualquier opositor se sentirá identificado, jaja. A ver si retomas tus estudios de Historia, lejos de esa presión por memorizarlo es una materia muy amena.
      Un abrazo.

      Eliminar
  12. Lo que más odiaba de la asignatura de Historia en el colegio y en el instituto, y eso que me gustaba, era precisamente la absurda memorización de datos que requería. Prefiero no imaginármelo a nivel opositor. Lo de las opos, y no solo las de profesorado, es un sistema selectivo que habría que revisar y hacer que se adaptara a la sociedad actual, pero a ver quién se atreve a meter mano ahí.
    Me consta el sacrificio de los opositores porque los veo diariamente pasando horas y horas en la biblioteca. Tu opositor necesitaba un descanso ya, así que me alegro que se vaya a tomar ese café.
    Felicidades por el premio.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Conocer ciertos datos es imprescindible, pero siempre hay que estudiarlos en su contexto. A mí me sigue chocando su frialdad. Uno habla de millones de muertos y se queda tan ancho, cuando ya es difícil siquiera tratar de comprender una sola vida humana.
      Gracias por tu lectura, Lorena.
      Un abrazo.

      Eliminar
  13. Hola Gerardo, enhorabuena por el relato (y por el premio), es genial.
    Siempre he pensado que la Literatura y la Historia son hermanas siamesas cuyos vasos comunicantes las retroalimentan. Y creo que eso lo sabe muy bien el narrador del relato, que consigue meternos en la cabeza del protagonista para enseñarnos este mecanismo según el cual la Historia pone los hechos y la Literatura la vida.
    Me ha encantado la relación entre el opositor y la bibliotecaria. Al final Gorbachov es quien arrastra al pobre Sergio. El deber antes que el placer. Esperemos que tenga suerte y le salga el tema 46.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tienen mucho que ver. De hecho, algunas escuelas históricas nacieron muy vinculadas a la literatura y al estudio de las lenguas más en concreto. El dichoso tema 46 era uno de los más temidos entre los opositores, jaja. Por eso lo elegí, aparte del juego que me daba para hablar de otras cosas.
      Un abrazo.

      Eliminar
  14. Me lo he leído de canoa rabo, Gerardo. Me lo he pasado genial. Está escrito de mareo. Qué bien entremezclas el mundo real del biblioteca con el irreal ('irreal', digo, qué cosas) de la Historia estudiada. Menos mal para la bueno de Sergio que tras Sarajevo, los asesinatos en Tesalónica, la caída del muro e incluso del pesado de Gorbachov que se lo lleva d nuevo a la mesa le esperan las playas de Anastasia, su amada bibliotecaria, en la que por fin se atreve a desembarcar.
    Tu escritura me parece muy buena
    Un fuerte abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Parece irreal, Juan Carlos o de pesadilla más bien. La historia no deja de sorprenderme, los seres humanos somos capaces de casi todo, bueno y malo. En fin, sirva mi relato como pequeña reflexión sobre el tema.
      Gracias por tu lectura.
      Un abrazo.

      Eliminar
  15. Lo voy a compartir con una amiga que está opositando, a ver si así se despeja un poquito.
    Fantástico relato, como siempre.
    BEsos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A lo mejor es peor y se agobia más, quién sabe, jaja.
      Saludos.

      Eliminar