viernes, 11 de diciembre de 2015

"Hildur" de Toni Montesinos

Portada de la edición de Piel de Zapa
Hildur es una novela de Toni Montesinos "revivida" por la editorial Piel de Zapa (fue originalmente publicada en 2009) y ambientada en Islandia. El país nórdico, milagro verde entre el hielo gracias a la bienhechora influencia de la corriente del Golfo y donde Julio Verne ubicó la entrada al centro de la Tierra es hoy día célebre por haber resuelto su crisis financiera con volcánica determinación: mandaron a los políticos responsables a los tribunales y dejaron quebrar los bancos. En un país donde uno se puede asomar a las entrañas de la tierra, donde el sol de medianoche convierte los duermevelas en alucinadas pesadillas; en un país que se desliza, casi borbotea sobre la rocosa dorsal submarina del Atlántico como una balsa, no puede desarrollarse una historia de amor convencional. Tampoco encasillable. Así que Islandia condiciona a su protagonista (Hildur) y de una niña enamoradiza y algo dada a la ensoñación pasa a transformarse en una suerte de Orfeo, que emprende la búsqueda de Hans (su Hans) en el más allá de los libros, en las perturbaciones incorpóreas de la música, en el paisaje sobrenatural, de reminiscencias infernales de Islandia, que supura lava, laceran los glaciares y encaja los fiordos como cuchilladas.

Hay muchas capas en Hildur, como si se trata de un estratovolcán: algunas solidificadas, hieráticas y tensas; otras en cambio bullen burbujeantes. Es una novela de amor; como los amores clásicos, gestado desde la infancia y resuelto con ardor y erotismo juvenil. Con Hans e Hildur construyendo “una burbuja dentro del tiempo”, “pendientes como máximo del minuto siguiente”. Con un dramático desenlace. Pero también tiene una faceta ensayística. Se medita sobre el suicidio y el “arte del olvido”, sobre la identidad y el azar. Hay una reflexión acerca del conocimiento “del otro”, los puntales sobre los que se construye el individuo y sus máscaras.  


Espectacular imagen del "ring road", carretera que rodea Islandia (foto: islandia24.com)
La música recorre todo el libro y lo impregna, restalla en los momentos de mayor introspección y acompaña a la prosa. Así lo hace el piano de Hans acometiendo las variaciones Goldberg de Bach durante el funeral de su padre o el violín de Hildur con las estaciones de Vivaldi. Es la música evidente, porque se aludea ella. Pero hay también mucha música soterrada, en la sintaxis, en el ritmo que imprime Toni Montesinos a ciertos pasajes. He tratado de acompañarme de la música que menciona en su lectura y casi me parecía asistir a una especie de dueto. Sin duda Hildur está escrita con música y se deja mecer por ella.

Me ha llamado la atención el papel activo que asume el narrador, que observa a Hildur en la distancia y se involucra tanto que se cuela como una interferencia fantasmal (como una aurora boreal) en el relato. Incluso se autoinvoca: “yo, Toni Montesinos” por si el lector no había advertido ya que Hildur es él, y Hans y la sinfonía poética que se va desplegando a lo largo de sus páginas. Así lo advierte también el autor en una entrevista al respecto. Esto hace frecuente las digresiones, aunque sin perder nunca del todo el rastro de Hildur a la que el narrador acompaña como Virgilio guía a Dante por las inciertas veredas del infierno.


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Una aurora boreal en Islandia (foto: cazaimagenes.es)
Hildur es también literatura. Los libros acompañan el duelo, ayudan a comprender la vida y se convierten en nuestro espejo, porque leemos lo que somos. Hay numerosas referencias, una de ellas a Tolstoi, cuyo enigma no se llega nunca a desvelar del todo o quizá sí. Como don Quijote, Hildur se aferra a la lectura con el afán de reconstruir, de revivir y comprender a Hans. Finalmente sale de su letargo, en peregrinación, recorriendo el anillo de asfalto que rodea Islandia. No es su objetivo deshacer entuertos, pero le persiguen sus fantasmas y pugna por romper la barrera que separa a los vivos de los muertos como don Quijote serpenteaba entre la fantasía y la realidad en apariencia.

Dividido en tres actos, que me atrevo a llamar movimientos, Hildur no es una apuesta literaria convencional. Tiene un estilo denso, sin concesiones, donde predomina la prosa poética. Este tono general, abrupto y suave a la vez, se mantiene de principio a fin. Parece que la prosa de Toni Montesinos también se haya impregnado del paisaje islandés, pleno de antagonismos, de hielo y fuego. El narrador sigue a sus personajes, sus bifurcaciones y presenta los hechos flotando en un bruma de irrealidad. El lector sigue la historia de Hildur, a veces desorientado, tratando de anticipar lo que parece obvio; pero la salida fácil, lo previsible casi nunca llega. En mi caso, he sentido y padecido por Hildur. Por su viaje alucinado, siempre arrastrando la cadena de una culpa que se insinúa o yo al menos intuyo. Siempre privada de redención, abandonada a un duelo lacerante, en equilibrio sobre su propia vida; tantea la muerte, la presiente y tengo que decir que me hubiera gustado otra historia para ella. Pero no es mi Hildur y ahora que escribo lo comprendo.  

sábado, 28 de noviembre de 2015

"Enciclopedia de los muertos" de Danilo Kiš

Enciclopedia de los muertos de Danilo Kiš (Foto: Editorial Acantilado)
Hay autores con los que uno tiene un pálpito, intuición alimentada por los detalles increíbles de su biografía, algún fragmento leído por casualidad, una reseña aquí y allá o los elogios de escritores consagrados y foreros anónimos ocultos tras su avatar. Cuando por fin ese libro, de ese autor, cae en tu poder, lo abres con tembloroso deleite, como si tuvieras entre tus manos concentrada toda esa esperanza llameando. La edición de Acantilado de Enciclopedia de los muertos contribuye a ello. En negro riguroso, con un texto manuscrito donde figuran apellidos y nombres seguidos de un número, ¿qué contendrá?

Enciclopedia de los muertos es un libro de relatos, pero me cuesta reducirlo a este calificativo. Son nueve piezas, de extensión variable y un “post scriptum”, esto es, aclaraciones posteriores del propio autor. El hilo conductor queda claro desde el título. La individualidad de la muerte. El sacrificio, el martirio, el asesinato. El exterminio y sus gruesas raíces; la masacre colectiva que contiene con toda su fuerza el fragmento atribuido a Kurt Gerstein con el que Kiš cierra el relato “El libro de los reyes y los tontos”.

Son historias donde el juego literario y la forma se imponen continuamente sobre el argumento. Donde predomina el lirismo y lo onírico. Donde sobrevuela lo fantástico o fantasmagórico, según. Requieren una lectura atenta, meditada y despaciosa. Es lo que a veces ocurre con el relato breve, no permite distracciones porque todo se encuentra condensado.

En Enciclopedia de los muertos se solapan los géneros. Danilo Kiš bebe de fuentes históricas, de leyendas sobre las que se cierne la duda de su veracidad y sobre las que la narración arroja poca luz. Tan solo añade sombras. 

Juega al formato clásico, con un final sorpresivo, pero insertando elementos fantásticos o convirtiéndolo en un ensayo histórico-filosófico donde interviene lo metaliterario, un recurso que en “Sellos rojos con la efigie de Lenin” llega al paroxismo. Este juego es el que propone Kiš. Nos seduce, nos enreda, nos engaña; nos da de beber pero nos deja con sed. El “post-scriptum”, lejos de aclarar, lo embrolla todo aún más.

“Simón el Mago” es la genial obertura de Enciclopedia de los muertos. ¿Es una diatriba contra el Dios judeo-cristiano, presentado como un tirano que subyuga al mundo? ¿O una reflexión sobre la reversibilidad de los dogmas? El final bífido y por tanto ambiguo, contribuye a alimentar la duda. Y es que hay veces que los relatos de Kis se resuelven como un sueño: despertando. Así quedan en la mente del lector, flotando con ese aire de indefinición.

El relato que da nombre al libro me ha parecido, además de puro entretenimiento, por los sucesivos misterios y hechos que se van desvelando, un auténtico resorte de conciencias. Una mecha que enciende varios fuegos y hurga muy dentro. Me ha hecho pensar en la propia vida y su finitud; en la “singularidad de cada individuo y la unicidad de cada acontecimiento”; en la memoria y los recuerdos, irremediablemente falseados, pero al mismo tiempo vivos; volátiles, pero sólidos. Por cierto, (y ya me repito) el “post-scriptum” añade la guinda final a este relato, imprescindible leerlo.

En “El libro de los reyes y los tontos”, traza la siniestra trayectoria de un libro destinado a influir en la infamia de Europa. Afirma Kis: “quería poner en duda, a través de un ejemplo comprobado por la Historia y más o menos conocido, la opinión comúnmente aceptada de que los libros sólo sirven para el bien”. Al tener un conocimiento previo sobre el tema me desligué un poco de la narración, que por momentos consiguió hastiarme; no sé qué impacto tendrá en quién lo lea y no sepa nada sobre esta obra, que se cita con el nombre de “El complot”.

Enciclopedia de los muertos propone un juego exigente al lector, agotador si cabe. Es una propuesta maximalista, que gustará a muchos y adormecerá a otros. En mi caso, me he sentido agobiado, incluso aburrido por la minuciosidad de algunos relatos; sorprendido y atrapado por el encanto y la magia de otros. Abrumado por todas esas cuestiones existenciales derramadas sin tiento.  Esperaba mucho de Kiš, anhelaba que éste fuera el libro de relatos definitivo. No lo es. Todavía no se qué huella ha dejado en mi, su forma es indeterminada. Pero sé que es palpable y por eso me he animado a hacer esta reseña. Un libro que más que recomendable, calificaría de interesante enigma. 

*Para el que quiera saber algo más sobre esta Enciclopedia de los muertos, es muy recomendable el programa que le dedicaron en el portal literario Milana Bonita y que se puede escuchar aquí:

domingo, 15 de noviembre de 2015

"El niño yuntero" de Miguel Hernández



Retrato de Miguel Hernández a lápiz, realizado por el dramaturgo A. Buero Vallejo cuando estaba en la cárcel.  El poeta lo envió a su mujer con una nota que decía: "ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás bastante bien. Se lo enseñarás al niño todos los días para que vaya conociéndome y así no me extrañará cuando me vea".
Fuente: https://www.cervantesvirtual.com/images/portales/antonio_buero_vallejo/graf/estampas/0164_l.jpg

Miguel Hernández Gilabert (Orihuela,1910) viajó por primera vez a Madrid en 1932. Con un cuaderno de poemas bajo el brazo, trataba de darse a conocer. Se topó con la actitud condescendiente de quiénes se avenían a escucharlo, más picados por la curiosidad de lo pintoresco (¿un cabrero poeta?) que por un interés real en sus versos. Después de vagar por la capital durante cuatro meses, medio muerto de hambre, regresó a Orihuela con las manos vacías. Sin embargo, el poeta no se arredró, al contrario. Reforzó su aprendizaje del verso clásico e inició una progresión fulgurante que le llevó a ser considerado por Dámaso Alonso como el “genial epígono” de la generación del 27.

La intuición lírica de Miguel Hernández, su capacidad de asimilación y permeabilidad nos habla del carácter innato de su poesía. Un carácter volcánico y vitalista, en definitiva, una extremada sensibilidad, acaban de definir un estilo donde se impone una voz propia, que lejos de someterse a las influencias del momento las adapta y acomoda a su universo. Y en un tiempo increíblemente corto. De Perito en lunas al Romancero de ausencias transcurren apenas seis años. ¿Qué hubiera sido de Miguel Hernández de seguir viviendo? ¿Hasta dónde hubiera podido llegar? El hecho es que muchos de sus poemas conservan el pulso emocional del que los compuso y han logrado la inmortalidad: nunca dejarán de cantarse, nunca han dejado de leerse.

La primera vez que escuché (fue en un recital) a Miguel Hernández me estremeció. Era la “Elegía a Ramón Sijé”. En aquellos versos brillaban la desesperación y el dolor por el amigo muerto. La certeza implacable, como un hacha, de que nunca lo volvería a ver. Era muy joven, es verdad y apenas había leído poesía. Los versos de Miguel Hernández me parecieron diáfanos y comprensibles; lo más emocionante era que podía interiorizarlos y las alteraciones que me provocaban. No he sentido ese latido en demasiadas lecturas después. Puede que fuese el momento o puede que las palabras de Hernández formen parte de ese todo universal que permanece siglo tras siglo y es pegamento de la humanidad.

Para mí ha sido difícil seleccionar un poema de toda su obra, que me ha acompañado en tantos momentos de mi vida. Me he decidido por “El niño yuntero” por su mensaje de solidaridad a favor de los oprimidos. Por encima de ideologías, nadie puede negar que hay una porción de la humanidad que malvive en el infierno. De poco sirve la compasión: la redención es la única salida. Si ésta es posible.
Niños
Niños trabajando en una fábrica de ladrillos en Pakistán (Foto: taringa.net)
“El niño yuntero” pertenece al libro Viento del pueblo (1937). Está construido a partir de cuartetas octosílabas de rima consonante. Miguel Hernández usó el metro corto con profusión en esta etapa. Era una manera de entroncar con la tradición juglaresca del romance y darle una oralidad a sus versos, que aspiraban a ser cantados y esparcidos, como ese viento del pueblo: “los poetas somos vientos del pueblo; nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas”.

El pobre niño, “menor que un grano de avena”, languidece bajo un yugo, metáfora de su confinamiento. El poeta tiembla de indignación y gime “me duele este niño hambriento” y “me da su arado en el pecho”. O sea en el corazón. Y esa sinceridad, esa palabra que brota directamente de las emociones del poeta, impregna cada verso. Le da hondura y cala como el arado que el niño sostiene tembloroso, porque “empieza a vivir, y empieza a morir de punta a punta”. Certeras metáforas van construyendo la imagen de ese niño, que es “carne de yugo”, su sudor es una “corona grave de sal” y se “alhaja de carne de cementerio”; hipérboles como “despedaza un pan reñido” estremecen, porque “cada vez es más raíz y menos criatura”.

Hay cierto ingenuo optimismo en los versos finales sobre el destino de este niño, pero yo veo también un atisbo de duda, cuando el poeta declara: “¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? (…) que salga del corazón de los hombres jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros”. Que salga, ¿por qué no decir “saldrá”? Para Hernández, es el propio oprimido el que debe luchar para poner fin a esa situación. Pero es un deseo: que salga y no una certeza.

El niño yuntero es un poema popular y diversos artistas le han puesto música. Mi versión favorita, la que capta a la perfección el tono pesimista y lúgubre del original, es la de Víctor Jara, que incluyo aquí:

                                          

En realidad, este niño nunca acabará de “morir de punta a punta” y “sentir la vida como una guerra”, porque la historia del trabajo o de la esclavitud infantil (si queremos llamar a las cosas por su nombre) puede que haya sido erradicada en nuestra Europa (y surge como antítesis el niño emperador, el niño escaparate, el niño al que se adelanta su pubertad para hacerlo corruptible), pero persiste en el resto del mundo. En los talleres textiles de Dacca y Delhi, en los prostíbulos de Manila y Bangkok, en las minas de granito cerca de Ouagadugu o las fábricas de ladrillo de Pakistán, los ejemplos son innumerables. Su visión no deja de dolerme “como una grandiosa espina”, me “da su vida en la garganta” y otorgan plena vigencia a las palabras del poeta.

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

Extraído de www.poemas-del-alma.com
Para saber más recomiendo la antología de Austral realizada por José Carlos Rovira (2000)

lunes, 9 de noviembre de 2015

"El camino" de Miguel Delibes (o sobre el placer de la relectura)

Hay un placer lector que debido a la ingente cantidad de material pendiente practico poco. Es un placer que incluso concita sorpresa y no poca incomprensión. Me refiero a la relectura. Este verano, ignorando la pila de libros pendientes que había colocado junto a mi escritorio, y que iba abordando poco a poco, recuperé y devoré una de mis primeros lecturas "adultas": El camino de Miguel Delibes. Una edición de bolsillo de la Editorial Destino, amarilla por el paso del tiempo.

Para los lectores glotones y algo limitados de memoria, como es mi caso, el paso del tiempo disuelve el recuerdo de mucho de lo leído. Es inevitable. Antes de abordar la primera página de El camino, me vino a la cabeza el nombre del protagonista, Daniel el Mochuelo; también pasajes que por alguna extraña razón habían aguantado el chaparrón de tantos libros leídos después. Las palabras quedan disueltas, o esparcidas. Pero las emociones que provoca un libro, su impronta, quedan dentro de la memoria como la punta de un dardo amoroso. En mi caso, El camino fue una novela que consiguió transportarme al pasado de mis abuelos, revivir con el protagonista los secretos de la vida recién descubiertos y sobre todo, la desazón de abandonar la infancia, adentrándose en la incertidumbre del mundo adulto. Tenía quince años cuando leí El camino y aquel niño era yo mismo. Esa es la huella que me dejó esta novela de Miguel Delibes.

Durante los años posteriores leí gran parte de su obra y seguí indignado el goteo de premios Nobel de Literatura que lo excluían sistemáticamente, con total injusticia según mi entender, hasta que su muerte lo privó de entrar para siempre en ese Olimpo terrenal del que tiene la llave la Academia sueca; no del de la historia de la Literatura, que seguro le hará más justicia.

La historia de El camino es conocida por todos. Daniel el Mochuelo consume su última noche antes de partir a la ciudad para estudiar el Bachillerato. Su padre, el quesero del pueblo, ha hecho un gran esfuerzo económico para dar estudios a su hijo. Quiere darle la oportunidad de “progresar”. Pero el pobre Daniel se debate en la cama, incapaz de pegar ojo y rememora insomne la historia de su vida en aquel valle aislado y las gentes que lo habitan, que hasta esa misma noche han formado parte indeleble de su vida. La prosa fluye, casi flota, impregnada de cierta ingenuidad infantil.


Los personajes que han formado parte del sistema planetario del Mochuelo son presentados primero y luego se exponen sus avatares y desgracias, el vínculo que ha dejado huella en la corta vida del protagonista. Las Lepóridas, las hermanas Guindilla, Quino el Manco y su hija Mariuca-uca; el Herrero, el cura, el SinDios, Sara la hermana del Moñigo, el maestro al que llaman el Peón, Gerardo el Indiano y su hermosa hija la Mica, etc. Al mismo tiempo se describen las andanzas de los tres amigos, salvajes a los ojos de hoy, lo que da idea de cómo ha cambiado la infancia. El libro tiene su clímax, que no voy a desvelar aquí, una hermosa ocurrencia infantil de Daniel el Mochuelo, que afronta la mayor certeza de la vida con desconcierto, como debe sentirlo un niño. Y el final, la calma que precede al momento de amanecer, cuando Daniel partirá hacia su destino, su camino, que probablemente “sea distinto del que el Señor le ha marcado”.

Miguel Delibes y sus niños «ilustrados»
Ilustración "Dos amigos" de Pablo Alaudell, que formó parte de una exposición con ilustraciones
sobre los personajes infantiles de Delibes llamada "Patria común. Delibes ilustrado" (Foto: abc.es) 
El camino supongo que en su época entroncaría con esa corriente literaria llamada realismo social. Se publicó en 1950 (Miguel Délibes acababa de cumplir treinta años y ya había pergeñado su primera obra maestra) y el paso del tiempo ha desgastado esa faceta, creo, porque el mundo del que Delibes nos habla, que se correspondería con su propia infancia en los años treinta, ya no existe. Es cierto que, por poner un ejemplo, en la actitud de la Guindilla mayor y el control que trata de ejercer el párroco sobre las costumbres de los lugareños hay una crítica muy sutil, pero en realidad, El camino adquiere o ha adquirido esa dimensión de testimonio antropológico que tienen todos los clásicos.

El valle de Daniel el Mochuelo es una especie de arcadia y los comportamientos y reacciones de sus personajes, la forma de vida en un medio rural, prácticamente aislado del progreso, cobran apariencia mítica, como si formaran parte de un sueño. Así, El camino ha macerado con el tiempo y mutado en realismo mágico. La presencia de la naturaleza, agreste o domesticada, es fuerte y palpable, de ella aprende el protagonista los secretos de la vida y se contrapone a un mundo urbano al que Daniel se asoma con incertidumbre. Es una novela de iniciación en dos sentidos, por la parte que toca al protagonista y por la parte que toca al lector. 

Aquí se acaba mi pecado, concluye la relectura y El camino regresa a la caverna de mi estantería. Siento como otros me llaman para que vuelva a abrir sus páginas, a husmear dentro de sus historias que un día me marcaron o hicieron estremecer. Tengo que contener la tentación, aplacarla al menos, pero caeré, siempre caigo...

viernes, 30 de octubre de 2015

“Lady sings the blues” de Billie Holiday

Hubo un periodo de mi vida en el que dos mujeres, sus voces, acompañaban mis duermevelas, los viajes en autobús, los momentos en los que deseaba estar solo. Su arrullo me llegaba a través de un auricular conectado a dos instrumentos hoy prehistóricos: un viejo walkman y un reproductor de cedés portátil que llevaba en bolsillo interior de la chaqueta. Una era Chavela Vargas y otra Billie Holiday. Dos artistas que hurgan en la herida, la palpan, arropan al que está triste y se siente desgraciado pero no calman su zozobra: la comparten. Como todos, fui quemando etapas. El mp3 jubiló aquellos armatostes, el silencio fue ocupando cada vez menos espacio en mi vida y el aura de Chavela y Lady Day se fue apagando, sus voces de sirena dejaron de resonar en mis oídos. En tierra firme, lejos del naufragio, solo recurría a ellas en contadas ocasiones. Pero no puedo dejar de agradecerles que compartieran y sobre todo canalizaran mi angustia de aquellos días, expresándola y dándole una forma tan arrebatadamente bella. Les reservo el mismo hueco en mi corazón que a las personas que he conocido y amado.

El caso es que hace poco olisqueaba, como cualquier adicto a la lectura, entre las cinco o seis estanterías que componen la biblioteca de mi pueblo y acabé en la sección de biografías. Allí estaba García Márquez con Vivir para contarla y al sacar el grueso tomo, detrás, el pequeño libro de Billie Holiday. Decidí dejar a Gabo para otra ocasión y rescatar a Lady Day de su ostracismo.

Lady sings the blues son las memorias de Billie Holiday, nacida Eleanora Fagan Gough. Poco más de doscientas páginas en las que ayudó a darle forma su amigo y pianista William Dufty, según reza en la contraportada. Ninguna otra información ofrece la edición de Tusquets. No hay un estudio introductorio donde nos cuente cómo se gestó la obra y qué puede encontrar (y qué no) el lector, un epílogo qué nos explique lo que fue de Lady Day después (el libro acaba en 1956 y ella murió en 1959), un apéndice con la letra de sus principales canciones, traducidas al castellano. No hay notas al pie de página con aclaraciones. Por no haber, no hay ni una foto. La única en la solapa y de ínfima calidad. Con este atrezzo el libro ganaría muchos enteros y estaría a la altura de su autora. De la misma manera que al final se incluye una discografía selecta, ¿por qué no hacer un verdadero esfuerzo? También echo de menos una línea del tiempo, una simple cronología con los hitos más destacados de su vida que el lector pueda consultar, porque a veces uno se pierde. Dudo que nadie de Tusquets me lea, pero aprovechando que este año es el centenario de su nacimiento podrían intentar una edición más cuidada.

Billie Holiday y su perro Mister, que también tiene un hueco en esta autobiografía
(Foto; drugstoremag.es - Pinterest)
¿Y entonces qué se puede encontrar en Lady sings the blues? Pues a Billie Holiday relatando su vida. Con voluntad de cronista, sin adornos ni aditamentos. Respetando en cierta medida un orden cronológico aunque se permite algunas digresiones y la mención de artistas, ciudades, clubs y teatros puede llegar a marear un poco. Una vida terrible, pero que nadie espere un tono de autocompasión. Billie no quiere dar lástima, simplemente relata, expone: así fueron las cosas. Con fatalismo  y un punto pesimista.

El inicio es tan descarnado como contundente: “Mamá y papá eran un par de críos cuando se casaron. El tenía dieciocho años, ella dieciséis y yo tres”. No fue fácil la vida de Eleanora Fagan. En realidad, fue un infierno. Nació en 1915 en Baltimore. Su madre tenía, efectivamente, trece años. Trabajaba de criada y fue despedida en el acto al conocerse la noticia de su embarazo. Pero según Holiday “Sadie Fagan me quiso desde que yo solo era un suave puntapié en sus costillas”. Su padre era guitarrista de jazz (de él heredó el sobrenombre de Holiday) y pronto les abandonó. El primer jazz (Louis Armstrong y Bessie Smith) lo escuchó en la vitriola de un burdel. 

En el libro Lady Day nos cuenta la manera fortuita en la que se inició su carrera musical. Eran los tiempos de la Gran Depresión. Una noche, tras recibir la orden de desahucio, Holiday salió desesperada a buscar trabajo. Finalmente consiguió una audición para un puesto de bailarina en un club nocturno, pero fue un desastre. Sin embargo, el pianista se apiadó de ella y le invitó a cantar, por probar. Así comenzó todo. Nadie lograba etiquetarla, porque poseía un estilo propio, arrastraba la voz, una voz que desprendía nostalgia y melancolía. Ella misma dice: “si descubres una melodía y tiene algo que ver contigo… la sientes… y cuando la cantas los que te oyen también sienten algo”. Tanto se involucraba en la interpretación que afirma  “algunas canciones me llegan tanto que no soporto cantarlas”.


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Billie Holiday en 1948
(Foto de William Gottlieb en www.drugstoremag.es)
Las reflexiones, aunque no demasiado abundantes, son muy jugosas. Por ejemplo, sobre la creación artística dice: “todos tienen que ser diferentes. Si copias, trabajarás sin verdaderos sentimientos. Y sin sentimientos todo lo que haces equivaldrá a nada” “en toda la tierra no hay dos personas idénticas y lo mismo tiene que suceder en música, de lo contrario no será música”.

El testimonio del racismo y la segregación sobrevuelan muchas de sus páginas, un escollo que ni siquiera su condición de estrella podía superar. Los problemas debido a su color de piel (a veces porque no es lo suficientemente oscura, ya que tenía sangre irlandesa) se repiten invariablemente. No es admitida en los hoteles, levanta suspicacias en los locales cuando tiene que actuar con músicos blancos, se ve envuelta en trifulcas en bares, restaurantes, etc. 

El aficionado podrá conocer de primera mano como se gestaron algunas de sus canciones míticas. Por ejemplo “Strange fruit”. Sobre ella dice “todavía me deprime cada vez que la canto… pero tengo que seguir cantándola porque las cosas que mataron a papá siguen ocurriendo en el sur" y “cantarla me deja sin fuerzas”. 

                           

Me parecen unas memorias honestas, sinceras y auténticas. La prueba es que no esconde ni minimiza sus problemas con el alcohol y otras drogas, aunque no llega a ser del todo explícita (supongo que por el contexto en el que fue escrita). No deja por supuesto de criticar la doble moral y la corrupción de la policía y el sistema judicial “cuando estaba enganchada nadie se metió  conmigo… no me persiguieron hasta que hice un esfuerzo sincero por salirme”. Sobre la relación entre droga y creatividad es tajante “si crees que se necesita droga para interpretar música o cantar, desvarías”Describe también sus estancias en prisión, donde se negaba a cantar y afirma en tono lapidario:  “mi canto se basa en los sentimientos y en todo el tiempo que estuve allí, no sentí absolutamente nada”. 

En definitiva, Holiday era pura expresividad, palpable en sus grabaciones, no me quiero ni imaginar en vivo durante sus buenos tiempos. “Me han dicho que nadie canta la palabra hambre como yo. Ni la palabra amor. Tal vez yo recuerde lo que quieren decir esas palabras”.  El libro está claro que gustará a los devotos de la cantante (aunque les irrite la paupérrima edición), muchas anécdotas son de sobra conocidas y otras no tanto. Respecto al lector menos interesado en el mundo del jazz y el universo de Holiday, podrá encontrar el retrato de una época y el alma de una artista irrepetible, también las virtudes y limitaciones de toda autobiografía. No me puedo resistir a incluir mi pieza favorita, una de las canciones que mejor expresan el desamor y el dolor de sentirse engañado: "Don´t Explain".

                                           

domingo, 18 de octubre de 2015

"Walking around" de Pablo Neruda

"Ropa tendida" litografía de Igone Urquiza
(foto: https://igoneurquiza.wordpress.com)

Soy un lector de poesía intermitente. Suele ser el otoño con su crepúsculo incendiario y sus lentas amanecidas, con sus nubes grises y amenazadoras, una de las épocas más propicias para volver a leer en verso. La necesidad me llega y luego, saciada, se apaga como la sed. 

Es mucha la poesía que me gusta, pero quería hablar de aquellos poemas que de algún modo me marcaron o fueron compañeros de viaje durante años. Y he decidido empezar por Walking around de Pablo Neruda. El poeta chileno, al que Félix Grande llamaba el “Himalaya” de la poesía contemporánea en español, ha sido un clavo ardiendo al que me he agarrado en los momentos de zozobra, de enamoramiento y de ataques de conciencia.

Me tengo que retrotraer a la adolescencia. Recuerdo que acudí con una amiga a un recital (en aquellos tiempos no era algo en lo que los chicos de mi edad se prodigaran demasiado), movido por la imperiosa necesidad que me asaltaba a veces de romper cualquier convención y rutina. Un poeta vestido de negro, iluminado por una luz cenital intensa como un rayo, recitaba acompañado de una pianista, que buscando el contraste llevaba un vaporoso vestido rojo. Entonces escuché por primera vez “sucede que me canso de ser hombre” y fui absorbido como en un remolino, hasta que me despertaron de mi trance unas “lentas lágrimas sucias”. 

Todavía andaba royendo aquel primer verso para extraerle el tuétano, cuando volvió a mis oídos y quedó anclado definitivamente en mi conciencia. Fue a través de una canción del grupo de rock Extremoduro que comenzaba “sucede que me canso de ser hombre” y añadía “sucede que me canso de mi piel y de mi cara”. Licencias artísticas.

Walking around pertenece al libro Residencia en la tierra II, escrito entre 1933 y 1935. El tedio, la rutina, el desarraigo y una fuerte pulsión existencialista emana de sus versos. Es también un tremendo despliegue de recursos literarios y de imágenes perdurables, llenas de ese vacío, de ese “caminar desorientado”, de un pesimismo del que la fantasía se atisba como única escapatoria. Neruda se cansa incluso de su sombra, de su propia materialidad y encuentra angustia en lo más prosaico: en las peluquerías, en las tiendas de ortopedia, en los ascensores, en “calles espantosas como grietas”.

Cuando percibo en los huesos esa sensación de desamparo, los versos de Walking around parecen adheridos a mis emociones, como si hubieran fraguado en ellas y fueran parte indisoluble. Así, siento que “el lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel” y me muero de pena y “no quiero seguir siendo raíz en las tinieblas”.

Durante mucho tiempo Walking around fue el eco sobre el que proyectaba mi grito. Por suerte, la angustia es finita y el tiempo cumple a la perfección su labor diseminadora. Llegó un momento en el que al releer Walking around ya no pensaba en mí mismo, sino en el poeta. 

Malva Marina Trinidad Reyes Hagenaar (foto: vuelanlasplumas.cl)
La pequeña murió con ocho años. Para saber más sobre el tema puedes pinchar aquí,
a la web de Bernardo Reyes, autor del libro "El enigma de Malva Marina". 
                                                                   
Este sentimiento se hizo más fuerte al leer su autobiografía Confieso que he vivido. Era pura vida en movimiento Neruda; nostálgico, melancólico sí, pero no un ser atormentado que anhelara un “descanso de piedras”. ¿Qué ocurrió en la vida del poeta para conducirle a tal estado de angustia? Creo que influyó el nacimiento de su única hija, enferma de hidrocefalia y a la que acabó dando en adopción (o abandonando, según se mire). De ahí surge el desamparo, el rechazo del mundo y de sí mismo: “sucede que me canso de ser hombre”. En una carta de aquella época a su amiga Sara Tornú escribe:
La chica se moría, no lloraba, no dormía; había que darle comida con sonda, con cucharita, con inyecciones y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir, llamando médico, corriendo a las abominables casas de ortopedia donde venden espantosos biberones, balanzas, vasos medicinales, embudos llenos de grados y reglamentos.  Tú puedes imaginar cuánto he sufrido. (Fuente: http://www.poesias.cl/) 
Con esa angustia en el corazón compuso Neruda Residencia en la tierra II, incluso hay una alusión directa a su hija en otro poema titulado “Enfermedades en mi casa”. Nada más. La herida de su hija tuvo que supurar hasta el fin de sus días, porque la excluyó de sus memorias. No se atrevía el poeta a mirarse en un “espejo que debiera haber llorado de vergüenza y espanto”. Pero por supuesto, solo es mi interpretación. Os dejo el poema íntegro para leer. También lo podéis escuchar de la voz de Jaime Sabines

Walking around


Sucede que me canso de ser hombre.

Sucede que entro en las sastrerías y en los cines

marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro

navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas moradas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
no quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos,
aterido, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

miércoles, 14 de octubre de 2015

"9 cuentos" de J.D. Salinger

Resultado de imagen de nueve cuentos salinger
Esta es la edición de "9 cuentos" que yo he leído.
También está en Alianza Editorial (foto: iberlibro.com)
Jerome David Salinger (1919-2010) es uno de esos escritores que han trascendido lo meramente literario. Su fotografía iracundo, abalanzándose sobre un fotógrafo que trataba de franquear el aislamiento voluntario en el que el escritor estuvo emparedado durante décadas, es icónica. Su obra es breve y lo reducido de su universo permite al lector poder abordarlo y acotarlo en su integridad. Ahora bien, es un lago pequeño Salinger, pero de aguas turbias y profundas. Cuesta escrutar dentro de él. Sus relatos son auténticas piezas emocionales, banales en su superficie. Su prosa es un simple armazón que sirve de continente a emociones, en apariencia invisibles pero que aprietan, casi ahogan al lector sensible. Lo sumen en un estado difícil de definir, de cierto pesimismo, de sentimiento de culpa, de haber hecho o pensado algo moralmente inadmisible. De romper tabúes. De sentirse caminando en el alambre. Me cuesta definir mis sentimientos al respecto.

Llegué a estos 9 cuentos después de leer un relato corto de Salinger en el blog anonyma veneciana (para esto sirven los blogs, entre otras cosas: sugieren, iluminan. Invocan). Están ambientados en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. El recuerdo de la Segunda Guerra Mundial es palpable en muchos de ellos, un periodo de la historia que Salinger vivió en primera línea de fuego. El autor atravesó todos los círculos del infierno en Europa occidental: desde el desembarco de Normandía, la batalla de las Ardenas y del bosque de Hürtgen hasta la liberación del campo de Dachau. No es extraño que el estrés postraumático sobrevuele sus relatos: un ligero temblor, la idea o el aroma o siquiera el presentimiento del suicidio. Los niños son las únicas figuras luminosas y hasta cierto punto, como se ha dicho, las que conservan su capacidad redentora.

Son relatos que transgreden la idea clásica de principio y final. Empiezan desde la nada, desde un punto que puede parecer arbitrario, como si Salinger simplemente oteara el horizonte de su mente y dijera: aquí. Y una vez acabados, continúan en la mente del lector, bien su resonancia emocional, bien su final sugerido, tan solo invocado pero que no llega a manifestarse, como en “Teddy”. Predominan los diálogos sobre la descripción (excepto en “El período azul de Daumier-Smith”), en apariencia banales, pero muy conseguidos y que introducen, sumergen al lector dentro del relato y sus personajes. En general Salinger es poco cuidadoso con lo “literario”. Estoy acostumbrado a autores que abordan el género del relato desde este minimalismo que margina la forma desde el contenido, así que no sé si en esto Salinger es pionero o sigue una corriente ya explotada por otros antes. En cualquier caso define su estilo (que como todo, tendrá partidarios y detractores). Destacaría también el uso del tiempo y el ritmo, muchas veces marcado por los innumerables cigarrillos que se encienden a intervalos y se consumen como la arena de un reloj.

El escritor, fotografiado al salir de un supermercado en una de las pocas imágenes de él.
J.D. Salinger en actitud poco amistosa con la prensa (foto: elmundo.es)
Entre todos los relatos brilla con luz propia “Para Esmé, con amor y sordidez”. Me ha reconfortado investigar después y saber que fue su cuento más célebre, desde el instante mismo de su publicación. Entiendo que en 1950 muchos lectores se sintieran conmovidos por ese encuentro, amoroso y sórdido, entre el soldado que encara el matadero y una incitante adolescente. El relato es tierno, pero raya el tabú. Su segunda parte, la conversación aguardentosa de dos soldados desquiciados por el peso de la guerra, confinados en un ambiente burocrático, casi kafkiano, removería las conciencias de un país que durante seis años afrontó el mayor esfuerzo bélico que se pueda imaginar. Pero en 2015, sigue conmoviendo. Así que la vida, las emociones que palpitaron en los dedos de Salinger siguen confinadas en este relato, como el genio que vive para la eternidad dentro de la lámpara. Y una curiosidad para acabar, la historia del “Hombre que ríe”, un trasunto del Jóker, está basada en un personaje creado por Víctor Hugo. 

Leí El guardián entre el centeno en una época en la que ya quedaban en mi tan solo los rescoldos de la adolescencia. Fue una herida superficial que dejó poca huella. Veremos donde llega la estocada de estos nueve cuentos.