miércoles, 6 de noviembre de 2019

BREAK DOWN



Qué el libro es un artefacto lúdico, no cabe duda. Que es un instrumento de transmisión del saber, e incluso en ocasiones (pocas) se eleva al Olimpo de las artes, tampoco. El libro es un arma ambivalente, porque puede despertar conciencias y también ser una vía de propaganda y propagación del oscurantismo. El libro no es bueno de por sí, incluso puede ser muy malo. Superadas las limitaciones del formato físico y con la ubicuidad de la información que nos anega, cuando las redes 5G prometen conectarlo todo a la velocidad de la luz, ¿cuál será el futuro de estos ladrillos de papel?, ¿quién tendrá tiempo, ganas o capacidad de atención para enfrascarse en una novela de quinientas páginas con su buena carga de profundidad?, ¿lo recetarán los psiquiatras para reparar aquellos cerebros agujereados por la estimulación constante? ¿Será el libro como el vinilo, una extravagancia hipster? Conozco coleccionistas que compran un disco y ni siquiera lo sacan de la funda, si acaso lo ponen una primera vez, de fondo, mientras atienden su Facebook. Quizá los libros acaben como elemento decorativo o de mera ostentación intelectual.

Estoy agradecido a mis libros, porque he pasado largas horas de exilio interior con ellos, son mi isla desierta. Pero cuando en un parque o en la sala de espera del médico soy el único que saca un libro, no me creo ni más listo, ni a salvo de la enfermedad del siglo. Me siento un fósil del Cretáceo. Hace meses compré un Ipad y después de navegar, curiosear por la Apple Store, me di cuenta de que si me dejara llevar, si no opusiera resistencia, mi estantería de libros se convertiría en una reliquia polvorienta en cuestión de meses.

El impulso de escribir permanece, no obstante, pero me dedico a guardarlo todo en mi cofre y cada vez me parece más un acto anacrónico, sin sentido. Podría verterlo al ciberespacio, bajo un seudónimo. Que se quede vagando por ahí. Pero prefiero que siga en su caja de Pandora, confinar allí mis demonios y cuando me esfume se esfumará conmigo. Es extraña la idea, las decenas de miles de palabras escritas, pero nunca oídas ni leídas más que por mí. Nunca han roto el himen de mi intimidad. Al fin y al cabo, ¿de qué serviría?, ¿qué es un ser humano en este universo? Me engaña la consciencia, la certeza de existir genera en mí una quimera, una aberración llamada antropocentrismo (o peor aún, egocentrismo).


Michael Landy, junto al listado de todas sus pertenencias antes de proceder a su destrucción (fuente: http://www.bbc.com/culture/story/20160713-michael-landy-the-man-who-destroyed-all-his-belongings)
Esconder las palabras es un fracaso para el que mide la escritura como una búsqueda del éxito, una forma de alcanzar relevancia o notoriedad, de influir en otras almas, de poder hallar quien te escuche, con quien conectes y te comprenda. Es excavar una galería bajo tierra que nadie puede ver y que no lleva a ninguna parte. Es proteger tu autoestima para eludir el rechazo profesional (el de esas editoriales que "no admiten originales no solicitados" o te proponen publicar con ellas a cambio de "compartir los gastos de edición"), de participar y perder en un concurso al que concurren otros quinientos como tú, de sufrir la bofetada de una crítica negativa, incluso humillante. Todo esto lo he experimentado ya y escuece al principio, aunque luego se normaliza como lo que es la vida: una sucesión de traspiés hasta la voltereta final. 

Pero también puede verse, y a lo mejor me doy demasiada importancia, como un desafío al orden establecido, como un gesto crítico hacia esa obsesión por ser alguien, por destacar y ser escuchado, por recibir un halago y que tus palabras cuenten. Lo que haces tiene que servir de algo, tiene que ser por algo, tiene que proporcionarte dinero, fama, poder, influencia, visibilidad, ALGO (¿serían tan adictivas la redes si elimináramos la posibilidad del "me gusta"?).

Me viene a la cabeza el artista británico Michael Landy, quien decidió quemar sus pertenencias en una performance brutal. Antes realizó un inventario hasta contabilizar siete mil objetos, incluyendo recuerdos familiares y con la ayuda de su equipo se enfrascó en un delirio destructivo mientras escuchaba a David Bowie, que le llevó dos semanas completar. A veces he pensado en hacer lo mismo y deshacerme de todos mis libros, no dejar ni uno y no volver a comprar uno jamás. Vender, mejor regalar mi Telecaster, aplastar mi colección de discos con una apisonadora, borrar para siempre el centenar de escritos que acumulo en mi disco duro y como Landy, creo que pasada la primera perturbación, hallaría la felicidad. Pero ese punto muerto, no sería más que un paréntesis efímero. Landy cuenta que a los cinco minutos de quedar expuesto alguien le regaló un disco de Paul Weller. Tan humano es ser consciente de la propia existencia como crear y esperar que alguien te haga un poco de caso.

12 comentarios:

  1. Estoy leyendo un novelón de casi novecientas páginas y yo mismo me admiro por lo anacrónico que resulta. Normalmente leo con el iPad pero tiene cierto encanto reencontrarte con el papel y llevártelo contigo a todas partes. Cualquier sitio es bueno para leer. En cuanto a la escritura, ¿qué decir? Yo no soy escritor pero escribo cada día. A veces cuentos, otras posts, llevo mi diario como si una obra de arte se tratara. ¿Y todo esto para qué? me digo. Si viniera una editorial a ofrecerme publicar algo de lo escrito a cambio de una campaña de promoción con actos de presentación, de esos que se estilan, diría que no, que de ninguna manera. Soy fóbico social y no soportaría hacerme el simpático delante de gente que no me importa nada. Puedo entender tus reflexiones sobre la lectura, la escritura, el afán de destrucción de todo. Porque, en definitiva, ¿qué libros merecen realmente la pena? Muy pocos, realmente muy pocos, poquísimos que resulten imprescindibles, el resto es vanidad, espuma de un tiempo vertiginoso. Me han gustado tus reflexiones que en buena parte comparto. Lo que escribimos se oculta y en ese ocultamiento está su mayor valor. No tenemos el valor de combatir para publicarlo. Si yo intuyera que algo de lo que escribo merece la pena, tendría tal vez esa pasión, pero no. Lo que escribo es agitación personal mía, nada más. Aunque es cierto que todo el mundo necesita que alguien le haga un poco de caso jajaja. Saludos.

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    1. También comparto tus apreciaciones, Joselu. La escritura es puro fuego personal, su valor es subjetivo y quizá aumenta más con su ocultamiento, que con su divulgación. Tampoco me veo haciendo de comercial con mi libro, aunque en varias ocasiones me he visto muy cerca. El tiempo dirá, pero a día de hoy no es para mí ninguna prioridad. En estos tiempos de "deshumanismo" o "transhumanismo", lectura y escritura pueden llegar a ser, según se enfoquen, un acto de resistencia.
      Saludos.

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  2. Hola Gerardo, coincido contigo en varias de las afirmaciones y-o reflexiones que haces, sobre los libros,.. "las tecnologias" que nos permiten un acceso instantaneo y rápido a la información,y que con la misma rapidez, se nos olvida,( esa inmediatez, no deja a nuestro cerebro, digerir dicha información,pues el saber que a un golpe de clip la tendremos de nuevo ante nosotros. A modo de ejemplo: se han perdido o al menos en mi entorno, la conversación profunda sobre cualquier tema, en cuanto surge alguna duda, rapidamente los buscamos en "san google" y "asunto concluido" nunca mejor utilizada esta expresión. No nos permitimos, masticar pausadamente, salivar en condiciones optimas, para tragar la comida, que el estomago haga su trabajo y nuestro cuerpo asimile todos los nutrientes como es debido, con lo que volvemos a tener un hambre voraz. ¡Uf! como me enrollo. Lo de la escritura, lo dejo para otro día, eso sí animandote a que sigas escribiendo, ya sea como cura, ocio, u lo que sea, para mi siempre es un placer leerte.
    Un abrazo.

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    1. Esa vorágine es contraproducente: puedes saberlo todo, pero al instante lo olvidas. La pausa, la conversación, el debate, meditar sobre lo aprendido, todo eso se pierde y es lo esencial para crecer como persona y saber conducirte en la vida al margen del rebaño. Me alegra tenerte como lectora y participante de la llanura, es un consuelo.
      Un abrazo.

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  3. ¡Hola Gerardo! hoy nos traes un post de esos que te llevan a reflexionar. Yo soy de las que siguen leyendo en papel (para mí es fácil, trabajo en una biblioteca), aunque generalmente me pillo también el formato electrónico del libro más que nada porque es muy cómodo tomar notas, subrayar párrafos para las entradas del blog. Pero tener entre manos un buen tocho en papel, con tu marcapáginas, poder olerlo, tocarlo, pasar sus páginas, eso nunca lo sustituirá el formato electrónico y creo que hay mucha gente que piensa igual, por eso yo confío en que los libros en papel no desaparezcan nunca.
    Por otra parte está el tema de acumular y acumular. Libros, hace mucho tiempo que ya no compro (solo alguna excepción que me apetece tener) y la mayoría los he donado a la biblio. De vez en cuando me da por hacer en casa un "Mariekondo" (no tan exhaustivo como Michael Landy) y empiezo a deshacerme de cosas y cosas, y oye, lo a gusto que te quedas...
    Lo de las editoriales y la escritura es una pena, a mí me gusta escribir y lo sacio escribiendo mis post bloqueros (aunque sé que no escribo bien, pero me da igual, me gusta y cubro esa necesidad con el blog), por eso pienso que no debes reanimarte y seguir escribiendo lo que te apetezca
    Un beso

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    1. El tema editorial está en un punto de saturación que no sé dónde llegaremos. Tienes editoriales pequeñas, que son imprentas en el fondo y apenas ponen filtro: todo les vale si ayudas a sufragar los costes de edición y te pones el traje de comercial, tienes la autopublicación de Amazon, las editoriales serias hace tiempo que pusieron el cartel de "no admitimos originales no solicitados"...Con todo, hay cada vez más libros y no tantos lectores. Así que lo que escribo me lo quedo para mí, de momento. Si surge algo interesante, ya veremos.
      Atesorar libros supongo que forma parte de nuestra cultura consumista, por eso me encantan las bibliotecas: van contracorriente.
      Un abrazo.

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  4. Escribes, lees,... ¡eres la resistencia, Gerardo! (aquí vendría un emoticono de risa aunque lo digo muy en serio).
    En el mundo digamos real, reconozco que como lectora me siento un bicho raro, más aún cuando no me prodigo demasiado en best sellers. Afortunadamente, en el mundo virtual me siento más acompañada. Y no, no creo que el hecho de ser lectores nos haga mejores respecto a los que no lo son, por mucho que a veces sea tentador pensarlo. Prefiero verlo como que es conveniente preservar, entre tantas obligaciones que nos impone la vida, una parcelita a nuestra satisfacción personal e incluso a veces necesidad. Lo mismo digo para tus escritos, decidas exponerlos o quedártelos para ti. En cuanto a la necesidad de ser reconocido o considerado, por supuesto que es muy humana.
    Existe un término japonés para el hábito de comprar libros compulsivamente y acumularlos sin leer. Creo que es tsundoku o algo así. Yo siento mucho desapego, físicamente hablando, por los libros. Creo que es porque me he forjado como lectora a base de préstamo bibliotecario y solo en los últimos años he comenzado a comprar algún libro y nunca los dejo sin leer. Lo que estoy pensando ahora es que igual me costaría un poco desprenderme de los ejemplares de mi pequeña y reciente biblioteca.
    Un abrazo

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    1. Un guerrillero, un maquis, por lo menos, jaja. Pues un bicho raro si me siento, Lorena. Es verdad que entre blogueros se atenúa el tema, pero los hechos están ahí.
      La lectura es una ancla y estos tiempos de arenas movedizas, ese es su principal valor. Quizá en el futuro se recete a las mentes desatentas, como un fármaco. Espero que no quede solo en eso.
      La performance de Landy es brutal, yo no me atrevería a hacer tal cosa, aunque a veces me entren deseos...
      Un abrazo.

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  5. Ufff, te veo un poco desanimado, planteándote muchas cosas. Yo, como no escribo, no sé de esa frustración que supone el que no se te lea ni se te publique, aunque algo puedo imaginar.
    Respecto a la lectura, que es lo mío, nunca me he planteado por qué leo. Leo porque no concibo el tiempo libre de otra forma, porque es lo que más me hace disfrutar. Nunca he sacado libros de bibliotecas. He leído libros de mi padre, de media familia y, sobre todo, libros propios. Me gustaría tener el valor de quemar la mayoría puesto que nunca los volveré a leer, pero soy incapaz.
    Me ha gustado tu entrada, aunque la veo un poco pesimista.
    Un beso.

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    1. Hola, Rosa. Es curioso lo que dices, porque el post lo escribí en mayo-junio y lo dejé congelado, sin publicar, porque me parecía eso: demasiado pesimista. Ahora, al releerlo meses después no me ha parecido para tanto.
      Últimamente percibo que las cosas que me gustan van retrocediendo, los tiempos cambian y leer, escribir, tocar, no es lo que era. Por otra parte, creo que el placer que extraigo de escribir se reduce a pergeñar el texto. Hacerlo público o que te lo publiquen, me resulta separado del mismo texto, extraño y casi prescindible. Al menos, he descubierto que me genera mucho menos placer, no me alivia publicar, no me ilusiona que una editorial-imprenta me proponga sacar mi libro adelante bajo mínimos. Puede que ese no sea mi camino. En fin ¿no será mejor dejar todo en silencio, en la intimidad de uno mismo?
      Un abrazo.

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  6. Creo que hoy, de todo lo que has escrito, me quedo con lo último. Me he planteado muchas veces preguntas de las que compartes aquí hoy, aunque yo soy mucho menos consistente, la verdad.

    Un abrazo.

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    1. Lo sé, supongo que dichas dudas son comunes a todos los mortales escribientes, sean profesionales o simples diletantes. Últimamente extraigo mucho más placer del acto de escribir que de cualquier cosa posterior, una vez está el escrito acabado. Y es muy extraño.
      Un abrazo.

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