miércoles, 31 de agosto de 2016

APOCALIPSIS LECTOR

Resultado de imagen de hoguera de libros fahrenheit
Hoguera de libros, imagen de la película Fahrenheit 451, basada en la novela de Ray Bradbury (http://utopiacritica.blogspot.com.es/)

En junio de 2016 el CIS publicó los resultados de una encuesta sobre hábitos de lectura, realizada a unas 2.500 personas mayores de dieciocho años de toda España, que arrojaba el siguiente dato demoledor: el 39,4% reconocía no haber leído un libro en los últimos doce meses (enlace a la noticia aquí). Una cifra mayor que la publicada en diciembre de 2014, donde el porcentaje de personas que no leían nunca o casi nunca era de un 35%. ¿Estamos ante un apocalipsis lector?

Quizá condicionado por la noticia, este verano me ha parecido que la presencia de lectores en las playas y lugares de vacaciones que he visitado era algo casi testimonial, cuando siempre afloraban bajo las sombrillas como setas, fenómeno que dicho sea de paso me reconfortaba. De hecho, restando al turista extranjero del total, parece que el lector ibérico va a sustituir al lince homónimo como especie amenazada. El playero ahora tiene entre manos el móvil, donde puede conectarse a Internet, chatear y ojo, también leer, pero una lectura permanentemente amenazada por el silbido del whatsapp, la oportunidad de hacerse unas fotos y compartirlas en facebook o Instagram y otros depredadores que no dan tregua.

Libros leídos por año
Datos sobre hábitos de lectura del CIS (diciembre de 2014), fuente: sinmediatinta.com

Siguiendo con el hilo del descenso de lectores, tema que quizá va ligado al desarrollo de las nuevas tecnologías, pero que también tiene que ver con la elevada tasa de fracaso escolar y las sucesivas hornadas de jóvenes que se amontonan sin querer abrir un libro, el desinterés por la cultura en general, reducto minoritario, al menos donde yo vivo y otros factores que alguien habrá estudiado, seguro, bueno pues encontré algo más de información en el llamado Observatorio del Libro, que me arrojó a la cara otro dato estremecedor: en España se publican al día 250 nuevos títulos (incluyendo libros técnicos y de todo tipo, no solo literatura), se producen 621.000 ejemplares y se venden 421.000. Es decir, que un tercio de todo lo editado fenece en las estanterías de tiendas y almacenes, criando telarañas.

El sector del libro en España (2013-15) según el Observatorio de la Lectura y el Libro (fuente: http://blog.biblioteca.unizar.es/)
Así que en mi coctelera mental se mezcló el escaso porcentaje de lectores asiduos que hay en España con el exceso de oferta y la conclusión no es muy alegre, que digamos. En mi caso, que además de leer y esto no me lo quitan ni a tiros, escribo a ratos, la cuestión es que más allá de una motivación personal del tipo que pueda tener un corredor amateur de maratón, que apenas bajará de las cuatro horas y es probable que acabe con artrosis, no hay otro motivo para seguir escribiendo. El grueso de la venta de literatura en España corresponde a la novela histórica, novela negra, infantil y juvenil, a la que se agregan los bestsellers al uso, que muchas veces son “obra” de personajes famosos, presentadores de televisión, etc. En fin, puro márketing. Tengo que reconocer que en esa división no tengo hueco, lo que escribo es tan personal que no tiene mercado. Además, ¿qué puedo decir yo sobre la naturaleza humana que no haya dicho ya Tolstoi? ¿Puedo ser original habiendo existido sobre la tierra un tal Roberto Bolaño, escritor que dicho sea de paso, apenas vendió en vida? ¿Soy capaz de expresarme con el lirismo, sencillez y dulzura de Yasunari Kawabata o dominar el castellano como Cervantes, autores ambos que tengo ahora entre manos? La respuesta es un no rotundo. Y ojo, que no me comparo con ellos, faltaría más. Es solo que tengo la impresión de que en literatura todo está dicho y con tal grado de perfección que uno solo puede aspirar a repetir lo ya hecho, con menos fortuna, pericia, profundidad y belleza. Además, es tedioso contemplar de lejos como escritores actuales, incluso en los ámbitos del amateurismo, se despedazan y desprecian entre ellos o descienden al tribalismo apoyando de forma irracional a los “suyos”, mal contemporáneo que hoy (escribo a 31 de agosto) puede observarse en directo en el Congreso de los Diputados.

Estoy ahogándome con esa idea en la garganta: cada vez se lee menos, se venden menos libros, pero por una locura –transitoria- del mercado, se editan más sujeta mesas y decora estanterías, o archivos que como moscas aplastadas acaban en la papelera de reciclaje de Windows. Crece una burbuja que cuando estalle acabará con la lectura y la escritura tal y como la hemos conocido. La lectura profunda, la de encerrarse en un libro y notar como con el paso de los minutos, entre el silencio, brota un pensamiento propio que tiene su raíz en lo que acabas de leer, será desterrada por la impaciencia de estos tiempos, convertida en un acto excéntrico y minoritario. La demanda de lecturas breves, sencillas y rápidas aplastará como un torno a la literatura tradicional: la demanda se impone, es la lógica del mercado. Aunque nos queden los clásicos, como Tolstoi y el ejemplar que me llegó por herencia de Guerra y paz, justo este verano y que no creo que pueda leer jamás.

Solo puedo aspirar a la escritura como vía de escape, de realización personal y placer amateur, que no es poco y ejercer la lectura apasionada, del que disfruta y mastica despacio. Resistiré, como escuché entonar a Barón Rojo este verano, anacronismo que me hizo pensar otra vez en mi faceta de lector-vampiro y escritor aficionado sin demanda ni perspectivas.