sábado, 28 de noviembre de 2015

"Enciclopedia de los muertos" de Danilo Kiš

Enciclopedia de los muertos de Danilo Kiš (Foto: Amazon.com)
Hay autores con los que uno tiene un pálpito, intuición alimentada por los detalles increíbles de su biografía, algún fragmento leído por casualidad, una reseña aquí y allá o los elogios de escritores consagrados y foreros anónimos ocultos tras su avatar. Cuando por fin ese libro, de ese autor, cae en tu poder, lo abres con tembloroso deleite, como si tuvieras entre tus manos concentrada toda esa esperanza llameando. La edición de Acantilado de Enciclopedia de los muertos contribuye a ello. En negro riguroso, con un texto manuscrito donde figuran apellidos y nombres seguidos de un número, ¿qué contendrá?

Enciclopedia de los muertos es un libro de relatos, pero me cuesta reducirlo a este calificativo. Son nueve piezas, de extensión variable y un “post scriptum”, esto es, aclaraciones posteriores del propio autor. El hilo conductor queda claro desde el título. La individualidad de la muerte. El sacrificio, el martirio, el asesinato. El exterminio y sus gruesas raíces; la masacre colectiva que contiene con toda su fuerza el fragmento atribuido a Kurt Gerstein con el que Kiš cierra el relato “El libro de los reyes y los tontos”.

Son historias donde el juego literario y la forma se imponen continuamente sobre el argumento. Donde predomina el lirismo y lo onírico. Donde sobrevuela lo fantástico o fantasmagórico, según. Requieren una lectura atenta, meditada y despaciosa. Es lo que a veces ocurre con el relato breve, no permite distracciones porque todo se encuentra condensado.

En Enciclopedia de los muertos se solapan los géneros. Danilo Kiš bebe de fuentes históricas, de leyendas sobre las que se cierne la duda de su veracidad y sobre las que la narración arroja poca luz. Tan solo añade sombras. 

Juega al formato clásico, con un final sorpresivo, pero insertando elementos fantásticos o convirtiéndolo en un ensayo histórico-filosófico donde interviene lo metaliterario, un recurso que en “Sellos rojos con la efigie de Lenin” llega al paroxismo. Este juego es el que propone Kiš. Nos seduce, nos enreda, nos engaña; nos da de beber pero nos deja con sed. El “post-scriptum”, lejos de aclarar, lo embrolla todo aún más.


Danilo Kiš, Autor: Ratko Šoć
                                   Danilo kis pintado por Ratko Šoć (foto: vijesti.me)                       
“Simón el Mago” es la genial obertura de Enciclopedia de los muertos. ¿Es una diatriba contra el Dios judeo-cristiano, presentado como un tirano que subyuga al mundo? ¿O una reflexión sobre la reversibilidad de los dogmas? El final bífido y por tanto ambiguo, contribuye a alimentar la duda. Y es que hay veces que los relatos de Kis se resuelven como un sueño: despertando. Así quedan en la mente del lector, flotando con ese aire de indefinición.

El relato que da nombre al libro me ha parecido, además de puro entretenimiento, por los sucesivos misterios y hechos que se van desvelando, un auténtico resorte de conciencias. Una mecha que enciende varios fuegos y hurga muy dentro. Me ha hecho pensar en la propia vida y su finitud; en la “singularidad de cada individuo y la unicidad de cada acontecimiento”; en la memoria y los recuerdos, irremediablemente falseados, pero al mismo tiempo vivos; volátiles, pero sólidos. Por cierto, (y ya me repito) el “post-scriptum” añade la guinda final a este relato, imprescindible leerlo.

En “El libro de los reyes y los tontos”, traza la siniestra trayectoria de un libro destinado a influir en la infamia de Europa. Afirma Kis: “quería poner en duda, a través de un ejemplo comprobado por la Historia y más o menos conocido, la opinión comúnmente aceptada de que los libros sólo sirven para el bien”. Al tener un conocimiento previo sobre el tema me desligué un poco de la narración, que por momentos consiguió hastiarme; no sé qué impacto tendrá en quién lo lea y no sepa nada sobre esta obra, que se cita con el nombre de “El complot”.

Enciclopedia de los muertos propone un juego exigente al lector, agotador si cabe. Contiene lirismo a raudales, tantea lo metafísico y remueve la conciencia. Es una propuesta maximalista, que gustará a muchos y adormecerá a otros. En mi caso, he sentido todo esto: agobiado, incluso aburrido por la minuciosidad de algunos relatos; sorprendido y atrapado por el encanto y la magia de otros. Abrumado por todas esas cuestiones existenciales derramadas sin tiento.  Esperaba mucho de Kiš, anhelaba que éste fuera el libro de relatos definitivo. No lo es. Todavía no se qué huella ha dejado en mi, su forma es indeterminada. Pero sé que es palpable y por eso me he animado a hacer esta reseña. Un libro que más que recomendable, calificaría de interesante enigma. 

*Para el que quiera saber algo más sobre esta Enciclopedia de los muertos, es muy recomendable el programa que le dedicaron en el portal literario Milana Bonita y que se puede escuchar aquí:

domingo, 15 de noviembre de 2015

"El niño yuntero" de Miguel Hernández

Dibujo de Buero
Retrato de Miguel Hernández a lápiz, realizado por el dramaturgo A. Buero Vallejo cuando estaba en la cárcel.  El poeta lo envió a su mujer con una nota que decía: "ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás bastante bien. Se lo enseñarás al niño todos los días para que vaya conociéndome y así no me extrañará cuando me vea".
Fuente: www.nidodepoesia.com
Miguel Hernández Gilabert (Orihuela,1910) viajó por primera vez a Madrid en 1932. Con un cuaderno de poemas bajo el brazo, trataba de darse a conocer. Se topó con la actitud condescendiente de quiénes se avenían a escucharlo, más picados por la curiosidad de lo pintoresco (¿un cabrero poeta?) que por un interés real en sus versos. Después de vagar por la capital durante cuatro meses, medio muerto de hambre, regresó a Orihuela con las manos vacías. Sin embargo, el poeta no se arredró, al contrario. Reforzó su aprendizaje del verso clásico e inició una progresión fulgurante que le llevó a ser considerado por Dámaso Alonso como el “genial epígono” de la generación del 27.

La intuición lírica de Miguel Hernández, su capacidad de asimilación y permeabilidad nos habla del carácter innato de su poesía. Un carácter volcánico y vitalista, en definitiva, una extremada sensibilidad, acaban de definir un estilo donde se impone una voz propia, que lejos de someterse a las influencias del momento las adapta y acomoda a su universo. Y en un tiempo increíblemente corto. De Perito en lunas al Romancero de ausencias transcurren apenas seis años. ¿Qué hubiera sido de Miguel Hernández de seguir viviendo? ¿Hasta dónde hubiera podido llegar? El hecho es que muchos de sus poemas conservan el pulso emocional del que los compuso y han logrado la inmortalidad: nunca dejarán de cantarse, nunca han dejado de leerse.

La primera vez que escuché (fue en un recital) a Miguel Hernández me estremeció. Era la “Elegía a Ramón Sijé”. En aquellos versos brillaban la desesperación y el dolor por el amigo muerto. La certeza implacable, como un hacha, de que nunca lo volvería a ver. Era muy joven, es verdad y apenas había leído poesía. Los versos de Miguel Hernández me parecieron diáfanos y comprensibles; lo más emocionante era que podía interiorizarlos y las alteraciones que me provocaban. No he sentido ese latido en demasiadas lecturas después. Puede que fuese el momento o puede que las palabras de Hernández formen parte de ese todo universal que permanece siglo tras siglo y es pegamento de la humanidad.

Para mí ha sido difícil seleccionar un poema de toda su obra, que me ha acompañado en tantos momentos de mi vida. Me he decidido por “El niño yuntero” por su mensaje de solidaridad a favor de los oprimidos. Por encima de ideologías, nadie puede negar que hay una porción de la humanidad que malvive en el infierno. De poco sirve la compasión: la redención es la única salida. Si ésta es posible.
Niños
Niños trabajando en una fábrica de ladrillos en Pakistán (Foto: taringa.net)
“El niño yuntero” pertenece al libro Viento del pueblo (1937). Está construido a partir de cuartetas octosílabas de rima consonante. Miguel Hernández usó el metro corto con profusión en esta etapa. Era una manera de entroncar con la tradición juglaresca del romance y darle una oralidad a sus versos, que aspiraban a ser cantados y esparcidos, como ese viento del pueblo: “los poetas somos vientos del pueblo; nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas”.

El pobre niño, “menor que un grano de avena”, languidece bajo un yugo, metáfora de su confinamiento. El poeta tiembla de indignación y gime “me duele este niño hambriento” y “me da su arado en el pecho”. O sea en el corazón. Y esa sinceridad, esa palabra que brota directamente de las emociones del poeta, impregna cada verso. Le da hondura y cala como el arado que el niño sostiene tembloroso, porque “empieza a vivir, y empieza a morir de punta a punta”. Certeras metáforas van construyendo la imagen de ese niño, que es “carne de yugo”, su sudor es una “corona grave de sal” y se “alhaja de carne de cementerio”; hipérboles como “despedaza un pan reñido” estremecen, porque “cada vez es más raíz y menos criatura”.
Día Mundial contra el Trabajo Infantil
Un  niño recolectando basura en el vertedero de Anlong Pi (Camboya). Cerca de 168 millones
de niños en el mundo son sometidos a explotación laboral (Foto: theobjective.com)
Hay cierto ingenuo optimismo en los versos finales sobre el destino de este niño, pero yo veo también un atisbo de duda, cuando el poeta declara: “¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? (…) que salga del corazón de los hombres jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros”. Que salga, ¿por qué no decir “saldrá”? Para Hernández, es el propio oprimido el que debe luchar para poner fin a esa situación. Pero es un deseo: que salga y no una certeza.

El niño yuntero es un poema popular y diversos artistas le han puesto música. Mi versión favorita, la que capta a la perfección el tono pesimista y lúgubre del original, es la de Víctor Jara, que incluyo aquí:

                                          

En realidad, este niño nunca acabará de “morir de punta a punta” y “sentir la vida como una guerra”, porque la historia del trabajo o de la esclavitud infantil (si queremos llamar a las cosas por su nombre) puede que haya sido erradicada en nuestra Europa (y surge como antítesis el niño emperador, el niño escaparate, el niño al que se adelanta su pubertad para hacerlo corruptible), pero persiste en el resto del mundo. En los talleres textiles de Dacca y Delhi, en los prostíbulos de Manila y Bangkok, en las minas de granito cerca de Ouagadugu o las fábricas de ladrillo de Pakistán, los ejemplos son innumerables. Su visión no deja de dolerme “como una grandiosa espina”, me “da su vida en la garganta” y otorgan plena vigencia a las palabras del poeta.

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

Extraído de www.poemas-del-alma.com
Para saber más recomiendo la antología de Austral realizada por José Carlos Rovira (2000)

lunes, 9 de noviembre de 2015

"El camino" de Miguel Delibes (o sobre el placer de la relectura)

Portada del libro que tengo en casa,
la foto la he extraído de www.todocoleccion.net
Hay un placer lector que debido a la ingente cantidad de material pendiente practico poco. Es un placer que incluso concita sorpresa y no poca incomprensión. Me refiero a la relectura. Este verano, ignorando la pila de libros pendientes que había colocado junto a mi escritorio, y que iba abordando poco a poco, recuperé y devoré una de mis primeros lecturas "adultas": El camino de Miguel Delibes. Una edición de bolsillo de la Editorial Destino, amarilla por el paso del tiempo.

Para los lectores glotones y algo limitados de memoria, como es mi caso, el paso del tiempo disuelve el recuerdo de mucho de lo leído. Es inevitable. Antes de abordar la primera página de El camino, me vino a la cabeza el nombre del protagonista, Daniel el Mochuelo; también pasajes que por alguna extraña razón habían aguantado el chaparrón de tantos libros leídos después. Las palabras quedan disueltas, o esparcidas. Pero las emociones que provoca un libro, su impronta, quedan dentro de la memoria como la punta de un dardo amoroso. En mi caso, El camino fue una novela que consiguió transportarme al pasado de mis abuelos, revivir con el protagonista los secretos de la vida recién descubiertos y sobre todo, la desazón de abandonar la infancia, adentrándose en la incertidumbre del mundo adulto. Tenía quince años cuando leí El camino y aquel niño era yo mismo. Esa es la huella que me dejó esta novela de Miguel Delibes.

Durante los años posteriores leí gran parte de su obra y seguí indignado el goteo de premios Nobel de Literatura que lo excluían sistemáticamente, con total injusticia según mi entender, hasta que su muerte lo privó de entrar para siempre en ese Olimpo terrenal del que tiene la llave la Academia sueca; no del de la historia de la Literatura, que seguro le hará más justicia.
Miguel Delibes (Foto: vozpopuli.com)                      
La historia de El camino es conocida por todos. Daniel el Mochuelo consume su última noche antes de partir a la ciudad para estudiar el Bachillerato. Su padre, el quesero del pueblo, ha hecho un gran esfuerzo económico para dar estudios a su hijo. Quiere darle la oportunidad de “progresar”. Pero el pobre Daniel se debate en la cama, incapaz de pegar ojo y rememora insomne la historia de su vida en aquel valle aislado y las gentes que lo habitan, que hasta esa misma noche han formado parte indeleble de su vida. La prosa fluye, casi flota, impregnada de cierta ingenuidad infantil.

Los personajes que han formado parte del sistema planetario del Mochuelo son presentados primero y luego se exponen sus avatares y desgracias, el vínculo que ha dejado huella en la corta vida del protagonista. Las Lepóridas, las hermanas Guindilla, Quino el Manco y su hija Mariuca-uca; el Herrero, el cura, el SinDios, Sara la hermana del Moñigo, el maestro al que llaman el Peón, Gerardo el Indiano y su hermosa hija la Mica, etc. Al mismo tiempo se describen las andanzas de los tres amigos, salvajes a los ojos de hoy, lo que da idea de cómo ha cambiado la infancia. El libro tiene su clímax, que no voy a desvelar aquí, una hermosa ocurrencia infantil de Daniel el Mochuelo, que afronta la mayor certeza de la vida con desconcierto, como debe sentirlo un niño. Y el final, la calma que precede al momento de amanecer, cuando Daniel partirá hacia su destino, su camino, que probablemente “sea distinto del que el Señor le ha marcado”.

Miguel Delibes y sus niños «ilustrados»
Ilustración "Dos amigos" de Pablo Alaudell, que formó parte de una exposición con ilustraciones
sobre los personajes infantiles de Delibes llamada "Patria común. Delibes ilustrado" (Foto: abc.es) 
El camino supongo que en su época entroncaría con esa corriente literaria llamada realismo social. Se publicó en 1950 (Miguel Délibes acababa de cumplir treinta años y ya había pergeñado su primera obra maestra) y el paso del tiempo ha desgastado esa faceta, creo, porque el mundo del que Delibes nos habla, que se correspondería con su propia infancia en los años treinta, ya no existe. Es cierto que, por poner un ejemplo, en la actitud de la Guindilla mayor y el control que trata de ejercer el párroco sobre las costumbres de los lugareños hay una crítica muy sutil, pero en realidad, El camino adquiere o ha adquirido esa dimensión de testimonio antropológico que tienen todos los clásicos.

El valle de Daniel el Mochuelo es una especie de arcadia y los comportamientos y reacciones de sus personajes, la forma de vida en un medio rural, prácticamente aislado del progreso, cobran apariencia mítica, como si formaran parte de un sueño. Así, El camino ha macerado con el tiempo y mutado en realismo mágico. La presencia de la naturaleza, agreste o domesticada, es fuerte y palpable, de ella aprende el protagonista los secretos de la vida y se contrapone a un mundo urbano al que Daniel se asoma con incertidumbre. Es una novela de iniciación en dos sentidos, por la parte que toca al protagonista y por la parte que toca al lector. 

Aquí se acaba mi pecado, concluye la relectura y El camino regresa a la caverna de mi estantería. Siento como otros me llaman para que vuelva a abrir sus páginas, a husmear dentro de sus historias que un día me marcaron o hicieron estremecer. Tengo que contener la tentación, aplacarla al menos, pero caeré, siempre caigo...