jueves, 13 de junio de 2019

EL SOL DE UN LIBRO



Desde muy pequeño me atrajo el olor a papelería, la piel de membrillo de las gomas de borrar, los lápices afilados de fábrica y el susurro del grafito contra el papel. Me embriagaba todo esto. Pero era una criatura apenas destetada y como no sabía escribir tenía que limitarme a asir el lápiz y garabatear hileras de hormigas, siguiendo la cuadrícula del cuaderno. Así llenaba hojas y hojas.
Una vecina pasó por la puerta de casa de mi abuela con sus hijos y al verme, enfrascado en aquel simulacro de escritura, exclamó con asombro:
— ¿Pero es que sabes escribir, tan chico?
Aquella sensación de crecer dos cuartas se esfumó de golpe, cuando uno de los niños con los que iba señaló:
— ¡Qué va a saber, solo hace pintarrajos!
Me contemplo a mí mismo, minúsculo, sobre una silla con la tapa de enea que había tejido mi abuela, repintada tantas veces que la pintura formaba una costra sobre la madera. Preparando mi trinchera, el túnel que me iba a permitir la evasión durante tantas horas, cuando aprendiera a escribir y sobre todo, leer. El camino no fue fácil y al principio, la lectura tomó una apariencia inútil e incluso amenazadora, cuando los mayores perdían la paciencia conmigo, por no saber junta la "eme" con la "a" y doblaban la cartilla, blandiéndola como si fuera el atizador de la lumbre.
Una vez aprendí a leer, pronto reparé en que los cuentos no se apartaban de la vereda del mundo, porque bajo el envoltorio de gatos parlantes, ogros, niños del tamaño de un garbanzo y cuervos vanidosos, estaba la propia vida. La venganza, la obediencia y el castigo, una moral elemental que borboteaba en el puchero de la fábula, más eficaz que el insulto y el cinturón. Los pobres Hansel y Gretel, abandonados en el bosque por su propio padre (al que instiga una madrastra sin entrañas), pican el cebo de la casita de chocolate y acaban confinados en una jaula, entre los huesos de otros niños para servir de alimento a una bruja caníbal. La ilustración de mi libro mostraba a Hansel exhibiendo un fémur. La arpía asía el hueso pensado que era el brazo del desdichado, frustrada por la falta de engorde. En sueños, veía las manos crispadas de la bruja, hollada de lunares verdes y el hueso con los tendones resecos. La oía reír en mitad de la noche y el crujido de las tejas me parecían sus pisadas.

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Foto: crimereads.com (https://crimereads.com/fairy-tales-are-really-just-hard-boiled-crime-stories/)
La lectura era un consuelo solitario, pero de cuando en cuando se compartía como un pan. Pienso en mi abuela materna, que aprendió siendo adulta, con grandes dificultades y de hecho la escritura nunca llegó a dominarla, su letra se crispaba como la aguja de un sismógrafo ante la menor acometida del subsuelo. A pesar de todo, se hizo una lectora de las buenas y atizó también esta lumbre en mi madre. Durante mucho tiempo, mientras la vista le fue alcanzando, compartí con ella muchos de mis libros. Era una abuela manchega, labradora, no la matriarca de los Panero. Su guerrera era una bata negra, con el mandil de faena encima. Un pelo blanco indómito, como la cresta de un glaciar y grandes gafas de aumento, porque un ojo se le quedó velado cuando daba cal al patio. Tenía una vitalidad extraordinaria, entreverada con mucho genio, todo apretado en apenas un metro cincuenta de estatura. Y es que hay personas que son como volcanes, su fuego y vapor interno, su ánimo sulfuroso, desborda los límites de su cuerpo. Por eso estallan, llameantes, escupen humo, inundan de lava candente a los que le rodean. Por eso, supongo, dejan una huella en el relieve del recuerdo tan perdurable.
El granero esencial para procurar engorde a este afán lector, con un estómago como el mío, sin fin, era la biblioteca. Acudía por las tardes con un amigo, el Conrado. No era ningún arquetipo de grillo lector; de hecho, era tosco y le gustaba mezclar una palabrota con casi cualquier cosa. Así, había que subir la “puta escalera” y el bibliotecario lo era “de los cojones”, porque nos chistaba para que bajáramos la voz, modulada tras muchas tardes lanzando piedras en las eras o meando dentro de las galerías de los grillos para forzarles a salir y espachurrarlos a placer o buscando revistas guarras entre los escombros. Ningún Principito a la vista, pero leíamos. El Conrado aguantó menos que yo, eso sí, porque cuando le salió barba y se le cascó la voz, se decantó por el lado más áspero —la vida es como un papel de lija—. Pero entonces, con sus nueve o diez años disfrutaba con las aventuras de Fray Perico y su borrico. Aquellos libros de Barco de Vapor eran como un azucarillo. Me gustaban también los de terror, la serie de Pesadillas de R.L. Stine y de Ciencia-Ficción, los libros de Mask: ¡bienvenidos al mundo de Mask, donde la ilusión es el arma principal! Como digo, el Conrado dejó de frecuentar aquellos parajes de lectura y yo, pues también crecí y me salió barba, qué remedio. No me fui por el camino de la perdición, pero pisé sus lindes. Me alejé de la biblioteca, aunque no lo suficiente como para dejar de notar su fuerza gravitatoria. Por eso siempre volvía, en principio a estudiar y luego me dedicaba a hacer caricaturas de los bibliotecarios. Era en el fondo un gesto de ternura, aunque estuviera soterrada por instintos de risa fácil.
En plena adolescencia, yo que era un rebelde, también me inclinaba por las monomanías. Lectoras, las hay. Como mi inteligencia es promedio y no he sido nunca prodigio de nada, me incliné por autores digeribles. En realidad, al coincidir con mi apellido y verlo al hombre tan pintado y aventurero en las fotos de la solapa, le cogí aprecio a Alberto Vázquez Figueroa. Sus libros fueron cayendo uno tras otro: eran historias de piratas y había una isla, bautizada “La Tortuga”, donde los bucaneros se pegaban sus orgías de tabaco y ron. Pero quizá es por eso mismo, por el ron y otros bebedizos de los que abusé tan joven que no recuerdo gran cosa. Pues en la biblioteca no les pasó desapercibida mi ansia lectora. Les chocaría, un adolescente grosero, con barba prematura, botas militares y una chupa con cremalleras. Leyendo  libros como el que come panchitos. Por alguna carambola mi pariente lejano, aquel Vázquez, hijo de Vasco o contracción de Velázquez, como el pintor, fue invitado por la biblioteca y aceptó. De paso, claro está. Y me ofrecieron presentar al insigne. Ahí sí que se me vinieron encima los siete infiernos.
¿Cómo hubiera planteado aquella presentación de Vázquez Figueroa de haberla hecho? Porque no la hice. Di alguna larga y finalmente, la providencia me echó la zancadilla. Un pequeño esguince. Y esa misma tarde, salí a bailar el pogo, Nirvana y Smells like teen spirit y al día siguiente el tobillo parecía gangrena. Me siento estúpido y contagioso, un mulato, un albino, un mosquito. Eso cantaba Kurt Cobain, más o menos y así quedé con Vázquez Figueroa y el personal de la biblioteca que intuyó, por error, una lucecita en aquel grosero adolescente. 
El suelo de aquella biblioteca tenía una peculiaridad y es que temblaba como un flan. Debía ser por el parquet sintético, que estaba abombado o quizá por debajo pasaba alguna línea de falla. Si dejabas una botella de agua sobre la mesa podías notar cómo se agitaba y percibir una vibración ante la llegada inminente de alguien. Llevaba mucho sin ir, había vivido fuera varios años, así que al notar la conmoción levanté la cabeza. Un homínido de mi edad, más o menos, acababa de sentarse en el extremo opuesto de la sala. Muy delgado, tenía una de esas calvicies vaporosas y en lugar de pasar la máquina y convertirse en cebolla, por algún tipo de nostalgia, la había dejado flotando sobre el cráneo. Hace poco estaba en el supermercado, en la sección de yogures y me crucé con otro ejemplar de mi quinta, frisando los cuarenta. Nos miramos, tuvo lugar el entrechocar casual para el que nos ha dotado la evolución de un buen arsenal, ya saben, el blanco de los ojos, músculos faciales, etc. Y luego seguimos a lo nuestro, pero en mi cabeza se accionó el mecanismo de reminiscencia. Veinte años atrás, antes de la era digital, decidí grabar con una cámara VHS mis desventuras durante una fiesta de Nochevieja. Apenas media hora, porque me quedé sin batería. Allí estaba aquel cuarentón que en ese momento echaba un lote de ocho yogures desnatados al cesto y seguía pasillo adelante agarrado del brazo de su madre, arrastrando su juventud, que en poco tiempo comenzaría a oler. Pero en mi vídeo había quedado congelado: con pendiente de aro en la oreja izquierda, cantando una canción de Extremoduro y haciendo un amago para enseñar el culo a la cámara. Esta digresión viene a cuento porque la misma conmoción me llegó como un rayo cuando el calvo levantó la vista hacia mí, sorprendiendo mi pose escrutadora y agaché la cabeza, en realidad la agachamos los dos a la vez. Me levanté y fui hacia los expositores de novedades, que casi nunca lo son.
Tuve que pasar por fuerza junto a él y entonces lo reconocí: el Conrado. El suelo volvió a temblar y otro bípedo se sentó a su lado y hablaron algo en voz baja, sobre cierto tema cuatro y un tal artículo veinte. Deduje que el Conrado preparaba oposiciones. Este es el bote salvavidas al que se aferran muchos náufragos en el proceloso mar que es el mercado laboral español. Maravillado, fui incapaz de regresar a mi sitio y crucé el mostrador de préstamos, que separa la sala general de la sala infantil.
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Ilustración del libro original de Matilda, obra de Quentin Blake. 
Para distraerme busqué un ejemplar del que quizá es mi libro infantil favorito: Matilda. En una de las ilustraciones la señorita Trunchbull practica el lanzamiento de martillo con un pobre niño y en otra le hace comer pastel hasta reventar, pero el pequeño héroe no claudica y da fin con una tarta ciclópea. Esto alejó un poco el recuerdo del Conrado, que por supuesto ni me reconoció. Todavía mientras escribo me hago una última pregunta, porque, ¿quién podría imaginar a un quinceañero más duro que el pedernal, con los nudillos curtidos de laceraciones, que ya se había estrenado con las chicas del barrio a las que seducía gracias a su pose de chico malo, preparando veinte años después oposiciones a técnico o auxiliar o técnico auxiliar de la Junta? La vida gasta estas guasas. Cuando eres joven te hace creer que puedes, como en el poema de Gil de Biedma, que viniste a llevarte la vida por delante. Así que subes la montaña, a ritmo, saltando sobre las piedras. Y cuando llegas a la cima, si la vida está de lunes, capirotazo, efecto Sísifo y vuelta a empezar. Si quieres, porque las piernas pesan y cada vez saltas menos. El Conrado volvía a subir la montaña — ¿llegó a la cúspide o acabó otra vez rodando ladera abajo? —, a ese trajinar fatigante y yo regresé al mundo acuático de mis libros, porque ese niño sentado en la silla de enea, fingiendo escribir, distinto en sus huesos, en esencia es el mismo. Sigue temiendo que otro niño más descarado le arrebate el cuaderno y se ría de sus garabatos.

16 comentarios:

  1. Me pregunto, aunque no mucho, cuánto hay de autobiográfico y cuánto de fantasía en este precioso texto-relato de hoy. Digo que no me lo pregunto mucho porque realmente, me gusta disfrutarlo sin más interrogantes.
    Yo no soy capaz de recordarme sin saber leer. Sí recuerdo a mi madre leyéndome cosas, pero como lo hizo hasta mucho después de que yo supiera leer, no sé distinguir. Lo que sé es que cuando empecé, fue un no parar. Yo no iba a la biblioteca que ni siquiera tendría por entonces sección infantil. Tampoco había entonces "Barco de vapor". Solo quedaba tirar de los libros que los padres guardaban de su adolescencia.
    Recuerdo a mi bisabuela con 90 años leyendo el periódico ¡sin gafas! Yo no lo sabía por entonces, pero al parecer era toda una intelectual en el anonimato.
    Un beso.

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    1. Hay de todo, pero como dices, mejor dejarlo estar. La biblioteca siempre ha sido parte del patrimonio familiar, la de mis padres era escasa por no decir nula. Solo los libros de política de mi abuelo: Pietro Nenni, Azaña, etc., pero para leer eso de niño.
      Me ha gustado la anécdota de tu bisabuela, qué gran ejemplo de resistencia y ganas de vivir han sido nuestros mayores.
      Un abrazo.

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  2. Gerardo, !que se te ha colado un pirata en los comentarios! con dos cojones que diria "el Conrado".Buenisima y entrañable entrada. Seguiré comentando cuando elimines al espía, es que con él ahi me da mal rollo. Besos

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  3. Me ha pasado como Rosa Berros, he pensado lo mismo y he llegado a la misma conclusión: tanto da, al final se disfruta sin interrogantes.
    Me ha gustado mucho leerte. Y me ha resultado inevitable no hacer yo mismo un autorepaso de mi vida lectora. En muchos puntos me he identificado. No sé, quizás te copie la idea y haga alguna entrada así repasando mi propia historia lectora en mi blog (que bien necesita actividad...).
    Un abrazo.

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    1. Me encanta compartir no solo libros, sino también experiencias (lectoras). Y las primeras, las que nos dieron el primer empujón, ejercen en mí una gran fascinación. Así que te animo a que copies y difundas, estaré encantado de leerte, como siempre.
      Un abrazo.

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  4. Mis primeras lecturas, fueron tebeos,los sabádos alrededor de las diez de la noche cuando llamaban a la puerta los hermanos pequeños( somos nueve) corriamos abrir al grito de me lo pido, primer, y nos repartiamos la lectura del tebeo que había comprado el hermano mayor,( esto siempre lo recuerdo con mucha ternura) afortunadamente con el tiempo este mismo hermano tambíen adquirio algunos libros, con lo que nos aficciono a todos a la lectura. Me sigue encantando leer, pero tengo que decirte que estuve tres años interna en un colegio de Auxilio Social, y esa época casi acaba con mi ganas de leer, en la biblioteca solo había biografias de santos, todos los libros que venian del exterior, estabán prohibidos, como ejemplo te diré que incluso los libros de Martin Vigil( que tenía mucha aceptación entre nosotras) estaban prohibidos)por supuesto que circulaban clandestinamente al igual que las fotonovelas, daría para un estudio ese empeño de aquellas monjas en mantenernos alejados de los libros, como fuente de "pecado" lo voy a dejar aquí que me estoy calentando.

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    1. Vaya historia, Pura. Criarse en una familia tan numerosa no tuvo que ser fácil, ¡si mi casa es una locura a veces con dos que tengo!
      Los libros han sido una fuente de transgresión constante, no en vano Bradbury concibió una distopía donde los bomberos arrasaban con bibliotecas enteras. En el futuro, no sé que será, pero no hay nada que iguale la introspección que permite un libro, ni vídeos, ni realidad aumentada, ni podcast, ni nada. Así que, por muchas tecnologías que vayan surgiendo, no deberíamos privar a nuestros jóvenes de poder crear su propia burbuja lectora, cuya fuente primera es la imaginación. Creo que nos lo agradecerán.
      Un abrazo.

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  5. Ojalá mi hijo un día escriba estas cosas tan bonitas. Está apenas descubriendo que le gustan los libros, comenzó con los que necesita: sensoriales .. pero ahora ojea las ilustraciones y pasa la manita por encima y repite las onomatopeyas que yo misma hago cuando le leo. Aún él no sabe leer.

    Gracias por ayudarme a sospechar el futuro.

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    1. Mi hijo mayor ya ha descubierto la lectura y el pequeño juguetea con los libros. Ven la tele, claro y les llama la atención las pantallas. Pero yo veo el libro algo esencial, junto al contacto con la naturaleza, no hay que privarles de ninguna de las dos cosas.
      Espero que tengas en casa un futuro gran lector.
      Saludos.

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  6. Qué bueno Gerardo, ese descubrir la lectura y quedarse pillado para siempre en todas esa vida que hay en los libros. Cómo me ha gustado ese recorrido lector descubriendo pincelado con anécdotas de vida.

    Recuerdo esos cuentos que nos leía mi madre antes de aprender a leer y después descubrir la biblioteca de mi colegio y leer casi con voracidad todo lo que caía en mis manos. Después recuerdo aquel catálogo de círculo de lectores que mi madre primero y después yo cada mes nos surtía de nuevas lecturas. Siempre recuerdo un libro en mi vida, aunque ha habido épocas en las que he leído más y otras menos, pero siempre he leído.
    Me ha gustado leerte.
    Besos

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    1. Yo sigo en Círculo de Lectores, aunque desde que cayó en manos de Planeta ha bajado bastante el nivel. Salvo la sección infantil, de ahí si que me surto bien.
      Hay que echar mano de la lectura cuando se necesita, por mi parte no me obligo en absoluto y he tenido épocas más lectoras que otras, como casi todos.
      Un abrazo.

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  7. Tengo un pequeño trauma infantil. Yo, que siempre he sido una alumna aplicada, fui de las últimas niñas de la clase a las que pasaron de escribir de lápiz a bolígrafo. En fin, aunque mi escritura actual dista mucho de aquella infantil, sigo teniendo una letra horrorosa.
    Qué puedo decir de tu texto, si es que soy una fan y una defensora de la biblioteca pública, que creo además que es una gran desconocida y que se podría explotar mucho más. Soy también de la generación Barco de vapor, aunque no comencé a ir a la biblio hasta que fui una preadolescente. No sé de dónde me viene el hábito lector. En eso (y en otras muchas cosas) soy la rarita de la familia. El caso es que mi madre, supongo que llevada por esa satisfacción que todos los padres tienen de que a sus hijos les guste leer y también porque no sabría ya de dónde sacar libros para mí me llevó a principios de un verano a la biblioteca de mi barrio a que me sacara el carnet. Ya no vivimos de adultos veranos lectores como aquellos, supongo que tampoco leemos de la misma manera. Me forjé como lectora en las bibliotecas durante mi adolescencia y juventud, a pesar de que hoy renegaría de muchas de aquellas lecturas. Actualmente busco en ellas libros intermitentemente, dependiendo de su disponibilidad y de mi tiempo. Sin novedades además en todas las bibliotecas de mi ciudad desde hace ya un año largo, si bien es verdad que lectores como nosotros no nos alimentamos solamente de novedades. Sí que he vuelto a ser usuaria frecuente porque saco cuentos para mi sobri. Y también he tenido la oportunidad de trabajar durante un año en una de ellas, así que he podido observar desde el otro lado del mostrador.
    Bueno, ya no te suelto más rollo y eso que me he autocensurado y me he guardado cosas para no extenderme demasiado. Me ha encantado tu texto y especialmente tu última frase.
    Un abrazo

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    1. Gracias, Lorena. La lectura creo que encaja con cierto tipo de personas y se impone al contexto, fíjate en Felix Grande, el poeta de mi pueblo que era cabrero. Pero el hombre sentía como un fuego interno y por carambola descubrió que los libros y la poesía podían reconducirlo. A todos nos pasa un poco, no hace falta alcanzar las cotas del genio: somos seres sensibles y que tendemos a la introspección.
      Las novedades de mi biblioteca casi siempre son libros comerciales, de autoayuda, donaciones, cosas así. De los libros que hablamos entre nosotros los blogueros, apenas hay rastro, así que me tengo que buscar la vida. Me da rabia, porque tampoco está uno para gastar todo su excedente en libros ni tiene espacio para que quepa todo.
      Serías una gran bibliotecaria, por cierto, ojalá ese año se repita multiplicado por más.
      Un abrazo.

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  8. ¡¡¡Cuidadin lo que se te ha colao Gerarardo!!! telita.

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