domingo, 19 de marzo de 2017

ALGUNAS VECES MIRO A LOS OJOS DE MI HIJO


Algunas veces miro a los ojos de mi hijo y percibo la marea silenciosa de la inteligencia que le anega, con cada palabra nueva que brota de su boca.

Algunas veces le miro, aprovecho mi fuerza de gigante y le atrapo con el cepo de mis brazos. Me impregno de su néctar. Trato de fijar ese fragmento de luz.

Cuando sus frágiles cimientos, sus escasos noventa centímetros de sombra sean carne adulta ¿podré abrazarle como hago ahora?

No me atreveré, intimidado por la distancia. Seremos dos islas  bañadas por el mismo mar, tan lejanas como visibles, la una de la otra.

Pero a pesar de todo, nunca dejaré de ser su padre.

Aunque mis brazos ya no puedan darle abrigo; aunque me mire y de la nube de sus ojos prorrumpan los reproches y estallen los truenos sobre mi corazón viejo y cansado.

Recuerdo que nació con premura. Lo acomodaron con su madre, las hebras de líquido y placenta aún brillaban en su cráneo. Yo le observaba, sediento, aferrado al mundo con ambas manos.

Ahora canta y habla. Se dirige a mí, como si yo fuera la esfinge y tuviera todas las respuestas.

Algunas veces le miro y acaricio su nuca, separo sus cabellos, intento contener la hemorragia del tiempo, la erupción de esa persona que es mi hijo.

Me sofoca la certeza de saber que un día crecerá y se irá despegando de mi lado como una corteza.

Mi hijo, ¿qué será de su nombre y de su historia?

Feliz día a todos los padres, desde la llanura