sábado, 28 de enero de 2017

"Tres cuentos" de Truman Capote


Truman Capote (1924-1984) es un escritor archiconocido, merecedor de todo un biopic made in Hollywood (encarnado por el gran Philip Seymour Hoffman) y él mismo inspirador de dos joyas del séptimo arte, como son Desayuno con diamantes y A sangre fría. Bregó en el periodismo desde muy joven y lo reinventó, creando la novela de no ficción o novela-reportaje. Con estas credenciales, cualquiera piensa que los relatos debieron ser un simple divertimento para Capote, una manera de romper el hielo y curtirse en los rigores del oficio. El relato en ocasiones es visto así, como el preámbulo de la gran novela, una suerte de ejercicio preparatorio. Por eso este librito de apenas cien páginas donde Anagrama ha reunido tres relatos ambientados en su infancia podría pasar desapercibido o ser visto como un título prescindible. Pues no. Estos tres cuentos merecen estar en el Olimpo del género corto y en posición de pole si uno quiere leer a Capote.

El primero, “Un recuerdo navideño”, es de 1956, aunque en la edición figura que fue “renovado” por el propio autor en 1984. Es decir, el mismo año de su muerte, diagnosticado del cáncer de hígado que se lo llevó a la tumba. El hecho de que, mientras apuraba su último cartucho, se preocupará en renovar los derechos legales sobre un simple relato corto (imagino que también lo revisó, de paso), dice bastante del lugar que ocupaba para Capote en el conjunto de su narrativa. El segundo, “Una Navidad”, es el más tardío, ya que figuran dos fechas: 1982 y 1983. El último y probablemente el mejor, “El invitado del día de Acción de Gracias”, es de 1967 y está dedicado a Harper Lee, que en sus biografías pasa por ser su mejor amiga.

A pesar de todo, los tres cuentos tienen mucho en común, además del tema festivo-navideño. El protagonista es un niño de siete años, al que llaman Buddy, que es el propio Truman Capote. El narrador utiliza la primera persona en todo momento, sin interponer ningún tipo de distancia y crea una complicidad que conduce a la empatía y entre los lectores que se implican, como un servidor, al arrebatamiento. Es decir, que durante su lectura te olvidas hasta de que existes y lo vives como si efectivamente tú fueras ese niño. No se queda, sin embargo, en un típico ejercicio de memoria, sino que hay narración. Son relatos con un ritmo pausado, bien resueltos, incluso con cierta moraleja al final y eso deja un saborazo a clásico que refuerza su carácter evocador de la infancia, ¿cómo planteamos un cuento de niños sin moraleja?

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Buddy y Sook en la adaptación que se hizo para televisión en los años 60 de "A Christmas memory". (foto: pinterest.com)

Hay una ambientación que te mete de lleno en la historia. Y suceden cosas, muchas cosas. Es un estilo llano, ameno, conversacional, franco y al mismo tiempo profundo. En la línea de mi adorado Paul Auster, es tan perfecto el diseño de estos relatos que un servidor, aspirante a crear artefactos que merezcan la pena leerse, tiene la tentación de memorizarlos. Quizá es por todo su bagaje periodístico, pero Capote sabe como engancharte y resulta difícil escapar a tan intensa fuerza gravitatoria.

El universo de Buddy se reduce a su mejor amiga, la señora Sook, una prima soltera de sesenta y pico años, a la que nadie toma en serio porque habla sola y un perro, Queenie. Buddy vive con unos parientes porque sus padres están separados y en el caso de la madre, parece que se desentiende del pequeño. En el primer relato, su objetivo es hacer tartas para el día de Navidad, que envía por correo. Una de ellas a la propia señora Roosevelt. Se desarrolla en un pueblo de Alabama, azotado por la Gran Depresión. La amistad entre Buddy y Sook, atípica, es casi quijotesca, por su honestidad, pero también por el perfil y la evolución de ambos personajes. Sook representa la bondad, el idealismo y Buddy va descubriendo la cruda realidad de un mundo que para nada es un sitio acogedor. En definitiva, Sook vive anclada en una inocencia que provoca el rechazo del mundo adulto y Buddy comienza a perderla. En el último relato hay un conflicto entre ellos y Buddy aprende su primera gran lección de moral, el verdadero significado de la palabra crueldad, que hasta entonces reducía a los abusos de un matón de su colegio y su opuesto, que es la compasión.

Y aquí una fotografía del pequeño Truman Capote y su adorada Sook (foto: http://souvenirchronicles.blogspot.com.es/2014/05/monroeville-alabama-truman-capote.html)

Me ha gustado que a pesar del contexto que rodea a Buddy, un niño solitario, abandonado por sus padres, en una época de profunda recesión económica, Capote no se recree en lo sórdido, sino que componga un fresco luminoso, casi humorístico, tierno y entrañable. En definitiva, un estupendo tríptico navideño, una lección magistral de escritura y de amor por la vida. Y si queréis hincarle el diente a uno de ellos, aquí va el link. Que aproveche.

domingo, 15 de enero de 2017

"Elegía para un americano" de Siri Hustvedt


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Elegía para un americano (The Sorrows of an American en la edición original) es una novela publicada por Siri Hustvedt en 2008. La escritora norteamericana nació en 1955 en Northfield, Minnesota, aunque su familia es de origen noruego. Según Wikipedia actualmente vive en Brooklyn, Nueva York, junto a su marido el también escritor Paul Auster, con quien tiene una hija, la actriz y cantante Sophie Auster.
Se trata de mi primera novela de Hustvedt, a la que he llegado por diversas recomendaciones, bien fundamentadas, de otros blogs. Una obra compleja en la que me he sumergido con facilidad y fue mi última lectura de 2016.
La historia comienza a andar cuando Erik Davidsen, un reputado psicoterapeuta que es el narrador principal y su hermana Inga, mientras ordenan el archivo de su padre que acaba de morir, encuentran un documento acerca de un incidente del que no tenían constancia y sobre el que deciden investigar. De este hecho del pasado envuelto en el misterio se van desligando otras dos tramas, basadas en la vida de los dos hermanos, componiendo una serie de historias cruzadas y encadenando una intriga con otra. La estructura de la novela las va alternando conforme avanza. Así, Erik alquila parte de su vivienda a una joven ilustradora, Miranda y su hija de cinco años Eggy. Comienza a sentirse atraído por ella, cuando descubre que su ex pareja, un artista un tanto perturbado, la acosa tomándole fotografías sin su consentimiento. Inga, por su parte, es la viuda de Max Blastein, un afamado escritor muerto de cáncer con el que tiene una hija en común recién salida de la adolescencia. Aquí aflora la tercera intriga, la de unas cartas que Max dirigió a una amante con la que presuntamente tuvo un hijo y que Inga trata de recuperar.
Como pivote entre estas tres historias, se incluyen en cursiva fragmentos del diario del viejo Lars, que la autora confiesa en una nota al final que son de su propio padre, y de paso se compone la historia generacional de los Davidsen, ¿o es de los Hustvedt? Debe ser cosa de la novela posmoderna de la que tanto he oído hablar.
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Siri Hustvedt en su residencia de Nueva York (foto: elpais.com)
La estructura y el juego que propone Hustvedt, las tres historias que se alternan y de la que afloran a su vez nuevos personajes y subtramas, da idea del trabajo de preparación que hay detrás de Elegía para un americano. Y de sus altibajos, puesto que en algún momento la novela se desequilibra hacia un lado u otro, incluso la trama del principio, el secreto innombrable del viejo Lars, acaba perdiendo interés y su desenlace es decepcionante. De hecho, la mayoría de historias se resuelven de forma poco verosímil.

En una entrevista que he leído mientras preparaba la reseña, Hustvedt afirma: los auténticos secretos del libro no están en la trama, sino en otro sitio. Esto me ha confirmado una sensación que he tenido al leer Elegía para un americano y es que toda esa parafernalia de tramas, intrigas e historias cruzadas resulta un simple gancho para mantener atento al lector y lo que importa en realidad son un conjunto de temas, entre los que destaca el modo de afrontar el duelo y la pérdida de los seres queridos. También la gestión de un trauma, definido como aquello que nos resistimos a que forme parte de nuestras vidas. Entre ellos el recuerdo del 11 de septiembre y en el caso del diario de Lars, la Guerra del Pacífico. Es un libro que reflexiona sobre la memoria, porque nuestros recuerdos siempre resultan alterados por el presente. Por último, tiene su parte filosófica, sobre los límites del conocimiento de las personas que amamos y del modo en el que experimentamos el mundo. De nuevo, Hustvedt nos dice al respecto que no experimentamos el mundo, sino nuestras expectativas del mundo y que ninguno de nosotros somos quienes creemos ser.  

El libro se explaya en cuestiones relativas al psicoanálisis y la neurociencia, a mi parecer en un tono (es cierto que el narrador es psiquiatra, pero aún así, resulta forzado) demasiado didáctico, como de trabajo académico y no encajan bien en una artefacto literario.
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"Los amantes" de René Magritte (foto: arteallímite.com)
Las experiencias que rodean a los personajes, su pasado que les ha modelado en lo que son, ayudan a crear profundidad. Pero Hustvedt llega a ser tan exhaustiva, tan analítica, que hay momentos en los que noto cierta distancia. Ha sido como asistir a la disección de un cadáver, una lección magistral de anatomía del personaje, pero en definitiva, sobre algo muerto. Me ha dejado una sensación de frialdad, de cierto intelectualismo exagerado. Las neurosis de neoyorkinos pijos, sabelotodos, divorciados, prisioneros de sus traumas, resultan un tanto desquiciantes. Falta humanidad, sobra cálculo y quizá el interés que por momentos despierta la historia no logra afianzarse como es debido y puede incluso que por momentos se derrumbe. Hay pequeñas grietas en la construcción de Erik, que es el narrador principal, que le restan verosimilitud. De hecho, esa sensación de estar ante personas que no parecen reales, aumenta en el caso de su hermana Inga. Aún así, me ha parecido una autora interesante, de la que también tengo en lista Todo cuanto amé, que para la crítica pasa por ser superior a Elegía por un americano.

sábado, 7 de enero de 2017

EL SUPERVIVIENTE

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Celdas del Pozo de Banfield, que funcionó como centro de detención clandestino durante la dictadura argentina de 1976.

Era poco más de medianoche. Estábamos reunidos en el salón sentados en círculo, con las luces apagadas y hablando en susurros, porque se había decretado el toque de queda. Los militares extendían las alambradas en los cruces de las principales calles, donde se apostaban blandiendo sus ametralladoras y los potentes focos desde las tanquetas ponían al descubierto y lo que es peor, a tiro, a cualquiera que se atreviese a salir durante las horas nocturnas.

Seguíamos pensando en cuál sería nuestro siguiente movimiento cuando de repente, crujieron los goznes de la puerta y hubo muchos gritos y golpes. Nos hicieron subir a un camión, nos cubrieron la cabeza y durante un tiempo indeterminado solo se escucharon nuestros sollozos.

Ahora contemplo mi celda, después de tantos años. Qué decrépita, inofensiva y triste parece. Pero cuando aquella noche me arrojaron dentro, cerrando la puerta con tres vueltas de llave y me tuve que arrastrar a tientas hasta encontrar la cama, sentí que había caído en la fétida boca de un monstruo. Intenté recomponerme, ignorando los gritos de pánico que se filtraban a través de las paredes, cerré los ojos y traté de dormir.

A las pocas horas se encendió una luz y me sacaron en volandas. En el pasillo había una larga fila de personas, la mayoría encapuchadas. Y al final, en una pequeña habitación, varios militares arremangados extraían confesiones a cuchillo.

He accedido a visitar el centro de detención quince años después del golpe militar y explicar mi experiencia a los visitantes, una vez restaurada la democracia. Todos escuchan en silencio, palpan los desconchones, observan con pavor la pesada puerta de hierro, el cerrojo inutilizado, los restos de sangre seca (eso les parece a ellos) en el pavimento. Avanzo por sus pasillos mientras desgrano mi historia, contemplando la misma ruinosa habitación, la misma cama desvencijada, una y otra vez.

En la entrada hay una placa, con muchos nombres y apellidos. Recorro con el dedo la fría lápida de mármol y me detengo en aquellas personas familiares y me invade un terrible deseo de desaparecer a mí también.

Muy pocos podemos dar hoy testimonio. Esta habitación bien podría ser cualquier otra cosa si mi recuerdo no la dotara de significado. Me pregunto por qué mi nombre no está en esa placa. ¿Qué dije o confesé, tras las descargas eléctricas, sumergido en la bañera, con la pesada bota de cuero aplastándome la cara? Siempre temo la pregunta: ¿usted cómo logró sobrevivir? Percibo las miradas cambiantes. El rayo de ironía de unas bocas que pasan del espanto y la lástima a la reprobación o suspicacia. Y lo peor es que no tengo respuesta. Simplemente, se hartaron de matar.

Nunca pude volver a ser el mismo. Allí me quedé, impreso en los muros de la celda, formando parte de la sombra tenebrosa que todavía proyecta la cama, en cada rincón, hecho añicos, diseminado, en cada partícula de mis compañeros consumidos en las zanjas regadas con cal.

"El superviviente" ha sido incluido en el número 21 de la revista "La hoja azul en blanco", que publica el grupo literario Verbo Azul, por gentileza del poeta Juan José Alcolea.