viernes, 22 de septiembre de 2017

"Plomo en los bolsillos" de Ander Izaguirre

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Para mucha gente deporte y literatura no son ni de lejos la pareja perfecta. Yo, hasta donde puedo llegar, creo que hay notables excepciones. El boxeo, por ejemplo. Su dramatismo es carne de ficción consagrada desde que Jack London escribiera ese cuento increíble que es A piece of steak (Por un bistec), incluso me han hablado de un libro de Carol Joyce Oates titulado Del boxeo, que pasa por ser el mejor ensayo hecho hasta la fecha sobre este deporte. Sabemos de escritores ilustres que se daban a las doce cuerdas, como Hemingway —este parece que alardeaba más que otra cosa—y Norman Mailer en El combate dejó una crónica para la posteridad, el duelo que enfrentó a Alí y Foreman en Kinshasa, del que también recomiendo el documental Cuando éramos reyes

Y es que el deporte —cualquiera— es un trasunto de la propia vida y como tal, no puede quedarse al margen de la creación literaria. Por mi carácter, soy más dado a deportes individuales, por ejemplo el tenis y el ciclismo, disciplinas donde la lucha con uno mismo es si cabe más trascendente que la lucha contra el rival (esta frase resume toda mi vida). Deportes donde uno puede verse terriblemente solo, desahuciado, hundirse y no tocar fondo. Por eso cuando leo que Miguel Induráin declaró “he llegado muy lejos en el dolor”, siento que esa capacidad para el sufrimiento, para aguantar un minuto más sobre la bicicleta cuando todo tu cuerpo te está pidiendo, te exige que te detengas, es la mejor imagen de una lucha por la vida que nunca cesa.

Richard Ford, si no me falla la memoria, comenzó su carrera como periodista deportivo y en los periódicos hay buenos escritores, con un arsenal de recursos que ya quisiera más de un novelista. A mí, personalmente, me encantan las crónicas de tenis de Javier Sánchez en El Mundo y las de Carlos Arribas sobre ciclismo en El País. Precisamente este último enciende el prólogo de Plomo en los bolsillos, apasionado libro de Ander Izaguirre sobre —cito el subtítulo—“malandanzas, fanfarronadas, traiciones, alegrías, hazañas y sorpresas del tour de Francia”. Me interesé por Izaguirre después de leer un reportaje —premiado— acerca de Tadeo Casañas, un campesino de la isla del Hierro que aprendió a ordeñar las nubes. Así como suena, si os pica la curiosidad aquí está el link. Izaguirre (1976) es un escritor y periodista nacido en San Sebastián, especializado en crónicas de viajes y reportajes de corte social. También tiene su nido en la blogosfera y lo podéis seguir en “Periodismo con botas”. Con Plomo en los bolsillos ganó el III Certamen de Literatura Deportiva Marca. La dupla Marca-Literatura sí que chirria más que las uñas de Freddy Krueger en una pizarra de escuela, pero mis respetos si permitió sacar este libro adelante.

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El padre de la criatura (Foto: Diario de Navarra)

Plomo en los bolsillos se compone de una serie de estampas que recorren de forma cronológica la historia del Tour de Francia, desde su gestación hasta el fraude Armstrong y la mancha de aceite del dopaje, que dejó en blanco el palmarés de la ronda francesa entre los años 1999 y 2005 y de hirió de muerte la credibilidad del ciclismo profesional. El último capítulo, titulado “El arte de la derrota”, está dedicado a aquellos farolillos rojos ilustres, arte este, el de ser el último, que no está exento de picaresca. Hay un epílogo final, que rezuma amargura, donde Izaguirre nos explica cómo dejó la bicicleta.

Plomo en los bolsillos se lee como una extensa crónica periodística. De un sorbo, sin descanso, con la tensión de un descenso sin apenas pisar el freno, porque cuesta despegarse de sus páginas. Tiene la virtud del buen periodismo, el que coge de las solapas al lector y lo hunde, casi lo fagocita, en la lectura. Así era antes de que se extendiera el concepto de cultura rápida, instantánea y gratuita. Las crónicas periodísticas agitaban naciones enteras. En el pasado, cuesta creerlo, hicieron tambalear gobiernos, ensalzaron regímenes e incluso colaboraron en la guerra, por la paz —Vietnam— o la deflagración —Cuba—. Ahora me temo que tiene más peso una noticia o video falso que se convierta en viral a través de Facebook o Youtube. O Donald Trump en Twitter…

Los tiempos cambian, pero yo quería hablar de las virtudes de Plomo en los bolsillos y del talento de Izaguirre para transportarnos al buen, excelso periodismo. De hecho, fue la venta de periódicos la que impulsó el Tour de Francia. El padre de la criatura fue Géo Lefevre, redactor de L´Auto y su jefe, también periodista, Henry Desgrange. La carrera se rodeó enseguida de un aura épica por su dureza, especialmente al incluirse los puertos pirenaicos y alpinos en el trazado —antológico el relato de la expedición al Tourmalet, del que se incluye un cómic— y sobre todo, fue forjada por las crónicas periodísticas. Sirva este ejemplo al relatar los ataques de un tal Petit-Breton: “Cuando va a atacar, se pone de puntillas sobre los pedales y pega un grito aterrador, un grito que no es humano, un aullido de sirena atroz”. En esas primeras ediciones la picaresca de los participantes alcanzaba niveles risibles, al nivel de su entrega y capacidad de sacrificio, como los denominados isolés que eran ciclistas sin equipo, auténticos supervivientes cuya abnegación levantaba pasiones entre el público.

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Bartali y Coppi, dos rivales compartiendo una botella (foto: Publico.es)

Tampoco quiero contar todo el libro, pero hay episodios que me han emocionado. El del primer participante español (oficial), Vicente Blanco, el Cojo, que tenía dos muñones por pies. Eso no le impidió convertirse en ciclista, ganar el campeonato de España y se propuso disputar el Tour. Ahora bien, como era pobre de solemnidad —o por cabezonería o ambas cosas— tuvo que desplazarse en bicicleta desde Bilbao hasta París y en el momento de darse la salida —llegó la noche de antes— estaba tan extenuado y famélico que no aguantó ni la primera etapa. Cuando le preguntaron, declaró: “no pude hacer nada contra aquellas fieras bien alimentadas”.

Otro Vicente, Trueba, apodado “la pulga de Torrelavega” fue el primer rey de la montaña y compitió con solvencia en el Tour en 1932, que de hecho debería haber sido suyo. Pero las trampas y la arbitrariedad eran como el pan de cada día en aquellos tiempos, para que luego nos quejemos. Su mujer nonagenaria desveló a los periodistas el secreto de su marido: “la leche de sus vacas. Las ordeñaba el mismo. Entonces no conocíamos el dopaje ni nada, no habíamos visto nunca una aspirina”. Y bueno, no me resisto a poner otro fragmento de una de esas crónicas de antaño: “Cuando veo pasar a Trueba, siempre me parece que lleva en los bolsillos el certificado de defunción. Es el prototipo de niño mártir: tiene una mirada de gato mísero, apaleado y hambriento, pero en el momento que uno empieza a apiadarse de él, ataca…”.

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Miguel Indurain, ídolo de mi juventud, durante la famosa crono de Luxemburgo (Foto: Las Merinadas deportivas de Edu)

Así de intenso es Plomo en los bolsillos. Uno queda enterado de la caballerosa rivalidad de Coppi, primer ciclista moderno y Bartali, prototipo del hombre nuevo para Mussolini y que sin embargo se pasó media guerra pasando de contrabando pasaportes escondidos en los tubos de la bici y consiguió salvar la vida de más de 800 judíos. De esta hazaña, no dijo ni pío y todo se supo después de su muerte. Hay comedia, cuando Eddy Merckx, cuya ansia de triunfos le hizo recibir el calificativo de “el Caníbal”, esprintó viendo una pancarta, que resultó ser propaganda electoral del Partido Comunista. Hay tragicomedia, como la del primer ciclista musulmán (Kader Zaaf), que no pudo cumplir su sueño de ganar una etapa en el Tour porque bajo un sol de justicia un aficionado le tendió una botella que resultó ser vino de Corbières y el hombre, abstemio por su religión, agarró una borrachera de órdago. Hay tragedia, la muerte de Tom Simpson por una combinación de alcohol, estimulantes y ambición desmesurada o el final de Luis Ocaña y Marco Pantani. Y hay decepción, mucha, cuando se relata la historia de Armstrong, el “ciclista que nunca fue”.


Me apeo de esta reseña, donde hay un nutrido pelotón de spoilers aunque aún estoy encendido. Poco que objetar, salvo la amargura final, lo deprimente de la era Armstrong y la extraña ausencia de mi paisano Federico Martín Bahamontes. Mucho, en cambio, que leer y disfrutar con estas lecciones de vida y deporte, donde está condensada toda la esencia de nuestra contradictoria naturaleza humana.   

22 comentarios:

  1. No creo que me anime esta vez porque la temática no me llama mucho. Pero incluso así, me has tentado un poquito...
    Besotes!!!

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    1. Es una temática muy concreta y si no te gusta... Aún así, creo que la pasión con la que está escrito se contagia.
      Saludos.

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  2. Me ha encantado tu entrada, Gerardo.

    He sido muy deportista desde niño, uff… atletismo, fútbol, tenis, ciclismo, hice mis pinitos en la escalada, me gustaba todo, he vivido ese ambiente familiar desde temprano, y eso siendo un apasionado de los libros desde muy joven también.
    T
    odavía me sigo metiendo caña corriendo y a veces me subo a la mountain bike por la sierra madrileña, aunque con cincuenta años (que he cumplido hoy, estrenando el otoño) uno ya va bajando revoluciones de manera preocupante :)

    Pocos deportes escenifican mejor (salvo el alpinismo, tal vez), la épica lucha del deportista por sobreponerse al agotamiento, teniendo en cuenta que las grandes carreras ciclistas no duran un día, o unas horas, como pueda ser un maratón corriendo, también durísimo, sino que transcurren durante varias jornadas.

    Recuerdo la sensación de sufrimiento tanto en la bici como corriendo por la montaña (me metí en eso los trails alpinos interminables), es una sensación compleja de definir, uno no lo escoge, es inevitable, pero en mi caso no lo rehuía, ese es el momento clave, pues en la medida que sufres percibes el “placer” (he ahí la paradoja) de una experiencia física y mental plena, cada loco con su tema...

    Sí, qué gran decepción con Armstrong, y menudas hazañas como las de Vicente Blanco, “el cojo”, sino fuera por tu introducción pasaría por un personaje berlanguiano.

    Bien apuntado queda tu recomendación, si es fruto del buen periodismo la disfrutaré, te lo dice un antiguo licenciado en Ciencias de la Información.

    Y como remate, por pura coincidencia, el otro día ojeando una revista en la biblio, apunté un libro, apreciado especialmente, no tanto por los deportistas, sino por la crítica literaria de toda la vida; “El ciclista” de Tim Krabbé, un escritor que no es precisamente “un recién llegado”, le avala una prestigiosa trayectoria literaria, (además fue ciclista semiprofesional).

    Retomando el blog y con un tema así, que de manera tan atractiva has expuesto, no podía contenerme…

    Un abrazo y un placer, amigo Gerardo.

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    1. Me encanta esa paradoja de placer en el sufrimiento. Desde luego, está en nuestro genes tratar de dar un paso más. Una teoría muy extendida afirma que somos los descendientes de un pequeño grupo de individuos (¿1.000? ¿10.000?), porque nuestra especie estuvo a un paso de la extinción. De ellos hemos heredado esa increíble capacidad de sacrificio, que aflora en la vida de tantas personas que se caen y se levantan una y otra vez, que aguantan piedras y palos. Desde luego, los deportes de resistencia son una metáfora de la vida.

      Me da envidia tu historial deportista. Por desgracia no soy una persona muy resistente y no he podido llevar a mi cuerpo a esos extremos sin enfermar. Pero empatizo con toda la épica del esfuerzo, me emociona.

      Tomo nota de tu recomendación bibliográfica y de paso te felicito por tu cumpleaños.

      Un abrazo.

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  3. Hola Gerardo,me ha encantado tu entrada. Precisamente hace unos días hablaba con Enrique Javier de Lara, me comentaba que estaba "puliendo" dos novelas escritas este verano,y es curioso pues él es un gran aficcionado al ciclismo, y siempre que el tiempo y sus fuerzas se lo permiten( ya esta viejuno)sale con la bici y sobre ella maquina, lo que más tarde llevará al papel.
    Un abrazo.

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    1. Creo que he hablado con Enrique alguna vez sobre ciclismo, desde luego este libro de Izaguirre le gustaría. Cualquier contexto en el que uno esté a solas consigo mismo es bueno para la imaginación. La bicicleta entre ellos. Aunque intuyo que la agonía al afrontar un puerto debe matar cualquier pensamiento, mejor el llano para esos menesteres.
      Un abrazo.

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  4. Maravillosa la novela de Richard Ford "El periodista deportivo" que inaugura la tetralogía sobre Frank Bascombe.
    No me gustan los deportes y la literatura que trata sobre ellos me disuade. De hecho, con todo lo que me gusta Joyce Carol Oates, ni he intentado leer su ensayo sobre el boxeo, pero hace unos años llegó a mis manos una novela de Ramiro Pinilla (otro de mis escritores fetiche) "Aquella edad inolvidable" sobre un futbolista y me pareció tan irresistible como toda su obra. Claro que trasciende lo que es el fútbol. Te la recomiendo.
    Una entrada muy currada.
    Un beso.

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    1. Anoto tus recomendaciones. Te parecerá mentira, pero van cayendo. Ahora estoy acabando una de Carlos Zanón que reseñaste en tu blog.
      Un abrazo.

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    2. Espero que te esté gustando. Fue todo un descubrimiento.
      Un beso.

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    3. Sí, el de "Yo fui Johnny Thunders". En general me ha gustado mucho aunque al final deja sus cabos sueltos, es una novela negra atípica. Ya solo con las referencias musicales (especialmente cuando se va la luz y canta en acústico la de Willy DEville) me tenía en el bolsillo.

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  5. hola! estas buhas no la cazan mucho con el deporte y tu entrada nos sorprendió en descubrir una lectura que las aúna, habrá que verla si se presenta! gracias, siempre un placer tus entradas y tu magnifico lenguaje y desarrollo de ideas.

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    1. Gracias, me alegro que os guste y encantado de teneros por aquí. Saludos.

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  6. Hola Gerardo. Yo tampoco soy mucho de deportes, me gusta un poco el ciclismo y poco más (así que estas crónicas me pueden gustar, apuntado queda) A veces, reconozco que me puede entretener. Sin embargo, creo que se puede leer perfectamente sobre algo que a priori no te fascine, y quedar enganchado a la lectura. Yo recuerdo que leí hace poco Correr de Jean Echenoz, una novela corta que cuenta las andanzas del atleta Emil Zátopek tras la Segunda guerra mundial y demás, y me apasionó. Lo leí en un suspiro.
    Muy buena reseña Gerardo como siempre.
    Un abrazo.

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    1. Esa novela-biografía de Echanoz es una pasada, me vino a la cabeza al hacer la introducción de la reseña. Toda una historia de entrega y abnegación, como se dice: "no pain, no gain". El deporte enseña valores, por eso nunca me ha parecido algo secundario. En los institutos, fíjate, la educación plástica y la educación física pasan por ser las "marías" cuando en el fondo la dupla creatividad-sacrificio es la base sobre la que se asienta nuestra especie. Qué cosas.
      Un abrazo.

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  7. Hola Gerardo, muy interesante la reseña que desde luego apunto. Me apasionan los libros y la escritura desde muy niña pero también el deporte y por supuesto practico bicicleta, aunque en mi caso BTT.
    Este año tuve la suerte de que pasara una etapa de la vuelta por mi lugar de veraneo y evidentemente estuve allí disfrutando con el esfuerzo de los corredores, igual que animando (esta vez por la tele) a Contador en su subida al Angliru. Y soy de las que odia la estafa del dopaje en cualquier deporte pero especialmente en ciclismo me molestó porque sé el tremendo esfuerzo que significa cuando las piernas no te responden pero quieres llegar, de la superación y esfuerzo que hay detrás de ese deporte (igual que en otros muchos) pero ahora me centro en el ciclismo. Como a Paco me suposo una gran decepción Armstrong y me pareció insultante para todos aquellos a los que nos gusta la bicicleta.

    Respecto a la propuesta y a pesar de esos spoilers jajaja me lo he apuntado para leerlo.
    Yo no me fijo mucho en temáticas, si un libro me atrae me da un poco igual del género que sea y en el caso del deporte en la literatura depende de cómo esté contado, a veces el deporte es la excusa que nos permite entender la historia y otras es la propia historia.
    Besos

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    1. Eres muy abierta en cuanto a lecturas, me parece una extensión natural de tu personalidad, al menos hasta donde te conozco. Yo también disfruté y sufrí con la subida al Angliru, jaja. El libro incluye una historia muy triste, la de un ciclista marginado (casi hostigado) por Armstrong y los capos del pelotón por atreverse a denunciar -en realidad insinuar- la situación que se vivía en ese momento. Entonces había mucho miedo de que al destapar toda esa mentira se perdiera apoyo y financiación: justo lo que pasó, aunque parece que ahora resurge un poco. Ojalá el ciclismo recupere su credibilidad y sobre todo, su épica.
      Un abrazo.

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  8. No soy yo muy deportiva ni en práctica ni en seguimiento, aunque no dudo que pueda ser un tema apasionante para un libro, así como que la buena literatura puede hacer que nos interesemos por un tema que a priori no llama nuestra atención. Tampoco dudo que el periodismo, bien entendido, pueda considerarse literatura, ni que el deporte en este caso no sirva para hablar o hacernos reflexionar sobre otros aspectos de la vida. Lo dejo pasar, no obstante; ya sabes que la lista es larga y el tiempo, corto.
    Un abrazo

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    1. En alguna ocasión, para mi estupor, he leído comentarios y críticas negativas hacia estas crónicas deportivas tan literarias. Gente (anónima, claro) en los foros acusándolos de eso, de utilizar adjetivos, metáforas, símiles más o menos cultos, ridiculizándolo al periodista. Lo de este país no tiene remedio y entiendo porqué se lee poco y se valora aún menos al escritor. Ellos se lo pierden, que sigan con el Marca o Sálvame Deluxe, ahí tienen de lo suyo.
      Un abrazo.

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  9. Siempre he visto a los ciclistas profesionales como héroes espartanos, como seres extraordinarios que nada tienen que ver con el común de los mortales. Esas etapas extenuantes a las que les siguen otras igual de duras los días siguientes me parecen un martirio y creo que la Convención de Ginebra o algún organismo oficial similar debería tomar cartas en el asunto.
    El tema del dopaje es controvertido y sin ánimo de defender el consumo de sustancias prohibidas, yo creo que para hacer lo que hacen estos ciclistas hay que buscar ayuda 'externa'.
    Las anécdotas que cuentas sobre algunos ciclistas me han hecho sonreír, aunque algunas han sido sonrisas amargas.
    Un libro interesante y que intentaré conseguir. Gracias por tu magnífica reseña y por esa, ya habitual, introducción tan genuina.
    Un abrazo.

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    1. De hecho, en los últimos años se ha reducido la extensión de las etapas alpinas, dando un poco la razón a ese argumento de una excesiva de dureza que obligaba a muchos ciclistas a hacer trampas para seguir en carrera. Además, creo que el dopaje tiene que ver también con el dinero y sobre todo, la ambición desmesurada. Armstrong no estaba dispuesto a ser un ciclista del montón, a lo que parecía avocado por su genética. Es un libro interesante, merece la pena.
      Un abrazo.

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  10. Hola Gerardo. Aunque lo más cerca que he estado del Tour de este año es el hecho de que pasara por mi pueblo, me ha parecido muy interesante tu reseña (que hasta me ha hecho sonreir en algunos momentos como cuando citas de pasada las uñas de Freddy en una pizarra, lo de "ordeñar las nubes" o el hecho de no haber visto nunca una aspirina...).
    No dudo que el libro esté lleno de buenísimas anécdotas porque pienso que, efectivamente, puede existir correlación entre la práctica de un deporte y la literatura; todo es ejercicio, en un caso físico y en otro mental, y en ambos hace falta una buena preparación.
    Un abrazo

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    1. Lo de ordeñar las nubes es justo así, Chelo. Te recomiendo el artículo, es una historia increíble. Y desde luego, la literatura es un ejercicio exigente. Pienso en tantos escritores con una sensibilidad extrema, a los que escribir llevaba al límite.
      Un abrazo.

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