sábado, 7 de enero de 2017

EL SUPERVIVIENTE

Resultado de imagen de CELDA CENTRO DE DETENCION DICTADURA
Celdas del Pozo de Banfield, que funcionó como centro de detención clandestino durante la dictadura argentina de 1976.

Era poco más de medianoche. Estábamos reunidos en el salón sentados en círculo, con las luces apagadas y hablando en susurros, porque se había decretado el toque de queda. Los militares extendían las alambradas en los cruces de las principales calles, donde se apostaban blandiendo sus ametralladoras y los potentes focos desde las tanquetas ponían al descubierto y lo que es peor, a tiro, a cualquiera que se atreviese a salir durante las horas nocturnas.

Seguíamos pensando en cuál sería nuestro siguiente movimiento cuando de repente, crujieron los goznes de la puerta y hubo muchos gritos y golpes. Nos hicieron subir a un camión, nos cubrieron la cabeza y durante un tiempo indeterminado solo se escucharon nuestros sollozos.

Ahora contemplo mi celda, después de tantos años. Qué decrépita, inofensiva y triste parece. Pero cuando aquella noche me arrojaron dentro, cerrando la puerta con tres vueltas de llave y me tuve que arrastrar a tientas hasta encontrar la cama, sentí que había caído en la fétida boca de un monstruo. Intenté recomponerme, ignorando los gritos de pánico que se filtraban a través de las paredes, cerré los ojos y traté de dormir.

A las pocas horas se encendió una luz y me sacaron en volandas. En el pasillo había una larga fila de personas, la mayoría encapuchadas. Y al final, en una pequeña habitación, varios militares arremangados extraían confesiones a cuchillo.

He accedido a visitar el centro de detención quince años después del golpe militar y explicar mi experiencia a los visitantes, una vez restaurada la democracia. Todos escuchan en silencio, palpan los desconchones, observan con pavor la pesada puerta de hierro, el cerrojo inutilizado, los restos de sangre seca (eso les parece a ellos) en el pavimento. Avanzo por sus pasillos mientras desgrano mi historia, contemplando la misma ruinosa habitación, la misma cama desvencijada, una y otra vez.

En la entrada hay una placa, con muchos nombres y apellidos. Recorro con el dedo la fría lápida de mármol y me detengo en aquellas personas familiares y me invade un terrible deseo de desaparecer a mí también.

Muy pocos podemos dar hoy testimonio. Esta habitación bien podría ser cualquier otra cosa si mi recuerdo no la dotara de significado. Me pregunto por qué mi nombre no está en esa placa. ¿Qué dije o confesé, tras las descargas eléctricas, sumergido en la bañera, con la pesada bota de cuero aplastándome la cara? Siempre temo la pregunta: ¿usted cómo logró sobrevivir? Percibo las miradas cambiantes. El rayo de ironía de unas bocas que pasan del espanto y la lástima a la reprobación o suspicacia. Y lo peor es que no tengo respuesta. Simplemente, se hartaron de matar.

Nunca pude volver a ser el mismo. Allí me quedé, impreso en los muros de la celda, formando parte de la sombra tenebrosa que todavía proyecta la cama, en cada rincón, hecho añicos, diseminado, en cada partícula de mis compañeros consumidos en las zanjas regadas con cal.

"El superviviente" ha sido incluido en el número 21 de la revista "La hoja azul en blanco", que publica el grupo literario Verbo Azul, por gentileza del poeta Juan José Alcolea.


           

20 comentarios:

  1. No se me ocurre que comentar... Me gustaría tanto que el superviviente fuera una cosa del pasado, o mejor todavía,fuera ficción, que esta pena que me produce tu escrito, solo se debiera a tu imaginación y no a la "triste" realidad.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Por desgracia tiene poco de ficción. Es el trauma del superviviente, en palabras de Primo Levi:

      Retrocede, déjame solo, pueblo sumergido,

      Vete. No he desposeído a nadie,

      No he usurpado el pan de nadie.

      Nadie murió en mi lugar. Nadie.

      Vuelve a tu bruma.

      No es mi culpa si vivo y respiro,

      Como, bebo, duermo y me cubro de ropas.

      Un abrazo.

      Eliminar
  2. Escalofriante relato. Por más que leo sobre las diferentes dictaduras, represiones, genocidios, torturas y demás barbaries que el ser humano es capaz de imaginar y llevar a la práctica, jamás podré llegar a acostumbrarme y leerlo con frialdad o sin estremecerme. Enhorabuena por figurar en una actividad tan hermosa.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Supongo que nadie puede enfrentarse al lado oscuro del hombre sin sentir pavor. Ojalá la época de la violencia política y las dictaduras sanguinarias vaya poco a poco siendo arrinconada por la historia y el progreso.
      Un abrazo.

      Eliminar
  3. Y saber que los causantes de tanto sufrimiento y barbarie hayan sido indultados y perdonados... manda narices. No sigo que me enciendo.
    Fantástica manera de describir la experiencia de un superviviente de la tortura y ese sentimiento de culpa que (dicen) tienen muchos cuando se saben afortunados por haber superado tan dura prueba.
    Todo un superviviente tu protagonista y muy valiente también por ser capaz de volver al lugar donde fue torturado.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es increíble la impunidad en este sentido, parece que la violencia política casi nunca se paga.
      Hubo una época en la que leí mucho sobre el tema y precisamente el trauma del superviviente y su sentimiento de culpa fue lo que me resultó más chocante.
      Un abrazo.

      Eliminar
  4. Buff Gerardo, poco puedo añadir a esas escalofriantes letras, excepto que lo has contado de forma increíble.
    El ser humano capaz de lo peor contra otros seres humanos, sorprenden esos niveles de maldad y depravación pero se dan y sobreponerse a ese infierno y ver campar a sus anchas a quienes lo perpetraron, me parece una doble condena.
    Es escalofriante ver como se arrastra también ese sufrimiento y esa culpa por haber sobrevivido.

    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Privar a alguien de su estatus humano, torturarlo, hacerlo desaparecer, son crímenes contra la humanidad entera, se den en el contexto que se den. Y el trauma del superviviente, quizá nace de nuestra propia incomprensión al tratar de entender aquello que no debería haber sucedido. Son reflexiones al hilo de lo que comentas.
      Saludos.

      Eliminar
  5. A mi lo que más me impacta de este relato es su penúltimo párrafo. Cuando leo historias o testimonios de supervivientes, me desconcierta ese sentimiento de culpa que albergan muchos de ellos, sin que yo encuentre razón para ello. ¿Por qué sentirse culpable de haber sobrevivido a la barbarie,la crueldad, la arbitrariedad y la destrucción de la persona?

    Y en el penúltimo párrafo has plasmado dos de esas razones: la duda sobre sí mismo ("¿Qué dije?") y "la mirada cambiante" de los demás. Y la brutalidad de la bota sobre la cara sumergida en la bañera no basta para borrar ni la una ni la otra.

    Un párrafo muy potente, me ha encantado.



    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La culpabilidad del superviviente, que llega incluso a dudar de sí mismo. Recuerdo escuchar una conferencia de Shlomo Venezia, que sobrevivió al holocausto pero no hizo pública su historia hasta los años 90, movido por el ascenso del negacionismo. Venezia trabajó como "sonderkommando", es decir, en los crematorios de Auschwitz y si lees alguna entrevista, no puede evitar justificarse, aunque diga que no siente culpabilidad porque se trataba de sobrevivir a toda costa. Otra historia para valorar en su justo término nuestra democracia tan denostada últimamente.
      Gracias por tu lectura, José y aprovecho para desearte un feliz 2017.

      Eliminar
  6. Has reflejado la angustia e impotencia de quien no sabe si sobrevivirá al día siguiente, de una manera precisa, elocuente, y sobre todo, logrando empatizar con el lector.

    Enhorabuena Gerardo, un gran relato que he leído atenazado por lo que transmie. Me ha gustado mucho esa mirada retrospectiva a la celda; "Qué decrépita, inofensiva y triste parece". Magnífico, pocas palabras para resumir el vacío de tantos años.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Paco. Es la memoria la que dota de contenido esos lugares vacíos y abandonados. El origen del texto es precisamente la fotografía de uno de esos centros de detención, donde hoy crece la hierba. Sin supervivientes no son más que ruinas, pero esconden toda una historia de infamia.
      Un abrazo.

      Eliminar
  7. Estupendo, la sensación de este superviviente me ha recordado las sensaciones de los supervivientes del holocausto, ese sentimiento de culpa casi por vivir mientras los otros murieron. ¡¡Qué horror!!

    Lo has reflejado muy bien en tan pocas líneas.

    Un abrazo!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En eso han influido mis lecturas previas, creo que ya te he comentado alguna vez que estudié el tema del holocausto o Shoah a fondo durante unos años.
      Gracias por dedicarme un rato de lectura.
      Un abrazo.

      Eliminar
  8. Lo que uno pueda llegar a hacer o dejar de hacer en situaciones extremas es imposible de saber por muy bien que creamos que nos conocemos. En tu relato se refleja muy bien esa contradicción entre la supervivencia y la culpa y también esa celda que acompaña siempre a pesar de la liberación.
    Felicidades por su publicación. Y precioso el montaje que ha hecho la revista para el vídeo.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Eso pienso yo también, es muy difícil saber cómo reaccionaríamos en situaciones límite y para las que nadie nos ha preparado. Supongo que prevalece el instinto de supervivencia.
      El montaje ha quedado muy bonito, es verdad, especialmente la música.
      Un abrazo.

      Eliminar
  9. Entiendo el trauma y la culpabilidad del superviviente. Si en ámbitos menos dramáticos a veces nos sentimos extrañados (y no siempre bien) cuando nos favorecen a nosotros y a otros no, en este caso, con presunta confesión previa, quizá la imagen que tenemos de nosotros mismos se resquebraje hasta límites exagerados.
    Un abrazo, Gerardo, y feliz año (creo que no te había felicitado todavía).

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es un tema complejo, daña la propia autoimagen y también genera sentimiento de culpa. Ocurre algo similar con los veteranos de guerra.
      Gracias por tu comentario, Ángeles y feliz 2017 para ti también.

      Eliminar
  10. Jolín Gerardo! Es leerte y acomplejarme de intentar escribir, ehh? A veces hay casualidades que aunque parezcan carecer de importancia me gustan. Te digo esto porque justo esta mañana estuve con una compañera hablando de la trilogía sobre primo Levy que le ha impactado y se ha ofrecido a pasarme los libros en pdf.
    Sobre tu relato, si te soy sincera, al leerlo me ha parecido tan real que creía que habías dejado un fragmento de este libro en tu blog.
    Ahora, al leer algunas de tus contestaciones observo que no, que lo que te ha pasado es que tu grado de empatía es tal, que has conseguido meterte en su piel a la hora de escribir su sufrimiento.
    Muy bien contado Gerardo, muy bien.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Nada de complejos. El punto de partida fue escribir un relato basado en una fotografía (no la del post, otra que no tenía mucho que ver) con menos de 1.000 palabras. Ni te imaginas la de revisiones que lleva el texto y si no llego a publicarlo en la revista todavía seguía.

      Tengo la trilogía de Levi en casa, pero no la he leído completa. Supongo que la empatía viene además por haber investigado y leído mucho sobre el tema durante un tiempo, asistí a conferencias de supervivientes no solo del holocausto, también de Rwanda y otros, en cursos que el MECD impartía a profesores sobre derechos humanos. Imagino que todo eso creó un bagaje, aunque es cierto que me cuesta muy poco ponerme en el lugar del otro, quizá demasiado poco.

      Saludos.

      Eliminar