viernes, 23 de septiembre de 2016

"La bailarina de Izu" de Yasunari Kawabata



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Yasunari Kawabata nació en Osaka en 1899. Quedó huérfano con tan solo tres años; en realidad, tal y como señala en alguno de sus relatos, perdió a casi todos sus parientes siendo muy joven. Mantuvo una estrecha amistad con otro de los grandes escritores japoneses, Yukio Mishima. Además de la literatura también se dedicó al cine, participando como actor y guionista en algunas de las adaptaciones de sus historias. En 1968 se convirtió en el primer escritor japonés en recibir el Premio Nobel de Literatura. Murió en 1972 por inhalación de gas, se cree que de manera intencionada. 

La bailarina de Izu (Seix Barral, 2016), es en realidad una colección de relatos. Está dividida en dos partes. En la primera, denominada “UNO”, figura el relato que da título al libro y Diario de mi decimosexto año, junto a otras tres historias; son las que más me han impactado y en las que voy a centrar mi reseña. Las historias breves que el autor denominó “Historias de la palma de la mano”, están agrupados en la parte denominada “DOS”. 
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Yasunaria Kawabata padeció de insmonio durante toda su vida (Foto: alchetrom.com)

En La bailarina de Izu un joven estudiante que realiza un viaje a pie desde Tokyo se une a un grupo de músicos ambulantes; entre ellos va una muchacha de unos catorce años (aunque el presupone de mayor edad), de la se enamora de la forma más simple, porque para caer a los pies de alguien basta siquiera un segundo. La descripción del paisaje y la naturaleza no solo como escenario, sino como elemento que fluye con el espíritu, el sosiego y ritualización de cada gesto, por insignificante que sea; la sencillez y delicadeza de todo el relato, las emociones que nunca se desbocan, sintetizan el ambiente tan particular creado por Kawagata. Es una historia que se alimenta de miradas y silencios, de un erotismo contenido y fugaz. Refleja la ternura y pureza del primer amor, la timidez y desorientación de ese sentimiento que al principio uno no sabe muy bien cómo manejar. Habla de la frustración también, cuando parece inalcanzable. 

Llegamos a la cima de la montaña. La bailarina colocó el tambor sobre un banco en el césped seco y se enjugó la cara con un pañuelo. Comenzó a limpiarse el polvo de las piernas y luego, de pronto, se agachó a mis pies y comenzó a limpiar el dobladillo de mi hakama. Me aparté con un violento estremecimiento, y ella se dejó caer de rodillas haciendo un ruido sordo. Limpió el polvo del bajo de mi kimono, luego soltó el dobladillo. Yo me quedé de pie allí, respirando profundamente. 

Por su parte, Diario de mi decimosexto año es un curioso ejercicio literario. Presentado como un diario verídico que el propio Kawagata tomó de su puño y letra durante la agonía de su abuelo, incluye aclaraciones con corchetes hechas por el autor años después, junto a reflexiones intercaladas. Kawagata rescata un episodio de su pasado, al que asiste con estupor, puesto que no siempre coincide con sus recuerdos. Uno de los mayores alicientes que encuentro en la lectura es su capacidad para mover a la reflexión. La distancia entre lo que de verdad ocurrió y esos recuerdos falsos; la manipulación que realiza nuestra propia memoria, alterando o directamente eliminando lo vivido me parece un tema muy sugerente y que en el fondo me obsesiona. Transcribo aquí un par de párrafos al respecto:

No puedo imaginar que algo simplemente se haya “desvanecido” o “perdido” en el pasado tan sólo porque no lo recuerdo. Esta obra no pretendía resolver el enigma del olvido y la memoria. Tampoco tenía intenciones de responder a los interrogantes de tiempo y vida. Pero es verdad que ofrece cierto indicio, alguna evidencia.

Mi memoria es tan mala que no puedo creer con firmeza en ella. A veces pienso que el olvido es una bendición. 

Pero hay más en este diario, porque un joven Kawagata tiene que hacerse cargo de su abuelo, ciego y paralítico, asistirlo en sus necesidades fisiológicas, controlar la irritación que le provoca su carácter, agriado por la enfermedad, por la derrota definitiva que es verse a las puertas de la muerte: en ese momento no hay nada que hacer, salvo abandonarse. Es algo sobre lo que también leí este verano con La muerte de Iván Ilich de Tolstoi. 

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Kawabata durante el rodaje de La bailarina de Izu (Foto: conoce-japon.com)
El mismo tema sobrevuela otros dos de las historias más destacadas, también autobiográficas: “Aceite” y “Experto en funerales”. El primero es el relato de un niño privado no solo de sus padres a temprana edad, sino de cualquier recuerdo propio sobre ellos. Pensar en ello me asusta, porque mis hijos son tan pequeños, que en caso de morir pasado mañana sería para ellos poco más que un fantasma; si acaso el origen de un trauma, como el que Kawagata va deshilando tras una conversación con su tía en la que le cuenta cómo rompió las velas y vertió el aceite de la vasija del altar durante el funeral de su padre.
Cuando oí la explicación de mi tía, me di cuenta, por primera vez, de que mi propio dolor estaba incluido dentro de la historia. Para mí, que odiaba la luz de la lámpara de aceite del altar, la muerte de mis padres quizá se había filtrado en mi corazón como el olor del aceite.
El segundo, ese experto en funerales a la fuerza, porque asiste periódicamente a la debacle de su familia, de parientes que nunca ha conocido y que comenzó con la muerte de sus padres, es una historia sobre la soledad del huérfano, expresada de forma rotunda ya en la primera frase: desde pequeño, no he tenido mi propia casa ni tampoco un hogar y que nos enfrenta con la muerte, en frases demoledoras e intensas imágenes.
Cuando alguien habla de mis padres no se qué actitud adoptar al escucharlo. Mi único deseo es que finalice pronto. 

Lo único que recuerdo de mi hermana es la imagen de su ropa blanca de luto mientras un hombre la cargaba de espaldas. Aun cuando cierro los ojos e intento pegarle una cabeza y unos miembros a esa imagen, solo aparecen en mi mente la lluvia y la arcilla roja del sendero.
Es una estética que alaba lo insignificante, que compone la historia con breves retazos, con palabras claras y certeras. Una literatura de sensaciones; me recuerda a la propia caligrafía japonesa: sencilla en apariencia, pero que requiere precisión y exactitud en el trazo. Sobre ese fondo blanco, como en la caligrafía, los párrafos de Kawagata se rebelan pequeñas piezas maestras, donde se expresa justo lo que se quiere expresar, cargados de imágenes poéticas y simbólicas, que evocan emociones e inspiran, como la meditación, pensamientos profundos. 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Mi viaje alrededor del mundo

Foto: mundotkm.com
Este verano mis lecturas me han permitido viajar miles de kilómetros. Un viaje no solo geográfico, sino también a través del tiempo: cerca  de siglo y medio de nuestra historia reciente, más o menos. Un vaivén de un lado a otro del mundo para conocer otras culturas y formas de ver la vida; sobre temas como el amor y la muerte, que trascienden cualquier época y florecen en los contextos más insólitos. Un viaje donde he aprendido que hay muchas formas de contar historias, todas igualmente válidas y lo estimulante que es salir de la trinchera del canon literario, sin vararse en un solo género.

Mi viaje comenzó en Sudáfrica, nada menos. ¿Quién me llevó hasta allí? No fue una compañía de bajo coste, de esas que te dejan de un palmo de narices cinco minutos antes del embarque, como se ha visto. Fue el premio Nobel J.M. Coetzee con La edad de hierro (1990). Es una novela que se desarrolla en el contexto del apartheid, una alegoría política y también una historia sobre la enfermedad, la soledad y la injusticia. Una mujer que padece un cáncer incurable se dirige por carta a su hija, en una suerte de catarsis. Mientras apura esos últimos meses, aparece en su vida un mendigo y entre ellos surge una relación ambigua, no de amistad, ni amor; es compleja y a veces desconcertante. La protagonista se adentra a su vez en la desoladora realidad de un país dividido y violento. Coetzee consigue crear un ambiente de intimidad entre el lector y la narradora, pero también de angustia, indignación y desesperanza. Pesimismo, si, pero ¿qué puede uno esperar cuando sabe que apenas le quedan unos meses de vida?

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De Sudáfrica me trasladé vía ebook a Bielorrusia. Esta vez Voces de Chernóbil de la también premio Nobel Svetlana Aleksiévich. Un trabajo que la autora finalizó en 1997, después de diez años y que fue ampliado con posterioridad. Está compuesto por una serie de entrevistas a testigos y protagonistas del accidente nuclear. La propia Academia valoró que Aleksiévich había inventado un nuevo género literario y es cierto, no se trata de un libro de historia al uso, tampoco es ficción ni periodismo. Ha costado horas de paciente escrutinio llegar hasta la raíz, la auténtica memoria personal. Ella lo llama “historia del alma” y de ahí su impacto en el lector ya desde el primer testimonio. Hay además un juego de contrastes entre el hecho histórico y la percepción individual, entre memoria e historia. A pesar de todo, uno lee con indignación la forma en la que las autoridades soviéticas (de la tan bien valorada en occidente era de Gorbachov) ocultaron la magnitud del desastre, entre otros desmanes.

Apenas tuve que desplazarme unos cientos de kilómetros para mi siguiente lectura. Allí me esperaba en su dacha de verano León Tolstoi; esta vez un clásico del pasado (Aleksiévich lo será del futuro), la novela corta Muerte de Iván Ilich. De nuevo el tema de la muerte. Pensaréis: ¡vaya tío más alegre!, pero juro que no seleccioné estas lecturas adrede, fue el puro azar. Cambiamos, eso sí, de registro narrativo: narrador omnisciente en tercera persona. Es una historia que nos pone en una tesitura, ¿estamos preparados para la muerte? ¿Cómo afrontar la enfermedad, la propia agonía, el final del viaje? ¿De verdad vivimos nuestra propia vida? Hay una frase demoledora, que Ivan Ilich, consciente al fin de que la enfermedad que padece durante años le llevará a la muerte, se dice a sí mismo: ¿y si mi vida entera hubiera sido una equivocación? Reconozco que me ha conmovido, llevaba mucho tiempo sin leer algo tan perturbador. La narración de los últimos momentos de Ivan Ilich es magistral, insuperable. 

Tocaba cambiar de continente y de registro, así que decidí cruzar “la mar océana”, no en carabela, sino a pie (primera hora, eso sí) hasta mi biblioteca. Allí aterricé en Estados Unidos, ese gran país que ha engendrado –creo- un género literario conocido como “realismo sucio”, senda que recorrí, de perdedor a perdedor, con Bukowski y John Fante hace muchos años. Siguiendo las recomendaciones de otros blogs leí Incendios de Richard Ford, del que tomé notas, seguro, pero no las encuentro. En ella se nos cuenta la historia de una familia americana bastante común, a través de los ojos de su hijo adolescente, cuya existencia de aspiraciones vanas se ve alterada de la noche a la mañana. Todo con una urdimbre de frases cortas y personajes a los que cuesta expresar sus emociones, algo desconcertados ante una realidad que les sobrepasa, bajo una nube de trauma, depresión y hastío, donde lo previsible se convierte en incierto.

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Y de ahí, sin moverme de la gran América, pasé a Vida de este chico de Tobias Wolff. Una de esas novelas tipo agujero negro, porque una vez que la abres ya no hay manera de escapar de su atracción gravitatoria. Te absorbe hasta que la acabas. En ella el autor nos relata su propia infancia y adolescencia. Después de vivir a salto de mata durante algunos años, recala en Chinook, un pequeño pueblo cerca de Detroit; allí conoceremos a Dwight, su brutal padrastro y sabremos de sus andanzas como delincuente juvenil y boy-scout. Wolff, que se hace llamar Jack en homenaje a Jack London, elude la nostalgia y la autocompasión. Se presenta como un chico amoral, abúlico, mentiroso y lo digo: fascinante. 

Como América es un continente tan vasto y apetecible seguí mi viaje hacia el sur. En concreto México, con Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. La novela de Bolaño es original y en algunas partes deslumbrante. Es literatura sobre literatura y también una autobiografía, con el alter ego de Roberto Bolaño pululando entre sus páginas, pero siempre desde el prisma de los otros. Está organizada en varias partes.

La primera es el diario de un poeta diletante y prodigio sexual, por lo que cuenta, un tal García Madero. Narra sus encuentros con un grupo de poetas disidentes que se conocen como real visceralistas, liderados por Ulises Lima y Arturo Belano-Bolaño, junto a otras tramas paralelas. Es divertida y engancha. Me rindo también ante ese vocabulario, vivo y palpitante con la que Latinoamérica en general y México en particular han enriquecido el castellano.

La segunda recoge el testimonio de más de cincuenta personajes que estuvieron de algún modo relacionados con Ulises Lima y Arturo Belano. Es más experimental, por su fragmentación: pura vanguardia y habrá a quién le fascine, pero también quien acabe hastiado de tantas vueltas y revueltas. Y en cuanto la tercera… Interrumpí la lectura por diversos motivos, pero la retomaré en breve. El libro lo permite.

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Acabando; después del huracán Bolaño y la vanguardia me apetecía algo de calma zen, así que crucé otro océano, esta vez el Pacífico y me quedé un rato en Japón. Recorrí las montañas, visité una terma y tomé el té mientras escuchaba el samisén. Fue junto a Kawagata y La bailarina de Izu; como este es el más reciente le dedicaré una reseña extensa en breve. 

Sigo en tierras niponas, mientras trato de que la LOMCE no me ponga contra las cuerdas, ahora con un hit japonés de amor adolescente entre manos: Un grito de amor desde el centro del mundo de Koichi Katayama. Podéis escuchar una video reseña de la booktuber Rainbook si os pica la curiosidad. ¿No ha estado mal el viaje, verdad? Y sin Jet lag.