sábado, 21 de mayo de 2016

"El último día de Terranova" de Manuel Rivas

El último día de Terranova, Manuel Rivas (2015) en Alfaguara
Foto: cultura.elpais.com

Epicuro consideraba la amistad uno de los puntales de la felicidad, tanto que construyó una villa a las afueras de Atenas y se instaló allí con los más íntimos, para gozar de ese bien tan preciado. Y es que el aislamiento, la soledad, cuando no es buscada (y aún), casi siempre conduce al abismoSin embargo, ocurre que los amigos nos acompañan durante un trecho y luego se van, porque los caminos se bifurcan. A veces, cuando tiene lugar el reencuentro, aflora cierto recelo y cuesta encajar otra vez las piezas. El intento de reconstruir una amistad pasados los años puede-suele naufragar. ¿Cuántas veces os habéis reencontrado con un amigo íntimo y tras pasar con él varias horas haciendo un ejercicio de nostalgia, os ha quedado esa sensación de vacío? 

Os cuento esto porque el escritor gallego fue mi amigo literario. En esa tierra de nadie que es la tardoadolescencia, cuando después del éxtasis hormonal viene la cuesta abajo, la vida adulta con todas sus aristas, lo que se veía tan plano, tan afrontable, causa pavor. Las historias de Manuel Rivas fueron mi refugio, hasta que se asentaron las aguas. Y desde entonces, nada. Nos separamos. Volví a releer sus libros de cuentos, como el que contempla viejas fotos. Manuel Rivas se pasó a la novela y acentuó su activismo político. Yo vagué como alma en pena por temarios de oposiciones, escribiendo y borrando pequeños diarios, leyendo a ráfagas. Hasta que hace una semana nos volvimos a encontrar. Dos viejos amigos y El último día de Terranova.

El escritor gallego rodeado de libros, en una librería como la que aparece en El último día de Terranova
(foto: elpais.com)
La novela de Manuel Rivas, publicada en 2015, gira en torno a una librería que después de setenta años de actividad se enfrenta al desahucio. La librería Terranova es el centro de un sistema planetario alrededor del cual giran los personajes, las historias, en realidad cuentos desgajados. Terranova es un crisol, un lago donde confluye Garúa, una enigmática muchacha que ha huido de Argentina y a la que un esbirro de la Triple A pisa los talones. Donde orbita un confidente de la policía franquista, que busca un libro de Emily Dickinson para su hija enferma. Allí está la “cámara estenopeica” un reducto casi secreto donde camuflados bajo las solapas de libros médicos aguardan aquellos títulos que la censura franquista tiene vetados y llegan de contrabando en maletas de doble fondo. 

El núcleo ferroso de Terranova fue Antón, un pescador que legó a su hijo Amaro el capital necesario para abrir la librería, ganado faenando en las gélidas aguas de Terranova, haciéndose cortes en la mano para que manara la sangre y evitar que se le congelaran los dedos. Amaro, al que apodan “el hombre borrado” y “Polytropos”, un intelectual republicano experto en la Odisea de Homero sufre por las heridas de la represión franquista. Eliseo, que inventa viajes ficticios con Lorca, María Zambrano y Luis Cernuda, mientras accede a pasar breves temporadas en sanatorios mentales para eludir la cárcel a la que está abocado por su condición sexual, etiquetada como delito por las leyes contra “vagos y maleantes”. 

Un sinfín de personajes y como Kepler de este sistema que vira y refulge en torno a una librería, el narrador de la historia: Vicenzo Fontana, el Duque Blanco, letrista de “Los erizos” y al que la poliomielitis siendo niño confinó a un pulmón de acero para poder respirar. Manuel Rivas, haciendo un ejercicio de memoria histórica, nos cuenta que la magnitud epidémica de esta enfermedad fue ocultada por el régimen, enredado en corruptelas aun existiendo una vacuna en el mercado. Este es parte del universo Terranova; un apunte, porque no quiero fastidiar su lectura. Una muestra de la creatividad desbordante del escritor gallego, que permanece intacta con los años.

Imagen de un pulmón de acero, artilugio que servía para mantener la respiración de forma artificial. El régimen franquista ocultó la magnitud de la epidemia de polio en los años 50 y retrasó la vacunación por cuestiones peregrinas y luchas de poder entre facciones. Más de 2.000 personas murieron y 14.000 quedaron con secuelas. Fuente: lamarea.com
Eso sí, no es una novela fácil. Hay saltos temporales, elipsis y una deliberada fragmentación. Exige cuanto menos una lectura atenta. Las historias insertas a veces debilitan el nudo principal, reducen la tensión narrativa, incluso desorientan. Esto me hace pensar que Manuel Rivas sigue siendo el escritor de cuentos que yo recordaba, el hilador de anécdotas, el poeta reconvertido en narrador de historias. La novela se ha entrometido en su estilo, pero no ha conseguido fagocitarlo, apenas si lo ha alterado. Ahora los cuentos están insertos dentro de una trama, y más que estar supeditados a la historia, constantemente se imponen. O quizá mis propios prejuicios, mi imagen de amigo se ha impuesto sobre lo demás y he acabado viendo lo que quería ver. Como este es un ejercicio de lectura compartida y no tanto de crítica literaria, dejo la duda y por si acaso remito a este link

Como conclusión tengo que confesar que he disfrutado con la librería Terranova; aparte de comprobar que el estilo poético, evocador, en suma, único de Manuel Rivas no ha perdido con el paso del tiempo. Hay un entusiasmo lector apenas disimulado, con el que me identifico. Los libros son un personaje más, adquieren una categoría real o bien simplemente simbólica. En esta novela Manuel Rivas hace un alegato por la literatura y la cultura, por los espacios que la promueven y preservan. Por la cultura como algo más que mera mercancía. La cultura, los libros, sirven para protegerse de los chaparrones de la vida y también para encararla y hacerle frente.

jueves, 12 de mayo de 2016

"La casa" de Paco Roca



 La casa de Paco Roca (foto: lareplica.es)

La casa (Astiberri, 2015) del valenciano Paco Roca (1969) cuenta la historia de un grupo de hermanos que se reúne un fin de semana en la vivienda que su padre les ha dejado en herencia al morir. Abandonada durante meses, se han propuesto adecentarla para tratar de encontrarle comprador. Sobre este punto de partida, Paco Roca construye una interesante y emotiva reflexión sobre el paso del tiempo, los vínculos familiares y el cambio generacional, pleno de simbolismos. Alternando los flashbacks con el punto de vista de cada uno de los hermanos mientras emprenden las reparaciones, se reconstruye la historia de la casa, que no es otra que la del padre. También de la propia infancia, ese tiempo feliz tan volátil. Tan perecedero como muestra la viñeta del contenedor, donde acaban todos los recuerdos infantiles. Y es que todo está muy pensando en La casa; cada viñeta, cada dibujo, tiene su significado y encaja en la historia con gran delicadeza. 

Paco Roca ha conseguido emocionarme con esta novela gráfica o cómic, la denominación es lo de menos. Supongo que por edad y por la propia relación que tengo con mi padre, y es que las circunstancias personales de cada uno influyen a la hora de recibir o encajar cualquier historia. Mi padre pertenece a esa misma generación del protagonista de La casa; una generación que vivía para trabajar, soñando con un paraíso de clase media que incluía segunda residencia, coche utilitario impoluto y estudios para los hijos. Una generación de padres emocionalmente adusta, que no expresaba sus sentimientos y apenas hablaba con los hijos. Esa misma generación que hoy vive con estupor el derrumbe de estos sueños en carne propia, en sus hijos o nietos.

Foto: despuesdelhipopotamo.com


Puede que sea por esto o no, pero el caso es que la lectura de la casa me ha generado cierta sensación de congoja, como si el corazón percibiera de pronto que carece del abrigo de músculo y costillas, del mullido colchón de los pulmones y sintiera el vacío. Qué aterrador ese vacío. Qué aterrador es pensar en el tiempo perdido. Porque leyendo y pensando en La casa, uno siente lo inevitable que es la muerte, cosa sabida, pero también los estragos del olvido. Cada día devora al anterior. Y esos hermanos se detienen unos días en la casa del padre, que levantaron trabajando cada fin de semana. A ratos parecen felices, también aflora entre ellos el resentimiento. Pero sobre todo, se sienten intimidados por el peso de los recuerdos y al mismo tiempo por la ligereza con la que reviven y se disuelven. 

Acabo con la acertada conclusión de Fernando Marías en el epílogo final que acompaña a la novela: “a medida que envejezco siento que el único tema de la literatura –y probablemente de todo lo demás- es el paso del Tiempo y puede que así sea. Y La casa, que es el libro que un chico quiso dibujar para su padre muerto, es también el libro que ha permitido a Paco Roca, dibujar el Tiempo que se va, o que se fue, o que se irá”.

jueves, 5 de mayo de 2016

"astillas" de Celso Castro

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Foto (casadellibro.com)

Astillas (Libros del silencio, 2011) forma parte de la serie de relatos del yo, obra del coruñés Celso Castro (1962). Como en su día compartí en la llanura la lectura de el afinador de habitaciones, que pasa por ser la primera parte, me salto lo relativo al peculiar estilo, ortografía y sintaxis de Castro. Mejor, porque así me puedo centrar en la chicha y dejar este tipo de cuestiones para los entendidos.

Reconozco que soy un lector bastante errático. Y aunque fue acabar el afinador de habitaciones y babear por el siguiente de Celso Castro, he tardado once meses exactos en ponerme con astillas. Quería dejar algo de espacio entre una lectura y otra. ¿Tiene algún sentido lo que digo? No lo sé, pero así funciona mi lógica (si se le puede llamar tal) lectora. Eludo las rutinas, abrazo el caos, me dejo arrastrar por mi estado de ánimo. Y creo que por eso me atraen este tipo de libros. Aunque reconozco que tomé astillas con la esperanza de curarme la melancolía primaveral, que en términos médicos se denomina astenia. Un problemilla que comparto con cierto amigo mío. Pero resulta que este es más aprensivo y pidió cita con el médico. Le recetó hierro, un multivitamínico y al parecer le dijo, con una sonrisa de las que uno no sabe cómo tomarse, que era cuestión de personalidad o humores que le llamarían los antiguos: "le ocurre a las personas sensibles como usted", sentenció. Maldita sensibilidad, ¿para qué sirve, en un mundo donde uno abre el periódico y lee: “un padre mata a otro tras una discusión por sus hijos”? Pues sirve para que un libro como astillas te derrumbe, te haga cosquillas pero no consiga hacerte reír, sino casi llorar. Para que te arda el estómago y mastiques en lugar de leer y te empape esa angustia que emana de sus páginas.

La historia comienza con la muerte de la abuela del protagonista (Celso Castro nunca revela el nombre, al parecer esto se denomina "anonimia": “no me gusta ponerle nombre al narrador porque quiero que el lector se identifique con él”). Ya lo conocemos, lo tratamos en el afinador de habitaciones. Es un joven que trabaja en una biblioteca, frecuenta tugurios, bebe coñac y traga anfetaminas igual que si fueran gominolas. Tampoco le faltan las mujeres: como todo chico malo, las tiene a pares. La historia transcurre en medio de un lapsus sofocante, de exaltación y caída depresiva. Está narrada en primera persona y Celso Castro consigue así crear una intimidad de barra de bar, de noche de verano, de confesiones compartidas entre cigarro y cigarro. Una oralidad que te absorbe, te magnetiza y es difícil librarse de ella. Incluso ahora que escribo esta reseña, o lo que sea, me cuesta desprenderme de su aura, como cuando pasas mucho tiempo con alguien cuya personalidad apabullante te acaba influyendo e involuntariamente copias muchos sus gestos o expresiones. Te mimetizas, que se suele decir.

Volviendo a astillas. Aunque el tono general de la narración es la mayor parte del tiempo descarnado, contiene intensas descargas poéticas y filosóficas, dispersas y dosificadas con mesura. Y es que nuestro protagonista es un poeta. A todos lados lleva su cuaderno de notas, al que llama “escombrera”. En el libro hay pequeños poemas insertos, más bien anotaciones poéticas o poetizadas, pero sin cargar las tintas. Es una novela pulida a fondo, sin aristas, donde el descuido es solo aparente. Es contundente por su salvajismo. Uno se olvida incluso de que está leyendo y sufre la clásica desmaterialización que provoca la lectura y se convierte en ese interlocutor silencioso al que habla el personaje de Celso Castro.

Tras contar todo esto ya casi he conseguido desahogarme, pero hay más. Está la presencia de lo paranormal: hay una casa encantada, un “sensitivo”, fantasmas y un ambiguo arcángel cometiendo todo tipo de tropelías, un poco al estilo de la película Poltergeist. ¿Es todo consecuencia de ese viaje lisérgico, del que no se apea el protagonista en todo el relato o lo sobrenatural es un invitado real en la novela de Castro? Me he quedado con la duda. Y para cerrar este triángulo imperfecto que es astillas, tenemos amor. El bendito amor, un amor que implica absoluta entrega, destructivo y tóxico. Lo sufre un tal Bruno, amigo íntimo del narrador con el que protagoniza las llamadas “purgas poéticas”, que consisten en cronometrar el tiempo que son capaces de verter inconscientemente versos y más versos, todo esto con su buena dosis de estimulantes. Lo sufren las mujeres que, atraídas por el magnetismo del protagonista, queriendo ser fatales se ven abocadas a la fatalidad.

El escritor Celso Castro, el pasado mes de agosto.
El padre de la criatura, en una foto reciente (fuente: El País)
Cuánta melancolía hay en astillas, yo que esperaba acidez y me encuentro un barco complejo, chirriante, mecido por un aliento poético siempre presente, aunque no haya versos, aunque haya simples párrafos descarnados y diálogos interminables donde no se dice nada, donde todo se guarda o apenas se masculla. Toda una experiencia astillas, cargada de pensamiento, de ritmo frenético, de angustia existencial resumida en la frase: “sabía que en algún momento me había muerto sin enterarme”.

Hay, eso sí, cierto peligro de encenagarse, de acabar un poco harto de ese joven del que ni siquiera sabemos el nombre, de tenerlo pegado al oído, llorando, porque siempre llora: siempre tiene un nudo atado a la garganta –la sensibilidad, la maldita sensibilidad otra vez-. Quizá por eso Castro titula el último capítulo con un elocuente: “¿aún estás ahí?”. Pues sí, aún. A pesar de tanto fantasma y de que sobrevuela la amenaza del melodrama. A pesar de que la poesía y el pensamiento derivan en una catarsis de pura congoja, de puro camino hacia el suicidio. Pequeños bajones, tropiezos perdonables y que en realidad son más bien impresiones de este lector que tiene ese problema, el de involucrarse demasiado. Por eso después de astillas, hoy mismo (ayer, reviso) en la sala de espera del médico, he cambiado radicalmente de tercio, apartando mis compras recientes y me he zampado treinta páginas de una novela social de principios de siglo (y con ella sigo). Me volveré a cruzar con Celso Castro, ahí está entre culebras y extraños, que cierra los relatos del yo. Pero tendrá que acabar la primavera.