viernes, 1 de abril de 2016

DUNAREA RIVER

Foto: http://cj-worldnews.com/
Ignorando el timbre que señalaba el final del recreo, Alina atravesó la apretada marea de estudiantes que regresaba a su aula. Los empellones de los más fornidos hacían trastabillar su cuerpo menudo, pero le ayudaban a eludir la vigilancia del profesor. Ya fuera de su alcance, se dirigió al punto de la valla exterior que sabía más endeble y se introdujo entre dos barrotes, empujando con ambas piernas uno de ellos, que, carcomido por el óxido, cedió con facilidad.
Cuando puso los dos pies fuera del recinto, corrió hacia el otro lado de la calle. Entre la arenilla del asfalto desgastado brotaban lánguidas algunas briznas de hierba, de un verde intenso. Las sienes le palpitaban por la emoción y el esfuerzo.
El sonido de un claxon la puso sobre aviso. Pegó la espalda a la pared y observó como el coche avanzaba con lentitud hasta detenerse junto a ella. La ventanilla tintada bajó emitiendo un zumbido. Tamborileando con las manos sobre el volante, Stefan la miraba con una sonrisa de hiena.
—Esta vez lo has conseguido, ¿eh? Sube.
 En lugar de abrir la puerta, la muchacha, entre risas, se introdujo por la ventanilla y reptó hacia el asiento del acompañante. El coche retrocedió y las ruedas giraron, crujiendo la goma con la maniobra.  

***

El cielo plomizo combinaba armoniosamente con los ocres de las pequeñas parcelas labradas, que se extendían parcheando las terrazas ganadas al río. En el horizonte, la bruma flotaba sobre el perfil azulado del Danubio. Stefan paró el motor y bajaron del coche. Rodearon una valla de madera grisácea, medio podrida por la humedad, atravesando un pequeño huerto. Se dirigían a un bosque de hayas cercano y allí se dejaron caer sobre el lecho de hojas que tapizaba el suelo. Pequeños claros azules se abrían y cerraban entre la cúpula de nubes.

***

Alina llegó a su casa al anochecer. Su padre dormitaba en el sofá del salón. La luz del televisor teñía sus facciones de un color azulado. Su madre trajinaba en la cocina, lo dedujo por el ruido de los vasos y platos entrechocando en el fregadero. La mujer detuvo su tarea y se secó las manos con un paño. Descubrió la sombra de su hija atravesando el pasillo y le chistó para que se acercara.
Lo que siguió fue la inevitable pero inútil disputa entre una madre hastiada, abrumada por el peso de tres hijos, un marido apático y los exiguos ingresos y una adolescente colérica, celosa de su independencia, que decía sentirse incomprendida. Un entrechocar de carneros que concluyó con el dedo tembloroso de la madre agitándose en el aire, blandiendo una amenaza tan inverosímil que se deshizo, como el humo de un cigarro, nada más pronunciarse y la joven sellando su disconformidad con un portazo.
En la soledad de su habitación, Alina cedió al llanto y cuando se agotaron las lágrimas, recordó las palabras de Stefan. Su invitación para ir con él a España. Y comenzó a urdir en su refugio de almohadones y anacrónicos peluches un maravilloso porvenir lejos de Rumanía. Como un molesto augurio, emergieron las palabras avisadoras de su madre:
—Ten mucho cuidado, hija, no te dejes engañar. Te gusta demasiado soñar despierta. Ese chico es mayor para ti. ¿A qué se dedica en España? ¿De qué vive?
Alina no pudo contestar, pero no le importó en su momento ni le importaba ahora. Tumbada sobre la cama siguió construyendo su vaporoso castillo, añadiendo nuevos detalles, hasta que cayó dormida. Soñó con las playas arenosas, la espuma de las olas del Mediterráneo mojando la arena atestada de bañistas y el sol escupiendo llamaradas sobre un cielo añil sin rastro de nubes.

***

Alina se ovilló en el asiento del acompañante, intentando dormir. A veces se incorporaba sobresaltada por las luces que surgían en todas direcciones. No sabía que España estuviera tan lejos. La aguja oscilante entre los ciento veinte y los ciento cuarenta del cuentakilómetros dilataba el tiempo, que transcurría en la inactividad más soporífera.
A mitad de camino tuvieron que hacer una parada para que Stefan durmiera unas horas. La joven contempló con deleite su cuerpo derrumbado sobre los asientos traseros, el fuelle de su pecho subiendo y bajando con lentitud. Se acercó como un gato nocturno a su presa y estampó un leve beso, casi un roce sobre los labios del joven, que abrió los ojos y se revolvió en sueños.
Alina recorrió la explanada de la estación de servicio, vacía a las cuatro de la madrugada, tratando de descifrar los letreros en francés. Pensó en sus padres, especialmente en su madre.
—Sabes tan poco de la vida, hija.
Le había dicho esto con una mirada envuelta en varias gasas de tristeza. No podía esperar otra cosa de ella, más que escepticismo. Hacía tiempo que había bajado los brazos y se había rendido. Pero, ¿cómo podía creer que su hija, con sus volcánicos dieciséis, casi diecisiete años renunciaría a sus sueños? No se puede exigir prudencia a quien tiene el tiempo en sus manos.
Los dientes de Alina rechinaron, enervada por sus propios pensamientos. Respiró hondo. Ni siquiera había dejado una nota. Quizá su marcha era al fin y al cabo un alivio.
Una imagen surgió de pronto entre la bruma de su memoria. En mitad de la noche, su madre la sostenía acunándola entre sus brazos. Temblaba por la fiebre. ¿Cuántos años tenía? Cuatro o cinco, era uno de sus primeros recuerdos. El cuerpo blando y caliente de su madre le reconfortaba. Recordó el brillo cálido de sus ojos. Miró la carretera bañada por la oscuridad y le pareció un mar sin orilla. Notó entonces, por primera vez, el escalofrío de la nostalgia y sintió miedo.
Stefan comenzó a toser y se incorporó frotándose los ojos.

***

Un pequeño grupo de mujeres rodeó a Alina. Parecían estatuas de sal bajo la luz bermellón. Una de ellas, con los ojos perfilados como si fuera Cleopatra, agarró con suavidad la cara de la joven. Le dijo algo en español que Alina no entendió y lo volvió a repetir dirigiéndose a las demás. Se fijó en su torso casi desnudo, la negra aureola de los pezones transparentándose a través de una blusa de gasa roja, el fino tanga que apenas cubría el pubis, las largas piernas sobre los zapatos de tacón. Sintió cómo le subía la fiebre y le ardían los párpados, que empezó a notar muy pesados. Entonces otra de las mujeres se acercó sosteniendo un espejito en forma de corazón con varias rayas dispuestas en paralelo.
—Te ayudará, dijo.
O eso entendió. Alina esnifó enérgicamente y sintió como un fogonazo y un sabor amargo. Tosió y el resto de las chicas rieron. Luego notó una repentina y creciente sensación de euforia, se recompuso la poca ropa que llevaba y se dirigió al salón.

***

Habían llegado a España a mediodía. Aparcaron junto a un pequeño chalet a las afueras de una ciudad costera. Alina no sabía dónde estaba exactamente, porque las últimas horas, desde que habían parado en Francia, había hecho el viaje dormida. Preguntó a Stefan, que permaneció impasible. Le sorprendió su mutismo, el gris que sobrecargaba su mirada, cómo evitaba siquiera rozarla.
—Ahora cuando lleguemos hablamos—sentenció.
El chalet tenía un salón con una cocina americana. Una gran cristalera daba a un jardín con piscina. Quiso abrazar a Stefan, pero éste la rechazó y se llevó un dedo a la boca para exigirle silencio.
De un dormitorio salieron dos hombres con aire rufianesco. Alina se sobresaltó, pero cohibida por la actitud de Stefan no dijo nada. Los dos matones se acercaron al joven y le dijeron algo al oído. Luego estallaron en carcajadas. Uno de ellos recorrió con los ojos a la muchacha y se acercó. La zarandeó violentamente por un brazo. Alina sintió su corazón latiendo con fuerza e intentó soltarse. Los tres hombres se sonrieron.
Stefan cogió las llaves del coche y salió. Los gritos de la muchacha quedaron amortiguados por la puerta al cerrarse y ahogados definitivamente por el ruido del motor.

***
Al final de la noche apenas quedaba un par de borrachos, que lanzaban manotadas a las chicas y consumían la última copa entre grandes risotadas. El dueño del club bajó las escaleras acompañado de dos matones rapados y condujo a los alborotadores hacia la puerta. Alina se acodó en la barra. Le dolían las piernas y la garganta. Apuró su última copa y rechazó una nueva raya que le ofrecieron.


Este relato fue inspirado por una noticia sobre una red que captaba a mujeres para su prostitución mediante el método "lover boy", según decía "las víctimas, procedentes de sectores desfavorecidos, eran seducidas en Rumanía por jóvenes carismáticos y apuestos que, tras conseguir enamorarlas, las invitaban a viajar a España donde finalmente eran obligadas a prostituirse". 

18 comentarios:

  1. Siempre que me entero de noticias como la que ha inspirado tu relato me pregunto cómo se puede caer en trampas tan burdas. Tú has recreado muy bien cómo se urde algo así.
    He leído tu relato con un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo. Soy madre de una niña un poco mayor que tu protagonista, y aunque su situación económico-familiar es muy diferente el temor de que pueda ser engañada por cualquier "lover-boy" de tres al cuarto está ahí. La juventud tienen muchas virtudes pero también muchos peligros: "no se puede pedir prudencia a quien tiene el tiempo en sus manos", qué gran verdad, Gerardo.
    Cuántas veces mi pareja y yo charlamos con nuestra hija sobre los peligros que acechan ahí fuera, cuántas veces la intentamos concienciar para que no se confíe, para que sea prudente. De momento está dando resultado pero todavía no estoy segura si ha sido por nuestro celo o por simple suerte: nuestra niña es bastante sensata. ¡Qué difícil es ser padre!
    Fenomenal relato, Gerardo, me has puesto los pelos de punta.
    Un abrazo.

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    1. Mis hijos son pequeños, pero convivo con adolescentes y me llama la atención lo manipulables que son. Cuando escuché los del "lover boy" se me pusieron los pelos de punta, pero no lo vi tan descabellado. La prudencia es una virtud y me temo que se adquiere con los años y está claro que los padres no ganamos para sustos.
      Me alegro que te haya gustado, Kirke, es difícil tratar temas tan espinosos, pero a veces uno tiene la necesidad, lo haga mejor o peor.
      Un abrazo.

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  2. Qué pena y qué triste, y qué real, desgraciadamente. Redes de prostitución, últimamente las redes yihadistas también, que se aprovechan de la vulnerabilidad de las jóvenes, de sus fantasías y sus sueños adolescentes y de sus ansias de libertad. No entro en el tema de los padres porque es tan complicado...
    Un relato escalofriante. Un acierto ir dejando escenas sueltas y dejar que sea el lector quien rellene los huecos.
    Un abrazo

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    1. Gracias, Lorena. En este caso seguro que la realidad supera a la ficción. Las personas vulnerables, como bien dices, son más susceptibles de ser sometidas o manipuladas. Siempre habrá desalmados dispuestos a sacar provecho de los más débiles.
      Un abrazo.

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  3. Dejo un comentario, para que sepas que te leo y también sepas que me gusta como escribes, pero sin comentarios...

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    1. Gracias, Pura. Es gratificante escribir y ser leído. Un abrazo.

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  4. Me ha dejado muy impresionado tu relato. Transmite muchas cosas con mucha mucha fuerza: la ingenuidad y el sueño adolescentes, disfuncionalidad familiar, la rendición de una madre desbordada por la vida, y la frialdad de los miembros de la banda.

    Cuando leo estas noticias, puedo llegar a comprender que personas vulnerables se agarren a un clavo ardiendo para intentar mejorar su vida. Pero lo que nunca llegaré a entender es que existan personas con un grado de maldad tal como para organizar semejante operación y explotar a otras personas de ese modo.

    Volviendo a tu relato, me ha encantado como lo has dividido en escenas. Contando sólo algunos momentos, cuenta mucho más de lo que dice, y lo lanza hasta lo más profundo del lector.

    Gracias

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    1. Gracias, José. Al principio el relato entraba en más detalles, pero lo fui reduciendo y dejando en lo esencial. No deja de ser, eso sí, una simple mirada desde la ficción, pero me alegro que te haya gustado. Respecto a la maldad, sobran los ejemplos a su favor. Sin ir más lejos, creo que has presenciado uno de ellos muy de cerca. Espero que todo vaya bien y las aguas vuelvan a su cauce.
      Un abrazo.

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  5. Es difícil de concebir mayor miseria humana que la del tráfico de personas, sobre todo el que llevan a cabo poderosas mafias para la explotación sexual a mujeres, casi niñas. Sólo pensarlo se me pone el vello como escarpias! Hay un cortometraje de Victor Postiglione (6 minutos) que te invito a ver en este enlace https://www.youtube.com/watch?v=aQgj--tIUfs
    Comparto.
    Feliz fin de semana

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    1. Echaré un vistazo a ese video, Marybel. Te agradezco la recomendación. Efectivamente, según la ONU el tráfico de personas es la esclavitud de nuestro siglo y afecta a nivel global a más de 20 millones de personas.
      Un abrazo.

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  6. Hola, Gerardo, cuando leí tu entrada puse un+ pero no podía dejar de escribir un comentario. Por varias razones me ha gustado mucho. Primera, la forma de narrar y conducir la tensión del relato ha sido excelente. Muy bien creado el ambiente de rebeldía y soledad de la adolescencia, el ambiente familiar, la ilusa esperanza de la chica, en fin... La segunda, la denuncia de una realidad que vive nuestro juventud . Gracias por escribirlo y publicarlo. Cariños.

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    1. Gracias a ti por leerlo y por los elogios. Es un relato en el que he trabajado bastante, pero a pesar de todo no le vendría mal una revisión (otra) más. El episodio real me impresionó y es lamentable que en la era de los derechos humanos estos se incumplan ¿más qué nunca? No lo sé.
      Un abrazo.

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  7. Terrible relato y, sobre todo, terrible realidad. Estamos tan acostumbrados a estas noticias que creo que no tenemos asumido todo el horror y el terror que padecen estas mujeres, a veces niñas, cuando llegan a su destino y se encuentran con su destino. Tu relato lo manifiesta de forma escueta, pero contundente. Y tan bien escrito como siempre.
    Un abrazo.

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    1. Eso creo, se trata de una realidad asumida. Nadie mira un club de carretera pensando que alguna de sus mujeres puede ejercer forzada y que puede incluso haber menores de edad. Me alegro que te haya gustado, Rosa.
      Un abrazo.

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  8. Terrible. Esa es la realidad de la mayor parte de la prostitución, una auténtica trata de blancas (sean del color que sean, claro). Nunca comprenderé a un hombre que no se pregunte qué hay detrás de las mujeres a las que compran sexo por dinero.
    Buen relato.

    Un abrazo!!

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    1. Creo que esa circunstancia es una de las razones de que exista la trata, entre otras. Me alegro que te haya gustado.
      Un abrazo.

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  9. Un relato muy impactante a pesar que este tipo de noticias asaltan de continuo los diarios y noticiarios. Hay dos películas que he rememorado con tu historia: La venganza, y trata de blancas.Y un libro: La chica que llevaba una pistola en el tanga. A su vez un pequeño relato de Reverte: Cachito.
    Ya ves la cantidad de referencias que hay sobre el secuestro, engaño de las jóvenes adolescentes a las que se les promete el oro y el moro, como las engañan estas mafias despiadadas a las que solo les interesa el dinero ganado a costa de la explotación sexual. Tristemente y a lo largo de la historia, esta misma se repite gracias a los asiduos clientes de los clubes de alterne y los prostíbulos disfrazados de spa, gimnasios y saunas.
    Buen relato compañero.
    Saludos

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    1. Gracias, Francisco. No conocía las peliculas y libro que citas, tomo buena nota. Especialmente el relato de Reverte, tengo curiosidad. Un saludo.

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