viernes, 19 de febrero de 2016

EL ASIENTO VACÍO

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Siempre, después de una noche de vigilia, me cuesta hilar más de dos horas seguidas de sueño. Suena contradictorio, pero así es. Llegas a casa al amanecer, te metes en la cama y sobreviene un periodo de inconsciencia donde el cuerpo cae de puro agotamiento; pero al poco revive como Lázaro: las emociones y recuerdos espantan el sueño a manotazos con frases tomadas aquí y allá. Se derraman entre los sesos instantáneas fijadas con mi Nikon de seis dioptrías, pequeñas secuencias que brotan a cada bandazo que doy en la cama. Escribir es mi manera de recuperar el sosiego y de paso atrapar una porción de vida en esa resina pegajosa que es el texto escrito, deformándola, pero también preservando parte de su esencia. 

Pero a lo que iba, había recibido un premio literario y justo anoche fue la ceremonia de entrega. El acto rendía homenaje a un gran poeta fallecido, allí estaban su viuda y su hija. Se entregaban importantes premios de narrativa, poesía y pintura, un festín de miles de euros a repartir. Y unas pocas migajas para el autor local cuyo relato corto había sido elegido, quizá, por una mera carambola. Ese era yo. El último de la fila. Pero estaba tan habituado al fango de la trinchera, que aquella minúscula bandera blanca me trajo un extraño alivio.

Me citaron con antelación, explicándome el protocolo, que exigía vestir de etiqueta. Como el nudo de la corbata se resistía entre el fiambre de mis dedos, llegué tarde. Mascullé una excusa, pero no hizo falta, porque allí se respetaba escrupulosamente la puntualidad española. Me pasaron a un reservado donde camareros con pajarita servían copas de champán y ofrecían aperitivos de almendras fritas y canapés de salmón ahumado. Alguien me presentó a alguien, compartí un par palabras, me fumé un cigarrillo; nada relevante.

Tuve mi momento cuando me llamaron por mis dos apellidos y luego mi nombre (qué extraño suena en la voz de desconocidos). Me abroché el botón de la americana y subí al estrado. Entre el público estaba mi familia. Mi hijo lloriqueaba desde la platea, rabioso por estar sometido a dos horas de inmovilidad y silencio. La viuda del poeta me hizo entrega del premio, sentí su abrazo octogenario y recordé a mi tía abuela, cuyo corazón dejó de latir con noventa y siete años. Me vino a la cabeza, en fin, toda la estirpe de mujeres labradoras y aunque no era más que un figurante en aquella película, aproveché mi minuto, por si la oportunidad no volvía a repetirse.

Bajé del escenario y mi sitio lo ocupó el insigne escritor, amigo del poeta homenajeado. Cabeza pensante de las letras españolas, había sido invitado al evento para darle aún más lustre literario y nos ofreció media hora de clase magistral.

Después del acto se celebró una cena de confraternización. Cuando llegué al restaurante, tan sólo había dos sillas libres en una larga mesa corrida. Una de ellas junto al insigne y enfrente estaba la viuda del poeta y su hija. Me vi en una encrucijada. Dudaba, sin dejar de caminar hacia la mesa. Y entonces cayó sobre mí el granizo de la inseguridad, la timidez con toda su fuerza. Visualicé aquel trío de ases. Faltaba una carta por repartir y yo no era ni picas, ni diamantes, ni siquiera el ambiguo comodín; yo no podía completar ningún póker con mi insignificante relato de cinco páginas a espaciado doble con letra Arial de doce puntos; no llegaba ni al siete de tréboles, ni siquiera ocupaba un lugar en la baraja, así que me deslicé hacía el otro sitio disponible.

La noche transcurrió de forma amena y apacible, a pesar de mi deserción. Los remordimientos se fueron apaciguando, sirvieron el vino, brindamos, nos hicieron fotos, pero el sitio libre junto al insigne escritor no fue ocupado por nadie. Aquel asiento vacío era como un dedo acusador al que no me atrevía ni mirar.

Durante la cena, al conversar o simplemente observar a los pintores o escritores premiados, se proyectaban en mi cabeza fragmentos de sus obras y era como si pudiera escudriñar en ellos más allá de lo que aparentaban ser. Uno de los cuadros era de un realismo apabullante. En él, una mujer madura exponía su pecho cercenado por un tumor. Su mirada era de intensa introspección, parecía dispuesta a presentar batalla y no rendirse: el arte casi siempre ha ignorado a la enfermedad. En el otro extremo de la mesa, llamó mi atención una pintora que había sido capaz de apreciar la carga poética de unas flores, brotando de forma insólita, casi milagrosamente, de una alcantarilla. Allí en su esquina opuesta a la mía, desprendía una luz de espectro y al acabar la velada se deslizó despidiéndose de todos, incluso de mí.

Me senté enfrente del primer premio de poesía y su mujer. Tenía aspecto de boxeador curtido y el pelo largo enmarañado; recordaba a cierto retrato de Beethoven, pero no percibí en su mirada la tormenta del músico, sino reflexión. Un mar en calma, apenas alterado por los versos que llegaban como una lejana brisa, según nos contó, en los breves trayectos en metro y cercanías. Su mujer tenía aspecto de sirena, y costaba poco imaginarla en la proa de la nave Argos, con el pelo rubio agitado por el viento. En mitad de la cena pidió un cóctel a base de vodka y zumo de naranja, bautizado como destornillador en honor de los mineros rusos, quizá de los tiempos del estajanovismo, que utilizaban la herramienta como improvisado exprimidor.

A veces me quedaba varado en tierra de nadie, porque o bien me ignoraban o bien no me daban réplica, eran segundos en los que podía seguir observando sin temor de ser visto.

Me detuve en la espalda descubierta de la hija del poeta, girada en su conversación. Solo llegué a atisbar un leve fragmento de su cara y me recordó a un cuadro de Dalí que retrata a su mujer de espaldas. Está desnuda, con parte de las piernas cubiertas por una sábana y se observa a sí misma, pero su reflejo se ha transformado en un extraño edificio de finas columnas y cúpulas sobre un desierto de arena. Mientras encendía un cigarrillo y exhalaba la primera bocanada, me pareció percibir en ella una mueca de hastío y de nuevo el dedo acusador se extendió señalándome el sitio que debería haber ocupado.

"Mi esposa desnuda" de Salvador Dalí (foto: contenido.com.mx)

La cena se acabó, el árbol se fue desojando y me despedí de aquellos con los que había compartido mantel. Miré por última vez la silla vacía junto al escritor. Su sitio, y el de la familia del poeta, también estaban vacíos. A estos frutos se los ha llevado el viento, pensé.

Pasé el resto de la noche en oscuros garitos, antros donde sonaba la música rock y se reunían individuos de la peor y mejor especie, invitándome y dejándose invitar. Recorría con la mirada la barra, el llenar y vaciarse de los vasos y la nube de humo que se adueñaba como una telaraña de los techos, mientras recibía felicitaciones de amigos y conocidos, como si acabara de regresar de Estocolmo el día después del Nobel. "No sabía que escribías", fue lo más repetido. Y bueno, qué triste, escribir y no ser leído, aunque el hecho de componer unas líneas, extraer la poesía que subyace en la realidad, aparentemente plana, aparentemente muda, crear una historia y darle vida, con la destreza que cada uno pueda, sea de por si reconfortante.

Caminé hasta casa apurando una lata de cerveza que había comprado en un veinticuatro horas, detrás de una muchacha descalza. Estaba amaneciendo. Al rebasarla no pude menos que preguntarle, con toda mi apariencia y tono de buen padre de familia, por sus lacerados tobillos y me miró sonriente, sin decir palabra. Por fin caí en la cama, casi me zambullí, porque de repente todas las emociones de la noche se me vinieron en tromba y me aplastaron. Peleé conmigo mismo, pero al final claudiqué y derramé unas cuantas lágrimas. Exhausto, me dormí, hasta que me despertaron los recuerdos revoloteando como moscas incansables y tuve que levantarme y aquí estoy escribiendo.

***
El insigne escritor tamborilea encima de la mesa y enciende el segundo cigarrillo de la mañana. Parece que el taxi que le tiene que llevar a la estación va a tardar una media hora. Para entretenerse y de paso ejercitar el músculo literario, ha pensado aprovechar los cuatros pliegos de papel membrado del hotel que hay sobre el escritorio y escribir unas líneas.


Hotel Abadía
C/ Bodegueros, 3
****** **************

Me invitaron al acto de entrega de premios de un certamen literario y artístico ya con solera, en un pueblo de La Mancha y aunque no me apetecía viajar (era el mes de agosto, habíamos inaugurado la piscina del chalé y tenía a los nietos en casa), acepté porque en esa edición homenajeaban a un poeta amigo mío, recientemente fallecido.
La ceremonia transcurrió con la solemnidad debida. El público aplaudía, sonaba la música y se leyeron algunos versos del difunto, pocos y no los mejores, a mi entender. Como alguien se encargó de decir, una parte de él, en sus palabras, había sido distraída de la muerte y al menos gozaría de mayor tiempo en la tierra. Habrá quién llame a esto eternidad, pero conociendo la magnitud del cosmos, utilizar esa palabra se me antoja excesivo.
Los premiados fueron subiendo al estrado, para dedicarnos unas palabras. Yo observaba su ir y venir. Exultantes, emergían de entre la oscuridad del patio de butacas como recién paridos y subían al estrado con gravedad. En cierto momento, un niño pequeño se puso a berrear, haciendo volverse las cabezas de todos y pensé en qué clase de padre obliga a una pobre criatura a asistir a un acto así, dos horas de sopor se me antojan peor que una condena a galeras.
En fin, me ha tocado intervenir y entre otras cosas, he hablado de la experiencia estética, de qué manera surge la metáfora, como la cara imaginada de la realidad que todos vemos, pero que el escritor entiende o no, pero en cualquier caso disecciona con el escalpelo de sus propios sentimientos y sensibilidad y recompone, haciendo literatura.
Después del acto me han llevado a cenar a un ruidoso restaurante. Me he sentado en un extremo, con la viuda de mi amigo y su hermosa hija, dejando convenientemente una silla vacía. Nadie la ha ocupado, por suerte, porque por una extraña razón conforme avanzaba la velada se me ha ido agriando el humor y al final me he marchado sin despedirme de casi nadie. Luego dirán que me lo tengo creído o que me he endiosado. Como decía padre, que les den morcilla.
A pesar de todo, me ha extrañado la falta de hostigamiento, porque había una nube de políticos dándome sus parabienes antes de la ceremonia y ha sido ver la cena, que incluía las copas y se han arremolinado en torno a la barra como abejas a su panal, dejándome desvalido. No sé si tomármelo con alivio o como una ofensa. Sí recuerdo un momento en el cual un joven, creo que uno de los premiados, se ha acercado a la mesa y me ha parecido verle dudar, cuando ha reparado en el sitio vacío que quedaba a mi lado. Finalmente se ha sentado frente a una rubia imponente, está claro que mi prestigio literario no ejerce el suficiente magnetismo.

39 comentarios:

  1. Buen relato, con sus dosis de ironía que me han hecho sonreír.
    El mundo de los premios literarios es un misterio. No sé cómo funciona, aunque sí sé que suelen repetirse los nombres de los premiados.
    Salud, Gerardo

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    1. Hacer competir a los escritores como si fueran corredores de fondo o lanzadores de peso es un tanto extraño. De acuerdo que hay criterios para medir la calidad, pero, ¿sirven para elegir uno entre doscientos o trescientos?
      Gracias por tu comentario, Isabel. Saludos!

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  2. Un escrito fantástico, Gerardo. Me ha gustado mucho. Esa doble perspectiva de la silla vacía por parte del yo narrador y del insigne es interesante y la transmites increiblemente bien.
    Un abrazo fuerte

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    1. Gracias, Juan Carlos. Esa era parte de la idea, me alegra haber dado en el blanco. Un abrazo!

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  3. ¡Qué buena historia! Te ha quedado redonda, Gerardo. Ese comienzo no pudiendo conciliar el sueño por lo acontecido y ese final en el que vence el sueño después de hacernos partícipes de ello, con esas dos visiones de unos mismos hechos magníficamente narrados.
    Me he quedado con muchas certeras frases: qué extraño suena nuestro nombre en la voz de desconocidos, que el arte casi siempre ha ignorado a la enfermedad, que es triste escribir y no ser leído...
    Mi conclusión es que los primeros y últimos de la fila sólo existen en nuestra cabeza, y (como dice una frase que viene al caso), lo que crees, creas.
    ¡Un beso, buen finde!
    Pd: Me has dejado con la duda de si es real o no, pues tiene tintes de verídico y no me extrañaría.

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    1. Te saco de dudas: es en gran parte verídico. Excepto lo que se refiere al texto del insigne escritor del final, claro está. Me quedo también con tu frase: "lo que crees, creas", aunque la realidad es muy tozuda...
      Un abrazo, Chelo.

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  4. La primera perspectiva se me hace más cercana... en la vida es difícil saber qué silla elegir y no siempre hay asientos libres...
    Me encanta como escribes y me haces reflexionar... dos formas de ver la misma situación, dos vidas que se cruzan y una historia compartida...
    Buen relato y si es real, felicidades por el premio¡¡¡

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    1. Gracias, Francis. Hay mucho de real, sí. No había pensado en la silla vacía como metáfora de la vida. En mi caso, me causa mayor desazón tener que elegir que no encontrar ningún sitio libre.
      Un abrazo!

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  5. Jajaja si la memoria no me falla, me han decepcionado muchas de las novelas premiadas que leí y de los que llevan la pegatina best-seller ni te cuento. Me he autoexiliado de los premios, que a fuerza de repeticiones y promociones ya conforman una especie de subgénero. Ojo, también hay excepciones!! Pero opto por otros criterios de lectura.
    Reflexiones aparte, tu relato me ha atrapado. Fíjate que según iba leyendo pensaba que posiblemente el relato del protagonista fuese más ingenioso y pulido que el primero. Sabes captar la atención del lector. Tiene pasta para ir a concurso jajaja. La apreciación de una obra es una cuestión de temperamento no de enseñanza, o no?
    Un abrazo

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    1. Los grandes premios son una estrategia de márketing más. Yo también me decanto por otros criterios a la hora de elegir mis lecturas. En cuanto a tu pregunta, no sabría decirte. El temperamento requiere a veces ser domesticado. Pensaré lo de los concursos, pero no suelo tener mucha suerte...
      Un abrazo!

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  6. Cada vez me gusta más leerte porque creo que escribes de maravilla. En la forma y en el contenido. Este relato es muy bueno, con los dos puntos de vista y la conclusión a la que llego es que, al final, el escritor consagrado y el novel tienen las mismas inseguridades, los mismos temores. Un bálsamo para mi timidez.
    Muy bueno. Un abrazo.

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    1. Puede que así sea, al fin y al cabo, el escritor consagrado fue aprendiz en su día. Me alegro que te guste, hace más de un año que lo escribí y desde entonces ha dado vueltas y revueltas. Pero en fin, puliendo y puliendo siempre se logra sacar algo.
      Un abrazo, Rosa.

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    1. Gracias, Pura. No llega a tanto, ni mucho menos, pero me alegro que te haya gustado.
      Saludos!

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  8. Aún con la duda de qué es real y qué inventado (ya sabes que soy muy torpe con lo de la metaliteratura) percibo que sientes cierto agobio cuando recibes un homenaje, aunque sea repartido entre varios, y podría aconsejarte que no fueras a recoger ningún premio (como llevan a gala otros 'famosos') pero viendo lo que eres capaz de escribir después, he cambiado de opinión.
    Por favor, vete a recoger todos los premios que te den y luego nos lo cuentas. He disfrutado mucho leyéndote (lo real y lo que no, aunque no me haya enterado muy bien qué cierto y qué no).
    Un beso y enhorabuena. Y que caigan muchos más (premios).

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    1. Jajaja, buen consejo. Pero esos famosos que rechazan los premios pueden permitirse el lujo de hacerlo. En mi caso, soy tan insignificante que pecaría de soberbia, así que a pesar de la vergüenza que puedo pasar, transijo. Eso sí, las ocasiones son contadísimas, por eso el dedicarle unas lineas. Además, aquella mañana fue la mejor solución para mi insomnio. Gracias por tu comentario, besos!

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  9. Uff ¿qué elegir o cómo saber que se elige bien? Me ha gustado mucho el relato. Admiro a los que sois capaces de construir hermosas historias. Beoss.

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    1. Soy de los que se angustian ante la posibilidad de elegir, supongo que el origen de todo es la inseguridad y el miedo a equivocarse. Gracias por leerme, Marisa. Besos!

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  10. Creo humildemente, que el mejor premio de alguien que escribe es la satisfacción de tener la facilidad de plasmar en un folio blanco todo lo que se le viene a la cabeza. liberarse de esas historias que le llenan y quiere compartir con otros.
    Los premios públicos, los importantes, como Goyas, Oscares y Nobeles, Planetas y Cervantes se los llevan siempre los mismos seudónimos y los mismos apellidos. Los del montón ,que son muuuuchos más numerosos se conformarán con las migajas que alimentarán ese ego que todos poseemos dentro.
    Opino que escribir debe de ser como el deporte; Lo prácticas para sentirte bien y superarte a ti mismo. Si el destino y nuestro esfuerzo nos reserva algunos modestos laureles ¡Pues bienvenidos sean!
    Un bonito escrito el tuyo Gerardo.

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    1. Escribir tiene un valor terapeútico, como bien señalas, Francisco. Y es una necesidad difícil de explicar, pero que está ahí. Los premios son parte de ese espíritu deportivo, pero como ya comentaba más arriba, los tomo con reservas porque creo que la literatura tiene una parte no cuantificable. En cualquier caso, como nos gusta, pues seguimos.
      Por cierto, el ego tiene mala fama, pero te aseguro que carecer de él o tenerlo atrofiado, no ayuda en nada a la felicidad.
      Gracias por leerme, saludos!

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  11. "Qué triste escribir y no ser leído". Se diría que el trabajo de escritor es un trabajo de introspección, que el escritor escribe para sí,y sin embargo está ahí siempre latente ese pequeño ego (en algunos casos no tan pequeño) que quiere ser leído y reconocido. Y a la vez (y paradójicamente) cierto pudor a ser leído. Inseguridades, también, el temor a ocupar esa silla vacía que se piensa que no corresponde.
    Me ha gustado también la última parte como contrapunto a la primera. Una misma situación con dos visiones distintas. Cuántas veces ocurre eso en la vida.
    En cuanto a los premios, sirven para dar visibilidad, no cabe duda, pero no necesariamente los premiados tienen por qué ser mejores que los no premiados.
    Un abrazo.

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    1. Es una paradoja porque el deseo de ser leído no se puede reducir a una cuestión de ego: no es simple exceso de autoestima, va más allá. Chateaubriand, por ejemplo, escribió sus "Memorias de ultratumba" a las que dedicó toda su vida y cedió sus derechos a una sociedad para que las publicara después de su muerte (no cumplieron, por cierto). Quería ser leído, pero no en vida, ¿otra paradoja? Quizá...
      Gracias por leerme, Lorena. Un abrazo.

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  12. Excelente! las dos ópticas del mismo hecho, el juego del lenguaje en uno y en otro texto para crear un conjunto completo. El premiado y el invitado se convirtieron en personajes de una historia excelente sobre los premios y la parafernalia del acto. Me gusta la ironía, la crítica, !Felicitaciones!

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    1. Gracias, María. Hay más ironía que crítica, en realidad (eso creo), no soy tan dañino, jeje.
      Saludos!

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  13. Siempre me han gustado las historias contadas desde varias perspectivas, como "El cuarteto de Alejandría". Ver cómo la misma escena se perciben de forma diferente por personas distintas como haces en este magnífico relato. Me pregunto si la viuda no pensaría que el asiento vacío estaría reservado a su marido. Felicidades, Gerardo. Un abrazo

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    1. No se me había ocurrido pensar en ello, gracias por la idea. Y si te digo la verdad, pensando en los hechos reales que inspiraron esta historia, ese asiento acabó ocupado por un despistado que llegó aún más tarde que yo. Creo en la ficción como deformación de la realidad y ese señor me molestaba, por eso dejé el asiento vacío durante toda la cena. Gracias por tu atenta lectura, Ana.
      Un abrazo.

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  14. Me encanta tu historia, escrita con una buena dosis de ironía, y contada por dos narradores. El primero se hace muy cercano, supongo que porque en él hay mucho de real, pero el segundo me gusta también. Sería curioso conocer el punto de vista de la viuda, saber qué le pareció que la silla quedara vacía.
    Un relato estupendo, Gerardo, felicidades.
    Un beso enorme

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    1. Ya me lo había comentado Ana, es muy interesante ese punto de vista y quién sabe...
      Gracias por dedicarme un ratillo, saludos!!

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  15. Ja. Muy bueno. Excelente el juego de la figura/contrafigura. Buen día.

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    1. Gracias, Pepa. Es curioso como cambian las cosas según el punto de vista... Saludos!

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    2. Sí, este comentario tuyo, sin embargo, solo tiene una perspectiva: "verdad absoluta". Jjjj. Un saludo.

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  16. Me ha gustado mucho tu cuento. Lo que más me ha impactado es el dilema al que se enfrenta el protagonista a la hora de sentarse a la mesa – me he sentido muy identificado. No porque yo me haya visto alguna vez en la tesitura de acudir a recibir un premio literario (los concursos literarios y yo tenemos, por así decirlo, una relación poco fructífera; pero eso es ya harina de otro costal), sino porque la situación me recuerda a tantas otras vividas en reuniones de trabajo.
    ¿Dónde debo sentarme? ¿Ese sitio no es demasiado honorífico para mí? ¿Pero si me siento a un extremo, qué pasará cuando el peso de la discusión se traslade a mi tema? ¿Podré intervenir como debo?
    Mis padres me dieron una máxima que aún utilizo, creo que en general con éxito: ante la duda, es preferible sentarse en un lugar modesto y que te saquen de él para llevarte a uno más central, que el sentarse en un puesto de honor y que nos digan: "levántese de aquí y váyase usted a aquella esquina". Pero también es cierto que vida nos procura muchas situaciones como la que describes: cuando un paso audaz, dado sin ánimo de protagonismo pueril sino por ganas de aprovechar las oportunidades que se nos presentan, puede abrirnos muchas puertas. Quien no se moja no cruza la mar…
    También estoy de acuerdo contigo en que el deseo de ser leído no puede ser reducido a una cuestión de ego. Es parte integrante de la obra literaria, como ser visto lo es de la pictórica o de otros tipos de obra artística. No se trata de la fama por la fama, sino, al menos para mí, es la última etapa del proceso creativo. Bueno, quizás la penúltima, si añadimos la posibilidad de recibir los comentarios de los lectores.

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    1. Todas esas pequeñas decisiones que tenemos que tomar a diario y que adquieren a veces tanta trascendencia, generan angustia por todo su abanico de posibles. También te digo que hay personas a las que se las trae al fresco y no se complican la vida: tan solo siguen la corriente. En cualquier caso prefiero, como tus padres, la prudencia al exceso de audacia.
      Ser leído es un fin, forma parte del proceso creativo. Aunque es curioso, porque tengo textos que, al menos a día de hoy, son más un ejercicio privado de introspección (me ha quedado muy serio esto, jaja) que no pienso compartir. Ocurre cuando se ejercita la escritura como terapia y es casi un exorcismo o una forma de dejar una huella, de preservar algún momento vivido para recordarlo después.
      En fin, que te agradezco tu comentario y el haberme dedicado unos minutos.
      Un abrazo.

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  17. Un buen relato, muy interesante apreciar las diversas perspectivas de personas que viven los mismos sucesos de formas diferentes. Por otro lado, el tema de las pequeñas decisiones, que comentas en tu respuesta al anterior comentario, siempre es un tema al que le he dado algunas vueltas. Yo siempre me encuentro desplazada en esos eventos, no sé con quién ponerme, etc. En fin, que no me resultan agradables (a veces salen muy bien, pero prefiero, si puedo, no ir).

    Un abrazo!!

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    1. Creo que padecemos (al menos en mi caso) cierta fobia social, lo cual tampoco es para alarmarse, ¿tan malo es estar solo de vez en cuando?
      Las pequeñas decisiones, las encrucijadas que nos salen al paso continuamente, son un auténtico filón literario. Paul Auster es un maestro en este tipo de cuestiones, no enseña que el azar es el verdadero amo y señor de nuestras vidas.
      Un abrazo!

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  18. Gerardo,no me queda otra que sumarme a la opinión positiva de todos aquellos que comentaron tu relato. Lo leí recién publicado y reconozco llevar algo de ventaja en los datos que proporcionas.

    El texto atrae junto con el narrador protagonista desde las primeras líneas. La segunda parte con otro narrador, otra perspectiva, genial, de verdad.

    Un detalle ese niño rubio al fondo del pasillo y fíjate que tanto empaticé con el texto que te confieso que estuve a punto de ir al acto, aunque finalmente no lo hice. ..
    Un abrazo y te comparto encantada.

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    1. Ese rubiales lo paso realmente mal, el pobre. Todo porque su padre lo quería tener cerquita, estos papas, jaja.
      Me alegro que te guste, aunque lo escribí hace más de un año llevaba un tiempo dándole tijeretazos y retoques, es difícil quedar contento y más cuando eres amateur, que dudas a cada línea.
      En cualquier caso y cada vez más, escribir me parece la mejor manera de preservar la memoria de lo vivido.
      Un abrazo!

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  19. Qué tal Gerardo.
    Mi amiga Pura dice que genial, y me ha dicho que lo lea y yo, claro está, he obedecido y digo que, y por no repetir lo de genial, que es una pequeña joyita.
    Sin parecérsele, tiene puntos en común con cierta novela corta que leí hace unos años y que, lamentablemente para su autor, se ha quedado en el limbo.
    Un abrazo.
    E.J.

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    1. Muy buenas, Enrique. Poco le faltó a este para acabar en el limbo también, pero ya puestos (y escrito y requeterepasado), prefería compartirlo con los amigos y al menos darle un final más digno. Me alegro que te haya gustado.
      Un abrazo!

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