miércoles, 23 de septiembre de 2015

"El silencio de Goethe" de Antonio Priante

Portada de la edición de Piel de Zapa, de donde he extraído la foto. 
                                                   
Antonio Priante nació en Barcelona en 1939. Aparte de su actividad en la administración pública, ha estado vinculado al mundo editorial principalmente como traductor. Ha publicado diversas novelas con personajes relevantes de la literatura y el pensamiento como protagonistas: Lesbia mía (Cátulo), La encina de Mario (Cicerón) y El corzo herido de muerte (Larra). Su última obra es un ensayo titulado Del suicidio considerado como una de las bellas artes. 

En El silencio de Goethe (Piel de Zapa en 2015), trata de imaginar la última noche de Arthur Schopenhauer. El inicio, con el anciano filósofo escrutándose delante del espejo, reconociendo sus ojos vivaces y malignos en el reflejo proyectado, introduce con solvencia al lector nada menos que en la mente de una figura capital en la historia del pensamiento.

En principio el tema parecería bastante osado, casi pretencioso, pero Priante maneja el ritmo de la narración de tal manera que todo fluye sin artificios, sobre el lecho de un purismo formal muy de mi gusto, con ironía, algo de humor y por momentos, es fácil olvidar que estamos ante una obra de ficción y creer que es el propio Schopenhauer el que nos habla, con voz de ultratumba.

Revivir la personalidad de un filósofo parece sencillo a priori. Aunque la conciencia de Schopenhauer se apagara al morir, quedó una fracción atrapada en su obra y por tanto puede ser reconstruida. Ahora, vaya tarea la que se echó Priante a las espaldas. Imagino que ya solo la fase de documentación ha debido de ser muy laboriosa. Y el libro son poco más de cien páginas, por lo que hay que sumarle un tremendo trabajo de síntesis, casi de destilación para captar la esencia del filósofo alemán.

Reconozco que encaré al anciano Schopenhauer durante su última noche con miedo, porque temía que el tema me acabara superando. Un vulgar bípedo como yo tenía muchas posibilidades de sentirse abrumado por la propuesta de Priante. Pero soy de los que prefiere probar antes de opinar. Así que busqué, como Schopenhauer, el silencio nocturno de mi casa, cuando mi familia duerme. Apenas la luz blanca del flexo sobre la mesa, Priante-Schopenhauer y yo.

Schopenhauer con 71 años de edad, fotografía de J. Schäfer
(Foto: Wikipedia)
Ya he comentado que el inicio es magistral. En apenas media página de monólogo, ya había alcanzado ese momento de trance que provoca la lectura cuando te engancha. Todo lector conoce esa sensación, de pérdida de noción del tiempo. Parece que el cuerpo se ralentizara para dejar al cerebro reconstruir, reviviendo lo que uno lee.

Lo digo con sinceridad. Que nadie tenga miedo a El silencio de Goethe, porque es una obra totalmente digestiva, no un ladrillo imposible de roer. De hecho, durante su lectura, en la que consumí tres paréntesis nocturnos, abandoné el thriller histórico que tenía entre manos, en principio más accesible (y que por cierto, no he retomado).

En el largo monólogo del filósofo nacido en Gdansk (en la actual Polonia) en 1788, Priante despliega diferentes técnicas para no perder la atención del lector. Así, Schopenhauer piensa en voz alta, mantiene conversaciones imaginarias, rememora pasadas controversias e incluso se dirige a su perro Butz.  Nos relata su infancia, de la que guarda un sentimiento de soledad y desamparo, la relación con sus padres, su juventud en Le Havre y Hamburgo. Desgrana en pequeñas dosis lo que supongo que es la base de su filosofía, sus opiniones diversas sobre cuestiones como el nacionalismo alemán, el mundo académico (con Hegel no tiene piedad) y el sentimiento que impulsa y se despliega en el filósofo de extrañeza ante el espectáculo del mundo, ante el hecho de existir.

Schopenhauer y Butz, en la imagen que Google dedicó al filósofo con motivo de su 225 cumpleaños.
(Foto: mcclernan.blogspot.com)
Reflexiona sobre el silencio que siguió a la publicación de su obra capital, El mundo como voluntad y representación y su tardía aceptación, no entre los círculos académicos, sino entre personas alejadas de ese mundo, que él considera falso y viciado. Se tratan también temas más livianos y jocosos, como su relación con las mujeres y sus frustradas experiencias sentimentales. Hay numerosas puyas dispersas aquí y allá, de total actualidad, como ésta que bien se podría aplicar al universo Facebook o similar: todo el mundo se comporta como si lo único realmente importante e imprescindible fuera él mismo o la dedicada al nacionalismo: el del patriota es el orgullo más barato…basta con decirse perteneciente a determinada nación, que casualmente es la más grande del mundo, para que el ridículo pigmeo se sienta transformado en Titán.

No todo es luz, hay algún momento oscuro en la narración de Priante, como cuando se presenta un diálogo en italiano sin traducir o se embrolla explicando su teoría del conocimiento al perro Butz. Esta parte, de todos modos, es entendible, ¿de qué va a hablar un filósofo si no es de filosofía? Y hace aflorar el sentido del humor del autor, cuando de boca de su personaje dice: ¿Te canso, Butz?... si te aburres te duermes, te doy permiso. Lo mismo le diría a cualquier lector….Le diría: lector, si te aburres, te duermes, te doy permiso, o cierras el libro y te dedicas a pensar por tu cuenta, si es que sabes cómo funciona eso, o pasas por alto unas páginas hasta dar con un pasaje más entretenido, haz lo que quieras, lector… Tentado estuve, pero es precisamente a partir de ahí cuando el relato revive hasta su final.

Y como un tenue hilo conductor, que refuerza la narración y da título al libro, Goethe. El poeta alemán fue uno de los primeros en leer la obra de Schopenhauer y aunque les unía una estrecha relación, no llegó a hacerle ningún comentario profundo sobre ella ni dejó nada escrito al respecto. Este silencio obsesiona y causa desasosiego a Schopenhauer. El lector se siente totalmente empapado por esta angustia y a lo largo del texto Goethe aparece y reaparece hasta el final.

Monumento a Goethe en Berlín, realizado por Fritz Schaper
(Foto: uned.es)
El silencio de Goethe es un valioso artefacto literario, accesible y con una prosa precisa y elegante. Ponernos en la piel del filósofo alemán, incluso en nuestra condición (la mía) de miserables bípedos, diferentes de un perro en que ellos tienen cuatro patas y nosotros dos (según Schopenhauer), es sugerente, a ratos incluso divertido, un poco exigente y arduo en ocasiones, no lo voy a negar. Es un libro que consigue sustraerse del corsé del género, porque lejos de quedarse limitado a las convenciones y tópicos de la novela histórica o biográfica, ofrece mucho más. Y en poco más de cien páginas.

Concluyo con una hermosa y evocadora frase extraída del libro, no se me ocurre mejor colofón: 
Un hombre es muchas cosas al mismo tiempo; un hombre es un mundo; el hombre es el mundo.

viernes, 18 de septiembre de 2015

SINFOROSA

"Anciana" del escultor José Manuel Martínez Pérez
(foto: http://josemanuelmartinezescultor.blogspot.com.es)

Me gusta Sinforosa...
Siempre que se acerca con su sonrisa de vieja resabiada, mi pequeño se alboroza al instante y tengo que contenerlo para que no salte de su coraza de madera policromada y se pose como una hoja en los brazos de la anciana. Todos los años se desvive por componerme un trono de flores con amoroso deleite, que luego envuelve para protegerlo de la intemperie. Sobre ese lecho de primavera los mozos me aúpan a la de tres y me pasean por las calles empedradas.

Una vez le regalamos unas botas nuevas, mullidas por dentro con lana de oveja para aliviar sus pies agotados por la edad. Las colocamos a los pies del altar, sobre la media luna, como si se tratara de una ofrenda. Acostumbrada a lo sobrenatural, ni se inmutó. Simplemente se las puso, besó la talla con la punta de los dedos y siguió como si nada, canturreando.

A veces Sinforosa se deja caer sobre una silla y entona una oración entre dientes, repasando las cuentas del rosario o enrollando y desenrollando el dobladillo de la bata. Si está sola, nos enumera sus penurias, con mucha congoja al principio, pero pronto se enerva y con el dedo índice señala al cielo clamando justicia. 

Sinforosa, si yo te contara. Pero no puedo, mi corazón es de madera y la cáscara de porcelana de mis ojos, es un escudo que han creado los hombres, un paraguas para guarecerse de la lluvia. No soy más que eso, un parapeto, no ataco, no envío plagas, ni levanto tempestades, no intervengo ni corrijo las desigualdades del mundo.

El día de la procesión Sinforosa sale en último lugar. Cuando el paso rebasa el umbral de la capilla, se santigua y regresa a su casa, porque dice que me tiene más que vista.

Este relato fue finalista con mención de honor en el I Premio de Narrativa Breve Villa de Madrid (2015)

jueves, 10 de septiembre de 2015

"También esto pasará" de Milena Busquets

Milena Busquets con el libro, editado por Anagrama
                         (Foto: www.elperiodicodearagon.com)                              
Como cualquier lector empedernido, frecuento la biblioteca con asiduidad. Mi ciudad tenía la suerte de contar con dos, una de ellas pertenecía a la obra social de Caja Madrid y cerró en 2012. Sus libros siguen allí sepultados, cubriéndose de polvo. En aquella biblioteca pasé muchas horas de estudio y quizá por esa razón la acabé evitando, tanto que no me enteré de su cierre hasta hace poco. La otra biblioteca, a la que voy desde niño, no tiene unos fondos excepcionales pero siempre me gusta explorar sus escasas seis hileras de estanterías perdiendo la noción del tiempo, con la esperanza de encontrar alguna lectura provechosa, como También esto pasará de Milena Busquets Tusquets.

Y con la suerte de que al abrir el libro en casa, encontré prendida dentro de la solapa una tarjeta con el jugoso comentario de un lector anterior. No me resisto a ponerla aquí, por lo insólito y por compartir su anónima y fundamentada opinión. Comienza de la siguiente manera: “Estimado próximo lector de También esto pasará” y está firmada por un tal “lector de junio 2015”.




Milena Busquets (1972) es hija de la editora Esther Tusquets. Tiene otra novela titulada Hoy he conocido a alguien (2008) y es bloguera, aunque la escritura y el éxito de También esto pasará le han llevado a descuidar esta faceta.

Resumo el argumento. La protagonista es una mujer de cuarenta años llamada Blanca (un trasunto de la propia autora) que trata de asumir la pérdida de su madre y visita Cadaqués, el pueblo donde solía veranear con su familia, junto a sus hijos, sus dos ex maridos y unas amigas. Está escrito en primera persona, como un monólogo en tono de confesión. La narradora cuenta sus peripecias y se dirige con frecuencia a esa madre, que como un timón le marcó el rumbo a seguir en la vida y cuya ausencia definitiva (viviré sin ti hasta que me muera), le angustia y trata de asumir. 

Blanca trata de recomponerse y seguir hacia delante, desorientada, buscando amor y recibiéndolo, pero sin poder sustraerse a ese vacío que la envuelve. La pérdida de alguno de nuestros progenitores nos pone cara a cara con la verdadera muerte, con la vejez inexorable, con los estertores de la juventud, que Blanca intenta revivir, logrando solo un triste simulacro. Cuando ya no podemos decir papá o mamá, sin que nos responda más que el silencio, dejamos de ser niños definitivamente.


La espectacular bahía de Cadaqués (foto de Julián Guisado, visitcadaques.org)
El libro está escrito con una mezcla, al principio desconcertante, de ligereza y poesía. Alterna lo banal y lo frívolo con lo profundo. Tiene su punto de erotismo (esto ya lo dice mi “lector de junio”) y una visión del sexo y el flirteo como parte de la naturaleza (positiva, liberadora) de hombres y mujeres. No conozco personalmente a la autora, pero creo que en esa prosa se ve reflejada sin imposturas su personalidad, que se muestra trasparente, tal y como es (leer un par de entradas en su blog lo confirma). Blanca-Milena no finge y como lector (y persona) siempre valoro la honestidad. En la protagonista late la herencia de su madre, que describe en un intenso y hermoso epitafio final. 
Me regalaste la risa loca, la alegría de vivir (…) el desprecio por todo lo que te parecía que hacía la vida más pequeña e irrespirable: la mezquindad, la falta de lealtad, la envidia, el miedo, la estupidez, la crueldad sobre todo.
Me gusta esa manera de afrontar la existencia, sin reproches, libre y alegre, nada que ver con el topo de Schopenhauer, que cava y cava sufriendo, ciego y desgraciado. Blanca-Milena es un pájaro que liba de flor en flor, aletea a la vida o canta melancolía y entiendes que incluso sus ex maridos se resistan a dejar de amarla. Ha habido ratos que me ha fastidiado un poco su levedad, lo “estupendísimo” que era todo (hay lectores que solo por eso odian esta novela). Y otros, en los que me he tenido que parar y contagiado por el hedonismo o la melancolía, según la ocasión, volver a leer el mismo fragmento, y lo siento, también he fantaseado con ver amanecer en Cadaqués (a ser posible bien acompañado). Me parece a mí que este libro y por extensión Blanca-Milena genera empatía, es fácil identificarse con esa manera ligera y vitalista de afrontar la vida. Esto (y no su filiación), por encima de sus defectos, explicaría su éxito internacional que crece y crece.