jueves, 23 de julio de 2015

"Estancos del Chiado" de Fernando Clemot

                           
Estancos del chiado (Paralelo Sur Ediciones, 2009) resultó ganador del premio Setenil 2009 al mejor libro de relatos publicado en España. Su autor, el barcelonés Fernando Clemot (1970) es un reconocido escritor del género, crítico literario y profesor de escritura creativa. Comenzó su carrera participando en certámenes literarios de diverso pelaje, por lo que formaría parte de lo que algún crítico literario bautizó como “generación plica”. Entre sus novelas hay que destacar El golfo de los poetas (Barataria, 2009), finalista del Premio Nacional de Narrativa de 2010.

Me acerqué a este libro impulsado por una mezcla de curiosidad autodidacta y pálpito literario. Buscando sobre las primeras espadas del género del relato corto en España di con una crítica muy positiva, lo que me llevó a leer una entrevista al autor en Revista de letras y como escritor aficionado, vi en Estancos del Chiado una buena manera de aprender leyendo. Me atrajo también el título, su aroma mezcla de tabaco y saudade. La impresión general, el regusto, es variado. Es lo que tiene enfrentarse a un libro de relatos. Hay piezas muy destacadas, de intenso lirismo y gran mérito literario. Otras dejan menos huella. En su conjunto, Fernando Clemot me ha dejado con ganas de más, especialmente en lo que respecta a la temática y registro de un grupo de relatos que comentaré después.

Los doce relatos de Estancos del Chiado han sido agrupados, como explica en el prólogo el editor Jordi Gol, en tres bloques. El primero se titula “mitologías” y lo protagonizan personajes históricos como el dictador portugués Salazar y Eça de Queiros. Son relatos construidos a partir de una anécdota y que se desarrollan de manera lineal. Contienen elementos sorpresivos, especialmente al final. La prosa es muy cuidada, con un ritmo bien dosificado, su lectura es  amable pero no llega a entusiasmar. 

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Imagen del barrio de Chiado en Lisboa (Foto: lisboando.com)
El verdadero goce para el que esto escribe, la razón por la que recomendaría Estancos del Chiado, viene en el segundo bloque. Según reza el prólogo, son los más recientes cronológicamente y representan la línea estilística y argumental por la que ha seguido el autor, de lo que me alegro. Bajo el título de “El jardín de la memoria” se agrupan cuatro relatos donde se lleva a cabo una exploración, casi una disección del pasado: la infancia, la tardoadolescencia, la búsqueda de las raíces, nada mitificadora, plena de melancolía y lirismo. “Estancos del chiado” es el recuerdo de una hermosa aventura iniciática y amorosa, me identifico plenamente con la mirada de Fernando Clemot, cargada de humo o de bruma, donde acechan las bifurcaciones del camino, los posibles itinerarios sellados porque pertenecen al pasado, como expresa al final de ese relato: 
Desde entonces siempre he pensado en mis dos vidas, las que he vivido aquí y la que me dejé en Lisboa, la que pude haber vivido con Felicía… Espero que haya espantado mi recuerdo como se aleja un mal sueño. Tal vez me esperara un tiempo tras el mostrador de la tabacaría Graça, puede que me celebrara en la sombra de algún paseante, en uno de los extranjeros que ocupan los pisos de la rúa Trindade, congelado como una fotografía del tiempo.
En “El verano del cortapichas”, ese insecto de nuestra infancia (la de los que nacimos en los setenta-ochenta y nos criamos en las eras o los desmontes) y una operación de fimosis constituyen la singular obertura y desde allí desgrana un fresco costumbrista, que supongo con fuerte carga autobiográfica. Son “recuerdos bisagra”, momentos de metamorfosis que avisan al niño de que pronto se desprenderá de su cáscara infantil para engrosar las filas del mundo adulto.

El famoso cortapichas o tijereta (foto: fotolog.com)
En “Bautizos de primaveras pasadas” el elemento evocador son unas viejas fotografías. Es un relato muy breve, y por ello, quizá deliberadamente, de una intensidad cercana a la prosa poética. Aquí la melancolía llega al paroxismo: 
La calle se amortaja de domingo acompañando a cada repique de misa; sin duda el dolor tiene peso, se prende a las fotos como el musgo a la almeja, noto su tacto resbaladizo en el fondo, donde sólo de tanto en tanto bucea mi brazo; triste paseo por el pasado, muerte y recuerdo, recuerdo y muerte.
El relato que cierra esta serie es “Árbol de familia” una intrigante búsqueda de las raíces, enterradas en el apellido de un abuelo francés al que sigue la pista el narrador. La historia es tan buena que no quiero desvelar más para no arruinar su lectura, mi favorito de todos si quiero ser objetivo, entre otras cosas por esa bella metáfora final, que esta vez no voy a transcribir.

El último bloque de relatos se titula “Ocasos”. Sigue el tema de la mirada al pasado, pero desde un punto de vista más impersonal. Son relatos complejos, con saltos temporales, elipsis y una prosa más recargada. El tema es el paso del tiempo y sus estragos. La imposibilidad de deshacer lo vivido, prendido en la memoria, aposentado, aparentemente olvidado pero que nunca llega a morir del todo, como en “Levante”. Mi preferido de este bloque, por la precisión con la que dibuja al personaje protagonista y la manera en la que lo maltrata (así debe ser la vejez, supongo) al final, es “Terrazas de otoño”.

Recomendaría Estancos del Chiado, especialmente los relatos que componen “El jardín de la memoria”, por su maestría narrativa, su carga de lirismo y melancolía. Unas historias que envuelven al lector, que mirará al pasado buscando su “Verano del cortapichas”, para componer su propia memoria y alimentar la hoguera de nostalgia que seguro Fernando Clemot le ha ayudado a crear.   

domingo, 19 de julio de 2015

EL SICARIO Y LA MUERTE

(Foto: Morguefile)
Foto: Morguefile (Laprensa.pe)
                 

El sicario se desperezó estirando los brazos y echó un vistazo a la pira. Las llamas habían cedido y las sucesivas capas de ceniza se amontonaban dentro de la zanja. Removió los restos y comprobó con satisfacción que prácticamente habían quedado reducidos a polvo. Silbó a sus compañeros, que se acercaron con palas y bolsas de basura, emprendiendo su tarea con rutinaria celeridad. Los sacos se fueron llenando. Entre los puñados arenosos, casi etéreos, emergían a veces fragmentos de dientes y otros minúsculos indicios óseos, señalando el origen humano de la masa grisácea con la que iban colmatando las bolsas. El fuego había destruido la última capa de sombra, la rúbrica profunda de las personas asesinadas.
El sicario y la muerte se conocieron cuando con trece años, apuñaló al novio de su madre. El arma ejecutora fue un hierro convenientemente afilado, que había amarrado a un tubo de plástico. Le sorprendió la bocanada vinosa que surtió de la yugular del infeliz durante la refriega, su mirada atónita, pero sobre todo, le sorprendió no hallar siquiera un rastro de culpa en su conciencia. Una negra flor brotó entonces dentro de su pecho. La notó latir con fuerza al compás de su corazón. Era una sensación de tremendo poder. La vida de un hombre no es más que un ternero acorralado, que como compañero de la muerte desprecia.
La existencia del sicario se fraguó entre el secuestro, el asesinato, la extorsión y el tráfico de drogas, un compost donde arraigó con firmeza. Inmerso en ese remolino, sabe que solo le queda seguir nadando. Su destino es ser tragado algún día por una bala y ocupar una de las fosas que ahora manda cavar. 
No hay siquiera un comentario sobre los muertos. Fueron hombres. Ahora son polvo. Esta divina certeza no requiere dedicación ni pensamiento.
El sicario se detuvo un instante y contempló los sacos apilados al pie de la zanja. Entonces arrastró una de las bolsas hasta el mar y la empujó dentro, vaciando su contenido. La ceniza se empapó y comenzó a hundirse, mezclándose con el légamo y formando  pequeñas crestas rizadas de espuma sobre el agua. 

martes, 14 de julio de 2015

“Lo que encontré bajo el sofá” de Eloy Moreno


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Me acerqué a Lo que encontré bajo el sofá movido por la curiosidad. No sobre su argumento, sino por el fenómeno literario que representa. La increíble historia de un joven que escribe y autoedita una novela y con una fe inquebrantable en sí mismo, durante meses, recorre con una maleta repleta de ejemplares bibliotecas, librerías y otros lugares afines, de una ciudad tras otra, incólume al desaliento. Eloy Moreno me recuerda a esos conquistadores españoles en busca del Dorado, un acto tan heroico como suicida. ¿Qué escritor amateur se atreve a exhibir así su obra? ¿Y cómo hacerlo sin parecer un vanidoso, un bobo o un loco? Alguien especial, está claro. En cualquier caso, imaginando esa travesía por la selva literaria, con otros escritores como fieras al acecho, esquivando las flechas envenenadas que seguro le lanzaron más de una vez, padeciendo la fiebre del “no vuelvo a hacer esto más”, el mismo agotamiento físico de cada fin de semana arrastrando una maleta, no puedo sentir más que admiración y, por qué no decirlo, me siento también un poco empequeñecido por esa exhibición de voluntad.

Porque Eloy Moreno era funcionario con plaza fija en el momento que inició su búsqueda del Dorado. Podría haberse apoltronado, pero no, anduvo y anduvo y al final caminó como Cristo sobre las aguas, sobre ese proceloso mar que es el mercado editorial español. Dos o tres mil libros vendidos pusieron sobre aviso a los cazatalentos de uno de los grandes imperios de la letra impresa y cuando Eloy quiso mirar tras de sí, se encontró con el rastro de más de doscientos mil lectores, la mitad de ellos fieles e inquebrantables seguidores suyos en las redes sociales.

Con esta historia bajo el brazo, cualquier lector le daría una oportunidad. Además pude asistir a la presentación de su libro en Illescas y quedé maravillado por la energía desplegada y sobre todo con su sencillez. Acostumbrado a la pipa de Javier Marías, a la erudición intimidante de Vila Matas o a las gafas sobre la nariz de Sánchez Dragó, tras un parapeto de libros marcados, exhibiendo de memoria citas textuales y hablando de metaliteratura, Eloy podría ser cualquiera de nosotros. 

Eloy Moreno, para el que no lo conozca. Pongo el enlace a su facebook y cuenta de Twitter
donde es bastante activo y accesible para cualquiera (Foto: La voz de Galicia)
Pero voy al libro. Lo leí enseguida, para aprovechar la inercia positiva que el autor me había transmitido. Comienza con una reflexión sobre los secretos y la culpa, bajo el título “desde un lugar que debería llamar hogar” y que solo cobra sentido cuando uno ha acabado de leer la obra. Deja, eso sí, un poso poético que invita a seguir leyendo o a cerrar el libro en ese punto y pensar un poco en los secretos propios. Después se traslada al Toledo de 1986, donde dos niños presencian la muerte de su madre. Finalmente, el grueso de la novela se desarrolla en la misma ciudad, en el año 2013. 

Alicia es una profesora interina que llega a la ciudad imperial para realizar una sustitución. Su historia se narra en primera persona. Es un personaje bien dibujado, que genera empatía instantánea, por las encrucijadas y dilemas morales que tiene que afrontar. Alicia nos conduce a través de la historia, por las calles estrechas y serpenteantes de Toledo. A su paso afloran varios personajes importantes, que esta vez son tratados por un narrador omnisciente. Marcos, un policía que chantajea a los políticos corruptos de su ciudad, al principio parece un ser amoral y cínico, luego el desarrollo de la trama lo va humanizando. Con Marta, la niña que sufre acoso escolar, asistimos a una historia de injusticia, en el alambre del suicidio. 

Estos tres personajes van tejiendo la urdimbre de la novela, junto a un cuarto cabo, la propia ciudad de Toledo, sus leyendas y unas misteriosas inscripciones que aparecen dispersas sin que nadie encuentre explicación aparente y cuya incógnita se despeja al final.

Para mi gusto, el mayor acierto está en su estructura, más que en su estilo. Especialmente los momentos en los que el narrador recorre la ciudad, penetra en los portales, en los dormitorios, en la soledad de tantas personas, comienzan a resonar las historias, en definitiva, levanta el sofá y encuentra una sociedad corrompida, asolada por una crisis económica y moral, sin esperanza, hipócrita, desesperada, cobarde. Pocas cosas buenas esconde el sofá de Eloy. Una ventana indiscreta, un collage genial compuesto a partir de breves pinceladas, de sutiles secuencias que componen una pintoresca colmena.

Sobre el tema, tengo que decir que Eloy lanza cuchilladas por todos lados,  no sólo a la clase política, y duele escuchar ciertas cosas de boca de sus personajes, aunque sobre la responsabilidad de cada uno habría mucho que decir. La hipocresía aflora enseguida como un magma que nos afecta a todos. Los casos de corrupción son presentados de forma tan directa que escuecen, sobre todo porque la memoria enseguida recuerda y uno tiene la impresión de estar repasando recortes de prensa y el autor expone los hechos sin compasión, sin ninguna concesión literaria, sin atemperarlos: así son, así se lo hemos mostrado. Demasiados gusanos para tan poca manzana, como afirma en una ocasión. Como imaginarán, hay poca concesión a lo políticamente correcto, ni rastro de “buenismo” y el desenlace contiene altas dosis de visceralidad, lo que seguro no ha sorprendido a casi nadie que haya leído la novela, porque es lo que muchos piensan o pensamos.

He visitado Toledo en muchas ocasiones. Creo que el efecto que tendrán las leyendas toledanas en quienes ya las conocen (al menos me ha pasado a mí) estará atemperado por el recuerdo de esa misma ciudad, medieval, anclada en el tiempo. Son demasiadas cosas, demasiada corrupción para un puñado de calles y edificios de mil años. Las situaciones que se describen a veces desbordan el escenario, más propicio para otro tipo de historias.

Su estilo me ha atrapado tan solo a ratos, porque estoy acostumbrado a otro tipo de literatura menos directa. Párrafos cortos, frases lapidarias, es una buena fórmula para lograr atrapar al lector, yo se que en el caso de Eloy no responde a ningún tipo de estrategia comercial, como en otros best-seller, porque se trata de una obra concebida desde abajo, desde las catacumbas del amateurismo literario.

Y para acabar, el libro de Eloy me ha hecho pensar en el oficio de escritor. En la importancia de contar una historia y crear una conexión con el lector, para que se sienta identificado y atraído por ella, aspecto que uno, obsesionado con lograr la frase perfecta, olvida a veces. 

viernes, 10 de julio de 2015

AMOR PLATÓNICO EN EL SUPERMERCADO

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Audrey Hepburn de compras con su cervatillo. No es la protagonista de este relato,
pero algo tiene que ver con el tema.  (Foto: Bob Willoughby en www.huffingtonpost.es)

La primera vez que la vi fue en la caja del supermercado. El bañador que llevaba debajo del vestido se adhería a su cuerpo como la lámina traslúcida de una cebolla. Estaba delante de mí y reconozco que amparado en mi posición de retaguardia me dediqué a contemplar su delicada geografía, húmeda y protuberante. Ajena por completo, la muchacha esperaba para pagar, agitando el monedero con una mezcla de coquetería y tedio. Recuerdo que en un momento determinado giró levemente la cabeza hacia mí y chasqueó los labios. Quizá percibía mi mirada indiscreta y trataba de desalentarme. O tal vez estaba aburrida de esperar y de verdad ignoraba que la combinación de su bañador húmedo con el apretado vestido reproducía en su cuerpo una suerte de escultura griega, levantando espumosas olas de testosterona. Mientras, la cajera sujetaba el teléfono entre el hombro y la barbilla, esperando a que le dijeran el código de una piña tropical, que hacía rodar entre sus manos como si fuera la cabeza reducida de un jíbaro.
Lo confieso con una mezcla de vergüenza y vértigo. Cuando salimos a la calle, me paré un segundo para dejar una distancia prudente y la seguí. Es verdad que estaba en mi trayectoria, interpuesta en mi horizonte, pero en ese momento podría haber pasado a mi lado un jabalí perseguido por un lobo o una banda de cornetas y tambores, que ni me hubiera enterado. Un sedal invisible me aprisionaba y la visión del jugoso cebo bajo su bañador mojado disparaba mi imaginación. Por fin torció una esquina y el hilo invisible se tensó hasta romperse. Su imagen quedó flotando unos segundos y desapareció.

Era el mes de agosto y el sol castigaba sin piedad. El supermercado estaba a sólo dos manzanas de mi casa. Cuando algo imprescindible faltaba en la nevera, no había más remedio que sacudirse el sopor, salir a la calle y dejarse envolver por una gasa de aire tórrido, caminar bajo los árboles de hojas lánguidas, combadas por el calor abrasador, para aprovechar algo de sombra. Una de esas tardes, cinco o seis días después, volvió a cruzarse en mi camino. Esta vez con ropa seca, pero mi retina la fotografió, el nervio óptico envió la imagen al cerebro y de los saturados archivos de mi memoria emergió incuestionable.
Debí mirarla demasiado porque se detuvo un instante y noté como los músculos de su cara se tensaban. Continuó por el pasillo central y yo giré a la derecha. Durante un segundo nuestras miradas se cruzaron. Bajé la mía sin poder esconder mi turbación. Respiré hondo y traté de recordar la razón por la que estaba allí, empujando un cesto vacío. La luz de los fluorescentes, el suelo brillante, las estanterías repletas, ¿qué andaba yo buscando? Recorrí el pasillo despacio, como un barco a la deriva y de repente me volví a topar con ella, esta vez de frente.
El efecto fue parecido al que provoca el flash de una cámara fotográfica. Un breve fogonazo, seguido de un respingo. Los ojos muy abiertos, como un conejo sorprendido por las luces de un coche. Me fui hacia un lado, ella hizo lo mismo, rectificamos, en medio una risita ahogada y seguimos atascados, sin poder avanzar durante unos interminables segundos. El rubor coloreó sus mejillas, supongo que también las mías, por fin nos desasimos y acabó el torpe número de baile, ella camino de la sección de bebidas, yo de la de frutas y verduras.
Mientras manoseaba los calabacines, imaginando que la agarraba de los brazos y apretaba las fresas antes de introducirlas en la bolsa, como si ya tuviera entre mi boca entre sus labios, quería creer que me había reconocido, que había reparado en mí, que en su interior estaba agitándose el mismo cóctel de hormonas. Un reponedor se afanaba descargando un palé con leche semidesnatada enriquecida con calcio, vitamina D y ácido fólico. Si el mundo no fuera tan ordenado y predecible, si la realidad fuera maleable como en un sueño, en ese momento las estanterías habrían comenzado a moverse, arañando ruidosamente el pavimento, cerrando las salidas de los pasillos, hasta formar un laberinto. Los fluorescentes habrían estallado uno a uno, la única iluminación procedería del fulgor artificial de los envases de plástico, del pescado fosforescente, de la carne hormonada de las bandejas de poliestireno y en ese laberinto nunca imaginado por Dédalo, jugaríamos a encontrarnos. Yo podría ser Teseo, la transpaleta del reponedor el Minotauro y ella Ariadna, guiándome con su hilo para encontrar la salida. Si fuera una pesadilla, de esas que te hacen despertar agitado, con el corazón retumbando en la coraza del pecho, ambos seríamos las víctimas rituales del sanguinario toro, sintiendo a cada paso el aliento del animal en nuestra coronilla.
Sin embargo, las estanterías permanecieron en su sitio, la transpaleta siguió soportando con resignación la hilera de cajas sobre sus cuernos de hierro fundido y los fluorescentes vertiendo su luz blanca sobre mi cabeza, hasta que una señora desmoronó sin querer la pirámide de tomates devolviéndome al mundo real. Me agaché para ayudarle a recogerlos y unas piernas pasaron a mi lado en dirección a la caja.
Otra vez la misma situación, los dos en fila, esperando que un empleado viniera a cobrarnos. En la cinta transportadora dejó con suavidad una malla con limones y una caja de tónicas. Quizá tenga invitados, pensé con desaliento.
Al caminar, el peso de la bolsa le tiraba del hombro descomponiendo la simetría de su espalda. La rebasé con determinación, dispuesto a poner fin a una fantasía que duraba demasiado. Pero la mirada de gasolina que me dirigió, cuando nos quedamos en paralelo, volvió a sumirme en ese estado de ensoñación enamoradiza, de leve, casi imperceptible excitación.

De nuevo el bañador mojado, adherido al friso del Partenón junto al resto de maravillas de Fidias, siguió poblando mis sueños y fantasías. Cualquier momento era bueno para ir de compras. Aprovechaba la más mínima excusa, merodeaba en la sección de congelados, comparaba el grado alcohólico de las cervezas, arrastraba el cesto entre los pasillos, a veces me iba sin nada.
En la puerta, una mujer sonreía exhibiendo sin pudor su boca desdentada y agitaba unas pocas monedas en un vaso. Parecía recién llegada de cualquier arrabal de Nueva Delhi, el pelo negro recogido cayendo a un lado sobre un sari verde. Nunca le dejaba nada, pero después de varias expediciones infructuosas, la vi mirarme a través de la puerta y me acerqué sin pensarlo, hasta donde estaba. Le di el cambio, apenas treinta o cuarenta céntimos, y cuando ya me iba, me agarró del brazo.
Me solté de un tirón, asustado y ella emitió una carcajada, parecida al graznido de un cuervo, y siguió agitando el vaso con monedas, ante la presencia de una familia que salía con un carro a rebosar. Aproveché para marcharme, con esa sensación de frío y abatimiento que provoca el miedo, cuando me percaté de que llevaba algo en la mano.
Por efecto de la tensión tenía la mano cerrada, encogida como si fuera una piedra, y entre la zapa del puño asomaba un papel. Era una estampa con una fotografía de un grupo escultórico. En el centro había una pareja desnuda abrazada, besándose. Parecía capturar el momento en el que la mujer se abalanzaba sobre el hombre, que la aprisionaba con una de sus piernas. A su lado dos mujeres se tapaban la cara con una mano conteniendo la risa y se acariciaban el sexo. Guardé la estampa como si fuera un preciado amuleto. Con ella en mi poder, sentía que la chica del supermercado caería en mis manos como fruta madura, por mediación sobrenatural del dios Shiva, que seguro asentía complacido, desde el punto más elevado del templo de Kahurajo.
Convertí la visita al supermercado en un ritual. Traspasaba la puerta automática con piadoso respeto y recorría sus pasillos. El paso por la caja era una espera frustrada para tomar la comunión. Sin embargo, el preciado talismán no hizo su efecto.
Un día, deambulaba por el aparcamiento tratando de localizar a la sacerdotisa disfrazada de vagabundo, para pedirle explicaciones. En su lugar, acodada en una vieja bicicleta, había una joven. Era apenas una adolescente y empujaba a un niño de pelo revuelto para que se acercara con la mano abierta a los clientes más propicios:
—Por favor, señor; por favor señora.
Me acerqué a ellos. Descubrí con pasmo la belleza que se ocultaba bajo los harapos de la mujer y la sonrisa pícara con la que agitaba el vaso. Ignorando al niño que me tiraba del pantalón, rompí en pedazos la estampa de Vishna y Parvati o quienes demonios fueran y sin pensarlo se la arrojé a la muchacha en plena cara. Lejos de enfadarse, la joven dijo algo al niño, y éste recogió los fragmentos, componiendo de nuevo la estampa en el suelo. Retrocedí avergonzado y mientras me alejaba escuché de nuevo aquella risa como el graznido de un cuervo.

domingo, 5 de julio de 2015

"Carta de una desconocida y Leporella" de Stefan Zweig

Portada de la edición de Clásicos del s. XX de
El País que incluye Carta de una desconocida y
Leporella (foto: libros-antiguos-alcana.com)
El primer título también está en la editorial Acantilado
Carta de una desconocida y Leporella son dos historias cortas de Stefan Zweig. La edición que he leído forma parte de la colección Clásicos del s. XX de El País. También es mi primer libro del malogrado autor austriaco, pero a juzgar por el efecto que ha dejado en mí, no será el último. Su prosa me ha enganchado desde el principio y no he sido capaz de desasirme hasta acabar, con el corazón encogido, cada una de sus historias. Su belleza, lirismo y ritmo narrativo es incuestionable. Podéis leer una sucinta biografía del autor en el blog Latraductora compulsiva, del que extraigo la siguiente reflexión del propio Zweig, que suscribo casi palabra por palabra:

Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea sin dejarle tomar aliento me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro sobrecargados de descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias inútiles, que les quitan tensión y les restan dinamismo.

En el primer relato, un escritor de éxito recibe un abultado sobre con una carta manuscrita que comienza “A ti, que nunca me has conocido”. ¿Quién puede resistirse a seguir leyendo? Lo que sigue es el despliegue dramático, la confesión de una mujer abrumada por el peso de un amor que nunca le ha sido correspondido, en el momento más aciago de su vida. Desde niña ha amado al escritor, sin éste advertir siquiera su existencia. 

Encoge el corazón pensar en esta débil criatura, herida por la indiferencia, que sólo busca dejar alguna huella en el hombre que ama y al que envía inocentemente un ramo de flores blancas el día de su cumpleaños. La novela se desenvuelve en torno a esta carta, desde la primera línea el lector ya conoce el final y conforme va leyendo, se convierte en un personaje más, confidente de este largo y doloroso monólogo. Parece que esté leyendo por encima del hombro del escritor y aventura cómo este debe sentirse, ante los intensos secretos que la carta desvela y se enerva por su egoísmo. Uno siente rabia, frustración, porque de todo lo que la desconocida desgrana en larga carta, nada puede hacerse, nada se puede evitar ni remediar, no se puede recoger a la pobre niña que espera en camisón sobre el suelo helado para no dormirse y poder contemplar a su amado y convencerla para que renuncie a perderse.

En definitiva, qué difícil es amar y ser amado con la misma magnitud. Qué difícil ser correspondido, ¿puede de verdad uno dar tanto y recibir tan poco a cambio? Quizá en nuestros tiempos este amor platónico, la actitud fatalista del personaje nos resulte incomprensible. Aunque la protagonista no es privada de momentos felices, que incluso parece que compensan todo su padecimiento. 

Al terminar este libro queda uno con la sensación de cuántas cosas, hermosas o graves, pueden estar pasándonos sin que nos demos cuenta. También las ganas de ser amado como el hombre de este libro y amar como ama esta desconocida, aunque sea a costa de sufrir (Pablo D´Ors)

Fotograma de la adaptación cinematográfica de Max Ophüls realizada en 1948 (foto: Pablocine.blogia.com).
Está completa en Youtube en V.O.S., se puede ver pìnchando en la imagen. 
                  
Cierta relación tiene con Leporella la historia de una ruda criada tirolesa a la que la naturaleza ha privado de cualquier atractivo, incluso de la facultad humana de la risa y que deambula por el mundo amasando céntimo a céntimo un pequeño capital, para no tener que vivir del pan de la beneficencia cuando le llegue la vejez. Pero se interpone de nuevo la figura de un hombre y ve crecer en su interior el amor, desbordante, encendiéndose una pequeña llama en su interior, que acaba apagándose por una jugada del destino, que el propio escritor, con buen criterio, creo, no acaba de concretar.

Las dos mujeres creadas por la imaginación de Zweig viven una forma extrema de amor, una pasión que enciende y guía sus vidas pero al mismo tiempo las destruye, como el fuego fuera de control. Sobrecoge pensar que el propio autor también sucumbió de forma dramática a su destino, con fatalismo y pasión, como sus personajes. Desesperado ante el avance del nazismo, decidió, junto con su esposa, poner fin a su vida. Sirva esta reseña como un pequeño homenaje a los dos. In memoriam.  

jueves, 2 de julio de 2015

Carrera de obstáculos

Maternidad Picasso

Maternidad (1901) de Pablo Picasso  (Foto: bebesymas.com). El siguiente relato cuenta en clave de humor algunas vicisitudes que vive una madre, en un entorno hostil hasta en el detalle más insignificante y cómo tiene que batallar con una sociedad consumista y la insolidaridad de muchas personas. 

Empujo el carrito a través de la calle trabajosamente. Es curioso cómo cambia nuestra percepción de las cosas según las circunstancias. Nunca había reparado en la cantidad de obstáculos que debe sortear una madre que quiere pasear con su hijo. Adoquines, resaltos, zanjas, agujeros, excrementos, conductores que te esquivan cuando vas cruzando por el paso de peatones o fuerzan el paso para no parar, fumadores desaprensivos que se deshacen de la colilla ardiente de un capirotazo o sacuden el cigarrillo sin mirar y las plumas de ceniza todavía consumiéndose flotan hasta caer en la cara de tu hijo de cinco meses y no puedes decir nada, porque te ladran.
Reparas en que casi no hay sombra y los árboles raquíticos, que hieden a orín de perro, no atraen más que las moscas. Si tu pequeño llora, porque está molesto, todas las cabezas se vuelven y chasquean los labios, olvidando que ellos también fueron niños o padres o abuelos. No parecen sentirse tan irritados si atruena el ladrido de un perrito faldero, tirando de la correa de su dueño como un pez enganchado en el sedal o si pasa un coche con la ventanilla bajada y la música retumbando, para deleitar a los viandantes con reggaeton o cualquier otra abominación posmoderna.