martes, 14 de julio de 2015

“Lo que encontré bajo el sofá” de Eloy Moreno


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Me acerqué a Lo que encontré bajo el sofá movido por la curiosidad. No sobre su argumento, sino por el fenómeno literario que representa. La increíble historia de un joven que escribe y autoedita una novela y con una fe inquebrantable en sí mismo, durante meses, recorre con una maleta repleta de ejemplares bibliotecas, librerías y otros lugares afines, de una ciudad tras otra, incólume al desaliento. Eloy Moreno me recuerda a esos conquistadores españoles en busca del Dorado, un acto tan heroico como suicida. ¿Qué escritor amateur se atreve a exhibir así su obra? ¿Y cómo hacerlo sin parecer un vanidoso, un bobo o un loco? Alguien especial, está claro. En cualquier caso, imaginando esa travesía por la selva literaria, con otros escritores como fieras al acecho, esquivando las flechas envenenadas que seguro le lanzaron más de una vez, padeciendo la fiebre del “no vuelvo a hacer esto más”, el mismo agotamiento físico de cada fin de semana arrastrando una maleta, no puedo sentir más que admiración y, por qué no decirlo, me siento también un poco empequeñecido por esa exhibición de voluntad.

Porque Eloy Moreno era funcionario con plaza fija en el momento que inició su búsqueda del Dorado. Podría haberse apoltronado, pero no, anduvo y anduvo y al final caminó como Cristo sobre las aguas, sobre ese proceloso mar que es el mercado editorial español. Dos o tres mil libros vendidos pusieron sobre aviso a los cazatalentos de uno de los grandes imperios de la letra impresa y cuando Eloy quiso mirar tras de sí, se encontró con el rastro de más de doscientos mil lectores, la mitad de ellos fieles e inquebrantables seguidores suyos en las redes sociales.

Con esta historia bajo el brazo, cualquier lector le daría una oportunidad. Además pude asistir a la presentación de su libro en Illescas y quedé maravillado por la energía desplegada y sobre todo con su sencillez. Acostumbrado a la pipa de Javier Marías, a la erudición intimidante de Vila Matas o a las gafas sobre la nariz de Sánchez Dragó, tras un parapeto de libros marcados, exhibiendo de memoria citas textuales y hablando de metaliteratura, Eloy podría ser cualquiera de nosotros. 

Eloy Moreno, para el que no lo conozca. Pongo el enlace a su facebook y cuenta de Twitter
donde es bastante activo y accesible para cualquiera (Foto: La voz de Galicia)
Pero voy al libro. Lo leí enseguida, para aprovechar la inercia positiva que el autor me había transmitido. Comienza con una reflexión sobre los secretos y la culpa, bajo el título “desde un lugar que debería llamar hogar” y que solo cobra sentido cuando uno ha acabado de leer la obra. Deja, eso sí, un poso poético que invita a seguir leyendo o a cerrar el libro en ese punto y pensar un poco en los secretos propios. Después se traslada al Toledo de 1986, donde dos niños presencian la muerte de su madre. Finalmente, el grueso de la novela se desarrolla en la misma ciudad, en el año 2013. 

Alicia es una profesora interina que llega a la ciudad imperial para realizar una sustitución. Su historia se narra en primera persona. Es un personaje bien dibujado, que genera empatía instantánea, por las encrucijadas y dilemas morales que tiene que afrontar. Alicia nos conduce a través de la historia, por las calles estrechas y serpenteantes de Toledo. A su paso afloran varios personajes importantes, que esta vez son tratados por un narrador omnisciente. Marcos, un policía que chantajea a los políticos corruptos de su ciudad, al principio parece un ser amoral y cínico, luego el desarrollo de la trama lo va humanizando. Con Marta, la niña que sufre acoso escolar, asistimos a una historia de injusticia, en el alambre del suicidio. 

Estos tres personajes van tejiendo la urdimbre de la novela, junto a un cuarto cabo, la propia ciudad de Toledo, sus leyendas y unas misteriosas inscripciones que aparecen dispersas sin que nadie encuentre explicación aparente y cuya incógnita se despeja al final.

Para mi gusto, el mayor acierto está en su estructura, más que en su estilo. Especialmente los momentos en los que el narrador recorre la ciudad, penetra en los portales, en los dormitorios, en la soledad de tantas personas, comienzan a resonar las historias, en definitiva, levanta el sofá y encuentra una sociedad corrompida, asolada por una crisis económica y moral, sin esperanza, hipócrita, desesperada, cobarde. Pocas cosas buenas esconde el sofá de Eloy. Una ventana indiscreta, un collage genial compuesto a partir de breves pinceladas, de sutiles secuencias que componen una pintoresca colmena.

Sobre el tema, tengo que decir que Eloy lanza cuchilladas por todos lados,  no sólo a la clase política, y duele escuchar ciertas cosas de boca de sus personajes, aunque sobre la responsabilidad de cada uno habría mucho que decir. La hipocresía aflora enseguida como un magma que nos afecta a todos. Los casos de corrupción son presentados de forma tan directa que escuecen, sobre todo porque la memoria enseguida recuerda y uno tiene la impresión de estar repasando recortes de prensa y el autor expone los hechos sin compasión, sin ninguna concesión literaria, sin atemperarlos: así son, así se lo hemos mostrado. Demasiados gusanos para tan poca manzana, como afirma en una ocasión. Como imaginarán, hay poca concesión a lo políticamente correcto, ni rastro de “buenismo” y el desenlace contiene altas dosis de visceralidad, lo que seguro no ha sorprendido a casi nadie que haya leído la novela, porque es lo que muchos piensan o pensamos.

He visitado Toledo en muchas ocasiones. Creo que el efecto que tendrán las leyendas toledanas en quienes ya las conocen (al menos me ha pasado a mí) estará atemperado por el recuerdo de esa misma ciudad, medieval, anclada en el tiempo. Son demasiadas cosas, demasiada corrupción para un puñado de calles y edificios de mil años. Las situaciones que se describen a veces desbordan el escenario, más propicio para otro tipo de historias.

Su estilo me ha atrapado tan solo a ratos, porque estoy acostumbrado a otro tipo de literatura menos directa. Párrafos cortos, frases lapidarias, es una buena fórmula para lograr atrapar al lector, yo se que en el caso de Eloy no responde a ningún tipo de estrategia comercial, como en otros best-seller, porque se trata de una obra concebida desde abajo, desde las catacumbas del amateurismo literario.

Y para acabar, el libro de Eloy me ha hecho pensar en el oficio de escritor. En la importancia de contar una historia y crear una conexión con el lector, para que se sienta identificado y atraído por ella, aspecto que uno, obsesionado con lograr la frase perfecta, olvida a veces. 

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