jueves, 23 de julio de 2015

"Estancos del Chiado" de Fernando Clemot

                           
Estancos del chiado (Paralelo Sur Ediciones, 2009) resultó ganador del premio Setenil 2009 al mejor libro de relatos publicado en España. Su autor, el barcelonés Fernando Clemot (1970) es un reconocido escritor del género, crítico literario y profesor de escritura creativa. Comenzó su carrera participando en certámenes literarios de diverso pelaje, por lo que formaría parte de lo que algún crítico literario bautizó como “generación plica”. Entre sus novelas hay que destacar El golfo de los poetas (Barataria, 2009), finalista del Premio Nacional de Narrativa de 2010.

Me acerqué a este libro impulsado por una mezcla de curiosidad autodidacta y pálpito literario. Buscando sobre las primeras espadas del género del relato corto en España di con una crítica muy positiva, lo que me llevó a leer una entrevista al autor en Revista de letras y como escritor aficionado, vi en Estancos del Chiado una buena manera de aprender leyendo. Me atrajo también el título, su aroma mezcla de tabaco y saudade. La impresión general, el regusto, es variado. Es lo que tiene enfrentarse a un libro de relatos. Hay piezas muy destacadas, de intenso lirismo y gran mérito literario. Otras dejan menos huella. En su conjunto, Fernando Clemot me ha dejado con ganas de más, especialmente en lo que respecta a la temática y registro de un grupo de relatos que comentaré después.

Los doce relatos de Estancos del Chiado han sido agrupados, como explica en el prólogo el editor Jordi Gol, en tres bloques. El primero se titula “mitologías” y lo protagonizan personajes históricos como el dictador portugués Salazar y Eça de Queiros. Son relatos construidos a partir de una anécdota y que se desarrollan de manera lineal. Contienen elementos sorpresivos, especialmente al final. La prosa es muy cuidada, con un ritmo bien dosificado, su lectura es  amable pero no llega a entusiasmar. 

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Imagen del barrio de Chiado en Lisboa (Foto: lisboando.com)
El verdadero goce para el que esto escribe, la razón por la que recomendaría Estancos del Chiado, viene en el segundo bloque. Según reza el prólogo, son los más recientes cronológicamente y representan la línea estilística y argumental por la que ha seguido el autor, de lo que me alegro. Bajo el título de “El jardín de la memoria” se agrupan cuatro relatos donde se lleva a cabo una exploración, casi una disección del pasado: la infancia, la tardoadolescencia, la búsqueda de las raíces, nada mitificadora, plena de melancolía y lirismo. “Estancos del chiado” es el recuerdo de una hermosa aventura iniciática y amorosa, me identifico plenamente con la mirada de Fernando Clemot, cargada de humo o de bruma, donde acechan las bifurcaciones del camino, los posibles itinerarios sellados porque pertenecen al pasado, como expresa al final de ese relato: 
Desde entonces siempre he pensado en mis dos vidas, las que he vivido aquí y la que me dejé en Lisboa, la que pude haber vivido con Felicía… Espero que haya espantado mi recuerdo como se aleja un mal sueño. Tal vez me esperara un tiempo tras el mostrador de la tabacaría Graça, puede que me celebrara en la sombra de algún paseante, en uno de los extranjeros que ocupan los pisos de la rúa Trindade, congelado como una fotografía del tiempo.
En “El verano del cortapichas”, ese insecto de nuestra infancia (la de los que nacimos en los setenta-ochenta y nos criamos en las eras o los desmontes) y una operación de fimosis constituyen la singular obertura y desde allí desgrana un fresco costumbrista, que supongo con fuerte carga autobiográfica. Son “recuerdos bisagra”, momentos de metamorfosis que avisan al niño de que pronto se desprenderá de su cáscara infantil para engrosar las filas del mundo adulto.

El famoso cortapichas o tijereta (foto: fotolog.com)
En “Bautizos de primaveras pasadas” el elemento evocador son unas viejas fotografías. Es un relato muy breve, y por ello, quizá deliberadamente, de una intensidad cercana a la prosa poética. Aquí la melancolía llega al paroxismo: 
La calle se amortaja de domingo acompañando a cada repique de misa; sin duda el dolor tiene peso, se prende a las fotos como el musgo a la almeja, noto su tacto resbaladizo en el fondo, donde sólo de tanto en tanto bucea mi brazo; triste paseo por el pasado, muerte y recuerdo, recuerdo y muerte.
El relato que cierra esta serie es “Árbol de familia” una intrigante búsqueda de las raíces, enterradas en el apellido de un abuelo francés al que sigue la pista el narrador. La historia es tan buena que no quiero desvelar más para no arruinar su lectura, mi favorito de todos si quiero ser objetivo, entre otras cosas por esa bella metáfora final, que esta vez no voy a transcribir.

El último bloque de relatos se titula “Ocasos”. Sigue el tema de la mirada al pasado, pero desde un punto de vista más impersonal. Son relatos complejos, con saltos temporales, elipsis y una prosa más recargada. El tema es el paso del tiempo y sus estragos. La imposibilidad de deshacer lo vivido, prendido en la memoria, aposentado, aparentemente olvidado pero que nunca llega a morir del todo, como en “Levante”. Mi preferido de este bloque, por la precisión con la que dibuja al personaje protagonista y la manera en la que lo maltrata (así debe ser la vejez, supongo) al final, es “Terrazas de otoño”.

Recomendaría Estancos del Chiado, especialmente los relatos que componen “El jardín de la memoria”, por su maestría narrativa, su carga de lirismo y melancolía. Unas historias que envuelven al lector, que mirará al pasado buscando su “Verano del cortapichas”, para componer su propia memoria y alimentar la hoguera de nostalgia que seguro Fernando Clemot le ha ayudado a crear.   

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