viernes, 10 de julio de 2015

AMOR PLATÓNICO EN EL SUPERMERCADO

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Audrey Hepburn de compras con su cervatillo. No es la protagonista de este relato,
pero algo tiene que ver con el tema.  (Foto: Bob Willoughby en www.huffingtonpost.es)
La primera vez que la vi fue en la caja del supermercado. El bañador que llevaba debajo del vestido se adhería a su cuerpo como la lámina traslúcida de una cebolla. Estaba delante de mí y reconozco que amparado en mi posición de retaguardia, me dediqué a contemplar su delicada geografía, húmeda y protuberante.
Ajena por completo, la muchacha esperaba como yo para pagar y agitaba el monedero con una mezcla de coquetería y fastidio. Recuerdo que en un momento determinado giró levemente la cabeza hacia mí y chasqueó los labios. Quizá percibía mi mirada indiscreta y trataba de desalentarme. O tal vez estaba aburrida de esperar y de verdad ignoraba que la combinación de su bañador húmedo con el apretado vestido reproducía en su cuerpo una suerte de escultura griega, levantando espumosas olas de testosterona en el sujeto que esperaba detrás. Mientras, la cajera sujetaba el teléfono con el hombro y la barbilla, esperando que le dijeran el código de una piña tropical, que hacía rodar entre sus manos como si fuera la cabeza reducida de un jíbaro.
Lo confieso con una mezcla de vergüenza y vértigo. Cuando salimos a la calle, me paré un segundo para dejar una distancia prudente y la seguí. Es verdad que estaba en mi trayectoria, interpuesta en mi horizonte, pero en ese momento podría haber pasado a mi lado un jabalí salvaje perseguido por un lobo o una banda de cornetas y tambores, que ni me hubiera enterado. Un sedal invisible y la visión del jugoso cebo bajo su bañador mojado me aprisionaba. Por fin torció una esquina y el hilo se tensó hasta romperse. Su imagen quedó flotando unos segundos y desapareció.

Era el mes de agosto y el sol castigaba sin piedad. El supermercado estaba a sólo dos manzanas de mi casa. Cuando algo imprescindible faltaba en la nevera, no había más remedio que sacudirse el sopor del estío, salir a la calle, dejarse envolver por una gasa de aire tórrido y caminar bajo los árboles de hojas lánguidas, combadas por el calor abrasador, para aprovechar algo de sombra. Una de esas tardes, cinco o seis días después, recorría los pasillos vacíos del supermercado, adormilado, porque era una hora intempestiva, cuando ella se cruzó de nuevo en mi camino. Esta vez seca y menos sugerente, pero mi retina la fotografió, el nervio óptico envió la imagen al cerebro y de los saturados archivos de mi memoria emergió incuestionable.
Debí mirarla fijamente porque se detuvo y noté como los músculos de su cara se tensaban. Después continuó por el pasillo central y yo giré a la derecha. Durante un segundo nuestras miradas se cruzaron. Bajé la mía sin poder esconder mi turbación. Respiré hondo y traté de recordar la razón por la que estaba allí, empujando un cesto vacío. La luz de los fluorescentes, el suelo brillante, las estanterías repletas y el silencio componían un escenario de intensa soledad. Surqué el pasillo como un barco a la deriva y de repente me volví a topar con ella, esta vez de frente.
El efecto fue parecido al que provoca el flash de una cámara fotográfica. Un breve fogonazo, seguido de un respingo. Los ojos muy abiertos, como un conejo sorprendido por las luces de un coche. Me fui hacia un lado, ella hizo lo mismo, rectificamos, en medio una risita ahogada por un lo siento. Seguimos atascados, sin poder avanzar durante unos interminables segundos. El rubor coloreó sus mejillas, supongo que también las mías, por fin nos desasimos y acabó el torpe número de baile, ella camino de la sección de bebidas, yo de la de frutas y verduras.
Mientras manoseaba los calabacines, imaginando que la agarraba de los brazos y apretaba las fresas antes de introducirlas en la bolsa, como si ya tuviera entre mis dedos sus rosados pezones, quería creer que me había reconocido, que había reparado en mí, que en su interior estaba agitándose el mismo cóctel de hormonas y que los objetos inertes también revivían en su mente como en la mía.
Contemplé el supermercado vacío, como el marino escruta el horizonte con el catalejo buscando indicios de tierra firme. Un reponedor se afanaba descargando un palé con leche semidesnatada enriquecida con calcio, vitamina D y ácido fólico. Si el mundo no fuera tan ordenado y predecible, si la realidad fuera maleable como en un sueño, en ese momento las estanterías habrían comenzado a moverse arañando ruidosamente el pavimento, cerrando las salidas de los pasillos hasta formar un laberinto. Los fluorescentes habrían estallado uno a uno, la única iluminación procedería del fulgor artificial de los envases de plástico, del pescado fosforescente, de la carne hormonada de las bandejas de poliestireno o de algún misterioso foco de luz negra, esa que sólo ilumina la dentadura, las uñas y los cordones de las zapatillas.
En ese laberinto nunca imaginado por Dédalo, jugaríamos a encontrarnos. Yo podría ser Teseo, la transpaleta del reponedor el malvado Minotauro y ella Ariadna, guiándome con su hilo para encontrar la salida. Si fuera una pesadilla, de esas que te hacen despertar agitado con el corazón retumbando en la coraza del pecho, nos convertiríamos en las víctimas rituales del sanguinario toro tratando de huir, sintiendo a cada paso el aliento del animal en nuestra coronilla. Si la imaginación se dejara guiar por el puro instinto, pensaba, la buscaría enrabietado para alargar mi estirpe semihumana como el toro de Creta hizo con la princesa Pasífae.
Sin embargo, era la pura y tediosa realidad de una tarde de verano y las estanterías permanecieron en su sitio, la transpaleta siguió soportando con resignación la hilera de cajas sobre sus cuernos de hierro fundido y los fluorescentes vertiendo su luz blanca sobre mi cabeza, hasta que una señora desmoronó sin querer la pirámide de tomates devolviéndome al mundo real. Me agaché para ayudarle a recogerlos y unas piernas pasaron a mi lado en dirección a la caja.
Otra vez la misma situación, los dos en fila, esperando que un empleado viniera a cobrarnos. En la cinta transportadora dejó con suavidad una malla con limones y una caja de tónicas. Quizá tenía invitados, pensé con desaliento, unas cervezas, después un gin-tonic y luego quién sabe.
En la calle caminaba muy despacio, el peso de la bolsa le tiraba del hombro descomponiendo la simetría de su espalda. La rebasé con determinación, dispuesto a poner fin a una fantasía que duraba demasiado. Creía que las brasas languidecían, pero la mirada de gasolina que me dirigió, cuando nos quedamos en paralelo y aceleró sin pudor el paso para mirarme detenidamente un poco más, volvió a sumirme en ese estado de ensoñación enamoradiza, de leve, casi imperceptible excitación.

De nuevo el bañador mojado, adherido al friso del Partenón junto al resto de maravillas de Fidias, siguió poblando mis sueños y fantasías. Cualquier momento era bueno para ir de compras. Aprovechaba la más mínima excusa, merodeaba en la sección de congelados, comparaba el grado alcohólico de las cervezas, arrastraba el cesto entre los pasillos, a veces me iba sin nada.
En la puerta, una mujer sonreía exhibiendo sin pudor su boca desdentada y agitaba unas pocas monedas en un vaso. Parecía recién llegada de cualquier arrabal de Nueva Delhi, la piel negra y curtida como si fuera cuero y el pelo negro recogido cayendo a un lado sobre un sari verde grasiento. El tono de su voz era lastimero, pero sin histrionismos, sabía mirar con simpatía, sin intimidar, era casi dulce. Nunca le dejaba nada, pero después de varias expediciones infructuosas, la vi mirarme a través de la puerta y me acerqué sin pensarlo hasta donde estaba. Le di el cambio, apenas treinta o cuarenta céntimos, y cuando ya me iba, me agarró del brazo.
Me solté de un tirón, asustado y ella emitió una carcajada parecida al graznido de un cuervo, y siguió agitando el vaso con monedas, ante la presencia de una familia que salía con un carro a rebosar. Aproveché para marcharme, con esa sensación de frío y abatimiento que provoca el miedo, cuando me percaté de que llevaba algo en la mano.
Por efecto de la tensión  tenía la mano cerrada, encogida como si fuera una piedra, y entre la zapa del puño asomaba un papel. Era una estampa con una fotografía de un grupo escultórico. En el centro había una pareja desnuda abrazada, besándose. Parecía capturar el momento en el que la mujer se abalanzaba sobre el hombre, que la aprisionaba con una de sus piernas. A su lado dos mujeres se tapaban la cara con una mano conteniendo la risa y se acariciaban el sexo. Guardé la estampa como si fuera un preciado amuleto. Con ella en mi poder, sentía que la chica del supermercado caería en mis manos como fruta madura, por mediación sobrenatural del dios Shiva, que seguro asentía complacido desde el punto más elevado del templo de Kahurajo, junto a las centenares de estatuas que se amaban en acrobáticas posturas.
Convertí la visita al supermercado en un ritual. Traspasaba la puerta automática con piadoso respeto y recorría sus pasillos como los peregrinos de la Edad Media rodeaban el altar de las iglesias en busca de las preciadas reliquias. Me detenía en la frutería murmurando para mí mismo, como en la puerta de una capilla o en el confesionario. El paso por la caja era una espera frustrada para tomar la comunión. Sin embargo, el preciado talismán no hizo su efecto.
Un día deambulaba por el aparcamiento, fingiendo buscar algo, pero en realidad tratando de localizar a la misteriosa sacerdotisa disfrazada de vagabundo, para pedirle explicaciones. En su lugar, acodada en una vieja bicicleta, había una joven. Era apenas una adolescente y empujaba a un niño de pelo revuelto para que se acercara con la mano abierta a los clientes más propicios:
—Por favor, señor, por favor señora.
Me acerqué a ellos. Descubrí con pasmo la lozanía que se ocultaba bajo los harapos de la mujer y la sonrisa pícara con la que agitaba el vaso. Ignorando al niño que me tiraba del pantalón, rompí en pedazos la estampa de Vishna y Parvati o quienes demonios fueran y sin pensarlo se la arrojé a la pobre muchacha en plena cara. Lejos de enfadarse, la joven dijo algo al niño, y éste recogió los fragmentos, componiendo de nuevo la estampa en el suelo. Retrocedí avergonzado y mientras me alejaba escuché de nuevo aquella risa como el graznido de un cuervo.

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias de nuevo, Pura. Es un relato un poco raro, pero ahí está. Saludos.

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  2. Buenas tardes de lunes,Gerardo, un poco extraño el relato pero fascinante. Que bien descrita la ansiedad que despierta en el narrador la presencia de esa mujer aparición, fantasma, ilusión, espejismo... !Me gustó y lo comparto! Cariños

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    1. Te agradezo tu comentario, como siempre aportas un punto de vista muy interesante. Es un relato extraño, lo reconozco, influyó el verano y sus cuarenta grados, seguro.
      Un abrazo.

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  3. En una de mis visitas a tu blog,recuerdo haberte leído este relato y lo mucho que me gustó por esa mezcla de sensualidad, misterio y decepción.
    Es un texto cargado de detalles que se pueden visualizar perfectamente y me encantó que introdujeras a personajes de la mitología griega, lo que me pareció divertido,ingenioso y muy bien trabajado. Definitivamente te curras mucho tus relatos y eso se agradece.
    Un saludo Gerardo.

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    1. Es un relato que he revisado y pulido bastante. No deja de ser uno de mis primeros relatos, eso sí y se nota. Hoy mismo he recortado un par de cosas, después del comentario de Pura. Me pasa siempre, tardo poco en escribir pero mucho en dar por concluida una historia.
      Un abrazo.

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